MARK Y JULIETA, DRAMA DE AMOR
2º PARTE
1
-Yo he estado antes en este sitio –musitó Mark débilmente mientras su vista discurría por la austera y espartana habitación. Era un lugar de paredes de piedra caliza, sin adornos ni ningún tipo decoración. Había dos camas con sendas cabeceras de madera y en la pared del fondo, en un rincón, bajo dos estanterías sujetas a la pared mediante escuadras, estaba un pequeño escritorio con un libro de tapas rojas sobre su superficie. Una vela sobre una palmatoria iluminaba débilmente la estancia y en la pared de la izquierda se abría una ventana con un elaborado enrejado y rematada por un arco de medio punto. Una silla estaba embutida bajo el escritorio frente a dos cajones con tirones dorados que sobresalían del lateral izquierdo del mismo.
Estaba recostado en la cama de de la derecha. Aunque Curio y Francisco le habían tratado bien, durante el camino de ida al refugio había sufrido un desvanecimiento ante la lógica y temerosa Julieta, que no se separó de él ni un momento y que le observaba en mitad de la estancia. La luz que entraba por la ventana protegida por el recargado enrejado recortaba su perfil contra el muro de adobe que estaba a su espalda. Mark la contempló sorprendido. En esos momentos le pareció inmensamente hermosa, la mujer más maravillosa que hubiese conocido nunca, incluso más que Candy. Rechazó aquel pensamiento airado, enojado consigo mismo por haberlo siquiera planteado.
Julieta corrió a su lado asegurándose de que estuviera bien. Mark estaba aun bajo los efectos del tremendo esfuerzo que había realizado para conseguir llegar hasta Neo Verona. Pese a sus protestas, Julieta le obligó literalmente a acostarse mientras Cordelia le preparaba la cena. Normalmente Julieta solía ayudar a su amiga en las labores de limpieza y domésticas que el Refugio exigía pero aquella tarde, Cordelia fingió no darse cuenta de las prolongadas estancias de su amiga en la habitación de Mark. El joven había aceptado quedarse allí debido a que no tenía donde alojarse. Se giró de lado para contemplar a Julieta, moviendo las mantas y haciendo que estas se desplazaran destapándole. Julieta sonrió y le abrigó colocándolas en su sitio. La muchacha le contempló por un instante. Aquellas pupilas de color miel eran tan atrayentes y preciosas que le costó sobremanera desviar sus mirada. Julieta posó su mano derecha sobre la frente de Mark para tomarle la temperatura y notó que era normal y constante. Entonces, su improvisada enfermera, le examinó las venas tomándole el pulso que encontró constante y regular, aunque un poco rápido, y reparó en el débil y pulsante resplandor que iluminaba su piel desde el interior.
-Es esa sustancia, ¿ verdad ? –le preguntó ella –la que te confiere esos poderes….
-Sí Julieta –dijo Mark un poco contrariado- pero tengo que vivir con ella. Y siento haber irrumpido aquí en tu vida. Yo…
Julieta le puso un dedo en los labios y adelantó su rostro hasta pocos centímetros del de Mark. Este notaba el tentador aroma que la muchacha desprendía, a aquellas extrañas y llamativas flores llamadas iris, que nunca antes había siquiera podido imaginar. El iris, el emblema principal de la familia Capuleto que coronaba el recargado escudo de armas. Mark dio un respingo. Julieta continuó su avance poco a poco, clavándole esa mirada..esa mirada tan sugestiva y dulce. Extendió los largos y flexibles brazos rodeando su cuello. Mark no se resistió, aunque lo pretendió, pero no era capaz, fue en vano. Deseaba estar con ella, quería tenerla entre sus brazos y hacerla suya. Entonces Julieta cerró los ojos y depositó un suave y breve beso en sus labios. A continuación se apartó de él. Su falda de color crema con un dobladillo marrón, se estremeció levemente, cuando la muchacha se dirigió rápida y cadenciosamente, hacia una especie de arca que estaba sobre una mesa situada justo en frente de ambas camas. Levantó la cubierta forrada en terciopelo y con el escudo de armas de los Capuleto, y una espada ricamente decorada y que descansaba sobre el fondo del arca recubierto de satén rojo apareció ante sus ojos. Mark se incorporó haciendo una mueca de dolor. Al momento Julieta se giró para correr a su lado, pero Mark ya estaba en pie y se asomó sobre el hombro de Julieta para admirar la espada.
-Es la espada de tu padre, ¿ no es así Julieta ?
La chica asintió con un gesto de ira en su semblante. Mark adelantó la mano preguntándola con la mirada si podía tomarla entre sus dedos. Asintió y Mark levantó como si de una pluma se tratara el arma, que debía pesar bastante. Asió la empuñadura cubierta de filigranas entrelazadas en forma de equis y fue recorriendo con la vista, los abigarrados y barrocos relieves que en forma de filigranas y espirales iban descendiendo a lo largo del mango de la espada, hasta culminar en una reproducción más reducida del escudo de armas de los Capuleto. Unas pequeñas alas doradas culminaban la cúspide de la empuñadura. Julieta le dejó hacer. Le observaba fascinada mientras esgrimía con maestría la espada de su familia. A la muchacha se le antojó un príncipe, alguien de porte regio sosteniendo el símbolo de su poder. Mark observó con ojo experto el temible acero. Tiró de la empuñadura y extrajo la espada de la vaina con un sonido metálico. Alzó la espada y la hoja relumbró bajo la luz que entraba por la ventana. Mark realizó un molinete con el arma para comprobar su peso y sus ojos negros y tristes se reflejaron en el bruñido y afilado acero. Entonces Julieta le abrazó desde atrás, reclinando su rostro contra su espalda. Mark notó como algo húmedo y cálido le bajaba por la espalda. A través del improvisado espejo en que se había convertido la hoja de la espada vio a Julieta. Estaba llorando, estremecida y abrazada a él.
-Mark, Mark, intenté olvidarte, quise expulsarte de mis recuerdos y de mi corazón, pero, pero…-dijo mesándose los largos cabellos que remansaron sobre sus hombros –no…no he podido
Hizo una pausa. Se apretó con más fuerza contra él. Mark notó como la respiración agitada y rápida de la muchacha se transmitía a través de su piel. El suave calor, el vaho que desprendía su aliento, el aroma a aquellas flores tan sugerentes de grandes pétalos. Le estaba volviendo loco el contacto con la muchacha. Entonces quiso volverse para estrecharla entre sus brazos, pero no lo hizo. Sabía que si hacía aquello, tal vez ya no podría parar.
2
Sonaron unos leves y apagados golpes en la puerta de madera rústica. Julieta dio un respingo y maldijo por lo bajo ante la inoportuna interrupción creyendo que Mark había estado a punto de corresponderla, sin sospechar de la lucha interior que se abatía sobre su alma. Entonces la joven tomó la espada de su familia y rápidamente la guardó en el arca forrada de terciopelo rojo. No quería que el resentimiento que sus amigos y protectores tenían hacia Mark, aumentara si le descubrían manoseando la espada, herencia de su padre. Mark se la tendió cuando la muchacha realizó rápidos e impulsivos gestos para que se le devolviera y en un instante la restituyó a su lugar mirando nerviosamente hacia la puerta. Algunas gotas de sudor perlaban su frente. Tenía miedo de que Curio o Francisco la sorprendieran tratando de forma tan vanal un objeto tan reverenciado por ellos y más en manos de alguien a quien nunca habían aceptado, como Mark. Los golpes arreciaron y Julieta se situó junto a Mark pero a una prudente distancia para no dar pie a malentendidos. Casi le preocupaba más que la hubieran descubierto con la espada en las manos, que habiendo estado en brazos de Mark. Se aclaró la garganta y su voz, tan bella como sus rasgos aristocráticos y juveniles dijo con firmeza:
-Adelante.
La puerta chirrió sobre sus goznes y un hombre de porte elegante entró en la alcoba. Llevaba un pequeño solideo sobre la cabeza y sus cabellos grises cubrían su nuca, con algunos mechones rebeldes que se encrespaban hacia arriba. Tenía una fina barba gris y de la sotabarba pendía una pequeña y minúscula perilla cuidadosamente recortada. Llevaba un jubón con franjas blancas verticales de manga corta, sobre una camisa blanca. Sus ojos pequeños y vivaces estaban enmarcados por unos lentes redondos que aumentaban la sensación de que su mirada podía escrutarte hasta el alma. Un mechón de pelo gris le caía sobre la frente curtida. Aquel hombre emanaba autoridad y producía respeto.
Bajo el jubón destacaban los faldones de la camisa y asomando a su vez bajo estos, unos pantalones de tela burda y áspera de color claro. Calzaba unas botas de cuero y los puños de su camisa eran claros, ribeteados por dos franjas en los bordes superior e inferior de cada puño, de la misma tonalidad de su jubón. Se encaró a Mark. Era evidente que su presencia allí, delante de Julieta, de su protegida, le resultaba molesta y desagradable. Clavó sus ojos en Mark, pero este no se dejó intimidar. Sostuvo la mirada del hombre y dijo con voz áspera:
-Mark, sabía que tarde o temprano aparecerías por aquí, para nuestro pesar.
Julieta se adelantó y se situó entre el anciano y Mark. Sus ojos ambarinos echaban chispas.
-No te permito que le hables así Conrad –dijo la chica enojada. El amor hacía que su comportamiento fuera osado y poco respetuoso para con el anciano –no puedes juzgarle. Además puede resultar útil para nuestra causa.
Conrad caminó por la habitación llegándose hasta el arca que contenía la espada de su señor asesinado por los Montesco. La abrió con cuidado, con veneración, procurando que sus dedos largos y ágiles no mancharan la venerada y respetada reliquia. Extrajo la espada que ya había tenido entre sus manos Julieta y la esgrimió en alto. Desenvainó la espada y aferrándola con una fuerza que nadie sospecharía en sus marchitos y ajados dedos atacó a Mark ante el horror de Julieta que se lanzó hacia la cintura de Conrad para derribarlo por tierra y evitar que hiriera a Mark. Pero Conrad evitó a Julieta que resbaló y rodó por el suelo de baldosas. Mark se apartó con la agilidad de un áspid haciéndose a un lado. La estocada se perdió en el aire y de no ser porque Mark sujetó el brazo de Conrad que empuñaba el preciado acero, este se habría incrustado con fuerza entre las hendiduras que dejaban entre si los bloques de adobe que conformaban la pared, astillándose posiblemente debido al gran empuje que Conrad imprimió a su veloz acometida. Julieta miró fijamente a Mark con asombro y fascinada. Nadie había logrado nunca antes, esquivar las estocadas de Conrad y menos ponerle una mano encima como Mark había hecho.
Conrad abrió levemente la boca y de sus labios escapó un leve gruñido de asombro, mientras sus ojos se centraban obsesivamente en la punta de la espada que había quedado a pocos milímetros de la pared. De no haber frenado Mark el impulso de su brazo, la punta de la espada y parte de su filo se habría mellado inevitablemente. Enarcó su finas cejas y miró a Mark con mal disimulado odio, pero el joven que continuaba sujetando su brazo no se inmutó.
-Suéltame, no te atrevas a ponerme una mano encima –dijo con ira y voz silibante.
-Has pretendido probarme y me he prestado a ello –dijo Mark- y sería una lástima que esta magnífica espada hubiera mellado su filo de forma tan absurda. Por eso detuve tu mano.
Conrad intentó retirar el brazo, pero comprobó sorprendido que no podía. Mark apenas ejercía presión en torno a su carne, pero notó que le era imposible liberarse hasta que Mark aflojó la presión de sus dedos.
Conrad retiró el brazo rápidamente y se subió la manga. Un pequeño moratón formado por la presa de los dedos de Mark se estaba formando rápidamente en su piel.
Lanzó un suspiro y le observó con ira. Luego contempló a Julieta cuyos bellos ojos le suplicaban encarecidamente que permitiera que Mark continuara en el Refugio. No le era simpático, por el mero hecho de estar cerca de Julieta y parecer atraer la atención de la muchacha por algo más profundo que una mal disimulada curiosidad e interés vanal, que por supuesto, no era tal. Pero necesitaban todos los brazos posibles para culminar su venganza contra los Capuleto.
-Eres fuerte, de eso no hay duda –dijo mientras volvía a guardar la espada en su alojamiento, ante la mirada furiosa y reprobadora de Julieta- puedes quedarte. Nos vendría bien que te sumaras a nuestra causa.
Mark miró a Julieta de nuevo. Una desesperada suplica de amor titilaba en sus pupilas. Mark sabía perfectamente que continuaba enamorada de él, y él, extrañamente, sentía recíprocamente la misma sensación.
Mark observó a Conrad y asintió para la alegría de Julieta, que estaba observando expectante a ambos hombres, conteniendo el aliento, con las manos entrelazadas sobre su pecho, mientras su corazón latía desbocada y aceleradamente. Mark y realizó una leve inclinación con la cabeza.
-De acuerdo, pero las suspicacias se deben de terminar automáticamente. Estoy harto de recelos y malas caras.
-No eres bienvenido aquí –dijo Conrad ajustándose el pequeño solideo que se le había desplazado por la violenta e imprevista acometida contra Mark que había librado con facilidad –pero por mi señora –dijo desviando los ojos hacia el adorable rostro de Julieta- pasaré por encima de mis principios y haré una excepción. Luego se inclinó ante Julieta con ceremonia y realizó una reverencia ante la extrañada muchacha:
-Señora, lamento que hayáis tenido que contemplar esta desagradable actuación mía, pero tenía que probar la valía de este hombre.
Cerró la puerta con cuidado, reconcomiéndose por haberse puesto en evidencia absurdamente, como un principiante, aunque un sudor frío recorrió su cuerpo. Si aquel hombre hubiera pretendido matarle, de seguro que no habría salido vivo de la habitación.
3
Mark contemplaba desde la ventana la agitada y bulliciosa vida de Neo Verona. A su lado, Julieta le abrazaba estrechamente, reclinando la cabeza sobre el hombro izquierdo de él. La chica pasó su brazo por la cintura de Mark y este ceñía el talle de Julieta, que estaba angustiada ante la posibilidad de que Mark decidiera tomar venganza contra Conrad. Entonces Mark que notó la sombra de aquella duda en sus pupilas, acarició los cabellos castaños con reflejos rojizos de la muchacha y dijo atrayéndola hacia él:
-¿ Qué te preocupa querida Julieta ? sabes que me apena verte tan triste.
Julieta se mordió los labios. Deseaba besarle, tenerle solo para ella, pero la proximidad de Curio y Francisco montando guardia y el desagradable incidente con Conrad la disuadían de cualquier muestra de afecto. En ese instante Mark, dedujo que todo se debía a la extraña manera que el anciano jefe del grupo que custodiaba a Julieta había probado sus habilidades.
-Mark, ¿ no te enojaste cuando Conrad…te atacó ? –preguntó mientras se apretujaba más contra el joven.
-Quieres saber si le habría matado, ¿ no ? –preguntó Mark observando como algunos pegasus montados por nobles jugaban a perseguirse haciendo acrobacias y dejándose llevar por la emoción de tan arriesgado juego, ante las miradas envidiosas o indiferentes de los ciudadanos de Neo Verona.
Julieta asintió. Quería saber hasta donde habría podido llegar, quizás para vencer su propia reticencia a empuñar la espada que Conrad había alzado contra él, para consumar la venganza contra los Montesco por el asesinato de sus padres. Mark conocía la historia, y dijo besando la coronilla donde el pelo de Julieta se alborotaba y producía un gracioso remolino.
-Ha habido ocasiones…en que no tuve más remedio –dijo Mark evocando el momento en que tuvo que acabar con las vidas de aquel capataz y sus treinta matones para evitar que abusaran de Candy- pero siempre….cuando no tuve otra salida.
Caminó por la habitación. Julieta no se separó de su brazo ni un solo momento y Mark, que notaba la agradable sensación embriagadora y envolvente de tenerla junto así, no rehuyó su contacto. Inspiró aire y dijo:
-Una vez, en mi tiempo, en mi mundo, tuve que segar varias vidas para proteger la de mi esposa. Yo…
Al escuchar aquella revelación, Julieta se apartó de él contrariada, mirándole con tristeza, con ira. Se sentía engañada y humillada. Mark bajó la cabeza apenado, por haberse equivocado tan tontamente al revelárselo involuntariamente y tan pronto. Le torturaba el haber desairado a una chica tan hermosa. No deseaba hacerlo, pero casi se dijo que sería mejor así. Cuanto antes la desengañara, aunque a él se le hiciera añicos el alma, mejor. Porque estaba notando algo muy peligroso y totalmente imprevisto. Se había dado cuenta con un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo que no solamente estaba bien junto a ella, si no que estaba empezando a enamorarse de Julieta. Entonces Mark le dio la espalda y dijo mientras algunas lágrimas resbalaban por sus mejillas:
-Esto no debería haber pasado nunca Julieta. Yo, estoy casado y tengo dos hijos y no….
Pero para sorpresa de Mark, Julieta hizo algo imprevisto, algo que jamás creyó posible en una persona como ella, tan fuerte e independiente. La muchacha que se hacía pasar por hombre, la joven que encarnaba al escurridizo y letal hombre de armas que se suponía era el torbellino rojo, se había venido abajo. Su corazón estaba deshecho, sangrando de amor, y sus lágrimas reclamaban insistentemente la atención de Mark, su cariño, su afecto, su fuerza. Mark se giró entonces notando algo parecido. La miró a los ojos, la contempló arrebatado. Un leve rumor en las mejillas de Julieta la tornaba aun más adorable y hermosa. Mark dio un respingo. En aquellos ojos ambarinos, bajo los cabellos castaños y rojizos se contempló así mismo, se vio sufriendo por el amor de Candy, por su aparente indiferencia, por sus vanos y repetidos intentos por lograr su amor. Y ahora que lo tenía, ahora que estaba desposado con ella y habían concebido dos hijos, no podía sacarse la imagen de aquella muchacha más joven que él de su cabeza. Julieta se abalanzó sobre él, a medias irritada por su aparente rechazo, a medias porque aquella pasión la impulsaba irracionalmente hacia sus brazos. Como Tristan e Iseo que se amaron tras beber de la misma copa estando destinados a odiarse, porque la sirvienta de ella cambió el veneno por el filtro de amor, se sentían irrefrenablemente impelidos el uno hacia el otro. Mark la estrechó entre sus brazos y sus labios se encontraron con los de ella, uniéndose brutal y fuertemente. Julieta separó su boca de la suya unos centímetros y dijo entre susurros y jadeos:
-Debería odiarte, odiarte por la revelación que me has hecho, y por separarme de Romeo….pero, pero siento que mi amor por ti me arrastra y me domina.
Mark la besó ansiosamente por segunda vez enterrando sus manos en sus cabellos. Evolucionaron girando por toda la habitación y finalmente tropezaron con la cama sobre la que se recostaron inevitablemente.
-Debería odiarme yo –dijo Mark con voz entrecortada- por hacerle esto a mi esposa y a ti, pero….pero –dijo recorriendo el cuerpo de la muchacha con sus manos- siento que….
Entonces se detuvo y alejó a Julieta empujándola suavemente por los hombros, para separarse de la atribulada y desilusionada muchacha.
Mark desvió la mirada y dijo ante a la chica:
-Lo siento Julieta, pero no puede ser…Las cosas han cambiado.
Se irguió y abandonó la habitación en dirección a la planta baja.
Julieta se tendió en la cama y rompió a llorar amargamente.
4
Julieta lloraba impotente, y sin poder contenerse. Agarraba con furia las mantas y tiraba de ellas, convulsionada, por un fuerte sufrimiento. Cuanto más la rechazaba, más le amaba. Sabía que tenía razón, pero no era capaz de aceptarlo. Entonces pensó en como se había modificado su estatura, pero algo le advirtió en su interior de que no debería preguntar por ello. Era mejor no indagar en aquel asunto, porque sin saber porqué tuvo la sensación de que fuera lo que fuera, lo que había hecho para alterar su altura, tenía relación con su esposa, a la que había mencionado involuntariamente. Julieta lo notó por el temblor de su timbre de voz.
"Debe de ser la misma mujer de la que estaba enamorado" –se dijo recordando sus primeros encuentros.
Tal vez Mark, la amase más que a ella. Quizás estaba pasando por un mal momento, pero si algún día lo perdía por segunda vez, al menos le quedaría el consuelo, de por un breve lapso de tiempo, haberle tenido para ella. Jugueteó con uno de sus rizos rojizos y se dijo llevándose una mano a los labios y sonriendo brevemente, aun en medio de su dolor, diciendo con voz queda:
"Iba a decirme que me amaba".
Julieta observó la cama deshecha, en la que habían ido a parar. Sintió el calor que aun emanaban las sábanas, y reclinando su mejilla derecha sobre la almohada, cerró los ojos mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas, y empezó a recordar.
5
Fue durante la Feria de las Flores. Mark había estado vagando por Neo Verona, intentando encontrar un motivo para irse, pero no lo conseguía por más vueltas que le daba. La muchacha de cabellos castaños y rojizos y de ojos de ambar estaba presente en sus pensamientos, inevitablemente y en sus obsesiones. Caminaba por las calles indiferente a todo. Cuando hubiera debido de encender el iridium y marcharse cuanto antes de allí para no volver, continuaba en la populosa y glamorosa urbe sembrada de palacios y altos edificios entre los que se deslizaban los pegasus que los pocos privilegiados que podían acceder a ellos, obligaban a planear volando, a veces temeraria y audazmente, entre las edificaciones. Una niña de unos cinco años apuntaba su dedo índice hacia el cielo mientras su madre, una bella mujer de ojos negros y con un sombrero de ala ancha rematado por flores seguía las evoluciones de los poderosos animales. Entonces la niña dijo algo que atrajo la atención de Mark de forma involuntaria:
-Como me gustaría volar por el cielo, no estar siempre sujeta a la tierra.
Mark se estremeció. Entonces se acordó de Julieta a la que no había vuelto a ver, después de que se marchara con aquellos dos hombres, Curio y Francisco que parecían escoltarla celosamente. Mark notó que le dolía un poco el pecho al pensar en la joven. Se palpó el pecho con la mano derecha frotándolo levemente. Levantó la vista y se dijo:
"A mí no me hace falta ningún Pegaso para volar".
Pero le faltaba el motivo para hacerlo de nuevo. Ella.
Se fijó que había dos disciplinadas hileras de gente que contemplaba alborozada un desfile de carrozas tiradas por pegasus enjaezados, conducidos por jóvenes ataviados con motivos alusivos a cada una de las carrozas, que recorrían lentamente la calle mientras pétalos de color rojo y blanco saturaban el aire cayendo mansamente sobre la gente. Uno se posó en su cabeza y se lo retiró con gesto displicente. Intentó cruzar la calle y el padre de la niña que se había emocionado por las acrobacias y los giros de los pegasus le puso una mano en el hombro. Mark se giró con ira y con poco tacto. Tenía los nervios y la sensibilidad a flor de piel y el no haber hallado a Julieta de nuevo, le tornaba irritable y hosco. El hombre que era tan alto como él, y con un sombrero de la misma tonalidad que el de su esposa llevaba un jubón verde con rayas negras y una capa con una flor que cubría parte de su pecho.
-Está usted pisando el manto señor.
Mark que no entendía lo que pretendía decirle, le observó con una expresión de perplejidad en los ojos. Entonces el hombre, y su esposa señalaron hacia el suelo. Mark bajó la vista intrigado y descubrió una extraordinario mosaico multicolor formado por hileras de miles de flores cuidadosamente dispuestas que formaban figuras geométricas y representaciones de rosas, y una flor que jamás antes había tenido noticia de que existiera tan siquiera.. Mark suspiró e hizo una leve inclinación de cabeza en señal de disculpa. Entonces la niña se fijó en sus extrañas ropas y en la estatura del hombre. La pequeña se echó a llorar asustada por la hosquedad de Mark, al que muchos asistentes a la fiesta empezaron a mirar con reprobación. Mark que no quería líos se marchó discretamente, pero algunos carabinieri empezaron a intercambiar impresiones mientras le señalaban con el dedo. Uno de ellos comentó:
-Debe ser el vagabundo que duerme en el parque del Este –dijo esgrimiendo su lanza en dirección hacia Mark.
El capitán, ligeramente tambaleante, contempló su lista de individuos sospechosos, vagos y maleantes que diariamente era suministrada a cada retén de guardia de carabinieris y señalando los reglones de apretada caligrafía, y haciendo un monótono "eeeemmmm" con los labios fruncidos, detuvo su dedo repentinamente Allí estaba la descripción. Cabellos largos y negros, estatura elevada, fuerte complexión, chaqueta negra, pantalones azules y aquel extraño calzado. Mark, que estaba sumido en sus pensamientos, se puso a admirar el desfile sin nada mejor que hacer. Una carroza en la que iban encaramadas varias bellas muchachas que saludaban a la multitud y con una estrella creada a partir de multitud de flores, y jalonada por representaciones de grandes y voluminosos floreros en sus cuatro esquinas, fue la primera en pasar ante sus ojos tristes y esquivos, mientras los pétalos y las guirnaldas seguían lloviendo a su alrededor. Luego siguiendo a la carroza de la estrella, llegó a continuación otra más pequeña, en la que la estatua de una muchacha alada con las manos entrelazadas sobre el pecho y agarrándose los hombros, sobre un centro de flores despertó la admiración y los elogios del público que aplaudió a su paso. Mark continuó caminando. Todo el mundo le miraba, apartándose temerosos a su paso. Su extraña indumentaria, sus maneras bruscas, su gesto hosco y bronco, le hacía inconfundible para cualquiera que se cruzara con él. Entonces el capitán de carabinieris que había estado repasando su lista de sospechosos, le abordó al frente de cinco de sus hombres, que le apuntaron con sus lanzas. Mark lanzó un suspiro de cansancio mientras el arrogante jefe de los agentes de la ley, que parecía haber trasegado más alcohol de la cuenta a juzgar como le hedía el aliento a, le decía escuetamente y con acritud:
-Documentación.
Mark presagió que el día no acabaría tranquilo. Intentó razonar con el arrogante oficial, pero este estaba decidido a ganarse una mención o quizás algo peor.
-Documentación –le espetó apoyando su dedo índice en el pecho de Mark- y no me hagas perder los estribos amigo.
Mark se echó mano a la cartera mecánicamente e iba a extraer su DNI. La situación era tan absurda que estaba a punto de reir, cosa que hizo involuntariamente, cuando advirtió que iba a enseñar sus documentos del siglo XXI a un guardia del Renacimiento, o donde hubiera ido a parar. Aquellos hombres solo buscaban pelea y de una forma u otra la encontrarían. Era una lástima. Aparte de las molestas miradas de la gente, que no le importaban en absoluto, estaba disfrutando del espectáculo y olvidando a Julieta. Pero el suspicaz capitán creyó que se estaba burlando de él al escuchar como unas suaves carcajadas brotaban de la garganta del joven. Entonces esgrimió su lanza y apuntó directamente al cuello de Mark. Este levantó las manos y el capitán ordenó a sus hombres que le cargaran de grilletes. Mark resistió pacientemente y dejó hacer mientras los soldados, un poco temerosos de su apariencia iban a ponerle las cadenas casi pidiéndole permiso. Los grilletes resonaban como maracas entre las manos de algunos de los soldados más jóvenes e inexpertos, impresionados por el aspecto de Mark. Entonces una muchacha de ojos verdes y cabellos castaños en compañía de un joven de pelo corto observaron la escena. La chica que llevaba las puntas de su cabellera recogidas hacia arriba y un cinta en torno al cuello sacó la lengua a los carabinieris mientras su acompañante trataba de que se estuviera quieta asiéndola por los hombros. Entonces, los ojos de Mark y del chico se cruzaron por un instante. Inmediatamente, casi al instante, se reconocieron el uno en el otro.
-Mark –musitó él, que en realidad era Julieta disfrazada de hombre.
-Julieta –se dijo Mark en voz baja mientras ya no sentía deseos de seguirles el juego a los guardias. La chica que se había mofado de los carabinieris y que llevaba un refresco en la mano en una copa de cristal de la que emergía una flor de pétalos rojos no había previsto que el capitán fuera tan suspicaz, cosa que Mark había tenido ocasión de comprobar a su pesar. El oficial avanzó hasta ella cogiéndola de un brazo y apretando con fuerza.
-Te voy a enseñar a reírte de la autoridad, maldita fulana.
La muchacha chilló despavorida y Julieta no se contuvo más y de un empellón separó a su amiga del rudo y violento hombre. El capitán trastabilló y rodó por tierra provocando las risas de la multitud, al comprobar como un chico, apenas un niño, según juzgaron algunos a tenor de su aspecto, derribaba por tierra a un aguerrido miembro de la odiada policía del Gran Duque. Entonces desenvainó su espada. La gente se apartó despavorida y se desentendió del asunto. El capitán cogió a Julieta por el cuello y levantó su espada. Entonces Mark decidió que aquello estaba yendo demasiado lejos y que había llegado el momento de intervenir, y dando un salto, se plantó delante del capitán y las dos muchachas. Rápido como un rayo el puñetazo de Mark le pilló desprevenido y partiéndole dos dientes y el puente de la nariz, cayó desvanecido al suelo, sangrando por las fosas nasales. Entonces Mark tomó a Julieta de la mano y dijo tirando de ella:
-Vámonos de aquí, antes de que sea tarde.
-Pero Emilia… –dijo en referencia a su amiga, buscándola con la mirada.
-Que venga también –pero cuando ambos miraron hacia donde debería haber estado la muchacha esta no se encontraba allí.
-Emilia, Emilia –gritó Julieta, pero la chica no aparecía.
Entonces la divisaron del brazo de un elegante joven que se había ofrecido a mediar en la discusión. Resultó ser el hijo del prefecto de la policía de la ciudad. Cuando los hombres del capitán iban a detener a Emilia, a Mark y a Julieta, el joven se encaró con ellos. Era un muchacho pelirrojo y bien parecido con un pañuelo al cuello y una coleta que le bajaba por la espalda. Uno de sus ojos verdes estaba oculto por sus cabellos rebeldes y rizados.
-Están ustedes molestando a esta gente sin necesidad. Llévense a su jefe y no vuelvan por aquí. –dijo con decisión. Cuando los carabinieris le reconocieron, decidieron no meterse en líos, porque aquello podía suponerles un serio aprieto en el que no deseaban meterse, y recogieron a su maltrecho jefe que iba volviendo en sí, mientras se sujetaba las sienes doloridas por el puñetazo de Mark.
-Ese hombre está borracho –dijo con voz chillona Emilia- se ha metido con nosotros sin motivo alguno.
Varias voces sonaron aprobatorias, mientras algunas cabezas asentían. Les rodeaba un nutrido grupo de gente. El hijo del prefecto de la policía giró la cabeza haciendo un gesto de asco. El aliento del capitán era algo insoportable.
-Está usted borracho. Lárguese de aquí o daré parte a los asistentes de mi padre para que le arresten por desempeñar sus funciones ebrio –dijo tapándose la nariz con un pañuelo de encaje.
Luego señaló a los temerosos carabinieris y añadió:
-Y a ustedes también les mencionaré por no hacer nada para impedir esta degradante situación.
Los carabinieris se marcharon humillados mientras el capitán gritaba incoherencias y amenazas que suscitaban la hilaridad de la gente, porque sabían que con Rafael de Farnesio, de la Casa de Testi no se atreverían a hacer nada y menos delante de tantos testigos.
Emilia que iba cogida del brazo de Rafael, saludó a Julieta guiñándola un ojo, mientras movía su cabeza hacia delante. La cinta roja que adornaba su cabeza, brilló sobre sus cabellos.
-Odín perdóname –le dijo Emilia mientras Rafael la observaba divertido. Su desparpajo y su descaro parecían haber suscitado el interés del elegante joven.
-Vuelve a casa, me temo que no volveré hasta tarde –añadió la muchacha sonriendo a su acompañante y coqueteando con él.
Luego la pareja les dio la espalda y se internó entre la muchedumbre, perdiéndose entre el gentío. Julieta giró la cabeza. Mark permanecía a su lado. Se miraron por un instante. De nuevo aquella sensación tan turbadora la asaltó. Una niña se estaba probando una guirnalda sobre sus cabellos, ante la mirada alborozada de sus padres, lanzando alegres carcajadas.. Un poco más lejos, vieron a dos niños reclinados. El niño sentado sobre una piedra le ofrecía un ramo de flores a una niña de su edad que estaba agachada en cuclillas, observando el presente del niño con gratitud, o quizás algo más. Mark se puso a caminar junto a Julieta sobre el pavimento de losas. Sus pasos resonaban levemente sobre el suelo empedrado. Entonces, la muchacha adelantó su mano y Mark extendió la suya, tomándola con fuerza. La chica fingió que se agachaba para recoger algo que se le había caído y se deshizo de su peluca, dejando que su cabellera entre castaña y rojiza emergiera de su prisión en una visión que sobrecogió a Mark. Ambos jóvenes empezaron a correr alborozados, riendo alegres. Mark notó que la opresión de su pecho desaparecía y que una suave y tranquila paz ocupaba el vacío de su corazón. Exhaustos y riendo felices se detuvieron para coger aire que inspiraron ansiosos. Y se pusieron a pasear sin prisas, con calma, hablando con recíproca complicidad, de cosas banales y triviales que fueron aproximando sus corazones más rápido de lo que quisieron darse cuenta.
-Gracias por salvarme –dijo Julieta pasando las yemas de sus dedos por las falanges de los de Mark, admirando su fortaleza, bajo la presión de los firmes dedos del joven.
-No fue nada –dijo Mark sinceramente- estoy harto de ver como esos matones oprimen la ciudad, aunque parece que poco se puede hacer en contra suya.
-Así es –dijo Julieta con ira- pero este estado de cosas no durará demasiado Mark –dijo con decisión y firmemente convencida de cuanto decía, para sorpresa de Mark, que sentía que se encerraba un profundo y oculto significado, más de lo que la completa rotundidad de aquellas palabras, aparentaban. Dedujo o sospechó que aquella adorable muchacha tenía un importe secreto a sus espaldas, pero prefirió no estropear la agradable cita con cuestiones que no venían a cuento y que solo eran especulaciones suyas.
Llegaron hasta uno de los numerosos puentes que atravesaban el río que dividía la ciudad en dos mitades casi simétricas. Julieta se apoyó sobre el pretil del puente y miró las aguas en las que rielaba la luna. Habían estado caminando durante tanto tiempo, que sin darse cuenta, había anochecido. Bloques de elegantes edificios de apartamentos residenciales, se alzaban a ambas márgenes del caudaloso río y al fondo destacaba otro puente rematado por una airosa y elegante hilera de arcos por la que discurrían algunas personas y parejas tomadas de la mano. Mark sonrió admirando la fina arquitectura del puente y dijo imitando a Julieta y reclinando sus codos en la balaustrada:
-Parece el Puente de los Suspiros, de Venecia.
Julieta le observó intrigada y le preguntó mientras se mesaba los cabellos con la mano izquierda:
-¿ Que puente es ese Mark, y que ciudad es Venecia ? No las conozco.
-Están en mi mundo. Venecia es una ciudad de canales recorrida por góndolas, como aquí y el puente de los Suspiros…
Se detuvo embelesado por los ojos de Julieta, de un intenso fulgor. La muchacha le animó a continuar hablando, entre risas, esperando el resto de su narración con ansia
-Se trata de un puente, donde los prisioneros que eran conducidos a las mazmorras, a través de él, suspiraban porque sería la última vez que contemplaran el cielo y el mar. Unía el antiguo palacio ducal y las mazmorras de la prisión cercana.
La voz grave y dulce de Mark hacía temblar a la muchacha de pies a cabeza, que mostraba un leve rubor bajo sus ojos ligeramente entornados y pendientes del joven en todo momento.
En ese momento, unos fuegos artificiales se elevaron desde el horizonte de la ciudad restallando en el firmamento estrellado recreando caprichosas y caleidoscópicas figuras a manera de estrellas y círculos dorados acompañadas por las detonaciones que iban en crescendo. Julieta contempló a Mark y este la rodeó con sus brazos, atrayéndola hacia sí. La muchacha abrió los ojos más de la cuenta y soltó una breve exclamación de sorpresa, pero Julieta no se resistió ni se ofendió. Lentamente, los rostros de ambos jóvenes fueron aproximándose y sus labios se unieron. Esta vez Mark no retiró los suyos. Se besaron cerrando los ojos, mientras el mundo parecía arder por el efecto de los brillantes efectos pirotécnicos que restallaban a su alrededor, como telón de fondo a su amor. Julieta advirtió que las mejillas de Mark brillaban, perladas por sendos regueros refulgentes. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Apretó la mano derecha de Mark entre las suyas, preocupada por si le había ofendido y dijo:
-Mark, ¿ por qué lloras ? ¿ que te ocurre querido ?
-No es nada Julieta, -dijo Mark retirando algunas lágrimas de sus ojos con el dorso de la mano- pero, nunca sospeché que viviría un instante tan hermoso. Este río, la ciudad de Neo Verona tan bella, los fuegos artificiales en esta noche tan evocadora.
Dejó de hablar. Miró hacia el otro lado de la calle. Un payaso con un gran sombrero y una exagerada gola de pliegues blanca, ataviado con una casaca roja y amarilla, iba repartiendo caramelos seguido por una comitiva de niños y niñas mientras danzaba en exageradas piruetas, sobre sus grandes zapatones que asomaban bajo los pantalones de bombacho. Una vendedora de flores pasó en ese momento delante de la pareja, atrayendo su atención. Mark le compró una de las insólitas y chocantes flores conocidas como iris con una moneda que había encontrado horas antes en el parque en el que solía pernoctar al aire libre y se la ofreció a la muchacha mientras le decía con voz emocionada:
-Y sobre todo tú, Julieta.
Mark –dijo ella mientras el brillo de sus pupilas flotaba ligeramente. Se fundieron en un abrazo, besándose de nuevo. Ya solo quería estar con él. Aquel misterioso muchacho que había conocido junto a una fuente en el baile de la Rosa Roja, bajo la efigie orante de una diosa alada, en medio de una gran explanada, circundada por una monumental arcada, ya no le importaba.
El haberse topado con Mark, había evaporado de sus recuerdos, el breve y efímero encuentro con aquel otro joven.
Ni Mark ni Julieta podían saber ni sospechaban, que a poca distancia de allí, dicho muchacho de ojos verdes y cabellos cortos castaños, ataviado con una amplia casaca de delicado encaje, y largas y amplias mangas y regio porte que denotaba su origen noble, les estaba observando. El ramo de iris que se agitaba débilmente entre sus dedos, cayó al suelo. El joven levantó su zapato y pisoteó rabiosamente el ramillete hasta convertirlo en un desecho inservible. Luego se alejó de allí llorando y mascullando con ira:
-Nunca más volveré a enamorarme.
Se alejó de allí. "Nunca más" iba repitiendo con rabia y voz tomada por el dolor. El eco de sus palabras se fue alejando, a medida que se distanciaba de la escena que tanto daño le estaba causando. Su nombre era Romeo.
6
-Julieta, Julieta -sonaron unos golpes propinados con fuerza en la puerta de roble, mientras una voz de mujer proveniente del otro lado de la misma, la llamaba con impaciencia y preocupación. La muchacha se tendió de lado sobre la cama, pero no se movió. Contempló los gruesos y recios maderos de la puerta y se quedó inmóvil, sin decir ni hacer nada. No reaccionaba, estaba como insensible, completamente demudada.
Curio se había cruzado con Mark cuando este bajaba las escaleras en dirección a la cocina para desayunar. Entonces el joven, que había escuchado los lamentos y sollozos apagados de Julieta, le observó con su único ojo sano y le aferró por el antebrazo con fuerza. Mark estaba tan desolado y apagado que ni previó que aquella mano de hierro le aferrara como una tenaza. De lo contrario la habría esquivado fácilmente. Curio retuvo a Mark un instante y señalando hacia la puerta del dormitorio le preguntó furioso:
-¿ Qué le has hecho a Julieta bastardo ?
Mark desvió la mirada para no tener que enfrentarse a las acusadoras y reprobatorias pupilas de Curio, e intentó zafarse de la presa que los dedos del hombre hacían en torno a su muñeca, pero este redobló la fuerza de su mano sobre la piel de Mark. Finalmente este último lanzó un breve suspiro y dijo mirando a Curio fijamente:
-Suéltame Curio, no tengo porque darte explicaciones.
Pero Curio no estaba dispuesto a aceptar sus insolencias y depositó su mano libre en torno a la empuñadura de su espada rodeándola con su puño crispado, que temblaba levemente. Mark no aguantó más. Estaba deshecho, destrozado, porque sentía un creciente amor hacia Julieta que le estaba abrasando, y era algo que no podía entender. No comprendía de que forma había olvidado cuanto Candy significaba para él al igual que sus dos hijos. Por eso, se marcharía de allí en cuanto tuviera ocasión. Le importaba un pimiento todo, las advertencias de Saori, el supuesto y mortal peligro que amenazaba al mundo. Curio tiró de su espada para desenvainarla, pero Mark le miró de soslayo. Un brillo peligroso que sorprendió a Curio flotó en sus ojos tristes y movió la mano con una fuerza y una agilidad sorprendentes, arrastrando a Curio consigo como si fuera un pelele, pero este no se soltaba fácilmente, aunque el brusco giro que había imprmido a su muñeca, hizo que el sorprendido espadachín, liberara sus dedos, inconscientemente. Mark era de su estatura y tenía teóricamente menos fuerza que él. Curio salió proyectado hacia delante y aterrizó de rodillas a unos metros de Mark. Su capa oscura revoloteó en torno al cuello, y se posó displicentemente sobre su espalda y piernas. Pero Curio no se dio por vencido. Desenvainó su acero y atacó a Mark pero este se apartó en un instante, como ya había hecho el día anterior. Mark continuó evitando sus ataques, hasta que harto de aquello, se lanzó de improviso contra Curio arrebatándole la espada que sin saber como, pasó de estar en su mano a la de Mark. El joven de ojos tristes dirigió la punta del arma hacia la garganta de Curio, que no pudo retroceder más, porque como decía el dicho, estaba entre la espada y la pared que le bloqueaba toda posibilidad de escape y en la que se apoyó palpándola con las manos primero y luego reclinando su cuerpo después sobre la misma. A partir de estos acontecimientos, apareció Julieta gritando histéricamente al escuchar el tremendo alboroto que ambos hombres estaban produciendo. Lentamente, los demás habitantes de la casa fueron asomándose asustados e incrédulos ante los gritos e imprecaciones de Curio. Conrad al que Mark había también rechazado fácilmente y su nieto Antonio irrumpieron de improviso. Cordelia y Francisco hicieron su aparición poco después. Todos contemplaron, a Mark conteniendo el aliento. Entonces en lo alto de la escalera que conducía a la planta superior, hermosa como nunca entre las lágrimas que bañaban su rostro, divisó a Julieta que tenía las manos entrelazadas sobre el pecho. La delgada tela de su vestido resaltaba sus senos que emergían turgentes bajo el tejido del corpiño.
Curio intentó reaccionar, pero Mark no le perdía de vista ni un solo instante. Los ojos de los dos jóvenes se encontraron ante la mirada de todos los presentes. Julieta musitó con sus labios que se movieron imperceptiblemente:
-Mark, amor mío, no me dejes.
El joven lo entendió perfectamente. En ese preciso instante, levantó la espada sujetándola firmemente por la empuñadura y haciendo un molinete tan veloz que ni siquiera Julieta experta en esgrima, lo mismo que Francisco, Curio y Conrad fue capaz de discernir el audaz movimiento. Y levantó la espada por su filo, por el extremo de la punta, sin cortarse, para devolvérsela a Curio.
Francisco se adelantó hasta Mark y acercando su rostro a poca distancia de la mejilla de Mark le espetó:
-¿ Por qué has atacado a Curio ? ¿ cómo te atreves a pagarnos así nuestra hospitalidad y ayuda ?
Sus dedos se deslizaron hacia el pomo de su acero, pero desistió. Sabía que cualquier tentativa de atacarle fracasaría. Aquel hombre tenía unos reflejos envidiables, pero una cosa era tener una agilidad pasmosa y otra muy distinta evitar acometidas, que incluso provenían de su espalda, como si una especie de sexto sentido le advirtiera todo el tiempo de cuanto sucedía a su alrededor, poniéndole sobre aviso.
Mark entornó los ojos y dijo mientras sus cabellos se removían debido al furioso vaivén que imprimió a su cuerpo para mirarles uno a uno:
-No temáis, no tendréis que seguir reprochándome mis defectos. Me marcho.
Se giró dándoles la espalda. Curio que aun no había colmado sus deseos de venganza intentó retenerle y flexionó los músculos de las piernas para saltarle encima, pero Francisco, depositó la palma de su mano sobre el hombro de su camarada y negó brevemente con gesto serio y adusto, con la cabeza conteniendo al impetuoso e irreflexivo Curio.
Mark caminó lentamente hacia el zaguán, sobre el que se abría un gran arco de medio punto, mientras los presentes se iban retirando a su paso con prevención. Conrad sonrió satisfecho porque había logrado su propósito de alejar a Mark de allí, aunque hubiera sido necesario aquel drama que emponzoñó la cordial atmósfera reinante en el refugio hasta ese instante. Pero escucharon un grito de dolor, casi agónico, la exclamación de una mujer enamorada y luego un golpe sordo y mullido contra el suelo que provenía de lo alto de la escalera, cuando el cuerpo de Julieta se desplomó sobre el suelo de madera. Sus largos cabellos castaños y rojizos se entremezclaron en una madeja que reposó a lo largo de su cuerpo y en derredor a su cabeza. Antonio abrió desmesuradamente sus grandes ojos verdes y subió las escaleras atropelladamente de tres en tres. Estuvo a punto de resbalarse en uno de los peldaños y rodar por la escalera, debido a su precipitación, pero finalmente llegó hasta arriba del todo sin aliento, y se arrodilló junto a una adorable figura inerte que no respondía a sus frenéticas llamadas.
-Julieta, Julieta -gritó el niño, pero la joven estaba más allá de todo aquello. Entonces Francisco subió en tropel a continuación.
-Dejadme paso, dejadme paso -repitió furioso y frenético. Se agachó junto a su protegida y le tomó el pulso. Julieta respiraba agitadamente, pero estaba bien, aunque había sufrido un fuerte shock nervioso. Entonces su voz cristalina y desgarrada llenó toda la estancia llegando claramente audible a todos.
-Mark, Mark, no....no te vayas.
Todas las miradas se centraron en el aludido joven. Curio se encaró nuevamente con Mark, pero este no se inmutó. Su rostro parecía esculpido en piedra. Toda su atención se centraba en Julieta. No hacía caso de las imprecaciones de Curio ni de sus feroces aspavientos. Mark dudó. No podía traicionar a su esposa, pero tampoco podía huir de allí, dejando a Julieta en aquel estado de postración. Pero si solo fuera ese el motivo…Mark sonrió tristemente y Curio tomó aquello como un gesto de desdén hacia su persona y hacia Julieta. Entonces el joven tuerto, se giró hacia sus amigos y dijo extendiendo los brazos con vehemencia:
-¿ Es que no lo véis ? ¿ es que estáis ciegos ? este sujeto, le ha hecho algo terrible e inconfensable a nuestra Julieta.
En ese preciso momento, Mark, sin hacer caso de sus recriminaciones, giró sobre sus talones y ascendió por las escaleras, avanzando lentamente. Francisco trató de cerrarle el paso, pero Mark dio una voltereta y pasó por encima de su cabeza describiendo una parábola cerrada delante de los atónitos ojos de todos. Antes de que el galante y reputado hombre de armas, que era tan ducho en la poesía y el amor como en los lances de la batalla, pudiera intuir incrédulo, siquiera lo que había sucedido, Mark ya estaba junto a Julieta. Se ajustó las solapas de su chaqueta percibiendo solo aire, donde hacía un momento tan solo había estado Mark, e cual se puso en cuclillas junto a la muchacha y la sostuvo entre sus brazos.
-No te atrevas a tocarla -gritó Conrad, pero Mark no le escuchó. El anciano se ajustó el solideo sobre sus cabellos grises y se tiró de la punta de sus bigotes y de la perilla con ira, como si quisiera arráncarselos de cuajo. Entonces Cordelia dio un respingo. Se llevó una mano a los labios. Sus ojos parecían bailar desorbitados dentro de las cuencas porque finalmente, alcanzó a comprender que tipo de desazón atenazaba a Julieta, y que era lo que realmente le sucedía a su querida amiga. Cordelia, la discreta y callada muchacha que tanto apreciaba y la que mejor conocía su carácter y que la había criado prácticamente desde que fuera rescatada aquel aciago día. Sus labios se abrieron y dejar escapar una exclamación que pasó desapercibida para todos.
"Ahora lo entiendo todo. Julieta se ha enamorado de este hombre" –pensó con cierto temor.
Mark la levantó en vilo con sus brazos. Entonces Julieta, reconfortada al sentir el calor de su piel en contacto con la suya, abrió los párpados y sus ojos se llenaron con el rostro serio y preocupado de Mark.
-Mark, has...vuelto...estás aquí de nuevo, conmigo -musitó lentamente.
Mark asintió lentamente y entonces dijo con voz dulce:
-Me quedaré si es tu deseo, querida Julieta.
La muchacha afirmó con la cabeza. Sus bellas pupilas ambarinas se llenaron de luz y los allí congregados descubrieron finalmente la verdad que se escondía tras la enigmática actitud de la muchacha, pese a que Cordelia ya conocía el entramado de dolor y tristeza que había surgido entre ambos jóvenes.
Entonces la muchacha reclinó su cabeza en el pecho de Mark. Escuchó los latidos de su corazón, fuertes y firmes. Ya no le importaba que sus amigos conocieran su secreto, le daba lo mismo.
-Mark -dijo ella en voz baja- por favor, quiero estar contigo. No me importa que sea durante poco tiempo, pero no me alejes de ti, mientras estés aquí. Por favor.
-Por favor -repitió con un eco lejano y quejumbroso.
Francisco admitió finalmente que se había precipitado a la hora de juzgar a Mark, pero su amigo presenciaba la escena de amor entre ambos jóvenes con ira, con una rabia que no le cabía dentro de sí.
-No hagas tonterías -dijo Francisco en un susurro aferrando su hombro izquierdo con dos dedos, intuyendo la tensión que estaba acumulando por momentos -ese hombre es muy peligroso. Ni los tres juntos podríamos hacerle nada, -dijo refiriéndose a ambos y a Conrad- nos despacharía como a patos en una cacería, si decidiera eliminarnos. No sé como pero tiene un inmenso poder, y no me refiero al que confiere el dinero ni las riquezas o la posición social. Proyecta llamaradas espantosas con las manos y quien más sabe de lo que es capaz. No me gusta, pero Julieta parece totalmente absorbida por él.
Pero Curio no le escuchaba. Su mirada estaba pendiente de Mark. No podía apartar la vista de ambos enamorados. Francisco conocía perfectamente el amargo y doloroso misterio que su amigo guardaba tan celosamente para sí, sin atreverse a revelarlo.
Estaba enamorado de Julieta. Precisamente había perdido su ojo derecho, intentando salvarla, una vez que fueron emboscados y rodeados por los temidos carabinieris.
Francisco se rascó la frente y dijo compasivamente, afectado por los amargos sentimientos encontrados de su amigo, con quien se sentía identificado y solidario, en referencia a la inevitabilidad del profundo amor que Julieta profesaba hacia Mark ineluctablemente…Y puede que también él.
-No podemos hacer nada Curio. Tienes que entenderlo –dijo comprensivamente a su camarada.
Pero no era tan sencillo apelar al sentido común de un hombre enamorado, porque precisamente tal, era lo que menos disponía en esos momentos.
6
Julieta estaba siendo auscultada por Lancelot, el amable y joven médico que se dedicaba a atender a los pacientes más pobres de Neo Verona sin apenas cobrar por sus servicios, aceptando como honorarios patatas, productos agrícolas o lo poco que las buenas y oprimidas gentes de la ciudad, podían escaquear y esconder a la voracidad de los recaudadores de impuestos del Gran Duque. Y eso cuando no tenía que trabajar gratis, movido por la piedad y su sentido del deber para con aquellas humildes personas.
Era un hombre recién entrado en la treintena, de gesto amable, y ojos verdes y cuyos cabellos negros estaban recogidos en una larga coleta que pendía sobre su espalda. Algunos mechones negros de pelo le bajaban sobre la despejada frente y observaba el mundo que le había tocado vivir a través de unas gafas de montura metálica y lentes redondas. Llevaba puesto un sayal de tela burda de color verde claro y el cuello almidonado de una camisa blanca sobresalía por encima de la prenda. Unos pantalones de tela liviana con unos zapatos no muy lujosos precisamente y poco lustrados, completaban su apariencia informal y juvenil.
-Bueno, en principio, estás bastante bien Julieta, aunque debes cuidarte, la última vez llegaste con unas heridas bastante feas.
Efectivamente. Mark se fijó que en el brazo derecho de la muchacha asomaba una pequeña cicatriz, que la había quedado de una herida, producida por un objeto punzante. Cordelia observaba a su amiga con gesto preocupado. La había acompañado a visitar al amable médico, debido a su repentino y preocupante desmayo. Pero la muchacha se había negado en redondo a acudir a ver a Lancelot, si no era acompañada por Mark. Naturalmente, Curio se opuso rotundamente, pero una mirada reprobadora de Conrad y los buenos oficios de Francisco, consiguieron calmarle por el momento. Era evidente, que si Mark se iba a quedar en el refugio, para luchar a su lado, la rivalidad entre ambos hombres podía llegar a constituir un problema muy serio para la buena marcha de la convivencia en el llamado Refugio. Pero Julieta estaba tan enamorada de Mark, que separarla de él a la fuerza, habría resultado muy problemático y terrible. Lancelot sonrió mientras Mark aguardaba en un rincón de la pequeña consulta, donde había un instrumental muy básico y primitivo. Había una vitrina de madera con tres estantes, cubiertos por puertas de vidrio correderas. A través de los ajados y manchados cristales se podían vislumbrar una miríada de frascos de diferentes tamaños y contenidos, destinados al almacenaje de productos medicinales y soluciones que Lancelot preparaba para sus pacientes en un pequeño cuartucho adyacente a la consulta, que servía como improvisado laboratorio. Una mesa que hacía las veces de camilla y mesa de operaciones con dos sillas desvencijadas completaban todo el mobiliario del heróico y jovial doctor que era inmensamente querido por toda la buena gente de los barrios adyacentes a su consulta. Entonces, Lancelot rogó a Cordelia y a Mark que aguardaran un momento fuera en la sala de espera, cuyo moblaje era tan desolador y desangelado como el de la consulta. Había un diván viejo que estaba pidiendo a gritos una restauración a fondo, aunque a Mark, le dio la impresión de lo que mejor se podía hacer con aquel vetusto mueble era prenderle fuego o tirarlo a los escombros y cambiarlo por otro nuevo. Lancelot iba a reconocer más detenidamente a su paciente y ambos jóvenes quedaron a solas en la sala de espera. Era temprano y aun no habían llegado nuevos pacientes, entre los que no era raro que se contaran algunas víctimas de los abusos de los carabinieri o de su brutalidad arbitraria sobre aquellas personas cuando no podían pagar los abusivos impuestos a los que eran sometidos, o simplemente cuando pretendían divertirse a costa de los habitantes de la ciudad o la pagaban con el primer desgraciado que se cruzaba en su camino, para desahogar su mal humor por las trivialidades o el incidente más banal o baladí.
Cordelia contempló a Mark que se había quitado la cazadora de cuero que reposaba sobre su brazo derecho. A su vez, Mark observó a la joven que llevaba los cabellos recogidos en un sencillo moño por una cinta roja. Vestía de forma natural y sencilla sin ninguna ostentación con un vestido cuya falda de color verde claro partía de un simple corpiño de lana con mangas blancas y un pañuelo que rodeaba su cuello, con un diminuto broche prendido en la zona central del mismo. Esa era su único concesión al lujo y al boato. Un simple cinturón que ceñía su talle completando el cuadro de su apariencia. Llevaba una pequeña cesta ceñida por las asas en el antebrazo derecho. Cordelia se fijó en Mark y le dijo sorpresivamente:
-Nunca has sido bien recibido entre nosotros –dijo la muchacha mientras trataba de escrutar los insondables ojos de Mark- pero yo no siento animadversión hacia ti. Nunca me has parecido mala persona, solo muy extraño y encerrado en ti mismo, pero te advierto que jamás permitiría que le hicieras daño a Julieta.
Cordelia pensó que el joven se pondría a la defensiva, pero aquel hombre no se amilanaba fácilmente. Contempló a la muchacha y dijo:
-Me estás poniendo a prueba Cordelia –dijo Mark mirando de soslayo a la joven que dio un respingo por su sagacidad. Era como si le estuviera leyendo el pensamiento. –Primero lo hizo Conrad, ayer, luego Curio y Francisco, que me atacaron de improviso, y ahora tú. Jamás le inflingiría ningún sufrimiento a Julieta, de eso –dijo cruzando los brazos de repente sobre el pecho- puedes estar segura.
Cordelia sostuvo su mirada. No le tenía miedo y Mark admiró sinceramente a aquella valerosa mujer que continuó hablando:
-Hay algo muy oscuro y nebuloso en torno a ti Mark. Tu estatura….ha cambiado, se ha reducido considerablemente y luego esa historia del fuego que emerge de tus manos como por encanto, ¿ quién eres tú realmente Mark Anderson ? ¿ que pretendes y que buscas aquí ?
Mark asintió y se dispuso a contestar cuando Cordelia le detuvo alzando la mano en la que llevaba la cesta de la compra con un seco y repentino ademán.
-Déjalo –dijo la joven retrocediendo unos pasos porque le había parecido escuchar quejarse levemente a Julieta- no es necesario que me lo cuentes, aunque yo casi te lo haya exigido. Es mejor no conocer tu secreto.
Entonces juntó sus manos en actitud orante y cerró los ojos. Su voz perdió su tono altivo y casi despectivo cuando se había dirigido a Mark y dijo:
-Julieta es como una hermana para mí. De pequeña, ella y yo…-se pasó la lengua por los labios antes de continuar. Le costaba trabajo hablar. Mark intentó confortarla poniendo una de sus manos en su hombro izquierdo, pero Cordelia le esquivó. Se sobrepuso al dolor que le suponía recordar aquellos trágicos pasajes de su vida y añadió:
-Ella y yo, estuvimos a punto de ser asesinadas junto con los padres de ella, los antiguos Capuleto.
Mark ladeó la cabeza. Los recios antebrazos sobresalían por las mangas de su camisa blanca a cuadros. Cordelia se fijó en que las venas de sus muñecas temblaban ligeramente y desprendían una luminiscencia anaranjada, parecida a la de las luciérnagas, pero pasó por alto aquello. Entonces Mark dijo:
-Conozco la historia. Conrad os salvó. Era el capitán de la guardia de la familia Capuleto.
Cordelia arqueó las cejas y dijo llevándose la otra mano libre a la cesta que pendía de su antebrazo:
-Vaya, veo que ella te lo contó. Entonces sabrás que escaparon casi por los pelos en una noche en que hacía una furiosa ventisca, a lomos de un pegasus blanco, cuyas riendas guiaba Conrad.
Mark asintió. Conocía la historia. El anciano del solideo que aun conservaba sus fuerzas, por la furiosa forma en que le había atacado, había rescatado a ambas muchachas in extremis. De hecho Julieta estuvo a punto de precipitarse al vacío de no ser porque el fuerte brazo de Conrad la sostuvo y la izó sobre la grupa del pegasus, mientras la niña pataleaba de miedo y chillaba de terror, al tiempo que la furiosa y desatada tormenta de nieve agitaba el pegasus que relinchaba y volaba inquieto entre las furiosas ráfagas de nieve, espoleadas por el furioso viento que soplaba y arreciaba aquella noche.
-Pero no tenéis ninguna probabilidad de llevar a cabo vuestra venganza –dijo Mark reclinando su cuerpo en una pared y levantando la pierna izquierda de forma que la suela de su playero izquierdo quedó en contacto con la misma. Seguía teniendo los brazos cruzados. Su aparente desprecio, sacó de sus casillas a Cordelia que intentó abofetearle indignada por poner en duda la capacidad de los Montesco sobrevivientes para recuperar su legado. Mark esquivó la bofetada con facilidad, ladeándose repentinamente sin que la mano de Cordelia entrara en contacto con su piel.
-¿ También tú pretendes agredirme ? –preguntó a la extrañada muchacha que clavó sus ojos en la palma de su mano extendida aun en mitad del lugar donde había estado Mark, parpadeando sorprendida.
-No tenéis ninguna posibilidad de vencer al Gran Duque. Cuenta con poderosos aliados, enemigos temibles que son la razón por la que esté aquí.
Entonces Mark ante la sorpresa de Cordelia se llevó la mano al cinturón y de un compartimiento oculto extrajo un objeto similar a un pequeño palo, no mucho mayor que la batuta de un director de orquesta. Apretó un botón y unos zumbidos que asustaron a la joven pero que eran inaudibles al otro lado de la habitación, extendieron el pequeño objeto hasta su tamaño original. Los servos y mecanismos creados por Haltoran y perfeccionados por él, desplegaron el arma. Cordelia miró balbuciente el objeto. Nunca antes en su vida había visto algo semejante, pero pudo reconocer vagamente en la ominosa y temible apariencia, un arma muy peligrosa. Finalmente el arma dejó de zumbar, y Mark realizó un molinete tan rápido que Cordelia tuvo la sensación de que esta había desaparecido entre las manos de Mark. Por último, un objeto cónico y pintado de negro brillante asomó por la boca del cañón, procedente directamente del ánima.
-¿ Qué,…qué es ese objeto ? –preguntó pese a que ya intuía la respuesta.
-Es un arma, de allá de donde vengo –dijo Mark empuñándola con seguridad y destreza. -Los aliados del duque tienen muchas como esta, y aun peores y más destructivas. No podréis vencer a alguien dotado de este armamento, con vuestras espadas y flechas que resultan primitivas, comparadas con esta.
Cordelia contempló el bruñido metal y la siniestra apariencia que le confería el ser de un color tan oscuro. Adelantó las manos y preguntó con una mirada interrogante a Mark si se la cedía por un instante. Aunque Cordelia tenía la misma destreza en el manejo de las armas y dominio de la esgrima que Julieta, nunca había empuñado una salvo en los entrenamientos. De hecho, odiaba radicalmente todo lo que le evocara la palabra guerra o armamento.
Pero picada por la curiosidad, extendió las manos. Mark la depositó entre sus dedos y soltó el arma anti-tanque para que Cordelia pudiera estudiarla detenidamente, más de cerca. En el momento en que liberó sus dedos, el peso del arma de Mark casi tumbó a Cordelia, cansando sus brazos repentinamente.
-No….no puedo levantarla…-dijo haciendo una mueca de dolor- pesa..demasiado.
Entonces Mark la cogió con una sola mano antes de que la espoleta de la granada cónica tocara el suelo haciendo volar todo el lugar por los aires. Cordelia aun jadeante por el esfuerzo miró a Mark con miedo y prevención. ¿ Quién era aquel hombre realmente ?
-Si hubiera caído al suelo, este lugar hubiera estallado en pedazos –dijo el joven ceñudo y escuetamente, plegando el arma al pulsar el botón que había tocado anteriormente, para hacer lo contrario.
-¿ Cómo que estallar ? –preguntó ligeramente histérica Cordelia. Su voz aguda resonó en los oídos de Mark. Cordelia se asombró de si misma. Normalmente su temperamento tranquilo y calmado la alejaba de esas expresiones de pánico y de pérdida de dominio.
-¿ Te refieres a como la pólvora de los fuegos de artificio ?
Mark guardó el arma en su cinturón mientras esta aun vibraba ligeramente por efecto de los servos y mecanismos de plegado.
-Sí, pero mucho más potente y destructiva. Este arma –dijo mirando a la muchacha- se utiliza realmente para detener carros de combate.
-¿ Qué es eso ? –preguntó adelantando el cuerpo hacia delante y con los puños crispados. De nuevo notó el pánico en su voz y aquello la ponía furiosa. No quería perder los estribos, no era propio de su carácter y menos ante alguien como aquel hombre que le producía una desagradable e incómoda sensación de angustia.
-Fortalezas móviles de hierro –dijo- tripuladas por hombres que las manejan desde su interior- con un cañón que dispara proyectiles en su parte frontal, como una catapulta.
Cordelia le contempló ceñuda. Un sudor frío descendió por su frente. De nuevo experimentó la desagradable sensación de miedo que le encogía la boca del estómago. Un sabor amargo, como de almendras le subió por el esófago para restallar en su garganta. Se llevó las manos al cuello y exclamó airada:
-No me tomes por tonta, no existe una cosa así.
-Aun no –dijo Mark- no en este tiempo ni dimensión, porque, ya no estoy seguro si Neo Verona forma parte del futuro de la Tierra o está situada en otro universo paralelo. No lo sé.
Entonces Cordelia entendió cual era el origen de aquel hombre, o por lo menos lo intuyó. La desagradable sensación de agobio y malestar iba ganando enteros a su cordura y racionalidad. Se mantuvo firme y finalmente, consiguió dominar el vértigo que se agitaba en su cabeza y en su corazón.
Entonces la valoración que se había hecho de él cambió de repente. Ya no le parecía tan desvalido e inofensivo como en un principio había juzgado, erroneamente. Su aversión hacia él creció después de aquellas revelaciones.
-Había dicho que no me parecías una mala persona, y lo sigo manteniendo, pero mis amigos tenían razón. Das miedo, y me repeles a partes iguales, pero tengo que tolerarte a la fuerza.
-¿ Por qué ? –preguntó Mark mientras recogía su cazadora de la silla. Las palabras de Lancelot al otro lado de la destartalada puerta de la consulta, elogiando su excelente salud, indicaban que la revisión de Julieta, estaba a punto de terminar.
-Porque Julieta está muy enamorada de ti y jamás como te he advertido antes, permitiría que sufriera el más mínimo daño. Y si tú la hicieras desgraciada, aunque fuese lo último que hiciera en mi vida, me enfrentaría a ti, Mark, para hacértelo pagar. Por eso, aunque no me caes bien, te soporto….por ella –dijo temblando ligeramente por la emoción y rotundidad que había en sus palabras.
Mark no respondió. Se puso la cazadora parsimoniosamente mientras admiraba la resolución y el coraje de aquella mujer y sabía positivamente que cumpliría su promesa si Julieta sufría injustamente. Pero ella no sabía que él también estaba debatiéndose en una lucha interior que le estaba desgarrando el alma. El dulce rostro de Julieta iluminaba su mente, desplazando al de Candy. Y aquella contradicción era algo que le estaba destrozando vivo.
La puerta de la consulta se abrió chirriando lastimosamente sobre sus oxidados goznes, y dejó paso a Julieta a la que acompañaba Lancelot y a los que también se les había agregado su joven esposa y sus dos hijas, que habían entrado en la consulta por otra entrada diferente. Una de ellas, recogía sus cabellos en dos elaboradas coletas e iba de la mano de su hermana mayor, que tendría en torno a unos trece años. La chica tenía los cabellos negros sueltos sobre la espalda. La esposa del médico abrazaba a su marido elogiando su habilidad para con sus pacientes. Cuando Julieta observó a Mark, avanzó hacia él con celeridad, y ante la sorpresa de todos, le abrazó con fuerza y depositó su cabeza sobre la camisa de Mark. El joven la envolvió con sus brazos y acarició sus cabellos castaños y rojizos.
Lancelot no dijo nada, lo mismo que su familia. Al contrario, parecían conmovidos por la escena. Cordelia lanzó un suspiro y miró hacia otro lado, mientras Julieta, sin poder contenerse musitaba el nombre del joven del que se había enamorado tan perdidamente.
-Mark, Mark –exclamó con los ojos cerrados y hundiendo su cara en el torso de Mark, sin importarle que Cordelia, junto con Lancelot y la familia del médico, la estuvieran observando.
-Bueno, Julieta está perfectamente –dijo Lancelot con cara de circunstancias y carraspeando, sintiéndose un poco violento, por invadir la intimidad de los dos amantes, o puede que ella no tuviera reparo en mostrarla abiertamente. Entregó a Cordelia unas bolsitas con hierbas curativas para mezclar, y una hoja garabateada de instrucciones, de su puño y letra, explicando el proceso de su preparación con las dosis adecuadas -pero debería cuidarse un poco más. Ese desmayo….-dijo mirando de soslayo a la pareja, algo azorado - no supone en principio merma alguna en su salud ni representa peligro alguno.
7
Hermione era hermosa en verdad. A sus diecisiete años se había convertido en una preciosa mujer de largos cabellos rubios y esplendorosos ojos azules. Su cabellera estaba dispuesta en tirabuzones peinados en dos trenzas simétricas que bajaban desde sus sienes hasta los hombros torneados y firmes. Su pelo era tan largo que aun podía permitirse el lujo de recogerlo en una cola de caballo sujeto por una cinta azul, cuyo color hacía juego con el de su vestido. Una parte de la falda de su vestido era de color azulado, siendo el resto de una tonalidad más clara. Paseaba por el claustro de un palacio que disponía de una galería cubierta y sostenida por columnas con capiteles adornados con motivos neoclasicos. El techo de la galería estaba abovedado y los arcos que partían de los capiteles se fundían con las bóvedas dando al conjunto arquitectónico una apariencia airosa y estilizada. En el centro del claustro había un frondoso y ubérrimo jardín en el que una fuente de mármol blanco con la estatua de una mujer que derramaba agua desde su cántaro permanentemente volcado se alzaba en mitad de una miríada de parterres con rosas rojas, azaleas azules y las llamativas y vistosas flores que no existían en la Tierra, conocidas como iris floridas. Al fondo, bordeando los jardines verdes había una serie de setos recortados con primoroso cuidado para darles la apariencia de arcos de vegetación engalanados por violetas y margaritas. La muchacha era la heredera de la Casa Borromeo y a la sazón la prometida de Romeo. Le estaba buscando, pero no había conseguido hallarle por ninguna parte. Finalmente le halló junto a la fuente en el centro del jardín. Le saludó efusívamente, pero Romeo rehuyó su contacto. Entonces se fijó que estaba llorando. La muchacha se le aproximó y le preguntó:
-Romeo, querido, ¿ que es lo que te ocurre ?
El muchacho se mesó los cabellos castaños y dijo mientras contemplaba su reflejo en el estanque de la fuente. La efigie de la doncella continuaba vertiendo el agua de su cántaro sin cesar. Parecía mirar a los ojos verdes de Romeo con una permanente y perpetua sonrisa de piedra.
-Nada Hermione –dijo el muchacho con hosquedad- me gustaría estar solo, si no te importa. Ahora si me disculpas…
El joven Montesco se marchó de allí caminando por la galería del claustro y dejando a Hermione sola que le llamó entonces pidiéndole que esperara un momento.
-Déjame Hermione –volvió a decir con frialdad y sin apenas volverse para mirarla- he tenido un día muy duro y me apetece estar solo. Además, mi padre me está esperando.
Entonces apretó el paso y se alejó de allí dando grandes zancadas y dejando sola a Hermione, que sintió que su dolor se acrecentaba. La muchacha sospechaba que su prometido se veía a escondidas con otra chica, y algo muy grave debía haber sucedido entre ellos, para que el joven estuviera tan silencioso, hosco y poco comunicador aquel día. Antes de que pudiera alcanzarlo, ya había doblado la esquina y se dirigía hacia el palacio, donde el Gran Duque le estaba esperando. Entonces Hermione reparó en un trozo de tela que se había desprendido del bolsillo de la casaca de Romeo, el cual no se había percatado de su pérdida. Hermione avanzó hasta la mitad de la galería donde había descubierto aquel hallazgo. Se agachó para recogerlo y al desplegarlo, comprobó que era un pañuelo de encaje, con unas iniciales torpemente bordadas en hilo rojo y azul, probablemente por manos inexpertas. Hermione examinó atentamente las iniciales R.M. Entonces dio un respingo y soltó el pañuelo con horror que cayó a la hierba del parque que se alzaba en el patio interior del claustro. Hermione fue a recogerlo de nuevo y se lo guardó en el bolsillo de su vestido.
8
Rand había ido a comprar provisiones porque las que guardaban en las despensas del CT-8 se estaban agotando. Vestido con aquella ropa que se le antojaba estrafalaria e incómoda, no obstante bajo su disfraz llevaba la armadura de combate de las FCA y algunas granadas aturdidoras por si las cosas se torcían. Habían conseguido averiguar que la moneda empleada en la ciudad era una pieza de plata llamada dux que equivalía a dos créditos de Esperanza. Habían reunido entre todos las joyas que llevaban encima. No les hacía ninguna gracia desprenderse de aquellas joyas, recuerdos tan queridos de familia pero no tenían más remedio, hasta que encontraran algún trabajo que les permitiera subsistir. Rand aportó una cadena, Cinthia un anillo con un broche, Luke una medalla y Oliveros nada porque no había traído ninguna. Rand empeñó las joyas en distintos lugares de la ciudad para no levantar sospechas. Obtuvo una importante cantidad de dinero por las joyas. No le hacía ninguna gracia, pero llevaban allí cerca de un mes y la comida empezaba a escasear. Además estaban hartos de dormir en el interior del CT-8, apretados como latas en sardina, lo cual les ponía de mal humor y dificultaba la convivencia entre ellos, ya de por sí bastante precaria, desde que aquel extraterrestre les había proyectado conscientemente o no, hacia aquel extraño mundo. Necesitaban encontrar trabajo y aunque fuera alojarse en una pensión. Rand estaba harto y dolorido de tener que dormir en el frío e incómodo suelo metálico del tanque, aguantando los ronquidos de Luke y las ensoñaciones de Oliveros, que a veces se pasaba recitando versos aun en sueños, buena parte de la noche. Finalmente tenía que coger el saco térmico y dormir en la cueva, aunque no sabía cual de las dos opciones era peor. Rand observó una moneda de dos duxes, que reposaba en la palma de su mano, y se fijó en la efigie del máximo gobernante de Neo Verona, a juzgar por la inscripción que logró descifrar a duras penas. Vio el perfil de un hombre barbudo, cabellos largos y tocado con una gorra y de rasgos prominentes. Rand no supo discernir si aquel hombre era así o le habían representado tan idealizado que habían deformado la apariencia del rostro, aunque para una moneda de curso legal, tampoco debería importar mucho.
"Debe ser el que ha convertido la vida de esta pobre gente en una pesadilla".
Y como si el destino esperara a que se formulara esa pregunta, le ofreció una respuesta que pronto despejó sus dudas. Dos carabinieri estaban presionando a una muchacha que temblaba de miedo, aprisionada entre sus lanzas entrecruzadas ante ella. Un enorme grupo de gente rodeaba a los guardias en semicírculo, bajo la sombra de una estatua de bronce representando a una deidad alada con cabeza de águila, o quizás la alegoría a un importante guerrero, armado con una lanza y un escudo. Mientras, su madre, separada de su hija, por las lanzas entrecruzadas, formando un aspa que sostenían dos carabinieris, que reían ante las peticiones de la pobre mujer, que les suplicaba desesperadamente:
-Por favor, entregadme a mi hija. No ha hecho nada malo.
La muchacha pelirroja se debatía con fiereza pero las sogas que atenazaban su cuerpo eran demasiado gruesas como para romperlas con facilidad.
-Madre –dijo la chica mirándola con sus ojos verdes teñidos de miedo.
-Esta chica es sospechosa de ser un sobreviviente de los Capuleto –dijo el oficial al mando, en las escalinatas del monumento, mientras golpeaba su hombro displicentemente con su espada
Entonces esgrimió con la mano derecha un documento sellado, que parecía una denuncia. Rand atraído por el alboroto, se acercó al semicírculo de gente que observaba en silencio, sin mover un dedo por la madre o la hija. Se situó entre la gente, que protestó ante los codazos de Rand para abrirse paso, que se disculpó como pudo y escuchó las palabras del oficial:
-Aquí tengo el testimonio de un ciudadano que se preocupa por que la ley se cumpla.
"O sea que la han denunciado. Maldita sea". –pensó Rand ceñudo. La gente protestó airada y el oficial alzó la espalda y gritó con voz tronante:
-Silencio.
Y luego dirigiéndose a sus hombres ordenó que se llevasen a la muchacha.
Entonces Rand no aguantó más y activó dos fumígenas. Presionó el botón verde que armaba las granadas de humo. El detonador produjo un leve pitido y una luz titilante verde, indicó que estaban armadas. El leve bip bip llegó hasta el fino oído del oficial, atrayendo su atención, que preguntó airado girándose para mirar en derredor blandiendo su acero con fiereza.
-¿ Qué ha sido eso ?
Muy pronto lo averiguaría. Dos objetos en forma de piña volaron entre la gente, estallando a los pies del jefe de la patrulla. Al momento, un denso humo procedente de ambas granadas fumígenas se alzó llenando la gente empezó a correr despavorida y entonces Rand aprovechó la confusión para rescatar a la chica. Embistió contra el primer guardia y de un cabezazo en el estómago le tumbó por tierra. El segundo carabinieri intentó atravesarle con la lanza, pero en el desorden y el caos de la muchedumbre dispersándose histéricamente, corriendo de un lado para otro, y la densa humareda que no permitía ver nada, terminó por herir a uno de sus compañeros. Entonces Rand que llevaba unas gafas de visión térmica que se había puesto tan pronto como se había internado en la neblina de color ocre y gris que seguía desprendiéndose de las fumígenas, halló a la asustada muchacha. La asió por la cintura y dijo para tranquilizarla, porque estaba muy nerviosa y asustada. La chica pugnaba por liberarse de su brazo y había puesto a gritar, orientando sin darse cuenta a los carabinieri con sus agudos e histéricos gritos entre la niebla artificial.
-No tengas miedo, no te haré daño. En seguida te reunirás con tu madre.
Entonces manipuló los controles del jetpack y de su armadura de combate brotaron dos propulsores de su espalda. Otro botón y un chorro de llamas incandescentes salió de la tobera.
-No, eres un brujo, pretendes llevarme a los abismos –gritó la joven pelirroja. Rand puso cara de circunstancias y dijo:
-Bueno, es tu opinión. Ahora agárrate fuerza o te caerás.
La neblina empezaba a disiparse. Las fugímenas duraban poco pero eran muy efectivas. En las misiones más de una vez les habían salvado el pellejo al ocultarles del enemigo cuando eran activadas. Entonces un carabinieri señaló con su espada hacia Rand y la muchacha gritando:
-Disparadle antes de que pueda huir. Debe ser uno de los hombres de ese maldito torbellino rojo.
Los arqueros abrieron fuego y las saetas alcanzaron a Rand, que escudó a la joven con su cuerpo, pero las flechas rebotaron inofensivamente sobre la armadura de ferroaluminio. Si podían detener un disparo de plasma, -en ocasiones- aquello no era más que una leve molestia para Rand. Su ropa estaba desgarrada por las flechas, por lo que se desprendió de ella. Las flechas continuaban silbando en torno de ambos, pero las puntas de algunas de ellas se chafaban al entrar en contacto con la coraza que le recubría, yendo a parar al suelo de adoquines con un leve ruido.
-Lleva una armadura –musitó asombrado el oficial que había mostrado la infame denuncia en alto- pero eso no nos detendrá.
Entonces gritó a sus hombres con voz recia:
-Cogedles que no escape.
-Tápate los oídos –recomendó Rand a la chica.
Rand manipuló el dial de potencia que suministraba la energía iónica a las toberas y dio un salto. El motor propulsor rugió a máxima potencia. Los carabinieri se detuvieron llevándose las manos a los oídos, momento que aprovechó para mover el dial regulador a tope. El chorro de fuego les impulsó hacia arriba trepando como un cohete. La muchedumbre los observaba estremecida de miedo, pero había otras personas que aplaudían enfervorizadamente y algunas mujeres se postraron de hinojos llorando emocionadas, entre ellas, la madre de la muchacha. Algo le advertía que por duro que fuese el destino de su hija, siempre sería mejor que lo que le hubiera aguardado si los carabinieris se la hubieran llevado presa, porque seguramente no la hubiera vuelto a ver con vida, o la hubiesen condenado a trabajos forzados en las agrestes y peligrosas minas de Grandisca. Rand atravesó Neo Verona a una velocidad de casi mil kilómetros por hora. Algunos escuadrones de pegasus de la guardia de élite, del Gran Duque le persiguieron pero sin resultado. Los briosos animales cabalgaban por el cielo, a gran velocidad. Rand orientó un telémetro hacia el que encabezaba la persecución de color blanco con manchas negras en la panza y en los cuartos traseros. Leyó la cifra en el visor digital, y la muchacha interesada intentó observar aquello, apoyándose sobre los hombros de Rand, con tal mala fortuna, que desestabilizó el vuelo horizontal que estaba consiguiendo mantener a duras penas. El jetpack pegó algunos bandazos perdiendo altura para ganarla de nuevo súbitamente rebasando a un pegasus que caracoleó asustado ante la estela de fuego que el propulsor iba dejando a su paso. La chica se llevó el dedo pulgar a la punta de su nariz y se burló del jinete, que bastante tenía con afianzar las riendas de su inquieta montura. Apunto estuvieron de precipitarse a tierra. Rand pegó un coscorrón a la chica en la frente y dijo:
-No hagas más tonterías o nos iremos abajo.
Entonces centró su atención en el visor digital de su brazo y leyó los caracteres digitales que resplandencían levemente en la pantalla:
-Setenta kilómetros por hora, no está mal -dijo silbando admirado. Aunque quedaba patente, que no le alcanzarían de ninguna manera. Entonces la chica pelirroja que había sido acusada de pertenecer a los Capuleto chilló despavorida de nuevo al advertir que estaban pasando muy cerca de las altas torres de mármol que trepaban hacia arriba. Algunas de ellas se perdían entre las nubes. La chica se aferraba con tanta fuerza a Rand que creyó que terminaría por ahogarle. Además pataleaba despavorida y lívida de miedo, dijo mientras su piel se tornaba del color del papel:
-Cuidadoooo, vamos a chocar.
-No lo creo, -dijo Rand maniobrando diestramente entre los edificios, -pero si no dejas de hacer el tonto, terminará por ocurrir. Estoy salvándote la vida.
Ante aquellas palabras la muchacha parpadeó sorprendida y pareció tranquilizarse.
Decidió callarse para no ponerle nervioso ni desconcentrarle. Entonces miró a las llamaradas que partían de la tobera que había emergido de su espalda:
-Pero esas llamas, y este calor…-dijo refiriéndose a las lenguas de fuego que emergían del propulsor de forma ovalada y sobre el que destacaba en vivos colores el embelema de las FCA..
-Olvídate de eso ahora. Ya te lo explicaré luego –dijo Rand haciendo una finta para esquivar un pegasus ocre que casi les vino encima y que volaba en sentido contrario. El animal relinchó furioso y se detuvo en el aire, habiendo estado a punto, de tirar al hombre que lo cabalgaba, al vacío. El jinete alzó el puño y gritó toda clase de improperios aferrando con fuerza las riendas, pero Rand y la muchacha estaban ya demasiado lejos como para que pudieran oírle o preocuparse siquiera por una minucia semejante. Gracias al control computerizado el aparato podía maniobrar sin colisionar contra las torres o los obstáculos. Un pequeño scanner en la manga de Rand le transmitía una imagen tridimensional del entorno, pero incluso sin aquel sistema, podrían volar a ciegas, claro está, mientras el ordenador de a bordo funcionara correctamente. Estaba dejando demasiadas pistas, pero no le importaba. La estela anaranjada era visible prácticamente desde toda Neo Verona, pero ahora no podía detenerse a cavilar en tales cuestiones que se le antojaban pequeñeces, en comparación con todos los problemas que tenían, y que le acarrearía aquello sin duda. El soldado del FCA pasó rozando la fachada de una gran torre blanca coronada por un tejado cónico y con grandes pináculos, de lo que parecía un enorme palacio amurallado. Le llamó la atención los ojos verdes de un muchacho de cabellos castaños que suspiraba mientras contemplaba la calle, acodado en el alfeizar de una ventana. El rugido del motor del jetpack debió de escucharse en todo el palacio y haberse convertido en la noticia del día o puede que del año en la ciudad, pero como lo de la estela de fuego, debería cargarlo en la cuenta de las personas, poco o nada sigilosas, a fondo perdido. Entonces el motor empezó a petardear y Rand masculló observando el penacho de humo negro que emergía de la tobera:
-Mierda, tenía que ocurrir precisamente ahora.
-¿ Qué pasa ? –preguntó la chica pelirroja muy asustada- ¿ acaso tu dragón se está quedando sin aliento ?
-Sí, algo así –dijo Rand mientras una antigua canción terrestre venía a su cabeza titulada Stormwind, muy apropiada para aquella ocasión, de un grupo llamado Europe o algo así. Se puso a silbar las notas para no perder la concentración mientras pasaba a control manual para dominar el aparato lo mejor posible. En esos momentos confiaba más en su pericia que en la asistencia del ordenador, que completamente descontrolado mostraba rimeros de datos inconexos y completamente absurdos. Las bruscas acrobacias que habían acarreado demasiados ges, habían terminado por pasar factura a los sensibles circuitos del sofisticado hardware. Desconectó el computador y entonces se fijó en un enorme claustro donde un lujuriante jardín destacaba desde el aire. No se lo pensó dos veces y se dirigió hacia la mancha verde, que era un minúsculo punto en el descomunal recinto del palacio, para efectuar un aterrizaje forzoso.
-No tengas miedo, saldremos de esta –dijo con una sonrisa, pero poco convencido de sus palabras.
-Ahí no podemos bajar, ahí no-…-dijo la muchacha muy asustada.
Es el palacio del Gran Duque.
Al observar el terror que deformaba su semblante, pensó en el rostro duro e inexpresivo que había contemplado en el dux, pero no había otra opción. El motor del jetpack se había recalentado por la furiosa aceleración a la que le había sometido para escapar rápidamente de la plaza, pero no había otra alternativa.
Stormwind, Stormwind, pensó obsesivamente mientras apagaba el motor del jetpack una vez que estuvieron en la vertical del claustro. Rand oprimió un botón y los paracaídas de frenado se desplegaron desde la mochila del jetpack. Estaban diseñados para soportar a un piloto. Confió en que aguantaran el peso extra que suponía la muchacha que llevaba abrazada en torno a su cuello y aferrada a su cintura.
9
Hermione permanecía en el claustro, pasando las yemas de sus dedos por el pañuelo bordado por aquellas manos casi infantiles, que debían pertenecer a su desconocida rival. El corazón de la muchacha se agitaba en una espesa maraña de sentimientos encontrados, cuando algo atrajo su atención. Sobre el patio interior del claustro, en la vertical de la estatua que dominaba desde su pedestal de alabastro el jardín cuadrangular, flotaba mansamente una especie de saco de tela, con cuerdas del que pendían dos personas, un hombre y una mujer. Entonces vio como Rand bajaba rápidamente desde lo alto. El viento agitaba el paracaídas y la muchacha que Rand sujetaba por el talle señaló hacia la gran bolsa de lona, diciendo mientras miraba hacia lo alto, con la mano apoyada en la frente a modo de visera:
-¿ Qué, qué es eso ?
-Un paracaídas. Así tomaremos tierra con facilidad y sin peligro. Eso espero. Ya veremos luego lo que ocurre.
-¿ Para…para qué has dicho que era ? –le interrogó extrañada.
Rand resopló con fuerza. Se acordó del viejo chiste de una viñeta, en el que dos hombres calvos y con rasgos exageradamente grotescos, descendían desde un avión a gran altura, y uno de ellos con dos pelos en su calva brillante, preguntó por los paracaídas.
-Aquí está –dijo uno de ellos con una larga nariz y gafas de patillas kilométricas, extrayendo un tubo de ungüento esbozando una exagerada sonrisa y con aire de superioridad- el mejor remedio para las caídas.
Sonrió. Había contemplado aquel curioso vestigio del pasado de la Tierra en el museo dedicado al planeta madre, expuesto en una vitrina blindada debido a su deteriorado y quebradizo estado y su valor testimonial. Había podido leerlo entero en una reproducción, a través de una micro pantalla situada al pie de la vitrina, con traducciones al ingles estándar del español, un antiguo idioma que aun era hablado por varios miles de descendientes de los primeros colonos que llevaron sus costumbres y su modo de vida a la nueva Tierra. En las dependencias del enorme museo se mostraban miríadas de objetos cotidianos que habían sido depositados allí, a lo largo de los años, antes de que la tragedia en forma de cruel guerra contra aquellos seres, se cebara primero sobre la Madre Tierra y luego, como les gustaba decir a los colonos y pioneros, "su hija Esperanza".
Esperanza, lo último que se pierde, se dijo rememorando la leyenda de Pandora.
-Déjalo. Ahora verás que función tiene –dijo a la chica, volviendo de sus pensamientos.
Entonces maniobró y bajó junto a la estatua de la mujer que vertía agua permanentemente, desde un cántaro. Sus pesadas botas machacaron algunas iris y rosas ante el disgusto de Hermione. Cuando tocaron tierra, el paracaídas se deshinchó grotescamente, cubriendo a Rand, a la muchacha y a la estatua. La chica volvió a chillar atemorizada, porque la tela del paracaídas le impedía ver.
Rand se acordó de otra de aquellas añejas viñetas y de su humor un tanto ingenuo pero ingenioso aunque prefirió no perder el tiempo.
Rand sacó un cuchillo dentado de su cinturón y palpando la tela del paracaídas, la rasgó con cuidado, para no mellar el filo del arma. La joven pelirroja creyó que iba a atacarla y esta se puso a la defensiva, huyendo despavorida y mirándole suplicante. Rand resopló lanzando un bufido por su desconfianza e interrumpiendo su labor, bajando los brazos:
-No seas tonta, ¿ si fuera a matarte, para que porras te habría salvado la vida ? Estate quietecita y déjame hacer y hablar a mí, hasta que salgamos de esta.
Hermione estaba tremendamente asustada, cuando una abertura se abrió en la tela blanca de aquella sábana gigantesca que había descendido de lo alto, con dos personas a cuestas y atada con cuerdas a una de ella. Rand consiguió liberarse del paracaídas, pasando a través de la abertura. La chica que había rescatado salió tan precipitadamente que le empujó sin querer, por la espalda al tropezar con una piedra y darse de bruces contra él haciéndole caer en mitad de un parterre cuajado de rosas e iris.
-Joder –masculló desabridamente, mientras la muchacha pelirroja se encogía de hombros y hacía un mohín de disculpa y embarazo.
Rand se puso en cuclillas y descubrió unos zapatos de charol a pocos centímetros de sus dedos extendidos. Estaba perlado de pétalos de flores y el tallo de una rosa estaba entre sus labios fruncidos, que había mordido inadvertidamente, al caer hacia delante. Los zapatos asomaban bajo el vuelo de una vaporosa falda azul de gasa, que tenía algunos pliegues de color más oscuro en una zona en forma de triángulo en mitad de la misma. Hermione miró sorprendida al joven de cabellos oscuros y cortados a cepillo y se fijó en sus ojos negros. Rand se encontró por primera vez con Hermione. Aquellos ojos azules le cautivaron inmediatamente, desde el primer momento. Se irguió escupiendo la rosa, que fue a parar a manos de la chica.a la que había rescatado. Avanzó lentamente, pero no reparó en que llevaba la armadura azul de combate básica de las FCA conocida entre las tropas como "la rata del desierto". Hermione chilló despavorida y recogiéndose el vestido salió huyendo precipitadamente. Rand se miró y se lamentó por la torpeza de no haberse quitado primero la armadura, pero todo había sido tan precipitado que ya no había tiempo para enmendar el fallo. Salió en persecución de la muchacha mientras gritaba extendiendo una mano hacia delante:
-Espera por favor, necesitamos ayuda, no te haré daño, por favor, no te vayas. Espera solo un momento.
10
La muchacha a la que había rescatado de las garras de los carabinieris llegó hasta la galería del claustro y persiguió también a Hermione. Entonces tropezó de nuevo y se habría lastimado una rodilla de no ser porque, la joven noble se volvió rápidamente al percibir como trastabillaba y se venía hacia el duro pavimento de la galería abovedada. Hermione la sostuvo por los hombros, ayudándola a recobrar el equilibrio de nuevo.
-Dice la verdad -declaró la chica perseguida jadeante por la veloz carrera que había realizado al sprintar para alcanzar a Hermione- no se como lo ha hecho pero me ha salvado la vida.
Entonces envolvió las manos de Hermione con las suyas y gimoteó suplicante:
-Por favor, señora, tiene que ayudarnos, me persiguen los carabinieri. Me han causado falsamente y yo no he hecho nada, por favor, señora.
Hermione miró a Rand que disimulaba como podía. Encajaba tan mal allí como un pulpo en un garaje. Pero no había tiempo que perder. Tomó a la chica de la mano y dijo apresuradamente apremiándola:
-Vamos, acompáñame a mis dependencias. Te prestaré ropa y te haré pasar por una amiga mía. Espero que el Gran Duque no sospeche de nada -dijo con un deje de miedo en la cristalina voz. Rand se la quedó mirando. Su belleza le había calado hondo. Aquella muchacha demostraba tener más agallas de lo que su frágil apariencia de muñeca parecía insinuar erróneamente a primera vista.
-Y tú también ven conmigo -dijo moviendo la mano de atrás hacia delante- luego me explicarás...si quieres todo este galimatías.
Rand se encogió de hombros y quiso hablar, pero Hermione le frenó en seco con un gesto de sus dedos.
-Luego, ahora no hay tiempo que perder.
Les condujo por un laberinto de galerías hasta sus aposentos privados. El corazón de Hermione se aceleraba cada vez que divisaba a alguno de los guardias de élite del gran Duque. Rand mantenía la mano permanentemente en la culata del desintegrador. Después de escandalizar a toda Neo Verona con su viaje aéreo, ya daba igual exhibir un poco más de aquella pasmosa tecnología. Entonces examinó a Rand con disimulo. Tenía algunas cicatrices en sus hombros y en las manos y por sus ademanes y gestos casi felinos parecía habituado a luchar. Pero el modo en como había llegado allí, la extraña armadura azulada que le confería un aspecto un poco tétrico. Suspiró. Luego habría tiempo para las preguntas Afortunadamente no hubo ningún contratiempo y la joven condujo a sus dos imprevistos invitados hasta sus habitaciones. Una vez allí, supuestamente a salvo, aunque a Rand le pareció que se habían internado demasiado en las fauces del león como para salir a tiempo antes de que cerrara la boca, triturando con sus dientes a su bocado, Hermione rebuscó en el armario ropero de puertas blancas de nacar y espejos en la cara interior y prestó un vestido a la chica con brocados de seda y a Rand una casaca azul con un elegante pañuelo al cuello con pantalones a juego, y que se debía haber dejado olvidado algún otro invitado del duque en una estancia anterior. Hermione desvió la vista avergonzada cuando le mostró el traje masculino a Rand y dijo con voz atribulada:
-Juro....que lo encontré aquí, cuando llegué invitada por el Gran Duque. Lo juro.
Rand la observó cohibido. La chica se había ruborizado y aquello aumentaba su belleza a ojos de Rand. El joven sonrió y dijo:
-Soy yo el que debería pedirte perdón por haberte metido en esto.
Hermione iba a responder. La espontaneidad de Rand le resultaba simpática.
Entonces se sentó en un diván cuya tapicería mostraba motivos florales y dijo cabizbajo, sosteniendo el traje entre sus dedos y el cuerpo ligeramente encorvado hacia delante:
-Además ya no sé ni donde estoy. Hasta hacía un mes me encontraba en Esperanza luchando contra esos seres y ahora.....
Mientras, Alya que así se llamaba la chica que Rand había protegido, se estaba cambiando detrás de un biombo. Hermione se fijó en que la armadura que revestía al joven, estaba como quemada y rayada. La vieja y ajada coraza había recibido repetidos impactos de fuego laser y algún que otro de plasma durante infinidad de misiones. Sobre el pecho metálico destacaba una insignia blanca representando el perfil de un hombre de rasgos afilados, que llevaba puesto una especie de gorro en forma de cabeza de águila con las iniciales . –C.A.F. en inglés estandar- bajo la misma.
-¿ Quién eres tú realmente ? –preguntó Hermione acercándose a la puerta y cogiendo el pomo de la misma con prevención. Se había puesto a la defensiva.
Alya apareció resplandeciente en su vestido de noche, verde y con largos velos que pendían del polisón. Se admiró en el espejo cercano y dijo ensoñadora:
-Si mi novio pudiera verme en estos instantes –dijo girando lentamente para apreciar mejor el más nimio detalle del vestido. De pronto, todas las preocupaciones, el miedo a ser capturada y hasta el subsiguiente agradecimiento que debería haber mostrado hacia Rand pasaron a un segundo plano.
Rand pasó al improvisado probador formado por el endeble biombo y dijo antes de cambiarse al otro lado del mismo:
-Me llamo Rand y cuando te cuente mi historia…..-dijo preguntándose en que nuevos líos se metería a partir de aquel momento, a raiz de aquello- no me vas a creer –dijo asomando por un momento la cabeza. Hermione se fijó en los oscuros ojos. Eran casi tan atractivos como los de Romeo.
Entonces Rand dijo:
-No recuerdo tu nombre.
Hermione esbozó una leve sonrisa. La torpeza y afectados modales del joven, la habían hecho sonreir, distrayéndola de sus preocupaciones y su mal de amores. Rand contempló a la joven extasiado. Era preciosa y con aquella débil sonrisa que iluminaba su semblante triste, más aun.
-Hermione –dijo con voz musical.
Rand empezó a cambiarse desprendiéndose de la armadura a la que lanzó distraídamente al suelo de madera. Por la fuerza de la costumbre, cuando se cambiaban después de una misión, tan pronto llegaban a la base, lo primero que hacían era desprenderse de la armadura y darse una ducha caliente para relajarse, si podían. A veces venían tan trastornados por los horrores de los que habían sido testigos, que más de uno tuvo que ser internado en un psiquiátrico, en ocasiones de por vida. No era raro que muchos voluntarios novatos tuvieran que ser licenciados forzosamente, envueltos en una camisa de fuerza, a nada de ser reclutados al no poder aguantar más allá de un par de misiones. Te podías considerar afortunado si llegabas a tu décima misión con la suficiente cordura y de una pieza. Por lo menos, a partir de ahí, la salud mental de cada soldado estaría hasta cierto punto inmunizada. Otro cantar era que te derribasen de un certero disparo y acabaras sin vida en algún rincón olvidado del bello planeta, convertido en un gigantesco campo de batalla, sumido en una desesperada lucha por la supervivencia.
La coraza produjo un tremendo estrépito al chocar contra el suelo al que produjo un desgarrón hundiéndolo un poco. Hermione se llevó las manos a las mejillas, horrorizada por lo que el Gran Duque diría al enterarse del destrozo, pero por otro lado, dudó que tal sucediera. En el palacio ducal había más de dos mil habitaciones y seguramente, en una de ellas no se notaría.
-Se más cuidadoso –musitó Hermione en susurros mirando con prevención hacia la puerta- cuando termines, escóndela en ese armario –dijo señalando un ropero empotrado, situado a su espalda- nadie mirará ahí.
Rand depositó las perneras y las hombreras de la armadura con más tiento. Y se cambió rápidamente mientras narraba de forma somera a la muchacha detalles de su vida, lo suficiente como para que se hiciera una idea de quien era y que pintaba allí, fuera de toda lógica.
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Mark estaba decidido a no hacer sufrir más a Julieta y mientras estuviese allí, la amaría como había hecho con Susan anteriormente. Pero aquello era algo pasajero, una especie de cortesía si se podía decir así, hacia la hermosa actriz de cabellos rubios y ojos azules, cosa que le advirtió claramente por activa y por pasiva. Sin embargo había un detalle muy sútil y diferente en aquel peligroso juego de sentimientos y corazones rotos. Se estaba enamorando de Julieta y percibía con preocupación que era un amor mucho más fuerte que el que le ligaba a Candy. No podía separarse de Julieta. Después de su desvanecimiento la besó con pasión y locura casi enfermiza. Necesitaba a aquella muchacha, no podía prescindir de sus besos y sus caricias.
-Perdóname Julieta, nunca he pretendido hacerte daño –le decía mientras sus lágrimas se mezclaban con las de la chica.
-Lo sé mi amor, lo sé –decía ella gimiendo levemente.
Habían salido a dar un paseo. Como Mark se había negado sistemáticamente a cambiarse de ropa, por si tenía que recurrir al iridium más pronto que tarde, no obstante ocultaba su aspecto embozado en un hábito de color oscuro. Cuando había pretendido abandonar el refugio en compañía de Julieta para dar un paseo, Curio le bloqueó el paso, acodado en el quicio de la puerta y con un pie apoyado en el otro extremo.
-Así no puedes salir –dijo mirándole con su único ojo.
Mark creyó que tal negativa se debía a Julieta, pero se estaba refiriendo a su indumentaria. Como no deseaba discutir y disgustar a la muchacha, alterando nuevamente la frágil paz a la que la turbulenta y enrarecida atmósfera del refugio había dejado paso, accedió. Se puso el hábito cubriéndose con la capucha y lo mismo hizo Julieta.
Entonces Curio se apartó y con un gruñido franqueó el paso a la pareja que caminaron tomados de la mano por las concurridas calles. Curio contempló a Mark con rabia viendo como se alejaba. Julieta se apretó contra él y Mark pasó su brazo derecho por la espalda de la muchacha. Se dijo que aquello era una locura, no tanto por el hecho de estar engañando a Candy con aquella muchacha, que también si no porque estaba rememorando con ligeras y sutiles diferencias, la tragedia de los amantes de Verona, solo que él había suplantado a Romeo, o le había desplazado involuntariamente. Entonces un rugido llamó la atención de la gente concentrada en la calle. Julieta levantó la cabeza y preguntó asustada tapándose los oídos:
-¿ Qué es ese ruido tan fuerte y desagradable ?
Mark entornó los ojos. Varios pegasus con arqueros a lomos de los inquietos animales perseguían a lo que parecía un hombre que volaba suspendido de un reactor que emergía de su espalda, disparándole andanadas de flechas, pero sin ningún resultado. Los proyectiles se perdían en el aire desviándose a tierra, en cuanto el impulso con el que habían sido lanzados desde las tensas cuerdas de los arcos, perdía fuerza. No pudo precisarlo bien, y se quedó mirando concentradamente al ovni que estaba sobrevolando sus cabezas. Mark realizó un rápido cálculo mental. Debería estar por lo menos a cincuenta metros de altura. Entonces Julieta tironeó de la manga de su manto preguntándole con miedo y expectante:
-¿ Qué es eso cariño ? –preguntó resguardándose detrás de él, como si el objeto la estuviera buscando a ella.
Mark siguió con la vista la estela anaranjada que el escandaloso y petardeante motor dejaba a su paso.
-Mark, no me has contestado, querido –dijo Julieta tirando con insistencia de su manga, para que le respondiera. Mark salió de su ensimismamiento y dijo:
-Es un reactor –dijo exaltado- alguien más de mi tiempo ha venido a parar hasta aquí.
12
-Alguien de mi época ha llegado hasta aquí -dijo Mark ceñudo mientras Julieta se estrechaba contra su pecho con fuerza.
Estaban en el mismo jardín colgante desde donde habían emprendido aquel maravilloso vuelo sobre Neo Verona. Pero él en esa ocasión fue cuidadoso y no dejó ninguna pista o levantó sospechas, pero el imprudente crono nauta o lo que fuese aquel individuo, había sobrevolado toda Neo Verona produciendo un sonido peor que el de un jet 747 en vuelo rasante.
Julieta adoptó un semblante asustado. Temía que alguien quisiera llevarse a Mark por la fuerza, aunque evocó la extrema facilidad con la que se había zafado de los ataques de Curio y de Francisco, así como el del anciano Conrad. Julieta le contempló con sus grandes ojos de color miel. Mark se estremeció. Aquellos ojos eran tan hermosos, como los de su esposa, puede que incluso más.
-¿ Quién crees que podrán ser ? -preguntó ella con temor- mientras observaban como la gente se detenía al paso de la estela de fuego y apuntaban con sus dedos hacia arriba, hablando con voces excitadas y atropelladamente entre sí, presas de un frenesí contagioso.
-No lo sé Julieta -dijo Mark besando su pelo. Aquel gesto hizo que la muchacha se estremeciera hasta lo más hondo de su ser -solo se me ocurre una respuesta posible, y no me extrañaría nada que me hubiera seguido hasta aquí.
-¿ A quien te estás refiriendo Mark ? -preguntó Julieta reclinando su cabeza en el pecho de Mark y acariciando sus mejillas con devoción. Mark no se opuso a aquellas caricias, al contrario calmaban la tremenda desazón que se había apoderado de su alma.
-Creo que se trata de mi amigo Haltoran y mi maestro.
Ante la extrañeza de la muchacha, Mark sacó del bolsillo de su cazadora tres fotografías como la que le había entregado a ella el día de su partida con su imagen. La chica cogió los retratos con manos indecisas, hasta que Mark sonrió asintiendo levemente, animándola a observarlos con detalle. Mark sonreía muy poco, pero cuando lo hacía su rostro se embellecía tanto que Julieta creyó que su corazón se quebraría en pedazos de lo apuesto que era si continuaba mirándola de esa manera. Dispuso las fotos en abanico entre sus dedos y examinó la primera. Un hombre de ojos verdes y cabellos rojos hacía un guiño a la cámara con expresión alegre. Julieta sonrió. Era un hombre muy guapo, pero no podía competir se dijo con el porte y las maneras de su Mark.
"Mi Mark" -pensó ligeramente extasiada, ruborizándose. Mark creyó que era por la contemplación de la foto de Haltoran y dijo:
-Este es mi amigo Haltoran, un tipo divertido, te gustaría conocerle.
Pasó a la siguiente foto. Un joven de pupilas verdes y cabellos rebeldes y de poca estatura miraba con seriedad a la cámara. Julieta comentó que Carlos le parecía un niño bastante guapo.
-No es un niño Julieta -dijo Mark . De hecho el día en que se hizo esa foto, tenía veintitres años.
La muchacha dio un respingo avergonzada. Mark la tranquilizó tomando sus dedos entre los suyos y calmándola con palabras amables:
-No pasa nada mi dulce Julieta, no tienes que estar pendiente todo el rato de si me ofendes o no.
Entonces la abrazó con fuerza. No pudo evitarlo. Aquel aroma a iris salvajes, la espléndida y efímera flor que salpicaba el jardín que crecía sobre las ruinas del edificio abandonado, que emanaba de la muchacha ,le envolvía dulcemente. Había en ella una fragilidad, a pesar de su fuerza, unas ansias tan fuertes de amar, que como cantos de sirena le atraían irremisiblemente. Finalmente no pudo contenerse más y la besó con fuerza, mientras una leve brisa agitaba el vestido rojo de Julieta haciendo flamear el faldón de gasa blanca, que envolvía su cintura. Julieta le correspondió con pasión mientras algunas lágrimas se deslizaban de sus ojos ambarinos. Las fotos que portaba en su mano derecho temblaban levemente junto con ella. Ahora comprendía porque Mark lloraba tanto cuando amaba así, ahora sabía porqué.
-Julieta -dijo Mark con voz contrita y jadeante- no, no debería pero.....
-Quizás -dijo ella con voz queda- pero puede que nuestro destino sea amarnos, aunque todo conspire en nuestra contra.
Entonces se dio cuenta que aun no había terminado de contemplar las fotos. Se separó un momento de Mark y mi imagen, apareció ante ella. Julieta encontró mi aspecto cómico, con aquella gabardina hasta los pies, el sombrero de fieltro y mis gafas sobre la nariz achatada y bulbosa. Sin embargo tuvo cierto respeto por mis ojos negros y mis cabellos cortos, aunque mi barriga suscitó una leve hilaridad en ella, que enseguida reprimió temiendo ofender a Mark, que le explicó quien era yo.
Iba a devolverle a Mark las fotos, cuando una que Mark le había entregado inadvertidamente junto con las otras apareció ante sus pupilas. Los ojos de Julieta se llenaron de lágrimas nuevamente y bajó la frente, mientras su llanto empapaba la fotografía que se combaba ligeramente bajo el peso de las lágrimas, que resbalaban desde el papel satinado para precipitarse por el borde del retrato a la tierra. Los ojos verdes y luminosos de Candy la observaban con una sonrisa pícara y divertida. Aparte de sus pupilas verdes como esmeraldas, le llamó la atención el pelo sedoso y rubio dispuesto en coletas simétricas que adornaba con dos lazos. Los cabellos ensortijados formaban bucles que se superponían escalonadamente, confiriendo a su pelo aquella característica forma. La chica había posado con un extraño animal que jamás antes había visto, de color blanco y negro, con los ojos ribeteados de oscuro, como si llevara un antifaz o una máscara. Tenía unas pequeñas orejas redondas y la cola estaba listada a franjas negras y blancas. Sus dedos repasaron la superficie de la fotografía en blanco y negro y la notó áspera, ajada y desagradable al tacto por la pátina de antigüedad que se había ido depositando sobre su superficie y que Mark había llevado consigo encima durante demasiado tiempo.
Julieta arrojó las fotos al suelo alfombrado por las flores y la omnipresente hierba y le dio la espalda a Mark, mientras miraba como un carruaje de pasajeros tirado por dos caballos con un par de pequeñas alas, pero que no les permitía volar, como sus hermanos mayores, los briosos pegasus que sobrevolaban la ciudad continuamente, se perdía en la lejanía tras atravesar un arco que unía las fachadas de las casas, que se erguían a ambos lados de la estrecha y angosta calle.
Mark intentó hablar, pero Julieta alzó la mano derecha. La amplia y ancha manga de su vestido varias veces más grande que el diámetro de su brazo flotó de forma fantasmagórica. Entonces dijo con voz rota de dolor:
-No hace falta que te justifiques Mark. Fui una tonta por enamorarme de ti. La primera vez que te conocí tenía alguna esperanza, porque como me contaste ella, no te había dado esa respuesta que tanto esperabas, cuando la conociste en aquella mansión.
Dejó de hablar. Entrelazó las manos sobre el faldón blanco que como un tutú flameaba en torno a su talle y añadió:
-Pero ahora es diferente. Se ha convertido en tu esposa, en la madre de tus dos hijos, como me contaste. Yo no tengo posibilidad de competir con ella. Es tan hermosa....-dijo enjugándose las lágrimas y lanzando hondos suspiros- y yo no tengo ningún derecho a entrometerme entre los dos. Será mejor que..
Entonces Mark la rodeó con sus brazos atrayéndola fuertemente hacia sí. Julieta intentó separarse de Mark, pero no lograba romper la presa que había hecho en torno a ella con sus brazos. El mentón de Mark se apoyó en su hombro y notó como un reguero caliente y húmedo le bajaba por el hombro empapando su mejilla izquierda y saltando a las puntas de sus cabellos. Le miró de soslayo. Mark estaba llorando y con voz desgarrada dijo, incapaz de continuar negando sus verdaderos sentimientos:
-Julieta -dijo pegándose tanto a ella que podía notar claramente el ritmo de su respiración contenido en su aliento cálido, y el deseo que le invadía- no quiero dejarte. He sido un maldito imbécil y he malgastado mi vida, persiguiendo un sueño equivocado, cuando, cuando todo este tiempo lo he tenido delante de mí. Imbécil de mi -repitió con un eco sordo y apagado.
Julieta no podía dar crédito a lo que oía. Intentó rechazar a Mark, pero no podía. Le era imposible. La voz de Mark, tan atrayente y seductora, sus ojos tristes y esquivos, sus cabellos tan espesos y rebeldes, el latido de aquel corazón tan bondadoso y grande.
Julieta, no puedo negarlo por más tiempo -dijo ahogándose en su llanto, pero tenía que decirlo, tenía que dejarlo salir, antes de que se le quedara dentro y perdiera la oportunidad de hacerlo.
-Estoy tan enamorado de ti, estoy tan enamorado de ti, Julieta mía........... -dijo con una letanía continua, mientras unía su frente a la nuca de ella. Julieta dio un respingo. Quiso ser fuerte, fría y cruel, para castigarle con su desprecio por haberla engañado, pero bastante tenía él sobre su conciencia, por haberse engañado así mismo, negando la evidencia. Entonces un impulso irresistible e invencible, hizo que sus piernas se fueran girando lenta pero firmemente, hasta que se encaró a Mark, que aguardaba triste y destrozado a que Julieta desatara toda su contenida y justa ira contra él. La muchacha alzó la mano. Mark pensó que le abofetearía y luego le destrozaría el alma con merecidos reproches y recriminaciones. Pero Julieta levantó la otra mano y depositó ambas a los lados de su cuello. Luego siguió moviendo las manos hasta enlazarlas firmemente detrás de la espalda de Mark y le atrajo contra él con una fuerza inducida por el amor, besándole con pasión. Sus labios se unieron otra vez y se besaron hasta quedarse sin aliento. Todos sus miedos, todas sus frustraciones, todo lo que habían cambiado y cambiaría a partir de ese momento, quedaba reducido a cenizas, en comparación con aquel amor tan fuerte e imposible, tan irracional como inadecuado. Tan grande como inmortal.
-Mark, amor mío, amor mío -susurró ella entre suspiros y jadeos- no me importa tu pasado, no me importa el que estés casado y tengas hijos, solo depende de ti, depende de ti -dijo cada vez más débilmente- pero no quiero que me dejes, ya no.....
-Te quiero Julieta, te quiero, no puedo evitarlo. Sé que soy un cerdo, un canalla, alguien despreciable y vil que os ha engañado a las dos, pero te necesito. Tengo que estar a tu lado. Me da igual todo, me da igual lo que he hecho, quiero tenerte solo para mí.
-No hables amor mío –dijo ella empujándole contra el lecho de flores que se extendía ante los dos.
Se tendieron en el prado moteado de lirios y de iris. para abrazarse estrechamente en íntimo contacto. Ella cogió una flor entre sus dedos y la mantuvo contra su pecho, mientras Mark la enlazaba por la cintura con ambas manos. Un mechón de pelo cubría su ojo izquierdo y del otro partía una larga hilera de lágrimas blancas como perlas.
-Mark, sé que jamás harías daño a Candy. Lo he visto en tus ojos y cuando surcamos juntos el cielo, al percibir tu maravillosa y radiante energía tan cálida y protectora. Te quiero, pero si decides marcharte y volver con tu familia lo entenderé.
Mark la hizo callar con un beso más fuerte que los anteriores. Sus manos recorrieron el cuerpo de Julieta con deseo. Y Julieta suspiró de placer. Mark se detuvo, temiendo que la chica se hubiera molestado, pero Julieta le miró con ojos centelleantes y una leve sonrisa. Jamás la había visto tan hermosa. Ni Candy habría podido igualarla en aquellas circunstancias. La cabeza de la muchacha reposaba en el lecho de flores y soltando el iris, posó sus manos en los hombros de Mark.
-Ven amor mío ven -dijo ella con voz temblorosa de deseo- ámame por favor.
Mark asintió y acariciando sus cabellos, se fueron despojando mutuamente de la ropa y se entregaron a una pasión tan fuerte que Mark creyó que el placer le haría morir en brazos de la muchacha. Julieta chilló desgarradoramente cuando ambos rozaron el paraíso con los dedos. Cuando terminó, ambos amantes desnudos y trémulos se recostaron el uno en el otro, miraron al cielo y sonrieron, mientras se acariciaban sin cesar.
-Te quiero Mark -dijo ella con sinceridad.
-Y yo a ti Julieta.
13
Mark contempló la ciudad que se extendía ante sus ojos desde aquella magnífica vista. Las casas residenciales de tejados rojos y fachadas blanqueadas relumbraban bajo el sol. Se había puesto los vaqueros y la camisa, aunque desabrochada dejando entrever su piel curtida. Julieta que se había vestido nuevamente se le acercó sigilosamente por detrás y le abrazó por la espalda. Los cabellos de Mark se entremezclaron con los suyos. Mark tenía la foto de Candy entre los dedos y la exponía al viento como si pretendiera que se la llevara lejos de él, para alejarla definitivamente de él.
Julieta era consciente de los sentimientos encontrados de Mark, que se debatía entre el deber hacia su familia y el profundo y turbulento amor que le estaba consumiendo literalmente, por Julieta. La muchacha dejó caer su cabeza sobre el hombro de Mark y dijo quedamente:
-Mark, no te tortures más –dijo ella pasando las yemas de sus dedos por sus cabellos negros- ni te sientas culpable. Nos queremos. Ella tendrá que entenderlo.
Mark lanzó un suspiro. Estaba pálido, atormentado por el peso sobre su conciencia de lo que acababa de hacer. Julieta le sujetó por los hombros y dijo para consolarle:
-Se trata de tus hijos ¿ no es así ? de Marianne y Maikel.
Mark dio un respingo quedándose petrificado. No recordaba en ningún momento haberle mencionado sus nombres.
Julieta puso un dedo en sus labios y le confesó un secreto tan íntimo que no se lo había contado ni tan siquiera a Cordelia. Desde que había conocido a Mark tenía pesadillas o sueños premonitorios donde fue testigo de hasta los más íntimos detalles de la vida de Mark, y fue enumerando algunos que tampoco le había contado. Mark sintió que un sudor frío le empapaba la espalda le recorría todo el cuerpo. De hecho, estaban predestinados el uno al otro. Julieta se había ido enamorando de él mucho antes de conocerle, creyendo que aquello no era más que un juego de su mente, un truco de los sentidos. Entonces Mark lo entendió todo. Se mareó y estuvo a punto de caer al vacío si Julieta no le hubiera sostenido con fuerza. Casi como si le leyera el pensamiento, Julieta escrutando la perplejidad de su rostro asintió con voz conciliadora. Aquella dulce voz, tanto como la serena belleza que atesoraba la chica, era música para sus cansados sentidos.
-Mark, tú primer amor, no fue Candy en la colina de Pony aunque cronológicamente tu encuentro con ella aconteciera antes que el nuestro.
Mark estaba a punto de volverse loco, ¿ cómo podía saber todo aquello ? ¿ de que manera había averiguado tanto en tan poco tiempo ? Pero aquella explicación le fascinaba, mitigando un poco el dolor que restallaba contra su pecho. Y continuó escuchandola.
-Fuiste tú –dijo Mark volviéndose hacia ella sorpresivamente y tomando sus manos entre las suyas con efusividad.
-Fuiste tú –repitió en un leve y quedo susurro. Se fijó entonces en una larga y estrecha pasarela de piedra que unía las fachadas de algunos edificios construidos con bloques de adobe y recubiertos de azulejos azules que le conferían aquella tonalidad. Entonces a su mente acudió el recuerdo de su primer encuentro, de cómo había sentido aquella sensación tan particular y electrizante. Había amado a Candy sin duda, pero sus sentimientos hacia Julieta habían permanecido dormidos y aletargados, pero no se habían extinguido, hasta que se habían despertado con fuerza y virulencia. Era difícil de explicar, pero en el fondo había buscado en vano en Candy lo que Julieta le ofrecía y no lo halló hasta reunirse nuevamente con ella.
-Mark, siempre me has amado, pero tus sentimientos te jugaron una mala pasada. Como cuando Candy te olvidó poco después de que se desmayase en la colina de Pony.
14
Mark permaneció un poco más allí arriba. Le gustaba el contacto del aire con su piel, y la fragancia que dimanaba de la alfombra de lirios y de iris. Recogió una de las delicadas flores entre sus dedos, contemplándola con curiosidad.
-Mis sentimientos –repitió las últimas palabras de Julieta con estupor. ¿ Cómo podía haber estado tan ciego de no descubrir que su verdadero amor era ella y no Candy ?
Julieta llegó a su altura y se puso a su lado. Los ojos de Mark recorrieron absortos y hechizados la ciudad repleta de palacios cuyas cúpulas de color dorado relumbraban bajo el sol. Grandes pasarelas que cruzaban ágilmente entre los airosos y esbeltos edificios unían muchos de ellos entre sí. Y una red de canales se bifurcaba a partir del gran río que atravesaba la populosa urbe por la mitad en los que navegaban un sinfín de góndolas y embarcaciones repletas de gente. Grandes galerías sostenidas por arcos de medio punto con capiteles decorados con hojas y motivos florales se abrían en los bajos de los grandes edificios, que albergaban tiendas y comercios de todo tipo o bien, bajo la sombra toldos de variadas tonalidades y colores, de todos los tamaños y dimensiones imaginables. Otro rasgo característico de la ciudad, que le llamó la atención fue la infinidad de plazas y parques repletos de flores que se expandían por buena parte de la gran ciudad, impregnándola de una deliciosa fragancia que flotaba en el aire, llegando a los barrios más alejados y recónditos de la ciudad.
- A tus sentimientos –repitió ella estrechando su mano izquierda- y a ti, os vi en mis sueños Mark, poco antes de conocerte y me pareciste el hombre más maravilloso y dulce que nunca antes haya conocido. Tus sentimientos por Candy fueron puros pero estaban equivocados, lo mismo que los mismos. Pensé que amaría a Romeo, pero no. Lamento haberle causado tanto daño. Espero que algún día pueda perdonarme.
Mark se giró para contemplarla y asintió.
-Jamás le haría daño a mi esposa y a mis hijos, pero, pero –dijo de repente tomándola por los hombros- no puedo sacarte de mi mente. Te amo Julieta, te amo.
Entonces ella cogió sus manos. Aquellas manos tan firmes y nervudas. Mark la contempló emocionado. Dos regueros de lágrimas brillantes como perlas rodaron por sus mejillas. Julieta le pasó el dorso de la mano por las comisuras de los ojos y dijo:
-Ya estás otra vez llorando. Vamos, sonríe. Tienes una sonrisa preciosa –dijo Julieta y añadió apenada al ver como las lágrimas continuaban saliendo de sus ojos.
-Mi pobre y atormentado Mark –dijo ella saboreando aquellas palabras –Mi Mark- repitió con voz melosa- no estés más triste. Yo cuidaré de ti y curaré tu dolor.
Mark se fijó que su amada Julieta llevaba ceñida la espada con el escudo de armas de los Capuleto a la cintura. Entonces deslizó su mano derecha hacia el costado de la muchacha y antes de que pudiera preverlo con un movimiento tan rápido como imprevisible desenvainó la espada del difunto padre de Julieta y la esgrimió delante de su rostro. Contempló su imagen reflejada en la hoja de la espada y las filigranas talladas en la empuñadura que formando espirales se entrelazaban hasta el comienzo del afilado filo desembocando en el escudo de armas de los Capuleto. Hizo varios molinetes con la espada tan rápido y tan cerrados que Julieta no pudo distinguir en ningún momento, la evolución que seguiría la espada en su próximo movimiento. Entonces la alzó por encima de su cabeza y dijo:
-A partir de ahora, no tendrás que herir a nadie nunca más, amor mío. Yo vengaré a tu familia y restableceré el poder de los Capuleto.
Le devolvió la espada pero ella la rechazó diciendo con voz queda:
-No, cariño –dijo ella besándole levemente en los labios- a partir de ahora quiero que la portes tú. Yo…no tengo valor para seguir sosteniéndola. No deseo herir a nadie nunca más.
Mark enfundó la paz y colgó la vaina de su cinturón.
-A partir de ahora –dijo estrechando las manos de su amada entre las suyas- tu causa es la mía, y cuando hayamos restaurado el poder y la grandeza de los Capuleto, iré a ver a mi familia.
Julieta esbozó un rictus de miedo y de preocupación pero Mark la tranquilizó, mientras la levantaba en vilo entre sus brazos. Julieta chilló levemente sorprendida y rió mientras Mark danzaba con ella en brazos removiendo las iris y los lirios que proyectaron sus pétalos hacia la atmósfera.
-No tengas miedo. No voy a dejarte, pero cuando esto termine, tendré que poner en orden mi vida anterior. Candy y yo establecimos un pacto desde que nos conocimos en la Colina de Pony. Si algún día nuestro amor se agotaba, ninguno nos haríamos reproches y renunciaríamos de mutuo acuerdo, porque sería inútil permanecer juntos obligándonos a mantener artificialmente unos sentimientos que ya no serían los mismos, para solo acrecentar nuestro dolor. Cuando haya hablado con ella, y nos divorciemos, a mi vuelta te haré mi mujer. Quiero convertirte en mi esposa para siempre
-Mark –dijo en respuesta a su declaración de amor- mi dulce y querido Mark, mi Mark –repitió ella besándole nuevamente.
15
Laertes Banto Montesco entró en la estancia subterránea en la que el gran Arbol Escalus agitaba sus raíces en medio de un lago que abarcaba todo la superficie interior de la enorme y húmeda bóveda. La sala que servía de refugio y morada al Gran Arbol del que se decía sostenía el mundo con sus raíces, estaba perdiendo sus frutos dorados, que se marchitaban para caer arrugados y estropeados en las calmas y plácidas aguas. Y entre Laertes y el árbol cuyo nudoso y descomunal tronco rozaba con sus ramas las partes más elevadas de la cúpula, estaba una mujer de pie que lo contemplaba en silencio. Llevaba un hábito blanco cuya capucha se agitaba débilmente dejando entrever de cuando en cuando, unos cabellos azulados que formaban hebras sedosas y tersas. Su piel albina mostraba unos ojos de un color indefinible que infundían temor y respeto. Eran ojos mortecinos, apagados, con un iris cristalino y azulado. En mitad de la frente tenía un extraño tatuaje formado por círculos concéntricos y rematado en su parte inferior por un semicírculo. En sus mejillas se adivinaban dos líneas moradas y los mechones de pelo que descendían sobre sus hombros, estaban adornados con unos pequeños brazaletes de oro. Una gema azul relumbraba engarzada sobre su pecho. Dos pequeñas alas de plumas blancas nacían de un anillo dorado situado en mitad de la capucha que cubría su cabeza. Ophelia estaba hablando ante el árbol cuando Laertes irrumpió en la estancia, pero la mujer alzó la mano izquierda e impuso al Gran Duque silencio impidiéndole avanzar más.
-El destino inevitable –decía la cuidadora del gran Arbol- para que Escalus renazca, los labios de la Diosa, tendrán que recibir el beso del eterno sueño.
En ese momento, las ramas del árbol se agitaron animadas por una gran emisión de energía, removiéndose furiosamente. Sus hojas blancas, semejantes a grandes palmeras brillaron inundando la estancia de luz. Con Laertes había otro personaje siniestro y ominoso. Una figura imponente y alta, embozada en un hábito morado se internó en la estancia, pasando ante Laertes como si no existiera. El embozado intentó llegar hasta el árbol, pero Ophelia extendió una mano y al instante el intruso quedó paralizado.
-¿ Qué me está ocurriendo ? –preguntaron dos voces al unísono con enojo y rabia mientras un siniestro tridente hendía el aire- ¿ por qué no puedo moverme ? Mis pies parecen clavados al suelo.
Ophelia se giró lentamente y dijo con voz serena y sútil:
-Porque una abominación como tú, barón Ashura no puede mancillar la pureza de este lugar.
-Maldita –mascullaron ambos rostros masculino y femenino- suéltame ahora mismo- dijo amenazando a Ophelia con su tridente.
-No tienes poder en esta sagrada estancia –dijo la Cuidadora sin inmutarse. Sal de aquí o perderás la vida.
Extendió la mano y al momento, corroborando sus palabras el tétrico barón, notó como le iba faltando el aire. Se llevó las manos blancas como la cera al cuello tratando de liberarse de la opresión que le atenazaba la garganta.
Laertes se adelantó y pidió a Ophelia que se detuviera.
-Ya basta –dijo desabridamente. Sus oscuros ropajes con la larga capa ostentando el escudo familiar a su espalda, hicieron un leve susurro al desplazarse.
-No me des órdenes Laertes –dijo la mujer con acento sutil, y entonación casi musical alargando ligeramente las frases al final, - no puedes ir en contra de la voluntad de Escalus.
El Barón Ashura notó que le faltaba el aire y con un hilo de voz alcanzó a rogar, humillado finalmente:
-Por favor, por favor.
Entonces Ophelia aflojó la intensidad de lo que estaba atacando al barón Ashura y este tambaleándose abandonó la bóveda subterránea excavada bajo el castillo del gran Duque, en pleno subsuelo. Miró con rabia a la mujer y juró que se cobraría su venganza.
16
La antimateria o también llamado avonium era exactamente lo contrario al iridium. Su antítesis pero al mismo tiempo su mitad, su complemento. Ambos compuestos se repelían tanto como se veían impelidos a atraerse hacia sí. El doctor Infierno había puesto sus miras en aquel misterioso metal, que habían descubierto gracias a las revelaciones de unos bajorrelieves que encontraron en uno de los antiguos palacios micénicos, del Imperio Subterráneo, en la isla de Bardos. Cuando los cruces de hierro, los soldados leales al conde Brocken iban a dinamitar una de las galerías para ampliar la base recién establecida allí, el Doctor Infierno detuvo la operación, con un gesto. Sus malignos ojos orlados de negro sobre la cetrina piel, estudiaron los antiguos bajorrelieves. Era un descubrimiento asombro. El como habían conseguido sobrevivir hasta aquel momento era un misterio, pero para aquel hombre ávido de poder, en su afán de llegar donde Napoleón o Alejandro Magno habían fracasado, era un verdadero y colosal hallazgo. El doctor Infierno después de haber fracasado en la conquista del mundo al frente del imperio Negro, lo abandonó a su suerte. Su plan de alterar el tiempo influyendo en el curso de la Historia, intentando modificar el resultado de la Gran Guerra había sido desbaratado, vista la imposibilidad de vencer a Koji Kabuto al frente de su castillo de metal, Mazinger Z, hasta que un traidor infiltrado en el Centro de Investigaciones Fotoatómicas logró robar la fórmula de la aleación Z, para reproducirla artificialmente. Dos meses después un monstruo con forma de oruga gigante llamado Narceus B-5 venció a Mazinger Z y a Afrodita A, derrotándolos por completo. Los máscaras de hierro se encargaron de despedazarlo junto con Afrodita A hasta dejar a ambos robots completamente inservibles. Koji Kabuto fue capturado junto con Afrodita A y Sayaka Yumi. Ambos jóvenes fueron encadenados a sendos postes de madera como trofeos permanentes en el castillo del siniestro genio del mal. El centro de investigaciones fue ocupado y el mundo cayó en manos de la oscuridad. Pero el doctor Infierno no descansaba. Temía un poder latente del que había oído hablar, un poder que podía echar abajo su reciente conquista del mundo. Por eso, con los secretos robados en el Instituto de Investigaciones Fotoatómicas logró reconstruir las instalaciones que yo había autodestruido para impedir que se siguiera sirviendo del iridium. Pero fue en vano y envió a su mano ejecutora, a Neo Verona para negociar con Laertes, al que la ambición le cegaba, por lo que sería relativamente fácil engatusarle y hacerle caer en la trampa de la codicia y el poder ilimitado, tan pronto como el viaje interdimensional estuvo disponible. La fuente del enorme poder que podía hacerle verdaderamente invencible estaba bajo las nudosas y monstruosas raíces del árbol, que aquella obstinada y odiosa mujer cuidaba. El Baron Ashura había exacerbado las ansias de conquista de Laertes mostrándole armas de destrucción masiva que le permitirían doblegar el mundo. A cambio, solo tenía que permitirles apoderarse del Avonium que estaba justo bajo las raíces de aquel colosal árbol sintiente. Aquello causaría la destrucción de Neo Verona, pero el mundo seguiría girando y Laertes podría controlarlo a placer erigiendo una Neo Verona más grande, colosal y próspera que la anterior, que ya no existiría. Naturalmente, el doctor Infierno se desharía de él a su debido momento. Mazinger Z había dejado de ser una amenaza, pero otro mayor, si caía en manos del enemigo podría hacer tambalearse los cimientos de su poder detentado tiránicamente sobre toda la Humanidad.
17
Mark contempló fijamente los ojos de su amada y se concentró. Su energía fluyó libremente, cautivando una vez más a la hermosa joven. Examinó el iris de Julieta y con alegría desmedida la levantó en vilo bailando con ella algunos pasos de vals, mientras el vuelo de la falda de la muchacha revoloteaba con las sinuosas evoluciones de Mark por la habitación que hacía las veces de salón del Refugio.
-Pero, pero, mi amor –dijo la muchacha extrañada sin comprender el comportamiento de su novio- no puedo entender que te sucede.
-Es, es maravilloso mi dulce Julieta –dijo sin haber aclarado aun la duda que tan repentina alegría había suscitado en ella. Curio les contempló enojado y con indignación, y estuvo a punto de levantarse para recriminarle, lo que a su juicio era una falta de respeto, por sus pésimos modales, pero Francisco le detuvo extendiendo un brazo a su paso, que interpuso en su camino. Curio le miró y el rostro severo del joven noble poeta negó repetidamente.
-No te entrometas Curio –dijo Francisco gravemente- Julieta ya ha hecho su elección y ese amor que los vincula es demasiado fuerte, como para que puedas cortarlo con tu espada. Además, hagamos lo que hagamos terminará poniéndonos en evidencia, así que tómatelo con calma.
Mark sonrió y le dijo a Julieta:
-Podré salvar a tus padres. El símbolo de la inevitabilidad no está presente en el iris de tus ojos.
18
Ophelia continuó prestando toda su atención y mayor dedicación a Escalus, pero su preocupación había ido en aumento gradualmente, a medida que el Gran Arbol que sostenía el mundo iba debilitándose cada vez más. Los frutos de oro que pendían de sus ramas estaban perdiendo su brillo y se precipitaban a las aguas en las que las colosales raíces de la planta se enterraban profundamente.
La Cuidora pasó su mano envuelta en un leve resplandor azul y acarició el tronco nudoso y retorcido. Las grandes hojas bancas, como plumas de cisne continuaban marchitándose y descendiendo desde las mustias ramas.
-Te debilitas Escalus, porque tu único sustento, erróneamente como Laertes crees no es solo la luz, el agua y la tierra. No –dijo entornando por un momento sus ojos de una coloración imposible-
No, como una persona sin amor en su corazón, se secará y morirá.
Laertes estaba unos pasos detrás de ella observándola y escuchando sus palabras. Aunque no había anunciado su presencia en el recinto, la mujer supo en todo momento que se encontraba allí. Esbozó una sonrisa triste y dijo:
-Y sin embargo, tú Laertes solo has vivido únicamente codiciando los beneficios del oro.
El Gran Duque la observó sorprendido. Ophelia se veía menuda y frágil ante la imponente apariencia del mandatario envuelto en ropones oscuros y flotantes, tocado con su gorra regia, pero solo era una impresión engañosa.
-¿ Qué quieres decir ? –preguntó Laertes sin amilanarse. Sus rasgos duros y marcados observaron a la Cuidadora con el ceño fruncido. Temía tanto a aquella mujer como la necesitaba para que se ocupara del cuidado del árbol. Su fina barba tembló levemente sobre el cuello almidonado de color azul claro que sobresalía por encima de la larga y holgada túnica oscura.
La mujer que tenía la cabeza levemente inclinada, la levantó lentamente y clavó en Laertes sus pupilas azules, que nadaban en un iris completamente blanco. Su tez pálida y cetrina brilló bajo la capucha que la cubría.
-Ven Laertes, acómpañame. Hay un lugar que quiero mostrarte.
El Gran Duque siguió a la mujer a través de una intrincada red de galerías y pasillos. Se fijó en sus pies descalzos, que casi no tocaban el suelo y cuya piel era tan blanca y pálida como la de su inexpresivo rostro. Cuando llegaron a una gran estancia, Laertes se detuvo sorprendido. Su cabeza estaba cubierta por una capucha oscura. Sus ojos brillaban como ascuas en la profundidad de su hábito.
-¿ Qué es esto ? –preguntó sorprendido.
Ante su mirada incrédula se erguían dos grandes árboles, cuyas raíces se retorcían formando un muro vegetal impenetrable. Una especie de conducciones blancas a modo de arterias y venas, pulsaban levemente con una iluminación irreal, a lo largo de las mismas. De las raíces partían dos colosales troncos blancos, surcados por infinidad de nudos y escamas formados en la rugosa corteza.
Entonces Laertes dio un respingo y dijo comprendiendo la naturaleza de aquel hallazgo.
-¿ Son…son esas las raíces de Escalus ? –preguntó no estando aun seguro de la veracidad de su descubrimiento.
La Cuidadora asintió y dijo con su voz meliflua, ligera como una ráfaga de viento y susurrante como las olas del mar.
-Son dos grandes árboles gemelos que han dejado de latir.
Laertes se giró para mirarla de soslayo y preguntó de nuevo:
-¿ Han dejado ? ¿ a que te refieres ?
Ophelia le miró intensamente y preguntó:
-¿ Por qué no escuchaste mi advertencia ?
Calló por un instante para añadir ante el semblante expectante del
Gran Duque.
-No hay cosecha que dure para siempre.
Ophelia caminó a lo largo de las grandes y bulbosas raíces que se agitaban levemente. Laertes cruzó los dedos enjoyados sobre el pecho y siguió con la mirada, la trayectoria de la mujer cuyos pies descalzos se habían despegado del suelo. La Cuidadora estaba levitando. Tomó entre sus manos su cabello rematado por los abalorios labrados finamente con extraños adornos y arabescos y declaro:
-Para que Escalus reviva, la Diosa debe ser sacrificada, pero hay un problema.
Laertes escuchó atentamente.
-El Guardían ha resurgido de su largo y prolongado letargo. Y ahora está a su lado para protegerla.
El Gran Duque coincidía con su aliado y asesor el Barón Ashura. Aquella mujer estaba resultando un estorbo y una molestia que tendría que ser inmediatamente erradicada. Entonces Ophelia se volvió lentamente girando sobre si misma en el aire y dijo:
-Tus ambiciones son tan grandes que incluso destruirías el mundo para poder colmarlas.
Laertes crispó los dientes y emitió un sordo gruñido de ira mal contenida. La Cuidadora le estaba leyendo el pensamiento.
-La abominación te ha aconsejado abandonar a Escalus a su suerte para que su señor, puede hacerse con la sfaira que duerme bajo sus raíces.
Ophelia dirigió sus ojos ardientes como ascuas pero fríos como el más gélido de los inviernos y Laertes notó un repentino frío que le invadía las entrañas, paralizándole de improviso.
-Si accedemos a lo que pretende, el mundo será destruido. Aunque te haya prometido poder para gobernarlo a tu antojo, una vez que él haya satisfecho su desmedido afán de dominio, el tuyo se reducirá a reinar sobre despojos.
En cuanto al Guardián también tiene que ser neutralizado, porque su misión es impedir la resurrección de Escalus, para que Neus continúe existiendo.
19
Un cielo plomizo y recubierto de nubes oscuras que se desplazaban velozmente de este a oeste se cernía sobre Neo Verona. Mark estaba sentado en un escabel con las piernas cruzadas y en mangas de camisa. Los picos de su cuello se agitaban inquietos en torno a su barbilla. Tenía entre las manos su arma plegada a la que no dejaba de darle vueltas. Había sido demasiado optimista al vaticinar que podría salvar a los padres de su amada. Julieta estaba llorando en la habitación contigua, consolada por Cordelia que intentaba acallar sus sollozos abrazándola contra su pecho a duras penas.
Curio de pie ante él, le estaba exhortando duramente.
-Eres un maldito canalla. Cómo pudiste prometerle una cosa así.
Mark creía que la señal del iris se transmitía de generación en generación, de padres a hijos, pero se equivocó totalmente. Había saltado en el tiempo, dieciséis años antes, con la suficiente antelación para preparar el terreno, de cara a un inminente rescate de los padres de su amada. Observando un retrato que Conrad custodiaba tan celosamente como la espada de su señor, se empapó de las identidades de cada uno de ellos. Naturalmente, no tendría libre acceso hasta los padres de la muchacha, por ocupar la posición tan relevante que por su origen les había correspondido dentro de la nobleza. Y siendo como era el padre de Julieta, el máximo gobernante de Neo Verona estaría fuertemente custodiado. Para Mark no sería problema burlar las excepcionales medidas de seguridad que rodeaban al Gran Duque y su esposa, pero cuando le había expuesto a su amada el plan le había puesto una condición ineludible: que no traumatizara con su llegada la sosegada vida de su familia. Mark intentaría advertirles discretamente, dando pruebas de su identidad y sus conocimientos, llegando hasta ellos con la mayor discreción y secreto posibles. Estaba en las inmediaciones del Palacio Ducal examinando las posibles maneras de entrar y trazar un plan de acción, pero de forma disimulada, para que la celosa guardia de élite de palacio no sospechara nada. Se hallaba a una prudente distancia, disfrazado convenientemente con una capa oscura cuyo capucha aprisionaba sus largos cabellos que se removían inquietos en su prisión, metiéndose en sus ojos. Mark se los apartaba continuamente con el dorso de la mano. Entonces sin darse cuenta pensó en Haltoran y en la vida que había dejado atrás. Haltoran, se habría sorprendido sobremanera de haberle captado en esos momentos tan cruciales, trazando un meticuloso y arduo plan, contrariamente a su costumbre de actuar impulsivamente y sin pensar muy bien en lo que hacía. Era extraño, pero el tremendo respeto que le inspiraba Julieta, rayano en la veneración le había disuadido de personarse en la noche en la que los duques de Capuleto fueron asesinados y zanjar la cuestión con algunas llamaradas incandescentes proyectadas con terrible furia contra los asaltantes. Y en caso de que tal no fuera factible, sus puños o el RPG-12 que dormía permanentemente en un compartimiento secreto de su cinturón ayudaría a solventar las cosas. Mark se había apostado como cada día en el mismo lugar, para estudiar con detenimiento el edificio y decidir el próximo curso de acontecimientos a tomar, cuando
unas voces excitadas y nerviosas le sacaron de sus cavilaciones. Entonces se dio cuenta de que la plaza en la que se hallaba se iba llenando gradualmente de gente. Al principio no lo notó, pero cada vez más personas, muchas familias con niños o parejas de enamorados iban ubicándose en la gran plaza rectangular. La plaza estaba presidida por la estatua de una mujer que tendía sus brazos hacia el cielo, como bendiciendo a los que paseantes y transeúntes que cruzaban ante su pétrea mirada y de cuya espalda se desplegaban un par de cinceladas y elaboradas alas, en las que el artista había esculpido con detalle y delicado arte el plumaje que resaltaba con un increíble detalle muy realista. Parecía como si de un momento a otro, las alas fueran a aletear agitando el aire con fuerza y que la efigie de la muchacha, remontara el vuelo, despegando sus pies de mármol de la superficie del pedestal.
Mark cada vez estaba más inmerso en el gentío que iba poblando la plaza, aguardando expectante a que sucediera algo. Y ese algo no tardó en llegar. Unos pajes ricamente ataviados con mandiles que mostraban el escudo de armas de los Capuleto encabezaban una comitiva a la que anunciaron soplando sus bruñidas y brillantes trompetas de ancha boca. Los pajes se situaron a ambas márgenes de la comitiva, mientras caballeros de élite del Gran Duque iban aproximándose para controlar a la multitud, asistidos por carabinieris. Se hallaba bastante agobiado por el repentino aluvión de gente que se había enseñoreado de la plaza, pero no le quedaba más remedio que seguir con su rutina. Entonces la gente gritó emocionada. Unos caballeros a lomos de pegasus abrieron la marcha y a continuación una carroza de madera forrada de oro y tirada por cuatro caballos blancos, más pequeños que los pegasus y sin las grandes alas que permitían remontar el vuelo a sus hermanos mayores, pasó entre las filas de la multitud, que se agolpaban contra los carabinieris, que a duras penas podían contener el fervor popular. Alguien desde un balcón estaba lanzando rosas rojas e iris al paso del carruaje. Mark pese a la gran cantidad de gente que pugnaba por atraer la atención de los duques estaba situado en un lugar privilegiado desde el cual, podía presenciar cómodamente la progresión lenta y solemne de la comitiva. Entonces por el lado derecho de la carroza entrevió un rostro de nácar, con cabellos de fuego que caían sobre un vestido de encaje blanco. Mark se quedó paralizado cuando el vivo retrato de su amada, se giró hacia donde él se hallaba situado, saludando con un leve movimiento de su mano. La madre de Julieta, junto a su esposo que agitaba su mano hacia la multitud situada en su lado izquierdo, sonreía deslumbrante en su belleza. Cuando de pronto, la mujer detuvo su mirada en unos ojos tristes y oscuros que le llamaron la atención más de la cuenta. La gente le había mirado debido a su descomunal estatura, cosa poca frecuente en Neo Verona, pero tampoco nada excepcional. El mismo Gran Duque debía ser casi tan alto como él o quizás un centímetros más bajo. Pero que la Gran Duquesa hubiera centrado su atención en Mark, particularmente le sobrecogió. La Gran Duquesa le estaba mirando sorprendida. Mark había captado en el iris de sus ojos, una luminosidad brillante que pulsaba débilmente, imprimiendo a sus pupilas, un aspecto fantasmagórico. Mark dio un respingo y resopló apenado, bajando la cabeza. El Gran Duque percibió el pesar que velaba el semblante de su mujer y tomándola de las manos le preguntó azorado:
-¿ Qué te ocurre querida ?, de pronto tus ojos parecen tristes.
Su esposa sonrió intentando disimular la sensación de peligro que le había asaltado al observar a aquel desconocido de elevada estatura, y del que no había podido apartar la mirada de sus atrayentes ojos oscuros durante unos instantes, hasta que el carruaje le perdió de vista.
-No es nada querido, no sucede nada, es que...-se mordió los labios buscando una contestación plausible- es que por un momento creí ver a alguien conocido entre la gente, pero me equivoqué.
Julieta que hasta ese momento iba en medio de sus padres, dormitando recostada en la mullida y suave tapicería de cuero, sin que la nutrida presencia popular le llamara ni un ápice la atención, se asomó de pronto, por la ventanilla que se abría sobre la parte superior de la portezuela, apoyando su nariz, que se acható cómicamente cuando la niña aplastó su cara contra el cristal, junto con palmas de sus manos, extendidas sobre el vidrio. La pequeña Julieta de dos años, paseó su mirada inquieta y vivaz sobre la muchedumbre y sus ojos se detuvieron, tal como había ocurrido con los de su bella madre, en los de un desconocido, embozado en un hábito, cuya capucha le cubría la cabeza, aunque permitiendo entrever sus facciones, y de la que sobresalían largos cabellos negros y flotantes. La mirada de aquel hombre era tan triste y esquiva, que hizo que se llevara las pequeñas manos a los labios, para ocultarse inmediatamente en la penumbra del carruaje, buscando la protección de su padre y el refugio que siempre le brindaba su amorosa madre.
Lentamente, Mark dio la espalda al desfile y se alejó apenado pensando en lo que le contaría a Julieta a su regreso. El signo de la inexorabilidad como ya sucediera con Juan Pablo durante la Gran Guerra, había sellado el destino de aquellas dos personas de forma ineludible.
La Gran Duquesa sonrió tristemente y apretó a Julieta contra su seno. El Guardián había salido de su letargo.
20
Mark volvió desde el fondo de sus recuerdos, cuando los duros reproches de Curio subieron de tono. La voz distante del joven llegó hasta sus oídos atrayendo levemente su atención, pero sin prestársela del todo.
-¿ Cómo te has atrevido a jugar con sus recuerdos ? ¿ como le has contado semejante mentira ? ¿ como te has burlado tan duramente de su cruel destino ?
Mark se levantó lentamente y se dirigió hacia un balcón semicircular que se abría sobre la fachada norte de la casa y hacia donde solía dirigirse para reflexionar cuando estaba triste, como en aquella ocasión. Pasó por delante de Curio sin mirarle tan siquiera y caminó con pasos lentos y vacilantes. Curio, molesto por su apatía e indiferencia desenvainó la espada y acometió impulsivamente contra él, pese las advertencias de Francisco, mientras gritaba:
-¡ Te estoy hablando maldito ¡
De repente, pasó de estar enarbolando su pesada y afilada espada sobre su cabeza a hallarse suspendido del suelo y pataleando grotescamente, mientras agitaba los brazos frenéticamente. Su mano izquierda estaba ahora vacía, porque su acero había pasado a la mano de Mark que lo había bajado manteniendo, pegada la espada a su pierna mientras con la otra mano, levantaba a Curio como si fuera un pelele, con una fuerza descomunal.
-Te he escuchado perfectamente –dijo Mark mientras sus ojos se dirigían hacia la puerta de la habitación de su amada- y no tienes porqué darme lecciones de cómo se sufre Curio. Sé de sobra lo que es el dolor y el sufrimiento. No hace falta que me lo recuerdes.
Bajó el brazo y depositó a Curio en el suelo como si nada. Pese a que Curio era ligeramente más corpulento que él, este se había visto impotente ante su fuerza. Entonces Mark enarboló la espada y haciendo un molinete tan rápido con la misma que Curio dejó escapar un gruñido de asombro se la devolvió lanzándosela con tal precisión que fue a parar a su mano izquierda. Curio tomó la empuñadura del arma, incapaz de creer lo que había visto. Su mano temblaba ligeramente.
-¿ Qué sabrás tú de sufrimiento ? ¿ qué sabrás de proteger a quien amas ?
Entonces Mark antes de que pudiera responder alzó una mano. La manga de su camisa blanca a cuadros se agitó levemente por el súbito movimiento.
-Bueno, he de admitir que algo si conoces. Tú tampoco pudiste defenderla adecuadamente, a juzgar por tu ojo –dijo mordaz, refiriéndose a la delgada cicatriz de color carne que surcaba su ojo derecho cegado por una estocada. Mark contempló en el iris del único ojo de Curio el resplandor que advertía de lo inmutable de su destino, como había sucedido con la madre de Julieta y con Juan Pablo.
Curio se quedó en silencio crispando su puño fuertemente, sin atreverse a replicarle o intentar obtener una satisfacción de él. Mark salió al balcón de mármol. Bajo sus pies la vida pujante y vibrante de Neo Verona con sus dramas e ilusiones, tan importantes para ellos, como ajenas les eran las de los habitantes de la pequeña vivienda, a la gente sencilla de la ciudad, continuaba desarrollándose, al margen del drama que se vivía en el Refugio.
Entonces Mark fijó su mirada en las cúpulas de un palacio que se alzaba frente a él, mientras las campanas de la catedral, iban desgranando su tañido en el aire, convocando a los fieles a la oración. Se dijo que había sido demasiado duro con el impulsivo Curio y declaró mientras hundía su mentón entre el cuello almidonado de su camisa:
-Yo tampoco he podido proteger debidamente a quien más he amado, o por lo menos lo más preciado para ella, su familia. Hasta para los alacranes –dijo alzando los ojos hacia el cielo plomizo que amenazaba lluvia- hay un límite que no puede ser transgredido.
Calló por unos instantes, sin reparar en que Julieta, que finalmente había abandonado su encierro en su alcoba y seguida por Cordelia se acercó lentamente al balcón, escuchando las palabras de Mark. Estaba tan absorto en sus reflexiones que su sexto sentido no le advirtió de la presencia de la joven a su espalda. Curio intentó detenerla, pero Cordelia se interpuso entre el joven y Julieta y negó con la cabeza.
-No Curio. Es mejor que no nos entrometamos.
A regañadientes, Curio abandonó la habitación, siendo sacado casi a rastras por Cordelia.
-Sería mejor que me marchara para no volver jamás –dijo de forma claramente audible.
"Mejor harías" –se dijo Curio mientras Cordelia tironeaba de su manga izquierda para sacarle de allí.
Entonces unos brazos sedosos y largos le envolvieron cálidamente. Un cuerpo flexible como un junco se pegó contra su espalda, permitiendo que a través de la camisa Mark percibiera la suavidad de sus formas y el suave y agradable peso del mismo sobre el suyo. Unos cabellos rojizos y castaños rozaron su nuca y una voz melodiosa y suave erizó el vello de su piel con su aliento. La piel sedosa de Julieta envolvió a Mark. Unas lágrimas humedas y calientes mojaron las mejillas y los hombros de Mark.
-No, no quiero que te vayas, no quiero separarme de ti, jamás.
Mark sonrió tristemente y fijó sus ojos en el suelo de baldosas del pequeño barcón semicircular y negó con la cabeza:
-No pude salvarles Julieta, lo intenté pero no fui capaz –dijo mientras las lágrimas caían a plomo sobre la balaustrada y los toldos de los comercios y tiendas que se abrían en la calle- con toda mi fuerza, con todo mi poder –dijo desatando el iridiumn que envolvió con su fuego, lentamente su muñeca hasta el antebrazo, para apagarlo inmediatamente con un siseo, -a pesar de esto –añadió refiriéndose a las anaranjadas llamaradas- no pude rescatarles de su final. No merezco tu amor, Julieta.
La muchacha enterró sus labios carnosos y suaves en el pelo de Mark y susurró en su oído:
- No se te ocurra decir jamás algo semejante. Soy yo la que tiene que disculparse ante ti. Perdóname amor mío, por ser tan estricta y egoísta contigo. Por no haber sabido adivinar que en el fondo, eres tan vulnerable y humano, Mark. Tú no tienes la culpa de que mi destino no pueda modificarse. No quiero que te atormentes más. Soy yo la que no debería haber puesto tantas esperanzas, porque ya me lo advertiste.
-No debí contártelo –dijo Mark.
Entonces la muchacha le obligó a encararse hacia ella. Depositó una mano en las comisuras de sus ojos y le enjugó las lágrimas. Sus pestañas brillaban como perlas.
-Soy yo la que no soy digna de ti, pero, pero te amo tanto…
Se besaron finalmente mientras las lágrimas de ambos enamorados se entremezclaban en un torrente que restallaba contra las baldosas, formando unas pequeñas manchas oscuras que se disipaban tan rápido como se habían formado.
-Nos tenemos el uno al otro –dijo la chica uniendo su frente acalorada con la de él mientras acariciaba sus mejillas con rápidos y torpes movimientos de arriba abajo- y eso para mí es suficiente. Basta de reproches, basta de acusaciones. A partir de ahora en adelante avanzaremos juntos, sin importarnos las dificultades ni lo que el destino nos depare.
21
Antonio había desaparecido. El niño, que adoraba a Julieta, incapaz de verla sufrir tan injustamente abandonó el refugio entre lágrimas sin que nadie ni siquiera su abuelo Conrad pudiera detenerle. Estuvieron buscándole por todas las calles adyacentes pero no consiguieron dar con él. Cordelia volvió con el ánimo deshecho anunciando a todos que no lo había visto. Idéntico resultado con Francisco y Curio que se reunieron en el exterior de la casa. Entonces Mark y Julieta bajaron precipitadamente las escaleras, enterados de lo que había ocurrido. Tan pronto como Mark apareció seguido de Julieta, Curio se encaró con él y le gritó furioso:
-Todo esto ha sucedido por tu culpa. Antonio se ha marchado porque no podía soportar ver sufrir a Julieta por tu causa.
La muchacha crispó los puños y entonces soltó un fuerte grito que hizo que todos se quedasen callados, incluido el sorprendido y vociferante Curio, que notó como toda su ira se había disipado de repente, ante la furiosa reacción de Julieta.
-Ya basta –gritó enfurecida- no es momento de discutir. Hemos de encontrar a Antonio lo antes posible.
Entonces doblando la esquina apareció corriendo agitadamente Lancelot, el médico que solia atender a Julieta con asiduidad, sobre todo cuando bajo su alter ego del Torbellino Rojo, volvía herida o lacerada de algún lance que normalmente se resolvía a su favor, en defensa de alguna persona indefensa, o por causa de las tropelías de los carabinieri. El hombre respiraba de forma agitada y se llevó las manos al pecho que subía y bajaba continuamente. Lancelot se pasó la mano por la frente perlada de sudor y se ajustó la montura de sus gafas redondas sobre la nariz. Todos le rodearon instintivamente presintiendo que traía noticias acerca de Antonio.
-Respira hondo –le dijo Francisco tratando de que se tranquilizara para poder hablar cuanto antes- y cuéntanos si sabes algo.
-A mí me lo vas a decir –intentó decir, pero la frase quedo ininteligible por lo exhausto que estaba – que soy médico.
El médico movió la cabeza, aun jadeando entrecortadamente y captó algunas bocanadas de aire. Su pelo recogido en una larga coleta se agitó convulsivamente. Finalmente, más sereno, dijo aun bajo los efectos del cansancio provocado por la furiosa carrera, que había emprendido para informarles cuanto antes:
-Antonio ha sido visto al parecer, por la Joya Roja. Un chico que coincide plenamente con su descripción ha sido visto por los alrededores.
-¿ Qué sitio es ese ? –preguntó Mark ante la irritación de Curio, al que una rápida y fulminante mirada de Conrad le hizo desistir de iniciar una nueva pelea con Mark.
-Es un distrito situado a las afueras de Neo Verona, muy poco recomendable –sentenció Francisco mientras ponía los brazos en jarras- también la llaman la Joya de la Noche.
-Muy bien –dijo Mark cogiendo su cazadora de cuero y poniéndosela a todo correr. Entonces extrajo el arma que mostrara a Cordelia mientras aguardaban en la sala de espera a que Lancelot examinara a Julieta y pulsando un botón, los servos y mecanismos hidráulicos extendieron el RPG-12 hasta su tamaño original. El arma brilló levemente bajo la mortecina luz del crepúsculo. Estaba atardeciendo. La punta de la granada cónica explosiva salió del ánima del cañón con un siniestro chirrido metálico. Mark amartilló el arma haciéndola girar como una peonza en torno a su disparador. Julieta retrocedió algo espantada por el aspecto amenazador del arma y preguntó mirándole con interrogación:
-Mark ¿ que es ese artefacto ?
-Es un arma –respondió Cordelia con los brazos cruzados y mirando con desagrado aquello- al parecer de donde viene es muy habitual –recalcó la chica con sarcasmo .
Entonces Mark, sin hacer caso de las impresiones que cada uno sacaba de su comportamiento a medida que iban conociéndole mejor, dijo:
-Perfecto. Voy a dirigirme hacia allá cuanto antes. Tenemos que encontrar a Antonio como sea.
-No, tú no te vas a entrometer más en nuestros asuntos –dijo Curio poniéndose frente a él de un salto, pero Conrad le aferró por el antebrazo obligándole a mirarle:
-Cállate –le espetó desabridamente- mi nieto está en peligro y toda ayuda para encontrarle es poca.
Curio lanzó un reniego y cruzando los brazos se retiró cabizbajo diciendo con voz desagradable:
-Haced lo que queráis.
Mark plegó el arma tras comprobar que funcionaba correctamente y la guardó en su cazadora pidiendo que alguien le indicara como llegar hasta allá, aunque tenía una ligera idea de cómo hacerlo, porque estaba aprendiendo a orientarse en la populosa ciudad.
-Voy contigo –dijo Julieta caminando apresuradamente junto a él- Ensillaré a Rayo de Luna y saldremos inmediatamente.
-No Julieta –dijo Mark saliendo al balcón donde había estado contemplando la ciudad apenado y triste- iremos volando, pero no en Rayo de Luna.
Julieta comprendió inmediatamente lo que pretendía decir. Todos habían ya sido advertidos más o menos de la procedencia de Mark y sus poderes en una especie de reunión donde habló de si mismo, ante ellos, sin ocultar nada ni guardarse ningún detalle importante. Les reveló todos sus secretos, el porqué podía proyectar llamas a través de sus manos sin quemarse, como podía volar, cual era su lugar exacto de origen, pero cuanto más hablaba, más confuso se sentía su incrédulo auditorio que no podía ocultar sus recelos y sospechas, así como su resentimiento hacia él. Solo Cordelia parecía haberse mostrado un poco más comprensiva con él, pero únicamente por el afecto y cariño que profesaba hacia su querida amiga Julieta. Julieta se abrazó a él.
-¿ Estás preparada querida ? -preguntó Mark besando su pelo.
-Cuando quieras amor mío.
Entonces Mark se lanzó al vacío antes de que Francisco o Curio pudieran evitarlo.
-Noooo –gritó Cordelia llevándose las manos a las sienes y llorando, cuando una estela anaranjada se elevó majestuosamente en el naciente firmamento nocturno. A través del resplandor luminiscente que Mark había dejado entrever, para que comprobaran que todo iba lo bien que cabía esperar de una situación así, pudieron observar como Julieta, firmemente sostenida por Mark levantaba el vuelo mientras, agitaba una mano saludándole.
-Era….cierto….era cierto –dijo Conrad ajustándose el solideo sobre su cabeza y retorciendo la punta de sus bigotes.
-Están volando –dijo Curio incapaz de articular palabra. Ahora entendía porque era tan rápido y fuerte y como no había conseguido asestarle ni un solo puñetazo o estocada.
-Es….es…hermoso –dijo Cordelia ajustándose el pañuelo bordado que adornaba su cuello mientras admiraba el haz de luz que se perdió en la lejanía.
-De todas formas –dijo Conrad entrando en la casa para calzarse las botas y salir al instante- no me quedaré aquí quieto, aunque ese individuo nos haya prometido que encontrará a Antonio. Voy a buscarle inmediatamente. Si queréis acompañarme.
Francisco y Curio se ofrecieron inmediatamente, mientras Lancelot se agregó a la búsqueda.
Mientras descendían por la estrecha escalera de caracol que se descollaba hasta la calle Curio se lamentaba continuamente de cómo habían podido permitir que Julieta se marchara con alguien semejante.
Francisco lanzó un suspiro, y mirando a su amigo dijo con un deje de cansancio ante el enfado de Curio:
-Hay dos razones principales, querido Curio. La primera es porque Julieta está perdidamente enamorada de él, y él de ella.
-La segunda es que no hay quien le ponga una mano encima. Como has podido ver no hay forma de derrotarle o conseguir atacarle.
-Y otra razón fundamental -dijo enumerando con uno de los dedos de la mano derecha- es que no podemos impedir ni hacer nada. Además -dijo frotándose el mentón barbudo- tengo la sensación de que jamás la haría el menor daño, es más, daría la vida por ella, si fuera necesario.
Curio esbozó una mueca mientras su capa oscura danzaba en torno a sus hombros, lo mismo que la vaína que albergaba su espada suspendida de su cinturón. Continuó corriendo frenéticamente, moviendo los brazos rítmicamente y no volvió a replicar. Delante de ellos vislumbraban las espaldas de Conrad y Lancelot con su largo pelo recogido en una coleta, que se movían rápidamente por las calles de Neo Verona en dirección hacia el distrito conocido como la Joya de Verona.
22
Mark atravesó a una velocidad de Mach 2 el cielo de Neo Verona. Sus capacidades para controlar el iridium y mantenerlo bajo control habían aumentado, por lo que su tiempo de vuelo, se había duplicado. Julieta se sintió dichosa de que un hombre así, pese a sus defectos y complicado pasado la amase.
No obstante, Julieta sentía una opresión en el estómago. El volar tan rápido, aunque ella no sufriría el más mínimo daño, estaba afectando a su sentido del equilibrio, porque notaba como se mareaba y una amarga sensación de acidez le sobrecogía la boca el estómago. Entonces se dirigió hacia Mark y dijo con un hilo de voz:
-Por favor Mark, reduce un poco la velocidad, me estoy mareando. Mark asintió un poco contrariado por haber suscitado en Julieta aquel malestar. Le pidió perdón y aflojó un poco el ritmo de su veloz y centelleante vuelo. Julieta se sintió un poco mejor y le besó en la mejilla y en un lado del cuello. Mark se sintió orgulloso y motivado por aquellas muestras de afecto y cariño, aunque no podía evitar pensar dolorosamente en Candy.
Siguiendo las indicaciones de su novia, Mark enfiló hacia un gigantesco bloque de roca en el que aparecían suspendidos una serie de edificios que daban la impresión de que de un momento a otro se desprenderían del gigantesco acantilado y se desplomarían hacia abajo para hacerse pedazos. Era como si una mano gigantesca hubiera aplicado los casinos, los edificios y los locales de leciocinio con una apresurada y fina capaz de pegamento. En lo más alto del agreste lugar destacaba un enorme edificio iluminado con varios minaretes que se elevaban hacia lo alto.
-La Joya de la Noche de NeoVerona –explicó Julieta a su amado- un lugar donde los nobles y los ricos vienen a abusar de los placeres que les ofrece la noche.
Mark buscó un lugar donde aterrizar y entonces divisó un enorme barrio de calles oscuras y sombrías donde las ratas corrían libremente y algunos borrachos entonaban sus desangelados y desafinados cantos. Puede que aquel tétrico y sórdido dédalo de callejuelas tuviera algún encanto que hiciera que mereciese el calificativo de joya, pero por más que buscó con la mirada, no hizo más que ratificar sus impresiones.
Mark opinó irónicamente como se podía tildar de joya a un lugar así que por fuerza tenía que ser realmente deprimente. La muchacha coincidió plenamente con él.
-Tienes razón querido –dijo Julieta ajustándose la capa que envolvía su cuerpo y la capucha en torno a la cabeza, -pero ese es el nombre que recibe. Mira –dijo señalando con la mano derecha- allí podremos bajar sin que nadie nos vea.
Mark que había apantallado su resplandor para que nadie pudiera verles, enfiló hacia un amplio pasadizo con un suelo de baldosas oscuras. Antes de que se sumergieran en la oscuridad del túnel practicado en la roca, se fijó en que el gigantesco peñasco se unía al resto de Neo Verona con cuatro pasarelas de piedras que salvaban enormes precipicios.
-Sujétate fuerte cariño -dijo Mark asiendo a Julieta con fuerza para protegerla con su cuerpo- muy pronto llegaremos.
Mark fue cortando gradualmente la emanación de iridium y el resplandor que les rodeaba se esfumó tan pronto como las plantas de los pies, tocaron las baldosas pulidas e incrustadas en el pavimento y volvieron a tornarse visibles cuando el espectro de luz, modificado por Mark, retomó sus propiedades, volviendo a la normalidad. Entonces Mark se apoyó en la pared jadeante y exánime. Extendió sus manos y las puso contra la pared, mientras encorvaba su cuerpo hacia delante, con la cabeza baja.
-¿ Qué te ocurre Mark ? -preguntó Julieta intentando ayudarle.
-Apártate querida -dijo Mark haciendo un esfuerzo para continuar hablando- tengo....que...purificar mi sangre.
En ese instante, las heridas que a modo de válvulas expulsaban al exterior los residuos que la combustión del iridium producía en su cuerpo, comenzaron a desgarrarle la carne y la piel. Grandes y largos chorros de sangre negra y corrompida saltaron contra las paredes, mientras algunas volutas de humo ascendían lentamente. Mark arqueó su cuerpo, contrayendo la cara por el dolor que le producía aquello. Al cabo de dos minutos, emitió algunos regueros de sangre, pero ya esta era roja y completamente normal. Afortunadamente, si se podía decir así, el proceso de limpieza de su sistema circulatorio cada vez era más breve. Y por paradójico que resultase, la nueva sangre que reemplazaba a la que vertía contaminada, le proporcionaba más vitalidad. Mark suspiró y Julieta se le acercó abrazándole con fervor.
-Es...horrible, siento que lo vieras -dijo Mark cariacontecido.
-No te preocupes Mark, no temas por mí -dijo la muchacha sinceramente.
Entonces se acordó de Candy, a la que aquella dantesca y sobrecogedora visión de la sangre negra y ponzoñosa emergiendo de su piel siempre le causaba un tremendo horror y una honda pena. Se preguntó como estaría ahora. Retiró aquellas reflexiones de su mente, por el daño que le causaban, y se fijó en Julieta. Candy era fuerte, pero la muchacha de cabellos castaños y rojizos tenía una determinación mayor. Buena prueba de ello era que apenas había dado muestras de pánico o de temor ante los surtidores que partían de su cuerpo. Pero ello no quería decir que no le afectara. Cuando Mark no podía verla, lloraba por él, por sus sufrimientos, por los desvelos y las molestias que se tomaba para protegerla a ella y a sus seres queridos. Mark. Cuando las hemorragias se detuvieron, cesando de manar, las impresionantes heridas que moteaban su piel, se cerraron solas sin dejar rastro. Mark caminó sostenido en Julieta.
-¿ Estás mejor ? -le preguntó con cierto temor.
-Sí, no es nada -dijo haciendo un gesto de desagrado cuando un punzante pinchazo le recorrió el hombro derecho en el instante en que la herida se curó espontáneamente. Lo peor de todo aquello no era el verter la sangre, si no la presión con la que está salía abandonando su cuerpo, produciéndole a veces dolores, por la fuerza con la que la sangre era eyectada al exterior, al retorcer los tejidos que encontraba a su paso.. O cuando las heridas cicatrizaban, provocando algún ramalazo de dolor esporádico.
"Mi Mark, mi pobre Mark" -pensó Julieta con lástima. Sabía por sus sueños y las explicaciones que le había dado, que tenía que pasar por aquello cada vez que reclamaba el poder del iridium. Observó las manchas negras y apelmazadas de sangre seca y coagulada en la pared del pasadizo y desvió el rostro para no percibir el hediondo olor que desprendían. Pronto desaparecían no obstante. Llegaron al otro lado del túnel y penetraron en un laberinto de callejuelas de casas destartaladas y ruinosas. En el interior de algunos pasadizos similares al que habían acabado de cruzar se escuchaba un chapoteo continuo. Algunos niños descalzos y sucios y pobremente vestidos, les observaron con indiferencia mientras jugaban en la calle. Sobre sus cabezas tendales de fachada a fachada exponían prendas de ropa y mantas para aprovechar el poco aire que circulaba entre los angostos callejones para que se secasen lo mejor posible. Pero más allá había un recinto de brillantes luces, palacios y casas de leciocinio
donde parejas de mujeres jóvenes exageradamente maquilladas y con escotados vestidos caminaban con poses sugerentes del brazo de caballeros nobles y distinguidos. Entonces Julieta le sugirió que se separaran, para extender la búsqueda lo más posible. Pero a Mark la horrorizaba dejar sola a Julieta en un ambiente semejante, pese a que su destreza con la espada le permitiera, casi salir airosa de cualquier situación de riesgo.
-No Julieta -dijo Mark rotundo y negando con la cabeza- no voy a separarme de ti. Además no conozco aun apenas Neo Verona, como para orientarme en semejante sitio.
Julieta reflexionó. Quizás tuviera razón y consideró que Mark tenía razón, por lo que continuaron juntos. Dieron unas pocas vueltas por la empobrecida y peligrosa zona, pero sin resultado.
-Quizás deberíamos probar en la Perla Roja.
Así era como se conocía al barrio señorial donde, como en un mundo aparte, la miseria y la suciedad del barrio de casuchas y desarrapados conocido como El Olvido quedaba atrás tan pronto como se atravesaba el dintel de cualquiera de las entradas principales del mismo. Mark guiado por Julieta observó las limpias y cuidadas avenidas con árboles podados y cuidados con mimo, al igual que el resto de estructuras y edificios. Al contrario que en el Olvido, en la Perla Roja funcionaba un excelente servicio de limpieza, mientras que en el miserable y peligroso barrio que habían dejado atrás tales cosas eran lujos inalcanzables para los pobres y desheredados que malvivían allí hacinados. La basura era arrojada por las ventanas o simplemente se depositaba en la calle hasta que se descomponía o se producía algún incendio o epidemia que diezmaba a la hambrienta población. Sólo cuando el escándalo y el clamor popular eran demasiado fuertes y lo suficientemente altos, tornándose peligrosos, como para ignorarlos, el alcalde de Neo Verona, padre de uno de los mejores amigos de Romeo, el hijo del Gran Duque recibía autorización de este para tomar cartas en el asunto, destinando una brigada de limpieza para que saneara el barrio. Así hasta la siguiente vez. Mark se giró embozado en su capa y ciñendo a Julieta por la cintura. Se quedó observando con sus ojos oscuros a un gato famélico que competía con un niño por un trozo pasado de pan bajo el arco de una de las entradas a Neo Verona. Entonces caminó hacia el niño y espantando al gato, extrajo de su bolsillo algunos duxes de plata que depositó en las manos del asustado y perplejo chicuelo. Mark le sonrió y volvió junto a Julieta que se maravilló de su generosidad.
-Algún día cambiaremos esto Julieta -dijo Mark palpando la empuñadura de la espada de su padre que la muchacha le había cedido para escándalo de Conrad, aunque no podían hacer nada. Todas las decisiones que Mark o Julieta o ambos tomaban en común, estaban fuera del alcance de su control.
Julieta le sonrió y entraron tomados de la mano en el distrito de la Perla Roja, que no por lujoso y atrayente resultaba menos peligroso que la inseguridad de El Olvido.
-Que contraste tan fuerte y triste hay aquí -dijo admirando los palacios y las fuentes ornamentadas con estatuas- que lástima que tenga que ser así -dijo Mark con gesto apenado ante Julieta que asintió frunciendo el ceño.
Mark depositó una generosa propina al portero que custodiaba el acceso a la Perla Roja para hacer ostentación de riqueza, y para que nadie les pusiera peros o les hiciera preguntas, mientras continuaban con la búsqueda.
23
Caminaron por bulevares repletos de gente, mientras iban oteando todo lo detenidamente que podían pero tratando de no llamar la atención en cada rincón o esquina que iban cruzando a su paso. Nada. Julieta con un deje de angustia en la voz dijo a Mark:
-Espérame aquí un momento. Voy a preguntar aquí a la vuelta. No tardaré nada.
Mark asintió pero recomendándola encarecidamente que estuviera siempre donde pudiese verla. La muchacha se había desprendido de la capucha de su capa porque le estaba agobiando y se cruzó con un viejo tambaleante por efecto de la bebida, y de aspecto desagradable que se le acercó, tomándola por una prostituta. El hombre intentó abrazarla para besarla, preguntándola , cual era su precio. Julieta se apartó asqueada logrando zafarse del hombre. Entonces una mano recia le levantó por el aire y de no ser por Julieta, el infecto viejo habría sido estampado contra una tapia cercana.
-Por favor, cariño, no -le pidió apremiante- no merece la pena. Déjale ir.
Mark asintió y liberándole observó como el anciano se alejaba renqueante y mirando hacia atrás sobre su hombro, temeroso de que Mark le fuera a machacar las costillas. A modo de disculpa iba diciendo mientras se alejaba con voz gangosa:
-No sabía que era tu chica, lo siento, lo siento.
Entonces comenzó a llover. Primero eran unas pocas gotas que apenas se hacían notar, pero gradualmente fueron engordando y lo que en principio, había parecido un chaparrón sin importancia, se convirtió en un fuerte y pesado aguacero que arreciaba por momentos, tamborileando sobre el pavimento de adoquines. Mark cubrió a Julieta con su capa para preservarla de la lluvia. Entonces un carruaje con el tiro de caballos desbocado asustó a Julieta. Mark se echó encima de ella para protegerla, pero con tan mala fortuna que la empujó sin querer, haciendo que la chica fuera a parar en mitad de un charco de lodo y agua corrompida. En frente del charco estaba un lujoso restaurante cuyas cristaleras filtraban al través, la luz proveniente del interior. Risas y conversaciones banales ambientadas por un música ligera y suave que amenizaba el local a cargo de un cuarteto de músicos, se escuchaban de puertas para afuera. En el momento en que Julieta fue a dar con sus huesos en el lodazal una pareja salía del restaurante para tomar un carruaje que les aguardaba fuera, donde el aburrido y bostezante cochero que sostenía las riendas del tiro de caballos dotados de cortas y atrofiadas alas, esperaba a la pareja. Sostenía un paraguas con su mano izquierda, maldiciendo la lluvia que repicaba contra el anguloso y descolorido paraguas, y la parsimonia y tardanza de sus señores en abordar el carruaje, para irse de allí lo antes posible. Justo cuando una mujer con un vestido verde y tocada con un sombrero redondo de ala ancha salía con un hombre joven con un gabán verde, del restaurante cuyas puertas eran abiertas por un servicial ujier, el lodo y el agua que sin querer, Julieta proyectó hacia delante salpicaron la falda de la mujer, impregnándola de suciedad y barro.
El hombre se fijó observando reprobador:
-Que mancha tan fea.
La mujer airada, con las manos extendidas, a ambos lados de su cuerpo bajó con rapidez los escalones del restaurante y alzó la mano para abofetear a Julieta, que cariacontecida decía con voz de circunstancias:
-Yo…yo no quería.
-Mira lo que has hecho imbécil –replicó la mujer pero justo cuando sus dedos iban a descargar su ira contra la mejilla de Julieta una mano fuerte y ancha la detuvo sujetando la suya con rapidez. La mano asomaba bajo la tela cuadriculada de una camisa blanca.
-No te atrevas a tocarla –dijo Mark con gesto hosco y voz firme pero tranquila. La mujer intentó liberarse pero no pudo. Una expresión de miedo cruzó sus ojos creyendo que Mark pretendía asaltarla o causarle daño. Entonces su acompañante intentó liberarla, pero Mark le redujo con una sola mano.
-Suéltame bruto –le recriminó la mujer.
-Cuando desistas de intentar agredirla.
La mujer asintió nerviosa e iracunda porque no se atrevía a desairarle y temerosa de ofender a aquella especie de salvaje con ojos como la noche y largos cabellos ondulantes.
-La culpa ha sido mía –dijo a la pareja mientras el cochero fingía no conocerles de nada- y lamento lo que ha pasado, pero no os atreváis a rozarla siquiera –dijo soltando a ambos de repente. El hombre y la mujer retrajeron las manos, ligeramente doloridas por la presión de los músculos de Mark, que agitaron resoplando, mirándole con miedo. Mark se giró hacia Julieta y le tendió la mano solícito y atento, dolorido por haberla metido en aquella humillante situación.
-Perdóname Julieta –dijo Mark con tristeza.
-No pasa nada cariño –dijo ella orgullosa de él, tomando sus dedos. La había protegido en todo momento. La ayudó a ponerse en pie procurando limpiar sus ropas lo mejor posible, pero era en vano. La inmundicia había arruinado el satinado y delicado tejido de su vestido.
Mark meneó la cabeza y ella sonriéndole le dijo en tono conciliador:
-No importa, de verdad, cariño, solo me importas tú.
Te compraré otra ropa, en cuanto encontremos a Antonio –dijo Mark en tono de disculpa.
Entonces se volvió hacia la pareja y empezó a depositar en la palma de su mano derecha, algunos duxes que el hombre observó con codicia, pero la orgullosa y altanera mujer se negó a aceptar el dinero de Mark.
-No acepto dinero de vagabundos, -dijo la mujer cruzando los brazos e ignorando a Mark, para empezar a caminar recogiendo la falda de su vestido, y alejándose de allí tan rápido que su sombrero redondo estuvo a punto de salir despedido de su cabeza. Mark sonrió porque aquello le recordó particularmente a alguien a quien apreciaba bastante.
-Pero…pero querida –dijo su acompañante, que finalmente, temiendo perder los favores de su más reciente conquista, resopló y se alejó mirándole con furia. Pero los ojos esquivos y tristes de Mark, le disuadieron de intentar pelearse con él, porque podía salir muy mal parado. Fue en pos de la mujer que finalmente no cogió el carruaje mientras su pareja le gritaba de viva voz:
-Vamos, vamos querida, te compraré un vestido nuevo.
24
Mark y Julieta continuaron buscando. Se detuvo un instante para tratar de ordenar sus ideas y entonces escuchó el estrepitoso sonido de un altercado o una pelea que provenía de un callejón aislado y situado a su derecha. Tensó sus músculos y caminó sigiloso temiendo alguna encerrona. Entonces a los oídos de ambos llegó claramente audible la voz de una persona muy joven.
-Antonio –dijo Julieta intentando correr en su ayuda, pero Mark la retuvo por la cintura.
-No, espera –susurró Mark a la joven- déjame que me encargue yo.
-Vale –le respondió ella con un murmullo- pero voy contigo.
Mark no pudo negarse. Lo importante era salvar a Antonio como fuera. Entonces reparó en que su amada no disponía de ningún arma, así que tomando la espada de los Capuleto, se la lanzó por el aire directamente a su mano. Julieta extendió los dedos y la recogió al vuelo, pero la espada rebotó levemente en su mano. Mark la había lanzado con algo de fuerza, pero la muchacha no dijo nada. Desenvainó el arma, mientras Mark extraía el extraño objeto que les había mostrado dentro de la casa situada en pleno barrio de los Campesinos en el centro de Neo Verona, que habían bautizado como el Refugio. Mark caminó con sigilo haciendo señas a Julieta para que se situara a su izquierda. Se deslizaron como sombras furtivas, aunque Julieta removió con su pie un nido de ratas que huyeron despavoridas. Mark se llevó el dedo índice a los labios rogando silencio. La joven contuvo sus nauseas a duras penas y ambos siguieron andando. Mark se había despojado de la capa y la capucha porque le estorbaban para moverse con libertad. Finalmente llegaron a la entrada del callejón y distinguieron tres hombres que sujetaban a un chico de trece años de cabellos castaños y ojos verdes, al que estaban intimidando.
Mark rogó a Julieta que aguardara allí y se lanzó a la refriega. El primer hombre, que llevaba un pañuelo rojo sobre su calva sudorosa recibió un puñetazo que le noqueó a la primera de cambio. El bandido rebotó contra la pared del callejón y luego cayó pesadamente al suelo sin sentido. Los otros dos descubrieron a Mark y se lanzaron contra él. Entonces Mark comenzó a correr hacia ellos.
-Se ha vuelto loco –dijo uno de ellos con cara de rata- nos ataca de frente.
-Tanto mejor –respondió el otro que parecía un boxeador. A Mark le pareció el vivo retrato de Peter, el sirviente de confianza de Eleonor Baker.
Agitó la cabeza para disipar aquellos recuerdos y flexionó las piernas y aguardó. Julieta dio un grito porque temía por el hombre al que amaba tan desesperadamente como imposible e ilógico era aquel amor tan incontenible.
Los dos hombres se giraron atraídos inmediatamente por la voz cristalina de Julieta. Entonces comprendieron que aquella mujer estaba con el hombre que había noqueado a su compañero.
Entonces un par de nuevos ladrones que no habían visto porque estaban vigilando la posible presencia de carabinieris por los alrededores tomaron a Julieta desprevenida por la espalda, apresándola de inmediato. Uno de ellos que hedía a alcohol le arrebató la magnífica espada. En seguida descubrió el escudo de los Capuleto en el inicio de la afilada hoja y en la vaina y dijo con evidente satisfacción:
-Vaya, vaya lo que tenemos aquí, un miembro de los Capuleto.
Al oír aquellas palabras Mark se desató completamente, entrando en un frenesí asesino. Avanzó hacia el cara de rata y el boxeador y esquivando sus acometidas y estocadas, los derribó de varios certeros golpes. Los dos hombres cayeron malheridos e inconscientes mientras Mark avanzaba entre sus cuerpos inertes, apartándolos con desprecio con la punta de sus pies. Emergió como una visión de pesadilla ante los dos bandidos. La visión de la hermosa muchacha en peligro dotó a su mirada de un brillo peligroso y fatal. Recordó la entrevista que había mantenido con el presidente Wilson poco antes de partir hacia la Gran Guerra, para detener el expansionismo del Imperio Negro, cuando este le preguntó por su enfrentamiento contra los treinta hombres que al mando de su capataz intentaron forzar a Candy.
"-¿ Y no sintió usted remordimientos por hacer aquello ?" –le había preguntado el estadista cuando conversaban en el pequeño templete en que Candy fue presentada formalmente a los Legan.
Continuó avanzando mientras el iridium empezaba a salir por los poros de su piel emitiendo un estremecedor y creciente silbido.
"No, había respondido él. Solo una inmensa rabia" –había respondido.
Evocó el resto de la respuesta y escogió algunas frases especialmente significativas.
"El amor me volvió como loco, hizo que me convirtiera en una máquina de matar".
Finalmente el iridium en contacto con el aire ardió, lamiendo vorazmente la atmósfera, ardiendo y dirigiendo vaharadas de calor hacia los dos bandidos.
-¿ Qué….qué que está haciendo ? –preguntó uno de los bandidos.
-Diría que está lanzando chorros de fuego por sus manos –dijo temblando de miedo el otro.
Mark alzó el brazo y proyectó una ráfaga de fuego que distrajo a los bandidos, momento que aprovechó Julieta para dar un puntapié al que sostenía su espada y arrebatársela mientras se retorcía de dolor. Julieta conocía el incidente en el que Mark había luchado contra aquellos hombres en el pequeño pueblo. Cuando se despertó al día siguiente Cordelia la encontró llorando, muy asustada, acurrucada bajo las mantas y temblando de miedo. Vio las vísceras, los esqueletos calcinados y la sangre desparramada por doquier. Vio a la mujer de cabellos de oro de la fotografía y a él, exactamente igual que en ese momento, con el mismo aspecto, los mismos ojos brillantes y duros que centelleaban en la noche, fue testigo de cómo las mismas llamaradas que emergían de su piel sumían en una hoguera pavorosa y despedazaban a todos aquellos hombres. Se había abrazado a Cordelia y solo acertaba a repetir constantemente:
-El, él.
Cordelia no entendía nada. Pensaba que aquello iba más allá de una pesadilla habitual y pasajera. Repetidamente aquel nombre y la descripción tan vivida y real de aquel hombre, en sus labios tenía que ser algo más que una insistente coincidencia, porque Julieta soñó muchas veces con él y vio en sus sueños muchas de las alegrías y penas de Mark. Y lloraba hasta quedar prácticamente agotada cuando le veía besar a la joven rubia de las coletas con lazos y grandes y expresivos ojos verdes. Sentía que le dolía el pecho y ansiaba estar en el lugar de ella. Julieta sabía perfectamente de quien se trataba. Era su primer amor.
Julieta luchó contra uno de los bandidos, mientras Antonio cogió una piedra y se la lanzó al otro tan certeramente que impactó contra su cabeza. No le mató pero lo dejó totalmente inconsciente por un buen rato. Pero Julieta no se estaba desenvolviendo como acostumbraba a hacer en el combate. Desde que había herido a un carabinieri con la misma espada, la visión de la sangre emergiendo a borbotones por la herida que había inflingido en el brazo de aquel joven soldado la había traumatizado. Y el ladrón tomándolo por inexperiencia se empleó a fondo hiriéndola a su vez. Julieta se dobló de dolor y Mark corrió como un poseso lanzando un haz de fuego que surcó el aire a una velocidad increíble alcanzándole en una mano. El hombre gritó de dolor al sentir como su extremidad se carbonizaba y se derrumbó al suelo sin dejar de lamentarse. Mark llegó hasta Julieta. Sus ojos se clavaron en el ladrón que suplicaba piedad. Pero Mark no le escuchó. Le alzó con las dos manos y se puso a apretar en torno al cuello del hombre. Entonces Julieta que intentaba contener la hemorragia que manaba de su antebrazo cubriéndola con una mano se temió que la escena que tanto la había atemorizado al presenciarla en sueños, pudiera llegar a repetirse de nuevo, caminó cojeando hasta Mark, porque el ladrón la había arrojado violentamente al suelo, torciéndose un tobillo. Entonces llegó a su altura y le abrazó con fuerza mientras le suplicaba:
-Por favor Mark, no le mates, no vuelvas a matar, por favor. No…repitas lo de Whitefield, por favor…-dijo cayendo de rodillas a sus pies mientras se abrazaba a sus piernas sin saber exactamente que significaba aquel nombre tan extraño. Se llevó una mano a los labios. Jamás había oído un nombre semejante, en toda su vida.
Mark se detuvo. Aflojó la presión de sus dedos en torno a la garganta del hombre y bajó lentamente los brazos sin soltarle.
Entonces le arrojó con desdén al suelo pero sin matarle y Antonio llegó hasta ellos con una daga que había arrebatado a uno de los ladrones amenazándole con ella. El hombre se quedó quieto, sin atreverse a moverse en modo alguno.
Mark contempló sus nudillos humeantes y apagó los rescoldos que aun ardían como ascuas en sus nudillos. Abrazó a Julieta llorando y diciendo:
-Yo…yo…me viste matar. No…quería hacerlo yo….
Pero Julieta le tranquilizó apretándole contra su pecho.
-Lo sé amor mío, lo sé. Presencié aquello, como te estoy viendo ahora. Fuiste muy valiente y no te quedó más remedio. Aquella vez mataste por ella. Pero esta vez has hecho exactamente lo contrario, por mí.
24
Antonio pidió perdón repetidamente a Julieta llorando entre sus brazos, mientras Mark examinaba atentamente el corte que el bandido, le había producido, ya a buen recaudo junto con sus compañeros, a disposición de los carabinieri. Julieta perdonó al niño de corazón. Lógicamente huyeron de allí tan rápido como les fue posible, pero antes Mark debería curar a Julieta. La herida no parecía muy profunda. La hoja del cuchillo no parecía haber tocado ninguna artería ni alcanzado órganos vitales. Mark extendió la palma de la mano sobre la herida de Julieta y emitiendo una suave luz naranja fue cauterizándola y ayudando a su cicatrización. Entonces le vino a la memoria como en el Hogar de Pony había curado la hemofilia de una niña que se había producido un rasguño al subirse a un árbol. Pese a que la hermana María se había opuesto, Mark curó a la niña en forma parecida a como lo estaba haciendo con Julieta logrando detener la hemorragia. Julieta le vio tan concentrado que le preguntó en que estaba pensando.
Mark se lo contó y ella extrañada intentó hacer memoria, pero o no lo recordaba o no le había visto conteniendo la hemorragia de la niña en sueños, tal y como se lo había contado.
-Debe ser que solo puedes contemplar los hechos más importantes –dijo Mark cubriendo la herida una vez que consiguió detener la hemorragia con un vendaje que traía en su cinturón, junto al del RPG-12. Julieta acarició su mejilla derecha y dijo:
-Me has vuelto a salvar la vida. Eres un hombre magnífico y…-se echó en sus brazos de nuevo ante el cabizbajo Antonio, que además estaba dolido por haber causado tantos problemas a su amiga.
Salieron del tenebroso lugar tan pronto como les fue posible. Mark cargó con Julieta y Antonio. Solo esperaba que no sucediera como cuando retornó de Sarajevo con Candy y Haltoran en brazos. Esta vez sería distinto. Además no tenían que saltar en el tiempo, si no llegar al otro extremo de la ciudad donde se podrían a salvo. Mark apantalló su cuerpo y emitió el suave resplandor dorado que le permitía volar. Antonio estaba entusiasmado porque Julieta le había perdonado y por la posibilidad de volar, aunque se le antojaba muy chocante y excepcional el hacerlo sin a lomos de un pegasus. Alzó el vuelo con su amada y el niño a cuestas. Entonces Julieta movió los labios imperceptiblemente musitando:
"El Angel de Sarajevo" -se dijo "también he sido testigo de eso y conozco plenamente su significado".
Cuanto más sabía de él más se iba enamorando, con más fuerza y más profundamente. El vuelo fue muy corto, de apenas diez minutos, cuando llegaron y el niño descendió sano y salvo de los brazos de Mark corrió al encuentro de su abuelo que le abrazó con tanta emotividad que su solideo estuvo a punto de aterrizar en el suelo. Mark se lo recogió al vuelo y se lo devolvió. El anciano no sabía como expresarle su gratitud e inclinando la cabeza musitó:
-Perdóname….si puedes hacerlo, aunque estás en tu pleno de derecho de odiarnos y de reprocharnos lo que sea.
Mark estrechó la mano que Conrad le ofrecía y dijo satisfecho por aquella sincera disculpa:
-Olvídelo Conrad. Es agua pasada. Me basta con haber traído a Antonio sano y salvo de vuelta.
A partir de ese día la pequeña comunidad del Refugio que protegían y custodiaban a Julieta le miró de otra manera.
25
-Tango siete, tango siete repito, ¿ me recibís ? –preguntó Rand hablando a través del altavoz instalado en su pequeño reloj de pulsera, llamando a sus compañeros. Se escuchó un breve ruido de estática y tras algunas interferencias la voz de Luke respondió emocionada:
-Aquí Tango siete –dijo Luke alegremente al otro lado del receptor- no sabes lo contentos que estamos de saberte bien y a salvo, pero buena has armado. Oliveros y Cinthia fueron a buscarte por toda la ciudad como locos y se han enterado de tu pequeña hazaña. Eres la comidilla de todos los habitantes de Neo Verona.
-No tuve más remedio –dijo Rand aplicando leves golpes al aparato, porque se estaban mezclando intermitentes e insoportables pitidos con estática como ruido de fondo. Hermione se cubrió los oídos porque aquella cacofonía la molestaba. Rand puso cara de disculpa encogiéndose de hombros, algo azorado porque la bella muchacha puso expresión de disgusto y continuó hablando cuando el ruido de estática y los pitidos se esfumaron.
-No tuve más remedio. La cosa se complicó. Tuve que tirarles un par de fumígenas y poner el tonel a plena potencia, si no nos habrían cazado como a patos.
El tonel era como era llamado familiarmente por parte de los soldados, el propulsor cohete que todas las armaduras de combate de las FCA tenían que disponer obligatoriamente, aun las más sencillas y menos sofisticadas. Rand se alegró en cierta forma de haber tenido la armadura ligera, la rata del desierto, porque si en vez de este modelo hubiera llevado la armadura tortuga, no habría cubierto ni medio metro por el aire y el chorro propulsor hubiera podido lastimar a algún inocente. La armadura tortuga era tan pesada que si ya costaba andar con ella, volar era una palabra muy eufemística y optimista para definir lo que no era más que un corto planeo y a veces ni eso, con un propulsor cinco veces más grande que el de su armadura y que empleaba una cantidad ingente de combustible.
Hermione arrugó la nariz ante las extrañas palabras y tecnicismos que Rand empleaba y que no lograba entender. Aunque le había explicado que aquella radio permitía hablar a larga distancia no terminaba de creérselo. Lo mismo que esa extraña historia de un planeta en guerra contra invasores que provenían de otros mundos.
Entonces la voz de Luke tronó por el altavos sobresaltándola.
-¿ Dónde puñetas estás ahora muchacho ?
-No te lo vas a creer, pero esto parece sacado de la Cenicienta y la Bella Durmiente. Este castillo, palacio o lo que sea, -dijo mirando en derredor- es…es precioso…Precioso y enorme. Hay flores y jardines por todas partes.
-Sólo falta que haya princesas –dijo Luke mientras soltaba una atronadora carcajada que a Hermione se le antojó de lo más vulgar, evocándole a alguien primitivo y tosco, como los salvajes y temidos montaraces de las montañas del Norte. La estruendosa risa puso nerviosa a la chica, pero quizás lo que más le asustaba era escucharla sin ver directamente al que la producía. Rand lo notó y haciendo un gesto conciliador a la joven rubia dijo:
-No te rías tan fuerte. Aquí…hay una persona que nos ha ayudado y que le pone nerviosa tu risa.
-No te digo con el andoba –dijo Luke con su vozarrón- estás con una princesa, no si ya lo sabía yo. Eres un tío con suerte. Y que calladito te lo tenías, bandido.
Hermione se ruborizó violentamente porque creyó haber captado el verdadero significado de sus palabras. Retorció las manos nerviosamente sobre la falda de su vestido azul y frunció el ceño ante el soez lenguaje de Luke. Aunque Luke hablaba en inglés estándar, en las casas nobles se enseñaba un dialecto muy similar al lenguaje que estaba utilizando aquel hombre, suponiendo que fuera un hombre y no una ilusión de sus sentidos o algo peor.
Entonces Rand dijo:
-Tengo que cortar. Enseguida nos veremos, si puedo salir de aquí claro. Hermione nos ha garantizado que nos ayudará, porque estoy en la boca del lobo. Esta debe ser la guarida del loco ese que está esclavizando esta ciudad.
-Coñe Hermione, como en Harry Potter –dijo Luke entre carcajadas- no me digas que está por ahí el mago ese de las gafas- dijo Luke recordando sus lecturas de la vieja y arcaica literatura terrestre.
-Bueno, corto ya. ¿ De acuerdo ? –preguntó Rand echando un rápido vistazo a su alrededor sin hacer caso de sus chanzas.
-Valeeeee –dijo Luke. Entonces se oyó claramente el sonido de un eructo que el corpulento soldado no pudo contener. Rand no sabía donde meterse ante la cara de desaprobación y asco de Hermione. Le gustaba aquella chica y no quería quedar en evidencia delante de ella. Entonces a través del altavoz sonó claramente audible un desagradable y familiar estampido que Hermione escuchó con una mueca de horror, llevándose el pañuelo a la nariz como si realmente aquella cosa que hablaba y a través de la cual Rand hablaba igualmente pudiera trasmitir además de palabras, olores.
-Prrrrrrrrrrrrr
A Rand le pareció percibir una ventosidad, mientras Luke se disculpaba:
-Perdona chico, este bocata de chorizo….
Rand cortó la comunicación, mientras Hermione le miraba como si fueran bárbaros primitivos y en cierta forma eso es lo que representaban para ella.
Rand plegó la pequeña antena de su receptor dentro de su alojamiento situado bajo el minutero y soltó una imprecación. Aquel basto de Luke le había hecho quedar como un patán delante de aquella hermosa princesa rubia de ojos azules de muñeca y piel de porcelana, a la que no podía dejar de contemplar. Por otro lado ella, dando por perdido a Romeo, porque no sabía aun que Julieta se había enamorado de otro hombre, parecía mostrar cierto interés por él.
Estaban en los aposentos privados de Hermione en el ala oeste del Palacio. Alya admiraba el enésimo vestido del surtido guardarropa de Hermione ante el espejo, ya que no sabía cual ponerse y no se decidía por ninguno, y ya había expresado a Rand su agradecimiento por lo que había hecho. Entonces suspiró. Le pareció un chico muy guapo, pero ella ya estaba comprometida con Fabricio Donatello el hijo de un artesano que había prosperado, logrando medrar dentro de la pequeña nobleza, y que le había robado el corazón y cuya apostura poco tenía que envidiar a la de su joven salvador, aparte de su pequeña pero creciente fortuna. Rand se asomó discretamente al pasillo y oteó con cuidado, por si algún carabinieri o guardia de élite del Gran Duque estaba patrullando por las largas e interminables galerías. Empuñó el desintegrador laser con el cañón dirigido hacia arriba, cosa que puso nerviosa y enojó visiblemente a Hermione. Entonces se oyeron pasos. Rand se puso en guardia y divisó a dos hombres. Uno era muy alto, con barba y bigote, de facciones duras y marcadas con ojos que parecían inyectados en sangre. Llevaba holgados ropajes oscuros y una larga capa azulada con el escudo de armas de los Montesco que remansaba sobre sus pies le confería una siniestra apariencia. Su cabeza estaba cubierta por una especie de gorra o bonete. No había duda que todo en aquel hombre sugería que había mandado para mandar y ser obedecido, de grado o por la fuerza. Entonces se acordó de la efigie grabada en el anverso del dux que había estado contemplando y en el reverso aquel escudo que ahora el imponente hombre mostraba en la capa que le cubría la espalda.
-Es el Gran Duque Laertes –dijo Hermione en un susurro mientras tironeaba de la manga de su traje de corte para que entrara de una vez en la habitación. Rand se retiró del quicio de la puerta. Debía de ser el hombre de la moneda, el que estaba tiranizando a la bella ciudad.
El otro hombre era más bajo. Llevaba un uniforme azul con un sobretodo con las divisas de los Montesco encima de la cota de malla, y el pelo peinado hacia atrás con canas en las sienes. Oyeron como el Gran Duque se quejaba visiblemente enfadado en el retraso en las operaciones para detener a alguien:
-Excusas solo excusas –la voz de Laertes tronó en todo el pasillo, cuya acústica amplificada por la alta bóveda que dominaba aquella parte del majestuoso edificio, llegó claramente hasta los tres jóvenes, aun con la puerta del aposento cerrada –no me diga capitán que no es capaz de capturar a un hombre así.
-Ilustrísima –dijo el hombre temeroso de la ira del Gran Duque- hemos peinado toda Neo Verona, pero no hemos podido dar con él.
-Mentira, -tronó Laertes colérico- ni usted ni sus hombres se están empleando a fondo ni esforzándose lo más mínimo. Un hombre con esos cabellos tan largos y esos ojos no puede pasar desapercibido, porque si damos con él, daremos con la chica Capuleto. Porque –dijo cruzando sus brazos sobre el atlético y amplio pecho- no me gustaría tener que administrar un castigo ejemplar, para incentivar y motivar a sus hombres.
El capitán general resopló y se quedó lívido de miedo, pero enseguida se recompuso y recuperó la compostura.
Para colmo había otro problema. Un hombre había frustrado la labor de su policía liberando a una peligrosa prisionera y lo que era peor, había ridiculizado a los carabinieri. Laertes se lo recordó al capitán general de los carabinieri, el cual se encogió de hombros y dijo:
-Pero ilustrísima….no pudimos hacer nada. Nos lanzó esos artefactos…ese humo que nos cegó y luego partió hacia lo alto con la chica. Todos fuimos testigos de cómo a lomos de un dragón que soltaba fuego y chispas se remontó por los aires.
Laertes observó los hermosos y complejos trazados de los mosaicos representando escenas de la vida cortesana y flores que en cualquier momento, parecía que iban a abrir sus pétalos y esparcir su fragancia, que adornaban el suelo de mármol de los pasillos. Sus pisadas resonaron con un eco fúnebre para el capitán general.
-Tonterías, cuentos de vieja –dijo avanzando hasta el militar y atemorizándole con su elevada estatura, hasta situarse a pocos centímetros de él, y lanzándole una mirada severa y ominosa. Alzó una mano nervuda que emergió de entre sus ropones negros que se agitaban como una negra y macabra bandera y dijo señalándole con el dedo índice:
-Quiero que encuentre a ese otro hombre también. Tengo fundadas sospechas de que es uno de los secuaces de ese maldito Torbellino Rojo.
Rand dio un respingo y entonces se acordó de los pasquines que había leído, repartidos por toda la ciudad, y ofreciendo una importante recompensa por la captura del misterioso personaje, representado grotesca y esperpénticamente como un ser monstruoso y malicioso que acechaba a sus víctimas, en cada esquina con una espada descomunal.
El capitán general que había visto tan claramente a Rand surcar el aire con la muchacha en brazos, como estaba viendo al Gran Duque Laertes ante él, lo mismo que decenas de personas, no se atrevió a contradecirle. Tragó saliva y Laertes sonrió complacido por el terror que despertaba en sus allegados y subordinados.
-De acuerdo Ilustrísima, se hará como sugeris. No descansaremos ni cejaremos hasta capturar a ambos bandidos y a la hija de los Capuleto.
Laertes asintió y dijo con voz hueca y cavernosa:
-No esperaba menos de vos.
En ese preciso instante en que ambos hombres se disponían a debatir otras cuestiones, una figura embozada en un hábito oscuro, dividido en dos mitades simétricas, siendo la de la izquierda de una tonalidad más negra que la de la derecha interrumpió su conversación. Unos pantalones claros sobresalían del hábito y en torno a la capucha, una especie de cadena o collar negro con puntos amarillos y blancos, refulgía débilmente. Laertes contempló al extrañó con indiferencia, casi más bien con fastidio. El hombre se aproximó y el capitán general dio un paso atrás, estremecido por la pavorosa apariencia del ominoso personaje que sostenía con dedos de hierro, un gran tridente que esgrimía con orgullo.
-Yo no tomaría el testimonio de vuestro capitán, como meros cuentos de vieja y habladurías sin sentido -dijeron dos voces a coro, entremezclándose en una mezcolanza que producía escalofríos y malestar de solo escucharla. El semblante de la mano derecha del doctor Infierno, mostrando su parte masculina y femenina, unidas por una fina línea sobre la que caía un mechón de pelo negro hizo que el capitán general desviase la vista espantado, mientras un sudor frío le recorría todo el cuerpo.
-Barón Ashura -le espetó desabridamente Laertes mientras le señalaba con el dedo índice- ¿ cuántas veces tengo que repetirle que no se deje ver en público ?
El Barón Ashura ignoró la recriminatoria del Gran Duque y su parte masculina habló esta vez. Aun así, cualquiera de esos timbres de voz por separado, ya producía una sensación de angustia y horror difícil de precisar. El capitán general intentó esconderse detrás del Gran Duque, pero este no se lo permitió:
-Me estás haciendo quedar en ridículo -dijo en voz baja y cargada de ira.
El capitán asintió nerviosamente y volvió a situarse junto a su señor, farfullando tartamudeante, una rápida disculpa, aunque Laertes le lanzó una mirada recriminatoria. Su subordinado, estrechó los dedos sobre el escudo de armas de la casa Montesco, que llevaba cosido en el sobretodo y trató de controlar el terror que hacía que sus piernas temblaran constantemente, estrujando el fino paño de su sobretodo que cubría su uniforme azul, bajo el que llevaba una cota de malla. El desconsolado militar intentó no dejar en evidencia nuevamente, a su señor delante del pavoroso personaje que le observaba con desprecio y una sonrisa malévola.
-Volviendo a la cuestión que nos ocupa -dijo el barón Ashura- alguien de otro tiempo ha llegado a Neo Verona., a tenor de las versiones de la gente que abarrotaba la plaza, y de sus hombres -dijo desviando la mirada hacia el militar, que realizó una mueca de horror al comprobar como el barón Ashura se dirigía hacía él.
-¿ Otro tiempo ? -preguntó Laertes con súbito interés. Sus ropajes flotantes se agitaron levemente.
-Así es -asintió el barón Ashura mientras esta vez la voz femenina tomaba el relevo de su compañera- lo que surcó el cielo de la ciudad, no fue un dragón, ni nada parecido, sino un hombre con una máquina que le permite volar.
-Con todos mis respetos, eso es absurdo, Barón -dijo Laertes.
El barón Ashura frunció los finos labios y esbozó una sonrisa de desdén. Extendió la mano apuntando con el tridente hacia delante y lanzó una carcajada tan maléfica, que resonó en todo el pasillo, que el capitán de los carabinieri se tapó los oídos con las manos, sacudido por los violentos temblores que una oleada de pánico incontrolable le suscitó. No pudiendo soportar más aquellos, y presa de un miedo cerval, aunque su señor le castigara duramente, echó a correr, mientras sus ojos desencajados parecía que de un momento a otro se saldrían de sus órbitas.
Cuando Ashura dejó de reir, sus dos mitades pronunciaron a coro:
-Gran Duque, cuando le muestre las maravillas tecnológicas que pienso entregarle a cambio de su lealtad, no opinará lo mismo.
Laertes que hasta ese momento había permanecido imperturbable, dio un pequeño respingo. Aquel ser le producía una sensación de agobio y desazón constante. Con razón los destrozados nervios del capitán general hubieran terminado por desquiciarse. Se preguntó si la cordura del hombre continuaría intacta aun.
Hermione que había observado temerosa, por un agujero que alguien había practicado en la pared, retrocedió espantada, reaccionando igual que el capitán ante la visión embozada en un oscuro hábito. La muchacha estuvo a punto de gritar, y hundió su cabeza en el pecho de Rand, que la abrazó solícito y tratando de acallar sus gemidos.
-Por favor Hermione -dijo el muchacho tratando de calmarla con un susurro- trata de controlarte. Si ese ser o Laertes se enteran de que estamos aquí, puede que corramos peligro.
-Es horrible, es horrible, su cara....su cara.....-dijo empapando de lágrimas la camisa de de seda de Rand, que destacaba bajo la larga chaqueta de encaje azul que se había puesto sobre la misma.
La muchacha no se atrevió a concluir la frase. Rand pasó la mano suavemente por los cabellos rubios de la muchacha, repasando la coleta y los largos tiburazones que a modo de trenzas, descendían a ambos lados de su cuello de cisne. El curtido soldado asintió y dijo:
-No le recuerdes más -dijo Rand sin saber como calmar a la desolada joven- mientras Hermione continuaba reclinando su cabeza en el torso de Rand, que notaba como un leve calor le invadía.
Alya que al contrario que Hermione, mostraba un valor y un descaro a prueba de bomba, también se había fijado en el temible ser, pero no le había alcanzado a vislumbrar plenamente, como si habían hecho Hermione y Rand.
-Ese ser, ¿ crees que te está buscando ? me ha parecido que estaba hablando de nosotros.
-Podría ser -dijo Rand mientras Hermione, seguía abrazándole, porque no se atrevía a separarse de su lado, de lo asustada que estaba. Se llevó la mano a la culata del desintegrador por si tenía que hacer uso de él, pero el peligroso e intrigante barón Ashura se alejó lentamente, mientras departía con el Gran Duque. El tema de su conversación versaba de planes de conquista y oscuros sueños de grandeza, en los que Laertes se veía al frente de ejércitos invencibles conquistando ciudad tras ciudad, y poniendo a todo Nevus bajo su puño de hierro, no conformándose únicamente con Neo Verona. Luego seguiría Mantua, Locarno, Grandisia. Sus ojos se iluminaron mientras cada nombre que pronunciaba mentalmente, acrecentaba su ego y su desmedida codicia. Cuando ambos se perdieron en la profundidad de las grandes galerías de mármol, Hermione se separó de Rand y mirándole con sus profundos ojos azules dijo sorpresivamente:
-Tú, tú has traído ese horrible hombre hasta aquí. Ha...ha venido con vosotros.
Alya se apresuró a sacar a la joven noble del precipitado error en que había caído propiciado por su intenso e imbatible temor.
-No, Hermione, estás equivocada -dijo intentando ser conciliadora- Rand me salvó la vida. No sé como, pero intuyo que ese tal Barón....-entornó los ojos un momento mientras se rascaba sus cabellos pelirrojos intentando evocar el nombre que el Gran Duque había pronunciado- Ashura, eso es- dijo chasqueando los dedos- no tiene la más mínima ni remota relación con Rand. ¿ No es cierto ? -preguntó cruzando los brazos sobre el corpiño damasquinado de su vestido.
-Rand asintió, muy preocupado por lo que Hermione pudiera pensar de él.
Entonces puso las manos sobre los hombros de Hermione, sin saber porqué de forma involuntaria. La muchacha se estremeció ligeramente, pero no rehuyó el contacto de las manos de Rand. Al contrario, se sentía confortada por sus atenciones.
-Te juro, Hermione, que jamás había visto a alguien tan desagradable en mi vida. He visto muchos horrores desde luego, pero ninguno como ese.
Entonces como si el siniestro barón les hubiera escuchado, la voz del Gran Duque y el tétrico personaje sonaron cerca de nuevo, aunque afortunadamente, sus pasos no parecían encaminados en dirección a la puerta de los aposentos de Hermione, pero su voz llegó claramente a sus oídos:
-Es prioritario que capture a esa chica...Julieta -dijo el barón Ashura- si llegase a fundirse con Escalus, sería una catástrofe irremediable, y mi señor, el doctor Infierno, no estaría para nada complacido -dijo golpeando levemente el suelo de mármol con su tridente, como su fuera un maligno ujier.
-Los Capuleto seran completamente destruidos barón, no le quepa la menor duda -dijo Laertes mesándose la perilla que sobresalía de su prominente mentón.
"¿ Escalus ? ¿ Julieta ?, ¿ Capuleto ?" -se preguntó Rand respirando agitadamente.
¿Dónde se habían metido ? ¿ A qué extraño y enigmático lugar les habían enviado el fantasma del espacio ?, el pavoroso ser, no menos siniestro que Ashura, que había esgrimido aquella esfera negra entre sus garras aceradas. Entonces recordó que en el rostro informe del alienígena había creído percibir una mueca de desprecio, como una sonrisa sarcástica y temible, mientras los cañones del CT-8 le remataban, poco antes de que el poder de la esfera desencadenara el caos más absoluto sobre el desierto.
Enarcó las cejas. Y pensó en lo que deberían hacer a partir de aquel instante. Las cosas se habían complicado sobremanera. El mencionado Ashura pretendía llevar a cabo algún tipo de plan en connivencia con el Gran Duque. Ya lo solo mención del nombre de su señor le produjo una incomodidad creciente. ¿ Qué clase de hombre o ser podía impartir órdenes a alguien como Ashura e inspirar tal grado de devoción y reverencia en él ?
"Julieta Capuleto" -se dijo repitiendo el nombre constantemente, hasta que una luz se hizo en su mente.
Se pasó una mano por la frente sobre la que le bajaban los apelmazados cabellos, pese a que los llevaba cortados a cepillo y entonces supo de que le sonaba ese nombre.
"Romeo y Julieta" -se habían metido de lleno en la tragedia clásica, o quizás en los hechos reales que de un modo u otro inspiraron a su autor.
Lanzó un suspiro mientras extraía el desintegrador de iones pese a que ya se había quedado desfasado y obsoleto, aunque él seguía prefiriéndolo al nuevo armamento surgido de las nuevas tecnologías AKEW. Hermione desvió la vista del arma con desagrado.
Pese a que nunca había visto un objeto así en su vida, la forma le sugería inmediatamente algo malo y extrajo un cargador en el que titilaban débilmente el brillo de los haces de luz iónicos que permanecían estables dentro de sus cámaras de vidrio. Si la pistola era disparada, las ampollas de cristal se rompían liberando la peligrosa y volátil munición en el aire, siendo impulsada hacia delante. Cuando una ráfaga iónica partía del arma que la disparaba, dejaba tras de sí un larga estela anaranjada y cuando impactaba contra su objetivo, abría un gran boquete de entrada al explosionar contra su objetivo, quemando y retorciendo las tejidos y órganos internos que encontraba a su paso.
Rand ignoró el semblante contraído de Hermione e insertó la larga tira transparente del cargador en un compartimiento estrecho y hondo situado bajo la culata de su arma. A través del visor transparente del cargador, las diecisiete balas de iones, irradiaban una claridad lechosa e irreal.
26
El doctor Infierno paseó por entre las altas columnatas que sostenían el imperio subterráneo de la Isla de Bardos. Hacía tanto tiempo que había combatido en vano contra Koji Kabuto, que ya no recordaba unos momentos tan deliciosos y reposados como aquellos. Observó al joven encadenado firmemente contra el poste metálico, al igual que su compañera Sayaka. Los ropajes negros y recargados del anciano aumentaban la sensación de majestad que sentía. Se sentó en su trono. El mundo le pertenecía después de una intensa lucha en la que había estado a punto de consumir su vida. Pero finalmente había salido triunfante, aunque a un alto y duro precio. El Conde Broken estaba pasando revista a sus tropas, mientras la cabeza del ser iba y venía entre las apretadas filas de sus hombres cuyos casco enmascaraban sus facciones, gritando órdenes a voz en cuello, y como siempre fuera de sí. El sudor perlaba su frente debido al esfuerzo que le suponía gritar de aquella manera.
"También él ha envejecido" –se dijo el doctor Infierno mientras recogía un faldón de su túnica negra sobre el brazo derecho. Le gustaba hacer aquel gesto, era como una afirmación de su autoridad absoluta.
Entonces se fijó en los trabajos de reconstrucción que se estaban llevando a cabo en una isla cercana. La batalla contra el Santuario, irónicamente había costado menos vidas y esfuerzos que lo que le supuso combatir a Mazinger Z y a su astuto e imbatible piloto.
"Un solo jovenzuelo advenedizo me ha costado más sinsabores que toda esa tropa de idiotas de armadura" –dijo pensando en el nieto de su viejo y eterno rival, el profesor Kabuto. Una vez desmantelado Mazinger Z, y copiadas sus tecnologías más secretas, las estaba insertando en el nuevo ejército de bestias mecánicas que pensaba creer, una próxima generación de ingenios más fuertes y temibles que los anteriores.
Contempló el nuevo emplazamiento del Santuario. Le había impresionado la arquitectura del recinto y había decidido desmantelarlo de su emplazamiento original, para ubicarlo en la isla de Bardos, tal y como lo viera en el momento en que pisó su suelo por vez primera, tras un corto viaje, una vez que sus tropas habían derrotado al último caballero de oro. Atenea había desaparecido, pero no representaba ningún peligro por el momento. Sola, sin guerreros ni recursos para seguir sosteniendo la lucha se había esfumado del mapa.
"Que lástima" –se había lamentado Broken- "una joven tan hermosa, tan dulce y delicada" .Un diamante en bruto la había calificado el propio doctor Infierno. Broken la pretendía.
De hecho, el depravado conde había intentado satisfacer sus bajos instintos con Sayaka Yumi, pero el Doctor Infierno había cortado de raiz cualquier tentativa por parte de Broken, movido por un extraño sentido del honor hacia sus antiguos enemigos.
El doctor Infierno se irguió y dejando su sitial salió al exterior. Estaba pensando en trasladar a Koji Kabuto y a la joven Sayaka a unas dependencias más apropiadas. A fin de cuentas, habían perdido sus ganas de luchar. Ambos jóvenes ya no representaban ninguna amenaza. Sin sus robots no era más que un pequeño incordio. Les observó. Sintió cierta lástima por ellos y se sorprendió. El sintiendo lástima por débiles humanos.
Entonces tomó la decisión de perdonar la vida a ambos jóvenes, manteniéndolos cautivos para siempre en su imperio subterráneo y estrechamente vigilados.
-Mejor haría su excelencia en ejecutarlos –dijo la voz cascada y chillona del conde Broken. Su cuerpo fue al encuentro de la cabeza, que se alojó entre las manos enguantadas que la recogieron enseguida.
El doctor Infierno se giró lentamente, dirigiéndole una mirada de soslayo que no admitía réplica alguna. Broken dio un respingo y su cuerpo se postró ante su señor y la cabeza hizo un leve asentimiento:
-Su excelencia es demasiado bueno, con esos canalla.
-Cállate Broken –dijo el doctor Infierno mientras observaba como lentamente los antiguos palacios de Atenea y sus doce casas del Zodíaco se erguían colosales bajo la supervisión de sus mejores ingenieros dirigidos personalmente por él mismo. Las obras estaban muy avanzadas y pronto aquel enorme complejo sería inagurado como su residencia personal. Entornó los ojos vivaces y dijo:
- ¿ No sabes nada de lealtad y respeto ?
El militar le contempló intrigado, o mejor dicho, su cabeza paralizada en el aire, observó a su señor con asombro.
-Koji Kabuto ha sido un fuerte y valeroso enemigo, y por eso, le perdono la vida.
Se giró lentamente mientras su capa negra revoloteaba en torno al nervudo y fibroso cuerpo del anciano. Sus cabellos blancos expandidos en torno suyo le conferían una apariencia verdaderamente dantesca. Entonces entornó los ojos y dijo reflexivo:
-¿ Dónde se habrá metido ese idiota de Ashura ? Ya deberíamos tener noticias suyas. Espero que por su bien, haga las cosas correctamente por una vez.
Broken asintió. Con un poco de suerte, su eterno rival caería en desgracia con el doctor Infierno y él ocuparía su lugar como mano derecha de su señor.
27
Antonio había sido devuelto sano y salvo a la tranquilidad y relativa seguridad del Refugio. Aquel gesto hizo que Mark fuera felicitado efusivamente por Francisco, Conrad y Cordelia que empezó a estimarle de veras. Emilia que había venido a pasar una temporada con ellos, quedó impresionada por Mark con el que intentó coquetear, pero la furibunda mirada de la celosa Julieta le disuadió de intentarlo. Lanzó un hondo suspiro y mirándole con ojos entornados se pasó la mano por las puntas de sus cabellos recogidos hacia arriba y pensó un poco contrariada:
"Lástima, un muchacho tan guapo, pero no seré yo quien se lo dispute a Julieta".
Antonio recibió una reprimenda de su abuelo. El chico admitió que tenía toda la razón y aguantó estoícamente los reproches y la airada bronca que el anciano le soltó. En la comida que siguió para celebrar el retorno que Antonio había regresado indemne, todos brindaron a la salud de Mark, pero Curio se negó a hacerlo así como a estrecharle la mano.
-Curio –gritó Conrad- ven aquí inmediatamente. No seas descortés. Mark se ha ganado un lugar entre nosotros. Ya es uno de los nuestros.
-Para mí no –dijo airadamente mientras se levantaba de la mesa y se iba a dar un paseo para serenarse. Mark intentó ir tras él, pero Francisco le retuvo asiendo su muñeca con la mano derecha:
-Déjale Mark, se le pasará –dijo Francisco cruzando con él una significativa mirada.
-Eso espero –dijo quedamente, aunque ya conocía la verdadera razón de la desazón que invadía su corazón.
Mark se fijó como a través de las deshilachadas maderas que cubrían las ventanas, entraba una luz difusa y mortecina.
28
Aunque dormían en habitaciones separadas, aquella noche el deseo de estar a su lado como fuera, hizo que Julieta abandonara sigilosamente la suya y avanzara a tientas por el pasillo. Tenía miedo de que la descubrieran, aunque sabían que no podían impedirle el estar con Mark. El profundo amor que sentía por él le impulsaba hacia él ineluctablemente, como el hierro a un imán. Su respiración era agitada y de repente se topó con Cordelia que se había levantado para tomar un vaso de agua. Julieta intentó justificarse, pero la muchacha le guiñó un ojo. La que había sido y seguía siendo como una hermana para ella se hizo a un lado y en un susurro le dijo:
-Anda ve con él, no se enterará nadie, te lo prometo.
Julieta la abrazó y continuó hacia la habitación de Mark que era la del fondo del pasillo. Su corazón latía aceleradamente. Aunque ya le había tenido entre sus brazos había sido muy apresurado y repentino, en aquel lecho de flores mientras los pétalos de las rosas y los iris entremezclados formando una cortina de colores mecida por la brisa ascendía hacia lo alto. Se detuvo ante la puerta posando la mano en el picaporte. Un ligero rubor que se fue haciendo más intenso le subió a las mejillas. Sonrió. Extrajo un pequeño espejuelo de entre los pliegues de su vestido para contemplarse. Se retocó un poco el cabello y se admiró satisfecha. Giró el pomo de la puerta y entró lentamente. Avanzó en la penumbra hasta la cama de dosel cuya cabecera estaba apoyada contra la pared de ladrillos. Se acercó a Mark lentamente. El muchacho dormía plácidamente. Casi le daba pena despertarle. Entonces Mark dio un ligero resoplido y se giró poniéndose de costado. Julieta se descalzó y abriendo las sábanas se deslizó dentro de la cama apoyándose contra él. Le abrazó recostando la cabeza contra su espalda tibia y ancha. Entonces notó que algo húmedo y salado le empapaba la mejilla. Julieta se llevó la mano hacia donde había notado aquello extrañada. Era una lágrima. Mark estaba llorando y además musitaba algo con voz entrecortada, agitándose con fuerza.
-No, no, no, Julieta, no –dijo cabeceando sobre la cama.
Estaba soñando y en su ensoñación que no era tranquila ni agradable, la vio ante una mujer de larga túnica blanca cubierta de pies a cabeza. Julieta estaba en el aire frente a la misteriosa mujer, cuyos ojos eran completamente blancos excepto el iris que era de un profundo azul. El rostro de la misteriosa mujer era sereno pero algo hacía presagiar que de un momento a otro se desataría un hecho terrible e irremediable. Ambas levitaban frente a un árbol impresionante y majestuoso que ocupaba el interior de una inmensa bóveda abarcándola por entero. Sus frutos eran de oro y sus hojas pálidas y blancas, eran semejantes a las plumas de las alas de un pegasus. Entonces la mujer del hábito blanco, acercó sus labios lentamente a los de Julieta diciendo dulcemente:
-Oh hija mía que bella eres.
De la espalda de Julieta habían brotado unas alas membranosas y muy finas que desprendían un leve resplandor verdoso.
Entonces la mujer, que se hacía llamar la Cuidadora del inmenso árbol sufrió un cambio en su rostro, cuya mitad derecha adquirió aspecto vegetal.
En ese punto del sueño, todos los que trataban de llegar hasta Julieta eran rechazados por las raíces y las ramas del árbol, mientras una extraña marca en el pecho de Julieta brillaba levemente.
Mark se convulsionaba cada vez más, gritando y transpirando copiosamente. Entonces se despertó bañado en sudor, cuando descubrió que estaba en los brazos de su amada.
-Cálmate amor mío, cálmate –dijo Julieta apretándole contra su cuerpo –ya pasó, ya pasó. Estoy contigo. No llores más.
Le meció como a un niño, mientras permanecían sentados sobre la cama. Entonces Mark se desahogó llorando trémulamente, apoyando la cabeza en el hombro derecho de la muchacha.
-Julieta, no voy a dejar que te pase nada malo, jamás, no permitiré que ese ser, o lo que sea…te aparte de mí.
Julieta le besó apasionadamente. Aquello pareció calmar a Mark momentáneamente y le dijo:
-No me va a ocurrir nada y jamás me alejaré de ti.
Pero Mark no podía dejar de llorar. Aquella frase tan terrible: "que bella eres hija mía" preludio del sacrificio que había presenciado le estremecía, haciendo que un frío inmenso le invadiera, pero también le infundió un valor y una determinación que le impulsó a crispar los puños, jurando que no abandonaría a Julieta a su suerte, la cual lo percibió en sus ojos de azabache. Pero pronto calló en la más repentina y negra desesperación.
Y realmente era muy bella, casi más que Candy. Se preguntó como podía haber estado tan ciego. Cómo no había descubierto antes que su único y verdadero amor era ella y no Candy. Julieta no sabía que hacer para calmarle. Cada vez estaba peor y parecía que se fuera a deshacer entre sus brazos. Entonces deslizó los tirantes de su vestido y lentamente fue despojándose de sus ropas. Cuando quedó desnuda delante de él, Mark pareció tranquilizarse enmudeciendo de repente y alargando una mano para acariciar sus mejillas.
-Eres tan hermosa –dijo Mark lentamente.
Entonces Julieta sonrió y recostándose sobre él le besó en los labios y respondió:
-No tanto como tú, mi Mark.
Mark la envolvió entre sus brazos y ella le ayudó a desprenderse de la ropa. Se amaron por segunda vez. Mark recordó a Candy y los remordimientos le torturaron como hierros candentes, pero no podía sacudirse la imagen de Julieta ni de su cabeza ni de su corazón.
Cuando terminaron, Mark se durmió nuevamente entre sus brazos. Esta vez sus sueños eran plácidos y tranquilos, aunque habló lentamente. Aun conservaba aquella costumbre de pronunciar frases en sueños:
-Perdóname Candy, perdóname, pero….debo proteger a Julieta. Tú….y nuestros hijos tienen un futuro y una familia que os ama, pero si yo…..dejo a Julieta, su vida se extinguirá y jamás permitiré algo así.
Julieta acariciaba sus cabellos retirando el sudor que los apelmazaba, cuando de repente Mark volvió a hablar y dijo:
-Escalus, no permitiré que me quites a Julieta. Si no me queda alternativa, cortaré tus raíces.
Julieta dio un respingo y tembló levemente. No le había contado a nadie sus visiones acerca del árbol y la misteriosa mujer del hábito blanco, con dos pequeñas alas coronando su cabeza. Y jamás antes había confesado a nadie aquel nombre y menos la identidad de aquel ser.
-Escalus…la diosa no será tuya, mi Julieta no será sacrificada –dijo Mark como en trance para volver a quedarse completamente dormido entre los brazos de su amada Julieta.
29
Sobre Lakewood se había desatado una tormenta muy fuerte. Era una noche borrascosa y muy fría. Los relámpagos rasgaban la oscuridad y el ululante viento azotaba con furia los árboles haciendo que sus ramas repicasen contra los cristales de las ventanas del dormitorio de Candy. La muchacha, que continuaba sin asumir la partida de Mark, estaba soñando.
-Mark, Mark –afirmaba entre jadeos y convulsiones.
Por extraño que pareciera ni Marianne ni Rand se habían despertado. Dormían profundamente, pero ella tiritaba mientras sus coletas rubias se habían deshecho y su largo pelo remansaba sobre la almohada. Entonces extendió una mano con los dedos arqueados como garfios y manoteó en la penumbra. Escuchó las palabras de Mark, suplicándole perdón desde el otro lado del tiempo o de donde quisiera que estuviera. Le vio en compañía de otra muchacha a la que abrazaba tiernamente y a la que había dedicado ardientes palabras de amor. Los ojos verdes de Candy derramaron algunas lágrimas. Entonces Candy arqueó el cuerpo hacia abajo sobre el colchón, apoyándose sobre los omóplatos y las plantas de los pies. Vio el destino que le aguardaba a Julieta y suplicó llorosa por la vida de la muchacha:
-No, no, no, Mark sálvala, sálvala, por favor.
Entonces sonrió y dijo con voz apagada mientras aferraba las sábanas con tanta fuerza que desgarró la tela inadvertidamente para quedarse repentinamente tranquila y en calma. Una sensación de paz envolvía su cuerpo, que parecía sumido en una completa y total quietud. Entonces abrió los bellos ojos verdes y musitó mirando al techo, mientras los últimos coletazos de la tempestad se agitaban sobre los jardines de Lakewood que se disipaba, como la pesadilla que había tenido.
-Sálvala Mark, sálvala, tienes mi permiso y mi perdón.
Luego comprendiendo plenamente, lo que aquello significaba dijo ya despierta:
-Aunque ello suponga que te pierda para siempre.
Se sentó sobre la cama y alisando los volantes que jalonaban las mangas de su camisón dijo:
-Ve con ella y sálvala. Salva a tu verdadero amor.
Luego hundió la cabeza entre las manos y resignada a perderle, lloró amargamente.
Hacía varios días que Haltoran y yo habíamos partido. Aunque pronto sabríamos que sería en vano.
30
Contemplé a Haltoran con un atisbo de duda en mi mirada. No me hacía ninguna gracia meterme dentro de Haltoran con destino desconocido y puede que nada seguro. Mi amigo que había dado ya la enésima patada al diseño del robot con aquella modificación no autorizada, aunque ya daba lo mismo, me invitó a alojarme en el interior del cuerpo del robot que había sido agrandado mediante servos y giróscopos que hizo que el robot pasara de los dos metros a los cuatro de altura. Cuando me tumbé sobre el semicírculo cilíndrico que Haltoran había practicado en el interior de Mermadon, él hizo lo mismo imitándome. Por lo menos había añadido una tapicería suave que haría más cómodo el que pronto se reveleraría como un insoportable y durísimo viaje.
-Esto es una locura –musité- Neo Verona- ¿ y no te habrá querido decir otra cosa diferente- dije irguiendo la cabeza para mirar a Haltoran que estaba delante mío. Visto desde arriba Mermadon se había convertido en una especie de tubo enorme y circular dividido en dos compartimientos estancos, donde cada uno de los dos, íbamos tumbados sobre el tapizado. Haltoran no respondió y apretando un botón la tapa blindada de nuestra improvisada nave, , más bien cárcel, pensé yo se iba abatiendo sobre nosotros. Afortunadamente no reinó una oscuridad absoluta, porque Haltoran había instalado lámparas alógenas que proporcionaban una iluminación más que decente. Aparté la cabeza y me tumbé en mi improvisada litera antes de que la puerta abatible me pillara el cuello sin recibir respuesta.
-Neo Verona –declaró Haltoran casi en un susurro- allá vamos.
Manipuló unos controles y de la espalda de Mermadón, que tenía un aspecto muy diferente con sus cuatro metros de altura emergieron dos propulsores de combustible líquido. Apretó otro botón y las toberas escupieron un chorro de fuego que nos elevó del suelo a una velocidad increíble y fantástica. Mermadón ahora convertido en improvisada máquina del tiempo, se elevó como un cohete trepando velozmente, para perderse en las capas más altas de la atmósfera. Muy pronto empezó a hacer calor debido a la fricción del metal contra el aire debido a la velocidad alcanzada. Haltoran le había desconectado sus funciones cognitivas porque de lo contrario se habría vuelto loco al descubrir que estaba viajando por el tiempo. Cuando llegásemos a Neo Verona, volvería a restablecerlas, porque de lo contrario, su cerebro terminaría por freírse.
"Si es que llegamos" –pensé yo, completamente inmóvil por el miedo que sentía y con una sensación de terror indefinible que paralizaba mis extremidades.
"Ahora entiendo lo que debieron sentir y sufrir los cuatro fantásticos en algo parecido a esto".
Aunque no era una buena comparativa, porque aquello no había ocurrido nunca, pero lo que estábamos a punto de experimentar nosotros, se me antojó que sí.
Mermadon, pese a su elevado peso, alcanzó muy pronto la estratosfera, donde el iridium con el que estaba fabricado, emitió algunas pequeñas cantidades que se mezclaron con el aire. Evidentemente, no tenía sistema circulatorio ni el iridium corría libremente por sus canalizaciones interiores, pero la elevada velocidad desprendió algunas partículas de sus superficies metálicas suficientes para iniciar la ignición que nos permitió saltar en el tiempo. Entonces un sonido metálico como si algo estuviese golpeando el blindaje exterior de Mermadón, me sobrecogió.
-No temas muchacho –dijo Haltoran con una sonrisa- está todo previsto Se trata de un fenómeno normal en estos procesos.
-Esto es una locura –dije encasquetándome el sombrero como si aquello pudiera evitar los tremendos bandazos que Mermadón sufría o protegerme de las vibraciones que sacudían a todo el robot con nosotros dentro, como si de una montaña rusa se tratara.
Entonces se escuchó un fragor tremendo que hizo que mis dientes castañetearan y mi cuerpo como si fuera de trapo, saltase arriba y abajo, a pesar de la estrechez del cubículo donde estaba alojado y en el que me había encerrado dejándome engatusar por Haltoran.
-Si salimos de esta te…
Pero no pude concluir la frase. Mermadón experimentó una sacudida muy repentina y tan súbita que mi estómago se encogió. Entonces, casi sin sentirlo, sin enterarnos, prácticamente se hizo el silencio más absoluto y la oscuridad le siguió. Y luego nada.
31
-Mierda, mi cabeza –dije desabridamente mientras me frotaba las sienes y la nuca. Mi sombrero, como siempre se había chafado. Cuando no Clean, o Mina, la perra del viejo Mac Gregor, era yo el que me lo cargaba de repente, sin más. Entonces oí como Haltoran empujaba con fuerza la puerta de acero de su compartimiento con los pies y consiguió abrirla con un chirrido desagradable, como si hubiera estado sellada durante miles de años. Entonces salió al exterior. La luz le golpeó en los ojos cegándole momentáneamente, pero en seguida se repuso. Rodeó a Mermadón y enseguida pugnó por liberarme. Noté como trasteaba desde el interior, pero no había nada que hacer. La puerta se había atascado.
-No hay manera –dijo Haltoran jadeante y buscando algo para hacer palanca. Probó con una rama que encontró tirada junto a Mermadón, pero lo único que consiguió fue quebrarla sin hacer mella en la puerta. Finalmente, entre él tirando por fuera y yo propinando patadas desde dentro conseguí liberarme y salir. Cuando miramos en derredor estábamos en un paraje cubierto de árboles y de hierba en el que se mecían unas extrañas flores. Al fondo había una gruta, con lo que parecían los restos de un improvisado campamento. Entonces jalé de la manga de la camisa de Haltoran pero no me hizo caso. Estaba mirando hacia el horizonte, contemplando una ciudad enorme que se alzaba sobre la falda de una colosal montaña, que terminaba en un pico coronado por nieves, seguramente eternas. En la parte más elevada de la urbe, destacaba lo que parecía un castillo o palacio amurallado y fuertemente fortificado.
-Por las barbas de…-dijo Haltoran asombrado. Creo que lo hemos logrado.
Me restregué los ojos. Lamenté no tener una cámara digital para inmortalizar el momento y poder llevarnos algún recuerdo para mostrárselo a Candy y al resto. En ese momento, me pareció percibir un caballo volador, pero no dije nada, porque seguramente el cansancio y la tensión del viaje, unido a que mis gafas se habían desprendido de mi nariz me habían hecho ver cosas raras que no eran reales. Me las coloqué otra vez en su sitio y me puse una mano sobre la frente a modo de visera para apreciar mejor la gigantesca ciudad, que se alzaba orgullosa y etérea, y parecía hecha en mármol y piedra como materiales predominantes en su construcción.
En ese momento, cuando nos disponíamos a extraer nuestra impedimenta de Mermadón nos rodearon tres personas. Un hombre de elevada estatura, un joven de facciones delicadas y una atractiva mujer de rasgos duros y decididos. Haltoran se echó la mano instintivamente hacia el bolsillo de la chaqueta para extraer su arma, pero el gigante desenfundó antes un enorme y extraño pistolón y dijo apuntándonos:
-Eh, eh, eh, eh, yo no haría eso amigo.
-Vamos, vamos –dije yo conciliador- me temo que estáis en la misma situación que nosotros –dije sin dificultad para entender el inglés que hablaban, un poco extraño, pero inteligible a fin de cuentas, que era lo que contaba.
-¿ Qué quieres decir ? –preguntó la atractiva mujer que hizo descender levemente su arma.
- Lo que mi amigo quiere significar, y sugiere es que presiente que tampoco pertenecéis a este mundo, época o dimensión o lo que sea –dijo Haltoran levantando las manos porque el hombre aun continuaba apuntándole- así que, por favor, bajad esas armas, antes de que alguien se haga daño. Insisto en que no somos vuestros enemigos, aunque no estemos en el mismo bando, por ahora.
-¿ Cómo habéis venido hasta aquí ? –preguntó el joven de facciones finas.
-Si nos lo permitís, os lo demostraré –dijo Haltoran mirando hacia el robot que parecía una especie de cigarro puro alargado y en el que no se adivinaba en modo alguno, la clásica silueta de Mermadón. Luke miró a Cinthia que asintió, otorgándole su aprobación. En ausencia de Rand Oberón, ella asumía el mando allí. Entonces Haltoran pulsó un botón y lo que parecía una especie de torre alargada o una extraña cápsula, se fue encogiendo gradualmente. Finalmente a aquella forma tan rara le nacieron piernas, que lo pusieron de pie, brazos y una pequeña cabeza en la que brillaban dos puntos rojos bajo un cristal brindado. Entonces Haltoran le devolvió a Mermadón sus funciones cognitivas y habló con voz meliflua.
-Oh, señor Hasdeneis, parece que ya hemos llegado.
Entonces miré el largo y profundo surco, que Mermadon había abierto en el suelo, al deslizarse por el mismo, hasta que nos detuvimos por completo, chocando contra una pared de roca, provocando durante el aterrizaje forzoso, una serie de sacudidas y vaivenes bruscos, que debieron, ser lo que nos habían hecho perder la conciencia. Entonces el gigante esbozó una sonrisa de camaradería y estrechó la mano de Haltoran con fuerza y la mía después. Para alivio de todos, sus compañeros enfundaron al instante sus armas.
32
El doctor Infierno descendió por intrincadas y retorcidas galerías de sinuoso trazado, que sólo conocía él hasta las profundidades de su imperio subterráneo. A medida que bajaba más y más niveles, la temperatura iba haciéndose gradualmente cada vez más baja. Empezaba a notarse un intenso frío y el malévolo pero brillante científico no se detuvo ni se desanimó. Se envolvió en los pliegues de su capa para procurarse calor y caminó ágilmente por el resbaladizo y quebradizo suelo de roca. Por dos veces estuvo a punto de tropezar y caer rodando a los abismos que se abrían ante él, y de los que no se podía ver el fondo. El doctor Infierno hizo una mueca de desagrado y dijo con su voz cavernosa y fría:
-Sería francamente cómico que después de haber conquistado el mundo, un traspiés consiguiera lo que Koji Kabuto no fue capaz.
Pisó con tiento y avanzó con mayor cuidado. Llevaba un fanal que rompía la oscuridad de los pasadizos realizados por una mano no humana, en un tiempo pretérito, anterior a la era del hombre. Finalmente, las galerías se fueron ensanchando hasta desembocar en un gigantesco abismo, orlado por una angosto escalera de piedra tallada sobre la roca viva que descendía hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Deslizó sus manos por las rocas pegándose a la pared del cañón que caía cortado a pico y del que emergía un viento frío y fuerte que barría la pared de piedra caliza del cañón. Caminó poniendo un pie delante del otro hasta que finalmente, logró con mucho esfuerzo y jadeante, llegar hasta una cueva cuya entrada se abría unos cuantos metros por debajo de él, en la roca. Pero la cueva, al igual que el resto de las antiquísimas galerías, por las que había cruzado hacía ya tiempo, era artificial. De hecho, la entrada a la gruta era realmente, la boca de la efigie de un saurio prehistórico que había sido esculpido con gran detalle sobre la pared. El doctor Infierno se deslizó rápidamente por la entrada y miró hacia abajo. La escalera continuaba bajando, adentrándose cada vez más en las profundidades de la Tierra, pero nunca había sentido la necesidad de ir más allá, al menos por ahora, y frunció el ceño contemplando como los peldaños seguían internándose en la oscuridad, sin solución de continuidad. Caminó por un pasadizo con más bajorrelieves, representando escenas de batallas y hechos ya olvidados, en una escritura que solo él podía descifrar, y sus pisadas resonaron en el silencio de los vetustos pasillos de piedra. Cruzó el suelo pavimentado de adoquines hasta llegar a un templo que se erguía en mitad de una sala subterránea inmensa, y adosado contra una pared. Tenía cúpulas bulbosas y en la entrada las estatuas de dos guerreros de Mikenes montaban guardia, aunque habían sido añadidos tardíamente al conjunto arquitectónico. Llegó al zaguán del templo y tras cruzar un frontispicio sostenidos por capiteles jónicos, entró a una estancia circular abovedada, de lo que parecía o semejaba haber sido una especie de capilla o lugar de culto. Los bancos de piedra dispuestos en ordenadas hileras cubrían toda la superficie de la nave. El suelo estaba formado por losas de granito que tenían una leve rugosidad al tacto y en la bóveda que se erguía sobre su cabeza, había unos frescos representando el firmamento y la figura de un gran y colosal árbol de hojas blancas y bulbosas raíces. En el centro de la capilla, sobre un pedestal de alabastro, la efigie de una diosa alada, le contemplaba con sus ojos fríos, tallados primorosamente en la piedra. Representaba a una muchacha de largos cabellos y envuelta en etéreos y sedosos ropajes de encaje, o por lo menos esa era la impresión que el doctor Infierno había sacado, al observar aquella escultura por vez primera. Se quedó sin palabras, pero lo mejor estaba por llegar. Porque realmente, el objeto de su visita a aquel lugar olvidado e inaccesible prácticamente por oculto y escondido a los ojos del hombre no era la estatua de la diosa, cuyos brazos estaban extendidos hacia delante en actitud suplicante y sus alas desplegadas y de gran envergadura, que emergían de su espalda eran membranosas y estaban recorridas por venas bulbosas más semejantes, a las de un insecto que al plumaje de un ave. Se dirigió hacia un muro esculpido situado a la derecha de lo que parecía un viejo altar con candelabros y cálices oxidados y herrumbrosos, y cuando estuvo junto a la pared, sonrió satisfecho. Pasó los dedos finos y enguantados por unos relieves policromados, que emergían del muro con asombroso detalle y realismo.
La diosa cuya estatua había observado en mitad de la estancia, hacía tan solo unos momentos, estaba representada con trazos tan soberbios y realistas, que no pudo por menos que admirar al anónimo artista que había tallado con sus manos, aquella maravilla. Las figuras representadas parecían querer moverse y las expresiones tan logradas como fieles, expresaban claramente los sentimientos de cada uno de aquellos personajes. Y en frente a la diosa, encarándose hacia ella, estaba un árbol descomunal, de largas ramas cuyas hojas blancas se agitaban, como si más que el follaje del robusto y gran árbol fueran el plumaje de un ave ciclópea y enorme y que era el mismo que había descubierto representado en los frescos de la bóveda.
Y entre ambos, había una figura envuelta en un hábito blanco, y de cabellos albinos, adornados por abalorios recargados, cuyos pies lo mismo que los de la muchacha, no se posaban en el suelo, si no que flotaba mansamente en el aire, tal y como mostraba el antiquísimo bajorrelieve. Un par de pequeñas alas nacían de la cabeza de la mujer de los hábitos blancos, que iba cubierta por una capucha. Sus ojos eran de un azul intenso, engarzados en un rostro pálido como la cera y en su frente había un símbolo enigmático creado a base de círculos concéntricos.
La diosa o muchacha contemplaba con horror el árbol cuyas raíces se removían inquietas, como si la llamaran o intentaran atraerla hacia él formando una intrincada maraña de flagelos verdes erizados de espinas.
La mujer del hábito invitaba con una sonrisa que helaba la sangre a la joven diosa a avanzar hacia el árbol, como si pretendiera que se fundiera con él, mientras con sus manos que sobresalían de las amplias mangas de su túnica, le señalaban el camino ineludible a seguir.. El científico extendió su mano, alumbrando con la luz del fanal unos textos que figuraban bajo cada uno de los componentes de la panorámica representada en el bajorrelieve, y repasó con la yema de su dedo índice los nombres que en caracteres anteriores a los micénicos, figuraban bajo los integrantes de aquella escena, que como los actores de un drama iban a dirigirse hacia un inevitable y fatal desenlace, protagonizando un abrupto final.
-Juliet -dijo el doctor Infierno en voz queda, como si temiera turbar la impresionante tranquilidad de aquel lugar antaño sagrado, o pueda que aun continuara siéndolo.
-Ophelia -añadió continuando hacia la siguiente figura.
Y por último detuvo el movimiento progresivo de su mano ante el último nombre situado bajo las sinuosas y restallantes ramas del árbol.
-Escalus -dijo con voz gutural y con cierta solemnidad, contemplando el haz de rayos que emergía del tronco nudoso y de sus raíces que parecían hundirse profundamente en los abismos de la Tierra.
33
Shun contempló la desolación que se extendía a sus pies. Las ruinas de construcciones que habían resistido el embite del tiempo y las más devastadoras y atroces guerras habían finalmente sucumbido a otra que las superaba en dolor y devastación. Suspiró levemente. Las columnas y capiteles de los antiguos edificios estaban repartidos por doquier en un caos y un desorden difícil de describir. Era como si una enorme mano, hubiera pulverizado el lugar, arrancando las columnas que sostenían a cada palacio, para que se vinieran abajo y hubiera completado su labor a conciencia pisoteando con saña los restos de los edificios. Las Casas de los doce símbolos no existían. Se habían hundido por efecto de las explosiones y alguna de ellas se había convertido en la última morada de los pocos integrantes que aun permanecían con vida, de la ya de por si diezmada orden de Oro. Sobre el cielo plomizo de una noche en la que no brillaban ni la luna, ni las estrellas ondeaban banderas negras, ominosas y desconocidas, donde el rostro esquemático e idealizado de un hombre de largas barbas blancas y ojos inyectados en sangre, bajo unas pobladas cejas sonreía satisfecho. Por todas partes se habían erigido tridentes y grandes máquinas robóticas, estaban demoliendo lo poco que aun quedaba en pie, o trasladando los templos y construcciones aun intactas desmontándolos pieza a pieza, para cargarlos en naves aéreas, que las transportarían a otro destino desconocido, con la clara intención de reconstruirlos allá donde quien había cometido tamaño sacrilegio, tenía pensado erigirlos nuevamente, quien sabía con que intenciones, como no fuera satisfacer una enorme megalomanía y un afán de ser recordado por las atrocidades y masacres cometidas. El mundo había quedado reducido a escombros. Las principales ciudades y capitales del planeta ya no existían si no más que como un mar de ruinas interminable y en el que yacían cientos de millones de seres humanos. Los pocos sobrevivientes, que como él, habían logrado salvarse eran esclavizados o bien, se les dejaba libres, sabiendo que no constituían ninguno amenaza digna de mención para el nuevo monarca absoluto del mundo.
Shun observó su armadura ajada y destrozada. Grandes abolladuras y hendiduras surcaban el metal resquebrajado que se le iba desprendiendo por momentos. La tiara que ceñia sus sienes tenía los adornos puntiagudos arrancados y las cadenas de su armadura pendían de sus manos, sin vida, convertidas en un mero trozo de metal inerte, lo mismo que su armadura, que junto con las cadenas de Andrómeda habían muerto y sin Atenea, los deseos de luchar y pelear también. Su cosmos se había esfumado, lo mismo que el del resto de sus amigos y compañeros. Se preguntó donde estaría Seiya y los otros.
"Seguramente han perdido la vida" -se dijo sin fuerzas ni para llorar. Reclinó su cuerpo cubierto de heridas y de sangre en los restos de una columna y al hacerlo, la hombrera derecha de su armadura, que se mantenía milagrosamente intacta, a diferencia del lastimoso estado de las demás piezas de su armadura, se desprendió contra el suelo erizado de escombros y de cráteres con un ruido sordo, deshaciéndose en cuanto tocó la tierra.
Shun se despojó del único resto de la hombrera izquierda que aun conservaba y lo arrojó con desdén, con el mismo resultado que su compañera.
Se puso en pie y caminó cojeando y quejándose levemente por una herida que le molestaba en el hombro derecho y otra en la pierna izquierda, que le dificultaba la marcha, porque le dolía al andar. Sus cabellos verdes se agitaron por un viento frío y húmedo proveniente de un anfiteatro. Sonrió levemente, al recordar como Seiya le había mostrado con orgullo el lugar donde venció a Cassios y ganó el derecho a portar la armadura de Pegaso. Miró hacia el firmamento y entonces sus ojos encontraron las lágrimas que le habían faltado antes para llorar por tanto sufrimiento y desolación.
-Ya no existen -dijo buscando en el firmamento la constelación de Andrómeda, mientras vertía regueros de lágrimas de sus ojos también verdes- y tampoco halló ni rastro, aparte de la suya, ni de la Pegaso, ni de la del Cisne. Ni siquiera la del Fénix su hermano, estaba presente. No había ni una sola estrella en el cielo nocturno.
Las máquinas continuaban demoliendo el Santuario, mientras robots centinelas de varios metros de altura, montaban guardia atentos a cualquier movimiento sospechoso que pudieran detectar.
-No queda nada -musitó levemente de nuevo- ni siquiera sabemos donde está Atenea.
Entonces escuchó un leve sonido como de piedras deslizándose por una ladera, como si de un alud se tratase. Los robots centinelas no repararon en él, o la inteligencia que los dirigía no le consideró un potencial peligro como para decretar su eliminación. Avanzó hacia donde había percibido el movimiento de los pedruscos y una mano emergió de entre las rocas, como una siniestra flor, con los dedos extendidos como garfios. Se sobresaltó, pero reponiéndose, empezó a desenterrar al infortunado con las manos desnudas y lastimándose los dedos, hasta que una maraña de pelo castaño, alborotada y revuelta emergió ante sus ojos. Siguió excavando y los ojos verdes de Seiya aparecieron ante él, mirándole con gesto agotado y exánime.
-Seiya -dijo Shun lanzando una exclamación de horror.
Redobló sus esfuerzos y con la ayuda de su amigo, consiguió sacarlo al exterior. Al igual que él, presentaba un estado tan patético y lamentable que se hacía difícil reconocer en cada uno de aquellos agotados y rotos muchachos, a parte de los integrantes de la temible y poderosa guardia de bronce de la diosa Atenea que ya no existía.
Seiya boqueó inquieto al sentir como el aire llegaba a sus fatigados pulmones. Al igual que el caballero de Andrómeda, lo poco que quedaba de su armadura de Pegaso se desgajaba en pequeños pedazos metálicos, que se convertían en polvo, tan pronto como eran tocados o caían al suelo pedregoso y árido de lo que había sido el Santuario.
-Todo ha sido destruído -dijo Seiya con voz cansada- ya no hay motivos por lo que luchar. Todo se ha perdido.
Al igual que su amigo Shun, el cosmos de Seiya se había extinguido. Quizás la razón estuviera principalmente en la desaparición de las constelaciones guardianas.
34
Seiya contempló como algunos pilares se venían estrepitosamente abajo como consecuencia de una ráfaga de energía fotónica. Poco después, allí donde se había levantado un imponente templo ya solo quedaba un cráter tan hondo y profundo que parecía que llegaría hasta el mismo centro de la Tierra. Entonces depositó la cabeza entre las manos y lloró amargamente, preguntándose como podían esas máquinas no tripuladas haberles derrotado tan fácilmente. Shun intentó consolarle, pero el joven rechazó su mano con un gesto displicente.
-Es inútil Shun, no puedo hallar remedio a este dolor, por mucho que te esfuerces, pero tampoco me quedan ya lágrimas.
Entonces recordó de que forma habían sido derrotados. Todo empezó hacía una semana, cuando un robot del tamaño de un edificio de varias plantas aterrizó en el Santuario con estrépito y haciendo un ruido tremendo, levantando una tremenda polvareda tan pronto como descendió sobre la agreste tierra en que se alzaba el Santuario. Hyoga que había retornado ya de la extraña misión encomendada por Atenea, que no tenía más objeto que hacer resurgir la sirge de su prolongado sueño, señaló al extraño objeto que se había posado al pie de la Acrópolis. Entonces Milo salió a su encuentro y los dos caballeros de oro, que se habían enfrentado antaño no hacía tanto tiempo comentaron nerviosos entre sí, la llegada de la amenazante y extraña máquina, que tenía forma de toro con un prominente cuerno en su frente.
-¿ Qué es eso ? –pregunto Hyoga forzando la vista y poniendo una mano en la frente a modo de visera, para que el intenso sol no le deslumbrara.
-Esto no me gusta Hyoga, -dijo Milo- esa cosa va a atacarnos de un momento a otro.
En cuando terminó de pronunciar aquellas palabras, en la cabeza de la máquina, se abrió una compuerta de la que emergió un misterioso personaje, envuelto en una larga túnica, de dos colores siendo la mitad izquierda más oscura que la de la derecha, y con un rostro tan demencial, que Hyoga gritó despavorido:
-¿ Qué, qué es ese ser ?
Milo se estremeció. El rostro del ser estaba formado por dos mitades masculina y femenina, superpuestas. Una capucha con un mechón de pelo negro en forma triangular cubría la espantosa faz. El ser habló con dos voces diferentes de hombre y mujer entremezcladas, mientras alzaba los brazos, y sosteniendo en la mano izquierda un tridente:
-Escúchenme débiles humanos, he venido a tomar posesión de este recinto en nombre de mi señor el Doctor Infierno. Resistan y serán aniquilados.
-Hyoga recordó entonces la mención que había realizado Saori de un hombre con un poder descomunal que alzaría un ejército mecánico para ahogar al mundo en sangre y aquella criatura, debía ser su mano derecha. Miró a Milo y los dos jóvenes, que habían peleado como enemigos, durante la guerra de las doce casas, ahora amigos y aliados, asintieron brevemente. Tratar de razonar con aquel hombre, o lo que fuera, sería inútil, sirviendo a quien servía.
Entonces Hyoga desató su cosmos e invocó la ejecución de la aurora, arrojándola contra el monstruo mecánico. Un huracán de hielo que convirtió todo a su paso en un témpano de hielo golpeó al robot enemigo con fuerza, y el enviado del doctor Infierno tuvo que refugiarse detrás de la cúpula transparente de la que había emergido. Entonces su expresión se contrajo de ira y gritó con un tono que heló la sangre de Milo:
-¿ Cómo os atrevéis a atacarme, imbéciles ? a mí al gran Barón Ashura.
Entonces extendió su mano izquierda sosteniendo el tridente y gritó:
-Tauros F-5, arrasa este lugar, muéstrales el poder del Imperio Negro.
Los dos caballeros se lanzaron al combate al unísono.
-¡Polvo de diamantes!.
-¡Agujón escarlata!
Y después de aquellas voces, nada. El monstruo fue derribado una vez, pero volvió a levantarse. Al cabo de un corto combate, Hyoga y Milo yacían por el suelo agonizantes. Sus armaduras doradas se habían volatilizado. Hyoga con un hilo de vida contempló como el monstruo en forma de toro embestía con su gran cuerno cónico, llevándose por delante la casa de Tauro.
-Qué cruel ironía –se dijo vomitando sangre antes de expirar.
Milo ya había perdido la vida. Yacía grotescamente boca abajo con la armadura reventada y de la que solo conservaba algunos fragmentos del peto, el yelmo y de la pernera derecha. Sus últimos pensamientos fueron:
"Derrotados por una máquina. Hemos resistido a enemigos varias veces más fuertes que nosotros y nuestros cosmos se han expandido, hasta el infinito, pero ahora se han apagado antes de encenderse siquiera" –pensó incrédulo.
Otros caballeros acudieron al clamor de la batalla, pero aquello pronto degeneró en una carnicería sangrienta. Cuando los últimos caballeros de oro sucumbieron, Mu de Yamiel fue consumido por una andanada de cohetes de energía fotónica mientras defendía la casa de Virgo. Murió valientemente, con los brazos en cruz y las piernas abiertas intentando levantar una pared de cristal ante la furia mecánica, que acabó destrozándola y pisoteando a Mu entre sus grandes patas. El robot cuadrúpedo continuó su imparable marcha hacia la siguiente casa mientras el barón Ashura reía histéricamente en su cúpula transparente, desde la que parecía dirigir al pavoroso robot.
Muy pronto acudieron los caballeros de bronce, porque los de plata estaban perdiendo terreno, pero la última línea de defensa del Santuario cedió ante los embistes de la bestia mecánica. Yaboo, el caballero de la hidra y el del lobo quedaron gravemente heridos, pero conservaron la vida, lo mismo que Seiya que le había lanzado sus meteoros, pero a parte de una abolladura en la indestructible envoltura de japonium, más conocido como aleación Z, los motores atómicos de Tauros F-5 continuaron impulsándole hacia delante, siguiendo las órdenes del triunfante barón Ashura. Seiya fue barrido por un haz de luz fotónica que ardía en los ojos de la criatura mecánica, que al mismo tiempo de alcanzar a Seiya, derruyó el gran reloj que visible desde cualquier rincón del Santuario, anunciaba mediante la extinción de una llama que ardía levemente, el paso de una hora, en un ciclo de doce, tantas horas como signos del Zodíaco existen. Los cascotes y restos del pétreo reloj, sepultaron a Seiya, enterrándolo bajo una montaña de escombros cuando se vino abajo. Y allí sería donde horas más tarde, lo encontraría Shun, que intentó agujearle con sus cadenas o por lo menos procurar hacerle caer enredando los eslabones entre las patas delanteras del monstruo, para darle una oportunidad de contraatacar a sus compañeros, pero sin resultado alguno. El robot partió en dos la cadena como quien corta un hilo de seda sin apenas esfuerzo. Shun también logró sobrevivir, pero muy magullado y literalmente sin fuerzas.
Seiya recordó como desde dentro de su prisión de tierra y piedras, intentó hacer explotar su cosmos, pero comprobó muy asustado, que no le respondía. Ni siquiera sentía a su constelación guardiana, y por no sentir, hasta la luminosa y radiante aura de la diosa Atenea, se había consumido literalmente.
35
El doctor Infierno ya contaba con que una vez vencida la resistencia de Mazinger Z, el mundo no se quedaría cruzado pasivamente de brazos, esperando a que su nuevo señor, lo fuera reclamando a medida que extendía su poder y su bandera por todos los países de la Tierra, y que su conquista no estaría del todo completo, hasta que extinguiera ahogando en sangre, esas últimas voces de libertad, en un océano de despotismo. Pero nunca concibió que hombres recubiertos por armaduras y que utilizaban una especie de energía que podían moldear según sus deseos, casi a su antojo, sirviéndose de un estado alterado llamado cosmos, proveniente de las estrellas, que increíblemente proyectaban a través de sus manos, empleando posiblemente la armadura como canalizador de ese poder, plantaran cara a sus bestias mecánicas. Entonces supo de la existencia de los caballeros del Zodíaco. Los primeros intentos de invasión de Grecia y por ende del Santuario fueron rechazados. Los grandes robots caían fundidos y heridos de gravedad una vez que la energía que aquellos hombres, normalmente muy jóvenes, aunque también había mujeres que combatían disimulando sus rasgos con una máscara y ocultando su identidad, segaba brazos, piernas y fundían el metal de las máquinas luchadoras por efecto de las elevadas temperaturas que aquellos guerreros acumulaban en sus ataques. Pero las victorias se terminaron y lenta pero inevitablemente, la guerra se decantó a favor del Imperio Negro. Tan pronto como la energía fotónica estuvo disponible junto con la aleación Z, los santos de Atenea dejaron de recibir su poder de las estrellas. La aleación Z de los nuevos robots del doctor Infierno, bloqueaba con un leve emisión de radiación las conducciones invisibles que enviaban la energía de las constelaciones al cosmos de los caballeros, permitiéndoles aquellas sorprendentes hazañas de lucha, pero en cuanto el brillante doctor Infierno, descubrió el secreto de los caballeros, los redujo a meros mortales portando una llamativa armadura que además les impedía luchar, por el peso extra y muerto en que se habían convertido. Las armaduras, lejos de ser sus aliadas, se tornaron en sus peores enemigos y por ende, al no recibir su sustento de las estrellas, es decir la energía que les servía de alimento, sus vidas fueron apagándose hasta convertirse en meros restos de una aleación inservible adoptando un color oscuro y que empezó a deshacerse de lo quebradizas y frágiles que se tornaron, aun apenas sin combatir. Cuando el último caballero sucumbió y las máscaras de hierro y los soldados del conde Broken, invadieron lo que quedaba del Santuario ocupándolo totalmente, el doctor Infierno visitó los aposentos de Saori, a la que no halló por ningún sitio. Su cuerpo no había podido ser localizado. Fue entonces, cuando en medio de su decepción por no haber podido capturar a una enemiga que podría causarle problemas en el futuro, realizó un hallazgo sensacional, cuando tuvo conocimiento de una vieja leyenda que hablaba de un gigantesco árbol que con sus raíces sostenía el mundo y permitía que la vida floreciese, pero los viejos escritos en pergaminos que había encontrado en las dependencias privadas de Saori no revelaban mucho al respecto, pero una cosa parecía clara y se desprendía de los antiquísimos pergaminos y unas tablillas de piedra labradas con caracteres que no eran ni griegos ni micénicos, por lo poco que había podido descifrar, que no refería a la Tierra. El doctor Infierno se obsesionó sobremanera que pudiera existir una energía más poderosa que la foto atómica y dedicó grandes esfuerzos en localizar el lugar o planeta donde, de ser cierta la leyenda, podría ser hallado el misterioso y portentoso árbol, porque temía que pudiera caer en manos enemigas o de alguien más ambicioso y rápido que él, para despojarle de su recién conquistado imperio.
-No quiero tener rivales que puedan ensombrecer la reclamación de mi imperio –dijo refiriéndose al mundo, mientras hablaba con el barón Ashura- tan pronto como fue localizado el lugar donde una colosal forma de poder, atesorado por un árbol que coincidía con la descripción de las viejas y antiguas leyendas, despachó a su mano derecha hacia allá, mientras ordenaba al conde Broken, la consolidación de sus nuevas conquistas.
Ashura pensaba que su señor, aunque brillante, a veces soñaba o desvariaba demasiado o todo a la vez.
-Bah, -suspiró quedamente, quejándose- seguramente todo esto son cuentos de viejas, bellas leyendas para arrullar a los niños y que duerman tranquilos, sin pesadillas. Encontró irónico aquellas frases, porque él era el menos indicado para hablar de sueños infantiles con su pavorosa apariencia, que más bien suscitaba lo contrario.
Por eso, cuando el doctor Infierno, le habló de un lugar llamado Neo Verona, y que el gobernante supremo de la ciudad era un tal Laertes Montesco, el Gran Duque, el barón Ashura, creyó que su señor había perdido el juicio, trastornado por los largos días de pelear contra Koji Kabuto, pero se guardó muy bien de exponer su opinión particular al respecto.
-Neo Verona, vaya, vaya, la tragedia de Shaskeapeare –se dijo con ironía. Cuando estaba contento, solía desarrollar un fino y brillante sentido del humor.
Una vez que las sondas temporales que peinaron un lugar donde podía hallarse la misteriosa ciudad en la que florecía el árbol que atesoraba la enorme y en teoría inagotable fuente de energía, le despachó allí con una cápsula temporal. Cuando le hizo el anuncio, Ashura creyó no haber oído bien:
-Así es –dijo el doctor Infierno suspicaz porque creía que su lugarteniente se estaba mostrando reticente a ir, clavando en él sus ojos ribeteados de negro. La cetrina y pálida faz no dejaba lugar a dudas.
-No se trata ni de un planeta tan siquiera, no en este universo. Tendrá que viajar a otra dimensión –dijo el doctor Infierno tranquilamente, como si fuera dar un tranquilo y relajado paseo por el parque.
Y como siempre le advirtió de que si fracasaba, mejor no volviera o sufriría el correspondiente castigo.
-Tendrá plenos poderes Barón Ashura, pero actúe con prudencia y prevención.
¿ Prudencia ? ¿ prevención ? ¿ aquellas palabras en boca de un hombre que había hecho arder ciudades enteras con solo desearlo y ordenado que se llevara a la práctica, hasta que de sus habitantes no quedaron más que huesos calcinados y pelados por el achicharrante sol o el gélido frío invernal ?
¿ Prudencia ? ¿ prevención ?. Meneó la cabeza sorprendido. El doctor Infierno, al que no se le escapaba el menor detalle preguntó con voz desabrida:
-¿ Qué le ocurre Barón Ashura ?
-No, nada nada, mi señor, es que…estoy impaciente por iniciar la misión que me ha encomendado –dijo ligeramente espantado ante el airado y contrariado tono de voz del doctor Infierno, fingiendo precipitadamente.
-Muy bien –dijo el anciano cruzando los brazos sobre los oscuros ropajes que le cubrían todo el cuerpo- no esperaba menos de usted.
Por eso, cuando la gigantesca urbe tal y como se la había descrito su señor apareció ante sus ojos, sus dos rostros estuvieron a punto de echarse a gritar de un momento a otro, bajo la capucha morada.
Entonces repasó mentalmente los objetivos de su misión.
Por un lado debería hacerse con el árbol, si fuera posible, para trasladarlo a la Tierra y transplantarlo allí, suponiendo que fuera cierto, aun pese a tener la evidencia de la ciudad, delante de su atónita mirada, como prueba irrefutable de lo que el doctor Infierno le había encomendado.
-Y en segundo lugar, aunque debo insistir en que esta meta es imprescindible, casi más que la primera, quiero que me traiga a Julieta Capuleto con vida a mi presencia.
El doctor Infierno le apuntó hacia el pecho, con el dedo índice de la mano derecha y recalcó aquella orden:
-Recuérdelo Ashura, no vuelva sin esa chica, porque es la clave de todo.
-¿ Aun por encima del árbol mi señor ? –preguntó Ashura arrodillado ante él, que le observaba ceñudo desde su trono.
-Aun por encima, en caso de que no fuera viable trasladar a ese árbol hasta aquí, déjelo donde esté y como lo encuentre, y tráigame a esa muchacha y no me pregunte porqué –dijo anticipándose a los pensamientos de su lugarteniente- no tengo porqué darle explicaciones, -dijo levantándose y recogiendo una de las amplias y anchas mangas de su túnica y tras una corta pausa añadió- al menos por el momento. Puede marcharse.
Cuando el Barón Ashura se retiró del salón del trono del doctor Infierno, lo último que oyó es como su señor paseando nerviosamente por la estancia de arriba abajo, con las manos entrelazadas sobre la espalda, se quejaba enojado:
-Tendré que andarme con tiento con ese depravado de Broken, una vez que esa chica esté aquí, en mis manos. Últimamente no hace más que intentar satisfacer sus bajos instintos con toda mujer que se le pone por delante.
Aunque quizás se replanteara sus objetivos. Necesitaba a un rehén, alguien que una vez en su poder, le permitiera controlar fácilmente a Mark, para sus retorcidos planes. Pensó que quizás, no estuviera de más centrar su atención nuevamente en la otra joven de ojos verdes y cabellos rubios, porque su agudo instinto, le hacía presentir que aquel joven seguía profundamente enamorado de su esposa. Entonces se le ocurrió que quizás fuera mejor, y más provechoso mantener a su lugarteniente allí sin informarle por el momento de su cambio de estrategia, y convertir aquella operación en un cebo de distracción para que Mark, continuara en aquella ciudad renacentista, mientras un nuevo plan iba tomando forma en su mente.
FIN DE LA SEGUNDA PARTE
