RECUERDOS DE UN AMOR PASADO
REVELACION
3º PARTE
1
Mark estaba de pie en mitad del salón del Refugio. Tenía los ojos cerrados y las mangas de la cazadora ligeramente arremangadas, mostrando sus muñecas refulgentes, a medida que el iridium entremezclado con su sangre, discurría por las venas, contra cuyas paredes pulsaba débilmente Se había quedado a solas con él, porque todos los miembros de la pequeña familia de guardianes y seguidores de Julieta, se tuvieron que ausentar por requerimiento de Lady Ariel, una importante dama madre del dramaturgo con el que se cruzaran. Rand y Cinthia en el mercado. La señora les había convocado a una reunión extraordinaria y secreta, a la que no debía asistir Julieta, por el temor a que pudiera ser capturada por los carabinieri, en caso de que les tendieran una emboscada. Sabían que con Mark estaría totalmente a salvo. A esas alturas, el amor que se profesaban ambos jóvenes era ya notorio y un secreto a voces. Además Mark había jurado lealtad a los Capuleto, prometiendo restablecer el antiguo esplendor de la familia. Eso y el hecho de haber rescatado sano y salvo a Antonio, que en una rabieta infantil o quizás no pudiendo soportar el ver como sufría Julieta, se había escapado, había tornado las antipatías y recelos de Conrad y los demás, a excepción de Curio, en una afectuosa acogida, en la que se le dio la bienvenida como a uno más. Mark, por otra parte, se sinceró con ellos, mostrándoles su poder y confesando de donde procedía, mientras Julieta le abrazaba por la cintura, sin despegarse de un solo momento de él. Ahora estaba allí, sombrío, triste o pensativo por lo menos, con las venas brillando ligeramente. Entonces crispó el puño. Estuvo a punto de desatar su poder, para observar las llamaradas, como solía hacer cuando reflexionaba. Era una costumbre rara y puede que una manía, pero sentir el calor de aquellas lenguas de fuego, trepando por su carne sin dañarla, le ayudaba a ser consciente de su poder y de la responsabilidad que conllevaba, haber sido tocado con aquel don, aunque a veces, dudaba de si no sería una maldición. Pero aquella vez se contuvo, quizás porque recordara la escena del Mauritania, cuando Candy presenció como creaba en la noche con letras en llamas su nombre, lo cual tuvo dos involuntarios testigos. Por un lado una condesa rusa que se convertiría en la esposa de Anthony y el propio Terry Grandschester al que había apartado de Candy. Aun le parecía estar oyendo sus reproches en Escocia. Y ahora era él, el que engañaba a Candy con un amor tan loco como irresponsable, pero no podía sacarse la imagen de Julieta de su mente. Se preguntó que si se quedaba con ella, quizás volvería a comenzar el ciclo con otra nueva e inalcanzable pasión o terminaría allí. Entonces palpó la espada de los Capuleto en su vaina, a un costado de su cuerpo. La vaina pendía de su cinturón, de dos tiras de cuero, que Mark había preparado con partes sobrantes de la banda que ceñía el RPG-12 cuando lo llevaba en bandolera, costumbre que había abandonado por mor de la discreción y el no levantar sospechas. El tacto de la empuñadura calmó su ansia de tener algo entre las manos mientras repasaba sus recuerdos. La desenvainó tan rápido que Julieta solo percibió un fugaz reflejo de plata cuando la hoja de la espada de su padre, brilló levemente en un giro cerrado y perfecto. Empezó a hacer molinetes, haciendo girar la espada sobre su cabeza, vertiginosamente, y en torno a sus dedos. Julieta admirada, intentó que no la viese. Sentía curiosidad por observarle a solas. Y le espió escondida detrás del sofá, aunque puede que ya supiera que estuviera allí. Entonces Mark detuvo la evolución de la espada y volteándola en el aire, la espada que se había separado de su mano, se guardó sola en la vaina.
-Julieta, -dijo Mark pasándose la mano derecha por la frente- te amo tanto….-cerró los ojos y musitó otro nombre, el de su esposa.
-Candy, Julieta ¿ qué debo de hacer ? ¿ a quien de las dos debería de amar ?
Julieta se estremeció pero procuró no importunarle. Su amado estaba atravesando una tormenta de sentimientos encontrados, que envolvía a su corazón . Mark volvió a hablar solo y añadió:
-Pero mi corazón en estos momentos, pertenece a Julieta, a mi Julieta –dijo creyéndose solo.
Julieta vertió algunas lágrimas y reclinándose contra la parte trasera del sofá, se llevó las manos al pecho, porque el corazón le latía tan fuerte y rápido, que creyó que se le saldría del mismo.
Entonces recordó cual había sido su primer encuentro. Como debido a una absurda equivocación, una inocente broma del destino, comenzó una pasión inmortal.
2
Aquel entrometido de nariz ganchuda y exagerado tupé, de largas patillas y bigotes de manillar la había confundido con Emilia. Julieta detrás de su antifaz plateado estaba irreconocible embutida en un elegante vestido carmesí, con una gargantilla en forma de estrella, y un adorno de gasa blanca que envolvía la cintura del vestido, admirándose de su belleza ante el espejo, cuando aquel hombre, girando alocadamente en torno así mismo como una descontrolada peonza, entró de improviso en la habitación. Parecía inofensivo, y tomando a Julieta sorpresivamente por la muñeca, con una mano enguantada la arrastró tras de sí al baile de la Rosa Roja. Cuando Emilia asomó su cara sonriente tras decidir que sombrero llevaría a la fiesta, se percató de que su pareja se había esfumado, cometiendo una equivocación inoportuna. Se percató de que estaba llevando a Julieta de la mano, que más sorprendida e intrigada que asustada o desconfiando, le dejó hacer. Entonces salió tan rápido en pos de ambos, que el sombrero que tanto trabajo le había costado escoger, rematado por un pompón de flores y con la cabeza de un pequeño pegaso de peluche, asomando por entre las mismas estuvo a punto de precipitarse al suelo. Se lo aseguró con una mano y salió corriendo. Después de soportar durante todo el trayecto en carroza, las peoratas del pretendiente de Emilia, llegaron a un suntuoso palacio, donde parejas de invitados departían amable y tranquilamente. Julieta no había tenido valor de desairar al hombre, que tenía un aire cándido e inocente, y que seguía confundiéndola con su amiga Emilia. Entró en el salón de baile donde varias estatuas gemelas de oro, representando a mujeres con un ave posada en la mano y una túnica que orlaba su cabeza y la otra reclinada sobre el pecho, le dieron la bienvenida. Y en lo alto de una escalinata colosal, se topó con los ojos fríos y despóticos de un hombre arrobado en ricas pieles y pesados ropajes oscuros con el escudo de los Capuleto en la capa. El hombre, de noble cuna sin duda, y de barba y bigotes negros espesos y elevada estatura, observaba la fastuosa fiesta complacido, orgulloso de su poder, de controlarlo todo asu antojo. Julieta le observó con temor, mientras su acompañante le anunciaba a la absorta muchacha, que iba a buscar alguna bebida. Julieta incómoda por la presencia del adusto gobernante de Neo Verona, y un poco harta de los empalagosos halagos del cortesano del tupé, arrojó la rosa roja que tenía entre las manos a las baldosas de mármol, y salió al exterior recogiéndose la falda del vestido. El pequeño faldón blanco que ceñía su talle tembló levemente cuando la esbelta muchacha, se alejó de allí apresuradamente, abriéndose paso entre la gente invitada a la fiesta. Salió a un imponente jardín en el que una fuente, coronada por la preciosa y detallista estatua orante de una muchacha alada, de pie sobre un pedestal de flores talladas con un increíble detalle y realismo, se abría en mitad de una colosal explanada, circundada por un anillo concéntrico, decorado por arcos de medio punto esculpidos en sus muros. La efigie de la muchacha estaba coronada por una guirnalda de piedra y varios caños vertían un agua cristalina, que burbujeaba en el estanque de la fuente con un sonido susurrante.. Julieta se fijó que en las aguas se mecían algunos pétalos rojos y un iris blanco, que hizo que esbozara una sonrisa y lo recogiera delicadamente con su mano. Aspiró su aroma y escuchó la voz de un muchacho bien parecido, que le preguntó:
-¿ Te encuentras bien ?
Se giró sorprendida y se encaró con un joven muy apuesto de ojos verdes, cabellos castaños y vestido con ropas nobles, símbolo de su status. Se miraron arrobados. Julieta tenía un leve rubor en las mejillas y los ojos entornados. El joven le preguntó de repente:
-¿ Te gusta esa flor ?
La muchacha enmascarada asintió
-La esencia de iris –dijo ella con una débil sonrisa, aun impresionada por la irrupción del muchacho noble.
El joven le preguntó por su nombre. Cuando ella estaba a punto de decírselo, alguien le trajo recado de que su padre, el hombre de temible apariencia que había visto erguido en el rellano de la escalinata, le reclamaba.
-Romeo –dijo un joven desde lo alto de una escalera- el duque te llama.
El joven se fue, molesto por tener que alejarse de ella, observando a la muchacha. Julieta también estaba a punto de marcharse, cuando escuchó un corto lamento. Era una voz de hombre, profunda y breve. Pero lo que la horrorizó era un reguero de sangre alargado y oscuro, que manchaba las preciosas y coloridas flores internándose en un parterre cuajado de rosas e iris floridas. Conteniendo la respiración y dominando su miedo, decidió investigar. Quizás esa persona estaba malherida y necesitaba ayuda. Entonces le vio por primera vez, recostado contra una pared. Sus cabellos negros y flotantes remansaban sobre sus hombros y sus extrañas ropas, le conferían una apariencia cuanto menos curiosa. Llevaba una especie de chaqueta negra, de la que sobresalían los picos blancos de una camisa a cuadros y unos pantalones azules de tela áspera y burda, rematados por un calzado que jamás antes, había visto. Pero lo que más le impresionó fueron los ojos oscuros y profundos, como simas insondables, de los que se desprendían dos hilos de lágrimas blancas. El joven apoyaba las palmas de las manos sobre el suelo y tenía las piernas ligeramente separadas y totalmente extendidas, el cuerpo un poco encorvado hacia delante, y la cabeza gacha. Julieta tenía miedo, pero no le podía dejar así. Le impresionó las grandes heridas que tenía en los hombros de las que manaba sangre, sobre todo en especial, la del de la derecha. El chorro de sangre bajaba hasta su cintura, con un quedo y silencioso goteo, una vez que la sangre, solo encontraba aire en su camino descendente. Julieta corrió hacia él y le sostuvo entre sus brazos. Le costaba bastante. Aquel hombre era fornido y pesaba demasiado. Entonces se quitó el antifaz y el joven ladeó la cabeza mirándola, atraída por los requerimientos de la muchacha. La mirada de él, era tan triste y hermosa, que Julieta le contempló con una mezcla de piedad y fascinación. Alzó una mano con dificultad, y Julieta la sostuvo entre las suyas.
-¿ Qué te ocurre ? ¿ quién ha sido el canalla que te ha hecho esto ?,¿ quieres que vaya a buscar ayuda ?
-A….ayú…ayúdame –dijo con un hilo de voz.
-¿ Qué quieres que haga ? –preguntó ella espantada por la visión de la sangre que continuaba manando.
-!Oh cielos ¡-se quejó ella azorada, llevándose una mano a la frente- ¿ cómo voy a contener semejante pérdida de sangre ?
La hemorragia parecía cada vez mayor e imposible de detener.
Julieta intentó erguirse para ir por ayuda. Aquel muchacho estaba cada vez peor y a cada segundo que pasaba, se estaba desangrando más y más.
-Iré a buscar ayuda –dijo ella impetuosamente intentando ponerse en pie, pero el joven no se lo permitió, no porque pretendiera dañarla, si no porque no quería quedarse solo.
-Espera, por favor –dijo tosiendo y vomitando algo de sangre- no…no me dejes solo, por favor.
-No tardaré –dijo Julieta extrañada por su actitud- no voy a abandonarte –añadio casi airada, porque aquel hombre había interrumpido sus pensamientos en Romeo –pero si no voy a buscar a alguien urgentemente, te desangrarás.
-Eso…-dijo boqueando- no tiene importancia. Mis hemorragias se detendrán enseguida.
Y como por ensalmo, las hemorragias cesaron de improviso y las heridas fueron cerrándose como si nunca hubieran existido. Julieta observó aquello horrorizada. Se intentó zafar del desconocido y este, comprendiendo que no tenía nada que hacer con aquella maravillosa criatura, que como un ángel tal vez venía a curar su desazón, liberó su mano. Julieta retiró la muñeca y se alejó con pasos apresurados para procurarse auxilio, mirando de soslayo por si aquel muchacho tan raro y con aspecto temible la perseguía. Pero allí seguía tal como le había encontrado. No había dejado de llorar, mientras musitaba lentamente con voz cansada y rota por el dolor:
-Candy, ¿ por qué…me has dejado ?
Julieta se detuvo sorprendida. Nunca había oído un nombre semejante, aunque parecía un nombre de mujer, y el triste tono en que lo había pronunciado la conmovió. Tiró de la falda de su vestido carmesí, ligeramente hacia arriba y regresó sobre sus pasos hasta él. Movida por la lástima, se le acercó de nuevo. El joven le tendió la mano por segunda vez y Julieta la apretó contra las suyas. Notó una cálida y agradable sensación, cuando los dedos recios pero cuidadosos del joven rodearon los suyos. Mark, que aun no le había dicho su nombre, contempló los ojos de color miel bajo los largos cabellos castaños y rojizos y quiso decir algo, intentando alzar la cabeza por encima de las solapas de su cazadora de cuero con esfuerzo. Julieta sintió como algo se removía dentro de ella, al asomarse a las pupilas negras y contraídas del joven. Entonces un chorro de sangre negra brotó a presión de su espalda y empapó la pared a su espalda en la que estaba recostado, haciéndole gemir levemente. Julieta se sobresaltó horrorizada y quiso huir, mientras se llevaba las manos a los labios para no gritar, y observaba confundida, el gran manchón negro en forma de estrella, que rezumaba sangre oscura y viscosa, de la que se desprendían algunos hilos de humo, y situado sobre la cabeza del joven, pero Mark la retuvo por la mano y suplicó lastimosamente:
-Por favor, por favor, por favor, -dijo dirigiéndola una mirada de súplica a la que no pudo resistirse- no me dejes solo. No te haré ningún daño ni te lastimaré, lo juro, puedes estar tranquila, pierde cuidado, solo permíteme estar a tu lado unos momentos. Luego me marcharé y nunca más volverás a verme ni sabrás de mí. Lo prometo. Estoy tan abatido. Ella….no quiere saber nada de mí –dijo llorando nuevamente, explicando en parte la razón de su profunda pena. Una lágrima se estrelló contra la mejilla derecha de Julieta que se llevó dos dedos a donde había ido parar, restregándola, y se dijo:
"¿ Por qué está tan triste ? es como si hubiera experimentado alguna pena insufrible. No puedo dejarle aquí solo en su estado. ¿ y toda esta sangre ? es como si no le importara, más bien diría que solo cuenta este sufrimiento que parece atormentarle ¿ quién será esa Candy ? ¿ cómo habrá llegado él hasta aquí ? y esas ropas que jamás antes había visto". Preguntas que no tendrían respuesta, mientras Mark continuara en ese trance de dolor y pesar.
Entonces Mark se desvaneció y apoyó sin pretenderlo la cabeza en el pecho de Julieta, quien cohibida no sabía si retirarse o continuar así. La chica le sostuvo como pudo, aferrando sus hombros con sus manos blancas. Entonces Mark empezó a hablar, sin dirigirse a ella ni a nadie en especial, ni en particular.
-Estoy tan solo…cuesta tanto sobrellevar la cruz del amor… el amor no correspondido -aclaró -Si este ángel de pelo rojizo quisiera ....quisiera acompañarme aunque solo fuera unos instantes –dijo ante el asombro de Julieta que escuchó como el joven se expresaba con una voz serena y melodiosa, pero muy triste, como si estuviera sumido en un delirio o en un sueño muy profundo.
-Sé que debo antojársele a este ángel como alguien patético y miserable –se definió así mismo, causando indignación en Julieta por la baja autoestima del joven, más que por haberla convertido en involuntario e improvisado paño de lágrimas- pero… pero necesito un hombro en el que llorar, aunque solo sea por unos minutos. Solo eso –dijo en un largo monólogo.
2
En el interior de la cueva, y una vez realizadas las presentaciones, ya en un ambiente más distendido, los crono nautas de dos universos tan diametralmente opuestos como cercanos confraternizábamos, bajo la mirada indiferente de Gray, que continuaba absorto en su trabajo de poner a punto el CT-8. Mermadon le observaba con circunspección e interés y le ofreció su ayuda para reparar el tanque. Gray le observó como si hubiera cometido el mayor pecado posible y dijo mirando a los sensores ópticos de color rojo de Mermadón:
-No gracias, ya me las apaño yo solo.
Gray también estaba programado para sentir emociones, pero no el grado en que lo hacía Mermadon. Algo contrariado, el robot soltó un breve "oh" y dirigiéndose hacia un rincón de la gruta, se sentó en el suelo, depositando su cabeza entre las manos. Haltoran temió que Gray, el sirviente robótico del CT-8 hubiera ofendido a su creación, pero no dijo nada. Se encogió de hombros y se sumó a la animada comida que entre los cinco habíamos preparado con celeridad para celebrar el retorno de Rand, que se presentó ante nosotros y que llegó un poco después, vestido de noble e irreconocible, una vez que se hubo asegurado que Alya llegaba sana y salva a su casa.
-Menuda pinta traes -bromeó Luke con efusividad. Haltoran encontró las maneras del gigantón demasiado expansivas, incluso para alguien como él, que convertía el humor en una filosofía de vida, pero sin perder la compostura. Cinthia le pasó un vaso de vino de Mantua y yo comí un trozo de pollo asado, comprado en el mercado de Neo Verona, mientras nos contábamos nuestras respectivas historias. No tenía sentido la hostilidad ni la desconfianza. Ambos grupos éramos viajeros, crononautas, nosotros procedentes del siglo XXI, y ya definitivamente afincados a comienzos del anterior, ellos venían de un planeta colonizado por la Tierra, del año 2142. A fin de cuentas, no éramos tan diferentes. Nuestro relato les pareció increíble, pero cuando escuchamos el de Rand de sus labios, no sabíamos si creerlo o descartarlo como una loca fantasía. Haltoran silbó arqueando las cejas. No había duda de que había algo de cierto en todo aquello.
-Desde luego, esos seres de los que habláis deben de ser temibles -dijo intentando hacerse un retrato mental del coloquialmente llamado "fantasma del espacio".
Alto, bulboso, cubierto por una túnica flotante roja o azul, dependiendo de la jerarquía, con cabeza prominente y dos ojos sobre una especie de pico acerado, que podía llamarse con más o menos acierto, la boca de la criatura. Sus facciones infundían un terror casi reverencial y que unido a su elevada estatura de tres metros, podían poner la carne de gallina al más valiente, si no habían acabado antes con su cordura, debido a sus formidables poderes psiónicos.
-Pueden controlarte a tu antojo -dijo Rand saboreando un poco de helado de chocolate. El dulce pasó por su boca de un lado a otro, refrescando sus labios- E incluso obligarte a que dispares contra tus propios compañeros. Son aun peores que los chaser y los vipones. Y ya es decir.
Un sudor frío me recorrió el cuerpo. Intenté imaginarme las misiones de aquellos hombres y mujeres curtidos, en plena oscuridad, en mitad de la nieve, tiritando de frío o bajo el calor de un sol abrasador, en el desierto. Oteando hacia todos lados, mientras horrores de pesadilla, que acechaban entre las sombras, provistos de una inteligencia nada común, te vigilaban, te observaban y finalmente te disparaban con sus raras armas, o te desgarraban la piel con sus aceradas garras o te intoxicaban con sus refinados y letales venenos. Las formas de matar de aquellos seres sin alma, al modo en que los seres humanos lo entendían, no parecía conocer límites.
Haltoran miró hacia el tanque, pintado en colores ocres y con una raya roja atravesando el faldón blindado que protegía las orugas. Realizó un rápido cálculo mental y estimó a la baja:
-Veintiocho toneladas -dijo reflexivo, mientras se rascaba el mentón para limpiarse algunas migas que habían quedado retenidas entre los pelos de su incipiente barba.
-Treinta -dijo Gray ligeramente ofendido mientras un brazo con una especie de llave inglesa asomaba por el borde de la torreta. El robot continuaba enfrascado en su eterna puesta a punto del CT-8. El tanque era su mundo.
-Nunca se sabe -se dijo Rand despojándose de la casaca de noble, para ponerse una camiseta color caqui con su nombre- no creo que tengamos que utilizarle, pero ya que disponemos de él, mejor tenerle listo para el combate –dijo refiriéndose al tanque.
Haltoran mostró en ese momento, una fotografía de Mark, por si nuestros colegas del futuro, le habían visto. Rand examinó las facciones duras y decididas, los ojos negros y rasgados, los cabellos largos y su manera de vestir a la antigua usanza. Cinthia se asomó sobre el hombro de Rand y desplegó ligeramente los labios, admirada por el porte de Mark. Luke le echó una hojeada a la foto y también negó con la cabeza.
-No, pero seguro que alguien así no pasa desapercibido y hablando de -dijo desviando la mirada hacia Rand- perdona que te lo diga, camarada, y ya sé que no tuviste otro remedio, pero ahora toda Neo Verona habla del "rugiente dragón de fuego" según los últimos rumores que hemos escuchado entre la gente.
Entonces Haltoran se interesó por el propulsor y pidiendo permiso a Rand, que asintió levemente, lo desplegó pulsando un botón situado en el control de funciones vitales y diversas funciones, que todo soldado del FCA, llevaba en la muñeca. Al apretarlo, se abrió una compuerta de la armadura de Rand y una tobera bruñida y de aspecto brillante emergió una vez que la compuerta blindada hábilmente disimulada en la armadura, se replegó para dejar que el propulsor saliera a flote desde su alojamiento.
Haltoran lo examinó con cuidado y dio un respingo. Se pasó una mano por la frente, mientras algunas gotas de sudor, perlaban su piel. Entonces dijo emocionado:
-Yo...yo conozco esta máquina -nos dijo mirándonos mientras señalaba la tobera que brillaba ligeramente.
Rand se fijó mejor en las facciones de su interlocutor y se estremeció ligeramente dándose un pequeño coscorrón en la cabeza con el puño derecho. Extrañados por su actitud le miramos y nos dijo:
-Claro, Haltoran, Haltoran Hasdeneis. No me extraña que haya reconocido a su propio invento.
-¿ Qué ? -pregunté yo elevando la voz de forma un poco exagerada, y haciendo que Cinthia ladease la cabeza, por mi brusca entonación -¿ ese aparato es un invento tuyo ?
-Una de sus aplicaciones -dijo Haltoran aun un poco confuso por el descubrimiento que había realizado- pero sí, es básicamente, el propulsor que inventé en 1914 y que iba disimulado en los cinturones.
3
Después de la sorpresa que representó para todos ellos, y también para mí, reconocer a Haltoran, como un reputado y genial inventor, que pasaría a los anales de la Historia, Rand nos contó su historia de cómo había conseguido escapar del Palacio del Gran Duque. Se retrotrajo al momento en que el siniestro Barón Ashura, al que nos describió con tal verosimilitud que Cinthia contrajo el semblante, con una mueca de horror, nos relató su experiencia.
Estaban en los aposentos privados de esa muchacha noble, princesa, o lo que fuera, Hermione y bajo cuyo hechizo parecía continuar el abstraído Rand, que a veces, perdía el hilo del relato y tenía que volver a retomarlo nuevamente.
Hermione esperaba poder hacer pasar a Alya, la muchacha pelirroja a que Rand había rescatado con su espectacular y acentuado marchamo, un tanto particular, identificándolos, al igual que a Rand, como primos suyos, que habían venido de visita a la corte del Gran Duque. Para lo cual, les había proporcionado aquellas elegantes ropas, que les sentaban bien, además de realzar su figura. Cuando Rand salió de detrás del biombo que hacía las veces de improvisado probador, Alya se ruborizó levemente. Sin la armadura y el pelo peinado como era debido, y adecuadamente vestido y acicalado, Rand ganaba muchos enteros. Suspiró y se lamentó mentalmente:
"Si no fuera porque estoy tan enamorada de mi novio…".
Pero no era de igual opinión Hermione. Al verse de esa guisa, notó como se ruborizaba levemente. Había sentido el calor de su pecho, cuando asustada ante la visión del temible barón Ashura buscó refugio entre sus brazos. Hermione echó un rápido vistazo a los pasillos, asomando con precaución la cabeza por el hueco de la puerta. Las interminables galerías de mármol estaban desiertas, afortunadamente para ellos. El palacio era inmenso, pero la joven noble lo conocía como la palma de su mano, de la de veces que había estado allí, paseando con Romeo o en visita oficial, a su padre el Gran Duque. La muchacha se recogió algunos tirabuzones de su complicado y recargado peinado, que amenazaban con soltarse de los listones que los ceñían apretadamente y se puso a caminar por el pasillo, con naturalidad y elegancia. Miró a Rand y a Alya y les dijo en voz baja:
-Poneos a mi lado y no habléis si nos encontramos con alguien. Dejadme a mí que sea quien maneje la situación.
La muchacha se movió cadenciosa y elegantemente sobre el suelo de baldosas. Rand contempló admirado, como se deslizaba casi ingrávida por el pasillo. Era como si sus pies no tocaran el suelo, bajo el amplio vuelo de la falda azul celeste de su vestido. No obstante, Rand llevaba el desintegrador preparado por si tenía que reaccionar rápidamente. A medida que iban dejando atrás los grandes y complejos dédalos de galerías, se iban encontrando con más gente. Algunos guardias de élite del gran Duque, mejor equipados y armados que sus compañeros carabinieris, a los que despreciaban abiertamente, saludaron respetuosamente a la dama y sus acompañantes, apartándose a su paso y franqueándoles el paso. Rand iba trazando disimuladamente la ruta que iban siguiendo, en su scanner digital que iba mapeando concienzuda y automáticamente todo el trayecto, por si alguna vez les fuera de utilidad. Nunca se sabía, pero había otra razón de más peso para él, para hacer aquello.
Estaban ya a punto de acceder a los jardines, cuando Hermione dio un respingo y unas gotas de sudor se deslizaron por su frente. Rand un tanto azorado se cercó a ella susurrando en su oído, si le ocurría algo, mientras algunos mechones de sus cabellos rubios, le transmitieron una embriagadora fragancia a flores, proveniente de la muchacha.
Normalmente, ante una confianza así Hermione se habría girado y probablemente, habría estampado su mano en la cara del osado, pero no hizo nada y respondió a Rand, también en susurros:
-Es Mercutio, un noble de confianza de Laertes, el gran Duque.
Un joven alto y espigado de cabellos alborotados y mirada despectiva y un tanto cruel departía con otro de pelo castaño y ojos verdes. Hermione se detuvo contrariada y notó como su corazón latía más deprisa mientras sus labios pronunciaban un nombre, sin apenas darse cuenta:
-Romeo.
Rand creyó haber oído mal, pero eran ya demasiadas casualidades. Neo Verona, Romeo, Capuletos y Montescos, por lo que tendría que haber forzosamente una Julieta. Recordó las palabras de su amigo Luke, que había declarado:
" A ciencia cierta no se sabe, si Shaskeapeare se inspiró en hechos reales, si plagió a otro autor o realmente, como tuvo que ser, porque lo otro, lo más probable, es que sean, leyendas absurdas, fue fruto de su propio inspiración, aunque –dijo enigmáticamente- nunca se sabe. Ni se sabrá.
Pero ya se sabía. Lo que no encajaba para nada era el vuelo continuado y casi perpetuo de cientos de pegasus sobre la ciudad, y lo de Neo Verona..¿ acaso esa gente procedía de la Verona original ? ¿ cómo pudo el genial dramaturgo inglés tener acceso a esa particular fuente de inspiración ? ¿ lo soñó ? ¿ o acaso estuvo allí, o estaba como ellos ?
Se estremeció, pero no dijo nada.
4
Mercutio estaba departiendo con Romeo, cuando el joven noble vio aproximarse a Hermione acompañada de dos jóvenes engalanados con suntuosas ropas. Mercutio le salió al encuentro, saludando ampulosamente a Hermione, que a duras penas reprimió su desagrado. Encontraba a Mercutio presuntuoso, engolado y pagado de sí mismo. Entonces el joven dio un pequeño codazo a Romeo y le preguntó en un tono cómplice, que desagraba a Hermione.
-¿ No vas a decirle nada a tu prometida Romeo ?
Rand estuvo a punto de decir algo, pero se lo pensó mejor y guardó silencio. Tanto él como Alya seguían al pie de la letra y a rajatabla, las instrucciones, que Hermione les había impartido, pidiéndoles encarecidamente a ambos, de que no hablaran y que lo dejaran todo en sus manos. Ambos se limitaban a sonreír todo el tiempo.
Mercutio estudió con afectado gesto a los dos acompañantes de la hermosa Hermionte y preguntó a la joven noble:
-¿ No me presentarás a tus amigos Hermione ?
-Son mis primos –le corrigió la muchacha.
-Que raro –espetó Mercutio suspicaz, cubriéndose la nariz con un pañuelo de encaje- nunca les he visto por aquí, la verdad.
Hermione disimuló como pudo. Mercutio, pese a su aspecto, no era tonto, y nada se le solía escapar a su sagaz mirada, de cuanto ocurría en los entresijos de la corte ducal así como de sus intrigas palaciegas.
-Me molesta que dudes de mi palabra –dijo la chica fingiendo un enojo, que por otra parte, no le costaba demasiado sentir, porque Mercutio no le simpatizaba en absoluto, y siempre que podía guardaba las distancias con él en todo momento- la Casa Borromeo tiene muchas ramificaciones y como sabrás, es una de las Casas Nobles más antiguas de Neo Verona, que más integrantes suma, entre parientes lejanos, primos o miembros adoptados.
Era costumbre entre la nobleza de Neo Verona, adoptar jóvenes por parte de los principales responsables de cada una de ellas, conocidos como patriarcas y matriarcas, en los casos en que no tuviesen un hijo legítimo, que continuara su obra para procurarse un heredero que les sucediera, apadrinar ejerciendo un mecenazgo ante un joven o una muchacha que mostrara especial talento en alguna disciplina o materia de utilidad para cada Casa Noble o simplemente como pago de favores o prebendas de un vasallo menor que había prestado un notable servicio a su señor. Había más motivos, pero los principales solían ser estos tres. Sin embargo el taimado Mercutio no se fiaba e insistió con una sonrisa de desdén:
-No, quiero que me lo diga él, personalmente.
Rand miró a Hermione despavorido, aunque intentó que no se notara. Romeo intentó mediar, pero Mercutio le cortó en seco diciendo:
-No querido amigo Romeo, que se exprese él, si es que no le ha comido la lengua el gato.
Rand suspiró. Entonces le vino un nombre a la memoria, y dijo:
-Soy…Paul Atreides, de la casa de Atreides y ella, es mi hermana Alya de Atreides.
Romeo le miró con asombro. Mercutio alisó con sus dedos, los pliegues que se le habían formado en el pañuelo de seda, que pendía de su cuello y dijo:
-No me suenan. ¿ Es una casa de reciente creación ?
-Sí –respondió apresuradamente Hermione. -Al padre de Paul, le han ennoblecido recientemente. Aun son una casa modesta pero están en plena expansión, y su sede radica en Mantua y tal vez, por eso no habrás oído hablar de ellos –dijo Hermione mientras una gota de sudor, descendía por su frente.
Mercutio, pareció satisfecho con la explicación y dijo:
- Aceptad mis disculpas por dudar de ambos. Bienvenido entonces a este gran Palacio Ducal. Espero que disfrutéis de la estancia, en compañía de vuestra adorable prima.
Mercutio les saludó con una aparatosa reverencia y se marchó casi arrastrando a Romeo detrás suyo, que le dejó hacer, porque no le apetecía estar delante de la hermosa muchacha, ya que sus pensamientos estaban centrados en una joven de cabellos castaños y rojizos que extrañamente había roto una relación que parecía marchar bien. Rand se fijó en el joven de ojos verdes y cabellos castaños, que no tenía ninguna gana de hablar con Hermione, es más en todo momento no desplegó los labios y evitó todo contacto con la muchacha, rehuyéndola, para alivio de Rand, que se sentía irremisiblemente atraído, por la muchacha de cabellos de oro y de noble cuna.
Salieron del palacio sin más contratiempos. A cada momento, se encontraban con patrullas de la guardia de elite del Gran Duque Laertes, y controles de seguridad que vigilaban constantemente, para garantizar la protección del inmenso recinto. En cuanto lograron salir de allí, después de haber saludado a una legión de guardias que se cuadraban rígidamente ante la llegada de Hermione y sus nobles acompañantes, Alya dejó escapar un suspiro de alivio. Entonces Hermione miró a Rand con sus profundos ojos azules y le preguntó un poco indignada, pero admirada de su valor con los brazos en jarras:
-¿ Cómo es que dijiste nada ? te advertí de que lo me dejaras todo a mí.
-No podía hacer otra cosa, -dijo Rand estirando del cuello almidonado de su traje, que le picaba horrores- ese tipo no me dejó otra alternativa.
Hermione comprendió que estaba siendo injusta con él y admitió que Rand tenía razón.
-No creo que lo investigue –dijo Hermione mientras contemplaba la imponente fachada del palacio Ducal cuyas torres de marfil se erguían hacia lo más alto- pero con Mercutio hay que andarse con pies de plomo. No es de fiar. No sé como Romeo le soporta.
-Ya, pero parecían buenos amigos –observó Alya.
-Es por orden de su padre –dijo Hermione que respiró aliviada de no habérselo encontrado o al temible personaje de dos caras, conocido como el barón Ashura- le ha mandado que cultive su amistad, porque según se rumorea, tiene previsto adoptar a Mercutio, como hijo suyo y desea que ambos se vayan compenetrando.
Una vez que arribaron hasta las verjas exteriores del palacio, Hermione ordenó a uno de sus cocheros de mayor confianza que la Casa Borromeo le proveía al igual que sus propios cocineros, doncellas y cuantos sirvientes precisase, les llevase a donde le pidieran. El empleado, un hombre de pelo entrecano no haría preguntas ni vería nada o revelaría cuanto escuchase. Se podía confiar plenamente en la discreción de aquel hombre que llevaba unas pequeñas lentes sobre la ganchuda nariz aguileña.
Antes de irse, Hermione tomó la mano que Rand le ofreció y el joven dijo agradecido:
-Muchas gracias, de verdad, no sé como pagarte este inmenso favor.
Mientras Alya subía al carruaje, Rand demoró un momento porque deseaba tener unas palabras a solas con Hermione.
-Después del revuelo que armaste al rescatar a esa chica, en tu dragón rugiente, -dijo con una leve sonrisa- es lo menos que podía hacer. ¿ Sabes una cosa ?, has puesto al Gran Duque muy nervioso. Toda Neo Verona habla de la estela de fuego que el dragón dejó a su paso. En otras palabras, todos hablan de ti, aun sin saber que es lo que vieron.
Rand notó un aire de infinita tristeza en la muchacha rubia, ataviada con el vaporoso vestido azul que torneaba su esbelto cuerpo. Los cabellos rubios recogidos en un elaborado y costoso tocado se estremecieron ligeramente, cuando se giró para mirar hacia el palacio. Debía amar mucho a este tal Romeo.
-Dime una cosa –dijo la muchacha girándose para observarle de soslayo- esos nombres que le dijiste a Mercutio ¿ son inventados o pertenecen a alguien real ?
-Es lo primero que me vino a la cabeza. Tu amigo no me dejó mucho tiempo para pensarlos. Pero, no son reales, al menos que yo sepa.
Realmente los había tomado de una vieja novela terrestre que ya anticipaba mundos y realidades, que luego serían verídicas y se tornarían realidad, en muchas ocasiones cuando los primeros colonizadores del espacio llegaran a mundos y planetas, que superaban toda ficción habida o por haber. Aquellos libros y novelas que leía en su infancia, databan de antes de que el hombre abandonara el Sistema Solar, mucho antes del amanecer de las nuevas colonias que la madre Tierra, como Esperanza, establecería en planetas distantes y alejados. A Rand le gustaba especialmente esa novela, porque de más joven, había vivido en un mundo desértico, muy parecido al descrito en el famoso libro. Siempre le había sorprendido la exactitud y tanto acierto, con la que Julio Verne, otro famoso escritor, había descrito el viaje del hombre a la luna a finales del siglo XX, teniendo en cuenta que había sido redactada a mediados del siglo XIX.
Hermione le sacó de sus reflexiones diciendo con un poco de enojo:
-No somos amigos. Ni siquiera conocidos –dijo la chica algo indignada- Mercutio es alguien a quien detesto.
Entonces Rand extrajo de su bolsillo un pequeño holocímetro. Pulsó un botón y una imagen del planeta Esperanza brilló bajo la mortecina luz del crepúsculo. Alya le hizo una seña desde la ventanilla del carruaje y Rand alzó una mano pidiendo que aguardara un poco.
-¿ Qué es esto ? –preguntó Hermione extrañada y a la vez maravillada por la imagen de vividos colores, de un hermoso planeta azul y verde que rotaba lentamente en torno a su eje, en la inmensidad del espacio. La representación holográfica era tan perfecta, que Hermione intentó tocarlo pero su mano atravesó el planeta, que se reflejaba en la palma de su mano, como si fuera una pantalla de proyección.
-Es mi hogar Hermione. Esto, -dijo señalando el minúsculo holocímetro- es una representación, como un cuadro o una escultura. Pero te puedo asegurar que mi planeta es tal cual, lo ves, más hermoso aun.
-Parece tan bello…-dijo la muchacha juntando las manos sobre el pecho y observando la lenta evolución del planeta.
-Lo es. Su nombre es Esperanza.
Entonces le tendió el presente que ella aceptó con manos temblorosas y agradecida. Se sobrecogió. Cuanto le había contado era cierto, tenía que serlo. Alya le apremió por enésima vez, para que subiera a la carroza. Entonces de forma imprevista, tomó la mano derecha de Hermione entre las suyas y dijo de improviso pese a que aquel era su primer y tal vez último encuentro con la condesa. Por eso, sin importarle lo que la muchacha pensara de él, si le parecía demasiado atrevido o tal vez un canalla sin escrúpulos, la miró a los profundos ojos azules, sabedor de que tal vez no tuviera otra oportunidad como aquella. Debía aprovechar el momento. Rand apretó la mano de Hermione con delicadeza. Ella por otra parte, no deseaba retirarla, no quería que aquel instante terminara. Entonces Rand dijo en voz baja:
-Si algún día la guerra en mi mundo termina, si consiguiésemos hallar la forma mis compañeros y yo de volver a Esperanza, me gustaría hermosa Hermione llevarte conmigo para que admirases la belleza de sus campos y los océanos tan azules que bañan sus continentes.
La muchacha tembló al escuchar aquellas palabras. Le miró con prevención, pero los ojos negros no dejaban lugar a ninguna duda. Se le estaba declarando, de alguna manera, aquel hombre desconocido que venía de un incierto futuro y al que él, no sabía si retornaría.
-Te pareceré demasiado osado, pero quizás esta podría ser la última vez que esté contigo , a tu lado, por lo que Hermione, tengo que confesarte, que me gustas. Lamento si te he ofendido, pero no me perdonaría marcharme sin decirte lo que repentinamente hoy he empezado a sentir por ti.
-Eres un hombre muy osado, o eso o desprecias todas las convenciones y las clases sociales -dijo ella incrédula incapaz de creer cuanto estaba escuchando, pero en el fondo deseaba que lo dijera. –pero, me gusta oírtelo decir.
-Puede –dijo él alargando un brazo y acariciándole el cabello rubio y siguiendo con las yemas de los dedos, el trazado de la cinta trenzada de color azul claro que en forma de y griega, le bajaba a ambos lados de la cabeza –pero es una locura maravillosa. En caso de que me rechaces….más que una decepción y tu desprecio no voy a llevarme. Si me aceptas, haré cuanto esté en mi mano para llevarte algún día a mi planeta, y espero que ese día esté en paz.
-Yo, yo….no sé que decir. Estoy prometida a Romeo y puede que no sea posible cuando me estás proponiendo. Yo….
-Piénsalo Hermione –dijo él no esperando enamorarla a la primera de cambio. Rand era muy impulsivo en todos los terrenos y quizás se había precipitado y estropeado la única oportunidad de simpatizar con ella y llegar a algo más. Le gustaba y quizás por ese fatalismo propio de los que viven al día, sobre todo por su condición de soldado empeñado en una lucha mortal, contra los enemigos de su planeta, y temeroso de que cualquier momento pudiera ser el último decidió echar el resto y confesarle unos sentimientos nacidos de un periodo de tiempo no mayor de dos horas, en el momento en que divisó sus ojos azules desde el aire, suspendido del paracaídas que a ella debió parecerle una criatura de pesadilla o algo así, con una chica en brazos.
-Si decides ir en mi busca –dijo entregándole el pequeño proyector- de momento estoy en una antigua gruta a las afueras de Neo Verona. Para ti será más fácil encontrarla, puesto que conocerás esta tierra mejor que nadie.
Entonces subió a la carroza y levantó levemente la mano para despedirse de ella. Hermione observó el diminuto presente del futuro, que Rand le había entregado y lo apretó contra su pecho. Luego respondió a la despedida del joven soldado, levantando a su vez su mano derecha y agitándola levemente.
Mientras el carruaje partía, el palacio y Hermione quedaron atrás. Alya le observó. Le había tomado sincero cariño y se había convertido en su amiga. Entonces posó una mano enguantada en su hombro. Rand estaba mirando a través del cristal de la portezuela del carruaje, con ojos tristes. Quien sabe si volvería a verla.
-Te has enamorado de ella, ¿ no es cierto ? –preguntó Alya mientras se pasaba la mano izquierda por el adorno de plumas que coronaba sus cabellos pelirrojos.
-No, no digas tonterías –dijo él disimulando muy mal- ¿ cómo voy a en apenas dos horas…?
-No hace falta que finjas delante de mí Rand. No es tu fuerte que digamos –dijo Alya sinceramente, pero sin intención de ofenderle- tu mirada me ha contado la verdad por ti. Te has prendado de sus ojos azules, y sus cabellos rubios. Y lo entiendo muy bien, porque Hermione es muy bella.
-Pero es la prometida de Romeo –dijo Rand desabridamente recordando las palabras del intrigante Mercutio.
-Pero él no la ama –dijo Alya sujetándose porque el traqueteo del carruaje había hecho que se desplazara involuntariamente a lo largo del asiento de cuero del vehículo- y Hermione me da la impresión de que por la felicidad de ese joven, no se interpondrá entre ambos, sea quien sea ella.
-¿ Cómo puedes adivinar tanto de las personas ? –preguntó Rand intrigado y arrancándose el cuello almidonado de su garganta, que se había convertido en un suplicio para él y que estaba enrojecido por el roce de la incómoda prenda contra su piel.
-Supongo que me viene de familia. Es una intuición que me hace percibir cosas y hacerme una idea de la persona que tengo delante. Y suelo acertar bastantes veces.
Rand no dijo nada mientras el carruaje se deslizaba velozmente por entre las angostas calles en las que se apelotonaban las casas de tejado ocre, de las que sobresalían afiladas y elevadas torres que parecían no sentirse nunca satisfechas en su afán de alcanzar el punto más alto y elevado posible, como si estuvieran compitiendo entre sí. Observó los puentes que unían edificios de distintas alturas y los grandes arcos practicados bajo los mismos, por lo que a través de ellos, discurría un continuo devenir de personas, carruajes y carabinieris.
Más tarde, en la soledad de sus aposentos, Hermione, reclinada sobre su cama, accionó el botón del holocímetro y el planeta Esperanza empezó a girar lentamente, mostrando un muestrario de colores intensos y llamativos. Sonrió al pensar en el ofrecimiento del joven y se dijo:
-Que chico tan extraño e impulsivo –dijo con una sonrisa al recordar su torpe pero emotiva declaración- ¿ será verdad que su hogar está entre las estrellas, más allá de Nevus ?
Contempló a Esperanza evolucionar lentamente mientras el holocímetro emitía la imagen de nítidas y brillantes tonalidades que alumbraba débilmente la habitación en penumbra. Y entonces coincidió en que decía la verdad.
5
Y aquella fue su historia. Alya sería conducida a su domicilio, sana y salva por el servicial cochero. No obstante, y por si acaso, la familia abandonó precipitadamente Neo Verona, por unos días, aunque sin levantar sospechas no fuera que el Gran Duque continuara buscándola, hasta que las cosas se calmaran. Después de asegurarse de que su nueva amiga estaba bien y que todo marchaba perfectamente, el cochero le dejó en las afueras de la ciudad, cerca de la cueva, a la que se aproximó caminando lentamente e irrumpiendo justo en el momento en que estábamos comiendo. La improvisada mesa nos sirvió también para festejar su llegada.
Sus amigos nos presentaron y cuando yo y Haltoran al unísono le preguntamos si había visto a Mark, cuya foto le mostramos a él, el joven negó con la cabeza. Luke le introdujo brevemente en nuestra situación, poniéndole en antecedentes sobre nosotros.
-De modo que sois viajeros del tiempo –dijo Rand con asombro- quien lo diría- y habéis venido buscando a vuestro amigo Mark.
Asentimos, aunque por el momento no habíamos tenido noticias de él ni le habíamos hallado por ninguna parte. Entonces Rand se fijó en Mermadón que continuaba en el rincón al que se había retirado después de la negativa de Gray a que le ayudase y preguntó:
-¿ Crees que tu robot podría llevarnos de nuevo a nuestro planeta ?
Haltoran se rascó la cabeza y dijo no muy convencido de que el propósito de Rand fuera viable, aunque intentó infundirle alguna esperanza, razón por la cual se llamaba precisamente así su planeta natal.
-Podría, pero me temo que se desarmaría por el camino. A nada que Esperanza esté un poco lejos, no lo resistiría. Podríamos dejaros, eso sí, cuando hayamos encontrado a Mark y nos podamos ir de esta dimensión, en el año 2145, a ser posible en un planeta habitado y con la suficiente tecnología para poder llegar a vuestro planeta, y a partir de ahí, conseguirlo ya dependería de vosotros.
-Eso claro está, si no vamos a parar a un mundo primitivo o agonizante –dijo Oliveros que apenas hablaba más que muy de cuando en cuando.
En ese instante, yo les propuse un acuerdo que en un principio les pareció a todos muy ventajoso y adecuado, y eso que se me ocurrió de repente, oyéndoles hablar de los diferentes motivos o imprevistos, que nos había llevado hasta aquella dimensión y de la forma en que en su momento, si es que podíamos, nos marcharíamos de allí a no más tardar.
-¿ Qué os parecería si nos ayudáis a buscar a Mark, y una vez que le encontremos, os ayudamos nosotros a retornar a vuestro planeta ? Haltoran, como ya sabéis es un reconocido genio inventor y algo se le ocurrirá para llevaros de vuelta a casa.
Se escuchó un murmullo de aprobación y Haltoran me susurró al oido algo apesadumbrado:
-No sé si has sido demasiado optimista al decirles eso Maikel.
-Tú ponte a pensar en algo que pueda servirles para sacarles de aquí. Si algo les hizo venir, de alguna forma lograremos retornarles a su planeta. Si nos ayudan a dar con el paradero de Mark mejor. Cuantos más seamos en emprender y antes empecemos, antes le encontraremos –dije convencido.
6
Aunque ya conocía la historia, Mark se la relató. Julieta escuchó atentamente, mientras Mark sentado en una vieja silla de madera, mientras Cordelia introducía una barra de pan en el horno casero, que habían instalado en la pequeña cocina. Sonrió levemente. A Candy también le gustaba hornear pan y lo sabía porque ella le había contado, que el amable cocinero de los Legan, un muchacho alto y espigado con una permanente sonrisa afable en los labios, le había enseñado a hacerlo. Entonces retomó el hilo de su historia, mientras Julieta le miraba con amor y tomaba su mano izquierda con fuerza, sentada a su lado en torno a la pequeña mesa de caoba. Mark contempló las paredes de adobe y las pequeñas manchas y picadas que cubrían algunas partes de su superficie y luego la pequeña ventana enrejada, a través de la cual entraba una brillante luz. El sombrero de ala ancha con dos plumas blancas, la capa carmesí y el antifaz del torbellino Rojo reposaban displicentes sobre una silla situada en un rincón.
7
Mark entornó los ojos y los recuerdos volvieron a su mente, tan nítidos como si aquello hubiera terminado de suceder.
Caminaba por una carretera solitaria. Llevaba una pequeña mochila colgada a su espalda y no había demasiados coches. Cordelia creyó que se refería a carruajes y Mark realizó un sencillo pero revelador dibujo sobre un papel, mojando la pluma de ave que tenía a su disposición sobre la mesa, en el tintero achaparrado y aclarando que aquellas máquinas se movían solas.
-¿ Sin ser tiradas por caballos u hombres siquiera ? –preguntó la joven divertida.-me cuesta creerlo.
Julieta la recriminó levemente que durara de él y besando a Mark en los labios brevemente, le animó a seguir. Mark reconfortado por el apoyo de Julieta continuó su historia.
La carretera estaba desierta, hasta que entonces un furgón blindado, que iba precedido por motoristas y fuerzas militares pasó velozmente a su lado. A Mark no le llamó excesivamente la atención, si acaso por la numerosa y nutrida escolta, que protegía al vehículo tanto abriendo, como cerrando la marcha.
"Debe de transportar algo muy valioso" –se dijo Mark, mientras caminaba lentamente, embutiendo las manos en los bolsillos de su cazadora. Entonces le pareció ver algo sospechoso, como unos hombres embozados o que por lo menos, se escondían entre los riscos que rodeaban la carretera a ambos lados de la misma, y entre las pequeñas lomas rocosas con apenas vegetación que jalonaban el desierto y algo desolado paisaje. No estaba seguro, pero le pareció percibir armas automáticas en las manos de los hombres que claramente, se podían percibir acechando la llegada del convoy. A Mark le pareció sospechoso y pensó en advertir al conductor, pero se dijo que la escolta que llevaban debería ser suficiente para repeler cualquier intento de robo o agresión. Si acaso, debería ponerse a salvo para no verse involucrado en la refriega.
Hizo una pausa y Cordelia volvió a preguntarle que eran las armas automáticas. Julieta le dirigió una mirada de impaciencia y le pidió que no le interrumpiera más. Mark no obstante hizo otro dibujo esquemático, junto al del coche y representó a un hombre con un monigote disparando una especie de tubo, lo que parecía una lluvia de balas. Esta vez Cordelia no entendio muy bien el concepto, pero instó a Mark a que continuara hablando.
Entonces una fila de minas o explosivos estalló cuando el furgón llegó a un determinado punto de la carretera, accionado por uno de los asaltantes que se habían puesto los pasamontañas. La fuerte explosión hizo que el furgón se detuviera con un chirrido procedente de sus frenos, y que los hombres de la escolta se desplegaran rápidamente para repeler a los atacantes. Las balas empezaron a volar en todas direcciones, y Mark temeroso de que una bala perdida le alcanzara, se puso a correr frenéticamente, pero sin saber a donde ir. Por todas partes, silbaba la munición y el furioso tableteo de las ametralladoras denotaba que estas estaban intercambiando sus mortales presentes.
En ese preciso instante, los ladrones empezaban a desesperarse, porque iban perdiendo terreno y posiblemente, no podrían abrir el furgón a tiempo para apropiarse de su contenido antes de que llegaran refuerzos. Movido por la desesperación, uno de ellos, esgrimió un gran lanzacohetes de ojiva cónica y apuntando cuidadosamente a la puerta del furgón, pese al caos de disparos, gritos y miedo que les envolvía, disparó accionando el gatillo y un proyectil que dejó una cola llameante a su paso, impactó contra las puertas acorazadas, volándolas aun así en pedazos. Mark se echó al suelo de improviso. Estaba tan cerca del furgón que podía oír nítidamente las conversaciones de los delincuentes desde su interior. Tres de los ladrones, corrieron hacia el furgón, codiciosos y anhelantes pensando en las riquezas que contendría y de las que su jefe les había hablado largamente. Dos de ellos entraron en la caja del furgón, protegidos por el fuego de cobertura de sus compañeros, pero cuando entraron su sorpresa debió ser mayúsculas. Allí dentro solo había un arca de acero recubierta de plomo, y con el grabado de un átomo rodeado por electrones que trazaban órbitas elípticas en torno al mismo, sobre su superficie bruñida y brillante. Entonces uno de ellos le dijo a su jefe que encabezaba el comando de asalto al interior del furgón:
-Esto no me gusta nada jefe. Los quince millones de euros estarán ahí dentro –dijo pensativo- pero de los valores bancarios….que quiere que le diga –dijo encogiéndose de hombros, no los veo por ninguna parte, como no estén guardados junto con los quince millones. Y además ese símbolo en el cajón….no me gusta, demasiada escolta aun siendo un furgón con tanto dinero, el compartimiento de carga está prácticamente vacío a excepción de esa misteriosa arca
-No seas melindroso –le respondió desabridamente su jefe- te juro que el dinero está ahí dentro, ¿ o es que acaso crees que pueda ser la caja de Pandora ? –preguntó entre risas, pese al furioso tiroteo que se desarrollaba fuera del vehículo en torno suyo. Eso es para despistar ¿ o acaso tienes miedo ? –preguntó en tono burlón.
-Será mejor que nos demos prisa –dijo uno de ellos- nuestros compañeros están en dificultades.
Asintieron y los tres hombres se pusieron manos a la obra para abrir el arcón. El hombre del que se había mofado su jefe, picado y herido en su amor propio, fue el que más afán y ahínco puso para abrir el pesado arcón. No fue fácil. Utilizaron palanquetas hasta que después de un intenso forcejeo contra la caja, la tapa cedió cayendo con estrépito al suelo del furgón. El arca brillaba levemente con un fulgor anaranjado. Cuando los ansiosos y ávidos hombres se asomaron a su interior no hallaron nada. Uno de ellos se puso a reir histerícamente a carcajadas repitiendo todo el tiempo:
-Tanto esfuerzo para nada, tanto esfuerzo para nada.
El otro se acordó de una vieja película de aventuras en las que hombres sedientos de poder y riquezas, levantaban la tapa de otra arca, el arca de la Alianza, y que su osadía les costó un castigo terrible. Justo lo mismo que les iba a suceder. Cuando menos lo esperaban, una nube azulada y blanquecina se formó en el fondo del arca, estallando de repente y desatando un huracán de fuego que fundió inmediatamente a los tres hombres, carbonizando sus huesos y volatilizando sus tejidos. La tormenta eructó con furia hacia el exterior, matando a los asaltantes y a los policías y militares que defendían el furgón. Mark aterrorizado, corría sin rumbo entre huesos que se desprendían de cuerpos sin vida, y vísceras que explotaban en el aire. Entonces, buscando con que defenderse, por si el violeto tiroteo volvía a reanudarse o arreciaba, cogió el arma con la que habían destrozado las puertas del furgón y una pequeña bolsa de municiones de ojiva cónica y huyó despavorido, pero no llegó muy lejos. Un resplandor iridiscente, preludio de una bola de fuego anaranjada le envolvió y poco después su cuerpo fue bombardeado por millones de taquiones y otras partículas subatómicas, que en vez de matarle abrasándole vivo, se mezclaron con su sistema circulatorio, modificando radicalmente el ADN de sus células. Muy asustado por lo que había experimentado, corrió con más afán, hasta que una extraña neblina de color claro, se extendió detrás de él a su paso, desprendiéndose de unas heridas que se habían abierto sorpresivamente en su piel y de las que aun no se había percatado. Entonces, el iridium que ya se había enseñoreado de su sistema circulatorio, se mezcló con el oxígeno estallando con una fuerte explosión. Mark gritó despavorido creyendo que había llegado su última hora, mientras pavorosas llamaradas le envolvieron, al mismo tiempo que agitaba los brazos, llorando y suplicando una ayuda que no iba a llegar, separándole del suelo para remontarlo hacia las capas más altas de la atmósfera. Cuando ganó la velocidad suficiente, se produjo su primer y fortuito viaje en el tiempo, tras una atronadora e intensa deflagración La leyenda del alacrán había nacido. En el suelo, los cadáveres carbonizados o por lo menos, lo que quedaba de algunos de ellos, de unos cuarenta personas entre ladrones, policías y militares, rodeaban al solitario y silencioso furgón que presidía la dantesca y macabra escena.
Cuando llegó a ese punto de la narración Mark dejó de hablar y extrajo su arma desplegándola ante los ojos de Cordelia y Julieta Los servos y mecanismos neumáticos entraron en acción extendiéndola con un suspiro que el de aire escapándose a presión y dijo con tristeza, mientras la ojiva cónica sobresalía del cañón con un leve chirrido metálico:
-Esta es la llave que abrió la Caja de Pandora, aunque más bien yo diría que fue la codicia y avaricia de esos torpes e inconscientes hombres, que por culpa de sus estúpidas acciones, me convirtieron sin sospecharlo, en lo que soy.
Se concentró y dando una orden mental, el iridium fluyó como aquel día, pero de forma más controlada envolviendo su muñeca derecha con llamaradas pavorosas, que extinguió enseguida con un siseo, para impedir que pudiera prender algunos de los muebles de madera del salón. Dos hilos de humo denso y claro emergieron de sus muñecas, donde hacia un momento, las incrédulas muchachas presenciaron como el fuego recorría la piel de Mark, sin dañarla. Julieta le contempló con lástima y se apretó contra él, mientras Cordelia que continuaba enfrascada en la elaboración del pastel prefirió no decir nada.
8
Lo primero que decidimos hacer fue ir en busca de Mark. Una vez instalados en la cueva, junto a nuestros nuevos amigos, lo más prioritario que planeamos hacer, fue realizar una concienzuda búsqueda por la hermosa y renacentista ciudad. Los recelos y las desconfianzas entre los soldados de un planeta en guerra, colonizado por la Tierra y los hombres de un distante pasado, que lo habían abandonado para vivir en otro aun más remoto que el suyo original, no tenían sentido. Estábamos todos en el mismo barco, por así decirlo y optamos por hacer causa común. Organizamos una reunión para identificarnos y poner las cosas en claro. Pelearse u odiarse era una tontería, así que decidimos llegar a un acuerdo, y tratar de llevarnos lo mejor posible. Rand y sus camaradas habían mapeado la ciudad a conciencia, mediante sus pequeños scanners que se ubicaban en la muñeca y que además chequeaban las funciones vitales y podían en caso de necesidad administrar calmantes o realizar importantes curas médicas, estabilizando a un herido grave, en caso de necesidad, amen claro está de otras funciones. Luke me había entregado uno, comentándome que aquella utilísima herramienta había salvado muchas vidas en la larga e interminable guerra contra los aliens, que asolaban su verde y querido planeta y al que no sabían si retornarían algún día. Yo opinaba que quizás no desearan hacerlo. Entre la probabilidad de vivir en paz y volver al horror de una guerra, tal vez eligieran lo primero, aunque nunca se sabía. Volví de mis reflexiones y observé el objeto con curiosidad, dándole vueltas en torno a mi mano, tratando de familiarizarme con aquella tecnología tan novedosa para nosotros, que Haltoran como buen inventor y genio examinaba con alborozo y fascinación el suyo.
-Simplemente póntelo en la muñeca -dijo Luke- y él solo se encargará de reconocer tus ondas cerebrales y constantes vitales. Se sincroniza a cada usuario, de forma que se hace personal e intransferible.
-¿ Cómo funciona ? -pregunté girando la muñeca para verificar que no me estuviera grande o por el contrario me hiciera daño, si me apretaba demasiado.
-Simplemente piensa en lo que quieras hacer -dijo Rand- y si está entre sus funciones programadas, lo ejecutará.
-Si no, no notarás nada -dijo Cinthia guiñándome un ojo- es sencillo.
El pequeño y utilísimo aparato, especie de navaja suiza del siglo XXII, incluía una diminuta pantalla que permitía monitorizar en todo momento diversas informaciones. Pensé en Neo Verona, tal y como me la imaginaba y la pantalla de fósforo verde se iluminó inmediatamente, mostrándome un plano aéreo de la ciudad. Durante el rescate de Alya, mientras volaban, cruzando sobre Neo Verona de punta a punta, el insólito microordenador de Rand, había estado realizando tomas aéreas de la ciudad, lo cual, a parte del espectáculo gratuito que proporcionó a la ciudadanía de Neo Verona, nos permitía disponer de una preciosa y precisa información. En el plano que además de la ciudad, incluía los alrededores de la misma y lugares de interés como tahonas, comisarías o paradas de transporte público porque Neo Verona disponía de una red bien organizada, estaba ubicada incluso la situación de la gruta que nos servía de vivienda y base de operaciones, marcada con un punto rojo que tititaba débilmente en la pantalla.
-Así no os perderéis -nos dijo Rand mientras lo señalaba con su dedo índice la señal en la pantalla de nuestros respectivos aparatos.
-Es como un GPS -dije yo entusiasmado.
-Sí, pero más preciso -intervino Oliveros saliendo de su mutismo. Aquel joven de rasgos delicados casi nunca desplegaba los labios, enfrascado en sus lecturas o quehaceres habituales.
Rand nos tendió entonces algunos artilugios más. De un armario blindado que habían colgado con alcayatas de una de las paredes de la gruta, extrajo una especie de botes de color marrón con un pulsador en su parte superior. Nos entregó un pack de diez a cada uno y Haltoran preguntó con mirada interrogante:
-¿ Qué es esto ?
-Fumígenas -explicó Rand rápidamente- el equivalente a las bombas de humo del siglo XX. El principio es el mismo. Solo que aquí hay que apretar el disparador para armarla. Se lanza, y al tocar contra el suelo o chocar contra una superficie dura, se activa creando, una cortina de humo muy densa.
-Solo en caso de necesidad -dijo Cinthia asegurándose de que el armario blindado hubiera vuelto a quedar bien cerrado- por si tenéis dificultades. El humo durante cinco minutos, suficientes para escapar con seguridad.
Entonces evoqué la emocionante y un tanto estrambótica huída de Rand por los aires, con la muchacha acusada de pertenecer a los Capuleto, suspendidos del propulsor instalado en la espalda de la armadura de combate, que no era otra cosa que una versión mejorada y perfeccionada del invento de Haltoran. Rand le preguntó por la famosa anécdota histórica que afirmaba que él y otro hombre cuya identidad se perdió para la Historia habían cruzado el Atlántico con la ayuda de esos precarios y pioneros .
Haltoran asintió con orgullo, de que fuera reconocido y su nombre se hubiera hecho tan famoso, trascendiendo a los anales de la Ciencia.
-Ese amigo al que se refiere la Historia es precisamente el que estamos buscando ahora. Mark.
Oliveros levantó la vista de su novela y preguntó hablando desde el fondo de la gruta:
-¿ Y sucedió tal y como decís ? ¿ no fue una leyenda, como se afirma ?
-No, fue realidad -dijo Haltoran evocando aquella aventura con una sonrisa triste en los labios, al pensar en el infortunio constante de Mark- que locura, atravesar el Atlántico, para ir a buscar a Candy.
Según rezaba la leyenda, Haltoran Hasdeneis, el que se había dado en llamar el Edison del siglo XXI, había cruzado realmente el Atlántico, mar terrestre, cuyo nombre desconocían Cinthia y Rand, aunque Luke se encargó rápidamente de informarles que se trataba de uno de los grandes Océanos de la madre Tierra. Mucho se había especulado sobre si aquel aspecto de la biografía del famoso inventor era o no realidad, y de los motivos que le impulsaron, de ser cierto a atravesar una inmensa y procelosa masa de agua con unos medios tan rudimentarios como precarios. Cuando yo les conté el verdadero motivo de aquel asombroso viaje, no daban crédito a cuanto acababan de oír.
-O sea, que todo fue por una chica -dijo Luke abriendo unos ojos como platos y frotándose el prominente mentón, pensativo.
-Sí, y tal como nos han contado, era la esposa de ese hombre al que están buscando -dijo Rand observando desde la entrada de la cueva, como Haltoran y yo, convenientemente disfrazados, nos dirigíamos hacia la imensa ciudad, tratando de hallar alguna pista que nos condujera al paradero de Mark, si es que estaba allí realmente, después de que nos despedimos de ellos. Solo teníamos el escaso y parco relato que le contó a Haltoran poco antes de su marcha, antes de que encendiera el poder de la sustancia anaranjada, la fuente origen según nos reveló la diosa Atenea, de la creación del Universo., para elevarse sobre Lakewood, mientras Candy permanecía sumida en un profundo sueño inducido por él, para que no sufriera lo indecible, viéndole partir.
-Menuda historia -sentenció Cinthia- saltar del siglo XXI a principios del XX y enamorarse de una mujer a la que acaba de conocer.
-Y toda esa historia de la sangre negra y contaminada que desprende cada vez que utiliza ese poder, de esos muchachos a los que rescató -dijo Luke mientras frotaba sus botas con un cepillo hasta dejarlas relucientes- uno de ellos, que estuvo a punto de desnucarse al caer de un caballo.
-Y el otro de un avión en llamas durante la primera guerra mundial, una guerra que asoló la Tierra en el pasado, o en el futuro...ya no sé ni donde estamos situados -dijo Oliveros entrecerrando los ojos y dejando su lectura para otro momento, mientras botaba impulsándose con las piernas, para levantarse de un salto del catre en que estaba tumbado.
Rand dirigió la mirada en derredor hacia sus camaradas con gesto reflexivo y les preguntó:
-¿ Créeis que puede haber algo de verdad en todo lo que nos han contado ?
-No te quepa la menor duda -dijo Luke con vehemencia- aquí estamos nosotros, cazadores de seres alienígenas y ellos que han venido en ese robot, que por cierto -dijo mirando en dirección hacia Mermadon- aun no se ha movido de ahí.
Mermadon entonces se activó y acercándose a los cuatro sigilosamente, se plantó ante ellos, sobresaltando a Cinthia y a Luke. Rand empuñó su desintegrador creyendo que un intruso se había colado en la cueva y Rand levantó las manos hablando con tono almibarado y dulzón:
-Por favor señor Oberon, no me dispare. Solo venía a preguntarles, si podía compartir su compañía, me siento bastante solo en aquel rincón oscuro -dijo señalando con su manaza metálica hacia donde había permanecido sin moverse ni hablar durante casi dos días.
-Sí hombre sí -dijo Luke sonriente y golpeando el suelo de la cueva- aquí tienes un sitio para ti.
Cinthia le observó mirándole de arriba abajo por su considerable envergadura y dijo admirada:
-Es digna obra de Haltoran. No me extraña para nada la fama que le atribuyen.
9
Llegamos a Neo Verona después de una caminata que nos supuso estar caminando por espacio de una hora. Me pregunté porqué aquella gente no tenía algún aparato que permitiese camuflar el espectro de luz, como hacía Mark a su antojo, para volverse invisible, y nosotros como él, para ir volando, pero o no disponían de tal tecnología o se habían negado a proporcionárnosla, manteniéndola celosamente oculta. Cuando Haltoran le pidió algún arma a Luke, solo para tantear hasta donde estaban dispuestos a llegar en su prodigalidad y generosa ayuda, el gigante sonrió como si estuviera hablando con un niño, pero dejaría de hacerlo, a medida que su explicación se desarrollaba, y su semblante se ensombrecía y dijo:
-No, Haltoran, nada de armas, bastante tenemos ya con los rumores acerca de un dragón rugiente, como para que encima vosotros pongáis las cosas peor de lo que están.
-Os llevaréis solo las fumígenas y bastante. Luke tiene razón –dijo Rand dando la razón a su amigo.
Calló por un momento y añadió en voz baja cariacontecido mientras observaba la puntera de sus botas:
-Ya con lo que hice yo, fue más que suficiente.
Y así nos adentramos en la ciudad a través de un puente que salvaba un abismo que caía cortado a pico, y por cuyo lecho, observé como entre los colosales pilares de sillería del puente bramaba un caudaloso y embravecido río que formaba pequeñas olas plateadas en su superficie. Y de cuando en cuando, como si las estuvieran escalando o remontando, saltaban pequeños peces de escamas plateadas que tras un grácil y corto vuelo suspendidos en el aire, volvían a zambullirse en los rápidos que la impetuosa corriente formaba, arrastrando ramas u hojas que se desprendían de los árboles, que crecían a la vera del río. Nos cruzamos con multitud de gente, artesanos con su mercancía, ganaderos que llevaban sus reses a alguna feria o retornaban quizás de ella, escolares vigilados por sus profesores a los que mostraban las excelencias y la colosal envergadura de aquella urbe populosa y siempre activa. En el cielo, volaban grandes caballos alados, con una cola similar a la de un dragón, aunque a mí se me antojó como la de un cocodrilo, restallante y cubierta de unas escamas quitinosas y plateadas.
Nunca antes había visto ni estado en una ciudad tan hermosa y vibrante como aquella. Mi disfraz con una túnica que me llegaba hasta los pies y que de tan áspera me estaba raspando la piel, y la capucha incómoda y que hedía a cabra me impedían concentrarme en la contemplación de las rectas y bien planificadas calles, aunque la penitencia que suponía llevar aquella indumentaria tan estrafalaria como incómoda, bien valía la pena si podía recorrer con la mirada, con la curiosidad de un neófito, el devenir constante de Neo Verona. Si tuviera que quedarme con dos impresiones acerca de la misma, diría que lo que más destacaría por encima de todo sería: las gráciles y elevadas torres que pugnaban por alzarse muy por encima de los tejados de pizarra ocres de las casas más corrientes y humildes, y por otro lado, los pegasus volando majestuosamente sobre las cúpulas de los numerosos palacios que contemplé admirado. Haltoran que llevaba una ropa muy parecida a la mía, estaba todo el rato controlándome, porque temía que me perdiera en cualquier esquina o cruce de calles, dada mi naturaleza despistada y un tanto cándida.
-No te separes de mí Maikel, -dijo Haltoran esquivando a una anciana con un largo vestido y una mantilla que le cubría los cabellos grises- no sabemos lo que puede depararnos esta ciudad.
Hablaba en voz baja en inglés y cuando estaba seguro de que nadie le oía o le prestaba atención, dado que yo no controlaba nada de italiano. Siempre me había parecido similar a mi idioma natal, el español, pero puedo dar fe y atestiguar que no es así, por lo menos en mi modesta opinión. Me fijé en que muchos edificios de Neo Verona, estaba comunicados entre sí con pasarelas situadas a gran altura y que había arcos y puentes por doquier que conectaban un edificio a otros e incluso barrios enteros estaban unidos de semejante forma. También contemplé el río cuyo curso dividía en dos la ciudad. Según el mapa que Luke nos había proporcionado, en dos mitades casi simétricas.
-Esta ciudad es del tamaño de París, por lo menos -observó Haltoran deslizando la mirada en torno suyo. Carruajes lujosamente decorados con caballos enjaezados con campanillas que producían un característico sonido tintineante al trotar, circulaban continuamente en ambos sentidos transportando damas o nobles lujosamente vestidos y que miraban con desdén al pueblo llano. También había una frenética actividad constructora. Por toda Neo Verona se levantaban nuevos inmuebles y las grúas y poleas se afanaban por añadir nuevas construcciones al paisaje urbano de la ciudad. Me supuse, que como en mi país de origen, la fiebre inmobiliaria, debía ser un gran negocio en Neo Verona. Junto con los ostentosos y grandes carruajes con el escudo de la casa noble a la que pertenecían, rodaban lentas carretas de ruedas toscas y macizas, tiradas por bueyes o pequeños caballos similares a los percherones y con un par de pequeñas alas, que parecían atrofiadas. Me recordaron a las de las gallinas, porque no les permitían volar.
-Me imagino que esos grandes caballos alados -dije levantando la cabeza y señalando a uno de ellos de color blanco, que se perdió relinchando en el horizonte de la ciudad- solo deben estar al alcance de unos pocos.
-Dices bien Maikel -me comentó Haltoran soltando algunas palabras en italiano para disimular- la información que nuestros anfitriones han ido recopilando, me está poniendo rápidamente al corriente de lo que se cuece aquí, y la verdad, esto es una especie de dictadura -dijo consultando con mucho cuidado y disimulo el scanner que llevaba adosado a su muñeca, asegurándose de que nadie le estaba mirando o curioseando, levantándose la manga de su túnica con prevención.
Apretó algunas teclas, tal como le había enseñado Rand , mientras repetía en voz baja un "veamos, veamos" continuo. como una letanía. A Haltoran le habría hecho ilusión que aquel aparato también hubiera sido invención suya, pero Luke le desengañó, informándole que no. Era obra de un tal Michael Soroski, otro genio de la invención, pero muy posterior a él.
-Ni siquiera sois contemporáneos -dijo Luke, hablándole de él.
En cuanto a lo que había declarado Haltoran de que aquella en apariencia, idílica ciudad era un estado policial, no tardé demasiado tiempo en hallar indicios de tales afirmaciones.
Por todas partes empecé a vislumbrar patrullas de cuatro o siete hombres, con un oficial que parecía estar al mando en cada uno de las unidades armadas hasta los dientes. Llevaban largas lanzas en las manos y un sobretodo azul con una extraña divisa que no supe identificar, aunque no empleaban escudo, y parecían más una fuerza de policial local, que soldados profesionales.
Por otra lado, no parecían conocer las armas de fuego, aunque Rand nos habló de que había vislumbrado y oído el estruendo de fuegos de artificio ,el día de una de las principales celebraciones de Neo Verona, conocida como la Feria de las Flores.
Realmente no sabía porqué habíamos viajado hasta allí, si no hubiera sido porque Haltoran, espoleado por las lágrimas de Candy, así como las súplicas de toda su familia, había decidido presentarse allí para tratar de ayudarle.
Intenté hacerle ver a Haltoran que mientras Mark no derrotara a ese extraño enemigo del que Saori le había hablado con gran secreto, en el templete donde también se entrevistara con el presidente Wilson, probablemente se negaría a retornar.
-Haltoran se detuvo al escuchar mis palabras y se giró tan rápido que la capucha que cubría sus cabellos pelirrojos se deslizó hacia abajo, dejándolos al descubierto. Entonces se me aproximó y me dijo:
-Lo sé amigo Maikel, y no es para menos. Un hombre que está intentando conquistar el mundo empleando robots gigantes, y que por una desconocida razón ha decidido personarse aquí. Es muy probable que el extraño personaje que Rand y esa Hermione descubrieran por accidente en el palacio del Gran Duque, sea uno de sus lugartenientes.
Me pasé una mano por la tela basta de mi hábito y al momento la retiré desprendiendo un pestazo a cabra y con la piel irritada por el rugoso tacto del sayal. Me apoyé contra la pared, bajando la cabeza, y dije desanimado cruzándome de brazos:
-Que cosas más raras nos ocurren. Ahora, tenemos a un supuesto ser, suelto por una ciudad donde caballos voladores surcan el aire, un ser de dos caras, hombre y mujer, todo en uno, que tal vez sea a ciencia cierta, la mano derecha de ese loco que pretende dominar el mundo a base de robots.
Haltoran asintió y dijo un rotundo y sonoro "correcto".
-Ya no sé quien está más loco de entre todos nosotros -dije sentándome en la entrada de un portal, porque las sandalias me estaban destrozando los pies. Me quité una de ellas y comprobé horrorizado como tenía algunas ampollas blanquecinas en los dedos del pie derecho.
-Joder, -dije desabridamente- lo que me faltaba. Ya decía yo que este maldito calzado, además de apestar, me apretaba los dedos.
En ese momento, un chico muy joven de cabellos alborotados y expresión vivaracha salió del portal y a punto estuvo de machacarme los pies. Entonces miré hacia arriba, cuando Haltoran reclamó mi atención apuntando hacia lo alto con un dedo y descubrí un cártel de madera oscilante y suspendido en torno a una barra de color oscuro, mediante unas cadenas, cuyos eslabones estaban pintados de un tono negro brillante. En el cártel había un rótulo con caracteres góticos que rezaba: "El buen juglar".
Lo que había tomado por el portal de una de aquellas casonas medievales, oscuras y lóbregas donde podían vivir hacinadas varias familias, era una especie de taberna, aunque tampoco noté mucha diferencia. Miré al muchacho que había estado a punto de pisotearme sin darse cuenta y extendí las piernas porque encima me habían entrado unos calambres que junto con las ampollas de mi pie derecho, me impedirían dar un solo paso.
-Maikel tenemos que irnos. No podemos quedarnos aquí demasiado tiempo. Hemos de encontrar a Mark como sea.
Entonces crucé los brazos y dije enfurruñado dándole la espalda:
-Hasta que no se me pase este dolor de pies, no me voy a mover de aquí.
Haltoran soltó un bufido y se encogió de hombros. Se fijó en el lastimoso estado de mis pies y asintió diciendo con una sonrisa:
-Vale, tú ganas -dijo conciliador. En la esquina, al otro lado de la calle, me ha parecido que había un herbolario. Iré a ver si tienen algún remedio para esos pies doloridos.
Me acordé de cuando me mareé a bordo del Lancastria, mientras cruzábamos el Atlántico en dirección hacia la Europa en guerra y había estado a punto de precipitarme por la borda al mar, de no ser porque Mark me sujetó por el brazo a tiempo. Tenía el extraño presentimiento de que el hombre de piel cetrina, cabellos blancos y ojos demenciales ribeteados de negro y que se paseaba envuelto en negros ropajes con una capa muy larga, ondeando hasta los pies, tal y como Saori nos lo había descrito, era el inaccesible y bien oculto líder del Imperio Negro. El responsable de la organización que intentó secuestrar a Annie para atraer a Candy y así coaccionar a Mark, para que pusiera su enorme poder a disposición de la maquiavélica entidad y que habían intentado modificar el curso de la Historia durante la Primera Guerra Mundial, en beneficio de sus intereses. Me llevé las manos a las sienes, porque el solo pensar en todo aquello, me producía jaqueca. Suspiré mientras veía a Haltoran alejarse en dirección hacia el herbolario y dije abatido contemplando el pavimento de adoquines:
-Yo tenía un imperio comercial pujante, en Japón y a raíz de conocer a Mark, mi vida se convirtió en puro delirio. Perdí mis empresas a manos de un demente que quiere conquistar el mundo con robots gigantescos, y su mano derecha, lugarteniente o lo que sea, se pasea por Neo Verona y….
Estiré los pies y suspiré. No valía la pena darle más vueltas, o mi cabeza saltaría como una olla a presión a punto de explotar. Había que tomarlo tal cual como venía.
En el momento en que extendía las piernas sobre los escalones que conducían a la taberna, salieron dos carabinieris que por lo que me enteraría más tarde, perseguían al chico, que no me había destrozado los pies con sus botas de piel, por un pelo. Los carabinieris esgrimían sus lanzas gritando amenazadoramente, pero el muchacho, mucho más ágil que ellos les esquivaba con una facilidad pasmosa y les sacaba la lengua exasperándoles aun más. Iba a levantarme y marcharme de allí no fuera que me viera involucrado en un lío, sin comerlo ni beberlo, cuando el primer carabinieri tropezó con los empeines de mis pies y rodó por tierra cayendo pesadamente ante mí. Su compañero me apuntó con la lanza y gritó en italiano, aunque yo no podía entenderle:
-¿ Con que ayudando a escapar a uno de los hombres del Torbellino Rojo ?
Levanté las manos y sonreí torpemente. Creí entresacar el significado de algunas palabras entre la marea de frases airadas y enfurecidas, en el cerrado dialecto italiano que el carabinieri, me dirigía, como Torbellino Rojo.
Entonces me acordé de los pasquines que había repartidos por toda la ciudad, y en la que una grotesca y temible sombra, que más bien, hacía reír, por la escasa calidad de la caricatura, amenazaba a los ciudadanos de bien, en las sombras de la noche. Haltoran leyó el texto que aparecía en una banda lateral y dijo:
-Están buscando a un tal Torbellino Rojo y se ofrece una elevada recompensa por su cabeza.
Traté de razonar con ellos, intentando ganar tiempo hasta que Haltoran volviera, porque en caso de apuro me sacaría fácilmente de aquel embrollo en que me había visto envuelto tan tontamente.
Pero Haltoran se retrasaba. Entonces el otro carabinieri me puso la punta de la lanza en los riñones y me obligó a seguirle. Intenté resistirme, pero me propinó un golpe con el mango de roble de su arma en la cabeza y me desvanecí en cuestión de segundos, mientras la gente que nos rodeaba se retiraba discretamente, para evitarse problemas, justo lo que a mí no me había dado tiempo a hacer. Al poco rato, era transportado en volandas e inconsciente por los dos carabinieris. Ni había tenido tiempo de utilizar las fumígenas para huir. Había mucha gente que había presenciado el incidente, pero que se apartaban sigilosamente, por temor a compartir mi destino. Me introdujeron en un furgón oscuro tirado por dos pequeños caballos de alas atrofiadas y rápidamente me sacaron de allí con un destino incierto. Cuando Haltoran, que había tardado más de lo necesario, porque el herbolario tenía mucha clientela, que incluso guardaba cola en la puerta del establecimiento, llegó hasta donde supuestamente debería estar aguardándole y solo encontró un corrillo de gente que comentaba en voz baja y en tono quejumbroso:
-Pobre hombre –dijo una mujer de abultadas carnes mientras sostenía una cesta bajo su brazo.
-No se merecía lo que le han hecho –comentó un anciano con un solideo en la cabeza y con una larga perilla blanca, que temblaba de rabia al recordarlo.
-Se lo han llevado preso. Si parecía lo más inofensivo del mundo –dijo un joven con cabellos como los de un paje, y calzas muy ajustadas con un jubón a franjas blancas y negras.
Haltoran se abrió paso entre la gente y preguntó atemorizado si no se estarían refiriendo a un hombre no muy alto, de cabellos y ojos oscuros, con una prominente barriga y envuelto en un sayal que no olía muy bien precisamente, y que era amigo suyo.
-¿ Con unas sandalias de piel ? –quiso saber una chica de unos catorce años de pelo negro, recogido en una coleta y con un vestido amarillo.
Haltoran asintió precipitadamente.
La muchacha vaciló antes de responder. Movió los ojos en torno suyo mirando a las personas que la rodeaban, y que le animaron a contestar con enérgicos movimientos afirmativos de sus cabezas.
-Señor, a su amigo se lo han llevado por ayudar a escapar a un rebelde. Pero yo creo, que el buen hombre no hizo nada malo. Esos bastardos de carabinieris, se tropezaron con sus pies justo cuando el chico al que perseguían, se les escapó y huyó corriendo de esa taberna –dijo la chica apuntando hacia la puerta, en cuyos escalones había estado sentado yo, esperándole- y entonces su amigo estiró las piernas haciendo que el primero de ellos rodara por tierra sin querer.
-¿ A donde se lo han llevado ? –preguntó Haltoran alzando la voz, visiblemente nervioso y mirando en derredor suyo, para intentar obtener una respuesta de los que le rodeaban.
La niña respondió:
-A las minas de Gradisca. Se lo oí comentar a uno de los carabinieris que se lo llevaban preso, a rastras.
10
-Esto es todo lo que llevaba Excelencia.
Del saco que contenía mis pertenencias, cayeron rebotando sobre la mesa del administrador, unos objetos cuanto menos curiosos y estrambóticos, tan pronto como el carabinieri volcó su contenido ante los ojos verdes y sorprendidos del joven responsable del complejo minero. Romeo, se pasó una mano por los cabellos castaños, para intentar alisarlos, pero sin éxito, ya que recuperaron su forma habitual, tan pronto como la retiró. El joven primogénito de los Montesco examinó mi brazalete con extrañeza, sopesando el objeto y toqueteando las teclas digitales, hasta que la pantalla de fósforo verde se encendió y una voz metálica informó del estado y la calidad del aire. Romeo soltó el objeto con un sobresalto y el carabinieri dio un respingo al escuchar hablar aquella cosa.
Luego la voz y la pantalla se apagaron solas y continuó con la inspección de los otros objetos, que en forma de piña estaban dispuestos en un pequeño y ordenado rimero ante él. Romeo tomó una de las fumígenas y la hizo girar entre sus dedos. Apretó el botón que tenía en la parte superior y otra voz cibernética dijo mientras se encendía una luz verde, en un idioma desconocido:
-Estatus armado.
Romeo entregó la pequeña fumígena al carabinieri para que se lo entregara al maestro herrero de Gradisca y que a la sazón, también era el maestro armero, al objeto de que su ojo experto lo analizara, por si podía sacar algo en claro, de aquellos artilugios, pero el carabinieri estaba tan nervioso por tener que transportar aquella cosa, que parecía dotada de vida propia, sin duda, encantadas por el hombre al que habían traído hasta allí recientemente acusado de obstrucción a la autoridad, o sea yo, al que habían tomado por un brujo o algo parecido. Con el sudor de sus manos temblorosas, la fumígena se le resbaló de entre los dedos empapados. Cuando la granada tocó el suelo, se expandió una densa humareda de color anaranjado que tornó el aire irrespirable e inundó las dependencias del barracón, que hacía las veces de administración y oficina de intendencia de Gradisca.
Romeo salió precipitadamente tosiendo y cubriéndose los ojos llorosos con un pañuelo, mientras el carabinieri perdida totalmente la compostura, gritaba a voz en cuello, reclamando ayuda a sus compañeros de armas que acudieron rápidamente a auxiliarles:
-Brujería, brujería.
Muy pronto se extendió entre mis nuevos y hoscos compañeros, el rumor de que era una especie de brujo o nigromante que animaba objetos, dotándoles de vida propia y confiriéndoles la propiedad de hablar extraños y perversos idiomas. Cuando me despertaron arrojándome encima un balde de agua, mientras permanecía sobre el jergón de paja de mi celda con el cuerpo hecho un ovillo, incrédulo me encontré ante mí a un hombre de dos metros de altura y con uniforme de carabinieri, que me entregó un pico y una pala, mientras me apuntaba con su lanza y decía con su vozarrón:
-Tú, a la cantera con los demás. Ya basta de dormir.
Conseguí entenderle a duras penas y me puse en pie sin rechistar, con las herramientas de minería entre los dedos, a las que me costó llevar porque su peso superaba ampliamente mis ya de por si mermadas fuerzas. La típica escena de "yo soy inocente, tiene que haber un error" decidí ahorrármela, aunque fuera la única y absoluta verdad, porque me habría supuesto una bofetada o quien sabe que castigo, por desafiar o poner en entredicho, la autoridad de aquel brutal guardián. Cuando salimos al exterior, la luz solar me cegó, aunque me fui recobrando gradualmente y me llevé una mano a la frente, modo de visera. Ya había recobrado la consciencia en la celda a la que me arrojaron violentamente y con indiferencia, como a un saco de patatas, pero me había quedado dormido, por el cansancio y las emociones vividas durante esa jornada, hasta que aquel idiota me despertó de forma tan poco grata. Fui conducido hasta una especie de cantera a cielo abierto, que se asemejaba más a un paisaje lunar o a la Divina Comedia de Dante, donde como interminables filas de hormigas, se afanaban cientos de hombres, empujando grandes vagonetas chirriantes con mineral, o entraban y salían continuamente con un pico en la mano, empeñados o más bien obligados, a arrancar aquella riqueza, de las entrañas de la tierra. Algunos hombres llevaban a algún compañero mal herido por un reciente y desafortunado accidente, o tenían que enterrar a otros, sepultados en algún derrumbamiento. Era raro el día en que en Gradisca, no perdiera la vida alguien, bien por accidente, bien por un régimen disciplinario demasiado duro o tal vez por la indiferencia y apatía de los severos guardianes de aquel penal. Había cráteres inmensos por doquier practicados en una tierra tan dura como reseca, donde crecían unos pocos y espinosos arbustos de amargos y urticantes frutos, erizados de púas. En las paredes había una especie de galerías o cubículos, aunque no pude precisar si serían viviendas improvisadas o el acceso a las minas, porque me pareció escuchar que aquella especie de cárcel, o más bien campo de concentración, eran unas minas de explotación continua, a donde iban a parar todos los desgraciados que inflingían la ley de Neo Verona de una forma u otra, como se suponía que había hecho yo. Entonces reparé que alguien me había despojado de mi sayal con olor a cabra y me habían vestido con un traje áspero y burdo de manga corta, y que parecía una especie de pijama. Me fijé que al pie de las estribaciones de la montaña, había una especie de construcciones o barracones de forma rectangular, que debían servir como alojamientos o dependencias para labores burocráticas. Entonces el guardián que me había dado escolta me propinó un empujón y dijo riendo con su dentadura cariada y mal cuidada:
-Eh Prieto –dijo dirigiéndose a un reo muy corpulento, con una barba cuadrangular y finamente recortada, de la que emergía un pequeño bigote de la misma forma y de cabellos negros muy cortos –te traigo carne fresca- dijo refiriéndose a mí- y no es poca la verdad –dijo celebrando con grandes carcajadas su ocurrencia, mientras palmeaba mi barriga.
Me eché a temblar, ¿ en que clase de pesadilla me había sumido mi relación con Mark ?
¿ Cómo de presidir una de las más grandes corporaciones de Japón y puede que del mundo, hubiera pasado a esclavo en una mina, en un estado policial medieval o renacentista, por una banalidad, que injustamente, sin comerlo ni beberlo, me había puesto en esa tesitura ?
El hombre de ojos oscuros me observó con indiferencia y dijo en un tono enojado, que conseguí entender mejor, porque se parecía más al español que el cerrado italiano, o lo que fuera, que hablaban los carabinieris y dijo, mesándose con la mano derecha los cabellos cortados a cepillo:
-Este hombre me parece muy endeble –dijo mirándome con recelo- pero en fin. Que de momento ayude a Petruchio –dijo señalando a un muchacho muy flaco de cabellos lacios, entre rubios y castaños que parecía aun más endeble que yo. Clavó sus ojos verdes en mí y dijo enojado:
-No necesito ningún ayudante y menos un noble gordiflón como este.
-Petruchio –dijo Pietro reconviniéndole- necesitas un ayudante. Si sigues trabajando a ese ritmo, te agotarás enseguida. Ya has estado enfermo de gravedad una vez, y eso aquí en Gradisca puede resultar fatal.
Intenté protestar diciendo que yo no había hecho nada, creyendo que no me entenderían, pero una sonora y burlona carcajada por parte de aquellos hombres solos y sin futuro, condenados a extraer mineral hasta que perdieran la vida, me dio a entender que sí.
-Eso dicen todos –comentó un preso de pelo encrespado y alborotado, probablemente por la falta de higiene.
Decidí callarme, y acatar la disciplina del horrible lugar, a la espera de que Haltoran diera conmigo, o tal vez Mark, informado por Haltoran, si es que llegaban a encontrarse.
11
Me tocó empujar vagonetas herrumbrosas y chirriantes repletas de mineral, en compañía del silencio Petruchio, que parecía odiarme con toda sinceridad, pese a que no le había hecho nada, que yo supiera por lo menos. Pero mis fuerzas eran tan limitadas que me dejé caer al suelo, agotado u sudando copiosamente. Me dolían los riñones y las piernas y ya no tenían ampollas solo en los pies, sino por todo el cuerpo. Entonces Prieto, comprobando que Petruchio estaba rendido, le mandó descansar y con voz tronante exigió otro compañero que me ayudara a acarrear la pesada vagoneta. Entonces escuché unas voces que si lo que había traducido e interpretado era correcto, me hicieron abrir la boca y los ojos desmesuradamente por el asombro que me asaltó. Si no hubiera sido por la dramática situación en la que me había visto envuelto tan tontamente y la desesperación e impotencia que me asaltaban, hubiera resultado hasta cómico.
-Ni hablar, para que le infunda vida a la vagoneta y puede que se vuelva contra nosotros –dijo alguien en la penumbra de la galería.
-O nos mastique con alguna boca que surja de su parte delantera –dijo otro recluso
-Yo no pienso acercarme a alguien que hace hablar a los objetos –dijo otra voz anónima detrás de mí.
-Ni yo, ese brujo que se aleje de mí o no respondo.
Alguien más me espetó algo, como si fuera un insulto, haciendo un gesto con dos dedos en forma de uve, por lo que me pareció, algún tipo de protección supersticiosa contra mí. Contra mí, que ironía, pensé.
-Nigromante –dijo el hombre que se alejó corriendo de mí, como si realmente fuera a hacerle daño alguno.
-Pero, pero, pero –me giré incrédulo mirándoles con asombro e indignación- ¿ que tonterías, estáis diciendo ?. Entonces el corpulento Prieto, apoyado en uno de los postes del encofrado que sostenía el techo de la galería me dijo:
-Tienes fama de nigromante. Los objetos que examinó el administrador de Gradisca cobraron vida de repente y se pusieron a hablar entre ellos –dijo palpándose los gruesos y musculosos antebrazos- yo no sé nada, ni entro ni dejo de entrar en esta cuestión. Solo te informo de lo que he oído y de los rumores que se comentan por aquí. Uno de ellos, por cierto, soltó un humo que parecía del averno.
Entonces me llevé las manos a los labios e hice memoria. Debieron manipular el ordenador del brazalete y las fumígenas, activando sin saber como, las funciones de voz de ambos objetos. De ahí lo de que cobraran vida y hablaran, conversando entre ellos. No tenía otra explicación. Y lo del humo, no podía tener otra explicación, que uno de aquellos hombres tan toscos, había hecho estallar, torpemente, una granada fumígena sin darse cuenta, liberando la cortina de humo protectora y provocando algún tipo de desbandada general, origen del rumor sin fundamento, para mí, pero evidentemente, no para todos ellos.
Tuve un miedo cerval de repente. No sabía que tipo de justicia aplicarían allí, pero en el Renacimiento "terrestre" por decirlo de alguna manera, los brujos eran inmediatamente ajusticiados, condenados a arder en la hoguera o a largas penas de cárcel en el mejor de los casos, si se podía afirmar tal.
Afortunadamente, si cabía alegrarse opinando algo así, ningún preso intentó atacarme o aplicar las típicas "normas carcelarias" que por lo menos, según las películas del cine y la televisión todo el no versado en esos temas, imaginaba que se producirían como una prolongación moderna de las torturas medievales.
-Bastante tienen con su desgracia –opinó un día Petruchio saliendo de su habitual mutismo- como para enfrascarse en vendettas. Además todo hombre perdido aquí, supone el doble de trabajo para sus compañeros sobrevivientes, porque tienen que realizar además del suyo, el del camarada fallecido.
Por otro lado, Pietro ejercía una discreta influencia entre sus hombres. Al ver mi afán por intentar ayudar en cuanto podía, pese a mi aspecto débil para los estándares de aquella gente y mi carácter volubre, parecía haberme granjeado su simpatía, o por lo menos cierto respeto.
Un día en que estaba picando contra la pared, mi herramienta se escapó de las manos, rebotando contra la dura roca. Me miré las manos. Estaban completamente encallecidas y cubiertas de sangre, y los dedos me dolían horriblemente. Entonces un muchacho de ojos verdes y cabellos castaños, recogió la herramienta de minería y me dijo depositando una mano en mi hombro izquierdo:
-Descansa un momento amigo, yo continuaré por ti.
Entonces se escucharon algunas voces excitadas y nerviosas, aunque fueron las menos. Normalmente la indiferencia junto con la resignación ante un fatal destino, eran la nota dominante en la agreste y seca Gradisca.
-Es el administrador, -dijo alguien con exagerada entonación- es Romeo Montesco.
Al escuchar aquello, creí que me daría un pasmo. De modo que aquel muchacho, era el Romeo de la obra de Shaskeapeare. O eso, o alguien me estaba gastando una pesada broma, jugando con mis sentidos y mi cordura. Estaba tan nervioso por el descubrimiento, que a pesar de mi cansancio, y en la fea situación en la que estaba sumido, puede que sin esperanza de que Mark, Haltoran o cualquiera de nuestros otro cuatro amigos me sacaran de allí, saqué un cigarrillo y un mechero que guardaba en un bolsillo y que extrañamente no me habían retirado. Era evidente que alguien me lo había depositado en el bolsillo de la ropa de faena, considerando aquellos objetos inofensivos. Lo encendí pese a que no era fumador, aunque ocasionalmente si que había probado algún pitillo y le di una larga calada expulsándolo por la boca. Entonces Petruchio me señaló con el dedo y gritó:
-¡! No, el brujo, el brujo ¡! –aspira fuego y exhala humo por la boca como un dragón.
Intenté tranquilizarle, pero sus compañeros me rodearon con actitud hostil y semblante hosco. Entonces Romeo se interpuso entre ellos y yo y dijo:
-No digáis tonterías. Este hombre es extranjero, y seguramente se trata de una costumbre de su país, ¿ no es así ? –preguntó Romeo girándose de soslayo para mirarme.
Yo, que ya no sabía si estaba cuerdo o había perdido completamente el juicio, le dije al protagonista de la obra de Shaskeapeare, si es que era el mismo:
-Es…tabaco. Se fuma, quiero decir que es lo que estaba haciendo hace un momento con él.. Sirve para….relajarse y estar mejor. –dije no muy convencido de las incongruencias que contaba, y menos de que me creyeran- Es una especie de hierba que se enciende. No hay nada malo, -por lo menos a muy corto plazo, añadí mentalmente- en ello –dije tendiéndole otro a Romeo, que ante la sorpresa de todos, lo puso entre los labios como me había visto hacer a mí. Le di fuego y al momento, Romeo se convirtió probablemente, en el primer hombre, después de mí, en probar el tabaco en toda Neo Verona y en el primer fumador autóctono, de aquella extraña tierra con tintes renacentistas.
Romeo tosió con fuerza mientras yo le palmeé la espalda. Finalmente, sonrió y consiguió dominar la técnica de fumar, expulsando el humo por la nariz como si nada.
-Es….es algo diferente –dijo el joven noble mientras aun tosía levemente por los efectos del tabaco.
Pero Romeo lo había hecho para ahorrarme de sufrir una paliza a manos de mis compañeros de trabajo. Cuando finalmente, después de una dura jornada de trabajo, se derrumbó agotado sobre el catre de la casucha que le servía de alojamiento, se sintió mareado y con nauseas. Mientras vomitaba juró que jamás probaría algo semejante en su vida.
12
Haltoran estaba desesperado, porque aunque había localizado las famosas y temibles minas, no había forma de entrar debido a que estaban fuertemente protegidas y vigiladas de forma muy férrea. No es que a Haltoran le hubiese resultado muy difícil burlar el perímetro de seguridad establecido en torno a las minas, que se le antojó harto primitivo, sino porque liberar a un solo hombre, conllevaría probablemente el tener que darle una oportunidad a aquellos desgraciados que malvivían en el inmenso penal, en que habido sido transformada la mina. Eran víctimas de la paranoia del Gran Duque Laertes que veía enemigos por todas partes. En Gradisca, había desde nobles caídos en desgracia, a pequeños tenderos y comerciantes que se habían retrasado un solo día en el pago de los abusivos impuestos que el Senado de Neo Verona, manejado a su antojo por el Gran Duque, imponía a la ciudadanía, porque mucha gente no podía satisfacer a tiempo la elevada presión fiscal que atenazaba, a las capas más pobres de la sociedad, y como siempre, claro está, los nobles pagaban muy pocos impuestos al Fisco, si es que llegaban a pagar alguno. Lo ideal era soltarme a mí y a todos aquellos famélicos y desastrados hombres, pero Haltoran temía que los carabinieri o las fuerzas de elite de Laertes les ejecutasen, si ponían los pies en Neo Verona o intentaban fugarse, si es que los esbirros de ese tal Barón Ashura, no estaban ya allí, para hacerlo. Entonces reparó en el comunicador disimulado en su reloj de pulsera, que aun llevaba inadvertidamente, en torno a la muñeca. Se le ocurrió una idea, aunque puede que fuera descabellada.
-Por probar que no quede –dijo con un suspiro.
Activó el comunicador en la frecuencia en la que suponía que debía estar sincronizado el de Mark, si es que no lo había perdido o se había deshecho de él, tirándolo por ahí. No sería la primera vez que hacía algo así, cuando no deseaba ser localizado o encontrado. Pulsó el botón y esperó a que los tonos intermitentes se fueran sucediendo. Al séptimo tono, la voz ligeramente aguda de Mark respondió al otro lado del aparato:
-Haltoran, Haltoran ¿ eres tú ? –preguntó asombrado.
-Sí muchacho, sí –gritó emocionado Haltoran por haber dado con él finalmente.
13
Un machacón bip bip se escuchaba desde el interior de uno de los bolsillos de la cazadora de Mark. Julieta la llevaba entre los brazos, para lavársela, preguntándose si un tejido tan raro como aquel podría ser sumergido en agua y frotado enérgicamente en jabón de sosa para luego dejarlo secar al sol. Entonces escuchó el extraño sonido y Mark que estaba por allí en mangas de camisa, y que había salido al encuentro de Julieta besándola apasionadamente lo oyó también. Ambos jóvenes se separaron extrañados y Mark hundiendo su mano izquierda en uno de los bolsillos de la prenda dijo mirando incrédulo:
-Es mi comunicador y está sonando.
Ante la perplejidad de su amada, le explicó que era un aparato para hablar a distancia.
14
Cuando Haltoran se puso al habla, Mark coreó su grito casi tan emocionado como él. Entonces, le dijo hablando apresurada y atropelladamente:
-No tenemos tiempo para formalidades Mark. Maikel ha sido hecho prisionero por una tontería, y lo han internado en unas minas o algo así llamadas Grandisca. Tenemos que sacarlo de allí.
-¿ Cómo ? –preguntó muy nervioso Mark, ante el temor de Julieta, que no entendía nada de lo que estaba pasando, y que aun tenía entre los dedos la cazadora de Mark, porque este lanzaba, esas voces tan estridentes hacia aquel minúsculo aparato- ¿ mi maestro prisionero ? ¿ pero, pero, como habéis llegado hasta aquí ?
-Ya te lo explicaré Mark, ahora tenemos que reunirnos y discutir que podemos hacer.
Cordelia que estaba buscando a Julieta para entregarle unas ropas que le pertenecían, que había lavado junto con otras suyas, en una colada anterior y que ya estaban secas gritó alegremente:
-Julieta, Julieta, ¿ estás ahí ?
Esporádicamente, había ruido de estática, pero Haltoran escuchó claramente la voz de una mujer, llamando sorpresivamente a otra.
-¿ Julieta ? –preguntó Haltoran incrédulo con voz ligeramente chillona, y dando un respingo, mientras apartaba el auricular del comunicador, de su oreja.
Entonces escuchó la voz clara y cristalina de una muchacha que gritaba, a juzgar por el eco que producían sus palabras en el auricular de Mark, desde atrás a poca distancia de este:
-Ahora voy Cordelia.
Mark se giró, sin darse cuenta de que no había tapado el micrófono del comunicador disimulado en el reloj digital de pulsera con la mano, por lo que Haltoran pudo escuchar perfectamente lo que su amigo, dijo a continuación:
-Julieta cariño, no hables tan alto, no oigo lo que Haltoran me dice.
Haltoran sintió un sudor frío que le recorría la espalda.
¿ Julieta ? ¿ cariño ? ¿ que había ocurrido en todo aquel tiempo que Mark había pasado en aquella ciudad ? ¿ qué había sucedido allí realmente ?
Entonces tuvo un fugaz pensamiento, pero se negó a admitir lo que aquello suponía, de ser realidad, lo cual así parecía, según todos los indicios, descartándolo de inmediato, pero aun así reflexionó asustado:
"No Mark, ¿ qué has hecho ?" pensó incrédulo, meneando la cabeza, mientras la voz insistente de Mark le llamaba continuamente porque no obtenía respuesta.
-Haltoran, Haltoran, ¿ estás ahí muchacho ?, respóndeme por favor.
15
Haltoran y él quedaron en un pequeño parque situado a poca distancia del Refugio, que por ende se había convertido también en su hogar. Haltoran ayudado por el pequeño brazalete, cuya pantalla mostraba el plano general de Neo Verona, no tardó mucho en encontrar la recóndita plaza, donde al pie de una aquellas misteriosas estatuas que se alzaba por doquier, por todos los rincones de Neo Verona, representando a una diosa, con la imagen de una bella muchacha, de cuya espalda nacían dos preciosas y finamente talladas aladas esperaba la inconfundible silueta de Mark. Haltoran no sabía si abalanzarse sobre él para darle una paliza, por lo que había hecho o para abrazarle efusivamente por su reencuentro, aunque las circunstancias, conmigo preso en las minas de Gradisca no era un marco muy apropiado para realizar ninguna celebración. Haltoran llegó jadeante, porque cada segundo contaba de cara a mi liberación, aunque no podían saber que a partir de aquel día, que pese a la torpeza que había cometido, al haberle facilitado un pitillo al hijo del Gran Duque, el primogénito de los Montesco, provocándole aquel acceso de tos, el joven me tomó simpatía y pasé a estar bajo su protección. Me sorprendió sobremanera, que el muchacho trabajara en la mina, como una más. Por lo menos mi situación mejoró un poco, junto con la de los demás, que aun seguían desconfiando del "nigromante". Tuve que inventarme una identidad nueva y me costó horrores, convencerles de que no era un brujo, si no un inventor de cierto talento.
Haltoran caminó lenta y pausadamente. No iba a propinarle un puñetazo a Mark, pero tendría que explicarle como se había atrevido a hacerle eso a Candy. Suspiró. Tampoco él podía presumir de haber sido trigo limpio. Habiendo amado a Annie, a la que continuaba queriendo más que nunca, se había echo novio de Eliza, aunque aquello tenía una justificación, que apartar a su amada Annie, de lo que él consideraba una perniciosa influencia, o sea él mismo, debido al tremendo trauma que la supuso ser secuestrada por los esbirros de Norden y trasladada al siglo XXI, concretamente al castillo escocés de aquel granuja, y al que Carlos mataría en aquella gran batalla campal en los jardines de Lakewood.
Por otra parte, Haltoran había amado a Candy, y precisamente, por su amistad y deferencia hacia Mark, le había dejado el camino libre. La propia Candy reconoció sus sentimientos, aquel atardecer, al pie de la colina de Pony, mientras los últimos rayos solares recortaban su figura bajo el incipiente firmamento nocturno.
"Menuda facha tenía" -sonrió -"en uniforme militar, y con mi arma a la espalda".
Caminó hacia Mark que alzó una mano para saludarle. Entonces la vio. Una muchacha de cabellos entre castaños y rojizos, con un corpiño blanco y una falda verde que realzaba su magnífica figura, se situó junto a Mark, estrechándole fuertemente la mano.
Haltoran dio un respingo y se quedó clavado en donde estaba. Un matrimonio joven con dos niños se le quedó mirando, mientras apretaban el paso. Oyó como el hombre apremiaba a su familia diciendo en voz baja:
-Vamos hijos, vamos, ese monje no me da buena espina.
Haltoran se había quedado mudo de asombro. Aquella muchacha tenía una belleza inhumana. Sus ojos ambarinos y decididos se encontraron con los suyos por vez primera.
Se quedó con la boca abierta y pensó en silencio:
"Es...es preciosa. Es aun más hermosa que Candy".
Entonces Mark llegó a su altura junto con Julieta que muy acaramelada besó a Mark en la mejilla.
-Julieta....te presentó a mi amigo Haltoran.
-Encantado -dijo el joven rozando sus dedos levemente.
Entonces Haltoran tomó a Mark por el brazo y le dijo sorpresivamente:
-Tenemos que hablar Mark, ¿ podrías pedirle a la chica que aguarde unos momentos ?
Pero Julieta no estaba dispuesta a separarse de Mark en modo alguno.
-Lo siento Haltoran -dijo en un italiano suave y muy fluido, o por lo menos se le parecía mucho- pero no voy a separarme de mi amado.
Haltoran estuvo a punto de soltar un resoplido. Sus carrillos se hincharon sorpresivamente dándole una apariencia tan cómica, que la grácil muchacha rió quedamente, aunque sin intención de ofenderle.
-Lo siento Julieta -dijo Haltoran, sintiéndose muy extraño, hablando con un personaje supuestamente de ficción- pero me gustaría hablar con mi amigo de un asunto de importancia, pero a solas. No le te robaré mucho tiempo.
Mark se giró hacia Julieta que le abrazó fuertemente. Le besó levemente en los labios y dijo:
-Mark, no me gusta ese hombre, ¿ por qué se anda con tantos misterios y rodeos ? ¿ por qué tiene que hablarte aparte ?
-Entiéndelo Julieta, debe haber alguna razón muy importante para tener que hacerlo.
Finalmente, aceptó a regañadientes y enojada, que Haltoran lo separara de ella unos instantes. Una vez que se alejaron unos metros de la inquieta Julieta, que no les quitaba el ojo de encima, y bajo un arco, en un lugar poco concurrido, Haltoran desató sus reproches contra Mark:
-Iba, iba a explicártelo, Haltoran, por eso, preferí que ella viniera conmigo.
-No sé como tienes tan poca vergüenza -dijo el joven enojado- hacerle esto a Candy.
Mark no trató de defenderse. Bajó la cabeza y lanzó un suspiro.
-Sí, tienes toda la razón, pero si estás pensando en que retorné a Neo Verona, por ella, te equivocas de la misa a la media.
-Pero estás con ella -dijo Haltoran gesticulando airadamente- y no parece que tengas muchos cargos de conciencia.
Mark asintió y cruzó los brazos. Haltoran estaba realmente enfadado. Apreciaba a Candy y lamentó que Mark le estuviera haciendo aquello. Entonces, arrojó el MP-5 a la hierba, y subiéndose las largas y amplias mangas de su hábito, alzó los puños y retó a Mark. Intentó conectarle un derechazo. Si alguien tenía alguna probabilidad de alcanzarle era él. Pero Mark, para su asombro, se apartó esquivándole tan fácilmente, como si Curio o Terry Grandschester estuvieran peleando contra él. Haltoran miró perplejo su puño. Jamás antes nadie había podido esquivarle, ni siquiera Mark. Entonces creyó hallar una explicación a aquello, aunque no sabía si realmente sería la razón de que se hubiera vuelto tan rápido y ágil.
"Debió incrementar su agilidad y su fuerza física, seguramente, al ponerse la sirge".
Intentó alcanzarle en el rostro con el puño izquierdo, pero Mark bloqueó fácilmente su ataque y le dijo con voz triste:
-Haltoran, no quiero pelear contigo. Puede que sea un canalla pero si me escucharas un momento....
Haltoran sintió como la indignación le invadía por momentos, y como su cólera hacia él aumentaba tanto, que no podía dejar de lanzarle golpes, y directos que fallaban constantemente en su objetivo de rozarle tan siquiera.
-Eres un cobarde, ¿ por qué no te defiendes ? -le espetó Haltoran fuera de sí.
-Porque nunca podría alzar una mano contra mi mejor amigo.
-Tú y yo hemos dejado de serlo -le espetó con rabia.
Entonces, cuando estaba a punto de lanzar el enésimo ataque, un rostro adorable de ojos color miel bajo unos cabellos finos y muy largos entre castaños y rojizos se plantó delante de su puño. Haltoran se detuvo en seco, mientras la muchacha le miraba fijamente. En sus pupilas había una determinación y una férrea voluntad de defender a Mark, fuera como fuera.
-No te atrevas a rozarle siquiera, maldito -dijo Julieta llevándose la mano a la empuñadura de una pequeña daga que llevaba encima. Entonces Haltoran reparó que Mark ceñía una espada que parecía salida de los más locos y fantásticos sueños de un orfebre genial, y que no había empuñado en ningún momento.
-¿ Le estás defendiendo ? -preguntó con voz ligeramente histérica y aguda- ¿ no sabes que está casado y tiene dos hijos ?
Pero Julieta, lejos de enojarse o echarse a llorar se pegó con más fuerza a Mark diciendo lentamente y casi en un susurro:
-Lo sé, de hecho le estás acusando injustamente, porque él jamás se acercó a mí en ningún momento -dijo la muchacha esgrimiendo la daga con ambas manos, por si a Haltoran se le ocurría intentar agredir a Mark.
Haltoran bajó los puños y empezó a dar vueltas en torno suyo, extendiendo los brazos para dejarlos caer a ambos lados del cuerpo.
-No me lo puedo creer -exclamó Haltoran con una risa triste, desprovista de toda alegría.
-Yo le salvé la vida, porque cuando le encontré por casualidad, estaba cayendo desde lo alto y le rescaté con mi pegasus.
Mark que permanecía con la cabeza baja y los ojos entornados, notó como un gran peso le oprimía el alma. De hecho, todo su optimismo se había esfumado, en cuanto Haltoran empezó a hacerle blanco de sus enojadas recriminaciones.
Julieta contempló como su amado se agitaba débilmente, y largos hilos de lágrimas blancas resbalaban por sus mejillas. Julieta intentó consolarle, acariciando sus mejillas, pero Mark no podía dejar de sentir los embites de los remordimientos, que habían regresado a su alma con más fuerza que nunca.
Pero Julieta le estrechó entre sus brazos y aunque Mark intentó rechazarla, no pudo. Aquel amor era tan fuerte que no serían los reproches de Haltoran, los que hicieran que se alejase de la muchacha. Entonces Mark dijo entre sollozos:
-Tiene razón, soy un canalla, yo, estoy destrozando las vidas de las dos. Yo…
Julieta selló sus labios con un largo y cálido beso. Haltoran no tuvo el valor de separarlos. Cuando la muchacha se separó de él, unió su frente con la suya y dijo:
-Tú eres el hombre más bondadoso y dulce que jamás haya conocido nunca. Ella tenía razón.
Entonces se encaró con Haltoran y apartándose de su amado dijo:
-De hecho, he sido yo, la que ha revivido nuestro amor.
La muchacha habló lenta y pausadamente, contando a Haltoran de forma sucinta y precisa, en que circunstancias la había conocido por vez primera. Cuando terminó de contárselo, el joven no daba crédito a cuanto había escuchado de labios de la muchacha.
-No…no es posible –dijo Haltoran balbuciente e incrédulo- él ya te conocía, mucho antes de que yo…de que yo….le conociera a él a mi vez.
-Sí –dijo Julieta acariciando los cabellos del abatido Mark que había enterrado su cabeza en el hombro derecho de la muchacha y que parecía ajeno a todo lo que le rodeaba- fue poco después de conocer a Candy en ese colina. Le encontré tan desvalido, tan triste, tan apagado….Además tú que supuestamente eres su amigo, deberías entenderlo.
-Entender el que, ¿eh ? –preguntó Haltoran con los brazos en jarras y levantando ligeramente la voz- ¿ sabes que le juró amor eterno a la que ahora es su esposa ? ¿ sabes el horror que tuvo que pasar por su culpa ? ¿ las humillaciones que debió de soportar cuando estuvo….?
-A punto de morir como consecuencia de haberle salvado la vida a Marianne. Y tú le sanaste, Haltoran vertiendo su sangre envenenada mediante la técnica de los puntos estrellados.
-¿ Te lo ha contado él acaso ? –preguntó mirándole, mientras continuaba llorando, intentando castigarse por haberle hecho eso a Candy.
-No –dijo Julieta abrazándole- pero lo ví en sueños, incluso como luchó a tu lado en Cremonia, Haltoran Hasdeneis Locarnios.
16
Haltoran sintió que todo le daba vueltas. Jamás antes le había contado a nadie, ni siquiera a Mark cual había sido su verdadero pasado. Vio a una mujer de cabellos rojizos y tez pálida, de una fina y serena belleza que lloraba abrazando a un niño. El pequeño de ojos verdes, contemplaba a su madre con expresión interrogante y asombrada. No entendía nada de lo que sucedía.
-Mi pequeño, mi pequeño –gemía la mujer mientras abrazaba al niño estrechándolo contra su pecho.
En el exterior, se escuchaban voces airadas y rabiosas, mientras el tableteo de armas automáticas y fuego de cañón se extendían por doquier. La mujer observaba desde un balcón de mármol, rematado por una lujosa balaustrada lo que parecía una lucha final y desesperada. Sangre y dolor por doquier. Los hombres que defendían la lujosa mansión iban cayendo como flores bajo un vendaval. Llevaban un uniforme de camuflaje, con la bandera nacional en la manga izquierda y sostenían un combate desigual, contra fuerzas abrumadoramente superiores, en uniforme negro.
Sobre la cabeza, llevaban la boina de campaña y cosida sobre la misma, un emblema que jamás olvidaría, una calavera blanca descarnada que mostraba sus horribles cuencas vacías y sus fauces sonrientes, rodeada por un círculo blanco. El niño no entendía nada, aunque intuía que aquello era malo. Su padre, había desaparecido hacía mucho tiempo, no le había vuelto a ver. Las palabras guerra y caído en combate eran expresiones que un niño de cinco años, no podía comprender y asimilar, pero en el fondo él sabía que no eran buenas, que algo terrible y desgarrador se escondía en aquellas frases relacionadas con su padre. Otra, "cumplimiento del deber" se le quedó grabada a fuego en la memoria. De aquello harían seis meses. Entonces se abrió la puerta y un oficial cubierto de sangre y heridas, con el casco de combate aboyado y ladeado sobre la cabeza que tenía parcialmente vendada entró de improviso asustando al niño:
-Alteza, debemos irnos de aquí, los rebeldes han roto el perímetro de seguridad y….
El hombre dejó de hablar. Un reguero rojo bajó desde su frente y sus ojos se pusieron en blanco. Se desplomó como un guiñapo mientras un hombre de fino bigote y rasgos aristocráticos, sonreía aviesamente. Estaba rodeado de hombres de uniforme negro con la boina calada hasta los ojos fríos y crueles. La mujer envuelta en pieles que resaltaban sobre su camisón blanco y transparente retrocedió espantada hasta que la pared le impidió continuar. Un niño de corta edad se agarraba con fuerza a sus faldas, escondiéndose de la mirada mordaz del hombre del bigote tan fino, como si estuviera pintado sobre los labios fruncidos.
-Tú, tú –dijo espantada mientras extendía las manos hacia delante.
-Si querida –dijo el hombre sonriendo aviesamente –yo. Ahora me cobraré todas las humillaciones, todos tus desprecios, todos tus desaires.
El hombre hizo un gesto mientras varios soldados sujetaron a la mujer con fuerza, que se debatió y luchó con coraje, hasta que una bofetada recibida del hombre al que parecía conocer tan bien, hizo que dejara de debatirse.
Otro seco ademán y varios soldados separaron al niño de intensos ojos verdes que gritaba despavorido, al igual que su madre, cuando ambos fueron separados el uno del otro.
Los soldados desgarraron la ropa de la hermosa mujer y la sometieron a toda clase de vejaciones ante el niño, que horrorizado, intentó ayudarla, pero le fue imposible. Finalmente, el hombre del bigote se desnudó y consumó su venganza. Cuando hubo terminado tiró de los cabellos rubios de la bella mujer hacia atrás y dijo mordazmente:
-Su alteza real, Helena Hasdeneis Locarnios- debería pegarte un tiro, pero no lo haré –dijo con voz silibante- te encerraré en una celda de por vida donde jamás veas la luz del sol. Matarte sería demasiado fácil, aunque no puedo decir lo mismo de tu marido, ese tonto de Haltoran, que se creía que su reinado iba a durar para siempre. Yo mismo le quité de en medio, si supieras la cantidad de cosas que se pueden hacer, amparados en el trasfondo de una guerra. Una bala perdida no significa más que eso. Nadie pregunta, nadie investiga, nadie se preocupa. Tu marido murió como un héroe, en primera línea de frente. Tu rey sigue siendo un valiente. Aunque no fue nada fácil. Ese hombre era muy precavido y siempre tomaba precauciones.
Se giró hacia el niño de ojos verdes y cabellos pelirrojos. Entonces llamó a uno de sus lugartenientes con voz seca y cortante.
-Gladoski –dijo girándose tan rápido, que sus condecoraciones y medallas militares prendidas sobre su uniforme negro, tintinearon brevemente.
-Hágase cargo del niño. Cuando hayan terminado con los últimos focos de resistencia, prendan fuego a este apestoso lugar –entonces hizo un gesto y revirtió su orden- no, déjenlo intacto. Es un hermoso castillo. Espero que con un poco de suerte, nuestro querido líder me lo entregue en premio a mis servicios.
-Norden, por favor –dijo la reina con el labio partido por la bofetada de Norden, que sangraba levemente- por favor, no me separes de mi pequeño.
-Ya está decidido –dijo James Norden- tu hijo será reeducado. Sus capacidades serán muy útiles para la nueva República Popular de Cremonia.
Entonces contempló un retrato de tiempos más felices, donde la familia real estaba unida, sonriendo a la cámara.
La dinastía de los Hasdeneis Locarnios había dejado de existir.
Haltoran se quedó lívido, incapaz de articular palabra. El siempre sonriente y ocurrente amigo de Mark, contempló a la muchacha con verdadero terror. ¿ Cómo había adivinado su secreto ? ¿ de que manera, sabía ella el terrible y trágico destino de su familia ? Como si hubiera adivinado sus pensamientos, Julieta extendió la mano izquierda, mientras con la otra, aferraba a Mark, que sumido en su dolor, no se había percatado del que atravesaba Haltoran, y tomó la mano derecha de Haltoran diciendo:
-Lo sé Haltoran. No sabría explicarte porqué, pero tú y yo compartimos el mismo y funesto secreto, en cierta forma.
Mis padres también fueron asesinados.
Haltoran dio un respingo, e intentó soltar la mano de Julieta, pero no pudo. No porque la chica ejerciera fuerza o una presión demasiado férrea en torno a sus dedos. El motivo era otro muy diferente. Julieta le mostró entonces quien era realmente ella y porqué Mark había dejado a Candy por ella. No se trataba de un simple enamoramiento, si no de algo más, algo mucho más profundo e importante.
Un sudor frío recorrió la espina dorsal de Haltoran, al conocer la verdad. Entonces, la hermosa muchacha abrió la mano y dejó libre la de Haltoran. Mark, que parecía haberse recobrado del sufrimiento que Haltoran le había inflingido con sus palabras, se fijó en el rictus de dolor de su amigo y rápidamente intentó ayudarle. Haltoran tenía los ojos cerrados y un par de lágrimas asomaban bajo sus párpados. Bajó la cabeza y entonces hizo algo inexplicable. Se arrodilló ante los pies de Julieta y musitó quedamente, rozando el dorso de su mano con su mejilla:
-Perdóname, yo no sabía.....no podía intuir que......
-Todo está bien -le dijo Julieta, mientras la marca que tenía entre los hombros brillaba levemente bajo el corpiño de su vestido. Mark conocía el origen de esa marca, que era la que Ophelia, l a misteriosa y temible cuidadora de Escalus, el árbol que sostenía el mundo, había marcado de forma ideleble, sobre la piel de su amada.
Julieta acarició las mejillas de Haltoran y dijo con voz queda:
-Estabas muy enamorado de ella, ¿ no es así ? y aun sientes algo por esa joven.
Haltoran asintió inclinando el mentón lentamente. Se estaba refiriendo a Candy. Por eso había reaccionado como lo había hecho al encontrar a Mark, y no podía entender que razón había impulsado a Mark a volver con Julieta, cuando le había jurado amor eterno a Candy.
Haltoran suspiró y abrió los ojos, para incorporarse lentamente y dirigirse hacia Mark apenado e intentando disculparse:
-Perdóname tú también amigo mío.
Mark perplejo, miraba de hito en hito a su amada y a Haltoran. No comprendía que había sucedido entre los dos, como para que Haltoran se calmara tan repentinamente. Toda su ira y resentimiento hacia él, se habían esfumado por completo.
-Haltoran amigo -dijo Mark más apenado por él, que por sí mismo- ¿ que te ocurre ?
Haltoran no respondió. Lo que Julieta le había revelado, tenía que permanecer en secreto, aun no era el momento de que nadie más lo supiera.
Mark miró hacia Julieta, perplejo e intentó que le aclarase algo de lo que allí estaba sucediendo.
La chica se giró para mirarle y le abrazó con fuerza, besándole en los labios.
-Mark, mi vida -le dijo en un susurro- quisiera contarte toda la verdad, pero no me es posible aun. Hay misterios en torno a mí, que no debes de conocer, no antes de que llegue el momento preciso para que te sean mostrados.
Después de estas enigmáticas palabras, miró a Haltoran y pronunció otras no menos confusas y enigmáticas:
-Haltoran, no debes de sentirte culpable por nada, ni buscar responsabilidades donde no las hay. Lo que hay entre Mark y yo -dijo juntando su mejilla con la de Mark- ha sido algo inevitable, algo que tenía que suceder ineluctablemnte.
-Lo sé, lo sé -dijo Haltoran con la mirada perdida- pero Candy.....-¿ no te das cuenta Mark, que esto podría matarla ?
Julieta posó su mano en la frente de Haltoran y dijo en un susurro:
-Ella será feliz. Lo mismo que tú, finalmente después de tantos sinsabores querido Locarnios.
17
Tuvieron que esperar un par de horas, hasta que Haltoran asumiera la enormidad de la verdad que Julieta le había revelado. Venía con la intención de ayudarle y tratar de convencerle de que retornara con nosotros, debido a que pensaba que todo se debía a un ramalazo de locura repentina que a veces, impulsaba a Mark a actuar de forma tan retorcida e ilógica. Pero las cosas se habían complicado hasta decir basta. Por un lado, yo estaba prisionero en unas minas donde la vida no tenía el más ínfimo valor y las condiciones de la misma eran durísimas, aparte de que extraer el mineral de hierro que las vastas y ricas vetas atesoraban en las entrañas de la Tierra, no era precisamente fácil. Y además, Haltoran había sufrido un tremendo shock por partida doble, por un lado, al descubrir que Mark se había vuelto a enamorar de Julieta, a la que conoció poco después de su encuentro con Candy en la Colina de Pony, poco después de que ella le expresara sus dudas acerca de lo que sentía por él. El voluble e influenciable Mark, lo tomó como una negativa y de nuevo partió hacia las inmensidades del tiempo, pero aquella vez se equivocó y se adentró en una dimensión desconocida, que no era la habitual que separaba las épocas y los siglos unos de otros.
Sin darse cuenta, sin percatarse de nada, se había deslizado hacia un mundo más allá de toda lógica y raciocinio.
Había llegado a una especie de ciudad renacentista. Pensó que estaría en el siglo XV, en pleno Renacimiento Italiano, pero cuando despertó a las afueras de la grandiosa urbe, en el mismo lugar al que irían a parar, los soldados de la FCA y Haltoran y yo, y escuchó el relincho de un caballo, que no estaba por ninguna parte en derredor suyo, y levantó la cabeza extrañado, supo que el iridium le había llevado más lejos de lo que jamás había llegado nunca. Su rabia y empecinamiento en creer que Candy no le amaba, le habían hecho superar las barreras de todo lo tangible. Había alcanzado lugares que ni en sus más locos sueños, podría haber siquiera concebido.
Y Haltoran vio todo aquello, cuando Julieta tomó su mano y le transmitió sus conocimientos.
Mark amaba a Candy, pero otro amor más fuerte e indestructible que el que sentía por la joven rubia de ojos verdes y de nariz respingona moteada de pecas, se forjó en ese ínterin entre lo de la Colina de Pony, y cuando ella le aceptó finalmente, aunque con ciertas reservas. Mark pensó que aquello sería pasajero, que solo era para mitigar su pena. Y en ese aspecto fue tan honrado, como lo fue con Susan Marlow, pero aquella vez, sin darse cuenta e inadvertidamente, la semilla de un amor ilógico y que no debería haber durado, floreció y germinó en el corazón de Mark, aunque de no haber sido por su retorno a Neo Verona, quizás jamás hubiera llegado siquiera ni a existir. Aunque había otra razón más poderosa que aun no podía ser dada a conocer.
18
Haltoran abrió la puerta del cuarto que le habían asignado y pasó ante Curio que le observó receloso con su ojo sano.
Si a la pequeña comunidad que vivía con y para Julieta, no le había hecho ninguna gracia que Mark, invadiera su intimidad, enterándose de todos sus entresijos y secretos, menos aun toleraban y admitían a aquel hombre pelirrojo de ojos claros y desafiantes viniera a sumarse a la ya de por sí, precaria convivencia del Refugio, donde los roces y discusiones estaban a flor de piel. Aunque Haltoran, consciente del malestar que su llegada imprevista había desatado, les tranquilizó haciéndoles saber que su estancia allí no se prolongaría demasiado.
-Tengo…un lugar donde alojarme. Si he venido hasta aquí con Mark, es para discutir algunos aspectos que nos atañen a nosotros.
Pero Conrad, el anciano de cabellos grises y barba y bigotes cuidadosamente recortados, que parecía ejercer su autoridad sobre todos los miembros del Refugio, excepto sobre Julieta, que había terminado por imponer su criterio de que Mark se quedase, estaba más que harto de secretos y medias verdades. Se ajustó el solideo sobre su cabeza, que continuamente amenazaba con desprenderse cada vez que movía su cabeza enérgicamente para resaltar cuando decía o afirmaba y dijo a Julieta:
-No, lo siento, pero lo que este hombre tenga que decirle a su amigo, lo dirá en presencia nuestra, por si es algo que nos atañe.
Haltoran, plenamente recobrado del choque que le había producido descubrir la verdadera identidad de Julieta y la relación que le ligaba a Mark, volvía a sonreír aunque el que Julieta sin intención alguna de hacerle el menor daño, hubiera removido su pasado, era algo que no podía aceptar ni admitir fácilmente.
Realmente, no cabía ya motivo alguno para la venganza. Norden había sido eliminado, así como cuantos habían decretado y planeado el asesinato de su familia. Haltoran no tenía intención alguna de reclamar el trono de Cremonia, porque dudaba que el pueblo quisiera retornar nuevamente a la monarquía. Después de años y años de guerra solo deseaban la paz y se aferraban a la joven y reciente democracia, con esperanzas y fuerzas renovadas. Haltoran podría tomar el poder porque partidarios no le faltaban, si quisiera, pero ya fuera por la vía de las armas, o pacíficamente, estaba convencido de que la presencia allí del legítimo heredero de sangre real, solo haría que la de los cremoneses se vertiera inútilmente en una nueva guerra civil. Por ello, había decidido mantener el recuerdo de su familia, pero sin envenenar sus recuerdos. Solo quería llevar una existencia tranquila y plácida, al lado de Annie y de su hijo, durante el resto de su vida. Se preguntó si no habría cometido alguna tontería al ir en busca de Mark. A fin de cuentas, él había elegido libremente el retornar a Neo Verona, pero también forzado por circunstancias excepcionales. Entonces recordó mis palabras en más de una ocasión cuando me lamentaba de la excepcional y rocambolesca vida que nos había tocado en suerte. A veces dudaba de que estuviera despierto o soñando. Se encogió de hombros y cuando dejó la habitación que le habían prestado, para que pusiera en orden sus ideas y recompusiera sus maltrechos pensamientos, se encontró con Mark, Julieta y el resto de personas que vivían en la pequeña vivienda de adobe y espartana y austeramente amueblada. Había allí una gran limpieza y un orden que no hubiera supuesto en una vivienda que desde el exterior parecía destartalada y necesitada de una buena rehabilitación. Después de identificarse, lanzó otro suspiro. Últimamente según su renacido y recuperado sentido del humor, se había convertido en el campeón mundial del suspiro. Observó a cuantos le rodeaban, expectantes, con el anciano del pequeño solideo circular, del que sobresalían rebeldes las puntas de sus cabellos grises y a una muchacha muy llamativa de media melena, cuyas terminaciones se doblaban hacia arriba. Llevaba una cinta en el pelo. La chica, miraba fascinada a Haltoran, creyendo que tendría más posibilidades con él, pero Julieta le lanzó un jarro de agua fría sobre sus pretensiones amorosas al comunicarle que estaba casado y era padre de un hijo, poco antes de que todos se reunieran en el pequeño y atestado comedor de la casa.
-Bueno, Mark tiene dos y está casado –dijo la muchacha enfurruñada y molesta porque Julieta hubiera hecho añicos sus sueños.
-No es lo mismo –dijo Julieta desviando la mirada y mordiéndose los labios- hay una razón para que él y yo…..-se interrumpió y dijo nerviosa- pero, aun no puedo contárosla.
-De todas formas –dijo la chica mirándose en un espejo- tal vez logre que se fije en mí y se quede conmigo.
"No lo creo" –pensó Julieta entristecida por haberse entrometido en la mente de Haltoran, pero no había tenido más remedio, para que entendiera que el amor que ambos se profesaban obedecía a circunstancias más poderosas que no eran fácilmente comprensibles.
Probablemente, el destino de Nevus y de la Tierra dependieran de esa relación.
19
-Debemos de rescatarle –dijo Haltoran después de explicar concienzudamente la situación en la que me hallaba yo a todos, aunque no sabía si realmente habría cometido una torpeza al incluir en el secreto a gente desconocida y totalmente ajena a nosotros.
-Realmente no es asunto nuestro -dijo Curio, molesto, pero Conrad le observó con fiereza y dijo tajante:
-Basta Curio. Mark es ahora uno de los nuestros -le recriminó- y si ese hombre es importante para él, debemos de ayudarle.
Conrad observó a su nieto Antonio que aguardaba expectante la confirmación de que su abuelo ayudaría a Mark y a Haltoran a rescatarme.
Se hizo un pesado silencio entre todos ellos. Francisco no se había decidido aun, pero lo más seguro es que decidiera sumarse a la iniciativa de rescate. Julieta les observó uno a uno y dijo vehemente:
-Debemos ayudar a Mark. Si esa persona es tan importante para él....-dijo mientras le miraba. Mark se ajustó el cuello de su cazadora y entonces Haltoran intervino de nuevo:
-El problema no será sacarle de allí, pero deberíamos intentar hacer algo por todos los demás reos que están allí cumpliendo sus penas.
Haltoran se sentó en un escabel que había apoyado junto a la pared de adobe, bajo una pequeña alacena con platos y tazas en la que también distinguió un minúsculo florero, con unas flores que jamás antes había visto nunca. Estaban sumergidas en agua y mostraba unos pétalos tan blancos y bellos que pensó que era una lástima que semejante planta no creciera en la Tierra. Haltoran se mesó el mentón ligeramente barbudo pasó la mano por el fino terciopelo del jubón que le habían prestado. El sayal olía tan mal, que Cordelia le ordenó de inmediato, que si quería poner los pies en el Refugio, primero debería cambiarse de ropa. Finalmente, Francisco prendió fuego a sus hediondas prendas, aunque tanto él como Curio tuvieron que dejarle a regañadientes otra ropa limpia.
-La situación no es fácil. La verdad es que no sé como podemos sacarlo de ahí, sin revolucionar a toda Neo Verona. En cuanto se corra la voz, las mejores tropas de Laertes, se nos echarán encima.
Entonces sonaron unos golpes recios en la puerta. Curio se llevó la mano instintivamente a la empuñadura de la espada, y su amigo Francisco le imitó. Mark se situó junto a Julieta para protegerla, aunque el resto de sus compañeros y amigos ya había tomado esa iniciativa.
Conrad ordenó que apagaran las lámparas de aceite y sostuvo su espada. Mark desenvainó entonces la espada de los Capuleto, lo cual supuso que Curio lanzara un gruñido y contrayera el semblante, pero no podía oponerse a los deseos de Julieta ni del hombre que ejercía de líder y padre de todos ellos, a partes iguales. Cómo la hermosa heredera delos Capuleto había delegado en su amado, la misión de expulsar del poder al Gran Duque Laertes, y ella era a quien habían jurado fidelidad y respeto, nadie tuvo nada más que decir, pese a que Curio tuviera mil objeciones que plantear, pero que se guardaba para sí, porque todo cuando dijera o propusiera sería en vano. Haltoran no tenía más arma a mano que su MP-5 y lo desplegó, delante de los asombrados ojos de los presentes. El mecanismo de desplegado era mucho más rápido y estaba mejor calibrado que el que el RPG-12 de Mark utilizaba, pero el MP-5 era más pesado y recargaba más lentamente que el arma de su amigo. Conrad movió la cabeza, pero no dijo nada. Si aquel extranjero sabía pelear también como Mark, en caso de que vinieran a prenderles, no le haría ascos a sus habilidades marciales.
Conrad hizo una señal a los suyos para que se dispusieran en semicírculo en torno a Julieta, para protegerla mejor y entonces abrió la puerta. Ante los ojos de Conrad, detrás de unas pequeñas lentes que se sostenían a duras penas sobre su nariz, una mujer madura de aspecto noble le observaba con una leve sonrisa en los labios.
20
-Lady Ariel -dijo Conrad sin conseguir evitar su sorpresa. El anciano se descubrió la cabeza, retirando de sus sienes el solideo con la mano derecha y haciendo una leve reverencia, invitó a la noble dama a entrar.
Era una mujer que iba entrando en la ancianidad, aunque aun conservaba parte de su antaña esplendorosa belleza. Llevaba un largo vestido blanco y un velo que cubría sus cabellos grises, recogidos en una redecilla.
-Lamento molestarte a estas horas –dijo la mujer con una sonrisa de circunstancias, disculpándose por personarse allí sin avisar, tan repentinamente- pero creo que tengo buenas noticias acerca del hombre al que os estábais referiendo.
Conrad alzó las pobladas cejas. Aquella mujer seguía siendo tan aguda y astuta, incluso puede que más que durante su juventud. Aparte de que su sentido de la vista y del oído seguía tan aguzado como siempre. Incluso con la gruesa puerta de madera de roble cerrada a cal y canto, había conseguido captar los débiles murmullos de la reunión que estaban manteniendo, y la cual había entrado en un punto muerto, dado que si entraban allí por la fuerza, no solo atraerían la atención de buena parte de los contigentes armados de los Montesco, si no que también se verían moralmente obligados a liberar a aquellos hombres.
Lady Ariel entró en la sala y reconoció de inmediato a Haltoran, aunque este no conocía en absoluto la identidad de la noble dama que le observaba sonriente y con sus ojos avispados y astutos, aunque sintió que podría serles de mucha ayuda. También había tomado nota, de cómo el siempre adusto y respetado Conrad, la trataba con un respeto y una deferencia notables.
-Tu amigo está bien –dijo dirigiéndose hacia Haltoran depositando una de sus manos de dedos largos y flexibles en el hombro derecho del joven. La mujer seguía conservando algunas trazas de su antigua belleza y se dijo que debió de haber sido muy hermosa de joven.
-Perdone señora –dijo Haltoran levantándose porque intuía que si le mostraba sus respetos le causaría mejor impresión- pero no sé quien es usted. Le agradecería que nos informara a Mark y a mí de todo lo que sepa respecto a este enojoso asunto que nos tiene muy preocupados.
Lady Ariel enlazó las manos sobre su regazo y dijo caminando hasta el centro del salón:
-Fui testigo de la injusta detención de ese hombre, que desde luego, si sirviera en las filas de ese misterioso Torbellino Rojo, lo haría como cocinero o furriel –dijo entrecerrando los ojos y riendo con picardía. A Haltoran le hubiera encantado que una mujer así hubiera sido su abuela. Pensó en su madre con tristeza. Si no la hubieran asesinado, seguramente sería una venerable anciana como aquella.
Conrad le ofreció inmediatamente asiento y la noble señora, lo aceptó con una leve inclinación de cabeza:
-Ese hombre era más bien grueso, con pelo negro, unas pequeñas gafas y una expresión inocente, o por lo menos, no tenía cara de empuñar una espada.
Mark y Haltoran saltaron al unísono gritando desabridamente:
-Es él, es él, -dijeron a coro, rogando a la señora que les diera más detalle. Conrad airado por su falta de respeto, les dirigió una mirada de reprobación y carraspeó levemente. Entonces Mark y Haltoran se disculparon precipitadamente ante la expresión jovial de Lady Ariel. Aquellos dos hombres le recordaron un poco a su hijo, por la impetuosidad con que se preocupaban por el hombre que había sido hecho prisionero injustamente.
-Si te conozco Haltoran –dijo levantando las palmas de las manos hacia arriba- es porque te hice seguir discretamente al presenciar tus desvelos por ese pobre hombre tan infortunado que acababa de ser detenido injustamente, para saber a donde te dirigías, y poder comunicarte lo que supiera al respecto de él, por lo que deduje que sería amigo tuyo o seguramente un familiar. Espero que sepas disculparme por haberte sometido a vigilancia –dijo Lady Ariel inclinando la cabeza y un poco dolida.
Haltoran se extrañó de que sus finos sentidos no hubieran detectado que le seguían, aunque no era nada excepcional, porque la preocupación que tenía encima, al enterarse de que me habían llevado cautivo a unas minas de hierro, o algo así, por una fruslería, le restaba cualquier capacidad para prestar atención a cuanto le rodease y la serenidad necesaria para mantenerse frío y vigilante ante cualquier hecho fuera de lo común que notara. Y casi era mejor, porque sentía que aquella señora tenía la influencia suficiente, como para conseguir que fuera liberado de las lóbregas y duras minas de Gradisca.
-No, no, de ninguna manera me ha molestado..señora…no perdón Lady Ariel –dijo al descubrir como Conrad movía la cabeza reprobador. La mujer rió quedamente ante la torpeza del joven y dijo:
-Será liberado muy pronto. Digamos….-tomó un sorbo de té que Cordelia había preparado para todos, sirviendo unos pasteles que había preparado en el horno de la cocina con la ayuda de Julieta, que rápidamente distribuyeron generosas raciones de un dulce de bizcocho muy rico y nutritivo- que tuve una seria conversación con el Gran Duque, en la que le rogué que le pusiera en libertad.
-¿ Cómo es que accedió ? –preguntó Mark un poco asombrado, porque tenía entendido que aquel hombre ambicioso y cruel no se doblegaba fácilmente a cualquier petición que no fuera de acorde con sus intereses y que le beneficiara directamente.
-Le dije que era un inventor amigo de mi hijo, un pobre diablo sin oficio ni beneficio, y que había estado en el lugar equivocado en el momento menos adecuado.
Haltoran asintió y se dijo:
"Sobre todo el momento".
Lady Ariel se fijó en la belleza de Julieta, a la que conocía y protegía discretamente, hasta donde podía sin arriesgar su posición ni el futuro de la Casa Farnese, de la que era suprema dirigente. De sobra era sabido, el poco aprecio que Laertes la tenía a ella y a su Casa, pero rozarle un solo cabello supondría una rebelión en toda regla y que los poderosos ejércitos de los Farnese atacaran Neo Verona, para derrocarle. Por otro lado, la distinguida y astuta mujer siempre había suscitado en Laertes un cierto respeto rayano en lo reverencial y cierta veneración. Había conseguido convencer al adusto y malhumorado gobernante de que yo era inofensivo y que había sido víctima de un malentendido. Laertes no tenía constancia de mi identidad, como tampoco de la de los cientos o miles de hombres que debería haber en Gradisca trabajando para purgar delitos o faltas nimias. Hizo algunas discretas averiguaciones y como el jefe de la patrulla no pudo precisar que yo le hubiera atacado, o realizado algún gesto de hostilidad dio el asunto por zanjado. Eso sí, la Casa Farnese debería pagarle una compensación por aquel "favor" especial que realizaba como muestra de respeto hacia ella.
Lady Ariel pagó una cierta cantidad de duxes en concepto de "compensación" por la merma en la productividad que la mina de Gradisca supondría mi liberación.
Y efectivamente, allí estaba yo, tembloroso y preguntándome en que dirección habría soplado esta vez el viento de mi incierto destino, dentro de un carruaje en penumbra, y aguardando a no sabía bien que.
Lady Ariel aun sentía repeluznos por la obligada visita de cortesía que tuvo que realizar al palacio del Gran Duque Laertes, para conseguir convencerle de mi puesta en libertad, una vez que había reunido toda la información necesaria, pero lo que más le había impresionado era la presencia prácticamente permanente, de un misterioso personaje encapuchado que llevaba una especie de hábito de dos colores, dispuesto en dos mitades simétricas y del que no alcanzó a vislumbrar más que una parte de su rostro, malhumorado y con unos ojos penetrantes y amenazantes y con una especie de collar negro con grandes puntos dorados en torno al cuello de la capucha.
-Aquella expresión se me ha quedado grabada. Parecía como si aquel hombre, estuviera loco o poseído. Parecía ejercer un ascendiente, especialmente intenso, sobre Laertes.
Lady Ariel se pasó la mano por el velo y se ajustó la redecilla que aprisionaba sus cabellos y añadió:
-Lo más extraño era el báculo que llevaba en la mano, parecía más bien…..un tridente.
21
Las minas de Gradisca habían constituido desde siempre, una parte fundamental en los planes del Gran Duque para afianzar su poder, un poder onmímodo que lo controlaba todo, que lo presidía todo, en su afán por perpetuarsen la memoria de los neo veroneses. En Neo Verona venía ejerciendo un notable y agobiante culto a la personalidad que me había recordado, a ciertos países de Europa del Este, si bien este no se centraba en erigir estatuas del Gran Duque por doquier, si no en una refinada y bien establecida corte que en todo momento, estaba presta y dispuesta a respaldarle en todas y cada una de las decisiones que tomara, a medias por conveniencia y más de las veces por miedo. No era la primera vez, que el severo y despótico gobernante, había eliminado personalmente, con sus propias manos, a cualquiera que estorbara y se entrometiera en sus decisiones, que acababa imponiendo por mayoría absoluta, a las Cortes de Neo Verona. Todo aquello me lo había referidoo Pietro, cuya actitud hacia mí había cambiado, desde el día en que salvé a Petruchio de que un derrumbamiento acabara con su vida. Poco antes de ser liberado, en la semana que estuve allí, conseguí intimar un poco más con el muchacho desgarbado y un tanto esmirriado de pelo lacio y ojos tristes. Apenas podía sostenerse sobre sus piernas y manejaba el pico con desgana y sin fuerzas. Intenté ayudarle, pero el joven me apartó de él, dándome un leve empellón. Le miré perplejo y le grite casi fuera de mí:
-¿ Por qué eres tan cabezón ? ¿ por qué no me dejas ayudarte ?
Petruchio me miró con desdén y dijo:
-Ocúpate de tus propios asuntos, nigromante.
Desde que se había extendido el rumor, pese a que los capataces de la mina y el propio Romeo intentaron hacer entender a aquella cáfila de hombres desesperados y sin nada, que todo había sido un error, y que los curiosos aparatos que me habían confiscado, eran solo inventos sin importancia, totalmente inofensivos, seguía colgando el sambenito de brujo y algunos incluso apuntaron a que podría ser un alquimista, por lo del humo. Suspiré y continué picando. En esos momentos, proveniente de uno de los túneles se escuchó una voz despavorida y el hombre de pelo desgreñado que había visto ya en alguna ocasión, meterse con Petruchio emergió de la oscuridad gritando sin aliento. Pietro, dejó un momento lo que estaba haciendo y salió a su encuentro. Puso una de sus manazas sobre el hombro de su compañero y dijo:
-¿ Qué es lo que te pasa ? ¿ acaso ocurre algo ?
El hombre estaba sin aliento, pero cuando logró recuperarse, dijo:
-Se ha registrado una explosión en la galería norte, podría haber varios hombres atrapados -dijo con la mirada perdida.
Sin pensárselo ni un momento, Pietro se volvió a sus compañeros, buscando voluntarios. Aquel hombre recio y musculoso sabía ejercer el liderazgo y se había ganado el respeto de sus compañeros. Quizás fuera el momento de que yo demostrara que era algo más que un brujo o un noble chiflado, porque debido a mi barriga, otras versiones que circulaban acerca de mi persona, decían que era un noble caído en desgracia, por mis extraños experimentos de brujería y alquimia.
-Bueno, -me dije- por lo menos ahora, soy además de brujo, noble.
Pietro reunió en torno suyo un nutrido grupo de voluntarios, entre los que se incluyó Petruchio, y yo intenté agregarme, pero Pietro extendió sus brazos y nos dijo:
-No, vosotros os quedáis aquí. Necesito gente fuerte para esto, y no es vuestro caso.
Por una vez, yo y Petruchio estuvimos de acuerdo. Nos negamos rotundamente a acatar sus órdenes. Pietro se encogió de hombros, sobre todo porque el tiempo apremiaba y sus compañeros le reclamaban llamándole a gritos, dede el fondo de la galería dijo:
-Bueno, haced lo que queráis, pero yo no me hago responsable. Ya os le he advertido.
Me puse a correr lo más rápido que pude. Me fijé que unos metros más allá, Romeo me llevaba la delantera. El también se había puesto en movimiento y daba largas zancadas por los húmedos y mohosos pasadizos, donde la curvatura de los túneles sostenidos por vigas de madera oscuras, amplificaban el sonido de las gotas que caían desde el techo, por la humedad que se filtraba por las grietas que se formaban en el techo de los pasadizos. Jadeante e incapaz de seguir el ritmo de Petruchio, me detuve respirando agitadamente y llevándome las manos al pecho. Petruchio sería enclenque, según el fornido Pietro, pero corría como un gamo. Entonces el joven, quizás compadecido por mi agotamiento o tal vez un poco contrariado por tener que cargar conmigo, y no teniendo valor para dejarme solo en la soledad de aquellos tristes y desangelados pasillos de roca viva, del que a duras penas extraíamos el mineral, volvió sobre sus pasos y dijo:
-Eres muy flojo Maikeli, -decía después de que hubiera pronunciado mal mi nombre por enésima vez- anda, ven apóyate en mí, a este paso no....
Iba a decir, que no llegaríamos nunca, cuando entonces observé que una de las vigas que sostenían el techo de la galería cedía. Me abalancé sobre Petruchio gritando:
-! Cuidado, el techo se está derrumbando!.
Y justo a tiempo. Le aparté en el momento en que las vigas se combaban bajo el peso de cientos de toneladas de rocas que nos cortaron el paso, hacia donde pretendíamos ir, siguiendo a nuestros compañeros, aunque afortunadamente estábamos bien y sin ningún rasguño. Dio la casualidad, de que Romeo había desandando su camino, y retornando hasta nosotros, se interesó por ambos, cerciorándose aliviado, de que estábamos bien y aparentemente ilesos.
Romeo y yo nos miramos unos instantes. Los ojos verdes del primogénito del Luque Laertes Montesco me escrutaron unos instantes. Rápidamente, me ayudó a poner a salvo a Petruchio, aunque el muchacho estaba bien, más que nada era el shock de haberse sabido a un paso de perder la vida, de no ser por mi intervención.
-Me…me….ha salvado la vida –dijo el chico, observándome con sus pupilas tristes. Se removió el cabello lacio con la mano derecha y dijo:
-Siento….haberte tomado por lo que no eras. Un nigromante, no me habría salvado la vida….supongo.
Sonreí y le dije intentando no soliviantarme, convencerle de que no era ningún brujo. Sorprendentemente, Romeo, pese a la horrible noche que había pasado, debido al cigarrillo que le ofrecí tan imprudentemente no parecía guardarme rencor y me respaldó ante Petruchio disuadiéndole de su error. Entonces Romeo paseó por la galería comprobando que el derrumbe había cegado el acceso por el que pretendíamos haber continuado en pos de nuestros compañeros. Caminó hacia el otro extremo y para nuestro horror, verificó que otro desprendimiento había cortado la salida por el otro lado. Con un gesto de horror en sus ojos verdes, bajó la cabeza entristecido y dijo:
-Nos hallamos atrapados en este tramo de túnel. Las piedras han aislado esta sección de la galería por ambos lados. No podemos ni avanzar ni retroceder.
Entonces Petrucio lívido, pero sin darse por vencido, examinó atentamente el montón de piedras y de lodo que formaban una sólida pared, que no podíamos esperar, atravesar, aunque intentásemos retirar roca a roca, con las manos desnudas, aparte de que podríamos provocar nuevos hundimientos adicionales.
Petruccio empezó a mover las rocas intentando hallar un resquicio que permitiera ir horadando la pared, aunque fuera lentamente, como no podía ser de otra manera, porque carecíamos de herramientas de minería. En nuestra precipitación, las habíamos dejado olvidadas en otra sección de la galería inaccesible porque la nuestra se había convertido en una prisión sellada. Sudábamos la gota gorda y Romeo se nos sumó, pero entre los tres no lográbamos nada, si acaso, que algún peñasco se desprendiera y hubiera estado a punto de abrirnos la cabeza, a alguno de los tres. Romeo convino que era mejor, interrumpir la poco provechosa tarea y dijo en tono cansino:
-Es inútil. Hay demasiadas rocas, como para tratar de moverlas sin provocar algún derrumbe sobre nosotros.
Petrucio coincidió con él y dijo mientras su cabeza que parecía desproporcionada con el resto de su cuerpo flaco y enjuto se movía continuamente negando:
-Tiene razón. Solo podemos aguardar a que vengan a rescatarnos.
22
Habían pasado varias horas. Los rumores provenientes de otras galerías, se habían ido apagando gradualmente. Al parecer, los heridos en el otro derrumbamiento al que habíamos intentado sumarnos para ayudar a nuestros camaradas, habían sido rescatados felizmente, pero quedaban otros pobres desgraciados, ocultos y probablemente olvidados, en otras secciones colapsadas del complejo entramado de túneles y galerías.
Contemplé a mis compañeros. Petruccio dormía profundamente, agotado por el esfuerzo de intentar liberarnos, roncando ligeramente sobre el duro suelo de la galería. Reposaba la cabeza sobre un hato de ropas que Romeo le había puesto con cuidado bajo la cabeza. Sorprendentemente, el flaco y enteco muchacho no se había despertado.
Mientras Petruchio dormía todo lo plácidamente que un derrumbamiento en la galería de una mina, con la amenaza de irnos quedando paulatinamente sin aire suponía para los tres, Romeo decidió recostarse contra la pared de piedra y cruzó los brazos sobre el pecho preguntándome si estaba bien.
Asentí y en ese instante, el joven que parecía muy agotado, se dispuso a imitar a Petruchio, para por lo menos ahorrar fuerzas, hasta que nos sacaran de allí, si es que nos sacaban, y al ponerse de costado, para estar más cómodo sobre el duro lecho de piedra de la galería, un pañuelo se les resbaló desde el bolsillo derecho de su pantalón y cayó al suelo. Lo recogí entregándoselo y me fijé que tenía unas iniciales bordadas, con hilo azul y rojo, de forma poco elaborada y de forma casi infantil, como si estuviera hecho por una mano temblorosa o inexperta. Romeo me dirigió una sonrisa, a la que respondí con una inclinación de cabeza y tomó el pañuelo aferrándolo fuertemente. Petruchio seguía profundamente dormido, agitándose levemente a veces. Procuramos no despertarle. Entonces Romeo que parecía tener ganas de hablar o desahogarse con alguien, en ese caso yo, contempló el pañuelo con mirada triste y una lágrima se deslizó de las comisuras de sus ojos que rebotaron sobre el tejido de lino del pañuelo. Las lágrimas dejaron un par de pequeñas manchas de humedad, sobre la primera inicial que trataba de representar como buenamente podía, una especie de R de hilo azul.
Yo fingí no haberme fijado en como su llanto iba a parar al pañuelo, pero Romeo se enjugó su llanto y dijo:
-Este pañuelo, me lo regaló ella -dijo apretándolo con fuerza entre sus dedos finos y poco habituados al duro trabajo de la mina, aunque el muchacho sin duda era fuerte y aunque no fue nada fácil, había conseguido adaptarse a la rígida disciplina de Gradisca.
Un leve estremecimiento me recorrió el cuerpo. Si el nombre de la muchacha era Julieta, seguramente me daría un pasmo allí mismo.
-Es tan hermosa.....-dijo como si estuviera hablando con algún amigo de confianza, como Benvolio, que por lo que había escuchado en boca de mis compañeros de cautiverio, era el hijo del alcalde de Neo su interlocutor era un hombre que ni siquiera pertenecía a aquel remoto e ignoto tiempo, al que no conocía prácticamente de nada. En cambio, él irónicamente era conocido y admirado por millones de personas, si era quien me temía. Entonces el joven sonrió y deslizó un nombre entre sus labios, tan y como había intuido:
-Julieta.
Tuve que toser levemente para disimular mi azoramiento. Estaba hablando con un personaje literario, ¿ o con alguien real que había inspirado a tal ?
Entonces Romeo creyó que me estaba aburriendo con su relato y dijo entornando sus ojos verdes:
-Creo que te estoy aburriendo con mi charla, lo entiendo, no es momento como para hablar de tales cosas.
Sin embargo, no todos los días se tenía oportunidad de conversar con un personaje de ficción, si es que aquello no era una pesada broma de mis sentidos. Le rogué encarecidamente, que continuara, que así, se nos haría algo más rápido el paso del tiempo y menos angustiosa la espera.
Picado por la curiosidad, le animé a que continuara, prometiéndole contarle mi historia, a continuación.
Romeo empezó a hablar.
23
La había conocido en un baile llamado de la Rosa Roja, en una espléndida fiesta, tradición entre la nobleza de Neo Verona. El Baile de la Rosa Roja. Y allí en un jardín presidido por una fuente ornamentada con la estatua de una mujer alada, en actitud orante, vio a una muchacha, muy bella, de cabellos entre castaños y rojizos y con unos intensos ojos de una tonalidad casi almibarada.
Llevaba un vestido rojo hasta los pies con un adorno de gasa blanca en torno a la cintura. Hablaron brevemente hasta que llegó alguien que le llamó por su nombre, porque su padre le reclamaba a su lado.
-Nuestro siguiente encuentro -continuó narrando- fue en una especie de jardín silvestre, no podría calificarlo de otra manera situado sobre un edificio en ruinas al que no obstante se accedía fácilmente por una escalera. Ella había acudido a nuestra cita. Estaba tan hermosa, como el día antes en la fiesta. Se aproximó a mí y me entregó este pañuelo que ahora te he estado enseñando a ti -me dijo.
Siguió hablando y se le notaba muy enamorado, porque sus ojos brillaban intensamente cuando se refería a ella. Me contó sus posteriores citas, el como su amor iba ganando en fuerza y profundidad.
-Pero un día ella me rompió el corazón -dijo Romeo bajando la cabeza y haciendo un esfuerzo por no verter más lágrimas delante de mí.
Me quedé con la boca abierta. Si hubiera llevado uno de mis sombreros que siempre acababan destrozados o perdidos, y aquello hubiera sido un comic -aunque mucho no le faltaría- se habría separado de mi cabeza, alzándose verticalmente en el aire solo, como símbolo de una perplejidad y un asombro absolutos, como en las historietas de humor que solía leer antes de que tuviera que huir precipitadamente junto a Carlos y Mermadón cuando la sede de mis empresas fue asaltada, hasta 1912.
"¿ Qué Julieta.....te ha dejado ?" -pensé yo, intentando contener mi exagerada gesticulación.
-Julieta me dijo mientras lloraba, porque estaba llorando por mí:
-Perdóname Romeo, perdóname, pero me enamorado de otro hombre. Ya no te veré más.
Siguió contándome más detalles. Pero el joven no había aceptado fácilmente su derrota y un día, siguió a Julieta por estrechas callejuelas y escondiéndose entre los portales o la gente, cuando ella parecía sospechar de que alguien la vigilaba de cerca. Finalmente, Romeo que aquel día iba embozado en una capa oscura y llevaba una espada suspendida del cinto, para batirse en duelo contra el que había osado arrebatarle a su amada, le vio y me lo describió.
Cabellos negros flotantes, ojos oscuros y muy tristes y una indumentaria tan extraordinaria como imposible de concebir.
-Una especie de zamarra negra -enumeró Romero con voz lejana y melancólica.
"Un pantalón azul vaquero" -pensé yo, aunque Romeo lo describió de otra manera, pero básicamente coincidíamos. Naturalmente, no le dije en ningún momento, que conocía al extraño que había alejado a Julieta de su lado.
-Un calzado muy raro y que jamás antes había visto.
-De estatura muy elevada –coincidimos ambos plenamente.
Entonces Mark ya había estado allí hacía mucho tiempo, aunque hablar de tiempo al referirse a Mark era o una broma, un eufemismo o algo muy relativo. Pensé en el momento en que había partido hacia el Artico para perder parte de su descomunal estatura, manipulando el ADN de sus células, para que Candy no se sintiera tan extraña e incómoda a su lado, por su descomunal altura. Y lo consiguió, aunque casi a costa de su vida. De hecho, estuvo clínicamente muerto, pero los besos de Candy habían logrado reanimarle. Nunca supimos si aquello fue un milagro o una casualidad que Mark lograra recobrarse, porque su cuerpo no había resultado tan dañado, como en un primer momento nos pareció. Siempre opté por lo primero.
Me volví a poner muy pálido. Esta vez Romeo lo notó pero conseguí disimular buenamente, lo mejor que supe.
-¿Qué te ocurre ? -me preguntó Romeo- te has quedado lívido.
-Debe ser porque empieza a haber poco oxígeno, o me lo parece a mí -mentí.
Romeo continuó su triste narración. Iba a desenvainar la espada para luchar con Mark, en parte para dar rienda suelta a su rabia, en parte para forzarle a aceptar un duelo, cuyo resultado decidiría quien se quedaría con la dulce muchacha, como si fuera un trofeo o el precio de una apuesta. Pero finalmente desistió. Por dos razones, según el apenado joven Montesco me explicó.
La primera, era que si le mataba Julieta jamás se lo perdonaría, ya que según lo que había presenciado hasta ese momento, se amaban profundamente y así lo atestiguaba, el hecho de que Mark y Julieta se habían besado con pasión y paseaban juntos, cogidos de la mano.
La segunda razón era algo que estaba más allá de toda comprensión y lógica, pero no de la mía, que sabía a que se debía aquel fantasmagórico efecto que presenció.
-Entonces brotó fuego de sus muñecas. Sé que es una locura, y que no tienes porqué creerme Maikel -dijo mirándose las manos, como si él pudiera hacer lo mismo, también fueran a emitir fuego de un momento a otro- pero ese hombre...ese hombre hizo surgir llamaradas de su piel, que luego apagó inmediatamente.
Una lucha así no tendría sentido, por lo que decidió no retar a Mark. Yo sabía positivamente, que Mark jamás atacaría a un hombre desarmado utilizando su temible poder, a menos que estuviera plenamente justificado.
24
Cuando Romeo terminó de hablar, me quedé en silencio, intentando asimilar cuanto me había relatado. Era increíble que Mark, hubiera podido llegar hasta allí, modificando tan radical y drásticamente, lo que suponía era ficción. No sabía que contestarle. Y entonces me acordé de Candy, ¿ como reaccionaría ?
¿ como se lo tomaría ?
Estaba en estas cavilaciones, cuando unos rítmicos y constantes repiqueteos en la pared de escombros que cerraba la galería, y que estaba situada a nuestra derecha, reclamaron mi atención. Petrucio abrió los ojos y se despertó repentinamente al escuchar el sonido de las herramientas, horadando la roca. Al joven le debió parecer música celestial. Pegó el oído a la piedra y dijo mientras su semblante adoptaba una expresión de rotunda alegría:
-Vienen a sacarnos, vienen a sacarnos de aquí.
Entonces Romeo se incorporó y yo hice lo mismo. Nos pusimos a dar voces y a tratar de transmitir golpeando la roca con algunas maderas viejas que provenían de unas traviesas desechadas y que nunca se utilizaron para construir los raíles de aquella galería en la que estábamos prisioneros. Al otro lado, Pietro, escuchó el murmullo de nuestras voces y los golpes que asestábamos contra el muro de lodo y rocas, que obstruía la entrada a la galería, y que llegaba atenuado por su espesor, pero perceptible. Pietro y todos, redoblaron sus esfuerzos hasta que finalmente, después de una hora, el pico de Pietro consiguió traspasar la muralla y llegar al otro lado. Pietro metió la mano a través del agujero que había conseguido crear y Petruchio alargó la mano estrechándola con fuerza.
-Estamos bien, estamos bien -repetía el flaco muchacho mientras sus ojos hundidos en las órbitas, expresaban su alegría de sabernos finalmente a salvo y añadió mirándome con gratitud -Maikelet me salvó la vida, justo cuando el derrumbamiento que tapó esta sección de galería se producía.
Aquella noticia, corrió como la pólvora entre los trabajadores forzados, que en cuanto nos sacaron de allí,
me palmearon la espalda y me estrecharon la mano efusivamente. También Romeo se había ganado el respeto y aprecio de aquellos hombres. Petruccio me sonrió y me dijo:
-Gracias Maikelet -dijo pronunciando mi nombre mal de nuevo, pero no me importó- te debó la vida.
A partir de ese momento, yo, Romeo y todos los demás ayudamos en lo que pudimos a los heridos y afectados por los desprendimientos en Gradisca. Parecía como si un terremoto hubiera sacudido la mina, aunque debido a la profundidad a la que estábamos, no notamos nada, o quizás, porque pensamos erróneamente que la sacudida que experimentamos, era debida al derrumbamiento en sí y no a un seísmo. En ese momento, no se me ocurrió esa probabilidad. Romeo había acudido a auxiliar a otros hombres heridos. Me pregunté si no debería intentar convencer a Mark que se olvidara de Julieta y retornara con su esposa y sus hijos. Tenía una familia y consideraciones aparte, de lo descabellado y fantástico, por no decir otra cosa, que se me antojaba el hecho de que se hubiera inmiscuido en un romance literario, no podía quedarme de brazos cruzados mientras destrozaba la felicidad de aquel joven tan voluntarioso y notable, así como la estabilidad de su propia familia.
"Tantos desvelos y esfuerzos para conseguir que Candy le amase....y ahora nos sale con estas" -pensé contrariado.
No sabía que Haltoran se había hecho ya los mismos planteamientos que yo, porque ya había dado con su paradero, del modo más sencillo y simple de todos. Llamándole.
De todas maneras, Mark siempre había hecho lo que le había apetecido, según su volubre y volátil carácter le dictara. Yo sabía que aparte de con Candy, había tenido otros romances, de los que salió más mal parado que otra cosa, o simplemente, arrastrado por otra pasión mayor, reemprendía un nuevo viaje en el tiempo para no retornar. Parecía que al lado de Candy había encontrado la estabilidad necesaria que su vida precisaba, y más al haberse convertido en padre, pero cuando Romeo me describió sin saber que yo le conocía, el aspecto de Mark, creí que me daría un pasmo.
Estaba en estas cavilaciones y vendando la pierna de un hombre al que una viga había lacerado la extremidad, aunque afortunadamente no parecía grave, cuando uno de los asistentes de Romeo, que había sido nombrado por su padre como administrador de Gradisca se me acercó. El hombre llevaba el uniforme morado característico de los altos oficiales y consejeros de los Montesco y dijo pasándose una mano por la frente achatada para retirar el sudor que perlaba su frente, debido a que había estado yendo de un lado para otro, para procurar asistencia y cuidado a los heridos:
-Maikel, una dama te está buscando. En el edificio de la administración. Al parecer es alguien que tiene mucho interés en ti.
No había sarcasmo ni ironía en la voz del hombre, si acaso contrariedad y enfado, no por mí, sino porque le habían distraído de sus quehaceres para hacerle dar un recado, en una situación de tanta emergencia en el que se requerían todos los brazos disponibles. Allí, después de que el terremoto o lo que fuera, que había sacudido las grandes minas, provocando tantos destrozos y heridos, se necesitaban todos los brazos disponibles y toda ayuda que se pudiera proporcionar, era poca. En Gradisca en aquel instante no había guardianes ni convictos, solo hombres, personas corrientes que arrimaban el hombro y trabajaban estrechamente codo con codo, para conseguir salvar el mayor número de víctimas lo antes posible.
Intrigado, me dirigí hacia el barracón que hacía las veces de oficina de Administración General. Un segundo oficial con el mismo uniforme morado que el de su compañero, me salió al paso, apremiándome para que le siguiera. Intrigado le pregunté si no sería más adecuado que la dama pospusiera su visita o que aguardara, hasta que ya nadie me requiriera. Pero el hombre fue tajante:
-Yo solo cumplo órdenes -me dijo dándome la razón con la mirada- pero es una dama noble de muy alta posición y no podemos desairarla así como así.
-Con todo lo que hay que hacer aquí -dije tendiendo la vista en derredor mío, fijándose en como el desolado valle rodeado por montañas agrestes y agujerado por grandes simas y galerías de donde se extraía el mineral, almacenado en grandes vetas y ricos yacimientos, estaba atestado de hombres heridos y que lanzaban, lastimosos lamentos reclamando atención. Algunos estaban cubiertos por mantas burdas y de tela muy basta, que ya no se movían ni volverían a hacerlo, velados por algunos compañeros, mientras otros cavaban a todo prisa sepulturas improvisadas.
-Lo sé -dijo asintiendo con tristeza- pero debes de venir conmigo. Otros se están ocupando de tu trabajo. Por eso, no te preocupes.
Afortunadamente, si se podía decir así, las víctimas mortales habidas en Gradisca no superaban la media docena. La tragedia podía haber sido muchísimo peor teniendo en cuenta la magnitud de los seísmos que habían asolado la mina.
25
Cuando llegué al barracón, me estaba esperando el jefe de obras de las minas, que en ausencia de Romeo, que estaba atendiendo a los heridos, asumía el control de las operaciones más importantes y vitales en el complejo. A su lado, sentada en una silla de cuero repujado se encontraba una dama de mediana edad, que llevaba un vestido verde y que recogía sus cabellos que empezaban a adoptar un incipiente tono gris, con una redecilla bajo un pequeño sombrero, del que partía un largo velo. La mujer estaba acompañada por otro hombre de pelo rubio y con un fino bigote sobre el mentón.
El jefe de operaciones, que tenía una cara amplia y redonda como una hogaza de pan, y un lacio pelo negro que bajaba por su frente, formando un pequeño flequillo, empezó a hablar y me dijo:
-Eres libre. Agradece a Lady Ariel y a su hijo, William las gestiones que han realizado para lograr que te suelten.
Me miró desabridamente y dijo con odio:
-Si de mí dependiera....-dijo sin atreverse a concluir la frase, ante los ojos reprobadores de Lady Ariel.
Me fijé en su hijo. Tenía aspecto un poco desgarbado, con aquel curioso peinado a lo paje y sus largos y flexibles brazos como tentáculos, al igual que sus piernas, pero en sus ojos ardía una chispa de inteligencia, lo mismo que en los de su madre. Entonces recordé como le había llamado el administrador adjunto y di un respingo:
"William" -me dije desviando la vista hacia uno de los muchos cuadernos de anotaciones en los que el personal administrativo llevaba las cuentas de Gradisca- "¿ no será acaso ?, ¿ no se estará refiriendo a… ?"
Lady Ariel miró al hombre que había intentado anunciar sus intenciones hacia mí, en caso de haber podido llevarlas a cabo y dijo:
-No toleraré otra falta más de respeto hacia este hombre -dijo refiriéndose a mí.- el señor Maikel es un destacado amigo nuestro y un reputado inventor y como protegido de la Casa Farnese, no permitiré más agravios hacia su persona.
El jefe de operaciones, ahora administrador adjunto porque Romeo estaba casi todo el tiempo trabajando en la mina, bajó la cabeza y emitió una apresurada disculpa, que ante los ojos inquisitivos de Lady Ariel, también fue para mí.
Entonces agradecí a la distinguida mujer, que como me enteraría poco después por boca del propio William era la cabeza visible de la Casa Farnese y su máxima autoridad, y aproveché para formularle una petición, preguntándome si no estaría forzando demasiado mi suerte, aunque advertí previamente que no era para mí. La dama se mostró receptiva a mis súplicas y asintió cruzando los dedos sobre el regazo y diciendo:
-Adelante.
-Se trata de un muchacho cuya constitución física no le permite realizar trabajos físicos agotadores.
Miré al administrador y Lady Ariel asintió animándome a continuar mi relato, por el que parecía sumamente interesada.
-Se refiere a Petrucchio, un joven muy enclenque que lleva un año aquí -dijo el hombre con desagrado.
-¿ Cúal fue su delito ? -preguntó William que hasta ese momento, no había desplegado los labios.
El administrador vaciló y añadió como si le costara trabajo hablar:
-Robó una hogaza de pan, en una tahona de Neo Verona, en el distrito de los campesinos.
Aproveché para interceder de nuevo a favor de Petrucchio pero no fue necesario. Lady Ariel intervino por mí diciendo mientras apuntaba con el dedo índice de su mano derecha, hacia el funcionario de los Montesco:
-Quiero que ese muchacho reciba una ocupación más liviana a partir de ahora. Si no, su proceder inhumano llegará a oídos del Gran Duque, que no es que se preocupe mucho por estos desgraciados -dijo con fina ironía, mientras sus ojos vivaces y astutos contemplaban las paredes de piedra repletas de estantes con libros de contabilidad y de cuentas- pero no le agradaría nada, que estos pequeños asuntos, lleguen a mis oídos y que yo tenga que enmendarle la plana ¿ me comprende verdad ?
El administrador adjunto tembló como una hoja. De sobra comprendía el sutil mensaje que la inteligente dama le había dirigido.
-Y también precisaría de un médico -dije yo regodeándome en el apuro del rencoroso y enojado funcionario, que no tenía otro remedio que tragar- su salud es delicada.
La dama dirigió una significativa mirada al hombre que dijo resoplando:
-Me ocuparé de que así sea.
En cuanto a mí, fui liberado y subí a un lujoso carruaje que aguardaba en las inmediaciones del austero y feo barracón de piedra, una vez que la dama y su hijo William hubieran ocupado el interior.
Cuando la verja de color oscuro mate que cerraba el acceso a las minas de Gradisca, se abrió con un chirrido herrumbroso e irritante, empujada cada puerta batiente, por dos guardias, la carroza con el escudo de armas de los Farnese pasó entre dos filas de soldados adustos, para dirigirse hacia Neo Verona sin más tardanza. Cruzamos a través de un pasaje excavado en la roca viva y cuya entrada eran las descomunales fauces de una caverna, protegidas por aquella cancela de hierro tan tupida y con tantos bajorrelieves que, la luz del sol se abría paso, a duras penas entre los mismos, y que ahora me franqueaba, con su apertura, el paso hacia la libertad, aunque me preguntaba quien era aquella misteriosa señora, y que interés podía tener en mí, que se había tomado tantos desvelos para lograr mi excarcelación.
Tenía muchas preguntas que hacer, pero no me atrevía a formularlas, por miedo a desairarla y que mi suerte se tornara aun peor, aunque también, tal podía suceder igualmente. Si la dama me estaba conduciendo hacia una trampa, tampoco tenía forma de saberlo o evitarlo, aunque ¿ para qué tomarse tantas molestias en liberarme, y luego llevarme hacia una encerrona ? O era muy retorcido y sutil, el plan de aquella dama, o realmente pretendía ayudarme de forma sincera y desinteresada.
No sabía que intenciones tenía aquella mujer ni como se había enterado de que yo estaba allí, hasta que la dama, consciente de mis preocupaciones, a juzgar por la expresión ceñuda y angustiada de mi rostro, me sonrió tranquilizándome con un nombre que pensé que no volvería a escuchar en mucho tiempo:
-Tranquilízate amigo Maikel -dijo con voz serena que infundía confianza- no tienes de que preocuparte. En cuanto lleguemos a un lugar seguro, donde serás bien acogido te lo contaré todo. Por cierto, un buen amigo tuyo, Haltoran, curioso nombre por cierto, te está aguardando allí.
No salía de mi asombro. ¿ De qué conocía Lady Ariel a Haltoran ? ¿ de que modo había entrado en contacto con él. Realicé algunas atropelladas preguntas, pero la dama solo se limitaba a sonreir y levantando sus manos conciliadora decía:
-Tranquilo, querido amigo, tranquilo, cada cosa a su tiempo. Cuando lleguemos, lo entenderás todo, tienes mi palabra de honor.
Enfilamos el camino pavimentado de vuelta hacia Neo Verona, mientras mi cabeza, sumida en un mar de dudas, intentaba hallar alguna respuesta a aquella historia, que cada vez se complicaba un poco más. Decidí no darle más vueltas, y encogiéndome de hombros, asentí contemplando el paisaje a través de la ventanilla del carruaje. Me fijé en algunas casas de un cercano pueblo, situado sobre una loma. A juzgar por su aspecto ruinoso, y el de la iglesia o templo derruido, me pareció intuir que estaba abandonado y sin nadie que lo habitara, excepto un anciano que con un enorme tupé y de elevada estatura, contempló con indiferencia el paso del carruaje, mientras daba una calada, sentado en cuclillas sobre una roca moteada, a una pipa cuyo largo y kilométrico mango, sostenía entre los dedos ajados y sarmentosos.
26
1
-Observe bien gran duque Laertes.
Las palabras del barón Ashura llegaron con un siniestro eco hasta , los oídos de Benvolio, el hijo del alcalde de Neo Verona que estaba presente, acompañando a Romeo. La mano derecha del doctor Infierno,
alzó su tridente y dio una orden seca y gutural:
-Máscaras de hierro -gritaron sus dos mitades al unísono- inicien la prueba.
Laertes observó la llanura en la que se alzaban los edificios abandonados de una antigua y majestuosa ciudad, anterior a Neo Verona y en la que varios animales de granja, como caballos, vacas y bueyes deambulaban indiferentes y totalmente ajenos, al temible experimento, que se iba a realizar, a costa de sus infortunadas vidas.
Al poco de haber impartido las órdenes, los soldados de Ashura, manipularon los controles de un gran computador que ocupaba toda la parte central de una casamata de hormigón construída apresuradamente, y protegida por sacos terreros. Los técnicos y operarios del Barón Ashura, habían levantado en menos de dos semanas, en un paraje totalmente desértico y acordonado por una fuerza conjunta de carabinieris y máscaras de Hierro, un gran complejo de casamatas y fortificaciones de lo que constituiría un campo de pruebas y base secreta donde se crearían y probarían las nuevas armas que el Imperio Negro iba a suministrar al Gran Duque. De esta manera, Laertes, podría hacer realidad sus siniestras aspiraciones, no solo a consolidar su poder sobre Neo Verona, si no en todo Nevus.
Sonó una sirena. Entonces los últimos hombres de Ashura que rondaban por allí, supervisando los detalles finales, se retiraron apresuradamente, para ponerse a cubierto, bajo la protección de las grandes cúpulas y búnkeres blindados y forrados de plomo. Laertes permanecía junto al Barón Ashura, y Romeo y Benvolio estaban en otro departamento, del bunker en que se habían refugiado, a instancias del siniestro personaje.
Ambos jóvenes, podían escuchar perfectamente, la extraña y redundante voz del nuevo consejero de su padre, pero no contemplar su rostro. Cuando estaban ante él, Ashura se calaba la capucha de forma que no había manera de distinguir sus facciones bajo el tejido oscuro del ominoso hábito que vestía permanentemente.
Romeo no deseaba estar allí. Presenciaba que iba a ver algo terrible y desagradable. Bastante tenía encima con el dolor que le atenazaba desde que Julieta le había dejado por aquel joven que desprendía fuego desde sus muñecas y que le había arrebatado injustamente el amor de la gentil muchacha. Por otro lado, las minas de Gradisca habían sido clausuradas temporalmente, debido a que el seísmo que había afectado a sus instalaciones, las había dañado de forma tan intensa, que puede que no fuera posible reabrirlas jamás. Los desperfectos eran tan exhaustivos, como irreparables en muchos de los casos. Galerías cegadas, instalaciones demolidas hasta los cimientos, maquinaria y útiles de minería completamente inservibles. Por lo pronto, el joven, había retornado nuevamente a Neo Verona a requerimientos de su padre. Romeo estaba pensando en la forma en que podría destruir al misterioso hombre que había apartado a Julieta de su lado, cuando uno de aquellos odiosos personajes, que escondían sus rasgos bajo una máscara de hierro, en forma cónica le entregó a él y a Benvolio unas gafas oscuras, pidiéndole que se las pusiera. A requerimientos de Romeo, que las agitó entre sus manos, de forma airada, el hombre se limitó a encogerse de hombros y dijo:
-Deben de utilizarlas, señores, porque la luz podría dejarles ciegos. Son órdenes del Barón.
Benvolio, que por alguna razón que ambos amigos no alcanzaban a entender, había sido llamado por el Gran Duque, se las puso intuyendo que debía seguir el consejo del hombre de la máscara de hierro.
Romeo no comprendía tampoco, que pintaba allí Benvolio en aquel experimento, operación secreta o lo que fuera, que estaba llevando a cabo el mencionado Barón, y que parecía ejercer una maléfica influencia sobre Laertes.
Romeo sin alcanzar a discernir el objeto que tenía el ponerse unos anteojos tan raros y ridículos, suspiró y terminó por hacerlo. Las lentes eran de cristal ahumado y a través de ellas, las formas y colores aun podían percibirse, pero bajo el filtro, de un tono oscuro, que había convertido el luminoso día en una noche de permanente penumbra, como si unas repentinas tinieblas lo hubieran invadido todo.
A través del visor de plexiglás practicado en la gruesa muralla del búnker, observaron hacia delante. Se escuchó una cuenta atrás, que sonó desde unos altavoces dispuestos en torretas metálicas y cuando esta llegó a su fin, una bola de fuego, de color anaranjado eructó de la Tierra, para ir ascendiendo lentamente hacia lo alto. Poco después, una nube de color entre rosado y blanquecino, ascendió lentamente hacia lo más alto de la atmósfera, adoptando una característica y apocalíptica forma de hongo, como si un árbol gigantesco hubiera crecido repentinamente de la atroz simiente depositada en las entrañas de la tierra. Al mismo tiempo, un viento de fuego huracanado barrió el paisaje, del que los aterrorizados animales intentaron escapar sin éxito, porque sus llamaradas no tardaron en alcanzarles y engullirles, calcinando sus cuerpos. Por un instante, Romeo, y Benvolio al igual que todos los presentes, pudieron percibir claramente, gracias a unas pantallas que mostraban en primer plano, los efectos de la devastadora arma, como los esqueletos relucientes y desprovistos de la carne que había sido consumida por las voraces llamas, de algunos caballos y vacas quedaron paralizados durante un instante eterno, hasta que saltaron en miles de astillas y finos fragmentos, que pronto fueron reducidos a polvo. Otro tanto podía decirse de los edificios, que caían desplomados, mientras la tormenta flamígera los envolvía, no perdonando a ninguno de ellos. Nada quedó en pie. Las construcciones se derrumbaban como si de un castillo de naipes se tratara, mientras un espantoso y fúnebre bramido producido por el vendaval abrasador que la explosión había generado, extendía su tétrico ulular por todos los rincones de la ciudad fantasma, de la que no quedó piedra sobre piedra. Si desolador había sido su aspecto, hasta que el Barón Ashura centró su atención sobre ella, para realizar la aterradora prueba, ya nada existía de la misma. En un principio, el barón Ashura intentó que se bombardeara una ciudad habitada, pero Laertes, pese a su crueldad y falta de escrúpulos, se negó rotundamente. No deseaba embarcarse en su proyectada conquista del mundo, sin asegurarse de que la demoledora e inmisericorde arma, fuera tal y como su aliado, el Barón Ashura, le había prometido. Y tal como le habían prevenido, una luz cegadora, llegó hasta el joven Montesco y su amigo, que se había desmayado al contemplar los efectos de aquella macabra arma o lo que fuera.
Romeo ayudó a Benvolio a levantarse, mientras se preguntaba que clase de pacto demencial había realizado su padre, y que se proponía hacer.
Cuando el resplandor fue remitiendo, Ashura hizo un gesto a Laertes para que se quitara los negros anteojos que le habían permitido percibir con toda claridad, sin perder la vista, la bola de fuego que había nacido a ras del suelo y había ido creciendo progresivamente y desatando todo aquel furioso y horrible mar de llamas que abrasó cuanto encontró a su paso.
Laertes se volvió hacia Ashura y preguntó aun sobrecogido:
-¿ Esta es la nueva arma de la que me habló Ashura ?
El barón sonrió aviesamente y asintiendo dijo:
-Si, ilustrísima. Con la bomba atómica, nadie podrá oponérsele. Nevus le pertenecerá pero a cambio -dijo con tono tajante- deberá entregarme a Escalus y a la chica Capuleto.
Laertes estaba dispuesto a ceder en lo primero, pero no en lo segundo. Observó a su interlocutor con ira y dijo:
-No, la chica es mía. Forma parte de mi venganza -declaró rotundo.
Pero el barón Ashura fue tajante. Julieta le debería ser entregada o por el contrario, no habría el más mínimo respaldo, por parte del Imperio Negro a sus planes de conquista.
27
Benvolio era el mejor amigo de Romeo, un joven sencillo y discreto que parecía ejercer cierta influencia sobre el joven Motesco. Por increíble que pudiera parecer, mientras contemplaba sobrecogido, la potente explosión y sus consecuencias, Romeo dejó de sentir aquellos deseos de venganza hacia Mark, ya que por otra parte, poco podría hacer contra un joven que lanzaba fuego a través de sus manos desnudas, pero se propuso luchar contra él y recuperar a Julieta como fuera. Después de ver los devastadores efectos del arma nuclear, el hijo del alcalde de Neo Verona se había desmayado. Romeo se apresuró a auxiliarle y le sacó rápidamente del viciado ambiente de la casamata de hormigón, siendo auxiliado por dos carabinieris que, al momento, le condujeron a la moderna enfermería, habilitada dentro del complejo, que además sería el futuro cuartel general del Barón Ashura y su base de operaciones, desde aquel día en adelante. Cuando volvía de la enfermería, su padre le aferró por el hombro derecho y le preguntó desabridamente:
-¿ Dónde estabas ? ¿ llevo buscándote desde hace rato.
Entonces Romeo, que había estado sumido en un estado de melancolía tan grande, que apenas si había reaccionado a cuanto le rodeaba y sin importarle demasiado cuanto sucedía a su alrededor, pareció como si despertara de un largo sueño. Cuando vio a Julieta en brazos de aquel joven de cabellos largos y ojos como la noche, y de que forma mostraba a la muchacha su formidable poder, se sumió en un estado tal de desesperación y tristeza, que su padre el Gran Duque decidió mandarlo a las minas de Gradisca, para que allí recapacitara sobre sus errores y su falta de interés por los asuntos de gobierno, dado que un día Neo Verona sería gobernada por su propia mano, como le había referido su padre en multitud de ocasiones.
"Por mi propia mano" -se dijo amargamente. Entonces pensó en la fuerte impresión que había sufrido Benvolio al observar aquella devastadora y letal arma y se encaró con su padre, crispando los puños y mirándole con rabia, exclamó finalmente:
-Eres un miserable padre.
Laertes, movió la cabeza ligeramente. Sus negros ropajes se agitaron por un breve instante, produciendo un susurro.
-¿ Eh ? -preguntó extrañado -¿ cómo te atreves a hablarme así ? -rugió el hombre sujetando a su hijo por las solapas de su casaca. Pero Romeo no se dejó intimidar. Aunque su padre hubiera tenido el doble de estatura, que ya de por si era imponente, no se habría amilanado.
-¿ Cómo te atreves a emplear un arma tan miserable ? ¿ cómo has podido aliarte con ese engendro ? ¿ sabes la cantidad de inocentes que morirán si empleas ese instrumento mortífero ?
Laertes alzó la mano para golpearle, pero Romeo no estaba dispuesto a esquivarle, ni a suplicarle perdón. Sostuvo desafiante la mirada de su padre y aguardó a que sus dedos como de hierro descargaran una bofetada contra él. No solía pegarle, pero cuando le había propinado alguna bofetada, lo hacía con tal fuerza, que le había marcado la huella de su mano en la mejilla, durante varios días. Romeo temía a su padre pero no sentía un miedo cerval hacia él, como si ocurría con el adulador de Mercutio, cuyo padre, Titus, un noble cortesano, que estaba casi todo el tiempo, borracho, aun sentía más terror hacia Laertes que su propio hijo.
Romeo clavó sus ojos verdes en el rostro severo y contraído por la ira de su padre. Las puntas de sus bigotes temblaban levemente y pequeñas gotas de saliva se escapaban de sus labios fruncidos. La gorra que denotaba su rango estuvo a punto de caérsele de los largos cabellos encrespados y enmarañados.
Pero su mano se detuvo en el último momento. Pareció contrariado por lo que tomó por indecisión o rebeldía de su hijo y dijo con voz cansada, mientras bajaba el brazo.
-No te entiendo hijo. Todo esto lo hago por tu bien, y el bien del pueblo de Neo Verona. Yo...
-No padre -dijo Romeo soltando los dedos de su padre de su indumentaria, que aun seguían trabando la tela de su casaca- solo buscas el poder por el poder. Sé quien es ese ser que te visita continuamente. No soy tonto y lo que se cuenta de él. Y ese armamento con lo que te dice que serás invencible.
-Y así será -dijo el duque con severidad- Entonces depositó las manos sobre los hombros de su hijo y preguntó:
-¿ No te das cuenta Romeo ? gracias a nuestros nuevos aliados, Neo Verona será la perla de Nevus. La bandera de los Montesco ondeará en todo el planeta.
Romeo se sacudió nuevamente, las manos de su padre y dijo:
-Padre, el Barón Ashura solo te conducirá a la perdición. En cuanto no le resultes útil, se deshará de ti. De eso no te quepa la menor duda.
28
Bajé del carruaje de Lady Ariel con una punzante y angustiosa sensación de peligro. Si aquello era una trampa, poco podría hacer para defenderme o evitar caer en una encerrona. Observé al sonriente Williams, que parecía inofensivo, aunque cuantas falsas impresiones como aquella, se habría hecho otros incautos que cayeron en trampas similares, tan tontamente. De todas formas, la noble dama me había liberado o por lo menos había intercedido por mí para conseguir mi puesta en libertad. Además el hecho de haber mencionado a Haltoran, me había tranquilizado. Cuando la carroza se detuvo ante un bloque de viviendas de apariencia humilde, la dama me dijo mientras esbozaba una sonrisa:
-Hemos llegado Maikel. Podemos bajar.
Así lo hice. Aun no había tenido tiempo de cambiarme de ropa y conservaba el sucio y ajado uniforme penitenciario de Gradisca. Estaba un poco avergonzado por mi aspecto desastrado, pero William sonrió y declaró:
-No te preocupes querido amigo. Arriba te proporcionarán ropa limpia.
Subimos por una empinada escalera de caracol. Después de haber trabajado tan intensamente picando mineral y empujando vagonetas en las duras condiciones de Gradisca, salvar aquellos pocos peldaños se me tornaba harto difícil., pero ya me daba igual si aquello era una encerrona o un acto desinteresado de una buena persona. Lady Ariel me parecía una buena persona desde luego, anque luego me equivocara completamente. Cuando Lady Ariel, que iba en cabeza y salvaba las escaleras con una agilidad impropia de alguien de su edad, o por lo menos, era lo que opinaba al respecto, dejándome muy atrás llegó hasta una especie de porche en el que se abría una puerta doble de madera, picó con los nudillos, realizando una especie de secuencia de golpes, que seguía un patrón o un orden, y aguardó que alguien le abriera o le respondiese. Se escuchaban voces apagadas por el grosor de la puerta, pero pudimos advertir claramente, que pertenecían a varias personas que discutían acaloradamente, entre ellas las de Mark y Haltoran. Creí o tuve la impresión de que la señora estaba realizando una especie de santo y seña porque alguien desde el otro lado, con voz cascada dijo algo así como "perfecto" y "adelante".
La puerta se movió produciendo un leve chirrido y un anciano con un solideo, sobre sus cabellos grises y con barba y bigotes de puntas rizadas, decimonónicos, salió al encuentro de Lady Ariel, y reconociéndola la invitó a pasar con grandes muestras de deferencias y respeto. Aquella mujer parecía muy importante para aquel anciano, o por lo menos la tenía en muy alta estima.
Lady Ariel se giró hacia su hijo y hacia a mí y habló en voz baja:
-Conrad, traigo un hombre, al que quiero que protejas y que me parece que es el motivo de vuestra reunión.
El anciano se apartó y nos franqueó la entrada. Lady Ariel y William que también me había rebasado, subiendo los peldaños con una agilidad sin duda heredada de su madre, se plantó arriba en un santiamén y me animaba desde el descansillo de baldosas, que se abría justo al final de la escalera de caracol, con alegres voces que Conrad intentaba silenciar, llevándose un dedo a los labios repetidamente.
-William, no alborotes -susurró su madre mirando nerviosa hacia los lados- los carabinieri podrían oírnos.
William asintió con cara de circunstancias y cuando llegué arriba y entré por la puerta, el anciano del solideo, de aspecto enjuto y ascético me lanzó una larga mirada de arriba abajo, como si estuviera juzgándome o expresando su desagrado. Lo primero que me encontré al pasar al interior de la pequeña estancia de paredes de adobe, fue a un grupo de personas dispuestas en semicírculo, celebrando o discutiendo algo. Me fijé en dos hombres jóvenes, uno de ellos tuerto y moreno de cabellos alborotados. Otro de rasgos más finos y aristocráticos, de largos cabellos rubios recogidos en una coleta. Ambos eran fornidos y tenían aspecto peligroso y curtido. Llevaban una larga espada ceñida del cinturón. Luego, ví un chiquillo de no más de doce o trece años de facciones vivarachas y que no paraba de observarme y hacer preguntas acerca de mi identidad. También había varias mujeres. Una de ellas, tenía el pelo recogido en un moño y llevaba un sencillo vestido con un delantal encima de color blanco. Pero lo que más me impresionó, como si aquella escena, lo hiciera ya de por sí, fue encontrarme a Haltoran y a Mark, en compañía de una muchacha muy hermosa y joven. La muchacha del delantal era bella sin duda, y su hermosura no desmerecía para nada la de aquella joven. Pero mis ojos se quedaron fijos, en las pupilas ambarinas que brillaban, bajo unos cabellos entre rojizos y castaños. Me quedé asombrado. Era aun más preciosa y sus formas eran perfectas, casi tanto o más que las de....
Me detuve asustado. Aquel pensamiento me perturbaba. Candy era muy bella, pero aquella muchacha la superaba ampliamente. Me sentí como un miserable por concebir tales ideas descabelladas. Aquellas impresiones pasaron mi mente de forma fugaz. Luego, después de recobrarme de la impresión de encontrar a Mark allí, me fijé que la chica estrechaba a Mark entre sus brazos con fuerza y sin separarse de él ni un milímetro. También me apercibí de la mala impresión que había producido en todas aquellas personas, a excepción de Mark y de Haltoran.
Entonces el tiempo volvió a fluir, porque todo me había parecido ir a cámara lenta. Mark se apartó de la muchacha, que puso cara de contrariedad, pero que le dejó hacer y avanzó hacia mí dándome un abrazo:
-Maestro, maestro -decía sin poder dejar de contener sus lágrimas, por haberme encontrado. Poco después Haltoran me palmeaba la espalda alegremente, y me hallaba entre ambos, que no dejaban de felicitarse porque todo hubiera transcurrido bien y que hubiera vuelto ileso y de una pieza, de las temidas minas de Gradisca, ante la mirada alborozada de Julieta, aunque no podía decir otro tanto de los demás, a tenor del frío recibimiento que me dispensaron.
29
-No puede quedarse aquí -dijo Conrad, refiriéndose a mí.
Aunque estaban hablando en una habitación contigua, podía oír claramente, como el anciano de la barba decimonónica y los bigotes en punta, que no dejaba de atusarse continuamente, hablaba acaloradamente con Lady Ariel, pero la dama fue rotunda e inflexible:
-Conrad -dijo la mujer- no estoy dispuesta a tolerar una negativa por tu parte. Ese hombre no puede deambular solo por Neo Verona, no conoce nuestra ciudad, ni las intrigas que aquí están continuamente fraguándose, de un día para otro.
-Y tampoco tiene a donde ir claro -dijo Conrad cruzándose de brazos y lanzando un breve y corto gruñido.
Lady Ariel asintió lentamente, mientras tomaba asiento en un escabel, que estaba situado junto a la chimenea decorada con filigranas de cobre y sobre, cuya repisa, reposaban algunos pequeños objetos decorativos. En la pared, el escudo de armas de los Capuleto presidía la austera y pequeña estancia. Todo en aquella vivienda respiraba sobriedad, aunque estaba inmaculadamente limpia y los pocos y escasos muebles que allí había, estaban en un perfecto estado de conservación. Continué escuchando involuntariamente la disputa entre Conrad y la dama, ante los gestos de embarazo y contrariedad del hombre de la cicatriz en el rostro. Julieta permanecía junto a Mark, ceñida a su cintura, mientras me hablaba lentamente:
-Maikel, no te preocupes. Conrad tiene buen corazón. Es testarudo y poco dado a mostrar sus sentimientos, pero no dudes que entre esto y la buena disposición de Lady Ariel, conseguiremos que te quedes.
Julieta hablaba un dialecto muy similar al italiano, pero yo, fuera del inglés, el japonés y el español, no me manejaba. Irónicamente aquellos idiomas tan útiles, sobre todo el inglés en el siglo XXI, o a principios del XX, de poco me servían allí. Afortunadamente, Lady Ariel, había conseguido recuperar mis pertenencias que me entregó cuando estábamos en el carruaje, ya de camino a la libertad, abandonando las temibles minas de Gradisca y tras pasar bajo el rastrillo que cerraba la boca de la gruta, que servía de entrada al complejo y al que se accedía, tras atravesar un largo y húmedo pasadizo subterráneo. Ni la dama ni su hijo me hicieron preguntas, acerca de mis extraños "inventos". Tan pronto como tuve de nuevo en mi poder, el brazalete que Rand me entregara, me lo acoplé a la muñeca, y empezo a traducir lo que la hermosa muchacha me decía afablemente, mostrándolo en la pantalla digital del mismo. Hablé en inglés, sin saber si el aparato traduciría lo que decía y para mi sorpresa, mi voz se comunicó en el dialecto italiano. Me quedé un poco atónito. La propia máquina, imitaba mi tono de voz, acompasándola al ritmo de mis labios, como si fuera yo realmente quien se expresaba en un correcto y fluido italiano. Haltoran me observó extrañado, lo mismo que Mark, pero les hice gestos, de que luego les explicaría como era posible aquello.
-No, te preocupes -dije sinceramente- si Conrad no quiere que me quede, lo entenderé. Ya hemos perturbado bastante la vida del Refugio.
-No lo sabes bien -dijo Curio entre dientes.
Curio estaba reclinado sobre la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos entornados. Me observaba de reojo con suspicacia y cara de pocos amigos, pero una mirada de Francisco le hizo callar de inmediato. Fingí no haber oído nada, para no enviciar aun más, el enrarecido ambiente y entonces Julieta, posó una mano en mi brazo y me dijo:
-Maikel, no voy a dejarte solo. El hecho de que seas el maestro de mi Mark, ya de por si significa que me importas bastante. Me gustaría que me honraras con tu amistad.
Estreché su mano, sorprendiéndome por la fortaleza que anidaba en la presión de sus dedos en torno a los mismos y la afabilidad de su carácter. Que diferente de la típica estampa, que la retrataba de aquella manera tan recatada y sumisa, en la obra dramática, si es que era la misma persona…y aquel William el que me estaba temiendo.
Alcé las cejas sorprendido al oír aquella expresión. "Mi Mark". Cuando Candy se enterase, sus gritos de dolor, se escucharían en todo Lakewood. Ahora comprendía porque Haltoran tenía tanto afán en que le acompañase hasta allí. Esperaba que mi ascendiente sobre Mark, le hiciera recapacitar y una vez, que hubiera derrotado a ese extraño enemigo, que según Saori, destruiría todas las eras, pudiéramos volver, pero lo dudaba. Mark era un espíritu independiente, demasiado, y no era la primera vez que tomaba una decisión drástica cambiando otra anterior, de forma también radical. Y tendríamos que volver, antes de que Candy se volviera loca de dolor, por su ausencia. Entonces, tras la puerta que separaba la estancia que hacía las veces de salón y la otra más pequeña, que parecía una especie de estudio o despacho, me llegó claramente la voz de Lady Ariel.
-Conrad, estoy dispuesta a transigir. Si permites que Maikel se aloje en el Refugio, el tiempo suficiente, acondicionaré mi casa de Mantua, para trasladarlo allí y esconderlo por una buena temporada. Además en Mantua, estará más seguro, pero aun debo de preparar la casa y limpiarla un poco. Baltasar y Esther están ya en la finca, encargándose de los preparativos, porque debemos de poner la villa en condiciones de ser habitada nuevamente. Lleva muchos años cerrada y sin ser habitada.
Conrad suspiró. No tenía otra alternativa que acceder y cuando finalmente, franqueó la puerta que separaba el despacho del salón dijo con voz contrariada, porque se notaba a legua que no le había gustado para nada tener que plegarse a los deseos de la dama:
-Maikel, puede quedarse, pero solo el tiempo suficiente. Lady Ariel, la noble dama que le rescató, ha vuelto a interceder por usted.
Julieta lanzó un alegre grito de alegría, celebrando que me permitieran permanecer allí. Por otra parte, yo agradecí sinceramente que me brindara su amistad.
30
Benvolio temblaba aun pensando en cuanto había presenciado. Incapaz de asumir cuanto había observado, la imagen de la ciudad devastada no se le iba de la cabeza. Se preguntó porque razón el duque Laertes le había llamado a su presencia, cuando lo que pretendía era que acompañara a Romeo, para que asistieran a una extraña prueba que tendría lugar en la antigua Verona. Benvolio conocía la historia de la antigua ciudad-estado hasta que un terremoto la derruyó, hasta los cimientos prácticamente. Quedó tan inhabitable que hubo de ser abandonada y se tuvo que erigir una nueva ciudad, a partir de la nada, la Neo Verona que tanto me había admirado y que tampoco a Mark ni a Haltoran habían dejado indiferentes.
Cuando Benvolio vio como la antigua urbe era derretida por un fortísimo calor que le llegó en oleadas, la impresión fue tan grande que se desplomó ante los gritos angustiados de Romeo. Ahora, tras una corta recuperación en el hospital de campaña habilitado por las máscaras de hierro en el moderno complejo, que contrastaba furiosamente con el estilo de vida renacentista de aquel tiempo, se dirigió hacia su casa, trasladado en un carruaje que había puesto a su disposición el Gran Duque, el cual antes de que el médico le diese el alta, le hizo una singular advertencia:
-Espero, que no cuentes lo que has visto, querido Benvolio, -dijo Laertes, a sabiendas de que el joven haría caso omiso de sus palabras- esto es alto secreto. Neo Verona a partir de ahora, va a contar con poderosos aliados y de esta manera, recobraremos la posición que nos corresponde en el mundo, mi buen amigo. En su momento, todo esto -dijo tendiendo la mano en derredor- saldrá a la luz y convertiremos a Neo Verona en la perla reinante por derecho propio sobre todo Nevus.
Cuando Benvolio llegó a su casa, lo primero que hizo fue relatarle al alcalde de la ciudad, su propio padre, los siniestros planes que el Gran Duque pretendía llevar a cabo. Entonces el alcalde de la ciudad, confirmó para su pesar, los rumores que circulaban por la corte y los círculos de poder, acerca de un misterioso personaje que actuaba como una especie de consejero para Laertes. En un principio, el padre de Benvolio creyó que se estaría refiriendo a Ophelia, la Cuidadora del gran árbol que sostenía, junto con otros dos árboles más todo el peso del mundo sobre sí, pero había tenido ocasión de hablar con Hermione, la prometida de Romeo hacía poco tiempo. La chica, en un arranque de sinceridad, le había contado lo que había visto, en compañía de Rand y de Alya. Al contrario que Mercutio, cuya sola proximidad le producía ya escalofríos, apreciaba sinceramente a Benvolio, el cual había notado cierta atracción por ella, pero decidió no interponerse entre Romeo y la muchacha, creyendo que su compromiso aun era firme. Ahora les unía una sincera amistad. El alcalde de Neo Verona se pasó una mano por la frente y declaró mientras se sentaba sin dejar de observar a su hijo:
-Ese hombre, tiene dos rostros.
-¿ Qué pretendes decirme padre ? -preguntó Benvolio.
-Su cara está formada por dos mitades superpuestas, una masculina y la otra femenina -dijo el alcalde dudando de que su hijo le estuviera tomando en serio- solo te digo, lo que Hermione me relató el otro día.
Benvolio abrió los ojos desmesuradamente ante la explicación de su padre, y entonces reparó en como el desconocido procuraba ocultar cuidadosamente sus facciones, bajo la capucha que remataba su hábito de dos tonalidades.
-¿ Por qué razón estará ayudando al Gran Duque, entonces ? -quiso saber Benvolio.
Su padre se irguió porque su desazón y nerviosismo le impelían a moverse, y empezó a dar vueltas por el salón de la casa familiar, tratando de razonar una respuesta a la pregunta de su hijo.
Entonces se detuvo de improviso frente a un cuadro, en el que el artista le había plasmado fielmente, junto a su esposa e hijo, y para el que él y su familia habían posado pacientemente durante varios meses, hasta que la bella composición estuvo terminada y observándolo, reparó en lo bella que era su esposa. Acarició la tela con dedos trémulos, ante la sorpresa de su hijo y dijo:
-Benvolio, creo que debemos irnos de Neo Verona cuanto antes.
Benvolio dio un respingo y preguntó en un tono entre airado y temeroso:
-Pero padre, ¿ por qué deberíamos hacer una cosa así ? -le interrogó crispando los puños con fuerza.
El alcalde suspiró entrecerrando los ojos. Volvió a fijarse en la imagen de su esposa y de su hijo. Cuanto más contemplaba aquel cuadro, más adorable y entrañable se le antojaba aquella imagen.
-Me pareces, hijo mío, -dijo con un deje de tristeza en la voz -que, has presenciado algo que no deberías.
-Pero, pero, el Gran Duque me reclamó a su lado -protestó Benvolio.
Su padre se giró hacia él y haciendo un ademan con la mano le pidió calma y dijo:
-Lo sé Benvolio, y lo ha hecho así, para tener un motivo para eliminarnos. La excusa que necesitaba para deshacernos de nosotros, no tanto por lo que contemplaste.
Ante la expresión de terror que el semblante normalmente sereno de Benvolio, adoptó, el alcalde explicó:
-Nos la tiene jurada hijo. Desde que en las Cortes intenté interceder por los Capuleto.
Hubo un embarazoso silencio entre ambos y añadió apresuradamente:
-Vamos, ve preparando lo más esencial y ayuda a tu madre a hacer el equipaje. No tenemos tiempo que perder. Debemos abandonar Neo Verona lo antes posible. Yo hablaré con tu madre.
Entonces, la silueta de una mujer se recortó a contraluz Tenía los ojos muy abiertos y ambas manos cubriendo sus labios. Padre e hijo se giraron al unísono y el alcalde corrió a abrazarla. Su esposa se desahogó llorando en el pecho de su marido.
-!Oh querido! -se lamentaba- no deseaba oír algo tan terrible. Fue involuntario yo....
-Tranquila querida, tranquila -le dijo su marido -cuanto antes lo sepas, mejor.
El alcalde consoló a su mujer, lo mejor que supo y Benvolio estrechó a su madre entre sus brazos.
-Debemos, irnos madre -dijo Benvolio reprochándose su candidez, al acudir a palacio sin más ni más, ni siquiera sospechar que el padre de Romeo, le podía estar tendiendo una celada en la que tan fácilmente había caído.
Su madre agradeció sus esfuerzos por reconfortarla y asintiendo, dijo:
-Sí, nuestras vidas peligran. Recogeremos lo esencial y nos iremos cuanto antes.
Los tres se abrazaron fuertemente, permaneciendo sólidamente unidos en corrillo, mientras el alcalde decía:
-No temáis, esposa mía, hijo, mientras permanezcamos juntos, saldremos adelante.
31
El barón Ashura había comenzado a moverse. Mientras Laertes fantaseaba con sueños imperiales que afectarían a las vidas de millones de personas, de no ser detenidos a tiempo, se disponía a llevar a cabo se misión. Lo único que no entendía mientras se dirigía hacia las cámaras subterráneas, situadas bajo palacio, es como el Doctor Infierno, cuando le había consultado acerca de sus propósitos, no le había permitido escoger una ciudad habitada como blanco para la denotación del ingenio nuclear, aunque había aprobado complacido sus planes.
-Nada de destrucción innecesaria -le había dicho con su característica voz tronante- si el Gran Duque, comprueba los verdaderos efectos de este armamento sobre personas vivas, probablemente se echaría atrás y necesitamos su plena colaboración, aparte de que pondríamos sobre aviso a las demás ciudades estado de Nevus.
Luego, su señor se había extendido en un largo monólogo, como era característico en él, mientras la cabeza de Broken revoloteaba en torno suyo, suplicándole que lo reconsiderara.
-Por favor, doctor Infierno, por favor -decía con un tono suplicante y servil- releve a Ashura de esta misión, déjeme ir a mí en su lugar.
Pero el doctor Infierno fue tajante. El Barón Ashura seguiría al frente de la operación. Con una seca negativa, de su señor, el conde Broken calló de improviso, adoptando un gesto de pesar y de ira, que hizo reir al Barón Ashura quedamente, al contemplar la derrota de su rival, a través de la pantalla que le ponía en comunicación con su señor.
Cuando el monitor se apagó tras, algunas rayas e interferencias, una vez que el doctor Infierno, dio por terminada la reunión con su mano derecha, el barón Ashura se dirigió hacia la bóveda que albergaba a Escalus. Era fundamental contar con la lealtad de Laertes, para que Nevus fuera controlado por él, en nombre del doctor Infierno. No podía mandar bestias mecánicas, porque la estructura atómica de los monstruosos robots, se disolvería en la abrasiva atmósfera de Nevus, dado que contenía un compuesto que aunque era inofensivo para los seres humanos y la flora y fauna del planeta, resultaba letal, incluso hasta para la poderosa aleación Z, deshaciendo los enlaces entre los átomos y destruyendo la materia. Mazinger, en el caso de que Koji Kabuto no hubiera sido derrotado aun, habría sido atraído hasta aquella dimensión de alguna manera, para que una vez allí, la atmósfera de Nevus hiciera el trabajo. Era su plan B, por si Mazinger Z no hubiera podido ser derrotado en la Tierra.
Por eso deberían servirse de Laertes para que mantuviera el planeta bajo su puño de hierro, hasta que los científicos del Imperio Negro, diseñasen una nueva aleación que permitiera introducir una bestia mecánica en Nevus. Un robot, por el que no hubiera que temer que quedase desintegrado a los pocos instantes de llegar allí. Entonces, el doctor Infierno reclamaría el trono de Nevus y se desharía de Laertes, como quien aplasta a un molesto insecto, cuando dejara de resultarle útil. Y en cuanto a Mark, del que ya conocía su existencia y al que temía en gran medida, porque era el único que podía desbaratar sus planes, se serviría de Julieta para tenerlo bajo control.
32
Estaban delante de una enorme cancela de color negro, cuyas puertas batientes de hierro forjado estaban franqueadas por las estatuas de dos pequeños ángeles orantes, encarados el uno contra el otro. Dos pináculos que descansaban sobre sendos pilares, a ambos lados de la verja, acompañaban a las solitarias efigies que rezaban en silencio, arrodilladas sobre sus correspondientes pilastras de piedra.
Observé a Conrad extrañado. El anciano cuyos rasgos adustos parecían una máscara de piedra, sostenía una antorcha en alto, a cuya luz, su nariz aguileña parecía aun más afilada si cabe. Mark apretó su mano en torno a la de Julieta. Noté una extraña sensación al observarle en compañía de una mujer que no era Candy. Haltoran que tenía otra antorcha entre las manos, cruzó conmigo una significativa mirada y asentí alzando las cejas. Sentí pena por Candy. Había que intentar que Mark cambiara de opinión. Si su esposa se enteraba de que estaba cortejando a otra mujer, posiblemente la pena la mataría. Haltoran había estado conversando conmigo, poco después de mi liberación de las sombrías y lóbregas galerías de Gradisca y había insistido en que teníamos que hacerle entrar en razón como fuera.
-Estoy convencido de que es algo pasajero –me decía Haltoran caminando a grandes zancadas por el pequeño cuarto que me habían asignado y que contaba con el moblaje y los enseres mínimos indispensables- tienes que tratar de convencerle Maikel –decía Haltoran, casi suplicante, al borde del paroxismo. El hecho de que hubiera estado enamorado de Candy, también influía y no poco en los deseos del joven de preservarle de todo mal.
Me sujeté las sienes con las manos. Me había cambiado de ropa poniéndome un jubón ajado pero limpio que por lo menos olía bien. Finalmente había conseguido deshacerme de aquel maldito sayo o como se llamara aquella hedionda prenda cuyo olor me había impregnado la piel y que solo había conseguido deshacerme de él con enérgicas fricciones tras reiterados baños, que enojaban a Conrad, dado que su economía no estaba para grandes dispendios.
-No es tan fácil –dije yo con voz cansada y tendiéndome en la cama de dosel- ya sabes que Mark siempre ha ido muy por libre. La verdad, es que jamás sospeché que hubiera tenido otro romance, precisamente con ella.
Haltoran me observaba y se pasó una mano por la frente diciendo azorado:
-Sabía que Mark había tenido más relaciones amorosas con otras mujeres, pero –abrió los brazos en un gesto de asombro muy característico en él- pero con…Julieta…
Estaba cavilando en aquel diálogo entre ambos, y seguramente Haltoran estaba sumido en los mismos pensamientos, cuando de repente una portilla practicada en la cancela se abrió con un chirrido. Al otro lado, había una mezcolanza de estatuas y ángeles orantes sobre lo que parecían lápidas. Aquello tenía aspecto de ser un cementerio. Me estremecí levemente, aumentado mi pesar por la oscura noche que nos rodeaba. Mis ojos se posaron sobre un pequeño caballo alado que se encabritaba sobre un pedestal, mientras a su lado, la efigie de una mujer envuelta en una túnica, nos daba la espalda con indiferencia. Había algunas columnas y capiteles rotos y destrozados por la mitad, mientras la voz gutural de Conrad hizo que todos le prestásemos atención:
-Este es el cementerio de la Casa de los Capuleto, así como de sus familiares.
Entonces caminamos entre un sin fin de restos y escombros de paredes y tabiques derribados. Si el aspecto del camposanto que parecía rodear una imponente mansión era desolador, el de la gran casa señorial, o más bien lo que quedaba de la misma, me dejó sin aliento, porque era aun peor. Entramos en el quebrantado inmueble que parecía haber sido sometido a los efectos de una destrucción planificada y meticulosamente planeada, y entonces escuché mascullar a Haltoran que dijo en voz baja, mientras pasábamos bajo una enorme abertura que horadaba un grueso paredón, y una descomunal columna desconchada, y partida por su mitad amenazaba con precipitarse sobre nosotros.
-Esto ha sido obra del fuego. El calor debió reblandecer las vigas de madera del techo arrastrando toda la estructura principal. Al derrumbarse el techo, arrastró a las paredes por inercia.
Julieta le escuchó pero no dijo nada. Haltoran que aun se estremecía ante la revelación que la muchacha le había hecho, así como el descubrimiento de sus más profundos y ocultos secretos, encontró su mirada y enseguida la desvió. El joven se preguntó como es que Mari le había ocultado aquel pasaje de su vida, pero prefirió no conjeturar. Todos teníamos secretos. El, callaba celosamente que era de sangre real, el legítimo heredero del trono de Cremonia, Mark que había mantenido un intenso, aunque breve romance con Julieta, casi tanto o más que el que sostuvo con Candy, y que luego les convertiría en marido y mujer. Y en cuanto a mí….que una peligroso y alocado proyecto, llevado a cabo por mi insensato empeño de aumentar mis ya de por sí, sustanciosas ganancias, en el que jugué con fuerzas que no debería haber despertado nunca, convirtió a Mark en lo que era. Le miré disimuladamente, aunque de sobras sabía que él se percataba perfectamente de aquello. No tenía derecho a pedirle que volviera con Candy, cuando yo le había creado involuntariamente. Llegamos al pie de unas escalinatas. En la cima de un descansillo había un pedestal bajo una especie de templete muy deteriorado. Conrad señaló hacia la base del pedestal donde se podían adivinar aun los restos de algunas palabras o frases en un placa de mármol que había sido arrancada de cuajo, aunque aun podían percibirse algunos restos, y como si eso no bastara, habían golpeado la ubicación de la placa con algo contundente, hasta destrozar la piedra caliza de la columna. Entonces el ascético Conrad anunció a todos con voz solemne, no exenta de algo de teatralidad:
-En esta columna, bajo este templete, se inscribían los nombres del Gran Duque Capuleto y de los demás miembros de su familia.
Julieta observaba la escena con ojos desorbitados. Mark enlazó la mano de su amada con fuerza. Entonces Conrad, se ajustó el solideo que amenazaba con desprenderse de sus sienes y prosiguió:
-Laertes, no tuvo piedad de nadie, Julieta, ni de tus padres, ni de los sirvientes.
Conrad señaló con la punta de su espada que desenvainó con gesto diestro hacia la arrancada placa de mármol blanco, de la que aun quedaban algunos indicios y añadió mirándola con ojos intensos que refulgían a la luz titilante de las antorchas:
-Julieta, eres la única superviviente de la Casa Capuleto.
En ese preciso instante, varios hombres que habían permanecido entre las sombras, hicieron acto de presencia rodeándonos lentamente. Mark se llevó la mano instintivamente a su arma de asalto, y Haltoran le imitó, pero el anciano nos tranquilizó diciéndonos:
-Estos hombres, fueron y continúan siendo leales a los Capuleto –anunció Conrad, al tiempo que los desconocidos se arrodillaban ante la muchacha y Mark, al tiempo que varias gargantas coreaban una estentórea y rotunda consigna:
-Su alteza Julieta Asthur Capuleto.
Conrad se adelantó mientras los hombres, de aspecto fornido y decidido iban abriéndole paso apartándose respetuosamente a medida que el anciano se aproximaba a Julieta con una espada entre las manos. La espada de los Capuleto. Una fina lluvia había empezado a caer sobre nosotros, pero yo me removía inquieto, porque aquellas gotas de agua, me estaban calando hasta los huesos. El frío reinante hacía que pateara levemente, mientras Curio me miraba con ira y se llevaba un dedo a los labios pidiéndome todo el tiempo que guardara silencio.
-Estos hombres perdieron a sus familias –explicó Conrad- por el mero hecho de haber jurado fidelidad a la Casa Capuleto. Aquellos que lograron sobrevivir, juraron protegerte, porque la sangre de los Capuleto fluye por tus venas, como única superviviente de tu estirpe.
Conrad le entregó la espada a Julieta que la sujetó entre sus manos temblorosas una vez que el anciano la desenvolviera del fino paño que la protegía. Conrad alzó otra espada sobre su cabeza y exclamó:
-Juramos que cuando cumplieras dieciséis años, te revelaríamos la verdad. Por eso sobre esta tierra juramos de nuevo, que derrocaremos a los Montesco y tomaremos de nuevo Neo Verona entre nuestras manos.
Julieta contempló su bello y exquisito rostro con semblante asombrado, reflejado en la afilada y bruñida hoja de la espada. A su alrededor, un pequeño bosque de afilados aceros, con la punta dirigida hacia arriba se irguió mientras entusiastas y decididas voces jaleaban:
-Salve su alteza Julieta.
Miré aquella escena atónito. Mark, junto a Julieta, parecía a punto de estallar. Me temí que de un momento a otro fuera a hacer algo, como efectivamente ocurrió. Nuevamente iban a repetir el fuerte grito de guerra. Temí que aquellos insensatos con aquellas voces tan fuertes y estentóreas nos arrojaran encima un batallón de carabinieris, cuando Mark, en uno de sus acostumbrados y rápidos movimientos arrebató la espada a Julieta, que contempló atónita, como la espada cambiaba de manos casi sin darse cuenta, y la esgrimió sobre su cabeza. Todos los presentes enmudecieron enfurecidos, pero Mark no se dejó amilanar y dijo mirándoles desafiante:
-No permitiré que Julieta tenga que cargar ella sola con el peso de la venganza. Yo –dijo Mark volteando la espada con destreza entre sus manos- lo asumiré por ella.
La espada había vuelto a su arca antes de que Conrad descubriera su ausencia, dado que Mark la había ceñido por un corto espacio de tiempo, pero finalmente, no estando seguro de si realmente podría cumplir la promesa que le había hecho a Julieta de restablecer el poder de los Capuleto en Neo Verona se la había devuelto, ante la desilusión y tristeza de la bella muchacha, pero finalmente, había cambiado de opinión nuevamente, haciéndose cargo de la espada y de la venganza contra los Montesco, otra vez. Al ver aquello, varios hombres enfurecidos y ofendidos por lo que tomaron por un sacrilegio imperdonable, se arrojaron sobre Mark, antes de que Conrad pudiera contenerlos, pero Mark les esquivó muy ágilmente desarmándoles con rapidez con unos pocos movimientos de esgrima. Antes de que Haltoran o yo pudiéramos acudir en su ayuda, media docena de nobles permanecían en tierra, incapaces de dar crédito a cuanto habían observado. Haltoran dejó escapar un silbido de admiración y dijo azorado:
-Increíble, yo, solo le enseñé unos pocos movimientos de esgrima, pero lo que ha hecho, me desborda. Ni yo sería capaz de unos movimientos tan limpios y ágiles, como certeros.
El acero en manos de Mark parecía haber cobrado vida propia y trazaba veloces y raudos arcos con tal rapidez, que ni siquiera Curio o Francisco, ni el propio Conrad, verdaderos maestros en el esgrima, pudieron siquiera entrever la espada de los Capuleto trazando aquellas diestras estocadas velocísimas, de raudas trayectorias que hacían que la hoja de la espada refulgiera bajo la lluvia. Nadie se atrevió a acercársele. Mark podría haber despachado a varios de aquellos hombres de habérselo propuesto, sin apenas esfuerzo alguno.
33
Candy observaba como el agua del río que atravesaba Lakewood, fluía constantemente en dirección hacia la catarata que una vez había estado a punto de terminar con su vida. La joven estaba sentada en un banco de piedra, fijándose en como la luz del sol, rielaba sobre la calmada superficie del río, aunque aquella mansedumbre era tan solo aparente y muy engañosa. Recordó como por una estupidez, casi perdiera la vida al subir en aquella barca de madera, que la embravecida corriente arrastró en dirección hacia la catarata. Evocó como que se había quedado dormida profundamente y como el rumor de los rápidos, previos a la cascada la despertaron. Se vio así misma atrapada en mitad del caudaloso río, intentando escapar, pidiendo ayuda, aunque nadie acudía. En el último momento, cuando la frágil embarcación se iba a despeñar desde lo alto, una cálida luz envolvió todo el paisaje, con un fulgor anaranjado y maravilloso. Candy cerró sus bellos ojos verdes con fuerza y cuando los abrió, comprobó entre aterrorizada y fascinada como sus pies ya no hoyaban el suelo de madera de la barca, si no que bajo los mismos podía contemplar todo Lakewood a vista de pájaro. Observó la mansión de los Legan, conectada por la larga avenida de cipreses y jalonada de estatuas con la gran casa señorial de los Andrew. Vio como el río formaba sinuosos meandros, yendo a parar a la temible catarata que se precipitaba rugiendo contra las rocas y le vio a él, a Mark, que la observaba a través de aquel halo dorado que le envolvía, sonriéndola tristemente. De nuevo le había salvado la vida. Entonces Candy entornó los párpados y un par de regueros de lágrimas brotaron de las comisuras de sus ojos, mientras se lamentaba amargamente:
-Mark, amor mío, ¿ por qué ? ¿ por qué has tenido que preferirla a ella ?
La clarividencia de Candy aun no se había esfumado. Era como una especie de conexión mental que mantenía con Mark, a través de sus sueños. Cuando Mark creía que no había transmitido nada a su esposa y su descendencia relativo a las propiedades de la extraña sustancia, no estaba del todo en lo cierto. El iridium había dotado a la hermosa y valiente joven de un nexo de unión con su marido, lo mismo que había otorgado a Marianne y a Maikel una inteligencia excepcional. Maikel que la estaba buscando, aunque presentía que algo malo ocurría, llegó hasta la orilla del lago acompañado por Clean, que saltaba y botaba alegremente entre sus piernas. Aunque la edad empezaba a dejar sentir sus efectos, sobre el pequeño animalito, seguía mostrando la misma viveza y agudeza de reflejos e ingenio que siempre. Maikel encontró a su madre llorando y con la cabeza reclinada sobre la palma de su mano izquierda mientras sus cabellos rubios remansaban sobre los hombros de la blusa blanca que llevaba puesta con una sencilla falda larga de color negro. El niño se acercó lentamente y Candy, que había adquirido también una especie de sexto sentido, legado sin duda por Mark, se giró lentamente. Aunque la muchacha intentó disimular sus lágrimas, Maikel intuyó que había estado sollozando.
-Mamá, no llores más por favor -le dijo su hijo, mientras sus intensos ojos verdes heredados de Candy se clavaban con lástima en ella.
Candy atrajo a su hijo hacia sí y el pequeño, que mostraba una madurez fuera de lo común para sus siete años de edad descansó en el regazo de su bella madre.
-No me pasa nada pequeño mío -dijo mesando los cabellos negros de Maikel, que empezaban a crecer casi tanto o más que los de su padre- solo que a veces, me siento sola sin vuestro padre.
Maikel, al que habían bautizado así en homenaje hacia mí, pasó dos dedos de su pequeña mano por la mejilla de Candy y dijo contrariado:
-Has estado llorando. No quiero verte triste.
Entonces el niño calló un momento y dirigió la mirada hacia el lago. Como tantas veces le había narrado su madre, Mark la había salvado de las aguas que ahora discurrían tranquilas y en las que una ligera brisa, formaba pequeñas ondas. Entonces él también notó como una congoja casi imposible de controlar le subía por el pecho. Maikel adivinó la razón del pesar de su madre y musitó lentamente:
-Papá, yo también quiero verte. Vuelve pronto por favor.
Finalmente terminó abrazado a su madre, llorando junto con ella.
-Le echo tanto de menos hijo, le echamos todos tanto de menos -dijo Candy mientras ambos fundidos en un abrazo intentaban consolarse mutuamente.
Clean intentaba animar a sus dueños, pero era en vano. Pese a que había presenciado la cruda realidad en sus sueños, no quería rendirse a la evidencia. Amaba a Mark con toda su alma y no quería perderle. Aunque durante aquella aciaga noche en la que se despertó llorando, y asumió resignada perderle, de repente un valor que creyó esfumado para siempre, le infundió renovados ánimos y ante la sorpresa de su hijo, se irguió y tras depositar a su hijo en la hierba con cuidado, declaró con determinación:
-Estoy harta de llorar y estar aquí sin hacer nada -dijo mientras sus ojos verdes centelleaban bajo la luz solar de aquella plácida tarde de mayo.
Se agachó ante su hijo y tomándole por los hombros dijo:
-Escúchame hijo mío, no sé como, pero tengo que ir hasta donde papá marchó para traerle de vuelta. Sé que pensarás que es una locura, pero no voy a permitir que estemos separados por más tiempo.
Maikel se asustó ante el significado que encerraban las palabras de su madre. En ese momento, la abuela Eleonor, llegó con una niña rubia de intensos ojos negros. Marianne sostenía una muñeca entre sus manos y alzó una de ellas para saludar a su madre y su hermano. El inteligente niño conocía perfectamente la verdad y a donde había marchado su padre, pero Marianne creía que Mark estaba en viaje de negocios. Bastante era ya el dolor que le producía el sufrimiento de su madre, como para además, sobresaltar y entristecer a su pequeña hermana. Sabedor de que no podría disuadirla, besó a su madre en la mejilla que volvió a tomarle entre sus brazos y le susurró al oído:
-Mamá, déjame ir contigo, por favor.
Candy sonrió enjugándose las lágrimas. Su hermoso rostro se iluminó, haciendo que el apuesto semblante de su hijo se tornara alegre de nuevo.
-No, mi querido hijo, debes de quedarte aquí, y cuidar de tu hermana.
Maikel estaba contrariado y a punto de echarse a llorar nuevamente e intentó resistirse a la idea de dejar a su madre que partiera sola hacia un ignoto y aterrador destino. Pero Candy había estado sola durante buena parte de su vida y su animoso y fuerte carácter le había ayudado a superar cuantas pruebas, le había impuesto el destino.
-Pero mamá, tú sola....por lo menos, pídele a tío Archie o Stear que te acompañen. Además ¿ que les diré a todos, cuando te hayas ido ?
La pregunta flotó en el aire sin respuesta. Candy no sabía que decir ni que argumentar, cuando su verdadera madre llegó a su altura, con Marianne entre sus brazos. Entonces, Eleonor se dirigió hacia su nieto y le pidió:
-Maikel, por favor, llévate a Marianne a jugar un rato. Tengo que hablar con vuestra madre.
Maikel asintió mientras pugnaba por contener sus lágrimas. No quería separarse de su madre y aunque guardaba rencor hacia Mark, por haberles dejado, tampoco podía odiar a su padre. Tomó a su hermana de la mano y tiró de ella levemente.
-Vamos Marianne, vamos a jugar con Clean un rato.
Pero la bella niña, que también estaba dotada aparte de una singular e incipiente belleza de una inteligencia tan notable como la de su hermano, se negó a moverse de allí. Presentía que algo malo le afectaba a su madre y temerosa de alejarse de Candy, clavó los pies en tierra aferrándose a las faldas de su madre y rompiendo a llorar, mientras meneaba la cabeza y repetía obstinadamente:
-No, no, no, no quiero separarme de mamá, no quiero, no quiero.
Eleonor intentó tranquilizar a su nieta, pero Maikel cogió las manos de Marianne y le dijo mirándole con sus intensos ojos verdes:
-Escúchame Mary -como acostumbraba a llamarla cariñosamente, por aquel diminutivo- ¿ quieres que papá vuelva verdad ?
Entonces su madre asumió por él, la penosa y triste labor de confesarle la verdad. Con palabras sencillas, e intentando contener sus lágrimas, Candy le explicó a su hija que debía partir en busca de Mark, pero que pronto retornaría con él.
La niña pareció entenderlo y se dejó conducir dócilmente por su hermano. Cuando ambos pequeños se hubieron alejado unos metros, la bella actriz de teatro aferró a Candy por los hombros y dijo:
-Hija mía, ¿ de verdad estás decidida a ir hasta donde se encuentre ?
Candy se mesó dos rizos rubios que le bajaban sobre la nariz respingona que aun conservaba sus características pecas y dijo rotundamente:
-Sí madre, y debo ser yo quien le traiga de vuelta. No aguanto más estar aquí sin hacer nada.
Entonces Eleonor movió la cabeza. Los tirabuzones que pendía de su larga caballera rubia se movieron temblando levemente sobre su vestido de raso verde.
-Pero hija mía, si esos....sueños o premoniciones que me has contado son ciertas, ¿ si él está con otra mujer y no desea saber nada de ti ?
Candy dirigió a su madre una mirada dura y cargada de decisión, mientras apretaba sus pequeños puños.
-Tendré que asumir el riesgo -dijo la muchacha- y si es como esos sueños afirman, retornaré de nuevo para ocuparme de mis hijos, aunque no creo que me enamore jamás.
-Pero hija -dijo Eleonor horrorizada ante el sombrío y triste panorama que Candy había descrito con aquellas palabras- eres muy joven aun. Con tu belleza y esa bondad tuya tan característica, encontrarás a alguien que merezca realmente tu amor.
Candy se enfureció ante las palabras de su madre y la interrumpió con un ademán de sus manos seco y rotundo.
-No madre -dijo la muchacha fuera de sí. El amor que sentía por su esposo la volvía más fuerte y osada que nunca- no, jamás podré amar a otro hombre que no sea Mark. O estoy con él, o no estaré con ningún otro. Lo sabes de sobra.
-No, no puedes recluirte en Lakewood -afirmó Eleonor llevándose las manos a los labios y dando un ligero respingo ante la airada reacción de su hija.
-Volveré con Mark -dijo Candy más decidida que nunca a llevar a cabo sus planes- y si retorno será por ellos -declaró señalando con una leve inclinación de su cabeza hacia sus hijos que jugaban con el pequeño coatí, que celebraba con grandes saltos las ocurrencias de sus pequeños amos. Marianne parecía haber olvidado momentáneamente el dolor que la sola mención de separarse de su madre le había causado, produciéndola un hondo estremecimiento. Eleonor de hecho, lo mismo que todos los angustiados y preocupados habitantes de Lakewood sabían de sobra que Candy se había mantenido en pie, y sobreponiéndose al tremendo dolor que la embargaba, por el fuerte amor que le vinculaba a Mark, así como por sus dos hijos. Muchas de las noches que había pasado en vela, gritando y llorando, llamando a Mark por su nombre temimos por su cordura. Otro tanto de lo mismo sucedió con Annie, pero Haltoran le prometió que volvería lo antes posible.
34
Sin embargo no era tan sencillo, como aparentemente parecía. Mark no se encontraba en ningún lugar físico o al que se pudiera llegar fácilmente sin más. Por sus sueños, y sobre todo, por lo poco que Haltoran le había relatado, Candy sabía que su marido se hallaba en otra época, o en otro tiempo. Cuando le había confesado a Eleonor que iría en su busca, contaba con que Haltoran retornara pronto y le indicara un modo de poder llegar hasta su esposo, aunque tuviera que realizar arduos esfuerzos y empeñar hasta la última fibra de su voluntad. Finalmente, después de haber acostado a Marianne para que la niña durmiera la siesta, abandonó la alcoba de su hija de puntillas y salió al exterior, para respirar un poco de aire fresco. Se sentía triste, pero un poco más confortada por la promesa que se había realizado así misma, de intentar contactar con Haltoran tan pronto como retornara de ese tiempo tan extraño que no lograba ubicar en ninguna etapa de la Historia, para que le ayudase a llegar hasta Mark, o en su defecto a enviarle un mensaje. Caminó lentamente por el exterior de la gran mansión familiar. Estaba bajo la balconada desde la que sus hermanos le habían lanzado aquel jarrón de agua helada sobre la cabeza la primera vez que les conoció. Y como enlazó la mano de Neal, y tiró con tanta fuerza que casi le echó abajo, aunque no tenía intención alguna de hacerlo. Un poco más lejos estaba el bosquecillo donde Mark y Haltoran libraron aquella batalla contra el odiado Norden y sus tropas, los hombres de negro uniforme que habían atacado el Hogar de Pony. Se sorprendió al pensar en como Neal, que había sido un cobarde apegado a las faldas de su madre había luchado tan valerosamente a nuestro lado. Algún tiempo antes, mientras Mark convalecía de la transfusión que un Albert más bondadoso y noble, había realizado para salvarle la vida, Neal, había arriesgado la suya para defenderla de aquellos rufianes. Recordó un poco extrañada mientras se alisaba los pliegues de su larga falda negra como le había confesado su amor. Y como le había pedido perdón. Sus hermosos ojos verdes se dirigieron hacia la escalinata de la gran casa, a cuyos lados dos hermosas estatuas de mármol daban la bienvenida al visitante. Aquellos querubines que tocaban la trompeta habían presenciado como la altiva y fría señora Legan, se doblaba lentamente cuando las rodillas le flaquearon, bajo el peso de su agobiada conciencia y como le suplicó su perdón, mientras Helen Legan no podía dejar de llorar, aquejada por hondos remordimientos.
Aquel era un lugar especial para ella. Algo tan aparentemente anodino como la entrada a una vivienda, aunque fuera un suntuoso palacio, se había convertido en una pieza clave de su vida. Estaba a punto de llorar, cuando recordó que aun no había leído la carta de Terry, que dormía en el fondo del bolsillo derecho de su blusa blanca. Pese a la situación un poco violenta en la que se habían visto envueltos, Candy y él se habían convertido en buenos amigos. Terry y Louise se casarían pronto y formaban una pareja, no solo en el terreno artístico muy bien avenida. Candy aun pese a la tremenda desazón que la aquejaba en aquellos momentos, sonrió y se preguntó porqué razón conocía la realidad alternativa en la que él y ella habían estado juntos o por lo menos lo habían intentado. Pero ni Anthony, ni a Albert ni a Terry habían logrado ocupar un lugar en su corazón, solo Mark.
-Desde el momento en que esos ojos negros tan intensos y tristes –se dijo mientras acariciaba a Clean que rozaba su pequeña cabeza contra su pierna derecha, para reclamar su atención- se cruzaron con los mismos, supe que no podría querer a otra persona.
Arrancó una flor que sobresalía entre la hierba al pie de un añoso y frondoso árbol, para hacerla girar en rápidos movimientos, entre sus dedos. En ese instante, una sombra que estaba a su espalda la sobresaltó. Se giró brevemente y distinguió los amables ojos de Stear, tras los lentes redondos que la observaban con atención. El muchacho sonrió levemente y dijo a modo de disculpa:
-Perdóname Candy, no pretendía asustarte.
Candy esbozó una sonrisa, aunque no todo lo alegre que cabría esperar en ella. Stear adivinó lo que le estaba rondando por la cabeza:
-¿ Estás pensando en Mark verdad ? –preguntó el joven inventor.
Candy asintió. Involuntariamente, un par de lágrimas asomaron a las comisuras de sus ojos verdes.
Stear se sobresaltó e inmediatamente se acercó a su amiga con un pañuelo de encaje para que se enjugara el llanto.
-Perdóname Candy –dijo el joven azorado mientras bajaba la cabeza- no pretendía…
-No, no te preocupes Stear –dijo la chica fingiendo una tranquilidad que no experimentaba en modo alguno- estoy bien. Sólo que….
No llegó a completar la frase. Stear pensó entonces en lo desconsiderado y mezquino que había sido con Candy y con Mark, después de que le salvara la vida. Se frotó inconscientemente el mentón recordando el puñetazo que Haltoran le había propinado por haber echado en cara a Mark que acudiera en su rescate.
-Me porté fatal contigo –declaró Stear mientras tomaba asiento al pie del árbol del que Candy había tomado la flor- te dije cosas terribles aquel día, después de que Mark me salvara de morir abrasado entre los restos de mi avión. Me porté como un estúpido.
Candy le miró sorprendida. Parecía que últimamente se había puesto de moda el que todo aquel que la hubiera ofendido intencionadamente o no, se disculpara exaltadamente ante ella.
-Aquello pasó ya Stear –dijo su amiga con un gesto de cansancio. Añorar a Mark no la predisponía precisamente para bromear o conversar afablemente. Su carácter había cambiado y eso era algo que todos notaban. Entonces Stear rebuscó en el interior de su chaleco y extrajo un trozo de papel cuadriculado con algo apuntado con tinta azul. Candy lo hojeó extrañada y se estremeció. A juzgar por el trazo apretado y poco elegante, no cabía duda, se trataba de mi letra. Candy miró a Stear sin comprender y entonces, el joven explicó mientras acomodaba su gorra en las sienes, porque estaba a punto de desprenderse de las mismas hasta el suelo:
-Se trata de una clave Candy. Una clave que abre un canal de comunicación con Mermadón –dijo Stear lentamente.
Candy pareció estremecerse. Devolvió la nota a Stear y le escuchó. Hacía una semana que Haltoran había partido con rumbo desconocido a bordo de Mermadón y en compañía mía, -aunque en contra de mi voluntad- para dar con el paradero de Mark y traerlo de vuelta. Pero cuando tuvo aquellos extraños sueños, como cuando veía retazos de cómo habría sido su vida, de no haber conocido a Mark, en los que era testigo de cómo vivía otro amor junto con aquella desconocida, ya no sabía lo que era real o lo que no y si merecía la pena, continuar esperándole, anhelando el día de su regreso, si es que regresaba.
Para colmo había tenido que sobreponerse a su dolor, para consolar el de su amiga Annie, que se hallaba en situación parecida a la suya, llorando todo el día, y observando el horizonte por si Haltoran volvía, pero los días se sucedían y no había ni rastro de su marido en lontananza, ni de mí ni de Mermadón.
Stear contempló a Candy y explicó rápidamente a la muchacha antes de que ella pudiera replicarle:
-El ordenador portátil de Mike…-calló por un momento, al haberme nombrado por el diminutivo que empleaba para referirse a mí y se corrigió, creyendo que tal vez a Candy le molestara aquellas familiaridades, porque no estaba para chanzas- perdón Maikel, cuando teclees esta clave, podrás contactar con Mermadón, y a través de él, hablar con Mark, o quien esté junto al robot, sin importar donde se encuentre.
Al oír aquello, los ojos de Candy se iluminaron y saliendo de su postración, literalmente se abalanzó sobre Stear, requiriéndole más información. Candy tomó a Stear por las muñecas y le rogó encarecidamente:
-Por favor, por favor Stear, dime como puede ser eso posible. Por favor…
35
Poco antes de marcharnos, y temiendo por la cordura de Candy, realicé la enésima modificación en el diseño de Mermadón. Una noche en la que Candy estaba sumida en un estado febril preocupante, después de que todos los habitantes de Casa Legan hubieran sido desvelados por los gritos de Candy, y hubiéramos llamado al médico, me senté a su lado, mientras Archie y su hermano Stear no se separaban ni un momento de su lado. También estaba Anthony, Natasha y prácticamente, la casi totalidad de la familia Andrew y por supuesto los Legan. Yo, había acudido a requerimientos de Carlos, que pensaba que tal vez pudiera influir en su cansado y destrozado ánimo. Me encontré también en la entrada de la casa con Annie y Eleonor. Nos turnábamos para velarla, una vez que el médico nos hubiera tranquilizado acerca del curso de su malestar. Finalmente Candy descansaba bajo la influencia de un sedante que el doctor le había inyectado, mientras Dorothy y Haltoran, a duras penas, conseguían llevarse de allí a sus hijos, para que no sufrieran más ante la imagen de Candy rota por el dolor. Sostuve su mano derecha entre las mías, hablándola en voz baja, mientras algunas lágrimas rodaban por mis mejillas. Sin darme cuenta, contagié al resto de los presentes. Eleonor lloraba abrazada a Helen Legan. Sus dos madres, no podían dejar de lamentarse por Candy. Yo, mientras, sorbiéndome las lágrimas, me dije que aquello no podía seguir así. Por lo que, me retiré discretamente, una vez que Haltoran me rogó que me fuera a casa, donde Esther me esperaba preocupada, en vista de las descomunales ojeras que bordeaban mis párpados. Asentí. Allí había demasiada gente, por lo que convinimos en que lo mejor sería dejar a Candy a solas, vigilada si acaso por Eleonor y los Legan que se turnarían para cuidarla.
De regreso a mi casa, mientras las lágrimas se desbordaban desde mis ojos, asomando bajo la montura y empañándome las gafas, me juré que daría con alguna manera de poner a Candy en contacto con Mark. Sabía que tarde o temprano, partiríamos hacia donde quisiera que ese maldito y rebelde muchacho estuviera y por ello, aunque no tenía el genio y el don de Haltoran para con las máquinas y menos su genio e inventiva, me reuní con Stear y le rogué que me ayudara a modificar a Mermadon. Aquella era una modificación no autorizada del portentoso autómata, creado por el fecundo ingenio de Haltoran y decidí que sería mejor que no lo supiera por el momento.
-Cuando vayamos en busca de Mark, -le dije en cuanto pude reunirme con él pidiéndole discreción- seguramente nos llevaremos a Mermadon, por lo que quiero que Candy se pueda comunicar a través de él con Mark.
Stear accedió a ayudarme y trabajamos durante toda la noche, para instalar un monitor en el interior de Mermadon y que a través de él, cualquiera pudiera comunicarse por medio de mi portátil. En otras palabras, la pequeña webcam del portátil estaría conectada a Mermadon en todo momento y sería posible establecer contacto entre la persona que estuviera frente al monitor del portátil y quien se hallara al otro, frente a la pantalla que afanosamente conseguimos conectar a los sensibles circuitos interiores de Mermadon, sin dañarlos. Yo no era experto en informática ni en robótica, y lo único que se nos ocurrió fue razonar con Mermadon, y tratar de que nos diera su consentimiento para hurgar en sus entrañas, y que nos aconsejara y asistiera en todo momento durante el delicado proceso.
-Un paso en falso Mike –me decía Stear temeroso de que pudiéramos freír los sensibles microcircuitos del robot- y podríamos cargarnos su módulo de programación.
-Ya lo sé, ya lo sé –dije nerviosamente- pero no podemos consentir que Candy sigue así, sumida en esta melancolía. El sufrimiento la está consumiendo –le dije mientras le aferraba por los hombros con tal violencia que su gorra se deslizó hasta el suelo, cayendo de su cabeza. La recogí y me disculpé con él, tal era mi estado de nerviosismo.
Finalmente hablamos con Mermadón. No sabía que cambios había realizado Haltoran en el delicado módulo de comportamiento y programación del robot. Sabía porque me lo había dicho él, que le había retocado ligeramente la programación para que pudiera defenderse y defender a una persona si estaba justificado, aun a costa del empleo de la violencia. Contemplamos la mole de dos metros de altura y tonelada y media de peso, algo temerosos, y me fijé en los sensores ópticos, que bajo el cristal blindado, brillaban levemente. Si Mermadon nos percibía como una amenaza, podría intentar atacarnos. Le planteé la cuestión con todo el tacto de que fui capaz, preguntándome una vez más si mi cordura no se habría perdido definitivamente. Le explicamos, con todo el cuidado de que fuimos capaces, la situación y para nuestro alivio el robot nos autorizó a realizar la compleja y problemática operación, porque también sentía simpatía por Candy. Con sus indicaciones y algunas piezas que Stear había logrado reunir para sus inventos, con la asistencia de Haltoran, logramos hacer realidad aquella descabellada idea. Cuando terminamos, le hicimos prometer que no le revelaría nada a Haltoran, y lo mismo hice yo con Stear, llevándomelo a un aparte.
-Pero, pero Mike –me dijo Stear, enojado por mi aparente falta de confianza- no entiendo porqué Haltoran no deba enterarse de esto.
-No es que no me fíe de Haltoran –dije cruzando los brazos- pero mucho me temo, que quizás decidiera retirar a Mermadon esta modificación que hemos llevado a cabo, si la conociera. No olvides que Mermadon es obra suya, su creación y puede que no le sentara bien el que hayamos trasteado en sus tripas.
-Terminará por enterarse de lo que hemos hecho –dijo Stear mientras se lavaba las manos manchadas de grasa y sudor en una jofaina que le llené con agua limpia.
-De eso no te quepa duda –le dije mientras yo también sumergía mis manos en el agua del recipiente que se estaba tornando del color de la noche- pero espero que para entonces, nuestra idea haya surtido efecto.
Stear retiró la jofaina y vaciándola, la llenó con agua limpia. El pequeño cuarto trastero que hacía las veces de laboratorio y taller del joven inventor, no disponía de lavabo, porque estaba tan atestado de piezas de recambio, máquinas a medio hacer e invenciones suyas que apenas si disponía de sitio para desplazarse en el angosto y reducido espacio del cuarto. Más que el laboratorio de un inventor, parecía el hogar de alguien afectado por el síndrome de Diógenes.
-Y no se lo tomará muy bien –añadí yo mientras garabateaba unas letras en una hoja cuadriculada con rapidez- por eso, he codificado el acceso al programa de vídeo, para que en caso de que se huela algo y lo busque, si por casualidad llega al portátil, no pueda descubrirlo antes de tiempo. Porque me temo que su primera reacción, sería desmontar cuanto hemos hecho en un ataque de rabia y la verdad –dije observando la bruñida superficie de la mole metálica que había ayudado a ganar la Gran Guerra- se me antoja prodigioso de que todo haya salido bien, yo diría que de chiripa.
-Ya, y me imagino que se lo entregarás a Candy, cuando Mermadón y Haltoran partan.
Le contemplé con una sonrisa irónica sin decir nada, mientras negaba levemente con la cabeza. Le tendí la nota garabateada, que Stear recogió con mano un poco insegura. Antes de que el sorprendido Stear pudiera responder declaré:
-No, querido amigo, lo harás tú. Yo estaré ya junto a Haltoran en pos de ese insensato de Mark, aunque si te soy sincero, Haltoran no le va a la zaga, si es que llegamos sanos y salvo a alguna parte.
Stear se rascó la cabeza y me preguntó:
-¿ Por qué esperar ? ¿ por qué no decírselo ahora a Candy y librarla de su aflicción ?
Meneé la cabeza en gesto de negación y le expliqué:
-No, por dos razones. La primera es que si se lo decimos ahora, antes de que Haltoran y Mermadon partan, Haltoran terminará enterándose, porque me temo que Candy no podrá guardar el secreto.
-Y la segunda, es que debo de estar completamente seguro de que Haltoran y Mermadon, y me temo que yo con ellos, lleguemos a donde tengamos que llegar, para dar con Mark.
Stear me miró con ojos como platos y preguntó:
-Pero, pero, ¿ cómo sabrás a ciencia cierta que ha llegado el momento adecuado ? ¿ cómo me enteraré de si Mermadon ha llegado con éxito ? ¿ y si Haltoran está delante ?
-El ordenador emitirá una señal codificada y mediante una frecuencia encriptada, podrás impartirle órdenes a Mermadón, para que encuentre a Mark. No obedecerá mandatos de otra índole. Te he autorizado a que le des órdenes de búsqueda, pero poco más. Cuando lo haya hecho, Mermadon te avisará cuando tenga delante suyo a ese cabezota de Mark. Y Candy podrá hablar con él. Esperemos que Mark no cometa ninguna locura y recapacite.
Tras una corta pausa, durante la que sentí una incómoda sensación de amargura, temiendo que Mark hubiese hecho algo reprobable y puede que irreparable, como cuando había estado a punto de acostarse por despecho, con Karen Kleiss, y que tenía que ver con Candy, continué hablando:
-Te confío el éxito de todo el plan, querido amigo. De ti depende que todo salga bien, porque yo no estaré aquí para supervisarte.
Stear planteó algunas pegas más. ¿ Cómo podría un robot de tonelada y media de peso, y dos metros de altura pasar desapercibido allá por donde pasara para reunirse con Mark ?
-Mermadon es alimentado por una planta de potencia de iridium, lo cual le confiere, salvando las obvias diferencias, técnicamente los mismos poderes que Mark. Puede apantallarse, volverse invisible para que me entiendas, y ocultarse de miradas indiscretas, y por si estás pensando en radares o algo así, Mermadon se vuelve completamente furtivo, aunque solo, durante la mitad de tiempo de lo que Mark es capaz, de mantener activos sus poderes.
Entonces Stear miró hacia el techo del taller, del que pendía una oscilante lámpara negra que repartía a intervalos una luz difusa y lechosa y chasqueó los dedos al recordar algo de lo que le había hablado:
-Ya claro, como ese avión tan raro del que me enseñaste una fotografía, con esa forma tan característica.
-Sí –dije con una triste sonrisa- el F-117 Stealth, el avión invisible, aunque el principio que permite que esas aeronaves sean indetectables se basa en una combinación de materiales especiales, y al anguloso aspecto del avión, que absorben las ondas del radar. Esa idea fue fruto de la inventiva de mis ingenieros, pero tuve que cederle la patente a los norteamericanos.
Ante la cara de perplejidad de mi amigo le aclaré:
-Me amenazaron con cerrar sus mercados, al resto de mis exportaciones si me negaba a entregársela.
36
Poco antes de salir al exterior, Stear comprobó mi portátil. Le había autorizado a llevárselo, y casi para Helen fue un alivio. Aun sentía repeluznos y escalofríos ante el extraño objeto rectangular que tanto la había emocionado con las historias aun no escritas o imaginadas y por venir, como la de lo Que el viento se llevó o como había llorado de terror ante la escena en la que unos carros de combate perseguían a unos hombres a pie en un lejano país desértico, mientras estos se defendían de los ataques, de las chirriantes máquinas, como buenamente podían. Cuando Stear levantó la tapa del ordenador y lo conectó en su improvisado taller-laboratorio, una pequeña luz parpadeante se encendió, mientras sonaba una alarma zumbante reclamando su atención. Stear se precipitó sobre el monitor del portátil y tal como le había enseñado, tecleó la clave consultándola en el papel que le entregara antes de marcharme y un minúsculo panel se abrió, trasmitiendo la imagen de Mermadón en lo que parecía el interior de una cueva, rodeado de penumbra. La cabeza redonda y refulgente del robot llenó por completo el rectángulo, que flotaba en mitad de la pantalla del ordenador.
-Aquí Mermadon –dijo con su voz meliflua- señor Cornwell, aguardando órdenes.
-Espera un momento –dijo Stear- voy a buscar a Candy. No se te ocurra moverte desde donde estés, hasta que te lo digamos.
37
Candy no se había atrevido a confesarle a su madre biológica, que la ubicación de Mark, no se correspondía con ningún lugar físico que pudiera alcanzarse, por remoto que se hallara, porque no se encontraba en ninguna parte del planeta, ni siquiera era un tiempo pasado o futuro. Estaba si no había entendido mal, las apuradas explicaciones que Haltoran le facilitara, en otro plano de existencia. Y para colmo, sus sueños le habían mostrado una ciudad de apariencia renacentista, con torres que se perdían entre las nubes y caballos voladores evolucionando arriesgadamente entre las mismas. Por eso, sus palabras llenas de determinación le habían sonado vacías, huecas y vanas, desprovistas de todo contenido real. Lanzó un suspiro. Estaba sentada recostando su cuerpo contra el tronco del árbol, cuando Stear le había interrumpido y mantenido aquella conversación con ella. Finalmente accedió a acompañarle, a requerimiento de su amigo. Se preguntó porque no seguía el consejo de Eleonor y se casaba con un joven normal, olvidándose de Mark, aunque ya tuviera dos hijos en común con él. Pero no renunciaría a Mark bajo ninguna circunstancia, no por lo menos, mientras él no se lo dijera explícitamente mirándola a los ojos, y no solamente por sus hijos, sino por el amor tan fuerte que le profesaba.
"Para siempre" –era su común promesa que renovaban cada vez que se amaban, pero Candy presentía que puede que aquella vez, aquel solemne, bello y anhelado juramento no continuara haciéndose realidad, dejando de hacerlo definitivamente. Acompañó a Stear que caminaba unos metros por delante de ella apremiándola para que llegaran cuanto antes al pequeño taller-laboratorio del que habían salido algunas de sus más ingeniosas creaciones, como el barco volador o el globo que entregaban mensajes y paquetes, o el astroso y destartalado avión en el que la había obligado a volar, para darla una sorpresa y que se mantenía entero a fuerza de buena suerte y casualidad. Aunque aquel día no tuvieron más remedio que saltar en paracaídas, porque la frágil y engañosamente segura aeronave que Stear, había bautizado como el "Rey del Cielo", se vio obligada a abdicar en un aterrizaje forzoso que terminó con su breve y precario reinado. Candy sonrió al recordar el paracaídas en forma de caramelo que Stear le había endosado aquel día o como la tía abuela Elroy destrozó su cama submarina, otro de sus inventos, al sentarse encima de ella inadvertidamente, poco antes de tomarse un baño en el lago privado de otras de las grandes mansiones que Albert tenía en Chicago y a la que habían sido invitados por unos días.
Hizo un mohín de desagrado. Echaba de menos a sus hijos, pero era mejor así. Los dos pequeños estaban en compañía de Anthony y su esposa Natasha, que les estaban enseñando como se plantaban y cuidaban las delicadas rosas que prendían en la cancela conocida como el portal de las rosas. Pero sobre todo, Maikel se había llevado consigo a Marianne para distraerla de su tristeza y pesar, y para que no pensara en la ausencia de su padre, al que añoraba casi tanto o más que lo hacía su madre. El inteligente y reflexivo niño echaba de menos a su padre, pero lo lamentaba aun más sobre todo, por su madre y su hermana, hecho que le hacía sufrir lo indecible. Maikel, lo mismo que su hermana, habían adquirido una inteligencia excepcional transmitida a sus genes a través de Candy, heredada de su padre, merced a la sustancia anaranjada que corría por las venas de Mark. Ni Candy ni Mark, habían contado aun a sus hijos, la verdad del terrible secreto, que se escondía en el pasado o puede que fuera el futuro, de Mark, pero Maikel intuía algo y finalmente, desarmada ante las preguntas y la excepcional capacidad deductiva de su hijo, Candy terminó por confesarle el secreto de su padre, haciéndole jurar que no revelaría nada a su hermana, de aquello, por el momento.
Maikel había deducido que si a él y a su hermana, el iridium les había dotado de un intelecto fuera de lo normal, a Candy le había sido conferida una especie de conexión mental entre ella y Mark.
"Nuestros padres están ligados por algún tipo de vínculo mental" –se decía pesaroso, mientras Marianne reía alegremente, aplaudiendo con fuertes palmadas, como el amable Anthony, al que llamaba cariñosamente tío, le entregaba una de las más esplendorosas rosas que crecían en aquella parte de la cancela, junto a los dos grandes maceteros que jalonaban la puerta metálica de la verja y que había cortado, y escogido especialmente para ella.
Se preguntaba sin embargo, porqué su madre se negaba sistemáticamente a relatarle que es lo que había alcanzado a descubrir en sus sueños, pese a sus insistentes requerimientos y súplicas, Candy no soltó prenda bajo ningún concepto.
Y también se preguntó quien era la misteriosa y hermosa mujer de pelo azulado que se había entrevistado con su padre, poco después del no aclarado incidente con un hombre revestido con lo que parecía una armadura dorada que le confería un poder letal y temible. Aunque ya había sabido de aquel hombre unos meses antes, cuando aun formaban una familia feliz y avenida, en la que los cuatro paseaban por los jardines de Lakewood.
Mientras Candy elogiaba la belleza de su hermana Marianne y Mark le felicitaba por su rápido crecimiento y su apostura, que ya apuntaba maneras, creyó percibir tras unos arbustos, el reflejo de una armadura o algo metálico por lo menos, y unos gélidos ojos azules que les contemplaban sin emoción, desde detrás de la espesura. Maikel se estremeció pero no dijo nada y fingió que todo transcurría tranquila y felizmente no dando ninguna voz de alarma.
38
Cuando Candy llegó resoplando y jadeante, porque había perdido un poco de su antaño esplendida forma física, que aun continuaba siéndolo, pero que dejaba un poco que desear, sobre todo después de sus dos embarazos, Stear la condujo por el intrincado laberinto que formaban los cachivaches e inventos que almacenaba en el interior del pequeño e improvisado laboratorio taller. Encendió la lámpara que proyectó una luz oscilante y huidiza y le mostró a Candy la pantalla. La muchacha sintió que sus lágrimas saltaban de sus hermosos y vivaces ojos verdes, como en una copiosa cascada cuando reconoció los ademanes un poco torpes de Mermadón. El robot procuraba no hacer ruido para no alertar a Rand y a sus compañeros, porque seguía manteniendo las instrucciones de sigilo y secretismo que le impartiéramos poco antes de poner en marcha nuestro plan. Mermadon saludó en voz baja pero claramente audible a Candy. Aquella voz meliflua y suave, sonó en los oídos de la afligida Candy como la más hermosa y evocadora de las melodías.
-Señorita Anderson, que alegría me reporta, el contemplarla de nuevo con mis propios sensores ópticos.
39
Candy podía contemplar a Mermadon merced a la pequeña cámara conectada con los sensores del robot cuya imagen se proyectaba en una minúscula ventana que se abría en mitad del escritorio del portátil. A su vez, la imagen de Candy era generada en el delicado y sensible cerebro del robot, como si de una proyección mental se tratase. Candy entre lágrimas y con la voz tan deformada por la emoción, que casi no podía ni articular palabra, impartió las órdenes tal y como le había aleccionado Stear y como una especie de privilegio hacia su amiga.
-Mermadon, por favor, querido amigo, ve en busca de mi esposo y ponme en contacto con él. Ansío tanto verlo, lo ansío tanto –dijo con las manos sobre el pecho, mientras sus ojos verdes de una belleza inhumana, vertía largas hileras de lágrimas. El corazón de la muchacha latía aceleradamente mientras el pesado robot, empezó a incorporarse y a moverse lentamente, mientras el ruido que los giróscopos y los servos que controlaban la locomoción del robot, resonaban débilmente por toda la cueva.
40
Cuando Luke contempló como Mermadon se ponía en movimiento de forma torpe y lenta pero decidida, el robot, que seguía al pie de la letra las órdenes que tenía de mantener celosamente ocultas, sus intenciones de reunirse con Mark, emitió un pequeño brillo a través de la reja metálica que simulaba su boca, a modo de sonrisa, cuando Luke le preguntó alegremente:
-¿ A dónde vas compañero ? ¿ ya te has cansado de meditar en tu rincón ?
-Me gustaría salir al exterior unos momentos, señor Darros –dijo el robot que buscó rápidamente una excusa- Estoy un poco cansado de tanta oscuridad y penumbra y Gray solo vive para el CT-8. No es muy conversador que digamos.
Se escuchó un gruñido bronco procedente del interior del descomunal tanque. Luke rió ante el enojo de Gray y asintió invitando al robot a salir de la cueva.
-Vale, pero no te alejes demasiado. No debe verte nadie ¿ de acuerdo ?
-Desde luego señor Darros –asintió el robot.
No había nadie más presente. Todos sus demás compañeros habían acudido a buscar provisiones y de paso a intentar concertar una reunión con Haltoran, que ya les había avisado de que habíamos localizado a Mark, para tratar las nuevas actuaciones y pasos a seguir a partir de ese momento. Luke salió afuera para conversar con Mermadón, pero su sonrisa se esfumó al instante. No se veía rastro de él por ninguna parte. Mermadon, protegido por su poder de apantallamiento o invisibilidad, se alejó hacia Neo Verona, siguiendo la señal del comunicador de Haltoran. Pese a que pasó a pocos metros, junto al afligido Luke, que le buscaba desconcertado y sin aliento, no pudo hallar ningún vestigio del robot, que continuó su camino, un poco apenado por tener que engañarle de aquella manera.
FIN DE LA TERCERA PARTE
-
-
