PASION OBSESIVA,

8º PARTE

1

La criada gimió asustada. Un par de hombres habían intentado apuñalarla, hiriéndola en el brazo derecho y le había inferido una herida en la pierna izquierda, que sangraba abundantemente. La muchacha, una joven de cabellos castaños, grandes ojos de color miel y expresión infantil no entendía porque pretendían matarla, aunque aquellos rufianes habían mencionado las expresiones "venganza personal" y "escarmiento". La sirvienta continuó huyendo, gritando y pidiendo ayuda pero nadie acudía en su auxilio. El palacete de los Legan estaba vacío porque Tom y su esposa Eliza se había marchado con su hija a una fiesta organizada en el rancho del padre de Tom, para festejar el séptimo cumpleaños de la niña, que sería celebrado en la mansión de los Legan al día siguiente. A Tom le hubiera gustado que su padre se hubiera desplazado a la mansión de sus suegros para una vez reunidos todos, festejar el cumpleaños de Candy, a la que habían llamado así en homenaje a su amiga, pero el señor Catwray estaba ya muy mayor y debido a sus achaques, y expreso consejo de su médico, cuantos menos desplazamientos realizara mejor, pero como deseaba que su nieta le visitara, finalmente, tras una larga deliberación y casi pugna con su mujer, Tom había convencido a Eliza de que finalmente se desplazaran al rancho de su padre para llevar a cabo la celebración.

-Vamos, Eliza –le dijo su esposo con voz apaciguadora- dentro de dos días haremos la fiesta de Candy en casa de tus padres, te lo prometo –le dijo besándola en la caballera rematada en aparatosos bucles, que aun continuaba peinando en aquella manera.

Eliza suspiró y finalmente dio su brazo a torcer. Deseaba estar con su familia a la que hacía unos meses que no veía, aunque mantenía largas conferencias telefónicas con su madre y su padre, todos los días. Neil había confirmado su asistencia a la fiesta, y había logrado encontrar un hueco entre sus compromisos laborales. Ahora estaba trabajando para un influyente bufete de abogados y se había convertido en un profesional de renombre. Animado por las constantes exhortaciones de su primo Archie para que siguiera la carrera judicial, decidió hacer caso a sus requerimientos, después de comprobar que el trabajo de oficina en la empresa de patentes e inventos que su padre fundara con el antiguo novio de su hermana, Haltoran en largas y aburridas jornadas, pese a la comodidad de su despacho y el mullido sillón que presidía su imponente despacho no era lo suyo. Siempre había guardado un buen recuerdo del joven pelirrojo de ojos verdes con el que mantenía una excelente relación, no solo porque hubiera sido novio de su hermana, sino porque le salvó la vida, después de que él, a modo de redención o porque su miserable existencia se deslizaba a un cenagoso pozo sin salida, a su vez, salvara la de Candy cuando fuera atacada por aquellos maleantes. Candy. Neil recordó como había mantenido una loca pasión por la muchacha, que finalmente se transformó en un cariño filial muy intenso una vez que la joven le perdonara por sus muchos desmanes.

Mark y Haltoran habían redimido sus vidas, o por lo menos, inconscientemente las habían reconducido alejándolas de la senda de autodestrucción que ambos hermanos habían emprendido. Sin embargo, por un corto y breve periodo de tiempo, ambos, Eliza y Neil habían estado coqueteando con un ritmo de vida desenfrenado y prohibido, que ahora empezaba a pasarles factura. Tan pronto como el automóvil que Tom conducía en dirección al rancho de su padre, y al que acompañaba su esposa y su pequeña hija, que observaba alborozada el paisaje, algunas sombras de ese ominoso pasado empezaban a aflorar nuevamente. Dos malhechores saltaron la tapia del palacete y escogieron como víctima a una criada muy joven, una adolescente prácticamente que sería la advertencia ideal para Eliza de que esos negros nubarrones habían retornado a su vida.

2

Primero le dejarían una serie de advertencias, y luego, si no respondían a las mismas, correspondiendo a los deseos de su jefe, la cosa iría a peor. Tal vez, sus padres, quizás su marido Tom, o su hija Candy, pero tarde o temprano, Eliza Legan terminaría por pagar el desaire que había realizado a Buzzy Jonson un delincuente de la más baja estofa y peor ralea. Por eso, aquella infeliz y desdichada muchacha estaba pagando las consecuencias de las irreflexivas acciones de su joven señora, hasta que algunos hombres procedentes de otro tiempo encarrilaron sus vidas, aunque de forma indirecta. Clara, que era el nombre de la sirvienta huía de ambos hombres, que cual depredadores hambrientos, la habían asaltado emergiendo de los arbustos en los que se habían escondido y cuyo objetivo no era otro más que realizar el daño más contundente posible y que constituyera una clara y seria advertencia de que con Buzzy Jonson no se jugaba. Clara había podido esquivar las acometidas de ambos hombres a duras penas, pero no logró evitar que sus cuchillos le rasgasen la carne de un brazo y una pierna. La muchacha chillando y pidiendo ayuda había arribado a las inmediaciones de la piscina que Tom había mandado construir hacía menos de un año. La muchacha intentó acceder a la mansión para pedir ayuda, pero uno de sus perseguidores la dio alcance tomándola por el cuello. El hombre la abofeteó y se dispuso a hundir el puñal en el pecho de la pobre muchacha, que suplicaba desesperadamente que la dejasen libre y se llevasen cuanto quisiera, tomándoles por unos ladrones, cuando unos pasos les interrumpieron. Los pasos pertenecían a mí, que me había llegado hasta la mansión de mi "sobrina" para traerle el correspondiente regalo de mi parte y que consistía en un enorme oso de peluche. Cuando los dos secuaces me descubrieron se miraron un instante y el más bajo, con un largo bigote y facciones salvajes bajo su gorra a cuadro gritó a su compañero:

-Mátale. Lo ha visto todo.

Pero no iba a ser una presa fácil. Nunca había sido muy dado a la lucha , ni era un hombre de acción propiamente dicho, pero sin saber muy bien si estaba en mis cabales o los había perdido por el camino me lancé contra el rufián que tenía atenazada a la joven sirvienta, aunque su compiche me placó con manos de hierro. Forcejeé con él. Noté como sus dedos de hierro me aferraban la garganta, y sentí que todo se volvía negro, cuando de repente un resplandor ígneo se formaba ante nuestros asombrados ojos. Mi agresor se detuvo en seco y miró hacia una forma gigantesca que se estaba materializando ante nuestros ojos. Poco después un coloso metálico de dos metros de altura y tonelada y media de peso, que había salido de su invisibilidad avanzó hacia nosotros.

-No, no puedo creerlo –decía el asaltante al contemplar a Mermadón.

Aproveché la distracción del hombre que me había atacado, corpulento y con rostro rubicundo que al igual que el más bajo llevaba una gorra pero de color negro y me zafé de él, para avanzar hacia el que sostenía a la criada entre sus dedos. El otro, recuperado del pasmo de ver aparecer a Mermadon delante de sus narices, volvió a acordarse de mí e intentó agarrarme, pero Mermadón, al que Haltoran había realizado algunos sutiles retoques en su programación le bloqueó el paso moviéndose con una rapidez que desmentía su aspecto tosco y voluminoso, y sus ademanes lentos y cadenciosos. El rufián intentó esquivarle, pero terminó por golpearse contra el muro de acero y kevlar que Mermadon representaba. El robot le asió con su mano derecha y le lanzó contra un árbol porque se disponía a lanzar su cuchillo sobre mí, que mientras corría como un poseso contra el más bajo. El más corpulento quedó inconsciente después de que su cabeza colisionara contra el tronco de un abedul que crecía en una de las esquinas junto a la fachada norte del palacete. Mermadon pareció horrorizarse, pero cuando revisó las directrices de su programación, pareció sentirse aliviado al verificar que podía ejercer la violencia, para aplacar otra mayor, aunque siempre que fuera sin consecuencias fatales. Había calculado la fuerza del impacto y la trayectoria del hombre de forma que le dejase sin sentido, pero con vida.

-Mermadón, vigila a ese cerdo –grité mientras me lanzaba contra su compiche.

El delincuente, entorpecido por el cuerpo de Clara la propinó un empellón que la dirigió contra mí. La muchacha tropezó conmigo, debido al empellón que el hombre que la retenía entre sus brazos la propinó, y me hizo rodar por tierra, con la evidente intención de distraerme, cosa que el rufián logró. Esgrimió su arma y se lanzó contra ambos. Clara chillaba de miedo pero sin hacer caso de sus histéricos gritos, y recordando algunas de las lecciones de defensa personal que Haltoran había intentado inculcarme sin éxito, me agaché justo cuando mi enemigo iba a asestarme una puñalada e irguiéndome de repente, con tal rapidez que hasta mí mismo me sorprendió le propiné un puñetazo tan fuerte en la barbilla que le partí varios dientes y le hice caer hacia atrás.

3

Tenía miedo, mucho miedo, pero mi intención de luchar fue superior a mi indecisión y vacilante actitud. Pero cometí un error fatal. Hay un viejo proverbio oriental que cita textualmente que después de la victoria, conviene ajustarse la armadura y las correas y cinchas de la mía estaban completamente desabrochadas. Me relajé y bajando la guardia, me dirigí a la aterrada sirvienta que solo acertaba a balbucear algunas palabras inconexas, mientras permanecía semisentada en la hierba, contemplándose las heridas que los dos malditos atacantes le habían inflingido. Afortunadamente tenían más de aparatosas que de graves, porque no eran cortes muy profundos y sanarían sin dejar el menor rastro, si acaso unas pequeñas y prácticamente invisibles cicatrices. Me dirigía hacia la muchacha cuando el hombre al que había noqueado o creído noquear, con más suerte que acierto, se levantó de improviso e intentó atacarme por la espalda. Clara reaccionó entonces gritando una advertencia que partió de sus labios sellados por el tremendo impacto emocional sufrido y traté de apartarme pero mi enemigo fue más rápido, y me habría matado de no ser porque algo más rápido y mortífero que un ser humano se interpuso entre mí y el malhechor. Mermadon se situó entre ambos corriendo y braceando cómicamente para tratar de evitar que me apuñalasen. De no estar inmersos en una situación tan dramática y horrible como aquella, de resultas que me habría reído de buena gana, porque era un espectáculo digno de ver, como Mermadon con toda su buena voluntad intentaba defenderme. Pese a sus dos toneladas de peso, el iridium, a corta distancia le proporcionaba una rapidez considerable para un robot de su tamaño y peso y consiguió protegerme con su cuerpo. Esta vez, el hombre que había intentado acabar con la criada y posteriormente conmigo, se propinó tan golpe en la frente contra el torso metálico de Mermadon, que se desplomó fulminado. En un primer momento temimos que hubiera muerto, pero el hombre se agitó levemente antes de perder completamente el sentido. Su gorra rodó por tierra revelando su cráneo brillante con una cabellera que le raleaba por la coronilla y que dejaba entrever una calva que ocupaba la mitad superior de su cabeza. Era bajo y sus largos bigotes le cubrían buena parte de las mejillas. Nunca había visto semejante profusión de vello facial en hombre alguno. Respiré aliviado e inmediatamente, ordené a Mermadón que examinara las heridas de la sirvienta. La chica, pese a que había presenciado en todo momento, nuestras intenciones de auxiliarla y ayudarla, quizás debido a la fuerte impresión recibida debió creer en su trastocada percepción de la realidad, que intentábamos culminar la labor de los despreciables sicarios que permanecían inconscientes y a los que había desarmado, revisando sus cuerpos, por si portaban alguna otra arma escondida, pero no hallé nada. Tan seguros estaban de su éxito que afortunadamente, si se puede considerar así, solo portaban armas blancas de grandes dimensiones y estaban inconscientes. Cuando Mermadon se acercó cuidadosamente a Clara esta retrocedió asustada. Y no era para menos. Suspiré. El oso de peluche que traía a Candy, la hija de mi "sobrina" Eliza, había caído a tierra durante la refriega y se encontraba en condiciones muy maltrechas y casi se podía afirmar que había salido peor parado que yo. El simpático peluche presentaba grandes calvas y desgarrones porque aquellos sujetos le habían pisoteado inadvertidamente, haciendo que su ojo de cristal derecho saltara y mostrando una cuenca negra y vacía. Los brillantes colores estaban eclipsados por una capa de barro y suciedad que las botas de los asaltantes habían dejado en su fino pelaje, el cual a su vez estaba apelmazado por el cieno que ambos trajeran en las suelas de su calzado. Había llovido recientemente y ambos hombres, optaron por atravesar un denso bosque que rodeaba al palacete por su lado norte y oeste., aparte que cruzar la frondosa maleza suponía un rodeo mayor, pero estaban seguros de que de esa manera, por otra parte cogerían desprevenidos a los habitantes de la casa, que seguramente no se esperaban algo así, ya que la vegetación impediría con toda seguridad que fueran localizados tan fácilmente que si se hubieran introducido en la finca, por su cara sur o este. La floresta estaba atravesada de norte a sur, por un riachuelo que se había enlodado por efecto de unas recientes y repentinas lluvias que cesaron poco antes de que los malencarados personajes se hubieran internado en el bosque y atravesado el pequeño curso de agua. Esa era la razón por la que su calzado estaba perdido de barro y mugre.

4

-Tranquilízate por favor –declaré empleando el tono de voz más dulce que fui capaz de adoptar- no te haremos daño. De hecho, Mermadón puede curar tus heridas –dije no estando plenamente convencido de lo que estaba declarando, no porque lo que había referido a la muchacha fuese mentira, si no porque no estaba seguro de que el servicio doméstico de la mansión de Eliza y Tom, supieran de la existencia del coloso metálico. Después de tantos años en que la muchacha, convertida en una amante madre y una solícita esposa, aparte de una distinguida dama a la que literalmente, se la rifaban los más selectos ambientes de la alta sociedad de Chicago y alrededores me había llamado afectuosamente tío, de facto se había convertido en mi sobrina, cosa que no me desagradaba, sino todo lo contrario. Y hasta Helen, en un principio reacia a que su hija congeniara con tanta cordialidad conmigo, hubo de aceptarlo por fin, debido a que su obstinada hija me había tomado especial predilección.

Sabía por terceras personas que tanto Eliza como su hermano Neil habían llevado una existencia un tanto disipada y regalada y cuyo alto nivel de vida podían mantener y costearse, gracias a la fortuna familiar y a su poder adquisitivo inferido de dicha salvaguarda familiar. Evidentemente, no tenía la más mínima intención de indagar en los pormenores más íntimos y celosamente ocultos, de los Legan, que a la sazón se habían convertido en mi familia de acogida, pero finalmente decidí confirmar la veracidad de tales habladurías solo para tranquilizarme a mí mismo de que aquellas excelentes personas, respondían a la imagen que me había hecho de ellas. Quizás fuera un sentimiento egoísta, quizás no tenía derecho a cuestionarme nada o dar lecciones de moralidad, pero una vez que me puse manos a la obra, opté por llegar hasta el final.

Contraté algunos detectives privados a los que gratifiqué con sumas adicionales añadidas a sus honorarios, si además de un servicio rápido y efectivo, me garantizaban absoluta discreción en todos loa aspectos. Cuando tuve entre mis manos el dossier con los informes relativos, a los hijos de Ernest y Helen, para mi pesar, confirmé mis peores temores. Por lo que decidí destruir los comprometedores informes arrojándolos al fuego y atizando las cenizas pese a que ya estábamos en primavera una vez que me encerré en la relativa seguridad de mis aposentos privados situados en la segunda planta de la mansión Legan, muy cercanos a las habitaciones de Mark y de Candy.

Lógicamente tuve que ser muy discreto y reunirme siempre con los investigadores en lugares muy secretos y alejados de la sagacidad de Eliza, que no paraba en aquella época de reclamarme ya fuera para ir de compras, contarme alguna confidencia amorosa en torno a ella y Haltoran primero y más delante de Tom, o preguntarme mi opinión acerca de que vestido le iría mejor para tal o cual fiesta.

Por lo que logré averiguar tratando de despertar las menores sospechas posibles de que estaba husmeando en las vidas privadas, de los primogénitos de mi valedor y buen amigo Ernest, de no haber cambiado radicalmente de mentalidad y de vida, seguramente, ambos hermanos hubieran terminado por ser arrastrados fatal e ineluctablemente por la fatalidad que como una espada de Damocles empezaba a pender peligrosamente sobre sus cabezas, amenazando con precipitarse sobre ambos.

5

Mi mente volvió de las profundidades de mis reflexiones, cuando de repente escuchamos un chirriar de neumáticos en el exterior de la mansión. Me puse tenso asustando aun más a la bella criada cuyo miedo había impedido aun que pudiéramos tratar sus heridas. Me extrañaba que no hubiera nadie más en la mansión aparte de la joven criada, aunque no tardé en hallar la respuesta al recordar como en una conversación que había mantenido con Eliza la semana anterior por teléfono me comentó que habían dado vacaciones a los sirvientes y que solo quedarían en la finca los ancianos guardeses que permanecieron totalmente ignorantes de la agresión y Clara que había sido contratada recientemente para ir preparando el terreno de cara al próximo e inminente retorno de sus compañeros a los que aun no conocía. Clara traía excelentes referencias y había sido contratada por Eliza una semana antes de la desagradable y macabra visita de los dos malhechores. Eliza se había portado muy bien con la chica y su tradicional y casi legendario desprecio y orgullo se habían atemperado y suavizado desde que Haltoran la conociera, viviendo ambos un breve pero intenso romance. Otro tanto se podía decir de Neil que redimido por sus intentos de salvar a Candy cuando la escudó con su cuerpo, tras arrojarse con ella al vacío para protegerla de unos ladrones, había experimentado, al igual que su hermana una profunda transformación interior. Pero la verdadera catarsis llegó cuando una serie de hechos fortuitos en los que participaron Mark y Haltoran de forma inadvertida y sin saber lo que habían desencadenado entre ambos, alejó a Susan Marlow de Terry Grandchester desviándola del camino que les habría reunido con trágicos resultados para el joven actor, pero sobre todo para Candy para situarla en la vida del díscolo y caprichoso joven de buena familia. Susan después de un breve idilio con Mark y tras su frustrado intento de suicidio por medio del que trató de llamar la atención de su antiguo amante, se dio cuenta de que amaba a Neil profundamente. El nacimiento de su hijo Clark contribuyó a que su amor terminara finalmente por consolidarse. Con el paso de los años, la endeble y frágil constitución de Neil Legan se había transformado en la de un hombre robusto y bien parecido que a cada día que pasaba, enamoraba más y más a su esposa Susan que nunca más volvió a cuestionar el profundo lazo que le vinculaba a Neil. De no haber sido por todos aquellos factores, Neil se habría transformado en un trágico y patético toxicómano que no habría sido ni sombra de lo que fue. En cuanto a Eliza, el hecho de que se enamorase de Haltoran a primera vista, cortó de raiz el peligroso sesgo que sus correrías con diversos hombres y no siempre de buena reputación o impecables modales, estaban confiriendo a su vida. Como ya ocurriera con su hermano, de no ser por la irrupción en el horizonte de su vida, de aquel descarado y atrevido joven de ojos verdes y cabellos pelirrojos con sus ademanes ampulosos y decididos, se habría transformado en una cortesana dispuesta a venderse al mejor postor. No sé si Helen era consciente o no de ello, pero estaba convencido de que aunque jamás hablaba de ello, Ernest había tomado conciencia que de no ser por aquellos cuatro hombres, a los que más tarde se agregaría un corpulento y anacrónico robot, que en sucesivas etapas arribaron a su hogar en busca de asilo y protección, -sobre todo en el caso de Mark y Candy, cuando mi amigo tuvo que cometer aquella atrocidad para defender el honor de su esposa- el destino de su familia habría sido muy diferente aparte de especialmente trágico.

6

El Hispano Suiza K6 de color azul pálido había estacionado delante de la cancela del palacete con un chirriar de neumáticos sobre la grava. Haltoran saltó del vehículo sin abrir la portezuela, gesto que disgustaba a su suegra Sarah Brighten, divertía al esposo de esta y hacía que Annie agitara la cabeza perpleja, incapaz de entender que su marido se comportara a aquellas alturas de su vida, como un crío. Haltoran que había sido acompañado por Annie, pese a los intentos del joven por disuadirla de que le siguiera, ganó rápidamente las inmediaciones de la verja metálica y reclamó insistentemente nuestra atención tan pronto, como nos reconoció a mí y a su creación y viceversa.

-Maikel, Maikel, abre la puerta por favor –me espetó Haltoran repentinamente, haciendo que Clara temblara nuevamente –hemos venido tan pronto como nos hemos enterado de lo que os ha pasado.

-No temas –le dije acariciando levemente sus cabellos y ganándome su confianza poco a poco- es amigo mío. Ha venido a ayudarnos.

En eso estaba seguro, aunque de repente di un respingo porque no había reparado de qué manera había logrado saber lo que nos había sucedido tan pronto. Haltoran que leía en los semblantes de las personas que tuviese en frente suyo, como si fueran un libro abierto, especialmente en mi caso, adivinó mi sorpresa y me aclaró de que manera se había puesto al corriente tan rápidamente de todo:

-Mermadon me avisó por una frecuencia secreta tan pronto como tuvo ocasión de hacerlo.

Entonces escuchamos unos débiles y apagados jadeos. Como siempre, Annie no podía resistir el elevado y veloz ritmo de marcha de su marido y se había agotado corriendo en pos de él, debido a que no estaba tan habituada al ejercicio físico como Candy, aunque finalmente, animada por Haltoran y Candy había empezado a practicar algunos deportes. La joven llegó hasta la cancela agarrándose a los barrotes mientras sus hombros se agitaban al ritmo de su frenética y entrecortada respiración.

-Haltoran…siempre me haces lo mismo –protestó la chica contrariada- sabes que no puedo correr tan rápido como tú.

Haltoran la abrazó besándola en los cabellos negros que había adornado con una flor y que ceñía con su característica cinta roja.

-Perdóname pequeña dama –dijo sonriente aun en medio de la dramática situación- pero me he adelantado al saber que Maikel podía estar en peligro.

Annie lanzó un largo suspiro y se sacudió ligeramente el vestido de satén azul, cuyos dobladillos habían sido ligeramente impregnados de barro. La muchacha lanzó una exclamación de sorpresa y contrariedad y se quejó mientras entre Mermadón y yo empujábamos los batientes de la verja, para franquear la entrada al matrimonio:

-Primero me traes hasta aquí a una velocidad tremenda. He estado a punto de marearme por tu forma de conducir y ahora, para colmo me mancho el vestido de barro –dijo con voz débil, señal de que estaba dándose cuenta de sus fútiles y banales quejas fuera de lugar, y que pronto, por lo tanto nos pediría disculpas, aunque Haltoran no las aceptaría, porque sabía que Annie jamás tenía mala intención y a diferencia de otras personas criadas entre oropeles, su carácter no se había tornado ni caprichoso ni mimado, muy al contrario. Seguía siendo la muchacha dulce y tranquila que aunque había ganado en seguridad y aplomo, continuaba conservando su congénita timidez, que tanto prendara a Haltoran durante la primera y peculiar vez en que ambos se conocieron.

Poco después llegarían Mark y Candy, a los que Mermadon había avisado igualmente. Suponía que Mark se habría deshecho del comunicador pero como tendría ocasión de comprobar, mis suposiciones eran del todo erróneas.

Quedaba otro misterio, aparte del principal que consistía en sacar a aquellos rufianes la información necesaria de porque no habían atacado, aunque eso con Haltoran allí se produciría más temprano que tarde. Sentía un cierto resquemor, no por Haltoran, si no por la suerte de aquellos desalmados, porque mi amigo podía ser aun peor que ellos, sobre todo en lo tocante a que cualquiera de nosotros y no digamos de su familia o la propia Candy sufriera algún daño físico o moral. Aun evocaba con un escalofrío, el modo en que mató a los secuaces de Albert al que este había dado carta blanca para que abusaran de Candy, como parte de su venganza contra Mark y su esposa. Lo primero que me vino a la cabeza, es si aquellos dos tipos no habrían sido enviados por él, contratados quizás directamente desde la cárcel en que cumplía condena, en cuyo caso, su brazo resultaría más largo de lo que habíamos supuesto en un principio.

7

-Yo ordené a Mermadón que te siguiera Maikel –me dijo Haltoran mientras el robot, finalmente estaba examinando e indicando a Annie como curar las heridas de la asustada sirvienta que había logrado tranquilizarse bastante. Haltoran fue al coche y trajo un botiquín del que nunca se separaba en sus continuos viajes en automóvil y abriéndolo, le rogó a Annie:

-Cariño, si no te importa, vete curando sus heridas según las indicaciones que Mermadón te vaya facilitando.

Aunque no lo dijo directamente, suponía que la joven sirvienta siempre reaccionaría mejor, si trataban sus heridas las manos de otra mujer que las de un hombre aunque fuera con la mejor intención, sobre todo después del enorme trago inferido por los sicarios a los que Mermadón había atado fuertemente con una soga de esparto, espalda contra espalda. Permanecían amordazados y con las cabezas gachas y pese a que habíamos estado tentados de hacerlo, nos abstuvimos de inflingirles malos tratos o humillación alguna. Esperábamos que volvieran en sí para hacerlo hablar lo antes posible. Yo, creía, y esperaba por su bien, que colaborasen.

8

Haltoran estaba al corriente de mis discretas indagaciones, así como el tipo de investigación que estaba llevando a cabo en el mayor de los secretos, e irónicamente, aun así, gracias a unos papeles que inopinadamente me había olvidado en su casa, un día que fui a visitarle a él y a Annie, ante la mirada airada y los refunfuños de Sarah Brighten, claramente audibles para vergüenza y embarazo de mis amigos, cuando aun no se habían mudado a otra propiedad diferente, debido a las continuas peleas y discusiones entre Sarah y su yerno. Haltoran, temeroso de que pudieran reportarme problemas al haber emprendido aquellas pesquisas, y comprobar la envergadura del turbio y peligroso asunto en el que me había metido de una forma u otra, hasta el fondo, había ordenado a Mermadón que fuera literalmente mi sombra y que amparado en su invisibilidad, me siguiera a todas partes, ejerciendo de guardaespaldas. Pese a que el robot no podía ejercer la violencia directamente, si que le estaba autorizado por su programación a defender a sus eventuales protegidos, y propinar o inferir golpes no mortales a sus adversarios para dejarlos inconscientes o alejar de enemigos potencialmente hostiles, a las que se le encomendase defender, cosa que no era fácil para un robot de dos metros de altura y tonelada y media de peso. Aun asestados a la velocidad más lenta posible, un directo de Mermadon era como golpearse contra una columna de acero, lo que básicamente era el robot.

Una vez que conseguimos ganarnos la confianza de la criada, tarea en la que Annie fue de gran ayuda, utilizando palabras suaves y conciliadoras, que allanaron en no poca medida la natural reticencia de Clara a que la ayúdasemos, pensando que pertenecíamos al grupo de sus asaltantes o algo así, Mermadon escaneó sus heridas absorviendo los datos de su anatomía a velocidades cercanas a la de la luz. Cuando el robot tomaba datos acerca de un organismo humano, estos viajaban a su cerebro electrónico en forma de haces de luz que penetraban en sus bancos de memoria donde quedaban almacenados, a través de sus sensores ópticos. Tomó bastante tiempo convencer a la chica de que Mermadón no era ningún artilugio maléfico, ya que Clara creía que era una especie de ente maligno que le arrebataría el alma a través de sus ojos rojos. Aquello podía parecer banal y hasta ridículo, pero Mermadón precisaba que el sujeto objeto de su análisis permaneciera completamente tranquilo y en calma para efectuar una exploración médica lo más exacta y libre de errores posibles. En ese ínterin nos hallábamos, cuando escuchamos la frenada de otro vehículo que se había detenido junto al Hispano Suiza K6 de Haltoran que reflejaba en su bruñida carrocería de color azul pálido el sol del atardecer. Haltoran que había venido armado extrajo su MP-5 y se dispuso a desplegarlo, pese a que Annie sentía la misma repulsión y rechazo por las armas que Candy. Avanzó lentamente parapetándose en los muros de la propiedad mientras ordenaba a Mermadon ante su nerviosa esposa y la atemorizada criada a la que por fin Mermadon estaba en disposición de revisar las heridas infligidas por los maleantes:

-Mermadón vigílame a esos dos. Si traman algo o intentan hacer cualquier cosa sospechosa, protocolo verde, ya sabes.

Mermadon intentó argumentar algo, pero el robot tuvo que aceptar muy a su pesar, la taxativa orden de su creador. El robot tenía lógicos reparos para ejecutar aquella instrucción. Me giré extrañado hacia Haltoran mientras le interrogaba con la mirada:

-Tiene mi autorización para destrozarlos si es preciso –dijo Haltoran ceñudo ante el horror de Annie que imaginó por un momento al gigante de acero y kevlar, que le seguía semejando una especie de monstruo de Frankenstein como la primera vez que le encontráramos escondido en un apartado rincón de Lakewood, después de su huída en el tiempo, siguiendo el rastro de la cápsula temporal de Carlos y la mía.

Supuse que ese protocolo verde, anulaba cualquier barrera en su programación, lo que sería equiparable a un freno moral en un ser humano, y que tal vez convirtiese a Mermadon en una bestia sedienta de sangre que no nos reconociera, no haciendo distinción entre amigos y enemigos. Haltoran que parecía sumar a sus talentos como combatiente y avezado inventor, el de leer las mentes, se detuvo y me dijo sin perder de vista la puerta de la cancela, mientras desplegaba su arma de asalto:

-No os atacará. El protocolo verde distingue las amenazas potenciales de entre todo lo que no constituye tal y solo le permite atacar esos objetivos. Estáis a salvo con Mermadón.

Antes de que pudiera articular palabra, el joven pelirrojo se plantó de dos zancadas en la puerta. Annie le siguió con la mirada, asombrada de que su marido tuviera tanta vitalidad y fuera capaz de tal despliegue de energía. Cuando Haltoran ganó el acceso a la mansión de los Cattwarray se topó con el rostro de Candy cuyos ojos verdes se abrieron desmesuradamente al toparse con su amigo de improviso. Candy estuvo a punto de gritar asustada, pero se tranquilizó inmediatamente. Detrás estaba Mark, vestido con su ropa del futuro por si tenía que desatar el poder del iridium, aunque ya de por sí sus reflejos le conferían una considerable ventaja sobre cualquier asaltante. Por otro lado, su arma estaba aun en poder de su amigo a buen recaudo en la mansión de los Brightten y allí seguía porque el propio Haltoran se había olvidado de su existencia. El RPG-12 de Mark continuaba escondido en un lugar inaccesible para los Brighten. Y con todo el trajín de su mudanza a su nuevo hogar, se le había pasado completamente el preocuparse por el paradero de tan controvertido objeto. Candy dio un involuntario respingo, retrocediendo hacia atrás. Habría caído al suelo de no ser porque Mark la sostuvo con cuidado aferrándola desde atrás por los hombros. La muchacha se mesó los cabellos rubios y preguntó con su característico tono de voz que se tornaba ligeramente chillón, cuando algo la preocupaba o ponía en tensión:

-Haltoran, ¿ qué estás haciendo aquí ? –preguntó olvidando momentáneamente cual era el motivo por el que se habían desplazado hasta la casa de su hermana adoptiva.

-Eso mismo me gustaría saber a mí –replicó Haltoran intentando aparentar calma y tranquilidad, labor en la que se desenvolvía mejor que Mark, al cual no se le daba bien el disimular sus emociones o estados de ánimo.

-Recibí una llamada urgente de Mermadón –dijo Mark pasando por delante de su amigo y seguido a muy corta distancia por su esposa que no dejaba de otear muy preocupada hacia los lados y preguntando con nerviosismo por Eliza a la que no divisaba por ninguna parte. Íbamos a responderla, cuando entonces se topó involuntariamente con Clara, que echó a llorar al volver a rememorar los duros momentos que había tenido que pasar a manos de los dos hombres, que habían tratado de acabar con su vida. Candy se fijó con ojo experto en las dos heridas que tenía en un brazo y una pierna y que Annie se disponía a vendar cuidadosamente siguiendo las instrucciones de Mermadón y enseguida advirtió que se trataba de lesiones de arma blanca.

-¿ Qué ha sucedido aquí ? –preguntó encarándose con Mermadón y conmigo -¿ por qué esa chica está herida ? ¿ dónde está mi hermana Eliza ? –preguntó Candy fuera de sí, temiéndose lo peor.

Clara esbozó una mueca de dolor y sus ojos color miel vertieron algunas lágrimas. Candy olvidando momentáneamente su lógica y natural búsqueda de respuestas inmediatas, se apiadó de ella, y se arrodilló junto a la chica, que tendría alrededor de dieciocho años y que luchaba por sobreponerse al horror que se había colado sin comerlo ni beberlo, en su apacible vida, que aunque no había sido fácil no había conocido semejantes cotas de crueldad y salvajismo.

-Los señores –Clara se detuvo, porque el dolor de sus heridas la paralizó por unos breves instantes, nublando su semblante- no se encuentran aquí. Marcharon hace unas dos horas con la señorita Candy para festejar su cumpleaños en casa de los padres del señor.

Candy se identificó porque no le había parecido en ningún momento que la joven criada la hubiera reconocido. Clara se había incorporado hacía tan poco tiempo al servicio doméstico de la mansión que aun no conocía a los familiares más directos de su señora, debido a que Candy había efectuado la última visita a Eliza unos dos meses antes de que Clara se integrara en su nuevo empleo como doméstica de los Cattwarray.

Clara, cuyas heridas habían sido desinfectadas diestramente por Annie con ayuda de los utensilios médicos que Haltoran portaba en su botiquín de urgencia, empleando algodón hidrófilo y un poco de alcohol que aplicaba con gran cuidado para causar el menor dolor posible a la muchacha, se sonrojó y encogió los hombros retrayendo la cabeza entre los mismos y dijo apesadumbrada:

-Perdóneme la señora por no haberla reconocido –exclamó más preocupada por no haber ejercido sus labores como criada, en vez de comportarse como cabría de esperar en una persona inmersa en una situación de dolor y confusión.

Candy acarició sus mejillas con ternura y dijo retirando las incipientes lágrimas que resbalaban por las comisuras de sus bellos ojos:

-Tranquila cielo, tranquila, eso ahora no importa. Lo que cuenta es que la pesadilla ha terminado y –tomó con sumo cuidado el brazo desgarrado por los cuchillos de los esbirros y asintiendo con evidente aprobación añadió:

-Estas heridas han sido muy bien curadas y desinfectadas. Afortunadamente, no te quedará ninguna cicatriz. Los cortes no han sido demasiado profundos, querida amiga.

Clara parpadeó asombrada. Jamás habría creído ni en sus más delirantes y lúcidas fantasías que una dama tan distinguida como aquella refinada y elegante lady de belleza esplendorosa, casi inhumana la tratase con tanta dulzura, cariño y afecto. La voz suave y cadenciosa de la joven dama, sus esplendentes ojos de esmeralda y sus cabellos que relumbraban bajo la luz del atardecer habían producido un efecto sedante, casi hipnótico en ella, haciendo que momentáneamente se hubiera olvidado del trágico trauma que había experimentado hacía tan escaso margen de tiempo.

-Señora –dijo Clara sorbiéndose las lágrimas y abrazando sorpresivamente a Candy- esos cerdos, intentaron matarme –dijo señalando temerosa hacia dos hombres, una muy corpulento y de cara rubicunda y otro más bajo, de grandes bigotes que estaban espalda contra espalda, firmemente inmovilizados por gruesas maromas que yo había encontrado en un cobertizo cercano mientras continuaban inconscientes, guiado por las indicaciones de Clara. También los habíamos amordazado para impedir que pidieran ayuda, pese a que habían actuado solos y estábamos rodeados por un frondoso bosque que ahogaba en parte la percepción de cualquier ruido por fuerte que fuera por un oyente casual, que se produjera en la propiedad, que por otro lado se hallaba en mitad del campo alejada de cualquier núcleo de población. Yo había llegado hasta allí dando un largo paseo porque la mansión de los Legan distaba una hora escasa de caminata a paso vivo de la de Eliza y Tom. Pese a que en las inmediaciones de la casa señorial, había otras propiedades, o estaban vacías la mayor parte del año o el grosor de los muros impedía que nadie oyera o viera nada sospechoso. Mientras conversábamos, aquellos canallas habían ido volviendo en sí.

9

Candy, secundada por Annie terminó por vendar las heridas de Clara. Afortunadamente, como Candy pronosticara en el futuro la espigada y bella muchacha no presentaría el menor rastro de cicatrices en su piel, aunque las heridas morales eran mucho peores. La joven se extrañó y maravilló a un tiempo de cómo aquella dama de ademanes refinados, pero a la vez cercanos y sencillos, podía tener unos conocimientos tan bastos y amplios de anatomía y sabía como tratar y curar heridas. Ante los interrogantes que la chica le planteó con la mirada, Candy sonrió divertida y se lo aclaró:

-Aquí donde me ves, aunque no lo parezca –admitió Candy modestamente sin envanecerse de ello- Clara, soy enfermera. Me diplomé en una escuela especial de Chicago, trabajé en un hospital de esa misma ciudad haciendo prácticas y estuve en la guerra europea destacada allí intentando aliviar un poco el sufrimiento que irracionalmente unos hombres le inflingían a otros –explicó Candy con una inflexión de amargura en la voz.

Tras una breve conversación entre Candy y Clara, la chica nos contó finalmente lo ocurrido. Mientras Haltoran y Mark vigilaban a los dos cautivos estrechamente junto con Mermadón sin perderles de vista ni un segundo, Clara que había accedido a revelarnos los espantosos momentos de angustia que había vivido, fue rodeada por Annie, Candy y yo que escuchamos perplejos e indignados su emotivo y tenso relato. Cuando concluyó, la sirvienta rompió a llorar nuevamente, siendo consolada por Candy y Annie.

-Hablaron de una especie de escarmiento, de venganza y de dar una lección a su hermana, señorita –explicó Clara sonándose la nariz con un pañuelo de seda que Annie le había tendido amablemente.

La chica desvió entonces sus ojos claros hacia mí que había estado intentando ocultar mis magulladuras para no inquietar más de por si a Candy y a Annie, pero un inoportuno corte en mi mejilla derecha se abrió imprevistamente revelando la dura lucha que había sostenido contra el más bajo, para salvar a Clara, que no tardó en hablar de mí ante su expectante concurrencia.

-De no ser por el valeroso señor –dijo con voz muy emotiva, refiriéndose a mí- seguramente, me habrían matado. Le debo la vida al señor Parents.

Entonces Candy se giró hacia mí que trataba de disimular como podía, intentando restar importancia al asunto y quitar hierro a la situación. Candy cuya atención había estado centrada permanentemente en las lesiones de la conmocionada sirvienta, se dio cuenta enseguida de mis magulladoras y chichones, que pese a no revestir gravedad, hicieron que inmediatamente mi amiga avanzara hacia mí con intención de revisármelos.

Traté de zafarme, pero la férrea voluntad y determinación de Candy se impusieron a mi tozudez y franca modestia.

-Ven aquí Maikel, ahora, inmediatamente –dijo Candy mientras hacía un imperativo y seco ademán señalando con su dedo índice izquierdo hacia el suelo, ordenándome que me situara frente a ella, para examinarme mejor.

-Sí, si no es nada –balbuceé tratando de disuadirla en sus propósitos- me encuentro bien, Candy de verdad.

-No la haga caso señorita –dijo Clara animando a Candy a que tratara mis contusiones y cardenales, aunque fuera por las bravas- es un valiente. Se batió como un león por mí…y me salvó la vida.

Entonces Clara se levantó de improviso sorprendiendo a Annie que estaba intentando revisarle el vendaje de la pierna. La joven se movió rápidamente y solo tuve tiempo de percibir como una figura menuda y adorable embutida en un delantal blanco sobre un vestido negro, de cabellos castaños sueltos sobre los hombros se abalanzó hacia mí abrazándome con fuerza y llorando con energía después de reclinar su rostro en mi pecho.

-Señor Parents, por favor, deje que la señorita le cure, hágalo aunque sea por mí. Ha sido usted tan valiente y abnegado…

Conmovido por los ruegos de la chica, tuve que ceder y acepté resignado a que Candy me examinara, cosa que hizo inmediatamente sin esperar a mi tácito consentimiento, cosa que habría hecho igualmente sin aguardar a que se lo diera.. Noté como la mirada de Clara se posaba en mí con admiración, aunque puede que hubiera algo más que sincero agradecimiento en aquellos ojos claros bajo el ondeante flequillo de su media melena castaña, sobre la que, inexplicablemente ondeaba su cofia almidonada y que no había resbalado de su cabeza, pese a los violentos ataques de sus asaltantes.

10

Cuando Mark se enteró de que el más bajo de los dos malhechores, el de los largos bigotes, había intentado herirme, separó las ligaduras que le ataban a su compañero, rasgándola como si fueran de papel, y le alzó con una sola mano hasta que sus ojos aterrados se cruzaron con las pupilas de Mark quedando a la altura de las mismas, en las que titiló un brillo que no hacía presagiar nada bueno, por lo que el miedo se apoderó del hombre, penetrando hasta la médula de sus huesos. Pataleó y se agitó temblando, entre los dedos de Mark, que habría cometido una locura, de no ser porque el buen sentido y criterio de Haltoran prevaleció en todo momento. Pese a que él también era partidario de aplicarles un duro castigo, si los mataban o lesionaban perderían la oportunidad de hacerles hablar. Candy abrazó a su marido, rogándole que le soltara, pero Mark que no perdonaba fácilmente el que alguien me inflingiera daño, finalmente entró en razón ante los insistentes ruegos de su esposa y de sus amigos, incluyéndome a mí. Finalmente lo depositó en el suelo, momento que aproveché para desquitarme, arreándole una patada en la espinilla. El hombre se retorció de dolor pero no se atrevió a encararse conmigo. Aparte de estar impedido por sus ataduras, las miradas de Mark y de Haltoran le disuadieron de intentar nada en mi contra.

-Maikel, no debiste darle esa patada –dijo Candy indignada afeando mi conducta, pero aparte de tomarme la revancha había otra razón. La indefensión de Clara que no se había separado de mi lado ni un solo instante, preocupándose por mí en todo momento, más que por su propio bienestar, me había conmovido e indignado a partes iguales. Realmente, más que por mí, lo hice por la muchacha, que no tardó en sumarse a mi iniciativa, si se podía tildar de tal. Alzó una mano y abofeteó al bigotudo con rapidez. Entonces miró a Candy como disculpándose por lo que había hecho y se encogió de hombros para refugiarse en mis brazos, mientras musitaba un breve "lo siento" a modo de excusa, para separarse inmediatamente de mí, después de que sus mejillas adquieran un súbito y violento rubor, por tomarse semejantes confianzas conmigo, pese a que le repetí una y otra vez que no tenía porqué sentirse culpable o avergonzada de nada. Candy asintió comprendiendo que aunque no habíamos obrado bien, entendía los motivos por los que yo y Clara habíamos actuado así. Al observar a la chica, se vio así misma hacía ya tantos años, cuando solo era la criada de los Legan en vez de su hija, víctima de las duras humillaciones que los orgullosos y altivos primogénitos de la familia le inferían casi de continuo, hasta que la imprevista llegada de un retazo del mundo venidero cambió sus vidas, afortunadamente a mejor, para siempre, así como las de los que les rodeaban. Candy también había sentido deseos de venganza, por las reiteradas vejaciones de ambos hermanos, pero siempre terminaba descartando esos pensamientos negativos, porque la parte de su carácter bondadoso y compasivo, siempre terminaba por imponerse a su otra mitad rebelde y orgullosa.

11

Cuando Candy terminó por revisar mis heridas, más bien magulladoras y algunas rozaduras, los ánimos estaban más calmados. Habíamos evitado que Mark se cebara sobre uno de aquellos bandidos, aunque más que nada se controló por Candy, que solo por ella y por mí, detuvo su incipiente escarmiento. Bajó al malhechor lentamente, que temblaba de miedo y le depositó junto a su compiche cuya espalda reposaba contra una tapia. Después que yo y Clara nos hubiésemos desquitado a nuestra manera, escuché como mi amiga Candy exhalaba un suspiro de alivio, mientras percibía un ligerísimo temblor que agitaba sus hombros.

Candy temía que Mark, desatado hubiera acabado con las vidas de aquellos hombres, cosa que el joven evitó cuidadosamente. Desde aquel aciago incidente, durante el cual el capataz de los Andrew al frente de sus hombres capturase a la adorable muchacha, cogiéndoles desprevenidos, mientras Mark iba a dar un paseo por las calles del pequeño pueblo en que habían recalado, una vez frustrado el enlace de Candy con Neil, Mark había controlado cuidadosamente su, en ocasiones visceral temperamento y no había dado lugar ni pie a otra hecatombe como aquella. Habían pasado muchos años desde que el joven, espoleado por el sufrimiento que el capataz estaba infligiendo a su joven esposa terminó por desatar su poder y acabar con un huracán de fuego, con las vidas de los esbirros, incluído su jefe que trató de escapar sin éxito. Mientras yo conversaba con Clara, y Haltoran, junto con Mermadón se preparaba a interrogar a los dos malhechores, Mark se alejó unos metros y se puso a reflexionar en todo aquello. Candy que le estaba buscando, le halló al pie de un sauce llorón que el anterior propietario del palacete había plantado hacía ya unos años atrás y se acercó decididamente hacia él, abrazándole por la espalda. Mark asintió complacido, al notar los dedos de su esposa entrelazándose en torno a sus costillas y sentir el roce de la fina piel de sus flexibles brazos. Candy reclinó sus cabellos rubios en la espalda de su marido y dijo mientras cerraba los ojos:

-Mark, gracias, gracias por no haber repetido aquellos momentos tan terribles. Cuando ví como alzabas a ese hombre en el aire, me temí lo peor.

Mark se giró lentamente y la estrechó entre sus brazos. Seguían tan enamorados como el primer día, puede que más. El joven no deseaba hablar de ese tema y procuraba evitar hacerlo él mismo, para no inquietar a Candy con recuerdos tristes, pero aquel día, ella deseaba recordarlo.

-Recordé aquello tan terrible, que tuvo lugar unas horas después de nuestra primera boda –dijo la chica esbozando una sonrisa y adoptando una expresión soñadora. Mark besó sus rizos ondulados y dijo:

-Jamás me perdonaré el haber hecho aquello delante de ti amor mío, pero…-inspiró aire y meneó la cabeza apesadumbrado- no tuve otra opción. Si te hubiera perdido aquel día…o como cuando tuve que defenderte de aquellos tanques…

Candy le besó en los labios, primero con suavidad para posteriormente, hacerlo más apasionadamente. Aquellas muestras de arrepentimiento, de dudas, de vulnerabilidad aumentaban exponencialmente el amor que experimentaba hacia él. Si Mark no hubiese mostrado remordimientos por aquellas lúgubres pero inevitables acciones, tal vez Candy no podría haberle querido como lo hacía. Entonces Mark, vertió algunas lágrimas que empaparon las mejillas tersas y sonrosadas de su esposa. Candy las retiró con cuidado del rostro de su esposo y atrayéndole hacia él hundió sus manos en los cabellos negros y largos de Mark, mientras apoyaba su frente contra la de él.

-No amor mío, no quiero que te atormentes más. No deseo verte sufrir. Fue horrible, pero no hubo otra alternativa, como cuando lo hablamos en aquella calesa que tuvimos que llevarnos para huir de allí. Soy yo la que debe pedirte perdón por haber sacado un tema tan penoso y arduo para ti. Perdóname cariño.

Mark tomó su hermoso rostro entre sus manos. Sonrió encantadoramente. Cuando su marido esbozaba esa expresión, le parecía estar contemplando la cara más luminosa y cegadora del sol. Le había costado tanto lograr que Mark descubriera o volviera a traer desde los recovecos más intrincados del olvido aquella sonrisa tan deslumbrante como cautivadora, la misma prácticamente que Anthony había dejado de dibujar en su faz cuando su amor se marchitó como sus rosas a las que dejó de cuidar, volcando su odio sobre ellas, al no poder o ser capaz de hacerlo sobre Candy.

12

Gracias a la perspicacia de Haltoran, y también debido a mi poca discreción y mala cabeza, al dejarme unos papeles confidenciales en la casa de los Brighten, habíamos descubierto un peligroso complot contra la vida de la hermana adoptiva de Candy, y posiblemente contra la familia Legan. Realmente, Haltoran había iniciado su propia investigación paralela a la mía, en el mayor de los secretos y aquellos dos malencarados individuos no le eran del todo desconocidos y tras una ardua y laboriosa pesquisas había conseguido hacerse una idea de lo que estaba sucediendo realmente, sobre todo una vez que consiguió hacer hablar a los dos asustados y temblorosos secuaces.

-Doddy y Daddy, Ted y John Walter, dos hermanos asiduos de los bajos fondos de Chicago, y viejos conocidos de la Policía. Se dedican a operaciones de poca monta, pequeños delitos y estafas. Son unos rateros de medio pelo.

Ted alias Doddy era el más corpulento de los dos. Y su hermano, John, el más bajo de ambos, el de los largos e hirsutos bigotes, que nos había atacado primero a Clara, y luego a mí, el que ponía las ideas y el cerebro. Era una combinación tan manida y harto conocida como efectiva, si sus integrantes se coordinaban bien. Los músculos mandados por el cerebro del más débil pero inteligente. Sin embargo, los dos rateros, a los que Haltoran les había quitado las mordazas y persuadido para que hablasen, pese a que ambos en un principio intentaron hacerse los duros y aparentar una fortaleza y un coraje que pronto se vendría abajo como un castillo de naipes sometidos a los embates de un huracanado viento, terminaron por revelarlo todo.

Férreamente atados y estrechamente vigilados por Haltoran y Mermadon, admitieron su participación en algo que finalmente les había quedado demasiado grande.

Cuando Mark se adelantó para enterarse de los progresos de Haltoran en el interrogatorio, John empezó a temblar. Más que el haber sido izado como si fuera una pluma, fue el verse frente a aquellos ojos tan amenazantes y oscuros, lo que le había convencido de que lo largaran todo. John, sabía que tan pronto como la noticia de su captura llegara a manos del patrón, ya podrían empezar a correr y esconderse en el agujero más profundo que pudieran encontrar o excavar, porque sus vidas no valdrían nada a partir de ese momento, por lo menos, mientras no salieran del estado. John alias Daddy meneó la cabeza apesadumbrado, mientras ocultaba su rostro calándose la gorra sobre los ojos y escondiendo la cara entre las manos que depositó sobre sus mejillas completamente ensombrecidas por las monstruosas patillas que arrancaban de su bigote. Aparte del bigote y las patillas, Daddy prefería rasurarse la barba, aunque a veces se dejaba una pequeña y característica perilla que en aquellos momentos no lucía.

Decidió hablar, porque entre que el patrón le despellejara vivo o lo hiciera aquel hombre de ojos verdes y cabellos pelirrojos que parecia bastante peligroso, no tenían muchas opciones. Por otro lado, aquella gente parecía más razonable que su patrón y siempre podrían ganar tiempo hasta que lograran ponerse a salvo. No estaba seguro de que Haltoran les permitiera marcharse, sobre todo después de un intento de asesinato con varios testigos pero intentó proponerle un pacto. Su vida y su libertad, a cambio de toda la información necesaria para desentrañar aquel extraño hecho.

Haltoran intentó mantener alejadas a las chicas, pero Candy y Annie se negaron, en especial Clara, que decidió tozudamente permanecer allí para escucharlo todo.

-No queríamos matar a nadie –admitió Daddy inclinando la cabeza ante Clara a modo de disculpa- pero Buzzy insistió tanto en que no dejáramos testigos. Deseaba una advertencia espectacular, para la hermana de la señorita –dijo señalando con su puntiagudo y peludo mentón hacia Candy.

-¿ Eliza ? –preguntó asustada recordando súbitamente el motivo porque estaban allí -¿ que pretendíais hacerla canallas ?

-Nuestro patrón, Buzzy Jonson tiene o más bien tuvo –se corrigió ante la reprobadora mirada de Haltoran- digamos ascendiente e influencia sobre ella. Eran tiempos en los que ella y su hermano frecuentaban compañías nada recomendables –dijo riendo entre dientes porque estaba ironizando acerca de sí mismo.

Buzzy se encaprichó de ella, advirtiéndola severamente que si algún día, le dejaba o se iba con otro hombre, no dudaría en matarla, y al parecer ese momento ha llegado –dijo el maleante con cierta solemnidad teatral.

-No tiene sentido –observó Candy dirigiendo una temerosa mirada a ambos hombres- ¿ después de tanto tiempo ? Eliza recondujo su vida hace muchos años, ¿ por qué ahora ? no lo comprendo.

Daddy clavó sus ojos oscuros en Candy y dijo con una media sonrisa que le confirió un temible aspecto:

-Señorita, Buzzy no es de los que olvidan fácilmente. Ha estado aguardando pacientemente todo este tiempo para culminar su venganza.

13

Pese a mis protestas, a los lógicos reparos de Candy, Annie y de Mark y sobre todo el temor que había sacudido a Clara desde que se enteró de la resolución de Haltoran, finalmente, este decidió que era hombre de honor, incluso hacia aquellos dos maleantes, decidió libertarlos.

-Es una locura –dije mesándome los cabellos y frotando los cristales de mis gafas con las yemas de mis dedos –si les dejas marchar sin denunciarlos a la Policía, probablemente volverán para vengarse de Clara o de todos nosotros –le dije intentando que la sirvienta que lloraba desconsolada y a la que entre Candy y Annie trataban de calmar sin mucho éxito, no pudiera escuchar ninguna de mis palabras. Haltoran me dirigió una mirada llena de seguridad y declaró:

-No lo harán, por eso, Maikel puedes estar completamente tranquilo.

-¿ Cómo has logrado convencerles ? –pregunté lleno de dudas.

-A partir de ahora, Clara será empleada de los Legan, por lo que estando cerca de Mermadón y de Mark, estará más protegida y segura. Ya he logrado ponerme en contacto telefónico con Eliza y su marido, informándoles de todo lo ocurrido. En un principio, aunque Eliza parecía no haberme creído, lo ha hecho finalmente y ha consentido en que Clara se traslade a la mansión de sus padres.

-No has contestado a mi pregunta –dije recordándole mi primer interrogante.

-Les he advertido severamente –dijo Haltoran escuetamente.

-Eso no me aclara nada –protesté ligeramente, sabiendo que cuando Haltoran se cerraba en banda, no había nada más que esperar de él y que sería imposible sonsacarle nada.

-Mejor que no lo sepas –insistió escudándose tercamente en el velo de secretismo, que había tendido en torno a sus actos- pero te aseguro que no volveremos a verlos jamás.

Por la cuenta que les tiene. –dijo con un brillo siniestro en sus ojos verdes.

En cuanto a Eliza, -dijo mirando de soslayo a Annie- encargaré a Mermadón que la proteja discretamente. Con Mark cerca, nadie se atreverá a haceros daño, porque yo tengo que ocuparme de mi familia y Annie se pondría terriblemente celosa. A veces pienso, que imagina que sigo viendo a Eliza a escondidas –dijo cruzando los brazos sobre el pecho.

14

Los dos hermanos aun temblaban al recordar la forma en la que Haltoran les había disuadido de pensar siquiera en vengarse de la criada o tratar de llevar a cabo el encargo que el mencionado Buzzy Jonson les había encomendado. Cuando Ted, que no había abierto la boca durante todo el tiempo, habló, dijo fijándose en que su hermano aun tenía impresas en la piel, a la altura del cuello, las marcas rojas que los dedos de Mark aun sin haber ejercido mucha presión sobre él, le habían dejado impresas en la misma:

-No debiste aceptar hermano –dijo el gigantón mirándole con reconvención- cuando Buzzy se entere de que hemos fracasado, nos matará. Ya sabes que jamás perdona una negativa o un fracaso.

John, que ya de por si estaba muy nervioso y al que aun le dolía la mandíbula por el puñetazo que le había inferido con todas mis fuerzas y que además tenía la mejilla aun colorada y caliente por el bofetón de la sirvienta, solo tenía una obsesión en mente, poder vengarse de Clara y de todos nosotros, pero más que esa obsesión era la impotencia que le embargaba por no poder llevar a cabo su desquite, debido a las rotundas y severas advertencias de Haltoran.

-Cállate Ted –dijo el hombre desabridamente a su hermano- ciertamente, no debimos aceptar ese encargo. No somos asesinos, pero ya sabes que con Buzzy no se juega. Si nos hubiéramos negado, nos habría costado el cuello.

Ted emitió una risa triste y estridente semejante a un relincho y deslizó su gorra entre los gruesos dedos. Pese a que pretendiera aparentar calma, estaba tan nervioso y asustado como su hermano ante la más que probable venganza de Buzzy en cuanto se enterase:

-Para lo que nos ha servido…-dijo golpeándose el pecho con el puño derecho como solía hacer debido a un tic nervioso que le asaltaba de cuando en cuando –lo mismo nos va a costar la cabeza.

John se detuvo en seco y se encaró con su hermano. Pese a que medía un metro cincuenta y su hermano le sacaba varias cabezas, aquella mirada torva y pendenciera era suficiente como para paralizar a Ted y hacer que no dudara ni un instante en escucharle o soliviantarle:

-Escúchame idiota –dijo propinándole una patada en la espinilla que hizo que Ted se sujetara la pantorrilla mascullando y ahogando un grito de dolor- ese hombre –dijo refiriéndose a Haltoran- es muy peligroso, yo diría que aun más que Buzzy. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, aunque me la figuro –dijo rascándose la frente y tirando de las puntas de su poblado e hirsuto bigote- tiene alguna relación con esa Eliza, o la tuvo. Y si ese hombre es de temer no digo nada de ese amigo suyo. Esa mirada…jamás he visto unos ojos tan peligrosos –dijo notando como un escalofrío recorría su médula espinal y concluyendo la frase con un más que elocuente silencio.

John echó a andar nuevamente. Estaban atravesando una alameda cuyos frondosos árboles formaban una techumbre muy por encima de sus cabezas, a base de entrelazar sus ramas y su follaje confundiéndose unos con otros. Mientras, Ted que cojeaba ligeramente, porque el dolor de su pierna remitía gradualmente, declaró:

-No tiene sentido John. Podían haber ido a la Policía, cosa que no hicieron, podrían habernos eliminado allí mismo sin dejar ninguna pista o prueba incriminatoria. No lo entiendo.

John sonrió. Pese a la penosa situación en que se hallaban, con una posible sentencia sobre sus cabezas en cuanto Buzzy se enterase, si no lo había hecho ya aquellas alturas de su fracaso, pese a que como acertadamente observaba su hermano, que no era tan tonto como su aspecto podía sugerir en un principio, la Policía en cualquier momento podría recibir la denuncia correspondiente y comenzar su persecución, no podía por menos que apreciar a su hermano. Aunque innumerables veces le sacaba de quicio, sentía un cariño especial por él. Huérfanos desde muy temprana edad, habían aprendido a valerse por si mismo en la más absoluta miseria, utilizando sus puños o cuantos recursos estuvieran a su alcance que no eran muchos para sobrevivir. Toda su existencia se había cimentado en torno a pequeños hurtos, palizas de bandas rivales, reformatorios, cárceles y otros aspectos que cabría esperar de toda una vida de marginalidad y violencia. Y si había aceptado el encargo de Buffy fue por dos razones:

La primera porque les permitiría hacer algo importante después de ser unos ceros a la izquierda y unos don nadies aun dentro de los estratos más bajos y secundarios del hampa de Chicago.

La segunda era que desairar a Buzzy o rechazar una de sus propuestas era firmar tu propia condena.

En cualquier caso, sabía que su hermano tenía razón. No tendrían un momento de tregua, a menos que consiguieran borrar sus huellas y desaparecer del mapa sin dejar rastro.

Entrelazó sus dedos embutidos en raídos mitones de lana, detrás de su espalda. Ted nunca lo había visto tan huraño y cabizbajo.

-Tampoco podemos intentar cumplir el encargo de Buzzy –dijo John como si hubiera leído los pensamientos de su hermano- esa gente es temible. Y si no han acudido a la Policía, es porque me temo que a ese Halto…Haltoran o como se llame, le interesa saldar cuentas con Buzzy.

El gigantón se detuvo perplejo y miró a su hermano mientras se rascaba el lóbulo de la oreja izquierda perplejo:

-No te entiendo. Explícate.

John sonrió. Asintió y tras encasquetarse la gorra de lana sobre sus grasientos cabellos declaró:

-Mucho me temo, que Buzzy se ha buscado un enemigo más temible que él, con esta acción. Puede que haya encontrado la horma de su zapato.

-Sigo sin entenderte.

John resopló. No era fácil meter en la dura mollera de su hermano unos conceptos e ideas de lo más simple, pero intentando conservar su escasa paciencia, procuró exponerlo pacientemente:

-Eliza, esa mujer de la que Buzzy se ha encaprichado tanto, debió de significar algo para ese hombre pelirrojo. Y al atacarla a ella, a través de nosotros, tal vez hallamos desencadenado una cadena de venganzas sin saberlo. Si nos ha dejado ir, es porque no representamos una amenaza para él, y porque no quiere perder el tiempo con los peces pequeños, ¿ vas entendiendo hermano ?

-Creo que sí –dijo el corpulento hombre- afirmando con un bamboleo de su cabezota- pero aun no comprendo como te inspira tanto miedo. No creo que…

Esta vez, la paciencia de John tocó fondo y este estalló fuera de sí. Se puso a vociferar mientras su hermano daba un respingo ante su violenta y repentina reacción:

-¡Hermano, pareces tonto, no eres tonto –se corrigió resoplando de nuevo, intentando recobrar otra vez la calma. Hizo una pausa y fue enumerando las razones de semejante aversión mientras extendía los dedos de su mano derecha, empezando por el dedo gordo cada vez que mencionaba una:

-Primero, tienen esa cosa metálica, que parece un hombre mecánico o un autómata o yo que sé. Nos podría destrozar como papel. Recuerda el porrazo que te pegaste contra él y que te dejó sin sentido por unos minutos.

Ted se pasó una mano por la frente para retirar algunos cabellos que se mecían sobre sus ojos y asintió con lentitud, dando la razón a su hermano.

-Segundo, ya viste como nos mostró una especie de verja, alambrada o lo que fuera aquello. El caso, es que si la traspasamos, boom.

En esos momentos, en la lenta y poca receptiva mente de Ted se formó la imagen de una pequeña cerca de color negro sostenida por postes metálicos de idéntico color. Vio a Haltoran que lanzaba una diminuta rama por encima de dicha cerca, y como esta se volatilizaba cuando un arco voltaico que surgía de la demarcación de la finca de la mansión de Eliza y Tom, erizó el aire convirtiendo el tallo en carbonilla. Repitió la prueba lanzando una segunda rama contra la verja con el mismo resultado.

-Y pobres de vosotros como intentéis rebasar esta cerca. Os ocurrirá lo mismo que a la rama –les dijo Haltoran.

-Tercero –dijo lanzando un escupitajo contra la hierba que bordeaba el sendero de piedra a su paso por la alameda- me doy por bien pagado porque nos haya dejado en libertad. Y tú deberías hacer lo mismo. Por un momento imaginé que no saldríamos vivos de allí. Y razones no les faltaban. Allanamiento de morada, intento de asesinato…

Pese a su limitada inteligencia, a veces Ted sabía realizar preguntas acertadas, y sacar partido de su poco desarrollado intelecto.

-¿ Cómo habrán construido esa cerca en tan poco tiempo ? Cuando llegamos no estaba.

-La debieron levantar mientras permanecimos inconscientes, con la ayuda de ese robot. Por otra parte, casi me alegro de no haber llegado a matar a esa chica.

-Yo tampoco entiendo porqué te empeñaste en hacerlo entonces –dijo Ted.

John se encogió de hombros y dijo, olvidando su enfado:

-Buzzy me puso esa condición ineludible. Que debíamos acabar con alguien, ya fuera persona o animal, para dejar un mensaje contundente y en caso contrario quemar la casa.

Ted se detuvo. No le gustaba matar y estuvo a punto de echarse a llorar. John se le acercó rápidamente y le abofeteó para hacerle reaccionar, porque de lo contrario, su hermano entraría en una especie de paroxismo que le podía mantener durante horas repitiendo una misma frase o ejecutando un acción sin sentido una y otra vez y cuando Ted, incurría en ese trastorno de conducta era muy difícil por no decir imposible, conseguir que saliera de él, retornando a la realidad. Por eso le tuvo que propinar un par de bofetadas para conseguir a toda costa que entrase en uno de sus delirios, porque entonces se volvería totalmente ingobernable y hasta peligroso, pudiendo llegar a lesionarse o causar lesiones en otras personas, porque en esos instantes, Ted no era dueño de sus actos.

John se frotó la mano dolorida y masculló:

-Maldita sea mi suerte.

No le gustaba pegar a su hermano, que era cuanto tenía en el mundo, pero no le había quedado otra alternativa para impedir que Ted entrara en un delirio o quedase catatonico.

-Ni a mí, Ted, ni a mí, pero si no lo hubiéramos hecho, Buzzy nos habría arrancado la piel a tiras, créeme y no es solo una frase hecha o metafórica.

-¿ Meta..que ? –preguntó Ted tratando de pronunciar la extraña y para él, enrevesada palabra y consiguiendo que su hermano lanzara algunas carcajadas, que por lo menos sirvieron para distender el cargado ambiente que flotaba entre ambos.

-Metafórico, significa algo figurado, de mentiras –le explicó a su hermano Ted.

A la respuesta de John, siguió otra pregunta de Ted. John sonrió ladinamente. Tal vez no fuera tan mala idea a fin de cuentas, haber traicionado a su patrón a cambio de su libertad y la de su hermano proporcionando a Haltoran toda la información que precisaba para no solo hacerse una idea de porqué había ocurrido aquello, sino para lograr acceder a él con relativa facilidad. Pese a todo, no les sería difícil desaparecer. Buzzy tardaría unas horas en enterarse de que su expedición de castigo había fracasado y para cuando eso ocurriera, ya estarían bien lejos de allí. Con un poco de suerte, ese poderoso hombre de negocios pelirrojo y de ojos verdes acabaría con Buzzy y al razonar estos pensamientos en su mente masculló:

-En cualquier caso, esta ya no es nuestra guerra.

Haltoran les había proporcionado pasaportes falsos y una cierta cantidad de dinero para que se marcharan a Canadá durante una buena temporada, porque posiblemente, aun en los lugares más lejanos de Estados Unidos, Buzzy terminaría por encontrarles y eliminarles sumariamente y sin dejar pistas ni incómodos testigos de su macabro acuerdo.

15

Hay veces que la lógica no funciona como debiera. Hay momentos durante los cuales, la percepción de lo que tenemos por realidad u ordenada secuencia de eventos no es tal. Por eso, Candy no podía entender la descabellada decisión de Haltoran de dejar ir a aquellos malhechores que habían estado a punto de matar a la indefensa Clara, que no se separaba ni un momento de mi lado, agradeciéndome continuamente mi ayuda y preocupándose hasta en los más mínimos detalles de mi bienestar. Haltoran, que ya había mandado aviso a Eliza y a Tom, llamándola por teléfono al rancho de su marido observaba la piscina a la que habían estado a punto de arrojar a la chica, una vez que la hubiesen matado, de modo que constituyera una macabra y terrible advertencia para Eliza con expresión ceñuda y seria. Candy estaba detrás suyo, mientras Annie, impresionada por la cadena de sucesos tan inesperados como terribles, que afortunadamente habían terminado bien, si se podía considerar así el haber dejado que dos peligrosos delincuentes estuvieran en libertad y andasen sueltos, prefería esperar a que Haltoran se reuniera con ella, sentada en el asiento del copiloto del Hispano Suiza descapotable, cuya carrocería de color azul pálido, reflejaba los rayos de sol. Candy contempló a Haltoran con disimulo. Pese a su sentido del humor, a su franca sonrisa y su franca alegría, siempre le había parecido que el joven, realmente ocultaba sus verdaderos sentimientos bajo una máscara teatral que no se correspondía en absoluto con su verdadero yo.

Una de las escasísimas veces que le había visto sin esa máscara, fue cuando en la Colina de Pony le confesó su amor, aunque fue más bien ella, la que lo descubrió. Igual que entonces, Haltoran permanecía de espaldas a ella, pese a que ya hacía rato que había adivinado su presencia. Ahora no llevaba aquel extraño uniforme con manchas caquis y tonos verdosos ni sostenía entre los dedos el arma que en aquella ocasión portaba en bandolera a la espalda. Haltoran a veces era una contradicción andante. Cuando percibió los ojos verdes de Candy posados en su espalda, sonrió, entornó los suyos y dijo:

-Si vienes a preguntarme porque les he dejado ir, es porque ese par de desgraciados están condenados, Candy.

La muchacha abrió sus bellos ojos verdes, desmesuradamente, soltando un leve y breve "oh", mientras sus cabellos rubios caían en cascada a ambos lados de su cabeza. Ante su extrañeza, Haltoran añadió volviéndose para mirarla:

-Clara se encuentra bien, y afortunadamente, las heridas son muy poco profundas. Poco antes de que interrogase a esos dos tipos, me suplicó que los pusiera en libertad, porque no deseaba problemas. Le basta con saberse viva e ilesa.

-No lo entiendo, Haltoran -dijo Candy incapaz de asimilar cuanto estaba escuchando de labios de su amigo- han intentado matarla, por lo menos deberíamos avisar a la Policía.

-No es necesario -dijo Haltoran- dentro de poco, esos dos malhechores tendrán su castigo, a manos del hombre que les ha contratado.

Candy no podía entender el comportamiento en apariencia contradictorio del joven. Observó a Mark que junto con Clara, examinaban mis heridas pese a que realizaba constantes llamadas a la calma y ponía todo mi empeño en asegurarles de que me encontraba perfectamente. Algo más lejos, Annie observaba a Haltoran con fastidio. Deseaba marcharse de allí cuanto antes, pero no se atrevía a decírselo a su marido.

Flotaba un pesado y extraño ambiente en torno a todos nosotros.

-Les he permitido irse por dos razones -explicó Haltoran debido a que Candy seguía dando señales de no haberle entendido, la primera es porque Clara me lo ha pedido, no desea problemas, lo único que quiere es olvidarse de este horror que ha vivido cuanto antes.

La segunda razón, y es que Buzzy les encontrará antes de lo que ellos creen y tendrán un final desagradable. Si no se lo he impartido yo es porque, no deseo que me veas como un carnicero asesino.

Dejó de hablar y miró a Candy con énfasis. En esos momentos sus ojos verdes relampaguearon con un brillo de locura y determinación salvaje, que hizo que Candy retrocediera asustada. Nunca antes había visto ese aire de furia en él, como si fuera otra persona distinta. Entonces añadió con una entonación muy fría, casi gélida que heló la sangre de Candy en sus venas:

-Excepto que si te hubieran atacado a ti Candy.

La joven rubia se acordó de cómo aquellos dos secuaces de Albert habían estado a punto de forzarla y debido al horror se desmayó, aunque terminó por recobrar la conciencia antes de lo que hubiera sido aconsejable o deseado. Fingió seguir desmayada y fue testigo de cómo uno de los cohetes del arma de Haltoran reventaba a uno de sus captores contra un árbol, momento en el que apartó la vista hundiendo el rostro en la tierra, y no presenció el final del otro, aunque se hizo una idea detallada de lo que le ocurrió. Nunca olvidaría las palabras, cortantes y casi mordaces de Haltoran, cuando el hombre suplicó piedad, mientras lo mantenía aferrado entre sus dedos, elevándolo a varios palmos del suelo.

-Para ti no la hay.

Candy prefirió no seguir recordando. Mark no era tan experto como su amigo para esconder la verdadera naturaleza de sus sentimientos, pero aun así la muchacha había conseguido averiguar que se escondía tras la sonrisa casi perenne de Haltoran.

-Aun me sigues amando -dijo casi en un susurro mientras cerraba los ojos y entrelazaba sus manos sobre el pecho, inclinando el cuerpo ligeramente hacia delante.

Haltoran asintió y dijo:

-No en el pleno sentido de la palabra -dijo mientras contemplaba las calmas aguas de la piscina que Tom había hecho construir recientemente en la propiedad- porque ahora mi corazón está ocupado por Annie, mi dulce y pequeña dama, y nuestro hijo Alan, aunque en ocasiones lamento no haber llegado antes que Mark a la colina de Pony, pero es mejor así. Ahora queda un sentimiento de amistad y cariño profundo -dijo mientras Candy le tomaba las manos intentando consolarle.

-Eres un hombre bueno -le dijo Candy mientras le besaba en la mejilla izquierda- porque en el fondo si que durante un momento, llegaste a tomarle la delantera a Mark.

Haltoran la contempló sorprendido. Siempre había creído que en el corazón de Candy el único que había podido acceder a su cálido interior, había sido Mark cuya llave obtuvo tras una serie de vacilaciones, sentimientos encontrados y un complicado y atípico noviazgo. Y en ese instante lo vio claro.

-Durante un tiempo, si me hubiera esforzado, hubiera podido convertirte en mi novia, y tal vez, con toda seguridad en mi esposa -dijo Haltoran enarcando las cejas y resoplando lentamente, mientras su corazón se aceleraba ante esa inaudita e inesperada confesión.

-Pero preferiste dejarle el camino libre a Mark, porque sabías que tarde o temprano, quizás lo nuestro no funcionase, debido a que finalmente yo habría recobrado la memoria -dijo Candy con lentitud.

-No hubiéramos sido felices, tal vez sí por poco tiempo -declaró Haltoran con un deje de tristeza en su voz- pero no me arrepiento de nada, Candy. Quiero a Annie, la quise desde el primer momento que la ví, aunque no pude evitar sentir algo por ti.

Candy sonrió levemente. Sabía que Haltoran era completamente sincero.

16

Tal y como Haltoran predijera, los dos maleantes no tardaron en caer en la emboscada que el destino les había tendido de forma lenta pero inexorable. La euforia por saberse libres y a salvo de las iras de Haltoran les había hecho bajar la guardia y volverse muy poco precavidos. Por un lado, el sistema de defensa que Haltoran con la ayuda de su robot habían desplegado en torno al palacete, les disuadiría de siquiera intentar vengarse o retornar para intentar cumplir el encargo que Buzzy les había realizado. Por otro, no deseaban verse involucrados en nada que tuviera que ver con un joven caballero que realizaba extraños inventos mortíferos, un hombre metálico de dos metros de altura y un hombre cuyos fieros ojos habían asustado tanto a John que creyó que hasta allí había llegado su vida de delito y hampa. Por eso, el haber escapado de algo que les venía muy grande, les hizo descuidar toda prevención. Consideraban que Buzzy no se enteraría de nada, pero los ojos del celoso ex amante de Eliza eran muchos y su brazo demasiado largo. Por eso, cuando los dos hermanos se encontraban descansando en un hotel de un pueblo perdido y conciliados en la larga distancia que habían puesto de por medio, amparados bajo identidades falsas y el dinero que Haltoran les había hecho entrega, ante el estupor y extrañeza de todos nosotros.

Cuando más confiados estaban y menos sensación tenían, de que algo especialmente desagradable y embarazoso iba a suceder, los hombres de Buzzy asaltaron su habitación, echando la puerta abajo y disparando casi a bocajarro a modo de advertencia, y como intimidación, ya que su jefe les había ordenado categóricamente capturarles con vida. Ted intentó echar mano a su revólver pero un disparo que le destrozó la mano derecha hizo que desistiera de intentarlo. John lanzó un rugido de furia y al contrario que su hermano, que se sujetaba la despedazada extremidad lanzando gritando estentóreos y agudos, portaba sus dos revólveres cargados y listos para ser usados. Los alzó mientras intentaba serenarse y no dejarse influenciar por los horrísonos lamentos de su hermano y apuntó hacia los hombres que les habían atacado, pero el cañón de una pistola se apoyaba en la sien de Ted. John lanzó un suspiro y meneando la cabeza, bajó la vista y dejó que sus armas resbalasen de sus dedos para precipitarse al suelo de madera de la mugrienta alcoba en una corta caída que no obstante al malhechor se le antojó que había durado una eternidad. No hubo diálogo entre los hombres de Buzzy y él. No era necesario. Sobraban las palabras. El destino de ambos había quedado sellado desde el momento en que se relacionaron con el influyente y cada vez más poderoso ganster.

-Maldita sea –masculló Johny atusándose sus bigotes y sintiendo que alguien que se había deslizado detrás suyo subrepticiamente sin hacer ningún ruido, le descubría la nuca, retirando su gorra de la cabeza limpiamente, para propinarle un culatazo que le dejó sin sentido. Luego no sintió nada.

17

Buzzy era un hombre apuesto, de ojos grises y crueles y sonrisa burlona enmarcada bajo un bigote castaño recortado con esmero, al igual que el resto de su aspecto. La verdad es que todo en Buzzy presentaba una impronta impecable, desde sus elegantes ropas cortadas y elaboradas por los más selectos sastres de la ciudad, hasta sus modales exquisitos, con un contrapunto de sarcasmo y engañosa cordialidad. Había ido escalando puestos en el mundo del hampa y cuando el joven y seductor gansters se enojaba o desplegaba su ya conocida cordialidad que pronto se haría legendaria, muchos hombres ricos e influyentes u otros que no lo eran tanto, se echaban a temblar, porque si Buzzy se enfadaba o decretaba una venganza o eliminación de alguien demasiado molesto u ofensivo, no reaccionaba airadamente si no con un aire de cordialidad y amabilidad exquisito que hacía que a muchos infortunados que le habían desafiado, desobedecido o traicionado se les pusieran los cabellos como escarpias o que simplemente guardasen silencio, sabedores de su fatal destino. Cuando Ted al que el dolor hacía que hubiera perdido la consciencia al igual que su hermano John fue depositado como un saco a los pies del elegante y socarrón Buzzy, John que ya había recuperado el conocimiento, le suplicó encarecidamente que por lo menos perdonase la vida a su hermano, cebándose en él. A fin de cuentas, Ted no era más que un ejecutor de los planes de su hermano. Buzzy paseó por el sótano donde había instalado uno de sus negocios de apuestas clandestinos con un taco de billar al hombro. Caminó en círculos en torno a John mientras daba cortos pasos con sus caros zapatos de diseño inglés. Las pisadas del hombre resonaban en el húmedo recinto con un ominoso eco.

-Johny, Johny, Johny, ¿ que se supone que tengo que hacer contigo ? me pides clemencia para tu hermano, eso te enaltece a mis ojos querido amigo y te honra –dijo mientras escrutaba la faz de sus esbirros que sonrieron ante sus palabras falsamente cordiales- pero me has fallado, querido amigo, y eso es algo, que no me gusta. Me has estropeado el día, ¿ sabes ? Y aun más que eso –dijo deteniéndose repentinamente y descargando un brutal golpe sobre la mano derecha de John que soltó un largo y estridente aullido de dolor, con el taco de madera- habéis tratado de engañarme, me habéis intentado tomar por tonto. A mí, a mí.

Su voz se fue convirtiendo en un siseo, pero nuevamente recobró su sentido del humor. John comprendió que sería inútil suplicarle nuevamente, aunque intentó mantener a su hermano apartado de aquel feo asunto, aunque intuía que sería en vano.

Buzzy le cogió por la solapa de su raída chaqueta de lana y susurró:

-No, Johny. Fui clemente con los dos. Cuidé de vosotros, os integré en la familia, pero me habéis defraudado. No puedo tener a pusilánimes a mis órdenes que a la primera de cambio me traicionan. Te has ido de la lengua además. Ahora Eliza sabe que voy tras ella, y por eso –chasqueó los dedos y entonces un hombre fornido tocado con un sombrero de ala ancha y envuelto en un gabán se aproximó- te daré un final acorde a tu traición.

Hizo un gesto y el hombre que llevaba un maletín de cuero en la mano derecha lo abrió para mostrar un amplio repertorio de cuchillos, ganchos y dagas. Con mano experta el hombre escogió uno de aquellos mortíferos adminículos y entonces John se revolvió salvajemente pero fue en vano. Sujetado férreamente por manos que no vacilaban ni les temblaba el pulso al matar o disparar le inmovilizaron. Buzzy se giró mientras el hombre del gabán esgrimía un afilado cuchillo mientras susurraba lentamente, haciendo que los ojos de John se desorbitaran de terror:

-Abre la boca, querido amigo. Será solo un instante, a menos que prefieras hacerlo más largo y desagradable.

Buzzy se retiró de la estancia, mientras un horrible grito de agonía resonó tras la puerta que el ganster cerró a su paso. Ted volvió en sí, justo en el momento más inadecuado, para presenciar el trágico final de su hermano. Justo en ese momento, tres hombres que empuñaban varios revólveres con silenciador le apuntaron vaciando sus cargadores contra él. Su fornido cuerpo se tensó ante el impacto de las balas para dejarse de agitarse y contorsionarse unos instantes después.

Buzzy sonrió y susurró mientras uno de sus lugartenientes le tendía una taza de té que había preparado con parsimonia en una vieja tetera puesta a calentar en un hornillo y susurró:

-He sido clemente con Ted, tal y como su hermano me rogó. Le he dado un final más piadoso que…

Entonces sus ojos se desviaron hacia un periódico que reposaba sobre la mesa de juego que se enclavaba en mitad de la estancia, reconvertida en un elegante casino y tomó la publicación entre sus dedos finos y enjoyados. Observó que en la primera plana, destacaba una noticia que había recorrido como la pólvora todo el país y Europa. Buzzy leyó los grandes caracteres que rezaban en el titular que encabezaba la portada del diario:

"Desvelada la identidad de la hija secreta de Eleonor Parker".

Buzzy bajó sus ojos grises que inmediatamente quedaron prendados, hechizados o tal vez encaprichados por la imagen de una hermosa muchacha de largos cabellos rizados y ojos verdes que caminaba del brazo de su marido, brillando con luz propia en lo que parecía una fiesta de alta sociedad.

"La señorita Candy Anderson Legan" –leyó el ganster con displicencia y en voz baja- "heredera de la inmensa fortuna de los Andrew es hija ilegítima de la famosa actriz y diva inglesa del teatro, Eleonor Baker, como ella ha finalmente reconocido. Eleonor Baker acaba de pasar por el doloroso trance de su divorcio del que hasta hace pocos meses era su esposo, el conocido y reputado empresario teatral, Arthur Brandon y…"

Entonces Buzzy sintió de repente, que Eliza, había dejado de tener interés para ella. Lanzó una corta carcajada y llamó al hombre del gabán que entró en el casino, mientras limpiaba la sangre de su cuchillo con una servilleta. Buzzy esgrimió un gesto de desagrado. No soportaba que sus lujosas estancias, propiedades o todo cuando considerase refinado, lujoso y digno de pertenecerle ya fuera por su belleza, gracia o esplendor fuera mancillado por la sangre o cualquier otro tipo de contaminación, que le repelía. El asesino del gabán dio un respingo, temeroso de haber caído en desgracia con su jefe, pero este le tranquilizó. La habilidad de su subordinado, aun le era muy útil, al menos por el momento.

Buzzy esgrimió el periódico y nombrando a algunos de sus hombres de confianza dijo con voz gélida y cordial:

-Lucca, Richard, Pedro, quiero a esta chica. No me importa el coste ni la dificultad que pueda entrañar, pero la quiero ya.

Luego caminó hasta un cómodo butacón repujado en cuero que ocupó a modo de trono. Un servicial camarero vestido con un impoluto uniforme blanco, acudió al instante para servirle una copa de su coñac favorito.

Buzzy entrelazó las manos mientras cruzaba las piernas y dijo mientras se pasaba una mano por su cabello peinado hacia atrás con raya en medio y moldeado con gomina:

-Eliza Legan no me interesa. No sabía que tuviera una hermanita adoptiva, tan hermosa, claro –dijo soltando un suspiro mientras degustaba el licor con gesto satisfecho- tampoco leo muchos los periódicos, los ecos de sociedad me aburren –declaró con voz lánguida.

Entonces uno de los hombres más respetado por Buzzy, al que pese a su seguridad y total falta de escrúpulos, pedía consejo siempre que la ocasión lo requería, y cuya palabra era ley entre los soldados del elegante hampón y que solo respondía ante Buzzy, se adelantó mirándole fijamente. Únicamente él era capaz de algo así. Si algún otro hombre hubiera tratado a Buzzy con el aplomo y audacia que aquel anciano de pelo blanco y prominente estatura había utilizado, Buzzy no habría dudado ni un segundo, en decretar un doloroso final para el que osara importunarle.

El hombre, que era una especie de mentor y consejero para el joven y apuesto Buzzy, llevaba un traje negro con una rosa blanca en el hojal derecho. Sobre una camisa blanca llevaba una corbata tan negra como su traje. Su expresión era de franqueza. La cara de Michel Locardi al contrario que la de su jefe, mostraba la emoción que en ese momento estuviera sintiendo. No era hombre de ocultar sus emociones ni que cayera en vacilaciones o debilidades. Sus ojos claros parecieron taladrar los de su jefe, como reconviniéndole por algo. Buzzy reparó en él y sus pupilas grises recorrieron la fina cicatriz de color carne que atravesaba el rostro de Locardi, y que bordeaba su ojo derecho, que no perdió durante un ajuste de cuentas por muy poco. Fruto de aquel incidente había sufrido aquella cicatriz, cuando un disparo le rozó el rostro provocándosela, aunque por fortuna para él, sin alcanzar ningún órgano vital.

-Jefe, con todos los respetos –dijo Michel sin parpadear- quizás debería dejar en paz a esa chica.

Buzzy le contempló como si estuviera loco o no hubiera oído bien y le observó con cierta incredulidad. ¿ Su mano derecha dudando por primera vez de algo que en apariencia era muy fácil de realizar mediante sobornos, extorsión o métodos peores en caso de que la hermosa joven no se aviniera por las buenas a sus halagos ?

Antes de que Buzzy pudiera hablar, Michel se le adelantó y dijo:

-No se trata de que pertenezca a una familia poderosa, jefe. No tiene nada que ver con que esté más o menos relacionada con la alta sociedad de Chicago o tenga una de las mayores fortunas del país.

-La mayor –le corrigió Buzzy poniendo las palmas de las manos hacia arriba. Iba a continuar hablando, pero le divertía e intrigaba al mismo tiempo, la presunta advertencia que intuía que su mano derecha le iba a realizar, por lo que le instó a que continuara desarrollando su exposición:

-Se cuentan cosas muy raras acerca de esa muchacha jefe. Dicen que está protegida por un poder que…-vaciló un momento antes de seguir hablando. Se extrañó y más bien se enojó consigo mismo por su debilidad. ¿ Michel Locardi titubeante ?, ¿ el implacable jefe de ejecutores dudaba ante aquella absurda historia ?, pero continuó relatando los datos que, reales o no, en torno a Candy, había logrado recopilar:

-Un poder que no es de este mundo. Todo el que ha intentado hacer daño a esa joven, ha sufrido un final terrible. Y hay serios y muy creíbles indicios, de que pueda ser verdad.

-¿ Mi curtido lugarteniente tiene miedo de cuentos de viejas ? ¿ de historias de fantasmas ?

Buzzy saltó ágilmente de su butacón y extendió los brazos hacia delante imitando la pose de un alma en pena, como si realmente arrastrase una pesada cadena y estuviera envuelto en fantasmales sábanas, lanzando aullidos y riendo al mismo tiempo, mientras se deslizaba por todo el cansino, ante el asombro y la hilaridad de las bellas y elegantes damas de compañía, que iban del brazo de su ilustre clientela, formada por influyentes caballeros que se dejaban auténticas fortunas en sus casas de apuestas ilegales apostando a la ruleta o en otros juegos de azar. Ante la penosa escena, Michel desvió la cabeza entre avergonzado y abrumado, meneándola ligeramente. Sus hombres parecieron darle la razón con un mudo asentimiento y una mirada cargada de vergüenza ajena y pesar.

-Yo no me lo tomaría tan a la ligera –hizo un gesto y uno de sus hombres le trajo una ajada y mugrienta carpeta entre cuyas tapas había varios recortes de prensa antiguos y algunas fotografías. El esbirro depositó delante de Buzzy la carpeta, que la abrió hojeándola con displicencia. Leyó algunos artículos en los que se relataba un brumoso e inexplicable suceso prácticamente olvidado, en el que según algunos testigos, un hombre envuelto en fuego y que desprendía grandes llamaradas a través de sus antebrazos, acabó con la vida de una treintena de hombres, en un remoto y olvidado pueblo del medio oeste que estaban importunando o más bien, intentando forzar a una hermosa muchacha que parecía guardar una relación muy íntima y directa con el hombre del relato. Buzzy leyó la descripción física de la chica, y observó con interés el retrato robot de la misma, elaborado por la Policía, a partir de los testimonios de los testigos, que obviamente no fueron tenidos en cuenta. Buzzy dio un ligero respingo. Miró la fotografía de la joven del brazo de su marido en la fiesta de alta sociedad, deslumbrante en su vestido de raso rojo, la comparó con el retrato robot, y comprobó que coincidían plenamente, mientras Michel Locardi asentía con gesto serio y preocupado.

18

Buzzy leyó el recorte de prensa que su mano derecha le había tendido. La razón por la que el jefe de su guardia pretoriana reunió tanta información, había que buscarla en su meticulosidad, que no descuidaba el más mínimo detalle, lo que le había conducido a juntar en un completo y abultado dossier, todo lo que había podido averiguar en torno a la familia de Eliza Legan. El vínculo afectivo de esta con Candy, que había pasado a ser adoptada por los Legan, una vez que Albert perdió su tutela legal como padre adoptivo, sobre la muchacha, había llevado al enjuto y adusto jefe de soldados de Buzzy, a no dejar ningún cabo suelto. Buzzy al que apenas le interesaba nada de lo que él calificaba despectivamente como "chismorreos y cotilleos sin sentido" cuando se refería a los ecos de sociedad, se había enterado por casualidad de la existencia de Candy, por un viejo ejemplar de un periódico atrasado, ya que pese a las constantes recomendaciones y consejos de su lugarteniente, que le instaba casi de continuo a cultivar sus amistades con la influyente gente con la que se relacionaba, Buzzy solo vivía por y para el lujo y el ejercicio de su poder casi ilimitado. Naturalmente, como suele pasar en muchas ocasiones con personajes brillantes pero despreocupados del todo o según que aspectos más o menos cruciales, una sombra tras el trono, un hombre o mujer inteligentes velaba por su protegido, desde un discreto segundo plano, ya fuera por afecto, interés personal o incluso oscuras razones que podrían amalgamar todo lo anterior. Desde luego, en el caso de Michel se debía más que nada al afecto que le había unido al padre de Buzzy cuando durante un tiroteo con la Policía, este cayó abatido. Poco antes de expirar entre sus brazos, su amigo le confió el cuidado del muchacho que entonces rondaría los doce años y que ya apuntaba maneras a tan temprana edad.

"Una historia muy manida, pero que se repite cada cierto tiempo" -pensaba Michel ceñudo y con las manos a la espalda, mientras su protegido estudiaba con una sonrisa divertida, no exenta de cierta incredulidad, cuantas pruebas y testimonios le había facilitado el hombre, que lamentaba la poca predisposición de su pupilo para tomarse nada en serio, pese a su prominente inteligencia y a la sagacidad de la que solía hacer constante gala, aunque a juicio de Michel, la desaprovechara constantemente en nimiedades y asuntos sin importancia.

-Esto es completamente ridículo -dijo entre dientes, mientras el camarero le servía la enésima copa, con cierto temor de poder caer en desgracia con el poderoso e influyente ganster o su entorno, ante la más mínima torpeza o desliz por su parte. El empleado temblaba ligeramente, cosa que se podía percibir por el tintineo que imprimía a la copa que servía al gansters.

Fue deslizando las hojas del informe y tras una somera lectura, ya se había hecho una idea de lo que Michel pretendía explicarle. Buzzy al cual el alcohol no parecía afectarle en absoluto, pese a la cantidad excesiva que había trasegado ya y que constituía uno más entre muchos, de los caballos de batalla de su lugarteniente, que tampoco podía disuadirle de que dejara otra de sus grandes pasiones, junto con el ejercicio de un poder desmedido y sin límites, el lujo o las mujeres hermosas.

-Vaya vaya -dijo el apuesto hombre mientras reía de forma encantadora- me estás queriendo decir, que ese hombre es capaz de emitir fuego y volar. Michel, Michel, cada vez me sorprendes más, querido amigo. Como bufón no tendrías precio.

19

Michel Locardi estaba acostumbrado a los hirientes y reiterados menosprecios, de los que Buzzy le hacía blanco cuando bebía algo más de la cuenta o se sentía especialmente inspirado en algo y por algo. Pero cuando el joven gansters reparaba en cuan injusto había sido con Michel, solía disculparse brevemente, cosa que el anciano aceptaba con un leve encogimiento de hombros. Sabía que cuando Buzzy se emborrachara nuevamente o algo le llevase la contraria, como un asunto que no salía según sus planes o un acceso de ira o de malhumor, volvería a emprenderla con él. Por el momento, había cometido un error de principiante, un fallo imperdonable y que más bien consistían en dos:

El primero era haber importunado a una de las familias más poderosas e influyentes de Norteamérica. Los Andrew, que sin duda tomarían buena nota del capricho inconsciente del joven.

El segundo, y quizás más o tan grave como el primero era haber ordenado un escarmiento, contra Eliza, en una acción tan insensata como innecesaria, porque en un arranque de despecho, Buzzy había recordado como Eliza Legan le había rechazado hoscamente hacía ya tantos años. Pese a que Michel intentó disuadirle como siempre, de que olvidara un suceso acaecido hacía ya demasiado tiempo, Buzzy se empecinó en que su antigua amante tenía que pagar por sus desplantes y humillaciones. Pero el joven era tan impulsivo como irreflexivo, brillante y taimado como arrogante e irreflexivo. Y encadenando un despropósito tras otro, había encargado su particular e irreflexiva vendetta contra dos sicarios recién llegados a la organización, cuyos mayores delitos no pasaban de atracar un puesto de frutería o sustraer al descuido pequeñas cantidades de dinero. Nuevamente, Michel procuró conseguir que siguiera sus consejos, y nuevamente fue en vano. Buzzy consideró que aunque la Policía tenía fichados a ambos hermanos, no sospecharían de ellos, debido a que eran rateros, dos ladronzuelos insignificantes y para nada llamativos.

"Envía a profesionales Buzzy", "envía a profesionales" le espetó hasta la extenuación su mano derecha, siguiéndole continuamente hasta que Buzzy se enojó y le ordenó callar, y por lo tanto, no sirvió para nada. Los profesionales cobraban bastante caro y Buzzy quería ahorrar hasta el último centavo para sufragar su lujoso y desbordante tren de vida. Pensaba que a la hora de matar, sobre todo si se trataba de mujeres indefensas, bastaría lo mismo alguien de poca monta, que el más curtido y duro de los asesinos profesionales, pero se equivocó, aunque por otro lado, quizás poco podrían haber hecho ante un robot de dos metros de altura. Su poca y escasa discreción habían permitido por otro lado, que yo consiguiera investigar muy secretamente y con sigilo, la vida anterior de mi sobrina adoptiva y debido a mi poco cuidado y habitual descuido, Haltoran se había terminado por enterar de mis pesquisas, gracias a unos papeles que me olvidé inopinadamente cuando fui a visitarle a él y a su esposa Annie.

20

Sin embargo, el voluble y visceral jefe de Michel Locardi, como una veleta agitada por los vientos de la falta de sentido común y el capricho más cerril, había optado por olvidarse de Eliza que ya había perdido todo interés para él, para centrar su obsesiva y malsana atención en su hermana adoptiva. Los ojos verdes grandes y atrayentes, los labios sonrosados y carnosos y los cabellos rubios y ensortijados habían hecho, que el torvo e impulsivo joven, hubiera cambiado nuevamente de opinión. Lo suyo fue un flechazo. Si con Eliza había sido el morboso deseo de tener para sí a una joven de alta sociedad tan altiva, caprichosa y rebelde, que le había recordado a si mismo cuando no era más que un mocoso de doce años, cuando Michel Locardi se hizo cargo de él, con Candy notó una especie de obsesiva y malsana pasión que empezaba a consumirle. Por una vez, y por increíble que pareciera, Buzzy había hecho caso de las recomendaciones de Michel y como no se produjese respuesta alguna al allanamiento de morada de ambos hermanos en la propiedad de los Cattwarray y su intento de asesinato, ni siquiera la visita de los agentes de la Ley, Michel suspiró aliviado, aunque sin exteriorizarlo. Pero como sucediera con Albert, las pupilas de esmeralda le perseguían a todas partes. Aquel rostro ovalado y hermoso, con una nariz respingona que Buzzy encontró especialmente atractiva y moteada de pecas le perseguían a todas partes. No podía sacarse el rostro de Candy de su cabeza, por lo que tras dos semanas de aparente calma, llamó a gritos a Michel, mientras vacía en sus entrañas, el contenido de una botella entera de whisky.

-Michel, quiero a esa chica. Y la quiero ya. Me da igual que la proteja ese patán volador o el rey de Persia –dijo con voz gangosa por efecto del alcohol. Estaba embriagado y pese a que su tolerancia al licor era casi legendaria en los bajos fondos de Chicago, el joven ganster había traspasado ampliamente sus límites físicos, porque por el suelo de mármol, de la suite, que ocupaba en un lujoso hotel situado en pleno centro de la ciudad, en lo más granado de la ostentosa zona residencial de la gran urbe, rodaban con un tintineo no una si no hasta cuatro botellas, que Michel tuvo que esquivar, en más de una ocasión y con cierta dificultad. Abochornado y decepcionado lanzó un breve suspiro mientras su jefe insistía en sus órdenes de hacerse con la muchacha, pese a las claras advertencias de Michel.

-Si tu héroe de pacotilla tiene tales poderes, me avengo a seguir tus consejos, amigo mío –dijo Buzzy hipando y riendo estruendosamente.

Michel alzó las cejas sorprendido, gesto que hizo que Buzzy rompiera a reír. Entonces sufrió un brusco cambio de humor y dijo con voz gélida y desprovista de toda cordialidad:

-Sí, amigo mío, puedes hacerlo a tu manera, pero tráeme a esa chica. Me da igual como lo hagas, pero traémela a mi presencia.

Michel no daba crédito a lo que estaba oyendo. Si el jefe ponía en sus manos la operación, puede que hubiera una posibilidad de lograrlo e incluso de sacar una provechosa tajada de todo aquello. No obstante, y muy receloso porque no sería la primera vez, que Buzzy cambiaba bruscamente de idea le preguntó:

-¿ De veras lo dejas todo en mis manos jefe ? ¿ permitirás que lo organice a mi modo ?

Buzzy levantó su copa y realizó un brindis, al que Michel respondió con una ligera inclinación de cabeza.

-La operación es tuya, pero tráeme a esa Candy, como sea.

El elegante e impertérrito anciano sintió un escalofrío al imaginar a una muchacha tan bella en manos de alguien tan falto de escrúpulos y de moral como Buzzy. Antes de retirarse para disponerlo todo y preparar meticulosamente la operación, mientras descorría los batientes de las puertas de madera noble de la suite, Michel se giró con lentitud y observó a Buzzy que enfundado en un elegante batín de seda roja con recargados arabescos en sus mangas y los bolsillos de la prenda, estaba contemplando embelesado diversos retratos de la muchacha, que había hecho que le trajeran, extraídos de diversas publicaciones, y le preguntó, aunque ya imaginaba la respuesta:

-¿ Qué harás con ella cuando la tengas a tu disposición ?

-Qué pregunta más absurda Michel –dijo Buzzy que cada vez iba superando gradualmente los efectos del alcohol gracias a su prodigiosa fuerza de voluntad- la disfrutaré y puede que hasta la convierta en mi esposa, que narices. Una mujer así solo puede pertenecer a alguien como yo. Prepáralo todo, sí, es una excelente idea, a mí las operaciones me dan jaqueca. Además tú sabrás como encarar mejor las posibles reacciones de esa familia y tu misterioso héroe volador.

21

Pero para Michel Locardi, los asombrosos y temibles poderes de Mark no eran ninguna tontería o un cuento de viejas, como tan a la ligera y con total despreocupación lo definiera su protegido. Pese a los desplantes, y a la autoridad jerárquica que no moral, que Buzzy ejercía sobre él, el anciano y experto gansters le seguía considerando como un hijo y por lo tanto su pupilo. Michel había sido testigo accidental de las prodigiosas habilidades de Mark. Primero se sintió atraído por un revuelo que varias personas habían armado, y que formaban un corrillo en torno a un extraño joven, vestido con no menos extrañas ropas. Michel se mezcló en el grupo de curiosos, que rodeara en Coventry, a un joven de ojos oscuros y cabellos negros, que había sufrido un momentáneo contratiempo, atrayendo igualmente la atención de Eleonor Baker, la futura madre de Candy.

Cuando Mark, afectado por el excesivo uso del iridium y el desgaste que le producía, se incorporó lentamente y tambaleante dispersando a los curiosos que entre asustados y repelidos por su conducta, Michel sintió el impulso de seguirle discretamente. La gente pronto perdió interés por él, y Mark por su parte, no hizo caso de los comentarios hirientes u despectivos de los que le habían observado, con la curiosidad propia del que se deleita contemplando una atracción de feria o un lamentable y patético borracho. Lejos de miradas indiscretas, o eso creía él, soltó la sangre negra que en sucesivas oleadas y oscuros flagelos sacudió el aire con sus latigazos. Michel lo vio todo, sin poder dar crédito a sus ojos, pero eso no fue nada comparado con lo que sucedería a continuación. Rodeado de una suave luz iridiscente, Mark se elevó en el aire lenta pero majestuosamente antes de volverse invisible. Michel creyó que la locura se había instalado en su mente y tuvo que acudir a su mente racional para no perder la razón. Le costó mucho, pero logró alejar el fantasma de la demencia de su vida. Fue mucho antes de unirse a la banda de Pietro Lugoni Jonson, cuando aun era una persona honrada o creía que su lugar estaba entre las gentes de bien, antes de que su vida diera un brusco giro, cuando fue asaltado en un peligroso barrio del extrarradio de Chicago. El padre de Buzzy acudió en su ayuda, logrando salvarle la vida.

-Otra historia manida –se dijo en voz baja Michel mientras repasaba por enésima vez los rimeros de legajos con datos e informaciones de la familia Andrew que tapizaban la mesa de su despacho improvisado en uno de los pisos francos que disponía la organización, repartidos por toda la ciudad, para trazar un plan efectivo.

Debido al profundo agradecimiento y gratitud que experimentó hacia Pietro, Michel que había sido profesor de literatura aparte de haber tenido diversas ocupaciones en su ajetreada vida, y que no tenía familia, aceptó la idea que su amigo le propusiera de unirse a su banda, que entonces estaba formada por unos pocos miembros que cometían pequeños delitos, disputándose fieramente el territorio con otras organizaciones rivales.

Tiempo después, volvería a tener noticias del enigmático joven, gracias a un secretísimo dossier destinado al presidente Wilson y al que tuvo acceso merced a sus no menos secretos y excelentes contactos. Sabía que Mark se había convertido en el esposo de Candy Legan. El al contrario que Buzzy leía los periódicos, y hasta los ecos de sociedad, o prensa rosa, que su pupilo detestaba. Desde que Buzzy averiguara que la primera foto sensacionalista, robada de la Historia se había realizado, obviamente sin su permiso o el de sus allegados, al moribundo canciller Bismarck por parte de dos avispados reporteros oportunistas, con la evidente intención de venderla al mejor postor y por una buena suma de dinero, cosa que finalmente no lograron, detestaba la farándula y aquel tipo de periodismo. Pero Michel era diferente en ese aspecto. Él solía examinarlos, porque como opinaba, hasta en las fuentes más insospechadas puedes encontrar datos o ideas de interés. Nunca se sabe. Cuando Buzzy se encaprichó de la esposa de Mark, aunque en un primer momento, había intentado disuadirle influenciado por el recuerdo de lo que presenciara atónito en Coventry hacía ya tantos años, luego cambió de parecer, sobre todo porque a Buzzy se le había metido entre ceja y ceja, disponer de la muchacha como fuera. Tal vez, Mark fuera útil para sus propósitos, si sabía jugar adecuadamente sus cartas. Y Michel estaba convencido de tener una mano bastante buena y exitosa. Solo necesitaba, aparte de aquello, una racha de suerte y suficientes dosis de audacia para poner en práctica lo que tenía en mente.

22

Eliza y Tom se personaron tan rápidamente como les fue posible en el palacete, una vez que Haltoran, algo cariacontecido por tener que reportale a la joven tan malas noticias e interrumpir la fiesta de cumpleaños de la hija de Eliza, les dio las infaustas nuevas por teléfono. Tom, temblando de rabia por la intromisión en su hogar de aquellos desconocidos estuvo a punto de estrellar por dos veces su automóvil, de lo deprisa que iba, porque su única preocupación era llegar cuanto antes a su hogar. Solo después de que Eliza le comentase enojada que aflojase un poco la presión sobre el pedal del acelerador, el hombre pareció tranquilizarse y soltando un suspiro se disculpó ante su esposa. Si la situación estaba ya controlada, tanto daba llegar un poco antes que después. El caso era alcanzar la mansión lo antes posible, cosa que ambos ardían en deseos de lograr cuanto antes. Mientras Eliza sostenía el auricular nerviosa, Tom había captado algo de la conversación que estaba manteniendo con Haltoran, mientras una algarabía infantil que festejaba el cumpleaños de su hija Candy llenaba el ambiente de alegres y estruendosos gritos. En torno a una mesa repleta de chucherías y apetitosos platos, varios niños amigos de Candy, junto con sus padres asistían a la celebración y cada uno de ellos había entregado varios regalos a la niña, que lo recibía con satisfacción y alborozo. Presidiendo la mesa, junto a su abuelo, el padre de Tom, Candy recibía las felicitaciones con agrado y mostrando una sonrisa tan deslumbrante como la de su tía a la que echaba de menos. Cuando sonó el teléfono, Eliza que se disponía a pronunciar unas palabras, esbozó un gesto de fastidio y abandonó su silla para hacerse cargo del aparato.

-Ya lo atiendo yo Tom. Pronuncia ese discurso que Candy ha preparado por mí, ¿ quieres ?

Tom depositó un breve beso en la mejilla izquierda de su mujer que sonrió complacida. Al cabo de unos minutos, el semblante de Eliza se había demudado y su piel presentaba una tonalidad pálida que asustó a Tom. Afortunadamente, nadie más, ni siquiera su padre, el anciano ranchero, se dio cuenta del súbito cambio que se había obrado en la expresión de su mujer. Tom leyó las palabras que su hija había redactado y dirigidas a la concurrencia. Le costó mucho fingir que todo iba bien y tuvo que hacer serios esfuerzos para que su semblante no se ensombreciera, al escuchar el nombre de Haltoran y otras palabras como peligro o asalto.

Tom sabía perfectamente que su mujer había mantenido un breve e intenso romance con Haltoran, el actual marido de Annie Brighten, pero no pudo evitar que una punzada de celos y el fantasma de viejos y ya casi olvidados temores retornasen, asaltándole de improviso. Se fiaba de su esposa, pero a veces temía que el antiguo amor de Eliza cobrara fuerza, y terminara por desplazar el suyo. Finalmente, cuando la joven colgó el auricular que emitió un leve click al depositarlo sobre su horquilla, Tom acudió a su lado tan rápidamente como pudo, intentando disimular sobre todo por su hija para no estropear la fiesta. Cuando Eliza le puso al corriente de la situación, tras las oportunas explicaciones de rigor y las consiguientes disculpas y decepción por tener que estropear aquel feliz momento, el anciano ranchero lo entendió y dijo con voz lenta y cadenciosa:

-No te preocupes hijo. Id en seguida. Yo sabré disculparos. Ya se me ocurrirá algo.

Eliza besó a su suegro en las mejillas. Tom estaba sorprendido. Antes ni siquiera le habría mirado por su condición de ranchero y menos hablado o imaginado algún día relacionarse con alguien como él. En parte debía a Haltoran el que ahora ella fuera su esposa, porque aquel joven de ojos verdes y cabellos pelirrojos la había apartado con su amor, de la peligrosa y destructiva senda que ella y su hermano habían emprendido, y que probablemente habría sido sin retorno de no mediar la oportuna llegada de aquel forastero. Le disgustaba tener que reconocerlo, y le asaltaban unos terribles celos cada vez que pensaba en ello, pero aprendió a ocultar sus sentimientos. Eliza le amaba. Y de hecho era ella quien había roto su relación con Haltoran, aunque ya para entonces, el joven también se había dado cuenta de que no podía vivir sin Annie a la que había intentado apartar de su lado pero sin éxito.

Cuando llegaron a la mansión el joven ranchero se sorprendió levemente al encontrar a varias personas esperándole, entre ellas a la que menos deseaba toparse. Haltoran sostuvo la mirada de Tom mientras Annie súbitamente sacudida por un ataque de celos se abrazó a su marido con tanta fuerza, que Haltoran se sorprendió levemente. Mermadon permaneció a la vista. Como no era la primera vez que le había visto, se le permitió estar allí sin tener que recurrir a su invisibilidad. Haltoran se adelantó, tras separarse de Annie y se plantó frente a ella. Hacía tiempo que no le veía y sintió un leve estremecimiento porque le pareció más varonil y apuesto. Annie enojada se situó nuevamente junto a su esposo, y no le perdió de vista ni un solo instante. También estaban Mark y Candy, la cual corrió hacia su hermana adoptiva abrazándola y saludando a su amigo Tom. Yo, mientras continuaba junto a Clara que me miraba con ojos centelleantes. Entonces Haltoran empezó a hablar contando el feo y turbio asunto en el que se había visto envuelta.

-Han intentado matar a una de tus criadas Eliza –dijo Haltoran bajando la voz para que la chica no pudiera oírla y señalando disimuladamente a la joven que continuaba pendiente de mí y de mis más mínimos gestos.

-A modo de advertencia –sentenció Mark con gravedad, mientras Mermadón asentía igualmente y produciendo en Tom una aversión mal disimulada cuando vio como la mole metálica se contoneaba para dar más énfasis a sus gestos. Intentó hablar, pero Haltoran le pidió que no interrumpiera.

Cuando Haltoran hubo terminado de explicar a Eliza lo que los dos malhechores a cambio de su libertad, le habían confesado, la joven se echó a llorar y abrazó a su esposo primero y luego a Candy que la tranquilizó lo mejor que supo. Entonces la muchacha se acordó de que había alguien más que probablemente necesitara más consuelo que ella y se enjugó su llanto mientras musitaba:

-Ese mal nacido de Buzzy. ¿ Cómo pude ser tan irresponsable como para mezclarme con alguien como él ?

Entonces avanzó entre todos abriéndose paso y cuando llegó junto al banco en el que yo y Clara estábamos sentados, departiendo, Eliza se abalanzó tan rápido hacia mí que estuvo a punto de tirarme al suelo, directamente desde el banco a tierra. Clara se puso muy tensa y en sus pupilas asomaron algunas lágrimas, hasta que para su tranquilidad, Eliza empezó a hablar con su característica y aguda voz que seguía taladrándome los tímpanos:

-Tíooo, tíoooo, ¿ que te han hecho esos canallas ? ¿ estás bien ?

23

Con los ánimos más calmados, y una vez que tranquilicé a Eliza, sus atenciones se dirigieron hacia su criada. Clara estaba tan avergonzada de haber pensado mal de su señora, que casi le dolían más sus elucubraciones, que el terrible trance por el que había pasado. Solo era la sobrina de aquel caballero que tan valientemente había arriesgado su vida para defenderla. Su dicha era completa y noté incómodo, como la chica me miraba intensamente. No es que me desagradara entablar una nueva relación con una joven tan adorable como aquella, aparte de que me importaba un pimiento su extracción social o la mía. Pese a que ella fuera una sirvienta y yo un supuesto y encumbrado gentleman eso no representaba para mí ningún obstáculo ni inconveniente. Lo que se me antojaba una barrera casi infranqueable era la diferencia de edad entre ambos. Clara podría pasar por mi hija. Y por otra parte, la continuaría viendo porque Haltoran había obtenido de Eliza, la promesa de que temporalmente trabajaría para los Legan, a efectos de que estuviera más protegida. El pensamiento de que podía ser mi hija, me había dado una idea.

La primera reacción de Tom fue ir a ajustarle las cuentas a ese Buzzy, porque pensaba que la Policía poco tenía que ver con todo aquel asunto y que poco resolverían, ya que era una cuestión personal, pero Haltoran que sabía donde poder encontrarle, se negó en redondo a facilitarle información alguna al respecto. Fue un momento bastante tenso, porque Tom pese a sus intentos por controlarse, terminó por perder los estribos y organizar una escena de celos. Intentó golpear a Haltoran asestándole veloces y fuertes directos que podrían haber noqueado fácilmente a una persona normal, pero Haltoran no era un hombre corriente al uso, y se apartó con suma facilidad de la trayectoria de sus puños. Tom se quedó perplejo e indeciso. Optó por no continuar aquella absurda contienda, que a todas luces no podría ganar, ni que Haltoran deseaba mantener. El joven pelirrojo no renunciaba a una buena pelea, pero aquella no lo era. Tom meneó la cabeza sacudiendo sus cabellos y rememoró como había luchado contra Anthony, cuando accidentalmente, derribó con su caballo, la carreta en la que transportaba algunos recipientes metálicos repletos de leche recién ordeñada. Pero en aquella ocasión fue capaz de conectar algunos golpes contra Anthony, y él también recibió los suyos. Terminaron por hacerse buenos amigos, pero con Haltoran era muy distinto. Sus manos solo mordían aire a su paso sin lograr alcanzarle, y sabía positivamente que nunca podría ser amigo de alguien que había enamorado a su Eliza, antes que él.

24

-Lo único que conseguirás es que te maten –le espetó Haltoran mientras le daba un momento la espalda para asegurarse de que Mermadón estuviera cerca, porque tenía que darle algunas instrucciones que le fue suministrando, a través de un teclado conectado a sus circuitos, en lugar de hacerlo de viva voz.

-Esto no es asunto tuyo –masculló Tom con rabia- solo tienes que decirme donde encontrar a esos canallas, nada más. El resto es cosa mía.

Haltoran sonrió levemente. Por un momento, Candy, Mark y todos los demás nos temimos que el impetuoso Tom intentara nuevamente pelearse con Haltoran. De hecho, el joven creyéndole con la guardia baja se lanzó en tromba contra él, mientras, enfrascado como estaba en su labor, le daba la espalda, pero Haltoran se apartó velozmente al percibir sus pisadas aunque Tom, apenas hubiese producido ruido alguno, ni levantado una brizna de hierba o desplazado una sola piedra, y antes de que pudiéramos avisarle, ya que Tom, acostumbrado a largas marchas cuando guiaba el ganado de su padre y la vida al aire libre, se había convertido en un hombre atlético y fuerte. Era veloz e imprevisible, pero no tanto como para coger desprevenido a Haltoran. Debido a su propio impulso estuvo a punto de estamparse contra un muro, pero Mark le asió por los hombros cortando de golpe su veloz e impulsiva carrera sin control hacia la pared de granito.

Tom se revolvió furioso, zafándose de Mark apenas este aflojó sus dedos, al haber quedado en evidencia delante de todos. Finalmente Candy se le aproximó y le dijo mientras pasaba un brazo por sus hombros, intentando tranquilizarle:

-Tom, tienes que calmarte. Haltoran tiene razón. Son gente peligrosa. Deja este asunto en sus manos.

-Estoy harto de que esos dos estén siempre condicionando vuestras vidas –gritó Tom en referencia a Haltoran y a Mark, mientras les señalaba con su dedo índice derecho – y ahora las nuestras –añadió en referencia así mismo y a Eliza.

Tom a diferencia de los habitantes de Lakewood y las personas que habían tenido más estrecha relación con Candy y Annie, no sabía nada referente al pasado de Mark y de Haltoran, o futuro, como quisiera enfocarse. Había permanecido al margen del secreto de ambos, debido a su nulo trato con ambos. Creía que Haltoran era un inventor bravucón y falso, llegado del este, que había subido puestos muy rápidamente en la escala social y tomaba a Mark, como una especie de vagabundo, que con sus embustes y engaños había prendado a Candy, logrando tan ascendiente sobre los Andrew y los Legan que finalmente se había quedado con la parte del león. Veía a Mark como una especie de aventurero sin escrúpulos, sin sospechar ni remotamente, cual era la realidad que se escondía tras aquellos dos hombres. Por otra parte, guardaba rencor a Mark, porque había separado a Candy de Anthony, al que consideraba su amigo. Siempre le había impactado el descubrir como el joven aristócrata, se había tornado en una especie de mendigo o ermitaño, encerrado en su propia mansión debido a la honda depresión en la que se había precipitado tras su ruptura con Candy, y de la que saldría no sin esfuerzo, tras otro fallido romance con Annie, gracias a una joven condesa rusa que había conocido en una fiesta. Tom sabía que Anthony salía con ella por su parecido físico con Candy. Decidió intervenir a favor de Anthony, pero los ruegos de su amiga, que le había hecho jurar que nunca intentaría nada y que no se entrometería en los complicados asuntos familiares de los Andrew, habían hecho que el joven se mantuviera al margen.

Volviendo de sus reflexiones el ultrajado Tom, cruzó los brazos sobre el pecho, mientras Eliza intentaba tranquilizarle y preguntó con una inflexión de ira en su voz:

-Ya claro, ¿ y como se supone que te vas a enfrentar a esos cerdos ?

Haltoran retiró el flequillo que le caía rebelde sobre la frente y dijo sin inmutarse:

-Simplemente, no vamos a hacer nada.

Al escuchar aquello, Tom creyó que estaba escuchando a un loco o a un rematado bromista con muy poco sentido del humor. Su reacción fue intentar atizarle, pero recordando que era empresa harto difícil o tal vez imposible, soltó un gruñido y dijo:

-Claro. No hacer nada. Y supongo que nada de Policía. Por favor, -dijo levantando los brazos airado y empezando a dar vueltas en torno a Eliza que se estaba poniendo nerviosa por su actitud- casi matan a esa pobre muchacha –dijo señalando a Clara- y lo único que se te ocurre es dejarlo correr. Inaudito. Y para colmo dejas en libertad a los que intentaron hacerlo.

-Así es –dijo Haltoran mientras examinaba una cerca de postes negros, con una especie de bola brillante encima, que había dispuesto en torno a la mansión con la ayuda de Mermadón.

-Los dos esbirros que procuraron hacer efectiva la venganza de ese Buzzy habrán ido derechos a contárselo, o bien lo más probable, han salido huyendo, temiendo su venganza por un encargo frustrado. En cualquier caso, terminarán delante de su jefe y este sabrá por boca de ambos, lo que ha sucedido hoy aquí. Y nos les auguro un final agradable, la verdad.

-Por eso les dejaste irse –intervino Annie, que miraba de soslayo hacia Eliza con evidente disgusto, aunque disimulaba sus celos, mejor que los de Tom- aunque me temo que esa gente tratará de vengarse como sea.

-No hay problema. Dejaré a Mermadón aquí y además he dispuesto un sistema defensivo de área infalible. Nadie podrá traspasar el perímetro de seguridad y acceder a la vivienda, sin llevar esto encima.

Entonces Haltoran extrajo de su bolsillo una especie de tarjetas de color oscuro con una ranura en la parte superior y que fue entregándonos a todos, incluido Tom y Eliza.

Tom miró perplejo a Haltoran y protestó visiblemente enojado señalando hacia Mermadón:

-No quiero esa cosa cerca de nuestra hija ni en mi casa. Ya te lo estás llevando todo enseguida.

-No Tom. Mermadón se queda aquí para protegeros. Ya tiene sus instrucciones.

Pero las sorpresas no habían terminado. Tom reparó en unos postes negros que circundaban los alrededores de su casa con una esfera pulida y muy brillante encima, que refulgía débilmente a intervalos con pulsaciones de luz, produciendo un suave zumbido. Tom se acercó a uno de los postes, que según su parecer, afeaban el cuidado recinto de la mansión, cuyos jardines rectangulares, mantenían un aspecto impoluto y que él se ocupaba personalmente de cuidar. Cuando intentó arrancar uno de ellos, Haltoran le detuvo aferrándole la mano con firmeza y deslizando sus dedos hacia la muñeca del esposo de Eliza. Tom se volvió furioso hacia él.

-Ni se te ocurra tocar uno solo de esos postes con la piel desnuda, o pasar entre ellos. Es un sistema de defensa capaz de freír a quien cruce entre ellos, sin esto –declaró agitando entre sus dedos la tarjeta de plástico negra que había entregado a cada uno de nosotros.

-No necesito tu ayuda –dijo Tom desabridamente mientras intentaba rasgar la tarjeta para hacer gala de su desprecio hacia él. Para su decepción y extrañeza no pudo. El minúsculo objeto estaba construido en un material maleable y flexible, pero al mismo tiempo, irrompible.

-No podrás destruirlo Tom. Es algo más que simple plástico o papel, aunque lo parezca a simple vista.

-Ya te estás llevando esa cosa y todos tus malditos inventos fuera de aquí.

Haltoran hizo caso omiso de sus reclamaciones y procedió a soltarle. Tom retiró su brazo con rabia. Pese a sus tentativas no había conseguido zafarse de la presa que la mano de su supuesto rival, hacía en torno a la suya. Se encaró con él, pero Haltoran permaneció sin moverse ni un solo milímetro, aunque el rostro del joven se situara a pocos milímetros del suyo. Cuando el ranchero le espetó porqué se inmiscuía de esa manera en su existencia, el joven pelirrojo esbozó una leve sonrisa y explicó rememorando su romance con Eliza, del que guardaba un grato recuerdo:

-Quizás porque Eliza fue una vez importante para mí, y en virtud de la amistad que mantenemos, lo sigue siendo aun, pero no en el sentido que te estás imaginando Tom. Tus celos son totalmente infundados, por lo que te sugiero que no vuelvas a levantarme la mano, Tom. No quiero hacerte daño ni que causes tan mala impresión a Candy y a mis amigos, pero sobre todo a Eliza, que te quiere más a que nada en este mundo. Puedes creerlo.

25

Michel Locardi tenía una mente analítica y calculadora, y siempre sopesaba fríamente cada operación, cada plan organizándolo meticulosamente antes de ponerlo en práctica. Pese a que muchos planes y operaciones exitosas de la banda eran, al menos nominalmente, obra de Buzzy, era él el que en última instancia, supervisaba, controlaba y daba el visto bueno a cada uno de los mismos, cuya autoría siempre hacía recaer en su jefe que no sospechaba que cada éxito logrado, cada golpe perpetrado por su organización y bendecido por la fortuna, y que les iban volviendo gradualmente más y más poderosos, no le pertenecían a él realmente, si no que eran hijos del ingenio y la brillante planificación del hombre al que había llamado bufón en más de una vez, ridiculizándolo cruelmente, cuando había sido todo un padre para él, una vez que perdió el suyo en un tiroteo. Por ello, conocedor de los entresijos de los Legan y los Andrew, y como el antaño poderoso patriarca de ambas familias había terminado en la cárcel por obra de su desmedida pasión hacia Candy, que le había conducido a cometer irreflexivamente barbaridades tales como asesinatos y haber descuidado el control de los negocios del clan familiar, no estaba dispuesto a que le sucediera lo mismo a los suyos. Michel observó pensativo las fotografías de la mujer que su voluble y caprichoso jefe pretendía tomar para sí, como una más en su larga lista de conquistas, voluntarias o no y asintió brevemente. Envuelto en la penumbra del semisótano que hacía las veces de despacho en aquella ocasión, ya que Michel viajaba constantemente para supervisar todas las propiedades y negocios de la banda comprendió la razón porque el otrora poderoso magnate Albert William Andrew había perdido la cabeza y de paso su imperio, porque no solamente había terminado en la cárcel cumpliendo una larga pena de prisión, probablemente cadena perpetúa, si no que su tía, la matriarca del clan, la poderosa, excitable y anciana tía abuela Marphia Elroy había entregado todo el poder y riqueza del clan familiar a un joven de oscuro origen, que se había desposado con una de las jóvenes más ricas y acaudaladas de Norteamérica, y probablemente del mundo. Pero su sorpresa fue mayúscula y su asombro no conoció límites, cuando reconoció en la fotografía del periódico que había estado observando su jefe, no solamente a la muchacha por la que bebía los vientos el caprichoso y temperamental gangster, sino al hombre cuyos prodigiosos dones había descubierto accidentalmente en Coventry hacía ya tantos años, y que no había envejecido en absoluto. Puede que los peatones y transeúntes que le rodearon en aquel lejano día, entre temerosos y asustados cuando Mark se dobló imprevistamente de dolor por la acción de la sangre contaminada por el iridium que pugnaba por salir, y que lógicamente no podía expulsar delante de todos aquellos testigos, no le recordasen ya, pero él sí, sobre todo porque el contemplar como un hombre alza el vuelo envuelto en voraces y aterradoras llamas, y como desaparecía gradualmente ante sus atónitos ojos, era algo, que no se olvidaba fácilmente.

Se enfrascó febrilmente en los impresos, planos y legajos que tenía ante sí, aunque los párpados le pesaban por el cansancio y daba imprevista cabezadas, pero de madrugada, habiendo ya rebasado ampliamente la media noche, ya tenía preparado el borrador definitivo de su próximo plan de operaciones.

26

Haltoran había dispuesto una discreta vigilancia en torno a su hogar y a la mansión de Eliza y Tom, pese a las protestas de este último. En un principio había pensado en dejar que Mermadón se quedase en el palacete de Eliza de forma permanente, pero la joven se negó en redondo, sobre todo porque el coloso, a diferencia de los hijos de Mark y Candy o Alan, el primogénito de Haltoran, suscitaba un profundo terror y un miedo visceral en Candy, la hija de Eliza. Algunas veces que Tom había visitado la casa de sus suegros en compañía de su esposa y de su hija, la niña había chillado de puro miedo, momento en que la niña corría a refugiarse tras las faldas de su madre y tenían que dar por terminada la visita, a menos que el robot desapareciera de su vista o la niña fuera tranquilizada por su abuelo Ernest o Carlos le ofreciera algunos dulces para calmarla y lograr así que se repusiera de su impresión. Cuando Mark y Candy abandonaron el palacete, Haltoran mantuvo un breve encuentro con su antigua novia, para el disgusto de Tom y las recelosas e inquisitivas miradas que Annie les lanzaba de reojo, temiéndose lo peor para ella. Haltoran suplicó a su esposo y sobre todo a Tom, que le permitieran mantener aquella conversación con Eliza, dado que necesitaba hablarla. El joven posó sus pupilas verdes en su esposa Annie y en el marido de Eliza y dijo con marcada y acentuada sinceridad:

-No tenéis nada que temer al respecto. Annie, Eliza y yo somos amigos, en serio. Tom, te juro que jamás haría nada que pudiera perjudicaros, y menos poner en peligro nuestros respectivos matrimonios.

Los ojos de Haltoran eran el vivo reflejo de la sinceridad. Annie le creía plenamente y su voz grave, respaldada por su mirada serena y tranquila, calmaron los temores de Annie, y terminaron a su vez, por vencer las iniciales reticencias de Tom, que autorizó a su esposa y a Haltoran a mantener aquel encuentro de marcada intimidad, protegidos por la privacidad de un pequeño jardín en el que se erguía una especie de bosquecillo.

Haltoran y Eliza pasearon por el bosquecillo cercano a la casa, una vez que se internaron en él, con el consentimiento de sus respectivas parejas. La joven apreciaba sinceramente a Haltoran. Se sentaron en un banco de piedra al cual proporcionaba sombra un gigantesco pino cuyas ramas sobrepasaban ampliamente los aleros del tejado del palacete. Eliza que llevaba un elegante vestido verde con un sombrero a juego sonrió y observó a Haltoran con sus penetrantes e inteligentes ojos ambarinos y dijo:

-Agradezco cuanto has hecho por nosotros y lamento sinceramente los celos de mi marido, pero últimamente se ha puesto insoportable. Cree que tú y yo nos vemos en secreto –declaró riendo coquetamente. Haltoran dio un respingo, porque por un momento le pareció intuir o vislumbrar que la idea era especialmente tentadora para Eliza, pero la mujer no tenía el menor interés en comprometer la estabilidad de su matrimonio ni perder el afecto de Tom. No solamente porque Eliza se hubiera convertido en una dama respetable y en amante madre de familia y esposa, sino porque por paradójico que resultara, su romance con Haltoran había suavizado su despótico y malvado carácter, tornándola en una persona que aunque no había perdido la mordacidad y la altivez de su temperamento, se había transformado en alguien dominado por los buenos sentimientos. Recordó entonces una conversación que había mantenido con Haltoran cuando aun eras novios, justamente en el mismo lugar en el que ambos permanecían sentados. Eliza reclinó la cabeza en el hombro de Haltoran y sonriendo declaró, mientras jugueteaba con los bucles que remataban sus cabellos cobrizos recogidos en aquellos peinados que a Haltoran siempre se le habían antojado tan extravagantes como recargados:

-¿ Recuerdas cuando hablamos aquel día de por qué fui tan despreciable con Candy ? ¿ lo recuerdas ?

Haltoran asintió emitiendo un breve y gutural murmullo. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y aquel gesto inocente no representaba para ninguno de los dos nada indecoroso o indecente. Se habían querido tanto, que de aquel antiguo amor nació una gran amistad en la que la confianza era el sello indiscutible de la misma.

-Sí –dijo el joven mientras observaba como una mosca zumbaba en torno a una fuente y una mariposa moteada se balanceaba sobre una margarita que crecía entre la hierba verdeante del césped.

-Me explicaste que todo se debía a tu soledad, a las largas ausencias de Ernest. Tu padre debido a sus negocios no podía parar tanto como le hubiera gustado en casa.

-Y eso me hizo creer que Candy debido a sus nobles sentimientos y a su bondad, terminaría quitándome su afecto y cariño –explicó la muchacha entornando los ojos y emitiendo un breve suspiro. Su voz había adoptado una inflexión de amargura, probablemente producida por la culpa y los remordimientos que aun la asaltaban de cuando en cuando, al rememorar aquello. Y en mi mezquindad y malicia, arrastré a Neil, mi pobre hermano, el que menos tenía que ver en todo este asunto.

Haltoran arqueó las cejas y Eliza se separó de él, porque Annie estaba observándoles recelosa desde el otro lado de los setos. Haltoran se había sobresaltado no porque su esposa estuviera mirándoles, si no porque no conocía aquella parte del pasado de su ex novia, ahora convertida en su amiga y confidente.

-Realmente Neil se prendó de la belleza y sobre todo del carácter de Candy. ¿ Sabías que después de que le arrojásemos aquel balde de agua encima, aunque en un principio me secundó, luego nos peleamos porque se arrepintió de hacerlo ?

Haltoran negó sorprendido con la cabeza. Quien lo diría. Neil en aquel entonces defendiendo a Candy.

-Pero yo, en mi egoísmo, le arrastré a una destructiva senda de maldades y humillaciones que en una larga cadena fueron cayendo sobre mi pobre e infortunada hermana de las que le hice partícipe. Yo…fui la instigadora y principal responsable de que mi hermano espantase a Cleopatra para que tirase a tu esposa al suelo lastimándola y poder culpa a Candy, pero llegaste tú justamente en esa especie de cohete o propulsor y la salvaste. Supongo que ya lo sabías y aun no entiendo como no me has odiado o tratado de castigar de alguna manera por ello.

Haltoran sonrió. Tomó las manos de su amiga con afecto entre las suyas. Las manos de Eliza seguían siendo tan suaves como acogedoras y cálidas las de Haltoran.

-No Eliza. Porque aunque fui testigo de cómo tu hermano hirió a la yegua con la espuela, aquel incidente me permitió conocer a mi pequeña dama, mi Annie de la que nunca debí separarme.

Annie alcanzó a escuchar aquella parte de la conversación entre ambos. Algunas lágrimas rodaron por sus mejillas nacaradas y se reprochó el haber dudado de la honradez y fidelidad de Haltoran.

-Aquel día, yo también me enamoré de ti –dijo Eliza intentando no dejar traslucir su incipiente tristeza ante el recuerdo de aquellos lejanos días- por eso no te delaté. Sabía que aunque llegásemos a amarnos, siempre se interpondría el recuerdo de Annie.

Haltoran se recostó en el banco de piedra y apoyó su mentón entre los dedos de la mano derecha, que a su vez, estaba acodada sobre el reposa brazos de hierro colado pintado en un brillante tono entre mate y negro. Aquella parte del relato era quizás la más dura y embarazosa de rememorar para él.

-Y cuando me separé de Annie y te ví en aquel hospital, pensé que a tu lado, en tu compañía, podría olvidarla, pero –dijo esbozando un rictus de tristeza con sus finos labios- obviamente, me equivoqué.

Haltoran bajó la cabeza apesadumbrado y cambió la posición de sus manos entrelazándolas entre sus piernas abiertas. En ese preciso momento, Eliza volvió a tomarlas entre las suyas y dijo clavando sus ojos ambarinos en los verdes de su antiguo amor:

-Ambos nos equivocamos Haltoran. Sabía que jamás podría tenerte para mí, porque tu corazón pertenecía, como ahora a Annie, pero asumí el riesgo y tú también y puedo asegurarte, que en lo que a mí respecta, jamás me arrepentí.

Haltoran no pudo por menos que evocar sus frecuentes escapadas nocturnas, y aun más cuando en el firmamento se pintaba una flamante y plena luna llena que presidía orgullosa el cielo nocturno y que hacía que evocara constantemente la imagen de su adorada Annie en la blanca superficie del astro. Pero aun Eliza no había terminado de revelar todos sus secretos. Aquella muchacha de cabellos cobrizos, a la que llegó a querer con sinceridad, pese a que el amor por Annie terminara desplazando al suyo y ojos ambarinos se aclaró la voz y dijo lentamente, desgranando cada palabra y cada frase:

-También te enamoraste de Candy. Lo percibí en tu mirada, en las ocasiones que estuviste frente a ella, y eso me hizo odiarla aun más, pero tus buenos sentimientos me inspiraron lo contrario. Por eso, tras una larga jornada en la que estuve meditando cuan cruel había sido con ella, me sucedió algo muy curioso, algo que jamás supuse que me ocurriría nunca. Estaba en mi cuarto cuando una fuerte congoja y una tristeza que pesaba como una losa sobre mi ánimo, mi reprocharon lo malvada y repulsiva que había sido con ella, y todo ello después de sorprender a mi madre llorando amargamente, por haber enviado a Candy a Méjico injustamente acusada de robo, lo cual también urdí yo. Mamá estaba reclinada sobre una mesa ocultando su rostro entre las palmas de las manos. Había mantenido una tensa conversación con papá por el injusto y desproporcionado castigo que impusimos a Candy y cuando papá se fue a tomar aire fresco, incapaz de continuar bajo el mismo techo que mamá por la crueldad que habíamos cometido, sucedió. Mi madre se echó a llorar amargamente, no tanto por las recriminaciones de mi padre, si no porque los remordimientos la asaltaron tan fuertemente que de no haber entrado yo para consolarla, probablemente habría cometido una locura. La sostuve entre mis brazos mientras intentaba golpearse la frente contra la superficie de la mesa y recuerdo que profería terribles lamentos y duras palabras, pero esta vez, contra si misma.

"Mi pobre y dulce Candy", "mi preciosa niña", "mi ángel, ¿ cómo he podido estar tan ciega ? " ¿ cómo fui capaz de abandonarla, de rechazarla así ?" "¿ de dejarla a merced de ese bruto de García y de la dureza del desierto, cómo ?"

Recuerdo que nuestros gemidos atrajeron a Neil que se despertó sobresaltado y nos halló a las dos abrazadas, muy juntas, y llorando la ausencia de Candy. Entonces Neil que empezaba a dar muestras de arrepentimiento, se nos sumó y terminamos los tres extrañando a Candy y suplicando amargamente que retornara.

Haltoran se quedó perplejo, pero al mismo tiempo sintió una satisfacción plena al escuchar las siguientes palabras de Eliza:

-Todo fue posible gracias a ti Haltoran y a tus amigos. Nos enseñasteis a ser buenos y a darnos cuenta de cuan insensibles e insensatos habíamos sido.

Haltoran tomó a su amiga por los hombros y retiró con delicadeza, algunas lágrimas que ya empezaban a aflorar en las comisuras de sus ojos ambarinos y dijo:

-No Eliza. Nosotros no hicimos nada. Fuisteis vosotros los que descubristeis la bondad encerrada en vuestras almas. Solo que aun no habíais encontrado la ocasión de liberarla. Nosotros, quizás aceleramos el proceso, pero en cualquier caso la mano que abrió la puerta de la celda de vuestros sentimientos, no fue la mía, ni la de Mark, o Maikel, ni siquiera de Carlos, fuisteis vosotros los artífices de vuestro milagro.

Desde entonces Eliza primero, y luego Neil, para satisfacción de sus padres, se apartaron del camino de destrucción que habían emprendido.

Dejaron el bosque después de que Eliza le insistiera por varias veces que nunca tuvo intención de lastimarle o de herir sus sentimientos cuando se enamoró repentinamente de Tom, el cual evitó que debido a una rabieta estuviera a punto de sufrir una tragedia similar a la de Anthony, al que también había pretendido sin esperanzas. Haltoran le reveló que tan pronto como Annie y él se reconciliaron, tuvo el presentimiento de que tales hechos estaban sucediendo. Ante la curiosidad e interés de Eliza, Haltoran no supo darle una razón concreta y convincente de porque le había asaltado, una sensación de precognición tan particular y fuerte como aquella.

Cuando se despidieron Tom, que pensaba en descargar toda una batería de reproches y exhortaciones sobre su rival se quedó callado, en parte por los ruegos de Annie, que le convenció de la honestidad de Haltoran y en parte, porque como bien sabía, aquel romance fugaz con Haltoran había dulcificado el duro y encallecido carácter de Eliza.

Finalmente Annie y Haltoran se despidieron de Eliza y de Tom, seguidos a corta distancia por el robot que caminaba lentamente protegido por su invisibilidad. Candy, la hija de Tom y Eliza no tardaría en llegar en el coche de uno de los hermanos de Tom y no era cuestión de que encontrase el coloso metálico allí, suscitando sus miedos y temores más ocultos.

36

Mark tenía un mal presentimiento. Sospechaba que aquel maldito malhechor que por desgracia había formado parte de la vida de su cuñada no se contentaría con aquella advertencia velada, que afortunadamente fue frustrada por mi oportuna llegada y la acción de Mermadon. Hacía días que le había dado por pensar que su esposa y sus hijos estaban en peligro y realizaba largas guardias en torno a la mansión Legan, que exasperaban a su familia y a sus suegros, al mismo tiempo que yo, me desvelaba cada dos por tres, más preocupado por Mark, que otra cosa. En tales circunstancias de tensión y de pesadumbre, y debido al mal ambiente reinante en la mansión, la proyectada fiesta de cumpleaños de Candy, la hija de Eliza no se llegó a celebrar, quedando suspendida sine die, para mejores momentos. Yo me disculpé como pude e hice entrega a la pequeña de un segundo oso de peluche aun más grande y voluminoso que el anterior, que quedó completamente destrozado durante la refriega con aquellos bastardos, que además había producido un inconveniente adicional y muy gravoso para la convivencia en la casa de los Legan. Desde entonces, Mark se mostraba obsesivo y aterrado por la seguridad de Candy, de Maikel y de Marianne, aparte claro está de la mía, y de la de sus suegros. Candy que nunca había discutido con él, más que en muy pocas ocasiones y normalmente por nimiedades en pequeñas trifulcas sin importancia, que apenas subían de tono y se resolvían rápidamente, tenía los nervios a flor de pie,l y las algaradas eran constantes turbando la paz otrora idílica de la imponente mansión. Una noche en la que el joven montaba guardia con su ropa de otro siglo, por si tenía que servirse de sus temibles poderes, y con el RPG-12 en ristre sobre el hombro, que había pedido a Haltoran que le devolviese, ante el disgusto de este, porque intuía que a Candy no le iba a hacer ninguna gracia, su esposa le sorprendió de esa guisa al asomarse por la ventana, y totalmente exasperada y fuera de sí, se envolvió en una bata de seda, que se puso sobre el camisón y bajó precipitadamente las escalinatas. Su esposo estaba de pie, entre las dos grandes estatuas de querubines que soplando sus trompetas, jalonaban el imponente pórtico de entrada a la mansión, bajo el mismo balcón donde tuvo su primer y aciago desencuentro con Eliza y Neil. La muchacha, se encaró con él, al tiempo que sus hermosos ojos adoptaban una fea y evidente expresión de disgusto, aunque en un principio intentó ser conciliadora con Mark, para no caer en la enésima y penosa discusión. La última, había ocurrido hacía apenas dos días delante de Marianne que se puso a llorar, asustada y entristecida ante el lamentable espectáculo de ver como sus padres discutían acremente entre sí. Entonces Maikel, se la llevó de allí, tranquilizándola, para que no sufriera más. El propio Ernest, que había resultado muy paciente y comprensivo afeó la conducta de su propia hija adoptiva, pero sobre todo de Mark, que no cesaba de patrullar la propiedad incesantemente. Como esta resultaba demasiado grande, hasta para él, porque también incluía los dominios de Lakewood había ordenado a Mermadon que le ayudase en su tarea.

-Mark, cariño –dijo tratando de dominar sus nervios y calmarse- vuelve a la cama. Ya te he dicho que no me a ocurrir nada.

Candy ciñó el antebrazo derecho de Mark con ambas manos, reclinando sus rizos dorados sobre el hombro derecho de Mark, pero el joven permaneció imperturbable oteando el horizonte. Entonces creyó percibir una amenaza en la lejanía, y apartando a Candy súbitamente, para protegerla con su cuerpo, desató el iridium haciendo que sus antebrazos se transformaran en dos teas ardientes que brillaban siniestramente en la oscuridad. El joven escrutó la penumbra con su aguda vista, y descubrió el motivo de sus preocupaciones. La alerta resultó infundada, porque había sido provocada por una lechuza blanca, que en vuelo rasante cruzó rauda de este a oeste para cazar un pequeño ratón de campo, que se deslizaba entre las hierbas de los parterres que se hallaban a pocos metros de donde estaban.

-Falsa alarma –musitó Mark, cuyas ojeras debido al cansancio acumulado por las prolongadas noches sin dormir, habían quedado impresas en su rostro. Apagó los haces de llamas con un siseo. Candy desvió la vista horrorizada y asqueada. La visión de las lenguas de fuego surgiendo de la piel de su marido, era algo a lo que jamás se acostumbraría pese a los años transcurridos. La joven desvió entonces temerosa, sus ojos de esmeralda hacia los ventanales de las habitaciones de Maikel y Marianne, pero respiró tranquila al no percibir ningún atisbo de luz o de movimiento en las estancias. Sus hijos continuaban profundamente dormidos o eso creía. Marianne arropada en su cama permanecía sumida en un reparador y tranquilo sueño, pero Maikel, observaba la escena, en los jardines de la mansión, con sus grandes ojos verdes herencia de su madre. El chico intentó no llorar y deslizándose en su cama, reclinó la cabeza en la almohada y se tapó con las mantas y las sábanas, hasta la nariz, tirando de la ropa de cama hacia arriba, con rabia. Un poco después logró conciliar el sueño, quedándose dormido, aunque agitado por temibles pesadillas. Maikel apenas exteriorizaba sus emociones.

Entonces Candy estalló y empezó a aporrearle el pecho con sus pequeños puños.

-No, puedo más, no puedo más –se lamentó desesperada- no quiero continuar viéndote así. Ya te he dicho que no nos va a ocurrir nada, ni a mi hermana tampoco. ¿ Cómo tengo que decírtelo Mark ?

Candy se desahogó ocultando su bella faz en el torso de Mark y deslizando sus manos en torno a la espalda de su marido. Había descubierto como Mark la había engañado y aun conservaba su temible y ominosa arma en vez de deshacerse de ella, pero prefirió no decir nada fingiendo que no se había dado cuenta. Si conseguía hacerle entrar en razón, se daría por más que satisfecha.

Se separó de él y le miró intensamente. Sus lágrimas habían mojado el pecho de Mark, dejando pequeñas manchas de humedad en su camisa blanca a cuadros.

Candy se fijó en las ojeras de su marido, así como en el mentón y las mejillas cubiertas por una cerrada y negra sotabarba de varios días. La belleza de Mark parecía haberse marchitado o permanecía escondida en todo caso, bajo su lamentable estado. Entonces Candy le abrazó tan fuertemente, que Mark, harto del sufrimiento por el que estaba atravesando y que inflingía a su esposa y a los suyos injustamente, tiró su arma al suelo. El pesado RPG-12 se replegó automáticamente cuando casualmente, cayó sobre el costado donde estaba el botón que lo recogía y que quedó pulsado tan pronto como la voluminosa arma tocó el suelo.

-Perdóname mi vida –dijo Mark arrepentido de haber sido tan estricto e irreflexivo, por culpa de un mal y obsesivo presentimiento, mientras acariciaba el sedoso cabello rubio de Candy- perdóname. No te hará pasar más por esto. Te lo juro. Ni a ti ni a nuestros hijos.

-¿ Me lo prometes mi amor ? –preguntó Candy esperanzada, mientras sus luminosos ojos verdes reflejaban la luz de la luna y una suave brisa nocturna mecía su pelo dorado suelto, sobre sus hombros torneados.

Mark asintió.

-Tienes mi palabra Candy. Lo juro.

Se besaron apasionadamente, para poco después estrechamente abrazados, caminar hacia su alcoba donde se amarían largamente hasta que amaneciera.

37

Haltoran había dispuesto el mismo sistema de defensa en torno a su domicilio, así como la mansión Legan, proveyéndonos de las consabidas tarjetas de plástico que teníamos que llevar constantemente para evitar desagradables sorpresas con los postes de defensa. Realmente los arcos voltaicos que chisporretearían entre las esferas que se aposentaban sobre los postes de color mate, en caso de que algún intruso intentase colarse en Lakewood o en la casa de Eliza y Tom, o la suya propia no matarían o chamuscarían a nadie, pero le producirían una dolorosa parálisis que le quitaría las ganas de volver a intentarlo. A diferencia de Mark, Haltoran intentó no soliviantar a los suyos ni preocuparles en exceso, pese a que la amenaza teóricamente estaba dirigida contra Eliza, pero la relación que había sostenido con ella en el pasado, le obligaba moralmente a estar a su lado y ayudarla en todo cuanto fuera posible. Finalmente, a requerimiento de la joven primogénita de los Legan, tuvo que retirar a Mermadon porque aun envuelto en su invisibilidad, su hija presentía su presencia. Finalmente, optó por devolverlo a la mansión Legan donde continuó con sus labores habituales, aunque en caso de necesidad podría disponer de él rápidamente o enviarlo donde hiciera falta. Haltoran había estudiado la personalidad del tal Buzzy Jackson e intuía que era el tipo de hombre que no se contentaba únicamente con atesorar algo valioso exclusivamente para sí, si no que si encontraba otra pieza en apariencia mejor que aquello que había obtenido tras codiciarlo en secreto y a veces ni eso, como por ejemplo una bella mujer, ponía todo su afán en hacerse con el nuevo trofeo, centro de sus más oscuros y sucios anhelos. Porque para Buzzy las personas y en eso, las mujeres hermosas no eran una excepción, eran meros objetos de los que disponer a su capricho y antojo.

Por un momento se preguntó si acaso su amigo no tendría razón. Llevaba unos días muy raros, sin separarse de Candy ni a sol ni a sombra, agobiándola tanto con su obsesiva protección, que el matrimonio había discutido varias veces a gritos. Haltoran alzó las cejas y reflexionó sobre si tal vez, el tal Buzzy no codiciaría a Candy. Realmente, aunque Eliza era en extremo hermosa, Candy irradiaba un aura de dulce y aparente fragilidad que se tornaba morbosa para algunos, y que había vuelto loco a más de un hombre, buena prueba de ello era el propio Albert Andrew que había dado con sus huesos en la penitenciaría para purgar sus crímenes y errores, aunque ni Mark ni Candy había sido ni por asomo, responsables siquiera indirectos de su largamente anunciada y previsible caída.

Por eso reforzó las medidas de seguridad en torno a los potenciales objetivos de la banda, entre los que se incluía el mismo y su familia.

38

Pero había algo que ni todas las medidas de seguridad podían prevenir o evitar, y tal era los puntos más débiles o los resquicios más insospechados de las murallas y defensas que a veces, alzamos en torno nuestro creyendo que son baluartes inexpugnables.. Como en la antigua leyenda escandinava en la que una rama de el en apariencia, inofensivo e insignificante muérdago, terminaba con la vida del dios de la Luz, pese a la protección de su madre que hizo jurar a todos los seres humanos, animales y vegetales de la Creación, que no atentarían contra la vida de su hijo, la oscura y larga mano de uno de sus hermanos que reinaba sobre la oscuridad, envidioso de su gloria y poder, se sirvió del humilde muérdago como instrumento de venganza, porque a la pequeña y diminuta planta no se le había tomado juramento, por su aparente fragilidad. El hermano gemelo de Bander, que era ciego, se lo lanzó al corazón cuando todos sus demás hermanos, parientes y familiares festejaban la invulnerabilidad de Bander, tratando de herirle con sus mortales y letales armas que rebotaban inofensivamente contra su piel. El gemelo fue persuadido por el envidioso dios de la oscuridad que, además guiando su mano, lanzó sin sospecharlo contra el corazón de su hermano, un arma mortal, emponzoñada por el aliento de este. Bander murió y fue rescatado finalmente de los dominios del Hades, tras una ardua lucha, pero tal formaba parte de otra historia.

Sin embargo, en esta ocasión fui yo el involuntario punto débil, el resquicio en la coraza, que a modo de muérdago, precipité los tristes y luctuosos acontecimientos que a continuación tendrían lugar.

39

Dos días después de la última discusión entre Mark y Candy, de la que fui testigo involuntario, medio adormilado, desde mi habitación en el segundo piso de la mansión de los Legan, y que había acaecido en una noche tachonada de estrellas, presidida por una luna llena que parecía querer bajar a la Tierra, de lo plena que era, recibí un telegrama, que un botones de piernas largas y cabeza un poco grande y desproporcionada, en relación con el resto de su cuerpo, me trajo. El sobre sepia de la misiva, que iba cruzado en diagonal de izquierda a derecha por la palabra urgente, en grandes caracteres de un intenso color rojo reposaba en la mano derecha del botones, mientras que el chico, sonriente, extendía la izquierda, cuya palma aguardaba a que premiara su labor con una generosa y opípara propina. Reí quedamente al comparar a aquel joven, mentalmente, con el protagonista de algunos tebeos que solía leer y que me había traído del siglo XXI, poco antes de mi partida junto a Carlos, y al que ya no volveríamos más. Rebusqué en mis bolsillos y a diferencia de los taimados y desconsiderados personajes de dichas historietas que depositaban una cucharilla en la mano del joven recadero que les traía un mensaje, para que "comieran sin límite" o les hacían entrega de una lata de gasolina vacía, para que "viajaran de forma ilimitada y totalmente gratis" puse unas monedas en la mano del botones que me lo agradeció con una amplia sonrisa, tras entregarme el telegrama. El joven se despidió con un sonoro y afable "que pase un buen día, señor", y mientras la frenética actividad de la empresa de patentes de Ernest continuaba a mi alrededor, desplegué la hoja preguntándome que podría resultar tan importante y crucial como para requerir semejante urgencia. Lo que leí a reglón seguido, me puso los pelos como escarpias.

40

Cuando mis ojos repasaron las crípticas y breves líneas del telegrama, creí que me daría un pasmo. El texto de la misiva rezaba así:

"Maikel, por favor venga urgentemente. La seguridad del hospicio peligra. No se lo diga a nadie, ni siquiera a Mark o a Candy. No sabemos a quien recurrir porque no deseamos alarmar a Candy o a los niños y usted nos pareció la persona más apropiada. Una vez que llegue le pondremos al corriente de los detalles".

Firmado: Martha Pony.

Doblé el telegrama y pedí permiso para ausentarme de mi trabajo, debido a un asunto urgente, cosa que era cierta, aunque por otra parte, como era uno de los jefes principales de la oficina tampoco lo necesitaba expresamente, pero por sentido de la decencia y consideración hacia mis compañeros de trabajo y subordinados, establecí unas reglas y unas normas que se aplicaban en mi caso, si cabe con más rigor. No obstante obtuve la autorización para irme antes de hora y montando en el automóvil que Ernest había puesto a mi disposición, junto con un chofer, que estaba permanentemente a mi servicio, me dirigí sin pérdida de tiempo hacia el hogar de Pony tras indicarle el destino y apremiándole para que lo alcanzara cuanto antes. Tras un tenso y largo viaje en el que casi me comí las uñas de lo atemorizado que estaba por la suerte de la bondadosa Martha y la abnegada religiosa y por supuesto los pequeños, divisamos la familiar colina con el gigantesco árbol y el pequeño y encalado edificio blanco cuyo campanario se recortaba en lontananza un poco más allá.

41

Bajé del automóvil antes de que mi empleado, me abriera la portezuela y me dirigí raudo y presto hacia el porche del vetusto y humilde edificio. Cuando alcancé la entrada principal, la sorprendida y afable Martha me salió al encuentro, sorprendiéndose ligeramente de encontrarme allí. Un poco más lejos, la hermana María estaba haciéndose cargo de algunos pequeños que estaban peleándose por el turno de utilización de un pequeño caballo de cartón, y a los que regañaba cariñosamente. Los niños arrepentidos se dieron la mano, reconciliándose. La señora Pony se ajustó los lentes redondos que cubrían sus ojillos de apariencia bondadosa y me preguntó:

-Maikel, ¿ que sucede ? es una grata sorpresa encontrarle aquí, pero por la urgencia que trae, parece que pasa algo.

Y así era. Había emprendido una carrera tan repentina y alocada una vez que mis pies tocaron tierra, tras abandonar el coche que estaba resollando sin aliento. Intenté hablar, aunque me costó por la dificultad que entrañaba, hacerlo sin haber recobrado aun el aliento, pero con voz entrecortada dije finalmente:

-Su telegrama, señora Pony…-hice una pausa para coger aire y proseguí mientras el chofer nos daba alcance- en él me refería que el hospicio estaba en peligro y que necesitaba –otra pausa y nueva toma de aire, aunque ya me era posible expresarme mejor y con más fluidez- y que necesitaba hablarme urgentemente. Que viniera sin alertar a nadie, ni siquiera a Mark o a Candy.

-¿ Qué ? –preguntó la buena señora creyendo haber oído mal- yo, no le he enviado nada Maikel, en serio. Aquí no ha ocurrido nada malo, afortunadamente. Seguimos tan bien como siempre.

En ese momento, por el rabillo del ojo, contemplé como el chofer adoptaba un comportamiento extraño. Había levantado los brazos en alto y caminaba con lentitud, y mirando hacia atrás con temor. Yo y la señora Pony nos giramos al unísono y Martha ahogó un grito cuando observó detrás de mi chofer a un hombre malencarado, ataviado con un traje negro y corbata y sombrero a juego, de idéntico color. En sus manos recias y encallecidas sostenía una pistola provista de silenciador con la que encañonaba a mi empleado, que no pudo evitar que un sudor frío resbalase por su frente.

-Ni una palabra –dijo el hombre de la pistola, llevándose un dedo a los labios y sonriendo aviesamente.

Hizo un gesto y al momento, varios hombres trajeados y tocados con sombreros de ala ancha, y armados con ametralladoras Thompson de cargador circular, nos apuntaron mientras iban rodeándonos lentamente. Martha llorosa, les suplicó que no hicieran daño a los niños.

-Por favor, no lastimen a los niños. Haremos lo que nos pidan.

-No esperaba menos de usted señora –dijo el hombre de negro y que parecía ser el jefe de los que nos estaban cercando. Al poco otro hombre, traía a la hermana María, también encañonada por la amenazante boca de un revolver de grueso calibre y que amartilló con un chasquido que nos puso los pelos de punta. La religiosa intentaba no perder la compostura, aunque ya de por si era difícil mantenerla con un arma apuntándote a los riñones.

-Ahora señoras, vamos a redactar unas cuantas cartas, y mucho cuidadito con hacerse los héroes.

-Está bien, está bien –intervine yo conciliador, mientras otro esbirro esgrimía su arma ante mí- pero por favor, no nos lastimen –dije braceando e intentando dominarme, porque estaba resultando presa del pánico.

-No se preocupe –dijo el de negro- siempre y cuando colaboren no les sucederá nada, ni a ustedes ni a los niños.

42

Comprendí demasiado tarde, el tremendo y craso error que había cometido al dejarme llevar irreflexivamente por mi precipitada premura y falta de previsión. Quizás un análisis más detallado, habría conllevado una actitud más racional por mi parte y nos habría ahorrado aquel terrible trance por el que estábamos pasando. No supe porqué pero inmediatamente relacioné aquella partida de hombres armados hasta los dientes, con el tan mencionado Buzzy Jonson, objeto de los desvelos de Mark y fuente de continuos problemas y discusiones entre él y su esposa. Intuí demasiado tarde que nos habían seguido y que ni yo ni mi chofer habíamos reparado en ello. Yo les había conducido sin darme cuenta hasta el recóndito y oculto hogar de Pony o tal vez ya lo supieran y estuvieran acechando a la espera de mi llegada, señal de que su encerrona había funcionado a la perfección. Cuando me obligaron a sentarme ante la mesa de madera que presidía la principal estancia del Hogar de Pony, me conminaron a redactar una carta dirigida a Candy, en el que se la instaba a acudir inmediatamente al hogar de Pony, sola y sin ningún tipo de protección o escolta, so pena de que el edificio junto con todos nosotros ardiera por los cuatro costados, o nos ejecutasen de forma vil y rápida. En otras palabras, pretendían que fuera el cebo de la sutil y sucia trampa que pretendían tender a mi amiga. Me revolví airado mientras arrojé por los aires el papel, la pluma y el tintero que los matones me tendían para que escribiese a Candy de mi puño y letra, mientras aun a riesgo de mi vida exclamaba visiblemente enfadado:

-¡ Y una mierda ¡, ¡ me niego malditos canallas ¡ no os saldréis con la vuestra.

Debido a la violencia con la que reaccioné mi sombrero salió despedido de mi cabeza, aunque naturalmente, tuve que tragarme mis palabras. Mi valeroso pero inútil gesto, podría habernos costado un serio disgusto, por lo que me guardé mi indignación y me dispuse a aceptar sus órdenes, mal que me pesara.

Como era de suponer y esperar, el cañón corto de una de las ametralladoras se aplastó contra mi mejilla derecha, mientras el hampón que la sostenía me susurró al oído, pero de forma claramente audible para todos los presentes:

-Escúchame bien lo que voy a decirte gordinflón, puede que tu vida te importe un pimiento, pero quizás –dijo tendiendo una mano a mi alrededor y abarcando la totalidad de los asustados y temerosos niños que se apretujaban en torno a la señora Pony y la hermana María, buscando protección y que sorprendentemente guardaban silencio, no atreviéndose ni a llorar - no tengas inconveniente en que ellos paguen tu falta de cooperación.

Y como era de esperar igualmente, asentí, adoptando una actitud más sumisa y humilde, horrorizado por la perspectiva de aquella canallas dañasen a los niños.

-Está bien, está bien –dije rezongando mientras me sentaba de nuevo ante la mesa y disponían varias cuartillas en blanco, un nuevo tintero rebosante y otra pluma –colaboraré, pero dejen en paz a los niños y a las señoras.

La hermana María se cubrió los labios con las manos y exclamó al intuir lo que se proponían:

-No Díos mío, Maikel, no, no lo haga, por favor.

-No tiene otra opción hermana María –susurró apenada la señora Pony- si nos negamos a obedecer, pueden cometer una matanza. Piense en los niños.

43

Por desgracia, yo había sido el mecanismo que había hecho saltar la trampa dispuesta en torno a Candy. Una vez que hube redactado la carta de mi puño y letra, en la que exponía sin rodeos ni vacilaciones la verdad de los dramáticos momentos que estábamos viviendo en el interior del hospicio, uno de los matones, se encargó de hacer llegar el mensaje hasta Lakewood, donde nadie de sus habitantes, se había enterado aun de la trágica noticia. Como el sistema defensivo dispuesto en torno a la propiedad era demasiado costoso de mantener y la tía abuela Elroy no dejaba de reprocharle a Mark el escaso control del gasto que tenía sobre el consumo de electricidad de los Andrew, le pidió a Haltoran que lo desactivara. Aunque la razón era otra. Candy no quería saber nada que le recordara ni por asomo, el supuesto acoso al que el gangster iba a someterla, en lugar de a su hermana adoptiva y todo por una premonición de Mark, que se le había metido en la cabeza que Buzzy Jonson terminaría por encapricharse de ella, en vez de Eliza. Además era extraño, porque tanto Eliza como Neil dejaron la mala vida, influenciados por la llegada de Mark y de todos nosotros, y ante todo por Haltoran y de eso ya hacía varios años.¿ Por qué ese hombre habría de sentirse despechado porque Eliza al cambiar de costumbres y emprender una nueva vida, le había arrojado literalmente fuera de la misma ? Candy no lo entendía por más vueltas que le daba y la única respuesta satisfactoria que pudo encontrar fue que aquel hombre tan rencoroso y cruel no había encontrado quizás el momento adecuado para vengarse…hasta ahora.

En esas cavilaciones estaba cuando llamaron a la puerta. Clara que servía a las órdenes de Dorothy de la que se había hecho buena amiga abrió la puerta y se encontró ante un hombre elegantemente trajeado y con sombrero de fieltro, que tras descubrirse educadamente, le tendió a la sorprendida sirvienta una carta y sin pronunciar palabra, se marchó tan rápido como había llegado. Debido a que la red de protección de Haltoran ya no funcionaba, pudo acceder a la mansión Legan sin problemas, una vez que Carlos le franqueara la entrada. La muchacha de cabellos castaños y que ya lucía el nuevo uniforme del servicio doméstico femenino de los Legan le entregó la carta a su señora. Candy tomó el mensaje y se sorprendió ligeramente al comprobar que no tenía remitente ni destinatario, solo una expresión en la solapa del sobre que rezaba:

"Para la señorita Candy Anderson Legan".

Candy rasgó el papel del sobre y extrajo una nota en la que reconoció mi caligrafía poco esmerada y de trazo grueso. Sus hermosos ojos de esmeralda se ensombrecieron tan pronto como terminó de leer la breve y escueta nota que los gangsters me habían dictado, bajo la sombra de sus amenazantes armas apuntándonos.

"Candy, lamento tener que redactar esto, pero estoy en el Hogar de Pony, donde estamos retenidos a la fuerza por los hombres de alguien que quiere verte como sea, a toda costa. Debes venir cuanto antes aquí sin escolta o protección alguna, y mucho menos llamar a la Policía, por que de lo contrario nos matarán a todos.

Lo lamento profundamente. Firmado: tu buen amigo, que espera seguir siéndolo, Maikel Parents".

Aquella había sido la carta más penosa y dura de toda mi vida. Mientras redactaba la escueta nota que no sabía si equivalía a una sentencia a la pena capital para Candy, mis ojos no dejaban de verter lágrimas que manchaban el papel satinado, entre las burlas de los malencarados y crueles matones que no dejaban de esgrimir sus armas, paseándose entre los asustados niños y sus dos buenas y protectoras madres, que por temor a desairar a sus captores no se atrevían ni a mirarles. Miré de soslayo a la siempre combativa hermana María y me dolí de hallarla tan abatida y humillada, aunque todo lo hacía por la seguridad de los niños. Por un momento temí que aquella gente fuera a forzarla, pero por lo menos respetaron el hábito y la dignidad de la animosa mujer que estaba sufriendo lo indecible.

Yo mientras, me lamentaba en un rincón. Cuando el jefe de aquellos hombres, me confesó que si me habían hecho venir hasta allí con engaños, fue para asegurarse de que no habría traído refuerzos conmigo y que al hallar el camino despejado, me siguieron discretamente como había sospechado en un principio, pero no lo suficientemente a tiempo como para darme cuenta de ello. La señora Pony intentaba confortarme, tratando de que no cayera en una negra y honda depresión, porque no dejaba de reprocharme continuamente mi culpabilidad y mi torpeza en aquel asunto.

44

Candy se había echado a llorar tan pronto como descubrió la noticia de nuestro secuestro y se dispuso a marcharse enseguida. Clara que había recogido la nota, sufrió una impresión tan fuerte que se desmayó en los brazos de Ernest mientras Mark corría detrás de Candy y la tomaba por el antebrazo derecho reteniéndola cuando estaba abandonando la mansión, a punto ya de traspasar el umbral de la misma.

-Suéltame Mark, suéltame ahora mismo –dijo Candy con una inflexión de desesperación e impotencia en la voz- no puedes acompañarme. Si te ven aparecer conmigo, matarán a los niños, compréndelo, querido.

Entonces a Mark se le ocurrió utilizar su poder de invisibilidad dado que el iridium le permitía manipular el espectro de luz para disimular su presencia, por lo que una breve llama de esperanza, reverberó en las pupilas de esmeralda de Candy. Mientras, Helen se había llevado a los niños a la habitación contigua habilitada como sala de música, donde se puso a tocar el piano, para distraerles y ahorrarles la penosa molestia de observar nuevamente a sus padres angustiados, pero Maikel intuía perfectamente lo que ocurría, aunque no dijo nada para no preocupara a Marianne.

Entonces Mark liberó la muñeca de su esposa y se concentró para hacerse invisible, pero no le fue posible. Preocupado y angustiado, lo intentó un par de veces más pero no lo logró. Entonces se le acercó Mermadón que meneó su cabeza con tristeza y repuso con su voz dulce y aflautada:

-Lo siento señor Anderson, pero hay una tremenda tormenta solar, que al parecer influye sobre nuestros poderes de invisibilidad. Incluso a mí me es imposible conseguirlo.

Mark resopló furioso. Aquello era una interminable carrera de obstáculos. Por un momento pensó que todo podía deberse a una equivocación del robot, pero los afinados instrumentos del robot no mentían. Lo mismo cuando le anunció que el fenómeno ocurrido a millones de kilómetros de distancia perduraría durante dos semanas. Candy se dispuso a ir en busca de Stuart para que dispusiera el coche y la llevase hasta el Hogar de Pony, pero Mark volvió a retenerla por la muñeca nuevamente. Candy protestó intentando zafarse, pero Mark no la dejaba libre.

-Por favor Mark –dijo la chica a punto de saltársele las lágrimas- no me lo pongas más difícil. Si no puedes ocultarte no me serás de utilidad. En cuanto te vieran conmigo, matarían a los niños, a Maikel o a la señorita Pony o a la hermana María.

Pero el joven no era capaz de retirar sus dedos. Ernest tenía los suyos sobre el disco del teléfono familiar, para marcar el número de la comisaría más cercana, pero Candy le rogó que no lo hiciera:

-Por favor papá, no telefonees a nadie. Por favor.

Las lágrimas resbalaban por sus mejillas y entonces Mark soltó un rugido demoledor para derrumbarse llorando en los brazos de su esposa.

-No, no, no es justo –se lamentó amargamente- no. Ahora que por fin éramos felices. No puedo, no quiero dejarte marchar, cariño. Si te perdiera…yo…yo.

Candy que se estaba reprochando no haber prestado más atención a las sospechas de Mark de que tal vez fuera ella en vez de Eliza quien estuviera en peligro, rodeó el cuello de Mark con sus brazos, enterrándolos en los largos cabellos de Mark mientras le besaba apasionadamente y le susurraba entre suspiros:

-Amor mío, jamás encontraré a otro hombre como tú. Yo tampoco soportaría perderte, pero no puedo permanecer impasible ante el riesgo de que hagan daño a personas inocentes. Sospecho o creo saber quien está detrás de todo esto.

Mark se separó con pesar de su mujer y crispó los puños con rabia mientras un nombre acudía a sus labios, expresado con voz distorsionada porque la rabia le deformaba la voz:

-Buzzy Jonson. No puede ser otro. Se ha encaprichado contigo, pero no, no lo permitiré. Iré contigo y rescataremos a los niños, a mi maestro y a la señora Pony y la hermana María, tienes mi palabra.

Candy negó con la cabeza lentamente. Entonces bajó las escalinatas de la mansión familiar y cuando alcanzó el último peldaño se giró y mirando fijamente a Mark le advirtió con voz fría y grave:

-Mark, siempre te amaré, siempre, pero si me acompañas o me sigues, nunca más volverás a verme. No podría perdonarte ni perdonarme a mí misma, el que pongamos en peligro vidas inocentes.

Mark empezó a avanzar hacia ella. El amor le impedía tomarse en serio las palabras de su adorada Candy.

-Te lo advierto Mark. Si sigues caminando, romperé nuestra relación para siempre. Hablo muy en serio cariño –declaró mientras la congoja y los remordimientos por tener que hacerle daño a su querido Mark, hacía que su voz sonara vacilante y quebrada. Por otro lado, al pronunciar la palabra cariño un torrente desbordado de lágrimas bajó por su rostro. Se estaba odiando así misma, por tener que inferirle tal sufrimiento al hombre más bueno y dulce que jamás hubiera conocido. El amor le abrasaba el alma y la estaba destrozando por dentro, pero si cedía, sabía que todo se iría al traste. Conocía de sobra que la única forma de detener la férrea e inquebrantable voluntad de Mark era, aunque la estuviera desgarrando de dolor, amenazarle con acabar con el vínculo que les unía, porque como bien había afirmado una vez, solo ellos eran los únicos capaces de disolverlo. Ninguna otra fuerza o poder ajeno a ambos enamorados, por mortífero y grande que fuera habría logrado siquiera erosionarlo.

45

Por lo tanto, Mark tuvo que quedarse en Lakewood, mientras el imponente coche familiar de los Legan partía con la muchacha a bordo en el asiento trasero del vehículo, en dirección al hogar de Pony. Ernest tuvo que reclinarse en un canapé para no desplomarse al suelo, siendo atendido por Dorothy y Clara, que ya se había recuperado de la impresión. Pero Mark no iba a quedarse de brazos cruzados. El hecho de que no lograra hacerse invisible no quería decir que no fuera capaz de seguir a distancia el automóvil con su esposa viajando en él, y acercarse subrepticiamente al hospicio para despachar a cuatro matones que solo eran valientes delante de mujeres y niños indefensos. Buzzy Jonson había ganado un mal y acérrimo enemigo.

-Si me deshice de ese loco del doctor Infierno –dijo con un peligroso brillo en sus bellos ojos de azabache- menos me costará terminar con un gangster del tres al cuarto.

Ernest que permanecía reclinado con una almohada bajo la cabeza quiso detenerle, pero no se sintió con fuerzas siquiera para intentarlo. Mientras Mark, cruzó el jardín a grandes zancadas y se topó con su RPG-12 abandonado entre la hierba y las flores que se mecían indiferentes, en torno al mortífero instrumento de destrucción. Mark lo recogió con rapidez y tocó el botón de despliegue. Los servos y mecanismos del arma zumbaron espantando a los pájaros y haciendo que un conejo se asustara alejándose de Mark con un par de saltos para refugiarse en su madriguera. Cuando el imponente arma estuvo completamente montada, Mark puso una granada cónica en el ánima del cañón y recogió la mochila que había ocultado al pie de un árbol, con el resto de la munición, porque en su paranoia, que luego resultó ser acertada, había dispuesto depósitos de munición por buena parte de Lakewood. Entonces amartilló el arma volteándola en torno a su mano derecha tan vertiginosamente, que el lanzagranadas se difuminó por un instante entre sus dedos. Cuando estuvo cargada tras el consabido chasquido Mark se lo ciñó a la espalda, ajustando la hebilla de la correa de cuero que lo mantenía en su sitio. La ominosa cabeza de guerra cónica sobresalía por encima de la suya. El joven echó a correr procurando no acercarse demasiado al automóvil para que Candy no le detectara. Puede que perdiera su amor para siempre, pero no iba a tolerar ni por asomo que la luz de su existencia se apagara o disminuyera de intensidad por culpa de un mal nacido psicótico.

-Si dejas de amarme ángel mío –musitó en voz baja mientras echaba a correr por el sendero de grava que comunicaba la mansión Legan y por ende Lakewood, con la carretera principal, pero procurando que el iridium no se activase- por lo menos tendré el consuelo de verte viva y espero que feliz.

No le había dicho nada a Haltoran. No tenía tiempo de aguardarle. Era curioso. El en cierto modo era el tiempo, pero ahora estaba en su contra.

No se percató de que un hombre de rasgos masculinos y marcados que sostenía un arma de caza entre las manos, le observaba desde no mucha distancia. Brian hubiera querido intervenir, en ayuda de su hijo pero presentía que no debía entrometerse, no por cobardía, aunque en ese momento cambió de parecer y le llamó por su nombre. Mark se detuvo y sin girarse para mirar a su padre, le dijo antes de que este interviniera:

-No padre, te agradezco tu ayuda, pero es algo que debo de hacer yo solo.

-Solo pretendo ayudarte hijo mío. No quiero que te maten.

Mark esbozó una sonrisa desprovista de alegría y dijo con voz baja, casi silibante:

-No padre, como mejor me ayudas es permaneciendo al margen. Esto…-dijo ajustando la correa que sujetaba el RPG-12 en torno a su cuerpo de un tirón- es solo asunto mío.

Como se temía Brian Anderson, su hijo quería actuar solo.

46

Cuando el coche se detuvo ante la cerca de madera del hospicio, Candy descendió temblorosa del automóvil con la divisa de los Legan en las puertas, temerosa de lo que iba a encontrarse allí, por el total desconocimiento de cual era la amenaza que la acechaba en las sombras y que ya se había apoderado del recinto del hospicio. Se fijó en que aparte de mi coche, había algunos más, seguramente pertenecientes a los que retenían a los niños y a todos los demás, entre las paredes del orfanato. Entonces Candy atravesó una fila de hombres malencarados y que llevaban trajes negros o grises, con sombrero del mismo color que les conferían un aspecto temible. Los matones contemplaron a Candy con malsana y evidente lujuria que no se molestaron en esconder. La chica ascendió las escaleras, mientras Stuart encañonado por dos esbirros no se atrevió a intervenir. A medida que se acercaba a la puerta del hospicio, los silbidos y los piropos procaces y obscenos iban en aumento. Candy se tapó los oídos con ambos manos y en ese instante, un hombre apuesto, de ojos grises y expresión cruel salió a su encuentro. No tendría aun treinta años y vestía un traje claro e informal que contrastaba con la rigurosidad del atuendo de sus hombres. El joven sonrió afablemente y presentándose ante Candy hizo una especie de reverencia, para mirarla de pies a cabeza y silbar admirado. Candy que se sentía incómoda por el escrutinio del hombre bajó la cabeza con timidez. Intentaba aparentar simpatía pero solo conseguía mostrarse arisca y despectiva con él. Buzzy Johnson captó de inmediato el resentimiento y la aversión que causaba en la hermosa muchacha.

-Vaya vaya, parece que esta gatita tiene las uñas muy largas –se mofó Buzzy felicitándose de haber realizado una elección tan acertada. "Su adquisición" era verdaderamente digna de un rey. Un valioso trofeo que le había hecho perder rápidamente todo interés por Eliza.

-Por favor, suelte a los niños, y los adultos que retienen aquí –dijo Candy con la voz deformada, por su premura, por vernos libres cuanto antes.

Buzzy sonrió excitado por la idea de disfrutar de los encantos de Candy, y espoleado porque no terminaba de ver el momento de hacer realidad sus anhelos, apremió a sus hombres para que se aprestaran para una pronta y rápida partida. Pero antes tenía que fijar los términos de su "acuerdo" con la chica.

-Muy bien preciosa, pero tendrás que darme algo a cambio.

Candy cerró los ojos con fuerza y asintió varias veces mientras se llevaba las manos al pecho. Reunió fuerzas de flaqueza y dijo en voz muy baja, apenas audible:

-Está bien señor, haré lo que quiera, pero por favor, no les haga daño, por favor.

Buzzy abrió los brazos y la animó a que avanzara hasta él. Candy asintió entre avergonzada y mortificada. Le repugnaba sobremanera aquello, pero no tenía otra alternativa. Avanzó hacia el hombre que la abrazó con deleite y sin ningún cuidado y con total falta de delicadeza, palpando groseramente su cuerpo con sus anchas y nervudas manos, mientras susurraba en sus oídos todo tipo de groserías y zafiedades obscenas, que Candy recibió con abatimiento y humillación, frunciendo el ceño. apretando los labios, y cerrando los ojos con firmeza. Los hombres de Buzzy, se relamieron imaginándose en el lugar de su jefe y no era aventurado asegurar que cualquiera de ellos mataría por hacer realidad sus fantasías. Solo Michel Locardi que permanecía a corta distancia desvió la mirada asqueado retirándose para no tener que presenciar el lamentable y patético espectáculo.

Candy se dejó hacer, aguantando las lágrimas, mientras Buzzy se excitaba más a medida que sus dedos recorrían la silueta del escultural cuerpo de Candy. Aferraba la suave carne a través de la tela del vestido y realizaba comentarios jocosos acerca de la calidad "del género" que había adquirido. Candy nunca se había sentido más humillada en su vida, exceptuando aquella horrible velada en presencia de Albert. De nuevo era un trozo de carne, una res de la que se podía disponer libremente al albedrío de un psicópata.

-Señor, -dijo Candy intentando no desmayarse y con voz cansada- no olvide su promesa, por favor.

Buzzy chasqueó los dedos y entonces sus hombres fueron liberando uno a uno a todos sus rehenes. Primero salieron los niños en tropel, que asustados y confundidos se dispersaron creyendo que su cautiverio aun no había terminado, a continuación la hermana María y la señorita Pony que inmediatamente se apresuraron a reunir a los pequeños para que no se perdieran o lastimaran en su repentina fuga y por último yo que, abrumado como estaba por la pena no me atreví ni a mirar a Candy. Intuí que aquel hombre que la tenía ceñida por la cintura debía ser el jefe de la banda y le supliqué arrojándome a sus pies:

-Señor, deje libre a Candy y lléveme a mi en su lugar. Mark vendrá a buscarme, pero no se atreverá a hacerles nada. Incluso podrán impartirle órdenes mientras me tengan a mí.

Michel intentó aconsejar a Buzzy de que aceptara el trato, pero el apuesto y enloquecido gangster totalmente encaprichado de Candy, contempló sus ojos verdes que le habían cautivado y mesó los cabellos rubios de la joven dándole tales tirones que la joven aulló de dolor, para luego estamparle un cruel beso en sus carnosos labios. Candy intentó ladear la cabeza para evitar el contacto con Buzzy, pero lo pensó mejor y no ofreció resistencia. Que diferencia con la delicadeza y cuidado que Mark ponía en cada una de sus muestras de afecto hacia ella. Entonces Buzzy separó su rostro del de Candy y dijo, dirigiéndose a mí, tras una estentórea carcajada que no hacía presagiar nada bueno:

-No gordito. Lo siento, pero no eres mi tipo. Esta preciosidad se viene conmigo, ¿ verdad que sí cariño ?

Candy afirmó lentamente para horror de todos nosotros mientras musitaba con dificultad:

-Usted ha cumplido su parte del trato, ahora…yo cumpliré la mía.

-Así me gusta, preciosa mía –le dijo Buzzy sobándole los pechos sin ningún recato ni respeto hacia el pudor de su prisionera. Candy se sonrojó violentamente al verse humillada, especialmente delante de los niños que no entendían porque aquel hombre tan sonriente trataba a Candy de esa manera. Hasta Neil en sus momentos de mayor crueldad y desprecio hacia ella, era un caballero atento y cortés comparado con aquella mala bestia de la que no podía esperar nada bueno, como por desgracia tendría ocasión de comprobar muy pronto.

-Vámonos muchachos. Aquí ya no tenemos nada que hacer. Señoras, gordo, niños disfruten de su libertad, se la han ganado –dijo Buzzy burlándose de todos nosotros. Candy subió resignada al coche del gangster que la aferraba fuertemente por los hombros por si intentaba escapar en el último momento, mientras sus hombres le imitaban, abordando sus vehículos. Poco a poco, la comitiva de coches, abandonó el recinto del hospicio en dirección a Chicago. Mark debería haber llegado a tiempo, pero sus intentos de utilizar el poder de la invisibilidad bloqueado por la actividad inusual del Sol, habían hecho que perdiera la consciencia durante algunos minutos preciosos y cruciales, que dieron la ventaja y el tiempo suficiente a Buzzy para hacerse con Candy, y huir de allí holgadamente y sin prisas.

47

Poco antes de que Buzzy se llevara secuestrada a Candy, pese a aquella suerte de pacto que habían sellado entre ambos, la hermana María, harta de vejaciones y malos tratos, se irguió repentinamente y corrió tan rápidamente como su hábito se lo permitió. La monja se abalanzó sobre el gangster tratando de aferrarse a su chaqueta, pero el hombre riendo divertido, por los denodados esfuerzos de la hermana María por rescatar a Candy, impuso a sus hombres que se mantuvieran quietos. Entonces Buzzy levantó lentamente la mano izquierda mientras contra la otra sujetaba a Candy con fuerza para que no pudiera huir.

-Canalla, cerdo –vociferó la hermana María desplazando los brazos hacia delante- suéltala, déjala en paz.

Buzzy tenía el propósito de propinar una brutal bofetada en la mejilla de la monja. Aquel ser amoral no respetaba a nada ni a nadie, ni los hábitos de la hermana María, ni las ilusiones y la inocencia de los pequeños huérfanos del Hogar de Pony, y no dudaba en mancillar la imagen que de Candy, la hermana María y la señora Pony tenían los niños. Entonces, me incorporé, harto de presenciar tanto dolor e iniquidad, cansado del sufrimiento que esos hombres estaban infiriendo a los niños. Me erguí de un salto y corrí como nunca antes había hecho en mi vida. Creí que no llegaría a tiempo, que la hermana María sería derribada por tierra de un cruel bofetón y quien sabe luego que más, tal vez nos matasen, o quizás se contentasen con escarmentarme a mí. De cualquier manera, había principios y cuestiones que ningún hombre de bien podía tolerar y umbrales que no se debían de traspasar, y hacía ya rato, que los actos de Buzzy, habían rebasado los míos. Lo único que escuché fue una despectiva y ronca imprecación "¿ a dónde vas gordo ?" y luego noté como un tremendo puñetazo me desplazaba hacia atrás y que estaba destinado a la hermana María. Me desplomé con el rostro ensangrentado y mis gafas se precipitaron a tierra donde se hicieron añicos. Candy gritó despavorida:

-Maikel, ¡ no, no, no ¡ ¡ querido Maikel ¡, ¿ que te han hecho ? ¿ qué ?

No llegué a perder el conocimiento, pero la cabeza me retumbaba como un tambor y de mi nariz no paraba de manar sangre. La epistaxis estaba tiñendo mi mentón y mi barbilla de rojo. Noté como un tubo plomizo pesado y frío hacía presión sobre la piel de mi frente. Supe que como había aventurado, mi final se acercaba. Uno de los matones me estaba apuntando con su arma. Amartilló el revólver y yo cerré los ojos despavorido, aguardando el fatal desenlace, cuando la voz suave, casi cordial de Buzzy le detuvo:

-Ya es suficiente Lucca. Nos vamos, tengo lo que he venido a buscar.

-Pero jefe, ha intentado atacarte. ¿ Cómo vamos a permitir…?

-Ya basta Lucca. Guarda tu arma y reúne a tus soldados. Nos vamos de aquí.

Lucca asintió. Seguir replicando a Buzzy podía convertirse en un juego muy peligroso que no tenía nada de divertido, y que más bien solía acabar en tragedia para el que emprendía una partida tan arriesgada. El matón guardó su revólver y se retiraron rápidamente hacia sus coches, mientras seguían apuntándonos con las ametralladoras y los revólveres. Quedé en brazos de la hermana María que no dejaba de llorar, alabando mi valor, mientras la señora Pony corría al interior del hospicio en busca de material sanitario para curar mis heridas, que en apariencia no eran graves. Eran si acaso, más aparatosas que otra cosa.

Antes de subir en compañía de Candy al coche , Buzzy me contempló con seriedad. Se me quedó mirando largo rato, mientras empujaba a Candy al interior de su lujoso Buick Empire, de tal forma, que la infortunada joven estuvo a punto de, lastimarse la frente contra la ventanilla de la portezuela izquierda. Buzzy asintió y dijo con un deje de respeto en la voz:

-A pesar de tu aspecto eres un hombre valiente. Me he dejado llevar por las apariencias. Trasmítele mis respetos a la hermana.

Luego se internó en el habitáculo del Buick y cerró la puerta. El pesado coche se movió con rapidez siendo escoltado por varios automóviles más, repletos de hombres armados hasta los dientes. Michel Locardi subió en el último de ellos y partió de inmediato, sumándose a la comitiva que rápidamente se perdió en la lejanía. Mientras, todos nosotros no éramos capaces de reprimir nuestras lágrimas, en especial yo, que indirectamente y fiado de la absurda trampa que me habían tendido, había precipitado aquella dramática situación.

48

Mark estaba tendido en el suelo de la carretera sin posibilidad de moverse. Había intentado utilizar el iridium para remontarse por el aire y llegar cuanto antes al Hogar de Pony pero le fue imposible. El haber tratado de emplear la invisibilidad del iridium había hecho que se desplomara súbitamente unas cuantas veces, debido a que las manchas solares que agitaban la superficie del Sol cada siglo, casualmente se estaban produciendo durante ese periodo y aunque nunca habían interferido con el poder del iridium, aquellas eran particularmente tan poderosas y de tal intensidad, que aunque sus efectos resultaban normalmente inofensivos para cualquier ser humano incluyéndole a él, en esos momentos le habían debilitado tanto que era incapaz de levantarse.

-Candy –se lamentó intentando recobrarse desesperadamente y alzarse, pero sus músculos no le obedecían y su voluntad de hierro parecía doblegada por el capricho del destino que se empeñaba una y otra vez en separarles.

Sus lágrimas mojaron la superficie de la polvorienta carretera. En esos momentos, en la lejanía percibió el rumor de un motor que se iba aproximando cada vez más. Mark procuró apartarse para evitar ser atropellado, pero las fuerzas le habían abandonado. Finalmente tras un esfuerzo que para él fue titánico, logró retirarse de la trayectoria del coche que cuando llegó, se detuvo a su altura con un chirrido de neumáticos. Mark se fijó en la carrocería pintada de azul pálido y que el conductor que iba al volante del descapotable le resultaba muy familiar. La puerta se abrió y un hombre pelirrojo de ojos verdes con un jersey azul y unos pantalones de pana descendió del habitáculo. Haltoran le recogió con cierto esfuerzo porque Mark pesaba más que él y le ayudó a acomodarse en el asiento del copiloto.

-Mark muchacho, válgame el cielo, ¿ qué te ha sucedido ?

-No…no lo sé, pero supongo que tiene que ver con la actividad del Sol. Debemos de darnos prisa. Candy corre peligro.

Haltoran arrancó el Hispano Suiza K6 y metiendo primero aceleró con fuerza. El potente coche dio un bote hacia delante y se deslizó raudo hacia el Hogar de Pony.

-Lo sé –dijo Haltoran esquivando un bache que de no se por la pericia del joven, probablemente habría reventado una de las ruedas delanteras- Carlos me avisó. Llegó jadeante y llorando. Al parecer, tenías razón muchacho –dijo Haltoran ofreciendo a Mark una cantimplora llena de agua. Su amigo la tomó entre las manos y bebió ávidamente. Su debilidad era tan extrema, que sentía como una sed agobiante le quemaba la garganta.

-No tan deprisa muchacho –le recomendó Haltoran- si bebes de esa manera terminarás por atragantarte.

-No te preocupes por mí Haltoran –repuso Mark exánime pero cada vez más recuperado- y acelera el coche todo lo que puedas. Ese cerdo –exclamó crispando los puños con tanta fuerza que el iridium iluminó brevemente el habitáculo del coche con una claridad irreal aun en pleno día, al concentrarse en sus nudillos –como le roce un solo cabello, como se atreva a dañarla…

Haltoran sonrió levemente y palmeándole el hombro izquierdo dijo afable:

-Descansa muchacho, no temas, llegaremos a tiempo. Afortunadamente, según ese cabeza de lata –declaró Haltoran refiriéndose a Mermadón- los fenómenos solares están concluyendo y no habrá otros tan virulentos hasta por lo menos dentro de cien mil años.

Mark aplicó el gollete del recipiente a sus resecos labios y lo inclinó hasta que la última gota de agua resbaló en el interior de su garganta, calmando su abrasadora sed. Se sentía mejor y notó como sus energías retornaban gradualmente a su cansado y castigado cuerpo.

49

Desafortunadamente, Haltoran se equivocó en sus optimistas previsiones y cuando el coche llegó a su destino, lo primero que sucedió es que una oleada de miedo se extendió entre los atemorizados niños y la cariacontecida hermana Pony que continuaba atendiéndome, lavando mis heridas y vendándolas mientras Martha trataba de calmar a los niños con chucherías y alentadoras palabras de consuelo. En un primer momento, yo y la religiosa creímos que uno de los coches de la banda había retornado para quizás eliminarnos al objeto de no dejar testigos o porque quizás el demente de Buzzy había cambiado de parecer debido a su carácter imprevisible y volátil con la misma intención o tal vez someternos a una nueva tortura. Pero por suerte, los familiares rostros de Mark y de Haltoran asomaron por encima del parabrisas delantero del descapotable. Mark saltó literalmente a tierra tirándose casi en marcha del coche, buscando a Candy como un poseso y preguntando a todos donde estaba. Haltoran trató de tranquilizarle, comprendiendo rápidamente que había ocurrido allí aun sin que nadie se lo hubiéramos contado todavía.

-¿ Candy ? ¿ dónde está Candy ? ¿ alguien la ha visto ? –preguntó Mark con aire desesperado mientras sus ojos negros recorrían todos los rincones del pequeño edificio y sus aledaños por si se hubiera escondido en alguno de ellos, mientras su corazón latía desbocado temiéndose lo peor. Entonces mi voz agotada y cansada llegó a sus oídos, atrayendo su atención. Entonces Mark reparó en mi lastimosa apariencia y se arrodilló ante mí, horrorizado por las heridas que tachonaban mi rostro.

-Maestro, maestro, ¿ que te han hecho ? ¿ que os han hecho esos canallas ?

Me encontraba mejor, aunque el puñetazo de ese energúmeno me había provocado una hemorragia nasal y la pérdida de dos dientes, cosa que no noté hasta que el carrillo izquierdo empezó a hinchárseme y a dolerme. Entonces noté como algo bailoteaba dentro de mi boca golpeando contra el paladar. Entonces escupí un par de dientes, intentando que los niños no lo vieran, aunque si lo hizo la hermana María que apenada corrió a socorrerme mientras me reconvenía:

-Maikel, Maikel, podían haberte matado. No debiste hacer esa tontería.

Aunque Martha me trataba de usted, entre la religiosa y yo había surgido cierta familiaridad y nos tuteábamos. Al principio yo lo hice con reparo, hasta que animado por la voluntariosa mujer vencí mis reticencias e hice lo mismo. Pero eran tiempos más felices y dichosos que los que nos había tocado en suerte.

Martha que estaba abrazando a una niña que aun tenía el susto en el cuerpo y que no podía dejar de temblar y sacudirse violentamente miró a Mark. La anciana se pasó el dorso de la mano por los ojos y los pómulos retirando algunas hileras de lágrimas, pero era tarea vana, porque nuevos regueros reponían los que la buena mujer retiraba constantemente y sin cesar de las comisuras de sus ojos.

-Se la han llevado Mark –sollozó la anciana mientras introducía un dedo por debajo de sus lentes, levantando levemente la montura para seguir enjugando más lágrimas- no pudimos hacer nada para impedirlo. Candy se fue con ese loco, porque amenazaron con matar a los niños. Maikel, yo, la hermana María nos ofrecimos como rehenes, pero ese hombre estaba obsesionado con Candy y finalmente…

No logró articular palabra. La bondadosa mujer se puso a llorar de tal forma, que hasta la niña a la que hacía un momento, estaba calmando, adoptó el papel de Martha, invirtiendo los roles. Mientras Haltoran se hacía cargo de mí, manoteé y aseguré vehemente que me encontraba bien. Ahora lo prioritario era cuidar de los niños y encontrar a Candy. Mi chofer, que había recibido un culatazo intentando defenderme, cuando a mi vez intenté hacer lo mismo con la hermana María iba despertando gradualmente, frotándose las sienes dolorido. Haltoran le preguntó si estaba bien y el hombre aunque un poco mareado, asintió y se puso en pie. Haltoran le ordenó que buscara ayuda inmediatamente para los niños y las responsables del hospicio. Cuando el chofer informó de que llamaría a la Policía, Mark se puso tenso y le miró de tal forma que el hombre quedó paralizado.

-No, esto es un asunto personal entre ese Buzzy y yo. No quiero que nadie interfiera en esto.

Haltoran sabía que en el estado de ánimo en que se encontraba Mark, era peligroso contradecirle. Por otro lado, le seducía la idea de hacer justicia por su cuenta.

Haltoran se llevó a un aparte a mi chofer y logró convencerle de que dejara todo en sus manos. No sé que fue lo que le dijo aunque estuvieron hablando por cerca de diez minutos, pero finalmente el hombre juró guardar silencio, tal vez por la lealtad que me profesaba y se limitó a buscar ayuda. Por lo demás, aparte de mis heridas y las contusiones de mi chofer milagrosamente nadie más parecía haber sido víctima de violencia o malos tratos. Los niños estaban bien físicamente, lo mismo que la señora Pony y la hermana María, aunque las heridas del alma tardarían en cicatrizar. Mark se puso a caminar hacia el este, hasta que Haltoran le detuvo aferrándole por la muñeca derecha. El joven le miró interrogante y su expresión se endureció creyendo que su amigo trataba de detenerle.

-Ni siquiera sabes donde han ido –dijo Haltoran.

-Tengo una ligera idea –repuso Mark mientras un siniestro brillo titilaba en sus pupilas de azabache.

Haltoran asintió mientras le tendía un pequeño receptor que mostraba un mapa digital de la zona en la que se hallaban y alrededores. Un punto de luz iba desplazándose sobre el mismo, mientras un sonido machacón e insistente como un bip bip acompañaba el desplazamiento del punto de luz por el mapa.

-Le puse a Candy con mucho disimulo, un rastreador en el lazo de su vestido, como aquella otra vez, hará cosa de dos semanas, cuando estuvimos cenando los cuatro en mi casa, no se si lo recuerdas. Hemos tenido mucha suerte de que en estos momentos lleve la misma ropa. No tenía mucha fe en esas premoniciones tuyas pero decidí que tal vez por si acaso…

De improviso, el machacón y rítmico pitido se detuvo. El mapa continuaba mostrándose en el pequeño visor del aparato, pero la bola de luz indicativa de la ruta que Candy y sus captores estaban siguiendo en zigzag para despistar a posibles perseguidores se había esfumado.

Mark frunció el ceño y dijo secamente:

-Seguiré mis métodos. Y aparta esa mano Haltoran. No trates de impedirme que vaya en su busca o te la abrasaré, palabra. Hablo muy en serio.

Haltoran retiró sus dedos y declaró:

-Cuídate muchacho y no seas tan arisco conmigo. Ya sabes que el viejo Haltoran nunca te dejaría solo y menos dejaría a Candy en peligro.

Mark pareció avergonzarse de sus últimas palabras y bajó la cabeza, avergonzado de haber sido tan brusco y admirado de la fidelidad de Haltoran, pero no había tiempo de disculpas. Dio la espalda a su amigo y declaró mientras comenzaba a correr:

-No amigo mío. Por una vez, esto es solo asunto mío. Te lo agradezco, pero mantente al margen.

Poco a poco, las llamaradas de iridium se desataron violentamente mientras la velocidad del joven aumentaba por momentos. Afortunadamente, los niños no presenciaron como se cubría de llamas, porque estaban concentrados en el interior del hospicio, a salvo entre sus paredes, donde las dos mujeres atendían a sus necesidades y muy pendientes de que ninguno de ellos siguiera recordando el trágico episodio vivido.

Mark cruzó junto a la Colina de Pony y dio un salto. Su masa molecular se hizo tan ligera, que el iridium le permitió volar. Maniobró con destreza para no lastimar al padre Árbol, porque nunca se perdonaría dañar un lugar tan hermoso. El aire que desplazaba a medida que el iridium se vertía en la atmósfera para crear el aura que le confería la capacidad de vuelo, movió ligeramente las ramas más altas del imponente gigante vegetal.

Mark se fijó en el lugar donde apareciera por primera vez ante Candy, meciéndose levemente de pie sobre las ramas más bajas del árbol y frunciendo el ceño, aceleró su velocidad alcanzando muy pronto Mach 2. Tampoco quería quemar rápidamente el iridium, sobrepasando sus límites de seguridad, porque podría inducir un peligroso sobrecalentamiento del mismo y a su vez, envenenarse la sangre.

Haltoran sonrió meneando levemente la cabeza y dijo mientras palpaba por debajo de su jersey la familiar y tranquilizadora rugosidad del cartucho de acero que contenía su MP-5 totalmente plegado:

-Akarsnia, akarsnia no cambiarás nunca –dijo contemplando la estela de fuego que dejaba a su paso mientras Mark se alejaba más y más.

Calló por un momento oprimiendo un botón. De su cinturón emergieron unas pequeñas toberas que emitiendo un fuerte siseo le despegaron del suelo elevándole como una flecha hacia lo alto.

-Ni yo tampoco –añadió en voz baja.

Mientras le aferraba la muñeca, le había deslizado, con el mismo cuidado y furtividad que a Candy, otro transmisor en la bocamanga de su cazadora. Consultó su receptor y manipulando los controles del jetpack tomó el mismo rumbo que su amigo. Intentando que Mark no se diera cuenta de que le seguía a cierta distancia, aceleró su marcha, mientras desplegaba el MP-5 y revisaba sus mecanismos para que todo estuviera en orden y dispuesto en el momento adecuado. La pesada arma de combate brilló bajo la luz del atardecer.

50

Mark sabía donde estaba Candy porque la conexión mental con su esposa se había restablecido de improviso. De todos sus poderes, aquel era el más errático e imposible de controlar. Iba y venía como si tuviera voluntad propia y aunque algunas veces le había sido de mucha utilidad, otras requiriéndolo, se había esfumado como nieve al Sol. Quizás precisamente en el astro Rey se hallara el motivo por el cual, esta había retornado nuevamente. En todo caso, Mark veía en su mente la trayectoria que la banda de Buzzy seguía tan claramente como si hubiera tenido un mapa ante sí con el itinerario marcado, como así era hasta que algo que temió interrumpió bruscamente la señal del transmisor.

51

Candy estaba en ropa interior, temblando y negándose a mirarle. Buzzy le había arrancado el vestido destrozándoselo por la tardanza de la muchacha en despojarse de sus ropas cuando se lo ordenó autoritariamente. La banda no se había dirigido finalmente hacia Chicago, si no hacia un pequeño pueblo donde habían establecido un cuartel general donde estaban seguros de que no se les buscaría. El lugar era tan inaccesible y recóndito que ni el F.B.I. que desde hacía ya tiempo había empezado a movilizar sus ingentes recursos contra la peligrosa banda debido a la gran cantidad de pruebas e indicios de sus delitos que habían ido acumulándose en su contra, darían con ellos así como así. Aparte de que su escondrijo estaba situado en unas antiguas bodegas subterráneas reformadas y habilitadas como lujosas dependencias, provistas de todas las comodidades imaginables. Buzzy sonrió aviesamente. Aquella muchacha era aun más hermosa de lo que imaginaba contemplando sus fotografías, ahora que se fijaba mejor en ella y la estudiaba con delectación. La belleza de Eliza y de cuantas mujeres habían pasado por su vida y con las que se había acostado de grado o por la fuerza, palidecían ante aquella esplendorosa criatura. Normalmente las mujeres eran una afición más para el apuesto y taimado gangster. Las utilizaba y las desechaba como si fueran pañuelos usados, pero con Candy era diferente. Nadie podía afirmar a ciencia cierta, si alguna vez, el peligroso e imprevisible gangster se había enamorado en algún momento de su vida, ni siquiera su mano derecha. Ni Michel Locardi podía confirmar o desmentir ese extremo, ni aunque pusiera la mano en el fuego para jurarlo, pero algo debió encontrar Buzzy en la mirada luminosa y dulce de Candy que le removió las entrañas. Sintió que perdía la cabeza por aquella chica, que tal vez no fuera a ser una más de sus conquistas o fugaces aventuras con mujeres de las que solo conocía de una noche, y cuya única afinidad en común era haber compartido el mismo lecho. Notaba que aunque la palabra amor no casaba bien con él, una pasión irresistible le hacía sentirse atraído por ella. La estrechó entre sus brazos en una parodia de amor. Se estaba volviendo loco de deseo y contempló el camastro que se extendía ante ellos, junto a un mueble bar que presidía la lujosa estancia que había ordenado habilitar como sus dependencias privadas, cuando recalaban en aquel lugar secreto. Un fugaz pensamiento cruzó por la mente de Buzzy.

-Por favor, por favor –musitó Candy lentamente, temiéndose lo peor.

Aquellas débiles súplicas hacían que su mórbida fascinación por ella, creciera exponencialmente. La soltó brevemente para admirar sus formas y sentándose en un canapé repujado en cuero, se sirvió un vaso de whisky del mueble bar.

-Eres muy hermosa Candy. Hasta tu nombre provoca un deseo casi irracional de poseerte, de amarte, de tenerte.

Dijo aquellas palabras de forma tan sibilina y con un acento tan cortante como el más afilado acero, que Candy dio un respingo involuntario. Por el momento Buzzy se daba por satisfecho de contemplarla tal y como se hallaba ante él, tan desvalida e indefensa. Realizó un brindis a la joven que ladeó la cabeza esbozando una mueca de tristeza. Buzzy interpretó aquello como un gesto de desprecio hacia él. Estrelló el vaso con rabia contra la pared, que se hizo añicos dejando una mancha oscura sobre el papel con motivos florales que cubría los tabiques. Avanzó hacia Candy a grandes zancadas, respirando entrecortadamente. La chica gritó y retrocedió asustada creyendo que iba a matarla, pero no había donde huir o esconderse en aquella madriguera subterránea. Buzzy la asió por la cintura e iba a asestarle un bofetón cuando se detuvo y se lo pensó mejor, cambiando de parecer. Candy había cerrado sus ojos de esmeralda temiendo lo peor, aguardando a que el doloroso contacto de los dedos de Buzzy se estrellara contra su mejilla, pero el gangster dejó caer su mano laxa para abrazarla con fuerza y atraerla hacia sí, mientras decía muy agitando y suspirando con fuerza:

-Muy pronto me amarás, te guste o no, porque Candy, eres mía y ningún otro hombre, excepto yo, a partir de ahora se acercará nunca más a ti, porque antes lo mato, con mis propias manos. Me amarás Candy, me amarás o lo lamentarás para siempre, de eso puedes estar muy segura, querida mía.

Buzzy la propinó otro de aquellos brutales besos con sabor a alcohol o regusto metálico. Candy no se atrevió a resistirse temerosa de que cumpliera sus amenazas. Cuando el cruel malhechor se sintió satisfecho la dejó libre y dijo mientras aferraba aun su muñeca derecha con dedos de hierro:

-Ponte esa ropa –dijo a Candy mientras señalaba con un gesto de su cabeza, un escotado vestido rojo que aguardaba en un armario ropero, suspendido de una percha, y cuya puerta estaba entreabierta- a partir de ahora, mi chica tendrá lo mejor –dijo sobándola el mentón y oprimiendo con tal brutalidad la fina piel de Candy que, esta emitió un breve grito de dolor. Buzzy acercó sus labios a la atemorizada joven y susurró lentamente en sus oídos, repitiendo obsesivamente la misma cantinela:

-Me amarás, Candy, aprenderás a apreciarme y a amarme, porque si no es así, no serás de nadie más. O mía o de nadie, te lo juro –recalcó con una amenazante inflexión en su voz desprovista de toda emoción, para luego soltarla y marcharse no sin antes detenerse en el quicio de la puerta y mirándola de soslayo para decirle, más sereno y tranquilo, orgulloso de su supuesto dominio sobre la muchacha:

-Arréglate. Ponte muy guapa para mí. En breve cenaremos.

Después abandonó la estancia cerrando con llave detrás suyo y disponiendo una doble guardia ante la entrada, para impedir su fuga o que alguien pretendiera rescatarla. Candy miró el suntuoso vestido rojo de noche y arrodillándose ante el canapé en el que hacía un momento se había arrellanado Buzzy, escondió la cara entre las manos, llorando amargamente, sin importarle que tal vez pudieran oírla al otro lado de la gruesa puerta:

-Mark, Mark, amor mío, ¿ dónde estás ? ¿ dónde ?

Las húmedas y cálidas lágrimas se escurrían entre las falanges de sus dedos.

52

Mark había conseguido dar con el paradero de su esposa, poco antes de que la caprichosa y poco fiable conexión mental volviera a abandonarle. No había invertido mucho tiempo en el viaje, a la velocidad a la que había cubierto el por otro lado, largo y tortuoso recorrido de haberlo realizado a pie o en un vehículo. Cuando consiguió aterrizar en las afueras del pueblo, sirviéndose esta vez de su poder de apantallamiento o invisibilidad sin que su cuerpo se resintiera, se aseguró de que nadie pudiera verle reaparecer. Quizás lo más sensato hubiera sido continuar escondiendo su presencia con aquella facultad, pero no se atrevía a emplearla. Si se desmayaba y los matones le hallaban indefenso, probablemente acabarían con él. No podía arriesgarse a quedar inerme ante nada ni nadie. Se deslizó lentamente. Estaba anocheciendo y el cielo se había cubierto de negros nubarrones en un firmamento sin estrellas. Divisó algunas casas que le resultaron vagamente familiares. Entonces se detuvo ante el cartel anunciador del nombre del pueblo: Waterfield.

Mark retrodeció levemente. Aquel era el pueblo donde ella y él se habían desposado, aunque luego su primera boda resultara, a efectos legales, que no para ellos, falsa porque el párroco que les había casado no era tal y ejercía ilegalmente. Luego vino el terrible incidente, que mostró a Candy, para su pesar su lado más oscuro y temible, aunque no le quedó otra alternativa. Y sospechaba que esa vez sería idéntica. Hizo una mueca de desagrado y avanzó con rapidez entre las sinuosas callejuelas de Waterfield que apenas había cambiado en todos aquellos años. Ya sabía donde se encontraba Candy y optó por no perder más tiempo en reflexiones.

Mientras, recortándose en el telón de fondo del oscuro y negro firmamento en el que evolucionaban nubes de tormenta, otro hombre que llegó también volando, pero por medios tecnológicos, aterrizó a pocos metros donde lo había hecho Mark. Haltoran consultó el escanner incorporado al pequeño emisor que rastreaba a su amigo y le siguió a corta distancia, aunque ya daba igual que le descubriera o no. La batalla sería inminente y el principal problema era rescatar a Candy, preservando su vida e integridad física.

53

Michel Locardi tenía unos planes muy concretos y definidos. Había intentado por todos los medios humanamente posibles evitar que las cosas se torcieran hasta el punto de que tuviera que tomar aquella amarga decisión, pero el joven al que había querido como un hijo y tratado de encaminar por la senda correcta, si tal se puede aplicar a una carrera delictiva y criminal, era inestable emocionalmente y de seguir por aquella loca y suicida senda, terminaría por arrastrarles a todos al abismo. De hecho le había advertido de que no se metiera con Candy Anderson Legan, pero tal vez la irreflexiva y alocada maniobra de su pupilo le sirviera de algo a fin de cuentas. Mientras, Buzzy sonreía sentado en la cabecera de una larga mesa con forma rectangular cubierta por una mantelería de fino hilado y brocados en sus laterales. El joven gangster se había vestido de etiqueta, con un elegante smoking con pajarita y el pelo peinado hacia atrás con una generosa y abundante dosis de gomina. Candy, que se había acicalado con esmero con la ayuda de dos criadas que mostraban el mismo temor que ella había exteriorizado ante el peligroso hombre estaba deslumbrante en el vestido rojo de tirantes que Buzzy había dispuesto para ella. La mesa estaba repleta de apetitosos platos y algunos candelabros de plata proyectaban una pálida y lechosa luz, procedente de las velas blancas que coronaban sus protuberantes y bulbosos brazos. No había nadie más en la estancia, aparte si acaso de un anciano y estirado camarero enfundado en un impecable traje blanco que aguardaba impasible, las posibles órdenes de su jefe en un rincón del lujoso salón iluminado por arañas de cristal y con una chimenea de mármol en el que crepitaba un acogedor fuego. El empleado era un hombre de ojos acuosos y pelo ralo, que mostraba una calva brillante que suscitaba de vez en cuando las risas de Buzzy, que se mofaba del anciano, con comentarios hirientes y despectivos. Candy sintió una profunda pena por aquel pobre hombre, que no se atrevía ni a pestañear, temeroso de ofenderle y que le aplicara un desproporcionado castigo. Entonces Buzzy realizó un gesto chasqueando los dedos índice y pulgar de la mano derecha. Le gustaba aquel ademán, que para él encerraba el summun de su poder absoluto. Chasquear dos dedos y al momento, un asustado subordinado se apresuraba apurado a cumplir su voluntad lo antes posible. El viejo camarero tomó entre sus dedos una bandeja de oro en el que reposaba un magnífico colgante con una amatista engarzada en la cadena. Buzzy lo tomó entre sus dedos y abandonando su asiento, avanzó con paso solemne hasta Candy que estaba en el otro extremo de la kilométrica mesa, frente a Buzzy. El gangster se colocó ante ella y reparó que llevaba otro colgante del que pendía lo que parecía la cabeza de un águila. Lo tomó entre las yemas de sus dedos y Candy aferró sus manos suplicándole:

-No por favor, no me lo arranques. O por lo menos, permíteme conservarlo, por favor.

Candy le tuteaba porque Buzzy le había insistido encarecidamente que lo hiciera, cosa que no le costó demasiado por el desprecio y resentimiento que le profesaba.

Pero Buzzy tiró del pequeño colgante con inusitada ira porque sospechaba que se trataba de un regalo de uno de esos hombres que había jurado matar si osaban a acercarse a su amada. Candy contempló con lágrimas como el hombre arrojaba lejos de sí el adorno. La cabeza del águila tintineó brevemente contra el suelo de mármol y se perdió bajo la mesa. A continuación se puso detrás de ella y empezó a colocar la amatista en torno a su cuello de cisne. Los ojos verdes se llenaron nuevamente de lágrimas, mientras Buzzy asentía visiblemente satisfecho afirmando con ojo experto:

-Sí, este te queda muchísimo mejor, querida mía.

Buzzy reparó en que Candy apenas había probado bocado durante toda la cena y la aferró por los hombros, obligándola a incorporarse y volteándola hizo que quedase cara a cara frente a él. Apretó con tanta presión sus muñecas que Candy lanzó un nuevo quejido de dolor.

-Se trata de ese Mark, ¿ verdad ? –rugió enfurecido- aun no le has olvidado, pero te garantizo que lo harás..

Buzzy esperaba nuevamente estar frente a frente a la asustada mirada de una pobre mujer indefensa que pugnaba por liberarse, pero esta vez Candy le devolvió una mirada de desprecio. Estaba cansada de tener miedo, de plegarse a los caprichos de aquel demente, aunque peligrara su vida.

-Jamás –dijo altiva la muchacha –nunca podré olvidar al hombre que amaré hasta el fin de mis días, jamás. Podrás tener mi cuerpo si lo deseas, ese fue nuestro acuerdo, pero no esperes que te corresponda Buzzy. Lo que le has hecho a mis dos queridas madres y a mis niños, y sobre todo al pobre Maikel, no lo olvidaré jamás.

Esta vez Buzzy no se contuvo. Las justas y valientes palabras de Candy, le habían inferido una profunda herida en su en aparente indestructible autoestima. Herido en su amor propio, asestó a Candy una bofetada tan fuerte que la chica salió desplazada hacia atrás, hiriéndose con un vaso que cayó al suelo y que al hacerse añicos, le cortó ligeramente la mano derecha. Rememoró con horror los duros momentos vividos en la mansión de Lakewood que por aquel entonces aun pertenecía a Albert.

Buzzy caminó lentamente y asiéndola por el ensortijado cabello la hizo ponerse en pie. Candy aulló de dolor, pero el hombre no se conmovió en absoluto. Esta vez si que la muchacha mostraba el tipo de mirada que tanto le complacía y excitaba.

-Si crees que vas a faltarme al respeto, lo tienes muy negro querida Candy. Sé todo acerca de ti. Sé que le buscaste la ruina a ese idiota de magnate escocés que ahora se pudre en la cárcel, pero eso no me ocurrirá a mí, porque haré que me respetes. Yo no soy tan delicado ni escogido a la hora de preservar tu carita de porcelana. He intentado ser paciente y amable contigo, pero ya me he cansado de tus desprecios. Me vas a amar aunque tenga que molerte a palos para lograrlo.

Candy escupió un poco de sangre. Su mejilla se estaba hinchando rápidamente por momentos.

-Quizás tus pequeños hijos serían suficiente aliciente para hacer que digamos colabores.

Al escuchar aquello, Candy recobró su instinto de lucha y su carácter rebelde y orgulloso pugnó por salir a flote, pero se contuvo. Buzzy era muy capaz de matarla en uno de sus arranques de furia o disponer que la torturasen de modo refinado y horrible. Había oído comentárselo a Lucca, uno de sus hombres y que era el que precisamente me había agredido cuando intenté defender a la hermana María de aquel energúmeno. Los tormentos que aplicaban a sus enemigos eran tan horribles que Candy cerró los ojos con horror, prefiriendo no pensar en nada de ello. Pero si que pensó en sus hijos.

-Mis hijos –musitó lentamente.

Y por ello tenía que vivir, porque sus esperanzas estaban centradas en volver a verlos, así como a su madre y a sus padres adoptivos.

Entonces Buzzy le dio otra de sus secas y cortantes órdenes.

-Desnúdate. Tú y yo vamos a pasarlo muy bien, sobre todo yo.

No había vuelta de hoja, no había donde huir. La joven crispó los puños y se puso a murmurar en voz baja una oración, suplicando al Señor que la librase de aquella inmerecida tortura. Entonces Buzzy que como había proclamado no tenía tanta paciencia como otros, alzó la mano para repetir su acción de antes. Candy asintió y deslizó los tirantes de su vestido, moviéndolos hacia abajo. Se desprendió de la ropa interior que cayó junto con el vestido a sus pies y Buzzy silbó admirado.

-Eres preciosa Candy. La verdad es que este tipo de vistas, hace que se te perdone todo lo demás. Aprenderás a apreciarme, ya lo verás. En el fondo no soy tan malo.

Iba a besarla, cuando alguien picó en la puerta apresuradamente. Buzzy se giró furioso y empuñó una pistola que llevaba en una cartuchera situada a la altura de su axila derecha. Abrió la puerta y encañonó a su subordinado introduciéndole el cañón en la boca. El hombre gimió de miedo y dijo levantando las manos:

-Perdóneme jefe, no pretendía molestarle, pero…se ha colado un intruso. Los dos guardias de la entrada han sido abatidos.

-¿ Qué ? –rugió Buzzy incapaz de creer lo que estaba escuchando. Estaba a medio vestir porque ya se había desnudado de cintura para arriba y tuvo que volver a ponerse la ropa apresuradamente.

Sacó su arma de la boca del hombre y girándose hacia Candy dijo:

-No te preocupes querida mía. Gajes del oficio. Volveré en seguida. Espérame que no tardaré –dijo tirándola un beso como si aquella penosa situación fuera una inocente despedida entre enamorados.

En el exterior, dos hombres que habían disparado a Mark yacían sin vida con dos profundos agujeros en su pecho. Las llamaradas del iridium les habían traspasado de parte a parte y ahora ambos cadáveres reposaban apoyados el uno contra el otro, con una expresión de incredulidad en sus caras. Mark había roto el perímetro de seguridad, adentrándose en las enormes naves que tapaban y disimulaban la entrada secreta al complejo subterráneo de Buzzy. Cuando halló la losa de varias toneladas que sellaba el umbral al complejo, depositó su mano derecha sobre su superficie con los dedos totalmente extendidos, emitiendo un calor tan sofocante y tórrido que la espesa plancha reforzada con acero y hierro colado, de varios centímetros de espesor, se fundió cuarteándose en varios pedazos, como una hoja de papel crepitando al fuego. Grandes chorros de sangre envenenada surgieron de la espalda y los hombros de Mark, pero este sin inmutarse, pese a las convulsiones de dolor que la depuración de su sistema circulatorio le producía, apartó los restos de la losa arrancándolos de sus goznes y se introdujo en la oscura abertura que había dejado al descubierto, bajando rápidamente a las entrañas de la guarida de Buzzy.

54

En el exterior se había desatado una fortísima y violenta tormenta y muy pronto las negras y cerradas formaciones de nubes, no tardaron en descargar ingentes cantidades de agua sobre el pueblo. La gente permanecía encerrada en sus casas, tal vez por efecto de la inclemente lluvia, tal vez porque como aquella otra vez, intuían que algo muy espantoso estaba a punto de desatarse.

Haltoran siguió el rastro de su amigo. Algunos matones llegados apresuradamente por la alarma general que se había extendido entre todos los miembros de la banda trataron de interceptarle, pero los pesados cohetes fragmentadotes de cuarenta milímetros dieron buena cuenta de ellos. Las explosiones no tardaron mucho en mezclarse con el inclemente tiempo. Ya empezaba a haber cadáveres, cuya sangre teñía el agua que repiqueteaba con violencia y furia sobre el suelo del almacén. Por extraño que pareciera, la estructura de la nave aguantó y no se vino abajo pese a haber sido sacudida por ingentes deflagraciones, cuya onda expansiva si que hizo temblar las ventanas de algunas de las casitas de Waterfield.

Mark había ganado rápidamente el interior del complejo. Estaba desatado y sus ojos negros estaban inyectados en sangre, aunque conservaba un resto de cordura. Siempre que no le atacasen o sus enemigos dieran muestras de rendirse, les perdonaba la vida, pero aquellos que le hacían frente eran consumidos de forma inmisericorde por las llamas del iridium que se extendían hacia delante devorando todo lo que tocaban. La sangre negra continuaba saliendo de la piel de Mark, pero este no se inmutaba y revisaba cada habitación, cada dependencia escrutando cuidadosamente, mientras llamaba a voz en grito a su esposa.

-Caaanddy, Candyyyy , -vociferaba mientras su corazón latía apresuradamente y su frente estaba perlada de sudor, por el intenso calor debido al infierno que había desatado con sus llamas que salían de sus antebrazos.

En ese instante, Candy oyó la voz de su amado y aporreó la puerta gritando obsesivamente el nombre de su marido:

-Aquiií Marrrk, aquíiii, estoy aquí, mi vida.

Los hombretones que custodiaban la entrada de la lujosa celda no se inmutaron, aunque empezaban a tener miedo. Muchos de sus compañeros y camaradas que iban a interceptar a los intrusos o no regresaban o lo hacían heridos, o presentando gravísimas quemaduras de tercer grado. Quizás hubiese algo de verdad en las leyendas que corrían en torno a aquella muchacha tan bella.

-Quizás el jefe no debió meterse con esa familia –rezongó sombrío el más corpulento, que tenía una ganchuda nariz y un sombrero hongo sobre su cabeza.

-Más te vale que no te oiga el jefe. Es capaz de matarte si llega a enterarse –dijo el otro, más bajo y con una larga barba que contrastaba con su cráneo alopécico y pelado.

Otro grito y una nueva explosión. El del sombrero hongo meneó la cabeza y dijo:

-No me importa morir. En este oficio, -para él la delincuencia era no solo una profesión, sino una forma de vida- eso está siempre presente, a la vuelta de la esquina, y puede llegar tarde o temprano, pero así de esta manera, sin saber siquiera lo que nos está ocurriendo…Estamos cayendo como moscas. Si esto sigue así, muy pronto Buzzy y Michel van a gobernar sobre un ejército de muertos.

-No se si merece la pena…-iba a añadir algo más cuando Buzzy regresó cubierto de sangre y tiznado de hollín. Su ropa estaba desgarrada. Había tenido un enfrentamiento con Haltoran, del que no había salido muy bien parado, aunque amparándose en los soldados que le quedaban, les dejó combatiendo contra Haltoran, mientras él se las apañaba para huir.

-Abrid esa puerta –dijo con un gesto de horror.

Los hombres obedecieron y Candy intentó huir tan pronto como se abrió el pesado batiente, pero Buzzy la retuvo por los hombros.

-Quieta querida, eres mi salvoconducto para salir de aquí con vida.

Justo en el momento en que había pronunciado aquellas palabras, la figura de un hombre musculoso y sudoroso, con el largo cabello negro desplegado sobre los hombros y unos ojos de azabache que proyectaban una mirada triste y aterradora, le escrutaron furioso.

El joven llevaba una cazadora de cuero ensangrentada y la camisa desgarrada. Sus pantalones vaqueros estaban manchados de hollín y de sangre y de sus muñecas, aun emergían un par de humaredas grises que ascendían lentamente sobre su cabeza, desde cada uno de sus antebrazos, más concretamente desde la zona de sus muñecas.

Buzzy apuntó con su pistola a la faz de Candy. El joven horrorizado se detuvo. Nuevamente las imágenes del capataz y sus esbirros cruzaron por su mente de forma fugaz.

55

-Atrás o la mataré –decía Buzzy mientras esgrimía la pistola delante de los ojos de Candy que pugnaba por liberarse. Vosotros, haceros con él.

El hombre del sombrero hongo y su compañero barbudo vacilaron unos instantes. La torva mirada de Mark, pareció contenerles, aunque en seguida se dispusieron a obedecer a Buzzy. En ese instante sonó otra explosión. Un nuevo cohete fragmentador había volatilizado uno de los laboratorios ilegales de producción de estupefacientes de la banda. Los esbirros, hasta Buzzy se distrajeron brevemente, momento que aprovechó Candy para sacar fuerzas de flaqueza y enfrentarse a él. Candy recordó vagamente las lecciones de defensa personal que Mark y a veces Haltoran, le habían impartido en los lejanos días en que ambos vivían en una pequeña casa de alquiler en un coqueto pueblecito en las cercanías de Southampton. Puso todo su empeño en aprovechar el brevísimo momento de respiro y consiguió asestar un puntapié, con toda la fuerza imbuida de la rabia que logró aplicarle, a Buzzy que al ir a sujetarse la canilla dolorida, liberó involuntariamente a Candy. La muchacha le golpeó entre los ojos clavándole las uñas y el malhechor se retorció de dolor. Candy corrió hacia Mark lo más rápido que pudo. Los esbirros sabían que si atacaban a Candy, la furia del intruso les destrozaría y que si la emprendían con Mark, el resultado sería el mismo, por lo que optaron por huir. Pese al evidente peligro que representaba quedarse allí, ambos enamorados se besaron apasionadamente. Candy hundió sus labios en los de Mark y musitó fuera de sí, entre suspiros y jadeos:

-Amor mío, mi vida, sabría que vendrías a rescatarme, lo sabía.

Mark no podía dejar de besarla, lamentándose de no haber sido capaz de llegar antes.

-Candy vida mía, perdóname, perdóname por haberme retrasado tanto. Yo…

Aquello fue la perdición de Buzzy Jackson. Había desestimado los sabios consejos de Michel Locardi, tomando por cuentos de vieja las recomendaciones del anciano. Si le hubiera escuchado, si hubieran hecho servir a la muchacha como moneda de cambio, o más bien, el instrumento para controlar la ferrea e indómita voluntad de Mark, si le hubiera hecho caso. Si en vez de perder el tiempo en flirteos, en maltratos innecesarios, en tratar sádicamente a la muchacha, si se hubiera dedicado a prepararse para ese inevitable momento, pero todos los planes hábil e ingeniosamente preparados por Michel se habían echado a perder, o tal vez no. Quizás los preocupantes derroteros que la batalla había tomado con un curso aciago para la banda, le favoreciesen. Buzzy aprovechó que Candy y Mark estaban distraídos para erguirse levantando amenazante el cañón de la pistola. Más por su desesperada pasión que por las ansias de derrotar a su enemigo, encañonó a la pareja. Quizás podría haber tenido éxito, quizás habría invertido el curso de los acontecimientos y el sesgo de las cosas, pero nunca lo sabría porque justo cuando iba a disparar, un culatazo le derribó por tierra, proyectándole a varios metros contra la pared. El joven rebotó contra la mampara y perdiendo el sentido, se derrumbó con un gemido sobre el suelo. Haltoran, herido y sangrando pero ileso se personó ante sus amigos.

-Creo que he llegado justo a tiempo –dijo esbozando una ancha sonrisa mientras apuntaba a Buzzy con el cañón de su monstruosa arma- y pensar que me dijiste que te dejase solo Akarsnia, menos mal que nunca te he hecho caso –sentenció ante la evidente aprobación de Mark que abrazó a su amigo, arrepintiéndose de haber sido tan duro con él. Candy abrazó a Haltoran llorando:

-Te debemos la vida, querido amigo. De no ser por ti…

Entonces los restos de la banda les rodearon. Pese a que esta había sido diezmada y sus efectivos reducidos drásticamente, aun quedaban suficientes hombres como para plantear serios problemas al desesperado trío de amigos. Mark que no se atrevía a recurrir más al iridium por miedo a que su sangre colapsara, envenando todo su organismo, amartilló su RPG-12 haciéndole girar vertiginosamente. Haltoran le imitó y el chasquido producido por su arma resonó con un siniestro eco en el pasadizo. Sin embargo a la cabeza de aquellos hombres destacaba un anciano distinguido, con el pelo peinado con raya al medio y de ojos claros. Su expresión nada tenía que ver la del demente y alucinado Buzzy que no había muerto, y que gemía en estado semicomatoso en un rincón después de recobrar el sentido.

Mark se adelantó y levantó levemente el arma apuntando hacia Buzzy que reconoció la ominosa boca del arma de la cual sobresalía un extraño proyectil con forma cónica. Pero desechó la idea. Si hacía explotar la munición en un pasillo tan angosto todos, incluida Candy morirían. Se puso el arma en bandolera y extendió el puño hacia su enemigo. Algunas llamaradas brotaron de su antebrazo, cuando Candy abrazándole por la espalda le detuvo, suplicándole con su voz serena y cálida:

-No amor mío, no merece la pena. Me temo que ya no volverá a hacer daño a nadie.

Mark asintió y extinguió las incipientes llamas que salían de su piel con un leve pero penetrante siseo. Buzzy que no había creído ni una sola palabra de los informes que Michel Locardi le había facilitado acerca de Mark, emitió un silbido agudo y prolongado que podría interpretarse como una evidencia de su asombro.

Haltoran se encaró con los hombres que aun quedaban en pie, y que parecían responder a las órdenes del anciano que estaba frente a ellos y que encabezaba la partida armada.

-¿ Qué ? –les exhortó Haltoran airado -¿ lo dejamos o seguimos matándonos ?

Michel Locardi hizo un gesto. Los hombres bajaron las ametralladoras y los revólveres volvieron a sus fundas o quedaron apuntando hacia el suelo, en las manos de los que los sostenían.

-Basta por hoy –dijo el anciano para tranquilidad de Haltoran que también hizo descender su MP-5.

Entonces Michel Locardi se aproximó a Buzzy y sosteniéndole entre sus brazos, acarició amorosamente su frente, tratando de limpiarle la sangre que perlaba la piel de la misma con un pañuelo.

-No siempre fue así –dijo el anciano mafioso, compadeciéndose del hombre- pero el poder por el poder le volvió loco. Trasgredió ciertos límites, que incluso en el mundo del hampa han de respetarse.

-¿ Por qué no le detuvo entonces ? –preguntó Haltoran enojado.

-Porque la jefatura, la jerarquía es algo sagrado para nosotros, por lo menos para mí. Si Buzzy hubiera dirigido otra banda organizada con otros criterios diferentes a la nuestra, en la forma en lo que ha hecho con la suya, habría sido ejecutado hacía ya mucho tiempo. Pero heredó una organización de honor de su propio padre, y a mí con la misma, y debía respetar nuestras tradiciones.

Haltoran se encaró con el anciano tirando violentamente su MP-5 al suelo. Los hombres le apuntaron con sus armas, pero Michel Locardi movió levemente la mano, y volvieron a bajarlas.

-¿ Honor ? ¿ acaso es honorable amenazar a gente indefensa ? ¿ a matar ? ¿ a robar y extorsionar ? ¿ dónde está el honor en todo esto según usted ? ¿ dónde ? –interrogó con rabia al anciano.

Michel ayudó a Buzzy a que se recostara contra la pared. Pese a la aparatosidad de sus heridas, parecía estar en un relativamente bueno estado de salud. Su vida no corría peligro.

-No espero que usted me entienda –dijo Michel desprendiéndose de su gabán negro para abrigar con él a su pupilo- pero antes las cosas no eran así. No eran así –dijo rememorando su juventud en la lejana Sicilia.

Haltoran no tenía deseos de discutir pese a que le hirviera la sangre por lo que tomaba por despreocupado cinismo del anciano. Entonces Candy se adelantó y se puso a vendar las heridas de Buzzy, desgarrando el caro vestido de noche que Buzzy le había obligado a ponerse y que aun conservaba entre las manos, tras cambiarse aceleradamente. Había vuelto a vestirse con sus deshechas ropas. Mark la cubrió con su cazadora para disimular su desnudez apenas cubierta por las prendas que Buzzy había destrozado.. El perplejo Buzzy acertó a musitar sorprendido:

-¿ Por qué me estás curando Candy ?, ¿ por qué no me odias ?

-Odiarte no tendría sentido a estas alturas –dijo la muchacha con sinceridad, aplicando sus conocimientos de enfermera con sumo cuidado en el torturado cuerpo del hombre –ni en ningún otro momento. En el fondo, siento mucha lástima por ti Buzzy, mucha lástima.

-¿ Lástima ? –preguntó riendo divertido como si aquello fuera un mordaz e ingenioso chiste- ¿ lástima por alguien como yo ?

-Sí –asintió Candy mientras se frotaba la mejilla dolorida por su bofetada- no espero que lo entiendas, pero me produces un sentimiento de compasión.

Michel Locardi asistió conmovido. Sabía que Candy era enfermera y tuvo ocasión de comprobarlo en cada uno de los solícitos cuidados que administró a su desventurado pupilo.

-Tiene que ir a un hospital –sentenció Candy- su salud por ahora no reviste gravedad, pero podría empeorar. Tiene lesiones muy serias.

Entonces Michel movió la mano derecha y dos hombres se hicieron cargo de él. Mark le observó y preguntó en voz baja al anciano:

-¿ Qué será ahora de él ?

-Será juzgado por nuestras organizaciones y con arreglo a nuestras leyes. Ha cometido delitos muy graves que no pueden quedar impunes. Pero hasta ahora no teníamos pruebas de su incapacidad para destituirle. Ahora sí.

Ante el asombro de Haltoran, el anciano Michel se ajustó la bufanda blanca que pendía de su cuello y declaró:

-No me mire así joven. También nosotros tenemos nuestros propios tribunales, si prefiere llamarlo así, aunque como le decía antes, no espero que lo entienda o que nos comprenda. Nuestros respectivos conceptos del honor siempre terminarían por chocar.

-Afortunadamente –recalcó Haltoran indignado, cruzando los brazos sobre el pecho.

Candy le observó con pena. Terminó sus vendajes y preguntó a Michel Locardi con cierto temor en la voz:

-¿ Será ajusticiado ?

Michel asintió con esfuerzo y declaró:

-Lo más probable. Intentaré defenderle ante el tribunal de honor, pero ni el mejor abogado del diablo puede que le libre del destino que le aguarda. En cuanto a vosotros, podéis marcharos. Si algo hizo bien Buzzy por una vez en su vida fue escoger la ubicación de esta fortaleza, alejada de todo lugar civilizado. Nadie ha visto ni oído nada y si lo han hecho, no hablarán si saben lo que les conviene.

Haltoran, como en las películas esperaba ansioso a que las sirenas de la policía rasgaran la tranquilidad de la noche, con su agudo y estruendoso sonido, pero no fue así. Tampoco vio a los chicos de azul desplegándose en torno a los malos para respaldar a los protagonistas, que se abrazaban mientras la Policía reducía a los malos y hacía su trabajo, y el rótulo de FIN aparecía sobreimpreso en la imagen poco antes de que los títulos de crédito hicieran su aparición, al compás de la música que ya había empezado a escucharse unos minutos antes del final de la película. Pero como había sentenciado Michel Locardi, nada de eso tuvo lugar. Se preguntó si la velada advertencia de guardar un tupido y profundo silencio se aplicaba también a ellos, pero optó por no averiguarlo. Los miembros de la banda sobrevivientes recogieron a sus caídos para enterrarlos más adelante, en una camioneta descubierta, y ayudaron a sus heridos en la medida de sus posibilidades. Mark estaba molesto porque Michel Locardi se hubiera servido de él para destituir a Buzzy y ocupar la jefatura de la organización, pero se hallaba demasiado cansado para quejarse u opinar a la contra. Solo deseaba retornar con su esposa cuanto antes a Lakewood para olvidar aquel penoso y triste incidente, al lado de sus hijos y de todos nosotros.

56

Poco a poco, los silenciosos y ceñudos hombres abandonaron el lugar procurando no dejar rastro de su presencia allí. Aunque la base aun seguía siendo utilizable ya estaba marcada y cualquiera que investigara mínimamente, podría dar con su paradero, por lo que había dejado de ser segura. Michel Locardi subió al Buick Imperio de su pupilo y se lo llevó de allí mientras hacía una leve reverencia a Mark y Haltoran con la cabeza cuando pasó ante ellos. Los coches fueron deslizándose lentamente hasta que no quedó rastro de ellos. La tormenta había amainado pero parecía dar muestras de reavivarse nuevamente. Haltoran, Candy y Mark se habían alejado del pueblo rápidamente, intentando no fijarse en la lenta procesión que abandonaba Waterfield con destino desconocido. Entonces intentó establecer comunicación con Mermadon para que avisara a Stuart de que vinieran a buscarles con el automóvil de los Legan, pero el aparato no funcionó. Se había estropeado durante el furioso ataque a la base de la banda.

-Joder –se quejó Haltoran agitando el aparato, ante el disgusto de Candy porque no soportaba el lenguaje soez -no hay manera de reparar este cacharro –dijo en mitad de la noche, cuando notó como una gota de agua caía sobre su rostro. Entonces un relámpago rasgó la oscuridad iluminando todo como si fuera pleno día y le sucedió un espectacular trueno. Mark parecía inquieto. Si había algo que temía del iridium, aparte de su reacción frente a la antimateria o que le envenenara la sangre, era que se combinase químicamente con el aire ionizado de una tormenta, provocando reacciones imprevisibles. Cuando salvó a aquella pobre niña francesa, Ivette du Lassard mientras viajaban a bordo del SS Germania para reunirse con Eleonor, la verdadera madre de Candy a requerimiento de esta, una fuerte tormenta se desató en alta mar y la infortunada niña cayó por la borda. Mark se vio en la tesitura de salvarla o permanecer sin hacer nada por temor a la adversa reacción del iridium, si un rayo le caía encima. Lógicamente ayudó a la pequeña, y afortunadamente, no sucedió nada, pero no había una garantía segura de que eso fuera a ser así siempre bajo esas adversas condiciones.

-Tenemos que buscar refugio cuanto antes –sentenció Mark preocupado- las tormentas pueden ser muy peligrosas en combinación con el iridium de mi sangre.

Como si el cruel destino hubiera esperado tales palabras para utilizarlas como detonante para la absurda situación que se plantearía poco después, un rayo más fuerte que los anteriores se cebó sobre él, probablemente atraído por sus recientes y constantes emanaciones de iridium, como el metal por el imán. Candy horrorizada se arrojó a sus brazos instintivamente para proteger a su marido, consiguiendo aferrarse a Mari, y justo en ese momento se produjo tal detonación que Haltoran fue desplazado hacia atrás por un huracanado viento, como si fuera un muñeco. Gritó despavorido cuando vio como una estela de fuego ascendía en la noche y comprobó aterrado, que donde hasta hacía un momento, se encontrasen sus dos amigos, ya no quedaba nadie. Antes de desvanecerse del todo sintió como la lluvia se abatía incesante e inmisericorde sobre él, mientras otro trueno rodó en la lejanía, una vez que un nuevo relámpago aclaró el horizonte.

57

Candy abrió los ojos lentamente. El aire fresco de la mañana la fue despejando gradualmente, hasta que sus sentidos despertaron plenamente, pero en vez de escuchar los pájaros cantando y observar como los conejos saltaban entre la hierba verdeante y cuidada de Lakewood, escondiéndose entre las grandes estatuas que adornaban la propiedad ante la presencia de extraños, notó como un tremendo frío la hizo estremecerse, y escuchó un fuerte rugido que se iba aproximando cada vez más, e iba creciendo en intensidad. Le costaba respirar y notaba una pesadez muy acendrada en la boca del estómago. Extrañada de no divisar tierra y de no percibir más que nubes por el rabillo del ojo, movió la cabeza en derredor y notó que estaba boca abajo. Su larga cabellera rubia se desplegaba por efecto de la gravedad en sentido descendente. Seguía aferrada a Mark por su espalda, que aun no había recobrado el sentido. Entonces, descubrió horrorizada que no estaban en Lakewood si no en mitad del aire, a una tremenda altura y que estaban cayendo vertiginosamente en el vacío. Candy sacudió a Mark asustada y frenéticamente. Finalmente, el joven movió los párpados y sus pupilas negras contemplaron una alucinante y extraña realidad.

-Mark, Marrk, cariño, despierta por favor, despierta, nos estamos cayendo –sollozó la joven angustiada- ¿ a dónde hemos ido a parar, a donde ?

Mark, asustado inmediatamente desató el iridium procurando ponerlo a la mínima intensidad porque temía que si seguía empleándolo a ese ritmo, terminaría por emponzoñar su sangre o provocar una explosión accidental como la de Tunguska si no iba con cuidado. Estaban en mitad del cielo, descendiendo desde una altura considerable, tal vez, veinte o treinta mil metros. La claridad iridiscente envolvió a la pareja permitiéndoles volar. Candy no dejaba de sollozar y Mark intentando no entrar en pánico él también, intentó tranquilizarse y dijo conciliador:

-Candy, amor mío, por favor, no te asustes. Sé que es difícil no hacerlo en estas circunstancias, pero de momento estamos vivos y tenemos que mantenernos tranquilos y pensar con claridad para salir de esta.

La sujetó con firmeza por la cintura besándola en la mejilla derecha. Echaba tanto de menos la reconfortante presencia de su marido, que no tardó en calmarse reconfortada por su calor y cariño. Candy se llevó la mano a la mejilla adolorida y comprobó para su satisfacción que no solamente, ya no le dolía si no que la hinchazón había desaparecido por completo, como si nunca hubiera existido. A pesar del tortazo de Buzzy, sus efectos habían remitido y tal vez se debiera a los poderes curativos del iridium.

-¿ Dónde estamos Mark ? ¿ por qué estamos cayendo ? ¿ qué le ha pasado a Haltoran ?

Mark, que comenzaba a hacerse una idea de lo que había sucedido, tragó saliva para explicárselo a Candy de forma que fuera lo menos traumático posible para ella, como si de por si no estuvieran inmersos en una situación que ya por si sola lo era.

-Ese rayo debió alterar los niveles del iridium, y nos hizo viajar accidentalmente en el tiempo…o puede que estemos en la misma época, pero en otro lugar del globo. En cuanto a Haltoran…no sé que puede haberle ocurrido, porque los dos perdimos la consciencia cuando ese rayo se precipitó encima nuestro, aunque sospecho que está ileso.

Mark había conseguido estabilizar su trayectoria y estaban volando con más o menos perpendicularidad, deslizándose suavemente entre las formaciones de nubes, protegidos por el suave calor que la burbuja de iridium creada por Mark, se había formado en torno a los dos jóvenes por acción del joven. Mark maniobraba con cuidado para no asustar a Candy ni hacer que se marease o enfermara involuntariamente, por lo que cuidaba de no aplicar un elevado número de g en sus giros y evoluciones, para no someter a Candy a su vez a tan dañinos efectos colaterales.

"Los g son la unidad de medida que se utiliza para calibrar los efectos de una imprevista aceleración sobre el cuerpo humano" –pensó Mark no haciendo a Candy partícipe de sus pensamientos, para no acongojarla aun más de lo que estaba, con tecnicismos y enrevesados conceptos científicos.

Candy frunció el ceño. Estaba demasiado exhausta para llorar o enfadarse con Mark por lo sucedido, aparte de que no sería justo. Lo ocurrido, fuese lo que fuese no tenía relación directa con los deseos o la voluntad de Mark. El iridium había reaccionado caprichosamente, inducido por el tremendo rayo que les había caído encima. Si Candy estaba viva, era porque el propio iridium había protegido no solamente a Mark, sino a ella también.

-Bajaremos un poco para investigar, sin que nos vea nadie, no te preocupes –dijo Mark ante el semblante de temor que se dibujaba en su hermosa faz- todo saldrá bien cariño, no temas. En cuanto podamos, aterrizaremos y si hemos ido a parar a otra época, volveremos a la nuestra. No temas mi vida –dijo Mark besándola levemente en los labios y en las mejillas.

Aun en momentos así, el romanticismo de Mark seguía tan vivo y vigente como siempre.

-Espero que tengas razón Mark –dijo Candy aterida de frío, aunque la cazadora de Mark, que aun conservaba en torno a los hombros, le reportaba algo de calor- pero no bajes muy rápido. No me gustan nada las alturas –dijo recordando el día que Stear le realizó un inesperado regalo, consistente en un viaje en un avión biplano de su propia creación. Finalmente el endeble aeroplano terminó por desarmarse en pleno vuelo, y Mark tuvo que ascender rápidamente para salvarla asiéndola entre sus brazos, pese a que Candy caía mansamente suspendida de un enorme paracaídas rosa en forma de caramelo, pero con los inventos de Stear había que andarse con cuidado, por lo que pese a que los paracaídas de Stear y el de Candy funcionaron a la perfección, Mark envuelto en el resplandor ígneo del iridium, como en ese instante alzó el vuelo para rescatarla, mientras yo me cubría los ojos con las manos asustado y Mermadon daba saltos manoteando nerviosos, sin saber como reaccionar o que hacer. Annie se aferraba a Haltoran, mientras este manipulaba frenéticamente los controles de su jet pack, por su tenía que asistir a Mark en el salvamento de Candy y de Stear. Finalmente todo quedó en un gran susto.

Mark descendió lo suficiente y ambos comprobaron intrigados como allá hasta donde alcanzara la vista, se extendía una inmensa y lujuriante extensión arbolada en la que como un mar vegetal no se divisaba el horizonte.

-Esto…parece una jungla o algún tipo de selva –observó Candy experimentando una sensación de peligro que no le hacía ninguna gracia. Quizás estemos en Africa o…

-Tal vez en el Sudeste Asiático –razonó Mark con cierto temor. El joven ganó altura. Había tenido un mal presentimiento, acerca de donde habían ido a parar realmente, pero no se atrevía a confirmarlo

Entonces de detrás de las nubes surgieron dos reactores a los que pertenecía el espectacular rugido que Candy había escuchado unos minutos antes. Los aviones se desplazaban a una velocidad increíble, probablemente Mach 2.y mostraban un pequeña joroba en su parte superior. Los timones de cola estaban doblados hacia abajo y el morro de las aeronaves que alojaba el radar de interceptación, estaba pintado de una tonalidad negra muy brillante. Tenían grandes alas en forma de delta y las toberas a reacción estaban embutidas en voluminosos compartimientos achatados situados a ambos lados de cada avión, justo debajo de la cabina biplaza. Candy alcanzó a distinguir las escarapelas de los Estados Unidos en el fuselaje y en las grandes alas delta de cada aparato.

-¿ Qué es eso ? ¿ a donde me has traído Mark ? ¿ que ha pasado aquí ? –preguntó con horror.

-Mierda –masculló Mark por lo bajo –son Phantom F4, aviones a reacción norteamericanos.

Candy que conocía el significado de la propulsión a chorro, porque Mark le había explicado algunos conceptos tecnológicos, sociales y políticos del turbulento siglo XX y XXI, entendía la idea que representaban ambos veloces aviones sin hélices, aparte de lo que ya conociera durante su primera visita al tiempo de Mark y lo que había logrado averiguar gracias a mi portátil y en conversaciones conmigo, Haltoran, Carlos, o incluso el propio Mermadon.

-Entonces –exclamó Candy con alegría notando como sus esperanzas recobraban renovadas fuerzas- hemos vuelto a casa, Mark, estamos en Norteamérica.

-No cariño –dijo Mark con dificultad, y un nudo en la garganta, porque le costaba horrores pronunciar cada palabra, -estamos en Asia, en Vietnam.

-¿ Eh ? ¿ qué intentas decirme Mark ? ¿ qué me ocultas ? ¿ qué quieres decir con eso de Vietnam ? jamás he oído un nombre semejante.

-Es…la antigua Indochina, en el sudeste de Asia. Estamos…-se mordió los labios, pero decidió que era absurdo ocultarle la verdad por muy incómodo que se sintiera expresándose de esa manera- a finales del siglo XX y lo que es peor, dentro de una guerra.

-Pero, pero –dijo Candy completamente confundida, parpadeando rápidamente e intentando razonar coherentemente, pese al pánico que la azotaba, cosa que no era fácil, en medio de dicha guerra y a veinte mil metros de altura- si acabas de decir que esos aviones son americanos. ¿ Qué iban a hacer en Asia ? no lo entiendo.

-Precisamente por eso cariño, precisamente –dijo Mark lapidariamente ante el estupor y el horror de Candy.

Entonces Candy recordó vagamente uno de los archivos de video que había visionado en mi ordenador portátil, algo referido a una guerra en un lugar como el mencionado por Mark. Una guerra desarrollada en el último confín del mundo entre su país y la población del citado Vietnam. Le vino a la cabeza confusas imágenes de helicópteros llevando a centenares de hombres de un lado para otro, soldados luchando en agrestes y húmedas selvas tropicales y la imagen de grandes aviones multirreactores de impresionante envergadura, soltando su mortífera carga de bombas. Prefirió no imaginar cuales serían sus desdichados objetivos.

-Díos mío –se lamentó Candy atemorizada, llevándose la mano izquierda a los labios, al entender la magnitud de la barbarie en la que involuntariamente, ambos habían caído, por culpa de aquel imprevisto e inoportuno rayo -Tenemos que salir de aquí cuanto antes.

Antes de que Mark pudiera responder, uno de los aviones picó hacia ellos, lanzándoles una andanada de cuatro cohetes aire aire Aim 7 Sparrow encastrados bajo cada semiala, que partieron del Phantom en medio de una nube de gases y con un prolongado y escalofriante silbido, mientras sus motores cohete dejaban largas estelas de fuego y condensación, a su paso, haciendo que los misiles aceleraran al máximo.

58

Los estilizados cohetes provistos de aletas estabilizadoras avanzaron atraídos por el calor que irradiaba Mark a través de su piel. Candy no sabía que eran aquellos rápidos bólidos que se aproximaban a ambos a vertiginosa velocidad, pero comprendió perfectamente que no se trataba de nada bueno.

-¿ Por qué nos atacan ? ¿ qué está sucediendo aquí Mark ? –preguntó Candy con el miedo más cerval plasmado en sus bellos ojos verdes, mientras contemplaba con temor como los veloces proyectiles acortaban drásticamente la distancia que mediaba entre ellos y sus objetivos, zigzagueando frenéticamente.

Mark intentó calmarla porque su esposa se estaba agitando tanto presa del pánico, que podría desestabilizarle haciéndole entrar en barrena y precipitarse sobre la selva. Con voz grave y procurando que no trasmitiera pánico o indecisión, pero al mismo tiempo dulce y suave, dijo mientras acariciaba el cabello de Candy:

-Escucha cariño, puede que nos hayan confundido con un caza enemigo. No están a distancia de alcance visual, quiero decir que tal vez no nos puedan percibir directamente a simple vista. Nos habrán localizado con su radar, pero saldremos de esta. No te muevas y sujétate con fuerza a mí y pase lo que pase, confía en mí. O acaso ¿ no sigo siendo tu príncipe ? –le preguntó guiñándole un ojo.

Candy rió quedamente entornando los ojos ante su ocurrencia, y entonces, poniéndose muy seria, pensó en la inutilidad y el horror de la guerra. Repasó mentalmente su breve y crucial encuentro con su tío Manfred Von Ritchtofen, el mítico Barón Rojo que había pilotado uno de los antediluvianos antepasados de aquellos veloces jets de combate. También se acordó del Mauritania cuando Mark interceptó los torpedos del U-Booat haciendo estallar sus cabezas de guerra, apuntando cuidadosamente su arma contra las espoletas y destruyendo milagrosamente los tres torpedos que el submarino alemán lanzó contra el indefenso e inerme barco de pasajeros, a tiempo antes de alcanzasen la línea de flotación del casco del transatlántico. La heróica acción le había valido las felicitaciones del pasaje, y hasta del capitán del submarino enemigo. Entonces Candy le preguntó:

-¿ Puedes deshacerte de ellos, como cuando lo del Mauritania ?

Mark suspiró. Era una pregunta difícil de responder con un cierto grado de optimismo. Los torpedos del U-booat eran mucho más lentos, no llevaban velocidades de Mach 2 ni zigzagueaban en busca de fuentes de calor que atraían sus sofisticados sensores de búsqueda infrarroja. Pero los cohetes aire aire, lógicamente no sabían que estaban atacando personas de carne y hueso, en vez de cazas supersónicos enemigos.

-No es sencillo Candy. Esos cohetes no tienen nada que ver con los viejos torpedos de la Gran Guerra, porque son guiados por el calor. Intentaré proporcionarles un blanco más cálido para desviarlos de nosotros, luego ya veremos.

Mark extendió su brazo derecho hacia delante. Se concentró y una larga estela de fuego eructó de su antebrazo. El haz de fuego que alcanzó los diez mil grados se extendió varios metros por delante suyo. Candy apartó la vista protegiéndose el rostro con un brazo mientras se sujetaba fuertemente con el derecho a Mark, porque el resplandor que desprendía el haz de luz era tan intenso, que la cegó durante unos instantes. Los Aim 7 Sparrow inmediatamente se esclavizaron a su nuevo blanco y dirigiéndose contra él, aceleraron, pasando de largo ante Candy que respiró aliviada, y Mark que hizo otro tanto, y chocaron entre sí, estallando con atronadoras explosiones tan pronto como alcanzaron las voraces llamaradas que Mark emitía delante suyo y de su esposa a distancia prudencial de ambos. Candy contempló aquello con desagrado para hundir el rostro, en la espalda de su esposo. Mark cortó inmediatamente la emisión de fuego.

-Ha funcionado. Aprovechemos para larganos de aquí. Sujétate fuerte cariño y no temas. Verás como todo se soluciona pronto.

59

Candy no daba crédito a lo que acababa de presenciar, pero solo deseaba aterrizar cuanto antes, para que su esposo pudiera evacuar la sangre contaminada, recobrarse y efectuar un nuevo salto en el tiempo, esta vez de forma controlada para regresar a su época, tal y como le había explicado brevemente. Estaba tan cansada y exhausta que Mark le recomendó que durmiera un poco aunque fuera recostándose sobre su espalda como si fuera un improvisado lecho pese a lo inusual e incómodo de la situación, mientras intentaba localizar un claro en la inmensa floresta que se extendía a sus pies. Pero su intención era alcanzar la relativa seguridad de Vietnam del Sur, porque sospechaba que se encontraban en el Norte, posiblemente cerca de Hanoi.

-Demasiado al norte –masculló con rabia. Candy medio adormilada le preguntó que estaba diciendo. Mark esbozó una sonrisa con dificultad y dijo:

-No es nada amor mío. Duermete, enseguida llegaremos, no te preocupes.

Candy cerró los ojos. Sabía que Mark le estaba escondiendo la verdad con piadosas mentiras. Uno de los defectos de su esposo es que no sabía enmascarar la verdad con facilidad o de manera que sonara convincente. Sonrió porque a pesar de todo, tal y como le había revelado al cruel gangster, nunca dejaría de amarle desde aquel crucial día de su primer encuentro en la Colina de Pony.

Para colmo, uno de los aviones que les habían disparado la salva de cohetes decidió confirmar visualmente el derribo, mientras su gregario patrullaba por los alrededores a la búsqueda de nuevos objetivos, o simplemente como defensa para su compañero. El gran avión biplaza se aproximó a donde se suponía que se encontraba el MIG-17 que habían descubierto según sus radares de alerta temprana. John Manfred Locke el piloto buscó algún posible resto, o indicio aunque suponían que era una tontería. El avión se había desintegrado sin duda, porque no se percibía ni tan siquiera el característico rastro de humo dejado cuando se precipitaban a tierra o señal de que el piloto norvietnamita se hubiera eyectado desde su avión en llamas. Entonces, en un momento en que su oficial de vuelo, el teniente Kevin Oldfield estaba mirando en dirección opuesta, John distinguió algo muy raro e irreal, que le heló la sangre en las venas.

60

Sus sentidos le estaban jugando una mala pasada. Pensó que las largas horas de patrulla de largo alcance, y la tensión acumulada le habían hecho ver cosas raras, que sin duda no estaban ahí. Por un momento, el aterrado piloto del Phamton creyó distinguir entre las nubes a un hombre de largos cabellos y penetrantes ojos negros vestido con una cazadora de cuero muy gastada y unos jeans igualmente artrosos y deslucidos. Y firmemente aferrada a él, sobre su espalda, viajaba una mujer muy hermosa de expresivos y deslumbrantes ojos verdes enmarcados en un rostro ovalado de piel muy blanca, bajo un cabello rubio sujeto con aparatosos lazos en un complicado peinado claramente pasado de moda. Por si fuera poco, la muchacha llevaba un anticuado vestido de época con un gran lazo en la parte trasera del mismo, a la altura de la cintura y hecho jirones. Ambos volaban entre las nubes, como si tal cosa. John, descendiente lejano por vía materna del mítico Barón Rojo estuvo a punto de gritar, pero de su garganta, solo salió un gorjeo desesperado a través de su máscara de goma, de suministro de oxígeno. Para no volverse loco, su mente lo atribuyó a la tensión de las duras semanas de combates que estaban teniendo. La escalada de la guerra iba en aumento y el esfuerzo bélico era cada era mayor, haciéndose notar en el cansancio y la moral de los hombres, y las bajas que cada día iban aumentando gradualmente. Kevin se percató de la angustia de su camarada y le preguntó a través de los auriculares incorporados a su casco:

-Eh muchacho, ¿ ocurre algo ?

-No, nada, nada –dijo con un sudor frío pero disimulando lo mejor que supo. Cuando miró hacía donde había divisado la irreal imagen de ambas figuras suspendidas en el vacío, esta ya no estaba.

Meses después de ser licenciado observó una ajada y arrugada fotografía de Candy en blanco y negro, y recordó la extraña historia que le contara una de sus tías maternas, cuando apenas era un mocoso de cinco años acerca de Manfred Von Ritchtofen y una bella muchacha de largos cabellos recogidos en coletas con grandes lazos y de una espectacular belleza de la que cabía destacar sus inmensos ojos verdes, y que era la sobrina predilecta del mítico piloto alemán, pese al escasísimo margen de tiempo que compartieron juntos. La joven había sido enfermera en el frente occidental…y era su abuela.. Tía Marianne siempre se emocionaba cuando recordaba a su bella madre y a su según sus palabras "su valeroso y dulce padre", el abuelo de John, así como siempre tenía también un recordatorio para su tío Maikel, hermano de ella a la sazón y padre del piloto naval. A veces, la tía Marianne hablaba de cosas muy raras que el chiquillo apenas entendía. Y la jovial y sonriente mujer, que había heredado la belleza de su madre le contaba al futuro piloto naval de la USAAF, historias inverosímiles acerca de un robot con sentimientos y emociones humanas de voz pausada y almibarada en contraste con su temible aspecto, un simpático hombre algo entrado en carnes y un excéntrico inventor que había creado el robot y otras cosas maravillosas e imposibles. También evocaba el recuerdo de un mayordomo que siempre había trabajado en la mansión de sus abuelos y al que conocía desde que tenía uso de razón. De pequeña siempre le confundía con un niño. No entendía como alguien tan joven podía trabajar como mayordomo, y la mujer reía a mandíbula batiente mientras degustaba un té con pastas en compañía de su sobrino favorito, en el porche de la mansión que tenía a las afueras de Philadelfia, enclavada en mitad de una propiedad enorme en la que destacaban enormes y bien cuidados jardines y bosques, por doquier. Entonces un sudor frío recorrió su cuerpo. Los padres de su tía Marianne aun vivían y estuvo a punto de ir a visitarles. Pero no se atrevió. Tuvo miedo de confirmar que sus descabelladas sospechas, fueran del todo ciertas. Terriblemente ciertas y acertadas.

"No, desde luego disparar a tus abuelos paternos con un aspecto inusualmente juvenil, confundiéndolos con un caza enemigo, lanzándoles una andanada de cuatro misiles, valorados cada uno de ellos en medio millón de dólares aproximadamente, a veinticinco mil metros de altura, sobre las selvas de Vietnam, no es algo que se de precisamente todos los días." –pensó John, ceñudo pero a punto de reír histéricamente aunque se contuvo, intentando no pensar demasiado en ello, aunque era difícil sustraerse al influjo de lo que había constatado con sus propios y atemorizados ojos. Si en vez de en la cabina de un Phamton F4 hubiera estado en la de un F-100 Supersabre o un F-8 Crusader, ambos cazas monoplaza, habría desconectado la radio por unos instantes, y gritaría hasta la extenuación para aliviar la tremenda tensión a la que se estaba viendo sometido. No quería ser retirado del servicio activo antes de tiempo por una posible afección nerviosa, porque volar en aquella etapa de su vida, lo era todo para él, al igual que lo había sido para su célebre y legendario antepasado.

Aquella reflexión estremeció al piloto que rió por lo bajo cuestionándose su estado mental, para no alertar a su compañero, preguntándose si lograría mantener la cordura en lo sucesivo o si ya de por sí, la habría extraviado definitivamente.. Buena prueba de que no había perdido por completo el juicio, era el especial cuidado que había puesto en ocultar sus preocupaciones y temores a Kevin.

61

"Viajes en el tiempo" –se dijo tratando de encontrar frenéticamente una explicación racional a lo que había presenciado. Sabía que no era una alucinación, porque la muchacha había clavado sus ojos de esmeralda en su rostro oculto por el visor tintado, y se había alterado visiblemente, casi tanto como él, tal vez asustada por el cristal oscuro y opaco, que estaba adosado a su casco de vuelo, ocultando sus facciones. Una alucinación no te devuelve la mirada ni reacciona sobresaltándose, en el grado que aquella chica lo había hecho, al menos en su opinión. Si tal era la razón, había estado a punto de desaparecer como si nunca hubiera existido, si debía considerar que las paradojas temporales eran una realidad tangible y total, como a tenor de lo que había divisado parecía. Un nuevo escalofrío le recorrió la espina dorsal y mientras el Phamtom F4 ponía rumbo a su base reuniéndose con su gregario, porque su autonomía de vuelo se estaba agotando con rapidez, suspiró aliviado porque los Aim 7 Sparrow hubieran fallado su objetivo. No parecía que los pilotos del otro caza, por suerte para John, se hubieran topado con ambos jóvenes. Mientras la voz de Kevin, conversando a través de la radio con la tripulación del otro avión, le trajo de vuelta a la realidad:

-Aquí Jefe Rojo, aquí Jefe Rojo repito. Misión terminada. Retornamos al Midway.

-Confirmado. Ok, nosotros os seguimos, chicos. No hemos detectado bandidos delante de nosotros, no obstante tened ojo avizor y mantened la mano sobre el disparador por si acaso –le respondieron desde el otro avión, notificándole en la jerga de los pilotos, que no habían rastreado nuevos cazas enemigos.

Con un demoledor rugido, los dos aviones viraron en formación cerrada para dirigirse hacia la línea de costa y muy pronto se adentraron en el mar, donde en una posición determinada y secreta en el Mar de la China, el portaaviones USS Midway aguardaba el retorno de cada uno de los cazas embarcados, que habían despegado desde su cubierta de vuelo, con diferentes objetivos y misiones sobre Vietnam del Norte.

FIN DE LA OCTAVA PARTE