Capítulo IV: Escapando de todo
Harry volaba solo en su escoba hacia la campiña del inútil de Gilderoy Lockhart, un bravucón que trabajaba en el pub de Madam Rosmerta en las afueras del castillo. Era tan temprano que dudaba que estuviese despierto, pero debía apurarse, no tenía un segundo de sobra para perder. Gilderoy Lockhart no sabía hacer otra cosa excepto mentir. Eso y juntar información que ni él era conciente de cuán valiosa podía ser. Escuchaba absolutamente todo lo que se discutía en el pub. Y cuando lo requería, utilizaba su hipnotizante sonrisa para conquistar a las mujeres y hacerlas hablar. Era el contacto más valioso que Harry conocía y por eso le ofrecía su protección sin que el otro se enterase.
Así que golpeó la puerta de la cabaña donde vivía. Apareció en pijamas lilas y un gorro de dormir que combinaba a la perfección con su atuendo. Se frotaba los ojos y todavía no había llegado a reconocer quién llamaba a esas horas, para peor, un sábado que él regresaba a su casa casi al alba. Inmediatamente se puso pálido y con las manos temblorosas invitó a Harry a pasar a su casa.
– ¿Qué desea? –le dijo en un susurro sin mirarlo a los ojos.
– ¿Has sabido algo de la resistencia?
– Hmm… –se atragantó con saliva.
–Ya veo… dime qué sabes.
–Es que cada vez se sabe menos, la gente de la resistencia ya no frecuenta el pub de Madam Rosmerta y las cosas que se dicen son demasiado insólitas –se excusó el hombre tomando su gorro entre las manos y tratando de peinar sus cabellos dorados.
–Yo seré quien juzgue eso, Gilderoy. Ahora dime de qué van esas cosas insólitas que dicen en el pub.
–Stanley Irving está convencido que Sirius Black está muerto… –Harry enarcó sus cejas tomado por sorpresa y de inmediato recompuso su semblante frío e inexpresivo. –Dice que lo han visto en el sur, cerca de Harwich, que lo atacó un hombre lobo… ¡Se lo devoró entero! –Miró nervioso a Harry Potter y estrujó el gorro con más fuerza. –¡Le digo que los rumores son cada vez más insólitos!
–¿Qué más dijo Stanley Irving?
–Es que él fue a Harwich porque parece que cerca hay un nuevo establecimiento de la resistencia que trafica gente, sangres sucias, sobretodo. Los llevan como si fuesen esclavos…
–¿Y qué hacen con ellos?
–Desaparecen. Stanley Irving quería un sangre sucia para esos juegos raros que organiza él.
Harry tomó una gran bocanada de aire mientras Gilderoy le relataba el caso de una bruja y su mascota sapo, o los fuegos de artificio que contrabandeaba un tal Mundungus.
Parecía haber sido en vano la visita, pero al menos Harwich sonaba como un buen lugar para comenzar su búsqueda. Pagó una buena suma de dinero para mantenerlo contento y luego lo amenazó para que no hablara con nadie sobre ese encuentro, tomó su escoba para reencontrarse con Draco y Pansy que ya estaban volando hacia el sur.
El viento fresco de la mañana le despejó la mente como para trazar con cautela sus próximos movimientos. Una sonrisa se le dibujó en la cara y no se le borró hasta que pisó tierra firme.
Londres.
Una enorme ciudad que reflejaba lo que había sido la civilización muggle de antaño. Una enorme ruina donde los vientos se reunían a suspirar en cada esquina y la humedad crecía como una plaga fuera de control en cada pared. Era un día extraño porque no llovía, pero tampoco penetraba ni un destello de sol por la gruesa capa de nubes que servían de techo a la ciudad.
Caminó con cautela por una calle amplia observando atentamente los coches abandonados de los muggles. Harry se quedó mirando uno que estaba cubierto de la misma hiedra que cubría el muro que había detrás. La naturaleza misma se estaba encargando de reponer todo el desastre que se había hecho antes. Sonrió satisfecho de que ya hubiese resultados positivos en los planes de su padre.
De todas maneras muchos magos habían adoptado ese ridículo medio de transporte. Y ni siquiera eran de la resistencia. Era el caso de Amycus Carrow que varias veces se lo veía en la ciudad conduciendo su colección de coches rojos. Era una verdadera aberración a los valores que profesaban.
Una bandada de pájaros tomó vuelo repentinamente, espantados por algo seguramente. Harry tenía la varita en la mano y miraba la cima de la torre de donde había tomado súbito vuelo.
Londres era una ciudad sumamente peligrosa. No solo por los dementores que solían mantener vigía por algunas calles, si no que también por la gran cantidad de recovecos donde esconderse…
Fue al punto de encuentro. Pansy se escuchaba de lejos con un incesante parloteo- Harry refunfuñó y endureció la mirada. Draco podría mandar a callarla de una buena vez antes de que los descubrieran. ¿O acaso no se daba cuenta de que los estaba poniendo en una situación vulnerable?
–Draco, Pansy –, Harry hizo un ademán con la cabeza al mencionar sus nombres que también sirvió para indicarles que no estaba de humor.
Pansy solo se puso toda colorada y el rubio hizo una mueca al ver que el otro estaba de malas.
–Te tomó demasiado tiempo… Se suponía que debías llegar a más tardar al mediodía y ya son pasadas las 15.
–¿Pudiste hablar con tu madre?
No dudó en cambiarle de tema aunque ya sabía la respuesta antes de que contestara. Al menos había logrado que Draco cambiara su actitud burlona y se ensombreciera como lo hacía cada vez que hablaba con su progenitora.
–Hay una fábrica o un depósito abandonado de colchones al suroeste. Pillaron un par de magos allí, probablemente de la resistencia. Madre dijo que contrabandeaban cosas del antiguo Ministerio de Magia. Robaron cinco mapas, todas de ciudades portuarias.
–¿Cuáles?
–Ese es el problema. Los mapas se saben que eran importantes y que lograron aplicarle encantamientos de confusión antes de que los descubrieran. Una razón más para creer que guardaban más valor.
–¿Qué sugirió tu madre que hagamos, entonces?
Draco se encogió de hombros.
–Si fuera por ella, no sugeriría nada.
–Vayamos al Callejón a buscar provisiones. Tendremos que buscar la manera de rebelar las ciudades que muestran los mapas. –Sugirió Pansy.
–Eso…
–¡Shh! – Les indicó Draco y ambos inmediatamente hicieron silencio.
Harry lo escuchó. Alguien se acercaba arrastrando los pies.
Reparó en todas las formas de escape que estaban a su alcance y en todas las armas que tenían para luchar contra quien se acercaba. Los pasos sonaban pesados. Eso era extraño para alguien que sabía los peligros de esa ciudad.
Entonces lo vieron. Pansy se llevó las manos a la boca para suprimir un gritito de asombro y espanto. Draco enarcó las cejas.
¿Qué hacía un muggle suelto? Uno suelto y definitivamente embriagado con alguna sustancia de mala muerte porque no solo apestaba a mugre.
Harry bajó la varita.
–¿Qué haces? –susurró Draco enojado sin quitarle la vista de encima al enorme muggle.
–Avada k…
–¡Pansy, no! –le golpeó la mano para que no terminara de decir el maleficio.
–¡Por lo que más quieras, Harry!. ¡Es un sucio muggle!
–¡Vamos ya al Callejón! Nuestra misión no es la de matar muggles de la calle que tarde o temprano van a morirse por cosas tan simples como una gripe. Si tanto te preocupa, Pansy, ve a buscar a la brigada y que se lo lleven a una reserva. Un muggle sólo y suelto en la calle no va a cambiar nada. ¡Estamos aquí para buscar información, provisiones y para hacer un reconocimiento del terreno en Essex! ¿Está claro?
*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*
El refugio de la resistencia era ciertamente lo mejor que le había ocurrido a Hermione en muchos años. Estaba vestida decentemente con una túnica de su talle. Ya había almorzado un cordero asado exquisito en un gran banquete que habían organizado en honor a un importante mago que había regresado del continente.
Hermione se sentía abrumada con todo lo que le estaba sucediendo. Todos le sacudían la mano y le exigían que relatara una y otra vez la hazaña que le había permitido escaparse del campo de concentración. Aun que en realidad era ella quien estaba hambrienta por más información.
– Hace dos años que nadie logra escaparse de ningún campo de concentración. –Le aclaró Lee Jordan, uno de los aprehensores que la habían llevado hasta el refugio.
–Luego de eso aumentaron las medidas de seguridad y ya no tuvimos esperanzas para volver a infiltrarnos y poder ayudar a la gente que está allí. –Agregó un apuesto pelirrojo que nadie le había presentado pero que ella suponía que era un hermano de George Weasley.
–Fred se pondría contento… –agregó en voz baja Angelina Jonson, una alta chica con una radiante tez oscura.
–¿Quién es Fred? –preguntó Hermione llena de curiosidad, pero todos quedaron ceñudos y cabizbajos, evitando las miradas de los otros.
–Fred…–suspiró George haciendo que todas esas miradas quedaran en él. –Fred era mi hermano gemelo –, dijo con firmeza. – Irrumpió en un campo de concentración en Heathrow y liberó a siete prisioneros.
–Eso es… –Hermione intentó expresar su maravilla pero fue inmediatamente interrumpida.
–Lo mataron los guardias antes de que pudiera liberar al octavo. –Espetó George con furia. Hermione finalmente entendió la incomodidad que padecían todos, se ruborizó profundamente y no pudo volver a levantar la mirada de sus manos.
–Brindemos por Fred–, Angelina dijo suavemente.
–¡Ese es el espíritu! –. Exclamo Lee con un dejo de humor.
–Así es, –intervino George –, por mi hermano, y por quien se haya unido a nuestra causa y haya liberado a la aquí presente Hermione Granger.
Todos elevaron sus copas en el aire, incluso ella que aun estaba ruborizada e intimidada por su nueva situación y bebieron hasta el hartazgo.
*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*.*
Se despertó por unos quejidos que provenían de afuera de la tienda de acampar donde habían pasado la noche. Pansy sonaba molesta.
–Bruja estúpida… –farfulló Harry hundiendo la cara en la almohada, tratando de volver a conciliar el sueño en vano. La voz reverberante de Pansy retumbaba en su cabeza y se puso de pie molesto. Se vistió. Desayunó los garbanzos y la salchicha que le habían dejado.
Una vez más escuchó el quejido de Pansy y Harry se dispuso a salir de la tienda para callarla de una buena vez. Desde que habían partido no hacía otra cosa que opinar y quejarse por cada detalle insignificante y hasta ahora él no le había dicho nada al respecto.
Harry dio vuelta a la carpa en su búsqueda, de donde venía la ahogada voz de ella y se preguntó qué podría estar haciendo detrás de un frondoso arbusto. Pero la respuesta lo hizo pararse en seco. Sus manos comenzaron a sacudirse con rabia y cerró sus puños para que el dolor que le provocaban sus uñas clavadas en las palmas de sus manos suprimiera la magia que estaba por estallar en él. Tomó aire, cerró los ojos, deseó desaparecer y cuando los reabrió se encontraba en las profundidades del bosque que debían atravesar ese día.
Suspiró.
Notó que sus manos aun se sacudían, se agachó y se aferró firmemente de sus cabellos para borrar la imagen que parecía haberse adherido a su memoria. Se volvió a poner de pie. La imagen de Pansy lo provocaba con sorna, gruñó con fuerza y asestó un puñetazo en uno de los árboles. Sus nudillos quedaron rojos y se le había desgarrado algo de la delgada piel de los dedos.
Volvió a suspirar.
Pansy reapareció en su mente con más intensidad. Sus quejidos eran ahogados con la boca de Draco Malfoy. Las manos de Draco Malfoy no vacilaban cuando exploraban el cuerpo semidesnudo de su prometida. Ni siquiera parecían repugnados por la humedad del suelo donde se retorcían con placer.
Trató sin mucho éxito, suprimir esos pensamientos. Sabía de antemano que esos dos se tenían sentimientos desde antes de que le dijeran que Pansy se casaría con él, el heredero de Voldemort, en cuanto cumpliera 17 años. Harry aborrecía la idea, pero ya no se le ocurría la manera de escaparse de tal destino. Por el contrario, Pansy siempre se demostró muy devota a él y hacía lo imposible para que Harry le correspondiera de la misma manera. Por eso jamás supuso que las cosas terminarían así: que Draco sucumbiera a la tentación y que Pansy aceptara a Draco…
Era todo confuso…
Tomó una última bocanada de aire para recomponerse.
No podía dejar de sentir odio hacia Draco a quien todo se le hacía fácil. Tenía un padre verdadero, tenía un futuro ya establecido y no tenía la necesidad de estar demostrando al mundo que estaba a la altura del puesto en el círculo de Voldemort… y ahora tenía a Pansy.
–¡Expeliarmus! –gritaron detrás suyo tomándolo por sorpresa.
La varita de Harry salió volando y la atajó un chico altísimo y pelirrojo.
En un parpadeo quedó inmovilizado con un Petrificus Totalus que no pudo distinguir de dónde había salido. El pelirrojo avanzó con paso seguro para aprehender a Harry.
Mientras tanto, él se concentraba con todas sus fuerzas en acumular energías en la punta de sus dedos y así liberar sus manos de aquel hechizo. De a poco… un dedo, dos, tres… cuatro dedos. El quinto era siempre el más difícil y no podía cerrar los ojos como para aislar sus sentidos y concentrarse por completo en lo que debía hacer. Cuando sintió el familiar cosquilleo en su mano logró girarla en dirección al chico que estaba encima de él y el pelirrojo salió expulsado por el aire.
Harry volvió a tomar aire para reponerse; usar magia de esa manera siempre lo dejaba en un estado calamitoso.
–¿Ron, estás bien? –Escuchó a alguien que gritaba con desesperación. En su visión periférica distinguió a una chica, más pequeña en estatura pero con el mismo rojo encendido en su cabello, que se abalanzaba encima de Harry para pegarle una buena trompada en la nariz. Harry cayó sin más remedio y su cabeza rebotó contra el suelo. Todo quedó negro…
Nota de autora:
Y finalmente apareció Ginny. Tardó pero solo porque los que pidieron por ella son demasiado ansiosos.
Espero que les haya gustado este capítulo.
Gracias Betora-Pottercita-Sandra-Betalectora por tener la paciencia de leerlo, criticarlo y hacer que lo corrija!
Ahora, vayan a amortentia (el sitio que administro junto a mi betora) y disfrutenlo...
