ENCRUCIJADA DE AMOR

11º PARTE

1

Candy se dispuso a reunirse con sus primos en breves momentos, para lo cual se aseguró que una vez llegada la noche, estos realizaran la señal convenida, mediante una pequeña linterna que Stear había logrado pasar entre sus pertenencias sin que las severas monjas la detectasen. No en vano, el Real Colegio San Pablo pasaba por ser uno de los más severos de toda Inglaterra y la más mínima infracción a sus estrictas normas eran motivo más que suficiente para iniciar el procedimiento de expulsión, de cualquier alumno o alumno díscolos, que se atreviera a quebrantarlas. Por eso, los jóvenes Cornwell y su hermosa prima habían adoptado todas las precauciones necesarias para no ser descubiertas in fraganti. Mientras aguardaba a que la linterna de Stear brillase en la oscuridad, la joven acodada en la balaustrada del balcón que daba justamente enfrente del ala destinada a los estudiantes varones, pensó en su fortuito y extraño encuentro con un muchacho de ojos azules y cabellos castaños que lloraba envuelto en la bruma y mirando en dirección al mar, mientras un suave viento mecía su capa azul que se extendía hasta sus pies. Cuando ella lo abordó tras descubrir por accidente que estaba llorando, el joven adoptó una extraña actitud mostrándose risueño y alegre, aunque la chica intuía que era una fachada. El joven de acento escocés había comenzado a bromear con ella a costa de sus pecas, cuando una luz vivísima y tan cegadora que les obligó a desviar la vista, rieló sobre las aceitosas aguas y sobrevoló el barco de línea a muy poca distancia. Candy horrorizada, descubrió algo vivo en lo más recóndito del hiriente haz de luz, mientras Terry no lo pudo percibir porque desvió la cabeza eventualmente, y aunque ella lo hizo también, reunió el valor y las fuerzas necesarias para mirar a través de la deslumbrante pared iridiscente haciendo un descubrimiento que la llenó de horror pese a que conocía bastante bien el irreal y tremendo suceso que estaba experimentando con una mezcla de terror y fascinación. Un joven de largos cabellos negros y ojos de idéntico color la miró con tristeza dejando caer por accidente una pequeña medalla de cuya cadena iba engarzada una figura en forma de cabeza de águila. Candy la tomó justo en el momento en que Terry, protector y sin ganas de continuar bromeando la instó a refugiarse en el interior del buque por lo que consideraba algo peligroso e ignoto, cuando se toparon con George. Y luego había estado ese otro encuentro fortuito en la réplica de la Colina de Pony donde Terry intentó ayudarla, pero los rápidos reflejos de Mark estuvieron a punto de dar con sus huesos en el suelo, cosa que evitó Haltoran, el amigo del joven moreno en cuestión de segundos.

Y habían tenido otras esporádicas citas que realmente no eran tales, encuentros en la ladera de la bella colina donde ella le había reprochado su afición al tabaco, tras descubrirle fumando en secreto cuando vio despuntar el hilo de humo detrás de las altas hierbas que crecían en los márgenes de la pendiente de la colina, o como había averiguado casi por casualidad la afición, que más bien era pasión del joven aristócrata por el teatro, al encontrarle con un libro de tapas rojas entre las manos y que recogía algunas de las más importantes obras de Shaskeapeare entre ellas, Romeo y Julieta, Macbeth o el Rey Lear.. El joven le había tomado el pelo, retomando el hilo de sus bromas que Mark interrumpiera abruptamente en el Mauritania. Pese a sus iniciales diferencias y roces, Candy había empezado a congeniar con el muchacho, por el que sentía una incipiente atracción que se iba fortaleciendo a medida que pasaba más tiempo en su compañía, pero eso era algo que aun no había averiguado. Entonces el rostro de Mark se apareció en su mente y se preguntó como habría podido llegar hasta su habitación burlando la vigilancia tan fácilmente. Candy pensativa y lejos de atormentarse por el lamentable aspecto del joven y su declaración de amor final, suspiró y apoyando su mano izquierda en la mejilla del mismo lado, dijo en voz baja:

-Con todo ese poder que tiene, puede entrar e ir donde quiera y…

Entonces se detuvo asustada al darse cuenta de la magnitud de sus palabras. Con labios temblorosos, musitó rápidamente algunas frases que quedaron pendidas del aire ligeramente fresco de la noche:

-Hacer lo que más desee.

Se llevó las manos a los labios cuando finalmente la señal de la linterna destelló desde el edificio de habitaciones destinadas al alumnado masculino. Tomó aire realizando una inspiración profunda y llevándose las manos a modo de bocina a las comisuras de sus labios rosados, imitó la llamada de un pájaro nocturno que fue contestada por Archie que agitando un candelabro desde el balcón de su cuarto, la confirmó que no había ningún peligro que pudiera dar al traste su arriesgada visita, dado que si les sorprendían podría acarrearles la expulsión casi con total seguridad. Se dirigió hacia su hermano Stear para que preparara la llegada de Candy, más bien aterrizaje. Stear cargó con un voluminoso colchón aunque finalmente tuvo que ser ayudado por su hermano y lo depositaron justo frente a la puerta del balcón, para que amortiguase la caída de Candy. La joven extrajo una cuerda a cuyo extremo había anudado un palo y volteando con maestría en cerrados giros la larga maroma la proyectó hacia delante logrando engancharla entre el ramaje de un árbol a medio camino entre el edificio de las chicas y el de los hombres. Se subió entonces a la barandilla del balcón, y cuando se disponía a saltar salvando la distancia entre ambos inmuebles vio algo que llamó poderosamente su atención. Un caballo blanco, tal vez una yegua de color blanco, pasó rápidamente entre los árboles del oscuro bosque. No estaba segura, pero le pareció que el jinete, cuya camisa de seda tremolaba al viento de la noche, era Terry Grandschester. Una larga capa se cimbreaba en torno a su atlético porte. Entonces Candy decidió investigar y empleando otra señal convenida con sus primos por si surgían problemas, les dio a entender que por el momento, su visita se interrumpía temporalmente. Archie realizó un gesto de notable contrariedad, dado que aguardaba con impaciencia la visita de la joven por la que había empezado a sentir un creciente afecto que iba más allá del simple cariño filial o de amistad. Stear que notó el semblante preocupado de su hermano preguntó en voz baja mientras dirigía una especie de barco provisto de alas con un mando y que se mecía lentamente por el aire con sorprendente estabilidad:

-¿ Qué ocurre Archie ? pareces temeroso de algo.

Archie se pasó una mano por sus cabellos y dijo suspirando:

-No hermano. Esa cabeza cuadrada de la hermana Grey debe andar rondando cerca. Se dice que a veces encabeza personalmente las patrullas nocturnas que realiza en pro de la moralidad y el buen nombre del colegio.

Stear asintió.. Estaba distraído escuchando a su hermano, cuando su invento se estrelló contra una pared cayendo precipitadamente al suelo. Afortunadamente pudo recogerlo a tiempo, pero el mecanismo que hacía batir las alas se había dañado por lo que ya no volaría por el momento. El joven entornó sus ojos oscuros bajo los anteojos redondos que le conferían un aspecto simpático y distraído y dijo cariacontecido:

-Vaya y yo que esperaba enseñarle a Candy mi último invento…

2

Candy había oído que Terry estuvo ingresado en la enfermería por un percance cuya causa no había trascendido. Y es que la celosa y siempre vigilante rectora del Internado mantenía un férreo control y total hermetismo en todos los asuntos que pudieran afectar a la honorabilidad y reputación de su institución. Terry debido a la influencia de su padre, el conde de Grandschester y sobre todo las cuantiosas donaciones que realizaba al internado sin cuyo aporte difícilmente este podría sobrevivir era en cierta forma tolerado en cuanto a sus caprichosos y rebeldes actos de indisciplina se refería y solo se le imponían leves sanciones y castigos si es que se le llegaba a imponer alguno. La hermana Grey hacía la vista gorda como en aquella ocasión en que había llegado tarde y desafiante a la misa oficiada por el vicario del Internado y cuya asistencia era obligatoria para todos los alumnos, aunque eso parecía no casar con el carácter rebelde y obstinado del joven primogénito de una las familias nobles más acaudaladas e influyentes de Inglaterra. Candy había acudido aquel día al servicio religioso, vestida inapropiadamente, dado que para tales ocasiones se exigía el uniforme de color negro que no gustaba de llevar precisamente. Y todo precisamente por un ardid de Eliza, en su eterna lucha por desacreditarla y ponerla en evidencia delante de todo el mundo. No le había perdonado que hubiese ganado el corazón del malogrado Anthony y ahora se pavoneara –en su opinión- por el Internado con ínfulas de gran dama, papel que a su entender no llegaría nunca a desempeñar correctamente. Terry había bromeado con algunos de los atemorizados alumnos que asistían a la ceremonia. Tenía fama de pendenciero y bravucón y pocos se atrevían a hacerle frente, quizás ninguno. Tras un tenso y corto diálogo que sostuvo con la hermana Grey que le había reprochado su tardanza y falta de puntualidad, al que el joven castaño no se dio por aludido, terminó por despedirse de sus interlocutores sin perder la sonrisa ni la compostura. El padre North, vicario del Internado se mesó su barba blanca y con los ojos entornados hacia la Biblia que sostenía azorosamente, entre sus manos sudorosas, rogó que el rebelde joven fuera perdonado.

Terry no le hizo caso y tras bromear se dio media vuelta y se marchó caminando lentamente entre las dos filas de bancos dispuestas a ambos lados del joven. Sus pasos resonaron en el sepulcral silencio de la gran capilla gótica del antiguo internado. Ninguno alumno se atrevía a levantar la vista o a murmurar tan siquiera. Nadie en toda la larga historia del antiguo y severo colegio se había atrevido, según los cánones de la época, a tanto. Antes de abandonar la iglesia, sus ojos azules se clavaron en los de Candy que le devolvió la mirada fascinada, y preguntándose que extrañas motivaciones podrían impulsar al muchacho a adoptar unos cambios de humor tan repentinos. Tan pronto parecía alegre y eufórico para sumirse en largos y meditabundos silencios en los que parecía cambiar completamente, como si fuera una persona completamente diferente. Eliza súbitamente interesada en el joven le siguió con la vista, haciendo planes en los que el apuesto y descarado joven entraba de pleno mientras se las prometía felices en lo referente a su próxima conquista, o al menos así lo creía.

3

Pero el joven había sido salvado por otro que le producía cierto recelo y sin saber muy bien porqué. De pronto recordó la historia de Candy acerca de un antiguo pretendiente suyo, pero había algo que no casaba, algo que resultaba completamente anómalo en toda aquella enrevesada y cada vez más intrincada historia. Cuando salió de la enfermería, furioso porque un presunto aspirante al corazón de la joven de las coletas rubias y ojos de esmeralda le hubiese ayudado en su pelea, cuando logró recordar finalmente los detalles del neblinoso suceso que se le escapaba debido al abundante alcohol que había trasegado aquella noche, se dirigió a las caballerizas del colegio y ensillando a su yegua Ceodra la montó tras vestirse con su traje de montar. Sentía envidia de ese tal Mark que Candy parecía conocer muy bien y no sabía porque, ya que, supuestamente, no era un asunto de su incumbencia, pero al parecer si ,porque no podía dejar de darle vueltas, asaltado repentinamente por unos tremendos y recurrentes celos cuya causa no conseguía averiguar pero que intuía a fin de cuentas, pese a no querer reconocerlo abiertamente.

Espoleó al animal con la fusta y se puso a cabalgar por el parque a horas tan intempestivas. El poder y la influencia de la familia Grandschester era tal, que la hermana Grey había tenido que acceder a regañadientes para que unas antiguas caballerizas en desuso fueran habilitadas para el uso personal del joven hijo del conde, que había dispuesto que su yegua favorita le acompañase hasta allí, como condición inexcusable para su ingreso en el internado. Candy había decidido interrumpir su visita a sus primos antes de lo previsto. La inesperada intervención de Mark en la pelea a favor de su máximo rival, había torcido, como de costumbre el curso de los acontecimientos y adelantado aquel momento, que debió haberse producido algo más tarde, sacando a Candy de su cama, debido a una pesadilla en la que rememoraba el fatal accidente de Anthony y en cuyo posterior delirio confundía a Terry con Anthony. De todas maneras, el resultado final fue el mismo. Candy aprovechó la cuerda aun enganchada a la copa del árbol para deslizarse hasta el suelo. Evocó la terrible suerte de su amado Anthony y se precipitó hacia Terry gritando un nombre y agitando los brazos.

-No Anthony, no, no lo hagas, por favor, no. –exclamó visiblemente alterada.

En lugar de resbalar por la escalinata en camisón como tendría que haber sucedido en mitad de la pertinaz e inclemente lluvia, se tropezó contra un tronco cortado y se precipitó de bruces hacia delante, cayendo ante las patas delanteras de la yegua de Terry, que se encabritó súbitamente. La muchacha perdió el sentido debido al golpe que sufrió contra el suelo, aunque afortunadamente fue más la impresión sufrida que la violencia del choque. Terry detuvo la acelerada y casi desbocada marcha de su yegua tirando firmemente de las riendas, y se bajó precipitadamente de su montura para socorrer a Candy. Cargó lentamente con ella, asegurándose de que la bella muchacha no tuviera ninguna contusión importante o algo roto. Una vez que comprobó que su estado no parecía revestir gravedad la levantó en vilo sosteniéndola entre sus brazos, sorprendiéndose de lo ligera que era y de la calidez que emanaba de su piel. Admiró su serena y radiante belleza y acarició sus mejillas con ternura y cuidado, preguntándose quien debería ser ese Anthony. Al parecer la hermosa muchacha tenía demasiados admiradores a juicio del sombrío y meditabundo joven. Y no era para menos.

-Es tan bella….-musitó Terry fascinado por su porte, contemplándola detenidamente.

Caminó lentamente procurando no hacer ruido. El suceso no parecía haber sido presenciado por nadie más que él. Ni siquiera los hermanos Cornwell se habían percatado de nada debido a la distancia que separaba el ala masculina de la destinada a las muchachas.

Se dispuso a tomar las riendas de Ceodra para atarla al tronco de un árbol, aunque mudó de parecer y decidió dejarla allí.. La inteligente yegua retornaría sola al establo más pronto que tarde. Lo primordial ahora era ocuparse de Candy. Entonces se giró sorprendido porque le había parecido escuchar algo, como un sonido ahogado y amortiguado de alguien que trataba de disimular su inoportuna presencia allí.

-¿ Hay alguien ahí ? –preguntó autoritario Terry mirando en derredor suyo.

No obtuvo respuesta. Como Candy se estremecía asaltada por horribles y lúgubres visiones llamando nuevamente a su antiguo amor en sueños, decidió apresurarse y optó por devolverla a su cuarto. No parecía tener nada grave, si acaso una pequeña herida en la pierna derecha, que había vendado rápidamente con un pañuelo azul, que llevaba anudado en torno al cuello.

Caminó lentamente con Candy en brazos, mientras detrás de un árbol, Mark lloraba incapaz de contenerse y observando la escena con desesperación. Había emprendido un paseo nocturno para acallar sus pesares y mitigar sus penas, cuando se cruzó de improviso con ambos jóvenes. Mark tenía una extraña y retorcida habilidad para encontrarse con Candy o las personas que giraban en torno a la muchacha, en los momentos más insospechados y no siempre afortunados. Terry había captado el llanto del joven moreno pero sin poder determinar su naturaleza ni la procedencia del tenue sonido. Mark sacudido por las dolorosos estremecimientos que le provocaba el amor, sentía que el suyo se desvanecía mientras asistía impotente al nacimiento de otro. Pero no se iba a rendir. Su obstinación era tan poderosa que el enamorado y desesperado joven no aceptaría tan fácilmente su derrota con callada resignación.

2

Mark había retornado en un estado de desesperación y abatimiento tal, que había olvidado accidentalmente las bolsas de comida en el lugar de la refriega en la que se viera implicado accidentalmente para salvar a Terry de los matones que amenazaban con despellejarle vivo. Estaba tan cansado y falto de fuerzas, que se durmió profundamente en las improvisadas camas que habían conseguido construir utilizando materiales de desecho extraidos de los pupitres y las mesas que se almacenaban en caótico desorden en el interior del destartalado edificio. Incapaz de abroncarle o de echarle nada en cara, Haltoran lanzó un hondo suspiro y le abrigó con algunas mantas que había conseguido sustraer de los almacenes del colegio tras reclinarle la cabeza con sumo cuidado en la almohada. Mark estaba tan cansado que ni se despertó ante los cuidados de su amigo que obró con el mayor silencio y sigilo de que fue capaz para no importunarle. Pese a contar con ingentes cantidades de dinero, la necesidad imperiosa de estar cerca de Candy les mantenía estrechamente cerca de ella, para impedir perderla de vista, por lo que solo se adentraban en las calles de Londres lo imprescindible para adquirir provisiones cuando no quedaba más remedio. Según las visiones de Mark la muchacha terminaría abandonando el Internado para no regresar aunque no sabían ni cuando ni que día ocurriría exactamente tal hecho.

Para colmo Annie le había visto, y no le preocupaba el hecho de que le reconociera, si no sus propios sentimientos. Aunque su esposa y su hijo Alan estuvieran relativamente seguros en su realidad, no sabría si resistiría la tentación de entrevistarse con ella. Entonces Haltoran dio un respingo y se quedó petrificado. El misterioso vizconde no le había prometido que mantendría sus zarpas alejadas de su familia.

Mientras Mark continuaba sumido en un sueño muy profundo en el que continuaría por espacio de varios horas, debido al gran agotamiento con el que había vuelto de su desafortunada salida al exterior.

-Quizás no debí dejarle ir a Londres a comprar comida –se dijo mientras le observaba pensativo desde un extremo de su improvisado hogar sentado sobre el inestable tablero de una mesa de roble.

Mark se agitaba levemente sacudido de vez en cuando por involuntarios temblores, tal vez inducidos por alguna ensoñación, puede que relacionada con Candy.

3

Annie no dijo nada a nadie del tremendo descubrimiento que había realizado involuntariamente, por la sencilla razón de que descartó cualquier verosimilitud en un hallazgo que para ella no era tal. No era la primera vez que una persona se encontraba casualmente, con otra con la que guardaba un asombroso parecido. El hecho de que aquel muchacho se asemejara a un ser ficticio que la mente de Candy había elucubrado sin darse cuenta, como la suya podría haber hecho lo mismo no significaba nada. Sin embargo mientras leía en la biblioteca del Internado Frankenstein de Mery Shelly no podía dejar de darle vueltas a la idea. El solo pensar que un hombre que aun no había nacido cruzase el tiempo por ella, se le antojaba tan romántico como atrevido. Rió involuntariamente sin recordar que estaba en una biblioteca y que había salido de su habitación hacía tan solo media hora tras comparar el retrato que hiciera inspirada en las vividas descripciones de Candy y el rostro del joven pelirrojo que había observado tras conocerle de sopetón durante el improvisado ensayo con ocasión del cada vez más cercano y anhelado festival de Mayo. Entonces un severo siseo llamó su atención. Había cerrado los ojos como solía hacer cuando reía o estaba alegre, cosa que a la tímida muchacha a veces aun le costaba hacer debido a sus años y años de inseguridades y miedo y cuando los abrió se encontró rodeada por las miradas de sus compañeros que la reprendían severamente sin palabras. Y presidiendo aquel círculo de reprobación se encontró con la severa faz de la monja de ojos caídos que parecía ser una especie de secretaria o ayudante al servicio de la hermana Grey, la rectora del internado.

Annie balbuceó una disculpa y se sonrojó violentamente mientras se enfrascaba en la lectura del famoso relato de terror esperando dejar de ser el centro de atención de todas las miradas, lo cual no tardó en suceder, transcurridos unos minutos, cuando el monacal silencio retornó a las amplias dependencias de la sala de lectura por cuyas vidrieras de colores, ricamente decoradas entraba la luz primaveral a raudales.

4

El alumnado estaba revolucionado ante la inminente llegada del festival de Mayo, una celebración que no era del total agrado de la hermana Grey y que consistía básicamente en el desfile de carrozas artísticamente cubiertas de flores sobre las que aquellas alumnas cuyo nacimiento se hubiera producido durante el mes de Mayo, y por riguroso sorteo tendrían el privilegio de subirse en las mismas para deleite de los jóvenes estudiantes a los que visitarían sus familiares o amigos, los más afortunados y los menos tendrían que conformarse con pasar el memorable día solos sin la compañía de nadie. A continuación, y una vez concluido el desfile se celebraría un baile de máscaras que casi era esperado con mayor expectación aun que el mismo evento del desfile. Haltoran se había enterado gracias a las discretas averiguaciones y aprovechando su encanto personal había logrado realizar, disfrazado de estudiante. Pensaba que tal vez tendrían otra oportunidad para persuadir a Candy durante dicha celebración. Pero Mark no estaba por la labor. Se había recobrado del tremendo cansancio y abatimiento que le había aquejado tan solo hacía tres días, pero la desazón de su alma y la inquietud que anidaban en su corazón continuaban ahí, como la niebla que envolvía a perpetuidad una alta e inaccesible cumbre. Para distraerse y de paso, vigilar a Candy con disimulo empezó a vestirse como un alumno más y camuflarse entre los jóvenes que ajenos a que entre ellos se movía como pez en el agua un viajero de otro tiempo cada vez con mayor frecuencia. Mark pasaba demasiado tiempo encerrado en sí mismo y recluido entre las ajadas paredes del abandonado edificio sin que los intentos de Mermadon por animarle surtieran efecto. El robot sufría lo indecible por el estado de ánimo de sus ánimos, especialmente el de Mark, pero no tenía forma de expresarlo más que con su voz. Muchas veces, aunque no estaba descontento en absoluto con su actual forma, hubiera deseado tener ojos tan expresivos como los de los seres humanos en lugar de dos puntos esféricos de luz roja que brillaban con intensidad bajo el visor blindado que cubría enteramente su rostro.

5

Haltoran caminaba lentamente por las arcadas que se abrían en el claustro rectangular del imponente edificio. Sus pasos resonaban sobre las lajas de piedra del pavimiento. Iba tan absorto en sus pensamientos que no notó hasta que la inconfundible y cascada voz le detuvo tras varias llamadas infructuosas. Ni siquiera se había dado cuenta de cómo el sonido de unos pasos que se superponía al de los suyos, le seguían desde hacía rato. Finalmente notó como una pesada y encallecida mano le asía por el hombro mientras reclamaba su atención nuevamente

-Joven, cuando yo hablo, se me presta atención inmediatamente.

Haltoran que iba reflexionando en como iban a resolver la complicada situación en la que se hallaba y que además había añadido a sus preocupaciones su fortuito encuentro con el alter ego de su esposa se giró con fastidio soltando un gruñido de fastidio, para encararse con el rostro pétreo y que asomaba bajo la orla del hábito, de la enfadada hermana Grey, aunque de hecho lo excepcional hubiera sido que no lo estuviera. Intentó no reír ya que recordaba su rostro congestionado de cuando salvara a Annie del bombardero alemán, y que la asustada religiosa puso cuando comprobó con sus asombrados ojos bajo las nevadas cejas como Haltoran podía remontarse por los aires llevándose consigo a una de las alumnas de su institución. Por un momento temió que la adusta monja le hubiera reconocido, pero sonrió involuntariamente. Estaban en una realidad diferente. La rectora observó a Haltoran con evidente y creciente enfado.

-Deje de sonreír así –clamó la hermana Grey –no toleraré que se burle de mí.

Haltoran que en cierto modo no era capaz de reprimir su veta irónica y menos en situaciones que encontraba divertidas, intentó no obstante recomponer su gesto adoptando una expresión más grave y menos comprometedora y dijo:

-Lo siento hermana, pero usted misma, si me permite aconsejarla debería hacer lo mismo. Siempre es usted tan seria…

Al escuchar aquello, la hermana Grey creyó que sufriría un pasmo allí mismo. Bastante tenía con soportar las ínfulas de Terry Grandchester como para tener que aguantar un remedo de aquel joven descarado e insolente. Trató de conservar la compostura para no empezar a gritar presa de otro ataque de cólera y declaró:

-Nunca le he visto por aquí joven. Su cara no me suena en absoluto y hasta ahora no le habíamos visto por aquí –dijo la hermana Grey retirando sus dedos del hombro de Haltoran.

Haltoran notó como un sudor frío le recorría la espina dorsal. Empezaba a encontrar la situación ligeramente embarazosa y para nada divertida. Arqueó las cejas y probó a utilizar su encanto personal, aunque desistió casi antes de empezar. Serviría de tan poco como una gota de agua en un árido desierto. De hecho, la avinagrada cara de la mujer no aconsejaba a prodigarse en exceso con demostraciones de amistad o alegría.

-Me he incorporado hace poco hermana –dijo Haltoran esperando que su ardid funcionara y consiguiera despistar a la suspicaz religiosa- soy Haltoran Hasdeneis…de los Hasdeneis de Cornualles, una afamada y acaudalada familia de rancio abolengo. Compruébelo y verá como le estoy confesando la verdad.

Pero Haltoran había pinchado en hueso. La religiosa no era precisamente ignorante o lerda. De hecho, en sus ojos de un color gris indefinido ardía una llama de astucia e inteligencia que no pasó desapercibida para Haltoran. El joven se puso a la defensiva. Aquella monja era sin duda un inconveniente con el que no había contado. Quizás había arriesgado demasiado al pasearse con total impunidad por el campus del internado.

-Ya lo he hecho joven. He revisado los ficheros de secretaría, y entre los expedientes de admisión no se encuentra el suyo, pese a que los he revisado concienzudamente por dos veces. No me gusta dejar las cosas al azar –dijo cruzando los brazos sobre su pecho. Las amplias mangas de su hábito oscuro le conferían la apariencia de un gran murciélago.

-Quizás, se haya extraviado. No sería la primera vez –observó Haltoran aumentando la cólera de la religiosa, mientras se balanceaba sobre las punteras de sus zapatos irritando a la hermana.

-Imposible. Yo misma, me ocupo personalmente de tramitar cada nueva matriculación que se efectúa en el Internado. Y la suya joven –exclamó mientras dirigía un dedo acusador hacia el perplejo joven- no figura en mis archivos, por la sencilla razón de que nunca se ha producido. Dígame inmediatamente quien es usted y cómo ha llegado hasta aquí.

Naturalmente Haltoran no tenía la más mínima intención de desvelarle a la monja el secreto de realidades y mundos que no entendería y menos lograría asimilar sin sufrir una fuerte conmoción. Así que Haltoran echó a correr de improviso desoyendo los airados gritos y recriminaciones de la rectora que se escucharon a varios metros a la redonda congregando en torno a ella a un pequeño y nutrido grupo de estudiantes y docentes que la observaban asombrados.

-Que alguien le coja, que alguien le detenga –gritaba la monja al borde de un ataque de nervios con la cara congestionada por el esfuerzo, y mientras señalaba a un joven de cabellos rojos que corría como el viento y al que los intentos de los dos vigilantes del internado, por capturarle no sirvieron de mucho. Los dos hombres habían acudido apresuradamente y con premura, ante los precipitados e histéricos requerimientos de la monja y aunque trataron de localizar y coger al intruso ya era demasiado tarde, porque Haltoran ya se había puesto a salvo, evitando más embarazosos interrogatorios por el momento. La hermana Grey a punto de estallar estaba siendo atendida por la hermana Margaret y la seria e inexpresiva monja de ojos caídos que se había convertido en una especie de ayudante o adlátere, a tiempo casi completo de la rectora.

-Esto es intolerable –se quejaba la monja mientras se llevaba a los labios fruncidos una taza de té que le habían preparado rápidamente para que se calmara- primero ese desagradable asunto de Clark Thompson, luego lo de esa historia del fantasma de una alumna y ahora esto.

-Cálmese madre, cálmese –dijo conciliadora la hermana Margaret mientras intentaba que la testaruda monja dejara de removerse en la silla que le habían traído –si no deja de sulfurarse se pondrá peor.

-Ya estoy peor –resopló la hermana Grey mientras sus manos inquietas se movían frenéticamente de un lado a otro haciendo peligrar la integridad de la valiosa taza de porcelana, vertiendo parte de su contenido, y su frente se perlaba de sudor –el internado está lleno de intrusos. Tenemos que hacer algo. Si esto trasciende será la deshora, el descrédito más absoluto, la….

Haltoran alcanzó a escuchar retazos sueltos de la perorata de la monja, que se había transformado en un largo y tedioso monólogo sobre la degeneración de la moral y las buenas costumbres y el relajo y la disipación que el nuevo siglo estaba trayendo a las nuevas generaciones, mientras evocaba sus tiempos en los que la disciplina y la moral eran más férreas y severamente respetadas.

6

Candy permanecía echada boca arriba sobre la hierba al pie del árbol que coronaba la réplica de la Colina de Pony. Clean saltaba entre sus piernas reclamando su atención. La muchacha contemplaba el discurrir de las nubes en un cielo por lo demás límpido y completamente azul. En su mente aun resonaban las breves notas de una carta escrita a toda prisa y que alguien había depositado a los pies de su cama. Cuando despertó tras la fuerte impresión sufrida al confundir a Terry con Anthony descubrió que estaba en su habitación, enfundada en su camisón de volantes acostada y arropada por la ropa de cama. Abrió los ojos sorprendida y cuando descubrió la misiva, alargó la mano movida más por la curiosidad que por el miedo o la incertidumbre y leyó la breve nota escrita con un tono de leve y sutil ironía:

"Apreciada señorita Pecas:

Tuvo un pequeño percance en el parque, por lo que me tomé la libertad de conducir a la distinguida dama a su alcoba y tomar las medidas necesarias para procurar su comodidad. Espero que no se haya enojado ante las necesarias licencias que su fiel servidor se permitió para devolverla al contexto de una situación más amigable y segura para usted.

Su fiel servidor:

Terry Grandschester."

Candy reparó entonces que estaba en camisón. Se sonrojó violentamente y abrazándose así misma se puso a gruñir levemente, lanzando un pequeño grito de sorpresa, que no pudo evitar reprimir:

-Ese Terry, ese crápula de Terry me ha visto…me ha visto…-se lamentó con voz ligeramente chillona, mientras la piel de sus mejillas adquiría el rubor de la grana más intenso.

Se sujetó las sienes con las manos y hundió su cara en la almohada, demasiado avergonzada como para atreverse a concluir la comprometida y embarazosa frase.

-Cuando le coja…-dijo enfadada, aunque tampoco esta vez terminó de pronunciar todas las palabras. Terry la había ayudado y aunque podía haberse aprovechado de la situación no lo hizo. De hecho no le había rozado, ni un solo cabello, no tomándose más licencias como reconocía en su carta, de las precisas.

Candy emitió un largo suspiro y tendiéndose de costado acarició la cabeza de Clean que ronroneó como un gato. Por el rabillo del ojo contempló como Terry se encaminaba con paso decidido y una alegre sonrisa , hacia el lugar donde se encontraba ella, mientras la dirigía una mirada divertida con sus ojos azules semejantes a aquel cielo, telón de fondo en el que Candy contemplaba el parsimonioso y lento discurrir de las perezosas nubes por el mismo de un horizonte a otro. Dio un respingo, aunque de repente no sentía deseos de estropear la deliciosa tarde con pataletas o escenas de despecho. Aguardaría primero las explicaciones que sin duda Terry tendría que reportarla para aplacar su enfado. De hecho recordaba vagamente el sabor de unos labios dulces que habían depositado un breve pero contundente beso en los suyos. Se pasó la mano por las comisuras de los labios, y experimentó entre complacida y confundida, una serie de emociones que la alteraban por completo, y que no había sentido desde la trágica pérdida de Anthony. Terry se iba acercando cada vez más, mientras el traje negro, que constituía el uniforme masculino, del colegio realzaba su apuesta y varonil figura.

La brisa mecía sus cabellos castaños. Pese a su enfado inicial, Candy no pudo evitar perderse fascinada, en la inmensidad de aquellas pupilas azules que la atraían ineluctablemente.

7

Debido al inoportuno e inadecuado descubrimiento de la rectora, la amplia libertad de movimientos de que disfrutaban, sobre todo Haltoran, porque Mark había rechazado tomar parte en su plan, tal vez temiendo encontrarse de repente con Candy, había quedado completamente restringida. Haltoran le contó todo a Mark, el cual estaba degustando un estofado que Haltoran había conseguido en las cocinas del Internado amparándose en la aun relativa impunidad que le brindaba su disfraz. El joven moreno sonrió ante las peripecias de su amigo que se mostró ligeramente ofendido, porque para él, no era como para tomárselo a broma.

-Sí, sí, tú ríete, Mark.. Esa mujer debe conocerse una por una las caras de todo su alumnado. Además tiene una especie de celdas de castigo que llaman cuartos de meditación para los alumnos que se pasen de la raya. No hay malos tratos físicos, pero ya con la amenaza de una eventual expulsión, convencen hasta el más pintado de que vuelva al redil.

Mark sugirió que tal vez él, tendría más éxito haciendo el papel de alumno, lo cual fue descartado inmediatamente por su amigo que alzando una mano, negó con la cabeza:

-Ni lo sueñes Mark. Esa monja te cazaría al instante, como hizo conmigo. A partir de ahora tendremos que movernos con mayor cuidado y sigilo.

8

Tal y como había supuesto acertadamente Haltoran, la seguridad del vetusto y gran edificio de rancia y arraigada tradición, se redobló exhaustivamente pero no tanto como había temido el joven pelirrojo. La hermana Grey puso a todos los docentes a patrullar los largos pasillos e interminables dependencias, y por el campus enmarcado por el bello y decorado claustro gótico.

Afortunadamente, la hermana Grey no había decretado el registro exhaustivo de cada rincón del colegio, primero porque no tenía personal suficiente para ello, y segundo, porque la previsora y ahorradora rectora guardaba celosamente cada libra y chelín que entraba en la caja del Colegio San Pablo y se había negado reiteradamente a reforzar la plantilla del dúo de vigilantes y de docentes que se veían abocados a realizar tareas de seguridad que les eran ajenas y que no eran de su competencia, contratando más seguridad, pese a que las holgadas finanzas del internado le permitían hacerlo de haberlo querido. Y aunque la monja era previsora en muchas áreas, en otras no, y solo ordenó patrullas al azar sin registrar ninguna dependencias y menos la abandonada y arruinada ala de aulas en las que escondían ambos amigos y Mermadón.

Pero había una complicación añadida con la que no habían contado en un principio y que aumentaría sus problemas exponencialmente.

9

Por vez primera en mucho tiempo, Mark conseguía dormir del tirón y a pierna suelta, pese a la incomodidad del lugar y a los precarios lechos que Haltoran había improvisado con ayuda de Mermadon. Y el joven pelirrojo había conseguido conciliar el sueño después del tremendo susto que aun tenía metido en el cuerpo y que le había producido su inesperado y desafortunado encuentro con la malhumorada y severa rectora del Internado. Y no es que Haltoran fuese de los que se acobardaban o se dejasen amilanar fácilmente, todo lo contrario, pero el temor a ser descubiertos añadiendo una dificultad más a su ya de por sí precaria y lastimosa situación, y teniendo que alcanzar unos objetivos tan estrafalarios como irreales impuestos por aquel temible adversario, le hacía sentirse muy intranquilo, sobre todo por el injusto destino que tal personaje había deparado para Candy. Antes de dormirse profundamente, Haltoran desvió la vista hacia su amigo, que roncaba levemente abrigado con una manta de tela que había comprado en una de sus esporádicas y fugaces visitas al exterior, ya que no se atrevía a continuar rondando por el campus del Colegio San Pablo con la impunidad con la que lo hacía hasta entonces. Mark se agitó levemente y la manta se deslizó de su cuerpo dejando entrever parte de su torso y su hombro izquierdo. Debido al temor a lo que pudiera suceder, Mark no se quitaba su ropa del siglo XXI por si tenía que recurrir a sus formidables poderes y aunque la mantenía razonablemente limpia, lavándola en un viejo barreño que habían localizado bajo uno de los lavabos en uno de los aseos en desuso, situados junto al ruinoso inmueble, Haltoran temía que si aquella coyuntura se prolongaba durante demasiado tiempo, la cordura de su amigo se viera afectada. Pero lo que más desazón le producía era el mero pensamiento de que Candy no despertara jamás si fracasaban en su empeño. Entonces Mark terminaría destrozado y nunca volvería a ser el mismo. Prefirió continuar no seguir haciéndose cábalas de cual sería la naturaleza de aquel infortunado porvenir si llegaba a materializarse como tal, pero de una cosa estaba completamente seguro y es que probablemente no saldría vivo del tremendo e insoportable sufrimiento al que Mark se vería abocado.

Intentó dormir y cerró los ojos acomodándose lo mejor posible en su cama creada a base de materiales de desecho intentando no hacer ruído para no despertar a Mark y que las sábanas y mantas que había comprado o sustraído de algunas dependencias del colegio junto con el jabón que utilizaban para asearse o adecentar sus ropas no se salieran del inestable y tambaleante lecho.

Mark necesitaba dormir y él hallar una solución lo antes posible, porque si no, el joven moreno tal vez cometiera alguna locura irreparable.

Cerró los ojos tratando a su vez de no pensar demasiado en Annie, en la Annie con la que se había tropezado inopinadamente mientras evolucionaba al son de una vieja y familiar melodía desgranada por un renqueante fonógrafo, y en compañía de otras alumnas a modo de hipotéticas parejas masculinas, que practicaban sus pasos de baile para la fiesta que se celebraría después del cada vez más cercano Festival de Mayo.

-Que vida la nuestra –se dijo en voz baja, medio amodorrado, mientras los párpados caían pesadamente sobre sus ojos por efecto del sopor que le invadía –si hubiese llegado a intuir ni una quinta parte de lo que nos esperaba cuando empezaste a destruir esos tanques Akarsnia…

No llegó a concluir la frase. Pero en el fondo no se arrepentía de nada. Todo cuanto había vivido y estaba viviendo en compañía de su amigo se le antojaba maravilloso e increíble y no lo hubiera cambiado por nada de este mundo.

Se durmió profundamente mientras Mermadon recostado en una pared cercana vigilaba con sus sensores en máxima alerta por si detectaba algún movimiento sospechoso en el exterior o localizaba algún sonido irregular en los aledaños de su improvisado hogar.

10

La hermana Grey no estaba teniendo un buen día. A los incidentes reportados por la presencia furtiva de una extraña y furtiva anciana vestida con ropas escolares, y de la que se habían dado versiones contradictorias a cual más estrafalaria, la precipitada marcha de un alumno envuelto en un turbio asunto del que no había trascendido nada y la presencia de extraños en el recinto del Internado, ahora había que añadir la desaparición de material escolar, artículos de higiene, alimentos y algunos objetos y enseres que no es que representaran una gran carestía en el volumen total de suministros y material, debido a que el famoso y reputado Internado adquiría cuanto necesitaba en cantidades notables para no quedar desabastecido. No, no era eso, se decía la enfurruñada y alterada religiosa mientras clavaba sus ojos endurecidos en la superficie de mármol de su escritorio, que a fin de cuentas y casi con total seguridad no era tan pétreo como la fría mirada que la hermana Grey dirigió hacia el informe que había mandado realizar con el inventario de todos los elementos que faltaban, y que habían sido sustraídos por Haltoran en diversas y furtivas visitas al Internado. A fin de cuentas, el valor de lo hurtado era irrisorio y no suponía más que una ligera molestia para la saneada economía del Internado, pero lo que la enfurecida rectora no podía soportar era que la seguridad de su querida institución estuviera siendo vulnerada cada dos por tres, por personas desconocidas entrando y saliendo como si tal cosa sin que nadie pudiera localizar el más mínimo indicio o prueba de la identidad de los intrusos. Porque estaba convencida de que eran las mismas personas. Y aquel joven pelirrojo de ojos verdes que se había escapado antes de que lograra interrogarle tenía que guardar una estrecha relación con toda aquella delicada situación. La hermana Margaret, la monja de facciones bondadosas que siempre que su rango y situación se lo permitía trataba de mediar o interceder por muchos de sus alumnos, había sugerido avisar a Scortland Yard, pero la hermana Grey se había escandalizado y a punto estuvo de sufrir otro ataque de nervios con su correspondiente desmayo. Se negó en redondo porque el escándalo sería mayúsculo y no estaba dispuesta a permitir que tal hecho arruinara la reputación del Real Colegio San Pablo de Londres. Por el momento poco era lo que podía hacer sin ayuda o asistencia externa. Ni los dos vigilantes eran lo suficientemente avispados para localizar y detener a los astutos y huidizos intrusos ni el personal docente estaba especialmente dotado, ni era su función tampoco, realizar labores de vigilancia o de investigación. Por el momento aguardaría para comprobar que evolución seguía tomando aquello y meditaría largamente en las medidas a tomar, aunque sus opciones no eran demasiadas, al parecer. Contempló un cuadro que representaba una escena religiosa y situada a la cabecera de su escritorio y permaneció en silencio mientras una de sus cejas blancas se curvaba hacia arriba en señal de la ira que experimentaba por no poder hacer más por el momento.

11

Mermadon observaba a sus dos amigos mientras descansaban, apenado por no poder hacer nada por ellos, por lo menos en opinión suya. Haltoran le había prohibido tajantemente tomar decisiones propias para impedir que se produjeran situaciones comprometedoras como cuando asustó a la tía-abuela en Lakewood o a la madre de Annie, a la sazón, su suegra con la que la convivencia se hacía difícil por momentos, por no decir insoportable. Haltoran no pudo por menos evitar reírse cuando Sarah Brighten no se hallaba delante, provocando la indignación y el enojo de su esposa al recordar el desgarrón que se había abierto en la falda de su vestido de incalculable valor o como el sombrero que tocaba su cabeza, rematado por flores y aparatosos lazos terminaba chafado y cubierto de barro. Más tarde se arrepintió de ello, pero Haltoran no había sido capaz de dominar su vena irónica y algo cruel mientras Annie clavaba sus ojos azules y tan intensos dirigiendo una mirada primero de sorpresa y luego de irritación, en su marido.

Mermadon también recordó el episodio con cierta vergüenza, lo mismo que la bochornosa escena de su estrambótico y rocambolesco compartimiento en los muelles de Southampton, que obligó a Haltoran a improvisar y logrando por increíble que pareciera, que la gente congregada en torno al impresionante y cimbreante autómata, creyeran que se trataba solo del reclamo de algún circo o una especie de feria ambulante y que por fuerza tenía que haber un par de actores disfrazados con el original y curioso atuendo que imitaba a la perfección los ademanes y forzados gestos de un ser metálico, a modo de golem controlado mágicamente. Cuando Haltoran vio aparecer a la Policía Portuaria, creyó que serían detenidos u obligados a pagar una fuerte multa por perturbar la paz y el orden público del puerto, aunque extraordinariamente, la fortuna continuó siéndoles propicios.

Quizás no debió haberse entrometido en los asuntos de Mark, pero tenía que hacerlo, porque desde que el joven moreno le salvara la vida, entre ambos hombres quedó sellada una amistad que perduraría de por vida. Y naturalmente, Haltoran necesitaba de Mermadon para desplazarse en el tiempo, y no digamos a otra dimensión, porque las cápsulas temporales inventadas con las aportaciones que Mark realizó para nosotros ya eran un recuerdo del lejano pasado…o futuro, según se mirase.

Aunque Mermadon, inició su particular travesía del tiempo huyendo de la destrucción y el caos desatado por Norden y sus hombres cuando asaltaron la sede principal de mis empresas, a iniciativa propia. Y desde entonces, una vez que recaló en el pasado, decidió quedarse allí. Por otro lado, el robot no tenía a donde ir, como ninguno de nosotros, náufragos del tiempo por lo que no sería justo hacer que siguiera el destino de X-17, la antigua nave de apoyo que fue incautada y destruida por los esbirros de Norden. Si Mermadon no hubiera huido a tiempo, a buen seguro que a estas alturas sería un amasijo de hierros olvidado y perdido en cualquier rincón desolado.

Pese a haber viajado sobre el mar, Haltoran había logrado introducir una modificación en las rutinas de su compleja y elaborada programación que atenuaba su temor al agua, si bien no había logrado hacerlo desaparecer por completo. Como tampoco había conseguido evitar la elaboración de nuevos pensamientos complejos que hiciera que se saltara finalmente algunas de las directivas de su programación que restringían su comportamiento.

Mermadon, equipado con un sistema amortiguador en las pesadas plantas de sus pies, era tan sigiloso como un gato, puede que más, por lo que los temblores que producía cuando caminaba, a su paso, eran ya un recuerdo. Entre eso y lo cansados que estaban Mark y Haltoran, sumidos en un sueño muy profundo no se percataron de que el gigante metálico, se había puesto en pie para intentar ayudarles, harto o apenado de la desazón que les invadía, sobre todo a Mark. Lamentaba tener que desobedecer las restrictivas órdenes de su creador, pero el robot había desarrollado un concepto de la amistad tal que en nada tenía que envidiar a la de Mark y Haltoran:

-Lo siento señor Hasdeneis –se dijo moviendo apenado la cabeza, aunque careciera de la expresividad de un ser humano para dejarlo patente- pero tengo que hacer algo para ayudarles. Yo también soy su amigo.

Sin hacer ningún ruido, el robot se deslizó bajo el frontispicio del edificio tras abrir la puerta con mucho tiento y cuidado, adentrándose en el bosque que rodeaba la construcción en dirección hacia los dormitorios femeninos. Tal vez lograra convencer a Candy de que recapacitara y no dejara en la estacada a su alter ego que permanecía bajo los efectos de un prolongado encantamiento que amenazaba con hacerse definitivo a muchas eras de distancia de allí.

12

Albert salió del calabozo con gesto enfadado y fulminando con la mirada al solicito y abochornado comisario que no sabía donde meterse de lo nervioso e intranquilo que estaba. El millonario había sido detenido por los bobbies en el caos que se organizó durante una pelea de borrachos portuarios, durante la cual, alguien le lastimó asestándole el puñetazo más recio y demoledor que hubiera recibido nunca. Jamás antes había notado tal contundencia y fuerza y cuando recobró el sentido que había perdido como consecuencia del inesperado ataque, lo hizo en el interior de un furgón policial gris y mohoso donde compartía espacio con borrachos, rufianes de medio pelo y un petimetre que no hacía más que llorar y pedir a gritos con voz engolada que viniera su abogado, para luego rogar que sus padres vinieran a rescatarlo, provocando las risas y burlas de los endurecidos individuos de mala catadura que habían sido introducidos por los policías en el estrecho y sucio habitáculo del vehículo policial. Una vez que su identidad fue comprobada, debido a la influencia del millonario más que otra cosa, fue puesto precipitadamente en libertad sin ni siquiera juicio previo ni pago de fianza alguna, pese a que había quedado plenamente demostrada que el joven rubio de ojos verdes se había visto involucrado en la trifulca para salir en defensa de Terry, del que nadie supo darle razón alguna. Cuando el temeroso comisario intentó llevar más allá la investigación del extraño suceso, interrogando al propio Terry Grandschester en el recinto del colegio si fuera necesario, toda ulterior posibilidad de efectuar nuevas pesquisas fue definitivamente abortada. La influencia de los Andrew y del poderoso y acaudalado padre del joven castaño, el conde de Grandschester cortó de raíz semejantes iniciativas recurriendo a altas instancias para evitar un escándalo que hubiera salpicado sin duda a ambas familias. Lo que tuviera que averiguar, lo haría Albert por su cuenta y riesgo sin injerencias ni intromisiones ajenas de ningún tipo.

El comisario, que había recibido varias llamadas telefónicas y avisos provenientes de muy arriba, de las altas esferas tuvo que decretar la paralización total de nuevas investigación y muy a su pesar, por que le hubiera gustado averiguar que hacía implicado el propietario de una de las mayores fortunas de los Estados Unidos, si no la mayor, en una multitudinaria reyerta de los bajos fondos londinenses y que relación podía guardar con el primogénito de otras de las familias más influyentes de Inglaterra que tampoco se quedaba atrás en cuanto a lo que a poder y riqueza se refería.

Como peligraba su empleo, y puede que también su cabeza acató las rígidas y severas instrucciones y dejó marchar al millonario al que puso en libertad tras ofrecerle sus más sinceras y desprendidas excusas.

Albert asintió y decidió no prolongar por más tiempo el embarazoso asunto abandonando la comisaría inmediatamente mientras se frotaba el ligero moretón que aun le quedaba en el pómulo izquierdo causado por el golpe de Mark, que le tomó por un asaltante más.

-Maldita sea –masculló mientras respiraba el aire cargado de bullicio y agitación humana de Londres, rodeado por una ingente multitud que como una marea iba y venía constantemente –ese hombre, sabía pelear. Nunca ví a nadie tan rápido y mortífero.

Algunos bocinazos atronaron el aire interrumpiendo el hilo de sus reflexiones. Un carruaje cerrado con un tiro de dos caballos había colisionado contra un automóvil descapotable de color oscuro sin mayores consecuencias, aunque el incidente había degenerado rápidamente en una discusión de tráfico, con el cruce de airadas expresiones y gestos obscenos entre el cochero y el conductor del auto que se recriminaban mutuamente su torpeza e incapacidad de conducir sus respectivos vehículos con la suficiente seguridad y destreza, mientras los curiosos comenzaban a apelotonarse en torno a la discusión que iba subiendo de tono y que obligó a los policías de la cercana comisaría donde había estado recluido Albert a intervenir, para poner orden en el conflicto.

Pero los deseos fervientes de Albert por averiguar la identidad del desconocido de ojos oscuros y cabellos negros que protegía a Terry a pesar de todo, y que le había confundido con un atacante más del joven lord que imprudentemente había iniciado en última instancia la pelea contra un enemigo que le superaba abrumadoramente en número, que no en pericia de lucha tendrían que esperar. Cuando después de un largo periplo porque prefirió retornar andando al hotel donde se había alojado con la tía abuela y que aun le aguardaba enterada de todo en su suite le impuso silencio porque solo le faltaba tener que soportar los duros pero justificados reproches de su tía. La mujer adoptó una expresión de incredulidad y enojo, porque su sobrino era su inmediato superior jerárquico en la familia y debía de obedecer sus instrucciones quisiera o no. Entonces le informó de que el SS Althenia había sufrido una avería en alta mar y se había hundido, aunque afortunadamente no hubo que lamentar víctimas mortales, pero si las materiales ya que el mercante transportaba un valioso cargamento de diamantes provenientes de las minas de Sudáfrica en las que el poderoso clan familiar tenía participación y en un buen porcentaje. No es que la pérdida del valioso cargamento de incalculable valor afectara grandemente a la desmesurada riqueza de los Andrew, pero si a su prestigio, debido a que si no podían garantizar la seguridad de los pedidos comerciales que sus clientes realizaban, el prestigio de la familia se vería tocado seriamente. Porque el barco no se había ido a pique por alguna tormenta, tifón o cualquier otro desastre natural, si no porque las emanaciones de iridium que desprendía Mermadon, habían averiado las máquinas haciendo explotar una caldera y abriendo una gran vía de agua por efecto de la onda expansiva, que no pudo ser reparada eficazmente, en el casco de la nave. No es que sucediera a menudo, ni que fuera continuo, pero al igual que el iridium que moraba en Mark, a veces, tenía efectos adversos en el comportamiento de algunos animales, el que se alojaba como combustible y fuente de energía, en la planta de potencia que permitía al robot moverse y funcionar, soportando todos sus sistemas vitales, lo tenía sobre algunas máquinas como los grandes motores del mercante, que se había precipitado hacia las profundidades abismales cerca del Cabo de Buena Esperanza, cuando iniciaba su singladura de retorno hacia Houston.

-Tienes que volver conmigo a Norteamérica Albert –le pidió encarecidamente su tía que temía que el temperamento rebelde y caprichoso de su sobrino, le hiciera negarse para estar cerca de su ahijada. A la astuta y observadora dama no se le escapaba ni por un momento, el afecto que unía al joven magnate con la muchacha rubia de ojos verdes como esmeraldas y esplendente belleza, y que siempre le había repelido, en especial desde la trágica y repentina pérdida de su sobrino-nieto Anthony en un absurdo accidente durante una cacería organizada precisamente en su honor. Y tal afecto iba en opinión de la anciana más allá de una relación filial. Y no andaba desencaminada.

Por esta vez, pese a sus protestas Albert tuvo que claudicar. Si los principales accionistas y clientes no eran tranquilizados respecto a sus inversiones en las empresas familiares de los Andrew, su status y prestigio sufrirían un grave quebranto y una merma nada desdeñable. Y en aquella época, casi más que en la actual el prestigio e influencia eran algo sagrado que debía ser mantenido a toda costa y mimado en grado sumo.

Con un gesto de rabia, por tener que abandonar su discreta vigilancia en relación a su hija adoptiva para asegurarse de que no le sucediera nada malo, en especial teniendo cerca a los vengativos y rencorosos hermanos Legan, que no la perdonaban su carisma y ascendiente sobre los Andrew, desde aquel baile que echó por tierra las esperanzas de Eliza, de convertirse en la futura esposa de Anthony, tuvo que aceptar a regañadientes.

El asunto del SS Althenia era lo suficientemente importante y delicado, para que él personalmente tuviera que acallar los maledicientes rumores y tranquilizar a los nerviosos inversores que le esperarían impacientes en un lujoso hotel de Chicago. En cuanto hubiera resuelto exitosamente la crisis, retornaría a Londres lo antes posible para hacerse cargo personalmente de la protección de Candy, porque temía que aquel extraño sujeto pudiera perturbar la paz y relativa calma en la vida de la muchacha, ahora que había conseguido recobrarse medianamente de la pérdida de Anthony.

13

El robot caminó lentamente protegido por la oscuridad y aguardando a que la suerte también le brindara sus favores, permitiéndole alcanzar con éxito el ala de habitaciones del alumnado femenino. Sabía que tal vez asustase a la joven rubia, pero el robot estaba harto de aguardar sumisamente y no poder tomar ninguna iniciativa por su cuenta que ayudara a su creador, y en especial al señor Anderson, cuyo estado de salud preocupaba al robot. Quizás el monitorear tantos datos, recibir en su sofisticado cerebro miles, si no millones de cómputos e informes acerca del mundo que le rodeaba fuese a veces más un inconveniente que una ventaja. Y es que Mermadon era muy inteligente, pero a veces sus razonamientos eran como los de una persona impulsiva que obsesionada por su falta de opciones y de acción, decidía emprenderlas por su cuenta para desbloquear el tenso estado de espera en la que se hallaba inmersa. Por el momento, no podía emplear su poder de apantallamiento para tornarse invisible porque seguía sin responder a sus requerimientos pese a que lo había intentado varias veces, logrando mantenerse unos instantes invisible, para reaparecer de nuevo, no consiguiendo mantenerse oculto por periodos prolongados de tiempo. Al igual que Mark o Mermadon, tenían una rara y a veces nada ventajosa habilidad para encontrarse con las personas menos indicadas en los momentos más inadecuados, Mermadon tuvo otro desafortunado encuentro fortuito con quien menos esperaba y deseaba. Cuando quiso apartarse de su camino, una figura envuelta en un hábito oscuro de mangas flotantes y que guarnecía su enojada y pétrea expresión bajo el borde de la capucha, se encaminaba resueltamente hacia él, sin sospechar ni por un momento lo que estaba a punto de producirse.

14

La hermana Grey, había decidido realizar ella misma la ronda nocturna por el jardín principal del Internado. El padre North, el cual se había ofrecido gustosamente a patrullar aquel área del campus, había tenido que ausentarse para resolver una pendencia entre muchachos que requería su atención. Aunque normalmente, los asuntos disciplinarios y las sanciones eran cosa de la propia hermana Grey, esta había delegado en el clérigo de barba blanca y cabellos canos cuya imponente estatura normalmente era aliciente más que suficiente para infundir respeto en cualquiera de los alumnos del Colegio San Pablo, siempre que no se llamaran, claro está Terry Grandschester.

La propia hermana Grey había animado al vicario a que fuera a poner calma entre dos jóvenes que se habían peleado o estaban a punto de hacerlo por los favores de una muchacha, la cual no se decantaba o no tenía previsto hacerlo aun, por ninguno de los dos enamorados y fascinados rivales que la cortejaban con enconada rivalidad.

Así que la rectora enarbolando un fanal decidió recorrer los senderos pavimentados que atravesaban todo el campus y que vistos desde lo alto, adoptaban la forma de una cruz en cuyo centro exacto, había una especie de fuente rodeada por varios parterres de flores cuidadosamente mantenidos por los jardineros al servicio de la antigua institución.

La hermana Grey desvió su severa mirada hacia la gran torre almenada con cuatro pináculos rectangulares, que se alzaba en mitad de la fachada principal de ladrillo rojo, del pétreo edificio rodeado por grandes extensiones de bosques y jardines, que a su vez estaban circundados por una gran cancela oscura, cuyos barrotes terminaban en punta.

Aparentemente todo estaba tranquilo y nada hacía presagiar cualquiera de las anomalías o intrusiones que tanto preocupaban e irritaban de un tiempo a esta parte, a la hermana Grey.

Pero la hermana Grey no estaba preparada para los profundos cambios y modificaciones que dos viajeros del tiempo, junto a su robot de dos metros de altura y tonelada y media de peso estaban introduciendo forzadamente, alterando radicalmente el curso de los acontecimientos.

La severa monja notó visiblemente molesta como un inadvertido escalofrío le recorría la médula espinal. Le hacía sentir incómoda reconocer que tenía miedo y sobre todo, el tener que admitirlo, por lo que procuró armarse de valor. Habría agradecido que la hermana Sellers estuviera a su lado para asistirla y hacerla sentir menos sola y temerosa. La religiosa de ojos caídos, y prominente apéndice nasal se hallaba supervisando algunos de los preparativos para el cercano festival de Mayo, aun a aquellas altas horas de la madrugada. La hermana Sellers era del agrado de la rectora porque aprobaba sus métodos al cien por cien y era una eficaz ayudante y consejera además de excelente administradora. Pero en esos momentos, no se hallaba allí. Entonces la hermana Grey percibió un chasquido. Asustada movió el fanal precipitadamente y el haz de luz barrió varias porciones de oscuridad iluminando anárquicamente árboles, la fachada principal y parte de las galerías del claustro. Para infundirse valor, habló en voz alta preguntando enojada por el susto que había experimentado y cuyos efectos aun duraban en ella:

-¿ Quién está ahí ? –preguntó elevando la voz.

No hubo respuesta. Mermadon intentaba pasar desapercibido, pero había partido con la planta de su pie izquierdo una inoportuna rama oculta a su paso y que aunque había detectado no consideró especialmente comprometedora para sus tentativas de permanecer en sigilo. Pero desgraciadamente, aquel evento desafortunado demostró que hasta los más sofisticados e inteligentes robots, se equivocan alguna vez.

-¿ Quién está ahí ? identifíquese inmediatamente. Está usted invadiendo una propiedad privada –rugió intranquila la monja, que respiraba entrecortadamente, para calmarse, escuchando su recia y atronadora voz y aquietar de esa manera, el desbocado ritmo de su corazón.

Entonces el fanal iluminó lo que parecían dos ascuas de luz roja, como pavesas ardientes en medio de una faz metálica y bruñida, carente de toda expresividad. Con curiosidad, la hermana Grey esgrimió lentamente y con cautela el fanal, descubriendo al gigante metálico, que cogido por sorpresa y totalmente desprevenido, no logró impedir que la repentina claridad le alcanzara, bañando su imponente figura y poniéndole al descubierto. Mermadon hubiera querido sonreír, pero solo podía emitir un brillo ambarino a través de la rejilla que hacía las veces de boca, y tras la que refulgía levemente el altavoz que reproducía su voz cibernética.

-Hola hermana –dijo el robot levantando su mano izquierda para saludar a la monja con un leve chirrido, y esperando poner de relieve sus buenas intenciones, y que no albergaba deseo de hacerle daño alguno –espero no haberla asustado y….

-Ahhhhhhhhh –gritó la monja, lanzando el candil hacia lo alto, tras soltarlo de improviso al alzar los brazos al unísono, en un acto reflejo para protegerse instintivamente del enorme robot parlante.

Un grito desgarrador, un farol que se elevaba por los aires para caer sobre la hierba pesadamente aunque su trayectoria fue frenada por la mano izquierda del robot para depositarlo con sumo cuidado en el suelo y finalmente un cuerpo que se desploma pesadamente, laxo y exánime, por la impresión de descubrir una máquina parlante con los modales y la cortesía de los más reputados y distinguidos caballeros ingleses en el campus de uno de los colegios religiosos más prestigiosos y antiguos, a la par que severos, de toda Inglaterra.

El robot tomando conciencia de su metedura de pata, activó su invisibilidad para alejarse de allí precipitadamente, abandonando a la infortunada hermana Grey a su suerte, que permanecía desmayada boca arriba, con el más genuino gesto de terror impreso en su rostro, entre las altas hierbas y los brazos extendidos en cruz. Mientras, alguien había oído los alaridos de horror de la religiosa y tras encenderse algunas luces en las plantas superiores de las dependencias del personal docente, se escuchaban voces precipitadas que se gritaban entre sí, pidiendo información y detalles de lo acontecido.

Mermadon dedujo acertadamente, que la monja pronto recibiría un pronto y adecuado auxilio, tal vez mejor que el que él pudiera brindarla en tales circunstancias, aunque fuera igual de bueno y bienintencionado y decidió marcharse aprovechando que su invisibilidad aun le envolvía, protegiéndole de miradas indiscretas y ajenas con la incómoda sensación de que había cometido un tremendo error al incumplir las severas órdenes de Haltoran, pese a sus propósitos de ayudar y de resultar útil a sus amigos.

La hermana Margaret a la que se le había unido la hermana Sellers acudieron rápidamente a ayudar a la rectora, seguidas de varias novicias y monjas atraídas por el fuerte y estridente grito que había despertado a buena parte del profesorado, y a algunos estudiantes que se asomaron inquietos y asustados a los balcones de sus alcobas, para ver que ocurría, entre ellos, Candy y Terry.

15

La hermana Grey se encontraba en una situación cuanto menos peculiar, por no decir desafortunada y por encima de todo embarazosa. Una vez que fue trasladada a su celda y acostada con la ayuda de las hermanas Margaret y Sellers y las novicias que habían acudido rápidamente ante la desesperada y acuciante llamada de auxilio de la rectora no sin cierto esfuerzo debido al estado de nervios en que se hallaba, y a pesar de los requerimientos y preguntas de sus ayudantes, la hermana Grey se negó en redondo a dar detalles de que era lo que había desatado su ataque de pánico y se limitó a decir machaconamente sin variar ni un ápice su versión:

-Ya se lo he dicho hermana Sellers, creí descubrir un intruso en la penumbra, pero lo único que me encontré fue ese dichoso búho que me asustó provocándome un susto tremendo. Pero ya pasó. Me encuentro mejor, gracias –dijo la severa religiosa en un gesto de agradecimiento que por forzado resultó hosco y poco convincente. No obstante, la hermana Margaret y la hermana Sellers, pese a que no solían cruzar palabra, se miraron sorprendidas. El rigor y la acritud del carácter de la rectora del colegio San Pablo estaban tan arraigadas en su carácter, que cualquier sonrisa y no digamos ya, una mera muestra de agradecimiento se le antojaban a ambas monjas como algo increíble e inaudito. Sin embargo no dijeron nada y se abstuvieron de realizar ningún comentario que pudiera sacar de quicio a la voluble y suspicaz rectora.

Una vez de que se aseguraron de que la hermana Grey no necesitaba nada más, las novicias a instancias de la rectora fueron abandonando el cuarto procurando no hacer ruido, mientras la hermana Margaret las acompañaba rogándolas que no exageraran los hechos delante de sus demás compañeras, ya que ella se encargaría de difundir una explicación oficial entre los miembros de la pequeña congregación religiosa de novicias que también albergaba el Internado, y así mismo entre los alumnos del mismo, porque quedaba ya fuera de toda duda, de que algunos jóvenes habían sido si no testigos del suceso, por lo menos escuchado las desesperadas llamadas de auxilio de la rectora. Sin embargo, la reticente y observadora hermana Sellers que parecía una versión rejuvenecida de la rectora, sospechaba que no les había contado toda la verdad. Si de una cosa estaba completamente segura es que la hermana Grey no se asustaba fácilmente y menos por una lechuza o cualquier otra rapaz nocturna. Pero como suponía que se mantendría firmemente en sus trece defendiendo a capa y espada aquella versión, y temerosa de desairarla ya que esperaba algún día sucederla al frente de la venerable institución se guardó sus sospechas para sí y decidió no indagar ni ahondar en el incómodo asunto.

16

La hermana Grey tiró de las mantas hacia sí para abrigarse, pese a que no hacía frío. Si acaso, la noche era más bien tibia y una ligera brisa removía la hojarasca del parque produciendo un leve rumor que a la monja le resultaba irritante, aunque no quería abandonar su lecho para cerrar los póstigos de las ventanas. Apoyó sus cabellos grises en la almohada que le había ahuecado una de las novicias y contempló con gesto enfurruñado el techo adornado con artesonados. Suspiró enojada. No tenía muchas opciones, por no decir ninguna. Si contaba lo que había presenciado con sus aterrados ojos, no solo no la creerían si no que su credibilidad y por ende la de la antigua institución quedarían sensiblemente tocadas y puede que ninguna otra de las grandes familias de la nobleza o de alta burguesía quisieran matricular a sus retoños en su honorable Institución si trascendía que la rectora de uno, si no del más severo internado de toda Gran Bretaña, sufría alucinaciones y tenía visiones en las que autómatas metálicos se paseaban por el jardín y los bosques del San Pablo como si nada a las doce de la noche. Afortunadamente, nadie más había sido testigo del siniestro e insólito suceso y podría mantener cualquier versión, siempre que supiera imprimir al relato la coherencia y rigor necesarios. Y no es que salir huyendo de un búho fuera algo precisamente digno de contar, pero era mejor que aunque tuviera que sufrir la rechifla y el escarnio de algunos, durante un lapso de tiempo, el prestigio y la reputación del Internado continuaran intactas.

-Me sacrificaré –dijo con voz resignada pero cargada de enojo, mientras tomaba una taza de tisana que una joven novicia de pelo negro y ojos turquesas le había traído solícita en una bandeja de plata y entrando prácticamente de puntillas para no enojar a la rectora y suscitar su explosiva cólera.

-Más vale que me atribuyan algo de cobardía que el prestigio de esta Institución sea salpicado por el escándalo –se dijo mientras sorbía lentamente la hirviente y azucarada bebida.

Se había negado sistemáticamente a que llamaran al médico, pese a las presiones de las hermanas y los ruegos del padre North porque se dejara examinar y descartar cualquier posible alteración o dolencia, pero la hermana Grey se mantuvo firme. No deseaba que más extraños se enteraran de los entresijos del Internado, demasiados acontecimientos habían ocurrido ya y no quería tener más sobresaltos. A pesar de la impresión sufrida, la religiosa se encontraba perfectamente y su salud se hallaba incólume e intacta.

17

Cuando Mermadon retornó a las antiguas dependencias abandonadas, se encontró con su inquieto y enfadado creador dando vueltas en círculo y dispuesto a abroncarle por su torpeza y la severa imprudencia que había cometido, y que aun no tenían claro, si les reportaría graves consecuencias o quizás a Candy.

El robot contó pormenorizadamente su inesperado encuentro con la adusta religiosa y la reacción, como era de esperar, esta había tenido al encontrarse con el ser metálico que en perfecto inglés y una voz muy dulce que se le antojó irreal la saludó ceremoniosamente. Y cuando la hermana Grey se desmayó, tras gritar y arrojar el fanal ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, Mermadon decidió emprender una discreta retirada y evitarse así preguntas embarazosas y poco adecuadas activando su invisibilidad. Cuando terminó de hablar, Haltoran no sabía si reír, llorar, echarle la bronca o desarmarlo. Lo reconsideró y tras unos tensos instantes de profundo silencio tomó una determinación intentando dominarse y no dejarse llevar por la ira. El robot le contemplaba temeroso, como un hijo travieso a su severo padre, aguardando el castigo por sus trastadas y preguntándose acerca de cómo sería este.

Haltoran iba a regañar al robot cuando de repente, se lo pensó mejor y depositó la mano derecha sobre su antebrazo metálico ante la sorpresa de Mark que hasta ese instante había intentado interceder por Mermadon sin mayor éxito. Aunque el coloso metálico no podía expresar con su rostro todas las emociones que bullían en su complejo interior de microcircuitos y chips no era necesario, porque por sus gestos y ademanes se intuía la tristeza y vergüenza que estaba pasando. Por eso, cuando se sentó a los pies de sus dos amigos y puso la cara entre sus manazas de acero y kevlar, Haltoran que no había pronunciado aun palabra sonrió y dijo:

-Vamos, vamos, no te pongas triste. Tú también lo están pasando muy mal amigo mío, y sé que en el fondo solo pretendías ayudar a Mark, al igual que yo.

Al escuchar las conciliadoras palabras de Haltoran, Mermadon levantó la cabeza y un brillo intermitente pulsó sobre la rejilla que hacía las veces de boca de la prodigiosa máquina. Tomó la mano de Haltoran entre las suyas y preguntó aliviado:

-¿ Significa que no me va a castigar, señor Hasdeneis ?

Haltoran estuvo a punto de echarse a reír pese a que no tenía ganas de hacerlo y se contuvo. A fin de cuentas, el robot había obrado con la mejor de sus intenciones y con un poco de suerte, la testaruda y ceñuda rectora no contaría nada de cuanto había presenciado, porque aparte de que no la creerían, no desearía pasar por chiflada o excéntrica. Naturalmente, aquello era algo que no podía averiguar directamente, aunque su instinto le estaba advirtiendo de que la intuición que había tenido no iba nada desencaminada.

-¿ Dé qué serviría mi buen amigo ? ¿ de qué podría acusarte ? ¿ de intentar ayudarnos ? el día que las buenas intenciones sean delito no habrá cárceles suficientes en este mundo para meter entre rejas a tantos presuntos delincuentes. Anda ve a recargar tus baterías. Deben estar a punto de agotarse, como tú. Menos mal, que tu poder de invisibilidad ha durado lo suficiente como para permitirte llegar hasta aquí.

El robot se irguió pesadamente y tras despedirse efusivamente de ambos jóvenes, se retiró a sus dependencias donde iniciaría el proceso de recarga.

Una vez que se hubo marchado y Mark y Haltoran quedaron a solas, el joven moreno dijo sinceramente agradecido por la comprensión y paciencia de su amigo:

-Muchas gracias Halt, no esperaba menos de ti.

Haltoran se encogió de hombros y repuso dejando escapar un repentino bostezo:

-Si le hubiera reñido, se hubiera traumado y habría estado intranquilo y nervioso hasta llegar al punto de hacer cualquier tontería puede que aun peor que esto. La verdad –dijo rascándose la cabeza- no debí haberle construido con un temperamento tan sensible y casi inocente.

Mark sonrió. Y a pesar del tremendo revuelo que el robot había provocado sin pretenderlo, no pudo por menos que preguntarse cuales eran sus verdaderas intenciones cuando pese a los requerimientos de Haltoran había decidido arriesgarse a ser descubierto exponiéndose tan innecesaria como indebidamente saliendo al exterior de su improvisado hogar.

-Pretendía hablar con Candy –dijo Haltoran respondiendo a la pregunta de su amigo- para convencerla de que recapacitara, pero casi me alegro de que se haya topado con esa mujer en vez de con ella, pese a lo que se ha armado. No sé como habría reaccionado Candy si hubiera conocido a Mermadon pero creo que es mejor no averiguarlo. Y me temo, es más estoy plenamente convencido de que la rectora no contará nada. A fin de cuentas, no gana nada enfangando su renombre y se haría un flaco favor así misma y a este Internado. Afortunadamente vivimos en el tiempo de las apariencias y el reconocimiento social –sentenció el joven pelirrojo apoyándose en el quicio de una puerta.

Mark asintió. Aun recordaba su entrevista por llamarla de alguna manera, con la tía abuela Elroy cuando pretendió formalizar su relación con Candy poco tiempo después de que rescatara a su sobrino nieto Anthony y como en vez de agradecérselo, le tildó de plebeyo, pobretón y buscavidas. Y como él había reaccionado airadamente convirtiendo un abrecartas de hierro y estaño en un delicado y valioso objeto de oro puro, empleando una minúscula parte de su insospechado poder.

-Me miraba por encima del hombro –recordó Mark hablando lentamente y con dificultad porque el recuerdo no le era precisamente grato- y finalmente, me otorgó la administración de la fortuna de su sobrino…

-Convirtiéndote en un hombre tremendamente rico –concluyó Haltoran- pero no lo hizo sólo porque Albert estuviese, o esté en la cárcel, si no a modo de agradecimiento por haber salvado a Anthony y a Stear. Comparte algo en común con la hermana Grey y es que ambas son demasiado orgullosas como para mostrar sus sentimientos en público, aunque la hermana Grey se me antoja aun más severa que la tía abuela Elroy –dijo Haltoran pensativo.

18

La hermana Grey no estaba sin duda para grandes sobresaltos ni quebraderos de cabeza. Aquel monstruo de hierro alto como una torre la sacaba de quicio y ella sabía que no había sido una alucinación. Había escuchado su voz dulce, había contemplado atónita el amistoso saludo que le había prodigado y se había percatado como en ningún momento el robot, había hecho mención o gesto hostil alguno que demostrase sus intenciones de atacarla. No sabía que era aquello ni pretendía averiguarlo. La hermana Grey era una persona pragmática y si no podía descifrar la verdadera naturaleza de lo que había presenciado y sido testigo con sus propios ojos y oídos, lo mejor que podía hacer era ni planteárselo ni perder su cordura ni su tiempo intentándolo. Se olvidaría de ello de un plumazo y punto. Pero lo que si la acuciaba y no podía olvidar tan fácilmente, era que su querido Internado estaba siendo acechado por peligros que se le antojaban como muy reales, y que intrusos y personas desconocidas se paseaban por su recinto como si tal cosa, con total impunidad y casi con despreocupación. Razón de más por la que no se atrevía a abandonar el Internado, por lo que decidió, que aquel año no habría curso de verano en Escocia. La decisión sentaría un mal precedente en cuanto a que haría que la indisciplina se extendiera como una balsa de aceite, entre algunos de sus alumnos más díscolos y descontentos, y no sería del agrado del alumnado, pero los padres de los muchachos y muchachas que estudiaban en su rígida institución la apoyarían en su inmensa mayoría, ya que creían que sus retoños estaban mal acostumbrados y que unas cuantas horas lectivas más no estarían de sobra y les harían más bien que mal.

Por lo tanto, las vacaciones de verano serían suspendidas por vez primera en muchos años aunque para no cargar demasiado las tintas, dispensaría a los que no desearan permanecer en el Internado, para pasar los meses estivales por su cuenta en otros lugares, convirtiendo la asistencia a las clases como algo meramente voluntario, pero que reportaría sustanciosos incentivos al que optara por quedarse. Sabía perfectamente que suscitaría protestas y comentarios y por eso aunque estaba entre sus prerrogativas hacerlo, no forzaría al alumnado a seguir cursando estudios durante el estío de forma obligatoria. Y por otro lado, las donaciones de algunos de sus influyentes y poderosos clientes habían disminuido por lo que temía o más bien no entraba en sus planes, gastar más dinero del necesario si podía evitarlo, en trasladarse a Escocia y organizar las diversas actividades docentes que necesitaban de su total supervisión. Y sin su presencia allí, la escuela de verano no abriría sus puertas ni pondría en marcha sus planes de estudios veraniegos. Por lo tanto, la decisión estaba tomada y tras haberla meditado largamente, durante su breve convalecencia del tremendo susto recibido, en su alcoba, se trasladó a su despacho abandonando su lecho, y redactó la nota que hacía oficial su decisión, sellándola con el cuño lacrado del Internado, para hacerla entrar en vigor tan pronto como se lo propusiera o estimara oportuno.

Y a punto había estado de hacer lo mismo con el ya inminente Festival de Mayo suspendiéndolo sine die, ya que la celebración no era de su agrado cosa que nunca había ocultado, pero no se atrevió a llegar tan lejos porque aquello habría sido la gota que colmase el vaso de la paciencia de sus mimados y adinerados pupilos. A fin de cuentas, casi sería un alivio para algunos de ellos perder de vista el estricto internado por unos meses, aunque otros tendrían que quedarse, presionados por sus familias para que continuaran estudiando durante el verano, quisieran o no y quien más o quien menos, acataría con resignación su decisión, pero no aceptarían de grado que una celebración tan largamente esperada como ansiada, fuera cancelada de buenas a primeras sin razón aparente alguna, por lo que a regañadientes tuvo que arrojar a la papelera la nota que había redactado con su primorosa caligrafía, utilizando su pluma de ganso que mojaba en el tintero azul, anulando también la fiesta que tanto había costado conseguir que aprobara, después de que sus ayudantes le hicieran ver los beneficios y ventajas que para la rígida Institución reportaría una celebración como aquella, atípica en el enrarecido y severo ambiente del Internado, tras largas horas de debate y de intercesión por parte de la hermana Margaret, la más ardiente e ilusionada defensora del Festival, y proclive al día festivo, que pronto sumaría su quinta edición.

19

A pesar de su determinación a mantenerse alejado de Annie Brighten por miedo a complicar aun más la delicada y caótica situación en la que se hallaban envueltos y que no sabían como solucionar el destino les pondría en contacto nuevamente. Haltoran, que había decidido ir a buscar provisiones, pero esta vez fuera del recinto del Internado para no soliviantar aun más los recelos de la adusta hermana Grey, no porque temiera su reacción si no porque no deseaban delatar su presencia allí, se deslizó por un área del campus poco transitada y por la que le sería más fácil no solo atajar si no abandonar el edificio sin levantar sospechas o eso esperaba. Había conseguido realizar un plano del edificio gracias a los sistemas de exploración de baja intensidad de Mermadon y se lo conocía como la palma de su mano, incluso podía presumir que mejor que la propia hermana Grey. Pese a lo dramático de su tesitura, Haltoran que tenía un espíritu rebelde y combativo no renunciaba a continuar sus furtivos y sigilosos paseos por el campus más que nada por la rabia que le había producido tener que salir huyendo cobardemente delante de las mismísimas narices de la Hermana Grey, aunque si lo había hecho era para no perjudicar a Mark. Su principal temor no era el ser descubiertos, porque con todo el armamento que llevaban encima ni todo Scortland Yard hubiera podido siquiera enfrentarse a ambos con posibilidades de éxito. Y si además sumaban el poder combinado de Mark no habría fuerza alguna capaz de oponérseles, pero era algo que habían descartado totalmente, porque ni Haltoran ni Mark deseaban que saliera dañada gente inocente, ni tampoco generar una suerte de publicidad, si se podía llamar así, muy negativa y totalmente contraproducente, que en nada o en muy poco les favorecería en sus intentos por cumplir con su misión. Para intentar convencer a aquella Candy o por lo menos persuadirla necesitaban una total y absoluta cautela. Por un momento se le pasó por la cabeza intentar convencer a Candy, de que por lo menos fingiera sentir algo por Mark para así tratar de probar al Vizconde de que habían logrado plenamente los objetivos que les había propuesto, pero lanzando un suspiro se detuvo de improviso y se golpeó la frente con la cuenca de la mano derecha, cuyos dedos estaban ligeramente flexionados.

-No, no podemos hacer eso –observó pesaroso porque sabía que el Vizconde era no solamente un mago genial, si no que descubriría fácilmente el engaño y puede que su ira creciera exponencialmente condenando a la esposa de Mark a un eterno letargo sin fin.

Arqueó las cejas apoyándose en una pared rocosa en la que se abría la entrada a una cueva natural. Estaba inmerso en sus pesarosas reflexiones, cuando una gota fría y escurridiza como un escamoso y huidizo pez, acertó en su mejilla derecha, sacándole de sus cavilaciones. Muy pronto la solitaria gota se hizo acompañar por el resto de sus compañeras que acudieron en tropel empapando al joven que oteó en torno suyo por si descubría algún refugio donde resguardarse. A fin de cuentas, la hermana Grey ni nadie patrullaría con toda seguridad por el recinto del Internado con semejante tiempo y menos por aquella apartada y solitaria área del bosque que rodeaba el edificio. Por el momento, la adquisición de comida tendría que aguardar. Haltoran no sentía deseos de moverse por las calles londinenses con semejante tiempo. Entonces reparó para su desconsuelo que no había donde protegerse de la inclemente lluvia que arreciaba por momentos:

-Dita sea, ni un refugio ni nada –se lamentó el joven mientras se abrazaba así mismo para intentar sacudirse las gotas de lluvia de sus hombros aunque sin éxito, porque por otra parte, ya se encontraba totalmente empapado.

Entonces escuchó un sollozo ahogado proveniente de la entrada a una especie de cavidad natural practicada en el muro de angulosas y resbaladizas rocas sobre la que trepaban una tupida y enmarañada red de enmaderas entremezcladas con hiedra. Se asomó procurando no hacer ruido y contempló como al otro lado se hallaba sentada una chica que observaba meditabunda el suelo de la cueva mientras de sus ojos azules brotaban algunas lágrimas esporádicas y fugaces. La muchacha llevaba el uniforme del Internado y sus cabellos recogidos en un moño estaban adornados por una cinta roja. Algunos bucles cuyas puntas se doblaban hacia arriba remataban su pelo pulcramente peinado. Haltoran notó como sus rodillas se doblaban. Tenía que marcharse de allí inmediatamente. Solo le faltaba que el alter ego de su esposa en aquella realidad, pudiera sentir un repentino interés por él que tal vez se transformara en algo más profundo. Se retiró discretamente, procurando no hacer ruido pero sus sentimientos eran demasiados fuertes y no se veía capaz de dejar a Annie en aquel estado de abatimiento y postración.

-Quisiera desaparecer en la tierra como las gotas de lluvia, ¿ por qué pedí a mis padres que me trajeran a Inglaterra ? ¿ por qué escondí la verdad acerca del hogar de Pony ? –preguntó la muchacha a la penumbra sin saber que estaba siendo observada por el joven pelirrojo de ojos verdes que se tropezara accidentalmente con ella, durante el ensayo para el baile del Festival de Mayo.

-Quizás, porque intentas engañarte a ti misma escondiéndote aquí –dijo Haltoran con total sinceridad, repentinamente, sin percatarse de que sus labios habían dejado escapar esas palabras que habían fluido espontáneamente casi sin darse cuenta. Cuando intentó callar, súbitamente sorprendido y asustado por haberlas pronunciado, cubriéndose los labios con la mano derecha, ya era tarde. Annie se giró asustada y descubrió al muchacho del otro día. Se había escondido allí, huyendo de un malentendido entre Candy y ella, porque les había sorprendido juntos temiéndose lo peor. Aunque Archie si tenía la firme intención de declararle su amor a Candy, esta solo veía en el joven a un gran y querido amigo, pero nada más. Pero Annie se había figurado todo lo contrario y no estaba muy lejos de la verdad. Las intenciones de Archie no llegaron a concretarse quedando súbitamente interrumpidas, porque Annie había salido corriendo, llorando amargamente y haciendo caso omiso, de las apuradas voces de Candy y de Archie, que la llamaban por su nombre, suplicándole que se detuviera.

Annie retrocedió asustada, pese a que Haltoran no podría acceder hasta ella debido a la angostura del umbral de la cueva, que había permitido el paso del grácil cuerpo de Annie pero no el de un varón adulto como Haltoran. La chica le contempló con sus grandes ojos azules, incapaz de apartarlos de las pupilas verdes del afable joven que sonreía para tranquilizarla y tendía su mano izquierda en dirección hacia ella.

-Tú –susurró con un tono casi imperceptible y retirándose aun más al fondo de la gruta.

-No voy a hacerte ningún daño. Solo quiero ayudarte, ven aquí por favor.

-No –dijo Annie asustada. Pese a que había negado la evidencia riéndose de sus temores y sus sospechas que la habían asaltado el otro día, al comparar los bocetos que había realizado del joven según las descripciones de Candy en los lejanos y aun felices días en Lakewood poco antes de la trágica pérdida de Anthony, ya no sentía deseos de bromear o negar lo que el corazón le dictaba con fuerza. Entonces, dominando sus más profundos miedos, avanzó hacia la entrada, con el corazón latiéndole desbocadamente. Amaba a Archie pero el rostro del joven desconocido se imponía con fuerza al recuerdo de su novio.

-Te llamas Haltoran, ¿ no es así ? –preguntó Annie de repente cerrando los ojos, temerosa de recibir la respuesta del muchacho.

Haltoran asintió lentamente. Ella lo sabía. Probablemente, Candy se lo había contado, narrándole con todo lujo de detalles las vividas y coloridas ensoñaciones que le venían asaltando desde los días en que fue rescatada del largo viaje a México que afortunadamente, no se llegó a concretar ni a culminar plenamente.

La chica avanzó con lentitud y reparos hacia Haltoran, pero finalmente su cuerpo emergió por la estrecha abertura practicada en la roca. Sin saber como, y controlando los tremendos temblores que agitaban su menuda y aterida figura y no precisamente de frío, pese a la lluvia que les empapaba a ambos se le aproximó, y le preguntó de nuevo, de improviso sin creer que estuviera formulando aquella pregunta tan directa como inesperada, que cogió completamente por sorpresa a Haltoran:

-¿ Eres…o serás mi esposo en un futuro no muy lejano ? –preguntó Annie ruborizándose, por su tamaña audacia y osadía al expresarse en semejantes términos.

Haltoran tuvo que hacer un gran esfuerzo para dominarse. Sentía unos deseos de abrazarla y besarla tan poderosos que a punto estuvo de dejarse llevar por sus emociones, pero se dominó. Pese a que había amado a Candy por un breve lapso de tiempo, en su corazón solo estaba presente la dulce y adorable efigie de Annie. Haltoran se reprochó su estupidez por no haber negado su identidad desde un primer momento y haber irrumpido tan innecesariamente en las cavilaciones de la atribulada muchacha, pero ahora era ya tarde para arrepentirse, y debería tomar una decisión, por dura y difícil que se le antojara, porque tal vez, si cedía a sus sentimientos, perjudicase enormemente la ya de por sí difícil tarea de su amigo. Optó por desmentir sus conciliadoras y amables palabras con un comportamiento desabrido y chulesco que disuadiera a Annie de continuar haciéndole preguntas embarazosas y tratar de ponerse en contacto con él, nuevamente en lo sucesivo.

Tragó saliva y dándole la espalda dijo mientras cruzaba los brazos, intentando adoptar una pose de despectivo desdén, junto con el tono más desagradable y hosco que pudo fingir, sintiendo como las lágrimas pugnaban por emerger de sus ojos verdes y se le formaba un nudo en la garganta:

-Me estás confundiendo con otro, niña. Sí, mi nombre es Haltoran, pero nunca tendría el desagradable y dudoso gusto de juntarme y aparearme con alguien como tú, con tu pinta de tonta y de mema.

Antes de que la mortificada y asustada Annie pudiera replicar, Haltoran, que sentía como se le quemaba el alma, remató su pesarosa y difícil intervención con otra demoledora y contundente frase, porque era mejor terminar cuanto antes, con aquella terrible escena:

-Y he mentido con lo de que no te haría daño, o por lo menos no mucho. Quería que te confiaras y abandonaras la gruta para saber que clase de idiota se atreve a lloriquear de semejante manera. Pareces una vaca histérica y desbocada.

-Ni siquiera te conozco –añadió reprimiendo sus escrúpulos de conciencia a duras penas-. Soy, o mejor dicho, fui un antiguo alumno expulsado por esa vieja bruja de la rectora por besar a una chica a la fuerza y tratar de llegar a algo más con ella, hasta que la hermana Grey me descubrió. De vez en cuando me introduzco aquí para proporcionarle a la vieja cabeza dura un motivo más de preocupación, sin mala intención claro está. Pero ahora que lo pienso, -añadió mirándola de arriba abajo y esforzándose por aparentar ser lo más vil posible, cosa que le estaba costando tremendamente- podemos tener nuestra noche nupcial si así lo deseas ahora mismo, niña. Después de todo, no estás tan mal, nada mal diría yo, por supuesto que no –dijo avanzando con gesto amenazador hacia la joven morena de ojos azules y abriendo los brazos para tratar de envolverla entre los mismos y atraerla hacia sí, cosa que logró, porque Annie estaba paralizada por un miedo cerval, incapaz de creer lo que estaba oyendo y presenciando. Aproximó su rostro al de la joven, tratando de simular un beso brutal y realizado con pocos miramientos y menos delicadeza. Haltoran sintió que los adjetivos de abyecto y cobarde, eran poco para él y se quedaban cortos.

Annie escandalizada y sonrojándose violentamente, le rechazó con furia sacando fuerzas de flaqueza, cuando Haltoran intentó abrazarla y besarla, para dar más verosimilitud a su desagradable e ingrata actuación, tal y como el apenado Haltoran esperaba que hiciese. Había bordado su improvisado papel como bribón y canalla, obteniendo el resultado que pretendía. En esos instantes, las voces de los hermanos Cornwell y Candy, con Archie a la cabeza hicieron que la atemorizada Annie chillara con fuerza, atrayendo su atención y delatando su paradero a sus amigos. De entre la espesura adyacente a la cueva, salieron los tres jóvenes alertados por las llamadas de auxilio de Annie, con Archie en cabeza, que corrieron apresuradamente y sin aliento hasta ella, temiendo que pudiera haberle sucedido algo. Antes de que Archie lograra siquiera intuirlo, y menos Annie, Haltoran echó a correr velozmente, intentando no descubrir su posición más de lo aconsejable. Ya de por sí, él lo había hecho de forma tan inconsciente dejándose llevar por sus impulsos.

Mientras se alejaba con rapidez, huyendo de nuevo, giró la cabeza sobre su hombro para presenciar por un instante como Annie abrazaba estrechamente a Archie, mientras este le prometía para su pesar, pese a que la muchacha era su esposa en su otra realidad, que no la abandonaría nuevamente y que permanecería a su lado. Haltoran poco dado al llanto, al contrario que Mark, dejó que algunas lágrimas se mezclaran, con la inclemente lluvia, confundiéndose con la misma. Había sido un insensato al actuar tan irreflexivamente, pero quizás eso era inequívoca señal de que también era humano, a fin de cuentas.

Por su parte Annie, permanecía abrazada a su novio cuidándose muy bien de contarle el extraño y desagradable encuentro con el joven pelirrojo. Aunque por otro lado, sospechaba que estaba actuando y fingiendo ser quien no era realmente por alguna ignota razón que no alcanzaba a entender ni a comprender y que se le escapaba por completo.

"Perdóname pequeña dama, perdóname" –se lamentó amargamente para sí Haltoran, mientras sus lágrimas fluían corriendo, libremente y abundantes, para su disgusto, porque él no era especialmente proclive a aquellas manifestaciones que no casaban con su carácter y temperamento. El joven levantaba pequeñas salpicaduras de agua a su apresurado paso, motivado por la veloz carrera que llevaba y, que salían despedidas de los charcos formados por la incesante lluvia, sobre los senderos de grava, que se extendían serpenteando por buena parte de los bosques y jardines del Internado.

20

Eliza Legan no se había tomado muy a bien el desplante de Haltoran y aunque buscó activamente y con denuedo al desconocido joven de ojos verdes y cabellos pelirrojos, de acusada expresión burlona, no halló ninguna evidencia suya por ningún lado. Eliza tenía la remota sensación de conocer a aquel descarado e insolente muchacho, que no obstante la atraía indefectiblemente pero como no fue capaz de establecer una conexión entre sus figuraciones y la cruda realidad y no consiguió dar con su paradero, optó por olvidarse de él y dedicar sus artes de conquistas y dotes para la seducción en un nuevo objetivo. Se había fijado poco después de su chasco con Haltoran en otro joven de cabellos castaños y ojos azules intensos que según se rumoreaba en los mentideros del Internado era el primogénito de una noble familia de rancio abolengo, cuyo linaje hendía sus raíces entre la más alta y ennoblecida aristocracia escocesa. Su padre, el Conde de Grandschester le había enviado a estudiar allí, para tratar de meterle en cintura, pero la supuesta y presunta rebeldía del joven no era más que las ansias de este de liberarse del angustioso y pesado lastre que la larga sombra de su familia proyectaba sobre él. Y por esa razón, para alejarse de todo lo que recordase a sus orígenes, había aceptado de grado y voluntariamente, ingresar en el Real Colegio San Pablo de Londres. Terry Grandchester no podía perdonar a su padre, el haberse separado de su madre, Eleonor Baker y menos aun haberse desposado con la bella mujer, famosa actriz de reconocido talento y diva teatral cuyo nombre sonaba con fuerza en los mejores escenarios de toda Europa y América. Terry Grandchester era hijo de otra mujer no perteneciente a la familia Grandchester, lo que en aquella época se consideraba un imperdonable pecado cuando una gravísima falta que constituía un serio baldón en el honor del linaje familiar. Aun siendo muy niño, su padre se lo había llevado consigo a Inglaterra mientras Eleonor se despedía de Terry que pugnaba por reunirse con su madre, mientras su padre, le sujetaba firmemente de la mano derecha. Eleonor enfundada en un vestido azul lloraba desconsolada desde el borde del muelle mientras el barco que alejaba al único hombre que había amado en toda su vida junto con el fruto de su amor, el pequeño Terry de apenas cinco años, partía hacia la vieja Inglaterra poniendo un océano de por medio entre los destrozados corazones de madre e hijo. Desde entonces, el joven había recibido correspondencia esporádica de su madre, y la había visto unas pocas veces, pero su intención era olvidarla, repudiarla, enterrarla en su memoria y apartarla de su dolido corazón. Por eso, cuando había conocido a Candy en el barco sintió una emoción desconocida que creía que nunca llegaría a experimentar. Luego, la irrupción de una luz tan poderosa como cegadora venida de ninguna parte, había interrumpido su conversación con la joven pecosa de ojos verdes y cabellos rubios cuya deslumbrante belleza le perseguía incesantemente. Por su parte, Candy había estrechado sus relaciones con Terry, sin saber que la irrupción de Mark había hecho que se acercara más a él, como si buscara refugio de la pavorosa y confusa presencia de Mark. El propio joven moreno con su desafortunado acercamiento a la muchacha la había asustado de tal modo, que quizás de un modo inconsciente la había impelido a refugiarse en Terry abriéndole su corazón. Ambos frecuentaban su compañía buscándose ansiosamente y aunque aun no habían manifestado sus sentimientos mutuos estaba claro, que su incipiente amor se hacía más firme y decidido a medida que sus citas en la falsa colina de Pony, bajo el remedo del Padre Arbol aumentaban haciéndose cada vez más frecuentes y más largas. De momento solo eran inocentes encuentros de amigos, y Terry que ya había besado levemente a Candy cuando la encontrara inconsciente desmayada en mitad de la arboleda que separaba el edificio del alumnado masculino del femenino tras llevarla a su habitación, ardía en deseos de besarla. Notaba como su amor hacia la joven de cabellos rubios recogidos en colas de caballo, aumentaba de día en día, pero temía que si la estrechaba entre sus brazos y la besaba, tal vez no la vería más. Por eso, entre bromas y risas de juventud su amistad se fortalecía, pero lo que no sabían, o por lo menos Candy no intuía siquiera es que esa amistad pronto fructificaría en amor.

Eliza no tardó en descubrir las citas secretas de ambos jóvenes, aunque fuera solo por una lamentable casualidad. Había ido a hablar con su hermano Neal para idear un nuevo plan que les permitiera sacar a Candy del colegio, ya que las intenciones de ambos hermanos desde que habían coincido con su rival era lograr su expulsión del Internado de manera inmediata. Aunque Neal estaba un tanto remiso a colaborar con su hermana, por lo menos abiertamente. Temía a Terry y aun no se había decidido a secundar a Eliza en una de sus habituales intrigas palaciegas para lograr su objetivo de alejar a Candy, aunque tenía la misma intención que su intrigante hermana.

Y fue cuando escuchó unas carcajadas masculinas, que eran replicadas por otras de mujer provenientes de una loma que se alzaba a pocos metros delante de la taimada muchacha. Se detuvo en seco olvidando momentáneamente el motivo de su visita a Neal y abriéndose paso entre la espesura apartó los arbustos con cuidado, procurando no hacer ruído e hizo un descubrimiento que le heló la sangre en las venas. Desde que el torpe de su hermano hubiera hecho que se precipitara a una trampa de foso, disimulada hábilmente con hierba y ramas que en realidad estaba destinada a Candy, y Terry la ayudara a salir del hediondo agujero que había manchado su uniforme blanco de barro y cuyas resbaladizas paredes no la permitían trepar sola sin ayuda, se había encaprichado del joven aristócrata, que bromeaba con Candy simulando que se perseguían.

Crispó los puños y formuló una oscura y terrible amenaza:

-Juro que Terry Grandschester no será para ti, maldita hospiciana, lo juro –dijo mientras sus crueles ojos ambarinos endurecían su expresión y una malévola sonrisa se dibujaba en la comisura de sus labios como una flor en su hermoso pero cruel rostro. Una brisa suave meció los tirabuzones que remataban su cabellera cobriza, y la ligera tela de su vestido produciendo unos leves pliegues en la falda.

Entonces captó una reverberación que le cegó por unos instantes. El sol se reflejaba en el metal de la cubierta del pequeño instrumento. Eliza escuchó una frase de complicidad entre ambos que hizo que estuviera a punto de saltar por encima de los arbustos y montar una escena de celos, pero se contuvo. Candy sonriente esgrimió el pequeño objeto y le dijo al sorprendido y afable joven:

-Te cambio tus cigarrillos por la armónica, ¿ aceptas ?

Eliza no se quedó a escuchar el fin de la conversación. Se alejó de allí gruñendo y refunfuñando con el firme propósito de lograr esta vez, que Candy fuera expulsada definitivamente del Internado.

-Terry es mío, no te permitiré que me lo quites, como hiciste con Anthony –se dijo reconcomida por la envidia y el odio mientras un brillo de pura crueldad refulgía en sus pupilas engarzadas como joyas en su hermoso rostro de aristocrático porte.

21

Pero la escena había tenido otro testigo inesperado. Mark, harto de estar encerrado se había ausentado del edificio en mal estado. Haltoran no había tenido el valor de impedírselo. Después de su desastroso y desafortunado encuentro con Annie a la que había amedrentado para que ni mencionase su nombre tan siquiera, se tendió en su improvisada cama boca arriba y con los brazos cruzados sobre la nuca, fijó la vista en el techo plagado de goteras y humedades. Mark supuso que algo había salido poco menos que mal pero no dijo nada. Como Haltoran tampoco le pusiera trabas para que diese un paseo, pese a la vigilancia férrea y cada vez más efectiva de la hermana Grey creyó que no era oportuno hacerle preguntas, que ya vendrían más tarde. Cuando les vio desde la lejanía juntos, tomó una decisión que desafiaba toda lógica, por lo menos, la que hasta ese instante había regido sus actos para intentar deshacer el encantamiento que pesaba sobre su esposa. Ya que no podría tener nunca más a Candy como esposa, haría que Terry y ella fueran felices, velando por su amor y eliminando cuantos obstáculos se opusieran a su felicidad. En cuanto a él, poco importaría lo que sucediera a partir de ese triste y crucial instante. Dos lágrimas gemelas rodaron por sus mejillas y la brisa arrastró una de ellas hasta Candy, que sintió su contacto cálido y húmedo en el dorso de la mano izquierda. Se sorprendió ligeramente pero no dijo nada, aunque entre frondosidad del follaje que les circundaba creyó intuir a alguien que le miraba, y que se retiró rápida y discretamente cuando Candy dirigió sus ojos verdes hacia el lugar que había ocupado el misterioso observador ahora ya vacante.

22

La anciana cuya misteriosa y furtiva presencia en el severo Internado había sido tomada por muchas de las medrosas y asustadizas alumnas como signo inequívoco de un espíritu inquieto que deambulaba por los oscuros pasillos del edificio, había encontrado una pequeña tortuga de caparazón marrón boca arriba, que pugnaba por darse la vuelta sin posibilidades de lograrlo con éxito por sí sola. El animal yacía junto a un cofre de nácar cuyas esquinas estaban chapadas en platino y que indudablemente había albergado a la tortuga, que sin duda alguien habría perdido sin darse o cuenta, o quizás de forma precipitada al tratar de esconderla. La anciana conocía de sobra las rígidas e inmutables normas del Internado en muchos aspectos, especialmente duras con quien fuera sorprendido en posesión de animales dentro del recinto, lo cual acarrearía inevitablemente su expulsión. Por eso, se sorprendió aun más cuando reconoció el cofrecillo como perteneciente a su nieta. Y como tampoco tardó en percatarse de que la tortuga que levantó con sumo cuidado hasta situarla a la altura de su rostro para estudiarla con detenimiento era la mascota preferida de su nieta.

-Julie –exclamó la anciana, sorprendida.

El animal pareció reconocerla y movió su cabeza como si asintiera mientras sus ojillos oscuros daban muestras de haber identificado a la anciana porque parpadearon brevemente en rápida sucesión.

-La tortuga de Patty –dijo llevándose una mano a los labios.

Tenía que tomar rápidamente una decisión y actuar con prontitud. Si sorprendían a Patricia O´Bryan con la inofensiva criatura, que a la hermana Grey se le antojaría una fiera de la peor calaña, su nieta podría llegar a tener que abandonar el Internado con el consiguiente disgusto familiar debido a las desastrosas consecuencias que podía suponerle a la atribulada muchacha. Volvió a guarecer a la tortuga en el cofre de nácar y la ocultó rápidamente en su bolso. Se había puesto sus ropas habituales quitándose el uniforme de colegiala, porque no había podido resistir la tentación de hacer una nueva visita fuera de horario, picada por la curiosidad que en ella había suscitado la primera. Se lo había pasado bien, alternando con su nieta y sus amigas, en especial esa bella y jovial muchacha pecosa a la que había hecho pasar por una diestra violinista de ágiles y finos dedos, tocando desde el otro lado de la pared con otro violín, para sorpresa y disgusto de Eliza y sus engreídas amigas, que no se tragaban lo de que Candy tuviera tales habilidades para entonar una melodía con un instrumento tan complicado como el violín, lo que unido a sus tremendos deseos de estar en una auténtica institución docente, le había hecho superar sus recelos y temores para realizar tal acción impensable en una anciana de su posición social. Siempre había estudiado con maestros, institutrices y tutores, recluida en su casa, aunque había tenido una infancia y adolescencia feliz hasta que conoció al hombre que se convertiría en su marido. La anciana no tenía miedo, porque si la sorprendían simplemente diría que se había perdido tratando de ver a su nieta. Como naturalmente, por la noche no existía tal prerrogativa y era una anciana menuda de aspecto venerable, una monja la conduciría al exterior, advirtiéndola amablemente de cual eran el horario de visitas y la acompañarían al exterior sin ponerle ninguna traba ni hacerle preguntas. Ya advertiría a su nieta, de que Julie se encontraba a salvo en el interior de su caja de nácar, oculta en las entrañas de su bolso.

Lo que no podía saber la anciana es que la hermana Grey, asustada por la imponente y fantasmal aparición de un robot de acero y kevlar facturado a principios del siglo XXI, había prorrumpido en alaridos que sobresaltando a la tímida Patty la habían hecho perder su preciado tesoro, y a poco, sus gafas de lentes redondas, creyéndose descubierta, aunque tales lamentos no tuvieran que ver con ella y su acción de pasear a Julie a escondidas. Desesperada buscó en derredor suyo a su tortuga, pero no la encontró porque había quedado oculta entre las raíces de un árbol, mimetizada entre las altas hierbas que crecían a los pies del tronco. Y como temía que la ceñuda rectora la descubriera, optó por salir corriendo, olvidando en su precipitación el cofre de nácar con su mascota. La chica había salido al exterior sin permiso, -otro motivo de expulsión de los cientos si no miles que podían conllevar tal para cualquier alumno o alumna que se atreviera a desobedecer las rígidas normas de comportamiento de la antigua Institución- para que la tortuga pudiera caminar entre la hierba y no pasarse todo el tiempo encerrada, en su minúsculo cubículo de nácar. De esa manera, Candy no se enfrentaría a la despiadada, rectora en defensa de su amiga Patricia y no terminaría siendo encerrada en el Cuarto de Meditación, una especie de celda de castigo, perdiéndose de esa manera el ansiado y tan largamente anhelado Festival de Mayo, teniendo pleno derecho a formar parte de la dotación de muchachas ataviadas de blanco y arrojando flores a la multitud, desde una de las carrozas, a su vez, tapizadas de flores, que desfilarían para alegría y deleite de todos los asistentes a la fiesta, que a la reticente y sempiternamente enfadada hermana Grey, no le acababa de gustar y que había estado a punto de suprimir definitivamente por la bienintencionada pero poco útil acción del preocupado robot pensante.

Patty que había estado como sonámbula y lloraba desconsoladamente por nada debido a la pérdida involuntaria de su tortuga, recibiría una tremenda alegría cuando en una misiva enviada por su abuela desde Florida, hacía una semana, le advertía de que Julie estaba a salvo, en poder de la anciana y que cuando retornase a Florida con ocasión de las vacaciones estivales, se la devolvería de nuevo, explicándole prolijamente los motivos que le habían impulsado a esconder a la tortuga y retornársela a su nieta, tan pronto como fuera factible. Ya que el curso de verano en Escocia se había suspendido por falta de fondos y por la nula disposición de la hermana Grey a trasladarse a un sitio tan lejano, y como les habían permitido optar entre continuar con los estudios o pasar las vacaciones por su cuenta en otros lugares, la chica había elegido lo segundo. Nuevamente, la línea temporal había sido modificada sutilmente esta vez por Mermadon, que ni siquiera se había dado cuenta del hecho acaecido por su imprevisto encuentro con la hermana Grey en su afán por ayudar a Mark y a Haltoran. De ese modo, la tortuga que había estado deambulando por los jardines del Internado, utilizando el cofre de nácar como madriguera, terminó por ser encontrada, a pesar de todo, y afortunadamente, por quien menos cabía esperar. Se había estado alimentando con las hierbas que crecían en abundancia por toda la franja de terreno boscoso que rodeaba el complejo principal del Internado y había logrado sobrevivir, no siendo descubierta por la rectora o una de sus ayudantes. El cofre de nácar habría delatado a Patty como propietaria del minúsculo e inofensivo animal con todo lo que habría conllevado. De no ser por Mermadon, por otro lado, la adusta monja habría terminado por sorprender a Patty paseando a su tortuga, y Candy saliendo en su defensa, habría sido encerrada injustamente en el Cuarto de Meditación, forma de llamar eufemísticamente, a una especie de celda de castigo estrecha y sórdida sumida en una casi perpetua oscuridad.

23

-¡ Te has vuelto completamente loco ¡ ¡ loco de remate, Mark ¡.

La voz de Haltoran llenaba todo el espacio de la precaria y atestada aula que habían habilitado como improvisado salón y dormitorio. El joven pelirrojo contempló a su amigo, que ceñudo y los brazos cruzados sobre el pecho no replicó a las airadas palabras de Haltoran.

Pero la decisión de Mark era firme. Dedicaría todas sus energías a lograr la consecución de la felicidad de Candy, renunciando a la suya propia, en beneficio de la muchacha de aquella realidad que no era la suya. Haltoran sintió unos profundos deseos de asestar un puñetazo a Mark, pero se abstuvo de hacerlo porque el joven se había vuelto tremendamente rápido y realizaba unos movimientos felinos y prácticamente furtivos. Antes, en su otra realidad, el joven había sido el único capaz de igualar aunque no superar, sus prodigiosos reflejos, pero allí, aunque Mark había sufrido varios efectos adversos relacionados con su presencia allí , lo mismo que Mermadon, y el iridium que moraba en sus venas, en todo lo que guardase relación con sus prodigiosos poderes, sus reflejos por el contrario, parecían haberse multiplicado infinitesimalmente hasta el infinito. Optó por no hacerlo, no porque Mark le fuese a devolver el ataque, si no porque sabía que no lograría hacerle entrar en razón. Llevaba discutiendo con él toda la tarde, desde que retornara de su paseo por el campus y tras ser involuntario testigo del creciente romance entre Candy y Terry, aunque no de la acechante presencia de Eliza entre los arbustos, y tomara la resolución de renunciar a sus propósitos. Si Candy no le correspondía poco o nada podía hacer, y por supuesto el empleo de la fuerza ya fuera física o como método de intimidación para hacerla mudar de parecer, no surtiría efecto, aparte de que Mark jamás levantaría una mano contra Candy o pronunciaría una palabra más alta que otra ante ella. Haltoran lanzó un suspiro, señal de que se consideraba definitivamente derrotado por la terquedad de Mark, por lo que si las cosas permanecían en un definitivo punto muerto, ya nada más le quedaba hacer allí. Puede que Mark decidiera fenecer lentamente de dolor y de tristeza constituyéndose en una especie de ángel guardián en la sombra para Candy siendo testigo de su felicidad, mientras Mark perdía la suya por momentos, pero él tenía una esposa y un hijo de los que cuidar y no podía respaldar eternamente a Mark, sobre todo si este se negaba a seguir colaborando con él y rechazando su ayuda de plano. Si los acontecimientos no evolucionaban más favorablemente para ellos, Mark continuaría en sus trece, y Haltoran tendría que preparar el largo camino de retorno a casa, empleando a Mermadon como improvisado transporte entre realidades alternativas y universos paralelos.

-Haz lo que te de la gana –gritó Haltoran fuera de sí, mientras abría la puerta que daba al amplio porche con frontispicio de la fachada principal para salir al exterior. Haltoran había pasado muy enfadado por delante de su amigo, al que no sabía si seguir considerando como tal, y Mark le contempló indiferente, encogiéndose ligeramente de hombros sin pronunciar palabra. En ese momento, se escuchó un tremendo portazo que retumbó por todo el maltrecho edificio y que provocó que algunas partículas de escayola de la deslucida techumbre, se precipitaran al suelo creando una improvisada lluvia de pintura reseca y a veces inexistente por la falta de mantenimiento del arcaico edificio, y escayola cuarteada. Un trozo de la moldura venida a menos se desplomó haciéndose pedazos al restallar contra el pavimento de baldosas del aula reconvertida en salón y dormitorio a la vez.

24

Haltoran estaba disgustado con Mark y no era para menos. Después de arriesgar su vida por él, -aunque sobre todo lo hacía por Candy- y someter a Mermadon a una posible destrucción, arriesgándose él mismo a un trágico final, su amigo decidía no intentar conquistar nuevamente a Candy en aquella realidad que distaba mucho de ser la suya, para salvar a su alter ego que dormía un profundo sueño de naturaleza mágica, del que no despertaría en modo alguno, a menos que satisficiera las extravagantes condiciones del oscuro personaje, aliado del siniestro científico, cuyos maléficos sueños fueran abortados definitivamente por Mark. Ahora el contradictorio y visceral joven de cabellos negros, intentaría lograr que Candy, ahora una completa desconocida para él, culminara su felicidad en compañía del hombre con el que había coincido en Escocia, cuando Eleonor Baker suplicó a su hija que fuera a visitarla allí. En aquella ocasión, Mark arriesgó su felicidad hasta el extremo más impensable, ya que no solo puso a su esposa al alcance de Terry Grandschester si no que admitió que Candy se casara con él, si realmente estaba enamorada del joven actor, si tal eran las intenciones de la joven rubia. Pero tal y como esperaba, el amor de Candy hacia él era tan poderoso e indisoluble el vínculo que les ligaba, que no solamente no abandonó a Mark, si no que el propio Terry tuvo que admitir su derrota ante la imposibilidad de socavar los cimientos de un lazo de unión tan poderoso y firme.

-Maldito nudo gordiano de amor –llegó a quejarse Terry en secreto en más de una ocasión ante sus amistades cuando Louise Malcott, su esposa no podía oírle o se encontraba con sus hijos procurando que no molestaran a su padre, mientras preparaba su papel para una nueva obra en los largos ensayos que precedían a cada una de éstas.

Se refería a que tal y como sucediera con el nudo que Alejandro Magno deshizo a punta de espada, aquel sentimiento no se rompería a menos que uno de los dos, Candy o Mark decidiera cortarlo por su cuenta. Y eso era lo que Mark estaba decidido a realizar con o sin el consentimiento de Haltoran y el joven pelirrojo, para su gran pesar, sabía que su amigo tenía razón. Candy seguía siendo Candy aun en aquel universo paralelo tan distante y distinto del suyo y ella no deseaba que ese amor continuara adelante, por la sencilla y terrible razón de que en aquel reflejo del mundo en el que vivían Mark y Haltoran, ella no sentía nada por él, más que una gran piedad y un sentimiento de compasión que para nada serviría al temible vizconde como prueba de que debía deshacer el encantamiento que pesaba sobre Candy. Y si no lograban su objetivo, Candy amanecería en la mansión de sus padres adoptivos, aparentemente sin vida. Su familia adoptiva, los hermanos Legan que tanto la habían despreciado y maltratado, y tanto habían hecho por herirla y destrozar su ánimo, llorarían amargamente, su propia madre Eleonor, hasta Anthony ya recuperado de la decepción que para él supuso que Candy se enamorara del hombre que le salvó la vida, sentiría su pérdida, así como su esposa Natasha. Todos la lloraríamos, yo por supuesto que tantos buenos momentos habría compartido con ella, y que durante tanto tiempo la había amado en silencio y sin ninguna esperanza, yo que me recobraba lentamente de mi desazón y mis desengaños en compañía de Esther, la hermosa criada de los Cattwray que salvase a duras penas de aquellos dos malhechores. Todos en definitiva, la lloraríamos y guardaríamos duelo por ella después de que su belleza fuera entregada a la tierra, pero saldríamos adelante, tarde o temprano y nuestras vidas continuarían para bien o para mal y nunca habríamos conocido la verdadera y extravagante razón encarnada en la maldad más acusada que la había postrado en ese estado de hibernación eterna. En cuanto a Mark, probablemente no regresaría jamás, terminando por quitarse la vida. Por eso Haltoran, que estaba en el exterior del edificio, tras haber dado un fuerte portazo debido a su discusión con Mark, se sentó airado, en los peldaños de la escalinata para serenarse paulatinamente. Después de sopesar todos los pros y los contras, una vez valoradas y analizadas sus opciones y expectativas, lanzó un hondo suspiro y negó con la cabeza que mantuvo gacha, observando la hierba que crecía a los pies de las escalinatas de acceso al maltrecho ty abandonado edificio de aulas.

-No puedo marcharme y dejarle solo aquí. Por un lado, no voy a permitir que Candy, nuestra Candy sea enterrada cuando la descubran tomándola por muerta, pero por otro Mark está decidido a lograr que el curso de esta realidad continúe inmutable. No sé que debo hacer.

El viento arrastró algunas hojas secas y sacudió la hierba cuyo manto verde se extendía ante él, por toda respuesta a sus lamentaciones.

25

Un nuevo contratiempo vino a sumarse a la ajetreada vida de Candy. Eliza que no cesaba de urdir nuevas estratagemas en contra de la bella y voluntariosa muchacha, que brillaba con luz propia allí donde estuviera destacando con fuerza sobre todos sus posibles rivales no la había perdonado desde el día en que le arrebató definitivamente el cariño y afecto de Anthony durante el baile al que fue invitada y al que nunca debió asistir. Su odio hacia la joven se había enconado y supuraba como una herida mal cerrada y peor cicatrizada. Pero la gota que colmó el vaso a rebosar fue descubrirla en compañía de Terry, al que Eliza amaba en secreto y sin esperanzas, ahora que Candy había logrado captar el interés del apuesto y rebelde joven que paseaba con ella regularmente y ante la que entre bromas y confidencias cómplices, él le iba poniendo al corriente de su gran vocación el teatro mientras le recitaba algunos de los pasajes de sus obras favoritas que se sabía de memoria. Candy le observaba fascinada posando sus grandes y deslumbrantes ojos verdes en él, mientras el joven declamaba entusiasmado perdiendo la noción del tiempo cuando estaba en compañía de Candy que ya, pese a los tremendos encuentros que había sostenido con Mark, apenas le recordaba o lo había apartado de su mente como un recuerdo lejano a olvidar lo antes posible. Porque aunque Terry estuvo aquel día, a bordo del Mauritania a punto de descubrir el verdadero secreto que titilaba detrás del manto de luz que tanto había asustado al pasaje, no podía ni relacionar ni remotamente al desconocido que le había salvado durante aquella pelea nocturna en los bajos fondos con el cometa ardiente que había sobrevolado a muy baja altura el lujoso transatlántico interrumpiendo el repertorio de bromas y burlas que tenía preparado para la pecosa señorita que había interrumpido sus tristes cavilaciones, mientras observaba el horizonte a través de la densa bruma de aquella fría y oscura noche en altamar. Por su parte Candy, recordaba el breve beso que Terry había depositado en sus labios tras dejarla sana y salva en su habitación, eludiendo hábilmente la ferrea vigilancia que la hermana Grey había impuesto para impedir los esporádicos encuentros y citas amorosas entre los miembros del alumno masculino y femenino. Se había ruborizado ligeramente sonriendo tenuemente sin que Terry lo apreciara o por lo menos atribuyendo el rictus de Candy a su interés al verle actuar. Y aquellas citas fueron sucediéndose cada vez con más frecuencia, y en cada una de ellas, el poderoso e irresistible deseo de Terry de avanzar un paso más en su relación, hasta ahora de sólida amistad con Candy, quedaba pospuesto una y otra vez. A veces, Terry tocaba la armónica para ella o tomándola de las muñecas bailaban formando una hermosa pareja, al son de una imaginaria música, y durante algunos de esos momentos bajo el sol de Mayo, el muchacho se había detenido abruptamente, con la mirada perdida en el horizonte suscitando la preocupación de Candy. Terry luchaba con sus sentimientos y sus temores de perderla si la besaba, pero la tentación era demasiado fuerte, aunque el amor que iba sintiendo por ella y crecía con cada encuentro que tenían en secreto terminaba por aplazar esa bella aspiración retrasándola una vez más. Terry entonces realizaba una broma inocua y la tensión que se podía cortar con un cuchillo desaparecía, cuando la risa clara y espontánea de Candy se unía a la suya para continuar danzando como si nada hubiera sucedido. Pero si sucedía, y en forma de secreta tormenta de sentimientos cuyo campo de batalla era el dolorido corazón de Terry. Incluso cuando Candy había mencionado alguna vez a Anthony, recordándole sin sospechar que aquellas evocaciones herían y molestaban profundamente a Terry, este se había contenido porque al igual que temía alejarla de sí si la besaba repentinamente, lo mismo le ocurría si reaccionaba airadamente ante los recuerdos de la hermosa muchacha.

Por otro lado, lo que Candy no podía adivinar siquiera es que los amargos y extraños encuentros con Mark que no había vuelto a acercarse a ella, la habían empujado sin sospecharlo a estar más cerca de Terry, lo que la predispondría para corresponderle cuando el inevitable momento en que ambos se confesaran sus sentimientos mutuamente terminara por llegar.

26

El Festival de Mayo terminó por llegar para alegría de los cientos de muchachos y muchachas que cursaban estudios en el elitista y exclusivo Real Colegio San Pablo de Londres y disgusto de la hermana Grey, que se encerró en sus dependencias privadas de las que solo había salido para recibir a los padres de alumnos una vez pronunciado el discurso inaugural de la fiesta y a las que retornó lo más rápidamente de lo que fue capaz porque aborrecía tal despliegue de frivolidad y derroche de dinero, proveniente de las arcas del Colegio, nunca suficientemente llenas y siempre menguantes para la estricta religiosa que controlaba cada penique y libra que entraba en las mismas.

Una banda de música integrada por jóvenes y especialmente creada para la ocasión, amenizaba el evento deleitando al público asistente de damas y caballeros, enfundados en sus flamantes y caros uniformes de gala rojos con charreteras y cordones dorados. Un joven de cabello castaño dirigía la banda con idéntico atuendo que en nada se diferenciaba del de sus compañeros músicos. Se lanzaron fuegos artificiales que restallaron en un cielo azul y límpido en el que ocasionalmente flotaban algunos jirones de nubes dispersas y un cartel orlado por un colorido marco floral anunciaba con grandes caracteres rojos la celebración del Festival de Mayo. Las carrozas sobre las que iban encaramadas bellas muchachas ataviadas con vaporosos y etéreos ropajes semejando princesas de cuento, iban sucediéndose en lenta y ordenada progresión. Algunas de ellas disponían de un elaborado corazón entretejido con rosas engarzadas primorosamente entre sí ante el público asistente que observaba entusiasmado la lenta y animada comitiva que briosos corceles enjaezados con campanillas y adornados con plumas tiraban lentamente. Muchachos enfundados en smokings y chaqués blancos franqueaban a pie cada carroza como si conformaran una especie de escolta de honor de cada una de ellas, y las muchachas ataviadas de princesas, devolvían felices y sonrientes los saludos que la multitud congregada les prodigaba entre grandes y efusivas ovaciones y aplausos. Algunas de las chicas llevaban guirnaldas de flores sobre la cabeza y el propio piso de cada carroza estaba cubierto por una multicolor alfombra de flores de diversos tipos y tamaños. Había rosas, caléndulas, y claveles. Otras de las jóvenes que viajaban en las lentas carrozas, sostenían grandes ramos de flores entre las manos, mientras la orquesta que había empezado a tocar los animados acordes que amenizaban la fiesta comenzaba igualmente a desfilar. Una miríada de pétalos iba descendiendo lentamente sobre el colorido y deslumbrante desfile y entre los asistentes congregados destacaban dos que sostenían una difícil relación y un enconado pulso por la razón de su permanencia allí. Aunque no deseaba asistir, finalmente, Mark había accedido ante los requerimientos y la inagotable insistencia de Haltoran, que se había informado suficientemente de que la severa hermana Grey, tras hacer una breve y embarazosa, para ella aparición de protocolo, se había ausentado como si le fuera la vida en ello, de la esplendorosa fiesta que detestaba profundamente en secreto, por lo que no existía la posibilidad, por lo menos a corto plazo, de que le reconociera. Disfrazados como alumnos del Internado, contemplaban o por lo menos lo intentaban, el progreso de las carrozas por los jardines del Internado. Mark se sentía incómodo con el uniforme del Colegio, además de ridículo. La ropa le estaba justa, y picaba horrores, además de estar pasando mucho calor, porque bajo el atuendo escolar llevaba sus ajadas ropas del futuro y cargaba con una pesada dotación de armamento que portaba en los bolsillos de su cazadora. Lógicamente, al no poder llevarse la mochila consigo, acto que Haltoran le prohibió terminantemente solo había sido capaz de cargar con dos granadas cónicas.

-Te advertí de que dejaras todos esos trastos en las aulas –le susurró sonriendo para disimular, porque temía que alguien pudiera captar sus palabras y descubrir algo que les pusiera en evidencia, delatándoles.

Mark le observó brevemente y no respondió porque sus ojos estaban pendientes de una visión que le resultó maravillosa y que jamás podría borrar de su mente, por muchos años que viviera. En una de las carrozas, que exaltaba el espíritu de la primavera, cosa que a la rectora se le antojaba poco menos que herético y pagano, iba subida Candy, con sus largos y rizados cabellos rubios sueltos, sin sus características coletas adornadas por lazos. Iba enfundada en un vestido de color azul celeste que simulaba una antigua túnica, con amplias mangas, una corona de rosas blancas sobre la cabeza y un ceñidor dorado que ceñía su escultural y fino talle. Haltoran, que había establecido una tregua con Mark, y logrado una precaria reconciliación entre ambos, se hallaba molesto ante la falta de respuesta de este a sus palabras. Cuando siguió la dirección de sus ojos negros, de los que fluía un torrente de lágrimas de amor y de impotencia por no poder hacer nada, y tras dar un respingo al descubrir que Mark estaba llorando, Haltoran miró hacia donde las humedecidas y arrebatadas pupilas de Mark continuaban clavadas y descubrió a Candy, deslumbrante en sus sencillas vestimentas respondiendo entusiastamente a los fervorosos aplausos del público asistente. Algunas monjas del personal docente, asistían entremezcladas con la muchedumbre al desfile admirando la deslumbrante puesta en escena de la fiesta. Haltoran se puso tenso, porque temía que Mark cometiera una tontería y le vino a la mente, como había rescatado a Candy, aunque para la tía-abuela fuera un secuestro más bien irrumpiendo en un ensayo para su enlace con Neal, que afortunadamente no llegó a producirse, y como no fue capaz de detenerle. Si decidía hacerse con Candy, no lograría impedírselo. Se había traído su armamento y dos cabezas de guerra cónicas como munición. Si Mark hacía lo que el preocupado y alterado Haltoran se temía, tal vez, no fuera capaz de frenarle con eficacia. Con las prisas y la precipitación de su partida desde Lakewood, se había dejado el MP-5 olvidado en el armario secreto que lo albergaba bajo siete llaves, porque temía que Annie, que al igual que Candy detestaba las armas, o su hijo Alan, pudieran descubrirlo accidentalmente en cualquier momento si lo dejaba en cualquier otra ubicación menos protegida y oculta.

Pero Mark no hizo nada. Se limitó a contemplar el desfile y cuando la recargada y alegórica carroza pasó ante él, sus ojos de azabache se posaron en Candy. Haltoran le miró asombrado de que no intentara hacer nada para aproximarse a la muchacha cuando en otras ocasiones por muchos menos, había partido en su busca o se había abalanzando hacia delante sin pensárselo dos veces siquiera para estar a su lado. Por su parte, Candy notó como un escalofrío le recorría la espina dorsal al notar la cercanía de Mark allí, pero pese a que recorrió las apretadas filas del público que formaba un pasillo en dos largas hileras, al paso de las carrozas con sus ojos de esmeralda, no consiguió ubicarle entre la gente, quizás porque no estuviera allí.

"Me había parecido intuir que…" –pensó sorprendida, aunque rápidamente interrumpió sus reflexiones descartándolas completamente por irracionales e infundadas. Mark no retornaría, aunque por supuesto no tardaría en comprobar como estaba completamente errada en cuanto a sus apreciaciones.

Haltoran apenado por la profunda soledad anímica por la que estaba atravesando su amigo, le pasó una mano por los hombros y se limitó a observar silencioso, junto al destrozado Mark, en medio del bullicio y algarabía general que les rodeaba, como la carroza del espíritu de la Primavera terminaba de perderse en lontananza. Un poco más lejos, un joven de cabellos castaños y ojos azules disfrazado de época, al estilo de la antigua etiqueta de la corte francesa, posó su mirada en Candy y esta arrobada correspondió a la misma con otra teñida de un sentimiento que iba creciendo en su interior, y que se alojaba en lo más recóndito de su alma pugnando por salir y manifestarse de una vez por todas. Lo mismo le sucedía a Terry.

27

Una vez que el desfile hubo terminado, con Mark y Haltoran cariacontecidos y sin saber que hacer, entre la multitud, dio comienzo al segundo acto de la fiesta, un fastuoso baile de máscaras, animado por la misma orquesta que había tocado durante el desfile de carrozas, y que había cambiado sus atuendos de gala por chaqués oscuros rematados por unos pequeños sombreros circulares y que interpretaban un vals desde un estrado especialmente preparado, mientras las diferentes parejas evolucionaban a lo largo del salón de baile, convenientemente disfrazadas. Candy que no sabía que traje ponerse para el baile de máscaras, y que había acudido a su alcoba a cambiarse con premura, para elegir uno de sus vestidos que mejor encajara en el marco de la fiesta, escuchó como alguien llamaba a la puerta. Candy dejó un vestido de satén rojo sobre la cama que sostenía entre sus manos para examinarlo y con un suspiro de fastidio, se dirigió hacia el umbral para atender al inoportuno visitante que la interrumpía. El baile ya había empezado y llegaba claramente con retraso e impuntual. Cuando abrió la puerta, la faz sonriente de Patty que la observaba con sus ojos oscuros a través de sus lentes redondos fue lo primero que se encontró. Casi sin darle tiempo a reaccionar, su amiga depositó un gran paquete amarillo fajado con una cinta rosa con una doble orla roja que formaba un decorativo lazo de cumpleaños. Patty le dijo:

-Este paquete junto con esta carta han llegado para ti, Candy. Ahora debo marcharme a la fiesta. Te espero junto con los demás. No tardes.

Patty le guiñó un ojo y tras despedirse ambas amigas efusivamente, Candy intrigada rasgó el sobre dejando escapar una exclamación de alegría al descubrir por el remitente que el inesperado regalo provenía del misterioso y siempre oculto tío-abuelo Williams.

Candy tomó con manos temblorosas la carta extrayéndola del interior del sobre rasgado, y empezó a leer las breves líneas escritas en el papel satinado:

" Querida señorita Candy White Andrew:

Lamentablemente el señor Williams está muy ocupado y no podrá asistir a la fiesta, pero me rogó que le enviara este vestido de su parte. Le hace muy feliz saber que es toda una dama:

George, secretario personal del señor Andrew."

Un poco contrariada porque el tío abuelo Williams no estaría presente en la fiesta, tras haberle enviado una invitación, pero feliz por saber que seguía mereciendo la confianza de su padre adoptivo, Candy abrió la caja tras deshacer el envoltorio y descubrió extrañada como contenía dos trajes de época. Parpadeó sorprendida y exclamó:

-Parecen los trajes de Romeo y Julieta –dijo examinándolos con cuidado y cerciorándose, de que así era, o por lo menos trataban de aproximarse lo más posible a como se supone que deberían haber sido.

Y no terminaban ahí las sorpresas. Rebuscando en el interior extrajo una peluca de color castaño. Candy enarcó las cejas y añadió:

-¿ Acaso el tío abuelo Williams ya no recuerda si soy hombre o mujer ?

Candy sonrió ante la apreciación y escogió el traje de Julieta. Era un hermoso vestido rojo de flotantes mangas y con solapas blancas a ambos lados del discreto escote. Una amplia franja blanca dividía en dos campos de color rojo, la parte delantera de la ancha falda del vestido, de amplio vuelo.

-Ahora seré Julieta –dijo entornando los ojos y riendo quedamente de forma encantadora. Iba a recogerse los cabellos en sus características coletas, pero se lo pensó, y decidió que el cabello suelto le quedaba mejor. Junto con el vestido de Julieta, había otra peluca de color castaño también y que simulaba un peinado rematado en una oscilante trenza y una diadema en su parte superior. Descartó la peluca y recogiéndose la falda de su vestido, se dirigió hacia el baile, ilusionada ante la posibilidad de encontrarse con Terry, abandonando su habitación, casi como si estuviera en una nube. Estaba tan extasiada y ansiosa por coincidir con Terry acudiendo a su encuentro, que casi olvidó cerrar la puerta de su alcoba. El corazón le latía aceleradamente.

28

El gran salón de actos del Internado había sido engalanado y acondicionado para acoger el baile que comenzaría casi inmediatamente después que el desfile de carrozas que había tenido lugar por la mañana. Del techo pendía primorosos centros florales, unidos entre sí mediante una maraña de guirnaldas y serpentinas de diversos y vivos colores y los grandes arcos de medio punto de las galerías laterales, habían sido cubiertos mediante tapices de raso. Stear, disfrazado de soldado francés, estaba bailando con Patty, más animada desde que recibiera noticias de su abuela, de que su mascota estaba bien, y fuera del alcance de las iras de la rectora, que afortunadamente no había llegado a descubrir como escondía a la pequeña tortuga en el interior del cofrecillo de nácar. Y cerca de ellos, Annie y Archie compartían confidencias e intercambiaban promesas de amor mientras bailaban al son de la música interpretada por la orquesta.

Eliza, que se hallaba en compañía de su amiga Louise Malcott, llevaba un primoroso vestido rojo y lila y cubría sus bucles con una pamela de ala ancha adornada con aparatosos lazos rojos a ambos lados de la misma. Ocultaba coquetamente parte de su rostro con un gran abanico de satén y sus ojos crueles y altivos, pero hermosos descubrieron a quien llevaba buscando tan afanosamente y con mal disimulado interés, por el salón de baile con la vista, por espacio de varios minutos. Finalmente sus esfuerzos dieron resultado y localizó a Terry, que también estaba buscando a alguien en el atestado y abarrotado salón de baile, pero no precisamente a Eliza.

-Terry –se dirigió a él guiñándole el ojo izquierdo- si estás buscando pareja, me encantaría bailar contigo.

Terry sonrió y pronunció una de sus demoledoras frases, que arrojaron un jarro de agua fría sobre la confiada Eliza Legan.

-Agradezco tu invitación, pero siempre termino pisando los pies de mis acompañantes. Te aconsejo que busques otra pareja de baile mejor y más diestra que yo –dijo el joven ante la sorprendida y mortificada Eliza, mientras realizaba una reverencia y una expresión de ironía se dibujaba en sus atrayentes ojos azules.

-Adios jovencita –concluyó Terry alejándose a grandes zancadas de ambas muchachas y dejando a la enrabietada primogénita de los Legan compuesta y sin pareja, que no obstante elogió a Terry por sus delicados modales.

-Y hasta me llamó jovencita –dijo ruborizándose ligeramente y riendo levemente, y escondiendo sus labios tras el gran abanico rosa que portaba entre los finos dedos de sus cuidadas manos.

Pero lo que presenció a continuación volvería a dejarla sin habla. Candy, deslumbrante en su vestido de Julieta hizo su entrada en el salón de baile atrayendo todas las miradas y convirtiéndose en el centro de atención. Terry salió inmediatamente a su encuentro suspirando aliviado, porque temía que no hiciera acto de presencia, y admiró su aspecto, haciendo verdaderos esfuerzos para contenerse y no besarla en los labios delante de todo el mundo. Tras intercambiar algunas frases banales que suscitaron la hilaridad de Candy, ante las ocurrencias del afable y apuesto joven, comenzaron a bailar uniéndose al resto de participantes en el vals. Eliza se quedó sin habla, con la boca entreabierta. El gran abanico había resbalado de su mano, para ir a parar al suelo de baldosas de mármol.

-Esa maldita hospiciana, se atrevió a venir finalmente –observó Louise mordaz, intentando que los lazos azules de su cabellera no se movieran demasiado y su complicado peinado se desordenara.

Pero Eliza no respondió. Solo podía estar pendiente de cómo ambos jóvenes evolucionaban por el salón de baile, suscitando miradas de admiración y de envidia a partes iguales, y notando como su afán de venganza y sus deseos de desquitarse, crecían en proporción al odio y el rencor que sentía hacia Candy.

En un momento determinado, Terry se detuvo de repente con aquella extraña expresión en sus ojos azules y la mirada perdida en un punto fijo al fondo de la sala. Nuevamente aquella anómala y atípica reacción que tanto sobresaltaba a Candy y la ponía a la defensiva.

-Terry, ¿ qué te ocurre ? –preguntó Candy sorprendida, dejando de bailar también casi al unísono, que el joven castaño.

El joven se aclaró la garganta y dijo mirándola intensamente:

-Candy, aquí hay un ambiente demasiado cargado. Me gustaría que me acompañaras a un sitio más tranquilo y sin tanta gente a nuestro alrededor.

Sorprendida por la curiosa petición, Candy asintió brevemente sin comprender que se proponía Terry, pero accedió picada por la curiosidad y esperando hallar respuestas a las repentinas e imprevistas reacciones de su acompañante. Ambos jóvenes abandonaron el salón de baile, pasando entre las perplejas parejas que se apartaban lentamente sin dejar de bailar, abriéndose paso entre ellas, tomados de la mano, riendo y enfilando directamente hacia la salida. Aunque supuestamente, no estaba permitido abandonar la estancia habilitada como sala de baile para la ocasión, mientras no hubiera terminado el evento, la hermana Margaret no dijo nada y la severa hermana Sellers prefirió no entrar en la cuestión y fingió no haberse dado cuenta, dirigiéndose hacia algunos padres de alumnos e invitados que conversaban entre sí en pequeños y dispersos corrillos, para comentar con ellos, el buen y armónico desarrollo de la fiesta. Los caballeros asintieron con ampulosos gestos de cabeza y las damas coincidieron con ellos, mientras agitaban nerviosamente sus aparatosos abanicos, y hacían ostentación de sus lujosos vestidos y la deslumbrantes joyas que ceñían sus cuellos y muñecas, poniendo más que de relieve su elevada e influyente condición social.

29

Candy y Terry llegaron a la réplica de la Colina de Pony, para reanudar su interrumpido baile, entre alegres carcajadas, y tratándose con familiaridad mientras los gestos de complicidad menudeaban entre ambos. Debido al veloz paso que llevaba, Terry tropezó involuntariamente cayendo a los pies de Candy que se agachó para ayudarle a levantarse. Terry rió complacido y dijo risueño:

-Que hermoso día.

Candy asintió complacida dándole la razón, apoyando su espalda contra el hombro izquierdo de Terry tras sentarse ambos sobre la hierba y percibiendo la fresca y aromática brisa que soplaba en torno a ellos, con suavidad llevando consigo, las fragancias de la primavera.

Entonces, desde el salón de baile llegaron traídos igualmente por la brisa, los acordes de una familiar melodía que Candy conocía muy bien:

"Es la misma música que sonó cuando bailé con Anthony" –pensó llevándose lentamente inducida por la sorpresa, el dedo índice derecho a sus sonrosados labios, cuidándose de manifestarlo ante Terry, sin saber muy porqué.

Estaba distraída recordando aquellos, para ella, lejanos y felices momentos de su vida, cuando Terry la sacó galantemente de sus cavilaciones:

.-Linda música. –admitió Terry. -Princesa Julieta, ¿ me concede el honor de este baile ? –preguntó cortésmente y realizando una ampulosa reverencia, que hizo sonreír a Candy:

Candy se irguió de inmediato, tomando encantada la mano, que el apuesto y educado joven le ofrecía y ambos empezaron a bailar bajo el gran árbol, cuya sombra se extendía por todo el área de la cima de la colina. Entonces Terry se detuvo nuevamente de golpe, en otro de aquellos extraños y enigmáticos gestos que se sucedían a intervalos sin previo aviso, y que Candy, no alcanzaba a comprender. La chica se golpeó involuntariamente contra el torso de Terry y alzó la cabeza para clavar sus ojos verdes como esmeraldas, con expresión atenazada, en él. El muchacho parecía dudar mientras aun sostenía los dedos de Candy, reteniéndolos suavemente entre los suyos. Nuevamente, Terry luchó con sus emociones desatadas, ante la mirada preocupada e intrigada de Candy, que no entendía sus bruscos cambios de humor. Finalmente decidió que ya no podía seguir ocultando más sus verdaderos sentimientos por la muchacha, mientras el corazón le latía aceleradamente. Terry adelantó de improviso su rostro y abrazó a Candy súbitamente apretándola contra sí. Todo sucedió muy rápido, por lo que Candy ni lo vio venir. El joven unió sus labios con los de Candy, tomándola completa y totalmente por sorpresa. La desprevenida muchacha tembló involuntariamente como una hoja, entre los recios brazos de Terry, mientras este conseguía robarle un largo y apasionado beso, después de atraerla contra su pecho uniendo estrechamente su cuerpo al de la joven. Candy esbozó un gesto de sorpresa e indignación y alzó repentinamente la mano izquierda para abofetear la mejilla de Terry, que no habría visto venir tampoco el ademán de enfado de la hermosa muchacha, centrado como estaba en besarla, y con ello, la veloz evolución de la mano de Candy hacia su rostro, pero finalmente desistió y no lo hizo. Algo en su interior, quizás el recuerdo del joven de ojos de azabache y cabellos flotantes sin amor, y desesperado a sus pies, vertiendo amargas lágrimas, suplicándole su afecto, la hizo recapacitar y mudar de parecer, y cerrando los ojos, detuvo su mano para dejar caer laxamente el brazo a un costado de su cuerpo, correspondiendo al beso de Terry con fervor. Se había enamorado del joven aristócrata irremisiblemente y ya no había vuelta de hoja, porque finalmente los sentimientos de Candy, al igual que los de Terry habían terminado por eclosionar floreciendo en todo su esplendor. La aparición de Mark había modificado drásticamente el desenlace de aquel crucial acontecimiento.

30

En el exterior del pabellón de mármol, sede del salón de actos del Internado, los organizadores del Festival habían dispuesto varias mesas servidas por camareros de flamante e impoluta librea blanca donde los asistentes podían degustar todo tipo de manjares o sentarse si lo preferían bajo la fresca y placentera sombra que proporcionaban varias grandes sombrillas dispuestas en otras tantas mesas y bancos preparados para proporcionar acomodo y descanso a las personas que desearan reposar por un rato del bullicio de la fiesta. Sobre la galería principal que servía de umbral al salón de actos, figuraba un letrero que en grandes caracteres blancos, orlados por una cenefa de flores, se podía leer "Festival Hall". Mark deambulaba sin rumbo fijo, desanimado y sin saber que hacer. Por un lado había renunciado a intentar que Candy le correspondiera, pero por el otro, si la joven no deseaba dejarle entrar en su corazón, no habría nada que hacer, por lo que su esposa, allá en la lejana dimensión que habían abandonado aventurándose en un universo completamente diferente no se recobraría probablemente del sortilegio en el que había sido sumida. Como su uniforme escolar no contaba como disfraz apropiado para la etiqueta exigida para participar en el baile, optó por marcharse, aunque podía permanecer en el recinto adyacente al pabellón que alojaba el fastuoso baile de máscaras, lo cual no era óbice para que los estudiantes, las atildadas damas y los caballeros en cuya compañía paseaban le mirasen con reprobación y mal disimulado enfado. Mark suspiró y cansado de llevar aquella ropa que tanto le molestaba y de que le señalaran con la mirada o cuchicheando en voz baja a su paso, optó por marcharse de retorno a su improvisado domicilio. Dejó atrás la bulliciosa celebración y se internó en los jardines que daban paso a su vez a los grandes y extensos bosques que rodeaban al edificio del Internado, de planta cuadrangular. Ahora que la hermana Grey no se encontraba presente y las patrullas de vigilancia de las que le hablara Haltoran pareciesen haberse relajado por efecto e influencia del Festival de Mayo, creyó oportuno pasear un poco para distraerse y meditar en lo que debía de hacer, ya que aun no lo tenía claro. Entonces sus pasos le encaminaron casi sin darse cuenta prácticamente hasta una pequeña y verde colina, cuya cima estaba coronada por un gran árbol. Mark se detuvo perplejo y pensó frotándose los ojos, porque creía ser presa de una alucinación:

-Es, es una réplica exacta de la Colina de Pony.

Y no solamente eso, si no que para su desgracia y pesar, una pareja de enamorados se estaba besando apasionadamente bajo el denso follaje del impresionante árbol, reclinados sobre su tronco añoso. Ella llevaba un vestido rojo de época y él, parecía ir a la antigua moda decimonónica. Mark, bastante dolido, y sumido en sus preocupaciones les observó indiferente hasta que unos cabellos dorados y rizados llamaron poderosamente su atención. Mark se detuvo en seco, con un sudor frío bajándole por la frente. Cuando la muchacha se separó brevemente de su amante, Mark distinguió con su penetrante vista las hermosas facciones de Candy. Los ojos verdes estaban pendientes de las pupilas azules de su amante, cuyos cabellos castaños se removían ligeramente por efecto de la brisa. Ambos respiraban entrecortadamente y entonces escuchó unas palabras que Mark creyó que no escucharía jamás de labios de Candy:

-Terry, mi amor, mi amor, jamás creí que podría sentir algo semejante después de…

Terry la interrumpió besándola esta vez con más confianza y seguridad, porque aquel enésimo beso de una larga serie que se venía repitiendo desde la primera e imprevista muestra de afecto era realizado con confianza y amor.

-El fallecimiento de Anthony –dijo el joven contemplándola con aire serio pero tranquilo- no debes de mirar más hacia el pasado Candy. La vida continúa, la naturaleza nos rodea, la vida nos sale al paso. Nosotros dos, tú y yo estamos vivos, vivos y con un poder inconmensurable para enfrentarnos al mundo, amada mía.

-El poder que nos confiere el amor –reconoció Candy mientras reclinaba sus bucles dorados en el pecho de Terry y escuchando los latidos del joven del que se había ido enamorando gradual y profundamente desde que le conociera a bordo del Mauritania.

Sin que ambos enamorados se hubiesen percatado de ello, había sucedido un hecho trascendental que había cimentado su incipiente relación y del que Mark era responsable directo, pero el atribulado joven cuyas lágrimas resbalaban sobre sus mejillas goteando hasta la hierba no era capaz de ver en medio de su dolor las imprevistas consecuencias de su fútil acción.

Si Mark movido por su carácter impulsivo y sus deseos de encontrarse con Candy cuanto antes no hubiese descendido sobre el Mauritania empleando su poder de vuelo proporcionado por el manto iridiscente del iridium, el miedo que había suscitado en Candy no se habría convertido en rechazo. Y tal vez, solo tal vez, si se hubiese acercado a ella con más discreción y tacto, probablemente la muchacha le hubiera correspondido.

Pero aquella acción había empujado a Candy a los brazos de Terry, y había evitado que en el último momento descargase una fuerte bofetada contra la cara del joven inglés, dejándose llevar por sus verdaderos sentimientos. Ahora la había perdido definitivamente y con ella toda esperanza por recobrar a su esposa.

Y Mark, sin el amor de Candy no era nada, no era nadie. Por lo que solo le quedaba una única solución que adoptar.

31

Haltoran se había distraído un momento, al esconderse de Annie que ataviada con una peluca rubia y un hermoso vestido pasó a muy pocos centímetros de él del brazo de Archie, aparentemente recuperada del penoso incidente en que un malencarado y peligroso sujeto la había mortificado sin compasión. Haltoran, cuyo ánimo estaba también por los suelos, se descuidó y no se delató por muy poco. Una vez que la pareja hubo pasado de largo, Haltoran se giró hacia Mark y se dio cuenta, asustado de que ya no estaba a su lado. Temiéndose que hiciera alguna tontería se alejó discretamente del área de mesas y bancos guarecidos por sombrillas dispuestas en torno al pabellón de mármol y se adentró en el bosque que rodeaba el Internado, poniendo atención .al más ínfimo detalle e indicio, que pudiera ponerse sobre la pista de su amigo. Finalmente le divisó postrado de hinojos y la mirada perdida hacia una escena que le puso los pelos como escarpias. Finalmente los peores temores del joven pelirrojo se habían confirmado. Aquella dimensión era como un espejo que en cierta forma, devolvía un reflejo invertido de su realidad, y como era lógico y de esperar, el indestructible amor que unía a Mark y Candy, aquí no existía al haber seguido los acontecimientos su curso natural, pero solo que la intervención de Mark, conscientemente o no había hecho que dicho sentimiento hiciera realidad, cuando de no ser por ello, las circunstancias habrían alejado tal vez con carácter definitivo a Candy y a Terry. Haltoran iba a llegarse hasta Mark para sacar de allí a su amigo, puesto que presenciar aquello no le reportaría ningún bien, cuando, Mark impulsó su espalda hacia delante para apoyar sus manos sobre la hierba con tan mala fortuna que partió una rama seca con la palma de su mano izquierda. Candy que seguía abrazada a Terry alzó la cabeza y el enamorado joven se situó delante de Candy para protegerla con su cuerpo. Entonces le vieron. Mark, con aspecto desvalido y demacrado les devolvía la mirada, para apartar enseguida la vista. Terry se adelantó porque aun no le había reconocido y se dispuso a encararse con el intruso que había importunado aquel momento tan crucial como decisivo en su vida, aunque afortunadamente, ya se había declarado a Candy y esta le había dado el ansiado y esperado sí emocionada. Terry se adelantó a grandes zancadas y entonces Candy le retuvo sosteniendo las largas mangas de su casaca azul temerosa de que el enojado joven pudiera inferir al hombre que semejaba un mendigo algún daño, aun sin pretenderlo:

-No, espera amor mío, puede que sea un vagabundo, quizás alguien desorientado e inofensivo. Estoy segura de que no pretendía molestarnos.

-Aun así –dijo Terry crispando los puños- no puedo permitir que esté ahí mirándonos como si nada. Tendrá que darme una satisfacción si no quiere que le de una paliza por molestar a mi novia.

Su novia. Candy sonrió imperceptiblemente al comprobar lo bien que sonaba esa palabra en sus labios y el modo en que la protegía con tanta seguridad en si mismo.

Terry echó a andar para encararse con el supuesto indigente al que la distancia que mediaba entre los enamorados y el hombre no le permitía apreciar con claridad, sus facciones.

-Terry cariño –dijo Candy saboreando el empleo de semejantes calificativos tan dulces y placenteros de pronunciar y escuchar la entonación de su voz al desgranarlos lentamente- por favor, no le hagas daño. Interrógale, pero nada más. Parece tan indefenso y perdido…-dijo Candy con una nota de piedad en la inflexión de su voz.

Terry conmovido asintió. Por aquella prodigiosa criatura de inhumana belleza, sería capaz de saltar a lomos del mundo si tan solo Candy se lo sugiriera y tratar de hacerle cabalgar respondiendo a sus órdenes.

Terry ni se propuso el impedir que su novia se mantuviera en un discreto segundo plano, para preservarla de cualquier reacción violenta del desconocido, porque sabía que el temperamento obstinado de Candy, haría innecesaria por vana cualquier orden o insinuación que él realizara al respecto. Por lo que la muchacha ataviada como Julieta caminó asida de la mano derecha de Terry mientras este se encaminaba hacia el sujeto para encararse con él. Por su parte, Mark estaba tan débil y exánime, y todo le resultaba tan indigente y ajeno que aguardó mansamente al inevitable encuentro con la pareja. Haltoran que intuía con aire de preocupación lo que iba a pasar, corrió hacia su amigo para evitarle el amargo y difícilmente soportable trago, pero ya era tarde. Cuando Candy a la que Terry aferraba por el talle en ademán protector, y este le reconocieron la sorpresa fue mayúscula. A sus pies, inerme y vencido estaba el joven que le había salvado la vida durante aquella pelea nocturna llevándole sano y salvo de retorno al Internado. Terry le reconoció y fue incapaz de articular palabra, lo mismo que recordó el modo en que tan fácilmente como si fuera un juego de niños, se había deshecho de Neal y de sus compinches y como había esquivado su látigo con la rapidez mortal de una cobra. Haltoran se detuvo sin atreverse a intervenir, suponía que algo muy importante y crucial estaba a punto de suceder.

32

-Terry por favor, entiéndelo, déjame a solas unos instantes con él, por favor –le suplicaba Candy tratando de contener a su amado que no estaba muy convencido de que Mark resultara tan inofensivo como su lastimoso estado aparentaba. Finalmente, Terry no supo resistirse a las sollozantes esmeraldas que eran las pupilas de Candy y aceptó a regañadientes a retirarse a un discreto segundo plano, pero sin quitarle ojo de encima a Mark por si intentaba hacerle daño a su novia. Se reclinó en el tronco del árbol de la colina y vigiló estrechamente cada uno de sus movimientos. Había accedido en parte a mantenerse al margen de aquel imprevisto y amargo encuentro, para él por los ruegos de Candy y en parte en reconocimiento a que aquel intrigante joven, que no sabía que papel podía haber jugado en la vida de Candy, razón por la que unos tremendos celos le asaltaban inmisericordes que se había jugado el tipo por él.

Candy tomó las manos de Mark entre las suyas. Los dedos de Mark estaban ensangrentados y de sus hombros, piernas y brazos manaban largos regueros de sangre que habían formado un charco rojo en torno al joven. Mark levantó sus pupilas negras como el azabache a las de Candy. En cierta forma se estaba repitiendo el momento en que Mark volvió a encontrarse con Terry en Escocia., porque la primera vez había sido durante la guerra europea pero de forma diametralmente opuesta como si todo aquello no fuera más que una cruel y atroz burla del destino Pero en aquella ocasión era a la inversa. Terry pugnaba por alcanzar el favor de Candy, la cual le rechazó para seguir permaneciendo al lado de su esposo. Pero ahora era distinto, y todo se ponía en contra del joven y desventurado viajero del tiempo.. Tal vez fuera el castigo por enamorarse falsamente de otra mujer en una ciudad renacentista situada en otro planeta, en una insensata e inverosímil peripecia donde se percató que la leyenda de los amantes de Verona tenía un trasfondo de verdad. Quizás Candy fuera vestida como Julieta para reprocharle su infidelidad y dañarle cruelmente por ello, aun sin pretenderlo recordándoselo.

La sangre que rodeaba a Mark no la sorprendió. Sabía que sus heridas físicas, que no las de su alma terminarían por sanar, por lo que se centró en intentar confortarle y sacarle del negro pozo de desesperación en que había caído, y sin visos de lograr salir por si solo de él sin ayuda.

-Mark –dijo Candy, adoptando el tono de voz más dulce y compasivo que logró conferir a su voz- no puedes continuar así. Te estás destrozando, y me estás haciendo daño a mí, porque no puedo soportar el verte sufrir.

Mark levantó la cabeza con dificultad. Dos regueros de lágrimas rodaron por sus mejillas. Con voz lastimosa acertó a decir mientras se le formaba un nudo en la garganta:

-No me dejes Candy. Te quiero, fuiste, eres mi esposa. Nuestros hijos te necesitan, Marianne y Maikel…yo mismo te necesito. Sin ti yo no…-se interrumpió bruscamente suscitando el horror de la joven ante el significado que dejaba entrever la inconclusa frase, pero que se hacía evidente.

Candy le observó extrañada. Los niños no aparecían en sus sueños y al no ser capaz de evocar su efigie porque nunca los había conocido ni tan siquiera en sus imágenes oníricas, le resultaban tan ajenos y lejanos como el propio Mark.

-Acéptame, dame tu amor –dijo Mark insistente y abalanzándose hacia delante pero solo para acomodar su cabeza en el regazo de la muchacha. Terry se dispuso a defenderla, pero la apurada Candy le contuvo con un precipitado gesto de su mano.

Candy no tuvo valor de impedirselo. Acarició los negros cabellos apelmazados de sudor y susurró en su oído:

-Mi pobre y triste amigo, me quedaré contigo hasta que estés más tranquilo pero no quiero engañarte ni hacerte daño. No estoy enamorada de ti Mark.

Calló por un instante guardando un embarazoso silencio y miró brevemente a Terry antes de continuar. Mark abrazado al talle de Candy la escuchaba con la mirada perdida sin articular palabra. Ya le daba todo lo mismo.

-Mi corazón pertenece a otro hombre…como has sido testigo.

En ese momento se reprochó no haber sido más discreta. Si alguna de las monjas o la propia rectora les hubiesen sorprendido, ambos lo habrían pasado ciertamente mal.

Finalmente sonaron claramente unas pisadas. Candy se giró asustada y Terry tensó su cuerpo en previsión de afrontar alguna imprevista y desagradable sorpresa.

Un joven de cabellos pelirrojos y ojos verdes se encaminó hacia ellos con pasos tenues y breves apenas audibles, y se detuvo cuando llegó justo a la altura de Mark y de Candy. Candy dio un respingo al reconocerle por sus sueños. Era el hombre que supuestamente se desposaba con Annie después de conocer a ambas, en una situación especialmente desconcertante y extraña. Haltoran decidió no reprochar a Candy su franqueza para con Mark, porque aquella muchacha no era la misma que habían conocido a pesar de ser su vivo retrato y por lo tanto, tampoco se le debía ni podía achacar culpa alguna porque a fin de cuentas ellos eran los intrusos en un tiempo y lugar que no les correspondía. El joven se temía que algo así sucediera, pero no se atrevió a contárselo a Mark por miedo a que su moral se hundiera aun más o definitivamente. Pero ahora que lo había descubierto tan abruptamente ya daba lo mismo. Haltoran se arrodilló junto a Mark y le tomó en brazos mientras Candy retiraba con cuidado la cabeza del joven de su regazo notando como las manos de Mark ya no ejercían presión en torno a su cintura. Le sorprendió que no reaccionara a los vaivenes que su cuerpo sufría, aunque pronto se dio cuenta de que Mark había perdido la consciencia probablemente abrumado por tanto sufrimiento. Haltoran le levantó en vilo con cuidado. Se sorprendió de que le resultara tan ligero. La cabeza de Mark rodó hacia atrás suspendida en el aire, y su brazo derecho quedó colgando en posición vertical respecto al suelo mientras el otro reposaba con la palma de la mano abierta sobre su regazo. Las piernas se doblaron ligeramente y quedaron un poco arqueadas, pendiendo laxas y sobresaliendo por encima del antebrazo derecho de Haltoran que le sostenía por debajo de las rodillas con la mano derecha y pasando la otra por debajo de su espalda. Parecía una marioneta rota o deslucida por falta de cuidados adecuados, a la que además hubiesen cortado los hilos, adoptando una posición grotesca e inverosímil.

Terry se aproximó a Haltoran e intentó acercarse a Mark, pero el joven pelirrojo se apartó de él como si le estuviera acusando de ser el responsable de que su amigo se hubiera desvanecido, y él mismo prefirió no decir nada y permaneció callado todo el tiempo, retirando las lágrimas que aun permanecían frescas, humedeciendo la piel de Mark. Haltoran ceñudo y triste se giró dándoles la espalda después de posar en ambos una breve mirada de desolación, y se retiró lentamente de allí, caminando poco a poco, como si temiera despertarle. Candy intentó acompañarle, pero Terry negó con la cabeza, mirándola brevemente, y se lo impidió interponiendo su brazo izquierdo horizontalmente entre su amada y el patético y dramático dúo de amigos, en el que uno de sus miembros caminaba con dificultad, llevándose prácticamente a rastras al otro, y marchándose de allí con exasperante lentitud.

Terry sintió compasión del infortunado joven que seguía manteniendo echada la cabeza hacia atrás, con los largos cabellos negros flotando libres y casi rozando los tallos de las margaritas, que sobresalían entre la hierba, creciendo por doquier. Candy prorrumpió en llanto silencioso, lo que hizo que Terry la atrajera hacia sí y dijera para confortarla:

-No te preocupes. Saldrá adelante. Ese joven es muy fuerte, tiene aspecto de serlo, y terminará encontrando el amor y acabará por olvidarte. No te mortifiques más, amor mío –dijo con voz dulce, intentando tranquilizarla, cosa que ya suponía de antemano que constituiría una larga y difícil tarea, mientras besaba los cabellos de su novia, que no terminaba de estar totalmente segura de la supuesta veracidad de las palabras de Terry. Por el momento, para no agobiarla no la interrogaría acerca de que influencia o papel había jugado ese supuesto pretendiente en la vida de la mujer que esperaba convertir algún día, que deseaba no fuera demasiado lejano en el tiempo, en su esposa.

Candy se aferró con fuerza a Terry hundiendo su rostro en el pecho de su amado, suplicando fervientemente que las palabras de Terry se tornasen realidad, pero por alguna razón que no alcanzaba a entender o se le escapaba no era capaz de cortar su llanto por el abatido muchacho, que se le había declarado nuevamente sintiendo remordimientos por haberse enamorado de Terry en vez del inconsciente Mark, que era llevado en volandas por su amigo, quien sabía adonde. Terry decidió seguirles discretamente para averiguar cuanto pudiera acerca del extraño grupo de amigos, pese a las reticencias de Candy. Finalmente fueron los dos y cuando tras un corto y dramático periplo en el que Haltoran tropezó por dos ocasiones pendiente de la comodidad de su desdichado amigo, estando a punto de rodar por tierra junto con Mark, llegaron al desvencijado edificio en estado de ruina, que Candy no conocía, pero Terry sí. Ocultos tras la espesura terminaron por enterarse de parte del secreto de ambos hombres que les envolvía con un halo de insoportable misterio.

-Se alojan en el viejo edificio que estuvo destinado hasta hace cinco años, para impartir clases de Historia y Religión, hasta que la hermana Grey decidió abandonarlo definitivamente, debido a que ya de origen se construyó defectuosamente y sus cimientos eran poco estables. Y como no quería gastar parte del presupuesto del Internado en reformarlo o siquiera derribarlo, fue abandonado –susurró Terry al oído de Candy, añadiendo que la tacañería de la adusta rectora era legendaria y que se habilitaron otras aulas en desuso, para impartir las materias que antes se enseñaban allí.

-Por eso aparecían con tanta frecuencia por aquí y en el momento más insospechado –se horrorizó Candy sinceramente, mientras observaba como ambos desaparecían tras la puerta medio carcomida que se abría justo en plena fachada principal bajo el agrietado frontispicio.

-¿ Qué pretenderán esos hombres ? –comentó el joven inglés en voz baja- es como si estuvieran aguardando algo pero no me gustaría averiguarlo.

-No tengo la más remota idea de que es lo que quieren, querido, ojala lo supiera –mintió Candy que deseaba olvidarse de todo aquello lo antes posible.

Estaban tan concentrados en espiarles y hablando entre sí que no adivinaron como una sombra se les acercaba sin hacer ruido, por la espalda. Al girarse estuvieron a punto de gritar, sobre todo Candy. El joven pelirrojo de intensos ojos verdes, pero no tan bellos como los de Candy les estaba observando con gesto entristecido. En su expresión tranquila no parecía denotarse el menor atisbo o síntoma de hostilidad:

-Sabía que me seguiríais y por eso fingí que no me había dado cuenta, porque deseaba hablaros –dijo el muchacho suscitando la curiosidad de Terry y el horror de Candy que temió que Haltoran pudiera comentar algo que pusiera en peligro su amor con Terry y que hiciera que concluyera antes de comenzar, poniéndola en un serio aprieto.

-He dejado a Mark acostado dentro de una de las aulas. No me preguntes porque hemos estado viviendo aquí y como es que yo también conozco a Candy, porque no me creerías jamás por muchos años que vivieses y por más que intentases asimilarlo Terry. Es mejor que no sepas nada y te hagas cargo de nuestra situación. Solo espero que te hagas merecedor del cariño de Candy y que cuides de ella…porque nadie más la amará con la intensidad y la devoción con la que Mark lo hizo –concluyó pesaroso mirando hacia el interior del pabellón, que se percibía a través de la puerta principal, medio arrancada de sus goznes por el portazo que Haltoran la había propinado, rabioso por la terquedad de Mark que prácticamente había renunciado a Candy, y cuyo batiente se hallaba entreabierto, gimiendo lastimosamente con un irritante chirrido de sus bisagras oxidadas que hizo que Candy se estremeciera y buscara refugio en Terry que la abrazó con fuerza. Por un momento a la muchacha, se le ocurrió pedirle a Haltoran que le permitiera pasar adentro para verle, pero mudó de parecer, porque no tenía valor para hacerlo, aparte de que probablemente Haltoran se lo impediría.

Terry estaba a punto de estallar demandando una explicación para la complicada y enrevesada situación que no alcanzaba a entender en modo alguno, pero aquellos dos jóvenes le inquietaban sobremanera por lo que como su única y principal preocupación por ahora, era alejar de allí a Candy lo antes posible, permaneció callado. Ya vendrían las explicaciones que apaciguaran los tremendos y abrasadores celos que le estaban asaltando, y que cobrando intensidad, le quemaban el alma.

-Nos marcharemos de aquí tan pronto como mi amigo se recupere lo suficiente y nunca más volveremos a aparecer, lo juro, pero por favor, no nos delatéis. Mark está muy débil y necesita tranquilidad para restablecerse. Me lo llevaré en cuanto se recobre lo suficiente.

Terry asintió para alegría y tranquilidad de Candy. Adelantó su mano izquierda y Haltoran selló su compromiso de silencio con un fuerte apretón de manos agradeciéndole que no divulgara su secreto con otra inclinación de cabeza.

-Permaneced tranquilos, no diremos nada –concluyó Terry antes de que ambos hombres se despidieran cortésmente y el joven aristócrata se alejara con sigilo de allí, llevándose a su novia aferrándola por los hombros con su brazo derecho y procurando que no volviera la vista atrás. Por un instante le pareció percibir por el rabillo del ojo una especie de autómata enorme de bruñido cuerpo, que se paseaba por las dependencias de las antiguas aulas. Enarcó las cejas pero no dijo nada y sacudió la cabeza enérgicamente para descartarlo. Lo atribuyó a su fértil imaginación desbordada por las intensas experiencias vividas en el corto lapso de un día que nunca le había parecido tan largo e inacabable. Cuando estuvieron a buena distancia de allí, Terry dejó escapar un suspiro de alivio y Candy empezó a respirar más tranquila, serenándose gradualmente.

33

Eliza no había podido olvidar a Terry desde el día en que le abordara durante la celebración del baile de máscaras, que siguió al esplendido desfile de carrozas conmemorativo del Festival de Mayo. Había intentado sin éxito acercarse al impetuoso y apuesto muchacho por el que cada día sentía una mayor y más notable atracción y cuya imagen no conseguía borrar de su mente. Cada vez que procuraba aproximarse a Terry, este dotado de un sexto sentido la eludía constantemente con excusas banales, y aunque la trataba con corrección, el joven empezaba a cansarse del constante acoso al que le sometía la muchacha y del que todo el alumnado empezaba a hacerse eco, toda vez que la propia Eliza propalaba rumores maliciosos acerca de Candy en la que hacía destacar especialmente su condición de huérfana, calumniándola como ladrona y responsable indirecta del fallecimiento de Anthony Andrew, el primogénito de la familia que tan generosamente la había acogido y adoptado. Naturalmente, Candy no prestaba atención a tales mentiras infundadas pero su novio sí, porque no podía soportar que el nombre de la muchacha a la que amaba con intensidad fuera arrastrado por el fango. El joven sabía por boca de Candy, que los Legan la habían acusado sin pruebas de cometer robos, y que por ello fue enviada como sirvienta a un lejano rancho situado en Méjico, en el que afortunadamente no llegó a emplearse retornando sana y salva a Lakewood gracias a los buenos oficios del secretario personal de Albert, por orden expresa suya. Su protector y padre adoptivo, hacía ya tiempo que se temía que todo aquel desagradable asunto no era más que una sucia artimaña urdida por los dos inefables hermanos Legan que pretendían deshacerse de la adorable joven como fuera. Finalmente, obligado por los hermanos Cornwell y su primo Anthony, el acobardado muchacho tuvo que confesar admitiendo delante de todo el clan familiar, con la tía abuela a la cabeza, su plan para separar a Candy de los Andrew indisponiéndola con todos ellos. Terry decidió pedir explicaciones a Eliza para cortar de raíz los injuriosos rumores que circulaban por todos los mentideros del internado y que eran la comidilla en especial, del alumnado femenino. Pero antes de llevar a cabo su propósito, el joven decidió ensillar a su yegua Ceodra y sacarla del establo para cabalgar un poco y tranquilizarse, no fuera que soltara una barbaridad cuanto estuviera frente a la intrigante y bella muchacha de ojos ambarinos y cabellos casi cobrizos.

-Si hace esto es porque seguramente se ha prendado de mí –reflexionó Terry en voz alta mientras montaba en la yegua y chasqueaba las riendas para que el animal se pusiera en movimiento. Cabalgó por todo el recinto, suscitando la envidia de algunos de los muchachos que estaban tendidos en las cercanías o conversando apaciblemente entre ellos, porque la influencia de su familia era tal, que la hermana Grey había tenido que acceder al capricho del joven de traerse su yegua favorita como condición sinecuanon no ingresaría en el afamado Internado. No era la primera vez que los privilegios de Terry irritaban a más de uno, pero nadie podía hacer nada u oponerse a sus prerrogativas. En ese instante le salió Eliza al paso tras aguardarle escondida detrás de un árbol, por lo que el joven imprimió un tirón tan fuerte a las riendas que Ceodra se encabritó levantando sus patas delanteras a poca distancia de Eliza. La muchacha Legan se había atravesado en su camino poniendo los brazos en cruz. Terry irritado soltó un silbido y trató de calmarse para no soltar improperios y dijo:

-Cuidado señorita, es peligroso hacer eso. La chica que mostraba una expresión sonriente y descarado cerró los ojos y entrelazó las manos a su espalda diciendo:

-Terry necesito hablar contigo.

-Otra vez será señorita –repuso Terry impaciente- mi yegua quiere correr.

Y como corroborando las palabras de su amo, el animal empezó a rascar la tierra con su pata delantera izquierda relinchando con intensidad. El casco imprimió una pequeña huella en la hierba.

Eliza aprovechó para ir directamente al grano preguntando a Terry:

-¿ Crees que conoces bien a Candy ?

Terry intuyó que la envidiosa y bella joven era más peligrosa de lo que su aspecto engañoso y angelical sugería. Aquella chica era capaz de las peores artimañas con tal de salirse con la suya. El joven no dijo nada y escuchó como Eliza fue desgranando cada una de las mentiras que propalaba sobre su novia entre los alumnos del Internado y que conocía de sobra. Candy le había pedido que no prestara atención a tales infundios y que hiciera caso omiso de cuantas calumnias escuchara acerca suyo.

Eliza le contó cuanto ya sabía fingiendo que lo hacía por el bien de Terry ya que sabía perfectamente que ambos enamorados se veían en secreto procurando no dejar la menor huella de sus furtivos encuentros ni ponerse en evidencia. Si la severa rectora les descubría, lo más probablemente es que el asunto se zanjara con la expulsión de Candy, cosa que Eliza pretendía a toda costa para quedarse a solas con el joven del que se había enamorado ineluctablemente sin tener que lidiar con la rivalidad que para ella suponía la presencia de Candy aparte del enconado y acendrado odio que sentía hacia ella.

-Y además –dijo Eliza cruzando los brazos y cerrando los ojos en uno de sus inconfundibles y característicos gestos- si permaneces a su lado, mancharás el nombre de tu familia. Pero Terry no reaccionó como Eliza esperaba. En un primer momento,pareció que si cuando el joven replicó:

-Gracias por el consejo, pero si eres tan amable, te agradecería que le hablases a la hermana Grey también acerca de mí.

Eliza adoptó una expresión de asombro que casi provocó la hilaridad de Terry, el cual añadió casi a bocajarro:

-Dile que Terry Grandschester fuma, bebe alcohol, se pelea, rompe las normas a menudo y delinque aunque sigue en el colegio, gracias a las donaciones de su padre –repuso mientras contraía su puño y esbozaba una sonrisa burlona para luego dirigir sus ojos azules hacia el límpido cielo del mes de Mayo, poniéndose repentinamente muy serio. Los repentinos cambios de humor que se obraban en Terry, eran una constante en él.

-Terry –balbució la joven sorprendida y atenazada ante la fría mirada que el joven le dirigió.

-Si te conviertes en amiga mía o mantienes algún tipo de relación conmigo, lo más seguro es que arrastres por el fango, el honor y la buena reputación de los Andrew, díselo.

Terry espoleó a su yegua que se encabritó haciendo que Eliza se retirara involuntariamente hacia atrás haciéndose a un lado. Intentó detenerle, pero Ceodra reemprendió su interrumpida cabalgada empezando a moverse de nuevo impelida por su jinete. Antes de dejar atrás a la mortificada chica, Terry se giró hacia ella con gesto burlón y añadió:

-Deberías contemplar tu cara en un espejo. Seguramente el reflejo que te devolvería sería el de la típica persona que habla mal de los demás por puro despecho y envidia.

La cara de Eliza era todo un poema, pero el rencor que llevaba dentro la tornaba inestable y muy peligrosa, tal y como Terry había supuesto acertadamente. Eliza contrajo los puños con fuerza y se mordió el labio inferior hasta casi hacerse sangrar.

"Se burló de mí, me insultó, jamás se lo perdonaré" –pensó conteniendo a duras penas sus lágrimas de pura rabia y mientras levantaba la mano derecha crispada fuertemente en un puño que temblaba debido a la ira, que estaba a punto de estallar por momentos en su interior, y que pugnaba por salir a flote, formuló una temible y cruel amenaza:

"No puedo perdonarte, Terry Grandchester no."

Calló por unos instantes y añadió una nueva reflexión que esta vez expresó en voz alta:

-Pero a esa entrometida de Candy menos aun.

Un brillo de pura maldad refulgió en sus ojos ambarinos y que fue presenciado por Clean, el coatí blanco de Candy y que se había refugiado en uno de los vetustos y añosos árboles del Internado tras asustar involuntariamente a la hermana Grey y salir huyendo aleccionado por Candy, para ponerse a salvo.

Clean fue testigo de la silente pero violenta reacción de la intrigante y vengativa muchacha desde una de las ramas adyacente a la copa del árbol. El inteligente animal dio un respingo dejando exhalar un leve pero nítido y dramático quejido de tristeza, asustado ante la dura y cruel expresión de Eliza, que afeaba la belleza de su rostro terso y juvenil. En esos momentos lo que más anheló y echaba en falta era poder hablar, para avisar a Candy y a Terry del terrible peligro que se cernía sobre ellos, cual espada de Damocles que no tardaría en segar la incipiente felicidad de ambos jóvenes.

34

Candy estaba preparando a conciencia un examen que su clase tendría para dentro de dos días cuando la voz de su amiga Patty que movía la mano izquierda reclamando su atención desde el quicio de la puerta, hizo que interrumpiera la lectura del libro de texto que tenía abierto ante sí. La inteligente y temible Eliza Legan estaba de espaldas a ella observando la ventana y decidió que sería un buen momento para espiar a Candy, tratando de encontrar algo que pudiera emplear en su contra. Siguió discretamente a ambas amigas. En el exterior, era ya de noche y una vez de que Patty se había cerciorado de que no había ningún peligro, se deslizó con sigilo afuera siendo seguida a corta distancia por Candy. Atravesaron las galerías de arcos del claustro y accedieron al jardín. Por más que Candy intentó sonsacar a Patty esta no soltó prenda hasta que estuvo ante un árbol que presentaba un hueco en su corteza a ras del suelo, de forma triangular. La tímida muchacha se ajustó los lentes redondos sobre su corta nariz y extrajo una carta del bolsillo de su falda blanca depositándola en la oquedad. Ante las preguntas de Candy, la chica se sonrojó ligeramente y explicó a su amiga:

-Se trata de nuestro buzón secreto –dijo mientras se ponía en cuclillas y rebuscaba dentro de la abertura, de la que sacó una misiva distinta al tiempo que escondía la suya dentro.

Patty informó a Candy de que se estaba carteando con Stear en secreto. La severidad de las reglas del Internado no permitían en modo alguno, el contacto entre los alumnos de ambos sexos, ni tan siquiera de forma epistolar, dificultad que los jóvenes soslayaban con ingeniosas y elaboradas tretas que escapaban al control y conocimiento de la hermana Grey. Candy la abrazó efusivamente felicitándola, sin que ambas amigas sospecharan que a poca distancia, desde las sombras, Eliza espiaba maliciosamente y tomaba buena nota de aquello para urdir un plan en contra de Candy que estaba tomando forma por momentos en su aguda y activa mente. La refinada crueldad e astucia de la muchacha no parecía conocer límites a la hora de inferir daño y elaborar secretamente rebuscados y retorcidos planes. En ese instante, Candy y Patty fueron espantadas por la luz del fanal que una de las hermanas de la ronda nocturna sostenía en lo alto seguida de otra de las religiosas. Cada ronda se componía normalmente de dos monjas que patrullaban en rutas y horas aleatorias, para que los estudiantes no consiguieran aprenderse de memoria sus recorridos para así poder eludirlos en caso de que la tentación de abandonar sus habitaciones por la noche, fuera demasiado grande como para eludirla entregándose a los brazos de Morfeo.

35

Mark se había recobrado antes de lo previsto de su inesperado desmayo, cuando Candy confirmó su negativa reafirmándose en su decisión de no corresponder a sus desesperadas y tristes demandas de amor. Había sangrado porque la tensión del momento provocó un aumento de la velocidad del iridium en su sistema circulatorio, por lo que la presión generada había desalojado parte de su sangre para evitar que su organismo se colapsara. Harto de estar encerrado entre las cuatro ruinosas y sucias paredes del ajado edificio, se despertó en plena noche. A su lado Haltoran dormía con la cabeza reclinada en la cabecera de su cama. El joven se había desplomado de cansancio tras velarle durante varias noches y días seguidos durante los cuales no se había separado en ningún momento más que para procurarse comida o algunos utensilios que les eran imprescindibles. Mark revolvió conmovido los cabellos de su amigo y le abrigó con una de las ásperas mantas que habían conseguido agenciarse antes de que el celo de la hermana Grey pusiera fin a sus prácticamente impunes correrías a lo largo y ancho del campus que realizaban cuando les venía en gana. Palmeó la espalda de su amigo y abandonó el edificio con sigilo. Mermadon había sido emplazado personalmente por Haltoran para que en su ausencia no dejara salir a Mark, y haciendo que el robot se convirtiera en la sombra del joven, pero el coloso metálico estaba en ese mismo momento reajustando su programación y chequeando sus sistemas, por lo que se podía aseverar que equivalía a que estuviera desconectado. Mark sintió algunos cargos de conciencia por dejar a sus dos amigos solos, pero no aguantaba más tiempo confinado entre los deslucidos muros de las antiguas aulas. Salió a la calle y se sorprendió de localizar a Eliza manipulando lo que parecía una oquedad a ras de tierra en un árbol que debería tener una edad estimada en varios cientos de años. Se escondió y observó como la chica introducía algo en la abertura. Cuando trató de averiguar que sucedía, la patrulla nocturna conformada por dos monjas de oscuro hábito atravesó las largas galerías como método disuasorio para que los alumnos no intentaran acceder al dormitorio de las chicas y viceversa. Quien era sorprendido in fraganti era expulsado casi de inmediato en los días posteriores. Como no podía utilizar su poder de apantallamiento por el reciente derramamiento de sangre que había sufrido y estaba algo débil, optó por retirarse discretamente para que no le descubrieran, pero intuyó que un peligro se cernía sobre Candy. La danzarina luz del candil de la hermana Sellers alumbró el lugar donde hasta hacía unos instantes se había encontrado Mark, que merced a sus reflejos pudo esquivar el alcance del haz luminoso por muy poco margen.

36

Candy estaba sentada al pie de las escalinatas de un pequeño y coqueto templete de mármol blanco cuya cúpula azul se recortaba sobre el cielo de idéntico color. Estaba leyendo un libro cuando la voz de Patty llamándola por su nombre atrajo su atención:

-Caaandddyy –gritó Patty desde corta distancia.

-Aquí estoy Patty –respondió Candy agitando la mano.

La muchacha parecía muy apurada y respiraba agitadamente por la carrera que había realizado a buen ritmo. Las piernas apenas le sostenían a cuenta de ello.

-Encontré esta carta en el buzón secreto para ti Candy –repuso la chica recobrándose aun del cansancio que el venir corriendo hasta allí le había inferido.

Candy creyó que su amiga intentaba mostrarle una de sus cartas de amor, por lo que declinó el leerla adelantando la palma de la mano mientras guiñaba el ojo izquierdo a Patty. La joven morena le entregó la misiva sacándola de su error, ya que no era para ella si no para Candy.

-¿ Una carta ? –inquirió la joven sorprendida- ¿ para mí ? –añadió con voz ligeramente chillona.

Depositó el libro de tapas rojas alusivo al continente africano sobre el suelo frío y pulimentado del templete y rasgó el sobre, nerviosa y con dedos temblorosos, leyendo ávidamente las breves líneas supuestamente plasmadas en el papel por la persona amada.. El corazón de Candy se aceleró al descubrir de que se trataba:

" Querida Candy:

Debo hablarte urgentemente. Te espero esta noche en el establo a la doce.

PD: Rompe esta carta luego de leerla. Te quiero.

Terry".

Candy llegó a la conclusión de que Terry conocía el peculiar y secreto buzón porque quizás Stear se lo habría contado. Lo más seguro es que Archie ni supiera de semejante sistema de comunicación y la mala relación que sostenía con Terry, con quien había llegado a entablar un duelo a espada, afortunadamente sin mayores consecuencias y que la hermana Grey ocultó temerosa del escándalo subyacente si tal hecho se divulgaba, desde luego no favorecería que el joven primo de Candy le realizara una confidencia semejante.

37

Como era de suponer la enamorada y emocionada muchacha acudió a la supuesta cita, caminando con precaución una vez que abandonó su cuarto descolgándose por el balcón con una cuerda atada a la balaustrada, procurando no hacer ruído para no alertar a las patrullas nocturnas que la siempre desconfianza rectora organizaba para impedir una de sus más recurrentes y particulares pesadillas: las salidas nocturnas de sus pupilos que muchas veces no se resignaban a dormir cómoda y plácidamente en sus lechos a la espera de un nuevo día. Candy se fue escondiendo de árbol en árbol intentando que ningún contratiempo la sorprendiera echando a perder sus propósitos. Se encaminó con rapidez hacia el establo, una construcción de madera de tejado inclinado y situada en un claro del bosque e iba tan apresurada que inadvertidamente rompió una rama que produjo un chasquido que espantó a varias aves nocturnas, que levantaron el vuelo batiendo frenéticamente las alas y asustando a Candy que dominó sus nervios a flor de piel, a duras penas. Llegó hasta las puertas de roble de la recia y achaparrada edificación y tocó la superficie con los nudillos con suavidad. No obtuvo respuesta. Llamó a su novio por su nombre y la voz del joven le respondió desde el otro lado invitándola a entrar. Candy dio un respingo y abrió uno de los batientes para acceder al interior del establo. Ceodra relinchó al ser súbitamente despertada por la irrupción de Candy y la joven llamó a Terry preguntándole donde estaba. Si no terminaba de encontrarse con él terminaría por sufrir un shock de la ansiedad que llevaba acumulada encima. Terry encendió un fanal que iluminó el recinto. Estaba sentado a los pies de su yegua que le observaba indiferente desde detrás de su cubículo encerrada tras una cerca de madera. Aun con el miedo en el cuerpo, Candy avanzó hacia él y le abrazó preguntándole de que quería hablarle con tanta urgencia a esas horas. Terry se asombró y preguntó a su vez:

-¿ Cómo Candy ? –inquirió separándose un poco de Candy rompiendo el contacto con ella- yo creí que eras tú la que necesitaba verme. Deslizaste una nota bajo la puerta de mi cuarto.

-Yo no hice tal cosa –dijo Candy perpleja y empezando a sospechar que alguien les había jugado una mala pasada. –y además Terry, tú me dejaste una nota en el buzón secreto diciendo que me querías ver cuanto antes.

La cara de Terry le hizo ver a Candy que no sabía en lo más mínimo de lo que estaba hablando:

-Yo no se que es ese buzón ni donde está Candy. Yo tampoco te envié ninguna carta.

-¿ Entonces ? –preguntó Candy con el miedo plasmado en sus hermosos ojos como esmeralda girándose hacia las puertas del establo cuando ambos enamorados escucharon un repentino sonido proveniente de los batientes que se iban desplazando lentamente hacia dentro.

-Alguien nos ha tendido una trampa –estalló Terry poniéndose delante de su amada para protegerla de cualquier posible amenaza. Cuando el joven le reclamó la misiva para estudiarla, Candy azorada le explicó que la había hecho añicos, porque en ella se le pedía que la rompiera y que se deshiciera de los pedazos de papel.

El ruido proveniente de la puerta cada vez era más fuerte y no podía ser ignorado. Terry apagó el candil pero la penumbra del establo fue iluminada por la claridad proveniente de otro que sostenía en alto la enojada y cejijunta hermana Grey, respaldada por un tropel de monjas que les observaban con reprobación. La rectora preguntó enojada que estaban haciendo allí exigiendo una respuesta clara e inmediata de ambos jóvenes.

Antes de que Candy pudiera replicar nada o Terry salir en defensa de su novia, la enojada religiosa clamó:

-Han cometido un acto vergonzoso que mancha la reputación del Colegio.

Entonces entre el grupo de monjas que escoltaban a la hermana Grey destacaron dos figuras con el uniforme femenino del internado. Una de ellas era Louise Malcott, la inseparable secuaz y amiga de Eliza Legan que contemplaba triunfante a la atribulada y cariacontecida Candy.

-Tú –acertó a exclamar Candy.

-Entonces era cierto lo que se rumoreaba. –dijo la vengativa joven dirigiéndose hacia la hermana Grey con fingida afectación –utilizan este lugar para sus citas secretas y verse así a escondidas. Quien sabe la de actos pecaminosos y horrendos habrán cometido aquí a solas –exclamó Eliza histriónica exagerando deliberadamente sus rasgos y su tono de voz para enojar y soliviantar aun más a la de por si encolerizada hermana Grey.

Candy intentó abalanzarse sobre Eliza ante la grave insinuación de que se acostaba con Terry. Aunque ambos se habían besado y abrazado no habían mantenido relaciones ya que aquel era un paso que deberían meditar juntos y que por lo menos hasta que no hicieran pública su relación y terminaran el curso escolar, no darían. Ambos querían estar muy seguros antes de ponerlo en práctica. Dos monjas sujetaron a Candy por los antebrazos, que pataleaba furiosa intentando agredir a Eliza que sonreía satisfecha. En cuanto Terry intentó acudir en ayuda de Candy sufrió la misma suerte siendo retenido por los dos fornidos vigilantes que reforzaban las labores de vigilancia dentro del campus, apoyando a las monjas con sus propios itinerarios de patrulla.

Cuando Terry reclamó a Eliza sus artimañas, esta disimuló perfectamente no dándose por aludida y justificando su presencia allí:

-Solo estoy aquí para velar por el buen nombre del colegio y confirmar si el rumor que corría de boca en boca era cierto o no –dijo saboreando también la desazón y la furia que agitaban a Terry. Se sentía vengada por el desaire que había cometido con ella unos días atrás mientras cabalgaba a lomos de su yegua y algo antes en el baile del Festival de Mayo, al rechazar su invitación para que fuese su pareja.

-Mentirosa –clamó Terry y Candy casi al mismo tiempo. Pero lo que vendría a continuación fue algo que difícilmente podrían superar ni olvidar en mucho tiempo tanto Terry como Candy. La hermana Grey endureció su ya de por si petrea expresión y dijo elevando el tono de voz:

-Por tu conducta pecaminosa e inmoral –dijo extendiendo su brazo derecho para señalar a Candy con un dedo acusador- decreto que seas expulsada de esta venerable Institución de forma indefinida por tu comportamiento aberrante e indigno. Pondré al corriente a tus familiares para que vengan a buscarte, y mientras, como castigo permanecerás confinada en una celda de meditación.

Hizo un gesto a las religiosas de oscuro hábito y no menos amenazador semblante que la acompañaban y se llevaron a rastras a Candy que trató de resistirse, chillando y pataleando clamando por su inocencia. Terry se encaró con la hermana Grey reclamando para sí el mismo castigo que había sufrido Candy.

-Tu caso es diferente –dijo la rectora desviando la mirada con embarazo y sin demasiadas ganas de hablar de ello. Deseaba zanjar la cuestión cuanto antes y repuso –tú perteneces a una influyente familia y eres de noble cuna, mientras que esa muchacha que te ha hipnotizado y seducido con sus malas artes se crió en un hospicio. Y no quiero hablar más de este asunto. Ahora Terry Grandchester, vete a tu cuarto y medita sobre las malas acciones que has cometido inducido por esa joven.

Terry se rebeló debatiéndose con furia, pero los dos vigilantes le mantuvieron firmemente asido sujetándole los brazos por detrás de la espalda:

-Se trata de las donaciones que realiza mi padre, ¿ verdad hermana Grey ? se trata de eso sin duda alguna.

La rectora quería terminar con todo aquello cuanto antes. Las acertadas preguntas de Terry la estaban poniendo en un compromiso delante de todos. Sin responder a sus preguntas ordenó a los dos hombres que lo escoltaran hasta su habitación y que se aseguraran de que no saliera de allí en ningún momento.

Candy fue confinada en una fría y mohosa celda por dos religiosas de facciones serias y adustas. Tras cerrar la pesada puerta de hierro sin atender a sus requerimientos y demandas, las hermanas se retiraron sin tan siquiera volver la vista sobre su hombro ni escuchar los lamentos de Candy que golpeando la plancha metálica de la puerta con sus pequeños puños, clamaba continuamente por su inocencia gritando que tanto Terry como ella habían sido víctimas de una cruel trampa urdida por Eliza. Naturalmente, nadie la creyó. La celda estaba ubicada en el interior de una extraña construcción cilíndrica que semejaba una desmadejada y desgarbada torre de piedra, escorada peligrosamente hacia un lado. Finalmente, desalentada ante la falta de respuesta se desplomó llorando al pie de la puerta tras deslizar sus manos sobre la fría y áspera superficie de la misma. Entonces miró sorprendida hacia arriba porque la luz de la luna estaba entrando por alguna parte y descubrió que la torre carecía de techumbre alguna porque esta se había desplomado hacia ya mucho aunque aun se conservaban algunos restos dispersos de la misma intactos en forma de aleros. A través de la gran abertura, las estrellas titilaban en lo alto del firmamento ofreciéndola un hermoso espectáculo Candy quiso ser como ellas pero se encontraba atrapada entre espesas y frías paredes que impedían que su ferviente deseo pudiera culminarse plenamente. Descendió poco a poco las escaleras que había frente a la puerta y se sentó en cuclillas escondiendo la cabeza entre las manos. Un escritorio de madera muy ajado y en mal estado con una palmatoria encima que albergaba una vela a medio consumir y sobre la que remansaban los restos de la cera fundida y ya endurecida al enfriarse, y un camastro eran el único y sobrio mobiliario de la celda. Sin embargo no estaba sola. Unos pasos resonaron en el exterior y Candy aplicó su oído a la puerta de hierro intentando detectar quien era su desconocido visitante. Entonces hizo bocina con las manos y preguntó esperanzada:

-Terry, ¿ eres tú,cariño ?

Ya le daba absolutamente igual que todo el alumnado y el personal docente se enterasen del noviazgo que tanto ella como Terry estaban sosteniendo en secreto. Pero no hubo respuesta. A los pies de la siniestra y oscura torre construida en piedra de sillería un joven de largos cabellos negros y ojos como la noche y enfundado en una cazadora de cuero ajustada en torno a su cuerpo y sobre unos bastos y deslucidos pantalones vaqueros respondió finalmente a su desesperada llamada de auxilio:

-No temas Candy. Voy a sacarte de ahí. Ten valor y no desfallezcas.

Candy se quedó tan petrificada como los recios muros que la separaban de la ansiada libertad. Aquella no era la voz de Terry.

-¿ Mark ? –preguntó angustiada llevándose las manos a los labios. Entonces percibió una claridad irreal que asustó a la hermana Grey, a algunas monjas que hacían la ronda y a parte del alumnado que no estaba durmiendo. Entonces Candy notó una paz y una calma que imbuían su alma de serenidad y tranquilidad. Era una energía tan pacífica y maravillosa, que la muchacha sintió unos inmensos deseos de llorar, no por ella misma y su adversa suerte, si no por el muchacho que desprendía semejante luz y al que el amor había impelido a salir en busca, pese a su abatimiento, de la mujer que amaba con toda su alma. Entonces una nueva estrella fugaz nació para incorporarse junto a sus compañeras en el firmamento. El joven remontó el vuelo cuando su densidad molecular fue tan ligera, hasta el punto que el poder más amable y hermoso del iridium le permitió despegarse de la tierra sin apenas esfuerzo. Mark salvó ágilmente la altura de la torre que para él no era más que una sencilla e inofensiva barrera fácil de superar y entró por la parte superior carente de techo para bajar mansamente y aparecer a los pies de Candy. La chica notó como un sentimiento muy intenso, nacía en su pecho, el recuerdo de un amor mucho más fuerte y rotundo del que la unía a Terry y sin poder evitarlo, abrazó al joven que había acudido a rescatarla.

38

Con la precipitación y las prisas, Mark había olvidado lo más obvio y evidente, que hubiera sido interceptar la correspondencia que era depositada en el improvisado buzón y haber analizado detenidamente cada carta hasta encontrar la que supuestamente había dejado Eliza para Candy, y que había cerrado la astuta y ladina trampa que había tendido en torno a la muchacha y a Terry. Probablemente se habría destrozado los sueños de unos cuantos enamorados que no recibirían respuesta de su amado o amada por esa vez, y levantado suspicacias entre ellos, pero habría evitado que Candy acudiera a la falsa cita y con ello ser recluida en la extraña construcción en forma de torre contrahecha a la espera definitiva de su expulsión. Y además de esa manera, Eliza habría quedado en evidencia ante la rectora por acusar falsamente a dos alumnos al encontrar el establo donde la yegua de Terry se albergaba, completamente vacío, a excepción de la esplendida montura blanca del joven inglés. Pero Mark estaba en un estado tal de ansiedad y desolación que no fue capaz de pensar claramente y por otro lado, intentar saltar en el tiempo en una realidad alternativa, podría resultar muy peligroso. Bastante era que había logrado introducirse en la torre para sacar de allí a Candy, pero quedaba otro asunto que resolver y no precisamente baladí. Una vez que Candy estuviera fuera, la hermana Grey no le levantaría el castigo fácilmente y menos se echaría atrás en su decisión, tras comprometerse a ello delante de tantos testigos. Cuando Candy vio aparecer a Mark corrió hacia él, mojándole con sus lágrimas. Ambos se miraron y la muchacha sollozante le dijo:

-Perdóname Mark, perdóname por no haber sabido darme de cuenta de lo mal que lo estabas pasando, Yo…

Mark puso una mano en los labios de la chica y sonrió. Tenía una bonita y esplendorosa sonrisa. Candy se preguntó si habría obrado bien comprometiéndose con Terry. De pronto se percató asustada, de que no sabía realmente lo que quería. Su corazón se hallaba dividido entre Terry y Mark. El poderoso influjo del vínculo que ataba a Candy y a Mark empezaba a ejercer todo su poder desde la otra realidad alternativa de la que Mark procedía.

-Ahora eso no importa –dijo Mark solicito procurando dominar sus sentimientos y besarla allí mismo- te sacaré de aquí. Ya conoces mis poderes por tus sueños. ¿ estás dispuesta ?

Candy asintió, porque su principal afán era abandonar aquella tétrica y lóbrega prisión cuanto antes por lo que por el momento no reconsideró lo que harían a continuación, una vez que estuviese libre. Se aferró a Mark sin palabras, y como si hubiera hecho aquello cientos de veces, asistió con naturalidad al momento en que la mansa energía iridiscente emanaba de su cuerpo tornándole tan ligero que el atormentado joven subió lentamente con Candy a cuestas, que se sujetaba a su cuello con ambas manos. Mark por su parte, la ceñía con sumo cuidado por el talle para no dañarla. La suerte que a veces le era tan adversa, le protegió nuevamente, porque aquella noche la luna lucía en el firmamento tan plena y radiante, que la quasi irreal luz que el astro desprendía sirvió para enmascarar la del aura de Mark, que por otra parte, habría despertado a medio colegio, alertando por supuesto a la ronda nocturna y a la propia hermana Grey. Candy experimentó una calma y tranquilidad tan pacíficas en contacto con Mark, al percibir su aura tan cálida que como un susurro parecía acariciar su alma, que no pudo evitar reprimir sus ganas de llorar. El amor que le había profesado a Mark en ese ignoto mundo del que le había hablado, estaba comenzando a llegar a este procedente del otro.

39

Cuando Candy estuvo libre, una vez que Mark rebasó el alto dintel de la torre cilíndrica sin techumbre y la depositó sana y salva sobre la hierba la joven reparó finalmente que ya no tenía nada que hacer allí. De repente su mundo se había derrumbado una vez más sobre ella y ahora además aunque amaba a Terry, la alargada sombra de Mark empezaba a cobrar cada vez más fuerza. El haber percibido la verdadera naturaleza de su corazón a través de la dorada aura que les envolvió y que les había permitido volar mansamente le había hecho reconsiderar sus sentimientos, aunque como aun no estaba segura optó por guardar sus temores para sí. Su corazón se había perdido en una encrucijada de amor.

Candy no podía seguir permaneciendo por otro lado, por más tiempo en el Internado. Tenía que marcharse de allí cuanto antes. Quizás aquel fuera el momento. Mark adivinando sus intenciones le tendió una mano y le dijo:

-Ven con nosotros. Te protegeremos mientras tomas una decisión.

-¿ A qué te refieres ? no te comprendo –preguntó sorprendida la chica.

Mark iba a responderle cuando una tremenda algarabía resonó procedente de donde estaba su improvisada residencia. Se escucharon algunos disparos y muy pronto el silencio reinante en el recinto del Internado se truncó como por ensalmo. Mark se interpuso entre Candy y la supuesta amenaza para protegerla. La chica se aferró a Mark mientras exclamaba atemorizada:

-¿ Qué pasa Mark ? tengo miedo.

-No lo se Candy –estuvo a punto de añadir cariño, pero se lo pensó mejor y pronunció su nombre- pero parece que…

Entonces una forma metálica inmensa perseguida por hombres armados, que descargaban sus armas contra el autómata, vino corriendo hacia ellos. Y asido a duras penas a la espalda del robot, intentando no caerse se agitaba violentamente un joven pelirrojo de penetrantes ojos verdes que maldecía el no tener su arma consigo encima y que el módulo de programación que permitía a Mermadon ejercer la violencia necesaria y justa para repeler una agresión, se hubiera estropeado justo unas horas antes. Venían siendo seguidos a corta distancia por hombres con el uniforme azul oscuro de la Policía Metropolitana, y que esgrimían sus revólveres, conminando a voz en grito a los intrusos a que se detuvieran cuanto antes. Pero aunque las balas silbaban en torno a ellos, rebotando contra el blindaje de kevlar de Mermadon, obligando a Haltoran a protegerse resguardándose, tras el pecho del robot, como era de esperar, robot y creador hicieron total caso omiso de los requerimientos de los agentes de la ley.

40

De no ser por lo dramático y trágico de la situación que estaban viviendo, a la par que extraña y completamente ilógica, de no ser porque era completamente real, Mark habría prorrumpido en carcajadas. Pero su mejor amigo estaba siendo tiroteado a muy corta distancia por funcionarios de la Policía Metropolitana y corría un serio riesgo de perder la vida, de no ser porque Mermadon le protegía gracias a su resistente e impenetrable blindaje de acero mezclado con kevlar. Para colmo, había liberado a Candy de su cautiverio pero cuando los agentes de la ley se enterasen de que además de dos peligrosos intrusos había un secuestrador las certeras balas de los policías también le pondrían en su punto de mira. Candy chilló asustada y Mark la situó detrás suyo para tenerla controlada y defenderla con más posibilidades de éxito. Mark miró a Haltoran interrogante, pero no había tiempo de explicaciones. Mermadon gracias al sistema de patines que surgía de las plantas de sus pies y que Haltoran le había instalado iba dejando atrás a los policías, mientras su creador cambiaba de posición constantemente, ora situándose en la espalda del robot, ora resguardándose bajo su pecho, para dificultar que los proyectiles hicieran blanco en él.

-No puedo explicártelo ahora, pero tenemos que marcharnos definitivamente de aquí –voceó Haltoran mientras se agachaba para evitar que una bala le acertara en plena sien –nos encontraremos en el antiguo pueblo, donde estuviste viviendo.

Mark no respondió aunque asintió dando muestras de haberle entendido. Tenía que hacer algo para proteger la retirada de sus amigos y conseguir que ganaran tiempo suficiente para que lograra ponerse a salvo, y como los agentes aun no se habían percatado de su presencia, extendió su mano izquierda y proyectó un rayo de iridium hacia delante, creando una pared completamente traslúcida contra la que los agentes colisionaron haciéndoles rodar por tierra. Uno de los bobbies perdió su característico casco mientras otro, al rebotar contra el escudo que Mark había creado, salió despedido contra uno de sus compañeros derribándole al suelo al caer pesadamente sobre él. Ambos hombres perdieron el conocimiento y quedaron en grotescas posiciones tendidos sobre la hierba y los altos árboles de los bosques del Internado San Pablo.

Ni que decir tiene a todo esto, que los disparos, los gritos y el tremendo alboroto que la persecución había desatado, sumió en un mar de confusión y de miedo al Internado. Los alumnos y alumnas fueron conducidos rápidamente a unas antiguas bodegas que ya no se utilizaban, pero que ahora cumplirían la función de improvisado refugio, mientras la hermana Grey, completamente histérica reclamaba información a diestro y siniestro, pero las asustadas monjas entre las que trataba de poner un poco de orden el padre North, vicario del Internado no supieron aclararle que es lo que estaba pasando. Finalmente, la rectora al borde de las lágrimas se tropezó con la hermana Sellers que parecía no perder la compostura ni el aplomo siquiera en aquellas confusas y para nada confortadoras circunstancias. La religiosa de ojos caídos y prominente nariz tranquilizó a la hermana Grey o por lo menos lo intentó diciéndola:

-He llamado a la Policía porque detecté la presencia de los intrusos que tantos quebraderos de cabeza nos han dado en todo este tiempo, madre –dijo la monja con su desagradable voz nasal.

La hermana Grey entonces tuvo una corazonada y se asomó a un balcón tras entrar en una habitación vacía perteneciente a una alumna, pese a las súplicas de la hermana Sellers para que entrara nuevamente, porque podría resultar peligroso. Pese a que aguzó la vista no alcanzó a distinguir nada, si acaso unos hombres que corrían a lo lejos perseguidos por la Policía Metropolitana hasta que extrañamente y de forma inexplicable los funcionarios comenzaron a desplomarse en el suelo y a rebotar como si hubiera algo que los estuviera frenando o conteniendo.

La rectora abandonó la habitación y salió al pasillo, cruzándose con decenas de histéricas muchachas que gritaban pugnando por ponerse a salvo y corriendo sin rumbo fijo, tratando de ganar un lugar seguro. Afortunadamente, la hermana Margaret consiguió tranquilizarlas y haciendo valer su autoridad y buenos oficios, logró que la siguieran dócilmente hacia las bodegas donde se refugiarían hasta que todo terminara.

-¿ Qué aspecto tenían esos intrusos hermana Sellers ? –preguntó la rectora suspicaz y girándose lentamente mientras el sonido de los disparos se reemprendía nuevamente haciendo que la hermana Grey se agachara instintivamente. Los policías estaban descargando sus armas contra la pared invisible creada por Mark merced a un poder que hacía mucho tiempo no había vuelto a utilizar. Las balas rebotaban con fuerza hiriendo a algunos de los policías que las habían disparado, al volver sobre su trayectoria, aunque afortunadamente no de gravedad, y otros acertaron a ponerse a cubierto en el momento justo en que la munición retornó hacia ellos a muy pocos centímetros sobre sus cabezas.

La hermana Sellers dudó de contarle a su superiora lo que había presenciado claramente, pero la expectante y endurecida expresión de la hermana Grey, terminó por vencer sus recelos, más por la impresión que la adusta mujer producía en ella que otra cosa. Se aclaró la garganta, pero su voz sonó tan nasal y distorsionada como siempre:

-Uno de ellos era un muchacho pelirrojo, y el otro…no me va a creer madre –dijo la hermana Sellers cruzando los brazos sobre el hábito oscuro y bajando la cabeza dubitativa, mientras desviaba la vista para no enfrentarse a los ojos de la hermana Grey.

-Vamos hermana, tiene que contarme lo que vio…ahora.

La monja suspiró y persignándose dijo con un hilo de voz:

-Parecía un hombre…pero como hecho de metal, y en realidad…era más alto que un ser humano. Y esa cosa me habló con una voz muy dulce y tranquila. Me dijo "Buenas noches hermana, tenemos una esplendida noche, valga la redundancia".

La hermana Grey arqueó las cejas y creyó que le daría un pasmo. El joven pelirrojo era aquel muchacho que se había colado en el recinto del Internado y que a pesar de sus requerimientos, había salido huyendo antes de que la astuta monja pudiera interrogarle y hacerle confesar quien era y que estaba haciendo allí. En cuanto al autómata que tanto la asustara no le cabía la menor duda y su formidable intuición le advertía de que ambos estaban relacionados de alguna manera. Ahora la hermana Sellers le había proporcionado la pieza del rompecabezas que le faltaba. La hermana Grey observó a su compañera de congregación y guardó silencio. Ambas mujeres caminaron lentamente hacia las bodegas donde se refugiarían con el resto de alumnos y personal docente hasta que la Policía restableciera el orden. Entonces la hermana Sellers narró a la rectora de que forma había sorprendido a los dos intrusos y como había avisado a la Policía a raíz de aquello.

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La hermana Sellers realizaba una de las consabidas y rutinarias rondas nocturnas secundada por una novicia más joven, que le servía de asistente y ayudante. El Colegio San Pablo tenía una pequeña pero pujante comunidad de novicias que aguardaban pacientemente el momento en que pasarían a ser miembros de pleno derecho de la congregación religiosa que administraba el Internado, bajo el mandato de la hermana Grey. Y una de sus múltiples labores era asistir a las hermanas en sus cometidos de vigilancia. Habitualmente el viejo y ruinoso pabellón con fama de encantado, no solía formar parte de los itinerarios de las rondas, en parte debido a los rumores de que estaba embrujado, en parte a que nadie se acercaba por allí por temor a que la deteriorada construcción se viniera abajo en cualquier momento, sorprendiendo a algún incauto en su interior. Pero aquella noche, la hermana Sellers tuvo una corazonada y optó por encaminarse hacia las antiguas aulas. La novicia que la acompañaba sintió que sus piernas temblaban pero más miedo le inspiraba la severa monja de larga nariz y ojos casi inexpresivos, por lo que siguió dócilmente a su mentora sin rechistar. Cuando ambas mujeres llegaron finalmente a la vista de la tétrica y dañada edificación que de noche tenía un aspecto más temible si cabe, la hermana Sellers esgrimió el fanal y se aventuró hasta las escalinatas de entrada que daban acceso al inmueble de dos plantas. Cruzó bajo el frontispicio sin dificultad. Haltoran estaba durmiendo tras varios días sin pegar ojo debido a que había estado cuidando del lamentable estado de salud de su amigo hasta que se recobró, Mark se había ausentado para dar un corto y relajante paseo y Mermadon estaba aun reajustando sus circuitos por lo que sus sistemas de vigilancia estaban desconectados. Por ello, la hermana y la novicia consiguieron introducirse dentro sin mayores problemas, hasta que Mermadon terminó sus revisiones volviendo a conectarse. Cuando intuyó que alguien había penetrado en la intimidad de su astrosa y destartalada morada, les salió al paso ejecutándose el módulo de programación que obligaba al robot a ser cortés y considerado con cualquiera que le saliera al paso:

-Buenas días hermana –saludó afablemente el coloso metálico sorprendiendo a la novicia que no paraba de mirar en derredor escrutando la penumbra de las desvencijadas aulas y procurando no separarse de la hermana Sellers ni un milímetro -¿ a que debemos el placer de su visita ? –preguntó.

El grito de la novicia retumbó en toda el área, haciendo que la hermana Sellers se la uniera tan pronto, como se encararon con un monstruo de dos metros de altura, de apariencia metálica y en cuyo rostro ardían siniestramente dos puntos de luz. El alarido de la principal ayudante de la hermana Grey, rivalizó con el que la novicia había dado antes, hasta eclipsarlo prácticamente por completo. A continuación, ambas mujeres abandonaron precipitadamente las dependencias despertando a Haltoran que se preguntaba desorientado aun bajo los efectos del sueño y medio amodorrado, que estaba sucediendo para volver a dormirse, casi de inmediato.

Poco después, la hermana Sellers, que no supo ni como acertó a llegar hasta el edificio de la centralita del Internado, estaba telefoneando frenéticamente a Scortland Yard para que le enviasen alguna patrulla policial lo antes posible. La monja, hecha un manojo de nervios y muy excitada, casi no acertó a realizar la petición de auxilio, por lo que el policía que cogió el aviso al otro lado del auricular, estuvo a punto de colgar creyendo que alguien le estaba gastando una broma y haciéndole perder el tiempo, hasta que la monja logró articular palabra. A la mención del antiguo Internado, el agente se envaró y consiguió tranquilizar a la religiosa que le fue dando los detalles. Poco después varias dotaciones policiales salían camino del internado, desde la comisaría más próxima, lo más rápido que la velocidad de sus vehículos se lo permitían.

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Mientras la hermana Grey se encontraba amonestando a Candy y a Terry en otra parte del Internado, más concretamente en el interior del viejo establo habilitado especialmente para acoger a la yegua de Terry, Ceodra, y por tanto desconocía los dramáticos acontecimientos que se estaban desarrollando en otro punto, la nerviosa y presurosa hermana Sellers abría la cancela principal pintada de negro del recinto a los agentes, que fueron entrando en tropel y siguiendo a las dos religiosas. Cuando guiados por la hermana Sellers, los bobbies rodearon el astroso edificio procurando no hacer ruido para sorprender a los extraños, Mermadon creyendo que llegaban más visitantes a los que debía recibir con amabilidad y cortesía les salió al paso. Haltoran se había vuelto a dormir porque estaba realmente agotado tras cuidar de Mark durante tantos días por lo que no tenía ni la más remota idea del jaleo que se iba a desatar en breves instantes y Mermadon, con su programación distorsionada no reconoció a los policías como presuntos rivales o adversarios, si no como amables huéspedes o invitados a los que atender con la mejor de las sonrisas si hubiera podido esbozarla, y los modales más exquisitos, los cuales si era capaz de reproducir. Pero cuando el robot salió al exterior en vez de aguardar dentro, la visión del autómata apareciendo bajo el frontispicio de la fachada principal, heló la sangre en las venas, a los curtidos y avezados policías, que casi sin pensarlo desenfundaron sus armas a la vez. Mermadon era todo inocencia y bondad. Y aunque era capaz de reconocer cualquier arma habida y por haber y estar autorizado por Mermadon a utilizar la fuerza, desde que Candy fuera maltratada tan atrozmente por Albert, cuando Mark sufrió la venganza urdida entre el despechado magnate y Karen Kleiss, su programación alterada y del revés le hacía comportarse de forma totalmente anómala y carente de lógica. El robot intentó acercarse a los policías para saludarles y estos, tomándolo como un gesto de hostilidad del coloso, pese a que le conminaron a detenerse, lo cual no hizo, empezaron a disparar frenéticamente mientras la novicia aterrada por el ensordecedor fragor de los disparos se tiró al suelo, y la hermana Sellers intentó calmarla, mientras dos policías las ponían inmediatamente fuera del alcance del fragor de la refriega. Las balas rebotaban inofensivamente sobre el robot, y finalmente el silbido de los proyectiles y el ruido de los impactos en el torso del robot, despertó a Haltoran, que esta vez no volvió a quedarse dormido. Sin apenas tiempo para reaccionar y casi ni vestirse, salió al encuentro de Mermadon y le ordenó:

-Sácame de aquí inmediatamente Mermadon. Maniobras evasivas.

Afortunadamente, el sistema para impartir órdenes que no tuvieran que ver implícitamente con el uso de armas o de la violencia en sí, no estaba dañado, y el robot hizo emerger de sus plantas metálicas una especie de patines con los que salió huyendo velozmente, con Haltoran asido a su espalda y a penas tiempo de ir en pos del robot.

-Deténganse, deténgase o abriremos fuego –les conminó el capitán, que comandaba las patrullas desplazadas hasta allí.

Al no obtener respuesta, los policías comenzaron a tirotear a Haltoran y a Mermadon, pero el resistente blindaje de acero y kevlar cumplió perfectamente con su función evitando que Haltoran pudiera resultar alcanzado por alguna bala perdida y sufrir alguna fea herida que habría agravado, aun más de por si, su particular y atípico drama allende del tiempo.

Si la Policía Metropolitana directamente dependiente de Scortland Yard, había respondido tan rápidamente, destinando abundantes efectivos a lo que en un principio parecía a todas luces, una gamberrada sin mayor trascendencia, ya que el Real Colegio San Pablo tenía fama de ser el centro religioso docente más seguro a la par que severo, de toda Gran Bretaña, era porque aun así, no querían correr riesgos innecesarios. En aquel selecto y elitista Internado estudiaban los vástagos y primogénitos de las más nobles y acaudaladas familias de Inglaterra, Escocia y probablemente parte de Europa y Estados Unidos. Si a algunos de aquellos chicos y chicas, varios de ellos hijos de ministros del Gobierno de Su Majestad, de magnates tan poderosos como acaudalados, o influyentes profesionales liberales, como médicos y abogados de prestigio entre otros, sufría algún rasguño, muchos verían peligrar su cargo y puede que sus cabezas, por lo que el director general de la propia Scortland Yard seguía muy de cerca, casi en directo, la evolución de la crisis no apartándose del teléfono ni un segundo, manteniendo línea directa con el Ministro del Interior. Además el escándalo subsiguiente podría ser monumental y de órdago, salpicando indirectamente al Gobierno que llegado el caso, podría verse forzado a dimitir, si alguno de los estudiantes resultaba herido o fallecía como consecuencia de cualquier fatal imprevisto que terminara en trágico desenlace. Los conceptos "fuego cruzado" y "víctimas indirectas" amén de otros igualmente delicados y que nadie se atrevía siquiera a susurrar constituyendo un tabú innombrable, quitaban el sueño del ministro del Interior para abajo, hasta llegar al responsable de la comisaría, de la cual habían partido los efectivos policiales, para reducir y detener a los presuntos intrusos que habían penetrado en el recinto del Internado, perturbando su tranquilidad.

Hasta su Majestad se sentía preocupado por la evolución de aquel trágico episodio.

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Aprovechando la distracción que Mark había creado levantando el escudo protector de iridium, Haltoran ordenó a Mermadon que extrajera los propulsores ocultos en las plantas de sus pies, una vez que los patines retractiles quedaran alojados en su compartimientos y lanzando un chorro de fuego que iluminó la negra oscuridad como si fuera pleno día, el robot salvó la cancela de hierro con Haltoran asido a su espalda, mientras pasaba por encima de las cabezas de Candy y de Mark al tiempo que agitaba la mano derecha para saludarles y sonreírles efusivamente. Tan pronto como el robot se posó en tierra al otro lado del Internado, activó su poder de invisibilidad que había quedado restablecido y se alejó rápidamente. Entonces Mark tendió la mano hacia Candy que en un primer momento retrocedió espantada alejándose del joven. Entonces Mark reparó en que la pared de luz empezaba a deshacerse y que muy pronto, por mucho miedo que el inexplicable fenómeno les produjera y por extraño y chocante que resultara el que un obstáculo invisible les impidiera acercarse al joven que parecía pretender secuestrar a una de las alumnas, terminarían por comprobar que había desaparecido y se abalanzarían sobre ellos. Si Mark no había desplegado su RPG-12 era porque no deseaba herir y menos acabar con vidas inocentes, por lo que en ningún momento, pese a tenerla a su alcance quiso utilizar su arma de asalto. Las dos granadas cónicas continuaban escondidas bajo su cazadora. Mark alargó la mano hacia la muchacha. La pared estaba debilitándose y daba muestras que en cualquier instante cedería, y puede que no le fuera posible crear otra por un plazo indeterminado de tiempo.

-Tienes que decidirte Candy –dijo Mark agitando sus dedos intentando que la joven aceptara su ayuda- te expulsarán de todas maneras. La hermana Grey no perdona fácilmente una falta o una ofensa. Si quieres te sacaré de aquí, pero el escudo no resistirá mucho más. No tengas miedo de mí, jamás te haría daño Candy, y si deseas retornar con Terry, no te lo impediré, tienes mi palabra.

Candy dudó nuevamente. Mark no sabía cual era el motivo de la más que presumible expulsión de Candy, pero era más que evidente que si la había localizado encerrada dentro de la prisión que se albergaba en la extraña y amorfa construcción en forma de torre solo podía significar una cosa. Los policías, repuestos de la primera impresión tal y como Mark había deducido, ya fuera por curiosidad o simple azar se apercibieron de que la realidad volvía a campar por sus fueros y que el etéreo e imperceptible muro que les mantenía apartados del joven de cabellos negros y la asustada y hermosa muchacha rubia de grandes ojos verdes ya no estaba, porque podían traspasar sin problemas el lugar hasta el que hacía unos instantes tenían vedado el paso. Candy lanzó un suspiro, sin saber aun que decidir. Mark podría haberla asido con facilidad con o sin su consentimiento y habérsela llevado de allí de grado o a la fuerza, pero prefirió a que Candy ejerciera su libre albedrío. Finalmente y debido a que no tenía demasiadas opciones y persuadida, pese a los contradictorios sentimientos que habían convertido su corazón en un campo de batalla, por la cálida y acogedora energía del aura de Mark asintió cogiéndose fuertemente a él. Mark asintió y volvió a desatarla elevándose gradualmente con Candy mientras los policías le apuntaron con sus armas y abrieron fuego sin que las balas pudieran atravesar los remolinos y campos de energía que danzaban acelerada y caóticamente en torno a Mark y a Candy.

Entonces el capitán Folkstone gritó enojado haciendo que sus bigotes de manillar temblasen al agitarse, debido al frenético movimiento de sus gruesos, labios que asomaban bajo las hirsutas cerdas de su prominente mostacho:

-¡ Idiotas, alto el fuego, podríais acertarle a la señorita ¡

Los incrédulos agentes de la ley ya de por si habían desistido de continuar disparando, porque sus balas rebotaban de forma inofensiva contra el aura luminosa que no solamente rodeaba al secuestrador y a la infortunada alumna, si no que además, esta les permitía volar sin dificultad, alejándose cada vez más del inmenso desorden que como una balsa de aceite se había extendido a todo el campus del Internado.

Folkstone tuvo que ser asistido por dos de sus hombres, porque había estado a punto de desmayarse. Se enjugó el sudor con un pañuelo que uno de los policías le tendió y dijo en voz baja negando con la cabeza mientras apoyaba sus manos en las mejillas::

-No sé de que modo vamos a explicar estos muchachos, no sé de que modo.

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Realmente no habría tal explicación. Los hechos acaecidos en el Real Colegio San Pablo de Londres no debían difundirse bajo ningún concepto. Pese a que decenas de testigos, incluyendo a los representantes de la ley habían sido testigos de cómo dos personas alzaban el vuelo sobre la verja negra que protegía el perímetro del Internado y se perdían en la lejanía envueltos en una cegadora y vivida luz iridiscente y que las armas de los policías metropolitanos habían resultado inservibles contra el escudo que el hombre había formado con un mero gesto de su mano entre él y la muchacha que retenía contra su voluntad y los agentes, una pesada cortina de silencio y de secretismo caería como un tupido velo sobre los increíbles hechos. Para empezar, el director de Scotland Yard en persona, Lord Manfield se encargó personalmente de hacer jurar a sus asombrados y contrariados hombres que no revelarían nada de cuanto habían visto y oído aquella aciaga noche. El capitán Folkstone intentó protestar e interceder por su gente pero pronto tuvo que desistir so pena de ser degradado o desposeído de su cargo si insistía en divulgar la verdad de lo acaecido. Los policías, furiosos por haberse jugado el tipo contra algo que no conocían, ahora serían obligados a callar mal que les pesara. Para los más recalcitrantes y rebeldes, Lord Manfield les auguró largas temporadas en la cárcel acusados de diversos delitos si se les ocurría contar una sola palabra de todo aquello. En cuanto a los alumnos y alumnas del Colegio San Pablo que accidentalmente o no, habían sido testigos de todo aquel impresionante suceso, imposible de creer de no ser porque muchos lo habían presenciado con sus propios ojos, la hermana Grey amenazó con la expulsión a quien osara a poner en peligro el buen nombre del colegio y con dejar sin permisos de salida a quien sacara a relucir el controvertido hecho siquiera de pasada. Y todo ello incluía naturalmente, la desesperada y frenética carrera de un autómata metálico imparable como un tren lanzado a toda velocidad y brillante como un cometa, con un joven de cabellos pelirrojos como el fuego y ojos enfebrecidos que gritaba como un poseso que le sacara de allí cuanto antes. Por otra parte, estaba el embarazoso suceso del secuestro de una alumna miembro de un acaudalado clan familiar norteamericano, cuya cabeza visible aun no había sido informado de la trágica noticia, pero que no tardaría en enterarse, porque una vez tranquilizados los ánimos de los accionistas y clientes más importantes de los Andrew, muy alterados y visiblemente preocupados debido al hundimiento del barco cargado de diamantes provenientes de la lejana Sudáfrica, causado fortuitamente por Mermadon, el magnate Albert Andrew retornaba a Inglaterra a bordo del Mauritania, para ponerse al corriente de la situación de Candy, porque un mal presentimiento sobre la seguridad de su hija adoptiva, venía asaltándole desde hacía días. Albert ansiaba que las maratonianas e interminables sesiones de trabajo con los accionistas y acaudalados hombres de negocios, celebradas en un lujoso hotel de Chicago, concluyeran de una vez, para poder estar nuevamente lo más cerca posible de Candy.

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Mark sobrevoló algunos campos verdes llevando a Candy consigo como si fuera una ligera pluma y sintiendo una agradable y triunfante sensación de tenerla de nuevo entre sus brazos, aunque solo fuera para llevársela cuanto antes del severo y rígido Internado, en el que la hermana Grey se estaba devanando los sesos acerca de cómo informaría al señor Andrew del secuestro de su hija y de que modo afectaría tan espinoso asunto a la honorabilidad del Internado. Habían dejado atrás la ciudad de Londres y Candy agotada por tantas emociones y sinsabores se había quedado dormida entre los brazos de Mark, mientras continuaban volando a baja altura protegidos por el recobrado poder del apantallamiento de Mark. Candy continuaba aun reponiendo sus maltrechas fuerzas, hasta que el rugido de su estómago la despertó. La muchacha se ruborizó intensamente creyendo que aun se encontraba en el comedor comunal del Internado donde una hermana leía un pasaje de las Sagradas Escrituras, mientras los alumnos comían en silencio y escuchando atentamente, pero solo la rodeaba el aire y una indefinible pero reconfortante sensación de libertad. Pese a que había sido separada abruptamente de Terry y que estaba en manos de un desconocido, notaba una embriagadora paz que se adueñaba de su alma. Tal vez la cálida y afectuosa energía de Mark tuviera mucho que ver en ello. Por otra parte, el sonido de los latidos de su corazón, la sumían en una tranquilidad casi monacal, que hacía que se hubiera olvidado momentáneamente de sus preocupaciones. El precipitado y forzado abandono del colegio, su espectacular e inusual huída y fuga, todas aquellas cuestiones quedaban aparcadas por el momento ante la perentoria necesidad de estómago de alimentarse. Por otra parte Mark, convino que también le hacía falta un descanso, así que fue perdiendo gradualmente altura, hasta que casi rozaron las copas de los árboles con sus pies.

-Quizás deberíamos continuar Mark –dijo Candy más temerosa de que la Policía Metropolitana les diera alcance que el inusual medio de viaje que estaba empleando.

-No Candy –dijo Mark feliz de que la muchacha le dirigiera la palabra después de tanto tiempo- debemos reponer fuerzas, y tú particularmente estás hambrienta. Tu estómago te delata.

Al escuchar aquello, un violento rubor subió a las mejillas de Candy haciendo que Mark se pusiera a reír alegremente. Aquella hilaridad contagiosa, junto con los tristes y esquivos ojos que parecían florecer cuando Mark reía, su sonrisa que parecía la claridad del sol cuando asomaban entre sus labios avivando sus rasgos serios y adustos hicieron que Candy le mirara fascinada. Incluso se olvidó de Terry cuando le contempló por largo tiempo. Candy intentó enojarse con él, pero no pudo. Ni una réplica mal sonante, ni una palabra seca e hiriente abandonó sus sonrosados labios. Cuando depositó a la chica sana y salva junto a una cerca de piedra que delimitaba los lindes de un hermoso y verdeante prado, él también se sintió contento de pisar finalmente tierra firme. Sus pies notaron el estable y sólido suelo. Candy rebuscó entonces en el bolsillo de la falda de su vestido verde, pero se dio cuenta contrariada de que no disponía ni de un solo chelín encima.

Mark meneó la cabeza y hundió su mano derecha en los de su cazadora negra extrayendo un fajo de libras esterlinas que Haltoran le había entregado y que afortunadamente había conservado. Entregó a Candy treinta libras. Candy contó el dinero adoptando diversas muecas de asombro y alegría a partes iguales, por la elevada cantidad que Mark le proporcionó. Entonces, Mark se dobló de dolor y arqueó la espalda. Candy quiso ayudarle, asustada aunque intuía perfectamente de que se trataba. Había vivido en sueños el doloroso proceso de depuración de la sangre de Mark cada vez que empleaba el iridium. Los chorros negros abandonaron el cuerpo del joven mientras Candy, pese a las advertencias del joven, le sostuvo entre sus brazos a duras penas debido al peso de su acompañante y algunas lágrimas se escapaban de las comisuras de los ojos de Mark. El joven perdió el sentido debido a los efectos secundarios que ciertos procesos del iridium le producían potenciados por la extraña realidad alternativa en la que estaban. Candy observó el rostro de Mark apelmazado de sudor y retiró las lágrimas que se habían escapado furtivamente de sus ojos. Sin saber porqué ella unió su llanto al de Mark y fue acercando sus labios a los del joven, besándole levemente. Candy notó como el incipiente amor que se había empeñado en negar y que estaba empezando a sentir por Mark, estaba desplazando al de Terry ganando la batalla en su corazón. Pero la muchacha, con un enérgico vaivén de cabeza logró contener la irresistible tentación de profundizar más en aquel insondable y maravilloso misterio que empezaba a tantear y descubrir poco a poco. Alejó su rostro del de Mark del que emanaba un suave aroma a lavanda justo el instante antes, de que mínimamente recuperado abriera los ojos encontrándose con los de Candy que intentaba disimular sus lágrimas porque cada vez era le era más difícil continuar amando a Terry.

-Siento haberte asustado Candy –dijo Mark contrito y avergonzado de que una vez más, incluso en aquel lejano universo paralelo, la mujer de la que estaba tan enamorado hubiera asistido una vez más al penoso proceso de depuración de su sangre contaminada por los efectos del iridium.

-No tienes que preocuparte de nada, Mark. De hecho ni me he enterado de que es lo que debería haberme asustado –mintió Candy esbozando una forzada sonrisa que a Mark no le resultó muy convincente. El apenado joven no dijo nada y señaló con el dedo índice hacia una no muy lejana hostería que había divisado desde el aire donde podrían proveerse de provisiones.

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Hacía una hora que caminaban. La relativa cercanía de la hostería no era tal y Mark comprobó muy pronto que realizar cualquier esfuerzo en ese mundo después de desatar el poder del iridium, incluso uno tan liviano y que nunca le había reportado problemas como el simple hecho de andar, le estaba resultando tremendamente pesado y arduo además de agotador. Candy también empezaba a cansarse y se detuvo exhausta sentándose en una piedra moteada situada en la vereda del camino de tierra que atravesaba la campiña inglesa. La muchacha se quitó una de sus botas de gamuza gris y dejó al descubierto su pie derecho, cubierto de ampollas y callos que se le habían formado por caminar tanto tiempo campo a través. Mark se arrodilló ante ella y le examinó la extremidad con cuidado al tiempo que decía:

-Así no puedes continuar Candy. Deja que te lleve en mi espalda. Y de paso intentaré aliviarte el dolor que estas durezas te producen.

Antes de que Candy lograra decir o argüir nada, Mark había rodeado su pie con ambas manos y emitiendo una suave energía que hizo que el vello de la piel de Candy, al igual que hasta la más íntima fibra de su ser se erizasen fue cauterizando los callos y ampollas hasta que estos desaparecieron sin dejar rastro. Candy asombrada no pudo articular palabra cuando contempló su pie limpio de cualquier tumefacción o infección una vez que Mark retirase sus manos con delicadeza.

-¿ Mejor ? –preguntó Mark expectante temeroso de la reacción de la muchacha.

Candy se calzó con cuidado y posó el pie en el suelo comprobando muy pronto que su dolor y molestias habían desaparecido. La muchacha abrazó a Mark involuntariamente debido a su impulsiva alegría. Ambos jóvenes se miraron por un instante sin poder apartar la mirada el uno del otro. Sus labios se fueron acercando gradualmente hasta que el rumor que producía una carreta conducida por un anciano interrumpió el mágico instante. Candy abrió los ojos de golpe y se giró azorada balbuciendo un leve y quedo:

-Sí…estoy mejor…Gracias –dijo cariacontecida preguntándose que habría ocurrido si la carreta no les hubiera interrumpido en ese preciso instante.

Entonces Mark salió al paso del vehículo y preguntó cortésmente al anciano que sostenía las riendas de un recio caballo percherón de pelaje marrón y duro si sería tan amable de llevarles. Mark se dispuso a echar mano a su cartera, cuando el afable anciano sonrió y rechazó el dinero que Mark estaba dispuesto a ofrecerle:

-Guarde su dinero amigo. Les llevaré gustosamente de todas formas. Necesito un poco de compañía, ¿ sabe ?

Aquella era una forma de viajar más confortable y menos embarazosa que hacerlo a la espalda de otra persona y Candy agradeció inmensamente no tener que verse en una situación que le hubiera resultado muy incómoda además de vergonzosa para ella.

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El hombre invitaba a la confianza. Tenía una larga barba blanca que le confería un aspecto bonachón y unos lentes redondos sobre su rechoncha y corta nariz. Tocaba su cabeza con un sombrero de paja de ala ancha y su camisa azul estaba repleta de manchas que suscitaron sin mala intención la hilaridad de Candy. Sus pantalones de peto eran tan oscuros que pese a estar igualmente cuajados de chafarrinones, churretes y lámparas de diversos tamaños y colores, a cual más grande y grasienta, estas se confundían con la negra tonalidad de la prenda. El amable anciano les invitó a subir en la parte trasera su carreta cargada hasta los topes de heno seco. Candy se acomodó entre la paja que desprendía un suave calor y cuya comodidad pronto logró que la muchacha se quedara profundamente dormida, mientras Mark prefirió sentarse en el pescante para hacer compañía al anciano granjero. Mientras, una forma indefinida agitaba el forraje y pugnaba por abrirse paso a través de él. Mark se giró sorprendido y rió afablemente cuando la cómica expresión de Clean asomó a través de la paja. El animalillo le observó con sus cómicos ojillos ribeteados de negro y movió la cola listada a rayas blancas y negras, dando saltos de alegría al reconocer a Candy.

-Es un gato muy raro –dijo el granjero encogiéndose de hombros, mientras chasqueaba las riendas para imprimir algo más de velocidad al percherón, aunque sabía de antemano que era tara vana- lo encontré hace tres horas, y me dio pena verle tan desfallecido y triste. Le dí algo de comer y desde entonces no se ha despegado de mí.

Clean eludió la mano que Mark tendió hacia su cabeza para acariciarle entre las pequeñas y cortas orejas redondeadas, en un principio, pero el pequeño animal pronto comprobó que Mark desprendía un encanto especial que hizo que venciera sus miedos y aceptara los mimos que el joven le prodigó entrecerrando los ojos de gusto, y restregándose contra los dedos del joven.

-No es un gato, si no un coatí albino, una especie de mapache, procedente de Norteamérica, -explicó Mark al anciano que le observó con cierto asombro e interés.

El anciano enarcó las cejas nevadas que asomaron cómicamente sobre sus gafas redondas y preguntó entre perplejo y divertido:

-¿ Qué hace semejante animalito tan lejos de los Estados Unidos ? –preguntó mientras también prodigaba nuevos halagos y carantoñas al mapache que se sumaron a las de Mari, y que también aceptó de buen grado.

-Es una historia muy larga –dijo Mark observando como Candy cambiaba de posición sobre su improvisada cama para estar más cómoda. Sonrió levemente y añadió:

-Lo mismo que la mía –dijo lacónicamente al repasar muy someramente su larga y dilatada experiencia junto a la mujer que se había convertido en su esposa y madre de sus dos hijos, Marianne y Maikel, y que esperaba salvar del temible encantamiento que su caprichoso y peligroso rival le había inflingido.

-Adelante joven, adelante –le animó el viejo granjero- me encantan las historias, y cuanto más largas mejor.

Mark asintió y tomó aire. El viaje hasta la granja del anciano se prolongaría aun por espacio de algunas horas más. Buscó las palabras adecuadas y empezó a relatar una historia al anciano, la historia de su vida, mientras se preguntaba que estaría haciendo Haltoran y a donde se habría dirigido pese a que le había dejado una clara pista de hacia donde tenía intención de ir y esperaba reunirse con él.

La hostería quedó inadvertidamente a un lado, mientras Mark iba narrando su vida al anciano que no cabía en si de asombro preguntándose si Mark no estaría loco, aunque el aplomo con el que confesaba cada hecho, la seguridad y sonoridad con que pronunciaba cada palabra le indujo a creer que no, pero aquel joven tenía una imaginación muy viva para describir tales sucesos y actos tan chocantes con tal exactitud y minuciosidad, que por un momento el anciano estuvo a punto de creerle, lo cual podría haber hecho tranquilamente porque cuanto le estaba contando era rigurosamente cierto. Candy que se había despertado finalmente escuchó el relato de Mark. Lo que oyó hizo que largas hileras de lágrimas se deslizaran de sus ojos de esmeralda. Puede que Mark fuera especial y distinto pero no podía ser malvado, porque Clean al que descubrió por casualidad y ahogando un grito de sorpresa para no interrumpir el relato de Mark, se iba arrimando poco a poco a él, demandándole con pequeños toques de su pata delantera izquierda manchada de negro, nuevas caricias que recibía con fruición y placer. Candy fingió que seguía dormida para que el joven siguiera hablando y no cortar el hilo de su relato.

Naturalmente, el anciano granjero no creyó gran cosa de cuanto Mark le estaba relatando, pese a que seguía con interés su extravagante relato. A Mark no le importaba contar la historia de su vida, de su intensa y extravagante vida, y si se la había relatado al presidente de los Estados Unidos, poco le importaba hacerlo a un desconocido granjero de principios del siglo XX, que vivía en algún lugar perdido de la verde y siempre sugestiva campiña inglesa.

El anciano se encasquetó el sombrero y entre el vaivén que el percherón imprimía al carromato y la historia de Mark, que aunque había seguido en un principio con interés, pero que finalmente había perdido el hilo terminó por quedarse dormido. Poco antes de hacerlo había hecho un inciso en el relato de su acompañante, poniendo en duda la veracidad de la historia. Mark arqueó las cejas. A fin de cuentas no era para menos, pero no tenía ganas de asustar al buen hombre haciendo que el iridium entrara en contacto con el aire y desatara las llamaradas que emergían a voluntad de sus muñecas, y mucho menos a Candy para demostrarle la veracidad de cuanto le había referido. Sin embargo, no transcurriría mucho tiempo hasta que el simpático y jovial granjero tuviera ocasión de comprobar que Mark no mentía. Por la lejanía, al otro lado de una cerca de piedra se aproximaron a buen paso una jauría de perros de caza que perseguían a un apurado conejo de monte marrón. Cuatro canes de color blanco y manchas oscuras seguían a su asustada presa de cerca, por lo que el infortunado conejo no tuvo otro remedio que salvar el pequeño murete de un ágil salto y pasar como una exhalación delante del carromato donde viajaban Mark y Candy en compañía del granjero y que se había ido quedando gradualmente transpuesto. Los perros asustaron al caballo que se encabritó despertando al hombre y sobresaltando a Mark que absorto en su historia y sin percatarse de que su interlocutor se había dormido, no vio tampoco como los perros que seguían al gazapo se acercaban velozmente poniéndose al alcance de las patas del percherón. Pese a que el granjero intentó controlar las riendas con fuerza, súbitamente retornado del país de los sueños, y aunque el animal no era precisamente veloz, empezó a moverse frenéticamente de un lado a otro haciendo que la carreta semejara una cáscara de nuez en una tormenta. Candy que se había despertado también sobresaltada por el traqueteo del carromato, se asió con fuerza, pero al doblar un recodo del camino, la muchacha perdió apoyo y salió despedida directamente hacia un tranquilo lago junto a cuyas orillas discurría parte del camino. Esta vez Mark reaccionó y activando el iridium, se envolvió en un bello e irreal resplandor iridiscente y tras un corto vuelo asió a la muchacha por la cintura, evitando que Candy fuera a parar directamente a las calmas aguas del lago y alejándola de las mismas. El anciano había conseguido dominar a su asustado caballo, tranquilizándolo con palabras amables y tras detener el carromato unos metros más lejos, observó boquiabierto como el joven corroboraba su fantástico e irreal relato con un hecho tan inaudito como inexplicable.

Fue al encuentro de ambos, disculpándose a viva voz, pese a que en ningún momento había tenido culpa de nada, si acaso de haberse quedado dormido y haber descuidado las riendas de su caballo.. Candy le tranquilizó y entre ambos, calmaron al nervioso hombre. Lo que menos costó fue persuadirle de que Candy estaba perfectamente y todo había quedado en un monumental susto, pero lo que peor llevó fue concebir como un joven de desbordante imaginación era capaz de volar envuelto en una cegadora y pacífica aura como si nada. Mark logró que lo asimilara aunque a duras penas, y consiguió que le creyera cuando se desdecía en confirmarle que no albergaba intención alguna de causarle daño. El granjero se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra una de las ruedas de su carreta y dijo cruzando con los brazos con parsimonia sobre su pecho mientras Candy intentaba que Clean le dejara tranquilo, porque el mapache no cesaba de saltar en torno suyo demandando nuevas caricias. Observó a Mark con sorpresa y boquiabierto. Lo que más temía el joven es que el buen hombre perdiera la cordura, cosa que afortunadamente no sucedió.

-Supongo, que ahora me creerá –repuso Mark comprobando que Candy no tuviera ningún rasguño. La muchacha halagada por como la había socorrido tan rápidamente, le dejó hacer. Mark examinó sus extremidades con cuidado y comprobó que no tenía ninguna torcedura o rasguño.

El anciano se quitó el sombrero rascándose la calva, y tras meditar en silencio unos instantes acerca de lo que suponía hablar y haber entablado relación con un joven que se suponía que aun no había ni nacido, y menos dotado de semejantes facultades, dijo alzando las cejas y con una inflexión de resignación en su voz:

-Está bien. Supongo que tengo que creerte, y no temas no me chivaré, porque más bien me tomarían por un loco o un pobre viejo chocho –exclamó encogiéndose de hombros y estallando en carcajadas, que contagiaron a Mark y a Candy aliviando en parte la tensión nerviosa que ambos venían acumulando desde su espectacular y extraña fuga del severo Internado.

-Supongo que a mi edad, ya no está uno para cuestionar nada –añadió el hombre mostrando una amplia sonrisa en su faz risueña.

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La muchacha se restregó sus lágrimas, motivadas por la felicidad de que su mascota estuviera con ella y por el hecho de que el coatí no entregaba su confianza fácilmente más que a personas buenas y afables y no se acercaba a las mismas hasta que estaba completamente seguro de que no equivocaba. Y hasta entonces Mark había superado los exigentes controles del mapache albino, si se podía tildar de esa manera, con una muy sobresaliente nota.

Aunque se hubieran pasado de largo la hostería, distraídos por el ajetreo que había supuesto el incidente con los perros, cuyo dueño llegó apresuradamente a caballo para deshacerse en disculpas, que naturalmente aceptaron, no había el menor problema porque el anciano disponía en su casa de una despensa tan bien surtida, que muy pronto tanto él como Mark no tardarían en comprobar deleitados, como las hábiles y experimentadas manos de Candy entrenadas en el hogar de Pony, y en los exigentes fogones de la familia Legan, para la cocina obraban auténticas delicias y placeres culinarios que el paladar de los tres, incluido el de Clean recibirían de buen grado, después de tantas horas y horas sin probar bocado. El anciano por haber estado recolectando el forraje, como alimento para su ganado que cargaba sin dejarse una sola brizna de hierba tras una agotadora jornada de trabajo, y Candy y Mark porque las emociones vividas, junto con el largo tiempo sin alimentarse adecuadamente les estaban pasando factura, aunque Candy había mitigado su hambre gracias a unos emparedados triangulares que el anciano guardaba en una pequeña canastilla y a los que convidó gustosamente a sus dos inesperados invitados, al igual que Clean que saboreó con fruición el apetitoso bocado que le supo a poco.

Mark prefirió reservarse para más tarde, porque la comida de la canastilla no era suficiente para los dos, incluyendo al mapache y prefirió que la muchacha saciara su hambre primero. Aparte que le daba apuro ponerse en evidencia ante Candy y el anciano, ya que el uso del iridium le producía un apetito tan voraz, que pocas veces podía controlar o disimular con cierto éxito. Pero Candy se negó a comérselos todos e insistió tanto que finalmente Mark, tras terminar su relato apresuradamente, no tuvo más opción que claudicar para no disgustarla, ahora que parecía observarle con cierta simpatía, y obedecerla. El granjero optó por comer cuando llegaran a su hogar, el cual ya se recortaba en lontananza tras una cerca jalonada por árboles tan altos y elevados, que parecían querer alcanzar el cielo y que consistía en una pequeña pero confortable casa de planta baja, encalada de blanco y cuyo tejado de pizarra se enmarcaba entre dos paredes maestras, que a Mark le recordaron muy vagamente el contorno de una botella. Junto a la puerta principal correteaban algunas gallinas que picoteaban los granos de maíz esparcidos por el suelo, y que el anciano les daba, para alimentarlas. Un perro de pelaje rojizo y con una gola blanca en el cuello, que Mark identificó como un collie, salió corriendo y saltando al encuentro del carruaje de su amo, ladrando alegremente y meneando la cola sin dejar de moverse frenéticamente en torno al carromato, saludando a su dueño y a sus casuales invitados.

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Candy había llegado a una especie de acuerdo con Mark. La intención de la muchacha era llegar hasta Southampton desde donde poder tomar un barco que le permitiera embarcarse rumbo a Norteamérica, dado que ya no le restaba nada más que hacer en Inglaterra. Expulsada del Internado, su principal aspiración era reunirse con Terry en cuanto le fuera posible, porque el joven le había participado en una de sus citas secretas y furtivas, que abandonaría igualmente el Internado cuyo régimen disciplinario no soportaba y que trataría de hacer carrera en Estados Unidos como actor, su verdadera vocación. El joven la avisaría de su partida, pero con el jaleo que Mermadon y Haltoran habían provocado y la precipitada fuga de Candy con Mark se habían separado trágicamente. Cuando Terry acudió junto a la torre en la que había sido confinada Candy, se enteró por un tropel de gente arremolinada alrededor del edificio de que la muchacha había recibido ayuda exterior para huir o que tal vez hubiera sido secuestrada, versión que más en boga estaba entre los alumnos congregados por la hermana Grey para explicarles su versión de cuanto había sucedido aquella tumultuosa e inconcebible noche. Una vez que llegara a Southampton Candy y Mark se separarían tomando caminos distintos, y si el enamorado joven había aceptado sin argüir nada, era porque aun se aferraba a la secreta esperanza de que Candy terminaría correspondiéndole. Pero bajo el punto de vista de Mark, solo veía en él una especie de guardaespaldas cuya misión terminaría tan pronto como la muchacha lograra embarcarse hacia Norteamérica.

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Pero Candy no tenía ni un penique. Todas sus pertenencias, sus vestidos, y por supuesto su dinero se habían quedado en la habitación del Colegio San Pablo de Londres y naturalmente no podía ni imaginar el volver por allí. Aunque la muchacha hubiera sido secuestrada, cosa que no era cierta en absoluto, la severa y ceñuda religiosa no la perdonaría fácilmente y por lo tanto, para la hermana Grey una orden de expulsión era siempre una orden de expulsión. Mark recordó las palabras de Haltoran cuando acerca de la hermana Grey y comentó que la religiosa nunca daría su brazo a torcer, una vez tomase una decisión. Mark reflexionó en aquellas frases mientras permanecía tumbado en la cama de la habitación que el anciano le había asignado con los brazos cruzados detrás de la nuca. En ese preciso instante unos golpes resonaron en la puerta y la voz de Candy desde el otro lado solicitó permiso para entrar. Mark se puso en pie de un salto y musitó un breve y tenue "adelante". Afortunadamente estaba vestido y tenía un aspecto presentable. Meneó la cabeza. Había hecho el amor con su esposa poco antes de que aquella locura promovida por un extraño mago, hechicero o lo que fuera trastocara su vida y ahora tenía que permanecer completa y decorosamente vestido porque aquella Candy le resultaba completamente ajeno pese a los vividos sueños que habían comenzado a enseñorearse de su mente poco antes del accidente de Anthony.

-Esto es completamente absurdo –dijo Mark exhalando un profundo suspiro. Todo resultaba una completa absurdez desde que el iridium entró trágicamente en su vida convirtiéndole en lo que era, y abriéndole la puerta a un maravilloso mundo donde aquel ángel rubio de ojos verdes le estaba aguardando. Candy entró en ese instante y avanzando hacia Mark, le entregó las treinta libras que le había prestado hacía unas horas. Mark alzó la mano izquierda rechazando su ofrecimiento ante la perplejidad de Candy y dijo por toda explicación intentando no perderse en la inmensidad de aquellas esmeraldas verdes porque de hacerlo, sus sentimientos se desbordarían nuevamente.

-Guárdatelas Candy, además, necesitarás más dinero para tus gastos y poder sufragar un pasaje a Estados Unidos.

Candy pareció enojarse porque no estaba dispuesta a continuar abusando de la amabilidad de Mark y pugnó por devolverle el dinero, pero Mark se mantuvo en sus trece, dándola la espalda. La adorable imagen de la chica se reflejó en un espejo que había colgado de la pared en frente suyo. Tuvo que desviar la mirada de la brillante superficie para no echarse a llorar nuevamente:

-Yo no puedo llevarte hasta Norteamérica Candy –repuso Mark dejando caer sus brazos laxos a ambos lados del cuerpo –mi poder no puede cubrir tanta distancia. Además tienes que reencontrarte con Terry. Yo sólo traería tristeza y lamentos a tu vida.

En esos instantes se escucharon unos estentóreos gruñidos y los gritos del anciano granjero que parecía estar pasando por algún tipo de apuro. Mark salió al exterior, seguido por Candy que era incapaz de mantener su apresurado y veloz paso.

Cuando salieron al exterior de la pequeña y encalada vivienda, encontraron al hombre haciendo bocina con las manos y gritando órdenes a su perro pastor, que trataba de reunir algunas ovejas que se habían distanciado del rebaño y que se negaban a volver, porque una especie de hombre metálico que se movía con ademanes torpes había espantado a algunas de ellas. Junto a él un joven pelirrojo intentaba reunir a duras penas a las ovejas que huían despavoridas confundidas por las frenéticas voces de Haltoran, que entre sus muchas habilidades no atesoraba precisamente las del pastoreo y que Mermadón había asustado torpemente, poniéndolas en fuga.

Mark se acercó al hombre que tenía una escopeta en la mano y empezaba a esgrimirla para disparar a los intrusos, cuando le detuvo depositando su mano derecha en el hombro del granjero.

-No hay peligro –dijo el joven sonriente- son amigos míos. Ya se lo explicaré a su debido tiempo.

El anciano se mesó la hirsuta barba blanca y resoplando dijo:

-Debí temérmelo cuando ví a ese hombre metido en esa especie de lata en conserva. Hoy están pasando muchas cosas raras.

-No se trata de un hombre como tal, por lo menos de carne y hueso -repuso lentamente Mark con naturalidad ante el asombro de Candy y del granjero por el significado que sus palabras dejaban entrever.

-¿ Quieres decir que es artificial ? –preguntó Candy con prevención llevándose la mano izquierda a los labios.

Mark asintió mientras analizaba como iban a resolver el problema de la dispersión del rebaño, que iba en aumento para desesperación del anciano granjero. Candy dio un respingo y sintió como un incipiente miedo subía por su espinazo.

-Es totalmente inofensivo Candy –dijo Mark captando el temor de la hermosa muchacha -cuando este lío esté solucionado, te lo explicaré con más calma.

Candy se fijó en el robot que intentaba arreglar el desaguisado como podía, pero lo único que conseguía era transmitir más miedo y pánico al resto del rebaño debido a su masiva y torva apariencia. El número de ovejas que se descontrolaban iba en aumento arrastrando a sus compañeras en un típico efecto de bola de nieve. La muchacha que se había cambiado de ropa y llevaba un pantalón de peto azul sobre una camisa roja de manga corta, atuendo mucho más cómodo y adecuado para las labores agrícolas, propias de la vida en una granja campestre, optó por coger su lazo y empezó a voltearlo, pero antes de que lo lanzara Mark, ya estaba imitándola, tras hacerse con otro. Lo manejaba con tal destreza y seguridad que Candy, boquiabierta no pudo por menos que preguntarle:

-¿ Dónde aprendiste a lazar así Mark ?

Mark no respondió de momento, y proyectó el lazo hacia delante que silbó en el aire atrapando al primer animal tras encajarlo con precisión casi milimétrica en torno a su cuello. La oveja baló sorprendida pero pese a sus intentos por escapar tuvo que detenerse ante el frenazo que Mark le impuso. El joven dio un suave tirón para no dañar a la espantada oveja y consiguió que se detuviera. Mientras el collie del anciano ya había empezado a hacerse dueño de la situación y controlar mínimamente el rebaño, obligándole a recobrar la calma y la apacibilidad que Mermadón en su torpeza, sin pretenderlo había turbado con su irrupción, haciendo que los inofensivos y mansos animales se desperdigaran en todas las direcciones, suscitando la ira y los gritos del granjero entremezclados con los ladridos de su perro, que Mark había escuchado junto con Candy, desde su habitación.

-Tú me enseñaste Candy…en Lakewood, nuestro hogar –respondió tras un corto silencio y de forma lacónica, no sin esfuerzo, Mark, mientras tras liberar a la oveja, recogió el lazo y volvió a voltearlo para repetir el proceso y atrapar a otra que huía despavorida de la mole bamboleante de Mermadon, que iba directa hacia ella susurrando palabras conciliadoras al animal para atraerlo. Pero la oveja corría en dirección contraria al rebaño, cuyos miembros se apretujaban contra sí por efecto del miedo, y buscando algo de protección mutua.

Candy le contempló perpleja y continuó compitiendo con él para recobrar a algunas díscolas ovejas que se negaban testarudamente a retornar junto a sus compañeras. Candy intentó encontrar algún indicio que desmintiera la inesperada afirmación de Mark, pero no lo logró. La técnica de Mark era idéntica a la suya e incluso la superaba en rapidez y maestría. Aunque intentara engañarse así misma, sabía que el joven decía la verdad. Entonces mientras Mark tiraba nuevamente el lazo, debido al agotador y frenético ritmo de su esfuerzo, las solapas de su cazadora se abrieron dejando entrever el broche con su fotografía que siempre llevaba pendido del cuello y del que jamás se separaba ni un momento, el cual Candy pudo distinguir perfectamente sobre su piel sudorosa, por efecto del laborioso trabajo que estaba realizando sin pausa, para tratar de solucionar el caos que Mermadon había causado sin mala intención y que había hecho estragos entre las filas del apretado y temeroso rebaño.

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La ardua búsqueda de Candy había comenzado y se desarrollaba frenéticamente por parte de los efectivos de la Policía que no conseguían hallar el menor rastro de una joven tan llamativa y aspecto característico. Una muchacha así, tan hermosa como tan vehemente la describían sus primos, de cabellos rubios recogidos en coletas adornadas con lazos, e intensos ojos verdes llamaría la atención por donde quiera que pasase y por el momento, los esfuerzos por localizarla resultaban infructuosos. Eventualmente, y por su cuenta, los hermanos Cornwell a los que se les había unido Albert, recién llegado de Estados Unidos y enterado de la súbita desaparición de Candy, peinaban los campos circundantes y recorrían los senderos de piedra y grava que los atravesaban, en un pequeño automóvil descapotable de color rojo, en una frenética búsqueda contrarreloj, a la que se había sumado además la bondadosa hermana Margaret, por el aprecio y apego que experimentaba hacia Candy. La religiosa se sentía en cierta forma culpable, por no haber intercedido a tiempo por su alumna, ante la severa y empecinada hermana Grey, aunque poco, por no decir nada, podría haber hecho para cambiar la rigidez de los planteamientos de la rectora que cuando tomaba una decisión, la mantenía hasta sus últimas consecuencias.

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Una vez solventado el problema de la disgregación del rebaño, Mark, Candy y el granjero decidieron bajar al pueblo para celebrarlo. Haltoran prefirió quedarse en la granja revisando a Mermadon, una vez que las largas y agotadoras explicaciones tuvieron que salir a relucir nuevamente para evitar que tanto Candy como el granjero sintieran miedo o repulsión ante la presencia de aquellos dos nuevos desconocidos, aunque para Candy no eran tales, ya que también había visto tanto al joven pelirrojo como a su robot en sus ensoñaciones y ahora que los conocía en persona, costaba hacerse a la idea. Candy comprobó que el joven pelirrojo aparte de bromista y afable, le producía la impresión favorable de que era una buena persona y en cuanto al gigantesco y bruñido robot bastó que cruzase un par de frases, con el educado y cortés autómata para que se convenciera definitivamente de que no representaba el menor peligro. Y a las explicaciones, siguieron las presentaciones, durante las que tanto como Haltoran y Mermadon optaron por fingir, pero de sobra sabía que Candy ya estaba al corriente de sus respectivas identidades, y si hicieron algo de teatro fue por el anciano, que supuso que un par de emociones más no serían mal colofón para un día tan extraño como agotador. Mientras se adentraban por las calles del pequeño y cercano pueblo al que habían acudido a pie por su relativa cercanía a la granja del señor Owen, el amable granjero al que Mark y sus amigos habían propinado algún que otro insospechado sobresalto, se cruzaron con un hombre de mirada hosca, barba de varios días y cabello negro apelmazado. Tenía una nariz ganchuda y sus ojos parecían observar con hostilidad todo cuanto le rodeaba. La gente del pueblo se apartaba discretamente a su paso con cierto temor, detalle que no pasó inadvertido para Mark y Candy, y Owen susurró a sus amigos en voz muy baja procurando que el hombre cuyo aspecto no infundía precisamente confianza, no le oyera:

-Se trata de Tomas Carson. Antes era un buen hombre, pero el trágico fallecimiento de su esposa por enfermedad, agrió su carácter. Desde entonces acusa al médico del pueblo, de no hacer lo suficiente para ayudarla, aunque todos sabemos que no fue así. El doctor hizo lo imposible por salvarla, pero no hubo remedio –dijo tristemente Owen agitando pensativamente la cabeza.

-Entre ambos –continuó el granjero- ha habido algo más que palabras, últimamente –precisó el señor Owen, mientras Tomas Carson encaminaba sus pasos hacia el pub donde ahogaría sus penas en alcohol o lo intentaría, una vez más, mientras sus tres pequeños hijos, aguardaban impacientes su retorno a casa.

FIN DE LA ONCEAVA PARTE