CAPITULO 4
Bella se quedo en el puesto de ayudante del encargado del almacén de piensos.
Seth bromeaba con ella y le hacia sentirse tan a gusto como si estuviera en casa. Durante la segunda semana de trabajo, pidió permiso para llevar a Ángela con ella los sábados por la mañana. Su madre había tenido un par de días malos, explico, y no tenis fuerzas para cuidar de Ángela. A Seth le pareció bien. Pero cuando Edward entro en el almacén y vio a la niña, no le gusto.
-Este es un lugar peligroso para una cría- le dijo a Bella con cariño. –Si se cae una brida de la pared, por ejemplo, podría hacerle daño-.
-No había pensado en ello- Bella se quedo mirándolo.
-Y luego están los pesticidas- añadió Edward. –Si se abre uno de los sacos con los que juega, le puede entrar en los ojos y en la boca. No me importa que este aquí, pero búscale algo que hacer en el mostrador. Que no ande por aquí, ¿vale?-.
-Sabes mucho de niños- aseguro Bella inclinando la cabeza hacia un lado.
-Tengo sobrinas de la edad de Ángela- le conto Edward mientras veía como Ángela se subía a una silla para alcanzar el mostrador. –Hecho de menos tener una familia- añadió en voz baja. –Nunca encontré el momento de relajarme y pensar en algo permanente-.
-¿Por qué no?- pregunto Bella con curiosidad.
Los verdes ojos de Edward buscaron los suyos.
-Por la presión del trabajo, supongo- respondió con vaguedad. –Quería dejar mi marca en el mundo. La ambición y la vida familiar no cazan muy bien-.
-Ya lo entiendo- dijo Bella sonriéndole. –Querías ser algo más que un vaquero-.
La marca a la que se refería era la de crear con su hermano un ganado pura sangre que se conociera en todo el mundo. Los Cullen se habían ganado esa reputación, pero Edward había tenido que sacrificarse pasándose la vida de una feria de ganado a otra, llevando consigo los mejores ejemplares del rancho. Cuantos más premios ganaran sus toros, más dinero podían pedir por su progenie.
-Ahora eres capataz- continuo Bella. -¿Puedes llegar más alto?-.
-Claro- respondió el sonriendo. –Hay varios capataces, y por encima de ellos esta el encargado del rancho. Hay capataces que se ocupan de la producción de grano y, otros, de la inseminación de las vacas-.
-Oh- Bella parecía incomoda.
-Es parte del protocolo del rancho- continuo Edward con una sonrisa. –Ya no se hace como antes, de manera natural. Tenemos que asegurarnos de la descendencia-.
Bella sonrió a su vez con timidez.
-Gracias por no explicarlo con crudeza- le dijo. –El mes pasado vino un ranchero que quería unos pañales para su perra, que estaba en celo- se sonrojo un tanto. –Le pareció divertido que me incomodara su manera de hablar de ello-.
Edward la miro a los ojos.
-Bella, no tienes por que aguantar que ningún hombre te hable de un modo que te avergüence. Si un cliente utiliza un lenguaje rudo, ve a ver a Seth. Si no lo encuentras, llámame.
-Nunca pensé que… Quiero decir, eso parecía formar parte del trabajo- aseguro. –El señor Newton era peor que los clientes. Solía intentar averiguar la talla de mi… de mi…- Bella aparto la mirada. –Y sabes-.
-Por desgracia, si- respondió el con sequedad.
Bella se rasco un codo y alzo la vista para mirarlo como si fuera un gatito curioso.
-Iba a dejar el trabajo- recordó con una sonrisa nerviosa. –Incluso había hablado con mamá de ello. Pensó que incluso que si tenia que ir y volver todos los días de un pueblo a otro. Eso fue antes de que la gasolina subiera más de cuatro dólares el litro- concluyo con una mueca.
-Eso me recuerda que ahora vamos a añadir un plus para gasolina a la nomina- dijo Edward con una sonrisa.
-¡Que amable!-.
-Por supuesto. Yo soy muy amable- Edward frunció los labios. –Esa es una de mis grandes cualidades. Aparte de ser un gran conversador y un excelente jugador de póquer-.
Observo la reacción de Bella, que no parecía haberlo captado.
-¿He mencionado que además los perros me adoran?-.
Entonces ella se rio con timidez.
-Estas bromeando, ¿verdad?-.
-Lo intento-.
Bella sonrió. Eso hizo que sus ojos y su rostro se iluminaran.
-Debes de tener muchas responsabilidades, teniendo en cuenta todo el trabajo que estas haciendo en tu rancho- aseguro ella. –Seguro que no tienes tiempo para nada-.
Edward no tenía mucho tiempo libre, pero no podía decirle a ella por que. De hecho, el tiempo que llevaba en Forks, aunque fuera trabajando, eran como unas vacaciones, teniendo en cuenta la carga que llevaba encima cuando estaba en casa.
-Bueno, un hombre debe tener aspiraciones para resultar interesante- aseguro mirándola. -¿Cuáles son tus metas profesionales?-.
Ella parpadeo mientras pensaba.
-No tengo ninguna en realidad. Lo que deseo es cuidar de mi mamá todo lo que pueda, criar a Ángela, asegurarme que tiene una buena educación y ahorrar para enviarla a la universidad.
Edward frunció el ceño. Las metas de Bella incluían ayudar a los demás, no avanzar ella. El no había pensado nunca en el bienestar de alguien que no fuera el suyo. Y Bella era demasiado joven para ser tan generosa, aunque fuera de pensamiento.
Joven. Tenía diecinueve años. Edward frunció todavía mas el ceño mientras observaba el rostro aniñado. La encontraba muy atractiva. Tenía un gran corazón, una bonita sonrisa, bella figura y un gran sentido común. Pero su edad lo golpeaba en las entrañas cada vez que pensaba en Bella como parte de su vida. No se atrevía a tener una relación con ella.
-¿Qué ocurre?- pregunto Bella, que había percibido algo extraño.
Edward cambio el peso de un pie a otro.
-Estaba pensando en una cosa- le dijo mirando a Ángela. –Tienes demasiadas responsabilidades para una chica de tu edad-.
-¡Como si no lo supiera!- Bella se rió suavemente.
Edward entorno los ojos.
-Supongo que eso dificulta tu vida social. Con los hombres, me refiero- añadió odiándose a si mismo por tener aquella curiosidad.
Ella se rió otra vez.
-En el pueblo solo hay un par de hombres que no tengan esposa o novia, y huyen de mi. Uno de ellos vino directamente a decirme que yo llevaba demasiado equipaje siquiera para una cita-.
-¿Y tu que respondiste?- pregunto Edward alzando las cejas.
-Que quería a mi madre y a Ángela, y cualquier hombre que estuviera interesado en mi tendría que aceptarlas también a ellas. Eso no le gusto- añadió parpadeando. –Así que decidí que seria como el llanero solitario-.
-¿Enmascarada y misteriosa?- bromeo Edward.
-¡No!- se rió Bella. –Me refiero a que me quedaría sola. Bueno, con mi familia- miro hacia Ángela, que estaba sacando en silencio los paquetes de semillas de una caja que acababa de llegar. Los ojos de Bella se enternecieron. –Es muy inteligente. Tiene paciencia y es muy tranquila, nunca monta una rabieta. Creo que podría llegar a ser científica. Tiene una personalidad introspectiva y es muy cuidadosa con lo que hace-.
-Piensa antes de actuar- tradujo Edward.
-Exactamente. Yo tengo tendencias a precipitarme sin pensar en las consecuencias- añadió Bella riéndose. –Ángela no. Ellas es más analítica-.
-Ser impulsivo no es algo necesariamente malo- remarco Edward.
-Puede serlo- insistió Bella. –Pero estoy trabajando en ello. Tal vez dentro de unos años aprenda a mirar antes de saltar. ¿Cómo van las cosas en el rancho McCarty?- pregunto alzando la vista para mirarlo.
-Ya tenemos levantada la estructura de la cuadra- respondió. –También han venido los fontaneros y los electricistas.
-Solo tenemos un par de ellos aquí en el pueblo- señalo Bella. –Y normalmente están muy ocupados-.
-Tuvimos que traer personal de Chicago- dijo Edward. –Hay mucho trabajo. Al mismo tiempo esta la reforma de la casa y la construcción del establo. Hay que levantar la valla, comprar equipamiento agrícola… Es una tarea monumental-.
-Tu jefe debe de ser muy rico si puede permitirse todo eso en estos momentos de crisis- comento Bella.
-Lo es- confeso Edward. –Pero el rancho será autosuficiente cuando lo hayamos terminado. Vamos a utilizar paneles solares y molinos de viento para conseguir energía-.
En aquel momento apareció Ángela corriendo con una libreta y un lápiz.
-Disculpe- le dijo educadamente a Edward antes de girarse hacia su hermana. –Al teléfono hay un hombre que quiere hacer un pedido-.
-Iré ahora mismo a tomar nota. Ángela, este es Edward Masen. Es capataz de un rancho-.
Ángela alzo la vista para mirarlo y sonrió. Le faltaba un diente delantero, pero era muy mona.
-Cuando sea mayor voy hacer piloto de combate- afirmó la niña.
-¿Ah, sí?- pregunto Edward alzando las cejas.
-Sí. Vino una señora a ver a mamá, es enfermera. Su hija es piloto de combate y vuela en aviones muy grandes-.
-El mundo ha cambiado mucho- aseguro Bella riéndose.
-Así es-.
Edward apoyo una rodilla en el suelo delante de Ángela para poder mirarla a los ojos.
-¿Y que clase de avión te gustaría pilotar?- pregunto sin tomárselo demasiado enserio. La niña le puso una mano en el hombro. Tenía los ojos muy abiertos y muy decididos.
-Me gustan los F-22- aseguro con convicción. –¿Sabias que pueden sostenerse en el aire sin moverse?-.
Edward estaba fascinado. No estaba seguro de saber siquiera de que clase de avión militar se trataba.
-No- confeso. –No lo sabia-.
-Vi un programa de televisión que explicaba como los construyen. Y también salieron en una película sobre unos robots que llegan a nuestro planeta y fingían ser coches. Creo que los F-22 son preciosos- concluyo con expresión soñadora.
-Confió en que llegues a pilotar uno de ellos- le dijo.
La niña sonrió.
-Primero tengo que hacerme mayor- aseguro. -¡Bella!- exclamo entonces conteniendo el aliento. -¡Ese hombre sigue al teléfono!-.
-Ya voy, ya voy- respondió su hermana con una mueca.
-¿Volverás por aquí a vernos?- pregunto Ángela cuando Edward se puso de pie.
-Creo que sí-.
-¡Muy bien!- Ángela sonrió y corrió detrás del mostrador, don de Bella estaba al teléfono.
Edward fue en busca de Seth. Sin duda, el mundo había cambiado.
Newton fue llevado ante el juez bajo la acusación de acosos sexual. Se declaro inocente. El juez declaro libertad bajo fianza de cinco mil dólares. El acusado y su abogado protestaron. Newton no tenía tanto dinero, así que tendría que esperar el juicio en la cárcel. La idea no le resultaba en absoluto agradable.
Bella se entero de lo sucedido y se sintió culpable. A pesar de todos sus fallos, Newton tenía una esposa cuyo único error había sido sin duda escoger mal a su marido. Le parecía injusto que tuviera que sufrir igual que el acusado.
Así se lo dijo a Edward cuando este apareció por el almacén a finales de la siguiente semana.
-¿Preferirías que lo hubieran dejado libre para que fuera detrás de otra joven con resultados tal vez mas trágicos?- le pregunto el.
Bella se sonrojo.
-No, por supuesto que no-.
Edward alzo la mano y le acarició la mejilla con al yema de los dedos.
-Tienes un gran corazón, Bella- dijo con voz profunda y dulce. –Mucha gente podría utilizar tu compasión en tu contra-.
Ella lo miro con curiosidad, estremeciéndose ante el leve contacto de sus dedos sobre su piel.
-Supongo que habrá gente así- reconoció. –Pero la mayoría es buena y no quiere herir a los demás-.
El se rió con frialdad.
-¿Eso crees?-.
La expresión de Edward daba a entender cosas que ella supo leer fácilmente.
-Alguien te ha hecho daño- adivino manteniéndole la mirada. –Una mujer. Fue hace mucho tiempo. Nunca hablas de ello. Te lo guardas dentro y lo utilizas para mantener al mundo a una distancia prudencial-.
Edward torció el gesto.
-No me conoces- dijo a la defensiva.
-No debería- reconoció ella. –Pero te conozco-.
-No me lo digas- murmuro el con sarcasmo. –Sabes leer la mente-.
Bella negó con la cabeza.
-Se leer las arrugas-.
-¿Cómo dices?-.
-Las líneas de expresión de tu ceño son mas profundas que las de la sonrisa- le dijo sin querer confesarle que en su familia eran clarividentes para no asustarlo. –La tuya es una sonrisa social. La dejas en la puerta cuando regresas a casa-.
Edward entorno los ojos y no dijo nada. Bella era increíblemente perceptiva para ser tan joven.
Ella dejo escapar un suspiro.
-Vamos, dilo. Dime que me ocupe de mis propios asuntos. Lo intento, pero me molesta ver que la gente es desgraciada-.
-Yo no soy desgraciado- aseguro el con ímpetu. –Soy muy feliz-.
-Si tú lo dice…-.
Edward le lanzo una mirada llena de ira.
-El hecho de que una mujer me haya engañado no significa que se material de desecho-.
-¿Cómo te engaño?-.
No había hablado de ello en años. Ni siquiera con Emmett. Por un lado no le gustaba que aquella jovencita, una desconocida, metiera las narices en su vida. Y, por otro, tenia ganas de hablar de ello, de impedir que aquella herida se hiciera más grande en su interior.
-Se convirtió en mi prometida mientras vivía con otro hombre-.
Bella no dijo nada. Se limito a mirarlo como un gato curioso, esperando.
-Estaba tan enamorado de ella que no sospeche nada. Ella se iba algunos fines de semana con una amiga y yo me quedaba viendo películas o trabajando en casa. Un fin de semana que no tenia nada que hacer me acerque, donde ella dijo que se estaba alojando en un motel con su amiga para practicar la pesca con mosca- Edward suspiro. –El lugar no era muy grande y vive del turismo. Al final resulto que su amiga era un amigo millonario y que compartían habitación. No olvidare su cara de asombro cuando bajaron las escaleras y me encontró sentado en el recibidor-.
-¿Qué dijo?- pregunto Bella.
-Absolutamente nada. Se mordió el labio y fingió no conocer al otro hombre. El estaba furioso y yo me sentía como un estúpido. Volví a casa. Ella me llamo y trato de hablar conmigo, pero yo me negué. Hay cosas que no necesitan explicación.
No añadió, además, había contratado un detective privado para averiguar todo lo posible sobre aquella mujer. No era la primera vez que mantenía una red de ricos admiradores. Desde el principio fue por el dinero de Edward. El no tenía tanto dinero como el millonario con el que había ido a pescar, así que se había estado trabajando al millonario mientras dejaba a Edward hirviendo a fuego lento en el quemador de atrás. Al final los había perdido a los dos, como se merecía. Pero la experiencia había hecho que Edward desconfiara de todas las mujeres. Seguía pensando que solo lo querían por su dinero.
-¿El otro hombre era rico?- pregunto Bella.
-Asquerosamente rico- respondió el apretando los labios.
Ella le rozo la parte delantera de la camisa con un gesto tímido y vacilante.
-Lo siento- le dijo. –Pero en cierto modo tienes suerte de no ser rico- añadió.
-¿Y eso?-.
-Bueno, no tendrás nunca que preocuparte de que las mujeres te busquen por tu dinero-aseguro con inocencia.
-No hay mucho que buscar- dijo Edward con aire ausente.
Estaba concentrado en el modo que lo estaba rozando. Ella no parecía ser siquiera consiente, pero su cuerpo temblaba por el placer que le estaba proporcionando.
-Estas de broma, ¿verdad?- le pregunto riéndose. –Eres muy guapo. Defiendes a la gente débil. Te gustan los niños. Y los perros te adoran- añadió traviesa recordando la broma que le había hecho. –Y, además, deben de gustarte los animales, por que trabajas con ganado-.
Mientras hablaba, Bella había puesto la otra mano en su pecho y le acariciaba con indolencia el ancho torso. El cuerpo de Edward estaba comenzando a responder a sus carisias de un modo profundo. Sus ojos verdes brillaron con un deseo contenido. Entonces le agarro las manos con brusquedad y se las aparto.
-No hagas eso- le pidió con sequedad sin pensar en como iba a afectarla eso a ella. Pero corría el peligro de perder el control. Deseaba estrecharla entre sus brazos, apretarla contra si y besar aquella boquita hasta hacerla gemir bajo sus labios.
Ella se aparto, avergonzada de su propia osadía.
-Lo siento- murmuro sonrojándose. –Lo siento mucho. No estoy acostumbrada a tratar con hombres. Quiero decir, que nunca había hecho algo así… lo siento-.
Bella se dio la vuelta y salió corriendo de regreso al mostrador. Una vez allí, descolgó el teléfono para llamar aun cliente y avisarle de que había llegado su pedido. Así Edward pensaría que estaba ocupada.
El maldijo entre dientes. No había sido su intención hacer que se sintiera como una descarada por su comentario, pero lo cierto era que le estaba llegando al corazón. La deseaba. Era cálida y compasiva y tenía un cuerpo menudo y excitante. Edward tenía que salir de allí. Se dio la vuelta y salió del almacén. Debería haberse disculpado por ser tan brusco, pero sabia que nunca conseguiría explicarse sin contarle la verdad. No podía hacerlo. Bella era demasiado joven para el. Tenia que marcharse una temporada del pueblo.
Dejo a Carl Baker, antiguo capataz de McCarty, a cargo del rancho mientras el iba a pasar el fin de semana a Phoenix.
Su hermano mayor, Emmett, lo recibió en la puerta con un cálido abrazo.
-Entra- dijo con una sonrisa. –Te hemos echado de menos-.
-¡Tío Edward!-.
Bess y Jenny, las hijas del anterior matrimonio de Emmett, corrieron por el vestíbulo para darle un beso.
-¡Oh, tío Edward, cuanto te hemos echado de menos!- exclamo Bess, la mayor, colgándosele del cuello.
-Sí, es verdad- la secundo Jenny besándole la mejilla.
-¿Nos has has traído un regalo?- pregunto Bess.
-¿No lo hago siempre? Miren en la bolsa que hay al lado de mi maleta-.
Las niñas corrieron hacia la bolsa, encontraron los regalos envueltos y los destrozaron literalmente para abrirlos. Eran dos animales de peluche con un código de barras que permitía a los niños entrar en una página Web en la que podían vestir a sus mascotas y vivir aventuras con ellos.
-¡Mascotas virtuales!- exclamo Bess abrazando su labrador negro.
Jenny tenía un collie. Lo estrecho contra si.
-¡Las hemos visto en televisión!-.
-¿Podemos utilizar el ordenador, papá?- suplico Bess. –Por favor…-.
-¿Utilizar el ordenador?- pregunto Rosalie, la mujer de Emmett, con una sonrisa. -¿En que andan ahora, niñas?- añadió deteniéndose para abrazar a Edward antes de apoyarse con cariño contra su marido.
-¡Es una mascota virtual, Rosalie!- exclamo Bess enseñándole la suya. –Nos las a traído el tío Edward.
-¡Yo tengo un collie como Lassie!-.
-Necesitamos el ordenador- insistió Bess.
-Entonces, lo encenderé- dijo Rosalie. –Vengan conmigo, niñas. ¿Vas a quedarte un tiempo?- le pregunto a Edward.
-El fin de semana- respondió Edward sonriendo a las niñas. –Necesitaba un respiro-.
-Era de esperar- aseguro Emmett. –Te has echado una buena encima. ¿Seguro que no quieres más ayuda?-.
-Me esta yendo bien. Solo ha surgido una pequeña complicación-.
Rosalie llevo a las niñas al despacho de Emmett, donde estaba el ordenador. Cuando ya no podían oírlos, Emmett se giro hacia se hermano.
-¿Qué clase de complicación?- le pregunto a Edward.
-Una chica-.
Los claros ojos de Emmett brillaron.
-Ya era hora-.
Edward negó con la cabeza.
-No lo entiendes. Tiene diecinueve años-.
Emmett se limito a sonreír.
-Rosalie tenia veintiuno recién cumplidos, y yo no soy mucho mayor que tu. La edad no tiene nada que ver-.
Edward sintió como si le hubieran quitado un peso de encima.
-No tiene mundo-.
Emmett sonrió.
-Mejor todavía. Ven a tomar un café y un trozo de tarta y cuéntamelo todo-.
¡Hola!, mil perdones esta vez si tarde un poco en actualizar per la universidad y el trabajo apenas y me dan un respiro.
Espero y se acuerden de dejarme un review. No se olviden.
