ADVERTENCIA PREVIA DEL AUTOR:

Algunos de los capítulos sucesivos, de esta obra, están inspirados libremente en varios de los hechos relatados en REENCUENTRO EN EL VORTICE de Alys Avalos, en reconocimiento a su obra y labor y enfocándolo siempre desde el máximo y más extremo respeto y consideración hacia la misma. Respeto y reconozco plenamente la autoría Alys Avalos sobre sus personajes y su obra, que en ningún momento he intentado plagiar, dotando a algunas de las historias narradas, de una consecución completamente diferente y novedosa, entendiendo dicha obra como continuación natural aunque no oficiosa de la serie Candy Candy, cuyos personajes originales solo pertenecen a sus autoras.

Las referencias a otras series como Mazinger Z o Saint Seiya forman parte de mis intentos de crear un mundo actual, alternativo y ficticio donde tales hechos supuestamente fueran posibles, aunque interactúan escasamente o muy poco con Candy y el resto de personajes para no desvirtuar demasiado el sentido de la trama de Candy, pero en un intento por dotar de otro trasfondo más profundo, y supongo que novedoso para mis personajes.

Las referencias a Romeo y Julieta se deben a que en esa historia desempeñan un trágico papel, para Terry y Candy, en la línea argumental original y que debido al poder de Mark, tiene acceso a dimensiones y planos de existencias presuntamente reales a los que otros no pueden acceder. De ahí las referencias a Neo Verona y otros mundos de ficción.

Los personajes de Mark, Haltoran, Carlos, Maikel y Mermadon son completamente ficticios.

No obstante, si a pesar de todo vulnero alguna disposición o normativa, ruego se me haga saber y se retire mi historia lo antes posible.

VIAJE AL CORAZON DEL VORTICE, EN BUSCA DEL AMOR

5º PARTE

1

El joven de ojos oscuros despertó tras una azarosa noche en la que no había podido conciliar el sueño. Se removía en la cama sin poder dejar de pensar en ella, en aquellos sueños tan extraños y perturbadores que le asaltaban, que continuamente le hacían anhelar una parte de su vida que sentía perdida para siempre y de la que no recordaba absolutamente nada. Tal vez porque jamás hubiera existido, pero en el fondo de su alma, Dylan Taylor sospechaba que algo en su pasado no encajaba, algo que notaba como si le hubiesen arrebatado hacía tanto tiempo, no que había sucedido, sino que habría podido suceder. Ladeó la cabeza hacia la ventana de la pequeña habitación. La luz entraba con dificultad, filtrándose a través de los cristales cubiertos de nieve. Los póstigos entornados sobre la ventana proyectaban extraños arabescos y filigranas muy elaboradas sobre la pared que estaba a la izquierda de su cama. A su lado una forma menuda gimió levemente y se removió empujando las sábanas y las mantas hacia arriba, que terminaron por desparramarse por el suelo de la pequeña alcoba. Al notar como un repentino frío invadía su piel, Dafne Ashley palpó aun entre las brumas del sueño, para tratar de capturar la ropa de cama, pero lo único que tocó fue aire, y a continuación sus dedos rozaron levemente la piel de su novio. Al entrar en contacto con la carne tibia y recia del joven, la muchacha que tenía unos sedosos cabellos rubios que le caían en forma de media melena sobre sus hombros torneados se pegó contra el joven y le besó en los labios. Dylan abrió sus ojos oscuros, más que por el agradable y dulce saludo de Dafne, porque notaba como el frío reinante provocado porque las mantas cobertoras habían dejado de proteger su cuerpo, debido a la imprevista agitación de la chica, que las había desplazado fuera del colchón y que habían formado un revoltillo a los pies del lecho. Pero el helado ambiente invernal de aquella mañana de Enero, no era nada comparable con el que sus extraños y persistentes sueños, habían dejado su gélida impronta en el corazón y en el alma del joven.

2

Una muchacha de largos cabellos rubios ondulados, con arrebatadores y hermosos ojos verdes, semejantes a esmeraldas de fuego se le aparecía en sus sueños. Dylan estaba en un campo de batalla, rodeado de cadáveres, sangre y cráteres, en plena tierra de nadie y la muchacha le llamaba pero no utilizaba su nombre, si no otro que jamás había escuchado antes.

-Mark, Mark –gritaba ella con voz desgarrada por el dolor mientras sus intentos por reanimarles resultaban infructuosos.

Dylan estaba tendido en medio de un charco de sangre. Una bala le había atravesado el pecho haciéndole salir despedido hacia atrás mientras la sangre le borboteaba por la herida abierta y el muchacho incapaz de moverse, devolvía una mirada incrédula y asustada a la muchacha de los ojos como esmeraldas con los suyos vidriosos y sin vida. Llevaba un uniforme de color caqui que se había tornado marrón por efecto del barro y el cieno que embarraba la trinchera. A su lado, el casco de acero había resbalado de su cabeza inerte girando boca arriba como una peonza entre el cieno. Aunque estaba muerto, podía oír como a través de una lejana bruma la voz de la chica le llamaba de forma desgarradora mientras que de sus ojos verdes salían largos regueros de lágrimas.

-Mark, Mark –repitió la muchacha, arrodillada a su lado y tomando su mano flácida y fría- no puedes hacerme esto, amor mío, no puedes…no puedes…

Pero ya daba lo mismo. Los cabellos de Dylan, ahora Mark en el sueño se habían liberado de la prisión de su casco de acero y remansaban sobre el lodo, con sus mechones manchados de cieno y entremezclados con la suciedad de la tierra. Entonces comenzó a llover desde el plomizo cielo y un fuerte aguacero se cebó con el campo de batalla en torno a Cambrai. Dylan se frotó incrédulo la nuca y pasó sus dedos por sus sienes, como si siempre hubiera tenido aquellos largos mechones descendiendo sobre su frente y perdiéndose tras la curvatura de su espalda. Le chocó aquel detalle. Que él supiera, siempre los había tenido cortos y pulcramente nivelados a la altura de la nuca y sin patillas. Pero lo que más le sobrecogió fue escuchar los desgarradores lamentos de la muchacha, cuyo aspecto era semejante al de un ángel, embutida en su uniforme blanco. Una gorra del mismo color con una cruz roja incrustada sobre la visera de color verde reposaba sobre sus cabellos rubios. Dafne también era rubia, pero el color del pelo de aquella espléndida muchacha le superaba amplia y completamente en esplendor. Jamás había visto un color trigueño y dorado tan intenso y bello, o diría que sí. El sueño concluía con la muchacha pataleando y chillando furiosa, llorando de rabia y espoleada por un sentimiento tan hondo, que a Dylan casi se le saltaban las lágrimas, cuando la contemplaba en sueños, de la aflicción que le producía su desgarrador lamento. La joven era alejada a duras penas del cadáver de su amado, y en una patética escena por dos soldados. Uno de ellos era un hombre grueso de pelo muy corto y gafas metálicas que no podía dejar de llorar, aunque Dylan no sabría precisar, si por su camarada caído o por el sufrimiento de la hermosa enfermera. Su compañero era un hombre de rasgos decididos, ojos verdes pero no tan intensos como los de la chica y pelirrojo. Sus mechones de fuego le sobresalían del borde de su casco de acero como si de lenguas flamígeras se trataba. La chica no dejaba de removerse y tratar de zafarse de la presa que los dos combatientes hacían en torno a sus muñecas, mientras la lluvia les fustigaba con rabia calándoles hasta los huesos. Dylan escuchó las imprecaciones del hombre pelirrojo que gritaba a la muchacha, harto de forcejear continuamente con ella:

-Candy, por todos los cielos, no podemos hacer nada por él. Nada. Se ha ido.

El sueño terminaba ahí, y así noche tras noche, día tras día, mes tras mes, desde hacía casi dos meses. Nunca antes había tenido pesadillas o sueños dignos de mención, pero aquel superaba todas las expectativas y absurdos. No conocía a ninguna Candy, ni a aquellos hombres que parecían llorarle, al igual que la hermosa y enigmática enfermera. El había estado en la guerra, pero jamás en el sector de Cambrai, si no en Nancy, a muchos kilómetros de distancia de allí. Se irguió en la cama y sentándose en el borde, se masajeó las sienes. Aquellas visiones estaban empezando a preocuparle porque se repetían continuamente, y aunque intentaba ignorarlas, era tal su realismo e increíble nivel de detalle que se dijo que tendría que buscar ayuda psicológica cuanto antes. Suspiró y enmarcó su rostro fuerte y decidido entre las palmas de sus manos, mientras Dafne que ya había abandonado su lado de la cama, con una pequeña sacudida cuando su cuerpo se despegó del lecho en el que aun estaba tendida, rodeó a su novio con sus brazos y dijo alegremente:

-Buenos días madrugador. Parece que tienes ganas de aprovechar bien el día.

Dylan no replicó. Sus ojos preocupados se fijaron en el calendario que colgaba de una alcayata clavada en la pared, encima de la cabecera de la cama. Sobre la página que anunciaba en caracteres romanos de un intenso color rojo el mes de Enero, destacaba la imagen de una pareja que viajaban en el interior de un pequeño bote de remos. Ella sostenía una sombrilla de raso blanca y llevaba un canotier con una pequeña cinta roja que abrazaba todo el contorno del sombrero. Tenía un sencillo vestido blanco sin mangas, y su pelo dorado, sobresalía por el borde del coqueto sombrero. Él remaba mirándola arrebatado, guiando con mano diestra, imaginaba Dylan, por el río de color azul que parecía desembocar en un lago. Entonces, inconscientemente sus labios pronunciaron un nombre del que jamás antes había oído hablar, pero le resultaba familiar.

-Lakewood.

-Perdón, ¿ cómo dices ? –le interrogó sorprendida Dafne, que posó sus ojos de color azul sobre el rostro de Dylan. La muchacha paseó la vista luego, por el papel azul, con motivos florales enmarcados de guirnaldas que tapizaba las paredes de la alcoba.

Dylan hizo caso omiso a su novia por segunda vez, o tal vez no había entendido cuanto le decía. Dafne se puso de pie de un salto y cruzando los brazos sobre el pecho preguntó con una inflexión de preocupación en la voz:

-¿ Has vuelto a tener esos sueños, verdad Dylan ?

El joven esta vez pareció reparar en la presencia de su novia. La observó brevemente con nerviosismo y asintió rápidamente diciendo:

-No, no, sé lo que me ocurre Dafne –declaró sin poder apartar la mirada de la escena de la pareja navegando por el río, plasmada en el calendario- esas visiones...yo diría que son más que sueños. Son tan vividas, tan lúcidas…

Dafne reclinó la cabeza en el hombro de Dylan. Sus rizos dorados

se precipitaban por el abismo de los hombros del joven que jugueteó distraidamente con los mechones de pelo de la chica. Dafne sonrió. Le gustaba aquel nivel de intimidad entre ambos. Pronto se casarían. De hecho Dafne ya había escogido las alianzas, y contrariamente a la costumbre, fue ella quien declarándose en un parque de Canterbury, le pidió que se casara con él. Dafne era una chica especial, de carácter tierno pero fuerte que solía tomar la iniciativa en todo lo que se proponía. Lo mismo hablaba de los derechos de la mujer que de las cotizaciones oficiales de la Bolsa de Nueva York o de los más recientes avances científicos. La muchacha tenía un afán insaciable por saber y conocer y leía todo lo que estaba a su alcance devorándolo con insaciable e innata curiosidad. Dylan un poco sorprendido porque la petición de su novia, le tomó por sorpresa asintió nerviosamente, mientras la chica le abrazaba con tanta energía que Dylan notó como su ser se estremecía, pero no de placer si no de tristeza y profunda melancolía. Aquella tarde, bajo las hayas y los robles del parque, entre parejas cogidas de la mano y niños que corrían riendo, mientras hacían rodar un aro de acero empujándolo con una varilla y en el cercano lago, hedían la superficie calma de las aguas, los remos de las barcas de recreo, Dylan notó una congoja difícil de explicar. En su mente, el rostro de Dafne era reemplazado por el de Candy. Y entonces, el cariacontecido muchacho se mostró frío y apesadumbrado, aunque la enamorada Dafne lo achacó a los nervios que le había producido sin duda, su precipitada petición de mano y el hecho de que hubiera sido ella, en vez de él, el que le pidiera en matrimonio.

-No debes concederle mayor importancia, amor mío –dijo ella mientras retiraba una legaña de los ojos oscuros de su marido- no creo que tengas que ir a un psicólogo. Son solo sueños, eso es todo. Verás como dentro de poco desaparecerán sin dejar rastro. Ya verás como…

Dylan estaba cada vez más irritado con Dafne. Llevaban siete años de noviazgo, desde que él retornara del frente con la finalización de la guerra en Septiembre de 1917, con la gran ofensiva aliada en Cambrai, mediante el empleo de una nueva arma secreta y decisiva, dos mil tanques que combinados con el esfuerzo de medio millón de soldados aliados y tres mil aviones, finalizaron los sueños de grandeza del Kaiser, que había esperado ver ondear la bandera imperial alemana, en la cima de la Torre Eiffel. Pero nada de eso sucedió. Sin embargo, cuanto más estrecho contacto tomaba con la atractiva muchacha, menos sabía de ella. La había conocido poco después de retornar del frente ya licenciado. Buscaba una pensión en la que alojarse por un módico precio mientras trataba de encontrar un empleo mínimamente estable. Y la encontró en un tranquilo y recogido barrio residencial de la ciudad, en una casa de dos plazas, de tejado rojo y paredes encaladas, habitada por una familia cuya hija pronto tomó interés por el joven de ojos oscuros y cabellos cortados a cepillo que descargó su petate en el suelo y se tendió en la blanda cama, tan pronto como pudo instalarse. Estaba tan agotado después de casi dos años entre el barro y la miseria de las trincheras, que todo aquel cansancio acumulado se manifestó en unos segundos, haciendo que se quedara dormido tan pronto como cerró los ojos, aun sin despojarse de su uniforme militar. Dafne, compadecida de su estado, le sacó las botas aunque le costó visiblemente, porque de tanto tiempo que las había llevado, parecían atornilladas a las plantas de los pies del joven soldado licenciado con honores. Unos meses después de salir juntos, de citas secretas y de furtivos encuentros a hurtadillas, el padre de la muchacha autorizó a que formalizaran sus relaciones. Como Dylan no tenía dinero para establecerse por su cuenta, pero era trabajador, serio y responsable, el padre de Dafne, un hombre mayor pero de mentalidad abierta, que había enviudado recientemente cedió a los ruegos de su única hija de que permitiera que Dylan se quedase a vivir allí definitivamente. El amable anciano ocupaba la parte baja, por lo que la pareja podía desarrollar una suerte de vida marital, insólita para la rígida moral de la época. Pero todo había ido de mal en peor. No es que Dylan hubiera hecho o dicho algo que incomodara a Dafne o en el sentido de romper su relación, pero la chica presentía que algo no iba bien. Y menos cuando después de restar importancia a los supuestos sueños de su novio, este se irguió irritado y empezó a vestirse lentamente, extrayendo algunas prendas del armario empotrado.

-Espera, -dijo la muchacha suplicante- no pretendía ofenderte. Yo…

Pero Dylan no la escuchó. Sentía que tenía que abandonar la atmósfera pesada y agobiante de la habitación. Y no era por Dafne si no porque aquellos reiterados sueños le estaban atormentado hasta extremos insostenibles.

-Necesito dar un paseo –dijo el chico poniéndose unos pantalones beige y una camisa de color claro- tengo que aclarar mis ideas. Esas visiones…me tienen muy confundido.

-Espera –dijo ella solícita- voy a ponerme un vestido y acompañarte.

Un repentino y creciente hastío al que no podía atribuirle ninguna razón concreta, estaba empezando a crecer en él. Exhaló una bocanada de aire y cuando hubo terminado de abrocharse los botones de la camisa, pasó a afianzar el cinturón de cuero y luego a los cordones de las botas negras que había escogido.

Como no contestara a sus requerimientos, Dafne continuó insistiendo:

-Querido, ¿ no me has oído ? si esperas un poco iré contigo y te haré compañía. Hoy es domingo y aunque el día es fresco, va a ser muy soleado. Me vendrá muy bien un paseo a tu lado. Creo que los dos lo necesitamos.

-No –dijo Dylan con voz seca y cortante. Dafne parpadeó incrédula mientras sus ojos azules se clavaban en su espalda que estaba cubriendo con una chaqueta de color negro.

-Pero, pero, querido, ¿ que te ocurre ? te noto distinto. Déjame ir contigo. Luego podríamos dar un paseo en bote.

Dylan crispó los grandes puños y notó como el hastío se transformaba en rabia. Sentía que aquella vida no le correspondía pero no sabía indicar la razón ni encontrar un porqué. Mientras Dafne continuaba insistiendo pese a la tajante negativa de su novio, hasta que este, haciendo una mueca se giró harto de su palabrería y dijo con palabras duras y cortantes que ni él, y mucho menos ella, llegaría a creer posibles en sus labios.

-Quiero estar solo. No quiero tu compañía, no quiero que me agobies más, ni siquiera sé si deberíamos seguir estando juntos.

Dafne no daba crédito a aquellas palabras que fueron como jarros de agua fría sobre su corazón. La chica desvió la cabeza y cruzó los brazos sobre el camisón de seda que remansaba en torno a sus pies. Sus rizos rubios se estremecieron bajo las sacudidas que un llanto quedo pero violento imprimía a su cuerpo.

-Ya –dijo ella retorciéndose las manos- no deseas que sigamos juntos. Se trata de otra mujer, ¿ no es así ?

Dylan asintió lentamente. No experimentaba pena ni compasión por la destrozada mujer que hasta hacía unos instantes había sido su novia y su prometida.

-¿ Se trata de esa Candy verdad ?

Entonces, como si despertara de un largo sueño en el que hubiera estado sumido durante siglos, asintió, pero todavía hizo un postrer intento por arreglar su situación, que tan torpemente había precipitado. Intentó abrazar a Dafne, pero la chica se puso lejos del alcance de sus brazos y dijo resentida mientras las lágrimas descendían a plomo por sus mejillas:

-No me toques, no se te ocurra tocarme –dijo histérica, presintiendo que lo que ella había tomado por sueños e imágenes oníricas sin sentido, tenían un trasfondo de realidad, y que Dylan le había engañado miserablemente. Tal vez se veía en secreto con esa tal Candy o la añorara tanto, que generaban en su inconsciente esos sueños que por lo que se veía tenían una base real.

Dylan hizo una nueva tentativa de arreglar las cosas, pero Dafne era demasiado orgullosa y temperamental. No aceptaba un desaire, un desplante o una ofensa por nimia que fuera. Abriendo la puerta de la habitación de par en par, y sorbiéndose las lágrimas hizo un ademán con la cabeza y le dijo mientras el viento frío que provenía del hueco de la escalera, removía levemente los faldones de su camisón.

-Vete de aquí Dylan. Aunque me arrepienta para el resto de mi vida, no quiero volver a verte nunca más. Vete con ella, porque conmigo no tienes nada que hacer. Lo nuestro se ha terminado.

3

Dylan había salido de la vida de la muchacha, tan rápidamente como había entrado en ella. Dafne arrojó sus pertenencias por la ventana, mientras su padre sorprendido por la discusión intentó mediar, pero la muchacha le pidió que se mantuviera al margen de aquello. Una vez que Dylan, recogiendo como buenamente pudo, sus desperdigadas cosas en una maleta que fue el último objeto, en descender desde la ventana de la alcoba, situada en la segunda planta de la casa, se marchó sin mirar atrás, Dafne lloró desconsoladamente apoyando sus rizos rubios en las rodillas de su padre, que acarició lenta y pausadamente los cabellos de su hija sin decir nada. Quizás en esos duros momentos, el mejor consuelo que podía dispensarle a su atribulada retoña era su silencio. El anciano sentado en una butaca de tela gris frente a la chimenea que presidía el salón sabía que tarde o temprano llegaría aquel aciago momento en la vida de Dafne, porque realmente sabía cual era el verdadero secreto de Dylan, mientras su hija se abrazaba a sus rodillas perlando la tela del traje de su padre, de saliva y empapándola con sus lágrimas.

4

Dylan deambuló por las calles sin rumbo fijo. Trabajaba en una fábrica de componentes metálicos y recambios para la incipiente industria del automóvil que despegaba con fuerza, después del cruel conflicto que había asolado Europa durante tres años y unos meses. Pero sabía que lo perdería, porque al día siguiente no se presentaría en la fábrica y no ficharía más allí. Después de siete años de vegetar en una existencia plácida pero fingida, que sustituía a otra que le había sido robada y de la que había podido presenciar fugaces retazos como fogonazos que se encendían en el interior de su mente, estaba dispuesto a averiguar hasta donde podía llegar para recobrar sus verdaderos recuerdos, si es que tales existían. Pero aun agobiado por el peso de la conciencia, de lo que había terminado de hacer, y habiéndose plantado inadvertidamente ante la fachada de una taberna, decidió intentar ahogar sus penas con alcohol o sacar a relucir sus vivencias, a medida que el alcohol trasegara a través de su garganta a su cuerpo. Se fijó en un cártel oscilante que reproducía la figura agazapada y encorvada de un cuervo acechante con las alas plegadas, que le miraba torvamente. A su lado en letras de idéntico color podía leerse: "Taberna del Cuervo Feliz".

A Dylan el concepto que el dueño de aquel establecimiento tenía de la felicidad, le resultaba irónico y cuanto menos chocante. Si un cuervo podía ser feliz y más con la mirada negra y amenazante que había reflejado en el ave de madera, entonces debería ser realmente afortunado, más que él por lo menos. Accedió al interior, mientras el cartel gimió sobre sus goznes oxidados oscilando junto con sus cadenas que le suspendían de la barra de hierro herrumbrosa y cuarteada, que destacaba en la pared de ladrillos rojos del bloque de viviendas, en cuyos bajos estaba situada la escondida y lóbrega taberna, que más bien parecía un tugurio mohoso y olvidado.

En el interior flotaba un denso ambiente cargado de humo de tabaco rancio y barato y el hedor de las borracheras que las pintas baratas servidas en grandes jarras de cristal pasaban de mano en mano. Alguien cantaba una vieja canción inglesa con voz gangosa y en las mesas del fondo, dos hombres con aspecto patibulario echaban un pulso entre sí, midiendo sus fuerzas. Los antebrazos sudorosos pugnaban sobre la sucia y ajada superficie de la mesa circular convertida en improvisada arena de torneo.

Dylan se acercó al mostrador donde un viejo de pelo ralo y al que le faltaban casi todas las piezas de la dentadura, servía bebidas en vasos cuarteados y tan mugrientos que no era posible entrever de que color era el contenido de la bebida que los albergaba. Pero eso a Dylan le daba igual. Tan bueno era un lugar como otro para emborracharse hasta perder el sentido, tan bueno era aquel sitio para hacer balance de tu vida, como el más lujoso e inaccesible de los palacios. Un nombre acudió de nuevo a sus labios:

-Grandschester –musitó mientras bebía la primera de muchas copas que el viejo barman le sirvió con mano torpe y vacilante.

Dylan depositó por el mostrador varias monedas que rodaron haciendo un tintineo metálico sobre la superficie de madera del vetusto mostrador que había conocido tiempos mejores. Apuró el vaso y ordenó al viejo:

-Más. Ponme otra copa.

El viejo rió entre dientes y negó con la cabeza. Una copa, ¿ de dónde se habría fugado aquel inféliz ? contento podía darse, si podía servirle el aguado e insípido vino en un recipiente de vidrio y no en cazos metálicos como ese granuja de Jeckinks que le birlaba la clientela con procedimientos desleales y nada limpios.

El anciano volvió a reir a carcajadas por su ocurrencia. Limpieza, allí en la Taberna del Cuervo Alegre.

Dylan le miró con indiferencia. Quizás el nombre de aquel barucho se debiera a la hilaridad del viejo que lo regentaba y a su notable parecido con el cuervo que daba la bienvenida a quien se aventuraba en el oscuro interior del establecimiento.

Dylan bebió de nuevo el contenido del mohoso y apestoso vaso de un trago. Y continuó reclamando más tragos, que se sucedían a velocidad vertiginosa. El viejo impaciente y molesto por la insistencia de aquel pesado e impertinente joven que cada vez estaba más borracho, pero que no parecía violento en absoluto y que ejercía un perfecto autocontrol sobre su comportamiento, que aun así estaban empezando a dejarse sentir, le dio la espalda y se alejó al otro extremo de la barra para atender a otros clientes, unos marineros que habían irrumpido en la taberna, prorrumpiendo en carcajadas y fuertes voces que llenaban el sórdido ambiente con presagios de pelea y reyerta multitudinaria. Dylan les miró con indiferencia, pero cuidando de no atraer su atención. Aquellos hombres eran duchos en las riñas tabernarias y disfrutaban siempre que podían de una buena trifulca donde romper algunas cabezas o marcar con cicatrices permanentes y que necesitaban de varios puntos, de esas que permanecen de por vida en la piel de los desgraciados que las sufren y afean o arruinan existencias, según se mire al desfigurar el semblante de aquellos que tenían la mala suerte de cruzarse en su camino. Y no eran pocos los que habían incurrido errónea o conscientemente, en semejante mal fario.

Dylan continuó bebiendo en silencio, permaneciendo en su solitario rincón, tratando de no destacar por encima de los escasos y callados clientes que, le estaban imitando, intentando no suscitar el peligroso interés de la peligrosa cáfila de hombres que en pequeños grupos se habían distribuido por toda la taberna para otear algún posible blanco de sus chanzas y vejaciones. Y como no podía ser de otra manera, la rueda del destino giró de nuevo señalándole con su dedo. El que parecía llevar la voz cantante de la temible pandilla reparó en Dylan fijando sus ojos en la maleta de cuero verde que reposaba junto a su taburete. Dylan continuaba bebiendo lentamente, paladeando el aguado y pesado licor, con el que intentaba superar sus pesares. El jefe de los marineros alargó una mano erizada de vello que semejaba la garra de un antiguo monstruo por su descomunal tamaño. No tenía intención de pelear con el propietario de la maleta, no por miedo sino porque pretendía birlársela delante de él de forma que sus hombres pudieran apercibirse de su habilidad y burlarse en la cara del joven. Luego si era menester, le humillarían y le marcarían la cara con una de aquellas botellas de vidrio que cuartearían contra el canto de una mesa, para convertirla en una afilada navaja con la que le desgarrarían la piel. Que poco sospechaban aquellos hombres que estaban a punto de despertar a la mayor y más temible fuerza que el mundo conociera nunca y que lo pagarían caro. El contramaestre alargó su zarpa y asió el asa de la maleta que contenía las escasas pertenencias de Dylan que continuaba acodado en la barra y la vista fija en el ambarino líquido que se estremecía levemente en el interior del vaso cubierto por una pátina de mugre y porquería. El hombre, que tenía unas artrosas y enmarañadas barbas, sonrió aviesamente y se dispuso a tirar de la maleta entre las incipientes risas de sus hombres que apenas podían contener sus carcajadas, cuando algo pareció ir mal. Pese a que el hombre era el doble de fuerte que Dylan, no consiguió atraer la maleta hacia sí ni moverla ni un milímetro. Cuando levantó la mirada sorprendido y contrariado hacia Dylan, un par de ojos oscuros como la noche le contemplaron con desprecio. Pese al alcohol que había trasegado, el joven dio un tirón a la maleta haciendo que el contramaestre rodara por tierra estupefacto. Se irguió pesadamente y como cabía de esperar, por su orgullo de matón herido, desplegó una gran navaja con un extremo puntiagudo y cachas de nácar. Dylan aguardó pacientemente y cuando el hombre le lanzó una acometida, se apartó como el rayo retrayendo el puño izquierdo hacia atrás. El contramaestre cargó contra él al grito de:

-Te voy a destrozar maldito.

Pero la amenaza no llegó a cumplirse. Dylan descargó tal puñetazo en mitad de la cara del marinero que salió despedido, golpeándose contra la barra de la taberna y rebotando hacia delante se derrumbó pesadamente sobre una silla que cedió bajo su peso y cuyas patas se quebraron. El contramaestre se golpeó en la frente y quedó inconsciente tendido en el suelo. Su gorra azul rodó por el mugriento pavimento de la taberna, tachonado de vómitos y de botellas medio vacías y la chaqueta del mismo color se abrió dejando entrever una ajada y descolorida camiseta a rayas rojas y blancas, salpicada de manchas de grasa y de alcohol.

Dylan tomó su maleta y los doce secuaces se miraron entre sí, presas de un incipiente miedo, pero sus dudas se esfumaron, al menos aparentemente cuando los hombres se envalentonaron, dándose ánimos entre sí para infundirse un valor que no sentían. Dylan les dio la espalda y salió al exterior dispuesto a continuar su camino, cuando los hombres fueron tras él y le rodearon no estando dispuestos a dejarle irse así como así. Dylan sonrió levemente entornando los ojos oscuros que refulgían bajo la luz de la luna y dijo lentamente:

-Más os valdría ocuparos de vuestro jefe, si no queréis terminar como él.

Cuatro marineros se abalanzaron hacia delante esgrimiendo un variado surtido de navajas, porras y hasta un garfio de abordaje. Rostros feroces, temibles, acostumbrados a que todos se humillaran ante ellos y que nadie levantara los ojos o la voz ante sus tropelías, pero aquella noche era diferente, como pronto comprobarían en su propia carne.

Dylan hizo una finta y sin soltar la maleta atacó lanzando una rápida sucesión de golpes que noquearon a aquellos bandidos. Uno de ellos fue a parar al interior de un cubo de basura con la nariz rota y un ojo hinchado, otros dos terminaron estampados contra una pared de ladrillo en la que había fijados varios carteles publicitarios de una compañía de teatro. En cuanto al último de los atacantes, terminó en las ramas de un árbol que crecía desmadejado y torcido junto a la taberna. Los ocho restantes retrocedieron inmediatamente, y entrando en la taberna recogieron a su maltrecho contramaestre que gemía débilmente con el rostro abotargado por los golpes que había recibido y se fueron de allí precipitadamente, sin volver la vista atrás. Sus cuatro camaradas tendrían que apañárselas por sí solos o ya regresarían más tarde a por ellos, con refuerzos o cuando aquel temible individuo no se encontrase ya por los alrededores.

El joven se escondió en un callejón repleto de basura y en el que algunos indigentes dormían abrigados con mantas o cartones, intentando conciliar el sueño para no pensar en el hambre y la miseria que presidía sus vidas. Abrió la maleta y extrajo una cazadora negra, una camisa blanca a cuadros y un pantalón vaquero. Se deshizo de sus ropas que entregó a un anciano mendigo que le miraba con la boca entreabierta y que bebía de una petaca envuelta en una bolsa de papel. El hombre llevaba un pantalón raído sujeto con una cuerda y una gabardina tan desastrada que las costuras habían cedido y estaba deshaciéndose en pedazos. Dylan le saludó con una leve inclinación de cabeza y sobre su cuerpo desnudo, a excepción de la ropa interior, se vistió rápidamente de nuevo. Entonces se dirigió hacia el exterior del maloliente callejón y clavando los ojos en la publicidad que tapizaba todo el tabique de ladrillos, la escrutó con sus ojos fríos y crueles. Bajo la imagen de un joven de cabellos castaños y ojos azules, actuando como Romeo, figuraba un texto que rezaba:

"Hoy Romeo y Julieta, representación a cargo de la compañía Strafford"

Luego había unas líneas más pequeñas y en color negro que indicaban el horario de la actuación, el coste de la entrada y el teatro en que sería representada.

Entonces un intenso y sofocante calor derritió los carteles. El rostro sonriente y bien parecido de Romeo se cuarteó cuando en el papel satinado se abrieron grandes manchones negruzcos que tiznaron la ilustración, bajo la acción de unas abrasadoras y ondeantes lenguas de fuego que quemaron los carteles hasta que solo quedó la pared de ladrillo que se tornó negra por el hollín de la combustión, allí donde había estado el cártel, dejando una mancha rectangular. El resto del muro estaba sin ninguna mancha.

Dylan apagó con un siseo los chorros de fuego que emergían de sus muñecas sin carbonizarle la piel. Entonces el joven cerró los ojos y brilló levemente, mientras una sustancia anaranjada que llevaba por siete años inactiva se removió inquieta, llenando su sistema circulatorio y mezclándose con su sangre. El cabello casi al cero del joven creció aceleradamente cuando su estructura molecular fue alterada mínimamente para producir que su pelo alcanzara la longitud que había tenido antaño y que se había cortado para que nada en su aspecto denotara o le recordase lo que había sido hasta ese instante. Pero a partir de ahora sería diferente. El joven caminó lentamente, buscando algo más entre sus bolsillos. Removió ligeramente la mano dentro del forro de un bolsillo interior de su cazadora negra, y extrajo una minúscula batuta oscura. Apretó un botón y los servos y giróscopos largo tiempo silenciados, entraron en acción provocando que el RPG-12 renaciera de nuevo alcanzando su tamaño original. Lo volteó con mano experta entre sus dedos tan rápidamente que el arma se hizo invisible por unos breves y fugaces instantes. Con un click metálico, una cabeza cónica emergió del ánima del cañón, lista para ser usada de nuevo. El muchacho replegó el arma y guardándola de nuevo, caminó con aplomo separando los brazos del tronco y arqueando ligeramente los hombros. Sonrió levemente sin atisbo de alegría en su rictus y musitó:

-Dylan Taylor ha muerto en este callejón.

Entonces echó a correr mientras hileras de fuego se extendían detrás de su cuerpo a su paso. Un olor dulzón a ozono y el crepitar de la electricidad estática que erizaba los cabellos y el vello de los pocos borrachos, mendigos y gentes de dudosa honradez que se movían por aquel peligroso barrio, haciendo que se detuvieran perplejos saturó el aire. El joven siguió corriendo y cuando juzgó que había llegado el momento culminante, flexionó las piernas y dio un gran salto mientras el fuego nuclear del iridium se desataba nuevamente otra vez más, mientras exclamaba, antes de que saltara en el tiempo:

-A partir de ahora, Mark Anderson resurge de sus cenizas.

Hubo una seca y fuerte detonación mientras una flecha de fuego con un hombre en la punta de la misma, con el cabello desplegado al viento y dejando un rastro ígneo tras de sí, se abría paso hacia las inmensidades del tiempo, mientras trepaba velozmente ganando altura, hacia el pasado, más concretamente hacia 1917.

Uno de los pocos testigos que pudo ver claramente el pavoroso fenómeno fue el mendigo al que Mark había entregado sus ropas anteriores. El hombre se rascó la barba hirsuta y canosa y quitándose el arrugado gorro de lana que coronaba su cabeza se rascó los escasos y ralos cabellos que le quedaban, bebiendo un largo trazo de su petaca. Pese a que el alcohol embotaba sus sentidos, sintió como un estremecimiento recorría su cuerpo, mientras vaciaba el contenido de la botella en el pavimento, jurándose no probar gota de alcohol nunca más.

5

Mark había eliminado todo el alcohol gracias a su prodigio metabolismo tan pronto como sus recuerdos retornaron. Por extraño y paradójico que resultara, el licor le había devuelto sus vivencias perdidas o por lo menos, la capacidad para ver como había ocurrido todo. Recordó como había salido en busca de Candy debido a su tardanza cuando fue incorporada apresuradamente a un equipo médico formado a toda prisa , encargado de atender a los heridos que iban llegando en continuas oleadas sin solución de continuidad. Evocó el momento en que Candy exponiéndose demasiado para salvar a un joven soldado inglés, pero con uniforme norteamericano, que había sido herido de forma bastante seria en una pierna y que se encontraba entre el fuego cruzado de las ametralladoras aliadas y alemanas, se convirtió en un tentador blanco para las balas que silbaban furiosas en la confusión del combate. Mark lanzó un tremendo grito y lanzándose en plancha contra su esposa la asió en el último momento, protegiéndola con su cuerpo y utilizando el iridium para apantallarse y rechazar las ráfagas de ametralladora. Voló con Candy fuertemente sujeta contra su pecho. En ese instante, la depositó sana y salva en las trincheras aliadas y se dirigió hacia el soldado que estaba tirado en el suelo, en plena tierra de nadie. Logró alcanzarlo, reptando y esquivando el fuego graneado que los alemanes le dirigían, suscitando la admiración de los soldados ingleses que para protegerlo, abrieron fuego de cobertura en respuesta al de las ametralladoras Maschinengewehr 08 alemanas. Cuando volteó al soldado para cargarlo sobre sus hombros, se quedó horrorizado. Unos ojos azules enmarcados por unos cabellos castaños que lanzaban reflejos dorados le observaron con gratitud. Mark tragó saliva y dijo sordamente:

-Tú…

Vaciló, pero Candy y Haltoran le apremiaban desde la relativa seguridad de las trincheras al otro lado de la tierra de nadie, para que se reuniera con ellos. No dudó ni un segundo más y ayudó al soldado a ponerse en pie que cojeando levemente, logró resguardarse en las defensas aliadas, protegido por los sacos terreros que absorbían el impacto del nutrido y furioso fuego enemigo. Yo ayudé al hombre a llegar hasta un pequeño destacamento médico, indicándole el camino. El joven se giró para tratar de entrever a Mark, y apreciar mejor el rostro del hombre que le había salvado la vida y de paso asegurarse de que regresaba sano y salvo a nuestras líneas. Tenía deseos de estrecharle la mano y agradecerle su gesto, cuando un horrorizado grito de mujer llegó hasta nosotros. Mark se agitó de forma espasmódica, mientras una lluvia de fuego granizado le perforaba arrebatándole la vida. Saltó hacia atrás y cayó entre el barro de la empantanada superficie tachonada de cráteres abiertos por las granadas de la artillería de ambos bandos y que las inclementes lluvias que habían azotado aquella parte de Francia durante varias semanas rellenaban formando balsas de aguas maloliente, estampada y corrompida. Candy lanzó un segundo grito más fuerte y trató de alcanzar a su marido que yacía inerte en el suelo. Entre yo y el soldado al que Mark había recién salvado su vida la sujetamos antes de que cometiera una locura. Se debatía tan violentamente que su gorra de enfermera rodó sobre la tierra y sus largos cabellos rubios remansaron sobre sus hombros, mientras sus arrebatadores ojos verdes seguían clavados en el cuerpo del único hombre que había amado hasta ese momento en su vida. Haltoran retornó con Mark en brazos. Su rostro habitualmente jovial y risueño estaba contraído por el dolor y un temblor nervioso sacudía cada fibra de su piel. Entonces acarició la mejilla de su amigo y enterrando el rostro en sus cabellos negros, comenzó a llorar amargamente, mientras Candy se desplomaba entre los brazos del joven de ojos azules y cabellos castaños.

6

Los recuerdos se agolpaban en la mente de Mark, mientras surcaba una era tras otra. El siseo del iridium era insoportable pero no le importaba. De vez en cuando daba leves bandazos motivados por la falta de práctica en el empleo de sus portentosas habilidades.

"Las balas que me dispararon no podían tocarme, pero una de ellas atravesó mis defensas y me alcanzó en la frente, pero no me mató".

Solo había una sustancia capaz de dañarle, y esa era la antimateria camuflada en una bala destinada por supuesto a acabar con su vida. Sin embargo, la antimateria no llegó a activarse porque el cartucho de fulminante no llegó a estallar y por tanto, la bala cargada de antimateria se convirtió en un proyectil común y corriente que debido a una fortuita concatenación de hechos desafortunados logró su objetivo.

"Luego, cuando me dieron por muerto e iban a enviar mi cadáver a Estados Unidos, alguien de la oficina sanitaria cometió un torpe pero providencial error" –pensó Mark que tras exhaustivas investigaciones logró averiguar que había sucedido realmente.

"Un oficial médico confundió mi identidad con la de un soldado que había fallecido tan solo hacía unas horas antes que yo, por lo que yo fui dado por muerto. Me convertí así en Dylan Taylor, un muchacho de dieciocho años natural de Gales y que cuando la bala alojada en mi cráneo fue disuelta por el iridium, recobré la consciencia. Mis tejidos son tan elásticos debido al iridium, que la bala no pudo alcanzar ningún punto vital del cerebro. Pero el impacto hizo que perdiera mi memoria más reciente de los últimos acontecimientos y que asumiera inconscientemente, tomándola por la mía, la identidad de Dylan Taylor, aunque la fui recobrando gradualmente, con mis sueños y premoniciones. Lo siento por Dafne, pero aquello no podía durar demasiado".

Unos momentos después de que el recobrado Mark, con la identidad de Dylan Taylor recobrara la consciencia provocando el enfado de Marius Duball, un veterano médico de cincuenta años cuyos ojos oscuros echaban chispas y despotricaban contra el imbécil que según sus palabras "había dado por fallecido a un joven con un ligero rasguño en la frente". Su calva refulgió bajo las luces del barracón de campaña que hacía las veces de hospital mientras exponía su enojo a una enfermera que le contemplaba con ojos como platos y ligeramente azorada por el enojo de Marius. Le resultaba tan chocante y singular encontrarle enfadado, acostumbrados todos los que trabajaban a sus órdenes a su sentido del humor y a los largos relatos que contaba prácticamente de forma ininterrumpida y sin descanso, que creyó que estaba ante una persona totalmente diferente, pese a que siguiera siendo él, con su característico rostro y la ingente estatura que casi hacía que su calva tocara las lámparas de péndulo suspendidas del techo del barracón y que oscilaban con un gañido que sacaba de quicio a algunas de las enfermeras, cada vez que una granada de artillería restallaba cerca del hospital.

"Fue entonces cuando la ambulancia militar que llevaba el cadáver de ese infortunado de Dylan fue alcanzada por una salva de artillería que había errado el tiro. La dotación no sobrevivió, por lo que pude enterarme después y el cadáver de ese pobre chico quedó completamente calcinado, por lo que cualquier identificación resultó imposible. Pensaron que él era yo".

Mark maniobró diestramente entre las brumas del tiempo, cubriendo a Mach 14 los últimos tramos de dimensión temporal que le separaban de 1917.

"Candy amor mío, no temas enseguida estaré a tu lado".

Candy que estaba durmiendo se sobresaltó ligeramente presintiendo algo. Estaba agotada de llorar y finalmente terminó por dormirse, velada por el soldado al que Mark había salvado la vida. Su nombre era Terry Grandschester.

7

Mark logró materializarse en 1917 justo un poco antes del momento en que aquella bala de antimateria, que obviamente iba dirigida deliberadamente contra él para acabar con su vida le alcanzara y casi terminara con él. Entonces reparó en que era siete años mayor de la cuenta, desde el momento en que Candy le viera por última vez, y que tal vez o no le reconociera o que quizás, aparte de eso, pudiera sufrir una fuerte impresión.

"Mi única posibilidad es fusionarme con mi otro yo de 1917, y lograr tener la edad correspondiente. Luego, tratar de restablecer la línea temporal que fue modificada cuando esa maldita bala me alcanzó. No tuve valor para investigar más, pero me temo que Terry Grandschester no perdió el tiempo."

Mark aterrizó entre las calles de una pequeña ciudad de provincias, desierta que había sido devastada por la crueldad de la guerra y en mitad de la noche. El enorme estampido que el iridium produjo al materializarse en 1917, fue en parte cubierto por el sonido distante de un furioso duelo de artillería que sacudía aquel sector del frente y el resplandor ígneo que su arribada creó, fue confundido con la estela de otro proyectil más, de los miles que explotaban sobre aquella torturada y desgarrada tierra. Pronto se dobló de dolor mientras los regueros de sangre negra fustigaban el aire como colas de látigo desatadas. Aunque había algunos soldados patrullaban, repartidos por las destrozadas callejuelas de la que hasta hacía prácticamente unas semanas atrás, había sido una pujante población llena de vida, nadie presenció como un joven de ojos oscuros se agitaba cuando su cuerpo furiosamente contraído por el dolor se agitaba entre espasmos. Mark reprimió un grito justo en el instante en que un grupo de tres muchachas con uniformes negros y capas blancas con la cabeza cubierta por sombreros de paja, enfilaban hacia el lugar en que estaba él. Fue entonces cuando un grupo de civiles famélicos y con la mirada extraviada salió al paso de las muchachas suplicando ayuda. Los soldados encargados de escoltar a las enfermeras hasta su destino esgrimieron sus bayonetas para mantener a toda aquella gente alejada de las chicas, pero en el último momento una mujer se destacó del grupo de personas con un bulto entre sus brazos. Iba vestida con andrajos y parecía aterida de frío. Entonces con voz suplicante y la mirada perdida suplicó:

-Por favor, se lo suplico, denme algo de dinero para poder alimentar a mi hijo.

Las mejillas del niño tenían un tono grisáceo que hizo sospechar a Candy que el niño había muerto. Entonces Mark, soltó un gruñido y un reguero de sangre negra agitó el aire y Candy captó aquello por el rabillo del ojo. Asombrada, se dirigió hacia donde creía haber percibido aquello que le era tan característico y familiar. Se separó de sus compañeras, que conversaban con la desdichada mujer intentando consolarla y caminó por entre las destrozadas calles de la ciudad. Todo estaba cubierto de cascotes y había cadáveres de personas y animales por doquier. Un hedor característico y nauseabundo se extendía en derredor . Contempló como el pavimento de las calzadas había sido reventado mediante el bombardeo sistemático y planificado de la pequeña e indefensa ciudad. Un poco más al fondo, el esqueleto ennegrecido de un camión de reparto junto al que estaba sentado una anciana que sollozaba ponía un dramático contrapunto a la dantesca escena. Candy movió la cabeza a su alrededor y comprobó que había muchos más dramas individuales en aquel dantesco panorama conformando un cuadro de horror y espanto que le produjo naúseas.

-¿ Por qué la gente tiene que matarse así. No, no lo entiendo –dijo meneando la cabeza y haciendo que el sombrero de paja, casi se resbalara de su cabeza. Entonces vio un nuevo flagelo negro salpicando la tapia acribillada a disparos de ametralladora de una casa en ruinas de que la que solo permanecían en pie dos paredes. El resto de la estructura del edificio se había venido abajo, ante el repetido impacto de las granadas de artillería que habían martilleado la ciudad hacía no mucho. Entonces se adelantó y dobló la esquina de la tapia con el corazón palpitante. No podía ser, su marido había sido enviado a una misión de reconocimiento más al norte. El viejo Mac Gregor había desaparecido recientemente y temía que su marido pudiera correr la misma suerte. Entonces, ahogó un grito y le encontró allí, apoyado contra la pared y expulsando los últimos chorros de sangre ponzoñosa y contaminada. Candy le reconoció y dijo mientras le abrazaba pese a que ahora algunos regueros de sangre ya roja, empapaban sus ropas.

-Mark, cariño –dijo ella abrazándole sorpresivamente y alegrándose sin saber porqué, de que se encontrara allí. ¿ no estabas de misión más al norte ? ¿ cómo es que…?

Estaba tan hermosa, que el valeroso joven no pudo evitar besarla apasionadamente aun en medio de aquella desolación. Candy cerró los ojos y le correspondió como si le hubiera echado largo tiempo de menos. Entonces se llevó una mano al corazón porque notó un punzante dolor que amenazaba con extenderse por todo su cuerpo.

Mark acarició sus mejillas y besó de nuevo su frente y labios levemente. La muchacha estaba realmente extrañada por la actitud de su esposo y chilló ligeramente sorprendida:

-Mark, cariño, ¿ qué te ocurre ? es como si no me hubieras visto en una eternidad, ¿ que te sucede ?

Por toda respuesta, Mark, selló sus labios con un beso más vehemente y furioso que el anterior. Candy notó como las lágrimas de Mark, mojaban sus mejillas y una agitación creciente sacudía su cuerpo.

-Mark, ¿ estás bien ?

-No hay tiempo cariño, pero quiero que sepas que…todo irá bien, te lo prometo. No temas nada. Todo volverá a ser como antes.

Entonces Mark se dispuso a salir al paso de la comitiva que avanzaba lentamente con la mujer que contemplara, con el bebé inerte apretado contra su seno. Los soldados de escolta se habían apiadado del triste y depauperado aspecto de los refugiados que caminaban lentamente y en silencio y habían permitido que Flammy y Julienne, las enfermeras compañeras de Candy les atendieran en la medida de sus posibilidades. La muchacha retuvo a Mark por el hombro y dijo con una inflexión de temor en la voz:

-No puedes salir así Mark. Con esas ropas podrías levantar sospechas. Últimamente están fusilando a mucha gente que consideran sospechosa, bajo la acusación de cometer actos de sabotaje o de espiar para el enemigo.

Mark besó a su esposa en la mejilla derecha y le guiñó un ojo. Estaba sonriendo de forma encantadora, como cuando ambos treparon a un árbol en Lakewood y rieron alegremente, tomados por los hombros. Candy rió quedamente al recordar de que manera más simple y rápida, la había superado en el difícil y arriesgado arte de subirse a los árboles, como Haltoran solía llamar a su habilidad innata para trepar por el tronco más resinoso y plantarse en la cima en cuestión de minutos y como la había hecho rabiar. Ahora le encontraba allí, detrás de una pared semiderruida y balbuceando incoherencias. ¿ Qué había querido decir con qué todo iría bien ? ¿ le estaría ocultando algo ? y en cuanto a su rostro, aunque era el de siempre, le pareció por un instante que había envejecido, que se había hecho mayor. No era más que una sutil diferencia, quizás solo figuraciones suyas, pero le chocó aquello.

Entonces Mark, mientras guiñaba el ojo dijo, sacándola de sus reflexiones en la que permanecía ensimismada:

-No temas cariño, ya sabes que las balas no pueden hacerme nada. No hay poder en la Tierra que pueda dañarme.

"O sí" –pensó Candy estremecida, temiendo que le ocultara algo que no quería compartir con ella en modo alguno.

-¿ Qué vas a hacer Mark ? –preguntó la enfermera intentando jalarle de la manga de su cazadora para que no diera un paso más- ese bebé ha fallecido. No hay ninguna posibilidad.

Mark la observó con gesto duro. Nunca antes la había observado así, por lo que Candy dio un ligero respingo y se sentó sobre un banco que estaba cubierto de cascotes y escombros procedentes de la casa que solo conservaba dos de sus paredes, y tras una de las cuales había expulsado la sangre envenenada.

-No cariño, sé que hay un hálito de vida en él. Te demostraré que el iridium no solo puede destruir.

Antes de que lograra disuadirle, se plantó ante los soldados que sorprendidos le apuntaron con sus armas. Entonces Candy llegó precipitadamente tras de él y esgrimiendo su acreditación se identificó como enfermera titulada. Sus compañeras corroboraron aquel extremo, lo que no se esperaban ni por asomo es lo que vino a continuación:

-Este hombre es el teniente médico Anderson. Y quizás pueda ayudar a algunas de estas personas.

Mark la miró con asombro, pero entendiendo perfectamente la maniobra de su esposa, calló y se expresó en una jerga médica que hizo que los soldados se mirasen extrañados, pero apartándose a un lado le dejaron hacer. Flammy intentó detener a Mark escandalizada porque aquel hombre no tenía ni aspecto de médico ni idea de medicina. Todo cuanto había dicho, era una sarta de sandeces sin sentido. Candy se interpuso entre Flammy y la mujer negando con la cabeza, ante la sorprendida muchacha, que la miró fijamente a través de las gruesas gafas. Su trenza negra rematada por una cinta roja flameó como un estandarte al viento. Candy adelantó el cuerpo hacia delante y cuchicheó en su oído:

-Luego te lo explicaré. Pero por favor, no lo estropees.

Mark examinó al niño atentamente. No era médico, pero el iridium aplicado convenientemente, podía obrar prodigios. En ese momento, un hombre cetrino y con una incipiente calvicie que llevaba dos niños de corta edad de la mano, apareció entre la bruma que parecía haberse formado de repente y dijo dirigiéndose hacia Mark en francés:

-Messie, mi esposa, ha perdido la razón, como consecuencia del fallecimiento de nuestro hijo hace dos días. Estamos esperando a un camión que nos conducirá hacia el sur donde tenemos unos parientes. Agradezco su gesto, pero…

Mark levantó una mano realizando un ademán seco que hizo que el hombre callara. Lamentaba ser tan rudo con aquel pobre padre desesperado, pero necesitaba concentración para lo que iba a realizar. Aplicó las manos sobre el pecho del bebé, una vez que logró convencer a su desesperada madre de que se lo entregara por un instante, aunque la mujer no estaba por la labor. Solo entre Candy y el amable y paciente esposo, lograron que le confiara el niño a Mark. Simuló un masaje cardíaco, intentando que la luz que desprendería su mano inevitablemente, fuera percibida por alguno de los soldados o las enfermeras. Mark activó el iridium, percibiendo una debilísima chispa de vida en el cuerpecito del bebé, prácticamente un fino y casi roto hilo que pugnaba por mantenerse aun en medio de tanta barbarie y destrucción. El joven se concentró, como el día en que en el hogar de Pony lograra curar la hemofilia de una pequeña huérfana llamada Daisy ante la reticencia de la hermana María y el lógico horror de Candy y de la señora Pony. Una suave y cálida luz brotó de su mano mientras fingía administrar los primeros auxilios al niño. Poco a poco, la prodigiosa naturaleza del iridium, revitalizó las ya de por sí menguadas y casi extintas energías del niño, devolviéndole a la vida. Flammy y Julienne no salían de su asombro. Las mejillas violáceas de la criatura se tornaron sonrosadas y al rato, abrió los ojos llorando con fuerza. El pequeño tenía hambre. La madre abrazó a su hijo llorando, y desviviéndose por expresarle su gratitud. Le rogó a Candy que sostuviera al niño un momento entre sus brazos. Candy lloró emocionada, bendiciendo el día en que unió su destino al de Mark. Recordó las palabras que le había referido en el futuro, en el siglo XXI cuando contemplara su efigie reflejada en las calmas y plácidas aguas de un lago, rodeado de pequeños animales, que inexplicablemente se acercaron a Mark sin temor, poniéndose a jugar con él.

"Eres bueno, eres dulce, eres maravilloso. No necesitas torcer el eje de la Tierra por mí" –pensó Candy contemplándole con ojos arrebatados a su espalda, mientras se miraba en las límpidas y lisas aguas.

"Amor mío" –reflexionó ella ansiando correr hacia él y estrecharle largamente entre sus brazos, pero se contuvo para no perjudicarle. Temía que aquello pudiera complicar la delicada misión que el presidente Wilson nos había encomendado.

-Gracias, gracias señor –decía la madre fuera de sí, intentando arrodillarse y besarle los pies, cosa que Mark impidió inmediatamente.

-No, no, no, no –dijo Mark conmovido por las muestras de cariño de la mujer- solo he hecho lo que debía –dijo en un correcto y fluido francés. Candy se preguntó cuantos más talentos ocultos atesoraría aquel hombre bueno y amable, que tanto la protegía y amaba.

Entonces, Candy le devolvió a su hijo. La amable mujer se fijó en que Candy también estaba embarazada y frotando levemente su vientre dijo:

-Mademoisselle, será usted una adorable y dulce madre. Sea quien sea su esposo, puede estar segura de que es un canalla si no se enorgullece de alguien como usted.

Candy cruzó con Mark una leve y significativa mirada y pensó fascinada por el porte de Mark,:

"Ya lo estoy. Cielo santo, como te amo Mark, como te amo".

Flammy que había seguido atentamente los supuestos "primeros auxilios" de Mark, no se fiaba de que fuera quien realmente afirmaba ser. Aparte del detalle del fugaz y rápido cruce de miradas ardientes entre ellos.

Entonces el niño se puso a llorar y su madre intentó darle de mamar, pero su seno no expulsó ni una gota de leche. Agotada por las privaciones, aterida por el frío de las noches y sin ilusiones debido a los largos y continuos días de guerra que en una monotonía constante y trágica se sucedían uno tras otro, ya no podía alimentar decentemente al pequeño y menos a sus otros dos hermanos. Mark recordó entonces un poder que solo había utilizado una vez en presencia de la tía abuela Elroy para impresionarla cuando poco después de que su relación con Candy se consolidara esta se oponía rotundamente a que él y Candy se hubieran hecho novios. Fue poco después de salvar a Anthony de la mortal caída de su caballo blanco, durante la cacería en honor de Candy con motivo de su adopción, de no ser porque Mark le salvó in extremis en el último y crucial instante. Se llevó aparte a Candy y le preguntó rápidamente:

-Candy ¿ tienes algo metálico que no te sea imprescindible ?

La joven enfermera parpadeó perpleja. Mark no dejaba de hacer preguntas extrañas, que sumado al detalle de su súbita aparición allí, tan lejos de donde se supone que tenía que hallarse en misión de reconocimiento y aquellas terribles palabras que le habían sonado como a una trágica despedida, aparte del aspecto algo más avejentado que presentaba con respecto al día anterior. Candy le entregó un pequeño pasador que llevaba en el pelo y retirándose un momento, lejos de miradas indiscretas se dispuso a poner en práctica su plan. Un soldado escocés intentó detenerle, pero Julienne le llamó para preguntarle algo, sin duda, para dar tiempo a Mark a hacer lo que tuviera que hacer. Mark envolvió el diminuto objeto metálico en su mano. Como sucediera con el niño, al aplicarle la radiación más leve del iridium para sanarle, cerró la mano en torno al prendedor y una leve e irisada luz anaranjada que Candy percibió perfectamente, salió de su mano e irradió el prendedor cambiando su estructura atómica hasta que trasmutó el hierro de que estaba hecho, en oro puro de la mejor calidad. Después alcanzó al esposo de la joven mujer cuyo hijo lograra curar y le detuvo procurando que los guardias que custodiaban a las enfermeras, no fueran indiscretos testigos del valioso objeto que escondía entre los dedos. Pidiendo al hombre que extendiera la mano le regaló el diminuto prendedor que refulgía con brillos aureos produciendo cegadores destellos aun bajo la luz de la luna. El cabeza de familia le contempló incrédulo y negando con la cabeza intentó devolvérselo pero sin éxito:

-No por favor, messie, no puedo aceptar algo así. Por favor yo…

Mark no admitió bajo ningún concepto que el hombre le restituyera el presente y dijo tajante:

-No, quédeselo señor. Así podrá comprar comida para los pequeños y para su esposa –dijo señalándola con el mentón- porque indudablemente está muy débil y debe cuidarse.

-Pero, pero es un objeto muy valioso yo…-adujo el hombre cuya honradez no parecía conocer límites y que reportó el asombro de Mark.

-Perteneció a mi familia –mintió Mark- pero ahora es más útil como moneda de cambio para que pueda alimentar a su familia, que como adorno en el cabello de alguna mujer.

El hombre le abrazó sinceramente y musitó en su oído:

-¿ Quién es usted messie ? ¿ qué clase de Ángel nos envía nuestro Señor para mitigar la dureza insoportable de esta locura inhumana que nos azota ?

Mark se separó del hombre y dijo unas palabras que Candy escuchó claramente y que produjo que se estremeciera de amor y de orgullo a partes iguales:

-No soy un ángel señor, solo un hombre corriente, al que le gustaría poder aliviar más dramas como el de su familia.

Luego calló un momento y dirigió su mirada de ojos oscuros hacia una iglesia, parcialmente en ruinas y a la que una granada de artillería había destrozado una sección de pared, permitiendo entrever los bellos y realistas frescos pintados en el interior de la bóveda. La techumbre de la Iglesia se había precipitado completamente arruinada hacia abajo, hundiéndose sobre las bancadas destinadas a los fieles, inmediatamente antes del altar principal. Algunas vigas de madera, todavía pendían suspendidas en el aire. Recitó lentamente con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos fijos en el campanario que, pese a que la explosión de otra granada, había volatilizado su mitad superior, la otra seguía resistiendo incólume, los embites que la furia incontrolada y desatada por los hombres tan inconsciente como alegremente, al abrir su particular caja de Pandora, lanzaran sobre la pequeña ciudad y otras muchas de Europa, convirtiendo buena parte del continente en un matadero sin sentido, si es que había una sola guerra que lo hubiera tenido alguna vez.

-El dolor del mundo es demasiado grande como para poder ser soportado por un solo corazón –declamó parafraseando a Oscar Wilde.

-El Príncipe Feliz, -observó un brigadier escocés cuadrándose rígidamente ante Mark, que desprendía tal solemnidad y valor, como humildad, que sus hombres le fueron imitando espontáneamente, sin que su jefe se lo ordenara, uno por uno, presentándole armas y casi rindiéndole honores militares.

Julienne observó el rostro de Mark que contemplaba dolido el bello templo completamente arruinado por la barbarie de la guerra. Mark se arrodilló y rezó en silencio suplicando que ojalá pudiera acortar esa locura junto con Haltoran y conmigo, lo antes posible.

Candy incapaz de disimular sus emociones y sentimientos por más tiempo, clavó sus ojos teñidos de amor en él. Estaba tan apuesto, tan radiante que no pudo evitar llorar emocionada. Los mismos soldados se descubrieron la cabeza quitándose los cascos de acero y guardando un respetuoso silencio.

Julienne, que era algo más mayor que Candy, se mesó el cabello castaño ondulado con la mano izquierda que le bajaba por los hombros, mientras sus ojos color de ámbar se clavaban en Mark, que rezaba fervorosamente. Sus pupilas oscuras le recordaron a su marido que estaba luchando en el frente y hasta esbozó una sonrisa casi idéntica a la de él.

Entonces pensó azorada coincidiendo con la familia a la que tanto bien había reportado esa noche:

-" ¿ Quién es realmente este hombre ? ¿ por qué pese a su aspecto, destila tanta bondad y amabilidad ? ¿ y por qué Candy parece haber depositado en él una mirada enamorada ? "

Demasiadas preguntas para ser respondidas sin una reflexión calmada. Gracias a ese método, la veterana enfermera compañera y amiga de Candy encontraría las respuestas unas horas después en la relativa seguridad de su alojamiento.

8

La lucha rugía en toda la línea del frente. Una fina y persistente lluvia que pronto iría ganando en fuerza y que empaparía desde los corazones a la torturada y retorcida tierra, sembrada de cráteres y de cadáveres empezó a caer. En la tierra de nadie, un joven soldado de ojos azules y cabellos castaños había sido herido en una pierna y se encontraba tirado entre el cieno y el fuego cruzado de las balas que las ametralladoras germanas escupían inmisericordes. El joven había tenido una serie de extraños sueños en los que una joven rubia muy hermosa, de enormes ojos verdes, tenía un importante y decisivo papel en su vida. Se había preguntado si aquella joven sería real o solo un delirio producto de su mente. Pero, aun juzgándolo como una locura, pese a las amenazas del Duque de Grandschester, su padre de desheredarle si se atrevía siquiera a mencionar la posibilidad de alistarse y acudir a lo que consideraba su deber. Pero había otra razón más poderosa y decisiva que el solo mero hecho del patriotismo, la búsqueda de su destino, del amor que había empezado a sentir y que le atormentaba como a Tántalo condenado a no poder saciar ni su sed ni su hambre, pese a tener cerca de sí, el agua que podría darle de beber o la rama con dorados frutos que se doblaba bajo su peso, y que infructuosamente trataba desesperadamente de alcanzar. Se preguntó si no estaría actuando igual que Manrique, persiguiendo un huidizo e irreal rayo de luna que se filtraba por las junturas de sus locos e irreflexivos sueños. Por lo que se había enfundado el uniforme verde oliva del ejército de los Estados Unidos en busca de su particular e inalcanzable rayo de luna. El joven actor había resbalado mientras pugnaba por sacar sus botas negras de la hedionda charca en la que se había introducido casi sin darse cuenta, momento que un francotirador alemán aprovechó para abatirle, aunque afortunadamente, si se puede decir así, la bala de punta ahusada le atravesó la pierna. Terry Grandchester se contorsionó de dolor, creyendo que su extremidad sería arrancada de cuajo. El joven intentó contener la hemorragia apoyando sus manos contra la herida después de arrojar su fusil Springfield M-1903 que se sumergió entre las fangosas aguas produciendo un leve chapoteo. Entonces giró la cabeza atraído por los reflejos dorados de una cabellera suelta que se agitaba sobre los ojos más hermosos y evocadores que jamás hubiese contemplado. Era ella, la mujer de sus sueños, nunca mejor dicho, de cuya existencia dudaba ya. El siempre tan rebelde, tan pragmático y que encontraba el sentido práctico de las cosas al momento, como iba a sospechar que las premoniciones y los sueños pudieran convertirse en tangible y adorable realidad, que bajo la forma de un ángel blanco corría para salvarle, mientras los fusileros aliados trataban de proporcionarle cobertura, barriendo con sus descargas cerradas, las filas alemanas. En ese momento contempló a alguien más, alguien con quien no tardaría en entrar en dura pugna en su particular búsqueda de la felicidad. Un hombre alto, y con los cabellos desplegados sobre los hombros, moreno y cuyos ojos negros se cruzaron brevemente con los de la enfermera de las cautivadores ojos verdes. El joven, que se le parecía levemente, apretó el paso. Corría con largas zancadas, casi imposibles de concebir en una persona, siquiera alguien tan joven y sano como él. Llegó a su altura y antes de que Terry Grandschester lograra siquiera argumentar nada, el soldado le ayudó a levantarse cogiéndole entre sus brazos. Entonces ocurrió algo muy extraño. El hombre clavó sus ojos oscuros en él. Terry sintió que aquella escrutadora mirada parecía alcanzar los más íntimos recovecos de su mente, y que parecía conocerle bien pese a que nunca antes, se habían cruzado antes hasta ese instante.

-Tú –musitó lentamente mientras escuchaba las voces de algunos hombres que desde la trinchera le exhortaban a regresar cuanto antes a su relativa seguridad. Ayudó a Terry a ponerse en pie y le empujó para que pese a la gravedad de su herida alcanzara la línea de sacos terreros antes de que una bala perdida pudiera segarle la vida. Entonces el actor ayudado por la muchacha que tantas noches protagonizara sus ensoñaciones, atormentándole por lo que tomaba por una meta completamente fuera de su alcance, como la leyenda de Tántalo, ganó las líneas aliadas. Se giró justo en el momento en que una descarga de balas trazadoras impactara contra él. Terry lanzó una exclamación, pero la mujer que estaba junto a él le superó emitiendo un desgarrador y terrible grito para acto seguido, desplomarse desmayada entre los brazos del desconcertado y asombrado actor. La lluvia descargó con fuerza embarrando el campo de batalla y en ese instante el cegador resplandor de una granada de artillería nos obligó a todos a tirarnos al suelo de tarima de la trinchera, que en forma de laberíntica pasarela, recorría el dédalo de pasillos del sistema de fortificaciones, para impedir que los soldados tuvieran que chapotear sobre el agua que constantemente se filtraba en los túneles, saturándolo todo de humedad, para protegernos. En ese momento no fuímos capaces de percibir algo muy extraño y a la vez maravilloso. Pero yo, pese a mi miedo me atreví a dirigir la vista hacia el frente, procurando no sacar en demasía la cabeza sobre el pretil de los sacos terrenos dispuestos en largas hileras, para absorber el impacto de las balas que silbaban por doquier. Lo que presencié no lo olvidaría jamás.

9

Un hombre con cazadora negra y cabellos negros despeinados, que el agua de lluvia pegaba a su frente, se lanzó en plancha contra Mark que estaba a punto de ser alcanzado por la bala de antimateria. En el momento en que el proyectil iba a terminar con mi querido y desdichado amigo, el hombre de la cazadora le apartó súbitamente de su trayectoria. Ambos rodaron por el suelo en una indefinible mezcla de brazos y piernas, que pugnaban por mantenerse en pie. En ese momento los dos se giraron al unísono y se miraron. La cara de Mark se contempló en la de su otro yo, unos años más viejo. Pensé que mi razón estaba al borde de un profundo abismo por el que rodaría precipitándose en la negra sima de la locura, para no salir jamás de él. Pero afortunadamente, mi mente racional se impuso y encontré una respuesta lógica pese a que me negaba a creerla, pero no tenía otra alternativa si no quería mi cordura se desvaneciera como un terrón de azúcar en agua. Entonces escuché un breve diálogo entre ambos aguzando el oído:

-No hay tiempo que perder –dijo el Mark de paisano- debes fusionarte conmigo, o todo estará perdido.

El Mark soldado estaba a punto de extraviar el juicio, hasta que su otro yo le espetó sacudiéndole por las solapas de su guerrera:

-Vamos, no tenemos tiempo que perder. Piensa en Candy.

Entonces el Mark soldado reaccionó y su cuerpo se unió al de su otro yo del futuro. Hubo un pequeño chisporroteo y observé como los brazos, las piernas, y las distintas partes se fueron integrando el uno en el otro, hasta que finalmente el torso del Mark de 1924 acabó por fusionarse con el de 1917. Descendí del parapeto y apoyé mi espalda contra la pared de tierra de la trinchera tratando de abrigarme con mi largo capote militar envolviéndome en él, aunque sin conseguirlo. Arqueé las cejas cuando un hombre muy alto, entrada en la cincuentena, de piel cetrina y una calva que surcaba buena parte de su cabeza se acercó hasta a mí y me sacudió el hombro ligeramente al percatarse de mi estado catatonico, en el que me había sumido después de ver aquello. El hombre que llevaba una bata blanca con una cruz roja sobre el bolsillo superior derecho me preguntó casi a gritos:

-¿ Está usted bien sargento ? ¿ está herido ?

Finalmente reaccioné ante la voz del médico y levanté la cabeza percatándome de su descomunal estatura. Volví a la realidad y asentí brevemente con un movimiento rápido y nervioso de cabeza. Entonces el hombre al que alguien, llamó por su nombre, Marius Duvall reclamándole para auxiliar a algunos heridos que habían sido alcanzados por las esquirlas afiladas provenientes de una granada de mortero en otro sector algo más alejado del nuestro, me ordenó, al fijarse en mis galones que me calificaban supuestamente como oficial médico.

-Usted, acompañe a ese hombre al destacamento médico más próximo –me dijo señalando con su dedo índice a Terry Grandschester que aun sostenía entre sus brazos a Candy, de la que no era capaz de apartar la mirada. El médico se acercó hasta la enfermera y la cogió entre sus fuertes y nervudas manos, izándola en vilo. Apartó los rizos rubios que caían desmadejados sobre su bella faz y meneando la cabeza, el veterano médico clavó sus ojos oscuros en la muchacha:

-Petit lapine –se lamentó en voz baja- ese pobre desdichado debía significar mucho para ti –añadió refiriéndose a Mark. Entonces Candy abrió lentamente los ojos y recordando súbitamente porque estaba en ese estado, se abalanzó sobre el pretil del parapeto antes de que fuéramos capaces de retenerla. Yo ayudé a Terry Grandschester a llegar hasta el destacamento médico, tal y como me ordenara Duvall. Mis huesos se quejaron levemente bajo el peso de Terry cuando se apoyó sobre mis hombros. Era demasiado voluminoso para mi endeble anatomía. Haltoran se ofreció para ayudarme y entre ambos, ayudamos al soldado a llegar cojeando hasta el puesto médico internándonos en un laberíntico sistema de túneles y galerías subterráneas, donde le atenderían tan pronto como fuera posible. Algunos horribles alaridos llenaron el aire haciendo que me estremeciera nuevamente. El shock que había sufrido al ser testigo de cómo Mark se fundía con su otro yo sumado a los horrísonos lamentos que llegaban desde una especie de quirófano situado al otro lado.

-Amputaciones –dijo Haltoran bajando la cabeza consternado- muchos de estos pobres desdichados deberán enfrentarse forzosamente a la pérdida de alguna de sus extremidades si no quieren que la gangrena termine con sus vidas, aunque no sé que es mejor, la verdad –dijo Haltoran exhalando un largo suspiro.

Terry Grandschester notó una punzada de temor, preguntándose si acaso él no correría tan trágica suerte y compartir tan trágico destino.

Mientras Candy, que se había zafado de cuantos intentábamos retenerla, había sacado medio cuerpo por encima del parapeto.

-Petit lapine, petit lapine –gritaba Marius Duvall intentando obligarla a volver sobre sus pasos. Pero la joven enfermera no le escuchaba. Sus ojos verdes refulgían entre las furiosas gotas de lluvia, con una expresión de incredulidad pintada en sus deslumbrantes pupilas que pronto se transformó en otra de alegría y euforia indescriptible. Un hombre renacido de la fusión de dos, permanecía en mitad del campo de batalla, cojeando levemente, pero vivo e incólume. En su mano derecha, guardaba una bala destinada para él. Los dedos fuertes y tensos como cuerdas de piano la apretaban con furia entre sí. Lentamente sus ojos oscuros buscaron con ansia los de la enfermera que ya estaba completamente fuera de la trinchera a pesar de nuestros gritos. Y empezó a correr hacia el soldado tan rápido como sus piernas se lo permitieron. Los ametralladores alemanes conmovidos y a la vez fascinados por la belleza de la intrépida y valerosa enfermera habían dejado de disparar. El silencio más absoluto reinaba en aquella parte del frente, solo roto por el constante repicar de las gotas de lluvia aplastándose contra la tierra embarrada. Mark abrió los dedos de la mano y una bala de punta ahusada y machacada, que brillaba levemente se deslizó desde la palma de su mano que presentaba algunos rasguños sin importancia hasta el suelo, sobre el que rebotó levemente con un repiqueteo metálico, para luego hundirse en el barro. Candy abrió los brazos y Mark, la imitó riendo y llorando al tiempo. Los dos jóvenes se unieron en un largo y cálido abrazo, al que siguió un apasionado y ardiente beso que hizo que rodaran por tierra. El fango manchó el uniforme de Mark y el de ella, blanco con cruces rojas pero no les importó. Candy a horcajadas sobre Mark, le besaba repetidamente mientras musitaba entre jadeos y con voz entrecortada:

-Mark, amor mío, amor mío, estás vivo, estás vivo –repetía en una constante y creciente letanía, riendo y hundiendo su faz en el hombro izquierdo del joven.

El joven sonrió. A pesar de la inclemente y pertinaz lluvia, a pesar de los cientos de ojos que les observaban en ese instante eterno, como en la Colina de Pony cuando se conocieron por vez primera, solo estaban ellos dos, aislados de cuanto les rodeaba. Entonces Mark apoyando su nuca contra la de su esposa dijo apartando algunos rizos dorados completamente empapados que habían tomado la tonalidad del cobre, por efecto de la humedad:

-He vuelto mi dulce y querida Candy, he vuelto y jamás separaré de tu lado, jamás.

Finalmente una cerrada salva de aplausos provenientes de ambas líneas de trincheras coreó el heroico gesto de la muchacha y la determinación del soldado. Por un momento, la cruel ferocidad de la guerra se había paralizado.

10

El capitán Ducan Jackson era un hombre de nariz prominente, mandíbula cuadrada, que confería a su rostro un aire aristocrático y decidido. Sus ojos oscuros recorrieron las filas de sus hombres, buscando un competidor con el que medir su destreza en el difícil e intrincado arte del ajedrez. Hasta ahora no había logrado encontrar un competidor lo suficientemente bueno, como para poder saber si sus facultades en el dominio sobre el campo de batalla de casillas negras y blancas seguían tan aguzadas como siempre, o por lo contrario necesitaba de un exhaustivo entrenamiento para ponerse nuevamente al día. La mirada del hombre imponía respeto e inmediatamente metía en cintura a cualquier soldado díscolo u oficial que pretendiera pasarse de listo. Como de costumbre se paseó por la trinchera, mientras hileras de hombres descuidados que no se habían percatado de la llegada de su superior jerárquico, eran advertidos con miradas de prevención por parte de sus camaradas y se iban poniendo inmediatamente en pie, cuadrándose rígidamente. Uno de ellos que dormitaba con el casco de acero apoyado sobre la barbilla y cubriendo su rostro y el fusil de reglamento, apoyado en el muro de un terraplén, al alcance de cualquiera, dado que ni siquiera lo aferraba entre sus manos, no se apercibió de estos subrepticios avisos y sufrió una dura regañina por parte del capitán, que le obligó a ponerse en pie inmediatamente entre una retahíla de reconvenciones, efectuadas siempre sin perder el control de si mismo, con voz pausada y firme. Aquel hombre aprendería a no dormirse en la trinchera, estando de servicio gracias a un duro régimen de trabajo disciplinario que se le aplicaría durante toda una semana consecutiva. Duncan seguía insistiendo en su búsqueda. Había oído hablar de un joven sargento de ojos azules y cabellos castaños, que era un magnífico ajedrecista, y que precisamente estaba asignado a su unidad, pero no le localizó por ningún sitio.

-Vaya vaya –masculló con cierta decepción, frotándose el mentón, mientras un joven soldado escocés se ponía firme, temblando levemente, pensando que se estaba refiriendo a él- ese joven no está por aquí.

Sabía que en la vida civil era un actor principiante que trataba de abrirse camino en el difícil y a veces enmarañado mundo de la interpretación, que ya había cosechado algunos éxitos rotundos. Duncan arqueó las cejas y se preguntó si el joven sobreviviría a aquella ardua y absurda guerra, y si en tal caso era así, si su carrera teatral al igual que su artífice, se mantendría intacta e incólume una vez aquella locura hubiera terminado.

-La guerra que iba a terminar con todas las demás –se dijo con una inflexión irónica pero desprovista de hilaridad alguna- iba a durar dos semanas, y aquí llevamos hundidos en el barro y en la mierda casi tres años.

Realizó un gesto despectivo con la mano derecha esperando que nadie le hubiera oído. Aquellas sinceras palabras lanzadas al aire a nadie en concreto, podrían haber sido escuchadas por un oído indiscreto utilizándolas en su contra para acusarle de derrotismo. Si se le formaba consejo de guerra, aquello podría suponerle desde un largo y prolongado cautiverio en alguna penitenciaría militar hasta el fusilamiento, dependiendo de la gravedad de la falta cometida. Confiaba en la discreción de los hombres a su cargo y cuando escrutó los rostros jóvenes y nerviosos de cuantos le rodeaban nadie pareció haber dado muestras de escuchar nada. O no habían aquellas palabras que no hacían más que encerrar la gran verdad o mentira de la guerra, según bajo que punto de vista se enfocara aquel asunto o lo fingían.

Duncan recordó la célebre Tregua de Navidad entre las tropas británicas y alemanas a comienzos de la guerra, en la Navidad de 1914. Estaba en la trinchera junto con un compañero, lustrando su fusil. Entonces aun no había ascendido a capitán debido a sus heroicas acciones en Gallípoli y en Flandes. Alguien había empezado a poner arbolitos e improvisar belenes en las líneas enemigas y entonces algunos soldados germanos canturrearon con voz desafinada pero alegre, Stille Natch, noche de Paz en alemán. Duncan que entonces no calibraba las implicaciones que algo así podía traer, maravillosas para el espíritu de paz navideño, pero desastrosas para los planes de los altos jefes militares que dirigían la guerra desde cómodos y confortables despachos seguros tras la retaguardia, se puso a cantar en inglés a voz en cuello. Entonces su amigo, le imitó y al rato otros hombres siguieron su ejemplo, que cundió como la pólvora entre los soldados de ambos bandos. Al cabo de unas horas, los hombres empezaron a avanzar por la tierra de nadie, intercambiando regalos y saludos, confraternizando entre sí. Fue una bella y emotiva noche de Navidad, durante la cual no cayó ni una sola granada de artillería en toda la línea del frente. Según algunos, incluso se celebraron amistosos partidos de fútbol entre ingleses y alemanes, pero es algo que nunca se confirmó del todo. Lo que había comenzado medio en broma por parte de Duncan Jackson, sin pretenderlo, se transformó en un movimiento pacifista, que de haber cundido y haber estado mejor orquestado, podría haber paralizado la guerra definitivamente en aquel lejano entonces. Pero por desgracia se adoptaron duras medidas. Hubo fusilamientos, de los que Duncan se libró de puro milagro gracias a que sus compañeros e incluso, algunos prisioneros alemanes atestiguaron a su favor, atribuyéndose la autoría de aquel "execrable hecho" según palabras de un importante oficial francés. Cada víspera de Nochebuena e incluso durante las Navidades se efectuaban bombardeos masivos de artillería para endurecer el corazón de los hombres y recordarles el infierno en que se hallaban y las tropas eran rotadas por diversos sectores del frente, para impedir que se familiarizaran demasiado con el enemigo. Duncan estaba distraído, cosa bastante rara en alguien tan estricto y puntilloso como él, absorbido por el recuerdo de lo que no pudo ser topándose conmigo, que había ido a aquel sector para llevarle un mensaje. Cuando el hombre grueso y con anteojos que tenía delante, o sea yo, estuvo a punto de rodar por tierra debido al topetazo, me sostuvo por la muñeca y me dijo con voz contrariada:

-Sargento, debería mirar por donde anda. Si no tiene más cuidado un día de estos podría meterse sin darse cuenta en algún fregado.

Asentí y le tendí el despacho que llevaba en una especie de zurrón esbozando una rápida disculpa, que no estuve seguro de si llegó a oír. Lancé un suspiro. Nos habían transferido de la relativa seguridad de Charmotierex a aquel puesto en primera línea, cosa que no me producía ninguna gracia y a diferencia de en el campamento, nos obligaban a mí y a mis compañeros a realizar constantes misiones de reconocimiento y de entrega de despachos y correos urgentes.

Duncan leyó rápidamente la nota que le entregué mientras sus ojos oscuros saltaban de una línea a otra de forma tan rápida que resultaba mareante seguir el ritmo de sus pupilas. Finalmente esbozó una sonrisa y dijo:

-Al parecer, nos van a tener aquí en este sector, de forma prácticamente indefinida –masculló sentándose frente a mí y estudiándome con atención. Se fijó en mi barriga y dijo lanzando una alegre carcajada, sin ánimo de ofenderme:

-Por lo menos usted, está surtido para una temporada.

Como daba muestras de no entenderle, me dijo:

-Lo que pretendo decirle, es que puede que la comida escasee de aquí a unos días. Usted por lo menos, ya ha llenado la despensa.

No tenía ganas de discutir y menos con un capitán. Duncan me ofreció un cigarro y estudiándome con sus pupilas negras me preguntó de repente:

-Sargento, ¿ le gustaría jugar una partida de ajedrez ?

11

El capitán Jackson estalló de ira al comprobar mi nula pericia en el juego del ajedrez, en el que no estaba precisamente versado. Había jugado ocasionalmente a las damas pero aquello no tenía ni punto de comparación. Cuando había intentado explicarle que no tenía ni idea de cómo se disputaba una partida de ajedrez, el capitán tomándolo por una modestia fuera de lo común, por mi parte, rechazó mis argumentos de forma tan rotunda y tajante, que tuve que callar, cansado de intentar advertirle de que no era precisamente quien se imaginaba. A cada movimiento que hacía, el militar se desesperaba más y más, como si estuviera cometiendo un imperdonable sacrilegio y finalmente acabó por abroncarme.

-No, no, no –repetía incesantemente cada vez que movía el peón equivocado, o desplazaba un caballo a una casilla que no le correspondía, o ejecutaba un movimiento completamente incorrecto. Se preguntó donde estaría Terry Grandeschester que estaba convaleciente de su herida en la pierna en un improvisado hospital de campaña a unos kilómetros de la línea del frente. Finalmente, cuando creyendo que no jugaba tan mal a fin de cuentas y que le había pillado el tranquillo al complicado y nada sencillo juego, cogí mi rey y lo desplacé directamente junto al de Jackson. Yo jugaba, o lo intentaba con las blancas y cuando mi mano describió una amplia parábola sobre el tablero de juego portando mi rey y lo hice descender junto al de Duncan, dije con una sonrisa de satisfacción pensando que quizás hubiera logrado ganarle y puede que hasta deslumbrarle con mi arte:

-Jaque mate.

Entonces el capitán dio un manotazo al tablero y las elaboradas y talladas piezas salieron desperdigadas en todas direcciones. Su voz profunda y grave se convirtió en un trueno que restalló como un látigo en mis oídos, en el interior de la tienda de campaña:

-¡ Es usted un inepto ¡, ¡ un completo y absoluto zoquete en cuestiones ajedrecísticas ¡

Yo, que me había refugiado tras la mesa le contemplaba con cara de circunstancias. Mis gafas se habían empañado ligeramente por el humo del tabaco que Duncan fumaba continuamente.

-Es lo que traté de advertirle –dije con voz titubeante- pero usted no me dio opción. Insistió tanto, que me vi en la obligación de complacerle.

Duncan que había emprendido estudios lingüísticos en Harvard y que tuvo que abandonar muy a su pesar, por mandato expreso de su padre, que le obligó a matricularse en la academia militar de West Point aunque no obstante, había continuado como autodidacta, pareció obviar su enfado al sentirse atraído por mi curioso acento. Su fino oído había captado alguna inflexión en mi voz con raíces hispanas que hasta entonces habían estado disimuladas por mi acento. Entonces me preguntó de repente, mientras recogía el tablero y las piezas tiradas por el suelo de la tienda, que tan desabridamente había lanzado por los aires:

-Es igual, no tiene importancia, pero me gustaría que me respondiera a una pregunta, ¿ de dónde es usted ?

Arqueé las cejas ante el repentino cambio de humor y de tema de conversación del hombre y dije:

-Soy de origen español, aunque nacionalizado norteamericano.

Duncan esbozó una sonrisa nuevamente. Su enojo para conmigo parecía haberse disipado como por arte de magia y la monumental bronca que me había echado y que resonaba a través de la lona de la tienda de campaña, escuchándose claramente de puertas para afuera, con motivo de mi total desconocimiento del ajedrez, parecía no haberse producido nunca. Se interesó por mi vida, si tenía familia y cual eran mis aficiones. Le dije que destacaba algo en el tute y levemente en las siete y media. Sin darme cuenta, deslicé un nombre totalmente inapropiado que pronuncié distraído sin pensar en lo que decía, como cuando le entregué al viejo Mac Gregor un billete de veinte euros con motivo de una apuesta que perdí, en vez de otro de veinte libras.

-Y también juego a veces al Monopoly.

Duncan estuvo a punto de echarse a reír. Nunca había oído un nombre tan curioso y ridículo según su parecer.

El capitán conocía vagamente los otros juegos de cartas, pero en su vida había escuchado nada semejante. Al darme cuenta de mi error, lo enmendé rápidamente o eso creí, por lo menos, aclarándole que era una variedad de juego de cartas basado en el mus. No estaba seguro de que se tragara mi mentira, pero por probar, no perdía nada. Con lo que yo no contaba es que el capitán pretendiera que le enseñara a jugar. Suspiré aliviado porque para eso se requería una baraja española, cosa que allí no íbamos a hallar por ninguna parte. Pero para mi sorpresa, el capitán fue a buscar una pequeña caja de madera lacada y abriéndola con cierta teatralidad sacó un mazo de naipes en el que podía leerse los familiares caracteres de la casa Fournier. Mis ojos se abrieron tanto que casi se desbordaron por encima de los cristales de mis gafas, suscitando la hilaridad del capitán Duncan que era incapaz de dejar de carcajearse a mandíbula batiente.

12

Dos días después llegaron órdenes taxativas y tajantes de que algunos heridos fueran evacuados a París en camiones. El contraataque alemán había puesto en apuros a los aliados y existía un riesgo inminente de que en cualquier momento, la posición fuera tomada por el enemigo. Estábamos en un estado de excitación total y absoluto, sobre todo yo, después de que hubiera sido testigo de la excepcional y tremenda visión de Mark, fusionándose con su otro yo. Existían teorías acerca de lo que podría ocurrir en caso de que dos o más yos de una misma persona se llegaran a encontrar en un mismo espacio temporal, como así había sucedido. Había explicaciones para todos los gustos, habidas y por haber, pero casi todas coincidían en un punto y es que podían inferirse resultados catastróficos, a raíz de que tal hecho sucediera. Sin embargo Mark estaba perfectamente, mejor que nunca. No me atrevía a preguntárselo, pero algo muy raro y espeluznante había ocurrido, algo tan secreto como inexplicable que me preocupaba haciendo temer por él. Los únicos datos de que disponía de aquel galimatías que se ocultaba tras el mutismo y secreto con que Mark guardaba celosamente sus más recónditos pensamientos, es que por alguna razón desconocida uno de sus egos del futuro, o tal vez del pasado, todo era posible se había unido a él. Ambos cuerpos pasaron a ser uno solo y aparentemente no se apreciaban diferencias respecto al momento inmediatamente anterior a aquello. Para colmo de males, estaba ese joven actor, Terry Grandschester que parecía mostrar un especial interés por Candy, aunque quien en aquellos turbulentos días, no se quedaba fascinado por la extraordinaria belleza de la muchacha. Por otra parte, Mark estaba muy preocupado porque había conocido por rumores que su esposa junto con otros cinco hombres heridos y dos compañeras más serían remitidas a París, en breve, encargadas de atender y cuidar de los hombres alcanzados durante los duros combates. Faltaba poco para la operación G.I. que se estaba preparando en gran secreto. De hecho Haltoran, había partido hacía poco para ultimar los detalles de los nuevos tanques perfeccionados que saldrían a partir de ese momento de las cadenas de montaje aliadas. Annie al enterarse había ido corriendo a ver a Candy, tratando de que influyera en Howard el enlace de Wilson para que impidiera su marcha, pero su amiga intentó que comprendiera que no estaba en su mano influir en decisiones tan estratégicas y que la rebasaban ampliamente. Entonces Annie había llorado amargamente, quejándose de lo injusta que era aquella decisión. Ni tan siquiera Howard podría desobedecer una orden directa del gobierno estadounidense. Pareció tranquilizarse, cuando Candy le recordó que su marido no iría al frente a primera línea, si no en viaje de inspección por las principales fábricas de armamento francesas, a muchos kilómetros del frente. Entonces la muchacha se sentó en una de las literas y contemplando a su amiga lanzó un hondo suspiro y notó como algunas lágrimas descendían de sus ojos azules. Para sorpresa de su amiga, Annie rompió a llorar lamentándose con voz queda:

-No soy quien parece Candy, realmente me odio, me odio por haber robado la vida que debería haberte correspondido a ti.

La joven rubia asió con fuerza las manos de su amiga y dijo casi ofendida por aquellas duras palabras dirigidas contra sí misma:

-Pero, pero Annie, ¿ que tonterías estás diciéndome ?, tú la persona más buena y dulce que he conocido –dijo ella sosteniéndola por los hombros.

Pero Annie apartó sus ojos azules del rostro de Candy. Contempló como Carlos y Dorothy se perseguían entre bromas bajo la enojada mirada del jefe de cocineros que les recordaba que no perdieran el tiempo y retornaran al trabajo. Ambos jóvenes pidieron disculpas casi al unísono y volvieron a sus quehaceres, ajenos a la dramática confesión a través de la cual, Annie estaba desnudando su alma y revelando lo más íntimo de su ser.

Annie bajó la cabeza. Recordó el día en que el señor Brighten propuso a Candy ser su hija y como aunque esta estuvo a punto de aceptar su ofrecimiento, pero el temor de Annie ha quedarse sola, la disuadió de acceder, declinando en el último momento.

-Sí Candy –insistió Annie escondiendo su bello rostro entre las manos- si yo no hubiera sido tan egoísta, si no hubiera preferido mi bienestar personal al tuyo, seguramente tú serías hoy en día su hija. Todo aquello de lo que disfruto, una buena posición social, mis vestidos, la casa en la que vivo, el amor de mis padres…que podrían haber sido los tuyos.

Candy la tomó por las manos después de soltar los hombros de la chica y sacando un pañuelo con sus iniciales bordadas, enjugó delicadamente las lágrimas que emergían de las comisuras de los grandes ojos azules de Annie.

-Pero, tú no me has quitado nada, querida Annie. Además siempre fuiste hija natural de los Brighten.

Annie había sido secuestrada por un vengativo rival de su padre, nada más venir al mundo, por envidias y asuntos económicos haciendo creer a su madre que había nacido muerta. Uno de sus sirvientes depositó la canilla con Annie en su interior, a las puertas del hogar de Pony. Poco antes, una mujer enflaquecida y famélica, pero muy hermosa, casi una niña depositaba otra con una chiquilla rubia de penetrantes ojos verdes cuyo llanto alertó a la bondosa señora Pony gracias a la perspicacia de Tom uno de los huérfanos del hospicio que detectó el llanto de la niña en mitad de la nieve. El anciano médico que había atendido a Sarah Brighten, la madre de Annie asistiendo el parto, fue tentado y casi obligado por el adversario de su padre, por un delito que había acometido a cambio de su silencio y apoyo, a firmar el certificado de defunción de la niña. Años después el atormentado y arrepentido doctor, ya a punto de expirar debido al alcoholismo que arrastraba desde hacía tanto tiempo, debido a los remordimientos que le asaltaban continuamente envió una carta a la familia Brighten explicando la tremenda y terrible verdad: Annie era realmente hija de los Brighten y había sido adoptada en un imprevisto y burlesco giro del destino para llenar el vacío de otra niña que había fallecido tiempo atrás, y que realmente era ella. Pero Annie seguía empeñada en creer que aun así, Candy podría haber disfrutado de una vida de lujo y privilegios que de alguna manera ella le había arrebatado, no asumiendo el hecho de quedarse sola en el hospicio sin la proximidad de su querida amiga.

-Además, querida Candy siempre me avergoncé de mi origen, quiero decir, de haberme criado en el hogar de Pony y hasta negué que eras mi amiga. ¿ Qué clase de persona soy yo ? ¿ aun así me sigues considerando una buena persona ?

Candy la atrajo hacia si abrazándola de repente. Las tristes recriminaciones que había Annie contra si misma, la hacían sentirse mal.

-Tú nunca hiciste nada malo querida amiga. Además éramos muy jóvenes, ¿ que edad tendríamos ? ¿ doce años tan solo ? a tan corta edad no podíamos saber lo que nos depararía el destino. Además todo eso es parte del pasado, no te recrimines más, mi buena amiga.

Annie se puso en pie y se sacudió la falda de su vestido de enfermera. Había decidido empezar a ser útil, aunque su poca o nula experiencia en una materia en la que Candy tras arduos esfuerzos había logrado graduarse, superando los exámenes finales en la escuela de enfermeras, era más que manifiesta, pero era tal la necesidad de manos y personal por las continuadas bajas y heridos que todos los días llegaban del frente, que el doctor Duvall no puso ninguna objeción ni reparos, cuando la muchacha decidió presentarse voluntaria solicitando una plaza de ayudante. Aunque aun no realizaba vendajes o administraba medicinas, aprendía deprisa y para sorpresa suya y alegría de Candy, fue asignada como asistente de la segunda, y el disgusto de Flammie que no podía entender como a una novata se le asignaban tareas de tanta responsabilidad. Entonces Annie volvió a la carga. Aun no sentía libre de culpa.

-Candy eres tan maravillosa y buena conmigo y con todo el mundo –dijo la chica estrechando las manos de su amiga- Por qué todas las cosas más tristes te suceden a ti, cuando solamente mereces lo mejor por ser la gran mujer y persona que eres.

-Bueno, no todo me ha ido tan mal, querida Annie –dijo de repente- casi el mismo día que fuiste adoptada le conocí a él- dijo pensando en Mark.

Calló unos instantes contemplando el trajín de Charmotierex y como yo caminaba por el patio central cavilando en cuanto había observado durante esa lluviosa noche. Nos habían devuelto nuevamente al campamento poco después de mis infructuosos intentos por inventar un juego de cartas que no existía y bautizado por mí apresuradamente, con el nombre de Monopoly. Duncan descubrió finalmente que le había tomado el pelo y su franca y afable risa pasó nuevamente a convertirse en una nueva bronca. Finalmente terminó por expulsarme de su tienda , pero todo aquello era inevitable porque no podía contarle la verdadera razón de mi presencia allí. Era mejor que pensara que era un pobre loco o un imbécil al que no podía tragar, aunque de todas maneras me había visto metido en aquella absurda situación sin comerlo ni beberlo. Era él quien había insistido en que jugáramos al ajedrez y pese a mis intentos por sacarle de su error, como en una mala comedia de enredo, todo fue embrollándose un poco más y más hasta el desenlace final. Entonces Candy me saludó agitando alegremente la mano derecha a lo que respondí con una inclinación de la cabeza, aunque al principio no me percibí de que estaba allí. Soy muy distraído y a veces, aunque me hablase alguien conocido iba tan centrado en mis quehaceres y reflexiones que no prestaba atención o ignoraba el saludo. Annie dio un respingo y asomándose a la puerta del barracón dijo mientras seguía mis pasos torpes y vacilantes:

-Que raro Candy, Maikel pasa de largo. Se diría que no se ha dado cuenta.

Candy negó con la cabeza. Era como un niño grande según ella, que a la mínima me metía en problemas. Todavía recordaba cuando había tenido que ocuparse de mí a bordo del Lancastria, por los tremendos mareos que la travesía oceánica me producían, haciendo que estuviera vomitando casi de continuo.

-Maikel, Maikel.

Finalmente escuché su voz y alcé la mano. Candy reparó en mi aspecto pensativo con la cabeza dirigida hacia el suelo y las manos detrás de la espalda. Entonces la bella muchacha miró a Annie y dijo con un deje de preocupación en su voz.

-Le ocurre algo Annie. Tiene mala cara y no me gusta nada su semblante.

Candy seguida por Annie, que finalmente parecía recobrada de su súbito ataque de tristeza y remordimientos, me salió al paso. Mi mente estaba ocupada entre las recriminaciones de Duncan y el secreto de Mark. ¿ Que debía de hacer ? ¿ contárselo a Candy ? ¿ aprobaría Mark que hubiera hecho algo semejante sin su consentimiento ? ¿ como reaccionaría ella si se le confesaba lo que sabía, aunque no supiese a santo de que se había producido aquel fenómeno inexplicable y que me produjo repeluznos ?

13

Candy, Annie y yo hablamos largo y tendido, pero yo solo les referí el curioso incidente con Duncan Jackson sin atreverme a contarle lo que inexplicablemente, solo parecía haber presenciado yo, pese a que cientos de ojos estaban centrados en Mark en el momento en que la bala asesina iba a alcanzarle. Cuando terminé de hablar, sentado ante una humeante taza de café que me quemó levemente los labios haciendo que Candy riera involuntariamente ante el cómico gesto que mis ojos realizaron detrás de mis lentes, las dos amigas se miraron divertidas y entonces Candy tomó la palabra:

-¿ Eso era lo que tanto te preocupaba y quitaba el sueño Maikel ? No debes preocuparte. Yo tampoco sé jugar al ajedrez y pese a que Mark intentó enseñarme, nunca me ha entrado en la cabeza –dijo Candy propinándose un pequeño coscorrón en la coronilla –y no pasa absolutamente nada.

Al escuchar el nombre de Mark, mi rostro adoptó una expresión de preocupación que disimulé a duras penas. Me preguntaba si la afinada y lúcida intuición de Candy habría detectado aquel leve y ligero cambio que por un momento se obró en mi semblante.

14

Llegó el momento del temido y a la vez esperado viaje hasta París. Candy había presentado una queja formal al doctor Duball que era su inmediato superior, no porque pretendiera eludir su deber, si no porque se consideraba más útil allí en Charmotierex, que aunque era un campamento de retaguardia, estaba relativamente cerca de Cambrai, en pleno teatro de operaciones, por lo que el goteo de heridos provenientes del frente era constante y sin dar señales de que fuera a decrecer, si no más bien todo lo contrario, por lo que a Candy se le antojaba absurdo que la enviasen a París en un momento tan crucial y decisivo como aquel, en el que todas las manos disponibles eran pocas y nunca suficientes. Pero las órdenes eran severas al respecto. Deberían partir inmediatamente. El camión era un viejo Chevrolet con una caja demasiado angosta e incómoda como para albergar a tantas personas en su interior. Candy sintió una punzada de angustia al comprobar el ruinoso estado del vehículo, cuya carrocería estaba aboyada y de la que algunas partes se habían desprendido, incluyendo el parachoques que estaba afianzado con cuerdas. La pintura había desaparecido en muchas zonas dejando al descubierto el metal oxidado de un macilento color como de ceniza y los neumáticos parecían tan desgastados que dudaba que la banda de rodadura tuviera la profundidad de dibujo suficiente, como para que sus neumáticos se agarraran a las ya de por si maltrechas carreteras, con la suficiente adherencia. La muchacha examinó con disimulo el vehículo. Había visto a Stear reparar tantas veces su viejo y decrépito automóvil que casi se sabía de memoria, muchas de las sencillas y básicas operaciones que un profano podía realizar para vigilar a simple vista, el estado de su vehículo. Y un camión no difería demasiado de un turismo, en esos aspectos generales. Aun resonaban en su cabeza, las palabras de su esposo, con ocasión de un viaje en automóvil que realizaron para tratar de reunirse con Haltoran en Londres, porque temían que hiciese alguna locura al llegar al real Colegio de San Pablo, para sacar a Eliza de allí, por la proximidad de la guerra. Pero en vez de eso, se encontró con Annie, con el resultado que ya conocía perfectamente.

"Un automóvil se conforma básicamente de chasis, motor y transmisión querida. No hay tanta diferencia entre estos modelos y los que observaste en el siglo XXI".

Para colmo de males el conductor era un hombre muy mayor con una tos crónica que le hacía tambalearse de vez en cuando y tener que detenerse a coger aire. Candy le palmeó la espalda ayudándole a que se sintiera mejor.

-Gracias querida niña –dijo el anciano, un soldado conductor asignado al cuerpo de ambulancias- ahora me encuentro mucho mejor.

El hombre ocupó su puesto en la cabina del viejo Chevrolet y Candy y sus compañeras Flammy y Juliene ocuparon su puesto en la parte trasera del camión, cuyo motor emitió un ronroneo que a Candy le recordó inmediatamente la insistente y pertinaz tos del anciano chofer. Candy tuvo un mal presentimiento acerca de la fiabilidad y resistencia del camión, pero lo desechó inmediatamente para no pecar de pesimista, y por supuesto que no participó de sus pensamientos con sus compañeras.

El pesado vehículo atravesó varias carreteras muy sinuosas y cubiertas de baches que de vez en cuando hacían botar a sus ocupantes, en la ya de por si poco confortable y angosta caja del camión. Flammy se quejó varias veces porque su cabeza se golpeó levemente contra el techo del espacio de carga del Chevrolet y algunos de los heridos se quejaron levemente cuando el camión dio un bandazo para esquivar un enorme socavón en mitad del lastimoso y agrietado pavimento. Entonces, ocurrió algo imprevisto. Pese a estar en Septiembre y ser por lo tanto aun verano, la temperatura descendió rápidamente y algunos copos de nieve comenzaron a caer. Candy extrañada, extendió la mano por el hueco que había entra la portezuela trasera de la caja del camión y la techumbre de lona. Para su sorpresa, un copo de nieve se posó en su mano. Julienne lo contempló asombrada como se derritía lentamente en la piel rosada del dorso de la mano de su amiga Candy.

-Nieve a estas alturas del año –se dijo Julienne que no daba crédito a lo que estaba contemplando.

Candy asintió y a pesar de que el raro fenómeno no daba visos de terminar si no todo lo contrario, se acomodó de forma que pudiera disfrutar del paisaje. Candy sabía ver el lado positivo de las cosas, aun en las más negras circunstancias, rasgo de su carácter que contrastaba con el de su esposo, tan pesimista y triste hasta que ella inundó de luz su vida, enseñándole a reír nuevamente. Mark siempre nos refería que había empezado a tener sentido del humor desde que conociera a Candy.

-Que vista más hermosa –observó la muchacha para alejar de su mente sus funestos presentimientos de que no llegarían a París a tiempo antes de que la cada vez más copiosa y anacrónica nevada les cerrara el paso.

Flammie sonrió levemente y dijo:

-Candy eres única. Encontrarías belleza en el lugar más deprimente y abandonado de este mundo. El paisaje desértico sería para ti como un bello vergel.

Y no estaba lejos de la verdad. Cuando fue conducida contra su voluntad acusada de robar algunas de las joyas y alhajas más valiosas de los Legan, merced a una trampa urdida por Neal y Eliza, en compañía de García, el feroz caravanero encargado de llevarla hasta Finca de Cobre, uno de los ranchos que los Andrew poseían en México, su corazón se llenaba de felicidad al contemplar las largas e interminables puestas de sol sobre el árido paisaje, presididas por un impresionante cielo rojizo, como telón de fondo. Aun quería a Anthony o creía hacerlo, hasta que unos bandidos les asaltaron y García, para evitar que lo matasen, les sugirió que la raptaran y la vendieran a algún acaudalado europeo que pagaría mucho dinero por ella. Hasta que un ángel guardián de ojos oscuros, largos cabellos de azabache y alas de iridium que la estaba vigilando de cerca, la salvó de una cruel y terrible suerte. Mark puso en fuga a los bandidos y cuando ella llorando le suplicó que se quedara con él, el joven aun pensando en lo que creía era su felicidad y no deseando interferir en ella, se marchó nuevamente remontando el cielo como un dragón llameante herido de amor, para que retornara junto a Anthony y lograra encontrar la felicidad. Pero ella le persiguió corriendo penosamente tras de él, mientras Mark no era ya más que un haz de luz lejano e inalcanzable.

-Quédate conmigo por favor –suplicaba ella ante la mirada atónita de García, que arrepentido había vuelto para salvarla- por favor, Mark no me dejes…no

Entonces se arrodilló sobre el polvoriento camino sembrado de cactus que jalonaban su serpenteante trazado y levantando los hermosos ojos verdes hacia el firmamento estrellado musitó unos palabras:

-Mark…amor mío. Te quiero.

Se había dado cuenta de que estaba perdidamente enamorada de él.

15

El viaje transcurrió sin más novedad en medio del imprevisto e inusual fenómeno meteorológico. Candy había tratado de conciliar el sueño, cuando el camión se detuvo repentinamente con una brusca sacudida que les catapultó a unos sobre otros. Candy se despertó sobresaltada y preguntando medio adormilada que estaba sucediendo.

-No lo sabemos Candy –le respondió Julienne mientras se recogía los cabellos ondulados y con el temor pintado en sus ojos oscuros- de repente el camíón se ha detenido sin más.

Candy abrió la portezuela de la caja del camión. Y sus pequeños pies se hundieron varios centímetros en una espesa capa de nieve. Asombrada, caminó de forma torpe e insegura temiendo caerse y avanzando junto al costado del camión hasta la cabina. Allí, para su horror encontró el cuerpo sin vida del anciano conductor echado sobre el volante. Julienne acudió rápidamente a los gritos de Candy, mientras Flammy permanecía con los heridos para cuidarles y tranquilizarles. Entre Candy y Julienne trataron de reanimar al anciano pero fue en vano. Tras varios minutos de angustiosa insistencia, lo dejaron por imposible. El hombre había fallecido, probablemente de un fallo cardíaco.

La muchacha continuó presionando furiosamente el pecho del chófer durante varios e infructuosos minutos, hasta que Julienne la apartó tomándola suavemente de los hombros.

-Es inútil Candy –dijo su amiga con dulzura- nada podemos hacer por él. Debemos encomendar su alma a Dios.

Candy asintió. Le enterraron presurosamente, porque no había tiempo que perder. La nevada se estaba transformando en una furiosa ventisca que podía muy fácilmente acabar con sus vidas si se quedaban allí por más tiempo. Si no hacía algo rápidamente, se quedarían allí ateridas de frío probablemente para siempre.

"Tiene gracia" –pensó Candy con un repentino y negro sentido del humor- "morir por congelación en pleno verano. Es increíble".

Entonces decidió intentar conducir el camión. No estaba muy segura de cómo hacerlo, pero había observado como Stear lo hacía y yo, me había tomado la molestia de darle alguna clase práctica cuando estuvo en el siglo XXI, con un pequeño utilitario que empleaba para desplazarme por Tokio y los alrededores y siempre bajo la atenta y preocupada mirada de Mark, que temía que algún contratiempo originara un percance que terminara en catástrofe. Siempre manejaba en el recinto cerrado de alguna de mis mansiones y nunca le permití coger demasiada velocidad. Ahora estaba allí, frente al gran y macizo vehículo que le observaba como un macilento y cachazudo monstruo prehistórico. Se subió a la cabina ante los gritos de Julienne que le instaba a pensárselo mejor. El pesado camión de doce toneladas, independientemente de la pericia de Candy al volante y aunque consiguiera dominarlo, podía jugarle una mala pasada. Era demasiado volumen para que la menuda constitución de Candy lograra manejar los mandos de duro tacto como para evitar que aquella bestia se le desbocara. El anciano quizás presintiendo su final había logrado detener el Chevrolet a tiempo, antes de que se estrellaran contra un árbol o se salieran de la carretera. Candy se dijo que no había tiempo que perder y desoyendo las súplicas de Julienne que embozada en su capa de enfermera, tiritaba de frío, se subió a la cabina y se puso al volante. Julienne montó detrás rezongando. Candy giró la llave y el motor del Chevrolet tosió poniéndose en movimiento. El pesado vehículo arrancó y enfiló la carretera completamente cubierta de nieve, mientras nuevos copos seguían bajando del cielo plomizo y gris aumentando el espesor del manto blanco que cubría el paisaje. Tal y como había temido Julienne, la muchacha no fue capaz de dominar el camión que tras unas dos horas de razonable y relativo confortable viaje que incluso indujo al sueño a alguno de los viajeros, aunque no tardarían en despertar bruscamente. Candy atravesó una placa de hielo lo que unido a que entraban en una curva muy cerrada, su poca destreza en su manejo aunque ya de por si era asombroso que hubiera conseguido cubrir toda aquella distancia en medio de aquellas pésimas condiciones meteorológicas y el peso del camión provocó que este se precipitara contra un árbol que se inclinó levemente al recibir el impacto del vehículo. Candy se golpeó contra el cristal del parabrisas aunque en el último momento, consiguió protegerse la cara con los brazos minimizando los daños que hubiera podido sufrir. Tenía un pequeño corte en la frente y se llevó dos dedos a la frente que retiró manchados de sangre. Afortunadamente, no tenía más que un rasguño superficial. En cuanto al pasaje, aunque estaban un poco mareados y muy asustados, aparte de eso no tenían nada más.

-¿ Estáis bien ? –preguntó Candy voceando hacia la caja del camión. Varias voces respondieron a coro que sí. Entonces la valerosa muchacha, se bajó de la cabina para comprobar los daños. El motor estaba completamente destrozado y el morro del Chevrolet mordía como un perro hambriento un hueso, el añoso tronco del árbol que había partido el cigüeñal y desencajado los pistones que se habían partido dentro de sus cilindros. El agua del radiador se escapaba con un siseo furibundo y quejumbroso en forma de vapor, como si el camión se quejase de su triste y fatal destino. Julienne se bajó de la caja del camión y se reunió con Candy, que llorosa contemplaba el maltrecho vehículo. La muchacha meneaba la cabeza y decía desfallecida:

-Ya no iremos a París Julienne. El camión no volverá a moverse.

16

Candy tomó una determinación. Si se quedaban allí sin hacer nada morirían congeladas en cuestión de horas. Por lo tanto, decidió armarse de valor e ir en busca de ayuda. Julienne y Flammy intentaron impedirlo y protestaron vivamente, pero la joven rubia crispó los puños y adelantando el cuerpo hacia delante exclamó:

-No tenemos otra alternativa. Si alguien no va en busca de ayuda, terminaremos por congelarnos.

Flammy intentó argumentar algo, pero la seca y cortante negativa de Candy a escuchar cualquier voz discordante terminaron por hacer que agachara la cabeza y contuviera sus palabras. Apremiadas por las de Candy entraron en la caja del camión. La muchacha se despidió de ellas y dijo:

-Confiad en mí. Retornaré con ayuda lo antes posible.

Hizo una pausa y mojándose los labios dijo:

-Rezad por mí y por que vuelva pronto. No temáis. No os fallaré.

Mientras la joven de dorados cabellos se alejaba dando cortas zancadas en la nieve y envuelta en su capa de enfermera, que revoloteaba en torno suyo. Se preguntó si resistiría el intenso y repentino frío con aquellas ropas más bien concebidas para el caluroso verano que para un riguroso día de un invierno que parecía haberse adelantando sospechosamente. Julienne observó como su amiga se alejaba cubierta por su capa a modo de hábito y dejó escapar algunas lágrimas, mientras Flammie la abrazaba para infundirla valor. Los heridos en el camión, guardaron silencio mientras observaban como las huellas de Candy sobre la nieve que cada vez se iba haciendo más y más tupida se iban perdiendo en la lejanía.

17

En Charmotierex reinaba una extraña y tensa calma. Mark, cada vez más inquieto y preocupado no dejaba de dar vueltas en círculos cerrados por todo el barracón. Caminaba hasta un punto del fondo de la estancia de Uralita, giraba sobre los tacones de sus botas y volvía sobre sus pasos desandando el camino emprendido para comenzar otra vez. Yo también estaba muy preocupado por Candy y no sabía que hacer ni que decirle para tranquilizarle. Algunos soldados, nerviosos por los repetitivos y reiterados movimientos de Mark, le instaron a que se detuviera pero bastó una fría mirada del joven, para que inmediatamente se callaran y decidieran no importunarle. Mark no era de meterse en problemas, pero tenía fama de peligroso e imprevisible entre las tropas, que procuraban no buscarse líos con él en ningún momento.

-Esto es muy raro –observó Mark, deteniéndose repentinamente sobre las plantas de sus pies y contemplando la copiosa nevada a través de la ventana protegida por una reja y practicada en la pared de su derecha- una ventisca así, en pleno mes de Septiembre.

Entonces recordé lo que Haltoran nos había referido alguna vez al hablarnos de los días intrusos. Según la meteorología, un día intruso es aquel que se produce dentro del contexto de una estación que no le corresponde, por ejemplo un día de bochornoso calor en pleno mes de Febrero o Diciembre, o a la inversa, como sucedía en aquellos momentos, una copiosa e intensa nevada en pleno Septiembre, sin que hubiera terminado aun el verano. Era muy difícil que llegara a darse un "un día intruso", y aun mucho más que lo hiciera de aquella manera. Una densa e intensa cellisca en pleno verano. Era imposible pero allí estaba, derramando sus copos sobre hombres, campos y bestias, cubriéndolo todo de un manto blanco muy espeso y que no paraba de crece constantemente. Finalmente, no pudiendo más y presintiendo que Candy estaba en peligro se despojó del uniforme. Intenté disuadirle porque si le sorprendían quitándose sus ropas militares podría interpretarse erróneamente como un acto de deserción o de derrotismo si no de escándalo público, si alguien llegaba a figurarse semejante idea.

Sin embargo, bajo la indumentaria castrense Mark, llevaba la ropa que vistiera cuando un hecho que conocía muy bien y respecto a cuyo origen siempre había guardado un profundo silencio, en parte por miedo a la reacción de Mark si llegase a conocerlo, en parte y puede que en más medida que el primero de los argumentos por un sentimiento de culpa y acuciado por mis remordimientos. De hecho, a Mark no le era posible desatar su poder con una ropa diferente, porque el calor del iridium la quemaría inmediatamente. Las únicas prendas que eran capaces de resistir aquello eran su cazadora, camisa y pantalón porque habían sido bañadas por la luz naranja del iridium, cuando los ladrones que abrieron su particular caja de Pandora encontraron un espantoso final como colofón a su desmedida codicia. Aquella ropa había adquirido las mismas propiedades químicas del iridium, lo cual permitía a Mark utilizarlas sin temor a que prendieran, ardiendo hasta convertirse en harapos ennegrecidos. La principal razón que Mark tenía para emplear sus vaqueros, la camisa y la cazadora en aquellas circunstancias era meramente estético o dicho en otras palabras, el simple y a la vez, complejo hecho de ir desnudo, porque sus poderes funcionaban exactamente igual con ropa o sin ella, pero Mark aun se regía por la lógica y el sentido común, aunque no siempre. Arrojó el uniforme al suelo del barracón y se dispuso a salir al exterior. Preocupado me acerqué a él. Nos dimos un abrazo y le dije sabedor de que sería inútil ntentar disuadirle:

-Cuídate muchacho y recuerda que si te cogen podrían formarte consejo de guerra y fusilarte.

Mark emitió una breve risa y observó:

-Maestro, las balas no pueden hacerme ningún daño, así que pierde cuidado.

Entonces salió al exterior y apantalló su cuerpo para tornarse invisible. Entonces se me olvidó pedirle que rescatara también a los heridos y a las compañeras de Candy que sin duda deberían permanecer en el camión en caso de que hubieran sufrido un percance. Tal vez todo fuera falsa alarma y quedara en la mera preocupación de un esposo demasiado enamorado y preocupado como para aguardar pacientemente el retorno de su mujer. Entonces contemplé unas huellas sobre la nieve del recinto amurallado de Charmotierex aunque sin vislumbrar a quien las producía. Los soldados se apartaban extrañados y miraban como un rastro se materializaba de la nada sobre la nieve. Aquel era un día muy raro. Primero la imprevista y totalmente ilógica nevada en pleno verano y ahora unas huellas que se formaban sin aparente causa lógica, sobre el suelo cubierto de nieve. Entonces Mark dio un salto y el poder del iridium le catapultó hacia el espacio. En esos momentos, lamenté que Haltoran no estuviera allí acompañándome para aconsejarme que debía hacer. Dudaba de que Mark en su precipitación hubiera escuchado mis palabras finales pidiéndole que velara por las compañeras de Candy y los heridos, en caso de haber sufrido algún contratiempo. Teníamos prohibido abandonar el campamento y realizar o utilizar cualquier recurso o invención procedente del siglo XXI, pero aquel era un caso en que tendría que hacer una gran excepción. Extraje un control remoto que Haltoran había diseñado expresamente para mí y que me permitiría impartir órdenes a Mermadón, conduciéndolo incluso en modo manual en caso de extrema necesidad. Y aquel lo era. Las vidas de varias personas estaban en juego. Activé el botón rogando que lo hubiera hecho bien. Por un momento me imaginé al gigante de metal atravesando Charmotierex lentamente e imaginándome el caos y el horror que provocaría a su paso. Pulsé el botón rogando que el coloso de acero y kevlar me respondiera.

18

Candy atravesaba penosamente la densa capa de nieve y con mucha dificultad. Sus piernas se estaban hundiendo en la nieve y cada vez estaba más cansada y aterida de frío. Observó en derredor los tupidos y densos bosques que la rodeaban por doquier. Pensó en recuerdos y vivencias agradables para mantenerse activa y evitar desfallecer o detenerse para dormir debido al sopor que la invadía y que el intenso frío la estaba induciendo.

-Si me detengo ahora, estaré perdida, y lo más seguro es que si lo hago me dormiré y entonces, ¿ que será de Julienne, Flammie y los esos hombres heridos ?, no –se dijo con determinación para infundirse valor y ánimos –tengo que resistir.

Poco podía sospechar en esos momentos, que una estela de fuego en las altas capas de la estratosfera, y lejos de miradas inquisitivas o asustadas volaba en la dirección que ella llevaba a una velocidad de Mach 14 con un joven en su parte delantera y de cuyo cuerpo partía el largo y flamígero rastro de fuego.

-Aguarda amor mío –se decía Mark, mientras planeaba entre las nubes a una altura de cuarenta mil metros- pronto estaré a tu lado.

19

Candy observó los robles y encinas que entrelazaban sus follajes muy por encima de su cabeza, creando una espesura tan densa que apenas dejaba pasar la mortecina luz de aquel día tan raro e inusual a través de sus hojas. En el suelo, la situación no era mejor, porque las ramas y la maleza se convertían en obstáculos naturales que a modo de enemigos que pretendían dificultar su misión que estaba decidida a cumplir, costase lo que costase se interponían en su marcha. Las ramas le arañaban la piel produciéndole pequeños cortos y algunos hematomas, pero no por eso dejó de seguir hacia delante. Tenía que encontrar ayuda como fuera. Entonces reparó en el parecido de aquella floresta con las de los Estados Unidos y le resultaron tan parecidos, que en cualquier momento, entre la espesura esperaba encontrar la mansión de los Legan o el portal de las rosas. Cuantos recuerdos. El viento en su cara mientras se mecía en la rama de un árbol, las flores del portal de las rosas, Anthony con su deslumbrante sonrisa que había estado a punto de borrarse para siempre, cuando se desprendió del caballo desbocado cuando en ese crucial instante un par de brazos morenos y curtidos que sobresalían de un haz de luz que pasó rasante como un brillante y poderoso rayo a ras del suelo le asieron por los hombros deteniendo su marcha y depositándolo sano y salvo en el suelo, a pocos metros de ella, mientras Mark se materializaba y trataba de huir, pero su agotamiento y sobre todo el deseo de no continuar huyendo más, para quedarse a su lado, le hicieron finalmente desistir de tratar de procurarla una felicidad que no era tal,si no podía vivirla a su lado.

Mark. El nombre de la persona amada acudió a sus labios y a su mente cuando unos furiosos gruñidos la sobresaltaron asustándola. Se detuvo repentinamente cuando una partida de caza de cinco lobos la salieron al paso, rugiendo amenazadoramente y enseñando los colmillos amarillentos. Sus ojos fieros y cetrinos parecían esbozar un guiño malévolo y en sus fauces abiertas y de las cuales colgaban sus lenguas en una sonrisa burlona y cruel. Candy intentó subirse a un árbol para ganar su relativa seguridad cuanto antes, pero antes de que lograra su propósito estaba completamente rodeada por el grupo de cinco lobos. Al fondo escuchó más aullidos. Por el sendero que había atravesado penosamente se avecinaban más fieras dispuestas a unirse a sus compañeros.

20

En un oscuro y secreto recinto, custodiado por soldados armados, un robot de dos metros de altura y tonelada y media de peso, se aburría soberanamente, por la pesada y repetitiva labor de crear granadas autopropulsadas anti-tanque. Entonces una señal emitida no muy lejos de allí, por la antena de un mando de control estimuló un área de su cerebro y sus sensores rojos brillaron levemente. Entonces Mermadon se irguió y respondió a mis requerimientos.

-Aquí Mermadon –dijo melifluamente con su voz suave y melodiosa que contrastaba con su enorme cuerpo. Otra ironía del retorcido sentido del humor de Haltoran.

-Mermadón, no tenemos mucho tiempo. Quiero que sigas el rastro de Mark y si encuentras un camión varado en la nieve, ayudes cuanto antes a sus ocupantes, ¿ entendido ?

Normalmente, Mermadón no habría obedecido una orden tan absurda en apariencia, pero como el emisor que me entregara Haltoran obviaba esas consideraciones y se saltaba algunas reglas de la programación de Mermadón, este obedeció al punto sin hacer preguntas. Echó la puerta abajo asustando a los centinelas que montaban guardia, los cuales se tendieron en el suelo para protegerse. Aprovechando la sorpresa y el temor que sentían aquellos dos hombres, que no sabían que estaban custodiando porque Mermadon era materia de alto secreto, y solo habían recibido la orden de vigilar aquel recinto, el robot se escabulló camuflado en su invisibilidad que su planta de potencia iridimnica, -de iridium- le proporcionaba como efectos residuales del empleo de la sustancia anaranjada como combustible para mover e impulsar los mecanismos del robot. Mermadon salió al exterior y empezó a correr para utilizar la fuerza del iridium, al modo de Mark, solo que el robot solo podía mantenerlos la mitad de tiempo que Mark, porque el iridium que utilizaba era por así decirlo de peor calidad que el de este. El robot se elevó en el aire ayudado además por un motor auxiliar camuflado en su espalda que Haltoran le había instalado y que aunque por si solo no le permitía volar, si que le era posible en combinación con el iridium que siseaba rabioso al desprenderse de la coraza metálica del paquidérmico robot.

21

Desde que se había fusionado con su otro yo, era como si sus poderes hubieran mejorado hasta extremos insospechados. Además la conexión mental que le había mantenido unido a Candy y que se había perdido cuando había sufrido aquel envenenamiento masivo que colapsó su sistema circulatorio cuando retornaron de Sarajevo para tratar de evitar la guerra en la que ahora estaban inmersos habían regresado con una intensidad sorprendente. Guiado por aquel nexo mental y espoleado por el amor, el joven descubrió finalmente a Candy en un recodo de un espeso bosque acosada por varios lobos. Mark ahogó un grito y picó hacia la manada. Cuando el primero de los animales estaba saltando sobre Candy, el valeroso joven se interpuso entre su esposa y este. Mark emitió una llamarada que calcinó al animal que se detuvo en seco. La piel carbonizada se acartonó estallando de repente llenando el aire de vísceras y de sangre. El esqueleto del animal se precipitó a la nieve con un ruido sordo, haciendo que sus compañeros vacilasen, momento que aprovechó Mark para proteger a Candy con su cuerpo. La muchacha presintiendo ya los colmillos del lobo desgarrando su yugular había cerrado los ojos y no había visto aun a Mark y de paso se había ahorrado la desagradable visión del animal deteniéndose en el aire abrasado por la ráfaga de fuego que partió directamente de la muñeca derecha de Mark. Entonces una voz profunda y maravillosa hizo que sus lágrimas saltaran desbocándose por las comisuras de sus ojos:

-Tranquila amor mío, ya estoy aquí.

Candy abrió sus ojos verdes y esbozó una sonrisa que llenó toda su cara de luz. Abrazó a Mark, que pendiente de los peligrosos animales no les perdió de vista ni un momento y aunque lo estaba anhelando no se giró para besarla apasionadamente que era lo que más ansiaba en esos momentos. Entonces Mark, no atreviéndose a utilizar nuevamente su poder extrajo el RPG-12, pulsando el botón de despliegue. Los zumbidos de los servos y giroscopos extendiendo la ominosa arma llenaron el aire, haciendo que pronto alcanzara su tamaño original en décimas de segundo. Entonces Mark miró a su esposa sobre su hombro y esbozando una sonrisa dijo:

-Querida, apártate un poco. Necesito espacio para cargar el arma.

Candy asintió aunque le miró disgustada. No deseaba que empleara ese arma temible, como cuando el Mauritania había estado a punto de ser hundido por los tres torpedos que el U-Booat le lanzara, pero su marido no había tenido más remedio. Con una puntería inigualable hizo estallar los tres mortíferos ingenios bélicos haciendo que las granadas cónicas detonasen las espoletas de los torpedos. Mark hizo girar tan rápido su mano que por un momento el arma de color negro y de una longitud tal que parecía perderse en el infinito, desapareció ante los ojos de Candy de la velocidad de rotación que Mark le había impreso. La única prueba constatable de que había sido cargada fue el chasquido que la cabeza de guerra cónica produjo al sobresalir del ánima del cañón. Entonces los primeros regueros de sangre negra empezaron a teñir la nieve de oscuridad. Mark dijo a Candy:

-Apártate cariño, ahora….arhrhfg- se quejó Mark sacudido por una repentina convulsión producida por el látigo de sangre envenenada que fue evacuado a través de una herida de su hombro derecho –mi sistema circulatorio va a purificarse.

Candy contempló aquella escena ya familiar con ojos tristes a la que nunca se acostumbraría pese a haberla presenciado tantas veces muy a su pesar. No quería ver sufrir a su marido de aquella forma, pero no había alternativa. Mark esgrimió el aparatoso lanzagranadas, apuntando hacia la jauría, pero los lobos quizás porque no deseaban compartir el destino de su compañero, achicharrado y cuya suerte, afortunadamente Candy no había presenciado, se fueron retirando lentamente, mientras emitían algunos gruñidos de rabia, dejándoles solos. Entonces Candy estrechó a Mark entre sus brazos besándole apasionadamente. Nuevamente sus lágrimas se entremezclaron, nuevamente las caricias y los suspiros se manifestaron renovando las promesas de amor de aquel vínculo indisoluble e inmortal, mientras los regueros de sangre contaminada seguían partiendo de su piel y regando la nieve con un siseo. La sangre negra caliente y viscosa derritió el manto blanco, formando unas características y profundas huellas sobre su superficie. Después de algunos chorros oscuros más, la sangre se tornó roja una vez que se hubo oxigenado y los ponzoñosos restos tóxicos de su último empleo de iridium abandonaron su cuerpo.

22

Julienne oteaba preocupada el camino, mientras el tiempo pasaba inexorablemente y de vez en cuando lanzaba nerviosas miradas a Flammie y a los heridos que se lamentaban en silencio, pero ahogando sus gritos de dolor y sus quejidos impresionados por la valentía y la entereza de las tres enfermeras, en especial de la más hermosa de todas ellas, una muchacha rubia de largos cabellos rizados que remansaban sobre sus hombros y que se había comprometido a buscar ayuda como fuera, aunque tuviera que buscarla en las líneas enemigas. Flammie se asomó desde el interior del camión y preguntó a Julienne escrutándola con sus ojos negros:

-¿ Aun no ves nada Julienne ?

La mujer negó con la cabeza, apenada de tener que trasmitir una vez más malas noticias.

Julienne se mesó el cabello castaño ondulado y extrajo el relicario con el rostro de su marido al que echaba tanto de menos preguntándose si le volvería a ver de nuevo. Había dejado de nevar aunque en su lugar, como si los elementos se hubieran confabulado para no dar tregua a las atribuladas enfermeras y sus pacientes, se había levantado una densa niebla. Entonces percibió entre la espesa bruma un par de puntos de luz rojos que se iban aproximando lentamente. Julienne pensó que debía tratarse de un vehículo, tal vez un transporte con personal militar que venía a salvarlas o que quizás pasara por casualidad por allí. Julienne realizó señas saltando alegremente y agitando los brazos, pero cuando esperaba entrever la carrocería del vehículo, lo que experimentó y presenció a continuación lo dejarían sin habla. Para su extrañeza no se escuchaba ningún motor, eso para empezar, si no una especie de pisadas que retumbaban en el pavimento haciendo que sus tímpanos estuvieran a punto de estallar. Haltoran aun no le había dotado del sistema de suspensión silenciosa mediante muelles y amortiguadores de gas, que en el interior de sus macizos y voluminosos pies que eran dos grandes planchas rectangulares de un grosor bastante grande, atenuarían aquellas sacudidas, que Mermadón provocaba cada vez que echaba a andar. Entonces lo que Julienne había tomado por los faros de un camión o tal vez un automóvil se manifestaron emergiendo de la niebla. Eran los sensores ópticos de Mermadón que refulgían levemente en su rostro, bajo un parabrisas blindado. Poco después, el resto del corpachón del coloso fue saliendo lentamente de entre los jirones de niebla y se plantó ante la atónita enfermera que estuvo a punto de desplomarse desmayada. Ante ella, una especie de autómata o engendro mecánico de dos metros de altura, y forma vagamente humana, la observaba en silencio con aquellos dos puntos de luz roja que le estaban infundiendo un miedo tremendo.

23

-No, no, no –musitó Julienne retrocediendo asustada. El monstruoso ser caminó con paso lento y pesado extendiendo sus brazos metálicos hacia delante, mientras sus manos, una especie de tenazas mecánicas se abrían y cerraban a intervalos. Julienne estaba tiritando de miedo y cuando Flammie, preocupada por la falta de respuesta de su compañera a sus requerimientos, asomó la cabeza por el hueco de la portezuela de la caja, y la halló allí, confusa e incapaz de articular palabra, creyó que la había pasado algo realmente malo. Julienne no se movía. Estaba petrificada, completamente pendiente e hipnotizada por los puntos de luz roja que ardían en la faz del robot bajo los cuales una especie de rejilla metálica semejante a un escurridor se iluminaba a intervalos. Cuando Flammie llegó hasta su amiga la sacudió fuertemente por los hombros para hacerla reaccionar.

-Julienne, ¿ qué te ocurre ? ! me estás asustando!.

Por toda respuesta, la mujer balbuceaba incoherencias, mientras señalaba con un dedo índice hacia delante.

La normalmente circunspecta y fría Flammie, tan cerebral y metódica enfermera no dio crédito a lo que sus asustados ojos, tras sus gafas le estaban mostrando. Siguiendo la dirección que Julienne le estaba indicando con la mano derecha, se encaró finalmente con la mole bruñida y ligeramente refulgente de Mermadon. Entonces ambas mujeres se abrazaron con fuerza y estuvieron a punto de salir huyendo. Julienne que finalmente parecía haberse recobrado de la parálisis, que el miedo cerval que sentía hacia el robot, la había inducido preguntó en un susurro:

-¿ Qué...qué es eso Flammie ?

La morena que estaba temblando tan violentamente, que sus gafas estuvieron a punto de saltar desde su tabique nasal respondió en murmullos:

-No lo sé, pero, pero no me gusta nada. -le dijo cuchicheando en su oído, lanzando nerviosas miradas hacia Mermadón. Tenemos que refugiarnos en el camión. Pero hagámoslo lentamente. Si hacemos algún movimiento brusco podría atacarnos.

Entonces se llevaron la sorpresa de sus vidas. Una voz muy dulce y almibarada, en el más exquisito y fluido francés que jamás hubieran escuchado nunca, salió de la rejilla que hacía las veces de boca del robot, como si hubieran estado caminando en plenos Campos Elíseos.

-Mademoiselles lamento profundamente haberlas asustado -dijo el robot haciendo una reverencia tan aparatosa que las dos muchachas lanzaron un grito de horror dando un involuntario respingo- pero es que necesitaba procesar la información que llegaba hasta mis bancos de memoria procedente de ustedes, antes de elaborar una respuesta correcta y acorde a la pelicular situación en la que nos encontramos.

Flammie creyó que sus sentidos la estaban jugando una mala pasada. Aquel autómata, ser o lo que fuera, les había hablado con una entonación y un acento tan perfecto, que dirían que alguien les estaba gastando una broma escondido en el interior de aquella mole. Pero algo le decía que aquello era real, condenada y tangiblemente real.

-Yo creo que hay alguien ahí dentro que pretende burlarse de nosotras -declaró Julienne aun no repuesta del tremendo sobresalto que había tenido al toparse con el robot. Entonces Mermadón abrió la compuerta blindada que daba acceso a sus complicados microcircuitos para demostrar a las dos amigas que no había trampa ni cartón. Cuando lo hizo, Flammie se asomó al interior pero Julienne no se atrevió a acercarse. Flammie contempló como la CPU del Mermadón zumbaba con un ronroneo, casi como si un pequeño gato se hubiera metido allí a dormir. Observó los microchips, las intrincadas conducciones que los unían, y que de vez en cuando producían un leve chisporroteo o se iluminaban transmitiendo datos, realizando procesos y animando la complicada estructura de Mermadon. Flammie sonrió entre incrédula y maravillada. Deslizó la mano por la superficie pulida y brillante de Mermadón que como un espejo de feria, le devolvía su imagen ligeramente deformada. Inclinó la cabeza y dijo:

-Es...una máquina...es una máquina -entonces se volvió a Julienne que no quería ni acercarse al ser y la animó a que lo hiciera agitando la mano con ademanes cortos y frenéticos.

-Algo así -dijo Mermadon ligeramente ofendido por el calificativo que no le gustaba nada de nada, pero era lógico que las dos muchachas se asustaran ante su súbita y fantasmal aparición entre la bruma de aquel día tan raro y extraño.

Julienne entonces sacó fuerzas de flaqueza, más por Flammie y los heridos del camión, que por ella misma y alzando ligeramente la voz que le salió con una inflexión ligeramente chillona preguntó:

-¿ Qué...que es usted realmente y que pretende de nosotras ?

Mermadon movió ligeramente las manos y respondió mientras un brillo dorado recorría la rejilla con forma de escurridor.

-Soy un robot, mademoiselles, una especie de autómata si lo prefieren y me envía el señor Parents para que me interese por su situación y comprobar si puedo hacer algo por ustedes.

Julienne pasó entonces de la incredulidad a la ira, y del miedo a la indignación. Estaban atrapadas en medio de la nieve, con un hombre muerto al que había enterrado apresuradamente a pocos metros de allí y varios hombres heridos y sobrecogidos. Llevaban sin probar bocado desde hacía horas, y no sabían nada de Candy que aun no había dado señales de vida. Julienne estalló finalmente y se puso a discutir con el robot a voz en cuello, mientras el paciente y sotisficado Mermadon le suplicaba que se calmara. Mientras Flammie intentaba hacer memoria. Había escuchado ese apellido en alguna parte. "Parents", "Parents" se decía mientras su cabeza trataba de encontrar rápidamente un indicio de que no se había figurado aquello. Entonces una luz se hizo en su mente al recordar a un hombre grueso, de ojos pequeños y gafas de montura plateada y muy fina, cuyos cristales estaban algo sucios, y al que había atendido de un rasguño la semana anterior, cuando se tropezó contra una puerta debido a que iba distraído, y elevó su tono de voz por encima del de Julienne. Esta, sorprendida por la potencia de las cuerdas vocales de Flammie calló de repente, momento que aprovechó la joven enfermera de las gafas para interrogar al robot:

-¿ No te estarás refiriendo a Maikel Parents verdad ?

Mermadon asintió lentamente produciendo un murmullo que equivalía a una risa humana.

Julienne miró sorprendida de hito en hito a su amiga y al robot y preguntó con un deje de temor:

-¿ Flammie, acaso crees que este cubo de basura y ese tal Parents pueda tener algo que ver con Candy ?

Flammie asintió. Aparte de que mi cara le sonaba vagamente por haberme curado y vendado un pequeño rasguño que me había producido, yo le hablé de Candy intentando mantener una conversación con la altiva e inmutable muchacha que no desplegó los labios ni por un momento. En aquel instante hasta los movimientos espasmódicos y forzados de Mermadon se me hicieron menos mecánicos que los suyos. Por otra parte, Candy le había hablado a su vez de mí a Flammie, describiéndome como una especie de hermano menor del que cuidaba y protegía, pese a mis treinta y tantos años de edad por lo que ella calificaba cariñosamente como "adorable y continuo aire de inocencia".

Entonces Flammie se plantó ante Mermadón con los brazos en jarras y las piernas ligeramente separadas. El frío reinante hacía que las dos mujeres se estremecieran por las gélidas temperaturas, aunque el pesado y macizo androide no parecía acusar en lo más mínimo las inclemencias del temporal. Julienne pateaba el suelo y se envolvía con sus brazos para procurarse calor, mientras su aliento formaba pequeñas volutas blancas en el helado ambiente.

-¿ Conoces a Candy por un casual ?

Julienne se quedó boquiabierta ante el aparente sin sentido de aquella pregunta. Entonces se dio cuenta de que las sorpresas aun no habían terminado.

-Desde luego señorita -dijo Mermadón, al que le habíamos desactivado su función de auto análisis para que no empezara a describir de sopetón a cuanta persona nueva y desconocida para él encontrase en su camino, si era inevitable que tuviera que mostrarse ante alguien -de hecho, el señor Parents y ella son grandes amigos. Es más, mister Parents me ha pedido que las socorriera, mientras el señor Anderson iba a buscarla.

Julienne lanzó un bufido y se apoyó en la carrocería del malogrado camión. Necesitaba calmarse y pensar con claridad, aunque dudaba que lo consiguiera después de todos los sobresaltos de aquel largo día que no había hecho si no comenzar y que no olvidaría fácilmente. Necesitaba una taza de café muy cargado y quizás con un chorrito de ginebra para entonarse y digerir cuanto estaba viviendo, más propio de un sueño chusco de esos que no tienen ni pies ni cabeza, que de una situación de la vida real.

-¿ Anderson ? -preguntó Julienne un poco confundida- ¿ quién es ese?

El robot abrió un compartimiento situado en su espalda y volviéndose ofreció su contenido a las dos mujeres. Dentro había ropa de abrigo, mantas y unos termos con café caliente, aparte de otros muchos y variados elementos de utilidad.

-Cojan cuanto necesiten -dijo el robot amablemente invitándolas a servirse ellas mismas- antes de venir hacia aquí, el señor Parents y yo mismo, preparamos su rescate a conciencia, por si tenía que producirse.

Entonces recordó la pregunta de Julienne que había quedado en el aire, sin respuesta y contestó:

-El señor Anderson, es el esposo de la señorita Anderson Legan.

Flammie se golpeó la frente con la palma de la mano derecha, mientras Julienne se envolvía en un bonito y confortable abrigo de lana que habíamos reunido junto con otras prendas, víveres y herramientas, a toda prisa, para ellas y Candy.

-Claro, se está refiriendo a Candy.

Julienne arqueó tanto las cejas que Flammie emitió una risita divertida, mientras cerraba sus bellos ojos oscuros, encontrando la situación cómica, aunque a Julienne no le hacía ninguna gracia. Por un momento le pareció que las cejas de Julienne saldrían despedidas, desprendiéndose del rostro de su atónita amiga, aunque Julienne parecía más calmada y tranquilizada por el hecho de que el enorme robot era amistoso y no demostraba ningún tipo de hostilidad hacia ellas, si no todo lo contrario.

24

Mark había dejado de sangrar. La nieve se había fundido bajo el impacto de los regueros negros que se desprendían del cuerpo del joven como si de grandes y viscosas serpientes se trataran. Candy se estremeció al establecer la comparación mentalmente. Sentía una especial repulsión hacia cualquier tipo de ofidio o sierpe, desde el día en que saltando de rama en rama, siguiendo el camino a la mansión Legan que le indicó Stear se topó con una que le enseñó sus dientes amenazadoramente, deslizándose sinuosamente entre las ramas del follaje del siguiente árbol al que pretendía asirse para tomar impulso y así continuar hacia el siguiente, como una especie de Tarzan. Aquel día, Neal y Eliza que aun no habían sufrido la profunda transformación, más bien conversión que los tornaría en buenas personas, la dejaron en tierra. Habían ido a la cercana ciudad para hacer unas compras, llevándose a Candy con ella, para que cargara con los paquetes que Eliza iba depositando entre los brazos de Candy hasta formar una inestable torre que amenazaba con venirse abajo en cualquier momento. Entonces Eliza la había mandado a una cercana librería a comprar dos novelas. Mientras se entretenía hablando con el amable dueño del establecimiento, Eliza que había impedido que Stuart comprara los libros en lugar de Candy, le ordenó que arrancase. Pese a los tímidos alegatos del chófer en defensa de Candy, no tuvo más remedio que obedecer y con un suspiro puso en marcha el automóvil abandonando en tierra a la joven, que conocería a Stear, el cual se ofreció para trasladarla de regreso en su inestable y ruinoso automóvil hasta Lakewood. Durante el camino de retorno, le pareció observar de soslayo un joven triste de cabellos oscuros y ojos negros que caminaba junto a la carretera ajeno al vehículo, en el que viajaba Candy en compañía de Stear. Pero fue solo una impresión momentánea, al girarse para asegurarse mejor ya no estaba.

Mark esbozó una mueca de dolor que asustó a Candy. La joven intentó socorrerle sabiendo que Mark siempre se mostraba reacio a que se aproximara a él, mientras las reacciones del iridium purificaban su cuerpo de las sustancias tóxicas, y que podrían resultar peligrosas para cualquiera que entrara en contacto con el líquido mugilaginoso, o la piel del joven, durante la renovación de su sangre. Y aquello le conllevaba semejantes molestias y padecimientos, cada vez que recurría a sus poderes. Finalmente Mark respiró de forma acompasada mientras un chorro de sangre, esta vez completamente rojo, se vertía sobre la tierra. Cuando la muchacha iba a atenderle, el doloroso y aparatoso proceso, había concluido.

-Ya...está -dijo Mark pasándose una mano por la frente perlada de sudor.

Entonces Candy le abrazó reclinando su hermoso rostro en su pecho, mientras se lamentaba quedamente:

-¿ Hasta cuando tendré que soportar verte así ? ¿ hasta cuando mi amor ?

Mark entristecido acarició los rizos rubios de su esposa y no respondió. Permaneció mudo y cabizbajo, contemplando las huellas que los regueros negros que saltaban a presión de sus heridas, que se habían ido cerrando gradualmente, habían impreso en la nieve y de los que se elevaban volutas de vapor que se iban disipando poco a poco.

-Tenemos que ocuparnos de mis compañeras -dijo Candy con voz triste para cambiar de tema y no seguir recordando la visión del iridium cebándose sobre el cuerpo de su amado, cuya evocación le producía una pena muy profunda.

Mark asintió. Entonces se detuvo súbitamente recordando que le había parecido contemplar un armatoste de acero y kevlar tambaleándose lentamente sobre la nieve en dirección hacia lo que parecía un camión atrapado en la nevada, pero iba tan rápido y pendiente de localizar a Candy, que finalmente se le pasó ese detalle o reducir su altura para investigar discretamente. En ese momento, se le ocurrió que podría ser Mermadón.

-Me temo que se trata de Mermadón –dijo el muchacho frotándose el mentón mientras Candy le miraba con incredulidad. Su voz adoptó una inflexión aguda cuando se indignó súbitamente por lo que tomaba por una irresponsabilidad de Mark, aunque la intención fuera buena.

-¿ Cómo ? –preguntó Candy mirándole sin creer lo que estaba oyendo –¿ has enviado a Mermadón a rescatar a Julienne y Flammie ? ¿ te has vuelto loco querido ?

Mark miró en dirección hacia un árbol, cuyas ramas habían sido completa y totalmente recubiertas por las nieve, y bajo cuyo peso se combaban hacia abajo desprendiendo algunos copos que se estrellaban, contra el manto que alfombraba el suelo. Luego clavó sus ojos negros en las pupilas verdes de Candy que mostraban su enfado, porque creía que Mark había ordenado al coloso de acero moverse para salvar a sus amigas. Se estremeció al reflejarse en los bellos ojos de la muchacha. Cuanto más los contemplaba, mas arrebatadores le parecían.

-Te juro que no tengo nada que ver con eso cariño –dijo él besándola en los cabellos mientras Candy intentaba que se centrara en la cuestión que le había planteado- ha debido de ser mi maestro. Recuerdo que poco antes de partir en tu busca, me pareció oírle comentar algo de unas enfermeras y unos heridos, aunque no estoy seguro.

Candy se alisó los pliegues de su uniforme de enfermera y se sacudió algunos copos de nieve que se habían posado sobre sus hombros, en su regazo y en la nariz haciéndola estornudar. Mark empezó a reír sin mala intención, mientras su esposa le contemplaba con expresión ceñuda y contrariada:

-Eso, tú ríete querido, encima que nos hemos quedado tirados en mitad de la nieve…

Marik se despojó de su cazadora negra y la puso en torno a los hombros de Candy, con cuidado de que su piel quedara protegida. La joven se sorprendió de lo grande que le quedaba y de lo mucho que la abrigaba, experimentando un agradable y tenue calor que parecía envoverla.

"Está impregnada por su energía cálida y afectuosa. Es tan bueno y dulce conmigo…" –pensó mientras se llevaba las manos a los párpados para retirar algunas lágrimas furtivas que empezaban a aflorar bajo los mismos, al objeto de que no la descubriera llorando.

Finalmente claudicó y aceptó que Mark le estaba diciendo la verdad. Si algo caracterizaba a Mark, es que aparte de su sensibilidad y generosidad, no estaba hecho para mentir. Siempre le había contado la verdad. Ni siquiera cuando creyó amar a otra mujer, dejándose llevar por sus confusos sentimientos, se lo había ocultado y finalmente había condonnado su tremenda equivocación. El arrepentimiento de Mark había sido tan sincero y honrado que la joven, viendo otra oportunidad para seguir a su lado, le perdonó. Candy no habría podido soportar el que Mark la abandonara o la dejase por otra, lo mismo que él. Aquel amor era algo que no tenía una explicación lógica, no por lo menos, bajo los patrones y los puntos de vista de este mundo. Candy lo que más temía, no era que hubiera estado con otra joven si no que se apartara de su lado por ella. Y Mark experimentaba exactamente lo mismo.

Entornó los ojos y preguntó a Mark que pasaría a partir de entonces.

Mermadon les conducirá sanas y salvas a Charmotierex, de vuelta, a ella y a los heridos. -Nadie le verá, por eso pierde cuidado, puede hacerse invisible a voluntad.

Al escuchar la palabra invisible, las cejas de Candy se curvaron hacia arriba pero no dijo nada. Con Mark, y sus afables pero imprevisibles camaradas, cualquier cosa por estrafalaria e imprevista que pareciese, podía ser posible y al alcance de la realidad.

25

La bronca que nos echó Howard tan pronto como Mermadon trajo a las enfermeras sanas y salvas de vuelta a Charmotierex, fue mayúscula. Primero yo recibí las iras del adusto y seco enlace del presidente al que no le cabía en la cabeza que hubiera ordenado a Mermadón abandonar su escondrijo secreto, poniendo en franco y abierto peligro toda la futura operación de contraataque aliado. Luego Mark, que había conseguido contactar con una sección de infantería de Charmotierex de maniobras, llegó unas horas más tarde en compañía de su esposa a bordo de un camión cargado de algunos de esos soldados y pertrechos por si se hacía necesaria su colaboración y escolta. Cuando fue reclamado por Howard, los ecos del anterior rapapolvo hacia mí aun sonaban desde el otro lado de la puerta. Candy, Julienne y Flammie se reunieron finalmente y se abrazaron emocionadas, mientras yo abandonaba el despacho del enlace con cara de echarme a llorar y confortado por los agradecimientos de Candy y de sus dos amigas, que al menos consiguieron devolverme la sonrisa. Dentro del despacho de Howard flotaba una atmósfera pesada y enrarecida. El militar estaba siendo presionado para que ultimara los preparativos de la gran contraofensiva que se estaba gestando para cambiar la suerte de la guerra, como así sucedería. Howard estaba furioso no tanto por la carga de trabajo que tenía que soportar y la fuerte presión a la que estaba siendo sometido, si no porque el mérito de su espléndido e ingente labor, sería adjudicado a otro general de medallas ganadas en la comodidad de la retaguarida. Y solo le faltaba que alguien hubiera mandado al gigantesco robot acudir a no se sabía bien que misión de rescate. Pero cuando el presidente Wilson fue puesto al corriente del monumental jaleo, que a fin de cuentas no era tal, porque Mermadón había utilizado inteligentemente su poder de invisibilidad, no solo elogió a Mark y a mí, por lo que llamó "mi rápida y audaz toma de decisiones" si no que afeó la conducta de su enlace, al enterarse del modo más peregrino, a través del auricular de un teléfono celosamente custodiado por Howard y que estaba conectado con una línea directa y altamente secreta con la Casa Blanca, que este había dejado displicentemente descolgado, la totalidad de la tensa conversación. Después de hablar con Howard, cuya cara pasó del enfado a la consternación y la sumisión más absolutas, me pasó el auricular, primero a mí y luego a Mark que recibimos las más efusivas y animosas felicitaciones del estadista, desde el otro lado del Atlántico. En cuanto a Julienne y Flammie, a la que entre Candy y yo, explicamos lo más someramente posible, obviando los detalles de nuestra procedencia que era mejor que no descubriesen, que era realmente Mermadón y les suplicamos encarecidamente que guardaran el secreto, juraron hacerlo gustosas. Flammie agradecida sinceramente por la más que oportuna intervención del robot, aun se reía al recordar la cara de espanto que Julienne había puesto al distinguirle entre la niebla. Y esta que temía no regresar nunca más junto a su marido, prometió no revelar nada. Su gratitud y lealtad estaba fuera de toda duda.

Ahora, a la luz del atardecer Mermadon no semejaba tan temible y ominoso como en un primer momento y a la primera impresión que le causara le había parecido. Julienne sacudió la cabeza, preguntándose en francés como podía existir un autómata como aquel.

-No es nada raro señorita –dijo el robot antes de que fuera enviado nuevamente a su escondrijo secreto- he sido creado con la tecnología de…

Temiendo que Mermadon hablara más de la cuenta le interrumpí, pidiéndole que se callara. El robot me obedeció con un leve asentimiento de cabeza y finalmente se retiró a su cubículo, escoltado por varios hombres escogidos, que al contrario que los demás soldados rasos, que no estuvieran enterados de su existencia, ellos si la conocían y guardarían el secreto. Eran algunos de los famosos y apodados como hombres de honor, una organización altamente secreta y creada a raíz, de nuestra entrevista con el estadista, que ya había tomado la decisión de fundarla, poco después de que embarcásemos en el Lancastria, rumbo a Europa, y que solo respondía ante él. La organización se ocupó de que los detalles de aquel incidente nunca trascendieran. Hasta entonces su presencia no había sido necesaria, pero a partir de ese momento, Charmotierex se convirtió en un lugar vigilado y tomado literalmente por el sigiloso y altamente secreto cuerpo de supervisión, que de tener una representación prácticamente anecdótica en el campamento, pasó a tener una nutrida presencia allí. Camuflados entre el resto de los demás soldados, ajenos a su verdadera identidad y misión velaban, no por impedir que Mermadón se activase de nuevo, porque ni una división de infantería habría logrado inmovilizarle tan siquiera tanta era la fuerza del robot, si no porque las filtraciones y ecos de tales deslices no trascendieran. Howard, más calmado después de conversar brevemente con el presidente Wilson, nos reunió después de colgar, pidiéndonos disculpas por su reacción y apeló a nuestro sentido del deber y patriotismo para que no se repitieran hechos similares en el futuro.

En cuanto a los heridos que el viejo Chevrolet transportaba fueron readmitidos de nuevo en el hospital de Charmotierex. Si alguno vio algo durante ese extraño y anómalo día nevoso en pleno verano, y no confesó lo que sabía, era o bien, porque realmente ni se habían enterado del encuentro de Mermadon con las dos apuradas enfermeras o bien, prefirieron no hacerlo público por miedo a no ser creídos, o quizás, justamente por lo contrario por el afecto y admiración que las tres bravas mujeres, habían suscitado en ellos.

26

Nuevamente habíamos sido transferidos a primera línea de fuego.

Después de aquel incidente, que afortunadamente no trascendió, llegó Haltoran habiendo concluido su misión de supervisor de las fábricas de armamento francesas que estaban ya produciendo los nuevos carros de combate mejorados que darían finalmente la victoria a la causa aliada. El joven se reunió finalmente con su esposa y tras unos apasionados besos, que despertaron la envidia y la evocación de los jóvenes soldados tan lejos de su hogar, de sus familias y de sus novias y que Haltoran intentó evitar para no agravar más la pena de aquellos hombres, finalmente ambos esposos no lograron resistir el embite de haber estado alejados durante casi una semana. Howard le pidió discreción pero al igual que sucedía con Mark, nadie en su sano juicio se atrevería a medirse con Haltoran, que podía de quererlo y precisarlo ser muy peligroso y frío si la ocasión lo requería. Una vez que Haltoran y Annie se habían retirado a sus dependencias privadas, un lujo y un privilegio inalcanzables para el resto de la tropa, yo me puse a jugar a las cartas con Mark, sobre un cajón de municiones vacío, a la pálida luz de un quinqué de petróleo, mientras Candy y Flammie junto con Julienne departían en una estancia continua. Julienne parloteaba incesantemente acerca de lo apuesto y varonil que era Mark, mientras Flammie seguía hablando del curioso fenómeno meteorológico que había sacudido aquella región de forma tan inusual, en un día de verano. Mientras, finalmente Mark, sabedor de que había presenciado involuntariamente su increíble y portentosa unión a su otro yo, y como yo no me atrevería a preguntárselo, finalmente él sacó el tema. Me contó lo que había sucedido durante esos siete años o supuestamente habría sucedido de no haber retornado a 1917, y me describió con todo lujo de detalles su vida como Dylan Taylor, un soldado caído en combate y al que por un error de identificación, alguien había confundido a Mark con Dylan y viceversa. Como el cuerpo del verdadero Dylan había sido completamente destruido por un obús de artillería que erró su blanco, al saltar por los aires la ambulancia que lo trasladaba a la cercana estación de tren para su repatriación, no había manera de establecer una relación entre ambos hechos. El secreto de Mark quedaba a salvo. Levanté las cejas incapaz de asimilar una historia tan increíble incluso para alguien como Mark. Como si me estuviera leyendo el pensamiento Mark, arrojó un as de picas que tenía en su baraja y dijo:

-Sigo siendo el mismo maestro. No he cambiado ni me he convertido en un monstruo…por lo menos no en algo diferente de lo que soy ahora mismo. Iba a replicarle cuando un soldado llegó sin resuello, respirando entrecortadamente por uno de los estrechos túneles que comunicaban con las trincheras de primera línea, buscando el destacamento médico. Extendí una mano dirigiéndole hacia la galería de la izquierda y entonces el hombre irrumpió haciendo un estruendo tremendo, cuando su casco y la cantimplora metálica que llevaba colgada del cinturón entrechocaron contra su cuerpo. El doctor Duvall estaba atendiendo un caso de fractura abierta de hueso en un joven paciente de diecisiete años. El soldado, apenas un adolescente, estaba siendo asistido además por Candy a la que el doctor Duvall había requerido con urgencia para que le ayudara. La joven resopló levemente y abandonando la pequeña sala de descanso, se despidió de sus compañeras, caminando rápidamente tras el doctor Duvall. El médico se giró contrariado y preguntó entrecerrando sus ojos oscuros un poco molesto por la irrupción:

-¿ Qué es este escándalo soldado ?, ¿ que pasa ?

El joven recluta vaciló un momento antes de responder y dijo con voz contrariada:

-Doctor, ha habido una explosión en una de las trincheras de primera línea. Hay cinco hombres heridos. Mi hermano está entre ellos.

Duvall vaciló. No quería arriesgar las vidas de sus jóvenes enfermeras, porque sabía que si tenía que ir, precisaría de toda la ayuda necesaria, que resultaría poca. Miró a Candy de soslayo y meneó la cabeza pensativo, pero la muchacha rozó su espalda con la mano derecha y dijo con decisión:

-Doctor, tenemos que ayudarles, no podemos dejarles allí –respondió fijándose en el joven y apenado soldado.

El médico asintió rápidamente y tomando su maletín, guardó en el precipitadamente parte de su instrumental. Lo que no pudo depositar en el viejo y ajado maletín, que le había acompañado por medio mundo por no caber en su interior, fue a parar a las manos de Candy que lo sostenía con fuerza temerosa de perder algún elemento clave. Rápidamente ambos se dirigieron hacia el sector guiados por el soldado. Por el camino, se les unieron Flammie y Julienne que no podían quedarse de brazos cruzados, mientras sus amigas y el afable doctor, arriesgaban sus vidas.

27

El camino hacia la trinchera de primera línea era oscuro y tortuoso. Duvall se ayudaba de una linterna para seguir los frenéticos pasos del soldado, que no veía el momento de llegar hasta donde estaba su hermano y sus camaradas. Cuando llegaron encontraron un panorama dantesco. Allí donde había estallado la granada de artillería, un hombre yacía sin conocimiento y con una gran abertura en la espalda. Era evidente a todas luces que había muerto instantáneamente. Algunas esquirlas del proyectil le habían seccionado la médula espinal, matándolo en el acto. A través del boquete se podían ver las entrañas del desdichado que colgaban como guiñapos sanguinolentos de la herida. Mientras Mark, que parecía haber recobrado su sexto sentido, tal y como me confesara se irguió cuan largo era, notando una punzada de dolor que le obligó a doblarse. Tiró su mazo de cartas e inmediatamente salió de la pequeña cámara. Intenté detenerle preguntándole a gritos que ocurría:

-Candy, maestro –dijo Mark dando grandes zancadas que el amor hacía que parecieran las de un gigante- podría estar en peligro. No tengo tiempo para explicaciones. Decidí acompañarle, pese a mi enorme miedo a que alguna bala perdida, o un obús nos alcanzaran. Debido a la tremenda importancia de nuestra misión, Wilson había dado órdenes expresas de que se nos mantuviera alejados del frente, costase lo que costase, y cuando nuestros escoltas se percataron de que intentábamos saltarnos a la torera las expresas y taxativas órdenes nos dieron el alto, pero Mark no les hizo caso. Intentaron dispararnos pero su compañero, un hombre de honor camuflado puso una mano sobre el cañón de su carabina Enfield y le obligó a bajarla. No podían hacer nada para controlarnos pese a los requerimientos del gobierno norteamericano. Haber de que manera, se podía poner coto al hombre que atesoraba un poder tan inncomensurable como temible. Como no podía ser de otra manera, nos topamos con Haltoran. Era como si un extraño nexo de amistad nos reuniera en los momentos más terribles de todos. Hasta Carlos, últimamente poco dado a aventuras y peripecias después del desagradable incidente en el aeródromo de Charmotierex, en el que casi fue linchado por un incidente de lo más tonto y baladí, se nos sumó. Los cuatro corrimos en pos de Candy, Julienne y el doctor Duvall.

28

Cuando les dimos alcance, Duvall se mostró irritado y perplejo por tal acumulación de gente, que les estorbaba para trabajar con propiedad. Candy estaba atendiendo a un muchacho escocés que prácticamente estaba agonizando. La joven rubia impresionó al moribundo con su belleza y para distraerle y hacerles sus últimos momentos más llevaderos le pidió que pensara en Edimburgo y en sus maravillosos paisajes. Entonces Candy tomó las manos del joven mientras este se lamentaba por la suerte de su familia compuesta por su esposa y sus tres hijos. Entonces Candy iba a decir que allí había pasado el verano más hermoso de su vida, cuando se quedó paralizada. Había vuelto a tener otra de sus visiones de cómo habría sido su vida, sin la irrupción de Mark en la misma, aunque lo cierto es que nunca había estado allí, pero lo haría. Todo eso cambió cuando Mark movido por el inmenso amor que sentía hacia ella y Haltoran por la leal amistad que le ligaba al akarsnia, como le llamaba la sacó del Mauritania y tras un ajetreado viaje, llegaron hasta el sur de Inglaterra donde se establecieron por un tiempo, se casaron, esta vez de verdad, y concibieron a Marianne, que aun no había nacido. Y eso había sucedido tan solo hacía unos pocos meses. Cuantas vueltas da la vida se dijo. Y más cuando su esposo era un hombre con aquel prodigioso y a la vez temible, don recorriendo sus arterias y venas sin cesar. Entonces Mark se asomó hasta donde estaba su esposa y apartándola de forma un tanto brusca, examinó al soldado. Extendió la mano y emitió un leve resplandor de iridium que intentó disimular lo mejor posible, como cuando había conseguido sanar al bebé en brazos de su madre, en aquella pequeña ciudad arrasada por la crueldad de la guerra. Candy chilló un poco contrariada por la poca delicadeza de Mark y de pronto se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Ahogó un grito y procuró tapar con su cuerpo el de su marido para que ni Duvall ni sus dos compañeras pudieran presenciar lo que hacía. El iridium reparó los tejidos destrozados del joven, lo mejor que pudo. No le sanó completamente pero estabilizó al chico de manera que pudiera ser tratado en mejores condiciones hasta su pronta recuperación. Era el hermano del joven soldado que había dado la voz de alarma con tanta precipitación.

El doctor Marius Duvall primero molesto, y luego suspicaz ante la dudosa y extraña actitud de aquel sargento de inteligencia arrodillado sobre el escocés se adelantó y le espetó airadamente:

-Eh, usted, ¿ que está haciendo ?

Todos temimos lo peor. Haltoran estuvo a punto de echarse sobre el doctor fingiendo un desmayo para distraerle y darle tiempo a Mark a extinguir la llama del iridium en la palma de su mano. Yo y Carlos, nos abrazamos asustados, temiéndonos lo peor. Entonces Mark se inventó una excusa que dudó que funcionara:

-Nada, nada doctor –dijo el joven retirándose a toda prisa del soldado- solo le estaba dando ánimos, como estaba haciendo la señorita –dijo refiriéndose a Candy.

Entonces los ojos oscuros del viejo doctor y los de Mark se encontraron por un solo instante. Duvall se sorprendió por la mirada triste y profunda del sargento que tenía frente a sí, mientras que Mark, lo hizo al descubrir como el iris de las pupilas de Marius Duvall brillaba intensamente. Mark lanzó un hondo suspiro. Aquel hombre, de ser herido o alcanzado no tendría salvación. En un caso así, ni el podría salvarle modificando el tiempo como sucedería con Juan Pablo, el amigo de Candy y más adelante el futuro esposo de Flammie. Si el doctor era herido levemente se recuperaría, si perdía una extremidad como le ocurriría a Juan Pablo, la perdería de todos modos y si lo que perdía era la vida, tampoco él podría hacer nada. Había personas sobre los que el sello de la inefabilidad estaba ya inscrito en sus ojos aun antes de nacer. Y el doctor Duvall, lo mismo que Juan Pablo, eran de esa clase de personas. Duvall examinó al escocés y tras auscultarlo puso cara de sorpresa sin dar crédito a lo que estaba comprobando.

-Este hombre –dijo dando un respingo- ¿ quién es el idiota que me dijo que estaba moribundo ? tiene heridas graves pero está estable. Que lo saquen de aquí rápidamente –exclamó con un vozarrón de trueno que sobresaltó a Carlos que, intentaba comerse un bocadillo que Dorothy le había preparado. Así era nuestro pequeño y valeroso amigo. En las peores circunstancias, se mostraba impeterrito y tranquilo, como si la gravedad de la cosa no fuera con él. Candy lanzó una enamorada mirada a Mark que asintió levemente. Duvall captó el gesto cómplice entre la enfermera y el oficial y dirigió una mirada suspicaz a ambos, presintiendo que entre enfermera y soldado, existía algo más que buenas palabras. Eran muy discretos, porque Nno convenía que mucha gente supiera que eran marido y mujer, por lo menos de momento, aunque el sagaz y observador Duvall había descubierto algo, o por lo menos, se lo olía. Llegaron dos camilleros que tuvieron que echarse cuerpo a tierra debido a varias explosiones que sonaron muy cerca de la trinchera. Algunos sacos terreros volaron por los aires asustando a Carlos, que estuvo a punto de perder su bocadillo. Cargaron al escocés, mientras su hermano se deshacía en elogios hacia el alto y calvo galeno, porque creía que había salvado a su hermano. Duvall no se envanecía de sus conocimientos y como no era momento para recibir elogios, porque la urgencia de la situación apremiaba hizo que continuásemos hacia el siguiente grupo de heridos.

-Ustedes –dijo refiriéndose a Haltoran, Mark, Carlos y yo- retírense. Ya les llamaremos si les necesitamos. Pero obviamente, ninguno nos movimos. Duvall lanzó un reniego y negando con la cabeza encorvó ligeramente el cuerpo hacia delante y dijo desabridamente:

-Ustedes mismos.

-Lo preferimos así, para proteger a las señoritas y a usted doctor –dijo Haltoran, pero Marius no le hizo caso o no le oyó.

Duvall se aproximó hacia otro hombre que vertía profusamente sangre de una hemorragia en la pierna, que le había producido una bala disparada por un francotirador alemán. El proyectil le había traspasado una arteria. Mientras el doctor ayudado frenéticamente por Candy y Flammie le practicaban un torniquete, Mark intentó acercarse al hombre, pero esta vez Duvall, que andaba amoscado por el raro comportamiento de aquel oficial se plantó ante él y le dijo:

-Manténgase alejado de los heridos. Si quiere ayudar, vigile que no nos ataquen, ya que están ustedes aquí. Por cierto –preguntó iracundo mirando hacia Carlos- ¿ se puede saber quien ha traído a este crío al frente ? –añadió tomándolo por un niño, ante las protestas y los reniegos de Carlos que no soportaba que lo confundieran con un menor debido a su corta estatura y su cara infantil.

Entonces Flammie que había alzado la cabeza por un instante distinguió un resplandor fosforescente en el cielo nocturno y Duvall la imitó. Entonces el doctor reconociendo de inmediato lo que aquello significaba gritó despavorido:

-¡ Al suelo, todos al suelo ¡ ¡ una granada viene hacia aquí ¡

Antes de que hubiera terminado de hablar, Mark y Haltoran desplegaron sus armas de asalto. El RPG-12 y el MP-5 compitieron por alcanzar cuanto antes su tamaño original. El arma de Haltoran disparó primero contra el obús de artillería, porque había tardado menos en tomar su forma habitual, pero una vez que Mark amartilló el RPG-12 atrayendo la atención del doctor, que ya se había arrojado al suelo lo mismo que Candy y sus compañeras, la granada cónica alcanzó pronto a su compañera más estilizada y moderna, provista de aletas estabilizadoras y propulsada por combustible líquido. Dos estelas doradas rasgaron la oscuridad de la noche y con una precisión nada normal, impactaron contra la espoleta del obús haciéndolo explosionar en el aire con estruendo. Flammie y Julienne tenía el rostro contra el suelo y los ojos fuertemente cerrados, por lo que aunque oyeron el ensordecedor chasquido que el MP-5 de Haltoran produjo, no quisieron o se atrevieron a averiguar la procedencia de aquel ruido anormal, siquiera para un arma. Aunque el RPG-12 de Mark era más anticuado que el arma de su amigo, era más silenciosa sobre todo después de las mejoras que el mañoso e inventivo joven le había aplicado según el consejo y la asistencia de Haltoran, en cuanto a su rápido plegado para facilitar su transporte, así como en lo que a sistemas de puntería se refería, instalándole un colimador con telémetro láser, y un estabilizador de retroceso, que facilitaba enormemente la labor de apuntado. Duvall se quedó boquiabierto. ¿ Quienes eran aquellos hombres ? ¿ de donde habían sacado aquellas armas tan raras, y de aspecto tan amenazador ? Entonces cayeron un par de granadas más. Mark y Haltoran escrutaron el firmamento para prevenir otro ataque y detenerlo si fuera preciso, aunque por suerte para ellos y desgracia de otros pobres infortunados, los proyectiles se precipitaron a unos cientos de metros más lejos sobre otra sección de trincheras. Candy le miró con disimulo haciéndole gestos de que guardara el arma que tanto temía y detestaba, pero no era momento de ser discretos o de regañinas como pasara a bordo del Mauritania. La vida de su esposa, sus amigos, el médico y las enfermeras y tal vez la suya propia, pendían de un hilo. Entonces se hizo el silencio. Duvall se irguió cuan largo era con una franca sonrisa. Alzó los brazos y exclamó con su voz potente y estentórea:

-El ataque se ha detenido. Se ha detenido. Estamos a salvo.

Normalmente, una vez que una preparación artillera finalizaba, sobre todo si era alemana, no habría otra en al menos doce horas, dada la conocida meticulosidad germana para preparar minuciosamente sus ataques y cuanto se propusieran, desde la elaboración de un guiso hasta la fabricación de grandes barcos y maquinaria. Nada quedaba al azar en la mentalidad teutona y la guerra, por supuesto no era ninguna excepción si no todo lo contrario, la regla y más que nunca en todo lo que podía atañer a algo tan crucial, como un conflicto armado. Sin embargo Duvall se descuidó. Su bata blanca de médico era como un faro en la oscuridad, como un imán para el metal y su elevada estatura hacían de él un blanco fácil. Haltoran se dio cuenta enseguida y gritando como un poseso le hizo gestos para que se agachara inmediatamente tras la protección de los sacos terreros. Pero su aviso llegó tarde. La bala de un francotirador alemán le atravesó el pecho haciendo que saliese despedido hacia atrás como un guiñapo. Todos nos quedamos sin habla, y ni respirábamos prácticamente. Duvall, incrédulo fue a parar al lecho de barro de la trinchera, mientras Candy horrorizada lloraba desconsolada mientras Mark la abrazaba contra su pecho, para que no presenciara tan triste escena, aunque en vano, porque su esposa se arrodilló rápidamente junto al cuerpo del médico que notaba como se le escapaba la vida.

-Doctor Duvall, doctor Duvall –dijo la muchacha agitándole frenéticamente por los hombros- no puede hacernos esto, no puede dejarnos así.

El médico abrió lentamente los ojos, atraído por los frenéticos gritos de Candy, pero sabía que no tenía posibilidad alguna de salvarse. La bala le había atravesado varios órganos vitales destrozándoselos a su paso con horribles efectos, y saliéndole por la espalda. La sangre borboteaba por la gran herida y Candy comprendió que eran los últimos momentos de aquel hombre excepcional.

-No me queda mucho tiempo. Esto, petit lapine, no tiene ya remedio, no –dijo Duvall entornando los ojos oscuros y sonriendo. Aun en medio de aquel drama seguía conservando su sentido del humor.

Entonces con mano trémula, retiró una cadena con unos anillos engarzados que llevaba siempre pendiente de su cuello. El doctor observó las joyas que refulgían levemente y se las entregó a Candy, que tomó la mano del afable médico entre las suyas, apretándola con fuerza,

-Son las alianzas de mi boda. Quiero que tú las tomes y las conserves, querida niña, para cuando celebres la tuya –dijo el valeroso médico boqueando sangre.

Candy observó los preciosos anillos de oro que suspendidos de la cadena brillaban aun en medio de la tenebrosa noche. La joven contempló al que hasta ese momento había sido su mentor y amigo y dijo con una inflexión de dolor en su voz:

-No, no puedo aceptarlos, doctor. Son su tesoro. Si me los entrega ahora, puede que se arrepienta de ello más tarde.

Mark bajó la cabeza a punto de llorar. Se sentía tan impotente, que crispó los puños con tanta fuerza, que el brillo traslúcido del iridium, que normalmente solo era visible en la fina piel que recubría las venas de la muñeca, se transmitió a sus nudillos. Duvall lo percibió y dijo mirando a Candy mientras le acariciaba la mejilla derecha:

-No sabes mentir petit lapine. Este anciano, ha llegado al final del trayecto y se apea aquí.

Mark lloraba sabedor del terrible destino que le aguardaba al doctor Duvall, por no poder hacer nada por ayudarle, pese a su tremendo poder. Entonces Mark se puso junto a Candy y tomando sorpresivamente, uno de los anillos de oro, antes de que Candy lograra intuir siquiera que estaba junto a ella, lo desprendió de la cadena y se lo puso en el dedo índice de la mano derecha, para acto seguido, hacer lo mismo con el otro, deslizándolo, en uno de los dedos de su esposa. Ya no tenía sentido continuar guardando el secreto. Flammie y Julienne observaron a la pareja sorprendidas. Creían que Mark era solo un admirador de Candy a la que le unía una cierta amistad, pero no podían ni imaginar por lo más remoto, que aquel hombre de ojos tristes y cabellos negros, fuera su marido.

Duvall parpadeó sorprendido y dijo esbozando una leve sonrisa:

-Ya sabía yo que entre vosotros dos, había algo más.

Entonces Duvall le pidió a Mark que se acercara. El cariacontecido joven obedeció y dijo:

-Y yo que pensaba decirle a la petit lapine que guardara esos anillos para cuando se casase y que el hombre que fuera su esposo sería el más afortunado de la Tierra, para merecer a una criatura semejante, y que aceptase este pequeño y humilde presente como un regalo de este pobre viejo.

Candy acercó su rostro al de Duvall y lloró mojando la apergaminada faz del médico con sus lágrimas diciendo, mientras miraba a Mark que había ceñido los hombros de su esposa con su protector brazo y luego al infortunado galeno:

-De eso puede estar seguro, querido doctor –dijo refiriéndose a Mark. Es el hombre más bueno, dulce y valeroso que jamás haya conocido nunca, lo mismo que usted mi querido y viejo amigo.

-Tu hijo será hermoso, tal vez con esas pecas tan graciosas que te motean la nariz –dijo acariciando el vientre de Candy. El doctor se había percatado enseguida de su estado de buena esperanza y añadió mirando a Mark y estrechando su mano:

- Y tan valiente y abnegado como su padre.

Mark sintió un escalofrío. No sabía de que manera, pero Duvall se había dado perfecta cuenta, de que como había sanado al joven escocés en la medida que el iridium le permitió hacerlo. Y cuando aquel valiente muchacho no hacía lo mismo con él era porque la cosa era grave, realmente grave, sin remedio. Hizo gestos con la mano reclamando a Mark, que obedeció al punto, situándose muy cerca suyo. Duvall tuvo un acceso de tos y musitó al oído del joven:

-Cuídala muchacho, cuídala aunque estoy completamente seguro de eso. Candy puede estar muy orgullosa de ti.

Desvió la mirada hacia Candy, que se abrazaba a Mark, incapaz de contener las lágrimas y declaró:

-Este hombre es digno de ti, petit lapine. Hoy he sido testigo de la nobleza que hay en su corazón. Cuídale tú también, querida Candy, no permitas que se aleje nunca de ti.

Luego sonrió y ladeando la cabeza expiró entre las lágrimas de todos nosotros y el mudo y aciago silencio que se extendió por la trinchera ante el cuerpo inerte del anciano médico.

29

Después de que enterrasen al anciano médico, con honores militares y el resto de los heridos hubieran logrado finalmente sobrevivir al ser puestos a salvo, Mark caminó por la tierra de nadie, ahora que el frente estaba increíblemente silencioso, después de que ambos bandos decretaran una tregua de dos días para retirar y enterrar a los muertos, intercambiar prisioneros y hacerse cargo de los heridos, que aun permanecían desperdigados por aquella franja de tierra donde todo aquel que se arriesgara a internarse, corría el riesgo de ser abatido por un certero disparo, o ser segado por el fuego de las ametralladoras cuando los combates rugían a su máxima intensidad. Por eso se la conocía como la tierra de nadie, porque no pertenecía a ninguno de los dos bandos. Pero ahora todo estaba calmado, y en paz. Por lo menos, los cañones no habían vuelto a tronar ni las ametralladoras a entonar su melodía mortal, aunque pronto todo eso terminaría. Varios sanitarios y médicos militares contemplaron al solitario sargento moverse lentamente recorriendo con los ojos la torturada tierra erizada de cráteres y de sangre. En ese momento, Candy que le echaba en falta salió al exterior de la trinchera, porque tampoco podía permanecer quieta en el refugio, pese a que nuestro abatimiento nos inducía a lo contrario. Haltoran estaba en compañía de Annie, la cual intentaba consolarle sin éxito. El habitualmente, alegre y bromista joven estaba callado y de vez en cuando musitaba débilmente, con la cabeza hundida en el pecho y los brazos cruzados, mientras estaba sentado en el catre, con las piernas cruzadas:

-Si le hubiera avisado antes…si hubiera llegado más pronto.

Por su parte Mark estaba de pie en mitad de aquel lugar triste y gris, sembrado de cadáveres y de charcas de agua corrompida y ponzoñosa. Empezó a hablar creyendo que estaba solo. Estaba tan abatido que sus finos sentidos no le advirtieron de la cercanía de Candy que le contemplaba con las manos cruzadas sobre la falda de su delantal de enfermera.

-Con todo este poder que atesoro –dijo contemplándose las venas que refulgían levemente bajo la mortecina luz del amanecer -y no he sido capaz de salvarle.

Amargas lágrimas se deslizaron por sus mejillas mojándole la piel de las muñecas. Mark cerró los ojos con fuerza y se arrodilló sobre la reseca y apelmazada tierra sin vestigio alguno de hierba, la cual había desaparecido como consecuencia de los ataques químicos con gas y los constantes bombarderos de artillería.

-Doctor Duvall –musitó quedamente mientras movía la cabeza negando la evidencia de su trágico final y golpeando el suelo con sus puños- perdóneme, por no haber logrado salvarle. Sus largos cabellos le caían hacia delante bajando rebeldes sobre su frente y rostro.

Entonces se irguió de un salto y observó como las últimas estrellas se iban apagando gradualmente para dejar paso poco a poco al nuevo día. Mark se enjugó las lágrimas que perlaban sus hermosos ojos tristes y musitó algo que hizo que Candy rompiera a llorar observándole, desde unos metros detrás suyo:

-Quizás no merezca el amor de Candy, como usted aseguró.

Hizo una pausa y extendiendo una mano, hizo que las llamaradas del iridium brotaran de su antrebrazo izquierdo. La tela de su guerrera se quemó inmediatamente, al no estar preparada como su cazadora para soportar aquel sofocante calor.

-Quizás no merezca estar entre la gente buena cuya vida destrozo.

Extinguió el chorro de llamas y tomó una determinación.

Entonces levantó una mano y antes de que Candy pudiera impedírselo, rasgó su piel por debajo de las muñecas. Su sangre empezó a brotar profusamente, mientras un brillo anaranjado acompañaba los regueros que se deslizaban desde la herida abierta, por el canto de su mano, precipitándose al suelo.

-Iridium, abandona mi cuerpo, ¡ vete ¡ ¡ déjame ¡ ¡ no deseo que sigas corriendo más por mis venas, no! –gritó desesperado en medio de sus lágrimas desoladoras.

Candy corrió hacia él temerosa de que hiciera una locura y se abrazó con tanta fuerza a su espalda, que Mark se quedó paralizado sin acertar a reaccionar. Le había estado observando todo el tiempo. Candy lloró con la cabeza apoyada en la espalda de su esposo. Su llanto hizo que el alma de Mark se cuarteara de dolor.

-Jamás vuelvas a decir algo semejante, jamás – sollozó ella apretándose contra su cuerpo- el doctor Duvall no mintió. Eres un hombre bueno y dulce y jamás, jamás me separaría de ti. Soy yo la que a veces me planteo si mi amor por ti es lo suficientemente fuerte como para colmarte de felicidad.

Mark, conmovido se giró y estrechó a Candy entre sus brazos. Sentía que el frío de una profunda melancolía le atenazaba llegándole hasta la médula de los huesos. Buscó ansioso los labios sonrosados y carnosos de Candy y unió los suyos con los de su esposa. Candy le besó apasionadamente, mientras las lágrimas de Mark, ardientes y brillando como perlas mojaron su nariz y bordearon sus pecas, mezclándose a las de su esposa.

-Amor mío, vida mía –suspiró ella mientras le acariciaba los cabellos y volvía a besarle con ansia –Eres tan dulce y generoso...Mucha gente buena es feliz gracias a que personas como tú, caminan entre ellos. Tú no destrozas vidas, cariño si no que las llenas de felicidad y las preservas siempre que te es posible. Como hiciste con Daisy, y ese pobre muchacho escocés, al que le has otorgado una nueva oportunidad de vivir.

Mark dio un respingo al escuchar aquello. De modo que Candy lo sabía. Pareció sentirse mejor, y ladeó la cabeza diciendo tristemente en cuantó volvió a acordarse del doctor Duvall:

-No he podido salvarle Candy. En sus ojos distinguí el fulgor dorado, que rodea el iris de los que no pueden eludir su destino. Por eso estoy así. Porque haga lo que haga, volvería a suceder siempre lo mismo. Ni saltando en el tiempo lograría preservarle de su fatal desenlace.

Mark le había relatado a Candy los signos que le permitían identificar a las personas a las que ni modificando su línea temporal era posible salvaguardarles de algo malo, como un accidente o que perdieran la vida. Aunque retornara al momento previo de su tragedia y pusiera todo su empeño en poner a salvo a esas personas, siempre sucedería algo que restablecería la antigua línea temporal propiciando una y otra vez, la repetición del mismo desenlace, no importara cuantas veces y de que manera, interviniera él para evitarlo.

Candy apoyó su frente contra la de Mark. Estaba ligeramente caliente y perlada de sudor.

-No te tortures más, mi amor, ni te culpes de nada. Sé que de poder hacer algo por él ya te habrías desvivido por intentarlo. Además todo sucedió muy rápido. Ni tú hubieras logrado hacer nada. Se expuso demasiado al fuego enemigo.

Entonces Candy reparó en la muñeca de Mark cuya hemorragia aun continuaba manando sangre y se horrorizó, pero actuando con celo profesional, Candy cogió un pañuelo que llevaba en torno al cuello y envolvió la herida, apretando para que se detuviera.

-Ni siquiera puedo deshacerme del iridium –dijo Mark con tristeza, mientras su esposa trataba desesperada, de cortarle la hemorragia- he vertido ya la mayor parte de mi sangre y sigue palpitando en mis venas.

Candy retiró el pañuelo tras notar algo muy extraño. Levantó la tela finamente bordada con sus iniciales junto a elaborados adornos florales, y completamente empapada en sangre, y fue testigo, entre la fascinación y el asombro, como la herida abierta se cerraba con rapidez hasta que no quedó ni rastro de su existencia. La hemorragia dejó instantáneamente de sangrar. Las últimas gotas rojas se deslizaron desde su brazo precipitándose al suelo.

Candy clavó sus ojos verdes en los de Mark, oscuros y que semejaban las bocas de dos simas de amarguras y dolor.

Cogió su cabeza por las sienes y le dijo lentamente:

-Ya te lo dije una vez. No me importa el iridium, no me importan tus poderes ni sus consecuencias cada vez que los empleas, solo el hombre maravilloso, bueno y dulce del que me enamoré en la Colina de Pony.

Hizo una pausa. Las pupilas de Mark eran tan bellas, aun en su tristeza y pese al sufrimiento que destilaban, que Candy experimentó una punzada de admiración y orgullo, porque aquel apuesto joven fuera su marido. Luego le besó de nuevo con efusión y añadió hablándole al oído en un susurro:

-Y del que sigo perdidamente enamorada, pese a las eras, pese al tiempo, pese a tu pasado. Bendigo el día en que te conocí Mark Anderson. Bendigo cada amanecer que vivo junto a ti, cada noche que estamos juntos. El doctor Duvall tenía toda la razón. Estoy muy orgullosa de ti querido. Soy yo la afortunada por merecerte y no a la inversa.

Se fundieron en un largo e interminable beso. Bajo la primera luz del alba, ante la desolación de la guerra, aquel amor indisoluble e inmortal lanzaba un mensaje de esperanza.

30

Terry Grandschester convalecía en un camastro del hospital de campaña instalado en Charmotierex. Tenía recurrentes pesadillas en las que se entremezclaba su vida real y las visiones de una extraña e ignota existencia que parecían tan reales y evidentes. Soñó con su padre, el cual se había desposado con una mujer que resultó ser una farsante y que ya tenía otra vida y otra familia anterior en Estados Unidos. El nombre de Anthony restalló en su mente como un latigazo. Su medio otro rostro más ocupaba sus sombríos y negros pensamientos, un hombre de ojos tan oscuros como jamás antes hubiera visto en ninguna otra persona. Aquellos ojos tristes e insondables que parecían estudiarle hasta las profundidades de su alma.

"Tú" –había dicho cuando le salvó la vida en el campo de batalla, poco antes de que aquella bala le abatiese, aunque milagrosamente salió ileso. El proyectil enemigo solo le había rozado el brazo, aunque él juraría que le había atravesado la frente. Terry rodó en la cama, y su cabeza golpeó contra la dura almohada de lana frenéticamente. Finalmente se despertó con un sudor frío y lanzando un penetrante grito, mientras se incorporaba en el duro lecho exclamando:

-¡Maldito seas, me robaste mi vida, me robaste a ese ángel rubio de ojos verdes ¡ -exclamó Terry Grandschester crispando los puños en torno a las sábanas de tela burda. Los soldados que le rodeaban, convalecientes de sus heridas o que estaban esperando para ser intervenidos o recibir las curas necesarias, le miraron con fastidio y le dijeron desabridamente que guardara silencio. Pero como no era la primera vez que Terry se despertaba frenéticamente en mitad de la noche o cuando estaba amaneciendo, pensaron que había enloquecido o que deliraba presa de una tremenda fiebre. Entonces pensó en lo que había presenciado aquella lluviosa y fatídica noche. Le había parecido ver a otro hombre muy similar al sargento que le hubiera salvado la vida, ayudar a este a su vez. Lo que contempló a continuación desafiaba toda lógica. Estaba ya lejos de la tierra de nadie y de la línea divisoria entre las trincheras aliadas y enemigas. Evocó a un hombre grueso con gafas, que amablemente le ayudó a llegar hasta el destacamento médico y a otro oficial pelirrojo de ojos verdes que también le resultaba familiar, pero antes la primera persona que se había ocupado de él, era una criatura de belleza inenarrable, rubia y de ojos verdes que aun en su sencillo uniforme de enfermera de tejido basto, estaba arrebatadora. La chica le condujo hasta las profundidades de la galería, y allí fue, donde el hombre grueso y el pelirrojo de ojos verdes se hicieron cargo de él. Cuando el soldado de ojos oscuros que le había puesto a salvo, fue alcanzado por una bala, la muchacha gritó desgarradoramente y fue hacia él. Pero Terry, aun había logrado pese a la distancia, presenciar atónito y sin habla, como el hombre detenía la bala con su mano y luego la arrojaba aplastada al barro, sin que la palma de la extremidad hubiera sufrido el menor daño. Todas aquellas reflexiones pasaron por su mente en una milésima de segundo, justo antes de pronunciar las palabras que habían soliviantado a sus compañeros de barracón por el ruido que había producido y que una muchacha de pupilas de esmeraldas y largos cabellos rubios rizados se paseaba entre las camas interesándose por el estado de los heridos, para los que el rostro deslumbrante y angelical de Candy, era sin duda una bendición. La chica le oyó decir algo de "ojos verdes" y "ángel rubio" y se detuvo desconcertada. Llevaba una bandeja en la mano con medicinas, termómetros e instrumental. Flammie estaba separada de ella, hablando con un muchacho moreno de cabellos cortos y ojos azules con acento español. Flammie parecía azorada y el joven le tomaba las manos entre las suyas. Algunos soldados bromearon ante la escena cuchicheando en voz baja.

-Diez francos a que ella acepta la cita –dijo un joven de pelo de zanahoria y nariz ganchuda que tenía una herida en la pierna.

-Hecho, pero yo doblo la apuesta a veinte francos a que ella le da plantón –replicó otro con una gorra de un regimiento escocés.

-Yo creo que le dará plantón –convino otro.

-Creo que se reunirán en la Puerta de los Enamorados –sonó otra voz en susurros para no cortar la emoción del momento entre Flammie y el soldado.

Mientras Candy notó un ligero estremecimiento, creyendo que la bandeja resbalaría de sus manos blancas. Se giró lentamente y contempló al joven de soslayo. Era muy apuesto, de ojos verdes y cabellos castaños. Se rumoreaba que era un conocido actor de teatro, y el hijo de uno de los más acaudalados nobles de toda Inglaterra. Candy descartó un fugaz pensamiento esbozando otro:

"Se habrá referido a otra persona" –reflexionó riendo por lo bajo y cerrando los ojos en un gesto muy característico en ella" –no creo que sea la única chica con ojos verdes y cabellos rubios".

Cuando Terry notó que la joven que se le aparecía en sueños, en un inexistente verano en Escocia que nunca había ocurrido, junto a aquel hermoso lago azul en el que la cálida luz del sol rielaba en sus calmas aguas, los árboles recortándose contra el cielo azul de Escocia, el momento en que bailaba con ella a la orilla del lago al son de un imaginario vals, como se detuvo prendado de su belleza, y como incapaz de resistirse, le robó un beso, que fue contestado por ella, con una bofetada, a la que luego siguió otra por su parte, reprochándole él que se atreviera a juzgarle sin conocerle. Los días que no se produjeron nunca en el colegio San Pablo, en el que una joven de largos bucles y mirada ambarina, no cejó hasta separarles, porque se había enamorado de él, y él Terry Grandschester, a su vez de la joven rubia que había robado su corazón. Candy. Candy repetía constantemente en sus labios mudos. Quizás ella hubiera sido su esposa, en lugar de ese hombre que pese a conocer de nada, sabía más de él que de si mismo.

Mark Anderson, el viajero del tiempo, el hombre que torció para siempre las vidas de muchas personas al aparecer en el momento justo, el instante preciso para hacer más daño. Se enamoraron en un instante, y él, contemplaba todo aquello en sueños, llorando porque no era capaz de alcanzar aquellos acontecimientos, de los que también ardía en deseos de participar. Se dijo que era una locura, no eran más que sueños, caprichos de la mente, malas jugadas del subconsciente, pero decidió hacer la prueba. Si ella no le conocía no pasaría nada. No sería el primer soldado que confundía a una enfermera con su novia, madre o esposa en su delirio. Entonces tomó aire mientras su corazón latía aceleradamente y dijo en voz alta:

-Candy, te conozco, te conozco desde hace mucho tiempo. Mi nombre es…

La muchacha se quedó paralizada de la impresión. Notó como todo le daba vueltas y como la charola de metal, reluciente y que reflejaba la luz de las lámparas que pendían del techo de Uralita estaba a punto de deslizarse de sus dedos hasta el suelo. Depositó la bandeja sobre un carrito que se utilizaba para la distribución de correspondencia, medicina y otros enseres y objetos entre los heridos y hombres convalecientes y dijo:

-Terry, Terry, eres tú –se llevó las manos a los labios estremecida, al comprobar que sus sueños y premoniciones, tal vez, transmitidas por Mark, no eran meras figuraciones o fantasías suyas.

Candy se acercó al joven fingiendo revisar su pierna herida. Terry pese al amor que sentía por Mark, le atraía inevitablemente. Aunque su esposo había modificado el curso del tiempo, tanto ella como él, inexplicablemente, eran capaces de observar el pasado y el futuro que habrían vivido, de no ser porque un hombre, en el interior de un haz de luz y a una velocidad varias veces superior a la del sonido cambió todos los acontecimientos para siempre. Terry, entonces tomó las manos de ella procurando no ser brusco u hostil. Si algún ángel blanco, que así era como los agradecidos soldados, necesitados de afecto y cariño llamaban a las enfermeras, sufría el menor daño a manos de alguno de ellos, inmediatamente el insensato se exponía a una brutal paliza o incluso un linchamiento por parte de los combatientes.

Terry disimuló con cuidado. No era la primera vez, que algún soldado herido tomaba las manos de una enfermera, para sentir el calor de una mano femenina entre las suyas, o confundiéndolas en su delirio con la esposa, la madre o la hermana que habían dejado atrás, muy atrás, habiendo ido a parar a un lugar muy lejos de su hogar. Aquello era un gesto tolerado y consentido siempre que no se fuera más allá. Los besos indecorosos, los intentos de propasarse con alguna enfermera o incluso alguna palabra soez o las amenazas eran desencadenantes necesarios, para hacerse acreedor a sufrir algún duro escarmiento. Y aunque teóricamente la Policía Militar vigilaba los barracones constantemente, muchas veces, se hacía la vista gorda, con elementos especialmente desagradables y poco gratos.

-Te conozco –susurró ella intentando no atraer miradas indiscretas, pero lo que tienes en mente, quítatelo de la cabeza. Estoy enamorada de Mark, Terry, no de ti, aunque en otra realidad fuera a la inversa.

Terry Grandschester se encolerizó, no solo porque era capaz de ver la maravillosa vida que podría haber compartido con aquella deslumbrante y atractiva muchacha de grandes ojos verdes y rizos dorados, a la que amaba como un loco, si no porque, también conocía el futuro que le esperaba en Escocia, cuando Mark le pusiera los puntos sobre las íes. Terry trató de convencer a Candy hablando en susurros:

-Aun tenemos tiempo. Podemos ser felices Candy. Porque sé que tú has tenido los mismos sueños y pensamientos que yo. Le ví, le ví cuando llegó a través del tiempo, en mis sueños, mejor dicho, os ví a los dos juntos y todo el daño que te ha hecho, querida mía –dijo Terry al borde de las lágrimas- podemos recuperar el tiempo perdido…si tú aceptas esperarme después de esta guerra.

Candy soltó sus manos de las de Terry, observándole espantada. Aunque sentía algo indefinible por él, desde luego que no era amor. Puede que efectivamente él y ella se hubieran querido en otra línea temporal, pero no en esa. Candy amaba profundamente a su marido y no sentía nada por él.

Terry retiró los dedos de las muñecas de Candy, cuando sus gestos empezaron a atraer sobre él, reprobadoras y amenazantes miradas, que cesaron tan pronto como el joven mantuvo una prudente distancia con Candy.

-Lo que me pides es imposible –respondió Candy al borde de las lágrimas- yo, yo…no me pidas imposibles Terry, no me los pidas por favor.

Y entonces se alejó dando pequeños pasos, pese a sus deseos de salir huyendo de allí y disimulando sus lágrimas, para que los soldados no malinterpretaran sus gestos y creyeran que su reacción era fruto de algún maltrato que le había inferido Terry. En su precipitación se había dejado la bandeja con todos los medicamentos y diverso instrumental médico.

31

Mark había sido testigo mudo de la tensa conversación entre su esposa y Terry. El joven sentía cierta lástima por el actor, y en cierta forma entendía y justificaba su forma de expresarse. Si él no hubiera caminado por esa carretera solitaria, tal vez el iridium no hubiera creado a alguien como él, y la vida de Candy hubiera tomado otros derroteros, al igual que las de todas las personas que de un modo u otro, estaban relacionados con Candy directa e indirectamente. Los cambios que Mark había introducido en el curso temporal eran tan profundos y drásticos, que prácticamente, quitando las apacibles y pacíficas vidas de gente como el señor Wittman, el jardinero de los Legan o de Stuart, el imperturbable y leal chofer de los Legan, todos los demás de un modo u otro, habían experimentado un brusco y total cambio en sus existencias. Hasta el apacible y teóricamente ajeno Hogar de Pony, a aquel particular devenir de los acontecimientos no había quedado a salvo y había sido atacado por las tropas del Imperio Negro, cambiando para siempre la tranquilidad del idílico lugar. A partir de aquel día, muchos niños tuvieron pesadillas, y la hermana María o la señorita Pony, muchas noches se desvelaban, soñando con uniformes negros, con calaveras descarnadas y sonrientes envueltas en un círculo blanco, y en el furioso tableteo de las armas automáticas. Entonces decidió hablar con el joven. Daba la casualidad, que aunque Mark y Terry tenían el mismo rango, sargentos, el que le habían asignado a Mark, porque no se le ocurría otra forma de calificarlo, era de mayor graduación, por lo que el joven se valió de ello, para ordenar a Terry que se personara en sus dependencias tan pronto como su pierna herida estuvo mejor y cuidando de que Candy no estuviera presente o cerca, aquel día. Terry acudió por obligación de cumplir órdenes más que por otra cosa. Se personó de mala gana en la estancia que hacía las veces de vivienda y de sala de reuniones, cuando era preciso. Cuando Terry estuvo frente a Mark, se sorprendió por su leve parecido con él, pero solo en la forma del rostro y en la disposición del cabello. Por lo demás, nada más en común existía entre ambos hombres, si acaso, el profundo amor que sentían por la misma mujer. Terry empezó hablando. Mark intuía y no iba desencaminado, que el impulsivo joven empezaría atacándole verbalmente, como así sucedió realmente:

-No sé para que me has llamado, pero permíteme decirte –dijo señalándole con el dedo índice- que el hecho de que me hayas salvado la vida, no significa que vaya a elogiarte por haber destruido la mía y la de Candy.

Mark le observó ceñudo, con los ojos entornados y los brazos cruzados. Al parecer Candy no podía vislumbrar el futuro, aunque si el pasado o las posibles existencias que hubieran podido ser y no fueron. En cambio Terry, había adquirido el don, de presenciarlo todo relativo a su vida, pasado, futuro, realidades alternativas, lo que se dice todo.

Mark suspiró. Estaba un poco harto de sus reproches, primero en un futuro que si llegaría a producirse y ahora en aquellas circunstancias.

-Como supongo que lo sabes todo acerca de mí –dijo Mark buscando las palabras adecuadas para no ofenderle- permíteme decirte que aunque ya lo hayas presenciado en tus visiones, que mi capacidad para viajar en el tiempo, la adquirí de forma fortuita y que jamás tuve la menor idea de lo que me pasó aquel día, en el mismo momento de producirse, ni imaginé siquiera que viajaría en el tiempo.

-Sí seguro –dijo Terry con ironía desprovista de humor y rayana al sarcasmo- lo preparaste todo muy bien, Mark, tan bien, que en un futuro no muy lejano, meterás a Albert Andrew en la cárcel y tú tomarás su puesto, apropiándote de la fortuna de los Andrew, bonita jugada sí señor.

Mark se mesó los cabellos y dijo lanzando un breve suspiro:

-Veo que es en vano razonar contigo Terry. Sabes lo mismo que yo, puede que más y que Albert se buscará su propia ruina debido a su loca ambición y a su pasión enfermiza por Candy. Yo no hice lo más mínimo para propiciar su caída, y eso Terry, deberías ser justo conmigo y reconocer que será así.

Terry se enfureció, tal y como temía Mark. Se puso en guardia y levantó los puños. Respiraba agitadamente y gruñía levemente, señal inequívoca de que iba a atacar a Mark.

-Albert es amigo mío, y vas a arruinar su existencia y la de Candy, y no lo voy a consentir.

Mark bajó la cabeza y contempló el suelo de madera gastada del barracón. Un pequeño ratón de campo se deslizó rápidamente a través de las tablas oscuras, hacia su madriguera. Terry intentó golpear a Mark, pero los reflejos de este, asistidos por el iridium le permitían anticiparse a todos sus movimientos. Era como tratar de atizar aire. Sus nudillos solo encontraban el vacío a su paso.

Finalmente se cansó de dirigirle directos y derechazos. Se miró los nudillos sorprendido y agotado por el esfuerzo, dijo con voz congestionada:

-Es…extraño. Tengo la sensación de haber pasado por una situación así –exclamó con voz agitada por el cansancio.

-Así es…o mejor dicho será…en Escocia, en un futuro no muy lejano –le aclaró Mark.

Terry se detuvo. Aparte de que le formarían consejo de guerra, si le sorprendían peleando con un oficial superior, por ese camino no llegaría a ninguna parte. Se reclinó en la pared de uralita del barracón y dijo:

-¿ Ya sabe Candy todo lo que está relacionado contigo ? esos extraños enemigos tuyos, de los que he tenido algún presentimiento. No he podido determinar quien son ni como son, pero se que existen.

" Y hasta sé que han intentado matarte" –pensó Terry mirándole con ojos brillantes.

Mark no dijo nada.

El también guardaba un secreto, que Terry desconocía. Cuando le dispararon, logró ver el rostro de su asesino. Un hombre moreno y de ojos oscuros y cabellos largos, y que cumpliría una larga condena de cárcel en el futuro, en cuanto le capturaran y descubrieran quien le había ordenado matarle.

Mark caminó lentamente por el barracón. El estar inmóvil le ponía nervioso y de mal humor. Estaba cansado y harto de que continuamente cuestionaran la pureza y limpia honradez del amor que sentía por Candy. El jamás la había obligado ni la obligaría a hacer nada que la muchacha no deseara realizar. Candy era demasiado fuerte e independiente como para estar junto a alguien a quien detestase. Si se había casado con él y habían concebido a una hija que pronto nacería era por el profundo amor que se tenían el uno por el otro. Incluso Mark, había salvado a Anthony, el hermanastro de Terry por amor hacia Candy, para que fuera feliz con alguien a quien amase, creyendo erróneamente que no sentía nada por él. Pero era justo lo contrario.

Terry continuó buscando argumentos que socavaran la resistencia de Mark, y le impulsaran a retirarse dejándole el camino libre hacia Candy. Estaba convencido, de que si conseguía ponerle en fuga, la muchacha terminaría por corresponderle, una vez que su principal rival abandonara el campo.

-¿ Vas a tener hijos con ella, con esa porquería anaranjada que te corre por las venas ?, vamos, lo que faltaba por ver –dijo desviando la mirada y haciendo un gesto de desdén.

Pese a que el iridium no era algo de lo que se jactara o se enorgulleciera, formaba parte de él y le había procurado una vida que tal vez fuera robada, pero que él no se había procurado en absoluto.

-Eso para mí carece de importancia. Le quiero por lo que es, no lo que representa.

Entonces una voz de mujer, clara y cristalina se alzó en mitad de las abovedadas y ahusadas dependencias con forma semicircular. Candy entró con paso seguro y firme, sosteniendo desafiante la mirada de Terry. Avanzó hasta ambos hombres y al llegar a la altura de Mark, le abrazó besándole levemente en los labios, para disgusto de Terry.

-Terry, no quiero hacerte daño –dijo la chica mirándole con sus arrebatadoras pupilas verdes y reclinando su cabeza en el pecho de Mark- pero amo a Mark. Si renunciara a él, para quedarme contigo, no saldría bien, no resultaría. Si en un matrimonio o una unión entre un hombre y una mujer, no hay amor, normalmente está prácticamente condenado al fracaso.

Terry tembló ligeramente. Sabía que unas palabras muy similares sonarían bajo los azules cielos de Escocia en un futuro no muy lejano.

-Pero, pero, ¿Cómo puedes amar a alguien como él ? –preguntó asombrado y apenado a un tiempo- no lo entiendo. ¿ no le tienes miedo acaso ?

-No –respondió con sinceridad Candy, mientras dirigía una mirada enamorada a Mark- desde el primer momento que le conocí, fue tan bueno, dulce y cariñoso conmigo, que esos sentimientos, quizás más que la belleza física, influyeron en mi decisión de estar para siempre a su lado.

Terry lanzó una imprecación y tras marcharse desabridamente sin despedirse, dio un portazo que retumbó por todo el barracón. Mark lamentó que se hubiera enfadado, y se limitó a guardar silencio, pero Candy rodeando a Mark con sus flexibles y suaves brazos dijo, después de besarle largamente en los labios:

-Lo siento por él, pero no voy a sentir más lástima y remordimientos por cuantos pudieron amarme y luego no fue posible. Puede que amara a Terry en otra realidad –al decir aquello Mark, se estremeció ligeramente- pero el hombre del que estoy tan y realmente enamorada se llama Mark Anderson y no Terry Grandchster.

-Eres maravillosa –dijo Mark estremecido de felicidad- te quiero tanto, mi vida.

-Y yo a ti, amor mío –replicó ella sonriente y con un dulce y contagioso aire de dicha en su resplandeciente faz.

Candy le besó nuevamente. Su amor era tan fuerte que ni los aldabonazos del pasado eran capaz de turbar la tranquilidad y felicidad que se desarrollaba tras su puerta. Mark suspiró aliviado. Por un momento temió que Candy le rechazara y prefiriera a Terry. Entonces comprendió que si el iridium no le hubiera trasladado a 1912, a la velocidad suficiente, si Albert hubiera entrado en contacto con Candy antes que él, su vida se habría convertido en un tormento. Se vio así mismo, mendigando el amor de Candy, que continuamente le hubiera rechazado, incapaz de aceptarle, por entre otras cosas, el miedo que hubiera suscitado en ella. Habría experimentado más o menos, los mismos hechos y acontecimientos que hasta ahora, pero teñidos de un profundo y angustioso desamor. Como mucho, Candy le habría ofrecido su amistad, tal vez, hubiera sido un hermano para ella, estirando mucho sus posibilidades pero nada más. Al final, se habría quedado con Anthony, ya que hubiera terminado por salvarle igualmente, tan solo por una palabra de agradecimiento suya. Ese amor no hubiera dudado mucho, porque Terry habría sustituido finalmente a Anthony en el corazón de la muchacha.

Se vio así mismo empleando el recurso de la compasión para forzar un cambio en la actitud de Candy. Habría vertido su sangre casi hasta perder la vida, esperando que aunque fuera por pena, estuviera con él, pero todo habría resultado igualmente en vano.

"Habría sido violento con mi ángel" –pensó horrorizado, mientras Candy acariciaba sus mejillas transmitiéndole un suave aroma a hierba fresca y lavanda, a infancia y risas felices, a una belleza que como un bálsamo calmaba tu corazón agotado y herido, sanándolo de sus llagas. Le rascó la nariz como él solía hacer con ella, bromeando con él. Mark respondía a las inocentes bromas volteándola por el aire y entre risas.

Se vio así mismo, despegando un lago entero de su lecho, levantándole en el aire, probablemente el que se encontraba cerca del Hogar de Pony, para desahogar su pena y su rabia.

Incluso habría llegado a secuestrarla, para obtener bajo amenazas lo que sabía que solo se conseguía por amor, para finalmente liberarla, profundamente arrepentido.

Mark, notó una punzada de miedo por aquel lado oscuro suyo, que jamás había salido a relucir y del que tuvo una fugaz muestra que le asustó horrorizándole enormemente, cuando mató a aquellos treinta hombres que trabajaban para los Andrew, porque habían intentado forzarla, y a cuya cabeza iba aquel siniestro capataz, al que en su rabia desenfrenada, le quitara la vida.

Mientras bromeaba con su esposa, quitándole la gorra de su uniforme de enfermera y devolviéndosela mientras fingía quedarse con ella pensaba:

"Quizás el iridium no fue tan injusto conmigo a fin de cuentas. Puede que si es la materia inicial de la vida, lo que originó el Universo a través del Big-Bang, de alguna manera, alguien o algo superior, lo que la impulsó a estallar, hizo que me trasladara hasta mi amada Candy en el momento preciso, para evitar todas esas desdichas que mis sueños me han ido revelando gradualmente".

Lamentaba que Albert terminase en la cárcel y cayera en las garras del alcoholismo, o fuera a hacerlo en el futuro, pero era algo que él ni había deseado ni propiciado en absoluto.

Y cuando alguien la reclamó con voz ligeramente aguda, para que atendiera a unos heridos recién traídos del frente, Mark sonrió emocionado después de que la muchacha le besara otra vez, jurándole que estarían juntos de nuevo, lo antes posible. La voz de un joven médico suplente la volvió a reclamar insistente y con un deje de impaciencia:

-Señorita Anderson, siento interrumpirla a usted y a su marido –dijo el joven ligeramente azorado por sus muestras de cariño y puede que envidiando al sargento de ojos oscuros y largos cabellos negros- pero tenemos que darnos prisa. Necesitamos todas las manos disponibles. Hoy tenemos muchos heridos.

La joven alzó una mano y le lanzó un beso guiñándole un ojo. Aun apenado por el recuerdo del buen doctor Duvall, pero reconfortado por el incondicional amor que les ligaba posiblemente ya de por vida, sonrió encantadoramente mientras permanecía apoyado en el marco de una puerta y se dijo:

"Que bien suena… Señorita Anderson".

Porque si en vez de aquella expresión hubiera escuchado "Señora de Andrew" o "Señora Grandschester" no habría podido soportarlo.

"Benditos cinco minutos" –se dijo al recordar la pequeña pero significativa ventaja que el fuego nuclear del iridium le proporcionó sobre el entonces aun bondadoso y jovial gaitero de ojos verdes y cabellos rubios, cuya pasión le iría transformando gradualmente en un ser oscuro, reconcomido por el odio y encerrado en sí mismo.

Terry le había espetado también, que era más bien débil, y que había empleado malas artes, sirviéndose de la potencia de un recurso que le confería una ventaja inigualable sobre el resto de los mortales, pero Mark sabía que en el fondo, no era cierto. Pese a su poder, la noche en la que el doctor Duvall cayó abatido se sintió el más débil e indefenso de los hombres por no poder ayudarle. Y en cuanto a que no era realmente fuerte, él por lo menos no habría renunciado a Candy en modo alguno siempre que ella le amase, como el habría hecho, para quedarse con Susan, después de que la joven actriz se quedara inválida de por vida, al perder la pierna en un accidente, por protegerle a él, aunque afortunadamente, eso nunca sucedería.

31

Aprovechando un descanso en nuestros quehaceres, a Carlos y a mí se nos ocurrió la peregrina idea de jugar a la petanca. Estábamos aburridos y aunque parezca extraño, también en medio de una cruenta guerra, la falta de algo hacer o un cometido era una posibilidad factible. Necesitábamos distraernos en algo, que nos mantuviera ocupados, sobre todo después del trágico fallecimiento del doctor Duvall, al que pese a haber tratado poco, apreciábamos sinceramente, por su coraje y su afán de aliviar los sufrimientos que aquellos muchachos, que se hallaban tan lejos de sus familias y de sus hogares, que sus semejantes les inferían. Duncan Jackson, el estirado militar que se enojara conmigo, por mi total desconocimiento del ajedrez había pronunciado en su sepelio unas emotivas y bellas palabras en las que resaltó su sentido del humor, su profesionalidad, su don maravilloso para narrar historias y sobre todo, por encima de todo su humanidad. Habían pasado ya dos semanas de aquel trágico suceso. Candy tuvo que aferrarse a Mark para no desmayarse y todos nosotros, que asistimos al funeral tratamos de consolarla lo mejor que supimos. Ahora, para matar el tiempo y también, y ocupar nuestra mente en algo más que el dolor de su pérdida nos había causado a todos, sobre todo a Candy y a Mark, decidimos desempolvar el viejo juego de petanca que Carlos había comprado en un cercano bistro en Saint Valont, un pueblo distante a dos kilómetros de Charmotierex, el día que nos concedieron uno de los escasos y contados permisos que se dispensaba a la tropa y empezamos a jugar. Primero tiré yo. Lancé una bola de color rojo que fue rodando hasta un montón de fusiles apilados entre sí, los unos contra los otros por el cañón, formando una especie de pirámide de extraño aspecto. Algunos de sus dueños, jóvenes soldados de un regimiento norteamericano bromeaban entre sí y otros, conversaban afablemente con sus camaradas ingleses, a los que a juzgar por las carcajadas que emitían estruendosamente, los allí congregados debían de estar contándose algo muy interesante, o gracioso o ambas cosas a la vez. Entonces Candy atravesó el patio central de Charmotierex para ir en busca de vendas y algunos botellones de desinfectante, que el nuevo médico, sustituto de Marius Duvall le había rogado amablemente que le trajera. Candy caminó con largas zancadas. Sus piernas se movían dentro de la falda ciñiéndola en torno a su espléndida figura y los cabellos largos y ondulados sin recoger en sus características coletas, votaban sobre su espalda, cayendo en cascada por debajo del borde de su gorra blanca de enfermera.

Dos jóvenes reclutas silbaron admirados atrayendo la atención del resto de sus camaradas. Candy saludó con la mano riendo en voz baja, y ruborizándose un poco, lo cual le daba un toque de especial y coqueto atractivo a su ya de por si arrebatadora belleza. Los hombres perdieron de vista sus fusiles un momento, subyugados por el atractivo y el encanto de Candy, cuando mi bola roja los derribó con estrépito. Los soldados se giraron airados y comenzaron a increparnos, mientras yo intentaba apaciguar los ánimos. Por suerte mis galones, falsos, pero efectivos, y la cercanía de la policía militar les disuadió de meterse en problemas. Aceptaron mis disculpas a regañadientes y mientras recogía la bola, me llegó la risa de Carlos que me dijo sujetándose la barriga, por las carcajadas que agitaban su pequeño cuerpo:

-Pero Maikel, hombre, mira que eres despistado. Tienes mala potra, hombre. Juegas a la petanca y resulta que al final acabas haciéndolo a los bolos.

-Bueno, bueno –dije con voz contrariada y tratando de disimular- no es para tanto. Ya les he pedido disculpas. Te toca –le dije a Carlos, señalándole con un ademán de cabeza a las restantes bolas que reposaban sobre el suelo pedregoso.

Candy que había presenciado la curiosa deriva que habían tomado los acontecimientos provocados por mi fallido lanzamiento, rió quedamente y musitó:

-Este Maikel…no cambiará nunca, pero por eso le aprecio tanto.

Luego continuó con sus labores, recordando súbitamente el encargo que el doctor Chammond, le había realizado y apresurándose a llevar el material que le había pedido que trajera desde el almacén de suministros médicos.

Carlos volteó la esfera pintada en una tonalidad azul chillona y surcada por un particular relieve. Ahora era yo, el que reía, un poco en venganza por sus anteriores chanzas hacia mí.

-Pero Carlos, recuerda que estamos jugando a la petanca, no al béisbol.

Carlos soltó un gruñido, pero sin mala intención. Nos apreciábamos sinceramente y nuestra amistad se había ido fortaleciendo a medida que pasaba el tiempo. Que irónica resultaba esa frase hecha, en boca de cualquiera de nosotros.

Carlos lanzó finalmente la bola, con tan mala fortuna que fue a golpear contra un gato de extraño e inaudito pelaje amarillo que dormitaba al pie de una higuera que crecía en una esquina junto a la tapia que aislaba Charmotierex del mundo exterior. El animal sobresaltado bufó entre enfurecido y asustado y soltando un prolongado maullido de queja y enfado, salió corriendo hacia delante, pasando junto a un joven de cabellos cortos negros y lustrosos que observó la escena de los fusiles derribados inoportunamente por mi bola con sus ojos grises claros, dirigiéndome una mirada divertida y sonriente. Llevaba una bata blanca con unos galones cosidos en la bocamanga derecha, indicativo de su rango dentro del cuerpo médico aliado destacado en Charmotierex. Debía ser el famoso ayudante del doctor Chammond, y que había arribado a Charmotierex, poco después del funeral de Marius Duvall, por lo tanto llevaba entre nosotros desde hacía poco tiempo y ya empezaba a hacer estragos entre los jóvenes corazones femeninos de los ángeles blancos, aun sin hacer alarde de ello ni pretenderlo. Su nombre era Ivés Bonnot y por los cotilleos de las jóvenes enfermeras ya sabíamos que había estudiado en la Soborna, vivía con sus padres y tenía cuatro hermanos. Alto y de ademanes elegantes y discretos, casi felinos, era muy joven. No tendría más de veinticinco años. Llevaba consigo, de una correa firmemente asida a la muñeca derecha un gran perro pastor alemán, un magnífico ejemplar, cuyos ojillos se avivaron cuando vislumbró al gato amarillo pasar velozmente casi entre sus patas. El perro ladró estruendosamente y salió en pos del felino, soltándose repentinamente del pobre Ivés, al destrozar el collar al que iba enganchada la correa. El joven médico salió corriendo en pos del animal, que no obedecía a sus requerimientos. El perro se topó contra una muchacha rubia de ojos azules que llevaba un atuendo de enfermera similar al de Candy y al de sus compañeras, haciéndola rodar por tierra súbitamente. Ivés se llevó las manos a la cabeza y rápidamente ayudó a la chica a erguirse galantemente, deshaciéndose en disculpas y suplicando por su torpeza, al dejar escapar a su perro. No obstante, el can se calmó tan pronto como el escurridizo gato amarillo saltó la tapia del campamento militar y miró al gran pastor alemán que atiesó las orejas, ladrando amenazadoramente. El gato dio un par de maullidos como burlándose de su rival y menenando la cola, se esfumó tan rápidamente como había logrado subirse al pretil del muro que circundaba el perímetro de Charmotierex. El perro se calmó y volvió con las orejas gachas y el rabo entre las patas, con mirada entre contrariada por la fuga de su presa y preocupada, por la regañina que sin duda le echaría su dueño por desoír su llamada.

-Lo…siento señorita. Latren es un perro joven y algo revoltoso, pero no tenía intención de atacarla –dijo el joven tendiéndola una mano para saludarla, mientras el perro saltaba en torno a ellos, para reclamar la atención de Ivés.

La chica observó arrobada los ojos grises claros de Ive´s. La contemplación del apuesto médico era más que suficiente para disipar en ella, todo rastro de enfado.

La joven enfermera estrechó la mano de Ivés con azoramiento. Ambos notaron un arrobamiento que les subió por las mejillas casi al mismo tiempo con un suave calor que invadía su piel, casi al unísono.

-No tiene importancia…messie…-la chica aun no había escuchado el nombre del joven doctor, o creía no haberlo hecho.

-Ivés, Ivés Bonnot –respondió el joven rápidamente y aparentemente embelesado por la atractiva muchacha y muy pendiente de sus grandes ojos azules, que le conferían la apariencia de una muñeca de porcelana. Ivés notó como una risilla floja le afloraba por la comparación mental que había realizado, pero se guardó muy bien de expresarlo, aunque para la chica habría sido sin duda un refinado piropo, viniendo de alguien con su porte y refinados e impecables modales. De hecho, cualquier cosa que le hubiera dicho, le habría parecido igualmente ingeniosa y poética.

La chica esbozó una sonrisa nerviosa agitando la mano de Ivés de arriba y abajo sin soltarla durante largo rato. Temía que si lo hacía, tal vez no volvería a encontrárselo de nuevo.

-¿ Qué tal si comemos juntos…para compensarla por el mal trago que le ha hecho pasar mi perro ?

Era todo lo que necesitaba oír. La enfermera asintió entusiasmada, sonrojándose violentamente al percatarse de su impulsivo comportamiento. Ivés rió de buena gana y la chica preguntó tímidamente:

-¿ Qué tal a las dos ?

Ivés consultó sus papeles y aceptó. No tenía ninguna intervención o asunto pendiente a esa hora.

-Muy bien –dijo el muchacho mientras su perro, caminó lentamente hasta él, sentándose sobre sus cuartos traseros y gimiendo levemente, como si le estuviera pidiendo perdón.

Ivés acarició distraídamente la cabeza de Latren y añadió- a esa hora pasaré a recogerla, ¿ de acuerdo ?

-Perfectamente Ivés –dijo la chica arrebatada.

Se despidieron con otro nervioso y tímido apretón de manos. Cuando la muchacha estaba a punto de regresar a su trabajo, se giró para dirigirle una sonrisa encantadora. Se detuvo un momento, mientras algunos soldados la devoraban con los ojos y emitían fuertes e insinuantes silbidos, tratando de atraer su interés. La joven hizo caso omiso de ellos y dijo con una inflexión cantarina en su voz:

-Por cierto, me llamo Dafne, Dafne Ashely.

Carlos y yo nos miramos extrañados. Arqueé las cejas ante lo que a todas luces sería sin duda una incipiente historia de amor y musité en voz baja mientras lanzaba al aire una bola maciza de color verde oscuro y la recogía con gesto rápido y decidido con la palma de mi mano derecha:

-Me temo, que con un gato, una bola de petanca y un perro, hemos hecho de casamenteros, Carlos.

Carlos asintió y movió sus ojos de muñeco parlante preguntándose tal vez, si un cúmulo de circunstancias similares no le habrían llevado a conocer al amor de su vida, a Dorothy, persiguiendo a otro imposible, en la persona de Candy.

Lo que no podíamos saber es que aquel muchacho alto y espigado, habría entrado en la vida de Candy de forma trágica y con consecuencias nada buenas, de no ser por la bola de petanca, y mi falta de habilidad en su lanzamiento. Más tarde, cuando Mark me hablase de Dafne Ashely, haría otro descubrimiento tan infortunado como sorprendente.

Dejamos de jugar a la petanca, porque los policías militares nos miraban mal. Estábamos entorpeciendo el tráfico de personas y vehículos en Charmotierex y nuestra alegría y vitalidad, casi resultaba un insulto para muchos de los heridos y convalecientes que más que con rabia nos contemplaban con envidia y pena que teñían sus tristes ojos. Reflexioné en las palabras de mi buen amigo Carlos. Al parecer, Mark no era el único que podía alterar el devenir de los acontecimientos y el curso del tiempo. Otra de las consecuencias derivadas de aquel inocente acto por mi parte, fue el desviar la trayectoria de Ivés Bonnot, que enfilaba sus pasos hacia Candy, no porque quisiera deliberadamente, conocerla, si no porque ambos, por esos caprichos del destino y el azar llevaban casualmente el mismo camino, pero en sentidos diferentes. Debido a la bola que puso en fuga al gato, haciendo que el perro del joven médico saliera en su persecución, hice involuntariamente que Ivés tuviera que salir en persecución de su perro, y por ello no se fijara en la hermosa enfermera que caminaba alegre y ya recuperada de la pérdida del infortunado doctor Duvall, con una sonrisa en los labios hacia él, llevando los pertrechos médicos, que el doctor Chammond le había solicitado.

32

El asesino había fallado estrepitosamente en su objetivo de terminar con la vida de Mark. La bala de antimateria, la única sustancia capaz de acabar con el joven al que Haltoran apodase como akarsnia, alacrán en cremonés, temía por su vida. No se atrevía a retornar a su base, porque sin duda, la ira de su señor sería terrible, y las consecuencias funestas para él. Aquel maldito y escurridizo joven de ojos oscuros y movimientos de cobra le había burlado. Sin embargo, aunque la bala alcanzó su objetivo, el fulminante que debería haber liberado el núcleo de antimateria en el organismo del muchacho afortunadamente, no funcionó. De haberlo hecho, la antimateria se habría combinado con el iridium, provocando tal reacción, que un abrasador fuego habría consumido su cuerpo hasta la médula de sus huesos. Desde ese instante, Mark se había vuelto más precavido procurando que ni su esposa ni ninguno de nosotros se enterase de nada. Por lo tanto, el asesino decidió buscar un objetivo más vulnerable al objeto de atraer a Mark, debido a que ya no volvería a sorprenderle con la guardia baja. El hombre, un cruz de hierro enviado hasta aquellos remotos lares era un consumado profesional, alguien acostumbrado a matar y a no fallar. Pero aquella era la primera vez que erraba el tiro. Entonces pergeñó un plan para no solo hacer caer a su presa en una trampa, si no una vez que lo tuviera a su merced asegurarse de que en esta ocasión no saliera indemne. El asesino escogió entonces un señuelo, que Mark, por desgracia no podría rechazar.

33

Candy había salido al exterior después de una larga jornada de trabajo, y de asistir a un sincero y cálido homenaje que sus más devotos admiradores habían realizado en su honor. Los pacientes del pabellón número veinte habían organizado un pequeño motín debido a que temían que la muchacha de ojos como esmeraldas y largos cabellos ondulados y rubios fuera transferida a otro barracón del hospital de campaña anexo a Charmotierex. Por ello, ante el desconcierto del doctor Chammond y su joven ayudante, cuya relación con Dafne había progresado muy rápidamente como para que aun conociendo a Candy poco después, se sintiera atraído por su belleza, las autoridades médicas tuvieron que transigir y volver a solicitar a la señorita Candice Anderson Legan, que se reincorporara nuevamente a su puesto, no llevando aun ni un día en su nuevo destino. Tras recibir las felicitaciones y halagos de los jóvenes muchachos, sus antiguas compañeras enfermeras y los aplausos de todos ellos, le improvisaron una pequeña pero emotiva fiesta que hizo que terminase al borde de las lágrimas. Mark la contemplaba entre un mar de brazos que alzaban sus copas y entre las cabezas de los agradecidos y jóvenes soldados que no cesaban de vitorearla y congratularse de que nuevamente estuviera entre ellos. Candy sostuvo su copa en alto y sus ojos verdes buscaron inquietos, los de su marido. Ambos jóvenes no tardaron mucho en cruzarse una mirada de amor y dirigirse ardientes promesas a través del festivo ambiente que flotaba en el aire del pabellón convertido en improvisada sala de festejos.

Candy sonrió ladeando la cabeza. Mark no solo era bondadoso y valiente, si no que además sabía ser discreto cuando la ocasión lo requería. Sabía que aquella noche pertenecía a su esposa que recibía el cálido y sincero agradecimiento de unos hombres que seguramente no tendrían más afecto que el de unas manos blancas y suaves y unos ojos semejantes a esmeraldas de fuego, poco antes de perder la vida en los campos de Flandes o en las atormentadas trincheras del frente occidental.

Finalmente la joven enfermera logró escabullirse al exterior para respirar un poco de aire fresco. El sofocante ambiente dentro del recinto había hecho que sus mejillas adquirieran una tonalidad ligeramente colorada, lo mismo que su nariz. Mark abandonó también el barracón para ir a su encuentro. La noche, era ligeramente cálida y nada parecía quedar del imprevisto e insólito fenómeno meteorológico conocido como día intruso. Del interior del pabellón iluminado profusamente, salía una estruendosa y alegre música como de fanfarria. Algunos soldados habían empezado a sacar a bailar a las enfermeras, y las muchachas, gozosas por tener un poco de diversión entre tanta barbarie, aceptaron gozosas. Juan Pablo que aun conservaba la pierna que por desgracia, perdería durante la ofensiva final aliada, animó a su novia Flammie a seguir el ritmo del baile. Aunque en un principio, la apocada y fría muchacha se había negado, finalmente aceptó con una sonrisa de circunstancias. Juan Pablo había extraido lo mejor de ella y alejado aunque solo fuera temporalmente, el fantasma del estigma que representaba para la chica morena, la extrema indigencia de su familia destrozada, por el alcoholismo crónico de su padre.

Mark del que muy pocos sabían que era realmente el esposo de la bella enfermera rubia, la siguió discretamente. No pretendía espiarla y en cualquier momento, Candy habría corrido a sus brazos de haber intuido su presencia , pero el joven prefirió que tuviera unos momentos de intimidad.

Entonces alguien se movió entre las sombras. Mark temió que pudiera ser Terry. Sabía que no podría socavar los cimientos de su relación pero no podía descuidarse. Aquel hombre, quisiera o no admitirlo habría jugado un papel decisivo en la vida de Candy y quien sabe si podría volver a repetirse aquello.

Pero no, no era Terry, y a quien había tomado por Candy tampoco. La chica se giró brevemente. Mark dio un respingo y lanzó un ahogado grito de sorpresa. Unos intensos ojos azules escrutaron la penumbra y una fina voz llamó suavemente a alguien que le era muy familiar:

-Ivés, Ivés, ¿ estás ahí ?

El hombre que se movía sigilosamente, finalmente se dejó ver. No era Ivés, era más alto, enteco y su rostro estaba surcado de cicatrices. Sus ojos oscuros parecían destilar un furioso odio.

Alargó la mano y sujetó a Dafne con tal rapidez que la muchacha poco pudo hacer para zafarse de su asaltante. Intentó gritar, pero alargó la otra mano y esgrimiendo una voluminosa pistola negra, provista de silenciador le dijo con voz ronca:

-Más te vale estarte quietecita muñeca, o te meteré un tiro en la sien.

Dafne se debatió desesperada. El hombre llevaba un uniforme, pero no se parecía en nada al de un soldado aliado, ni norteamericano, ni inglés o francés.

-Suélteme, suélteme –intentó chillar desesperada la muchacha- pero la amenazante boca negra del arma, hizo que enmudeciera.

-Buena chica, -rió el asesino- ahora te utilizaré como señuelo para atraerle.

-¿ Dé quien está hablando ? –preguntó la muchacha muy asustada- ¿ quién es usted ? ¿ que pretende de mí ?

Dafne intentó soltarse de la mano de hierro del extraño soldado, pero le fue imposible. El hombre le retorció el brazo e hizo que se quejara de dolor.

-Estate quieta, maldita. Si no fuera porque te necesito viva para atraer a tu marido.

Los ojos de Dafne estaban a punto de salirse de sus órbitas, no tanto por miedo que también, si no por el tremendo asombro que aquella absurda aseveración le había producido.

-Está usted equivocado –dijo la chica medio desfallecida, harta de forcejear con el hombre y ya próxima a ceder después de varios intentos vanos por soltarse- soy soltera. No sé de donde ha sacado…

-¡Silencio ¡ -la voz del sicario la paralizó de miedo. La muchacha cerró los ojos y temiendo lo peor suplicó sollozante:

-Por favor, déjeme ir, no le delataré ni diré nada. Yo no le hecho nada.

-¡ Cállate maldita ¡ -volvió a gritar el hombre- tus trucos para proteger a ese Mark no te servirán de mucho. Tarde o temprano tendrá que aparecer.

¿ Mark ? Dafne se llevó las manos a los labios y meneó la cabeza incrédula. Jamás en su vida había oído un nombre semejante.

Entonces el hombre sobó la mejilla de la aterrorizada rubia, hundiendo en su piel el cañón de la pistola rematado por un amenazante silenciador y rugió:

-Maldita Candy. Voy a matarte si ese cerdo no aparece….

No llegó a concluir la frase ni concretar su amenaza. Un fuerte puñetazo se estampó contra su rostro. Se tambaleó y parpadeando sorprendido, dejó caer la pistola y se desplomó a los pies de la asustada Dafne que temblaba de miedo sin comprender nada.

34

El asesino terminó por encontrarse con Mark, pero no como esperaba ni en las condiciones idóneas que en un primer momento se había imaginado para meterle otra bala de antimateria en la frente, esta vez, sin errar el blanco. Pero no solamente no llegó a disparar la fatídica bala, si no que ni llegó a percibir la proximidad de su objetivo, hasta que ya fue demasiado tarde. Mark se acercó con un sigilo tal que ni el entrenado asesino fue capaz de detectar nada anómalo a su alrededor. Finalmente, un puñetazo descargado contra su sien izquierda, le noqueó haciendo que cayera al suelo sin sentido. Dafne agradecida y creyendo que era Ivés le abrazó, sin percatarse de que Candy que había abandonado el pabellón al mismo tiempo que ella, pero por salidas diferentes y opuestas, les vio. La muchacha horrorizada empezó a verter sus lágrimas. Creía que Mark había vuelto a las andadas. Podía perdonarle un desliz, pero otro ya no. Aquello era demasiado. Entonces ambos se percataron de que otra enfermera rubia les estaba observando.

Cuando Dafne descubrió que no estaba en los brazos de Ivés si no de un desconocido, que no obstante le había salvado la vida, se avergonzó tanto que escondió la cara entre las manos. Mark reconoció a Candy la cual se apartó de su marido rechazándole y a punto de reprocharle su infidelidad, cuando Ivés se personó finalmente. Tan pronto como Dafne e Ivés se percataron de que Candy y Mark tenía mucho que ver entre sí, más de lo que un encuentro puramente casual, pudiera sugerir en origen, el enojo inicial de Ivés tomando aquella escena, por lo que no era, lo mismo que Candy se fue esfumando. Primero las cosas se aclararon entre Ivés y Dafne, y luego, afortunadamente, entre Mark y Candy, que con las vehementes explicaciones de su esposo, secundado por los testimonios de Dafne, lograron evitar una ruptura entre ambos. Entonces todos ellos le vieron. Un hombre alto, y enjuto, de cara angulosa y surcada por cicatrices yacía inconsciente en el suelo, aunque un confuso quejido de dolor, indicaba que pronto recobraría el conocimiento. Dafne miró a Candy con disimulo y entonces entendió en parte porque el asesino la había llamado de aquella manera. Existía un leve parecido entre ambas muchachas, no demasiado exacto, pero suficiente como para que con la oscuridad reinante, confundiera a Dafne con Candy, más que nada por el color de sus cabellos.

35

Poco después de que todo quedara aclarado y el malentendido inicial entre Mark y Candy, quedara reducido a una mera anécdota, la muchacha a la que el asesino había confundido con su esposa, le dio las gracias. Dafne miró a Mark agradecida porque la hubiera salvado la vida.

-No sabría explicarte porqué ese hombre –dijo observando de soslayo al hombre que permanecía fuertemente atado y amordazado mostrando un aspecto inofensivo- tenía planeado acabar conmigo. Nunca antes le había visto, quizás me confundiera con otro –mintió Mark- pero no te preocupes –le explicó a la muchacha- no volveréis a verle nunca más. Ivés y tú podéis estar tranquilos.

Dafne notaba algo vagamente familiar en aquellos ojos oscuros y en los cabellos largos y negros como ala de cuervo. Juraría que, le había visto antes, en otro lugar, en otro momento muy concreto de su vida, pero aquello era absurdo. Nunca antes había coincido con Mark ni tenido la más mínima relación con él de ningún tipo, y sin embargo su rostro y su aspecto le sonaban, aunque no podía afirmar exactamente porqué. Un nombre acudió a su mente. "Dylan" –se dijo arrugando la nariz y desplegando los labios. Realizó un movimiento de negación con la cabeza, sacudiendo los rizos rubios y haciendo un gesto con la mano derecha. Ive ´s la contempló sorprendido y le preguntó atrayéndola hacia si y besándola en el cabello.

-¿ Te ocurre algo querida ?

-No, no es nada –refirió ella, preguntándose así misma, de donde le había venido ese nombre. Por más memoria que intentó realizar, no fue capaz de relacionarlo con nada conocido.

36

Haltoran interrogó al hombre enviado para acabar con la vida de Mark. Estaban en un pequeño cuarto de gruesas paredes que absorberían los gritos de su prisionero, en caso de que tuviera que recurrir a la tortura. Haltoran deploraba tener que hacer daño, pero aquel bastardo había intentado matar a Mark, mezclándose en la confusión de un contraataque alemán, aquella aciaga y fatídica noche en que parecía que las nubes descargaban todo el agua habida y por haber, sobre la masa humana que se estaba matando de forma inmisericorde por unos kilómetros de terreno embarrado y lleno de cadáveres, podedumbre y sufrimiento.

Se decía que en el Somme habían muerto más de un millón de hombres, entre alemanes, franceses y británicos. Haltoran pensó en Candy, en como había intentado detener aquella carnicería que por cerca de tres años había asolado Europa y buena parte del mundo. Evocó a la hermana María, en como le había preguntado si sería posible modificar el curso de la Historia para acabar con la carnicería y ante su falta de respuestas y continuas evasivas, Candy por un motivo u otro se había ofrecido para intentar darle una oportunidad a la paz.

-Sólo que la paz, fue la de los cementerios –dijo Haltoran desabridamente momentos antes de encaminarse hacia el pequeño cuarto donde el asesino aguardaba cautivo, fuertemente atado, probablemente pensando en que no podría esperar ninguna clemencia por parte de aquella gente. Haltoran no reparó que Candy estaba a su lado y le observó extrañada, preguntándole que había querido decir.

Sonrió. La observó brevemente. Los ojos verdes de ambos amigos se encontraron por unos instantes y el ex soldado le aclaró, ligeramente sorprendido de que hubiera hablado en voz alta expresando sus pensamientos.

-Nada Candy. Estaba pensando en el momento en que intentamos de buena fe, prevenir o por lo menos frenar, esta maldita guerra, pero el resultado –declaró Haltoran mientras apretaba sus puños en torno a la hebilla de su cinturón- fue un fracaso. Fue peor el remedio que la enfermedad.

Candy le contempló con afabilidad y ternura. Sin saber porqué extendió la mano derecha cuya blancura rivalizaba con la manga de su impoluto uniforme de enfermera y le rozó la mejilla. La muchacha aun seguía recordando el momento en que el joven se le declaró de forma involuntaria, curiosamente en la Colina de Pony un atardecer soleado, en que el joven, poco acostumbrado a derramar sus lágrimas desde que sus padres perecieran a manos del infame Norden hubieran hecho que se prometiera firmemente así mismo que nunca más volvería a exteriorizar sus sentimientos, lo cual en parte explicaba su a veces forzado e inusual sentido del humor. Pero conocer a Candy y a Annie, y también la influencia de Eliza, habían contribuido a que aquella promesa de una infancia infeliz e interrumpida, no fuera tan firme como antaño.

-Mi pobre Haltoran –musitó Candy con lástima, casi como si se disculpara- siento no haberte dado una respuesta afirmativa aquel día.

Haltoran se asombró. Candy parecía tener un raro don para conectar con la gente que la rodeaba y averiguar la esencia de sus más intrincados y recónditos pensamientos. Haltoran suspiró. Pensó en la facha que tenía aquel lejano día para efectuar una declaración de amor, con su ajado uniforme de camuflaje de cuando combatía en Cremonia y su enorme arma de asalto en bandolera a la espalda. Era un poco más alto que Candy, pero la diferencia de estatura entre ambos era menos evidente que cuando la muchacha se comparaba con su marido. Vistos desde cierto ángulo casi parecían tener la misma estatura.

-No, Candy, no tienes que disculparte por nada –dijo Haltoran depositando sus manos con delicadeza sobre los hombros de su amiga- y además de aquello queda un buen recuerdo. Yo jamás me convertiré en lo que Albert ahora mismo representa, de eso puedes estar completamente segura.

La muchacha le abrazó con fuerza. Derramó algunas lágrimas, compadecida por su amigo. Pensó que si tal vez le hubiera conocido antes que a Mark quizás las cosas hubieran sido diferentes, o tal vez no. ¿ Acaso una carrera por el corazón de Candy hubiera determinado como vencedor el que antes se hubiera presentado ante ella por vez primera ?

Entonces Candy opinó que no. Puede que si Mark hubiera llegado después, a pesar de una etapa más dilatada de desamor y desencuentros entre ambos, tal y como la clarividencia de su esposo, le había mostrado a este en sueños, finalmente, se hubiera terminado enamorando de él, aunque hubiera costado más tiempo y esfuerzo.

-Eres muy bueno, querido Halt, inmensamente bueno –susurró ella mientras el cabello corto y pelirrojo del joven, se entremezclaba con el suyo formando una maraña de curioso contraste.

-No Candy. Eres tú cuya bondad hace que tengas un corazón de oro. Incluso perdonaste a Eliza y Neil por todo el daño que te hicieron, y por supuesto, a Helen.

-Ellos encontraron su camino a fin de cuentas –dijo Candy entornando los ojos y separándose unos centímetros de su amigo –su senda de bondad que creían perdida para siempre.

En ese momento Mark, que venía de departir conmigo y Carlos, llamó a Haltoran desde la lejanía. Ambos hombres se reunieron para realizar una tarea poco grata y más bien cruel. Haltoran se despidió de ella alzando la mano y pensando que su esposo y él se dirigían a realizar un quehacer rutinario, una especie de ronda de inspección de algunos barracones que formaba parte de la tapadera que ocultaba su verdadero propósito y presencia allí. Candy pensó entonces en nosotros cuatro, en su esposo, en Haltoran, en mi y en el pequeño Carlos. Desde que sacara aquella ingrata impresión del siglo XXI, durante la breve visita que realizó junto a Mark, comprobó gratamente sorprendida que aun en los momentos más duros y aciagos de la Historia, había lugar para la esperanza y para las buenas personas.

-Como vosotros, queridos amigos –dijo en un susurro, pensando incluso en el robot semihumano que ya era un miembro más de su familia.

Aquel cuarteto y sus inventos e ideas imprevisibles habían esparcido tanto bien, como, involuntariamente algunos daños habían provocado a su paso.

37

El interrogatorio fue largo y difícil. Afortunadamente, Haltoran no tuvo que recurrir a la tortura, porque tras un breve y persuasivo diálogo entre sus dos interrogadores, Mark y él, y el asesino, el hombre decidió que lo más oportuno era contarlo todo. Total, allá de donde provenía no podía regresar, porque sería inmediatamente eliminado por fallar estrepitosamente en su misión y por otro, no tenía mejores opciones. Contempló los ojos oscuros y amenazantes del hombre al que casi había conseguido matar, de no ser porque un cúmulo de circunstancias extraordinarias, le habían concedido una segunda oportunidad. El secuaz sería entregado a la policía militar bajo la acusación de espionaje y varios soldados proporcionarían los testimonios y pruebas necesarias para incriminarle. En un primer momento, alguien propuso colgarle de una soga por haber intentado dañar a Candy, pero finalmente prevaleció el sentido común, no porque tuvieran reparos en eliminarle, si no porque lo necesitaban con vida para obtener información y determinar la autoría de los extraños ataques que venían sufriendo desde tiempo atrás. Por un momento, Mark, llegó a imaginar que aquello era obra de Albert, pero quedó completamente descartado. Era curioso –se dijo Haltoran mientras ofrecía a su prisionero una escudilla de sopa y una jarra de agua, de la que comió y bebió ávidamente. Los soldados se habían enterado casi al momento, del breve secuestro de una muchacha a la que el asesino confundió con Candy en la oscuridad, debido a sus cabellos similares y querían enseñarse con el cautivo, no porque hubiera intentado herir a un ángel blanco en sí, que también, si no porque la intencionalidad de aquel hombre de rostro surcado de cicatrices y marcas de viruela, remarcado por unos cabellos largos y grasientos, no era dañar a Dafne si no utilizar a Candy como señuelo para Mark.

Por otra parte, poco les importaba que hubieran herido o casi acabado con la vida de un oficial, bajo cuya identidad falsa se escondía la de un hombre cuya misión era orientar aquella guerra hacia una victoriosa conclusión para los aliados, junto con sus compañeros. Cientos si no miles de hombres caían todos los días en combate, en cualquier punto del largo y peligroso frente occidental como para lamentar el fallecimiento de un oficial o un soldado concretos. Lo de los ángeles blancos, como así llamaban a las enfermeras, era harina de otro costal.

El hombre contó todo lo que sabía y fue entregado a la policía militar. Habíamos llegado a una especie de acuerdo a tres bandas entre nuestro prisionero y Howard. Aunque Mark tenía deseos de ajustarle las cuentas porque casi había dejado viuda a Candy, Haltoran que era hombre de palabra le disuadió no sin dificultad.

Sería encarcelado por espionaje en una penitenciaría de Norteamérica por un largo pero no indefinido de tiempo, donde después de recobrar la libertad, en su momento, iniciaría una nueva vida, bajo otra identidad. Cuando contempló a Mark bajó la cabeza y dijo quedamente:

-No es que justifique lo que te hice, ni me sienta orgulloso de aquello –dijo procurando evitar mirarle a los oscuros ojos que le contemplaban con reproche- pero tenían a mi familia vigilada y amenazaron con matarla si no obedecía. Afortunadamente, un miembro del FLM, infiltrado pudo liberarles y ponerlos a salvo.

Mostró a Mark una fotografía de una joven de cabellos castaños y cuyas puntas se doblaban hacia arriba, junto con dos pequeños, niño y niña, que reían entre sus padres que tomados de la mano sonreían a la cámara.

-No espero que me perdones ni que me entiendas, pero –dijo recogiendo la foto que Mark le devolvió nuevamente- no tuve otro remedio.

Mark asintió levemente. Si a él le hubieran puesto en esa tesitura de elegir entre Candy y sus convicciones morales, seguramente habría sacrificado las segundas por la primera.

-Te entiendo –dijo el joven evocando el bello rostro de su esposa- en tu lugar, quizás yo hubiera hecho lo mismo.

Insólitamente se estrecharon la mano ante la mirada satisfecha de Haltoran. Víctima y verdugo se saludaron cortésmente, aunque en caso de no haberle cogido con la guardia baja, posiblemente el que lo hubiera pasado muy mal habría sido el hombre de la cara cubierta de heridas y señales de viruela, con su pelo grasiento enmarcando su rostro, en vez de Mark.

-Créeme, nunca quise matar a nadie, pero me entrenaron para hacerlo y esos bastardos son capaces de hacer lo que sea, con tal de que su enloquecido líder pueda algún día reunir a todo el planeta bajo su trono, ja, -dijo con una inflexión amarga en la voz- querrá decir bajo su bota opresora.

38

Faltaban pocos días para la contraofensiva aliada. El hombre fue finalmente tal y como se acordó, puesto bajo jurisdicción aliada y trasladado a Norteamérica donde sería juzgado y condenado a algunos años de cárcel, aunque se organizaría el traslado de su familia en secreto, para que pudiera reunirse con ellos, emprendiendo una nueva vida, bajo identidad falsa. Afortunadamente, el vengativo y brillante científico no tenía recursos suficientes como para enviar a otro asesino en el tiempo y asuntos más importantes y delicados, reclamaban su atención.

Confiaba en que Ettiene Colbert tuviera todo a punto y listo para el momento en que los alemanes atacaran apoyados por los nuevos carros de combate, más mortíferos y poderosos que las chatarras rodantes que se movían penosa y pesadamente, por los torturados campos de batalla de Francia. Todo iría bien, hasta que una cuenta atrás retardada, que se había iniciado a partir del momento en que yo y Carlos tuvimos que abandonar precipitadamente la relativa comodidad del siglo XXI, y que había inducido pulsando un botón disimulado en mi mesa de caoba que pronto dejaría de pertenecerme, como cuanto me rodeaba, al llegar a cero destrozó con fuertes explosiones, las instalaciones de extracción de iridium y, lo más importante, como consecuencia de ello, la práctica anulación de cualquier posibilidad de viajar en el tiempo.

Aun no habían llegado los días, en que uno de sus fieles colaboradores le abandonaría para buscarse un plácido retiro más cómodo, negociado con las nuevas autoridades de una ciudad renacentista a cambio de su lealtad y la de sus hombres, y las vidas de dos importantes hombres del gobierno derrocado. Sus otro lugarteniente, prácticamente ebrio y tambaleante por el trasiego de alcohol, debido a su incapacidad para apagar las llamas de una incipiente rebelión en Centro Europa con su brutalidad y sadismo que fueron como gasolina para las mismas, la acrecentaron dando lugar al principio del fin del Imperio Negro, extendiendo las llamas de la libertad, de un pequeño conflicto localizado en los Cárpatos, a un gran levantamiento, a escala planetaria. Pero eso por el momento, sería otra historia.

39

Terry Grandschester caminaba ya con la ayuda de una muleta, que cada vez iba necesitando menos, a medida que su pierna herida mejoraba. Era amigo de Albert Andrew y pensó horrorizado en el desmejorado y poco conveniente aspecto que presentaba desde hacía meses, apestando a alcohol, sin peinar, con barba de varios días, semanas llegaría a decir Terry en su opinión y con aquella permanente obsesión por Candy, cuyo retrato que había hecho pintar especialmente para ella por un afamado artista, colgaba sobre la chimenea, junto al retrato de Eleonor Baker una bella y prominente actriz dramática, que de no ser por el imprevisto giro de los acontecimientos impuestos por Mark, muchas veces de forma totalmente involuntaria, se habría convertido en su madre. Pero ahora, solo era para él una actriz muy conocida, de reconocido talento, y poco más y por caprichos del azar, inducidos inadvertidamente por un viajero del tiempo, la hermanastra de Albert Andrew, y madre natural de Candy.

Terry había visitado a Albert poco antes de que se enrolara como voluntario y como consecuencia de ello, fuera llamado a filas. Este último también había intentado enrolarse en las Fuerza Expedicionaria Americana, pero había sido rechazado siendo declarado no apto para el servicio, debido a su pronunciada y acusada tendencia hacia la embriaguez, que podría haber sido muy problemática y sobre todo perjudicial, en mitad del fuego cruzado de una batalla para sus propios compañeros. Un soldado depresivo, borracho o inconsciente podía provocar muchas bajas y pérdidas de vidas humanas innecesarias, si no tenía el debido aplomo y voluntad férrea para soportar, una de las circunstancias más atroces que puede poner a dura prueba, la cordura y el razonamiento de un ser humano: la guerra.

Por eso, lo que al principio no se tenía en cuenta por parte de los servicios médicos aliados, con el tiempo fue un poderoso condicionante, a medida que la guerra iba avanzando, para admitir o descartar a un hombre como apto para el servicio. Al comienzo de la guerra lo que primaba era llevar al frente la mayor cantidad de hombres posibles, para suplir las bajas de los que caían en una incesante y loca carrera de ambos bandos, para ver cuantos hombres podían matar más y mejor, en dura pugna. Pero como luego, se comprobó que las pérdidas humanas eran excesivas, incluso para los propios generales a los que poco les importaba la voracidad de la guerra, que se tragaba incesantemente lo mejor de una generación, tal vez dos, condenando a aquellos vigorosos e ilusionados jóvenes, que inocentemente habían creído, muchos de ellos las promesas de sus autoridades, a un horrible final, en la mayoría de los casos.

Por ello, se introdujeron condicionamientos e impedimentos que redujera aunque mínimamente la sangría humana que todos los días, ponía al día, su siniestra contabilidad en todo el frente occidental.

40

Albert estaba muy lejos de ser el joven alegre y bondadoso que conociera Candy en sus mejores momentos y que fue su protector durante tanto tiempo.

-Tiempo –se lamentaba cada vez que oía esa palabra, porque inevitablemente le remitía a Mark y a su maldito recuerdo.

-Tiempo –sonrió ladinamente mientras enfundado en su bata de seda con repujados adornados de filo hilo de oro, en el despacho de trabajo que luego pertenecería a Mark, junto con toda la responsabilidad que le conllevaría dirigir la familia Andrew por el buen camino, se servía la enésima copa de whisky, mientras Terry intentaba disuadirle de que no bebiera más. Pero Albert apuró la copa y luego se sirvió otra, y otra y otra más sin ni tan siquiera, contestarle o mirarle.

Dejándolo por imposible, Terry terminó por marcharse amargado y abandonándole entre sus negras y obsesivas cavilaciones. Si Albert no hubiera sido encarcelado por sus varios delitos y hubiera continuado al frente de los destinos de los Andrew, siendo por tanto apartado de su mandato al frente de la familia como patriarca de la misma, su caída por la pendiente hasta convertirle en alguien que no sería ya ni la sombra de si mismo, habría arrastrado a la familia Andrew a la bancarrota a partir del crack del 29, cosa que Mark evitaría con mi asistencia en los negocios y la ayuda de Haltoran, guiando con mano firme el timón de la nave de los Andrew, a través del embravecido y enfurecido mar de la crisis, salvando así a la familia Andrew de la quiebra y su ocaso subsiguiente. Mark dormitaba aun en el despacho sobre la montaña de papeles por resolver que le servían de improvisada almohada y soñando precisamente con esos acontecimientos.

FIN DE LA QUINTA PARTE