INDISOLUBLE VINCULO DE AMOR
4º PARTE
1
Mermadón caminó lentamente, mientras su pesado cuerpo se tambaleaba de un lado a otro. Luke, azorado y muy angustiado por la posibilidad de que el enorme autómata estuviera suelto por las calles de la ciudad renacentista y pudiera organizar algún tumulto, o provocar una improvisada estampida entre la ajetreada muchedumbre de Neo Verona, le estaba consumiendo literalmente de horror. El habitualmente bromista y socarrón soldado ya no reía ni tenía ganas de bromear acerca de la supuesta inocencia de Mermadón. De repente no le parecía tan inofensivo. De alguna manera que no alcanzaba a comprender, aquella bestia de dos metros de altura y tonelada y media de peso, no aparecía por ninguna parte. Aguzó el oído por si la voluminosa máquina realizaba algún ruido inoportuno o se delataba involuntariamente apareciendo detrás de algunos de los árboles del cercano bosque pero nada de eso aconteció. Haltoran lo había construido muy bien, consiguiendo amortiguar el estruendo y la vibración que sus pies metálicos, fabricados en acero y kevlar al igual que el resto de sus componentes, mediante la colocación de una suspensión neumática en el interior de cada una de sus extremidades, a raíz de que asustase involuntariamente a la madre de Annie, lo que provocó un desgarrón en su vestido y que su caro y exclusivo sombrero quedara completamente destrozado. Luke no sabía que hacer y supuso que el robot se habría encaminado hacia Neo Verona. Mientras Luke retornaba a la cueva lanzando imprecaciones e improperios y braceando nervioso, el robot se dirigía hacia Neo Verona, siguiendo una señal muy precisa que llegaba claramente hasta los centros nerviosos de su cerebro, evitando cuidadosamente que cualquier sorprendido habitante de la populosa urbe, pudiera toparse con una impenetrable e invisible muralla de acero, si por casualidad alguien se topaba con él, porque Mermadon seguía siendo tan corpóreo y monolítico como siempre.
2
Candy daba vueltas en redondo por el pequeño y revuelto taller de Stear, incapaz de controlarse. A pesar de que Mark la había hecho caer en un profundo sueño con aquel beso con el que se despidiera de ella, no le guardaba rencor, porque el amor que experimentaba por su marido era tan profundo y sincero, que no había cabida para el rencor hacia él en su corazón. Siempre había creído que se empezó a enamorar de él, cuando le conoció al pie de la colina de Pony. Aun podía verle con los ojos de su mente, de pie sobre una de las ramas que se cimbreaba levemente bajo el peso del joven. Parecía tan atormentado, tan triste, tan apenado…Y toda aquella sangre que descendía lentamente por su manga derecha. Lanzó un pequeño suspiro. Stear estaba observando ensimismado el monitor del portátil, contemplando extasiado y sorprendido la bella ciudad a través de los sensores ópticos de Mermadón, que ponía un especial cuidado en no delatar su presencia allí, pese a que estuviera protegido por la invisibilidad que le brindaba el iridium. Candy continuaba ensimismada en sus pensamientos. No podía odiar a Mark, aunque estuviera realmente con otra mujer. Primero tendría que confirmar ese extremo. Entonces retomó el hilo de sus recuerdos. Había empezado a quererle al advertir la bondad natural que encerraba en su interior. Pensó en como la había defendido de ser agredida en el pequeño pueblo en que tenían pensado fijar su residencia de no haber sido por el desagradable incidente que les obligó a huir de allí precipitadamente, en la forma en la que había reducido su estatura por ella, en las ardientes promesas de amor que le había formulado una y otra vez. No, aquello no podía terminar así. Tenía que existir una razón, para que su marido actuara de aquella forma, si es que las horribles revelaciones que habían experimentado en sus agitados sueños, se tornaban realidad.
Stear se rascó la frente y se acomodó la gorra blanca sobre las sienes. Apartó un mechón de pelo apelmazado por el sudor que perlaba su piel, con dos dedos, y se giró hacia Candy, observando a su amiga, apenado. Intuía que la muchacha ansiaba el momento de poder conversar con Mark, pero a la vez algo indescriptible que percibió en sus ojos y en sus ademanes asustadizos le advirtió de que Candy temía aquel instante, tanto como lo deseaba.
Entonces Candy hizo acopio de valor y se asomó a la pantalla del ordenador sobre el hombro de Stear. Ambos jóvenes fueron testigos del esplendor y el bullicio de la ciudad, mientras el robot caminaba muy lentamente avanzando paso a paso, tratando de no asustar a nadie. Stear alzó las cejas y dijo fascinado:
-Es, es una ciudad medieval –exclamó con cierto entusiasmo, que Candy no parecía compartir en absoluto.
Candy sin apartar los ojos de la pantalla asintió nerviosamente.
Mermadon se desplazó por una espaciosa calle atestada de gente. El robot, contrariamente a la engañosa sensación de torpeza y tosquedad que a un observador casual, podía trasmitirle su aspecto apelmazado y macizo, era bastante ágil e inteligente. Por un momento, sus sensores ópticos enfocaron el cielo de la ciudad sobre el que se recortaba varios minaretes y torres de proporciones enormes, que se perdían de vista en las alturas. Entonces un par de caballos voladores cruzaron por el cielo de este a oeste, cabalgados por dos jóvenes jinetes, con apariencia noble que jugaban a perseguirse despreocupadamente ante las escandalizadas personas que se retiraron apresuradamente de su camino para no resultar embestidos por la veloz carrera que sostenían entre sí, en una especie de pugna o de competición. Candy se quedó asombrada y no logró articular palabra, lo mismo que Stear, cuya gorra terminó por precipitarse al suelo, del movimiento tan brusco que realizó en su silla, debido al asombro. Se restregó los ojos y musitó lentamente una pregunta:
-¿ A dónde ha ido a parar Mark ? ¿ qué significa todo esto ?
Entonces Mermadon se adentró con parsimonia en lo que parecía un mercado abarrotado de personas con indumentarias medievales o renacentistas. Por todos lados se realizaban transacciones comerciales y los puestos de compra venta de un sin fin de mercaderías estaban frecuentados por damas y jóvenes caballeros que se entremezclaban con personas de diversas edades y extracción social. Algunos cetreros ofrecían sus halcones amaestrados, un mercader procedente del lejano y misterioso oriente, cantaba las excelencias de sus alfombras a la concurrencia. Un poco más lejos, una adivina echaba las cartas en el interior de una oscura y ajada carpa, a cuya entrada, un hombre enjuto y anciano anunciaba las portentosas facultades adivinatorias de su ama, animando al público a conocer su porvenir. Entre el griterío y las conversaciones que formaban una agitada algarabía en la que se voceaban los nombres de exóticos productos y se mantenían diálogos y conversaciones que se superponían las unas sobre las otras, alguien mencionó un nombre con una voz ligeramente aguda, en el contexto de una conversación que dos hombres con aspecto de mercaderes, con sus característicos tocados, y vestidos con largas y holgadas túnicas, sostenían entre sí. El idioma que utilizaban era muy parecido al italiano, pero lo que atrajo la atención de Candy tan poderosa y repentinamente fue presenciar una escena que venía a confirmar sus peores temores, acerca de lo que ya sabía por sus sueños o tal vez no fueran solamente ensoñaciones y estuviera siendo testigo de la cruda realidad en la que Mark estaba participando y a la que ella tenía ahora pleno acceso a través de los ojos del robot.
En ese preciso instante un hombre de largos cabellos que tomaba a una hermosa muchacha por el talle y en actitud muy cariñosa y cómplice se detuvieron frente a la carpa donde la echadora de cartas dispensaba sus servicios. El joven de ojos negros e intensos, realizó una observación que fue celebrada por su compañera, con una leve y corta carcajada, mientras la muchacha de largos cabellos entre rojizos y castaños, le rodeaba el cuello con sus largos y flexibles brazos, para atraerle hacia sí y besarle levemente en los labios
Candy se puso lívida y lanzando un grito de horror se desplomó en el suelo de baldosas del laboratorio de Stear con un ruido seco y leve.
2
Mark se detuvo repentinamente, al experimentar una sensación extraña, como de amargura e infinita tristeza. Julieta le observó perpleja, mientras su amado clavaba los intensos ojos de azabache en un punto concreto entre la multitud que abarrotaba el mercado. Se llevó las manos a las sienes como si algo le estuviera perturbando intensamente. Julieta intentó aferrarle por un brazo, pero Mark se negó rechazándola con un ademán de la mano. Al principio el joven pensó que todo se debía al cansancio y a las últimas emociones que había experimentado durante aquellos ajetreados días, pero poco a poco se dio cuenta de que no era así. Sus sentidos no le estaban engañando o jugándole una mala pasada. Allí, delante suyo estaba experimentando un aura de iridium, menos intensa que la suya, pero igual de evidente y fuerte, al menos para alguien como él. Sus labios se movieron mecánicamente musitando:
-No, no puede ser. ¿ Quién puede estar…?
No cabía la menor duda. Ante sí, aunque no podía percibirle físicamente, alguien o algo estaba desplegando un intenso halo de iridium. Mark reflexionó rápidamente. Sólo había alguien más que él supiera que manejaba unas fuerzas tan poderosas.
-Mermadon –dijo a media voz, abriendo desmesuradamente sus expresivos ojos. En ese instante, el robot que le había reconocido y dado que ya le había localizado, optó porque la mejor solución era tratar de atraerle a algún sitio discreto y apartado, donde lograra revelarle su identidad y la naturaleza de su misión, aunque a juzgar por los datos que se agolpaban en sus bancos de memoria, ya suponía que Mark le había detectado. El robot se deslizó lentamente alejándose de Mark y de Julieta, que estaban a escasa distancia de él. El joven apretó el paso para seguirle cuando Julieta le aferró del brazo derecho con ambas manos y le preguntó angustiada:
-¿ Qué te ocurre Mark ? ¿ por qué estás intentando alejarte ? ¿ qué has visto ?
Mari observó nerviosamente como el rastro del aura del robot se alejaba gradualmente y temiendo perderlo, miró a Julieta e intentó tranquilizarla:
-Márchate al Refugio Julieta. Ahora no puedo explicártelo. Luego me reuniré contigo.
Julieta pareció contrariada, pero fingió obedecerle, para seguirle en secreto y descubrir de que se trataba, que era lo que de forma tan repentina y súbita, estaba inquietando a Mark. Sabía que si no se movía de allí o simulaba plegarse a sus deseos, nunca se enteraría de nada. O por lo menos eso creía ella. Mark, estaba tan intrigado por saber que estaba haciendo Mermadón allí, que seguramente habría accedido a que Julieta le acompañara porque lo que le resultaba chocante, no era que el robot estuviera allí, dado que conocía perfectamente por Haltoran y yo que habíamos alcanzado aquel remoto mundo viajando en el estrecho y angosto interior de Mermadon, modificado radicalmente para la ocasión si no que se hallase en un barrio tan populoso y concurrido de Neo Verona, a aquellas horas y protegido por el poder del apantallamiento.
"Me está buscando y pretende que le siga por alguna razón" –se dijo Mark dubitativo, pero seguro de estar acertando plenamente en sus razonamientos.
Mermadón que había trasladado a sus bancos de memoria, el plano de la ciudad, que Rand realizó durante el ajetreado rescate de la muchacha, acusada de pertenecer a los Capuleto, o más bien el ordenador instalado en aquella especie de brazalete que a Haltoran se le antojaba como mágico, no tuvo el menor problema en orientarse y hallar una pequeña plaza en la que no había nadie, dado que toda la población del distrito de los campesinos, como se conocía aquella parte de la ciudad, se había trasladado en masa a la feria que bullía de actividad y energía varias calles más allá. Julieta, se deslizó rápidamente en pos de su amado, procurando no alertarle de su presencia. Sabía que la extraña y viscosa sustancia que latía en el interior de sus venas le confería una agilidad inhumana, además de inteligencia y unos sentidos agudizados al límite. Pero Mark, más pendiente del tenue resplandor de iridium que de que alguien estuviera al acecho, se pasó bajo los altos soportales de un magnífico edificio y se adentró en lo que parecía una especie de claustro o plaza porticada con una de aquellas estatuas de deidades o caballeros alados que presidían cada foro y parque o plaza de Neo Verona. Mermadon se detuvo frente al pedestal de la estatua y el aire flotó levemente con algunas descargas voltáicas de electricidad estática. Mark notó como el vello de su cuerpo bajo el jubón de terciopelo se le erizaba y entonces, en medio de un chisporroteo que ionizó el aire se dibujó la silueta maciza y tosca de Mermadon. El robot se hizo corpóreo y lo que parecía un armario con patas y brazos gruesos como maromas se materializó ante Mark y la asombrada Julieta, que espiaba todos los movimientos de este refugiada tras un gastado y enorme pilar de piedra de sillería. Mark dio un respingo. Entre los penachos de humo que se removieron agitados producto de la aparición de Mermadon que volvía a ser visible, el robot se acercó al joven lentamente. Julieta estuvo a punto de saltar sobre aquel artilugio mecánico temiendo que pudiera dañar a Mark. Después de que se hubiera irrogado nuevamente, la misión de restablecer el nombre de los Capuleto y arrebatar el dominio de Neo Verona al cruel Laertes, se había granjeado algunas enemistades peligrosas entre los nobles afectos a la causa de los Montesco. Algunos le veían y no sin cierta lógica y parte de razón, como un advenedizo salido de ninguna parte que de repente se atrevía a darles órdenes y a ponerse por encima de ellos. Tal vez aquella especie de autómata hubiera sido un encargo de aquellos intrigantes y poderosos cortesanos a alguno de los genios que se decía, eran maestros de la invención y dotaban de vida propia a las más inconcebibles creaciones. Mitad alquimistas, mitad hombres de ciencia aquellos revolucionarios sabios estaban en el punto de mira de la Inquisición, que ante el más mínimo desliz por su parte, les acusaría de brujería internándoles en alguna lóbrega y profunda mazmorra a nada que tuvieran ocasión. Por otro lado, Laertes favorecía en buena medida la influencia y poder de la Inquisición en Neo Verona, porque tampoco veía con buenos ojos aquellos hombres que podían fabricar e infundir vida en autómatas y muñecos mecánicos como aquel. Pero esas luces…esos chisporroteos…esa forma de salir de la nada, como venido de ninguna parte. Julieta sabía muchas cosas, había averiguado el más velado secreto de Haltoran que jamás había confesado a nadie, ni siquiera a Mark, pero no podía desentrañar el misterio de aquel ser metálico y aspecto bruñido que parecía dirigirse a su amado con familiaridad. La semilla de Escalus había expandido su conciencia, pero no lograba discernir nada acerca del robot, por más que se concentraba. Entonces una luz brilló, en lo que se podía considerar como el rostro del robot y este dejó escuchar su voz almibarada y dulce, y que contrastaba violentamente, de forma tan chocante con su temible apariencia de cíclope. Si la situación no hubiera sido tan dramática, Julieta se habría echado a reír. No le pareció que el robot, autómata o lo que fuera resultara peligroso o que fuera a matar a nadie con ese tono de voz tan afectado. Pero se estremeció ligeramente. Tal vez Mermadon fuera obra de algún nigromante, de los que tanto se hablaba pero nunca habían sido vistos, afortunadamente, porque según la Inquisición, su poder era tan temible y desbordante como su maldad. Suspiró y aunque se estremecía de miedo, decidió continuar allí, por la curiosidad que le suscitaba la situación, y sobre todo por el amor que sentía por Mark.
-Señor Anderson, mi presencia aquí tiene una razón de ser, pero primero, le rogaría que observe atentamente por favor. Después si es tan amable de aguardar unos minutos, le explicaré cual es esa poderosa razón que me ha impelido a venir hasta aquí. En un primer momento iba a dirigirme hacia el paradero del señor Hasdeneis para esperarle allí, pero como le he localizado primero, y dado que mi misión era encontrarle cuanto para entregarle un mensaje, no hallo inconveniente alguno para proceder a hacerlo ahora mismo.
-¿ Un mensaje ? –inquirió Mark, perplejo e intrigado.
En el pecho de Mermadón se abrieron lentamente dos compuertas, cuyos batientes se deslizaron hacia atrás, y a derecha e izquierda produciendo un leve zumbido mientras de la oscuridad de su interior emergió lentamente una pantalla de televisión que refulgía de forma tenue. Mark enarcó las cejas. Estaba vagamente familiarizado con cada una de las modificaciones a las que Haltoran había sometido al robot, pero aquella no la recordaba o quizás la hubiese pasado por alto. La pantalla, se iluminó súbitamente, mostrando interferencias sobre un fondo blanco jaspeado de puntos y motas negras. En ese instante, una imagen borrosa se fue formando gradualmente y cuando se aclaró, volviéndose nítida y brillante, el joven notó que un escalofrío le recorría la espina dorsal. El rostro de Stear, enmarcado con sus habituales y característicos anteojos redondos, y el cabello alborotado bajo la gorra blanca que parecía pegada permanentemente a su cabeza, le contemplaba con el mismo asombro y mirada atónita, que la que Mark le devolvía desde el otro extremo de la pantalla, a un mundo de distancia. Del micrófono que habíamos incorporado al diminuto monitor que sobresalía de forma un poco grotesca desde las entrañas del robot, la voz agitada de una mujer que sonaba detrás suyo, le suplicó encarecidamente que se hiciera a un lado, mientras le empujaba desabridamente para ocupar. Entonces, en ese preciso instante, el hermoso rostro de una muchacha, con los cabellos rubios y ensortijados dispuestos en desorden sobre los torneados hombros y espalda, llenó la superficie rectangular de la pantalla. Los ojos verdes intensos y deslumbrantes vertían dos regueros de lágrimas blancas y brillantes que no podían dejar de manar. Las pecas de su nariz respingona se estremecían, lo mismo que el resto de su semblante bajo los espasmos que el convulsivo llanto le estaba produciendo y que conmovían su cuerpo. La voz dulce y melodiosa de Candy gimió suplicante y triste, por el altavoz, haciendo que Mark experimentase una congoja tan grande que tuvo que arrodillarse sobre el pavimento empedrado de la plaza para no desplomarse encima de los adoquines, llevándose las manos al pecho. El joven se dobló de dolor al revivir un sentimiento que creía perdido para siempre.
3
La impresión de ser testigo de cómo otra mujer besaba a su esposo fue demasiado fuerte para ella. Afortunadamente, Stear estaba al quite y la recostó cuanto antes en un sofá un poco destartalado que tenía en un rincón del improvisado laboratorio y haciéndole oler unas sales de su invención, logró que su amiga saliera del incipiente desmayo que estaba ya haciendo mella en su cuerpo. El producto tenía un aroma entre almizcle y azufre que hizo que Candy recobrara la consciencia tosiendo y lagrimando por el hedor que el potente compuesto desprendía. Pese a los atentos requerimientos de que descansara y de avisar a Helen o alguien que viniera a hacerse cargo de ella, la muchacha se negó rotundamente y decidió permanecer allí, observando la escena hasta sus últimas consecuencias. Stear se encogió de hombros y lanzando un breve suspiro dijo:
-Vale Candy, como prefieras, pero no sé si deberías, después de lo que hemos averiguado.
-Eso no es prueba de nada –declaró la muchacha, fulminándole con sus profundos ojos verdes- tengo que estar segura. Intenta que Mermadon atraiga su atención, para que pueda hablarle en un sitio más discreto que ese mercado.
Stear manipuló con el ratón algunas opciones del programa a través del cual podían contemplar a Mark y la populosa ciudad tal y como le había enseñado, con las instrucciones de Mermadon, ya que yo tampoco era muy ducho en aquellos ajetreos informáticos.
Le pidió a Mermadon que procurara conducirle a un lugar más tranquilo, lejos de miradas indiscretas.
Stear meneó la cabeza apenado por Candy, y murmuró en voz baja:
-No sé si de esto saldrá algo bueno. Más bien me temo lo contrario.
Candy se asomó sobre su hombro y mirándole suspicaz adelantó el cuerpo y puso los brazos en jarras. El aliento de la chica le cosquilleaba en la nuca.
-Deja de murmurar Stear –dijo con un deje de dureza, aunque luego suavizó el tono y añadió conciliadora:
-No tienes que temer por mí querido amigo. Seré fuerte y aceptaré –hizo una pausa y luego prosiguió con cierta dificultad- lo que sea, pero tengo que conocer la verdad. Y lo que tenga que ser será.
Pero Stear no estaba tan convencido de que Candy asumiera plenamente la crudeza que aquellas palabras encerraban dentro de sí.
4
Tal y como temiera, cuando cedió su puesto a Candy frente al monitor del portátil, su amiga pareció dar muestras de flaquear y venirse abajo. Pero lo que no se esperaba es que Mark tuviera la misma reacción. En una triste y patética escena, los dos esposos se hablaron separados el uno del otro por una distancia inconmensurable, unidos solamente por el frágil y tenue hilo cuyos extremos eran por una parte, la pantalla de un ordenador portátil, probablemente único en el mundo de 1924, porque no existían otros similares, y por otra, un pequeño monitor que emergía de un coloso metálico que intentaba pasar lo más desapercibido posible en el bullicio y el trasiego de una ciudad renacentista que no existía en ninguna parte de la Tierra.
-Mark, amor mío, mi vida –sollozó Candy desgranando las palabras lentamente.
Entonces, como si una pesada y agobiante máscara que le hubiera ocultado la realidad, durante largo tiempo, se hubiera desprendido de su rostro, Mark notó un intenso sufrimiento que pareció taladrarle el alma. Pese a haber declarado su amor a Julieta, comprobó entre alborozado y contrito de dolor por la otra muchacha, como el vínculo que le unía a Candy, no solo seguía idemne si no que se había robustecido como nunca antes lo hubiera hecho. Mark se alzó de improviso, saltando tan rápido que Stear temió que se lastimara si se golpeaba contra Mermadon. Se aproximó al robot, y apoyando las yemas de sus dedos en el frío cristal de cuarzo sobre las mejillas de su esposa musitó lentamente:
-Candy, querida mía, cariño –dijo Mark sintiendo unos remordimientos tan hondos que creyó que su conciencia saltaría en pedazos- yo…yo…
Candy sabía perfectamente que es lo que trataba de decirle, aunque no se atrevía. Quizás en otras circunstancias le habría rechazado, expulsándole de su vida por engañarla de una forma tan vil o haber sucumbido inadvertidamente a los encantos de otra mujer, pero le quería tanto que ya el mero hecho de que él, continuara sintiendo por ella aquel amor tan intenso como desesperado, le era más que suficiente para perdonarlo. Mark estaba llorando y sus lágrimas no eran solo de arrepentimiento o de culpabilidad. Lloraba por algo más. Su llanto era de amor. Sólo le había visto así, tan desesperado y desválido en dos ocasiones. La primera, cuando después de quebrar la fuente ornamental muy cerca de la cancela de las rosas, se le declaró.
La segunda, cuando Mark, creyó que la había perdido para siempre, de forma definitiva e irremisible cuando en contra de su voluntad, probablemente por orden directa de Albert, aunque nunca había podido confirmar ese extremo del todo, se vio obligada a casarse contra su voluntad con Neal, que se aprovechó de su lamentable y triste estado para presionarla y forzarla a que se desposara con él. Afortunadamente, Mark no se resignó y acudió a rescatarla cabalgando torpemente uno de los caballos que le arrebatara al capataz que intentaba impedir al frente de sus hombres, que Mark se la llevara. Fue durante aquel ensayo de boda que por suerte no llegó a concretarse y no pasó más que de un mero esbozo. Nada más rescatarla, y volando con el renqueante y poco eficiente jetpack, inventado por Haltoran aterrizaron a una distancia prudencial. Entonces Mark, al comprobar que no estaba soñando y que la habia recobrado lloró de la misma manera, al igual que la muchacha. Entonces le propuso que hicieran realidad la promesa que le había arrancado en el siglo XXI. Y así lo llevaron a la práctica, convirtiéndose en marido y mujer, aunque el hombre que les casó no resultara ser un auténtico vicario como afirmara.
-No hables Mark, -dijo ella apoyando su mano extendida sobre la de su esposo, con el cristal de los diferentes monitores de por medio, aparte de la pavorosa lejanía que los mantenía apartados el uno del otro- no me importa lo que hayas podido hacer. De verdad. No te guardo rencor, si acaso, por haberte ido de esa manera tan repentina, e induciéndome esa pérdida de conciencia para no tener que decirme adios.
Mark apoyó la frente sobre la pantalla. Sus lágrimas impregnaron su superficie y dejó marcadas las huellas de sus dedos en la misma. Candy observó los hermosos y oscuros ojos de su marido en primera plana. El joven, agobiado por los remordimientos y sinceramente arrepentido entornó los párpados y dijo:
-Perdóname amor mío, perdóname, querida mía, se que no soy digno de tu cariño, pero…yo…yo…no sé que me ocurrió…yo.
Candy le sonrió. Aquella amable y deslumbrante faz terminó por desarmarle. Por segunda vez, Mark trató de hacerse perdonar por su esposa, descargando su alma de aquellos cargos de conciencia que le estaban asfixiando, ahogándole, pero ella le disuadió nuevamente. Aunque estuviera muy lejos de ella y de sus hijos, a una distancia que no podía ni imaginar, la confirmación de que continuaba amándola y de que estaba bien e ileso, había devuelto la confianza y cierta alegría a sus agotadas y exánimes esperanzas.
-Ahora no es momento de reproches ni de exhortaciones –dijo la joven. Mark desvió la mirada, avergonzado por su comportamiento, y notó como un furioso y renovado sentimiento fructificaba en su corazón. En realidad siempre había estado enamorado de ella, solo que el reencontrarse con Julieta, su hermosura le habían obcecado y sus súplicas de que se quedara a su lado, le habían afectado tanto, que sin saber porqué terminó por acceder a sus ruegos.
-Entonces…entonces –repitió Mark anonadado, que no salía de su asombro, que era tan grande como su desasosiego- ¿ me perdonas amor mío ?...porque, porque tú ya lo sabías, ¿ verdad ?
Candy asintió nerviosamente mientras juntaba las manos a la altura del corazón. Sabía que el arrepentimiento de Mark era veraz y limpio. El joven sonrió mientras las lágrimas de ambos resbalaban al unísono. Mark se separó unos pasos del robot que parecía conmovido por la escena, aunque no tenía medio de exteriorizarlo aparte de su voz y los destellos que perlaban la rejilla que hacía las veces de boca y órgano fonador.
En ese instante se escucharon pasos y Mermadon apremió a Mark para que cortara la comunicación.
-Te juro amor mío –dijo Mark temblando y apretando los puños de rabia por no poder estar junto a su mujer y sus hijos- que jamás volveré a defraudarte, jamás. Cuida de nuestros hijos. Deseo tanto abrazaros y estar a vuestro lado…
Candy realizó una afirmación inclinando la cabeza brevemente. Intuía que Mark tenía que resolver primero la complicada situación suscitada por ese temible e ignoto enemigo del que les hablase la enigmática mujer de pelo azulado y ojos verdes, aparte de otra no menos enrevesada y harto peligrosa referida a su relación con Julieta, que inevitablemente tendría que terminar de un modo u otro.
-Cuídate mi vida –le dijo ella agitando la mano- Marianne, Maikel y yo te estamos esperando impacientes, y todos los que te quieren.
Y por favor no te tortures más. Te amo demasiado para guardarte rencor. Te perdono amor mío.
Hubo un corto silencio. Los pasos de varias personas resonaban por toda la plaza porticada amplificados por los pétreos adoquines y el silencio del gran espacio al aire libre, del patio central jalonado por grandes soportales, de arcos de medio punto.
-Para siempre amor mío –dijo Candy sorpresivamente uniendo su mano a la imagen de la de Mark, a través de la pantalla, recordando su promesa.
-Para siempre mi Candy, mi dulce esposa –coincidió él trémulamente con un hilo de voz.
-Señor Anderson –dijo Mermadon apurado- siento interrumpirles, pero se está aproximando alguien.
Mark no quería cortar la comunicación. Temía que si eso ocurriera, ya no podría contactar con Candy nunca más. Dirigió una furtiva y enojada mirada hacia un extremo de la plaza donde varias personas se acercaban lentamente, y que Mermadon le había señalado, extendiendo su manaza metálica. El mercado estaba tocando a su fin, y la gente empezaba a ocupar las calles y avenidas adyacentes. Muy pronto la plaza se llenaría de transeúntes y paseantes. Mermadon emitió un triste chisporroteo que podría interpretarse como una disculpa o un lamento y cortó la comunicación. Cuando Mark contempló como el rostro de su esposa se desvanecía, empezó a golpear al robot con los nudillos produciendo un repiqueteo sordo y apagado, dado que el blindaje de su coraza absorbía la violencia de sus impactos.
-No, no, no, no –se lamentó Mark, mientras crispaba los puños y los dientes le rechinaban.
-Mi Candy, mi Candy, mi amor, mi dulce y único amor –dijo tristemente, mientras corría a esconderse bajo uno de aquellos airosos puentes, con arcos de medio punto, que conectaban un edificio a otro y que estaban por doquier, repartidos por toda Neo Verona. Mermadon se hizo invisible nuevamente y le siguió para evitar que hiciera una tontería. Candy acarició el recuadro negro que se abría en mitad del escritorio del portátil, y que flotaba etéreamente con la imagen nocturna de Tokio de fondo y que aun no había modificado como fondo de escritorio, porque no tenía interés ni intención alguna en sustituirla por otra diferente. Stear se había retirado discretamente al fondo del atestado y abarrotado cuarto para respetar la privacidad de un momento tan íntimo para Candy y Mark, pero por la sonrisa aun a pesar de sus lágrimas, de su amiga, sabía que las cosas entre ambos habían ido mejor de lo esperado. Candy estaba acordándose del momento en que Mark, irrumpió en el baile, su primer baile y la llamó a gritos a través de uno de los grandes y recios ventanales que se abrían por todo el salón donde se estaba desenvolviendo la magnífica fiesta. Y como, aun aprisionado por aquellos hombres que pugnaban por apartarle de allí y evitar que continuara perturbando la tranquilidad de los nobles invitados de los Andrew, de forma parecida a aquella, habían unido sus manos y sus corazones también probablemente, a través del frío e indiferente vidrio, pero en esa ocasión, lo mismo que ahora, solo percibió el contacto cálido y firme de su esposo.
5
-Su único amor –repitió ella, incapaz de hacerse a la idea- su único amor.
Como una larga y repetitiva letanía, Julieta se lamentaba una y otra vez, preguntándose como Mark había podido cambiar de parecer tan repentinamente.
Aunque estaba a una prudente distancia de Mark y del extraño artilugio con forma vagamente humanoide, pudo distinguir con claridad los rasgos del rostro de la muchacha a la que su amado había llamado esposa. Y encontró algunas de las respuestas que su confusa y atormentada mente, buscaba tan denodada como desesperadamente.
-Es una mujer tan hermosa…-se dijo conteniendo las lágrimas y perdiéndose en la inmensidad de los ojos verdes de ella. Aquellos cabellos rubios tan sedosos y dorados, la determinación que impregnaban sus pupilas, los ardorosos sentimientos que ambos se profesaban. Entonces, la bella muchacha descubrió abruptamente la verdad. Mark, continuaba amando a Candy, aunque por alguna razón que se le escapaba, Mark se había ofuscado u olvidado temporalmente a su esposa. De una cosa estaba segura y es que, Mark no la había engañado ni se había burlado de sus sentimientos. Intentó advertírselo, pero Julieta llevada por su repentina pasión que había revivido al rescatarle con la ayuda de Rayo de Luna quizás no le había dejado opción ni margen posible para reflexionar, o tal vez Mark no tuvo fuerzas para resistirse ante sus encantos. Quien podía afirmar o dilucidar, sin temor a equivocarse la auténtica verdad oculta en el fondo de todo aquello. Sin embargo, a pesar de su dolor por el tremendo desengaño optó por acudir a su lado. Mark podía estar en peligro o vagar sin rumbo fijo, presa de su desesperación. Se inclinó por estar a su lado, fueran cuales fuesen las consecuencias. Por suerte, no había ido muy lejos y estaba debajo de uno de aquellos puentes que unían un edificio a otro, o incluso a veces, barrios o distritos enteros, entre sí. El joven estaba acuclillado en posición fetal, con las rodillas pegadas a su rostro. Escondía la cara entre las manos y lloraba amargamente. Julieta supuso que estaba atravesando una dura lucha interior, donde sus verdaderos sentimientos hacia Candy se estrellaban con los remordimientos que le atenazaban por lo que consideraba un brutal y cruel engaño hacia la gentil Julieta. Mermadon permanecía a su lado para cuidarle y vigilar que no le ocurriese nada. Julieta caminó lentamente. Sus pasos resonaron en la bóveda del puente, alertando a Mark. La joven se le aproximó con parsimonia mientras su vestido rojo, el mismo que llevara cuando le encontrara en aquella postración la primera vez que se encontraron, realizaba un leve susurro por el roce de la sedosa tela de la prenda contra la piel de la chica. Mark intentó alejarse de ella, porque no quería enfrentarse a sus reproches, pero Julieta le abrazó para calmarle.
-Soy un cerdo –dijo Mark repentinamente clavando sus pupilas en el empedrado- te prometí amor eterno y ahora…ahora –dijo con voz temblorosa- descubro que a quien amo realmente es a ella.
Entonces Mark se puso de pie y fijando su vista en una pequeña daga que pendía del costado de Julieta le dijo:
-Nunca quise hacerte daño, jamás pretendí defraudarte pero al final, he roto tus ilusiones y las de mi esposa.
-Ella te ha perdonado –dijo Julieta sin importarle que Mark supiera que había sido testigo de la insólita y apasionada conversación entre ambos –no debes de atormentarte más. Yo…-dijo Julieta contrita y entrelazando las manos sobre el faldón de gasa blanca que circundaba su cintura- me hice demasiadas ilusiones. Debí comprender que esto podía suceder tarde o temprano.
Entonces Mark puso una mano en la empuñadura de la daga de Julieta y mirándola largamente declaró:
-Si consideras que matándome reparo parte del mal que te he hecho, adelante, -dijo extendiendo los brazos como invitándola a que acabara con su vida- te autorizo a hacerlo.
Julieta le contempló con horror y exclamó enfadada, haciendo que retirara sus dedos del mango del arma:
-No digas tonterías, jamás podría…
Entonces Mark con un movimiento tan rápido como imprevisto le arrebató la pequeña arma apuntándola hacia su pecho.
-Pues lo haré yo. Sabía que me estabas observando, y que me seguías. Me temí que no me obedecerías y que no volverías al Refugio y que tarde o temprano, terminarías por descubrir la verdad.
Julieta intentó tranquilizarle mirando temerosa la afilada hoja de su daga, ahora en poder de Mark. Extendió las manos hacia delante intentando no hacer movimientos bruscos o repentinos que pudieran precipitar un fatal desenlace. Aunque tenía el corazón destrozado, aun podía pensar con la suficiente frialdad, como para intentar evitar que Mark despedazara también el de su esposa.
-Mark, por favor, no hagas algo de lo que puedas arrepentirte. Por favor. No tienes porqué sentirte culpable. Me advertiste claramente de que esto podía pasar y yo egoístamente me negué a aceptarlo. Por favor Mark, suelta esa daga.
El joven la aproximó a su piel. Estaba firmemente dispuesto a verter su sangre para que Julieta tuviera una satisfacción y cumplida venganza. Paradójicamente Mark estaba anímicamente aun peor que ella.
-Por favor Mark –dijo ella desesperada- no es necesario recurrir a esto. Dame el cuchillo –dijo adelantando los dedos, aun a riesgo de ser herida por algún certero tajo de Mark. Había contemplado como mantenía a raya a aquellos nobles cuando se irrogó entre las traumatizadas y retorcidas ruinas de la que fuera la mansión de sus padres, la misión de restablecer el poder de los Capuleto y que le habían atacado, airados por lo que tomaron por una especie de desplante sacrílego que les ofendió profundamente.
-Juré protegerte –dijo Mark, mientras Julieta caminaba en círculos en torno a él pendiente de sus más mínimos gestos, aunque poco podría hacer porque era extremadamente rápido- juré amarte, pero no he podido cumplir nada de eso. No soy digno de seguir viviendo ni de nada.
Alzó la daga para clavársela, pero no llegó a descargar el fatal golpe. Una mano recia y curtida y otra extremidad metálica y llena de complicados engranajes y mecanismos le detuvieron. Haltoran suspiró aliviado. Había llegado justo a tiempo, siguiendo la pulsante y misteriosa señal que emitía aquel machacón y monótono bip-bip a intervalos regulares en el brazalete que Rand le entregara.
-Suéltame Haltoran, suéltame –gritó Mark, encolerizado. No soy más que un cerdo, que ha hecho añicos las ilusiones de dos personas inocentes. Yo…
Haltoran le retorció el brazo y Mark, dejó de hablar emitiendo un gruñido de dolor. La mano de Haltoran apretó con tanta fuerza en torno a su muñeca, que le obligó a que soltara la pequeña daga, dejándola caer, momento que Julieta aprovechó para recuperarla tan pronto como pudo.
Haltoran suspiró aliviado, aunque puede que lo más difícil empezara ahora. Por un lado, estaba contento de que Mark hubiera recobrado la cordura al hablar con Candy, pero por otro, el peso de su conciencia por como se había portado con Julieta, le estaba ahogando. Entonces Haltoran aflojó la presión de sus dedos y le dijo:
-Siento tener que hacer esto, pero no voy a dejar que cometas una tontería irreparable. No te vas a matar, no por lo menos, mientras estemos yo y Mermadon delante.
Miró a Julieta y a su amigo de hito en hito y dijo pesaroso:
-Intenté advertírtelo, pero no me hiciste ningún caso, de hecho, ni siquiera me permitiste plantearte la situación, ni tan solo esbozarla.
Meneó la cabeza y le liberó, ordenando al robot que hiciera lo mismo. Aunque Mark, podría haber rechazado fácilmente a ambos y haberse deshecho de la presa que su amigo y el robot hacían en torno a él, estaba tan deprimido que no hizo mención alguna o acción de pretenderlo. Todo le daba igual.
Mark tenía la mirada perdida, y clavada en la pared del edificio de su derecha sobre la que crecía un musgo de color marrón. Una enredadera trepaba por el muro de su izquierda sobre las agrietadas y gastadas piedras.
Haltoran le palmeó la espalda y encogiéndose de hombros añadió:
-Amas demasiado a Candy como para olvidarla así como así. No sé que te pasaría por la cabeza muchacho, cuando saliste con Julieta, pero cuando has descubierto que sigues enamorado de tu esposa, la decepción y tus remordimientos, te han golpeado dejándote para el arrastre. Y yo sabía que esto terminaría ocurriendo –declaró entristecido.
Mark, se alejó unos pasos tambaleándose. Con un gesto de la mano, Haltoran le pidió a Mermadón, que se había hecho visible nuevamente, haciendo que Julieta diera un respingo, que le vigilara impidiéndole que hiciera una tontería, aunque fuera por la fuerza.
-Ve con él Mermadon –dijo Haltoran con un deje de cansancio- está muy confuso y deprimido, y es normal. Intenté advertírselo, pero nada…cabezota como él solo –declaró resignadamente.
Mermadon caminó pesadamente aunque sin hacer ruido en un curioso y vivido contraste entre torpeza y gracilidad que coexistían en perfecto equilibrio para ir en pos de Mark.
6
Mark sentía tanto asco de sí mismo, que se puso a vomitar en un recodo del pasadizo. Afortunadamente no había casi nadie por allí y los pocos transeúntes tomando tal vez a Mark por un impenitente borracho que derramaba las hieles producidas por sus excesos alcohólicos, apretaban el paso para evitarse disgustos y ahorrarse líos. Haltoran acudió a su lado y aferrándole por la espalda, le sostuvo entre sus brazos.
-Vamos muchacho, vamos –dijo su amigo con preocupación- no te me vas a derrumbar ahora. De peores hemos salido.
-De esta no creo –dijo el joven que notó que nuevas arcadas le agitaban el estómago- su voz se vio interrumpida por un nuevo acceso de tos seguido de varias flemas. Cuando hubo terminado o por lo menos, en apariencia se calmó, ya pareció darle todo lo mismo.
Por un lado, rebosaba de alegría y orgullo porque había recobrado a su esposa, aunque fuera de aquella manera tan peregrina en opinión de Haltoran. Por otra, se sentía hundido y experimentaba tanta repulsión hacia sí, que había prodigado aquel lamentable espectáculo. Esa ambivalencia le estaba haciendo perder el juicio, o por lo menos, así lo creía. Cuando respiró agitadamente, tosiendo y casi atragantándose por el esfuerzo que había realizado, Haltoran sonrió levemente y observó:
-Ni siquiera los héroes son perfectos. De vez en cuando también se enferman o se sienten indispuestos.
-Yo no soy un héroe Halt –dijo Mark mientras recostaba su espalda contra la pared del musgo marrón, con gesto dolorido. Unas gotas de sudor bajaron por su frente.
-Para mí sí muchacho, lo mismo que para tu esposa y todos los que te conocemos bien –dijo Haltoran pasando su brazo izquierdo por los hombros de su amigo- además, ibas a matarte, después de prometerle a tu esposa que volverías sano y salvo. Irónico y paradójico, sin lugar a duda. Iba a haber añadido a la lista de los que le consideraban un héroe a Julieta, pero se contuvo, omitiendo su nombre de dicha lista, aunque la chica, ya por la franqueza y remordimientos que había mostrado, opinaba igual que Haltoran, cuyo trágico y oscuro pasado había sacado a relucir accidentalmente.
Mark le observó perplejo. Había asistido al encuentro si se podía definir así, entre él y Candy a través de la pantalla instalada en el robot.
-He de reconocer que Maikel y Stear hicieron un buen trabajo –dijo Haltoran con una sonrisa- un poco chapucero, pero brillante. Maikel me lo contó poco antes de que partiera en tu busca. Me he vuelto loco pateándome toda Neo Verona. Y menos mal, que he llegado a tiempo, no solo de salvarte de ti mismo, sino para no perderme el mejor programa de televisión que he visto en mi vida.
-No hagas chistes fáciles con esto –dijo Mark que tosió un poco y riendo quedamente, pese a que la situación no era nada propicia para que Haltoran sacara a relucir su característico y peculiar sentido del humor.
-Vamos, vamos no seas cascarrabias –dijo Haltoran cargando con él mientras Julieta se apresuraba a secundarle- matarse no es solución.
Julieta se puso delante suyo y dijo:
-Mark, coincido con Haltoran y con tu esposa. No debes de atormentarte más. Ella te ha perdonado, y aunque yo era consciente de que en cualquier momento, esto podía pasar, si te hace sentir mejor, si es un consuelo para ti, también tienes el mío.
Mark se extrañó de que Julieta hubiera podido entender el idioma inglés en que Candy y él habían mantenido aquella dramática conversación, aunque más adelante, ya en la relativa seguridad del Refugio, Haltoran le explicaría que había instalado un módulo de traducción en Mermadón algo que yo y Stear desconocíamos por completo y que debió activarse por casualidad, emitiendo sus palabras en aquel dialecto tan parecido al italiano. Mark intuyó algo, pero no le importó. Tarde o temprano Julieta se enteraría de su trágico doble juego y tal vez fuera mejor así.
6
El doctor Infierno se removía inquieto en su silla, mientras apenas probaba bocado de los excelentes y exquisitos manjares que una máscara de hierro, con indumentaria de camarero le servía con una mezcla de respeto reverencial y temor absoluto. El hombre intentaba ocultar su tremendo miedo a ofender a su poderoso amo, monarca absoluto y supremo señor de la Tierra, ahora que Koji Kabuto y el Santuario habían sido neutralizados. La verdad, es que había sentido más respeto y pavor hacia el animoso piloto del Mazinger Z, que batalla tras batalla, paso a paso, había estado a punto de hacer añicos sus sueños de conquista. Ese maldito y atrevido jovenzuelo, solía decir airadamente mientras su voz resonaba por gran parte de las ominosas salas del Imperio Subterráneo y los ropajes negros que envolvían fantasmalmente su enjuta y nervuda figura flameaban en la penumbra de su reino. Pero había otra preocupación que le estaba reconcomiendo por dentro y que apenas le permitía conciliar el sueño. Era Mark, ese misterioso joven, acerca de cuyo portentoso poder había recibido informes más que verídicos y exhaustivos de sus acciones de guerra.
-Tonterías –había gritado a la cabeza flotante de Broken en el momento en que su cuerpo envarado entró precediendo a varios de sus hombres uniformados y que portaban entre sus brazos, legajos y volúmenes de informes, reportes e investigaciones acerca de ese misterioso Mark Anderson.
Entonces los datos, informes, y dossieres llenaron su mesa y el científico, los arrojó al suelo gritando desabridamente a su lugarteniente y a sus asistentes:
-¡Basura Broken, basura ¡ -exclamó mientras su piel cetrina, se tornaba prácticamente cianótica por el esfuerzo que le suponía gritar encolerizado, lo que congestionó su adusto rostro- todo esto son tonterías. No puede existir un ser así. Es imposible.
Dos semanas después, Mark, luchando codo con codo contra su bestia mecánica, Piro F-2, junto a Koji Kabuto le demostró que las fabulaciones eran realidades tangibles y palpables, dolorosamente ciertas cuando sus monitores le mostraron una vez más el amasijo de restos de su espléndida bestia mecánica, de la que ya solo quedaba la pierna derecha y algunos engranajes retorcidos, abrasados y deformados por el inmenso calor que Mark había generado y dirigido a través de sus brazos, combinándolo con el fuego fotónico de Mazinger Z fundiendo a su monstruo con forma de centurión y que emitía destructivas descargas flamígeras, de ahí su nombre, por la punta de un látigo que chasqueaba continuamente. Finalmente, Mark no supo si su aportación al combate había inclinado la balanza a favor de Koji o había sido él el que había destruido el robot. Pero no quiso adjudicarse el mérito y permitió que Koji disfrutara de las mieles del éxito anotando una nueva victoria más en su ya de por si impresionante palmarés. Sólo le ayudó una vez, y todo porque Sayaka se lo pidió encarecidamente al comprobar la efectividad de sus poderes, debido a que Mark le había salvado de un ataque anterior a la cercana Tokio por parte de la misma bestia mecánica, a la que Mark había vuelto a combatir, esta vez, acompañando a Mazinger Z.
Aquello era algo irreal. Muy pocos sabían, a nivel mundial, que en Japón se estaba desarrollando una guerra mortal entre el Doctor Infierno y Koji Kabuto. En plena era digital y de la información, la férrea censura impuesta por el Gobierno Japonés impedía que en el resto del planeta se supiera de aquellos épicos enfrentamientos. La verdadera razón de aquel silencio informativo se debía a que Japón temía que terceros países pudieran robarles sus escasas y preciadas reservas de Japonium y de energía fotónica, vendiéndosela tal vez, a precio de oro al taimado y malvado doctor Infierno, y que este pudiera obtener la ventaja que precisaba para inclinar el fiel de la balanza a su favor, y decantar el resultado de la larga guerra hacia su bando de forma favorable, cosa que realmente ocurriría, aunque paradójicamente, pese a toda la seguridad, el celo y cuidado que Japón ponía porque nada de aquello trascendiera al exterior, la amenaza no vino del exterior, si no que se produjo en el interior del país nipón, cuando un traidor consiguió entregar a su señor, lo que este tan largamente había codiciado y deseado sin resultados, la fórmula para la obtención de la energía fotónica, y un pasaje secreto que le permitió conquistar el Instituto de Investigaciones Fotónicas a traición, haciendo prisionero a sus miembros y paralizando a Koji Kabuto bajo la amenaza de matarlos a todos. Eso le proporcionó el tiempo que necesitaba, para la construcción de una bestia mecánica hecha enteramente de japonium y alimentada mediante la energía fotónica., que le dio la victoria en un último y desesperado combate sobre Koji Kabuto y su robot. El conde Broken no podía entender como pudiendo hacer que Koji se rindiera sin más, coaccionándole con la ejecución de sus amigos, no jugara esa carta y aprovechara su buena racha. Pero el doctor Infierno respetaba a su archienemigo y le concedió un último privilegio de luchar en igualdad de condiciones y parejo con su nuevo monstruo, frente al que perdió finalmente tras el agotador y tenso duelo que sostuvo contra él. Rescatado del Pilder completamente destrozado, por varios máscaras de hierro y el propio barón Ashura en persona, según se rumoreaba, casi moribundo por las terribles y profundas heridas y hemorragias, que había sufrido durante la lucha, el doctor Infierno no reparó en gastos ni esfuerzos médicos para devolverle la salud. Y cuando se restableció del todo, se ocupó personalmente, de que jamás recobrara la libertad. Cargado de cadenas junto con Sayaka fue recluido en su imperio subterráneo, donde era razonablemente bien tratado, y le había conmutado la pena capital, por la de cadena perpetua, y allí permanecían ambos jóvenes, como trofeos que testificaban su aplastante victoria. Sus pensamientos volvieron sobre Mark y reconoció que no había sido fácil montar aquella farsa para alejar a ese muchacho del siglo XXI. Porque realmente, Nevus no le era imprescindible, ni siquiera se había planteado dominarlo o servirse de él. Había conocido la leyenda de Escalus y la diosa que recibía su semilla por unos bajorrelieves y frisos que decoraban las paredes de un templo situado a muchos metros bajo el nivel del suelo, de su palacio en la isla de Bardos. Pero creyó que sería efectivo para mantener ocupado a Mark allí, mientras se centraba en su verdadero objetivo, el secuestro de Candy Anderson Legan, la esposa de aquel hombre. Incluso había despachado al barón Ashura para dar más verismo a su plan, encargándole raptar a Julieta Montesco, la cual no le era imprescindible, pero Candy sí. Desempolvando el viejo plan que se le había ocurrido a Norden, uno de sus malogrados subordinados que cayó durante la batalla en los jardines de Lakewood al frente de sus Halcones Negros, pensó que tal vez diera resultado. Con Candy en su poder, tendría a Mark a su plena disposición, comiendo de la palma de su mano y neutralizando de un plumazo, la única e inquietante amenaza que podía turbar su hasta ahora fructífero y absoluto reinado sobre el planeta.
-Ese hombre ama a esta chica más que a su propia vida –rezongó con su característica voz profunda y grave y agitando entre sus dedos enguantados la foto de Candy. Broken sintió un leve y grato escalofrío de placer al pensar lo que podría hacer con la muchacha si estuviera a su entera y total disposición. Los atrayentes ojos verdes y los cabellos rubios y sueltos, dispuestos en aquellas coletas con lazos despertaban su siniestra y retorcida libido que pugnaba por dar rienda suelta a sus más bajos instintos. Broken era un depravado, pero un valioso e insustituible colaborador, y quizás accediera a sus deseos, solo por esa vez. El brillante plan que su mente sagaz y astuta había concebido, y que le había proporcionado la victoria absoluta sobre el profesor Yumi y su Instituto de Investigaciones primero y posteriormente, sobre el Santuario, tal vez bien mereciera que le recompensara de aquella manera, aunque a él personalmente, le disgustara y repugnara siquiera en pensar en tal abyecta y sucia fijación de Broken por las mujeres bonitas y exuberantes.
Sin saber porqué recordó al malogrado y desgraciado Ettiene Colbert, otro de sus colaboradores que siempre iba vestido a la última y llevaba una vida de disipación y lujo en contraste con la moderación y el recato de Norden, que cuando no se requería de sus servicios, vivía recluído en su elegante chateau escocés, situado en las frías y remotas islas del archipiélago de las Orcadas. Ettiene era elegante, sagaz y muy astuto y pergeñó aquel otro plan, mediante el que trataron de forzar un cambio en el curso de la Primera Guerra Mundial para lograr que los Imperios Centrales la ganasen y así favorecer sus ansias de dominación mundial. Pero Mark, y ese Haltoran amigo suyo frustraron sus aspiraciones, mejorando la tecnología bélica de los aliados occidentales y favoreciendo a estos, acortando la Gran Guerra en más de un año y evitando un millón de bajas sobre la cifra total que arrojó el conflicto, lo cual nos valió a Mark, y a todos nosotros, ser condecorados con la medalla del Congreso por el propio presidente Wilson en persona, en Lakewood. De esta guisa, el desvío de armamento y recursos procedentes de la Segunda Guerra Mundial hacia los frentes y campos de batalla de la Primera quedó en nada, en agua de borrajas y todos los esfuerzos resultaron baldíos, cuando por razones aun no esclarecidas, las instalaciones de Industrias Parents, que suministraban el iridium que permitían los viajes en el tiempo, saltaron por los aires, sin más ni razón aparente alguna. Ettiene había sido fusilado por las tropas del Kaiser Guillermo II, acusado de alta traición, al no haber podido alcanzar ni uno solo de los objetivos que se le habían asignado. Sus aliados alemanes, altos oficiales y mariscales que habían confiado plenamente en sus promesas de una victoria rápida y contundente, antes de que la intervención masiva norteamericana inclinara, como así fue finalmente, la victoria hacia el bando aliado, sencilla y llanamente, le culparon de la derrota, para no tener que rendir cuentas ellos mismos ante su pueblo y escurrieron el bulto. Cuando el vizconde Cerdo, otro de sus oficiales le sugirió tímidamente que tal vez pudieran rescatarle para hacerle pagar cara su ineficacia, el doctor Infierno soltó una larga y estremecedora carcajada y dejó que las balas del pelotón de fusilamiento germano, hicieran el trabajo sucio por él, obviando el asunto del que no se volvió a mencionar ni media palabra.
7
Mark estaba reclinado en un diván con los ojos fijos en el artesonado del techo de la vivienda. Había permanecido así desde que entre Haltoran y Julieta le trajeran casi a rastras, no porque se resistiera, si no porque las piernas no le obedecían ni respondían a sus deseos. Haltoran meneó la cabeza rezongando por lo mucho que pesaba su amigo, aunque gracias a Mermadon que se había vuelto invisible, lograron trasladarle con más pena que gloria hasta el Refugio. Haltoran estaba apenado por su lamentable postración, ya que antes que la incomodidad que le producía haber sido arrastrado a otra era, tiempo o lo que fuera aquel extraño mundo paralelo, estaba ante todo, la seguridad y el bienestar de su amigo. Pero aparte de aquello, lo que más le angustiaba y centraba sus pensamientos de forma tan obsesiva como compulsiva, era retornar cuanto antes a su hogar al lado de su esposa y de su hijo.
Pero en esos momentos, desde el quicio de la puerta observó con gesto adusto y preocupado a su amigo. Mark se debatía en una dura lucha interior mientras Julieta, arrodillada a su lado intentaba consolarle, pero Mark no conseguía encontrar la paz que tan largamente ansiaba. Julieta le acarició los cabellos con ademán de enamorada, porque aun le seguía queriendo y dijo mirándole con piedad:
-Mark, no tienes que continuar sintiéndote culpable –dijo la bella muchacha solícita, no estando segura de que le entendiera, porque había estado delirando presa de una fuerte fiebre- por lo menos tienes el consuelo de saber que Candy sigue aun enamorada de ti.
Mark lanzó un suspiro y se revolvió en los cojines del diván preguntándose porqué aquel mueble eran tan duro e incómodo. El tejido que forraba los cojines era rasposo y urticante al tacto, pero no estaba para apreciar semejantes nimiedades. Contempló la austera habitación amueblada con unos pocos y escasos muebles de madera y sonrió tristemente dando la razón a Julieta. Sí, por lo menos le restaba el consuelo de que su esposa continuaba amándole intensamente, porque si no habría extraviado la poca y escasa cordura que aun conservaba y que pendía de un hilo. Muchas veces se preguntaba porque no había tenido éxito en desviar a su otro yo, en haber intentado modificar la corriente temporal. De esa forma quizás Candy y Terry habrían estado juntos, aunque tampoco quiso saberlo. Hubiera podido explorar esa posibilidad fácilmente, pero siempre se había negado a hacerlo, porque el mero hecho de imaginar tan siquiera a su amada Candy en compañía de otro hombre le ponía nervioso y realmente enfermo. Apoyó su mejilla sobre el dorso de su mano derecha mientras la palma de esta hacía contacto con la de su mano izquierda. Julieta le miró a los ojos. Eran verdaderamente hermosos, y sus pupilas negras parecían aun más plenas y radiantes bajo el influjo de la intensa fiebre que le había acometido y que tan solo había cedido hacía media hora. Entonces sus pensamientos volaron junto a Terry Grandschester. Había interrumpido el orden natural de las cosas, el discurrir normal y concatenado de los acontecimientos, él, él señor del tiempo, como le había definido una vez Haltoran.
-Señor del tiempo, señor de nada –susurró en voz baja mientras resoplaba levemente.
Julieta que le había estado escuchando hablar de forma incoherente durante horas, no respondió pensando que era otra de sus parrafadas sin sentido.
-La belleza es un arma de doble filo, una celada peligrosa que puede cegar inconscientemente la razón de hombres y mujeres, nublando su razón y dejándoles inermes frente a los caprichos de su corazón –recitó Mark moviendo los labios de forma casi imperceptible. Julieta denotó que había vuelto a recobrar el juicio y le dijo:
-No puedes continuar así Mark, -dijo la muchacha- tienes que retornar a tu mundo. Debes regresar junto a tu esposa y tus hijos.
Al escuchar aquello, el joven se irguió pesada y lentamente y caminó hasta que su cuerpo quedó oculto por el biombo, que hacía las veces de improvisado vestidor. Se despojó del sayal que le habían endosado y tras rogar a Julieta que le tendiera sus ropas habituales, se cambió rápidamente. Se había puesto sus vaqueros, la camisa de cuadros que estaba tan deshilachada y zurcida que en cualquier momento se caería a pedazos y su cazadora negra. Remató su apariencia calzándose los mullidos y cuarteados playeros. Intuyendo lo que pretendía Julieta le aferró por los hombros obligándole a que se detuviera. Mark se giró con cansancio, haciendo que sus tacones produjeran un leve chirrido sobre el suelo de baldosas, cuando se volteó sobre sí mismo para encararse hacia la muchacha. Era tan hermosa que se preguntó si realmente hacía lo correcto al despedirse de ella. Julieta reflejó sus ojos ambarinos en los de él, que como dos pozos negros de incertidumbre y desconocimiento, le devolvieron aquella mirada anhelante. Julieta le abrazó incapaz de dominar sus propias pasiones, conservando aun la secreta esperanza de mantenerle a su lado, pero Mark ya había emitido su opinión con aquellas enigmáticas y lapidarias palabras.
"La belleza es un arma peligrosa que puede cegar la razón". Aquellas palabras flotaron en torno a Julieta que supo que se referían a él. Mark, solitario y alejado de su esposa, había sucumbido al irresistible atractivo de la joven heredera de los Capuleto. Entonces tomó a Julieta por los hombros y la alejó suavemente de él. La muchacha rompió a llorar y Mark, levantó su rostro por el mentón con delicadeza.
-No debí retornar aquí Julieta –dijo Mark esbozando una sonrisa triste –porque lo único que he hecho hasta ahora, ha sido alterar el curso de las vidas de personas inocentes, empezando por la de mi propia esposa.
-Pero, pero –dijo ella incrédula, pugnando aun por intentar negar la evidencia de lo que era ya innegable e irreversible y que no era más que la confirmación de lo que Haltoran había pronosticado acerca del voluble e inestable Mark. El vínculo de amor que le ligaba a Candy era ya tan indisoluble e irrompible que nada ni nadie podría alterarlo jamás. Ni siquiera la inspiradora de uno de las más grandes tragedias literarias de todos los tiempos. Los ojos de Candy, aquellos ojos verdes y luminosos que ella había contemplado a través de la ventana que transmitía imágenes y que se abría como una puerta a otro mundo desconocido e ignoto, le habían atrapado para siempre y nunca podría expulsarlos ni de su corazón ni de su mente. Julieta asintió reclinando sus cabellos entre rojizos y dorados en el pecho del hombre al que amaba aun intensamente, e hizo un postrer y desesperado intento de retenerlo a su lado:
-Quédate conmigo Mark, por favor –dijo ella apelando al secreto que les ligaba de alguna manera inevitablemente- eres mi guardián y tienes que protegerme. Yo...no deseo vivir sin ti.
Mark tenía que marcharse, porque si vestía la sirge otra vez y salvaba a Julieta, lo más probable es que ya nunca más pudiera abandonar Neo Verona, porque entonces su relación con Julieta se tornaría definitiva. Entonces extrajo un pequeño libro de tapas de cuero rojo, que guardaba en el fondo de su pequeña mochila negra. Sobre la cubierta, grabadas en letras de tonalidades doradas rezaba la expresión "Romeo y Julieta". El libro estaba en italiano, por lo que Julieta no tendría muchas dificultades para seguir el argumento a nada que realizara una lectura un poco detallada y somera. Se lo tendió a la muchacha que lo tomó con manos temblorosas, interrogándole que significaba todo aquello:
-Ahí –dijo Mark señalando el libro con un ademán de cabeza- está tu destino Julieta, y lo mismo que yo, he cambiado el mío, tú también puedes hacerlo.
Luego se asomó por la ventana y deslizó la vista por la larga calle que discurría a sus pies, en la que patrullas de carabinieris hacían su ronda habitual vigilando a las temerosas y hacendosas gentes de la ciudad, buscando el más ínfimo indicio de delito de alguna de las numerosas y más inicuas leyes que el Gran Duque promulgaba casi a diario, desde el inaccesible palacio que al pie de un gigantesco pico presidía la gran ciudad.
-Si realmente te amara con el mismo fervor y pasión que a mi esposa, permanecería junto a ti, pero no puedo hacerlo. Mi corazón pertenece a ella y no puede ser de otra forma. Además, presiento que aunque ahora no te des cuenta de ello, tu lugar está junto a Romeo y no a mi lado.
En ese instante, Mark realizó un gesto a Haltoran que se había retirado con discreción y llevándoselo a un aparte le dijo:
-Quiero que vayas a buscar a Romeo –le pidió tendiéndole un papel con unas señas.
Haltoran le contempló como si se hubiera vuelto loco definitivamente, pero Mark le cortó tajante antes de que pudiera empezar a replicarle:
-No me mires así Halt. Te aseguro que estoy recuperado, o eso creo. Ve a buscarle –insistió- le encontrarás en esa dirección.
7
Había mantenido una larga y tensa conversación con Mark en la biblioteca privada de Conrad con anterioridad a esos acontecimientos. El anciano y ascético hombre se había negado en un principio en redondo, a franquearnos la entrada a sus dependencias, temiendo que pudiéramos estropear inexorablemente algunos de sus valiosos e irremplazables incunables y manuscritos, pero como todas las demás dependencias del Refugio estaban atestadas por los miembros de lo que yo consideraba una especie de guardia pretoriana y personal de Julieta y necesitaba hablar con mi amigo en privado, accedió a regañadientes, cuando Lady Ariel le disuadió finalmente, de que nos autorizara a departir en lo que para Conrad era un santuario al que solo él debía tener acceso. Rodeados de libros, en un ambiente recogido y casi monacal, referí a Mark el estado de Candy, y la desazón en la que se hallaba debido a su larga ausencia.
-Se pasa las noches llorando, llamándote a voz en grito Mark –le dije con un tono de ligero reproche en la voz. Todo Lakewood está revolucionado y patas arriba. Ya no sabemos que hacer para consolarla.
Mark que no estaba seguro de sus sentimientos y que parecía añorar a la pecosa, como Haltoran y todos la llamábamos cariñosamente, me pidió que le narrara mi casual encuentro con Romeo durante el breve lapso de tiempo que permanecí cautivo en las minas de Gradisca. Se lo referí lo más someramente que pude y Mark fijó su atención en la gruesa puerta de roble de la estancia. La voz aguda y enojada de Conrad proveniente del otro se quejó a Lady Ariel:
-No quiero que esos dos permanezcan por más tiempo en mi valiosa biblioteca, podrían estropear algunos de mis libros.
-Eso no sucederá –concluyó conciliadora Lady Ariel.
Luego no escuchamos nada más. Lady Ariel debió alejar al anciano para que se tranquilizara un poco y calmara sus infundados pesares hacia nosotros.
Entonces de la mente de Mark surgió una petición que por extraña me pareció prácticamente una locura.
-Necesito concertar una entrevista con Romeo, maestro y a no más tardar para hoy mismo.
8
Salí de la biblioteca de Conrad meneando la cabeza y resoplando. Mientras Conrad se cruzó conmigo tan rápidamente para correr a su reducto privado, que estuvo a un tris de perder su solideo que yo recogí al vuelo, devolviéndoselo inmediatamente. El anciano malcarado me arrebató su pequeño solideo rojo con mano displicente y dándome la espalda, entró como una exhalación en la biblioteca con el corazón en un puño, temeroso de encontrarse alguna mancha en uno de sus manuscritos o alguna página rasgada e irremisiblemente perdida para siempre. El temor a que una de sus valiosísimas obras exclusivas pudiera sufrir los estragos de aquellos bárbaros, como nos consideraba a Haltoran, a Mark y a mí, le producía una desazón insoportable. No sabiendo como hacer realidad los deseos de Mark y si debía realmente acceder a ellos, me entrevisté con Lady Ariel, mi benefactora exponiéndole el caso. Lady Ariel conocedora de los sentimientos de Romeo hacia la muchacha pareció proclive a mi petición. Cuando le conté los argumentos y razones que Mark me había dado para solicitarme algo de tal índole, asintió y escribió una carta con pulso firme y trazos rectos y delicados con una pluma de ganso que mojaba en un tintero de bronce cada vez que rellenaba una línea. Me recordó a la tía abuela Elroy solo que aquella anciana era un poco más joven y no tenía los rasgos adustos y severos de la anciana matriarca de los Andrew, que debido a la ausencia de Mark se había visto obligada muy a su pesar, a reasumir su antiguo cargo que dejó después del escándalo que supuso el encarcelamiento de su sobrino Albert por los turbios asuntos en los que se habían visto envuelto, así como por la instigación del asesinato de un joven médico y una criada en relación a su sórdida y retorcida venganza contra Mark y Candy.
Lady Ariel terminó la misiva y tocó una pequeña campana de plata cuyo tintineo se vio respondido por unas pisadas pesadas y lentas. Un hombre con levita y una gran peluca blanca, que por su envergadura me recordó vagamente a Mermadón, se presentó ante nosotros en el gabinete de trabajo de la anciana dama haciendo una reverencia. Pensé que si Mermadón hubiera sido un ser humano en vez de un robot, aquel sería su aspecto, sin duda alguna.
-Entrega esta carta en mano a su alteza el príncipe Romeo Montesco. Es muy importante que la reciba cuanto antes.
El mayordomo hizo otra exagerada reverencia y se apresuró a cumplir las órdenes de su señora. Entonces tomó entre sus finos y ágiles dedos algunas de las fotografías de Candy y de su familia que había realizado en días más felices y menos aciagos que aquellos, hacía apenas unos meses, cuando me invitaron a compartir un picnic con ellos, hasta que la llegada de Hyoga, que había venido para cumplir aquellas infames e ingratas órdenes, y la sorpresiva visita de una hermosa mujer cuyos cabellos tenían un casi antinatural color azul, sucesivamente lo habían trastocado todo. No esperaba que Lady Ariel me creyese, pero tampoco creía posible que Woodrow Wilson tomara en serio a un viajero del tiempo que desprendía fuego por las muñecas, un hombre obeso que había perdido un imperio comercial allende el tiempo, y un joven mayordomo que aparentaba la edad de un niño de diez años, cuando tenía el doble, acompañados por un robot de andares torpes, voz meliflua y maneras afectadas que parecía un Frankenstein de medio pelo, aunque el mérito se debió a su inteligente sobrino Joseph que había unido las piezas del rompecabezas con infinita paciencia y suscitado el interés de su influyente y poderoso tío. La amistad de este con Ernest Legan nos brindó la ansiada entrevista, que jamás creímos que llegara a producirse.
Lady Ariel tomó un sorbo de su taza de té de plata y yo la imité para no desairarla. El té nunca me había gustado. Me parecía una bebida insípida y muy floja, que siempre me dejaba un regusto amargo, aparte de que terminaba provocándome una insistente sed, que calmaba bebiendo una botella de agua de litro y medio por la noche y que me había traído inadvertidamente del siglo XXI, en mi precipitada huída cuando los esbirros de Norden asaltaron la sede central de mis empresas, simulando un robo. Desde aquel entonces el te había entrado a formar parte de mi vida, pese a mi oposición. Tomaba té con Candy, con la familia Legan, con Esther, la que por cierto me había dejado por un joven y prometedor corredor de bolsa cuya carrera no había hecho si no comenzar. Así, que retorné nuevamente a la mansión de la familia Legan, donde sus miembros empezando por Candy y Mark, y por supuesto Helen y Ernest me recibieron con los brazos abiertos.
La dama me hizo retornar de mis pensamientos con unas palabras que me sonaron a gloria:
-Su historia es muy extraña querido amigo –dijo Lady Ariel con una sonrisa- pero le creo. Romeo accederá a entrevistarse con tu…pupilo. He puesto mi empeño y mi palabra en que así sea.
9
Mark y Romeo se encontraron en los jardines de una de las mansiones de Lady Ariel. El muchacho llegó embozado temeroso de que lo hubieran seguido y que cualquier imprevisto pudiera dar al traste con su clandestino encuentro con su rival. No le hacía ninguna gracia enfrentarse cara a cara con él. Por un momento, se le pasó por la cabeza que pudiera abrasarle con aquellas pavorosas llamas que hacía brotar de sus muñecas como por ensalmo y su primera reacción había sido denunciarle a la Inquisición, pero tuvo la certera impresión de que no serviría de mucho. Cuando el mayordomo de su madrina Lady Ariel le entregó la carta que había escrito y reconoció su elegante y apretada caligrafía notó que uno de sus recelos se iba esfumando. Otros más fueron disipándose a medida que la mención a mi persona, y los motivos que tenía para rogarle que accediera a entrevistarse con Mark y expresados por Lady Ariel iban siendo leídos por sus ojos apresurados y nerviosos que literalmente, volaban sobre las líneas de la misiva saltando de una a la siguiente tan pronto como terminaba un renglón. Releyó la carta por segunda vez y tras convencerse de que no había nada engañoso o peligroso detrás de lo que representaba aquella carta, decidió acudir a la cita. Si caía en una trampa, mala suerte se decía. Si de esa forma había alguna posibilidad de recobrar a Julieta, bien valdría la pena correr el riesgo. Cuando Mark le informó exhaustiva y pormenorizadamente de sus intenciones de renunciar a Julieta definitivamente, aun así los ojos verdes del joven Montesco le dirigieron una mirada de recelo y desconfianza.
-No puedo obligarte a que me creas –dijo sorprendiéndose porque en unos términos parecidos se había expresado ante Terry Grandschester cuando hablaron en Escocia acerca de Candy- pero yo, he descubierto tardíamente que a quien amo realmente es a mi esposa y no a Julieta. Quise a Julieta mientras duró pero me he dado cuenta, de que ni el poder del iridium es capaz de lidiar con las vicisitudes y misterios que el amor encierra y entraña en su seno.
Por un momento creyó que Romeo, un poco más bajo que él desenvainaría su espada o le atacaría propinándole un puñetazo, cosa que no sucedió, aunque a lo del puñetazo no se habría opuesto. Sentía que quizás mereciese alguno por su equívoca y reprochable actitud. Romeo que notó una desbordante e imprevista euforia que amenazaba con traicionarle denotando sus verdarderas emociones, estrechó las manos de Mark y preguntó tartamudeando ligeramente, por la incredulidad y el asombro que aquellas palabras le habían producido. Lejos de ver en Mark a un enemigo, aunque tampoco a un amigo cercano y accesible, sintió algo de piedad por los encontrados y tortuosos sentimientos que el joven de cabellos oscuros y flotantes manifestaba a través de su mirada.
-¿ Renuncias a Julieta entonces ? ¿ definitívamente ?
Mark asintió lentamente. Ya solo quedaba una cosa por hacer.
-Solo resta un último paso –le dijo Mark con voz grave.
Romeo afirmó con la cabeza. Entonces Mark le solicitó que se descubriera la muñeca derecha. El joven noble tiró de la manga de su jubón hacia arriba, dejando a la vista la piel rosada y ligeramente tostada de su brazo.
Mark extendió los dedos de la mano izquierda poniéndolos completamente rectos. De un rápido movimiento realizó un corte en la muñeca de su mano derecha. A continuación hizo lo mismo con Romeo. El corte que había practicado en el sorprendido joven era muy poco profundo y apenas sangraba en comparación con el de Mark, que lo hacía profusamente. Entonces, Romeo y Mark juntaron sus manos entrelazando los dedos con fuerza de manera que ambas heridas estuvieran en contacto, a efectos de que la sangre de Mark y la suya propia se entremezclaran, tal y como le había explicado. Romeo notó como un calor intenso le invadía y como algunas de las vivencias de Mark, pasaban fugazmente por su mente. Permanecieron de esa forma durante cinco minutos, hasta que Mark consideró que ya era suficiente. Retiró entonces la mano y dijo mientras taponaba la hemorragia de su brazo cubriéndola con los dedos de su otra mano:
-Ya está. Ahora la sirge se asentará en torno a ti llegado el momento, y podrás proteger a Julieta cuando tengáis que pasar por ese aciago instante. Ahora tú, eres su nuevo guardián.
Romeo contempló el extraño brillo aúreo que latía débilmente pulsando contra la pared de sus venas y que era visible al trasluz. Mark leyó las preocupaciones que se pintaban en sus ojos y dijo con voz comprensiva:
-No temas, no adquirirás mis poderes. Sigues siendo tan humano como siempre, o más que yo por lo menos. Y así vas a continuar.
Romeo contempló su mano haciéndola girar ante sus ojos verdes para apreciar mejor como el extraño fluido dorado se movía con el reflujo de su sangre, y finalmente la bajó haciendo que reposara junto a su cuerpo cuando hubo satisfecho su curiosidad.
-Una vez que hayas derrotado a la Cuidadora, deberás insuflarle vida a Escalus utilizando el iridium que ahora hay en tu interior, mediante la sirge. El iridium no es más que el nombre científico, un eufemismo empleado para referirse a la sfaira, la sustancia de la vida, la materia que dio origen al Universo. Cuando hayas revivido a Escalus, la sirge se desprenderá de tu cuerpo, lo mismo que el iridium. Tu organismo quedará completamente limpio y sin rastro de la sfaira, tal y como te he referido. Así Julieta, no tendrá que ser sacrificada.
-Podrías haberte quedado junto a Julieta, haber sido el nuevo Gran Duque –declaró Romeo incrédulo, mientras observaba como la pequeña herida infringida por Mark en su muñeca, estaba empezando a dejar de sangrar- haber gobernado Neo Verona junto a ella. No te entiendo Mark, no te entiendo –dijo el joven noble extendiendo las palmas de la mano hacia arriba en señal de profundo asombro.
-Es mejor así –dijo Mark posando una de sus anchas manos en el hombro derecho del joven Montesco- habría terminado por volverme loco al comprobar que mi verdadero amor era otro y al que nunca podría volver a ver de haber actuado como dices.
Mark sabía que si en vez de Romeo era él el que reviviese al moribundo Escalus, el iridium de su cuerpo se disiparía por completo, una vez que hubiese pasado al añoso y retorcido tronco del voluminoso y reptante árbol, cuyas raíces se extendían por la enorme extensión de los sótanos abovedados bajo el palacio del padre de Romeo, y que jamás podría regresar junto a Candy. Romeo estrechó la mano de Mark. Ambos hombres se desearon lo mejor con la mirada, sin palabras y con sincero afecto. Mark asintió y dándole la espalda se dispuso a marcharse. Estaba ya cruzando el zaguán del jardín atravesando el amplio arco de piedra que daba acceso al pasadizo, que comunicaba con una callejuela poco frecuentada cuando Romeo le llamó por su nombre:
-Mark.
El joven se detuvo y le escuchó sin volverse.
-¿ Cómo podré sacar partido de los poderes de la armadura sin un cosmos ? –preguntó Romeo - ¿ cómo me será posible utilizarla ?
-Sólo deberás dejarte llevar. La sirge hará el resto. Poco puedes hacer para influir en su voluntad o cambiarla. Por no decir nada.
Tras estas enigmáticas palabras, Mark se despidió de Romeo, y alzando levemente la mano derecha, se alejó rápidamente de allí con zancadas apresuradas. Mientras sus pasos, amplificados por la acústica del pasadizo de piedra aun resonaban en sus oídos, Romeo se preguntó intrigado así mismo:
-¿ Voluntad propia ?, ¿ que habrá querido decir con eso ? –inquirió mientras observaba la silueta de Mark recortada al trasluz, probablemente por última vez.
Lo que no le había confesado, es que el Guardián podía escoger en cualquier momento a un nuevo sucesor y que, la Diosa y el Guardián estaban predestinados a amarse por y para siempre, a menos que, el portador de la sfaira la entregase a otro potencial candidato, lo cual ocurría en muy raras y excepcionales ocasiones y siempre por un motivo muy justificado. Aunque Mark continuase conservando dentro de sí buena parte de la misma, era más que suficiente el acto simbólico de trasmitirle parte de la sustancia cuyo nombre científico era iridium 270, a otro hombre, mediante la mezcolanza de la sangre de ambas personas. Julieta terminaría por enamorarse del joven noble, pero Mark prefería que ambos lo descubrieran por si mismos.
10
La partida de Mark era inminente. Tras despedirse de Curio, Francisco y todos los demás habitantes del Refugio, se encontró a solas con Julieta, en el hermoso y ubérrimo prado de iris floridas que crecían en la desvencijada terraza del edificio en ruinas, situado en pleno centro de Neo Verona. La muchacha ya había asumido que su amado se alejaría de ella definitivamente. Entre sus manos inquietas y temblorosas sostenía el libro de tapas rojas que le había regalado y que había leído con detenimiento, y que poco o más o menos era la historia de su vida. Mark empezó a desatar el iridium lentamente, que pronto empezaría a inflamarse, pero hasta que eso ocurriera pasarían varios minutos. Julieta le miró y tras unos instantes le estrechó entre sus brazos con fuerza. La novela había quedado oculta entre las flores y la hierba, apelmazando algunas de ellas con su peso y doblando los frágiles tallos de dos iris que se inclinaron caprichosamente al recibir el impacto del libro. Mark correspondió a Julieta y rodeó la cintura de la muchacha con sus manos para luego acariciar sus cabellos y enjugar las lágrimas que bajaban por las comisuras de sus ojos.
-Jamás te olvidaré –dijo Julieta mientras rozaba las mejillas de Mark con dos dedos- me hiciste tan feliz…
Hubiera deseado besarle por última vez, pero se contuvo por dos razones primordiales.
La primera de ellas era que Romeo estaba allí observándoles. La muchacha había tenido una cita con él y pese a que sus sentimientos eran aun contradictorios descubrió que estaba bien a su lado, aunque aun le costaría tiempo reajustar su ajetreada vida a la nueva situación. El joven noble había acudido junto a Mark para ver a la muchacha a la que amaba tan intensamente. Experimentó lástima por Mark, pero sobre todo por Julieta. Observó a los dos jóvenes en brazos el uno del otro y mientras sujetaba la brida de Siero que caracoleaba inquieto inspiró aire y pensó:
"Que extraña sensación. Un amor termina, pero si Mark estaba en lo cierto, otro comienza, pero a saber cuando".
La segunda razón era obvia. Si Julieta unía sus labios a los de Mark, puede que su voluntad flaqueara y no fuera capaz de dejarle marchar. Quizás fuera mejor así. Mark hubiera querido disculparse, decir algo, pero permaneció callado. Sentía que cualquier cosa que dijese no haría más que añadir un mayor dramatismo a la trágica despedida. Se llevó las manos a su cuello y desabrochó el cierre de la cadena que portaba en torno al mismo. En la palma de su mano reposaba una cabeza de águila primorosamente trabajada y que pendía de los eslabones de la cadena dorada. Se la ofreció a Julieta alargando el brazo, pero la chica la rechazó con un gesto y justificó su negativa:
-No Mark. Sé que este colgante estuvo en manos de tu esposa y por ello, está imbuido de su amor por ti o por lo menos, a mí me gustaría pensar que es así. Cuando vuelvas a encontrarte con ella, entrégaselo de nuevo, por favor.
Mark asintió y tomándola por los hombros le besó en la frente y en ambas mejillas. Cuando se apartó de Julieta sonrió y dijo:
-Eres una mujer maravillosa. Quiero que sepas que fui feliz a tu lado. Y que yo tampoco te olvidaré jamás.
Después se giró lentamente dándole la espalda. El iridium había alcanzado el punto culminante y el aire se deformaba debido al intenso calor que la piel al rojo de Mark desprendía. Echó a correr mientras las llamaradas se transformaban en el deslumbrante haz iridiscente cuya calidez sintió y que hizo que se enamorase de él, cuando la invitó a volar a su lado. Contempló a Romeo que acariciaba el cuello y las crines de su Pegasus. A partir de ese momento, volaría en compañía del joven noble sobre Siero. Lo presentía. Mientras Mark ascendía hacia la estratosfera, miró por última a Julieta que ahora estaba en compañía de Romeo. Agitó la mano y apantalló su cuerpo para que nadie pudiera detectarle. Romeo permaneció junto a Julieta y extendió la mano tímidamente buscando el contacto con la suya. Pensó que quizás fuera un gesto muy atrevido, sobre todo después de la dolorosa separación que la muchacha había sufrido en sus carnes, pero más que nada en su alma. Sin embargo Julieta que empezaba a hallar grata la compañía de Romeo movió la suya y estrechó al principio con laxitud los dedos del noble. Lentamente, notó como una renovada alegría crecía en su alma y aumentó la presión de su mano sobre la de su acompañante. Las heridas del alma cicatrizan peor que las de la carne, pero sabía que sanarían aunque llevara tiempo. Entonces Romeo se fijó atraído por una mancha rojiza que se apreciaba entre algunos iris y caléndulas que se movían cadenciosamente, siguiendo la dirección del suave viento que soplaba en esos momentos. Romeo recogió el libro y lo abrió hojeándolo distraídamente sin fijarse en el título de letras doradas de la portada de cuero rojo ni en la autoría del mismo. En la guarda que encabezaba la página del prólogo, leyó una firma que alguien había realizado, presionando con tal fuerza sobre el papel al escribirla, que el trazo tenía una acusada profundidad, que denotaba que la firma había impreso su huella en las páginas siguientes, por efecto de la presión ejercida al garabatearla. Con cierta dificultad leyó o creyó descifrar un nombre, que le resultaba como, era de suponer, totalmente desconocido: Terry Grandschester.
William Shakespeare se removió inquieto entre las sábanas y las mantas en las que se había abrigado esparciándolas lejos de su cuerpo debido a sus frenéticos movimientos. Hacía una noche de perros, con el furibundo viento que aullaba rabioso, agitando las ramas de los árboles, empujando la inclemente e incesante lluvia contra los ventanales y moviendo los póstigos que golpeaban entre si con un rítmico y frenético entrechocar de madera. Finalmente, el dramaturgo incapaz de dormir y harto de dar vueltas en su cama, se irguió de un salto y tras cerrar la ventana, asegurando bien los póstigos, encendió una vela que depositó sobre una palmatoria plateada para iluminar con una titilante y vacilante llama, la tenue penumbra de su alcoba. Se sentó con gesto decidido ante su escribanía de maderas nobles, y dispuso varias cuartillas en torno suyo que extrajo de un ordenado rimero. Depositó un poco de arena sobre la salvadera o vaso, que emplearía para secar la tinta de sus escritos cuando hiciera falta, y mojando la pluma de faisán en el achatado tintero de cristal, se dispuso a redactar con su peculiar y airosa caligrafía, una historia que hasta hacía unos escasos instantes, había presenciado en forma de vivido y realista sueño. Había algunos elementos que recordaba vagamente como un extravagante hombre metálico, un joven que desprendía fuego de sus antebrazos y un hombre gordo y quejica que le había irritado sobremanera por momentos, aun permaneciendo todavía profundamente dormido, junto a un petulante pelirrojo al que tampoco apreciaba demasiado. Desechó a tales personajes, pese a que la historia parecía girar en torno a ellos, por antojárseles ajenos al argumento central de la misma, y se concentró en algo que había llamado poderosamente su atención y que le había impactado sobremanera. La historia de amor entre dos jóvenes nobles condenados a estar separados por las diferencias que sus respectivas familias sostenían entre sí y que en su sueño, apenas si daba comienzo. Aunque recordaba perfectamente casi toda la historia onírica, excepto algunos detalles, prefirió desarrollar la trama del incipiente amor entre ambos nobles y obviar todo aquello que para él y aun más para sus contemporáneos, que lo tacharían de loco si se atrevía a plasmarlo en la superficie aun sin tocar de las cuartillas, era algo meramente superfluo. Inspiró aire y levantando la pluma con gesto solemne, tras mojarla en el tintero la aplicó sobre el papel redactando el título de su nueva obra: Romeo y Julieta. Acto seguido, se puso a escribir frenéticamente y con gran celeridad.
11
Candy estaba sentada en una mecedora leyendo un libro de tapas duras titulado el Rey Lear. La lectura le resultaba absorvente, y le ayudaba a sobrellevar mejor el dolor que le suponía la ausencia de su esposo, pero la increíble y casi milagrosa conversación que había logrado mantener gracias a la locura que entre Stear y yo habíamos convertido en realidad le había devuelto la sonrisa. Esperaba con ansia la llegada de Mark, pero los días pasaban y se empezaba a impacientar y sentir de nuevo muy sola. Sus hijos solían acompañarla, pero comprendían perfectamente pese a su corta edad, cuando su querida madre prefería estar a solas y respetaban esos momentos de intimidad de la joven, aunque Candy jamás habría expulsado a sus queridos hijos de su lado. Es mas la compañía de sus niños le suponía un bálsamo que aliviaba el pesar de su alma. Cuando no se reunían con ella, entendiendo que uno de esos momentos de recogimiento había llegado, Candy lo achacaba a que se aburrían a su lado y preferían jugar con sus primos o hacer compañía a Anthony que les regalaba algunas de sus mejores rosas o les invitaba a dar un paseo a caballo. A veces Candy se estremecía de miedo o se ponía tan histérica, que Anthony tenía que disuadir a sus pequeños invitados de continuar cabalgando, ante su profunda desilusión, porque aunque Mark le había salvado la vida, a la muchacha le había quedado ese trauma de ver como el joven rubio de ojos azules había estado a punto de perder la vida de no ser por la aparición de Mark. A Marianne y a Maikel les encantaba los caballos, pero por no hacer sufrir a su madre ni disgustarla terminaban aplazándolo para otro momento más propicio. Silvia, la gata siamesa de los Legan estaba echada a su pies ronroneando de placer, cada vez que Candy le rascaba entre las orejas o le acariciaba el lomo alisando su brillante y sedoso pelaje. Era una tarde un poco fría y había niebla, una niebla que se iba extendiendo gradualmente tendiendo su manto desde el cercano bosquecillo circundado por el lago que daba nombre a la propiedad. Candy cerró el grueso volumen después de haber situado la guía de página donde había interrumpido su lectura. El hilo rojo de encaje indicaba que ya había rebasado el ecuador del libro. Lo acomodó bajo su codo, sosteniéndolo con fuerza contra su costado. Apoyó la mecedora contra un árbol. Aunque habría podido cargar con ella fácilmente no le apetecía y la dejó allí. Ya se encargaría el viejo Wittman de recogerla o Stuart de devolverla al interior del cobertizo donde solía estar guardada junto con otros enseres y objetos diversos. El cielo plomizo auguraba un pronto y fuerte aguacero, y de hecho los primeros truenos seguidos de brillantes relámpagos se estaban empezando a vislumbrar en lontananza. Apretó el paso para llegar cuanto antes a la mansión. Pese a que su verdadera madre vivía a muy poca distancia Candy había optado por seguir en casa de su familia adoptiva y Eleonor, ahora reconciliada con su hija, respetó su decisión. Por extraño que pareciera no había ninguna fricción ni envidias o celos entre la distinguida actriz Eleonor Brandon y la señora Legan, teniendo en cuenta que esta última respetaba y estimaba a la actriz, como verdadera madre de Candy. Entonces Silvia lanzó un maullido estentóreo y se alejó corriendo en dirección opuesta. Candy que notó como algunas frías gotas mojaban su nariz pecosa y sus mejillas, hizo una mueca de contrariedad mientras imprecaba:
-Mierda, esta gata…
Se detuvo sonrojándose contrariada. Aunque había perdido esa fea costumbre de decir palabrotas, y que había adquirido inconscientemente por influencia de su marido y en no poca medida de Haltoran y de Carlos, se amonestaba así misma cada vez que lo hacía. Lanzó un suspiro y se recogió la falda negra que solía ponerse junto con una blusa blanca, para correr mejor y salió en pos del díscolo animal que no dejaba de lanzar estentóreos maullidos en dirección al bosquecillo. Entonces Silvia se detuvo de improviso. Empezó a bufar y su pelaje se erizó confiriéndole el aspecto de una peluda bola de púas. Candy temió que algún animal feroz o una bestia se hubiera podido colar procedente del exterior en Lakewood. No era común pero tampoco improbable. Una vez Wittman refirió que los vigilantes de la propiedad habían abatido un lobo de pelaje gris de enorme envergadura, que gruñía de forma especialmente temible y cuyo aspecto imponía respeto. Se estremeció pensando que quizás fuera un oso, como aquel con el que se había topado en Escocia, y que resultó ser hembra. La osa se le abalanzó encima al tratar de acariciar a su osezno creyendo que pretendía dañarlo. Por suerte su marido estaba cerca y la alejó de la bestia, con un corto vuelo. La osa que solo deseaba recuperar a su cría, no les persiguió cuando se reunió con ella, y ambos animales se internaron en la espesura. Aquellos hechos habían acaecido poco después de la conversación mantenida con Terry y unos días antes de que retornasen por mar a Estados Unidos.
12
Sin embargo, lo que estaba atrayendo la atención de los finos sentidos del felino no procedía del bosque exactamente, si no que estaba situado por encima de sus cabezas. Entonces se escuchó un trueno más fuerte de lo común y un resplandor anaranjado se extendió en derredor. Candy se detuvo extrañada. Aquello ciertamente no era ningún oso o cualquier otro animal feroz.
Ni tampoco era un trueno común. Primero sonó este como si fuera una fuerte y estruendosa detonación poco común y luego el extraño relámpago. Sintió una punzada de miedo. En ese momento Silvia que no dejaba de bufar saltó finalmente a sus brazos refugiándose en el regazo de Candy buscando su calor. La muchacha apretó el paso dando largas zancadas, y haciendo que sus torneadas y esculturales piernas resaltaran bajo el tejido de su falda negra. Las enaguas de Candy producían un leve rumor y sus pies aplastaban la hierba a su paso. Con la gata siamesa en brazos, sujetándola con firmeza pero sin llegar al extremo de dañarla, para que no se escapara, sonrió al vislumbrar la silueta acogedora y atrayente de la mansión Legan. La lluvia comenzó a descargar con fuerza hoyando la hierba bajo su peso y las flores se doblaban al recibir el peso de las gotas frías y húmedas. Candy estaba calándose de agua, cuando otro trueno, más bien un estampido seco y acompañado nuevamente por un fulgor anaranjado que parecía rasgar la niebla la hizo detenerse. Entonces notó un aroma dulzón y espeso que parecía cargar el aire de una rara y extraña actividad. Notó como sus cabellos rubios y rizados que no había vuelto a recoger en sus características coletas se le erizaba. Pensó que sería el efecto de la electricidad estática de la tormenta que estaba arreciando. Entonces, percibió una silueta entre la niebla. Tuvo miedo, pero le extrañó que aquel oso caminara erguido durante tanto tiempo, si es que era un oso. O puede que fuera una persona, lo cual tampoco la tranquilizaba. Estaba allí sola y se había colado algún intruso tendría que reaccionar rápido para dar la voz de alarma y escapar. Pero percibió unos cabellos flotantes que saltaban sobre la espalda del desconocido. Entonces entre la espesa niebla surgió una visión maravillosa, que jamás creyó ni imaginó que volvería a presenciar con sus propios ojos.
-Hola mi dulce pecosa.
Escuchar la voz de Mark, tan largamente ansiada, tanto tiempo anhelada y deseada y correr a su encuentro fue todo uno. A pesar de la molesta e inclemente lluvia, Candy voló literalmente hacia su marido desplegando los brazos mientras largas hileras de lágrimas se deslizaban desde sus grandes y bellísimos ojos verdes, mezclándose con las gotas que se precipitaban sobre ella, inmisericordes y furiosas, y el hombre del que estaba perdidamente enamorada, pero era algo que no le importaba ni a lo que prestaba atención, porque todo su interés y afán estaban centrados en Mark, con el que deseaba reunirse cuanto antes. Candy abrió los brazos mientras Mark riendo a carcajadas a pesar de los regueros de sangre negra que le brotaban de la espalda, fustigando el aire, y a veces le hacían contorsionarse de dolor, del que hizo caso omiso, corrió al encuentro de su esposa. Los dos jóvenes esposos no veían el momento de estar finalmente, el uno en los brazos del otro. Candy se enredó la pierna derecha contra la otra por la precipitación y nerviosismo, y trastabillando cayó hacia delante con gesto de sorpresa y proyectando los brazos al frente en un acto reflejo, pero Mark se lanzó hacia ella sosteniéndola entre los suyos y evitando que rodara sobre la hierba enfangada en el último momento. Jadeantes y casi sin aliento, se miraron unos instantes y finalmente, Candy llorando le echó los brazos al cuello besándole con tanta fuerza que sus labios quedaron amoratados por espacio de varios instantes, cuando los despegó nuevamente de los de su marido. Mark, presa de una alegría incontrolable, a pesar de la lluvia que les calaba hasta los huesos, a pesar de la sangre oscura y viscosa que saltaba aun de su cuerpo, para purificar su sistema circulatorio y organismo de las toxinas que el tremendo viaje en el tiempo desde Nevus le habían generado, volteó a su esposa por el aire riendo a carcajadas, y besándola repetidamente, mientras Candy lloraba y reía al mismo tiempo, presa de una contagiosa hilaridad, apretándose fuertemente contra Mark. Finalmente, el servicial Stuart que había acudido por expreso deseo de Helen preocupada por la tardanza de Candy llegó con algunas toallas y sendos paraguas que ofreció a sus señores, pero Mark cargando a su esposa que lanzó un pequeño grito, gratamente sorprendida y con voz ligeramente chillona por la imprevista reacción de Mark, no aceptó el paraguas para poder llevar a Candy entre sus brazos. Stuart eligió un gran paraguas negro con el que cubrió a sus señores y en la otra mano portaba otro más pequeño, para resguardarse así mismo de la lluvia.
13
El recibimiento que la familia Legan dispensó a Mark, fue apoteósico. Inmediatamente, Ernest ordenó a los criados que preparaban un gran banquete que por improvisado no debería ser menos magnífico. A pesar de que todos querían agasajar a Mark y colmarle de atenciones él deseaba antes que nada estar a solas con su esposa y sus hijos, aunque Marianne y Maikel no estaban en la casa. Se encontraban aun en el colegio, pero saldrían pronto, y por ello Stuart después de conducir a sus señores hasta la mansión se dirigió rápidamente hacia el automóvil familiar y lo arrancó para salir a la carrera, y estar a tiempo a la puerta del exclusivo colegio no muy lejos de la mansión de sus abuelos, en el que cursaban estudios, para recibir a los dos hermanos. Candy y Mark, hicieron el amor como nunca antes porque sus retoños aun tardarían una hora en regresar. Como Helen no lograba localizar a Candy por ninguna parte de la mansión, fue a quejarse preocupada a Ernest que estaba secando a Silvia con una toalla, y que tras dar un largo rodeo había vuelto finalmente a casa. Ernest escuchó la voz contrariada de su esposa que se lamentaba de que a Candy no se la veía por ninguna parte. Su marido lanzó una voluta de humo gris, tras dar una larga calada a su cachimba preferida y rió entre dientes al distinguir el semblante de Helen que le resultaba especialmente divertido, por las muecas y aspavientos que realizaba. Acarició a la gata que agradeció el contacto de la mano de su amo entre sus orejas y restregó su cabeza, ronroneando entre las piernas del hombre, y deslizándose por entre los pliegues del batín de Ernest. Helen arrugó la nariz contrariada y dijo adelantando el cuerpo mientras encogía los hombros:
-Pero querido, no se que encuentras de divertido que nuestra hija no esté presente.
Ernest lanzó un suspiro de paciencia y lanzó el periódico que tenía sobre las rodillas en la mesa de caoba que estaba al lado de su sillón preferido y explicó a su esposa con cierta desgana:
-Cariño, Candy está con su marido. En estos momentos es el mejor remedio que nuestra hija puede tomar para terminarse de sacudirse su tristeza.
-No me parece muy correcto que digamos –dijo Helen cruzando los brazos y adoptando la característica pose de altivez tan propia de los Legan, aunque habían perdido gran parte de la altiva arrogancia que también les caracterizara, hasta la irrupción de Mark y todos nosotros –ese niña, debería estar aquí con nosotros. No es propio de una señorita encerrarse en sus habitaciones privadas, me parece una descortesía. Aunque tampoco puedo culparla. Mark siempre termina por hacer su santa voluntad –declaró Helen con voz ligeramente estridente. Ernest dio otra calada a su pipa y dijo ajustándose el cordón de su albornoz:
-Querida esposa, nuestra niña, ya es toda una mujer y te recuerdo, que es esposa y madre de dos niños encantadores que pronto retornarán del colegio. Además como te decía, es lógico que quieran estar juntos después de su forzosa y penosa separación.
Helen coincidió en que su marido tenía toda la razón. No había comprendido muy bien los motivos, por los cuales Mark había tenido que marcharse tan precipitadamente, pero todo había comenzado desde que aquel hombre ataviado con una armadura dorada había intentado hacer daño a su familia y ella inconscientemente se había interpuesto entre el joven caballero y los suyos. Para colmo la visita de aquella mujer de cabellos azulados había terminado por complicarlo todo. Y ahora Mark había retornado sin más, de improviso. Sintió que su cabeza estaba empezando a ser presa de una de sus jaquecas. Llamó a Dorothy y le pidió que le preparara una tisana para relajarse, porque habitualmente sus migrañas se debían a un origen nervioso.
-No entiendo nada querido –se lamentó la dama en referencia a la ausencia de Mark- ese hombre es una caja de sorpresas. Cuando más trato de averiguar de mi yerno, menos me entero de nada.
-Yo hablaré con él en cuanto tenga ganas de hacerlo –dijo Ernest lanzando un breve bostezo que escandalizó a su mujer- aunque no sé si sacaré algo en limpio de ello.
Entonces Helen se dio cuenta de que sus nietos estaban a punto de llegar. Si subían a la habitación de sus padres repentinamente…
-No te preocupes Helen –dijo Ernest que después de tantos años de matrimonio, casi adivinaba lo que rondaba por la cabeza de su mujer- para cuando Marianne y Maikel lleguen ya habrán bajado. Y si no enviaré a Dorothy a avisarles. Quiero que toda mi familia esté reunida para celebrar el regreso de Mark. Ya le he pedido a Stuart que avisa a Eliza y Neal. Espero que lleguen a tiempo a la cena, aunque si no esperaremos.
Helen se levantó del sofá y Silvia la siguió maullando con fuerza. La señora Legan caminó en círculos con los brazos cruzados sobre el pecho y diciendo:
-Aunque no sé si deberíamos festejar nada- dijo ante la sorpresa de su marido. -Mark se ha portado cruelmente con Candy, pero supongo –se mordió los labios por un instante y añadió- que tendré que dejarlo estar. Ahora lo primordial es la felicidad de mi pobre pequeña. Lo que ha sufrido por ese desconsiderado de Mark.
Ernest asintió. No pudo por menos que darle la razón a su esposa, aunque supuso que su yerno acudiría más pronto que tarde a su encuentro para darle una explicación. Mark amaba profundamente a Candy y una motivación muy poderosa le debió impulsar a hacer aquello.
14
Después de amarse, Candy reclinó su cabeza en el pecho de Mark que acariciaba las sienes de su hermosa esposa con las yemas de los dedos trazando pequeños círculos sobre sus orejas. Mark estaba inmensamente feliz y ambos reían por pequeñas confidencias que se hacían en un ambiente relajado y distendido.
Entonces Mark sacó a colación el cambio en el estilo de peinado de su mujer. Candy rió quedamente y dijo:
-Si echas en falta mis coletas, no me importa hacérmelas de nuevo, querido.
-Sólo si tú lo deseas mi amor –dijo Mark besándola en la frente.
Mark estaba aun muy dolido por su comportamiento, porque intuía que su esposa lo sabía, pero Candy estaba cansada de repetirle por activa y por pasiva que no le guardaba el menor rencor, que lo único que deseaba era recuperarle y tenerle a su lado y que su sincero y fervoroso arrepentimiento, era para ella prueba más que suficiente de su amor.
Se habían secado y cambiado de ropa nada más llegar a la mansión por lo que no se habían enfriado en exceso ni pillado ningún resfriado. Mark había estado muy cariñoso y pendiente de ella, como si quisiera reparar el daño que temía haber ocasionado a su matrimonio, tal vez de forma irreparable. Como ya ocurriera con Neal anteriormente, Mark se arrodilló ante ella suplicándole perdón, entre lágrimas y jurándola que jamás se repitiría, mientras se abrazaba a su talle. Candy se había quedado casi sin palabras para explicarle que aquello estaba ya olvidado, que no le importaba nada, que prefería mirar hacia delante. Finalmente optó por despojarse de su ropa para demostrarle que le seguía queriendo. Mark la encontró tan sumamente hermosa y atrayente que la abrazó con fuerza, y ambos dieron rienda suelta a su pasión.
Cuando le preguntó por Haltoran y por mí, Mark le dijo que de entrada utilizarían el mismo sistema para ponerse en contacto con Annie y tranquilizarla, y avisarla de que pronto regresarían. Aun les quedaban unos pequeños asuntos pendientes que resolver en la populosa Neo Verona. Candy estaba preocupada por Annie, ya que debido a su pena estaba alcanzando cotas alarmantes de dejadez y abandono.
-Cuando venga a verme le avisaré inmediatamente de que hay buenas noticias. La pondré al corriente de todo –dijo con una pícara sonrisa. Albert tenía razón. Su cara se iluminaba tornándola increíblemente hermosa cuando se ponía a reír o sonreía de aquella manera. Mark se reprochó lo estúpido que había sido y lo cerca que había estado de dar al traste con su matrimonio por su inconsciencia.
15
El barón Ashura se había acostumbrado muy pronto a la buena vida en la lujosa corte de su aliado el gran Duque. Harto de permanecer entre las sombras, había empezado a frecuentar los ambientes cortesanos de palacio, camuflando su rostro con una ingeniosa y realista máscara que disimulaba su lado femenino, por lo cual podía desenvolverse libremente entre los engolados y regios invitados que cada día acudían atraídos por el fasto y el boato de la corte del Gran Duque. Acostumbrado al austero y parco ambiente del palacio de su señor, aquello terminó por deslumbrarle. Aunque seguía muy pendiente de los progresos de la misión que le había encomendado el doctor Infierno, había bajado la guardia gradualmente, y entre otros importantes errores que había cometido, el hecho de que Mark, ya no se encontraba en Neo Verona se le había pasado completamente inadvertido, por lo que su permanencia allí no tendría sentido. Mark convenía en que si el doctor Infierno iba a atacarle tarde o temprano, lo haría en cualquier sitio, por lo que optó por regresar a su tiempo, ya que nada le ligaba a la ciudad de Neo Verona, pese a las promesas que le formulara a Julieta. Y como el doctor Infierno se hallaba muy ocupado y centrado en sofocar un foco de rebelión que había surgido en Europa Central contra su despótica y cruel tiranía, había descuidado el asunto del secuestro de Candy. Su mano derecha, el barón Ashura, tampoco le había informado de que Mark ya no estaba en la ciudad renacentista, por su total desconocimiento e inexplicable incompetencia. Así que por una cosa o por otra, había perdido una oportunidad de oro de raptar a la adorable muchacha cuando aun estaba desprotegida, ya que Mark no había retornado aun, perdiendo un tiempo precioso. Ahora mismo, los asuntos de Laertes le importaban un rábano y ya no le interesaba Nevus en absoluto. Todo había sido parte de una brillante estratagema de distracción para apartar a Mark de Candy y así poder hacerse con ella más fácilmente. Pero el barón Ashura había empezado a convertirse en un personaje popular en la corte de Laertes y disfrutaba de su recién adqurida fama y status, pavoneándose entre la creme de la creme de la alta nobleza neo veronesa y aquello en un imprevisto giro de los acontecimientos se habría de volver en contra de los planes de su señor con amargas consecuencias.
El doctor Infierno completamente desbordado por los acontecimientos que acaecían en los Cárpatos y en Centroeuropa, en apariencia un insignificante problema de orden público, como lo definía desdeñosamente, aunque pronto se arrepentiría amargamente de haberlo definido de una forma tan simple y poca acertada, no tenía tiempo para nimiedades menores como operaciones de comando para realizar un secuestro. Por primera vez, sus tropas y bestias mecánicas estaban sufriendo serios reveses a manos del FLM, el Frente de Liberación Mundial y no sabía como atajar el problema. Ni siquiera el Conde Broken despachado a aquel área a bordo de la veterana fortaleza volante Gore con urgencia había logrado siquiera un avance significativo por pequeño que fuera en aquella lucha de guerrillas que estaban sometiendo a dura prueba la paciencia y los nervios del soberano del mundo.
-¡Estoy rodeado de inútiles, de inútiles¡ –había gritado a sus colaboradores más directos, en una de sus habituales explosiones de rabia mientras el Conde Broken se movía de un lado a otro espasmódicamente como un muñeco de cuerda, tratando de calmarle y hacerle entrar en razón, poco antes de marchar a su nuevo destino, aunque en vano. El miedo del doctor Infierno era que si cundía el ejemplo, y se filtraba la noticia, esta podría extenderse como un reguero de pólvora, convirtiendo el mundo en una balsa de aceite y tal vez tornándolo ingobernable. Podría destruir unas cuantas ciudades a modo de escarmiento, no le importaba, no sería la primera que su falta de escrúpulos salía a relucir, pero aquello era serio, muy serio. Si el FLM se activaba en todo el planeta, el mundo se tornaría en un campo de batalla gigantesco donde quemaría lenta pero inexorablemente gran cantidad de recursos en una agotadora guerra de desgaste que tal vez a larga ganaría pero a un coste inadmisible que no se podía ni quería permitirse, y si tenía que obrar en consecuencia exterminando a buena parte de la población humana, por motivos obvios, de nada le serviría reinar sobre una gran bola reducida al silencio más horrible y estremecedor, si tenía que extender la represión a todo el globo. Quería gobernar sobre un mundo sumiso, pero vivo, no sobre un planeta carente de vida. No le encontraba ningún aliciente ni sentido a algo así, pese a las protestas de Broken que continuamente rogaba con su irritante y chirriante voz, que le diera luz verde para realizar un escarmiento a escala planetaria, mientras su cabeza le seguía a todas partes haciendo muecas y subiendo y bajando como un moscardón en torno suyo, poniéndole aun de peor humor, del que ya de por si le aquejaba. Estaba tan harto de Broken que había llegado a abofetear a su cabeza, que salió despedida como un balón, hasta que las manos enguantadas de su cuerpo la recogieron justo a tiempo, presurosa y puntualmente. Y no era la primera vez que aquello sucedía. Así que Broken, desilusionado y sintiéndose infravalorado había empezado a darse a la bebida, convirtiéndose poco a poco en un alcohólico impenitente que muchas veces no podía ni tenerse en pie de tanto alcohol que había trasegado. Balbuceaba incoherencias y muchas veces, el ruido que hacía al agitarse con sus medallas y charreteras que se movían, produciendo un jaleo insoportable, cada vez que se tambaleaba levantaban dolor de cabeza al atribulado doctor Infierno, que tampoco podía deshacerse de él, porque sus restantes colaboradores no reunían las condiciones necesarias para sustituir ni a Broken ni a Ashura. En cuanto a la moral de los cuerpos de tropas auxiliares de los Cruces y Máscaras de Hierro, mejor ni mentarlo. El primero de ellos, porque su jefe era un borracho incorregible y la moral de los cruces de Hierro estaba por los suelos, y el otro porque Ashura estaba aun ausente y no reportaba la más mínima señal de vida por lo que los Máscaras de Hierro se encontraban desmotivados y sin ganas ni fuerzas para esgrimir una moral de combate lo suficientemente activa para mantenerse plenamente operativos. Y lejos de la atenta vigilancia de sus implacables jefes, la disciplina se había deteriorado hasta niveles preocupantes.Y como sus técnicos, ingenieros y mano de obra, así como la fuerza de trabajo que necesitaban para mantener las instalaciones en funcionamiento salían principalmente de los Máscaras de Hierro, las consecuencias saltaban a la vista. Bestias mecánicas que adolecían de un mantenimiento deficiente que las hacía presas fáciles de averías nimias o de ataques organizados y conjuntos de las guerrillas, unidades enteras de cruces de Hierro que desertaban a la mínima que eran emboscados por los guerrilleros del FLM, por su bajísima moral, o la menor ocasión, corrupción, rebeliones y motines incluso entre su propia guardia pretoriana, errores burocráticos intencionados o no, que paralizaban la producción o retrasaban el envío de los suministros necesarios, relajación de la disciplina que devenía en peleas entre los propios soldados, contrabando de piezas de recambio o suministros robados, drogas, alcoholismo, deserciones masivas, juego e incluso prostitución coexistían con un floreciente mercado negro de miles de artículos vitales. Se traficaba hasta con energía fotónica y la propia aleación Z. Incluso no era la primera vez, que se habían producido filtraciones y chivatazos al FLM de algún convoy de transporte, ataques de envergadura o movimientos de tropas, a cambio de sustanciosos beneficios, con los que la guerrilla sabía recompensar a los que desertaban o colaboraban, y no solamente consistentes en dinero o bienes de consumo. Muchos hombres lo hacían porque sus familias habían sido a puestas a salvo por el FLM o porque se empezaban a cuestionar la iniquidad del propio doctor Infierno, y eso generaba una corriente de simpatía y gratitud hacia la causa de la libertad, que reportaba muchas ventajas a la Resistencia y no pocos problemas al Doctor Infierno. La lista de problemas y de dificultades era interminable y muchas veces, insuperable. Varios altos oficiales encabezaban diversas actividades criminales, contra lo que el doctor Infierno se estaba empezando a ver impotente para luchar. Muchos de sus subordinados se habían hartado de ser partes de su maquinaria, eslabones de la cadena que hacía posible su ansia de dominación mundial y por ello, habían decidido establecerse por su cuenta aunque fingieran obedecer ciegamente sus órdenes. El doctor Infierno había dispuesto la ejecución a algunos de ellos, pensando que cundiría el ejemplo, aunque para su sorpresa, surtió el efecto contrario. El porcentaje de corrupción y delitos de crimen organizado, era tan alarmante entre ambos cuerpos de tropas, que si seguía a ese ritmo, muy pronto se quedaría sin el personal necesario para mantener funcionando las diversas piezas que conformaban su maquinaria bélica y entramado de poder. Aquello solo era la punta del iceberg.
Por otro lado, Laertes también se impacientaba ante la inoperancia del barón Ashura, que no veía el momento adecuado para hacer realidad los sueños de grandeza del Gran Duque y continuaba apegado a aquella placentera forma de vida, sin sentir la más mínima premura por adelantar los acontecimientos.
16
Mark continuaba observando la ventana, una vez que se había vestido porque sabía que sus dos hijos, Marianne y Maikel retornarían pronto del exclusivo y selecto colegio, en el gran e imponente automóvil de la familia Legan y que era mantenido en un estado impecable por el fiel y eficiente Stuart, cuyos servicios se habían tornado en inestimables debido a los largos años de fidelidad y adhesión a la acaudalada familia. Stuart cuyos ojos grises habían visto todo y de todo, siempre guardaría un especial afecto para el joven señor de mirada triste y pupilas negras que había obrado, junto a sus extravagantes pero entrañables amigos el milagro de trasmutar los duros corazones de Eliza y Neil, sus queridos señoritos, como él los llamaba en silencio y en la privacidad de su corazón, de la dura piedra al dúctil oro. Stuart tenía alma de poeta y solía improvisar rimas y poesías que de haber tenido más tiempo para pulirlas, quizás, recopiladas en un tomo debida y lujosamente impreso tal vez podrían haberle hecho alcanzar cierto renombre como poeta o escritor. Siempre podía pedir ayuda al señor Legan, que no se negaría a su petición, es más, Ernest amante de la cultura y de los versos seguramente habría acogido con entusiasmo su iniciativa, y la habría secundado, pero Stuart era feliz comprobando como la familia Legan a la que tanto debía, volvía a ser feliz como en tiempos. Mark había seguido con la mirada la partida del automóvil diligentemente conducido por el coger y que enfilaba por el camino de grava, la salida de la señorial e imponente mansión. Los neumáticos lanzaron algunos cantos redondos que salieron despedidos produciendo un ruido característico. Mark sonrió ante tanta paz y dulce monotonía. Estaba en mangas de camisa, con sus ajados vaqueros mientras Candy se hallaba sentada en el tocador retocándose un poco su maquillaje. Nunca había sido amiga de estridencias y menos de empolvarse la cara como un payaso, pero aquella era una ocasión especial, era el día en que había recobrado a su esposo nuevamente. Candy le observó a través del espejo redondo en el que su deslumbrante rostro se reflejaba. Al percatarse, de que Mark se había puesto la ropa del siglo XXI, lanzó un resoplido y dijo con un deje de cansancio en la voz, mientras observaba el flamante traje de chaqué que Carlos le había dejado sobre una silla cuidadosamente plegado, antes de que ambos ocuparan su habitación, mientras Mark recibía las muestras de cariño de los suyos para que se cambiara y que al parecer, Mark había rechazado.
-Maaarrk –protestó Candy con un deje de irritación en su voz. Acostumbraba a alargar intencionadamente el nombre de su marido, cuando se enojaba con él, cosa que ocurría en muy contadas ocasiones. Mark parecía absorto mientras sus ojos escrutaban a través de los pequeños vidrios que dividían el gran ventanal que presidía la alcoba, tras el cual estaba un imponente balcón de mármol blanco. A la derecha del balcón de la habitación matrimonial estaba otra que ocasionalmente solía ser ocupada por la hermanastra de Candy. Mark sonrió al evocar la cómica forma en la que su amigo Haltoran, con exageraciones propias de un pescador ensalzando sus capturas, le había narrado como tuvo que salir precipitadamente por la ventana, antes de que Helen Legan le descubriera, porque en aquel lejano entonces, cortejaba a Eliza y aun no habían hecho pública su relación. Saltó al vacío confiado en la relativa seguridad de su jet pack escondido en su cinturón. Pero su invento, como era de suponer falló y cayó a plomo como una piedra que hizo que mascullara una sonora y fuerte imprecación hasta que finalmente consiguió remontar el vuelo con tal fortuna que Helen Legan no alcanzó a descubrir como el pelirrojo remontaba el vuelo con la gracia de un moscardón desorientado. Sonrió. Candy iba a insistir, contrariada porque Mark en apariencia no la había escuchado. Pronto llegarían sus hijos y su padre estaba aun sin cambiarse ni asearse, con aquella pinta que tanto la molestaba. Aunque lo había dejado por imposible. Había perdido la cuenta de los innumerables intentos y tentativas que realizaba cada dos por tres para que se deshiciera de aquellas prendas desgastadas, ajadas y apestosas y se vistiera a la usanza de la época que le había tocado vivir. Pero Mark tenía una veta rebelde e indomable que se complementaba con el carácter abierto y fuerte de Candy. Desde que le conocía, a veces, el muchacho de cabellos negros y largos permanecían en silencio observando con la mirada perdida el horizonte, una pared o simplemente un paisaje o una escena que captaba su atención durante unos breves minutos. Candy había aprendido a respetar esos breves periodos de reflexión en los que Mark, parecía evaluar o recordar pasajes de su vida o simplemente preguntarse si merecía a aquel ángel de ojos verdes y rubios cabellos al que había estado a punto de perder en innumerables ocasiones. Mark lanzó un breve suspiro y retiró un rizo rebelde que descendía sobre sus ojos musitando en latín:
-Ad astra per aspera.
Candy enarcó las cejas y le miró fijamente. Mark notó los ojos de su esposa clavados en su espalda y se giró lentamente diciendo:
-Significa, "hacia las estrellas a través de las dificultades". Es latín.
Candy sostenía un cepillo en la mano. Se había puesto un vestido de raso azul con volantes y meneando la cabeza dijo acercándose a Mark para besarle brevemente en los labios:
-A veces me das miedo amor mío –dijo ella disponiéndose a entregarle el chaqué para que se cambiara de ropa, aunque Mark captando finalmente la premura de Candy y su contrariedad porque aun no se había vestido adecuadamente, se le había adelantado y tomando el traje con displicencia que horrorizó a la joven rubia por el poco mimo y cuidado con que Mark trataba la ostentosa y cara indumentaria arrastrándola prácticamente por el suelo de baldosas, se dispuso a ponerse el incómodo y picajoso traje. A pesar de que llevaba siete años viviendo en la mansión Legan, y haberse empapado con los comportamientos, usos y costumbres de la aristocracia, Mark no terminaba de tomárselos en serio o de aceptarlos plenamente. Cuando se dispuso a realizar el complicado nudo de la corbata de seda sintió que sus dedos eran demasiado torpes para realizarlo con soltura. Candy soltó un nuevo suspiro y dijo comprensiva:
-Anda, deja yo te ayudaré.
Mark sonrió y la dejó hacer. Nunca se cansaba de sentir el tacto de las manos blancas y suaves de Candy sobre su piel. Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo. Candy le acarició la mejilla derecha haciendo un mohín de desagrado al notar que Mark aun no se había rasurado la incipiente barba.
"Es igual" –se dijo "nuestros hijos están al llegar. Me pregunto como se lo tomarán, aunque mis padres adoptivos me han prometido que prepararán su reencuentro con todo el tacto del que sean capaces deplegar".
Mark fijó sus ojos negros en los de ella, grandes, verdes y muy intensos. Candy notó un escalofrío de amor, al experimentar la misma sensación que sintió al enfrentarse a aquella mirada triste y desolada hacía ya varios años. Como pasaba el tiempo –se dijo admirada de recordar aquel momento. Entonces recordó las palabras que Mark había pronunciado ante la ventana y se disponía a interrogar a su marido cuando este se le anticipó como si le hubiera leído el pensamiento.
-Cariño, lo que dije antes, en latín es lo mismo que musité y pensé en Neo Verona, poco antes de saltar en el tiempo para retornar junto a ti. No pretendía asustarse ni preocuparte más de lo que ya lo he hecho.
Candy detuvo el movimiento de sus manos sobre la corbata de Mark sorprendida. Iba a responderle, cuando Mark, tomó sus manos entre las suyas y las besó suavemente. Entonces, para su sorpresa notó como algunas lágrimas calientes y acuosas restallaban contra sus nudillos. Mark estaba a punto de realizarle otra confesión.
-Jamás, jamás quise hacerte daño Candy, porque nunca pude ni podré dejar de quererte como lo hago. En Neo Verona, perdí la cabeza, me porté como un canalla, pero, pero…
No pudo seguir. El llanto ahogaba su voz en su garganta. Candy le abrazó con fuerza y le besó apasionadamente en los labios. Recordó las palabras de Anette du Lassard la aristocrática dama cuya hija salvara Mark de las procelosas aguas del Atlántico, cuando el Germania se vio azotado por las embravecidas ráfagas de viento de un violento temporal:
"Señorita, puede estar verdaderamente orgullosa de él".
Y entonces le vio curando de su hemofilia a una de las pequeñas huérfanas del Hogar de Pony, que intentando encaramarse al Padre Árbol, había sufrido lamentablemente, un rasguño producido por una de las ramas en su sensible y delicada piel. Aquel día, su amor por él se acrecentó como nunca, porque percibió la bondad de su corazón, la fuerza que latía en todas sus acciones, su vulnerabilidad y sus contradicciones.
"Salvaste a Daisy" –pensó Candy besándole nuevamente "libraste a la pequeña de su tristeza y la devolviste la salud". "Convertiste a mis hermanos adoptivos en personas buenas y dulces".
Y finalmente concluyó en voz alta:
-Mark, eres bueno y dulce, todo el bien y el afecto que has esparcido a tu alrededor, todo el amor que has puesto en mi vida…no Mark –dijo estrechándose con fuerza contra su pecho- no debes atormentarte más, nunca más. Eres un ser humano maravilloso, aunque tú a veces te infravalores tanto. Y por eso te equivocaste, y es mi deber entenderlo y comprenderlo, porque jamás podré dejar de amarte, jamás.
-Tú lo sabías mi vida, lo sabías –dijo Mark abrazado a ella que le mecía entre sus brazos- incluso escuché tu beneplácito en mis sueños. Que ciego estuve. Que a punto de perder a mi hermoso ángel. Que estúpido fui.
-No Mark, amor mío, rectificaste a tiempo. Y eso para mí es prueba más que fehaciente de tu bondad y generosidad. Estoy muy orgullosa de ti, cariño.
En ese instante se escuchó un claxon. Mark y Candy se asomaron al unísono al balcón y un contrito Stuart, que había bajado precipitadamente del automóvil pidió disculpas a los dos jóvenes y a los señores Legan que habían abandonado la comodidad del gran salón principal para averiguar que estaba turbando la quietud de los jardines circundantes.
-Discúlpenme los señores –dijo Stuart mientras hacía girar su gorra con anteojos entre sus manos, con voz titubeante- pero los señoritos, me pidieron que…hiciera sonar el claxon y…
En esos momentos, la portezuela del coche se abrió y dos encantadores niños que habían heredado los hermosos rasgos de Candy y las facciones fuertes y decididas de Mark , bajaron en tropel, eclipsando el canto de los pájaros con sus alegres y cantarinas voces infantiles.
-Abuela, abuela –gritó la pequeña Marianne cuya melena rubia legada por Candy, contrastaba con los intensos ojos negros idénticos a los de su padre. La niña de temperamento más impetuoso que el de su hermano menor arrojó su cartera con los libros de texto y los cuadernos escolares al aire, que recogió un apresurado Stuart, con la ayuda del reflexivo y calmado Maikel que sonrió emocionado ante la vitalidad de su hermana. La niña saltó directamente a los brazos de Helen que la levantó en vilo haciéndola carantoñas, mientras Marianne la colmaba de besos. Helen tuvo que reprimir sus lágrimas para no asustar a la pequeña. Estaba recordando el momento en que envió a Candy a las caballerizas a hacerse cargo del cuidado de los animales o cuando acusada falsamente de robo, hizo que la trasladaran a Finca de Cobre, uno de los ranchos que la familia Andrew, tenía en aquel país, en calidad de sirvienta. Los remordimientos afloraban a sus bellos ojos. Tal y como había aseverado Ernest una vez, Mark y Helen se asemejaban como dos gotas de agua, por la asombrosa coincidencia en algunos de sus comportamientos. Ambos eran obstinados, rebeldes y no sabían por lo general disimular bien sus verdaderas emociones. Y tal como Ernest había previsto, Helen vertió algunas lágrimas que hizo que la carita de Marianne adoptara una expresión entre preocupada y angustiada.
-Abuela, que te ocurre, ¿ por qué estás llorando ? abuelita.
-No es nada mi pequeña niña, es que…-dijo secándose las lágrimas con un pañuelo que Ernest siempre solícito le tendió a su mujer –es que…soy tan feliz…por tantas cosas buenas y maravillosas que hoy han ocurrido.
La niña parpadeó mirándola extrañada sin comprender. Por toda respuesta, los ojos de su abuela, se dirigieron hacia la balconada que se abría sobre sus cabezas en la fachada de estilo neoclásico del palacete, pero Candy y Mark ya no estaban allí. Habían bajado las escaleras precipitadamente para recibir a sus hijos. Cuando Mark elegantemente trajeado descendió por las escalinatas y salió al porche, Marianne se quedó paralizada. Padre e hija se miraron por un instante y luego, Helen depositó con cuidado a su nieta en el suelo. Mark creyó que tanta felicidad terminaría por abrumarle y corrió hacia la pequeña extendiendo los brazos.
-Papá, papá –gritó la niña mientras la falda de su uniforme escolar se agitaba por el veloz movimiento de sus cortas piernas –papá- gritó la pequeña llorando. Se arrojó en los brazos de su padre y acurrucada en su regazo se desahogó entre espamos y temblores que agitaban su cuerpo. Permanecieron por espacio de algunos instantes en aquella posición. Mark de rodillas, levantó finalmente en vilo a su hija y la estrechó con fuerza entre sus brazos:
-Mi querida hija, mi pequeña Marianne.
Candy no pudo evitar llorar ante aquel conmovedor y largamente esperado y vibrante reencuentro. Se acordó de otro muy parecido que había tenido lugar exactamente en la misma ubicación, cuando una arrepentida y dolida Helen Legan le suplicó casi de rodillas, su perdón, rogándola que la llamase madre y que a su vez, ella le permitiera calificarla como hija.
Maikel contempló a su hermana y a sus padres, con una mezcla de contrariedad, desdén y ardientes deseos de unírseles, mientras una tormenta de sentimientos encontrados pugnaba en su corazón. Alegría y dicha porque la familia estaba nuevamente reunida, pero al mismo tiempo, una sorda y creciente ira retroalimentada por el recuerdo de los penosos sufrimientos que la ausencia de su padre había causado en su madre y en su hermana. Mark tendió las manos hacia su hijo, que le observaba con ira mal disimulada en sus pupilas verdes herencia de Candy. Mark detectó de inmediato la reticencia de su hijo y dijo con voz queda, mientras temblaba ligeramente imaginando el espacio vacío entre sus manos, por la negativa de Maikel a acudir a su lado:
-Maikel hijo, ya sé que no me he portado todo lo bien que debiera con vosotros. Sé que no tengo derecho a pedirte que me quieras y estás en el tuyo de sentir rencor y aversión hacia mí, pero cometí un grave error, un gravísimo y estúpido error, que por mi culpa, habeis estado pagando y que casi me cuesta el cariño de mamá. Pero también –dijo mirando a Candy que no podía dejar de llorar ante las hermosas y encendidas palabras que el dolor ponía en sus labios- he aprendido hijo mío, que no puedo vivir sin vuestro amor ni el que vuestra madre y yo nos hemos profesado siempre.
Luego miró a su esposa y dijo mientras largos regueros de lágrimas brillantes, brotaban desde la comisura de sus ojos. Mark tenía la mano derecha a la altura del corazón y la izquierda alzada, en dirección hacia Candy, como si quisiera poner énfasis y rotundidad en su atormentada declaración de amor.
-Sin tu amor Candy, no soy nada, no tengo nada ni valgo nada.
La muchacha se abalanzó hacia él apretándole con fuerza entre sus manos.
La resistencia de su hijo empezó a resquebrajarse. Maikel se conmovió, avergonzado de su dura e intransigente actitud, aunque por otro lado era totalmente lógico que hubiera reaccionado así y Mark lo entendía y por eso no dijo nada al respecto. El niño bajó la cabeza y corrió hacia sus padres aferrándose a ambos. Finalmente se les unió Marianne y de esta manera, los cuatro formaron una piña, solidamente unidos en su común abrazo, mientras Ernest y Helen les observaban emocionados.
Después toda la familia al completo entró en la mansión y el banquete en honor de Mark, dio comienzo amenizado por una orquesta que tocó varias piezas de vals, a cuyos sones Mark y Candy comenzaron a bailaron diestramente dejándose llevar por el ritmo de la evocadora melodía, arrancando una sincera ovación a los asistentes a la fiesta, que les aplaudieron emocionados.
Helen contempló como Mark y su hija adoptiva entraban tomados de la mano en la mansión, mientras Maikel y Marianne les seguían observándoles alborozados y a muy corta distancia de ellos. Entonces su mente voló hacia el instante en que en compañía de la tía abuela Elroy y sus dos primogénitos irrumpió en el humilde establo que servía como vivienda a Candy y comenzaron a registrar sus escasas y magras pertenencias en busca de algunos objetos que les faltaban desde hacía algunas horas. La voz de alarma la había dado Eliza, cuando comentó casualmente como quien no quería la cosa, que su brazalete de plata había desaparecido. Casualmente, Helen se percató de que su broche de esmeraldas tampoco estaba cuando acababa de depositarlo hacía poco en el fondo de un cajón de la cómoda de su cuarto. Helen se rascó el mentón pensativa y musitó:
-Que raro, juraría que lo guardé en el cajón de la cómoda.
Justo en ese instante hizo su entrada la severa y adusta tía abuela. Poco después se impartieron las últimas instrucciones y voces apresuradas conminando a ultimar los preparativos hicieron que el servicio se moviera frenéticamente. Helen dirigía toda la operación temerosa de defraudar a la suspicaz e irascible anciana. Finalmente, el servicio aguardó rígidamente formado en dos filas, las sirvientas a la derecha con las manos entrelazadas sobre el inmaculado e impoluto delantal almidonado y a su izquierda, los sirvientes y camareros enfundados en sus sobrios chaqués oscuros. La anciana dama irrumpió en el gran salón y caminó bajo las grandes y recargadas arañas de cristal que pendían del techo. Helen y Eliza Legan le salieron al encuentro, haciendo una reverencia para mostrarles su respeto. La astuta señora notó enseguida la expresión de contrariedad que se dibujaba en el rostro de Helen.
-¿ Qué te ocurre Helen ?
Helen esbozó un rictus de contrariedad y dijo con voz apurada:
-Tía abuela, no encuentro el broche que usted me regaló para mi cumpleaños.
Eliza se adelantó y se sumó a las quejas de su madre argumentando que su brazalete también había desaparecido.
En esos momentos se presentó Neil jadeante y casi sin aliento. Llegaba corriendo y gritando, lo cual le supuso una severa reprimenda por parte de su madre por alborotar en presencia de la tía abuela. El muchacho extendió ambos brazos y abriendo las manos que traía crispadas en sendos puños, mostró las valiosas joyas que tan denodadamente estaban buscando madre e hija. Ante los requerimientos de Helen, Neil cuyo corazón aun no había descubierto su gran potencial para la bondad y el bien, pronunció las fatídicas palabras que sellarían la suerte de Candy, su odiada rival.
-En el establo de Candy.
Pese a que Helen compartía la misma adversión hacia Candy que su hija Eliza, aquello era algo que no podía ni concebir. Las palabras de Neil hicieron que enmudeciera de la sorpresa, lo mismo que la tía abuela. La señora Elroy movió la cabeza mortificada y azorada y comentó mientras se secaba una gota de sudor que resbalaba sobre su frente amenazando con caer sobre su ganchuda nariz:
-Que horror. Este desgraciado hecho ha ocurrido por traer a una hospiciana. Y así nos paga nuestros desvelos y hospitalidad.
Helen intercambió una mirada con la tía abuela que la observó reprobadoramente. No se percataron, como Eliza y Neil se miraban con aire cómplice y sarcástico.
Para terminar de echar leña al fuego, Neil comentó con tono irónico:
-Tal vez encontremos otras cosas.
Helen no estaba muy convencida de que Candy, pese a la fama de violenta y montaraz que sus hijos la atribuían pudiera llegar tan lejos, aunque después del bochorno que les había hecho pasar en el baile cuando fue al encuentro de aquel violento vagabundo que empañó el esplendor de la fiesta, ofrecida en honor de la tía abuela, tal vez fuera posible. Quizás hubiera cometido los robos en complicidad con aquel hombre de ojos oscuros y facciones torvas de largos cabellos. Pese a todo, Helen se encaminó hacia el establo seguida por sus dos hijos y la tía abuela. Cuando llegaron encontraron a Candy llenando el abrevadero de los dos caballos de agua. Cruzaron por delante de ella sin mirarla tan siquiera como si la muchacha no existiera y se encaminaron hacia el establo. Una vez allí, sin ninguna consideración empezaron a rebuscar en cajones, armarios y revisar una por una cada una de las pertenencias y enseres de Candy. Como si aquello fuera un registro policial y Helen la encargada de dirigirlo, dio instrucciones a sus hijos de que se pusieran manos a la obra. La maleta blanca de Candy con una franja roja envolviendo todo su perímetro fue arrojada violentamente al suelo de madera de la humilde construcción que se había convertido en el hogar de Candy, en castigo a su osadía de aceptar la invitación de Anthony y sus primos. Un pequeño joyero azul de nacar fue a parar junto a la maleta de Candy rebotando contra su anverso y posándose a escasos centímetros de la misma. Eliza revolvió la cama de Candy levantando el edredón mientras Neil abría los armarios y miraba en los cajones de la mesa dispuesta junto a un lateral de la pared. Candy incapaz de contenerse, se encaró con ellos echándoles en cara que husmearan en sus cosas, y en ese instante, los ojos verdes de Candy, que se habían convertido en dos esmeraldas encendidas por una creciente e inaudita ira se enfrentaron a los de Helen, que aun dudaba cuando la irritante y estridente voz de Eliza la hizo callar:
-Cállate, una ladrona como tú no tiene el menor derecho a opinar nada.
-Ladrona –repitió Candy con un timbre ligeramente chillón por efecto de la sorpresa y a media voz.
Como un presagio de lo que iba a suceder, en el plomizo cielo de aquella tarde otoñal empezaron a brillar algunos relámpagos que iluminaban a contra luz el interior del humilde establo. No tardaron en dejarse sentir el rumor sordo y bajo de los primeros truenos. Eliza abrió la maleta de Candy extrayendo algunos de sus vestidos que había echado en falta recientemente. Gradualmente fueron apareciendo otros objetos, como el broche o el brazalete desaparecidos. Candy fue injusta y duramente acusada por cada uno de los presentes que la rodeaban mientras los relámpagos ponían un dramático contrapunto a cada una de las feroces y terribles acusaciones iluminando aquellos rostros llenos de odio, que algún día tornarían sus expresiones en otras de bondad y arrepentimiento. Extendiendo el brazo izquierdo para señalar a Candy con su dedo índice, la bella y altiva Helen Legan expresó una intención de la que se arrepentiría amargamente y que le haría verter tantas lágrimas de contricción, bajo el arduo e invencible peso de los remordimientos de su negra conciencia:
-Candy, no te soporto más. Irás a Méjico en lugar de Dorothy –dijo mientras un deslumbrante relámpago blanco bañó la estancia en una claridad irreal, confiriendo a su rostro una temible apariencia.
Dorothy intentó interceder por ella pero sin éxito. Finalmente, la terrible decisión que trastocaría la vida de Candy fue tomada. Pero no tuvieron en cuenta que un inoportuno testigo captó la tensa y temible escena. Haltoran que deambulaba por allí, intentando localizar a Mark con la mayor discreción que era capaz de desplegar, escuchó todo cuando se dijo allí. El joven pelirrojo frunció el ceño y pensó en advertir a su amigo lo antes posible.
Candy confiaba en que el señor Legan, la única persona que aun conservaba la cordura y el buen juicio dentro de la familia Legan intercedería por ella, pero el caballero estaba ausente por motivos de trabajo y su esposa le pondría al corriente enviándole una carta expresándole su inapelable y fulminante resolución, por lo que Ernest Legan no mediaría por ella, en aras de mantener la paz familiar, dado que si se ponía a favor de Candy, seguramente su esposa y sus hijos, se lo echarían en cara y comenzaría la enésima discusión en el seno de la familia, por lo que lo más probable es que el señor Legan lo dejara correr. En cuanto a Anthony y sus primos, poco podían hacer pese a que consiguieran que Neil confesara su implicación en el plan instigado por Eliza para difamar a Candy, debido a que la última palabra la tenía el misterioso e inaccesible bisabuelo Williams que sin duda no querría saber nada de una muchacha díscola y rebelde acusada de robo. Y naturalmente, la tía abuela no iba a mover un dedo por ella. Candy intentó buscar a Mark sin conseguirlo, porque en aquel entonces, el errante y solitario joven aun no controlaba debidamente su formidable poder y no deseaba que Candy empeñara lo que él creía su felicidad por su culpa. Dorothy que si estaba decidida a hacer algo, logró encontrarse con Mark por su cuenta cuando de casualidad se topó con él en un paraje de Lakewood poco frecuentado. Mark había retornado de uno de sus viajes en el tiempo y la asustada sirvienta estuvo a punto de salir huyendo atemorizada ante la magnitud de su poder. Al joven le costó un gran esfuerzo y armarse de altas dosis de paciencia convencer a la aterrada joven castaña, que no tenía la menor intención de inferirle daño alguno ni albergaba intención hostil hacia ella. Finalmente, Dorothy que había visto a Mark un par de veces y sabía de su secreto porque Candy se lo había referido, porque necesitaba desesperadamente desahogarse con alguien, le refirió con palabras atropelladas y entrecortadas lo que había sucedido. Mark se puso tenso y reflexionó en algún plan efectivo. Sin embargo y con el recuerdo aun fresco de su desafortunada irrupción en aquel baile, optó por vigilar a Candy desde lejos sin interferir más de lo necesario en su vida velando por la muchacha, pese a que ardía en deseos de ir a la mansión Legan y ajustarles las cuentas a sus habitantes, aunque prevaleció el buen criterio, y se abstuvo finalmente. Recordó como había defendido a Neil de Albert y percibió una chispa de bondad en sus ojos ambarinos. Si no lo hizo, en parte fue por los ruegos de Dorothy que intuía sus intenciones y por otro lado, porque había decidido no inmiscuirse más de lo preciso en la existencia de Candy, además porque probablemente nunca le hubiera perdonado, si hubiera hecho algo semejante.
Sin embargo, el azar puso en manos de Mark la circunstancia idónea para hacer ver a Helen Legan cuan cruel e injusta había sido con Candy. Poco antes de que Candy tuviera que partir hacia Méjico, poco antes de que Marcos García llegase en una brumosa mañana a buscarla para llevársela en su desvencijada y astrosa carreta cubierta a un país lejano y totalmente desconocido para Candy que sería despedida por el servicio doméstico de los Legan, los únicos amigos con los que contaría dentro de la mansión, aparte de los hermanos Cornwell y Anthony, su príncipe o eso creía ella, Eliza que no tenía por costumbre madrugar, contravino sus principios en aquel neblinoso amanecer y se levantó antes que nadie, procurando no despertar a su hermano que continuaba durmiendo en una habitación contigua. El morboso e insano interés de la bella y cruel muchacha era solazarse con el sufrimiento de su odiada rival, disfrutando del triste momento en que Candy tuviera que abandonar la quinta de los Legan despidiéndose de Dorothy, el buen señor Wittman y el cocinero cuyas bromas y siempre afable carácter, hacían reír a la muchacha, distrayéndola de la cruel realidad que constituía su vida cotidiana, que transcurría entre las vejaciones de los envidiosos hermanos Legan y sus constantes preocupaciones. Tras vestirse rápidamente, Eliza se deslizó por un atajo que conocía bien para llegar cuanto antes al modesto establo a tiempo y aparecer justo en el momento en que Candy escoltada por el hosco y malencarado guia caravanero se fuera de allí definitivamente librándola de su presencia. Pero nuevamente Mark movió sin darse cuenta los hilos del azar. El joven, preocupado por las revelaciones de Dorothy decidió vigilarla procurando no interferir en su ajetreada existencia. Pero Candy, que no había pegado ojo durante toda la noche, angustiada porque en breve sería enviada a un lugar agreste e inhóspito se levantó tras enfundarse sus modestas ropas y se asomó a la abertura rectangular que hacía las veces de ventana de su humilde morada. Le pareció percibir el familiar aroma dulzón del ozono y una leve claridad iridiscendente que se elevaba por encima de los árboles. Se tapó los labios con las manos y susurró:
-Mark.
Salió afuera rápidamente. Aun no había amanecido y una densa y fría bruma se extendía en derredor. Candy avanzó hacia el lugar donde le había parecido distinguir a Mark y llamó suavemente. Nadie le respondió. Caminó entre los árboles sin percatarse de que el joven moreno permanecía escondido detrás del grueso tronco de una gran encina, conteniendo sus ansias de abrazarla y sorbiéndose las lágrimas intentando no hacer ruído. La voz de Candy sonó de nuevo inundándole el alma, llegando hasta sus oídos y destrozándole el corazón.
-Mark, Mark, ¿ dónde estás ? –suspiró Candy llorosa- te necesito tanto…
Pero el joven no acudió a sus requerimientos. En ese momento alguien gimoteó quejándose amargamente unos metros por delante de Candy. La muchacha percibió que alguien estaba en apuros y pese a que hubiera querido seguir indagando porque presentía que Mark se hallaba muy próximo a ella, centró su atención en el sollozante murmullo, que procedente desde detrás de unos setos llenaba el aire con débiles imprecaciones y lamentos ligeramente agudos y chillones. Candy apartó lentamente la espesura avanzando con cuidado y abriéndose paso entre la vegetación. Entonces se topó de cara con Eliza que había tropezado con una raiz oculta entre la hojarasca y se había caído de bruces hacia adelante, dañándose la rodilla cuando la joven se asustó por los mismos fenómenos que tan familiares resultaran a Candy. Sin pensarlo ni un momento a pesar de todo el sufrimiento y las afrentas que ambos hermanos la habían inflingido, se arrodilló junto a ella y se dispuso a examinar la rodilla lacerada de la caprichosa muchacha de cabellos cobrizos rematados en caprichosos bucles, que en un primer momento se negó tal era su odio hacia Candy, a que esta le ayudara.
-Déjame. No quiero que me toques con…
Se interrumpió. El dolor era tan intenso que algunas gotas de sudor perlaron el semblante de la hermosa y cruel joven.
-Solo intento ayudarte Eliza –dijo Candy mostrándola una sonrisa tan deslumbrante, que Eliza parpadeó extrañada sin ser capaz de articular palabra, desarmada por la tranquila franqueza de su rival. Candy fue a buscar un poco de hielo al establo y se lo aplicó mediante un vendaje compresivo sirviéndose de su delantal, lo cual contribuiría a disminuir la hinchazón. Pese a lo aparatoso de la lesión, la rodilla no parecía estar rota o dañada. Eliza hizo una mueca de dolor cuando Candy tiró de los extremos de su delantal para afianzar el improvisado vendaje. Al instante, la primogénita de los Legan notó como el dolor disminuía. A continuación Candy se ofreció a ayudarla a caminar.
-No, no, no quiero que…-dijo Eliza intentando aparentar desdén y animosidad, pero un nuevo ramalazo de dolor hizo que enmudeciera por segunda vez.
-No seas tan arisca Eliza y permite que te ayude. En tu estado no puedes caminar por ti misma.
Helen, que había acudido al establo, a despertar a Candy, contempló como su hija estaba siendo ayudada por esta. La dama asustada, interpretando erróneamente la escena, trató de acercarse hasta ambas jóvenes creyendo que Eliza había sido empujada por Candy en uno de sus característicos arranques de mal genio que solo existían en su imaginación, pero entonces alguien le cerró el paso. Era un hombre no muy alto pero corpulento y de largos y ondeantes cabellos negros. Pero lo que más le llamó la atención fueron los ojos del desconocido, centelleantes y peligrosos. Entonces Helen abrió sus ojos claros desmesuradamente mientras sus labios se desplegaban emitiendo un quejido que quedó congelado en su garganta. Era aquel hombre, que había interrumpido la fiesta de la tía abuela, el vagabundo que había llamado a voz en grito a Candy golpeando el cristal del ventanal, con las manos desnudas.
-Tú, tú eres…-dijo intentando girarse para demandar ayuda o localizarla al percibir los restos de un reguero de sangre negra coagulada que descendía por su espalda. Pero allí no había nadie, y Marcos García aun no había hecho acto de presencia. Si aquel hombre la atacaba no tendría ninguna posibilidad. Helen retrocedió espantada, pero por otro lado temía por su hija. Aquel hombre era muy capaz de lastimarla y luego emprenderla con su hija, tal vez incluso forzarla. Sin saber porqué también notó un estremecimiento al pensar en Candy. Intentó avanzar hacia ambas muchachas para protegerlas, pero las piernas de la bella mujer en su precipitación y nerviosismo, se enredaron en la falda azul de su vestido y trastabillando se desplomó hacia atrás. Entonces el joven la sostuvo con mano firme pero con delicadeza, tomándola por la muñeca derecha, tirando suavemente hacia si. Tan pronto como la señora Legan recobró el equilibrio de su cuerpo, Mark la soltó intentando no hacer movimientos bruscos para no asustarla y poniendo las manos a la vista para que pudiera comprobar que no iba armado, aunque a Helen le pareció intuir un arma de temible aspecto, reclinada contra el tronco de un árbol que estaba inmediatamente detrás de Mark y rematada por lo que semejaba una ahusada cabeza, de forma cónica.
-Señora Legan, no la haré ningún daño pero no permitiré que reprenda a Candy, no por lo menos en mi presencia. Bastante dolor se acumula en su corazón, por el injusto trato que usted y sus hijos la han dispensado, como para que encima deba soportar una nueva humillación.
Para su sorpresa, el joven se expresó tan educadamente, con unas maneras tan impecables, que creyó que estaba siendo víctima de una broma de sus sentidos. Su acento era fluido y sus modales no diferían en nada de los de cualquier lord o caballero, con el que hubiera alternado en cualquiera de las fiestas ofrecidas por la tía abuela a las que eran invitados. ¿ De qué podía conocerla ? ¿ cómo se dirigía hacia ella con aquella insultante familiaridad, tomándose tantas confianzas expresándose a la par, con tal exquisitez ?
Helen temblaba de miedo. La voz calmada pero ligeramente autoritaria del joven le disuadió de intentar hacer nada que pudiera enojarle o le ofendiera, pese a sus en apariencia tranquilizadoras palabras. Sin embargo nada en sus ademanes hacían suponer que fuera a atacarla o inferirla herida alguna. Mark sonrió al contemplar como Candy cuidaba de Eliza con tanta solicitud y cariño, como si los malos ratos que le había hecho pasar nunca hubieran existido.
-Candy es tan buena y generosa que en su corazón no hay cabida para el rencor o los malos sentimientos señora Legan. Por eso está cuidando de Eliza de esa forma. Usted que es su madre, que debería haberlo sido también de Candy, tendría que saberlo mejor que nadie. Cuando se marche definitivamente a Méjico, reflexione en todo el dolor que Candy ha tenido que soportar, en las mezquindades que Neil y Eliza, auspiciadas e instigadas por usted, al tolerarlas, ha sufrido. Todas estas iniquidades habrían sido del todo innecesarias y nunca se hubieran producido, con un esfuerzo por su parte, señora Legan. Porque Eliza y Neil, al igual que usted, aun no han perdido su capacidad para amar y albergar buenos sentimientos. Adios señora Legan.
La dama que se estaba recuperando de su inicial sorpresa y recobrando el coraje perdido intentó protestar ante la osadía y el atrevimiento de aquel desconocido, intuyendo que aquel joven era algo más que un mero vagabundo. No sabía que relación podía ligarle a Candy, pero era evidente que sabía muchas cosas no solo acerca de ella, si no de los Legan.
Crispó los puños, observando contrariada las arrugas que afeaban el corpiño rojo de su vestido. Observó como debido a la tensión del momento, las venas de sus brazos desnudos palpitaban con un leve temblor.
-¿ Cómo te atreves a cuestionar mi comportamiento ? Esa muchacha y tú sois…
Mark levantó una mano en un imperativo gesto que hizo que la alterada dama callara de improviso. Había tal seguridad y aplomo en el joven, que la propia Helen, acostumbrada a inferir duras humillaciones a personas de extracción social inferior, ahora estaba recibiendo una lección de humildad aunque el propósito de Mark no era aquel. El joven rebuscó en el interior de uno de sus bolsillos y extrayendo un papel garabateado se lo tendió a la mujer. Helen tomó con mano trémula la misiva y escuchó las siguientes palabras de Mark, que se contorsionó levemente mientras un reguero de sangre oscura que Helen no percibió, fustigaba el aire partiendo desde su hombro derecho.
-¿ Quién…quién eres tú realmente ? ¿ de qué conoces a Candy ? –acertó a decir la mujer.
-En esta carta hallará todas las respuestas señora Legan. En un principio, era para Candy, pero considero que lo más adecuado será que se la entregue a usted. Cuanto vaya a leer, es rigurosamente cierto, de modo que quiero que quede bien claro que Candy no tiene la más mínima responsabilidad en mi presencia aquí y que el penoso incidente del baile…se produjo a iniciativa mía, nada más. Por favor, no la castigue más. Bastante tiene ya con tener que dirigirse hacia un destino tan alejado como injusto. No espero que crea cada una de mis palabras contenidas en mi carta. Y contestando a su pregunta, aunque está todo explicado en esa hoja de papel, procedo de un tiempo muy lejano que, de seguro, ni sería capaz de imaginar. Y hasta ahora he protegido a Candy siempre que me ha sido posible, por una sola razón, apreciada señora.
Helen escrutó las negras pupilas, tan tristes y esquivas del joven. Desvió la mirada, azorada porque la intensidad de aquellos ojos la estaban causando miedo junto con una palabra que había pronunciado y que había hecho que Helen moviera la cabeza de un lado a otro, creyendo haber entendido mal.
-¿ Has dicho…tiempo ? ¿ Acaso me estás sugiriendo…? –preguntó recordando una novela que había leído no hacía mucho, a instancias de su marido y por consejo de este, a la que la lectura del libro le había entusiasmado sobremanera. En un principio, emprendió la lectura sin demasiado convencimiento. El libro había sido publicado hacía casi veinte años, pero continuaba haciendo furor creando legiones de nuevos seguidores. La obra trataba de un extravagante viaje, no en el espacio, si no en el tiempo, en el que un científico victoriano se desplazaba unos ochocientos mil años en el futuro, gracias a una extraña máquina de su invención. Lo que encontró a su llegada a aquel ignoto y terrible mundo, sobrecogió al viajero, lo mismo que a Helen que no era capaz de apartar de su mente, las imágenes creadas por su fértil imaginación al hilo del sugerente y arrebatador relato que no fue capaz de dejar hasta que devoró la última página.
Entonces un nombre acudió a su mente. H.G. Wells se llamaba el autor de la increíble aventura. Sin saber como, a la luz de sus recuerdos, hilvanó aquella expresión que jamás antes había utilizado, ni imaginado remotamente. Las palabras acudieron con una naturalidad tal a sus labios, que Helen se sobrecogió como si un helado viento hubiera revoloteado en torno a su cuerpo para atravesarlo finalmente con su gélido mordiente:
-¿ Acaso me quieres decir…que eres un viajero del tiempo ? –preguntó reuniendo fuerzas de flaqueza para terminar la frase que había quedado inconclusa en el aire mientras respiraba entrecortadamente. Se dijo así misma que una cultivada y distinguida dama no podía creer en semejantes tonterías. Entonces Mark, consciente de su incredulidad y no deseando traumatizarla con la visión de danzantes llamas emergiendo de sus antebrazos, levantó la muñeca derecha para permitir que Helen apreciara a simple vista como una irreal claridad procedente de sus muñecas permitía entrever como las venas de esa zona, temblaban ligeramente al paso del iridium por las mismas, entremezclado con su sangre.
Mark asintió lentamente
Pero antes de que Helen pudiera pedir más explicaciones, Mark se dio media vuelta y caminó lentamente alejándose de ella, sin que la desconcertada, más que enfurecida señora Legan acertara a articular palabra alguna. El joven ataviado con una cazadora de cuero negro burda y sucia y unos pantalones como los que empleaban algunos de sus sirvientes en las tareas de jardinería no se dignó a mirarla nuevamente. Iba a echarle en cara su irrupción en la fiesta, lo cual le costó una reprimenda por parte de la tía abuela, así como el descrédito delante de todos los invitados cuando los lamentos de Eliza atrajeron su atención. Se aproximó a su hija mientras Candy iba a buscar ayuda exhortada por la desesperada y preocupada dama, pero el noble gesto de Candy no la libró ni un ápice de su aciago destino. Eliza siguió presionando para que sus malhadados planes siguieran adelante, pese a las incipientes dudas y reticencias que asaltaban a su madre, la cual no se atrevió ni a ejercer una tímida defensa a favor de Candy y que terminó por ceder. Finalmente Carlos García llegó y acomodando rudamente a Candy en el pescante de su carruaje, partió con la desconsolada muchacha que aferraba con fuerza entre sus manos la maceta azul con la rosa blanca que Anthony le había regalado, y bautizada en un postrer intento de entrar en su corazón, con el nombre de la adorable muchacha: "Dulce Candy". La señora Legan ,que no había acudido a la partida de Candy, también impidió que su hija lastimada pese a su insistencia, pudiera hacerlo. Mientras el carruaje traspasaba los límites de Lakewood y tres dolientes muchachos con el kilt escocés despedían a Candy a los sones melancólicos de sus gaitas desde un promontorio rocoso, un rugido sordo y lejano pero audible sorprendió a todos. Helen se asomó al exterior de su mansión alcanzando a ver una estela anaranjada en la que le pareció captar una misteriosa forma vagamente humana. Lo desdeñó como producto de su enfebrecida imaginación. Sin saber porqué evocó estremecida al misterioso joven de penetrantes ojos negros que había salido a su encuentro relacionándolo con el pavoroso fenómeno. Confundida, prefirió silenciar el incidente notando como un creciente pesar se extendía por su alma al pensar en la incierta suerte de Candy. Por la noche, la distinguida mujer, acuciada por sus remordimientos y abrumada por el peso de su conciencia, lloró amargamente en la soledad de sus aposentos. Sus hijos dormían en sus camas, aunque no con la placidez que era de esperar. Neil notaba una extraña sensación que le reconcomía por dentro por haber llevado a cabo el siniestro plan de su hermana, y Eliza luchaba contra sus sentimientos encontrados por no querer admitir que la inesperada ayuda de Candy la había desarmado dejándola inerme ante los embates de una incipiente culpabilidad. El señor Legan estaba en viaje de negocios y no retornaría hasta transcurrida una semana. Mientras tanto Helen daba rienda suelta a su dolor gimiendo amargamente, mesándose los cabellos con rabia, mientras su cuerpo se contorsionaba convulso bajo los espasmos de los temblores que lo recorrían. Agarraba las sábanas con rabia y aplastaba su bello rostro contra la almohada cuya funda quedó empapada en sus lágrimas.
-Candy, Candy mi pequeña, mi pobre niña, ¿ cómo ? ¿ por qué cometí semejante crueldad contigo, por qué ? –susurraba de forma desgarradora a la noche sin encontrar respuesta, ni alivio a su creciente dolor.
Eliza que tampoco podía conciliar el sueño se levantó abandonando su lecho, y cruzó los vacíos corredores de mármol de la mansión en dirección a la alcoba de su madre, en medio de la penumbra apenas rasgada por la claridad de la luna, que entraba tímidamente por los ventanales de la mansión. Sus pasos resonaban huecos en las pulimentadas baldosas blancas del pasillo mientras su sombra danzaba temblorosa en la pared a medida que cruzaba presurosa los sombríos corredores, en pos de la relativa seguridad del cuarto de su madre. Iba en busca de consuelo, cuando se encontró a su madre pálida y ojerosa, que envuelta en la fina seda de su camisón de raso, y bañada por la luz de la luna semejaba a un alma en pena, presa como estaba de un incontenible llanto. Helen permanecía sentada en la cama deshecha con el rostro oculto entre sus largos y finos dedos entre los cuales se deslizaban abundantes lágrimas y los largos cabellos sin recoger en su característico moño.
-Mamá –musitó Eliza sintiendo una congoja que le abrasaba el alma.
Helen clavó sus bellas pupilas en las de su hija. Eliza avanzó hacia ella abriendo los brazos.
-Mamá -repitió de nuevo con lástima, no sabía bien si por ella misma, por su madre o tal vez por ambas. Quizás Candy le hubiese recordado el cariño que ambas se profesaban y que parecían haber extraviado en alguna parte de su pasado, donde todo se torció trágicamente. Quizás fue en el momento en que Ernest Legan empezaba a pasar menos tiempo junto a su familia debido a sus continuos viajes de negocios, tal vez la llegada de Candy a la mansión que constituyese un poderoso revulsivo capaz de hacer aflorar sus dormidos pero nunca perdidos del todo sentimientos. Y tal vez por eso, Eliza la odiaba sin percatarse que al mismo tiempo, lo que pretendía era parecerse desesperadamente a Candy. Le hubiera bastado con hablar con ella, haberle abierto su corazón y ser su hermana, lo mismo que a Helen haberse convertido en su madre y a Neil ser como un hermano para Candy. Como Mark había sentenciado con un esfuerzo por parte de todos, todo aquel dolor, toda la tristeza innecesaria se habría ahorrado en buena parte.
Helen alzó la mirada hacia su hija y corrió a su encuentro.
Entonces madre e hija se abrazaron sin palabras, llorando y consolándose mutuamente aunque sin demasiado éxito. Por un lado Eliza había descubierto la bondad natural de Candy, cuando la joven vendara con tanto cariño y prodigándola tales cuidados su rodilla lastimada, por otro Helen Legan que había sido testigo involuntario de tales hechos admitió lo ciega que había estado y como la máscara de la hipocresía había terminado por deslizarse de su faz. Madre e hija echaban en falta a Candy. Aquel arranque de sinceridad era el primer paso hacia el descubrimiento de que eran capaces de albergar buenos sentimientos, aunque al día siguiente Eliza intentara negar aquella ineludible verdad que ya había calado profundamente en el alma de Helen Legan y arraigado en la suya. Mientras Neil, aquejado por un incipiente y turbador amor hacia Candy, notaba las mismas y perturbadoras sensaciones que experimentaban respectivamente su madre y su hermana. Quizás las justas y reveladoras palabras del intrigante joven moreno, hicieron que algo se removiera dentro de la señora Legan.
Cuando Ernest retornó a la mansión su esposa estaba esperándole impaciente al pie de las grandes escalinatas de la mansión con las manos entrelazadas sobre el pecho, para hacerle una propuesta, que prácticamente sonaba como una imperiosa y desesperada orden. Sus intenciones de adoptar a Candy como hija en vez de emplearla como criada eran tan firmes y decididas que Ernest no pudo, negarse, gratamente sorprendido, aunque muy confundido por el imprevisto sesgo que en su ausencia habían tomado los acontecimientos. Helen temblaba como una hoja, pese a que su marido la respaldaba entusiasticamente en su decisión pensando en que quizás, aunque lograran que Candy regresara de Méjico, tal vez la muchacha resentida y profundamente dolida, y no era para menos, se cerrara en banda a perdonarla en modo alguno. Helen tuvo que ser visitada por el médico de la familia que la prescribió un suave sedante para que pudiera descansar a la espera de que sus inquietas aspiraciones se cumplieran. Ernest se fue a hablar inmediatamente con Albert para procurar el retorno de Candy a Lakewood lo antes posible, aunque el joven magnate ya había emprendido los pasos necesarios para lograrlo, anticipándose a los ruegos del señor Legan. Mientras Neil, avergonzado y dolido confesaba que el había sido el autor de los hurtos de los objetos personales de la familia ante su padre y el resto de su familia. Aunque en un primer momento, pensó en abofetearle y castigarle, Ernest admirado por el profundo cambio que se estaba empezando a obrar en sus hijos, no solo no les castigó si no que decidió no acrecentar su pena regañándoles. Solamente Eliza mantenía un ligero rencor hacia Candy que cada vez se estaba haciendo más tenue y vago.
Cuando tuvo un momento libre, y haciendo acopio de su valor, Helen Legan que era más valiente y capaz de albergar unos sentimientos tan profundos, de lo que en un primer momento su altiva apariencia podía dar a entender engañosamente al observador casual, leyó la carta de Mark. Las sentidas y prolijas explicaciones que en un primer instante, iban destinadas a Candy le revelaron verdades que jamás antes habría concebido como posibles, así como la naturaleza del indestructible vínculo que vinculaba a Mark y a Candy, probablemente de por vida. Helen se emocionó ante las frases de Mark. La forma tan pulcra y sensitiva de expresarse de aquel misterioso muchacho, había tocado la fibra sensible de su alma. Recluida en la soledad de su gran salón, al amor de la lumbre y reclinada en su mecedora favorita, Helen Legan descubrió como era el alma de un hombre que teóricamente sería concebido dentro de aproximadamente ochenta años. Acarició a Silvia, su gata siamesa mientras sus ojos ambarinos saltaban de una línea a otra, párrafo tras párrafo notando un gran estremecimiento. Tal y como pronosticara aquel extraño, de ser cierto cuanto confesaba, Candy no era culpable en absoluto de su encuentro con Mark, lo mismo que él, empujado a través de las eras por influencia de algo que le rebasaba completamente. Y ahora nuevamente en la misma estancia, y en circunstancias similares, la madre adoptiva de Candy volvía a empaparse de aquella prosa que recogía la más sincera confesión de un ser humano.
Mientras Mark, enfundado en un albornoz de seda sobre su pijama de tela a franjas blancas y azules, y que se había levantado de la cama para bajar a la cocina y comer algo para saciar su creciente hambre, mientras su esposa dormía plácidamente envuelta en la sábanas de satén, fue atraído por la luz procedente del salón. Entró sigilosamente con un trozo de pastel en la mano, y halló a su suegra absorta, concentrada en la carta que él mismo le entregara aquel día, y que releía por enésima vez. Ambos se miraron con aire cómplice, y asintieron en silencio, mientras una dulce sonrisa adornaba la faz madura, pero aun hermosa de Helen. Mark realizó una leve inclinación de cabeza complacido de haber comprobado como sus aseveraciones, y esperanzas en torno a aquella familia, que aparte de la de Candy, era también la suya, y en cierta forma la mía, se habían cumplido en su totalidad.
17
-Maldito cacharro –se quejó Haltoran golpeando levemente el marco de la pantalla de cuarzo que habíamos instalado contrarreloj y a duras penas antes de partir hacia Neo Verona entre Stear y yo.
La imagen saltaba continuamente y a ratos solo se veían rayas e interferencias que salpicaban un fondo blanco moteado de pintas negras.
-Por favor señor Hasdeneis –se quejó Mermadón- no golpee tan fuerte. Las vibraciones desequilibran mis circuitos más sensibles.
Haltoran no tenía tiempo para atender a las quejas de su creación. Por una vez me dio la razón y coincidió conmigo. Lo había hecho demasiado perfecto. Haltoran inspiró aire dos veces para tratar de recobrar la calma y musitó una disculpa:
-Perdona querido amigo. Pero es que ya hace tanto tiempo que no veo a Annie.
Finalmente, la imagen de una muchacha morena con una gran cinta azul en la cabeza y unos intensos ojos azules del color del cielo primaveral, que le reconocieron a través de la pantalla del portátil que Stear manejaba diligentemente, se materializó en el monitor emplazado en el pecho del robot. Había sido un trabajo algo chapucero debido a la precipitación con la que trabajando contra el tiempo y robando horas a nuestro tiempo, lo habíamos realizado, pero funcionaba que ya de por sí era un triunfo.
-Annie, cariño, amor mío –gritó Haltoran atronando con su voz la cueva que nos servía de refugio y que estaba situada a las afueras de la ciudad de Neo Verona. Gray asomó visiblemente molesto por el borde de la torreta del CT-8 y volvió a sumergirse en su sempiterna tarea de mantenimiento sin comprender porque los humanos tenían que armar tanto escándalo para comunicarse entre sí. Mermadon había intentado explicárselo, pero con un gesto desdeñoso rechazó escucharle y volvió a sus tareas.
Annie en compañía de Candy, que la sostenía por los hombros para impedir que se desmayara e infundirla valor, porque de lo contrario echaría a correr, y la familia Legan y Andrew al completo la arroparon, excepto la tía-abuela que no había querido oir ni palabra de la nueva locura de su pupilo Mark, al que tenía había vuelto a reconocer como ahijado, a regañadientes, porque Albert había revocado nuestros nombramientos como miembros de la familia Andrew. Annie sostenía a su hijo Alan en brazos y no dejaba de suplicarle a Haltoran que regresara cuanto antes.
-Por favor querido –dijo Annie meciendo a su hijo para que se tranquilizara- retorna pronto, por favor. Te necesitamos tanto…los dos.
Annie lloraba y sus lágrimas la volvían aun más hermosa a ojos de Haltoran. El joven, restregándose los ojos, para disimular las que él vertía, nunca se alegraría lo bastante de haber subido aquella noche a la alcoba de la muchacha, situada en la segunda planta de una pequeña casa que por aquel entonces Candy y Mark compartían en un pequeño pueblo del sur de Inglaterra, poco antes de que la guerra estallara y haberse quedado a su lado.
Archie que había buscado un hueco en su apretada y cargada agenda para apoyar a su amiga y de paso visitar a Candy y a sus primos Eliza y Neil a los que no veía desde hacía bastante, miró a Annie de soslayo y con disimulo, preguntándose azorado que hubiera ocurrido si no la hubiera dejado escapar en el colegio de San Pablo cuando aun tenía la oportunidad de haberla convertido en su novia y posiblemente, algo más delante en su esposa. El joven letrado, embutió sus manos finas y ágiles en los bolsillos de su chaqueta azul marino y fijó los ojos en el extraño monitor rectangular que tanta fascinación parecía despertar en su hermano. Había rechazado a Annie porque su intención era declararse a Candy tan pronto como llegara al Real Colegio de San Pablo, pero Mark una vez más, se le había adelantado al rescatar en una audaz y arriesgada operación a Candy, llevándosela del Mauritania. Para él aquello continuaba siendo un secuestro, pese al tiempo transcurrido. Recordó los duros y en su opinión justos reproches que le hiciera a Mark, por alterar y trastocar la vida de Candy y de cuantos la rodeaban. Por su culpa, Albert había terminado en la cárcel, de cuyo confinamiento puede que no saliera nunca. Por él y por ese Haltoran que realizaba muecas en la pantalla, que encontró estúpidas y vergonzosas había perdido dos oportunidades de ser feliz. Con Annie primero y posteriormente con Candy, pero tampoco podía dejar de recordar algo que le exasperaba y le ponía de muy mal humor y era el hecho de que Mark hubiera salvado a su hermano de morir abrasado en el fuselaje abrasado del Spad VII. Hacía unas horas había coincido con Mark en uno de los largos pasillos de la mansión Andrew, y habían mantenido una breve y embarazosa conversación. Ante la mirada de reproche del joven aristócrata, Mark bajó la cabeza con humildad y pasó por su lado, sin mirarle, porque adivinaba cual sería la reacción del joven que en todo momento, buscaría la provocación y el enfrentamiento. Archie pronunció entonces unas duras y reprobadoras palabras cuando Mark, ya le había rebasado, haciendo que se detuviera a unos escasos metros por delante suyo.
-Salvaste a mi hermano, ¿ por qué lo hiciste ? ¿ acaso para ganar el corazón de Candy más fácilmente ? ¿ para tratar de obtener mi amistad ? ¿ para hacer méritos ante los Andrew ?
Mark le contempló entonces, fijando sus ojos tristes en los del joven abogado. Archie dio un respingo, sorprendido por aquella mirada triste que no era en absoluto desafiante ni orgullosa, como le hubiera gustado que fuera, para ofenderle aun con más mordacidad y renovados motivos.
-No Archie. Lo hice porque tus lágrimas me conmovieron durante el funeral de tu hermano, casi más que las de Candy, Annie y Patty juntas, que también me sobrecogieron no obstante.
-No necesitaba para nada tu patética compasión –le espetó Archie enfurecido.
-Puede, pero tu hermano si que debiera suscitar en ti un poco más de la tuya y cariño por tu parte.
Archie se enfureció y trató de endosarle un puñetazo a Mark bajo la barbilla, pero el joven se apartó levemente esquivando con una pasmosa facilidad el directo de Archie, que no podía entender como lograba tan asombrosa y fulgurante rapidez de reflejos. Era como si realmente no se hubiera movido.
-Disfrutas considerándote un dios –dijo aferrándole por las solapas de su chaqué, debido a que esta vez Mark se lo permitió dejando que se le acercara hasta estar a muy corta distancia de él.
-Te equivocas Archie, -dijo Mark con un deje de amargura en su voz- me encantaría ser un simple humano como tú, porque estos poderes, -dijo observando como el iridium brillaba levemente dentro de sus venas, iluminando la penumbra del pasillo, bajo la fina piel de sus muñecas –porque estos poderes, me han reportado más sinsabores que alegrías.
Antes de que el sorprendido Archie pudiera hablar añadió:
-Entiendo que estés furioso porque Candy sea mi mujer en vez de la tuya, pero como te dije en aquella ocasión cuando nos reunimos en los jardines de Lakewood, no tuve nada que ver con mi irrupción en esta época. Fue totalmente fortuito, lo mismo el hecho de que ella y yo nos enamorásemos en aquel instante en la Colina de Pony, pero no me arrepiento de nada. Lamento de corazón que no podamos ser amigos, pero no puedo hacer nada para aquietar el rencor que bulle en tu alma y en tu corazón Archie. Eso es algo que solo depende directamente de ti. Quiero a Candy más que a mi propia vida.
-Si te tolero es por Annie y Candy…y porque salvaste a mi hermano –dijo secamente, mientras le daba espalda.
Archie se retiró rápidamente y no volvió a dirigirle la palabra. Se asombró de que aquel hombre hubiera realizado tanto bien, como trastocado su felicidad y la de Anthony. Su primo era más resignado, más tranquilo y había aceptado conformarse con su suerte al lado de la bella condesa rusa llamada Natasha. Pero él no. No podía dejar de pensar en Candy.
"Agua pasada" se había dicho así mismo, mientras la veía partir con el corazón encogido en un puño a bordo del Germania, junto a ese presuntuoso de Mark. Pero el río de sus sentimientos encontrados, iba demasiado crecido y su curso se estaba desbordando tanto, por los laderas de su corazón dolorido, que simplemente no podía continuar ignorándolo.
18
Annie sorprendida por el insólito paisaje que servía de telón de fondo a su marido, le preguntó donde se encontraba. Todo ello acrecentó su curiosidad, unido al eco de la voz de Haltoran que reverberaba por toda la bóveda de la cueva. Más al fondo, un robot parecido a Mermadon, pero más pequeño y de aspecto menos destartalado que la creación de su marido, que aun continuaba infundiéndola un cierto temor, sobre todo desde que propinara aquel tremendo susto a su madre, parecía tratar de reparar obsesivamente una especie de tanque, revisando ora sus orugas, ora la limpieza del ánima del cañón, ora el estruendo de su ruidoso motor. También le pareció contemplar por el rabillo del ojo, unas personas muy raras enfundadas en una especie de armaduras azules, que iban y venían continuamente. Detrás de Haltoran un hombre muy corpulento con un pañuelo de cuadros que cubría su calva saltaba detrás de su marido, interrumpiéndole continuamente y haciendo bromas y comentarios demasiado procaces, para su refinado gusto. El hombre botaba como si fuera un muñeco de cuerda mientras montaba una algarabía impresionante. Annie alzó la voz para hacerse entender por encima del griterío del hombre, que no obstante, no parecía tener mala intención en sus incomprensibles acciones.
-¿ Quién es toda esa gente cariño ? –gritó Annie por encima de la algarabía reinante, pidiendo a Haltoran, que a su vez hablara más alto, porque no le entendía apenas nada de lo que decía -¿ que estás haciendo ahí ? ¿ que es lo que está pasando ?
Haltoran miró a Luke, llamándole al orden y el gigante, pareció entender que no era momento de bromas y pidiendo disculpas, dejó de cantar y de hacer chanzas, para retirarse junto con el resto de sus compañeros, que estaban reunidos en torno a Gray, contemplando una noticia que les dejó atónitos en uno de los receptores de radio del tanque que el sirviente robot, había extraído de su interior tan pronto como le pareció percibir, lo que se asemejaba a una transmisión para captarla mejor, orientando la antena lo mejor que supo. Por increíble que pareciera, habían logrado detectar una señal de radio frecuencia procedente de Esperanza.
Haltoran, suspiró aliviado por poder conversar finalmente con su esposa de una forma normal y sosegada, en vez de a gritos y dijo:
-Ya te lo explicaré Annie. Es un poco largo de contar, aunque me imagino que Mark ya os habrá puesto tanto a ti como a Candy y a los demás, en antecedentes.
Mark negó rotundo con la cabeza, porque aunque tenía intención de contarle a su esposa y a su amiga Annie que significaba todo aquello, aun no había tenido oportunidad de hablarles de ello.
Entonces un griterío de júbilo proveniente del pequeño grupo que se había congregado en torno al receptor de radio del tanque llenó el aire, mientras la cada vez más asombrada y confundida muchacha creyó oír una voz metálica y monótona que entre chisporroteos e interferencias, a la que pronto se sumaron siseos y pitidos, consiguió no obstante decir de forma nítida e inteligible:
-Repetimos, boletín especial, la guerra en Esperanza ha finalizado en todos los frentes, repetimos, boletín especial, la guerra ha terminado.
Candy y cuantos acompañaban a Annie aguzaron el oído y consiguieron entender algo del final de una guerra y una esperanza.
Yo, que estaba junto a Haltoran le hice gestos de que me permitiera comunicarme con Candy y Annie, para saludarlas. Pese a mis enormes deseos de hablar con mis dos amigas, Haltoran me rogó que esperase unos minutos más, dado que aun no había terminado de conversar con su esposa.
Del recodo en el que estaba incrustado el CT-8 llegó una segunda exclamación de júbilo que Luke y sus amigos, hasta el silencioso y pulcro Oliveros Grandschester corearon a voz en grito. Rand o tal vez Cinthia descorcharon una botella de champan y se dispusieron a escanciarla precipitadamente en probetas que llenaron hasta que el líquido dorado y burbujeante rebasó por el borde. Luke llegó con dos probetas colmadas de champan y nos ofreció una a cada uno para asombro de Annie, que se ofendió ligeramente, mientras Candy y Mark reían quedamente sin mala intención. Candy no entendía nada de nada, pero aquella gente, sin saber muy bien, a tenor de lo que había presenciado, pese a la baja calidad de la imagen, que había ido perdiendo nitidez, despertaban en ella una sincera simpatía e irradiaban una contagiosa alegría.
19
Antes de despedirse, Conrad le había regalado a Mark la espada de los Capuleto. En una increíble y muy meditada decisión le entregó al joven al que había considerado como su acérrimo enemigo personal el temible acero que durante tanto tiempo cuidara con esmero y atesorara con devoción y cuidado. Pero realmente, no había sido iniciativa suya, porque si de él hubiera dependido la espada jamás se habría separado de su lado, sino que fue más bien una imposición de Julieta. Consideraba que era el mejor presente que podía hacerle al hombre al que tanto había amado, aunque en vano. Mark estaba en el exterior de la mansión. Después de que el banquete en su honor, limara las asperezas entre él y su hijo y reforzara los vínculos con su familia como nunca antes hubiera podido ni imaginar, y una vez, que la improvisada por imprevista, fiesta terminase, Candy acostó a sus dos hijos llevando a la pequeña Marianne entre sus brazos. La niña, envuelta en el fular rosa de su madre daba leves cabezadas y bostezaba de vez en cuando. Su hermano, que iba de la mano de Mark, conversaba en voz baja con su padre para no despertar a su hermana. El pequeño era más inteligente y maduro de lo que su edad parecía denotar en un principio y cuando Maikel intentó que su padre le narrase más hechos de sus aventuras en aquel extraño y distante mundo, Mark que iba a iniciar un nuevo relato, se percató de que su esposa decía a media voz para no despertar a la niña alegremente:
-Ya hemos llegado, queridos niños.
Después de besarles en las mejillas, los felices padres acostaron a sus retoños en sus respectivas camas. La amplia y espaciosa habitación teñida de una evocadora penumbra que la luna proyectaba sobre los lechos de los niños, resaltaba la faz de Candy que se recortaba sobre la superficie plena y blanca del astro realzando su belleza. Mark la contempló admirado y hechido de amor, mientras Candy acariciaba los mechones rubios de su hija, idénticos a los suyos. Marianne contrajo las pequeñas manos en torno al dobladillo de la sábana y se durmió enseguida. A su lado, en la cama contigua, Maikel intentó hablar, pero el sueño terminó por vencerle y cerrando los ojos, no tardó en conciliar el sueño casi de inmediato. Mark, despositó un suave beso en la frente de su hijo. Estaba tan orgulloso de su familia y tan dolido por el lamentable desliz que había tenido que una lágrima resbaló inopinadamente desde sus ojos y mojó la mejilla izquierda de Maikel. Mark temió haber desvelado al niño, pero este no se movió. Respiraba suavemente, con el cuerpo hecho un ovillo en el interior de las suaves sábanas de lino, en los brazos de Morfeo. Candy se aseguró de que las mantas cubrieran a sus hijos de forma adecuada y los arropó cuidadosamente procurando que la ropa de cama no se moviera ni se saliera del colchón. Entonces se reunió con Mark y ambos abandonaron silenciosamente la alcoba. Cuando cerraron la puerta, Maikel se frotó la húmeda y acuosa lágrima de su padre. Contempló sus dedos y musitó mientras un enorme e incontenible sentimiento de culpa, por haber juzgado a su padre, le restallaba en el pecho.
-Papá, papá –susurró mientras ahora eran sus lágrimas las que se deslizaban sobre la almohada recamada de adornos florales.
Mark, en uno de sus acostumbrados e intempestivos periodos de reflexión había dejado la mansión silenciosamente. Candy, pese a que le había rogado que se acostara y que él acudiría muy pronto a su lado, se negó a obedecerle y le siguió lo más discretamente que pudo. Temía que su marido albergara algún otro secreto que Mark se negase a contarle, por lo que envolviéndose en una bata de seda sobre el camisón de largas y flotantes mangas, fue detrás suyo. Aunque se dijo que tal vez sus sospechas fueran infundadas, y que por otra parte, tratar de sorprender a Mark o ir detrás suyo sin que sus aguzados y portentosos sentidos se lo advirtieran era pretender lo imposible. Por otra parte Mark, al que no le importaba que Candy compartiera aquellos momentos de intimidad con él, pese a que se suponía que eran instantes de privacidad muy especiales para él, se sentía dichoso de que aquel ángel estuviera pendiente de él y se preocupara suyo en esa forma. Llevaba la espada refulgente en la cintura, alojada en su vaina adornada con recargados arabescos y sinuosas filigranas. La guarda de la espada pendía de su cinturón. Y entonces, tomó la empuñadura con respeto, casi con veneración y tirando con la mano, la esgrimió con un rápido y fugaz movimiento. Candy escuchó el siseo del afilado acero rozando contra la cara interna de la funda de la espada. Mark esgrimió el acero que proyectaba reflejos dorados cuando la luz de la luna se encontraba por casualidad y de forma fortuita con la bruñida y afilada hoja y comenzó a realizar series de estocadas y movimientos rápidos y sinuosos. Hizo que la espada girara veloz y rápidamente entre sus manos sobre su empuñadura en cerrados giros y molinetes que se sucedían velozmente una vez tras otra. Finalmente se detuvo y la guardó en su alojamiento. En ese momento, sus ojos se dirigieron hacia el arca de la sirge que aun permanecía allí, al pie de las escalinatas de la señorial mansión de su familia. Candy salió a su encuentro. No tenía sentido continuar envuelta en la penumbra, cuando los penetrantes ojos de Mark seguidos de su sonrisa, la reconocieron entre las sombras y alargando la mano derecha la invitó a venir a su lado. Candy se había acostumbrado a aquellas manifestaciones del carácter de su marido y las respetaba. Se había quedado extasiada presenciando la demostración de esgrima que había realizado. Se preguntó que otros secretos y talentos ocultos albergaría su marido.
-Mark eres una caja de sorpresas –dijo la muchacha riendo y abrazándole sorpresivamente.
-Perdóname querida, pero no pude resistir la tentación de probar una espada tan hermosa y magnífica como esta.
Candy se apartó de Mark, y estiró las manos hacia delante con las palmas hacia arriba, preguntando con timidez:
-¿ Me permites observarla de cerca querido ?
Mark afirmó esbozando una sonrisa encantadora. Aquel estilo de sonrisa que se había congelado temporalmente en el rostro de Anthony, cuando le dejó para nacer en el de su esposo, cuando finalmente respondió, tras largo periodo de tiempo a su declaración de amor aceptándole en su vida.
El joven depositó el arma entre las manos de su esposa con cuidado y lentamente. Candy intentó levantarla, pero le resultó difícil, pese a que ejerció toda la fuerza que fue capaz de concentrar en erguir el voluminoso acero. ¿ Qué clase de chica podía manejar un espadón como aquel ? ¿ cómo había podido cautivar a su Mark hasta tal punto que su matrimonio había estado peligrosamente al borde de un abismo ? Sintió unos celos terribles y trató de apartar de su mente, las imágenes de su esposo junto a ella. El mero hecho de recordarlo siquiera, le producía un enojo y un dolor tremendo, a partes iguales. Curiosamente su ira se dirigía hacia la desconocida muchacha, porque había estado a punto de quitarle a su gran amor, su razón de ser. Y curiosamente, reflexionó estremeciéndose, que Julieta, bajo cierto punto de vista, le había alejado igualmente de Terry, su otro amor, en la realidad alternativa que habría vivido, de no irrumpir Mark en 1912, al doble de la velocidad del sonido, tal y como presenció en sus agitados y turbulentos sueños y visiones. Pese a que Mark le había relatado la historia sin dejarse ni una sola coma y le había perdonado antes siquiera de que el joven hubiese empezado su narración de los hechos, no pudo menos que notar un escalofrío al leer el nombre que rodeaba la empuñadura de plata con letras en relieve, y en la que estaba grabada con elaborado y cuidadoso detalle un recargado escudo de armas. Julianus Capuleto.
-El padre de Julieta –dijo Mark ante el asombro que aquella inscripción había suscitado en su bella esposa. Iba a añadir algo más, cuando el arca que contenía la armadura alada de Mark, o que por lo menos lo había sido hasta esos momentos, brilló proyectando un chorro de luz que enseguida hizo que los habitantes de la mansión se despertaran sobresaltados. Se escucharon voces procedentes del piso de arriba y la muchacha levantó la cabeza, temiendo por sus hijos, pero la luz que proyectaba el sagrado objeto era cálida y tenue. Más bien parecía pacífica y serena. Candy sobrecogida, abrazó a su marido buscando su protección. El joven la tranquilizó besándola en los rizos rebeldes que le caían sobre la frente. Candy unió su mejilla izquierda contra la de su esposo con fuerza.
-No tengas miedo amor mío –dijo Mark atrayéndola hacia sí. Jamás nos haría daño. Es más, diría que va iniciar un largo viaje, para un noble propósito.
La pesada caja se abrió y un águila metálica de color azulado surgió lentamente de su interior dejando un rastro aureo a su paso, mientras producía un leve tintineo metálico. Un halo purpúreo rodeaba los componentes de la armadura, que estaban plegados constituyendo la figura de la mítica ave, de formas angulosas y agresivas. El tintineo que emitía y que parecía provenir de su interior, como si alguien agitara un sinfín de campanillas al unísono, fue en aumento. Candy presenció maravillada como de repente, la sirge se agitaba frenetícamente y se elevaba lentamente, aunque la velocidad iba en aumento, hacia lo alto, despegándose del suelo y alejándose gradualmente del arca y de Lakewood, lista para esfumarse entre las estrellas del firmamento. Mark contempló la caja vacía con gesto serio y respetuoso y declaró solemne mientras Candy apretaba su mano derecha con fuerza:
-Romeo se ha convertido en el nuevo guardián.
Sus padres adoptivos junto con el servicio salieron al jardín envueltos en sus ropas de cama. Helen con un camisón vaporoso buscaba frenéticamente a Candy creyendo que le había sucedido algo malo, mientras Ernest, más por requerimiento de su esposa y ajustándose el cinturón de su batín, subió las escaleras enfundado en sus pantunflas, y embutiéndose el pijama, para cerciorarse de que sus nietos estaban perfectamente, como así era. Marianne se había despertado con todo el trajín y el trasiego de gentes que corrían de arriba abajo produciendo un ruido peor que el de un terremoto. La niña, que asía su oso de peluche preferido de una de las orejas romas, del pequeño peluche, salió en camisón a la puerta, asustada mientras Ernest la cogía en sus brazos para tranquilizarla. Maikel dormía profundamente, roncando de forma esporádica, como solía hacer su padre, lo cual solía irritar ligeramente a Candy por el ruido que hacía inadvertidamente.
-Abuelo, abuelo ¿ que sucede ? –preguntó la niña preocupada mientras sus ojos negros, tan intensos y oscuros como los de Mark, buscaban sombras misteriosas por los recodos del pasillo restregándoselos con el dorso de la mano, para asegurarse de que no había ningún monstruo acechando en los recovecos del largo pasadizo. Se imaginó entonces a su madre encerrada por su tío Neil, antes de que su duro y ladino carácter, se transformara a mejor, en la lóbrega y abandonada estancia que servía como desván de trastos y muebles desvencijados y en desuso, en el ala más apartada de la mansión de tío Anthony, para que no pudiera asistir a aquel baile. Candy estuvo suplicando y pidiendo ayuda, hasta que su padre, acudió a rescatarla y bailó con ella en la imaginación de la niña, aplaudida por todos y suscitando la envidia de Eliza y Neil que la observaban rabiosos, porque por motivos obvios, no le habían contado la cruda verdad, encerrada en el acto final de aquel dramático relato. Le gustaba tanto aquella historia que no se cansaba de pedirle a Candy que se la repitiera una y otra vez, hasta que se dormía por agotamiento o su madre tenía que atender otros quehaceres.
-No ocurre nada pequeña –le dijo el caballero sonriéndola levemente y haciéndola carantoñas- vuelve a la cama. Se trata de uno de los caballos que se ha escapado, pero los criados han conseguido capturarle –mintió Ernest pensando rápidamente una excusa, aunque dudaba de que su nieta se tragara aquella historia tan pueril.
Pero la niña, a la que la voz de su abuelo, profunda y grave siempre conseguía calmarla, sonrió mientras el amable señor Legan acunaba a Marianne que no dejaba de tironearle los bigotes y reir las ocurrencias e imitaciones que Ernest solía realizar para entretener y divertir a su nieta, y que tanto gustaban a esta, pero que fastidiaban a su mujer. Había tomado la costumbre de su yerno, y no era la primera vez, que la seca y estirada matriarca de los Andrew le había sorprendido parodiándola, ante el embarazo y la vergüenza de Helen, y la sonrisa divertida y cómplice de su marido. Poco después la pequeña estaba durmiendo nuevamente en la seguridad de que nada grave había perturbado la tranquilidad de su vida cotidiana.
Mientras Helen, miraba con ojos desorbitados como una especie de figura de apariencia metálica y provista de alas, continuaba ascendiendo rápidamente envuelta en una luz ambarina que rasgaba las tinieblas de la noche.
-¿ Qué, qué es eso ? –preguntó incrédula, aunque ya se estaba haciendo una ligera idea de lo había tras aquel potente haz de luz.
Carlos y Dorothy escudriñaban la profundidad de la noche. La joven sirvienta se abrazó a su marido musitando débilmente:
-Carlos, esa cosa…me da miedo.
Pero Candy, envolviéndose en su bata para protegerse del frío nocturno pasó la mano por el hombro de su vieja amiga y tomó la mano de su madre diciéndoles a ambos, mientras Carlos miraba de refilón y temeroso el cometa ígneo que se alzaba majestuoso en la oscuridad:
-Es algo maravilloso. Tan bello. Desprende tanta paz e irradia tanta majestad…No debéis tener miedo alguno.
Mark comprobó que aun asía entre sus dedos la maravillosa y enjoyada espada que Conrad le entregara por imperativo de su joven protegida. Sintió que ya no la necesitaba ni que sería digno de ella como para empuñarla. Entonces se le ocurrió que quizás hubiese otra persona más apta que él para esgrimir el deslumbrante acero con brazo fuerte y decidido. La levantó sobre su cabeza y haciendo un molinete, la arrojó con decisión contra la cola de la luz, que la sirge dejaba a su paso. La espada fue al encuentro del aura esplendente que la armadura emitía tras de si, en cerrados giros hasta que se detuvo en mitad de la misma con la punta dirigida hacia abajo. La sirge adquirió renovado impulso y llegó el momento en que solo fue un punto luminoso más, entre los miles de millones que salpicaban el firmamento. La espada de los Capuleto se desvaneció junto a la armadura, emprendiendo un largo viaje. La legendaria sirge revivía de nuevo para proteger a otra diosa, una vez más.
Mark fijó sus ojos en el último y postrer rastro de luz que la sirge dejaba a su paso y musitó lentamente:
-Sálvala Romeo, sálvala y haz que sea feliz. Sin duda ella lo merece, ambos lo merecéis –se corrigió ante el asombro de su suegra política, que le observaba boquiabierta y con ojos desorbitados, sin entender nada de nada, de aquellas evocadoras palabras, aunque con Mark todo era posible, y nada por excepcional que fuera podría superar cuanto estuviera en relación con él.
-Ojalá podáis cambiar vuestro destino –dijo Mark abrazando a Candy que sabía perfectamente a lo que su marido se estaba refiriendo.
-Ojalá –coincidió ella, pese al inicial rencor que había experimentado hacia ella. Sentía lástima y compasión por el trágico destino de la muchacha.
20
-Bueno, con esto ya está.
Haltoran había terminado de atar las correas que me mantenían firmemente asido al habitáculo metálico. Mermadon había sido desconectado, y sus sensibles circuitos estaban resguardados en compartimientos blindados, para permitir que nuestros cuerpos pudieran alojarse en su interior. Haltoran había desplegado los servos que alargaron al prodigioso robot hasta los cuatro metros de longitud, a efectos de que cupiéramos sin problemas, puesto que nuestro querido y viejo amigo robótico, sería el vehículo que nos devolvería sanos y salvos a nuestros queridos hogares., o por lo menos eso esperábamos. Ayudado por Duke y el resto de sus camaradas dispusimos todo para nuestro regreso. A mí me quedaba una sensación de amargura por el futuro de Julieta y Romeo. Esperaba, que aunque la inmortal obra de Shaskeapeare terminara trágicamente, ellos, quizás al margen de lo que el libro reseñaba pudieran vivir sus vidas felices y libres de toda amenaza. De todas nuestras aventuras, aquella se me había antojado la más extraña y tal vez esteril de todas, porque ni Mark ni nosotros, habíamos hallado el menor rastro del temible y escurridizo enemigo del que nos hablara Saori ni habíamos sacado nada en claro, si no teníamos en cuenta, el error que podría haber destrozado el corazón de nuestra querida Candy y que Mark había cometido de forma tan inconsciente como irresponsable. Afortunadamente, a través de las noticias que Annie nos trasmitiera a través de la borrosa imagen que nos llegaba allende el tiempo hasta la pantalla instalada en el pecho del colosal robot, la muchacha parecía haberle perdonado. Recordándolo, mientras Haltoran afianzaba los correajes que me mantendrían inmóvil durante el duro viaje de vuelta asentí diciendo:
-De eso no os quepa la menor duda. Mark, cuando se entristece o está afligido no es precisamente discreto en cuanto a materia de sentimientos se refiere.
Finalmente no iríamos a Mantua. Pese a la generosa oferta de Lady Ariel, el regreso de Mark a la que ya considerábamos como nuestra época, había terminado con las únicas razones que podrían habernos mantenido afincados allí. Yo, por mi parte, deseaba regresar cuanto antes. La experiencia de Gradisca me había puesto los pelos de punta y no deseaba ni por asomo, pasar otra experiencia parecida si no peor. Por otro lado, según las últimas noticias que Rand nos había transmitido, algo raro flotaba en el aire Se podía paladear y sentir de forma intensa la tensión contenida y que pugnaba por estallar en el enrarecido ambiente de la populosa ciudad. Por todas partes aparecían rosas marchitas y macilentas y las espadas y las armaduras pasaban secretamente de mano en mano. Allí se estaba gestando una revolución contra el poder establecido.
-Mucho me temo que muy pronto los Montesco se alzarán en armas –observó Haltoran mientras hacía las últimas comprobaciones en el estado general de Mermadón, que había sido transformado en máquina del tiempo- sus partidarios se están moviendo rápidamente.
-Cierto –asintió Rand que me pidió que me tendiera y cerró sobre mí la compuerta de kevlar de mi compartimiento trasero- no tardará demasiado en suceder algo y muy grande.
No me hacía ninguna gracia la idea de estar a oscuras, pero todo era preferible para salir de allí cuanto antes. No me había gustado en modo alguno la idea de venir y apremié a Haltoran para que ocupara su sitio en Mermadón y nos fuéramos de allí cuanto antes.
Rand estrechó la mano de Rand y todos, hasta el arisco y solitario Gray dejó por un momento sus herramientas y útiles de trabajo y se aproximó a despedirnos. Cinthia lamentó no haber conocido a Mark. Lo mismo que sus compañeros. Pero si nosotros habíamos tenido una razón para estar allí, ellos no disponían de ninguna. Habían sido catapultados a aquel enigmático mundo, dimensión o tiempo. Aun no teníamos claro a donde habíamos ido exactamente a parar. Pero el hecho de que captaran una transmisión de su planeta era algo que aun no habían asimilado. O era una trampa, lo cual no podía descartarse en modo alguno, dado que Laertes había cursado orden de busca y captura sobre ellos, con la ayuda del siniestro acólito del doctor Infierno, pero en cuyo caso ¿ cómo habían averiguado su procedencia y situación ? O una broma, lo cual era aun menos realista que la primera posibilidad. La noticia de que Esperanza, estaba en paz, y había ganado la guerra era una cuestión tan tentadora y atrayente que era poco más que imposible que fuera una encerrona o una cruel burla. Los datos eran demasiado precisos, las informaciones exactas y concisas. Finalmente Gray esbozaría una teoría plausible, cuya veracidad no tardaría en quedar fuera de toda duda.
-Lo más seguro es que hayamos ido a parar a un mundo no muy distante de Esperanza. Puede que no estemos en otro tiempo u otra dimensión a fin de cuentas. Por eso la señal de radio ha llegado por casualidad a nuestros receptores.
Haltoran saludó a todos estrechándoles la mano con fuerza y se situó en su estrecho cubículo situado en la parte frontal de Mermadon. Rand cerró la puerta blindada con la ayuda de Luke y ambos amigos ocuparon su sitio en una especie de control improvisado a toda prisa.
La discusión relativa a si Esperanza seguía siendo un mundo atenazado por la guerra o había conquistado su libertad, era apasionante y fructífera, pero por el momento debería aplazarse, puesto que Gray, Luke y Oliveros debían ayudar a sus amigos a hacer posible que Haltoran y yo, retornáramos a nuestro mundo. Con la colaboración de Gray y una grúa movida por el motor del CT-8, dispusieron a Mermadon en una larga y precaria rampa de lanzamiento formada por dos rieles gemelos y que habíamos construido con piezas de desecho del tanque. Rand apretó el botón del control central tal y como Haltoran le había pedido que hiciera y las toberas instaladas en los pies metálicos del pesado y voluminoso robot, quedaron al descubierto. En medio de un estampido que procuramos que fuera el menor posible, Mermadon se deslizó por los rieles recién engrasados para que se moviera mejor por su superficie hacia lo alto. La rampa de lanzamiento apuntaba hacia arriba y tembló gimiendo lastimosamente bajo el peso del robot, que partía con nosotros dos dentro hacia lo desconocido. Yo, en la oscuridad de mi prisión me puse a rezar lentamente con las manos entrelazadas, mientras Haltoran aferraba con fuerza contra su pecho una fotografía de Annie y de su hijo Alan. Justo en el momento en que Mermadón remontaba pesadamente el vuelo, la rampa de lanzamiento se deshizo en pedazos y las piezas de hierro cayeron desmadejadas a tierra como los componentes oxidados de un malogrado mecano.
-Ojalá lo consigan –dijo Rand a sus amigos, mientras sus brazo derecho reposaba en los hombros de Luke y el izquierdo en los de Oliveros.
Luke y Oliveros asintieron. Cinthia se llevó una mano a modo de visera a la frente para observar mejor como un robot propulsado por iridium puro que expelía con violencia por sus toberas, y con forma de bala, ganaba altura a gran velocidad en medio de una estela de fuego con dos locos inconscientes en su interior, que ligados a otro no mucho mejor que ellos por una inquebrantable amistad, se abrían camino en las inmensidades del tiempo o tal vez del espacio, para encontrarse con él cuanto antes. Aquel joven triste y solitario había puesto en marcha la mayor aventura de nuestras vidas. Hasta Gray levantó su cabeza dorada y alzando una mano, más bien una especie de tenaza de acero, improvisó una suerte de saludo. Escucharon entonces unas palabras que nunca creyeron posibles, en un robot como Gray, pero que sin lugar a dudas provenían de él.
-Suerte amigos. Ojala lo logréis.
Sus cuatro amigos humanos les miraron en medio de un prolongado silencio, sin articular palabra.
21
La rebelión había estallado por toda la ciudad de Neo Verona. En el cielo, se deslizaban como sombras huidizas y fantasmales cientos de pegasus cabalgados por rebeldes y en tierra, largas columnas de infantería leales a los Capuleto se dirigían lenta pero inexorablemente hacia la ciudad sitiada. Cualquier intento de resistencia por parte de Laertes estaba condenado al fracaso. Ceñudo y con una expresión de ira en su pétreo rostro, se mesó la barba mientras contemplaba con ojos crueles y fieros a su aliado, pero el Barón Ashura le miró con indiferencia.
-Me prometisteis la victoria a cambio de mi lealtad. Me jurasteis que con vuestra ayuda dominaría el mundo –gritó colérico, mientras alzaba una copa de vidrio con un recargado ornamento de jade montado sobre el borde, que representaba a un dragón cuya cola serpenteaba hasta el fino y tallado mango de la copa. Se llevó al recipiente a los labios bebiendo con ansia un vino muy suave y espiritoso, de los que se cultivaban en los viñedos de Mantua y que reportaban la merecida fama que tenía la ciudad y la región circundante, como mayor productor de selectos y refinados caldos, en todo Nevus. Los ojos del barón Ashura brillaron con un fulgor malévolo, mientras esbozaba una sonrisa burlona.
El barón Ashura lanzó una corta carcajada. Nevus no tenía nada que ofrecer a la causa de su señor y menos una insignificante ciudad como Neo Verona. Finalmente, el doctor Infierno le había revelado la verdadera naturaleza de su misión allí. El barón Ashura montó en cólera, por el papel secundario y marginal que su señor le había asignado. Todo se había reducido a una maniobra de distracción para engañar y alejar a Mark de Candy, plan que finalmente no había dado resultado. Por otra parte, los tremendos problemas de disciplina y orden que el doctor Infierno tenía en el seno de su organización y que no sabía como atajar, impedía que por el momento, pudiera castigar a Ashura, por el imperdonable fallo de haber perdido de vista a Mark, y no haberle avisado a tiempo de que retornaba a 1924, por lo que había ordenado perentoriamente a Ashura que regresara cuanto antes para ayudarle a poner orden entre las máscaras de hierro que a cada día que pasaba, se hundían más en la anarquía y en el caos, arrastrando a más soldados con su ejemplo. Ashura debía lealtad a su señor, pero el agravío en su contra, había sido la gota que había colmado el vaso y que unido al maltrato que el doctor Infierno le había dispensado durante años, hizo que se replanteara su fidelidad. Ashura que no era tonto sopesó los pros y los contras de la nueva y recién creada situación. Todavía contaba con unos pocos cientos de máscaras de hierro leales, pero su número era insuficiente para vencer a los partidarios de Julieta Capuleto, aunque no para hacer un trato con ella. Hizo un gesto con la mano derecha, chasqueando los dedos y en unos instantes cuatro corpulentos máscaras de hierro rodearon a Laertes, sujetándolo con fuerza. El enfurecido y sorprendido dirigente se debatió pataleando furiosamente. Trató de asir su espada, pero los dedos no le respondieron y su mano derecha cayó fláccida pegada a un costado de su cuerpo que se negaba a obedecerle. Su mente empezaba a divagar. Entonces entendió la razón del irónico rictus que se dibujaba en sus dos rostros.
-Me…me habéis envenenado –exclamó el Gran Duque mientras la copa resbalaba de sus dedos haciéndose añicos al chocar contra las baldosas de mármol –maldito seáis Ashura.
-Sí –respondió el barón Ashura mientras sus dos voces masculina y femenina se expresaban al unísono coreando las palabras con un deje sarcástico- pero no temáis por vuestra vida. No os he administrado una sustancia mortal. Es sólo una potente droga que os hará dormir por unas horas.
-¿ Por…por…qué ? –preguntó con voz gangosa echando su imponente planta hacia delante. Trastrabilló pesadamente dando unos cortos y torpes pasos. Su gorra de dignatario resbaló de sus largos cabellos oscuros y él mismo hincó la rodilla sobre el suelo de mármol ricamente decorado para finalmente, vencido por el poderoso narcótico que Titus le había suministrado disimulado en el vino, se desplomó a los pies del barón Ashura. El siniestro personaje esgrimió su tridente como si reafirmara su posición dominante sobre el narcotizado Laertes y le respondió cuando ya no podía oírle:
-Supervivencia, amigo mío, supervivencia. Si os entrego con vida a los partidarios de Julieta Capuleto, tal vez obtenga una condición ventajosa para mí y mis hombres y un trato de favor. Lo que luego ellos hagan con vos, me trae sin cuidado. No es cosa mía.
Ashura avanzó hasta el trono de Laertes, que pronto pertenecería a los Montesco de nuevo. Acarició la mullida tapicería con dedos trémulos y se sentó en el antiguo sitial del Gran Duque, admirando el lujo señorial y barroco de lo recargado y decadente que le resultaba, por lo menos para su gusto del que hasta hacía unos pocos minutos había disfrutado aquel hombre poderoso cuya ambición desmedida, había terminado por perderle. Ashura sonrió. El lujo y el boato de la corte de Laertes le habían seducido. El clima de Neo Verona era excelente, lo mismo que la comida, el buen vino y las hermosas mujeres que se le habían disputado pugnando entre ellas duramente por obtener sus favores. Ya no le interesaba conquistar el mundo, porque había encontrado otro más acorde para llevar una existencia sosegada y en la que primara, aunque fuera, un austero lujo. Ashura impartió una seca orden y una patrulla de máscaras de hierro trajeron a Mercutio, el favorito de Laertes, e hijo de Titus, y del que no se fiaba ni un pelo. Temeroso de que pudiera atentar contra Laertes, había mandado apresarle. Tal vez, la nueva soberana de Neo Verona apreciara sinceramente el ofrecimiento de otro valioso prisionero, y tal vez, aumentara su recompensa por el doble servicio ofrecido. Mercutio no se atrevía ni a levantar la cabeza, temeroso de que aquel hombre espeluznante, o lo que fuera se incomodase con él y ordenara a uno de sus soldados ejecutarle sin miramientos ni contemplaciones.
Ashura bebió un sorbo de vino esta vez, sin adulterar, que uno de sus leales máscaras de hierro le escanció rápidamente, en un vaso de plata. Paladeó el vino con placer y la satisfacción se plasmó en sus finos y cincelados rasgos a la par que extraños y no exentos de cierta belleza, bajo la capucha morada y regodeándose en su astucia, pensó complacido:
"La bomba atómica que utilicé para impresionarte –se dijo mientras contemplaba al inconsciente Laertes que yacía grotescamente echado boca abajo, al que realizó un brindis levantando levemente su copa- "era la única que teníamos. Por otra parte, ni arrancando a este planeta toda su riqueza mineral lograríamos ni la cuarta parte de elementos fisionables para producir otra".
En cuanto al doctor Infierno, el barón Ashura no temía sus represalias, porque estaría demasiado ocupado intentando sofocar una rebelión que cada día crecía más y más en fuerza y adeptos, y no solo en el campo de batalla, sino también en el interior de sus filas, donde supuestamente debería sentirse seguro, como para preocuparse por un lugarteniente díscolo y oportunista.
Cuando Julieta rodeada de sus partidarios se presentara allí, él la recibiría personalmente, para entregarle a sus prisioneros y a cambio, esperaba obtener de su benevolencia un pequeño palacete con algunos sirvientes y las comodidades necesarias para pasar el resto de sus días tranquila y holgadamente sin ser molestado. Estaba acostumbrado a severos y espartanos ambientes, por lo que tampoco forzaría demasiado su suerte, pidiendo imposibles.
22
Candy contempló las extrañas y raras pertenencias que albergaba en mi habitación. Sabedora de que Haltoran y yo estábamos en camino, había decidido con la ayuda de Mark y de sus allegados, y por supuesto de su amiga Annie hacer los preparativos necesarios para dispensarnos un gran e inolvidable remordimiento. Cuando hablé con Candy, las lágrimas se asomaron a sus bellos ojos verdes de insuperable belleza. Recordó el lejano día en que hablamos acerca de mí y como lamentando mi soledad y el menosprecio que realizaba acerca de mí mismo, lo cual la ofendió sobremanera, por mi poca por no decir nula autoestima salió a relucir el tema de mis sentimientos hacia ella. La muchacha que había entrado en mi habitación no al objeto de curiosear si no para comprobar su estado, después de tanto días de ausencia observó con interés las maquetas que solía realizar para entretenerme cuando mis obligaciones y compromisos me lo permitían. Cuando rompí con Esther Candy volvió a la carga, retomando el tema de mi soltería. Había estado casado en el siglo XXI y ahora, tras dos fracasos más, el primero con Patty y luego con Esther decidí que ya era el momento de detener aquello y no procurar nuevas tentativas.
-Tienes que salir Maikel –me apremiaba Candy intentando que abandonara mi estilo de vida casi monacal- no puedes estar encerrado entre cuatro paredes todo el día. Aun eres muy joven. Algún día te enamorarás y serás feliz.
Pero yo no necesitaba enamorarme de nuevo, cuando ya lo había hecho de un ser semejante a un ángel encarnado en la tierra. Pero como aquello no llevaba a ninguna parte ni había posibilidades de que prosperase, lo dejé pasar cortándolo con palabras quizás un poco rudas, pero realistas, porque no me andaba por las ramas y menos en casos así. La verdad, es que los cuatro, incluyendo a Haltoran y hasta el propio Carlos nos habíamos prendado de ella, pero solo uno de nosotros tuvo el inmenso privilegio de calar en el corazón de aquella bellísima, voluntariosa y abnegada muchacha que siempre anteponía el bien y la felicidad de los demás a la suya propia. Candy contempló mis maquetas y dioramas y se fijó particularmente en una que representaba un F-18 Hornet disparando una salva de misiles aire aire que partía en medio de unas pequeñas volutas de humo, que me había tomado la molestia y el trabajo de representar lo más detalladamente que supe. Candy pasó las yemas de los dedos por las esbeltas alas triangulares, que lucían las vistosas y llamativas estrellas de las insignias norteamericanas. Frente a él, un avión rival, un SU-27 Flanker ruso, similar en opinión de Candy, a su homólogo norteamericano parecía querer disputar el espacio aéreo de mi habitación, en una imaginaria y fiera batalla aérea. Candy se estremeció. Odiaba intensamente las armas y mucho más desde que había contemplado los devastadores efectos de las armas nucleares en una pantalla de televisión,cuando visitó junto a Mark, el caótico siglo XXI o el pesado y negro RPG-12 de Mark, del que parecía haberse deshecho por lo menos en apariencia, y que hacía tiempo que su esposo no utilizaba desde el ultimátum que le planteó para que se deshiciera de él cuanto antes.
-No quiero esa cosa cerca de nuestros hijos querido. Bastante tengo con hacerme a duras penas, a la idea de ese veneno que corre por tus venas.
Mark había tratado de protestar débilmente, porque el arma era ya no tanto un medio de defensa disuasorio frente a posibles amenazas, si no un recuerdo especial y un tanto peculiar, de otros momentos pasados de su vida. Candy suspiró. No entendía como su marido podía pretender conservar un objeto tan amorfo y feo, de tan poco grato recuerdo para ella, aunque irónicamente les hubiera librado in extremis de más de un mortal peligro. Pensó en el submarino alemán que había torpedeado al indefenso Mauritania y en el ataque de los panzers llevados a un tiempo que no les correspondía por inspiración de una siniestra y retorcida mente, pero tenía muy clara su tajante decisión, y fue inflexible con Mark. Candy no conseguía entender como los hombres se mataban de aquella manera tan atroz entre sí, pese a que Mark hubiera intentado convencerla de que a veces no quedaba otra alternativa que tomar las opciones más terribles y poco gratas.
-Pero amor mío…-intentó Mark razonar con su esposa sabedor de que llevaba las de perder de antemano.
-Elige Mark –le espetó ella sin asomo alguno de ironía o sorna en su voz firme y clara- o esa cosa o yo. La mirada de sus hermosos ojos verdes no dejaban lugar para la réplica o la argumentación razonada.
No quiso insistir. Candy tenía un carácter muy dulce, pero al mismo tiempo, obstinado, orgulloso y decidido cuando la ocasión lo requería. No profundizó más en aquella discusión por temor a importunarla u ofenderla. Bastante increíble le parecía que hubiera perdonado su desliz. Aun temblaba al recordarlo, porque podría haber perdido a la única mujer que amaría de verdad, de todas las que habían pasado por su vida. Asintió con un leve y sumiso "tú ganas Candy", que le reportó un apasionado beso de su bella esposa en los labios, mientras musitaba unas palabras que eran música en sus oídos:
-¡Oh Mark¡, eres tan bueno, dulce y maravilloso…
Así que el arma pasó a custodia de Haltoran, porque Mark tampoco deseaba tirarla ni destruirla, siempre que pudiera evitarlo.
Candy paseó sus arrebatadores ojos verdes, por una fila de miniaturas de carros de combate, que marchaban hacia un imaginario frente de batalla, en ordenadas filas, sobre una estantería que pendía en la pared adornada con motivos florales y cuadros de escenas campestres, sobre mi cama de dosel.
"Extraña combinación" –pensó la muchacha- "máquinas de guerra del futuro en una habitación del pasado".
Pese a la repulsión y horror que le producían las armas, no pudo evitar admirar mi colección de maquetas por su realismo, verismo y minucioso detalle. Se fijó en un M-1 Abrams que apuntaba su cañón hacia delante y que sobresalía de una torreta rectangular enorme, a juzgar por la proporción de su tamaño en relación con el del chasis que la portaba, y al que le seguía muy cerca un Chieftain británico. Un poco más lejos un Centurión también británico, sobresalía sobre la figura algo más achaparrada de un Super Sherman más antiguo y anterior al Centurión. Entonces Candy evocó con horror como una de aquellas espantosas máquinas había estado a punto de aplastarla a ella y a Annie de no ser porque Mark acudió a su rescate, junto a Haltoran empleando primero el arma que tanto detestaba y luego, el iridium que no dejaba de odiar con la misma y fervorosa intensidad, por los sufrimientos que le reportaba a Mark cada vez que recurría a él y por ende a ella, por las consecuencias que ello acarreaba a su familia. Aun resonaba en su cabeza el horrísono chirriar de las cadenas y el terrible rumor que el monstruo de acero producía al rodar sobre el suelo enfangado del frente Occidental en el sector de Cambrai, de la que levantaba trozos de barro y pegotes de tierra apelmazada que proyectaba como las piedras desprendidas de una gigantesca honda.
Hizo una mueca de desdén y se preguntó que podía encontrar yo de fascinante en unas máquinas que aparte de su función destructiva, tenían una forma y una apariencia que le producían repeluznos y sensaciones de rechazo a partes iguales.
Por otro lado, el tiempo que pasó en la Gran Guerra generaron en ella una repulsión compulsiva hacia todo tipo de artilugios bélicos de por vida.
23
Mark estaba de mal humor. Tenía que poner al día todo el papeleo atrasado de las cuentas de los numerosos negocios que la familia Andrew tenía repartidos en los cinco continentes y que ahora eran responsabilidad suya, como nuevo patriarca de los Andrew, desde que Albert ingresara en la cárcel debido a los numerosos delitos que había instigado, algunos realmente graves.
Vinos de los más escogidos y selectas vides de Italia y del sur de Francia, delicadas porcelanas chinas, la incipiente industria del plástico que nacía pujante y con fuerza en los Estados Unidos, acciones y participaciones en diversos bancos e instituciones financieras, caucho asiático o finas telas y muebles provenientes de la lejana India, que aun seguía siendo colonia británica. Mark arqueó las cejas y pensó instintivamente en Dallas o Dinastía, las series que había visto, en aquel lejano entonces de su primera juventud, aun completamente ajeno al tremendo golpe de timón que daría su vida y que el destino le tenía deparado. Dejó un momento el memoradum que tenía entre manos y se preguntó si Tony Starks, de haber sido real, tendría los mismos problemas que él, aunque Mark no debía conectarse a un enchufe de la red eléctrica para continuar viviendo, pero el curioso paralelismo que su mente estableció de forma inconsciente entre ambos, le hizo sonreír levemente. Sin embargo, sin el iridium podría perder la vida, ya que se había convertido en una parte fundamental e irremplazable de su sangre, mal que le pesara.
Sentado en el sillón de cuero repujado que perteneciera al todopoderoso magnate, ahora era él el que asumía dicho papel desde que la tía abuela Elroy le designara como sucesor. La estirada y altiva anciana hubiera preferido a Archie o quizás a Stear como nuevo continuador de la labor de su malogrado sobrino, pero Archie estaba demasiado ocupado con su profesión de jurista como para además, ocuparse de una tarea que aparte de desagradarle podía restarle el escaso tiempo libre que le quedaba debido a su profesión. En cuanto a Stear, se encontraba como pez en el agua, trabajando para Ernest en su empresa de patentes e invenciones y era tontería considerarle como un serio candidato para ocupar el antiguo puesto de Albert. Anthony había declinado su oferta para disgusto de la anciana que había depositado sus últimas esperanzas en que un miembro de la familia asumiera la fundamental misión de sobrellevar el peso de las finanzas de los acaudalados Andrew. Por tanto, al haberse quedado sin candidatos válidos, y muy a su pesar tuvo que contar con Mark el cual continuaba desagradándola, pero el hecho de haber salvado las vidas de sus queridos sobrinos-nietos Anthony y Stear había hecho que tras una meditada y largamente sopesada decisión le designara a él, para el importantísimo puesto. De la noche a la mañana, Mark se había convertido en un rico y adinerado magnate con una esposa maravillosa y una familia de ensueño. Pero la burocracia, el papeleo con sus interminables balances, cuentas, requisitos y consejeros acudiendo todo el día a su despacho le estaban levantando un dolor de cabeza considerable y hacían que se enojara con facilidad. Aunque la situación creada era en parte culpa suya, debido a que durante su prolongada ausencia el volumen de trabajo acumulado por los exitosos y diversos negocios del imperio comercial de los Andrew había desbordado la capacidad de los administrativos y expertos contratados para llevar al día las cuentas y cuando Mark retornó se encontró con la desagradable sorpresa de que una montaña de papeles y asuntos pendientes por resolver, le aguardaba sobre la mesa de trabajo de su despacho. Llegó un momento en que arrojó la calculadora que le había prestado y que fue otra de las escasas pertenencias que pude rescatar, cuando huía de Norden y sus secuaces. Candy me había observado extrañada y aparte de preguntarme que era aquella especie de tableta con teclas y una pequeña ventana, quiso saber como es que en una huída tan precipitada como aquella se me ocurrió cargar con tantas cosas innecesarias. Me encogí de hombros y respondí:
-No lo sé Candy. Quizás se deba a que pensé que me podían hacer falta más adelante…o más atrás según el punto de vista. También lo achaqué a que intentaba conservar un pedazo, aunque fuera exiguo de mi estilo de vida anterior
-Esto no se acaba nunca –masculló sonoramente mientras la puerta del despacho se abría de repente y Candy entraba empujando el batiente con el codo, mientras portaba entre las manos una bandeja repleta de comida para su esposo y ella. Había horneado pan que reposaba sobre un lateral de la charola y un delicioso plato con un par de huevos revueltos y un bistec con sus correspondientes cubiertos, atrajeron por su delicioso aroma, la atención de Mark que se masajeaba las sienes con las yemas de los dedos del cansancio que tanto cálculo y asiento contable le estaba produciendo y que empezaba a pasarle, nunca mejor dicho, factura, aunque con escasos o nulos resultados a juzgar por la cara de fastidio que ponía y los cambios de postura continua que le hacían removerse cada dos por tres en su asiento.
Entonces Candy se puso detrás suyo y depositando sus dedos sobre las sienes y el cuello de Mark empezó a moverlos diestramente para aliviarle la tensión acumulada por tantas horas de trabajo, en círculos concéntricos unas veces, y otras, de arriba abajo con rapidez. El joven cerró los ojos y esbozó una sonrisa de placer mientras la agradable sensación de bienestar alejaba el agarrotamiento de sus músculos, disipándolo como por arte de magia.
Mark pareció sentirse mejor gracias al alivio que las expertas y delicadas manos de su esposa le habían reportado y le hizo un gesto de que ya era suficiente. Se preguntó como aquella maravillosa criatura tenía tantas habilidades, y la pericia necesaria para ejercitarlas de forma tan experta, aparte de su don de gentes y el carisma que había suscitado la insana e injusta envidia, y el odio de sus ahora hermanos adoptivos, que tantos sufrimientos le reportaran. Ante la sorpresa de Mark, Candy dio un pequeño salto y enlazando sus manos sobre la espalda le explicó:
-Forma parte de nuestra preparación como enfermeras, para aliviar los dolores de los pacientes.
Mark paseó la vista por los rimeros de papeles que semejaban pequeñas cordilleras erizadas de cifras y números, y pensando en el trabajo que aun le quedaba por delante, pendiente, lanzó un reniego:
-Mierda de papeleo.
Candy depositó la bandeja entre los papeles que abarrotaban el escritorio de Mark, sorteándolos como buenamente podía y desparramando, aun pese al cuidado que puso, algunos folios que cayeron al suelo de maderas nobles, y besándole en la mejilla dijo mientras enlazaba sus brazos en torno al cuello de su marido:
-No me seas arisco mi amor y no digas palabrotas –repuso Candy mientras iba sirviéndole la cena tras desasirse de él- ya sabes que nunca me ha gustado esa fea costumbre.
Mark lanzó un suspiro apartando un legajo de facturas con la mano y moviendo otro de albaranes con el codo derecho para poder reposar sus manos sobre el tablero de madera de la mesa..
-Perdóname cariño –dijo Mark siempre tan solícito y atento mientras tomaba la mano izquierda de su esposa entre las suyas para descansar su cabeza brevemente sobre el dorso de la mano de Candy- pero todo este papeleo es superior a mis fuerzas. Nunca me ha gustado la contabilidad ni las matemáticas.
Candy sonrió ante la desazón de Mark frente a los números. No realizó la observación pero se le antojó divertido el hecho de que el hombre que era capaz de desafiar al tiempo y cambiar el curso de una guerra, se ofuscaba porque no podía lidiar con aquellos malditos números que se sucedían sin solución de continuidad de forma que parecían multiplicarse hasta el infinito. Pensó en como la bondadosa señorita Pony y la abnegada hermana María insistían siempre en la importancia de la aritmética y las matemáticas. Mark no habría resultado un buen alumno para sus pacientes y didácticos métodos de enseñanza. Candy le sugirió entonces que lo dejara en manos de los asesores de la familia, pero la tía abuela había sido rotunda. No más dinero para contratar nuevos asesores, porque últimamente el presupuesto de los Andrew se había disparado y en asuntos económicos, ella tenía la última palabra, aunque estuviera retirada de las principales actividades del clan familiar. La anciana tenía la firme intención de realizar economías costase lo que costase.
-Da la casualidad –explicó Mark a su esposa, que también se había traído su propia cena para comer en compañía de su esposo y aliviar un poco el stress que le producía todo aquel ingente y numeroso aluvión de papeles –que hay varias operaciones económicas tan complejas y sumamente complicadas que no me fío de esos expertos asesores. Y como la tía abuela se niega a que contratemos a gente más ducha que yo, heme aquí.
Hizo un elocuente gesto con la mano, abarcando la muralla de papeles, impresos y documentos que se agolpaban sobre su mesa y en algunos casos sobre las mullidas butacas y valiosos canapés que amueblaban el lujoso gabinete que había pertenecido a Albert y que ahora era de su propiedad. Si la tía abuela, hubiera en esos momentos presenciado con sus propios ojos el estado de desorden, y en la leonera en que se había transformado el despacho…
Candy se llevó las manos a los labios y no pudo evitar que una alegre y sonora risa se le escapara de repente. Mark arqueó las cejas y cogiendo un trozo de pan, lo probó asintiendo visiblemente complacido.
-Está delicioso cariño –dijo él masticando a dos carrillos, mientras cortaba otro trozo y abriéndolo en dos mitades casi simétricas, metía entre rebanada y rebanada un trozo de la tierna y jugosa carne improvisando un bocadillo. Candy alzó las cejas. Ahora el que reía ante el asombro de su esposa era Mark. No que es a la muchacha le desagradase que alguien degustara la comida de aquella manera, todo lo contrario, sino porque no había vuelto a ver como alguien se preparaba un bocadillo desde hacía mucho tiempo, por lo menos en Lakewood, como no fuera yo, Carlos, Haltoran o el propio Mark. La tía abuela siempre le había afeado la conducta cuando alguna vez la había sorprendido degustando enormes bocadillos de carne embutida en pan blanco con queso tierno, porque consideraba aquella manera de alimentarse como chabacana y propia de gente zafia y maleducada, lo mismo que subirse a los árboles o voltear el lazo. Candy rió quedamente al imaginarse a la anciana aristócrata poniendo su característica cara de horror ante todo lo que la desagradaba y se preparó otro emparedado. Mark tenía hambre. Hacía unas horas que no había comido nada, y llevaba encerrado en el despacho desde el mediodía tratando de poner en orden los negocios de la familia, o por lo menos los más urgentes y que requerían mayor y pronta atención. Se lamentó de que George no estuviera allí. Le habría venido bien su sabiduría y experiencia, pero desde que se ausentó precipitadamente por un turbio asunto de su pasado no se le había vuelto a ver el pelo por Lakewood. Por otra parte, Mark, siempre había querido hablarle, para disculparse sinceramente por el puñetazo que le propinara hacía ya tantos años a bordo del Mauritania en el pómulo izquierdo, debido a un malentendido, cuando rescató, o se llevó inopinadamente a Candy, según la versión, del barco en el que se dirigía a Londres, para ingresar en el Real Colegio de San Pablo por orden expresa de Albert, con el único fin de separarles. No pretendía causarle daño, pero cuando percibió el negro y voluminoso revólver de tambor entre sus manos, reaccionó instintivamente y le noqueó porque creía que trataba de herir a Candy, cuando el bueno de George solo quería proteger a la muchacha, creyendo a su vez que Mark era el agresor.
Candy arrimó una silla a la mesa y se sentó frente a Mark disponiéndose a comer con él, mientras algunos papeles volaban desde el borde del escritorio para depositarse sobre el suelo de madera.
Mark desgajó otro trozo del sabroso pan de molde que Candy había cocinado especialmente para él y lo untó en uno de los huevos, comiéndolo con fruición. Candy negó con la cabeza mientras una encantadora y perturbadora sonrisa iluminaba su rostro. Mark alzó la cabeza sorprendido y la dirigió una mirada enamorada porque era como si el Sol hubiera entrado de repente en aquel oscuro y añejo despacho que olía a antigüedad y a librería de viejo. Se contemplaron unos instantes. Entonces Candy aferró con fuerza la mano derecha de su marido. Sus ojos verdes, tan intensos y hermosos hacían que Mark bajase un poco la cabeza, porque su mera contemplación le producía una intensa turbación que a duras penas podía dominar, y Candy no podía dejar de sentir lo mismo. Las pupilas de Mark la habían hechizado desde el primer instante en que le conoció, de pie sobre una de las ramas más bajas que se doblaban bajo su peso. Ambos revivieron su primer instante juntos, y de repente no estaban en el despacho amueblado con decadente lujo y muebles de fina y exótica madera oriental, si no en la colina de Pony, el uno frente al otro, bajo el Padre Arbol que fue testigo de su incipiente amor. Candy inclinó la cabeza haciendo que algunos de sus rizos dorados cayeran en cascada, sobre su mejilla dorada.
"Mark amor mío" –pensó- "si volviera a perderte, si te alejaras de mí de nuevo…no sé lo que haría".
Mark como si estuviera en conexión mental con ella y le hubiera leído el pensamiento, esbozó otro que cruzó velozmente por su mente:
"Eres mi luz, mi razón de ser, mi Candy, mi dulce y amada esposa. Si te perdiera…".
El hechizo se mantuvo hasta que de repente una voz nerviosa y asustada atrajo su atención. Mark y Candy se levantaron al unísono de sus asientos y se asomaron apresuradamente por la ventana que daba a los jardines principales que se extendían hasta el portal de las rosas. Dorothy señalaba a un objeto metálico que semejaba un destartalado y precario cohete por su forma ahusada, como de bala, que descendía del cielo en medio de una densa humareda, al tiempo que un gran penacho de humo negro emergía de unas toberas propulsoras situadas en su parte inferior, produciendo un leve zumbido. Mark creyendo que Dorothy estaba en peligro saltó por la ventana antes que Candy pudiera impedírselo. La muchacha extendió los brazos para detenerle, pero cuando fue a zafarle por el antebrazo derecho, Mark ya había llegado abajo tras salvar la escasa altura que le separaba del suelo. Candy bajó por el canalón como en sus mejores tiempos en los que trepaba a los árboles con destreza y se mecía de las ramas, para tomar impulso y saltar de un árbol a otro con movimientos gráciles y precisos. Mark se adelantó hasta Dorothy para tranquilizarla protegiéndola con su cuerpo. Candy llegó a la altura de ambos y sus pupilas verdes se estremecieron al distinguir como aquella columna de acero de descomunal altura se quedaba clavada sobre la hierba. Mark se echó instintivamente la mano al bolsillo de su pijama de tela, sobre el que llevaba puesto un albornoz verde con franjas rojas, pero de pronto recordó que su arma de asalto se había quedado en depósito en casa de los Brighten, al cuidado de Haltoran. Solo esperaba que nadie de la familia lo descubriera. Entonces pensó en recurrir al iridium. Candy presagiando lo que Mari pretendía hacer chilló con una mezcla de miedo y de ira:
-No Mark, ni se te ocurra. No te atrevas a hacerlo.
Pero su esposo estaba decidido a proteger a Dorothy y a ella como fuera. Entonces el tubo metálico vibró levemente y se abrió, cayendo de la parte superior un hombre pelirrojo de ojos verdes claros y sonrisa socarrona que saltó ágilmente al suelo. De la parte de abajo, otra compuerta metálica chirrió empujada por una mano pequeña y regordeta, al tiempo que yo emergía lentamente medio mareado aun por la tremenda aceleración y la oscuridad reinante en el interior de Mermadón. Candy dio un grito de sorpresa y desprendiendo una larga hilera de lágrimas corrió a nuestro encuentro. Me abrazó tan fuertemente que rodé por tierra asido a ella mientras Mark, tan emocionado como ella se plantó en dos zancadas ante Haltoran. Ambos hombres se abrazaron palmeándose la espalda con afecto. Noté el suave cuerpo de Candy presionando levemente contra el mío. Se había vuelto a peinar con sus características coletas adornadas con grandes lazos similares a flores ornamentales y lozanas, y sentí su aliento fresco y ligeramente caliente. Desprendía un leve aroma a menta y a lavanda, ese aroma que te hace sentirte vivo y pensar en un maravilloso recuerdo de infancia al que anhelas volver para escapar de la soledad de tu mundo de adulto gris y frío. Entonces sus lágrimas mojaron mi cara empañándome las gafas. Sentí sus sollozos a través de mi piel y como se estremecía por el llanto que la aquejaba.
-Maikel, Maikel, te he echado tanto de menos…tanto…
Y yo también por supuesto. Me erguí lentamente ayudado por ella y traté de consolarla lo mejor que supe.
-Tranquila querida Candy, tranquila, ya estamos aquí, y no volveremos a irnos.
Entonces miré a Mark, el cual rehuyó mi mirada porque mi inteligente amigo intuyó el velado reproche que le lancé mientras Candy ajena a aquello, continuaba estrechándome entre sus brazos. Su cabeza reposaba sobre mi hombro. Sentí un estremecimiento y contuve mis tremendos deseos de manifestarle mis sentimientos, pese a que ya lo hubiera hecho una vez antaño.
Cuando me encaré con Mark, este se limitó a estrecharme la mano derecha con fuerza mientras musitaba débilmente y con veneración:
-Maestro, querido maestro.
También recibimos como cabía esperar, las felicitaciones de Dorothy que se congratuló de que estuviéramos bien y de una pieza y que el peligroso y largo viaje de regreso, hubiera ido mejor de lo que esperaba. Me llevé las manos a los riñones porque la incómoda postura mantenida durante horas en el habitáculo anti-ergonómico que Haltoran había diseñado, haría que me doliesen durante un tiempo, pero nada que un largo y reparador descanso en la idílica Lakewood no pudieran solucionar. Mientras nos saludábamos, abrazábamos y hacíamos bromas, Haltoran extrajo una especie de mando a distancia y apretando un botón, Mermadón empezó a cobrar vida, adoptando su forma habitual. Sus mecanismos y microcircuitos ocuparon su lugar en el habitáculo llenándolo completamente después de salir de los compartimientos blindados que los mantenía plegados y a salvo de golpes o daños fortuitos, a continuación su altura se redujo a la mitad, recobrando la estatura habitual, para que finalmente, un par de brazos y piernas nacieran del torso del robot y extendiéndose hasta recuperar su longitud. Sus extremidades iban apareciendo en forma de anillos concéntricos y cuando uno terminaba de emerger, otro le seguía y así sucesivamente hasta dotarle de capacidad de movimiento y equilibrio. Mermadon flexionó sus piernas poniéndose en pie, a la vez que sus manos acababan de formarse. El último paso fue encender sus funciones vitales. Los sensores ópticos rojos brillaron como ascuas de luz y la rejilla metálica que hacía las funciones de boca, se iluminó con un haz rojizo que conformaba su sonrisa.
-Yo también he vuelto –dijo con su acostumbrada y familiar voz almirabada.
En ese momento, una figura femenina se acercó corriendo y materializándose en la lejanía. Llevaba un sencillo vestido azul que le llegaba por las rodillas y con un vistoso lazo detrás, que flameaba como una bandera al viento. Los cabellos negros sobre los que se mecía una cinta roja saltaban al ritmo sincopado de sus veloces piernas. La chica tenía unos enormes ojos azules y su voz iba desgranando un nombre masculino, que al escucharlo hizo que a su portador se le pusiera carne de gallina.
-¡Haltoraan!, -gritó la muchacha mientras redoblaba el frenético ritmo de sus piernas- Haltoraann- repitió mientras alzaba la mano derecha y el corazón le latía desbocado.
Haltoran se detuvo perplejo y sus labios dibujaron una mueca de alegría indescriptible. Antes de que pudiéramos siquiera darnos cuenta, el joven echó a correr gritando con fuerza el nombre de la muchacha:
-¡!Annnieee!, ¡ Annieee!
Ambos fueron al encuentro del otro lo más velozmente de que fueron capaces. Cuando se encontraron Haltoran alzó a su esposa en vilo riendo estruendosamente. Annie visiblemente feliz suplicó a su marido que la dejase en el suelo. Candy trataba de aguzar la vista para distinguir que sucedía entre ambos, pero finalmente optó por acudir junto a sus dos amigos. Corrió con agilidad, aunque no logró alcanzar a Mark que iba en cabeza raudo hacia la pareja que permanecía abrazada tiernamente, mientras las lágrimas de Annie se posaban sobre el hombro de Haltoran. Yo tardé un poco más llegar, jadeante y sin aliento. La amable y obsequiosa Dorothy me ayudó a cubrir los últimos metros mientras me recomendaba amablemente que no debería hacer tales esfuerzos que suponían que me fatigase enseguida. Cuando estuvimos a su altura, los cuatro fuimos testigos de una adorable y tierna escena. Haltoran y Annie se besaban largamente mientras las lágrimas de ambos se entremezclaban formando un solo reguero que goteaba sobre la hierba.
-Te he echado tanto de menos…-musitó Annie entre sollozos y con voz entrecortada –tanto…-recalcó.
-Alan no hacía más que preguntar por su padre –añadió uniendo su frente a la de Haltoran, que seguía depositando suaves pero apasionados besos en sus mejillas, cuello y labios mientras acariciaba los cabellos negros y sedosos de Annie y enterrando sus dedos entre los mechones oscuros, de la cabellera de su esposa.
-No sufras más mi pequeña dama –le dijo cariñosamente su marido utilizando el calificativo que empleaba con ella desde que se conocieran- no volveré alejarme de tu lado, nunca más.
Mark y Candy se tomaron de la mano. Aquel cuadro era tan dulcemente evocador, que Dorothy no fue capaz de reprimir sus lágrimas. Pasé mi mano sobre sus hombros intentando confortarla, y yo no supe como, noté como dos lágrimas cálidas y furtivas, seguidas de otras dos más y así sucesivamente rodaron por mi cara. Lloraba, pero no como Dorothy que agradeció mi gesto y reclinó su cabeza en mi pecho. Me sentía solo. También quería participar de una felicidad similar, cosa que Candy captó enseguida. Mientras permanecía abrazada a Mark, sus ojos verdes me miraron brevemente, y noté como la pena que destilaban me taladraba el alma. Entonces lancé un hondo suspiro y murmuré en español, en las contadas ocasiones que utilizaba mi lengua vernácula:
-Donde manda patrón…
24
Había estado en África, y sentido la libertad en el pleno significado de la palabra, bajo el ardiente sol del trópico y disfrutando de la vida en comunión con la naturaleza como nunca lo hubiera hecho antes. Las sabanas eran enormes extensiones verdes que se deslizaban ante sus ojos ansiosos por verlo todo, por captar aquella belleza, hasta la más íntima fibra de su ser y atesorar los secretos que se escondían en la lujuriante y esplendente naturaleza de África. Entonces una voz severa y dura le sacó de su ensimismamiento. Se giró lentamente retornando de sus ensoñaciones y se encontró frente a uno de los guardias de la prisión, que llevaba un siniestro uniforme oscuro, en el que destacaba brillando de manera hiriente una estrella de ocho puntas sobre el bolsillo derecho de la camisa, que se repetía en una versión más pequeña, sobre la visera de la gorra de plato del funcionario. Del cinturón colgaba un manojo de llaves, un revólver de cañón largo, unas esposas y una porra de caucho que no sería la primera vez, que había utilizado contra algún recluso cuando pretendía desahogar su mal humor con alguien o simplemente por el mero hecho de hacerlo.
-Andrew, tu rancho –dijo un hombre grueso de pelo ralo bajo la gorra, con una sonrisa cruel que dejaba entrever su dentadura cariada y que le tendía una bandeja sucia en la que flotaba un potingue de dudoso aspecto- siento que el chef no tuviese hoy caviar y paté en el menú, a disposición del señor.
Las irónicas y crueles palabras hicieron que algunos de los reclusos corearan las palabras del guardia con carcajadas maledicientes, tal vez para congraciarse con el funcionario, o llevados del odio que sentían hacia los de la clase social de Albert, y en eso no eran muy distinto de Jamerson, el guardia que estaba mirando fijamente y con desdén a Albert. Alguien prorrumpió en una escandalosa risa de hiena aguda e histérica entre la marea de hombres encarcelados por diversos delitos y faltas. Albert extendió las manos mientras el guardia soltó de pronto la bandeja, que produjo un ruido metálico al entrechocar contra el manchado suelo. La comida se esparció por el suelo cubierto de desperdicios y con una pátina de suciedad. Hacía tiempo que el pavimento de la penitenciaría no había conocido ni un solo desinfectante y menos aun una limpieza a fondo. El guardia sonrió nuevamente y dijo con tono jocoso imitando una voz infantil:
-¡Oooh que lástima!, todo por el suelo. Me estoy volviendo muy torpe Andrew.
Luego se alejó redoblando sus carcajadas, después de volver a cerrar la celda de Albert con una gruesa ganzúa que separó del manojo de llaves que llevaba siempre pendido de su cinturón. El cerrojo produjo un descomunal y carácterístico sonido que resonó en la galería de las celdas, cuando sus goznes y mecanismos, fueron accionados por la llave para encerrarle nuevamente, haciendo que su reclusión fuera aun más dramática y agobiante. Aquel sonido del pasador corriendo a lo largo de su acanaladura era para él algo vergonzoso, humillante y una burla cruel porque le recordaba su caída en desgracia, por los fieros sentimientos que le habían asaltado y que profesaba hacia su ahijada, los cuales finalmente, terminaron por causar su ruina en forma de enfermiza obsesión hacia la muchacha.
Albert contempló resignado los restos de su ya de por si magro y repulsivo almuerzo y los recogió limpiándolos lo mejor que pudo. Sonrió tristemente. El era rebelde, libre, y noble. Y de amplios espacios abiertos había pasado al confinamiento en una oscura y sórdida celda de una penitenciaría federal. De estar rodeado de personas gentiles y contar con la amistad y cariño de un ángel que había perdido tal vez para siempre, había pasado a estar entre individuos malencarados, hoscos y peligrosos que no dudarían en matarle a la más mínima ocasión que tuvieran para hacerlo ¿ Cómo había podido terminar así tan tristemente, enfundado en un mugriento y maloliente mono anaranjado ? Prefirió no seguir pensando en ello, pese a que se hacía todos los días la misma pregunta sin hallar respuesta, y masticó lentamente lo que pudo considerar, con mucha generosidad por su parte, como mínimamente comestible, después de que Jamerson se hubiera cebado nuevamente en él, un día más, como de costumbre.
25
Cuando Julieta embutida en una armadura roja y blandiendo una gran espada, entró en el salón del trono del palacio ducal, se encontró con una visión cuanto menos chocante y algo estremecedora. Romeo estaba a su lado, envuelto por una elegante y resistente armadura de placas azul y como su amada, también esgrimía una afilada espada. Estaban rodeados y secundados por hombres leales y valientes que habían luchado con arrojo para hacer realidad ese día, el día de la liberación de Neo Verona. Esperaban encontrar al arrogante y orgulloso padre de Romeo desafiándoles, dispuesto a vender cara su vida como último acto de su demencial locura de poder. Pero Julieta no tenía la más mínima intención de matarle, a menos que fuera estrictamente necesario. En vez de eso, le vio en un rincón del salón, tendido boca abajo y aparentemente sin vida, a los pies de un hombre que les observaba con fruición, envuelto en un hábito oscuro de pies a cabeza. Un largo mechón de pelo negro que parecía pintado sobre el refulgente y pálido cráneo caía en mitad de su frente. Entonces Julieta se llevó la mano derecha a sus labios totalmente horrorizada. El hombre o más bien ser, tenía dos rostros superpuestos en dos mitades simétricas. La de la izquierda era femenina, la de la derecha masculina y a veces hablaban a dúo, formando un coro que martilleó los oídos de Julieta que retrocedió espantada. Conrad y Curio se adelantaron para enfrentarse al ser que portaba un tridente dorado en su mano izquierda, más pálida que la derecha. Su tez presentaba un tono cadavérico y sus penetrantes ojos parecían salirse de las órbitas.
-Lo has matado –gritó Tebaldo, un hijo bastardo e ilegítimo de Laertes que pese al daño que había causado a su madre, cortejándola para sus propios fines y ambiciones y luego deshaciéndose de ella sin mayores miramientos, tras engañarla cruelmente, tenía que refrenar sus ansias de venganza muy a su pesar. Julieta le había dejado muy claro por activa y por pasiva que pese a sus lógicos deseos de revancha, le prohibía terminantemente infligir daño a Laertes a menos que no tuvieran alternativa. Tebaldo desenvainó su espada. Entonces varios hombres con los rostros ocultos por yelmos de hierro y con unos faldellines sobre un mono negro muy ajustado, rodearon al hombre del hábito que se había acomodado en el antiguo trono de Laertes, portando espadas cortas similares a los gladius romanos.
-No, de hecho está vivo y pretendo negociar con vos una salida lo más honrosa posible a mi situación actual.
Julieta se sorprendió. Hizo un gesto a sus hombres y estos bajaron las armas contrariados. No conocía aquel ser, pero había oído hablar de él en los mentideros de Neo Verona, como un personaje muy popular y carismático entre los ambientes cortesanos y que según se rumoreaba era un ferviente partidario de Laertes, a la vez que un valioso aliado. Julieta se mesó sus largos cabellos rojizos y castaños y asintiendo ante el estupor de los suyos dijo mientras Romeo imponía silencio a sus partidarios, para que la muchacha pudiera expresarse con claridad:
-¿ A cambio de la vida del Gran Duque, cual sería vuestro precio ? –preguntó. Su timbre de voz resultó amplificado en gran medida, gracias a la espléndida acústica del salón del trono.
Ashura sonrió burlonamente. Cruzó la pierna derecha sobre la rodilla de la izquierda y declaró:
-Me gustaría llevar una existencia plácida y cómoda por el resto de mis días, en alguna pequeña quinta rodeada de tranquilidad y con ciertos privilegios. Tal vez en Mantua –dijo pensativamente- Es una ciudad con un clima muy suave y circundada de pequeñas laderas y fincas con mansiones señoriales, que están prácticamente lindando con el mar.
Curio intentó intermediar. No deseaba en lo más mínimo que Julieta pactase con el pavoroso ser, pero la muchacha estaba ya cansada y harta de tantas tragedias personales y matanzas. Quería que el caos y la anarquía terminaran lo antes posible. Habían logrado impedir in extremis y en el último momento, que las pocas tropas que aun le eran leales al Gran Duque, incendiaran la ciudad por orden suya, en un gesto de impotencia y desesperación. La larga huida hacia delante de Laertes había tocado a su fin.
Julieta miró brevemente al hombre tuerto que había perdido su ojo derecho por defenderla de unos carabinieris que la acosaban, y que estaba enamorado en secreto y sin esperanza de ella. Aquello era demasiado para él. Primero Mark y ahora Romeo, pero no podía ni era su intención interponerse en su camino aunque lo deseara fervientemente, pero el joven era ante todo pragmático y práctico y debido a su sentido del deber, y a la poca inclinación que sentía a sufrir un largo tormento de amor no correspondido si era rechazado por la muchacha, obvió aquella posibilidad. Curio comprendió por la severa mirada de su señora, que no habría modo alguno de disuadirla y encogiéndose de hombros, ocupó nuevamente su sitio entre las filas de sus compañeros sin presentar más objeciones. Tras reflexionar unos breves instantes en medio de un silencio sepulcral que inundaba el salón del trono en el que las estatuas de antiguos dignatarios estaban tiradas por doquier, sembrando el suelo de mármol, con una miríada de restos de piedra en forma de brazos, torsos y cabezas amputadas, aceptó el trato de Ashura, con una leve inclinación de cabeza. Algunas banderas con el antiguo escudo ducal de los Montesco habían sido arrancadas y pisoteadas y yacían grotescamente por el suelo, entremezcladas con otros enseres y objetos desperdigados por la estancia. Varias de las enseñas habían sido embadurnadas con excrementos, barro y otras inmundicias en señal de desprecio. Julieta dispuso que las retiraran inmediatamente para lavarlas y dejarlas presentables. Aunque fueran la bandera de un enemigo caído, merecían el mismo respeto que su propio estandarte.
-De acuerdo, barón Ashura, os concederé cuanto me pidáis siempre dentro de un estipendio razonable –conocía su nombre por los frecuentes rumores que llegaban a sus oídos- pero ¿ cómo podré fiarme de que no será usted una amenaza para el futuro gobierno de Neo Verona ? –dijo contemplando los hombres de la máscara de hierro que esgrimían la corta espada en actitud desafiante, furiosos por las palabras de la muchacha que cuestionaban su honor y caballerosidad y las de su señor para cumplir la palabra dada.
-Tenéis mi palabra alteza –dijo Ashura arrodillándose ante ella y tomando su mano con la suya derecha. Julieta se fijó con espanto como la mano izquierda era más pequeña y de un color blanquecino rayano en la palidez de la cera que la derecha. Era una mano femenina sin duda.
-Mis hombres se desmovilizarán o entrarán a formar parte de vuestra guardia personal si lo preferís. Una vez que yo les haga jurar fidelidad a vuestra alteza, no tendréis ni el más mínimo problema con ninguno de ellos. Os serán tan leales como me fueron a mí hasta ahora.
Francisco se acercó hasta Laertes con la aquiescencia del barón Ashura y comprobó como el pulso del noble era firme y que sus constantes vitales eran regulares. Su respiración era normal y el hombre se removía gimiendo levemente en sus fuertes y firmes ataduras. Pronto saldría de su inconsciencia y volvería en sí. A su lado, Mercutio compartía el mismo destino que su mentor. El Barón Ashura recomendó a la muchacha que lo vigilara estrechamente, poniéndolo a buen recaudo. Después de sellar el acuerdo con un leve apretón de manos entre el barón Ashura y Julieta Montesco, cuando la joven soltó la mano del barón Ashura húmeda y ligeramente fría preguntó observando sus ojos contraídos en una mirada inquietante y que daba escalofríos:
-¿ Quién sois vos realmente Barón Ashura ? –preguntó ella con interés.
-Una vez fuimos dos y vivimos un amor tan intenso como el de vos alteza.
El barón Ashura no quiso extenderse más allá de aquellas enigmáticas palabras y no explicó el significado que se encerraba detrás de las mismas. El barón realizó una leve inclinación de cabeza y adoptó una expresión que a Julieta le pareció menos terrorífica y más humana, pese a su pavorosa imagen Su mirada se dulcificó casi al momento. Julieta prefirió no indagar más, porque sabía que Ashura no desvelaría ni un ápice de su pasado y este se lo agradeció con una leve afirmación.
26
Amie se encontraba jugando en el exterior del viejo y pequeño hospicio. La niña de cabellos rubios y con una azucena que se mecía suavemente, en los rizos dorados de su cabellera, tenía una pequeña pelota entre los dedos de las manos y la lanzaba una y otra vez contra la fachada blanca del acogedor y espartano edificio. La niña aplaudía emocionada cada vez que la pequeña bola de goma, pintada en brillantes y vivaces colores retornaba a sus diminutas manos, después de rebotar contra el muro encalado de blanco. La hermana María se encontraba supervisando el desayuno de los más pequeños ayudada por la bondadosa y siempre dispuesta señora Pony que pese a los años transcurridos seguía conservando una apariencia jovial y tan juvenil que quien la viese, conociéndola de antaño, creería que el tiempo había detenido su inmisericorde acción sobre la venerable anciana, respetando sus canas y su experiencia. El único cambio notable en su fisonomía era el de sus lentes, que había tenido que sustituir por otras de más aumentos, porque su vista empezaba a flojear un poco, pero ni sus fuerzas, ni su carácter acogedor y protector para con los pequeños huérfanos había variado ni un ápice. En cuanto a la hermana María se podría decir otro tanto de lo mismo, aunque unas incipientes y significativas patas de gallo habían empezado a formarse en torno a sus ojos almendrados y vivaces. La monja removía una cazuela que borboteaba a fuego lento sobre uno de los fogones de la cocina, con un gran cucharón mientras vigilaba atentamente que los ingredientes de la comida de los pequeños no se malograran, debido a un exceso de fuego o que la condimentación fuera la más adecuada. Mientras, la señora Pony le iba pasando los útiles o ingredientes que necesitaba, se acordó de una carta que sobresalía del bolsillo derecho de su chaqueta. La extrajo propinándose un golpecito con los nudillos de la mano derecha, reprochándose su mala memoria y rasgando el sobre empezó a leer la apretada y elegante caligrafía de Candy contándoles los últimos hechos acaecidos y obviando otros demasiado dolorosos como para ser recordados nuevamente. La hermana María escuchó con vivo interés, mientras un par de lágrimas corrían por sus mejillas que enjugó rápidamente con el dorso de la mano izquierda, mientras con la otra continuaba removiendo el guiso que desprendía un suculento aroma.
-Nuestra querida niña, nuestra pequeña –dijo la monja mientras se sorbía algunas lágrimas furtivas que asomaban por la comisura de sus ojos- al fin ha encontrado la felicidad que tanto merecía.
-Sí, hermana María –coincidió la bondadosa señora Pony mientras limpiaba los cristales de sus gafas con un paño después de exhalar un poco de vaho sobre cada uno de ellos. Los cristales redondos le devolvieron su reflejo, antes de que empezara a frotar enérgicamente el paño contra su superficie- aunque ese hombre…me sigue produciendo escalofríos –concluyó la señora Pony.
La religiosa asintió mientras, dejó de revolver por unos instantes el guiso con el cucharón, extrayéndolo para probar el sabor de la comida. Sorbió una pequeña cantidad y asintió visiblemente satisfecha del resultado.
Ambas mujeres habían guardado un secreto durante años, sin saber que de una forma u otra, este era conocido en las más instancias de la nación y que el hombre al que se estaban refiriendo, había ayudado junto con otros amigos suyos no menos misteriosos, a cambiar la suerte de la Gran Guerra. La hermana María se estremecía cada vez que evocaba el momento en que una fuerte y deslumbrante luz anaranjada que emanaba del Padre Arbol sorprendió a Candy después de que una inexplicable y pavorosa tormenta perturbara la paz del valle en aquel ya lejano día de principios de Mayo tan radiante y soleado. Lo que presenciaron a partir de ese momento, no podrían olvidarlo jamás. Un hombre de largos cabellos negros y flotantes, con ojos del color de la noche y una estatura descomunal, estaba mirando fijamente a Candy, que no era capaz de apartar sus pupilas verdes de las del desconocido, que llevaba una chaqueta de cuero negra y unos pantalones bastos y arrugados. Una gran herida que borboteaba sangre sobre la hierba y las raíces del Padre Árbol se deslizaba con un ominoso goteo hasta el suelo, mientras grandes regueros negros saltaban de su espalda haciendo que se contorsionara de dolor. La primera reacción lógica de ambas mujeres fue proteger a su querida niña de aquel intruso, pero la hermana María se detuvo de pronto en seco, tironeando de la chaqueta de su compañera, que ya estaba a punto de abrirse paso entre los arbustos y proteger a Candy aun a costa de su vida, si fuera necesario. La señora Pony se había girado sorprendida hacia la religiosa que le contemplaba en silencio, con las manos sobre el pecho. Entonces los labios de la hermana María pronunciaron unas palabras que se quedaron grabadas a fuego en sus mentes:
-Sus ojos…señora Pony. Son los ojos de una buena persona…Están llenos de lágrimas –susurró la monja al oído de la señora Pony que no daba crédito a la reacción de la religiosa.
-Pero, pero debemos de hacer algo. Podría atacarla. Ese hombre parece muy peligroso y tiene aspecto de ser muy fuerte. Si no actuamos rápido, Candy no tendrá la más mínima posibilidad hermana María.
Pero la monja no parecía escucharla. Su atención estaba totalmente centrada en el desconocido, que permanecía subido aun sobre la rama del árbol que crujía levemente bajo el peso de su cuerpo. Los ojos del joven eran tristes y oscuros y desprendían una infinita tristeza que parecía calar hasta lo más profundo del corazón de Candy. La señora Pony intentó zafarse de los dedos de la monja, pero esta continuó en sus trece, mirándola y negando con la cabeza.
-No señora Pony. Presiento que no la causará el menor daño. Además, si les interrumpimos ahora puede que causemos un terrible daño a Candy de por vida.
La señora Pony alzó las cejas. No salía de su asombro, pero por otro lado, presuponía que la afanosa y voluntariosa monja estaba teniendo otra de sus premoniciones. No sabía si era un milagroso don, o una facultad adquirida desde el nacimiento y tal vez innata en ella, pero ya se había habituado a las mismas y hasta ahora no había fallado ninguna, por lo que la mujer las respetaba profundamente fiándose de su criterio. Eran tantas las veces que la religiosa había acertado en sus predicciones que la benevolente rectora del hogar de Pony no había podido menos que rendirse a la evidencia y la hermana María, aunque en un primer momento se había resistido a aceptarlo, también tuvo que asumirlo con humildad. Aquel don o facultad no siempre funcionaba o respondía a los requerimientos de la monja. Simplemente se producía cuando tenía que hacerlo, y en aquella ocasión, sus poderes se estaban manifestando.
-El jamás la hará daño –dijo mirando fascinada la bella y sublime escena en la que Candy conversaba con el joven de los ojos tristes- es más, sacrificaría su propia vida por proteger la de Candy.
En un momento dado, una hemorragia eructó del hombro derecho del joven sin motivo concreto, alcanzando levemente a Candy y que apenas manchó sus ropas, pero la impresión fue suficiente para que Candy se desmayara inmediatamente. El joven asustado por la deriva que aquello había tomado, se esfumó asustado. Echó a correr mientras las llamaradas nacían de su espalda y se elevaba hacia la estratosfera. La hermana María y la señora Pony se habían abrazado presas de un miedo cerval que las invadió llegándolas hasta la médula de los huesos. Debido a esa momentánea distracción no vieron hasta que se encontró con ella, un joven rubio de ojos verdes y ataviado con el traje tradicional escocés, que venía tocando un instrumento de viento conocido como gaita ascendiendo lentamente, por la loma de la colina de Pony. La hermana María sabía algo, había intuido que la larga sombra que aquel joven proyectaba a su paso terminaría influenciando la vida de Candy, y de todos cuantos la rodeaban, que nunca volverían a ser las mismas. A partir de aquel día juraron guardar el secreto. Afortunadamente, la mayoría de los niños aun no se habían despertado y casi ninguno de ellos presenció aquel sobrecogedor e impactante suceso, pero unos pocos si lo habían hecho, ateridos de miedo. Con paciencia y palabras bondadosas y gentiles las dos amables mujeres consiguieron que prometieran no descubrir aquel misterio jamás, por el bien de Candy.
-Cómo me temía –dijo la monja con un deje de tristeza y lanzando un hondo suspiro- ese hombre impresionó tanto a nuestra pequeña Candy, que terminó por enamorarla. No había más que observarles a ambos, esa mirada tan arrebatada entre Candy y él…
-No podían ser otra cosa que miradas de amor mutuas –concluyó la señora Pony con un ligero temblor al evocar aquello.
-Se enamoraron en un solo instante de tal manera, que entre ambos se creó un lazo de unión indestructible, un indisoluble vínculo de amor, aunque Candy tardó en recordarlo, porque la impresión que le causó la hemorragia de Mark, hizo que sufriera una amnesia temporal, pero era solo cuestión de tiempo, que sus recuerdos retornaran, con las consecuencias que todos conocemos.
La señora Pony asintió. Se preguntaba si habían obrado correctamente ese día, al permitir que Candy y Mark se conocieran de aquella manera, pero no se podía hacer nada al respecto. Aunque se hubieran llevado a Candy, de allí, a rastras o por la fuerza, aquel vínculo de amor del que hablaba la hermana María, ya estaba establecido entre ambos jóvenes y amantes corazones. Y tal vez, para siempre.
La hermana María iba a añadir algo, cuando se escuchó un grito de terror proveniente del jardincillo exterior que circundaba el hogar de Pony. Las dos se observaron con temor y salieron precipitadamente al exterior. La pequeña Amie, recién llegada al hospicio hacía dos semanas, y que se había adaptado rápidamente al alegre y tranquilo ritmo de vida del hospicio, dirigía la mirada hacia delante, petrificada de terror y temblando como una hoja, mientras apoyaba la espalda contra la pared blanca de la fachada y señalaba con el dedo índice de la mano derecha hacia el frente. Su pelota de colores chillones había ido a parar a los pies cubiertos por unas botas negras, de un hombre astroso y de aspecto desaliñado y sucio. La niña se aferró tan pronto como se presentaron, a las faldas de las dos mujeres, protegiéndose tras ellas, pese a que el hombre no había hecho la más mínima mención de dañar a la pequeña o manifestado intención de atacarla. Solo estaba buscando algo de comida y refugio. La señora Pony se fijó en los intensos ojos negros del hombre, circundados por una espesa y enmarañada barba que se unía a unos cabellos grasientos y desaseados. Sus ropas harapientas y andrajosas parecían una especie de uniforme y en su mano derecha portaba un casco abollado y roto. Las prendas del hombre que no aparentaba más de unos cuarenta y tantos años mostraban una variedad de colores caqui y ocres entremezclados en una especie de calidoscopio que le conferían el aspecto de una planta o un arbusto andante que hubiera crecido en una tupida y lujuriante selva de la que se hubiera disgregado caminando hasta allí. La frondosa y espesa barba reforzaba aquella impresión. En la manga derecha la hermana María pudo apreciar un escudo de color amarillo, que se estrechaba por su parte inferior terminada en punta, adoptando vagamente la forma de un triángulo invertido sobre su vértice. El escudo se hallaba dividido en dos campos por una franja diagonal negra que iba de izquierda a derecha. La silueta de una cabeza de caballo en color negro, miraba hacia el lado izquierdo al otro de la banda divisoria desde el campo derecho del escudo.
27
El hombre con aspecto de mendigo y que parecía haber realizado un larguísimo viaje, extendió las manos tratando de pedir calma y de convencer a las dos mujeres que tenía delante, que no pretendía hacerles el menor daño. Entonces, el soldado-mendigo desplegó los labios y dijo lentamente:
-Por favor. Denme algo de comer. Por caridad. No he probado bocado desde hace mucho tiempo.
La monja que tenía delante y con un impoluto hábito de color azul y una toca blanca, sonrió con dulzura y tranquilizó a la pequeña con tal cariño y afecto, que al desconocido casi se le saltaron las lágrimas. Entonces el hombre habló de nuevo y dijo en tono conciliador:
-Lamento haberlas asustado señoras, y sobre todo por la niña, -dijo señalando a Amie que temblaba todavía y que no se atrevía a recoger su pelota que el mendigo le tendía amablemente.
-Sé que mi apariencia no es el más indicada pero no he podido asearme ni rasurarme desde hace bastante.
La señora Pony dio un respingo. Aquel hombre se expresaba en un lenguaje demasiado correcto y educado, muy culto, como para ser sin más un mero indigente y su mirada intensa e inteligente parecía estudiar y escrutar sus rostros con sumo interés. Tal vez fuera alguien importante venido a menos. Lo más extraño de todo eran sus ropas que semejaban una suerte de uniforme militar. Entonces la buena mujer pensó inmediatamente en los Halcones Negros que habían atacado el hospicio y que fue defendido por Haltoran y todos nosotros, logrando contener y rechazar el ataque de las tropas de Norden, cuya intención había sido llevarse a Candy por la fuerza, cosa que no lograron. Muy confundida, iba a hacerle una confidencia a la hermana María, cuando la religiosa abrió la puerta del hogar de Pony e invitó con una dulce sonrisa al hombre a entrar:
-Adelante buen hombre, está usted entre amigos. Pase y le daremos de comer. Y de paso, intentaremos adecentarle un poco.
El hombre asintió visiblemente agradecido y cuando intentó arrodillarse ante la hermana María, para expresarle su gratitud, esta se lo impidió aferrándole por las polvorientas y manchadas bocamangas de sus ropas, obligándole a levantarse de nuevo.
-No por favor, -dijo la monja con voz suave- no haga usted eso. Solo cumplimos con el mandato de nuestro Señor Jesucristo de amar a nuestro prójimo y atenderle menesterosamente en todo momento.
El hombre sonrió conmovido. La mueca de su sonrisa a través de los largos y curtidos pelos de su cerrada y poblada barba negra le daba aspecto de oso o de un yeti, que atemorizó a Amie de nuevo, creyendo que terminaría por devorarla si se le acercaba demasiado.
-Hermoso cometido hermana –dijo el hombre reflexionando que allí de donde venía, por desgracia no podía decirse que se aplicara exactamente aquel bello mandamiento.
28
El hombre comió ávidamente del tazón de sopa que la amable y siempre dispuesta hermana María le había preparado. El mendigo tuvo que soplar repetidas veces hasta conseguir que la humeante sopa estuviera a una temperatura idónea antes de llevarse la cuchara colmada de caldo, hasta la boca. Pero poco antes, se había afeitado la barba rasurándose con la ayuda de una navaja de afeitar que traía consigo, y que sumergía en el agua de una jofaina de loza, más que nada para no continuar asustando a los niños que huían recelosos de su lado, pese a que la hermana María les hubiera tranquilizado y confortado respecto a la presencia del extraño, de prominente estatura en el interior austero pero acogedor del hospicio, forrado enteramente de madera. Se diría que ese material de construcción era predominante en toda la estructura del humilde pero funcional edificio. En cuanto al hombre, sin las frondosas barbas que le cubrían la cara, tenía un aspecto jovial y agradable que pronto convenció a los pequeños pupilos del hogar de Pony que no era una especie de oso o de fiera salvaje, si no un hombre de rostro prominente y mandíbula cuadrada de rasgos finamente cincelados bajo el cabello negro cortado a cepillo. Pero lo que más llamó la atención de la religiosa fueron sus intensos ojos negros. Juraría que había presenciado otros similares en alguna parte.
Le habían procurado ropas limpias pertenecientes a otro hombre que pidió alojamiento a cambio de trabajar en el cuidado del edificio y en tareas de mantenimiento, que había estado por allí hacía dos semanas. Se había marchado apresuradamente sin razón aparente, olvidándose un par de trajes, en el armario de la pequeña habitación que le asignaran. Mientras el hombre comía rodeado de los niños, que le observaban curiosos y que empezaban a perder su timidez, haciéndole constantes preguntas que respondía alegremente, haciendo reír a los niños con sus inocentes bromas, y bajo la atenta mirada de la hermana María, que rogaba a los pequeños que no agobiaran al fatigado huésped, la señora Pony estaba restregando energícamente las extrañas ropas del hombre. Cuanto más contemplaba aquella estrafalaria indumentaria, más se convencía de que no podía ser otra cosa que un uniforme militar. De hecho, lo comparó con el de las fotos que su sobrino le había reportado adjuntas a sus cartas, desde el frente Occidental, concretamente en el sector de Ypré y del que afortunadamente había vuelto sano y salvo, y más paralelismos veía entre el color caqui del uniforme de su sobrino y el del que en ese instante, estaba intentando limpiar arrancando los pegotes de suciedad y tierra adheridos a sus tejidos. Examinó el raro emblema en forma de escudo oblongo, de su manga derecha, en el que el perfil de la cabeza de caballo en negro, destacaba poderosamente a un lado de la franja divisoria sobre fondo amarillo y leyó una leyenda bajo el escudo, que en un principio le había pasado desapercibida debido al cieno y la mugre que la cubría. Frotó sobre las letras para poder leerlas mejor y deletreó extrañada con voz incrédula:
-Primera División de Caballería Aérea.
-¿ Caballería aérea ? –se interrogó así misma perpleja –pero, que…que…-repitió extrañada.
Pero allí no terminaban las sorpresas.
29
La señora Pony nunca había sido curiosa ni chismosa por naturaleza, y mucho menos andaba husmeando entre las pertenencias de nadie, pero cuando volteó el uniforme para comprobar con ojo experto que la suciedad hubiera salido del todo, de uno de los bolsillos de la guerrera se deslizó una pequeña bolsa de lona impermeable y que había resistido la acción del jabón y la sosa, que la buena mujer tuvo que utilizar en abundancia, empleándose a fondo, para lograr que la ropa estuviera completamente limpia y lista a tiempo, para devolvérsela, cuando su huésped la reclamara o reemprendiera su camino abandonando el hospicio. La bolsa aterrizó con un débil y amortiguado ploff sobre el suelo de madera y al ir a recogerla, sin percatarse, la levantó del revés vaciando su contenido. Los objetos que albergaba la bolsa, la abrieron por la fuerza de la gravedad, forzando los cierres desgastados y podridos y desperdigándose a los pies de la señora Pony, que los recogió extrañada. Consistían en una serie de notas manuscritas, viejas y ajadas revistas y recortes de prensa. Posiblemente lo hubiera vuelto a guardar todo en la bolsa sin concederle mayor importancia, de no ser por una fotografía en vivos colores que reclamó su interés, haciendo otro espeluznante descubrimiento. Allí, en medio de lo que parecía un desierto, rodeado de soldados en uniforme de camuflaje, y armados con grandes y extrañas armas que le resultaban vagamente familiares, junto a un enorme vehículo de orugas, cuyo amenazador cañón sobresalía de una torreta rectangular, estaba el mismo hombre al que estaban dando de cenar al otro lado de la puerta. En la imagen, llevaba el uniforme que estaba limpiando con tanto tesón y afán. Parecía bromear con sus compañeros, que miraban hacia la cámara guiñando un ojo con aire desafiante, o realizando la señal de la victoria con dos dedos, que esgrimían en alto para que el objetivo de la cámara lo captase. Detrás de aquel grupo de soldados, sobresalía un enorme cártel blanco pintado en letras negras, en el que una inscripción rezaba:
"2º Batallón Aerotransportado, 1º División de Caballería Aérea".
Basora, Irak, 17 de Febrero de 1991.
Apartó los ojos del retrato y se pasó una mano por la frente. Descubrió que tenía la palma húmeda y ligeramente caliente. Estaba sudando.
Volvió a estudiar la fotografía con detenimiento y vislumbró un brillante maletín de cuero negro, del que sobresalía un estetoscopio que reposaba, entre las mismas botas, que le habían llamado tanto la atención, cuando la pelota de Amie rodó hasta ellas topándose de cara con él, asustándola tanto.
-No cielos, no, no puede ser –musitó sintiendo un escalofrío.
Se llevó las manos a los labios, esbozando una expresión de horror indescriptible y pensando en como se lo contaría a la hermana María. No se atrevía a aceptar la evidencia de lo que todos los indicios le sugerían continuamente, de forma clara e incontestable.
Se fijó que en el fondo de la bolsa había un objeto más. Extrajo un pequeño móvil cuyas teclas refulgían levemente en la oscuridad y en su visor se podía ver la representación digital de la esfera de un reloj con sus correspondientes manecillas. El aparato emitió un pequeño pitido de alarma cuando dieron las seis de la tarde en el cronómetro dibujado con pixeles sobre el fondo verde claro de su visor. Tenía fijada la alarma a esa hora. La buena mujer emitió un pequeño pero agudo grito al asustarse de improviso, y soltó el móvil que repiqueteó sobre la cómoda en la que estaba examinando los objetos procedentes de la bolsa de lona que había dispuesto en ordenadas hileras para analizarlos mejor.
30
Mark se había quedado dormido sobre la mesa de su despacho. Había vuelto a retomar la enorme tarea de poner al día las cuentas de la familia Andrew, que ahora a la sazón era la suya. Después del recibimiento que se nos dispensó a Haltoran y a mí, por parte de los Legan, sentí que nuevo me encontraba en casa. Candy no dejaba de preguntarme si me encontraba bien después de largo y fatigoso viaje y Ernest tenía muchas ganas de escuchar la historia que yo también ardía en deseos de contarle, aunque mirando a Haltoran puse cara de circunstancias y repuse que no iban a creerme en cuanto empezara a hablar. Pero antes de que les pusiera al corriente de todo lo que nos había acontecido, Candy literalmente me obligó a hacer un periplo, al igual que a Haltoran por la mansión Andrew en primer lugar y luego por la casa de los Brighten para saludar y recibir las muestras de cariño de Anthony, Natasha y Stear entre otros, aunque Sarah Brighten no vería con buenos ojos que irrumpiera en la intimidad de su hogar. Desde que Haltoran se volviera a reencontrar con Annie durante el bombardero alemán del Real Colegio San Pablo en Londres, y alojándose en la pequeña casa que entonces Mark y Candy compartían en el recoleto pueblo situado cerca de Southhampton, reviviendo su amor, que por otra parte jamás había dejado de crecer y afianzarse durante su separación, me echaba a mí la culpa de algo a lo que era total y remotamente ajeno, pero de lo que me alegraba inmensamente. Cuando Candy y Annie me animaron a visitar a la madre de esta última, negué con la cabeza y dije apesadumbrado:
-No soy precisamente santo de su devoción Annie –dije refiriéndome a la aversión que suscitaba en su madre.
Ante la extrañeza de Candy, expliqué el significado del refrán. Candy me besó en la mejilla riendo quedamente y exclamó:
-Maikel no cambiarás nunca, siempre con tus refranes.
Mientras Mark, se había disculpado ante todos porque tenía que volver nuevamente al gran y oscuro despacho tapizado de maderas nobles y estanterías repletas de viejos libros y manuscritos de un valor incalculable. Candy hizo un mohín e intentó retenerle.
-¿ Tan pronto querido ? quédate un poco más. Ahora que Maikel y Haltoran han retornado con Mermadon…
Pero Mark se mantuvo firme, pese a que le dolía rechazar la amable invitación de su esposa. Quería estar junto a ella, pero ahora que había terminado su faceta de héroe, e inagurado la de importante hombre de negocios, debía de ser fiel a su nuevo papel. Trabajó hasta tarde, y terminó por caer derrengado sobre el escritorio sobre el que Albert había ganado fortunas fabulosas, o perdido en ocasiones, tramado venganzas, y destrozado su vida por el loco amor por Candy, que le había devorado hasta consumirle. El joven empezó a roncar levemente, mientras la puerta de paneles de roble en la que un artesano contratado en la lejana Italia y venido expresamente desde allí, había tallado bellas y primorosas flores en cada uno de los espacios practicados en la madera. Candy accedió de nuevo al despacho, para comprobar como estaba Mark. Había anochecido y su esposo reposaba la cabeza sobre su mejilla derecha en la mesa. Los largos cabellos negros remansaban en derredor suyo como una ingente masa de agua que desbordara sobre una presa y su brazos derecho colgaba displicentemente mientras el otro, estaba apoyado sobre la mesa totalmente extendido, cuan largo era.
Candy sonrió y arrodillándose con cuidado a su lado para no despertarle, removió cariñosamente los sedosos cabellos de Mark. Se preguntó si habría sentido la misma dicha y felicidad de haberse casado con Terry Grandschester, de haber aceptado su ofrecimiento, obligando de esa manera a Mark a tener que divorciarse de ella para poder desposarse con el actor. Ella y Terry, que extraño hubiera resultado. Aunque tampoco podía decirse que su esposo fuera alguien completamente normal. Le miró y distinguió como sus venas refulgían levemente en la penumbra del despacho, como si una luciérnaga se hubiera posado en sus muñecas. El iridium a su paso por aquella sensible zona de la piel, transmitía su luminosidad al exterior. Adelantó el rostro y le besó suavemente en la punta de la nariz como solía hacer él, con la suya, provocando que estornudara varias veces seguidas. Las pecas que moteaban su nariz eran tan sensibles, o quizás fuera por efecto de alguna alergia que desconocía, pese a que tenía una salud excelente, que cuando algo o alguien rozaba la punta de su respingona nariz, comenzara a constiparse casi de inmediato. Entonces, Mark que conservaba la costumbre de hablar en sueños, musitó algo que dejó perpleja a su esposa:
-Papá, papá, no vayas a esa guerra. Papá…
Candy dio un respingo. Mark le había contado algunas partes de su pasado…o futuro, porque con Mark no era fácil situar cada cosa en su real contexto, pero siempre se había mostrado reacio a hablarle de su vida anterior al momento de su primer y fortuito encuentro.
31
Mientras el hombre continuaba saboreando la comida que la hermana María le había preparado, esta haciendo un gesto con la mano, le pidió a la hermana María que la siguiera un momento a un rincón del comedor, porque pese a que el soldado parecía una buena persona, aun no se fiaban de él y no se atrevían a dejarle a solas con los niños. Cuando la señora Pony contó a la atónita religiosa el asombroso descubrimiento que había realizado por pura casualidad, pensó en un primer momento que su amiga estaba bromeando, pero de sobra sabía que la bondadosa mujer no haría sorna de algo tan serio como aquello. Y cruzando los brazos sobre el hábito dijo con ceño fruncido:
-La creo señorita Pony. Después de cuanto hemos visto y vivido.
La señora Pony hizo memoria y detalló cuanto había observado en la misteriosa y enigmática foto, describiendo con todo lujo de detalles cuanto había quedado plasmado en su retina.
-Irak. Ese país, tierra o región, lo que sea, no me suena de nada –dijo la monja en un rápido cuchicheo, lanzando nerviosas miradas sobre su hombro, temerosa de que el hombre la escuchara, cosa que no pudo evitar, no porque la monja hubiera pecado de indiscreta, sino porque el fino oído de aquella persona lo había captado todo. El desconocido sonrió y cruzando las piernas dijo en voz claramente audible:
-Es el nombre moderno, quiero decir en el futuro, en 1991 de Mesopotamia.
La hermana María se sobresaltó temblando un poco. Pero la monja llegado el caso no se dejaba intimidar ni acobardar y sostuvo la mirada del hombre, creyendo que se había dirigido a ella en tono jocoso y desafiante, nada más lejos de la realidad. La misma señora Pony se disculpó admitiendo que había descubierto su secreto sin intención. El hombre se irguió lentamente de la silla de madera y dijo con voz pausada y afable:
-No hace falta que se disculpe señora Pony. Si aquí hay un culpable, de su poca discreción soy yo y no ustedes, empezando por haberme presentado aquí con mi uniforme y un aspecto tan desaliñado y horrible.
La señora Pony se frotó las manos, nerviosa, pero el hombre que tenían ante sí no les estaba reprochando nada. Y nada quedaba ya prácticamente, del harapiento mendigo que sobresaltara a la pequeña Amie, sin mala intención. Los ojos oscuros bajo los cortos cabellos negros, engarzados en un rostro decidido y fuerte la observaron afables.
-Me llamo Bryan Anderson Langeron y soy oficial medico…-entonces calló de repente y adoptando un gesto de contrariedad rectificó- no, más bien era, oficial médico de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos y…-meditó un momento en busca de las palabras adecuadas para continuar- me temo que por razones ajenas a mi voluntad, me he convertido en un viajero del tiempo.
Ya no tenía sentido ocultar la verdad, por estrambótica e irreal que fuera, siendo de cualquier manera la única y cruda realidad que le había tocado vivir. En cuanto a la señora Pony, tampoco tenía sentido fingir que no sabían nada de aquello al respecto. Así que decidieron sincerarse mutuamente. Entonces como si un chispazo hubiera recorrido la mente de la hermana María, esta abrió unos ojos como platos que casi se le escaparon de las órbitas y llevándose las manos a los labios murmuró quedamente al llegar a una evidente conclusión, tan pronto como escuchara el nombre del soldado:
-No…no es posible.
Bryan achacó aquella expresión de asombro de la hermana María, a la confesión que había realizado forzado por las circunstancias y repuso con voz cansada mientras paseaba la mirada por la austera y sobria habitación amueblada someramente con unos pocos muebles de roble. En las paredes colgaban algunos cuadros y unas pocas lámparas de gas y fanales, complementados por la titilante luz de algunas velas sobre sus palmatorias, proporcionaban una tenue y leve iluminación. Sin duda el Hogar de Pony no era un lugar tocado por el privilegio del lujo o que nadara en la abundancia precisamente.
-Sí, ya lo sé hermana –dijo el hombre mientras caminaba lentamente por el salón y plantándose frente a la chimenea, sobre cuya repisa descansaba el retrato enmarcado de una chica preciosa de ojos verdes, cabellos rubios ensortijados, peinados en dos coletas con llamativos lazos y una respingona pero atractiva nariz moteada de graciosas y chispeantes pecas. La joven tenía una sonrisa preciosa y deslumbrante. Bryan silbó admirado con disimulo, para que la hermana y la atenta y amable señora, del moño y gafas redondas, no se ofendieran. O aquello era obra de un artista genial o esa chica de existir en carne y hueso, era tremenda y extremadamente hermosa. Llegó a la conclusión, que no expuso en voz alta, por supuesto, que se podía llegar a matar fácilmente por una mujer así. No sabía cuan sorpresivamente cerca estaba de la verdad. Se giró hacia ambas y declaró:
-Entiendo que les resulte imposible creerme pero ya que han descubierto la foto que me hice con los chicos del 2º batallón en Basora, lo único que me resta es contarles la verdad. Es lo menos que puedo hacer –dijo encogiéndose de hombros y observando como dos niños jugaban en el pequeño jardín y otros corrían hacia un árbol que coronaba la cima de una suave y verde colina. Se quedó maravillado de la colosal altura y proporciones del árbol y de la frondosidad de sus ramas.
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Bryan decidió que lo más prudente era sincerarse con las dos mujeres. La señora Pony había descubierto su móvil, y que para colmo de males había sonado prodigándola un gran susto. Bryan, no era hombre que rehuyera una situación de hechos consumados, por lo que, confiando en que ambas mujeres guardaran el secreto, después de una corta pausa en que estuvo reflexionando que palabras serían más adecuadas para explicar su extravagante historia, tomó aire y dijo, escogiendo cuidadosamente las frases:
-No espero que me crean, pero dado que ya no hay otro remedio, -dijo con voz teñida de cansancio y resignación mientras tomaba su teléfono móvil, de manos de la señora Pony, que se lo devolvía como si el pequeño objeto le quemase entre los dedos- se la contaré. Espero que no divulguen cuanto voy a referirles.
La hermana Maria sonrió levemente por las dudas de aquel hombre afable y apuesto, de que llegasen a creer cuanto iba a narrarles. Si supiera realmente de todo cuanto había sido testigo y presenciado... Si conociera el secreto de una inenarrable escena que había visto hacía más de diez años en la cercana colina coronada por el impresionante árbol que dejara boquiabierto a Bryan…Si llegara a imaginar que alguien más de su misma sangre estaba viviendo desde hacía tiempo, nunca mejor dicho a una distancia relativamente cercana de donde se encontraban…
33
Nunca supo cuanto estuvo caminando desde que el helicóptero de transporte fuera abatido por un cañón antiaéreo que disparó en rápida sucesión, oculto detrás de unas dunas, cayendo con estrépito sobre la arena del desierto. El aparato se incendió desprendiendo una gran columna de humo negro que delataba su posición sobre la planicie del erial. De una dotación de diez hombres, él era el único superviviente. Temió que la humareda atrajera la atención del enemigo convirtiendo los amasijos de hierro ardiente, que crepitaban entre las llamas retorciéndose por efecto del calor en su última morada. Pero Bryan Anderson, oficial médico destacado en aquella parte de Iraq había logrado sobrevivir. No era tiempo de lamentos ni de sentir lástima por los caídos o plantearse si hubiera podido hacer algo por mitigar las consecuencias del fatal desenlace. Cogió su maletín y se dijo:
-Esto es una guerra, una maldita y puñetera guerra y estas cosas –contempló el fuselaje del helicóptero calcinado, donde se quemaban lentamente los cadáveres de sus compañeros- suelen suceder.
Bryan era ante todo pragmático y como allí ya no tenía nada más que hacer, se retiró lentamente, procurando alejarse lo más rápidamente de allí, antes de que alguna patrulla de la Guardia Republicana destacada en aquella zona pudiera localizarle. Sabían por el renacimiento aéreo que allí había una importante concentración de tropas enemigas, tal vez una división de infantería, quizás otra acorazada.
Intentó disimular sus huellas lo mejor que supo, pero al cabo de tres horas de borrar su rastro, optó por dejar de hacerlo, debido a que lo consideraba una absoluta y total pérdida de tiempo. En el cine era todo mucho más sencillo, pero no se podía pasar barriendo sus huellas una eternidad. Tiró con desdén la rama que había arrancado de un arbusto abrasado por el Sol, cuyo tronco crecía retorcido bajo unas palmeras, de cuyos dátiles pudo aprovisionarse justo en el momento en que la exigua reserva de su cantimplora empezaba a acabarse. El M-16 de reglamento le pesaba demasiado y llevar toda aquella impedimenta bajo el sofocante calor del desierto no era precisamente una empresa fácil. Bryan dirigió una mirada hacia su subfusil de color negro y pensó en que irónico resultaba todo aquello.
"Yo, todo un médico, militar pero médico que ha realizado el juramento hipocrático, cargo con este arma para matar. Tiene gracia. Juré salvar vidas, y no he logrado preservar las de mis camaradas. Y encima, voy armado. Preservar mi vida a cambio de destruir otras".
Con un gesto de cansancio tiró el M-16 al suelo. El arma rebotó sobre la arena quedando semienterrada en el seno de la misma. Bryan contempló como la culata sobresalía del árido terreno, al clavarse el cañón que quedó semioculto entre la arena.
-Ya no me hará falta, total, si me sorprende alguna patrulla enemiga, de poca utilidad me va a servir.
Entre otras razones, porque Bryan había descubierto que el cargador del arma estaba vacío y que con la precipitación de su huída desde el helicóptero que se estaba abrasando lentamente, había perdido los suyos de reserva.
Quizás no se debiera tanto a razones románticas o morales, o el hecho de que fuera un médico, para que hubiera arrojado el subfusil a la arena. Un arma sin balas es inservible, por lo que se deshizo de ella.
Caminó lenta y pausadamente para ahorrar fuerzas y se dirigió hacia el sur. Sabía que por alguna parte había una base norteamericana, pero la cuestión era dar con ella. Había podido salvar su brújula y los dátiles y algunos magros frutos que pudo vivaquear le mantenían con vida, pero temió que pronto aquellas precarias y valiosas reservas se agotarían enseguida. Llegó la noche y la temperatura descendió a varios grados bajo cero. En el desierto no era nada excepcional aquellos contrastes tan drásticos, aparte de que el temido simún pudiera sorprenderle en descampado y enterrarle bajo la arena.
Y no solamente tenía que lidiar con la sed, el clima árido y sofocante, sino con la posibilidad de que hubiera bandidos que le asaltaran o que alguna serpiente venenosa le clavara los colmillos hechidos de veneno, o que un escorpión, tal vez un ponzoñoso alacrán terminara con su vida.
Finalmente, tras unas grandes rocas que mostraban una enigmática y desconocida escritura, halló una cueva en la que pensó que sería buena idea refugiarse. Se fijó en unas pinturas rupestres muy elaboradas, que reflejaban lo que a él le semejó hombres o seres con escafandra que descendían de lo que parecían una especie de naves circulares, a través de un haz de luz que hacía las veces de ascensor entre el aparato que flotaba a varios metros sobre el suelo y este y viceversa. Pensó entonces en Tassili, un remoto lugar de Argelia donde en los años treinta habían sido descubiertas una serie de pinturas similares a aquellas que estaba contemplando, fechadas en unos nueve mil años de antigüedad.
-Tassili –se dijo pasando la mano sobre los trazos finos y plasmados con tonos ocres y rojos sobre la piedra caliza. Entonces hizo un descubrimiento sorprendente. Se fijó mejor en la escritura que acompañaba algunos de los frescos, era sánscrito. Antiguo, muy antiguo pero aun legible.
Analizó con cuidado la escritura y consiguió descifrar algunas frases y oraciones sueltas.
Bryan era un lingüista aficionado, y un hombre de mundo. Le hubiera gustado finalizar sus estudios universitarios, pero el amor y una precaria situación económica, le había impulsado a escoger la carrera de las armas. Lo que leyó le congeló la sangre en las venas. De entrada, se preguntó incrédulo como era posible que unas inscripciones semejantes fueran encontradas en un lugar tan remoto, a tantos kilómetros de su verdadero origen. Anotó en una diminuta libreta el significado de lo que buenamente pudo descifrar y continuó su camino. A medida que se adentraba en las profundidades de la caverna, la oscuridad dentro de la misma iba en gradual aumento. Bryan extrajo una pequeña linterna de un bolsillo de su guerrera y encendiéndola, avanzó con cautela, encontrándose con más sorpresas. Unos metros más hacia delante halló nuevas pinturas rupestres, pero su calidad difería en gran medida de los sencillos grabados que había encontrado en un principio. Sobre lo que parecía representar el choque entre dos grandes ejércitos, que marchaban el uno contra el otro, provistos de elefantes de guerra y máquinas de asalto, observó sin habla, como una especie de naves aéreas sobrevolaban la dramática escena bombardeando a uno de los ejércitos en liza. En otra escena que parecía continuar la anterior en ordenada secuencia, en una sala adyacente a la que accedió a través de un estrecho pasadizo, los proyectiles arrojados por las naves aéreas estallaban levantando una gran columna de fuego o de humo en forma de hongo. Bryan se restregó los ojos y se pasó la mano derecha por la frente perlada de sudor, planteándose si el abrasador calor y el agotamiento no habrían influenciado sus ya de por si debilitados y machacados sentidos.
-No, no puede ser –se dijo con un deje de perplejidad en su voz ronca por la emoción y el temor.
Entonces se sentó al pie de otro de los frescos que representaba a unos seres de proporciones descomunales, ataviados con una túnica blanca hasta los pies, y con la cabeza cubierta por escafandras. Depositó la libreta de tapas verdes sobre sus rodillas y empezó a releer lo que había escrito con tanta prisa y celeridad, temeroso de que no fuera capaz de continuar haciéndolo, a medida que descubría secretos largamente olvidados y enterrados bajo el peso de los siglos.
A la débil luz fosforescente del haz que proyectaba la minúscula linterna, leyó frenéticamente las frases que había escrito, después de traducirlas, repasando los renglones con su dedo índice. Fue rodeando con un rotulador rojo una palabra en concreto: vimana que se repetía continuamente a lo largo del texto cuyo significado había conseguido desentrañar a duras penas. Sostuvo el cuaderno entre las manos y leyó en voz alta, para asegurarse de que la traducción era lo más fiel posible al original, lo que parecía una especie de poema en prosa:
"Un solo proyectil con la carga de la energía del universo. Una columna incandescente de humo y llamas se levanta brillante como mil soles y crece con gran esplendor.
Una explosión vertical con grandes nubes de humo que salían…
La nube de polvo se levantó después de la primera explosión, abrió sus puertas en ondas circulares, como la apertura de un paraguas…
Era un arma desconocida un rayo de hierro un gigantesco mensajero de la muerte, que redujo a cenizas a toda la raza de Vrishni y Andahaka.
Los cadáveres estaban tan quemados que era imposible reconocerlos. Pelo y uñas les cayeron;
La cerámica se rompía sin causa aparente, y los pájaros se volvieron blancos.
Después de unas horas todos los alimentos estaban infectados…
Para salir del fuego, los soldados se lanzaron en los arroyos para lavarse junto a su equipo".
Bryan estaba tan nervioso por la trascendencia de aquel hallazgo extraordinario, que podría cambiar para siempre la concepción de la historia de la Humanidad, que tuvo que encender un cigarrillo para calmarse. Le temblaban tanto las manos, que el encendedor se le resbaló de entre sus dedos sudorosos y torpes. Notaba como un escalofrío le recorría todo el cuerpo impidiendo que pudiera concentrarse en una tarea tan aparentemente sencilla como encender un cigarrillo. Finalmente consiguió poner un pitillo entre sus labios y darle lumbre, aunque le costó varios intentos, porque su mano derecha, habitualmente de pulso firme, subía y bajaba sin control, debido a la emoción que le había reportado su descubrimiento. El poema que había traducido era parte de una obra hindú antiquísima, el Mahabharata cuya antigüedad había sido fechada en torno al año seis mil quinientos antes de Cristo. En resumidas cuentas, aquel texto ya descubierto con anterioridad aparecía repetido o quien sabe, si grabado en piedra por la misma civilización que escribió la obra original en un lugar tan distante y lejano de la India, como Iraq. Pero lo más escalofriante, era que lo que algunos visionarios habían esbozado en atrevidas teorías, acerca del verdadero sientido oculto de aquel significativo fragmento del Mahabharata, siendo tachados de locos irreflexivos y de lunáticos, aparecía confirmado en los dramáticos testimonios en piedra que en frescos maravillosamente ejecutados, confirmaban punto por punto lo que el texto que Bryan había logrado descifrar ,y que se hallaba junto a una de las tremendas imágenes esculpidas en piedra. Bryan pensó que tal vez un desconocido artista se hubiera dedicado a reflejar en piedra, el trasfondo poético que las líneas en sánscrito antiguo, referían. Pero negó con la cabeza. Una poesía que fuera una mera y elaborada metáfora, no habría detallado tan minuciosamente, imágenes tan familiares y aterradoras para el inconsciente colectiva, como las nubes en forma de hongo, ascendiendo hasta la estratosfera, los vientos huracanados provocados por la onda expansiva, el abrasador calor y los efectos de la radiación extendiéndose como un ominoso manto sobre seres humanos, animales y plantas, acabando con cualquier vestigio de vida, arrasándolo todo bajo un calor tórrido y que derretía lo que hallaba a su paso. Hasta ahora, el Mahabharata había sido tomado como una bella obra lírica y poética que no era más que la descripción de antiguos mitos y leyendas mediante versos de sublime y sobrecogedora belleza por la crudeza de sus realistas, pero supuestamente figurativas y fantasiosas descripciones. Pero eso fue solo hasta que en un perdido rincón del desierto, en una cueva soterrada entre montañas, un médico militar estadounidense, extraviado y alejado de sus líneas, había realizado un descubrimiento increíble y fabuloso, confirmando una teoría, casi una leyenda que los más acérrimos defensores de que el pasado de la Humanidad no era realmente, como nos lo habían contado, mantenían contra viento y marea, junto con otras muchas teorías y leyendas que parecían apuntar en la dirección de que no todo se ajustaba a la versión de la Historia oficial y ortodoxa.
Las piezas no encajaban, los rompecabezas seguían complicándose aun más y aquello era una prueba definitiva de que algo diferente y extraordinario había sucedido en la noche de los tiempos, en el más remoto y recóndito pasado de la Humanidad.
Bryan fumó un cigarro tras otro sin poder dominar su nerviosismo. Finalmente, optó por apagar el pitillo que tenía entre los dedos de la mano izquierda machacándolo contra una roca que destacaba junto a la base de un pilar derruido. Ciertamente no era la mejor idea fumar dentro de un espacio tan reducido, con aire viciado y sobre todo, ante tesoros arqueológicos de varios miles de años de antigüedad, que paradójicamente no serían aceptados por los historiadores y arqueólogos oficiales. Bryan hizo una mueca de fastidio al imaginar que no solamente no admitirían jamás la existencia de vestigios de civilizaciones mucho más avanzadas o puede que de origen extraterrestre, si no que tal vez, hicieran todo lo posible por destruirlos y que nadie supiera jamás de su existencia, si quiera imaginarla.
Contempló una vez más las prominentes y bulbosas cabezas en las que destacaban ojos saltones o de color oscuro, con total ausencia de iris. Ojos que infundían miedo, por su falta de expresividad. No tenían apéndice nasal, si acaso un par de pequeñas rendijas sobre una boca de labios fruncidos y diminuta, que parecía esbozar una mueca que a Bryan no le resultó en absoluto agradable. Se preguntó si serían aquellos seres los que trajeron la tecnología nuclear a la Tierra, si todo se debió a un lamentable accidente o que incluso los humanos se apoderaran de esas mortales y terribles armas de destrucción masiva, exterminándose en atroces mataderos atómicos, hace varios miles de años. Quizás las civilizaciones que dieron origen a la Humanidad actual nacieran de los rescoldos de aquella perdida en la bruma de los tiempos.
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Al llegar a aquel punto del minucioso y detallado relato, Bryan hizo una pausa para aclararse la garganta y probar un delicioso pastelillo de una fuente de vidrio que la señora Pony había horneado recientemente. Al ver aquello, la hermana María se emocionó pensando en las cartas de Candy en la que les relataba con alegres palabras y todo lujo de detalles como había aprendido a hornear pan bajo la amable guía de uno de los cocineros de los Legan, un amable muchacho de Oklahoma llamado Dick, que la había instruido en muy poco tiempo. La voluntariosa muchacha, que resultó ser una alumna aventajada, no tardó en preparar sus propios y sabrosos pasteles y panes de molde que cocinaba con facilidad en el horno instalado en la gran cocina de la mansión para alegría de sus nuevas amistades, y el desdén frío y despectivo de la familia Legan, en cuyos corazones aun no había penetrado la luz que Candy, con la ayuda de un puñado de locos y entrañables crono nautas traerían a sus vidas, cambiándolas de forma irreversible a mejor. Pero uno de ellos le reportaría algo más, un valioso regalo que llenaría la vida de la muchacha de dicha, aunque también de algún que otro sinsabor: el amor.
La hermana María reclinó su cabeza sobre la palma de la mano izquierda y lanzando un hondo suspiro dijo distraídamente mientras emitía un pequeño bostezo:
-Si nuestra Candy estuviera aquí. Nuestra querida niña…
Ante el interés de Bryan, la señora Pony se levantó de su asiento y dirigiéndose hacia la chimenea, trajo entre sus manos la fotografía de la muchacha que el médico había estado contemplado admirado tan solo hacía unos instantes. Bryan dio un respingo y dijo:
-Es una chica preciosa. Deben estar ustedes muy orgullosas de ella.
Ambas mujeres asintieron al unísono, visiblemente emocionadas. Le explicaron al militar que aquella joven era huérfana y que la había adoptado una familia de buena posición. De vez en cuando acudía a visitarlas. Le describieron a la joven, su carácter extrovertido y jovial y lo aficionada que había sido a cabalgar, subirse a los árboles y voltear el lazo. Entonces la señora Pony estuvo a punto de mencionar a Mark, pero la hermana María la contuvo inmediatamente con una severa mirada de advertencia.
La buena mujer abrió ligeramente la boca y calló inmediatamente, al captar el aviso de la hermana María. Pasados unos instantes, la monja se interesó por las temibles armas que había descubierto representadas en los bajorrelieves plasmados en piedra y en frescos de vivos colores.
-Es como una bola de fuego que lo arrasa todo a su paso, hermana, produciendo una nube en forma de hongo.
Al escuchar aquello, recordó la confesión que le había realizado Candy cuando visitaron el hogar de Pony nada más llegar del siglo XXI en compañía de Mark. La muchacha no cesaba de llorar, y mientras la amable monja a la que consideraba como una madre, junto con la señora Pony, la consolaba, Candy describió los horribles efectos de aquel instrumento mortal que había presenciado a través de la pantalla de un televisor, expuesto en el escaparate de una tienda de electrodomésticos. La hermana María hizo un gesto de desagrado entrelazando las manos y negando con la cabeza tristemente, mientras decía con voz queda, y la vista fija en la mesa:
-Que poco ha cambiado la Humanidad en todo este tiempo, y que poco ha de hacerlo en el futuro – sentenció, musitando levemente, mientras la señora Pony asentía pasando su mano arrugada y acogedora por los hombros de la monja para animarla. Los niños que les rodeaban, les escuchaban entre maravillosos y fascinados, creyendo que se trataba de un enigmático y bello cuento, que desgraciadamente, no tendría un final feliz. La hermana María había intentado que salieran a jugar para que no escucharan lo que Bryan iba a contar, aunque el médico consciente de la preocupación de la religiosa reflejada en sus vivaces pupilas, volvió a emplear palabras adecuadas para disimular lo mejor que pudo, los detalles más escabrosos y horribles.
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Mark daba leves cabezadas, roncando ligeramente, mientras su cabeza reposaba sobre sus antebrazos entrelazados sobre la mesa de caoba tapizada de papeles, memorandums e informes de cuentas, que resbalaban hasta el suelo, simulando una cascada embravecida en los breves instantes durante los que se deslizaron, mansamente hasta el suelo. Candy recogió los impresos y documentos y los depositó en una pila junto al rostro de su marido, intentando no despertarle. Le observó fascinada acariciando sus cabellos negros, que remansaban sobre sus hombros. De vez en cuando un mechón rebelde se erguía sobre el perfil de su frondosa cabellera, que bajaba por su espalda. Bajo los párpados los hermosos ojos negros que cautivaran a Candy, desde el primer momento que le vio erguido sobre una de las ramas del Padre Árbol mecida por una suave brisa, vertieron algunas lágrimas furtivas que no llegaron a escaparse por las comisuras de sus ojos. Candy se arrodilló ante él. Llevaba un vestido azul de manga corta, de cuyo escote cubierto de arabescos e intrincadas filigranas partía una falda de gasa muy fina, cuyos pliegues se movían levemente cada vez que la hermosa muchacha caminaba entre la maraña de papeles que su marido había distribuido por todo el gabinete, tratando de hallar un órden lógico en aquella barahúnda satinada y repleta de números, cálculos y asientos contables. A la tía abuela Elroy le daría un pasmo si llegaba a entrar allí, descubriendo el desorden caótico, que invadía el otrora gabinete de su sobrino Albert, ahora caído en desgracia. Candy deslizó entre los cabellos de su marido la mano derecha recordando como por amor hacia ella, creyendo que la asustaba y desagradaba con su descomunal estatura de dos metros, había viajado al Artico para, modificando su estructura genética, mediante la manipulación del iridium acortarla, a metro setenta y cinco cosa que logró, pero que casi a costa de su vida. De hecho, estuvo clínicamente muerto, hasta que los ardientes besos de Candy, que por entonces aun era su novia, le trajeron de vuelta. Los médicos que le examinaron se quedaron perplejos. Y nunca se explicaron aquella prodigiosa recuperación, que para nosotros no dejaba de ser un milagro.
-Amor mío –musitó ella depositando un suave beso en los labios de Mark. Una suave fragancia a canela y lavanda llenó el cargado y viciado aire del despacho. Candy descorrió los pesados cortinajes que cubrían un amplio ventanal que se abría detrás de la mesa de Mark y movió los postigos, para que entrara algo de luz, aunque ya había prácticamente anochecido. Entonces Candy reparó que bajo la mano izquierda de Mark había un recorte de prensa que en una breve y escueta nota refería:
"El oficial médico Bryan Anderson Langeron cayó heroicamente ayer en combate, en cumplimiento de su deber como oficial médico."
No añadía nada más al respecto.
Candy leyó perpleja aquello y recordó azorada la involuntaria confesión que su marido había realizado hacía tan solo un momento, desde el otro lado de sus sueños. Los mismos apellidos, militar, y además Mark había mencionado una guerra. La muchacha se fijó en la foto en blanco y negro que figuraba sobre la noticia que había leído, y que realmente constituía el pie de foto, de aquella imagen. Candy estudió el rostro del hombre, maduro pero atractivo, enfundado en un uniforme de camuflaje. Rasgos prominentes, duros, decididos. Mandíbula cuadrada, cabellos negros y cortados a cepillo, pero lo que más le llamó la atención sobresaltándola, fueron los intensos ojos de color oscuro que parecían estudiarla con calma y detenimiento, desde el otro lado de la fotografía. No cabía duda alguna. Eran los mismos ojos, idénticos apellidos, demasiadas coincidencias. Se llevó las manos a los labios azorada por el descubrimiento que había realizado involuntariamente, acerca de su marido.
A pocos centímetros de Mark, halló otra nota de prensa, que hablaba de una guerra en un país lejano y desértico, que relacionó con el que había presenciado en una película, visionada en mi portátil, en compañía de su madre y hermana adoptivas. En ese instante, ella, Eliza y Helen se asustaron mucho, ante la carga de las monstruosas máquinas de acero, sobre hombres indefensos. Leyó algo de Iraq y una fecha: 12 de Febrero de 1991. El nombre de Iraq no le decía demasiado, hasta que sus arrebatadores ojos verdes vislumbraron el croquis de un mapa y dos ríos en cuyos nombre fue lo primero que se fijó, de la miríada de otros tantos, que salpicaban el mapa, junto con la explicación de tácticas militares y la representación de movimientos de tropas. Eufrates y Tigris.
-Mesopotamia –desgranó el nombre con su característica y dulce voz, que se tornaba ligeramente chillona, cuando se asombraba o afligía por algo.
Mark continuaba durmiendo, completamente ajeno a la presencia de su esposa que le observaba con una mezcla de piedad y amor desbordado, apenada y muy preocupada por sus ensoñaciones nada agradables. A veces cabeceaba, desparramando algunos de los interminables rimeros de folios apilados unos sobre otros en precario equilibrio y desorden, y susurrando en voz baja:
-Padre, padre…
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Bryan Anderson se adentró en las cavidades que había más allá de la cámara en la que descubriera las escrituras en sánscrito, junto con las representaciones en piedra y en pintura de una lejana hecatombe largo tiempo olvidada. Para su sorpresa, el suelo estaba alfombrado de esqueletos ennegrecidos y en posiciones horrorosas forzadas y antinaturales, atrapados algunos de sus cráneos descarnados, en lo que parecía una infinita mueca de horror. Caminó con cautela como si temiera perturbar el eterno descanso de los difuntos y escuchó como bajo sus pisadas, sonaba algo semejante a cristales rotos. Dio un respingo y exclamó:
-Pero…pero, ¿ qué es esto ? –preguntó al aire clavando su mirada en el suelo.
Entonces lo vio. Estaba moviéndose sobre cristales, o en otras palabras, arena sometida a tan altísimas temperaturas, que se había vitrificado. Era un fenómeno corriente en las explosiones nucleares, sobre todo en la zona cero, el punto de impacto de la bomba nuclear, o en el área desvastada que la circundaba. Algo más lejos, Bryan enfocó su linterna hacia lo que parecía una hilera de calles y edificios derrumbados por efecto del más que probable viento nuclear y distantes a tan solo unos metros de donde se hallaba, circundado por los despojos dejados por un horroroso crematorio atómico, vislumbró dos esqueletos adultos, protegiendo entre sus brazos, en un vano y patético intento de preservar sus vidas, otros dos más pequeños, cada uno en brazos de los esqueletos de mayor tamaño. A su lado había otra familia tomada de las manos, formada por los esqueletos de los padres y sus cinco hijos. Aun, después de tantos siglos permanecían firmemente aferrados, los unos a los otros, tal vez para infundirse mutuo valor en aquella hora tan dura y cruel.
-Una familia –dijo con voz queda Bryan y bajando la cabeza asqueado- una familia que intentó protegerse sin lograrlo, de esta maldita locura.
Recordó las palabras del ametrallador de cola del B-29 que arrojó la primera bomba atómica sobre Hiroshima:
"Díos mío, ¿ qué hemos hecho ?".
Efectivamente, recalcó en su mente, ¿ que locura inenarrable habían realizado aquellos lejanos e inconscientes seres ? ¿ que habían hecho ?
Se mesó los cabellos. Ya no estaba tan satisfecho de haber protagonizado aquel macabro hallazgo. Mejor dejar que aquella horrible tumba durmiera con sus inconfesables secretos, otros varios miles de años más. Se dispuso a retirarse con premura de allí, antes de que se desmayara de la impresión o él se convirtiera en una osamenta más, si por un casual, se producía un derrumbamiento que taponara la única salida, que por lo menos conocía y apretó el paso. Se preguntó con un escalofrío si aun, después de seis milenios o puede que más, mucho más, aun habría radiactividad ambiente.
Se dijo que por su bien era mejor creer que no y sorteó los cascotes y restos fundidos y desperdigados, avanzando con cierta dificultad, porque a veces tropezaba de forma accidental cayendo y dificultando su marcha, de la cantidad de obstáculos que había. La explosión debió ser tan potente que la ciudad había sido literalmente sepultada bajo tierra. Una palabra acudió a su mente: vimana, el nombre de una de las naves voladoras, que probablemente habría arrojado el arma nuclear sobre la indefensa e infeliz ciudad.
Lo que más le sorprendió, aparte de la espantosa matanza, fue la presencia de vehículos cuyas carrocerías estaban retorcidas y fundidas, mostrando el avanzado estado de desgaste que los efectos del óxido acumulado le habían producido. Aquellos aparatos tenían el aspecto de cabinas de las que sobresalían unas largas y prominentes patas, que debían impulsarlo. Estudió con detenimiento la compleja y a la vez robusta estructura bípeda de la cabina y se fijó en unos paneles de color oscuro, divididos en celdas rectangulares, que cubrían la superficie del techo del vehículo. Pasó su linterna sobre ellos para estudiarlos mejor, y una de ella emitió un breve destello animando brevemente la pata izquierda del bípode que se agitó violentamente durante unos segundos. Bryan se apartó asustado y volvió a repetir el experimento para confirmar lo que le rondaba por la mente y que había descubierto por pura casualidad. Mismo resultado. La pata izquierda se movió hacia delante nuevamente, para enseguida quedarse en reposo una vez más. Bryan abrió unos ojos como platos y exclamó:
-Asombroso, células fotoeléctricas que reaccionan con la luz.
Era increíble que después de tantos siglos, el destartalado y destrozado vehículo continuara mostrando un atisbo de vida. Se preguntó que habría provocado la guerra, si es que allí hubo tal o si fuera un desgraciado accidente similar al de Chernobyl, bajo que circunstancias podría haberse producido.
Entonces atisbó una especie de luz muy brillante al fondo de la inmensa sala que albergaba los restos de lo que una vez había sido una pujante y vibrante ciudad llena de vida. Algo le dijo que no debía acercarse allí, a aquella luz, quizás su instinto, quizás un sexto sentido, pero la curiosidad pudo más, venciendo finalmente sus últimas reticencias. Fue derecho a la luz. Mientras iba acercándose, a lo que parecía una especie de puerta enfocada al trasluz, revisó con ojos curiosos, una hilera de seres que estaban completamente estáticos, rígidos y de pie sobre la irregular superficie tachonada de cráteres y escombros esparcidos por doquier. Un somero examen más a fondo confirmó lo que había sospechado en un primer momento, al verlos.
-Robots –dijo completamente asombrado. ¿ Qué clase de portentosa cultura o avanzada civilización había creado todas esas maravillas, para luego caer en la más desoladora y horrible de las barbaries, devorada así misma por su afán desmedido de alcanzar más y más cotas de poder, o quizás víctimas de esa misma lacra a auspicios de otra civilización rival ?
Continuó caminando. Alguien había plasmado en la antesala de aquel horror, toda aquella desolación, en piedra esculpiéndola y pintándola, como si quisiera advertir a la posteridad y las generaciones venideras del tremendo peligro que aquella desbordaba energía en malas manos suponía, y las funestas consecuencias que podía acarrear.
"El fuego de Prometeo, la caja de Pandora" –pensó el hombre fugazmente mientras contemplaba como un alacrán se deslizaba furtivamente bajo una piedra oscura y tostada probablemente, por la milenaria o tal vez, quien podía saberlo, mil millonaria detonación nuclear. Sus reflexiones también se detuvieron en un nombre: Mohenjo Daro, una ciudad recién descubierta en el valle del Indo, en Pakistan, que parecía haber sufrido la misma desdichada suerte que aquella otra.
Se acercó a la luz. Algo le indicaba en lo más recóndito de su ser que retrocediera, que no continuara avanzando hacia aquella incertidumbre, pero el fulgor irisado le atraía como la miel a una mosca. No podía parar. Necesitaba saber, conocer, necesitaba…
Caminó hasta que estuvo frente a la puerta. Realmente era un poderoso haz de luz, sostenido por dos arcos metálicos. La luz zumbaba levemente y del haz, se desprendían de cuando en cuando pequeñas chispas voltaicas de un color tan blanco, que hería la vista. Bryan tuvo miedo y decidió alejarse, finalmente convencido de que era mejor dejar tranquilas aquellas extrañas y pujantes fuerzas y no despertar su furia. Pero Bryan cometió un pequeño error, una nimiedad, una fruslería pero que tendría funestas consecuencias. Al ir a desandar el camino emprendido, trastabilló y cayó hacia delante. Por un acto reflejo, intentó echar los brazos hacia el frente para cuando cayera, pudiera evitar lesionarse contra los guijarros y los afilados cardos que eran las únicas y escasas plantas que crecían, medrando a duras penas, en aquel solitario erial. Pero para su desgracia, la jugada salió mal, y su cuerpo se inclinó hacia el lado contrario, hacia atrás. Bryan braceó para tratar de mantener el equilibrio pero en vano. Cuando su cuerpo pasó por entre los dos postes levemente iluminados, se produjo un chispazo que por un instante llenó de luz toda la inmensa caverna. El zumbido aumentó hasta lo inverosímil y su cuerpo desapareció aparentemente volatilizado, fulminado entre los arcos de luz cegadora y potente que chisporroteaba de manera espeluznante. Cuando la luz perdió intensidad, la caverna volvió a quedar en penumbra. El cuerpo de Bryan había desaparecido, rumbo a un tiempo que no era el suyo sin dejar rastro. Volvió a s materializarse confundido y asustad. Se hallaba en otro tiempo diferente pero que le resultaba vagamente familiar. Permanecía en medio de un idílico lugar, un valle verde y ubérrimo, más concretamente en la cima de una pequeña y acogedora colina sobre la que se alzaba el árbol más grande y frondoso que jamás antes hubiera conocido. Al pie de la colina, se erguía una vieja pero hospitalaria ermita con un minúsculo campanario, pintada de blanco, en torno a la cual, una docena de niños y niñas jugaban en perfecta armonía y dando la impresión de estar divirtiéndose de lo lindo. Le pareció intuir a una monja de hábito azul u oscuro con una toca blanca, de rasgos juveniles y joviales, y a una señora mayor, de rostro redondo y alegre, con unos lentes circulares, circundando sus vivaces ojos. Tenía los cabellos recogidos en un moño e iba vestida con un traje oscuro. Los niños acudían a ellas para que mediaran en sus inocentes disputas infantiles, o ellas mismas se ocupaban de consolar y curar con desinfectante, a algún niño o niña, que había tropezado, produciéndose un ligero rasguño sin mayor importancia que les hacía llorar. Bryan se llevó unos binoculares negros a los ojos y leyó un rótulo pintado sobre un cártel con forma de caballo de madera, que estaba al pie del edificio, que a Bryan le resultó muy acogedor y entrañable.
-Hogar de Pony –dijo con voz alegre.
Entonces, sintió un hambre atroz. Las tripas le rugían estridentemente, y para su sorpresa mayúscula, unas enmarañadas y encrespadas barbas bordeaban su rostro, como si hubieran pasado meses, tal vez años. Muy asustado creyó que había enloquecido o envejecido de repente, pero afortunadamente, comprobó aliviado que sus fuerzas le respondían y que aparentemente, su piel no había sufrido grandes cambios. Pero su uniforme estaba muy sucio, como si se hubiera situado sin despojarse de él, bajo una ducha de barro y cieno. Como creyó que las amables y bondadosas señoras no le creerían, o tal vez no se fiaran de él, debido a su labor de protección hacia los niños, optó por hacerse pasar por un mendigo. El aspecto por lo menos lo tenía, por lo que supuso que daría el pego. No quería molestar ni lastimar a nadie, tan solo un poco de comida caliente y algo de ropa, o por lo menos un baño templado, si tal cosa fuera posible. Empezó a descender hacia el Hogar de Pony con pasos lentos y macilentos. En ese instante, la portada de un ejemplar de una gaceta dominical llegó a sus manos, empujada por el viento. Leyó distraídamente y casi sufrió un pasmo de la impresión, al deletrear la fecha escrita en la cabecera sobre los titulares a toda página y en primera plana:
12 de Febrero de 1924.
Los dientes le castañetearon pero procurando controlarse, y tras dejar que la hoja siguiera su curso, mecida por la brisa, empezó el lento descenso hacia el hospicio. Lo primordial era encontrar ayuda sin levantar sospechas. Luego vendrían las preguntas y los lamentos si fuera menester, pero primero serenidad y el pragmático y práctico Bryan Anderson, así lo decidió, enfilando sus pasos hacia el hospicio. Junto a la puerta del edificio, circundado por una valla de madera una niña de no más de cuatro años jugaba con una pelota de vivos y chillones colores, haciendo que rebotara contra la pared y volviera a sus manos, aplaudiendo entusiasmada, cada vez que eso sucedía. Sin embargo la niña, erró esa vez a la hora de tomar la pequeña y saltarina pelota, que se escurrió para su contrariedad y enojo, entre sus dedos infantiles. La pequeña siguió con sus ojos azules la trayectoria de la bola hasta que esta, fue a parar entre las botas de un hombre barbudo y con ropas sucias y encenegadas, que la recogió del suelo, con sus manos para devolvérsela. Pese a su sonrisa cordial y afable, la niña chilló despavorida suplicando ayuda, a auspicios de los intentos del hombre por calmarla, y sus repetidos ruegos para que no llorase más. Dos mujeres acudieron rápidamente a la llamada de la pequeña que se resguardó, escondiéndose tras las faldas de la señora mayor de aspecto venerable, moño gris y gafas de montura de acero y cristales redondos, que se fijó en el desconocido que las miraba con sus ojos oscuros y penetrantes, pero esbozando una amable sonrisa, intentando ser cordial y educadamente cortés con ambas. La niña se asomaba temerosa por el costado izquierdo de la señora Pony, que acariciaba sus cabellos rubios y repetía con suavidad y acariciando su mejilla izquierda para confortalarla:
-Tranquila, pequeña Amie, tranquila. No sucede nada malo. Tranquila.
FIN DE LA CUARTA PARTE
