Capítulo V: Una ventana

Ginny se retorcía de nervios fuera del diminuto cuarto donde el sanador atendía a su hermano, Ron Weasley. Cada tanto se asomaba a la puerta para ver qué sucedía, pero no podía ver, ni le querían decir nada.

–¿Qué haces aquí?

Se volteó rápidamente al escuchar la ronca voz de Kingsley Shackelbolt. El alto hombre puso una mano en el hombro de ella.

–Será mejor que vayas al sótano a vigilar a nuestro huésped hasta que llegue Black y nos diga qué hacer con él.

Ginny aguantó su contestación. Echaba humos por el estado en que el chico ese había dejado a su hermano. Jamás se imaginó que algo así fuera posible; que sin varita se pudiera repeler un cuerpo vivo cuando se estaba confinado con magia. Jamás se imaginó que fuera posible tener semejante control de la magia sin poseer la ayuda de una varita. La idea era insólita y le aterraba que existiera gente que pudiera hacerlo.

Pero se enorgullecía de lo que había logrado por sí sola. Atrapar a Harry Potter era sin duda alguna, una fantasía con la que se entretenían casi todos los miembros de la resistencia. Y ella, una simple adolescente que jamás se había destacado en nada salvo ser la única hija mujer en una familia repleta de hombres, lo había atrapado. Sin embargo eso que sonaba tan estupendo, se había convertido en su peor pesadilla.

Bajó las escaleras estampando sus pies en cada uno de los escalones. Estaba enfurecida. No quería ser quien se encargara de ese monstruo bajo ningún concepto. Deseaba no alejarse de su hermano. Ella era la única persona cercana a él en ese escondite donde estaban refugiándose. Pero no tenía opción y debía obedecer a sus mayores si no quería regresar junto a sus padres.

Sus pasos casi inconscientes la llevaron a la pileta donde se refrescó la cara y el cuello para calmarse un poco. Sus manos se quedaron sumergidas en el potente chorro del grifo. Hipnotizada.

–Quizá deba llevarle un bocadillo… –se dijo en voz baja.

–Hay panes y sopa en la alacena –, le respondió una voz aguda detrás de ella que la hizo saltar del susto.

¿Qué le pasaba que estaba tan nerviosa?

El pequeño señor Flitwick estaba sentado en una de las tantas sillas de aquella diminuta sala que hacía de comedor. La miraba con curiosidad desde el filo de la mesa.

¿Cómo no había notado que él estaba ahí?

Desde que había regresado se asustaba por cada insignificante sonido y había dejado de percatarse de lo que le rodeaba. Aunque Flitwick era difícil de que no pasara desapercibido con su estatura anormalmente baja.

–Gra... gracias– respondió ella tratando de que no se notara su reacción. Sin embargo supo, por su cara de irritación, que él se había dado cuenta de que no lo había visto antes.

Preparó los bocadillos y a los de Harry Potter les agregó unas cuantas gotas de pócima debilitadora para que no se repitiera el episodio de antes.

El sótano había sido en algún momento un gran depósito con celdas de refrigeración. O así le habían dicho. Y Harry Potter se encontraba en una de ellas. Atrapado. Sin ninguna otra abertura más que la puerta y la ventanilla que ésta tenía. Desde la ventanita pudo ver a Harry Potter inconciente. Estaba sujetado fuertemente desde el techo por sogas y cadenas invisibles y no lo soltarían bajo ninguna condición.

Abrió la pesada puerta y las bisagras produjeron un chirrido estridente que despertó al prisionero.

Ella se quedó tensa en el umbral estudiando detenidamente su reacción.

Sus ojos parpadearon varias veces y se quejó antes de notar que ella estaba allí. Por suerte estaba lo suficientemente grogui como para hacerla sentir amenazada.

–¿En dónde estoy? – dijo finalmente y con dificultad.

–En tu celda… –Su voz tembló, pero por suerte él no se dio cuenta y ella pudo mantener su compostura mientras dejaba sus bocadillos en un costado. –Espero que te acostumbres a estos nuevos lujos.

Le devolvió una mirada fastidiosa y cerró los ojos. Una arruga apareció en su entrecejo y Ginny supo sin saberlo realmente cómo, que él se estaba concentrando para hacer magia.

–¿No prefieres comer antes? –Intentó distraerlo.

El otro, sin embargo, no respondió. Ginny sintió un cosquilleo en el aire que fluía hacia él. Retrocedió asustada de repente. No quería demostrárselo y con más calma de la que sentía se alejó. Salió de la celda y se aseguró de que la puerta estuviese bien cerrada.

–¿Cómo pretendes que coma si me tienen así? Al menos suelten una de mis manos.

Su voz había sido un susurro, pero él sabía que ella estaba escuchando.

–Oh, su majestad, ¿acaso no puedes volver a hacer magia sin varita y alimentarte por tu cuenta? –cada palabra la pesó con tanto sarcasmo como pudo.

Ella no lo veía pero supo que él estaba sonriendo.

–En todo caso usaré esa magia para atraparte a ti y…

–Cuando lo desees solo llama a los cubiertos que se encargarán de acercarte el alimento. –Ginny lo interrumpió molesta. –Tal como se alimentan a los bebotes como tú.

Ella esperó una respuesta más ácida pero nunca la tuvo y se atrevió a sonreír por esa pequeña batalla ganada. Dejó pasar el tiempo suficiente hasta que creyó que ya había acabado y abrió la única ventana de esa celda improvisada para cerciorarse.

Lo que vio la aterrorizó tanto que cerró la ventanita con fuerza y se tropezó al retroceder en confusión. Su respiración había tomado repentina velocidad y su corazón se desbocaba con el pánico. Allí, en el instante que abrió la ventana, pudo ver claramente a Harry Potter sin las cadenas que lo sujetaban. Estaba libre y sonreía con demasiada suficiencia del otro lado de la puerta.

Ginny no esperó un segundo más; corrió a toda velocidad en busca de ayuda.

–¿Qué haces? –gritó un chico detrás de ella. Era Neville Longbottom. Eso significaba que Albus Dumbledore, el líder verdadero de la resistencia estaba en el sitio. No lo conocía mucho a él, pero le habían dicho que era una persona de confianza. Por lo que no dudó en pedirle ayuda.

–¡Se escapa Harry Potter! –le dijo llena de angustia.

Neville se sobresaltó y fue al cuarto más cercano: la sala del comedor. Habían dos magos en ese momento, uno de ellos era Flitwick quien Ginny recordó que era un especialista en duelos de magia.

–Necesitamos refuerzos, –anunció Neville rápidamente, –Harry Potter se está escapando.

Los cuatro corrieron de regreso a donde estaba la celda. Ginny iba detrás de todos asustada de lo que era capaz de hacer ese horrible mortífago.

–No entiendo cómo logró zafarse de los hechizos que yo mismo conjuré, –decía para sí mismo el mago pequeño de estatura. –Era imposible.

De inmediato Flitwick ordenó al otro mago a que fuera prontamente a buscar a Dumbledore.

–Solo él sabrá manejar a semejante mago ¡Jamás creí que esto fuera posible!

Neville puso una mano en la espalda de Ginny cuando su cara empalideció imprevistamente. Quiso tranquilizarla, pero se sentía furiosa consigo misma por no haber sido capaz de mantener a Harry Potter prisionero.

Albus Dumbledore no tardó mucho en aparecer. Era un hombre alto con una enorme barba de canas casi plateadas que se la ajustaba al cinturón de una túnica siempre llamativa. Era el de más edad en toda la resistencia y aún así sus ojos siempre preservaban un risueño brillo que a Ginny le infundían seguridad.

–¿Qué haces aquí, Neville? –Le preguntó con un enojo que no creía que fuese posible en el líder anciano pero que le hizo entender algo del miedo que sabía que Voldemort le tenía. Neville se encogió ante la mirada potente pero no tardó en recomponerse.

–Ginny Weasley necesitaba mi asistencia. –Contestó con firmeza.

Entonces Albus Dumbledore estudió la presencia de Ginny con intriga.

–Puedes retirarte, Neville. Ve a hacer lo que te encomendé y no regreses a este lugar. Lo tienes terminantemente prohibido. ¿Entendiste? –Le espetó al borde de lo que parecía ser enojo.

–Sí, señor, –contestó él confundido. Probablemente también era la primera vez que le tocaba ver el enojo de su líder. –Ginny… –Ella asintió con la cabeza y le agradeció en un susurro.

Cuando él se retiró, Dumbledore le pidió que le contara lo que había sucedido.

Flitwick trabajaba fuera de la celda con mucha concentración. Analizaba el espectro de hechizos que se habían destruido para recomponerlos inmediatamente.

–No lo entiendo –, susurró masajeándose su sien y alejándose de la celda. –Los hechizos siguen intactos. ¿Estás segura de lo que viste, querida? –Le preguntó a Ginny.

Dumbledore frunció las cejas y decidió cerciorarse de la palabra de ella. Así que abrió la ventanita de esa hermética celda una vez más para poder verificar que Potter se había soltado.

Y así era…

Harry Potter estaba parado frente a ellos, en guardia, sus ojos emanaban un poder inigualable a pesar del cubierto de madera que tenía en la mano y que reemplazaría la varita que no poseía. Sabiendo que él era capaz de realizar magia sin necesidad de una, eso era verdaderamente escalofriante.

El anciano cerró enérgicamente la ventanita y miró a Ginny con incredulidad. Murmuraba entre sus dientes algo incomprensible.

–Pero…–comenzó a decir ella antes de ser interrumpida por Flitwick.

–No tiene varita, no creo que llegue muy lejos si logra salir de la celda.

–Si es capaz de soltarse sin dejar un mínimo rastro de que ha luchado no creo que necesite una varita para derrotarnos… –gruñó Dumbledore. –Ponte en contacto con Sirius Black ya mismo y avisa a Kinsley Shackelbolt de la situación –, le ordenó a Flitwick.

El mago corrió a cumplir con las órdenes y él se quedó a continuar analizando cómo había sido posible que Harry Potter destruyera esa clase de hechizos. Estaba a la espera de cualquier cosa…

Ginny estaba encogida en un rincón. Se abrazaba a sí misma como si eso la abrigara de un frío que no sentía en la piel.

–Será mejor que se ponga en guardia, señorita Weasley. No sabemos cuando decidirá salir de la celda.

Ella se ruborizó y buscó su varita con nervios. Se mordió los labios mientras observaba a Dumbledore trabajar asiduamente.

–¿Puedo ayudar?

–Solo quédese en su lugar y esté lista para realizar un desmaius. No entiendo por qué no ha hecho nada aun… –Lo último lo murmuró para sí mismo.

–Quizás esté ganando tiempo para recuperarse y atacar…–Dumbledore frunció más el entrecejo al escucharla hablar. –¿Y por qué no sale ya? ¿Acaso es tan difícil abrir una puerta?

Dumbledore de repente se irguió como tomado por sorpresa.

–¿Eres una Weasley, no? –Ella asintió. –Increíble familia… no ha habido ningún Weasley hasta ahora que no me haya dejado de sorprender… Son todos demasiado astutos. –Se hablaba a sí mismo otra vez. –¿Sabes conjurar un Finite Incantatem, no?

–Por supuesto…

–Perdón, no ha sido para ofender. Obviamente que sabes conjurar uno. –Entonces Dumbledore miró su varita tratado de resolver un dilema antes de sonreírle abiertamente a ella.– A la cuenta de tres abriré la puerta y tendrás que conjurar el mejor Finite Incantatem que has conjurado en toda tu vida. –Susurró él con los ojos resplandecientes como estrellas. Ginny no pudo evitar sentirse acogida por esa mirada cargada de seguridad. Asintió con la cabeza y tomó una bocanada de aire para prepararse.

No entendía absolutamente nada.

–Uno… –susurró él y ella sintió sus pies firmes en la tierra. –Dos… –su cuerpo entero canalizó la energía para conjurar ese simple hechizo que le habían encomendando. El tres ya no lo escuchó. Solo vio que la puerta se abría. Sintió que su mente, como si fuese un ente separado de sí misma, realizaba el hechizo que anulaba los demás hechizos. Lo vio a Potter abalanzarse y luego caer y luego cerró los ojos con espanto de lo que sucedería después.

Fue el Petrificus Totalus de Dumbledore el que la hizo abrir los ojos una vez más. Él estaba diciendo una sarta de hechizos alrededor de Potter quien permanecía totalmente desvanecido en las cadenas. La bandeja con la comida permanecía intacta en donde Ginny la había dejado. En realidad… nada parecía haber cambiado desde que ella se había retirado.

Entonces…

–¿Qué sucedió?

–Una ilusión. Potter nunca se había escapado. –Tomó aire antes de asegurar las cadenas. –Ingenioso considerando que…

–¿Entonces me engañó?

–Nos engañó a todos. Es una suerte que te hayas percatado de que la única manera de abrir estas enormes puertas es tirando de esa palanca. Y debía ser a mano… porque tú nunca la cerraste con la varita. Al menos así lo había preparado Filius. Si no lo hubieses notado aun seguiríamos movilizándonos para contenerlo aquí adentro… Nos hizo creer que las leyes de la magia no se aplicaban a él.

En ese instante llegaban Flitwick con cara de desconcierto y Kingsley Shackelbolt estudiando minuciosamente la escena.

–¿Eso significa que no es tan poderoso? –insistió ella antes de que los otros la interrumpieran con otras cuestiones.

–Significa que es lo suficientemente poderoso para engañarnos con una ilusión, pero no lo suficiente como para escaparse de simples hechizos conjurados por una muchacha como tú. Señorita Weasley, ve al tercer piso y busca al sanador para que vea que Potter está… que está bien.

Ginny corrió con euforia y descargando la adrenalina de lo que había pasado. Sentía que flotaba. Aun después de haberse quedado unos instantes con su hermano mientras todos atendían al prisionero. Su cabeza daba vueltas con lo que le había dicho Dumbledore y con la imagen patética de Harry Potter desmayado.

Cuando la conmoción había acabado Dumbledore la encontró sentada abrazando sus piernas en el pasillo que lindaba con el cuarto de Ron.

Le tendió una mano para que se pusiera de pie y ella aceptó enderezándose inmediatamente.

–Has hecho un muy buen trabajo. Creo que te dejaré a cargo de atender al prisionero.

Ginny empalideció más que cuando había creído que Harry Potter había escapado. Había estado todo ese tiempo sumergida en una gran laguna de calma porque sabía que todo ese desastre solo serviría para que la alejaran de allí y poder volver en forma definitiva junto a su hermano Ron.

–No quiero quedarme a cargo de él, señor. –Le contestó enojada. – En este momento mi hermano está en grave estado y soy su única familia cercana. Ron necesita que yo esté junto a él.

–Tu hermano será trasladado al campamento del norte para que esté junto a tus padres. Puedes ir con él o quedarte aquí.

–Señor, yo…

– Ya hablé con Filius Flitwick y te dará clases avanzadas de hechizos. Sobretodo hechizos de confinamiento para que siempre sepas que se mantienen las barreras contenedoras y hechizos de defensa para que esto no vuelva a suceder. Y más adelante quizás, clases de oclumencia.

Ginny pestañeó estupefacta. ¿Clases avanzadas? ¿Clases con el especialista en hechizos de la resistencia?

–También necesitarás aprender a reconocer trazas de magia sin varita supongo… –Carraspeó esperando una respuesta de ella. –¿Crees que puedas quedarte? En serio nos ayudará mucho que te quedes…

Asintió sin palabras, sin poder decirle que no a Dumbledore.

–Perfecto. Eso es todo. Mejor me voy a verificar que Neville está ocupado en lo que le encomendé que hiciera. –Dijo ya mientras se marchaba.


Nota de Autora...

No tengo excusas por no haber publicado antes. Los insultos son bienvenidos al igual que las críticas.

Espero poder quitarme la mala costumbre de no publicar seguido.

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Los quiero