"¡El mundo está desquiciado! ¡Vaya faena, haber nacido yo para querer arreglarlo!"
(Si, claro)
Todo había sido culpa de Albus, no tiene duda. Empezó como un favor, algo inofensivo. Ella, ante todo, nunca fue capaz de negarle algo a su primo, porque era lo más cercano que ella tenía a un hermano (ya que Hugo, en su forma de ser tan especial, solo se quería a él mismo y a su escoba, lo demás era secundario). Por eso fue que cuando Albus le imploró con su carita de cachorro que le ayudase, ella no se pudo negar. Como le gustaría devolverse en el tiempo y pegarle una patada en el trasero hasta que quitara esa expresión de Bambi de su rostro. Maldito manipulador.
Por su culpa, ella está en el suelo de la Sala de Trofeos limpiando cada uno de los artefactos brillantes que se encontraban ahí...a lo muggle. No solo eso, sino que además, Albus debe de estar regocijándose de lo lindo en la sala común por su gran hazaña. Y ella estaba cansada de ver el resultado de años y años de trofeos ganados, todos en un cuarto minúsculo y ella solo con un cepillo de dientes.
–Apenas lo vea, Albus terminará con este cepillo de dientes metido por el...–dice ella, murmurando cosas para sí misma. ¿Cómo fue posible que, si el criminal de la familia es él, ella es la que está castigada? No quiere ni recordar bajo qué circunstancias fue atrapada. Solo dirá que tuvo que ver con la gata de Filch, unas tijeras y una poción en proceso . No planea dar más declaraciones sin un abogado, debería llamar a su madre. Al pensarlo bien, se da cuenta que si su madre se entera de esto, se enojaría más que aquella vez cuando James, Albus y ella vistieron su viejo gato de angelito y lo colgaron en la punta del árbol, las fiestas pasadas. Ríe al recordarlo.
–¿Te estás riendo sola, Weasley?
Se detiene al instante, congelada. Por un momento piensa que alguien la ha estado espiando y se pone a pensar donde demonios está su varita (cuando recuerda que McGonagall se la quitó antes de empezar el castigo), pero a los segundos reconoce la voz y vuelve los ojos con cansancio.
–Eso pasa con la gente loca, Goldstein. Nos contamos bromas a nosotros mismos –dice, viéndolo caminar hacía ella. Él bufa con ironía y se sienta a su lado.
–Si alguno de los dos está loco, no eres tú
–Oh, pero si yo se que estás loco. Loco por mí, diría yo
Los dos ríen, joviales. Rose sigue en su tarea de limpiar los interminables trofeos (aunque también se plantea seriamente en tirarlos por una ventana) y él le ayuda. Por eso ella quiere tanto a Anthony, porque siempre está ahí para ayudarla en los momentos difíciles, es increíble. Ellos dos se conocieron el primer año en Hogwarts, cuando fueron a dar a Gryffindor. Ella estaba ilusionada por entrar a la casa que había visto crecer a sus padres (y a sus abuelos, y a los abuelos de sus abuelos) y él estaba asustado porque su familia siempre había estado en Ravenclaw y no sabía que esperar.
Cuando fue elegida y un coro de "Weasley, Weasley" se extendió por la mesa (mas que todo por sus primos), ella decidió sentarse en la otra esquina de lo abochornada que se sentía, junto a él, que la miraba con curiosidad. Después de hablar un poco de lo curioso que era el techo del comedor y que era impresionante la cantidad de cuadros que habían en las paredes, Anthony mencionó que sus padres se conocía de la época del colegio.
–Estuvieron juntos en algún club o algo así, un tal ED que nunca he entendido que hacía, pero parece que se metieron en problemas –ella tampoco sabía lo que era, pero sonaba interesante.
–Bueno, es que mis padres siempre se metían en problemas
Desde ese banquete hasta ahora, seis años después, son inseparables.
–Albus me pareció muy sonriente cuando le pregunté en dónde estabas –dice Anthony mientras pule un trofeo especialmente sucio
–Más le vale que esté contento, por su culpa estoy aquí metida
–¿Qué ha pasado exactamente? –pregunta con curiosidad. Ella solo atina a suspirar mientras su mirada se va tornando peligrosamente asesina.
–Nada mas digamos que, dentro de unos días, verás a unos cuantos Slytherins con cola de gato –dice ella con tono de misterio. Se quedan un instante, y él parece a punto de estallar a carcajadas.
–¿Y tú te prestaste para eso? Oh, Rose, la sangre Weasley te ha llamado. Aunque habría sido más divertido si fueran alas de gallina y cola de burro o algo parecido
–No te atrevas a decir eso en frente de Albus, que no ocupa más ideas –y trata de quedarse seria para mantener su estado amenazador, pero la imagen mental de un gato con alas de gallina es realmente hilarante.
Riéndose como tontos al plantear todas las posibilidades creacionales de híbridos en el mundo mágico (desde un ratón con ojos de lechuza hasta un Hagrid con patas de hipogrifo), terminan con todos los -malditos malditos malditos- trofeos habidos y por haber en la historia del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. De la nada, la puerta se abre y entra un muy agitado Albus. Al verla, suspira aliviado y coloca las manos en las rodillas, recuperando el aliento. Después de unos cuantos " inhalo, exhalo, inhalo, exhalo", la mira con su carita de perro abandonado.
–Perdóname, oh primita linda, cual belleza e inteligencia jamás será superada por mortal alguno. ¿Podeis acaso perdonar a este tonto? –pregunta Albus, teatralmente. Ella lo mira con enojo, poniéndose de pie todavía con el trofeo en la mano.
–Me convenciste de que te ayudara en tu plan y no me avisaste cuando venía Filch. ¡Se suponía que debías cubrirme!
–Sí, lo sé. ¡Lo siento tanto! Me distraje un segundo y en eso pasó el engendro ese –dice él, todavía con tono agitado
– ¿Te distrajiste? –pregunta Anthony, imitándolo. Albus lo mira como si quisiera golpearlo.
–Mira, Rose... Rosie, te debo una. No sabes cuánto tiempo he estado tratando de conseguir esos mechones de cabello y tú fuiste de gran ayuda. Si necesitas algo, cualquier cosa, solo dímelo, ¿Si?
Rose, abre la boca para decirle por donde puede meterse su gran ayuda (y de paso, aquel cepillo de dientes), cuando se escuchan pasos viniendo del pasillo. Albus tenía la molesta manía de nunca cerrar bien las puertas.
–Ustedes dos, escóndanse. Si Filch viene y los ve aquí, creerá que me ayudaron y le dirá a McGonagall. A ver, escondiéndose –dice mientras los apura con la mano. Los dos se miran entre sí y se colocan detrás de un armario sin hacer más preguntas. Ella ya está lo suficientemente estresada.
Unos segundos después se asoma por la puerta un muchacho rubio, con mirada de fastidio.
–¿Estabas hablando sola, Weasley? –cuestiona él. Antes de que pueda responder que no estaba hablando sola, él continúa. –Me han enviando a ver si ya habías terminado...por lo que veo, parece que sí. Solo recoge eso y podrás salir.
Rose lo mira con cara de circunstancias.
–¿Puedes hacer un hechizo, Malfoy? McGonagall se dejó mi varita hasta que terminara con esto –y aunque trata de poner la famosa cara de Albus, no siente que le sale muy bien. Él solo la mira.
–Es tu castigo, hazlo tú solita
–Pero...
–Eh, nadie te dijo que atacaras a la anciana gata de Filch, ¿está bien? Termina con eso, Weasley, que McGonagall no está nada feliz contigo –y se da media vuelta, caminando hacia la puerta. –Ah, y te quedó una mancha ahí
Y Rose termina arrojando el trofeo que tenía en la mano contra la puerta (ahora cerrada), con furia. Se encuentra a si misma murmurando un montón de maldito idiota y puede irse a meter su mancha por la boca y sacársela del trasero.
Cuando mira a Anthony y a Albus saliendo de detrás del armario, recuerda que estaban ahí y que escucharon todo. Anthony la mira con diversión y con un movimiento de muñeca, hace levitar los trofeos en el suelo y los coloca en los estantes. Ella mira a Albus intensamente mientras él termina de disculparse. Rose lo hace callar alzando la mano.
– ¿Sabes qué? Ya sé como encontrarás la redención
–Nómbralo y te lo consigo –dice Albus, con ojos expectantes
–Quiero a Malfoy con cuerpo de Hagrid y patas de hipogrifo –Albus la mira sonriente mientras Anthony ahoga una risa.
Y así comienza todo
