EL AMOR INDISOLUBLE

12º PARTE

1

Flotaba un extraño ambiente entre los alumnos del prestigioso colegio San Pablo de Londres. Después de los inauditos acontecimientos que habían turbado la paz de la hasta entonces modélica institución, se impusieron drásticas medidas para que el selecto ambiente del Internado continuara siéndolo. Por lo pronto, Folkestone, el jefe de las fuerzas policiales desplegadas en torno al Internado y cuya presencia fue solicitada a instancias de la hermana Sellers recibió una severa advertencia por parte de sus superiores, conminándole a no contar nada sobre cuanto había presenciado y visto aquella aciaga noche, so pena de ser condenado a largas condenas de cárcel y la posterior degradación o la consiguiente expulsión del cuerpo de Policía. El veterano agente de la ley, intentó protestar en un principio, negándose a callar sobre un hecho que había sido presenciado no solo por él con sus propios ojos, si no por todos sus hombres y buena parte del alumnado del Internado. De haberlo querido, podría haberse decidido a luchar contra el injusto velo de silencio con el que sus superiores, espoleados por las altas esferas pretendían imponerle. Tenía varios amigos abogados, hombres muy influyentes y que sin duda le defenderían en un eventual juicio, y además, el capitán no carecía de ingresos extras. Estaba en la Policía más por vocación que por otra cosa. Su anciano y difunto padre le había dejado algunas propiedades junto con una pequeña fortuna, que administraba sabiamente no empleando más que los recursos justos para subsistir. Vivía con su anciana madre y una tía, hermana de esta en una pequeña villa cercana a Londres. Pero sus hombres no podían permitirse el lujo de desafiar la autoridad de sus jefes, porque muchos de ellos tenían familia a su cargo y con varias bocas que alimentar no era sencillo empezar de cero o encontrar un nuevo trabajo así como así. Sin contar que además podrían ser encarcelados bajo las más variados y múltiples cargos. El affaire San Pablo, se consideraba de máxima prioridad y un asunto de seguridad nacional, por la importancia que los jóvenes alumnos y alumnas que allí cursaban estudios, revestían para el gobierno británico al ser miembros de influyentes familias e hijos de altos cargos que formaban parte, en no pocas ocasiones, de las más elevadas jerarquías del país. Eso sin contar, que el escándalo subsiguiente podría afectar al débil y delicado corazón de su anciana madre y destrozar su vida familiar. Con un gesto de amargura y de odio hacia si mismo, Folkestone tuvo que firmar muy a su pesar la declaración que sus jefes le tendían, delante de todos ellos, obligándole a mantener total hermetismo, acerca de cuanto había sido testigo y considerado como secreto de estado.

Los policías que habían participado en el extraordinario operativo tuvieron que someterse a la misma rutina. Con los alumnos fue más sencillo. La propia imposición de la hermana Grey, amenazando con la expulsión sine die, del Internado a quien se atreviera siquiera a mencionar algo del extraordinario fenómeno bastó para que la mayoría de los alumnos, hasta los más rebeldes y reacios a someterse a la rígida disciplina docente impuesta por la hermana Grey y su mano derecha, la hermana Sellers, fue más que suficiente para disuadir a los estudiantes, que indecisos, se estaban planteando difundir aquellos hechos. Y los que se resistieron, terminaron por claudicar ante el masivo y general sentimiento de temor a ser excluidos del Colegio que les convenció prudentemente de mantener sus labios sellados.

En cuanto a Candy, la severa y ceñuda hermana Grey no estaba dispuesta a revocar la orden de expulsión que consideraba firme e inapelable. Ni los buenos oficios de la bondadosa hermana Margaret, ni la visita de Terry fueron suficientes para hacer que la religiosa mudara de parecer.

2

El elegante y pulcro duque de Grandeschester estaba jugando al golf en el campo que había hecho construir adyacente a la gran mansión familiar, mientras escuchaba ceñudo y enojado, los alegatos que su hijo estaba formulando en defensa de una muchacha desconocida para él y que al parecer había sido expulsada del Internado por conducta disoluta y procaz. El caballero no se podía concentrar en su partida de golf, porque Terry no cesaba de suplicarle que intercediera por la muchacha, cuyo nombre era al parecer Candy o algo así.

Tras haber intentado sin éxito, convencer a la testaruda e inclemente rectora acerca de la inocencia de Candy, durante un tenso encuentro durante el cual, Terry chocó gravemente con la religiosa al reprocharle que las donaciones de su influyente padre eran la principal causa por la que no sería expulsado como si había sucedido con su novia, decidió dar por zanjada la dura e improductiva conversación con la hermana Grey, y que no estaba llegando a ninguna parte, debido además, a que la monja había perdido los estribos por las graves pero certeras acusaciones de Terry. Aunque le preocupaba sobremanera el dar con el auténtico paradero de Candy, lo que ahora ocupaba su mente era limpiar el buen nombre de la muchacha de deslumbrantes ojos verdes y esplendorosa belleza. De camino al despacho de la inaccesible rectora se había topado con Eliza, la cual se las prometía felices creyendo que de esa manera, Terry olvidaría a Candy y ella ocuparía la plaza que supuestamente su inoportuna y odiada rival había dejado vacante en el corazón de Terry.

Pero se equivocó trágicamente para ella, recibiendo un salivazo de desprecio en pleno rostro del apuesto joven de cabellos castaños que le dirigió una fría y despectiva mirada de reproche. Todos los alumnos que comentaban en corrillos por los pasillos, los supuestos y escandalosos encuentros entre Terry y Candy, cuando se cruzaban con él se apartaban discretamente a su paso, extrañados de que por primera vez, Terry fuera correctamente trajeado. Pero lo que más les asombró y llenó de estupefacción fue la reacción de desprecio que experimentó cuando se encontró con Eliza, que le miraba con coquetería, intentando despertar su interés. Sin cruzar palabra con la mortificada y humillada muchacha, que temblaba de ira y de indignación, se dirigió hacia el gabinete de la rectora.

Y como de aquella visita que había desagrado profundamente a la hermana Grey, porque había impuesto a Terry la prohibición de abandonar su habitación sin permiso, y que el audaz joven no había cumplido no sacó nada en limpio, y pese a que le desagradara profundamente hacer valer el apellido familiar, decidió visitar a su padre, intentando que intercediera por Candy. Pero el duque de Grandshester no estaba por la labor. Abrumado aun por la amargura que le había producido el tener que abandonar a su gran amor, la famosa diva del teatro Eleonor Baker, madre de Terry, debido a las presiones de su familia, temerosa del escándalo que se formaría si llegara a saberse que el Duque había mantenido una relación extramatrimonial, no estaba dispuesto a ceder a los caprichos de su hijo, no por esta vez.

-Esa chica tiene muy mala reputación hijo –dijo el Duque levantando su palo de golf para propinar el golpe definitivo a la pelota, con el que esperaba introducirla en el siguiente hoyo- al parecer robó y sustrajo efectos personales de la familia que la adoptó y…

Al escuchar aquello, Terry no pudo más y estalló finalmente. Si tenía alguna duda acerca de si debía servirse de las influencias ligadas al apellido familiar, ya no tenía ninguna. Es más, a partir de ese momento, renunciaría tanto a las mismas, como a su propio apellido.

-Está bien padre –dijo Terry exhalando un suspiro y bajando la cabeza contrariado- ya veo que no vas a ayudarme. Es más, he venido a despedirme y a informarte de que a partir de ahora, desisto de continuar siendo un Grandschester. Adios padre.

El duque, mudo de asombro detuvo la progresión del palo de golf en el aire, y se giró para observar a su hijo que se estaba alejando a grandes zancadas en dirección a la salida de la imponente finca familiar. El distinguido noble cuyos cabellos canos estaban peinados con pulcritud hacia atrás intentó que su hijo recapacitara, primero con halagos y palabras conciliadoras y luego con amenazas y requerimientos imperativos, pero Terry no le escuchó y sin responder a sus airados reproches, se marchó aumentando gradualmente la distancia entre él y su padre. Los zapatos del joven brillaban levemente por efecto del rocío de la mañana, que aun impregnaba la hierba del cuidado césped del espacioso campo de golf.

3

El señor Owen había conseguido encontrar un pasaje en un barco que zarparía hacia Norteamérica dentro de una semana, gracias a la ayuda de un amigo que regentaba una modesta y peculiar compañía marítima, cuya sede principal estaba situada en los bajos de un edificio aun más ruinoso y destartalado que el que había servido como vivienda improvisada a Mark, Haltoran y Mermadon durante el tiempo que consiguieron pasar inadvertidos en el Colegio San Pablo, hasta que la suspicaz y vigilante hermana Sellers decidió extender su ronda a las dependencias de aulas abandonadas y vacías, lo cual desencadenó los hechos que supusieron la improvisada y precipitada marcha de Candy, a la carrera, -más bien fuga- así como de Mark, y de sus amigos del Internado.

Jaskine era un personaje peculiar, con toda la apariencia de un auténtico lobo de mar. Tocado con su sempiterna e inseparable gorra de plato, un gran parche que cubría su ojo derecho y una cerrada e hirsuta barba de la que emergía una cachimba de respetables proporciones. Owen había redactado una carta para su amigo, en la que le pedía que se ocupara de embarcar a Candy en cuanto le fuera posible. Owen describió lo más sucintamente que pudo el aspecto de su amigo, para que Candy no solo lograra reconocerle en cuanto le viera, cosa nada excepcional ya que si alguien respondía al aspecto típico y al tópico de un lobo de mar ese era sin duda Jaskine, si no para que no se asustara porque la apariencia del experimentado y curtido marino era cualquier cosa, menos afable o que invitara a la confianza. Y su modesta tripulación, no le iba a la zaga. Realmente Jaskine y sus subordinados, no habrían desentonado para nada en el Caribe del siglo XVII donde se habrían sentido como pez en el agua junto al Olonés o Barbanegra, y otros famosos piratas, con la sola excepción de que Jaskine aunque pobre y al frente de un negocio que amenazaba con la quiebra día si y día también, era a su manera, un hombre íntegro y lo suficientemente honrado para no deslizarse por la sútil pendiente del crimen, como si le había ocurrido a otros compañeros suyos, acuciados por la extrema necesidad y la agobiante indigencia y miseria que les afligía, esperando inmersos en las condiciones más extremas y duras, contratos y encargos que no terminaban de producirse, en los bloques de apartamentos, más sucios e inhóspitos que se alzaban en los alrededores de los muelles de Southampton. Pero durante el tiempo que mediaba hasta la partida de Candy iban a suceder otros hechos relevantes que pondrían a prueba a todos los protagonistas de esta historia.

4

Tomas Carson guardaba un secreto que jamás había revelado a nadie, ni siquiera a sus propios hijos. Un secreto muy oscuro que había tenido a bien ocultar, poniendo especial empeño en ello. El hombre, que tenía que sumar además a su desdicha el reciente y trágico fallecimiento de su esposa había sido hacía unos años, un forajido que lideraba una banda de otros dos integrantes que asaltaba caravanas y pequeños asentamientos como ranchos dispersos o desprevenidos viajeros en la frontera entre Texas y Méjico. La historia de su vida no revestía mayor trascendencia ni tenía más importancia que otras. Nacido en Texas, había llevado una existencia anodina y vulgar como granjero y aunque sus padres le trataban con severidad pero también le profesaban el suficiente cariño como para haber hecho de él un hombre íntegro, a la edad de quince años, harto de ser un destripaterrones como le llamaban despectivamente los muchachos del cercano pueblo y envidiando la vida aparentemente libre y sin ataduras de los jóvenes vaqueros que guiaban enormes rebaños de reses, se fugó de la modesta granja de su padre. Pero pronto comprendió y se dio cuenta sufriéndolo en sus carnes, que la vida no era fácil ni sencilla y menos para alguien como él. Tras diversos avatares y sinsabores, terminó por integrarse en una de las muchas partidas armadas que constituían por aquel entonces un extendido y pujante bandolerismo que tardaría aun unos años en ser erradicado completamente por las autoridades. Y tras años de mal vivir, de haber estado a punto de ser ahorcado varias veces, sufrir infinitos tiroteos y librarse de un sin fin de linchamientos, terminó por dirigir su propia banda, con la que cometió todo tipo de fechorías menores, hasta que se topó con Candy. Aquella noche persuadido por García, estuvo a punto de secuestrar a la muchacha para venderla en Sacramento y obtener una buena suma de dinero, en lo que parecía iba a ser un buen negocio a todos los efectos. Pero todo salió mal. El grasiento y en apariencia cobarde capataz caravanero resultó tener más agallas de lo que su estampa en un principio parecía sugerir, y consiguió liberar a Candy, dando al traste con sus planes. Después de aquello, la banda se disolvió cuando uno de sus hombres, que mantenía un leve parecido con García fue abatido en un intercambio de disparos con los rurales fronterizos que les iban pisando los talones cuando intentaban oponer resistencia parapetados tras unos riscos pelados y quemados por el abrasador calor del sol. Al ver como caía abatido su compañero, terminaron por rendirse pese a que no esperaban ningún trato justo. Tomas Carson sufrió una herida de bala en el hombro derecho y se entregó sin resistirse más. Sorprendentemente, tanto a él como a su compañero les dispensaron un trato correcto ahorrándoles cualquier vejación.

Cuando fueron juzgados, su compañero fue condenado a la horca, pero Tomas Carson que pese a su amplia y dilatada carrera delictiva no había matado a nadie por increíble que pudiera parecer, si acaso infligido heridas de consideración a quienes habían tratado de matarle a su vez en defensa propia, le fue conmutada la pena capital por la de trabajos forzados en una penitenciaría estatal. Para Carson no había mayor diferencia entre la pena capital y aquel duro castigo, por lo que escuchó la sentencia impuesta por el juez, con un leve encogimiento de hombros y total indiferencia. Carson temía que no saldría con vida de la dura y temible penitenciaría estatal.

Sin embargo, al cabo de dos años de reclusión fue puesto en libertad merced a una amnistía general para todos aquellos convictos que no tuvieran delitos de sangre en su haber, y como Carson respondía al perfil requerido, pese a no tener la menor esperanza de optar a semejante medida de gracia. Con apenas treinta años recién cumplidos, se vio libre pero sin nada. No tenía dinero ni ninguna propiedad o bien, pero estaba firmemente convencido y resuelto, a no delinquir jamás, dado que el destino o el azar le había concedido una nueva oportunidad, quizás la última. Se reformaría costase lo que costase. Y como no deseaba que nada ni nadie le relacionara con su anterior y equivocado modo de vida, emigró al otro lado del Atlántico en una travesía larga y difícil, emprendida en un frágil y ruinoso carguero, que pagó con el dinero que logró reunir tras meses de privaciones y sufrimientos, desempeñando los más variopintos y duros trabajos, desembarcando en Southampton tres semanas después, con un macuto de lona blanca al hombro y sus ajadas pero dentro de su pobreza, impolutas ropas dispuesto a labrarse un futuro mejor, aunque fuera modesto pero honrado.

Durante la penosa singladura a través del Atlántico, al que estuvo a punto de caer por la borda en un par de ocasiones, debido a que Carson se mareaba fácilmente porque nunca antes había estado en alta mar, trabó amistad con el capitán de la herrumbrosa y a punto para el desguace embarcación, Marius Jaskine cuyo imponente aspecto no pasaba precisamente desapercibido. Carson rió por lo bajo, por vez primera en mucho tiempo, porque a la imagen de su nuevo amigo solo le faltaba el loro en el hombro y la pata de palo, con el correspondiente garfio en lugar de una de sus manos, pero aunque no expresó en voz alta sus pensamientos, al curtido hombretón este lo hizo por él, riendo a carcajadas. Cuando se despidieron, Jaskine le entregó un papel con sus señas y los de su compañía marítima, que a la sazón eran las mismas, porque Jaskine era tan pobre que no podía costearse un alquiler ni siquiera una habitación en una pensión por si alguna vez necesitaba algo de él. Prácticamente moraba en su oficina. Tras desembarcar y preguntar por los alrededores, encontró un alojamiento provisional y logró encontrar trabajo en una fábrica textil. Nunca antes había hecho nada semejante, pero tenía buenas manos y especiales dotes para aprender a nada que se lo propusiera. Allí conocería a una joven cinco años menor que él, que trabajaba en el taller textil, justo un puesto detrás del suyo. Joanne y él se hicieron amigos, empezaron a intimar y se enamoraron perdidamente el uno del otro hasta el punto de que se casaron en secreto debido a la oposición de los padres de la muchacha, unos meses después. A fuerza de trabajo y sacrificio, consiguieron comprar una pequeña propiedad, que el ilusionado y hacendoso matrimonio logró convertir en una relativamente próspera granja. Tuvieron tres hijos, dos varones y una niña increíblemente rubia y avispada a la que llamaron Susie, hasta que un día Joanne regresó de lo alto de una montaña a la que su había acudido buscando una vaca que se había escapado y que finalmente logró localizar. Pero la voluntariosa mujer enfermó gravemente de pulmonía debido a las bajas temperaturas que aquella noche azotaban el apartado y alejado paraje. Aquella noche Tomas no pudo acompañarla, porque tuvo que quedarse cuidando de Jeff, otro de sus hijos que había contraído algo de fiebre y como Joanne se había ofrecido insistiendo tanto, Tomás claudicó sin sospechar la tremenda tragedia que azotaría su hogar no mucho tiempo después. Joanne no dio mayor importancia a su incipiente tos y continuó con su vida habitual hasta que un día se desplomó ardiendo de fiebre, en los brazos de su aterrado esposo y ante los gritos de sus desconsolados hijos. El doctor del pueblo, con el que Carson estaba enemistado desde entonces, hizo cuanto estuvo en su mano, y humanamente por ella, pero la pulmonía estaba ya muy avanzada y la aun bella mujer expiró dos días después ante la destrozada familia. A partir de entonces, el afable y alegre Tomas Carson empezó a beber y su carácter se agrió definitivamente.

5

El rostro de Tomas Carson no destacaba esencialmente por su belleza o por algún rasgo distintivo que le hiciera destacar de entre otros tantas caras. Tenía una nariz ganchuda, un pelo corto y ligeramente grasiento y sus grandes cejas arqueadas junto con su mandíbula caída y los labios ligeramente curvados hacia abajo le conferían un aspecto taciturno y triste que no difería demasiado de su habitual estado de ánimo. Por eso cuando se cruzó con Candy, sintió un estremecimiento que le paralizó por unos instantes y un sudor frio le recorrió todo el cuerpo. Había reconocido a la muchacha a la que había intentado secuestrar junto con su banda unos años atrás, porque a parte de que Carson tenía buena memoria, un rostro como el de Candy no se olvidaba fácilmente, pero en cambio, la muchacha rubia no dio muestras de reconocerle a él a su vez. Cuando el desafortunado encuentro tuvo lugar, estaba oscuro y la impresión y el miedo impidieron que Candy se fijara mejor, reteniendo de esa manera, los rasgos del hombre que había tratado de hacer negocio a su costa, vendiéndola a algún europeo o familia rica de paso por Sacramento, tal y como había intentado hacer sin éxito, gracias a la oportuna y tardía reacción de valentía del feroz capataz caravanero, arrepentido de abandonar a Candy a su infausta suerte. Tomas Carson tuvo que hacer un imponente esfuerzo para no delatarse o comprometer su ya de por si precaria existencia, sobre todo por sus hijos. Si la muchacha le reconocía, quizás fuera capaz de denunciarle y si el delito no había prescrito ir a dar nuevamente con sus huesos en la cárcel, por secuestro, si Candy lograra aportar suficientes pruebas como para hacerle encerrar.

6

Candy contemplaba pensativa a Mark, que permanecía en un segundo plano, esgrimiendo su temible arma de asalto que había desmontado y cuyas piezas había revisado a conciencia. Con un molinete amartilló el arma que produjo un siniestro chasquido que sobresaltó a Candy, haciendo que diera un involuntario respingo. La muchacha, enfundada en un pantalón de peto azul que le venía grande y con un sombrero de paja que le había prestado Owen estaba sentada sobre un montón de paja que estaba amontonando con una horquilla. Había hecho un receso en las labores agrícolas que el bueno de Owen le había asignado, debido a la insistencia de Candy porque le permitiera ayudarle, aunque solo fuera en la cocina. Un poco más lejos, Clean y el collie del anciano granjero jugaban trazando cerrados círculos en torno a la casa y una voz de barítono llegaba desde los campos situados al sur de la pequeña pero confortable vivienda. El hombre metálico estaba cantando mientras cargaba unos sacos de cebada, junto con varias cajas de madera que contenían patatas, en el carromato de Owen para trasportarlos hasta la cercana feria donde el granjero intentaría venderlas con dispar éxito. A su lado, el joven pelirrojo que se decía amigo del misterioso e imponente Mark, mostraba su atlético torso desnudo y sudoroso por el esfuerzo que estaba emprendiendo para ayudar a su creación. Candy le observó con disimulo preguntándose que extrañas e inefables fuerzas habían situado a tales personas en su vida. Meneó la cabeza contrariada agitando sus rizos rubios ondulados, mientras sus esplendorosos ojos de esmeralda volvían a fijarse en Mark. Había estado a punto de sucumbir a la atracción que el hombre moreno de ojos tristes ejercía en ella, y de hecho aun los ecos de la dura batalla que se había librado en su corazón perduraban, pero esta vez estaba segura de sus verdaderos sentimientos. Amaba a Terry o eso creía ella. Su plan era embarcar en el navío de ese tal Jaskine y tratar de reunirse con el joven inglés. Tenía unas señas que le había entregado y donde podría localizarle casi con total seguridad una vez que pisara suelo norteamericano. Con el tremendo follón que se había formado en el campus del Internado, había terminado por separarse abruptamente de su amado Terry y de sus primos, así como de su amiga Annie. No confiaba mucho en Mark, pero el anhelo apremiante de abandonar los asfixiantes muros del añejo y rancio Internado le hicieron cerrar los ojos y aceptar la oferta que Mark le hacía. Y fue cuando experimentó la cálida y acogedora energía que se desprendía del cuerpo del muchacho, que hizo que notara como sus confusos sentimientos variaban nuevamente.

Mark por su parte, notó como Candy le miraba continuamente y cesó de hacer malabares con su pesado lanzagranadas. Lo depositó con cuidado a sus pies, apoyándolo contra un muro y lanzó un suspiro preguntándose cuando tendría de nuevo fuerzas y arrestos suficientes para declararse por enésima vez a la muchacha, aunque ya de antemano conociese la temida y desalentadora respuesta de Candy a sus ruegos de amor. Entonces la muchacha se levantó de un saltó y caminó hacia él. El Sol se reflejaba en sus cabellos dorados que se mecían sueltos bajo el aparatoso y gran sombrero de paja. El corazón de Mark se desbocó. Habían estado a punto de besarse cuando la carreta de Owen les interrumpió aplazando sine die el largamente ansiado momento, que proporcionase al terco y obstinado vizconde la prueba necesaria para que deshiciera el encantamiento que pesaba sobre el otro yo de Candy, que al contrario que aquella joven, si le amaba. Por el momento permaneció quieto pese a sus deseos de besarla y abrazarla y la saludó afablemente. Candy respondió con una leve inclinación de cabeza y dijo mirando hacia los campos circundantes donde varios hombres acompañados por sus mujeres se afanaban en recoger el trigo recien cosechado, al tiempo que su bello semblante se ensombrecía ante la ceñuda expresión de Mark:

-Mark, me apena verte tan triste. Si pudiera hacer algo para mitigar tu pesar…

El joven se encogió de hombros y bajó la cabeza que agitó levemente, respondiendo:

-Ya sabes cual va a ser mi respuesta, pero lo que yo te pido es algo que tú no me vas a dar, así que…-hizo una pausa guardando un embarazoso silencio que sobrecogió a Candy- es mejor dejarlo. Te acompañaré hasta el barco y ahí nuestros caminos se separarán. Ese fue nuestro pacto –dijo Mark desmontando la granada de forma cónica, desenroscándola con sumo cuidado, para extraerla del ánima del cañón del RPG-12, y depositarla junto a sus otras compañeras en el interior de su mochila reforzada.

Candy contempló como dos lágrimas brillantes bajaban por las mejillas del atribulado joven que añadió pesaroso:

-Espero que logres la felicidad, a diferencia de mí –concluyó el joven intentando disimular su llanto, aunque Candy ya se había percatado de que estaba llorando, antes de que él mismo intuyera siquiera que la joven lo había descubierto.

Candy iba a replicar cuando, el agitado griterío proveniente de dos gargantas juveniles interrumpió a la muchacha. Mark y Candy se giraron al unísono y observaron como dos niños de corta edad pedían ayuda con ademanes precipitados y evidentes muestras de estar verdaderamente en apuros. Un niño de cabellos rubios llevaba de la mano a su hermano pequeño, de pelo negro y ojos oscuros que lloraba insistentemente reclamando a su hermano que hiciera algo. Entonces Mark recordó haber visto a los dos pequeños en compañía del ceñudo y silencioso granjero de cuya identidad les pusiera al corriente Owen en un par de ocasiones cuando había bajado al pueblo para comprar semillas, por encargo del señor Owen. Mark les reconoció enseguida y explicó a la cariacontecida Candy que no obstante había reaccionado intentando consolar a los dos niños. El más mayor intentaba contener a duras penas sus lágrimas, para dar ejemplo al pequeño que iba asido a su mano derecha permanentemente pero la tristeza que embargaba a Jeff terminó por afectarle a él también.

-Son los hijos de Carson –acertó a decir Mark obviando por el momento la pena que consumía su alma, por la negativa de Candy a amarle- y parecen estar en serios apuros.

Los dos niños se habían colado en la finca del amable señor Owen que alguna vez les había regalado dulces y frutas, suscitando la ira de su irascible padre que se había enzarzado a gritos en alguna que otra ocasión con el apacible y pacífico granjero de barba blanca y lentes redondos. El anciano, en parte por evitar problemas, en parte sabedor de la difícil situación de su vecino, lo dejaba correr procurando seguirle la corriente para no agravar aun más, el bochorno y pena ante el evidente deterioro de su padre, que los tres hijos de Tomas Carson experimentaban cada vez que el hombre la tomaba con alguien, normalmente sin razón. Los habitantes del pueblo trataban de socorrer a la desventurada familia sobre todo por los tres pequeños, pero el difícil y voluble carácter del hombre, empeorado por el constante alcohol que bebía sin mesura hacía difícil que nadie lograra asistirles, y menos que entre Carson y sus convecinos se estableciera alguna corriente de simpatía, sobre todo por sus constantes e imprevistos ataques de ira.

Sam se secó las lágrimas con el dorso de la mano y dirigiéndose hacia Mark le contempló con sus grandes ojos claros y dijo entrelazando las manos, en actitud suplicante y apremiante:

-Señor, necesitamos ayuda, nuestra hermanita, Susie, está muy enferma y papá se niega en redondo a que el médico la visite. Papá se ha quedado con Susie, pero no creo que se ponga bien. Por favor ayúdenos.

Mark asintió. En un primer momento pensó en recurrir a Mermadon, pero su torvo aspecto y los pocos deseos que tenía de ponerse aun más en evidencia, aparte de que podría revolucionar a medio pueblo le disuadieron de siquiera intentarlo, pero la vida de la chica peligraba y no se atrevía a utilizar sus poderes curativos, porque tenía un extraño y recurrente presentimiento que le advertía de que no aplicara el iridium sobre la niña, ya que podría resultar fatal. En su mundo, si se podía definir como tal, había curado a una pequeña de edad similar a la de Susie de su hemofilia cuando recalaron en el Hogar de Pony en compañía de Candy, pero había algo flotando en el ambiente de aquella realidad que le aconsejaba que no emplease el poder del iridium tan alegremente y a la ligera. Recordó el malestar que le había asaltado en el Internado y como desorientado y mareado había ido a parar a la alcoba de Candy sin proponérselo. Atraído por la agitada y tensa conversación entre Mark y los niños, llegó Haltoran que tuvo la precaución de ordenar al robot que no le siguiera. Cuando se puso al corriente de la situación, Haltoran que tenía algunos conocimientos de medicina dijo:

-Llevadnos junto a vuestra hermana inmediatamente. Y no temas por tu padre –dijo cuando Jeff contempló dubitativo a su hermano, temeroso de la reacción de Tomas Carson- yo le convenceré –dijo Haltoran mientras tomaba un pequeño botiquín que Mermadon había traído a expensas suyas.

Mark alzó las cejas porque la palabra convencer en labios de Haltoran podía significar un modo de disuasión pacífico o no tanto en caso de que Tomas Carson se pusiera terco, haciendo que la vida de su hija peligrara involuntariamente debido a su cerrilismo.

Mark, Haltoran y Candy siguieron a los niños que les condujeron precipitadamente hasta el establo de la familia Carson a través de las estrechas callejuelas del pueblo. Cuando llegaron tras una corta y apresurada carrera, hallaron a la pequeña niña, de cabellos rubios apelmazados por el sudor, y acostada en el heno, delirando y presa de una fuerte fiebre. Ante la mirada preocupada de sus hermanos, el diestro joven pelirrojo la examinó con atención. Haltoran no era médico, aunque había adquirido algunos conocimientos sanitarios durante su paso por la academia militar de Cremonia, su país natal. Pero aquello le desbordaba, porque aunque había reconocido con facilidad los síntomas de la afección de la niña, que temblaba y respiraba agitadamente no tenía el instrumental ni los remedios necesarios para curar a Susie.

-Mierda –masculló desabridamente en voz tan baja que nadie pudo entender lo que estaba farfullando- voy a tener que llamar a Mermadon. Con lo que tengo en este botiquín no puedo hacer nada. Y Mark no se atreve a utilizar sus poderes de curación y no puedo pedirle que intervenga, porque podría dañar a la niña. Si tan seguro está de ello es por algo.

Candy se le acercó y sus ojos verdes se clavaron con indignación, porque creía que estaba perdiendo el tiempo, en los de Haltoran, que fue traído nuevamente a la realidad cuando la bella muchacha, sacudió con frenética agitación la manga de su chaqueta para reclamar su atención:

-¿ Qué estás diciendo ? ¿ por qué no haces nada ? ¿ por qué te quedas ahí parado murmurando incoherencias ? –preguntó Candy histérica, al borde de las lágrimas ante la falta de respuesta de Haltoran por el grave estado de salud de la pequeña que iba empeorando progresiva y paulatinamente.

-Necesitamos un médico –dijo Haltoran evitando las acometidas de Candy, porque había recordado súbitamente que casualmente, Mermadon no disponía en sus bancos de memoria de ninguna referencia hacia aquella enfermedad. De toda la amplísima biblioteca médica que se albergaba en su cerebro electrónico, aquella era una de las pocas dolencias cuyos datos no había insertado aun ya fuera por descuido o considerar que el sarampión al ser una dolencia prácticamente erradicada, no era para ser tenida en consideración y debido quizás a esa trivialidad no la había introducido en los bancos de memoria de Mermadón. Y lo había descubierto por casualidad. Aunque hubieran hecho venir al robot, soslayando el temor que ocasionaría a la niña, porque llevarle hasta allí era lo de menos, gracias a su recobrado poder de apantallamiento poco por no decir nada, podrían hacer para devolverla la salud, de esa manera. Mermadon no sabía absolutamente nada del sarampión o como curarlo, por lo menos hasta que no dispusiera de los datos suficientes y Haltoran no quería arriesgar la vida de la niña, debido a que Mermadon emitiera un diagnóstico erróneo o aplicara el tratamiento equivocado.

En ese momento irrumpió Tomas Carson bruscamente en el interior del establo al escuchar ruidos y voces extrañas, encarándose con todos y tratando de expulsar a aquellos intrusos que imaginaba que estaban amenazando la integridad de sus hijos. Como no había tiempo que perder, Candy tomó una determinación y salió corriendo para ir en busca del médico. Tomas intuyó en cierta forma lo que la chica rubia de ojos verdes pretendía y trató de cerrarle el paso, pero Haltoran se lo impidió asiéndole por las solapas de su deslucida camisa de faena con tal firmeza, aunque sin ánimo de causarle el menor daño, que el propio Carson se sorprendió por ello, reaccionando con ira:

-Suéltame maldito, suéltame –protestó Tomas pataleando y tratando de zafarse de Haltoran, cosa que no logró pese a intentarlo con todas sus fuerzas. Haltoran puso especial cuidado de no lastimarle, esquivando sus directos y parando sus puñetazos con facilidad. Cuando Tomas, cansado y contrariado dejó de lanzar ataques que se perdían en el aire, Mark se le acercó y declaró:

-Su hija necesita al médico urgentemente y aunque usted y el doctor sostengan una rivalidad enconada, no vamos a permitir que la vida de Susie dependa de una cuestión así. No le soltaremos hasta que el médico atienda a su hija y la salve. Susie queda al margen de sus disputas personales, Carson.

7

Candy logró localizar la vivienda del médico del pueblo, gracias a las indicaciones de Sam y Jeff que la acompañaron todo el tiempo. Cuando Candy llegó hasta la puerta de la casa del médico, una recia construcción de madera y piedra de dos plantas, Candy aporreó la puerta con todas sus fuerzas hasta que los nudillos le sangraron levemente debido a la fuerza con la que golpeó la dura madera de roble de la misma. Mientras, Sam y Jeff voceaban llamando a gritos al médico:

-Doctor Kenner, doctor Kenner, por favor, ábranos, necesitamos su ayuda.

Finalmente se encendió una luz en el interior del recibidor y un hombre de mediana edad envuelto en un albornoz, que tenía una prominente calva que se abría camino por la parte superior de su cabeza, atendió finalmente a las desesperadas llamadas de auxilio de Candy y los niños. El hombre les observó esgrimiendo un monóculo sujeto por una gruesa correa que cubría su ojo derecho. Un espeso y pequeño bigote gris remataba su apariencia. Cuando Candy le puso al corriente de la dramática situación que se estaba viviendo en el hogar de los Carson, el médico adoptó un aire grave y serio y meneando la cabeza, entornó los ojos y dijo ante la sorpresa y el estupor de sus interlocutores:

-Lo siento, pero no puedo ir –dijo el doctor Kenner desviando la mirada hacia la ventana.

En esos momentos entró en la estancia su mujer, una señora de pelo castaño recogido en un moño que le traía su maletín por si el doctor tenía que salir a atender a algún enfermo. La mujer alcanzó a escuchar retazos de la tensa conversación que Mark estaba manteniendo con el facultativo intentando convencerle para que atendiera urgentemente a la niña:

-Doctor –exclamó Mark intentando contenerse y no elevar el tono de voz o realizar algún gesto ofensivo hacia el médico- no puede negarse. La vida de esa pobre niña está en peligro. Debe dejar usted sus rencillas personales con su padre, de lado y venir con nosotros, por favor.

El médico negó nuevamente con la cabeza y haciendo un esfuerzo para mirarles a los ojos explicó:

-Lo siento, pero no me siento capacitado para ir al domicilio de un hombre que me llamó asesino, poniéndome en evidencia delante de todos y propalando infundios sobre mí. No puedo tolerarlo.

Mark estaba perdiendo la paciencia. Sus músculos se tensaron levemente y estaba a punto de obligarle a que les siguiera aunque fuera a rastras. No deseaba emplear la violencia pero no podía permitir que la niña perdiese la vida que pendía de un hilo, por un incidente baladí, en comparación con el grave empeoramiento de su salud. El doctor Kenner suspiró y dijo a media voz;

-Lo siento, pero no puedo hacer nada por vosotros. Buscad a otro médico. Yo no soy bienvenido en casa de Tomas Carson.

Entonces Candy intervino y asió el brazo derecho del médico con sus manos. Miró al hombre a los ojos y trató de suplicarle encarecidamente:

-Por favor doctor, deje sus recelos de lado y acompáñenos. Si buscamos otro médico, puede que la pequeña no salga de esta, porque habremos perdido demasiado tiempo. Por favor –rogó Candy mientras algunas lágrimas resbalaban por sus mejillas. La señora Kenner conmovida por la desesperada insistencia de la chica y su acompañante intentó interceder por ambos para que su testarudo marido cambiara de parecer.

-Tienes que ir con ellos Henry, te necesitan, por amor de Dios, no seas tan terco y ve con ellos. Si hace falta, yo iré contigo y me enfrentaré a Tomas si trata de ponerte la mano encima.

Entonces el doctor reparó en los intensos ojos negros del joven que acompañaba a la muchacha rubia. Parecían tan sinceros y convincentes que cuando Mark habló, Kenner notó incrédulo, como sus prejuicios y temores, o cualquier otra prevención que pudiera mantener hacia Tomas Carson, empezaban a resquebrajarse:

-Por favor doctor –insistió Mark- la niña le necesita. No es momento para darle la espalda a un ser inocente de todas estas diferencias personales. Por favor.

El médico pareció dudar y apiadarse de la difícil situación de la atribulada familia. Sam, el hijo mayor de Tomas Carson lloraba desconsoladamente porque empezaba a percibir como completamente factible que Susie pudiera empeorar y perder la vida. Mark crispó discretamente el puño derecho. No quería lastimarle y menos delante de Candy y del niño, pero si no había otra alternativa disuadiría al facultativo de su empecinado proceder, aunque fuera por las malas.

Finalmente, Kenner asintió mirando al suelo. Su cabeza se puso tan vertical, que el monóculo que pendía de su ojo derecho resbaló de las comisuras de sus ojos y se precipitó a tierra. Afortunadamente, el cordel que lo mantenía atado a su oreja impidió que alcanzara el suelo haciéndose añicos. La lente se balanceó en pequeños giros sobre su eje produciendo algunos reflejos fugaces, pendiendo de la cuerda que la mantenía asida.

-Está bien, está bien –dijo el hombre tomando entre sus sudorosas manos el maletín de cuero negro, que su esposa le tendía con su instrumental, y provocando suspiros de alivio tanto en ella, como en Candy y Mark- pero dudo que Tomas me reciba precisamente con los brazos abiertos.

Mark habló nuevamente esta vez para tranquilizar al atemorizado médico:

-Le prometo señor Kenner, que Tomas no le rozará ni un cabello. Un amigo mío está en su casa, procurando mantenerle tranquilo y vigilándole para que no interfiera en su labor.

Kenner aun tenía el susto en el cuerpo por el recuerdo de la paliza que el abrumado y apenado Tomas le propinó acusándole de no haber hecho todo lo posible por salvar a su esposa. Henry Kenner no podría olvidar fácilmente como Tomas le lanzó contra una mesa derribándole por tierra mientras le tildaba de asesino y mal profesional. De no ser por dos vecinos que acudieron precipitadamente a los gritos del médico y sujetaron a Tomas separándoles, tal vez le hubiese matado en un arrebato de ciega ira y despecho.

En los días siguientes, Tomas acosó al médico llegando a apedrear las vidrieras de su casa y rompiéndolas varias veces, hasta que finalmente, resignado a su aciaga suerte, Tomas se volcó en el cuidado de sus tres hijos, tornándose un hombre huraño y reservado, al que el alcohol provocaba frecuentes y violentos accesos de ira que atemorizaban al vecindario. Kenner apiadado de la triste situación de su vecino, no lo denunció pese a que sus allegados se lo reclamaron insistentemente para no solo poner fin al acoso al que le sometía Carson si no para restituir su honor profesional, que el granjero había mancillado con maledicientes calumnias dejándolo maltrecho.

8

El doctor se vistió precipitadamente desprendiéndose de su albornoz y saliendo rápidamente en su calesa en dirección al hogar de los Carson. El carruaje era lo suficientemente espacioso para que tanto Candy, como Mark y Sam pudieran viajar cómodamente en su habitáculo, pero Mark prefirió ir a pie, porque tal vez su peso resultara excesivo para los dos caballos negros que constituían el tiro de la calesa y optó por ir andando, a efectos de que Kenner y sus acompañantes viajaran más rápidamente. Candy se encogió de hombros asombrada y un poco contrariada de que Mark quisiera hacer todo el camino de retorno a pie, pero no dijo nada, porque ahora la cuestión principal era salvaguardar la vida de la niña.

Susie había sido trasladada desde el establo a una habitación más confortable donde era atendida por su padre que finalmente había aceptado que Haltoran se quedase a ayudarles, una vez que el joven pelirrojo le puso al corriente de su identidad sin desvelarle demasiados detalles de quien era realmente.

-De modo que sois amigos de Owen –dijo esbozando una mueca de fastidio mientras alimentaba el fuego que ardía en la chimenea lanzando varios trozos de madera a las llamas que las consumían vorazmente, para mantener caldeado el cuarto de su hija –ese viejo metomentodo- gruñó Tomas suscitando la ira de Haltoran, que no era tan comedido como Mark, por lo menos en aquella ocasión. Sin embargo, Haltoran también dominó su ira para no dar un espectáculo delante de la niña que respiraba agitadamente y deliraba presa de una abrasadora fiebre.

-No meta a Owen en esto Carson. Fueron sus hijos los que solicitaron ayuda a mis amigos y fueron a buscar al médico. Por cierto, no debió ser usted tan duro con el doctor. Estoy convencido de que hizo cuanto pudo para salvar a su mujer.

Al escuchar las justas y reprobadoras palabras de Haltoran tocando una fibra sensible para él, Carson hizo ademán de intentar agredirle, pero se lo pensó mejor. Haltoran era un rival peligroso, acostumbrado a pelear lo cual se notaba en sus felinos gestos y su porte, y por otra parte, no tenía derecho a continuar proyectando la culpabilidad de su triste situación en los demás. Finalmente, tras años de negarse así mismo la paz que tan ansiosamente buscaba se derrumbó, prorrumpiendo en un copioso y largamente reprimido llanto.

-Tienes razón, tienes razón. He sido injusto con todos, y me he engañado a mi mismo desde que mi Joanne falleció. No soy más que un maldito y patético imbécil –sollozó escondiendo el rostro entre las manos. Haltoran fue a su encuentro y le obligó a mirarle directamente a los ojos:

-El hecho de admitir que estabas equivocado te honra Tomas –dijo Haltoran conciliador, mientras Jeff humedecía otro paño en una jofaina rebosante de agua para continuar refrescando la piel de la frente de Susie.

-Estoy convencido de que sigues siendo un buen hombre y mejor padre –comentó el joven pelirrojo tuteándole, mientras se situaba junto a la cabecera de la cama de Susie para comprobar su estado. Le tomó el pulso y depositó su mano ancha y recia sobre la frente de la niña. Por el momento, tanto la fiebre como el ritmo cardíaco de la niña seguían constantes, pero Haltoran suplicó para sus adentros que el doctor y los demás llegasen de una vez, cuanto antes. Hacía rato que Candy y Mark habían partido hacia la vivienda que hacía las veces de consulta del médico y aun no habían llegado. Finalmente, en el exterior se escuchó un relincho y una voz autoritaria que ordenaba al tiro de un carruaje a detenerse. Kenner jaló de las riendas de sus dos caballos con firmeza y detuvo el carruaje justo delante del umbral de la casa de los Carson. El médico apremiado por Jeff y Candy descendió de su calesa tan precipitadamente, que estuvo a punto de caer de bruces hacia delante, y se dirigió decididamente hacia la entrada, tocando la puerta con sus gruesos nudillos. Tomas abrió la puerta siendo vigilado estrechamente por Haltoran por si intentaba abalanzarse sobre el médico. Finalmente, después de tanto tiempo, Henry Kenner y Tomas Carson se encontraron nuevamente cara a cara.

9

El médico auscultó a Susie con su gastado estetoscopio mientras asentía con un leve y quedo gruñido mientras deslizaba el instrumento con cuidado por el torso de la niña auscultándola con detenimiento. Mientras, Haltoran junto a Candy y a los dos hijos de Tomas observaban con el corazón en un puño, conteniendo la respiración. El propio Tomas que observaba receloso al doctor, había enmudecido no interfiriendo en lo más mínimo en la exploración del médico, que completamente centrado y absorbido en el reconocimiento de Susie, ni había reparado que el padre estaba situado a no más de medio metro de él, justo detrás suyo. En ese momento, hizo su entrada Mark, que se sorprendió de haber hallado la puerta de la vivienda abierta. Había sido tanta la precipitación por atender cuanto antes a la niña, que cada uno de los atribulados presentes se había olvidado por completo de cerrarla tras de sí. Haltoran había puesto al corriente a la familia Carson de su identidad así como de las de Mark y Candy poniendo especial cuidado en mantener a Owen fuera de aquel asunto, ya que habían actuado a título personal, ante los desesperados requerimientos de los hijos varones de Tomas. En la habitación reinaba un ambiente que se podía cortar con un cuchillo, debido a la tensión que se respiraba entre aquellas cuatro paredes. Finalmente, al cabo de varios minutos, Kenner retiró el estetoscopio de sus oídos y cesó de auscultar a la niña. Asintió con gesto grave y girándose hacia sus angustiados y preocupados interlocutores sobre sus talones, dijo esbozando una leve sonrisa:

-Afortunadamente, lo hemos cogido a tiempo. La niña se salvará, pero deberá ser vigilada día y noche y tendrán que administrarle este tratamiento. Pasaré a verla dentro de dos días –explicó Kenner mientras tendía al agradecido padre algunas recetas.

Todos los ocupantes del cuarto estallaron en una mezcla de carcajadas y llanto. Pero Candy no era capaz de apartar sus ojos de esmeralda de la mirada triste y esquiva de Mark. Mientras Haltoran y los niños felicitaban al médico brindándole sus sinceras muestras de afecto, a las que a regañadientes y avergonzado por el injusto trasto que había dispensado a Kenner se terminó por sumar Tomas, las esmeraldas engarzadas en el precioso rostro de Candy contemplaron el de Mark, que mostraba una expresión triste y distante con la mirada perdida en el horizonte que se vislumbraba por una de las ventanas de la habitación. El solitario y triste joven pasó una mano por sus largos cabellos negros y contempló brevemente a Candy para seguir la evolución de una bandada de aves migratorias que en perfecta formación, surcaron el cielo en dirección oeste. Sabía que muy pronto se separaría tal vez con carácter definitivo de ella, cuando finalmente embarcara hacia los Estados Unidos para reunirse con Terry, y que esta vez quizás ya no pudiese hacer acopio del valor necesario para seguirla.

-Mark -musitó Candy apenada mientras el fragor de la confusa y dolorosa tormenta de sentimientos encontrados, que había convertido su confundido corazón en un campo de batalla, arreciaba nuevamente.

10

Candy decidió quedarse en casa de los Carson, con el beneplácito de Tomas que no pudo resistirse a los encarecidos ruegos de Sam y de Jeff para ayudar en las tareas domésticas mientras la pequeña se restablecía completamente del todo. La muchacha se ocupaba de hacer la comida, tender la ropa y cuidar de la alimentación de los pequeños, mientras Mark sumido en un negro y funesto estado de ánimo, porque presentía que pronto la perdería, y con ello toda esperanza de sacar a su esposa del extraño letargo inducido por su desconocido e implacable adversario. Para mantener su mente ocupada, ayudaba al anciano Owen en los quehaceres de la granja, secundado por Haltoran y el robot, pero nada era capaz de distraerle del tremendo sufrimiento que le aquejaba. Si Candy zarpaba en ese barco, tal vez no pudiese detenerla porque el iridium se estaba negando a responderle y tal vez cuando recobrara el control de la caprichosa sustancia, Candy estuviera ya demasiado lejos como para poder ganar la cubierta del navío. Mark no podía cubrir distancias superiores a los mil kilómetros sin tener que detenerse a descansar y eliminar los perniciosos efectos del iridium, como cuando había tenido que hacer el día que rescató a Stear, librándole de morir abrasado entre los restos humeantes de su avión derribado. Y para colmo, el iridium no tenía intención de manifestarse, aunque continuaba conservando su colosal fuerza y sus prodigiosos reflejos, señal de que la caprichosa sustancia anaranjada continuaba acompañándole a fin de cuentas.

En cuanto a Candy, que estaba enjabonando platos en el fregadero de la cocina no era capaz de borrar de su mente, la angustiada y tortuosa mirada que el abatido joven le había dirigido, porque estaba completamente segura de que el mérito de que el doctor Kenner hubiera mudado de parecer, apiadándose de Susie era suyo.

Mientras la pequeña de ojos azules y cabellos dorados que llevaba siempre muy cortos, se había restablecido con rapidez devolviendo la sonrisa a su desolado padre que ya se temía la repetición de la trágica suerte de su esposa, en la persona de su hija. Arrepentido de cuantas barbaridades lanzara contra Kenner y de lo hosco y para nada amable que había sido con sus solícitos vecinos, se dedicó a pedir perdón y a tratar de arreglar todo el mal que había realizado. Su carácter se tornó más afable y abierto y por lo pronto dejó la bebida, obteniendo el perdón de Kenner que aunque remiso en un primer momento a dárselo, aconsejado por los buenos oficios de su esposa y muchos de sus convecinos convencidos plenamente de que Tomas había cambiado a mejor, se lo concedió. Ambos hombres se reconciliaron y Tomas le expuso sus más sinceras disculpas intentando arrodillarse ante el médico y envuelto en un desgarrador llanto, cosa que el facultativo impidió enérgicamente obligando a Tomas a levantarse y a dejar de llorar.

Entonces, llegó un rumor propalado por algunos lugareños que habían observado con interés como un joven de aspecto aristocrático de cabellos castaños y ojos azules había recalado en el pequeño pueblo. Northhill era una tranquila y pacífica comunidad de no más de doscientos habitantes en la que la llegada de un forastero no dejaba indiferente a nadie y desde luego, el apuesto e inconfundible porte aristocrático de Terry Grandschester no pasaba inadvertido y menos en un recóndito lugar como aquel. El joven estaba buscando por su cuenta a Candy y estaba realizando discretas pero intensas averiguaciones, convencido de que la Policía Metropolitana no estaba realizando los esfuerzos necesarios tendentes a localizar a la muchacha. Por su parte, los primos de Candy, junto con su amiga Annie y la bondadosa hermana Margaret habían emprendido otra búsqueda por su cuenta, a bordo de un pequeño descapotable rojo propiedad de Archie. Aunque en un principio, Terry había aunado esfuerzos con los primos de Candy y su amiga, las diferencias entre Terry y Archie que habían llegado a protagonizar un duelo a espada en los jardines del Colegio San Pablo habían terminado por dar al traste con la precaria y frágil asociación. Archie culpaba a Terry de la desaparición de Candy y este que no se aminalaba, devolvía cuantas puyas y provocaciones le hacía objeto el joven de cabellos castaños. Finalmente, Terry decidió indagar por su cuenta. Habían buscado en las localidades costeras cercanas, indagado en hoteles e incluso subido a bordo de algunos de los grandes buques de línea por si Candy había tomado pasaje en alguno de ellos pero nada. Terry indagó por el pueblo despertando los recelos de algunos de sus suspicaces habitantes, que interpretaron erróneamente las pesquisas del joven noble inglés. Movidos por un mal entendido pero bienintencionado sentimiento de protección hacia la muchacha, que se había ganado los corazones de buena parte de los parroquianos al haber logrado convencer al testarudo doctor, de que visitara a la hija pequeña de Tomas Carson y que ahora la estaba cuidando, le suministraron información falsa, simplemente fingiendo que no habían oído hablar nunca de semejante persona y que por allí no había pasado ninguna muchacha cuyas características y rasgos físicos coincidieran con la detallada y somera descripción aportada por el joven. Terry se alejó finalmente del pueblo descorazonado ante un nuevo fracaso y sin que en ningún momento, Candy y él llegasen a coincidir, debido a que la muchacha enfrascada en el cuidado de los hijos de Tomas y de su hogar, apenas salía a la calle más que lo imprescindible para retornar rápidamente junto a Susie y sus hermanos. Ni tampoco con Mark, el cual permanecía recluido en casa del señor Owen, siendo velado y supervisado por Haltoran y Mermadon que no le quitaban ojo de encima. Finalmente, el joven subió a un coche de punto y ordenó al cochero que pusiera rumbo hacia Southampton donde esperaba tener más suerte en su hasta ahora, nada fructífera búsqueda.

Naturalmente, Candy terminó por enterarse de los comentarios que corrían de boca en boca por todo el pueblo, pero ya era tarde. Terry había emprendido camino con rumbo desconocido, pese a que Candy le buscó denodadamente y sin desfallecer durante toda una tarde. Finalmente, la muchacha que trabajaba en la recepción del único hotel de Northill, una chica de cabellos negros recogidos en una larga trenza y ojos claros y medio prendada de la apostura de Terry y compadecida del velado dolor que mostraban sus pupilas azules, había escondido entre sus ropas, una nota que el joven le había dejado por si Candy acertaba a pasar por la recepción del establecimiento, a indagar. En secreto y eludiendo cualquier encuentro con alguno de los vecinos logró entregar a escondidas la escueta nota a la joven. La entristecida y decepcionada Candy, que se reprochaba continuamente, no haberse enterado a tiempo de la llegada, breve estancia y posterior partida de Terry a su paso por Northill, casi arrebató a la sorprendida chica, la nota manuscrita de su novio. Cuando la joven recepcionista, le describió el aspecto de la persona que le había confiado la breve misiva dirigida a la joven rubia de grandes ojos verdes, el corazón de Candy dio un vuelco. Desdobló la hoja con dedos temblorosos y leyó incrédula el contenido de la carta, pero muy esperanzada:

"Candy amor mío.

Estoy tratando de encontrarte como sea y te comunico que si lees esta misiva, partiré el viernes día 15 a primera hora de la mañana, desde Southampton hacia Estados Unidos porque mis deberes me reclaman allí urgentemente y no puedo retrasar mi partida por más tiempo. Se trata de un delicado asunto relacionado con mi madre del que ahora no puedo darte detalles. No obstante, removeré cielo y tierra hasta dar contigo, cueste lo que cueste, y aunque me lleve el resto de mi vida conseguirlo. Me alojo en el hotel Astoria en Southampton, habitación doce por si me estás buscando con la misma desesperación y ahínco que yo. Si no he buscado habitación en este pueblo es porque no tengo la absoluta certeza de que estés aquí, pero nunca se sabe…

Hasta pronto, mi adorada Candy. Espero que podamos reunirnos cuanto antes.

Con todo mi amor, Terry."

Algunas lágrimas furtivas empaparon el satinado papel goteando con un característico sonido sobre la tinta de las palabras escritas en el mismo, haciendo que esta se difuminara por efecto de la humedad de su llanto. Candy desvió nerviosa la vista hacia el calendario que pendía de una alcayata clavada en las baldosas, bajo los armarios de la cocina que albergaban la vajilla, cubiertos y utensilios de la familia y consultó cuanto faltaba para la fecha indicada por Terry en la carta, para su partida.

-Viernes –musitó pensativa Candy mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la mano izquierda –viernes- repitió nuevamente, mientras depositaba el dedo índice de la mano derecha sobre sus sonrosados y carnosos labios. Entonces dio un respingo y volvió a consultar el calendario exclamando repentinamente:

-No, esa fecha es mañana. Tengo solo hasta mañana para verle y reunirme con él –expresó con una inflexión ligeramente chillona en voz alta.

11

Candy había retornado de la casa de los Carson a la del señor Owen, para preparar su equipaje dado que el día de la partida hacia Norteamérica se acercaba pero había otro acontecimiento que esperaba con mayor ansia y fervientemente, aunque primero tendría que tranquilizar a sus preocupados y cariacontecidos amigos y primos, porque desde el día en que Mark la sacara del rígido Internado, no había vuelto a dar señales de vida.

Candy había decidido poner al corriente de su situación a sus primos y a su amiga Annie, ahora que había recalado en un lugar al que aunque fuera provisionalmente, podía llamar hogar. Pronto zarparía a Norteamérica pero primero debía poner en orden sus asuntos más urgentes y envió sendas misivas dirigidas a Archie, Stear y por supuesto a su amiga Annie. En ellas detallaba cuales serían sus futuros planes y tranquilizaba a los hermanos Cornwell, y a Annie acerca de su paradero, aunque por el momento no era su intención desvelarlo. Seguramente, regresaría al Hogar de Pony una vez desembarcara al otro lado del Océano y allí decidiría cual sería la mejor forma de encauzar su vida a partir de esos momentos, porque una cosa tenía muy clara y es que no podía retornar a Lakewood, y menos con el baldón que supondría para el honor de los Andrew, haber abandonado tan precipitadamente la severa institución en la que había ingresado, con vistas a convertirse en una dama. Entonces, recordó una conversación que había mantenido con Mark en sus sueños, en los que ambos eran marido y mujer. El joven de cabellos negros y ojos tan oscuros como la noche, deploraba el que Candy fuera enviada a un país tan distante del suyo, solo por el mero hecho de adquirir unas costumbres y unos supuestos conocimientos que podría haber conseguido sin necesidad de tener que poner todo un océano de por medio. Y ella le reprendía porque no toleraba bien las críticas del joven hacia la época que a Candy le había tocado vivir, y más viniendo tales observaciones de alguien que procedía de un tiempo distante casi cien años en el futuro. Candy que estaba terminando de redactar las cartas, firmó la última y sus ojos verdes se abrieron como platos, al acordarse de Mark.

-Mark, ¿ por qué tu nombre y tu imagen acuden tanto a mi mente ? –se preguntó molesta. Intentaba centrarse únicamente en Terry y en el próximo encuentro entre ambos que tendría lugar tan pronto como despuntara el nuevo día, una vez enterada por la nota que la amable recepcionista del hotel del pueblo, le había confiado desvelando a la esperanzada y enamorada muchacha, el paradero de su amado. Intentó sonreír y poner buena cara, pero los ojos abatidos y tristes de Mark la perseguían continuamente. No era capaz de apartar de su cabeza el hecho de que Mark, tal vez involuntariamente, hubiera consolidado su amor con Terry y que su intervención hubiese hecho cambiar de parecer al ofendido doctor Kenner y que se decidiera finalmente acudir a reconocer a la pequeña hija del taciturno y esquivo Tomas Carson con el que sostenía una dura animadversión desde que el desconsolado hombre le echara en cara no haber hecho lo suficiente para salvar la vida de su esposa. Entonces escuchó un ruido procedente del pasillo. Candy se irguió lentamente y sosteniendo una palmatoria con una vela a medio consumir en la mano derecha avanzó hacia la penumbra preguntando en voz alta, ligeramente asustada y haciendo que la vela temblequeara por los ligeros temblores de su cuerpo, que a su vez se transmitían a la palmatoria:

-¿ Quién está ahí ?

Silencio.

-¿ Quién es ? –preguntó Candy por segunda vez, pero nadie respondió a sus requerimientos. Entonces la puerta se entreabrió con un agudo chirrido y Clean entró moviendo alegremente la cola y saltando sorpresivamente a los brazos de su amiga.

-Clean –dijo Candy acariciando efusivamente al pequeño coatí- me has asustado. La próxima vez procura hacerte notar mejor, ¿ de acuerdo ? –preguntó Candy con una deslumbrante sonrisa mientras besaba la coronilla del mapache.

A pocos pasos de la austera habitación forrada en madera, un joven de ojos azabache de los cuales surgían dos regueros de lágrimas, no podía dejar de mirarla. Y cuanto más lo hacía, más crecía su amor hacia ella, y cuanto más rebosaba de amor su corazón, más lamentaba y maldecía el aciago día que decidió retornar al siglo XXI para emprender la derrota de un enemigo del que jamás debería haberse preocupado.

-Si no hubiera hecho esa insensatez –dijo en voz baja para evitar que la muchacha le oyera- seguramente ahora mi Candy, mi verdadera Candy estaría consciente y nada de esto habría sucedido.

Entonces notó como una mano rozaba su hombro derecho levemente. Estaba tan absorto contemplándola que no había percibido como su amigo se le había aproximado lentamente y de manera sigilosa desde atrás.

-No Mark –susurró Haltoran en voz baja- hiciste lo que debías. Tu bondad es tan grande que no fuiste capaz de dejar a su suerte, a tantos millones de seres humanos indefensos a merced de los caprichos megalómanos de un demente. No solamente lo hiciste por Candy, Maikel y Marianne, si no por algo más. Amigo mío, tienes un corazón tan grande que no te cabe en el pecho.

Antes de que el confuso y sorprendido Mark pudiera replicarle, Haltoran le dio la espalda y se alejó con pasos amortiguados para no alertar tampoco a Candy de su presencia allí, para encerrarse en su habitación. Tomó el pomo de madera lacada entre los dedos de su mano derecha y antes de abrir la puerta añadió:

-Lucha por ella Mark, lucha por ella. Estoy convencido de que te ama. Y ya sabes que me tienes a mí, a tu amigo Haltoran para apoyarte en lo que haga falta. No nos iremos de aquí hasta lograr nuestros propósitos. Buenas noches amigo mío y piensa en lo que te acabo de decir.

Haltoran se deslizó en el interior de su cuarto antes de que el atribulado joven pudiera replicar nada. Las contundentes y alentadoras palabras de Haltoran habían sido tan directas que aun estaba meditando en su significado a falta de nada mejor a lo que responder. Finalmente Mark se dirigió hacia su habitación, contrito por haber espiado a Candy, pero reconfortado porque sentía que sus ánimos recobraban nuevas fuerzas. El joven se acostó en la blanda y mullida cama pasando los brazos por detrás de la nuca y estirándose cuan largo era y pensando en la amistad de Haltoran. Pocos hombres podían presumir de tener el respaldo y la confianza de alguien como el joven pelirrojo.

-Haltoran querido amigo –dijo Mark secándose las lágrimas con el dorso de la mano- siempre me has apoyado y me has ayudado. Tienes razón. No tengo derecho a hundirme ni a auto compadecerme, no. Y menos ahora.

Finalmente se quedó profundamente dormido, soñando con Candy y sus hijos, con un dulce porvenir en la que su familia estaba reunida al completo, lejos de viajes en el tiempo y las insidiosas trampas que su descomunal poder le había acarreado. Antes de que el cansancio le trasportara a las regiones del reparador descanso se sorprendió al comprobar cuan fácilmente cabía en una cama cuando antes debido a su otrora descomunal estatura, sus extremidades sobresalían incómodamente de cualquier lecho en el que se acostara. Soñó con la terrible experiencia por la que había pasado en el Artico para reducir su estatura, a efectos de hacer menos temible y más grata su apariencia a ojos de su amada Candy y que casi le costara la vida.

12

El caprichoso azar nos tiene deparadas sorpresas e inescrutables caminos que ninguno de nosotros seríamos capaces siquiera de imaginar. Ni la mente más despierta y brillante podría haber intuido siquiera que Terry Grandshester tenía que acortar el plazo de estancia en el hotel Astoria porque una carta llegada urgentemente desde Norteamérica reclamaba su presencia en la mansión de su madre de forma urgente y perentoria. Eleonor había sufrido un desvanecimiento durante una de sus actuaciones ante cientos de enfervorizados admiradores que observaban extasiados su actuación en uno de los teatros más renombrados y reputados de Broadway. Seguramente no sería nada, pero el secretario personal de la bella y brillante diva del teatro había considerado oportuno y cuanto menos humano, avisar al hijo de su jefa para que el joven inglés, por lo menos estuviera al corriente de todo. Maldiciendo su suerte, Terry que por un recurrente presentimiento creía que pronto se encontraría con Candy, tuvo que, sintiéndolo con todo el dolor de su corazón, adquirir precipitadamente y casi in extremis un pasaje de ida hacia Nueva York. La demanda de billetes era tal que prácticamente se habían agotado, aunque tuvo suerte y tras soportar una larga y sinuosa cola que avanzaba tan lentamente que los ánimos del joven inglés se exasperaban cada vez más, logró hacerse con uno de los últimos pasajes que los taquilleros aun no habían despachado.

13

Candy expuso la situación al señor Owen, que comprensivo aceptó a llevar a la muchacha en su carromato hasta Southampton. El camino no era muy largo y pronto llegaron a la populosa ciudad, tras un breve viaje de apenas media hora. El amable granjero estuvo tentado de preguntar a la bella joven que papel jugaba el hombre de ojos oscuros y dotado de extraordinarias facultades, de las cuales se había comprometido no hablar, desvelando su secreto. Mark se lo había contado, pero la inverosímil historia había sido tan larga y poco creíble que el anciano había olvidado parte de cuanto el entristecido Mark, necesitando desahogarse le había confiado. Sin embargo, el inteligente granjero intuyó que el joven al que Candy buscaba tan afanosamente era quien ocupaba realmente su corazón y no el muchacho de mirada triste, aunque había algo que no le cuadraba en todo aquello, pero decidió guardárselo para sí. El anciano no hizo preguntas embarazosas, cosa que Candy agradeció infinitamente. Cuando Owen detuvo su calesa delante de un imponente edificio de mármol blanco en cuya puerta giratoria había un portero impecablemente uniformado con gorra de plato y galones, Candy se precipitó de un salto a tierra casi sin darle tiempo a Owen a seguirla y se plantó tras una corta y agitada carrera ante la fachada principal. Astoria Hotel leyó con precipitación. Los grandes caracteres azules que conformaban el nombre del famoso establecimiento hotelero sobre el frontispicio del hall, le daban la bienvenida.

14

Tras unas cortas formalidades, el portero accedió a franquear el paso a Candy, gracias también en parte al lujoso vestido de raso azul que se había puesto para recibir a Terry y que no dejaba lugar a dudas acerca de la aristocrática procedencia de la jovencita de cabellos rubios dispuestos en coletas con grandes lazos decorativos a la que el adusto portero facilitó la entrada. Una vez que atravesó la puerta giratoria se halló en un gran vestíbulo repleto de apresurados caballeros y damas que portaban sus mejores galas como había hecho ella y que conformaban un selecto ambiente en el que Candy no desentonaba en absoluto, todo lo contrario. Cuando llegó finalmente al imponente mostrador de la recepción, un hombre de cabellos castaños, anteojos redondos y un hirsuto bigote bajo su nariz ganchuda, que inspiraba confianza por su aspecto benevolente y enfundado en un smoking le preguntó educadamente:

-Buenos días señorita, ¿ en que puedo servirla ?

Candy estaba tan agitada que a punto estuvo de perder la compostura, pero se rehizo y preguntó tras aclararse la garganta:

-¿ Se aloja aquí un caballero llamado Terry Grandschester ? es un joven de cabellos castaños y ojos azules. Soy…-Candy se sintió un poco avergonzada por tener que pronunciar aquellas palabras y se retorció las manos enfundadas en suaves guantes de seda. Reuniendo el valor necesario, concluyó la frase:

-Soy su prometida, la señorita Candy White Andrew, ¿ sería tan amable de notificarle mi llegada ? Me está esperando.

El hombre consultó el registro y tras un corto lapso de tiempo que a Candy se le antojó eterno, dijo con voz contrariada, porque suponía que aquello le reportaría un serio disgusto a la hermosa dama:

-Efectívamente señorita, estuvo alojado en la habitación doce –expresó el hombre desviando la mirada, con evidente embarazo por tener que reportar tan mala noticia.

-¿ Cómo que estuvo ? –preguntó Candy asustada llevándose la mano izquierda a los labios para luego apoyar ambos manos sobre el mostrador y abalanzándose sobre el mismo, intimidando un poco al recepcionista -¿ qué quiere decir ?

-Lo siento mucho señorita White. Su prometido ha partido hace diez minutos hacia el puerto. Dejó esta nota para usted. Dijo que inaplazables asuntos le reclamaban en Norteamérica.

Candy leyó la nota de disculpa de Terry, en las que el joven no había incluido sus nuevas señas por la precipitación con la que había tenido que dejar el hotel, no teniendo apenas ni tiempo para garabatear apuradamente la nota que entregó presuroso, al recepcionista. Candy creyó que se desmayaría allí mismo, pero en lugar de ceder a los inevitables impulsos de su cuerpo por alejarse de la demoledora realidad perdiendo el sentido, sacó fuerzas de flaqueza y saliendo rápidamente a la calle ante las miradas de reconvención de los huéspedes del lujoso hotel, requirió los servicios de un coche de punto y le suplicó encarecidamente al cochero, que dirigiese el carruaje lo antes posible hacia el muelle número veinte, donde según el recepcionista embarcaba todo aquel que pretendía viajar hacia Norteamérica a aquellas tempranas horas de la mañana.

15

Sin embargo, pese a que según el recepcionista del hotel, apurado ante el disgusto de Candy el joven había partido camino del puerto para embarcarse hacia Norteamérica, el destino quiso que Candy tuviera otra oportunidad antes de perderle en lo que la muchacha ya tomaba por una separación definitiva y absoluta.

Candy había tomado un carruaje que la llevaría hasta el muelle cuando, durante el trayecto, en el umbral de un edificio que semejaba un gran y señorial palacio le pareció distinguir a través de la ventanilla del carruaje como un tropel de muchachas pugnaban en torno a un joven de aspecto distinguido que salía a duras penas del recinto, intentando abrirse paso entre las fervientes admiradoras que casi se peleaban entre sí tratando de llegar hasta su ídolo. Candy creyó haberse fijado mal, cuando le pareció discernir entre la ondulante marea humana al joven al que había prometido amor en el Real Colegio San Pablo de Londres. Sus ojos de malaquita se abrieron desmesuradamente y pese a que el cochero azuzaba a sus monturas para que siguiendo instrucciones de Candy, alcanzaran cuanto antes los muelles de Southampton, Candy distinguió unos cabellos castaños y unos ojos azules cuya inmensidad capturaron su mirada, hechizándola repentinamente. Entonces tocó con los nudillos el cristal que le separaba del conductor del carruaje. El hombre se volvió de medio lado y Candy le realizó imperativos gestos de que detuviera la calesa. El cochero resopló y tirando de las riendas detuvo la marcha, mientras los caballos pifiaban nerviosos y molestos ante las imprevistas órdenes. Candy se apeó del vehículo. Su vestido se agitó levemente cuando bajó la escalerilla del vehículo. Candy se acercó al cochero y le preguntó:

-¿ Qué edificio es este ?

El hombre enarcó las cejas ante la imprevista pregunta, sorprendido previamente por los requerimientos de la joven para que inmovilizara el carruaje pero no realizó ningún comentario. Mientras le pagaran, le daba igual las vueltas o detenciones imprevistas que tuviera que realizar.

-Es el ayuntamiento de la ciudad señorita, y me temo que están agasajando a alguien muy importante.

Candy se fijó mejor y esta vez consiguió reconocer sin lugar a dudas a Terry entre la muchedumbre femenina que le envolvía, tratando de zafarse de todas aquellas muchachas que suspiraban por una mirada del apuesto y distinguido actor.

Candy miró al cochero y le dijo entregándole un billete de cinco libras por las posibles molestias que sus futiles caprichos pudiesen ocasionarle:

-¿ Podría esperarme aquí ? será cosa de un momento.

-No faltaba más señorita, aquí estaré como un clavo aguardando su vuelta –comentó visiblemente contento ante la contemplación del flamante billete que su clienta había depositado entre sus dedos.

Candy con la esperanza de hablar con Terry se aproximó al grupo de chicas intentando abrirse paso, pero una muchacha de pelo rubio desgreñado, ojos crueles y rasgos huesudos la empujó hacia atrás echándole en cara desabridamente, que tratara de colarse. Finalmente, una maraña de brazos, piernas y torsos impidió a Candy poder aproximarse con alguna garantía de éxito, hasta Terry. Ni siquiera lograba verle con claridad porque las pamelas y sombreros de las muchachas, entreverados con grandes lazos de colores y cintas perfumadas, dificultaban su línea de visión. Pese a sus denodados esfuerzos, Candy no consiguió avanzar ni un palmo, entre las apretadas filas de las entusiastas e incondicionales seguidoras del actor. Para colmo de males, una de las jóvenes le pisó inadvertidamente la cola de su falda, haciéndola trastabillar y caer al pavimento. Finalmente, un delirio colectivo se desató entre las jovencitas, que empezaron a correr terminando por derribar nuevamente a Candy, que intentaba trabajosamente, erguirse de forma no exenta de dificultad. La joven cerró los ojos notando como al caer se había producido algunos rasguños, que le dolían levemente.

Terry que llevaba un gran ramo de rosas rojas en la mano con que le habían obsequiado, se detuvo extrañado oteando, porque le había parecido divisar a alguien familiar entre el gentío, pero lanzando un suspiro, continuó su camino hacia un landó que le aguardaba a pocos pasos por delante suyo. Candy no desistió y corrió en pos de la barahúnda de muchachas que se peleaban entre sí por obtener la atención de su ídolo, voceando su nombre. Terry volvió a detenerse por segunda vez extrañado, pero no consiguió divisar a Candy que le llamaba a voz en cuello, aunque el joven debido al griterío femenino que llenaba el aire con su nombre, no pudo escuchar como Candy le llamaba. Finalmente, el joven asió la manilla de la portezuela del landó y esgrimiendo una deslumbrante sonrisa, arrojó el ramo de rosas sobre sus admiradoras que se desperdigó en todas direcciones. Las chicas compitieron codo con codo para hacerse con una de las flores como si de un preciado trofeo se tratara. Finalmente el carruaje partió mientras sus incondicionales le jaleaban siguiéndole hasta que el vehículo se perdió de vista. Candy se contempló contrariada la falda de su vestido. Estaba manchada de tierra y barro cuando había sido empujada por efecto de la hormigueante masa de fervientes admiradoras, que querían, al igual que ella, abrise camino hasta Terry. Por lo menos la cinta roja que adornaba sus cabellos rubios seguía en su sitio, al igual que la gargantilla de seda, e idéntico color que ceñía su blanco cuello. No podía decir lo mismo de los guantes de seda que cubrían sus brazos hasta los codos. Candy bajó la cabeza entristecida. Mientras a su alrededor, las muchachas empezaban a dispersarse suspirando aun con la evocación de la brevísima visita del afamado actor a la ciudad de Southampton. Candy se cubrió los ojos de esmeralda con las manos mientras las lágrimas se deslizaban por entre sus dedos. El viento meció el dobladillo de encaje blanco de su vestido.

-¿ Por qué no me vio ? estaba aquí y no me vio –se lamentó desesperada.

Candy estaba tan absorta en su dolor que no reparó que debido a la trifulca con las muchachas, había perdido uno de sus zapatos rojos de charol hasta que un guijarro se le clavó en la planta de su pie izquierdo. La piedra le produjo un leve pero súbito dolor, aunque se puso a caminar. Se quejó levemente por el imprevisto contratiempo, hasta que cansada y desalentada se sentó en el brocal de una fuente decorativa cercana. No muy lejos de allí, el cochero seguía delante de la fachada principal del ayuntamiento de la ciudad de estilo neoclásico, esperando pacientemente a que Candy retornara.

Mientras en el edificio consistorial, la recepción en honor de Terry continuaba. Pese a todo el cuidado que el joven actor inglés había puesto en mantener su anonimato y permanecer de incógnito en la ciudad, la voz se corrió de tal forma, que el alcalde, un hombre de pelo cano y generosa calva no cejó hasta conseguir que el actor asistiera a una fiesta organizada en su honor a toda prisa. Pese a sus reticencias, Robert Hattaway, el director de la compañía teatral Strafford a la que Terry aun no tenía decidido si unirse o no, y que casualmente también se hallaba en la ciudad y conocía su paradero logró convencerle para que hiciera un hueco en su apretada y ajetreada agenda, persuadiéndole para que asistiera a la fiesta que continuó, pese a que el joven hubiera abandonado ya el lugar para dirigirse sin más demora hacia el puerto. Y bastó que un diario local se hiciese eco de la noticia, para que muchos seguidores de la portentosa trayectoria del actor, entre ellos muchas muchachas enamoradas de la apostura de Terry, se personaran en la puerta del ayuntamiento donde la joven promesa de la interpretación sería agasajada, montando guardia permanente en el umbral del edificio consistorial, hasta que el actor acudió a la fiesta.

Entre tanto Candy, se planteaba si continuar su búsqueda de Terry o renunciar. Justo en ese momento, le pareció distinguir un par de ojos de azabache que desde el otro lado de la calle la escrutaban con amor y anhelo. Se escuchó un gemido ahogado y Candy se giró. No estaba segura, pero le pareció contemplar a alguien que se doblaba presa de un súbito dolor mientras un reguero negro como un restallante látigo, se agitaba en el aire. Candy musitó alterada, un nombre:

-Mark, pero, pero, no puede ser, ¿ qué va a hacer aquí ?

Se decidió a investigar, pero Mark que se había movido rápidamente, se escondió a tiempo, antes de que Candy le descubriera. Pese a no haber utilizado el iridium, este le había jugado una mala pasada y un imprevisto reguero de sangre negra brotó de su espalda, tal vez como consecuencia de los insospechados efectos que la dimensión temporal podía ejercer esporádicamente sobre él. Finalmente Candy se irguió pero cuando hubo dado unos pocos pasos en torno a la fuente, y al no percibir nada anómalo, optó por continuar hasta el puerto y localizar a Terry, fuera como fuera poniendo todo su empeño en ello. En esos momentos, la imagen del rostro de Mark se le apareció con tal intensidad en su mente que se detuvo contrariada sujetándose las sienes con las manos.

-No, no, no –se dijo procurando desterrar el incipiente e indómito amor que amenazaba con desplazar de su corazón al que supuestamente debía sentir por Terry –Mark es solo un buen amigo. Yo no…

Aquellas palabras fueron escuchadas imprevistamente, por el joven de cabellos de azabache, que tuvo que realizar un gran esfuerzo para no llorar delatándose ante Candy. Cuando la joven se hubo alejado en dirección al carruaje, en cuyo pescante el cochero daba tales cabezadas que amenazaba con precipitarse abruptamente al suelo, desde su puesto donde tendría un duro despertar a buen seguro, Mark se mesó los cabellos con desesperación enterrando su rostro entre sus manos y llorando amargamente:

-No, no, no puedo dejar de amarte Candy, no puedo…

La misma brisa que había removido las ropas de Candy, agitaba su cazadora haciendo que los pliegues del ajado cuero de la prenda vibraran como si estuvieran imbuidos por una extraña fuerza. Pese a sus remiendos, descosidos y que el tejido se había curtido, la cazadora continuaba incólume ciñiendo su cuerpo. Otro tanto se podía decir de sus gastados y descoloridos vaqueros azules o de la camisa blanca a cuadros que llevaba bajo la cazadora. Su calzado parecía ser el único que había escapado con mejor suerte, a los estragos que tanto salto temporal había causado en su atuendo.

Entonces se sentó en el suelo de baldosas, reclinando su espalda contra una pared de ladrillo rojo para, algunos instantes después, ponerse en pie de un salto, y caminar tambaleándose ligeramente hasta la fuente, en cuyo pretil se había sentado Candy brevemente. Contempló su reflejo en las aguas sacudidas por la fuerza de cuatro chorros gemelos que partían del conjunto escultórico decorativo que remataba la fuente, y dijo negando mientras crispaba los puños de tal forma, que sus uñas se clavaron en la carne produciéndole algunas leves hemorragias y el iridium se trasparentaba a través de sus nudillos con una tenue luminosidad. Comprobó como las diminutas heridas sanaban prácticamente al instante debido a la capacidad regeneradora del iridium, y posó sus anchas manos en el brocal de la fuente mientras susurraba:

-Candy amor mío, te quiero tanto…

Algunas lágrimas distorsionaron su imagen reflejada en las aguas de la fuente, cuando se precipitaron en luengas y estiradas hebras plateadas, sobre su superficie, haciendo un ruido seco y breve al disolverse en contacto con el agua, formando amplias y concéntricas ondas que se expandían de dentro hacia fuera, distorsionando la faz del espejo líquido en el que Mark se contemplaba, reflejado en el agua.

-Tampoco puedo dejarte marchar así como así, sin saber si realmente, en este tiempo, universo o lo que sea, me amas. Si no el viaje que Haltoran y yo hemos emprendido hasta esta dimensión carecerá de sentido. Pero no solamente se trata de eso, Candy –murmuró mientras el rumor del agua disimulaba sus desesperadas frases. Mark pensaba también en Marianne y en Maikel y en las demoledoras consecuencias que le acarrearía a él y a los suyos, si fracasaba en el hecho de recobrar a Candy.

Echó a andar siguiendo a Candy, cuidando de que la muchacha no le descubriera. Ya llegaría el momento de abordarla si era necesario. Aunque teóricamente, Mark la seguía a distancia para protegerla, realmente el enamorado y desesperado muchacho de otro tiempo, quería obtener de labios de su amada, la confesión de si realmente sentía algo por él o no, y si podía aspirar a que ella le correspondiera.

En un par de ocasiones, Candy con una mezcla de suspicacia y temor, se puso a mirar sobre su hombro sospechando que alguien la seguía lo cual era cierto, pero el joven era lo bastante rápido y cauto, como para esconderse en algún soportal a tiempo, o tras un árbol calmando la aprensión de la muchacha rubia, que notaba entre asustada y furiosa, como la evocación del semblante de Mark restaba protagonismo al recuerdo de Terry e iba ganando terreno en su alma.

Mark, con las manos embutidas en los bolsillos de su ajada cazadora negra de cuero, caminó con largas y rápidas zancadas, que resonaban sobre la acera. Las cremalleras de sus múltiples bolsillos tintineaban al unísono, a cada paso que daba y las solapas oscuras se doblaban en un incesante movimiento de vaivén, mientras musitaba:

-Tengo que saberlo Candy. Si no puedo salvarte del sortilegio del vizconde ni me amas, entonces mi vida carecerá de sentido, pero primero debo oírtelo decir de tus propios labios.

Entonces reparó en el zapato de charol rojo perdido por la hermosa muchacha como consecuencia del tumulto que las jóvenes admiradoras del actor habían protagonizado, y que no llegó a presenciar. Se agachó lentamente y lo recogió sonriendo con ironía. Príncipe de una Cenicienta que le rehuía constantemente, se dijo riendo quedamente esbozando una mueca de contrariedad que asustó a una niña pelirroja con coletas, que iba de la mano de su madre y en cuyos brazos buscó refugio. La dama, imprimió un leve tirón a la muñeca de su hija con carácter instintivo y afán protector. Le dirigió una mirada cargada de reproche mientras trataba de calmar a la asustada niña que lloraba en voz baja. Ambas se alejaron precipitadamente de allí, mientras Mark las contemplaba con indiferencia sin que en ningún momento hubiera hecho o dicho nada ofensivo.

-Príncipe –se dijo así mismo, una vez que se quedó solo nuevamente, recordando como le había llamado Candy por vez primera ,al conocerse ambos en la Colina de Pony de aquel modo tan inusual, cuya ideleble impronta, les marcaría a fuego de por vida. Y como ella, en momentos más felices y sosegados, le había explicado la razón por la que le consideraba así, aunque en un primer instante, sus confusos recuerdos atribuyeran a Albert ese mérito cuando apareciera ante ella, con el kilt escocés, tocando la gaita. Candy se había desmayado por la fuerte impresión que la sangre de Mark saltando a borbotones le había producido, sin pretenderlo. De hecho, hasta él mismo se asustó terriblemente hasta que comprobó que no sería la primera vez que le sucediera. Cuando abrió los deslumbrantes ojos verdes, la mirada entristecida de Mark había sido reemplazada por las pupilas verdes de Albert que la observaban con preocupación. Y a los sones de la cornamusa, Candy confundió a Albert con Mark, o tal vez le atribuyó la consideración de príncipe debido a su repentina amnesia.

En vez de un joven rubio con unos ropajes y apariencia de cuento de hadas y semblante risueño y amable, su príncipe resultó ser un hombre moreno de largos cabellos negros, y ojos como la noche, de atormentada mirada, casi tanto como su alma, que portaba un desgarrado y harapiento atuendo que nunca antes había contemplado, triste, esquivo y solitario demandando desesperadamente afecto y comprensión, tachonado de sangre y heridas.

Y la leyenda de un amor tan poderoso como trágico había arraigado con fuerza, en el corazón de ambos jóvenes, que estaban predestinados a amarse por encima de todo, contra viento y marea, más allá de todo límite imaginable. Pero en aquellos tristes instantes, en ese lejano universo opuesto al que un atormentado joven que huía de su pasado y los más tristes recuerdos que habían quedado atrás en el siglo XXI aunque sonara irónico, inadvertidamente había dado origen creando una alternativa tan maravillosa como triste a su difícil existencia, había sido rebajado a plebeyo. Aunque el indómito alacrán no se resignaba fácilmente a aceptar su derrota.

Pensó en su madre atropellada por un conductor ebrio, en su padre desaparecido en el fragor del combate de una lejana guerra en las antípodas del mundo, y al que había recobrado de una manera tan irreal como inesperada, en Sabrina, su gentil prima y hermanastra que concebía vanas ilusiones que nunca se harían realidad, la única que le apreciaba sinceramente en el seno de su hosca familia adoptiva, y que estaba profundamente enamorada de él, en secreto y sin esperanza.

Su tío seguía achacándole la culpa del trágico fallecimiento de su hermana Anna, la madre de Mark. Y escapando de su mundo encontró otro tan inesperado y bello, donde un ángel de sobrecogedora e inhumana belleza y ojos verdes como esmeraldas, y largos cabellos rubios le estaba aguardando, al pie de un árbol inmenso en una ubérrima colina, junto a un humilde hospicio. Un mundo tan dulce y evocador como trágico, al que accedió tan increíblemente, cuando la onda expansiva del poder del átomo le alcanzó convirtiéndole en lo que era y representaba. El dardo de fuego del iridium hendió su corazón, instalando en él un amor tan grande y profundo, que era capaz de trascender el tiempo y sus eras.

La gente se apartaba a su paso con discreción y procurando no importunarle. Sin caer en el desaliño o la incuria, su apariencia era lo suficientemente desastrada a pesar de todo, como para llamar la atención de los paseantes que se cruzaban con Mark, pero nadie se atrevió a recriminarle llamándole al orden, o hacérselo notar. Su gesto hosco y fiero disuadió a nadie de comentarle algo o afear su extraño vestuario, como ya le sucediera en Coventry hacía tanto tiempo, delante de un nutrido grupo de curiosos, entre los que se encontraba Eleonor, la madre de Candy, que en aquel lejano entonces tenía la misma edad que su hija. Los transeúntes daban un rodeo para no tener que encontrarse con él, intentando no mirarle directamente a los ojos negros, en cuyas pupilas ardía una llama de firme determinación, e incurrir en alguna provocación que desatase un violento temperamento que Mark, en absoluto tenía ni ganas ni intención de mostrar, a menos que su lado negativo saliera a relucir. Movió la cabeza entristecido. Ya estaba acostumbrado a que la gente le evitara dando un largo rodeo a veces, por temor a darse de bruces con un peligroso gamberro o un presunto criminal. Todo se hubiera solucionado con el simple gesto de vestirse a la usanza de aquella época, tal y como su esposa había intentado inculcarle tantas veces, pero como Mark no creaba problemas ni se comportaba violentamente, normalmente, los viandantes le dejaban en paz y le ignoraban olvidándose de él, tan pronto como el joven se perdía de vista. Por otra parte, ningún vestuario soportaba las altísimas temperaturas generadas por el iridium en combustión, sin quemarse o deshacerse carbonizadas. Las únicas prendas capaces de resistir semejante aumento de temperatura era su actual ropa. También podría haberla disimulado bajo un traje que respondiera a los cánones de la moda de principios de siglo, pero le resultaba incómodo y poco práctico, además de un engorro que le restaba libertad de movimientos. Si tenía que servirse del iridium tanto daba ir a la moda como si no. Su disfraz se consumiría igualmente y el caos y el miedo que desatase a su paso, seguiría siendo el mismo.

En algunas ocasiones había tenido algún encontronazo con la Policía, pero Mark siempre conseguía salir airoso de tales situaciones. No estaba tan seguro que esta vez fuera así en referencia a Candy y él mismo.

Por su parte, a Mark le daba igual que le mirasen o no, señalándole con el dedo o comentando su extravagante porte, tomándole en no pocas ocasiones, por un vagabundo. Toda su atención estaba centrada en no perder a Candy de vista. Finalmente Candy a la que no le preocupaba la pérdida de parte de su calzado, reclamó la atención del cochero y subiendo al carruaje le dijo de forma tajante e imperativa:

-Rápido. Tenemos que llegar al muelle cuanto antes –le espetó apurada, mientras asomaba su hermoso rostro por la ventanilla del carruaje. La cinta roja que adornaba su coronilla tembló levemente, como consecuencia y efecto de sus agitados movimientos.

Sus expresivos y cautivadores ojos de esmeralda estaban arrasados de lágrimas, indicio de la dura lucha interior que estaba sosteniendo, no tanto por el ansia de reunirse con Terry, y estar a su lado, si no porque las tristes pupilas de azabache de Mark, engarzados en su rostro bajo los cabellos oscuros, continuaban perturbándola. El cochero lo percibió pero no dijo nada y se encogió de hombros. Su trabajo era llevar a sus clientes a su destino lo más rápido posible, no entrometerse en sus vidas y asuntos personales.

El hombre bostezó para desperezarse, sacudiendo los puños por encima de su cabeza tocada con un corto sombrero hongo, y asiendo las riendas, se acomodó en el pescante dispuesto a reemprender la marcha, que Candy había interrumpido al descubrir a Terry en las escalinatas de entrada al ayuntamiento de la ciudad portuaria, rodeado de todo aquel bullicioso público femenino, al que Candy había intentado sortear sin demasiado éxito para poder ir a su encuentro y hablar con él.

Mientras Mark, que había aumentado el ritmo de sus pasos y que tenía una idea de hacia donde se dirigía el carruaje que trasportaba a Candy estuvo, no obstante tentado de emplear el iridium para alcanzarla, porque comprobaba con desesperación, como la distancia entre el apurado joven y Candy aumentaba a ojos vista, pero la imprevista advertencia en forma de emanación de sangre oscura le persuadió de utilizarlo por el momento. Aunque tal vez no ocurriese nada, las consecuencias imprevistas podrían alejarla de Candy definitivamente o puede que la muchacha a la que la sustancia anaranjada repelía por lo menos, en el mundo en el que era su esposa no quisiera saber nada de él, por el natural rechazo que le producía.

El cochero fustigó con furia a los dos caballos enganchados al tiro del coche de punto. El hombre agitado por el esfuerzo estuvo a punto de caerse del pescante, pero resistió estoicamente y no solo mantuvo el equilibrio sobre la vacilante plataforma de su carruaje, sino que evitó que su sombrero hongo abandonara su cabeza debido a las frías ráfagas de viento que en aquella brumosa mañana golpeaban su rostro. Su corta capa española, revoloteaba en torno a su rechoncho cuerpo pero el cochero no se amilanó y redobló sus latigazos sobre el lomo de sus caballos para imprimirles aun mayor velocidad. El veloz coche de punto atravesó calles solitarias y brumosas desprovistas de gente y cargadas de tristeza como el dolorido corazón de Candy, que aun no se había recobrado de la encrucijada de sentimientos que lo había asaltado hacía no tanto. Cuando el carruaje se detuvo con un seco chirrido en las arcadas situadas frente a la bocana del puerto, Candy descendió con rapidez y echó a correr con todas sus fuerzas, en la secreta esperanza de alcanzar a Terry pero el imponente buque de línea al que hacía tan solo unos minutos antes habían despedido cientos de personas con entusiasmo y enfervorizado ardor, mientras del casco del imponente navío pendían largas y serpenteantes guirnaldas había hecho sonar sus agudas y broncas sirenas zarpando para perderse en la lejanía, adentrándose tras la línea del horizonte inalcanzable por lo menos para Candy y que allende del mismo se encontraba una tierra a la que ahora Candy, con sus hermosos ojos verdes arrasados de lágrimas, ansiaba volver más que nunca. Las gabarras y remolcadores de apoyo fueron tirando lentamente del imponente navío para guiarlo a través de la bocana del puerto, cuyo tamaño hacía palidecer a las minúsculas embarcaciones en comparación con el transatlántico, mediante gruesas sogas y maromas que se fueron tensando gradualmente, chorreantes de agua. Cuando la desesperanzada muchacha llegó al dintel del muelle, solo alcanzó a distinguir la estela de espuma blanca que el barco cuyas sirenas aun se escuchaban sordamente entre la niebla iba imprimiendo sobre las oscuras y aceitosas aguas así como el oscuro penacho de humo que se desprendía de sus chimeneas.

-Ya…se fue –musitó aun sin encajar el duro golpe recibido la desconcertada y entristecida muchacha.

Entonces Candy ascendió por unas escaleras a la segunda planta de las galerías iluminadas por lámparas de gas que pendían de la techumbre, para apreciar mejor el barco que se alejaba lentamente, pero que para Candy lo hacía de forma veloz y cruelmente imparable. Candy arqueó su cuerpo ligeramente hacia delante y reclinó sus manos sobre la barandilla pintada de negro. Las incipientes lágrimas se desbordaron de las comisuras de sus ojos.

-Ni siquiera pude decirle a dios –se lamentó la muchacha amargamente reprochándose su tardanza en darle alcance a tiempo-

para añadir mientras ladeaba la cabeza y cerraba los ojos con fuerza:

-Terry me gustas, me gustas mucho.

Sin embargo, al pronunciar dichas palabras notó incómoda, que algo no iba bien, como si hubiera formulado una verdad a medias, de la que no terminaba de convencerse de su plena credibilidad y rotunda solidez.

En ese instante, unas manos recias y amables se posaron en sus hombros depositando sobre ellos con un amable y protector gesto, una cazadora negra de cuero, muy ajada y deshilachada, que le estaba tan grande, que la prenda bailaba en torno a su menudo cuerpo, para que no pasara frío. Candy se giró más intrigada que asustada o indignada, y sus ojos verdes se bañaron en las pupilas esquivas y tristes de Mark, que la había seguido secretamente. Había encontrado la nota de Terry que en su precipitación, Candy había olvidado tirada en un rincón de su cuarto y que una ráfaga de viento había conducido hasta la habitación de Mark, de una estancia a otra.

-No llores más Candy –dijo Mark secando con el dorso de su mano izquierda sus lágrimas y con una voz tan dulce y lejana, que la joven casi se apenó más por el dolor que iba asociado a aquella inflexión tan amarga, que por su propia y desesperada situación. Candy acercó su rostro a la mano de Mark, notando sensaciones que electrizaban su piel, al tiempo que infundían una difusa pero creciente duda en su corazón, en relación a sus verdaderos sentimientos. Pese a lo afirmado y dado por sentado e inamovible en el Real Colegio San Pablo de Londres entre ella y el joven y prometedor actor ingles, sentía que su pasión por Terry se iba desdibujando, a medida que el hombre de los ojos tristes y los largos cabellos negros, hacía discurrir las yemas de sus dedos por la sonrosada piel de sus mejillas y depositaba su abrumada pero dulce mirada en su angelical y hermoso rostro. Las esmeraldas de sus ojos no podían dejar de verter lágrimas en un incesante torrente que bajaba desatado por las laderas de su faz sonrosada, ni conseguía reunir las fuerzas y el coraje suficiente para apartar aquella mano curtida pero tan suave y delicada a un tiempo, de su cara. Mark era en aquellos instantes, su único y principal foco de atención, mientras el corazón le latía desbocado. Se llevó una mano al pecho, mientras la otra continuaba siendo sostenida por la del joven, que afirmaba ser su esposo en otra vida o existencia diferente. Pese a los finos guantes de encaje que cubrían los dedos de Candy, notó sin dificultad el sedoso tacto de su aterciopelada piel a través del tenue tejido que ceñían, las manos de su amada, hasta el antebrazo. Por un instante, las pupilas de Mark se fijaron en la gargantilla de muselina roja que adornaba el cuello de Candy y recordó el colgante de jade, en forma de flor que llevaba en otras circunstancias, a bordo del Mauritania.

Candy no quería romper aquel contacto tan íntimo como embriagador, ni apartarse de la presencia del joven venido de otro tiempo. Su alma se debatía en una confusa y tormentosa lucha de emociones, cuyo resultado se iba decantando a favor de Mark.

-Nunca soportaría el verte sufrir o el que estés triste. Ya sé que soy un fastidio y un incordio para ti –dijo Mark imponiendo silencio a Candy con un gesto seco de su mano derecha, que levantó a la altura del rostro de Candy, tomándola por sorpresa, porque la muchacha intentaba hablar a toda costa, indignada de que Mark creyera que le mereciera una opinión tan baja y descalificativo teniéndose en tan bajo concepto- pero me prometí a mí mismo que te protegería siempre y que no permitiría que nada ni nadie empañara tu felicidad.

-Si tanto amas a Terry, haré realidad tus deseos –dijo Mark intentando no echarse a llorar.

Candy sintió entonces una pena aun más honda por el joven que estaba perdidamente enamorado de ella, que por su nueva y brusca separación de Terry. Candy notaba como las cortantes y tristes palabras del joven calificándose así mismo como estorbo e incordio casi le hacían más daño a ella que al propio Mark. Entonces recordó otra de las frases que ella había dicho en el transcurso de una conversación con Mark, en una más de aquellas vividas y perturbadoras ensoñaciones.

"El amor se abre camino por senderos inextricables".

Entonces hizo un descubrimiento increíble, pero antes de que Candy pudiera reaccionar Mark la asió por el talle cuidando de no hacerla daño, envolviéndose ambos de la suave y cálida luz iridiscente que tantas emociones insospechadas despertara en ella, cuando Mark la liberó de su injusto y penoso cautiverio en el interior de la extraña e inverosímil torre sin techumbre situada en pleno campus del inmenso recinto del Real Colegio San Pablo de Londres. La chica sintió como se tornaba ligera como una pluma y en milésimas de segundo, percibió el agua del Atlántico muy por debajo de sus pies, al igual que el puerto y la populosa ciudad, cuyos edificios parecían de juguete contemplados desde tanta altura. Nadie podía verlos, porque Mark había activado además su poder de invisibilidad, por lo que ninguno de los hombres, mujeres y niños que hormigueaban por el puerto de Southampton sospechaba siquiera que a unos cincuenta metros de altura sobre sus cabezas, un hombre excepcional venido en circunstancias excepcionales de otra era, un hombre que teóricamente aun no debería haber nacido transportaba en volandas a una confundida muchacha, hacia el barco que se adentraba en alta mar, a una velocidad lenta pero constante de forma inexorable, para hacer realidad el sueño de dicha joven.

-Mark yo… –dijo Candy intentó aplacar el intenso dolor que percibía procedente del corazón del joven así como del suyo propio, pero Mark puso una mano en sus labios y dijo:

-No Candy, no digas nada. –dijo él poniendo una mano en sus labios con cuidado -Pronto te reunirás con él y yo ya no perturbaré más tu vida, lo juro.

Mark ganó con facilidad la cubierta del barco sin producir el menor ruido o dejar cualquier indicio que delatara su presencia. Poco antes de hacerse visibles, paralizó momentáneamente el tiempo congelando a los pasajeros y todo su entorno inmediato, que hasta hacía unos instantes bullía de vida para que nadie presenciara su irreal y sobrecogedora materialización entre aquellas incrédulas y asustadas gentes que de seguro lo estarían, si presenciaban algo tan sobrecogedor como imposible. Mark soltó a Candy tan pronto como pisaron la cubierta. La muchacha distinguió entonces, a unos metros por delante suyo, a Terry enfundado en una elegante chaqueta del mejor paño. El abatido joven contemplaba como el puerto de Southampton se alejaba lentamente, mientras sostenía en su mano izquierda el abrigo y en la derecha una maleta con sus escasas pero imprescindibles pertenencias entre las que figuraba la armónica que su novia le regalase durante los días del colegio San Pablo que ya no retornarían. Quizás esa afirmación fuera cierta para un mortal común y corriente pero no para quien el doloroso y ardiente contacto de una caprichosa y letal sustancia anaranjada habían transformado en un ser excepcional que cabalgaba las eras pero al que el amor había tornado tan vulnerable como volubre, tan poderoso como solitario y tan triste como decidido a proteger a la mujer que amaba incluso a sabiendas de que ya no tenía esperanza alguna de aspirar a que ella le correspondiera. Candy intentó despedirse de Mark, pero este se alejó remontando el vuelo e impidiendo que la muchacha se le acercara esquivándola con sus reflejos felinos. Si mantenía un último contacto con ella, no sería capaz de romperlo, y apartarse de Candy en modo alguno. Candy contempló a Terry. El joven aun no la había distinguido entre la abigarrada muchedumbre que formaba el pasaje del lujoso barco de línea. Bastarían unos pocos y apresurados pasos para estar entre sus brazos y colmar su felicidad, porque ya nada podría separarlos el uno del otro, pero cuando intentó hacerlo, no pudo. La imagen de Mark estaba en su mente y la perseguía de forma continua sin que pudiera librarse de ella. Candy furiosa, obligó a sus piernas a caminar en dirección hacia Terry pero no lo logró. No deseaba cubrir la corta y escasa distancia que mediaba entre ambos. Sus pies parecían clavados al suelo de tarima de la cubierta de paseo. Había expresado en voz alta lo que creía eran sus verdaderos sentimientos, sin sospechar que el destrozado Mark la estaba escuchando y que había hecho realidad sus más secretos anhelos, pero un amor irracional y que se había empeñado en negar continuamente, había finalmente ganado la batalla por su corazón. De repente, notó una gran congoja, dando unas cuantas zancadas vacilantes y torpes que a punto estuvieron de provocar que rodara por tierra. Se llevó las manos al pecho notando una sorda opresión en el mismo, que casi le cortaba el aliento.

-No…no puedo –dijo con voz entrecortada y jadeando, temerosa de llamar la atención de los viajeros así como del propio Terry porque ahora buscaba anhelante el contacto con Mark, más que con el joven actor.

-No puedo dejar…de amarte…no puedo -dijo intentando mantenerse en pie, para luego formular un nombre

-Mark, Mark, amor mío –dijo llorando copiosamente mientras sus verdaderos sentimientos habían aflorado por fin.

Pero ya era tarde, porque el joven estaba lejos o así lo creía ella por lo menos. Candy decidió que sin él la vida no tenía el menor sentido y desesperada porque había terminado por descubrir que de quien estaba realmente enamorada era de Mark y no de Terry, se subió a la barandilla del barco y pasando su liviano cuerpo al otro lado de la misma, se arrojó por la borda. Una joven que llevaba una pamela verde con un largo vestido a juego hasta los pies, sosteniendo un perro de aguas emperifollado con un lazo rosa, entre las manos, lanzó un sobrecogedor grito al distinguir como alguien se había lanzado al encrespado y fuerte oleaje que lamía el casco del barco. Inmediatamente acudieron otros viajeros rodeando a la enervada y asustada mujer que no hacía más que señalar hacia abajo, con su perro ladrando nerviosamente entre sus trémulas manos, y tartamudear como había distinguido a una chica que se había arrojado al agua de forma tan repentina que apenas si le dio tiempo a intuir lo que estaba haciendo o a punto de hacer. En mitad del piélago, el barco se detuvo gradualmente, y fue arriado un bote con una tripulación de salvamento, pero los resultados fueron infructuosos. Tras una somera búsqueda, los callados y ceñudos marinos, no lograron distinguir ningún cuerpo o atisbo alguno de que alguien pidiera ayuda luchando contra el embravecido mar, ni tan siquiera indicios de un cuerpo flotando lentamente trazando grandes y cerrados círculos, sobre las gélidas aguas. Como la muchacha de la pamela no había conseguido discernir los rasgos de la mujer que se había suicidado supuestamente, tampoco pudo hacer una descripción somera de la misma, que permitiera al menos identificarla o realizar un retrato robot. Y por supuesto, Candy, no figuraba en las listas que recogían la identidad de cada uno de los miembros del pasaje del buque porque había abordado el navío en pleno mar, con la ayuda de Mark. Y Terry en esos momentos, había acudido a su camarote para instalarse y dormir porque se encontraba realmente agotado y lo que más deseaba, era descansar y reponer sus maltrechas fuerzas. Cuando abordó su camarote, se derrumbó sobre la cama apoyando la cabeza en la almohada, y se quedó inmediatamente dormido. Estaba tan exhausto que ni siquiera se descalzó o se despojó de sus ropas de calle.

16

Candy se hundió lentamente en las aguas. Rememoraba el descubrimiento que la había dejado súbitamente sin respiración. Sin Mark ella no era nada, lo mismo que él, por lo tanto, no merecía la pena vivir alejada de su lado.

"Le tuve junto a mí" –pensó entristecida- "estuvo a mi lado y le rechacé continuamente despreciando al verdadero amor, su amor fiel, fuerte y desinteresado por mí, que tonta y ciega estuve, que inconsciente y cruel fui con mi pobre y buen Mark, mi amor, mi único y verdadero amor" –se reconvino así misma con amargura llorando intensamente, mientras se mesaba las coletas que iban perdiendo sus formas gradualmente flotando sus cabellos libremente en las aguas. Cayó presa de una furiosa desesperación por haberse percatado de ello, demasiado tarde para su desdicha y pesar. Los lazos a lunares negros que moteaban la tela blanca de los mismos y que mantenían su cabello domado y recogido en sus sempiternas coletas, flotaban mansamente en las profundidades mientras sus cabellos rubios liberados finalmente, formaban una maraña espesa y brillante agitados por los vaivenes del agua en torno a su angelical rostro.

Pero ya era tarde. Había descendido varios metros bajo el nivel de la superficie que se le antojaba cada vez más lejana e inalcanzable, y se estaba quedando sin aire. Muy pronto además perdería el sentido debido al intenso y gélido frío reinante en aquellas aguas, si es que la hipotermia no la mataba antes. Se preguntó donde estaría Mark. Quizás hubiera vuelto a su época o quizás hubiera terminado con su vida, como ella estaba tratando de hacer. Tal vez se reunieran en la otra vida. Mientras iba perdiendo el sentido, musitó mentalmente una plegaria solicitando perdón al Señor por cometer suicidio, así como a sus seres queridos, sus dos madres del Hogar de Pony, sus queridos niños, sus primos, incluso a Terry, pero sobre todo a Mark por la insensata acción, que había terminado finalmente por emprender. Antes de perder totalmente el sentido, le pareció distinguir a contraluz una estela de fuego que se dirigía velozmente hacia ella y que parecía quedar adentrarse en las procelosas y turbulentas aguas.

17

Pero Candy no solo no falleció, si no que cuando abrió los ojos esperando hacerlo en la otra vida, aun continuaba en esta y además estaba volando, envuelta por una claridad maravillosa e irreal. Su cuerpo, así como sus vaporosas y etéreas ropas, estaban secos y el calor del iridium, a baja potencia proveniente de su manifestación más hermosa y pacífica que permitía que Mark pudiera volar, había eliminado por completo cualquier riesgo de congelación o hipotermia preservándola además de los efectos de una demoledora y mortal de necesidad, pulmonía. Se encontró con las oscuras pupilas de Mark, que la miraban con dulzura y preocupación. Mark apartó algunos rizos rubios de su frente con delicadeza y acarició la piel de sus mejillas con ternura. La muchacha lloró emocionada y besó a Mark intensamente. El joven correspondió a su afecto mientras las lágrimas y los apasionados besos se mezclaban con los suspiros. La cazadora de cuero negra de Mark envolvía nuevamente su cuerpo.

-Mark amor mío, amor mío –rogó ella intentando hacerse perdonar- perdóname, mi amor, no, no quise ver la verdad de la evidencia que tenía ante mí. Yo te hice un daño terrible…yo fui cruel contigo…yo…

Pero Mark depositó un dedo sobre sus labios y esbozó una sonrisa encantadora que deslumbró a la apenada Candy. La joven sentía como el peso de sus cargos de conciencia se asentaban sobre ella abrumándola, aunque Mark en ningún momento la había convertido en blanco de posibles reproches o envenenadas recriminaciones, ni había dado muestras de guardarla rencor alguno, en absoluto.

-No querida mía, no es tiempo de reproches. Yo también me marché cobardemente, pero retorné porque no me habría quedado tranquilo hasta no cerciorarme de que estabas bien y creo que he llegado justo a tiempo. Vi como te zambullías en el agua y no me lo pensé dos veces. Volvería del averno para salvarte, amor mío siempre que hiciera falta, sin importarme para nada las circunstancias ni los resultados de mis acciones.

Volvieron a besarse. Candy era incapaz de creer como podía amar a un hombre que provenía de otro tiempo y al que ya había conocido o conocería en una existencia paralela, pero eso ahora era lo de menos. Estaban juntos y por el momento era lo único que contaba. Y a ambos les bastaba así. No había otra explicación plausible. Se amaban y eso era suficiente.

El amor que se profesaban, en aquella otra realidad alternativa, de la que Candy había percibido retazos a través de sus sueños, era tan poderoso y fuerte, que había conseguido finalmente imponerse llegando hasta aquel otro universo paralelo.

En cuanto al señor Owen, tranquilizado por las exhortaciones de Candy de que regresaría pronto y de que no hacía falta que la aguardase, porque esperaba volver en compañía de Terry hasta su provisional hogar si todo iba bien o por lo menos concretar un comienzo sólido en su relación, retornó a la granja a bordo de su lenta y pesada carreta, que iba tirada por el cachazudo y parsimonioso percherón que no era de la misma opinión de su dueño, en cuanto al excesivo tiempo que estaban invirtiendo en el camino de regreso.

-Arrre Dumpey –espetó a su más que tranquila y para nada presurosa montura- tenemos que llegar para la cena. Seguramente Candy nos estará aguardando en compañía de ese misterioso joven y ambos habrán llegado mucho antes que nosotros, porque a este paso no lo haremos nunca.

Candy y Owen se habían encaminado hacia Southampton de buena mañana a bordo de la astrosa carreta del granjero que traqueteaba incisamente sobre el precario camino de tierra que conducía hasta los aledaños de la gran ciudad. El percherón había cubierto el trayecto entre Northhill y Southampton con brío y ganas, para ahora había comenzado a desfondarse gradualmente, emprendiendo el retorno con escasa dedicación y más intenciones de hacerlo pausadamente y sin prisas para no agotarse demasiado. Dumpey se paraba frecuentemente en la vereda del camino a mordisquear las escasas y ralas hierbas que crecían en sus márgenes. Owen palmeó el lomo del caballo con afecto, y lanzando un suspiro, se resignó a llegar a la granja, con suerte para poco antes de la puesta de sol.

Y en cuanto a Candy pronto retornaría, pero no en compañía de Terry, ni mucho menos.

18

Cuando Haltoran vio a Mark y Candy regresar juntos y cogidos de la mano, dirigiéndose ardientes miradas de afecto y amor, estuvo a punto de soltar una exclamación de júbilo pero se contuvo, porque deseaba por encima de todo que tanto su amigo como Candy consolidaran su amor, a efectos de que el malhadado vizconde liberase al otro yo de la muchacha del sortilegio que había lanzado contra ella. El joven pelirrojo saludó a su amigo y a la hermosa joven con la mano y la acaramelada pareja le devolvieron el cumplido. Decidió no molestarles porque tendrían mucho que decirse, y lo mismo entendió el discreto señor Owen que aunque le costaba asumir la enrevesada e inverosímil historia, había tomado afecto a sus amigos y consideró oportuno no interrogarse demasiado acerca de las extrañas motivaciones y secretos que podía haber detrás de todas aquellas personas. Sin embargo y llegados a este punto del complicado juego de enredos y engaños en el que les había introducido el siniestro e inquietante adversario con el que Mark no contara cuando terminara con los maléficos planes de su megalómano señor, Haltoran pensó en algo que había temido desde el primer momento en que se enteró de la complicada y enrevesada historia. Tarde o temprano, el vizconde si es que estaba vigilándoles realmente, tendría que hacer acto de presencia o incurrir en algún indicio o prueba de que la misión por llamarla de alguna manera, encomendada a Mark había concluido con éxito y tendría que hacerles retornar o ponerse en contacto con ellos de alguna forma. La cuestión que se sustanciaba a raiz de aquel crucial punto, es que Mark tendría que dejar sola a Candy para acudir junto a la que era su esposa y el joven no parecía dar muestras en absoluto de estar por la labor. Haltoran temía las consecuencias de haber conseguido culminar, al menos en apariencia los desquiciantes y retorcidos objetivos que el vizconde les había impuesto como condición sinecuanum, para hacer retornar a Candy de su prolongado sueño. Por otra parte llevaban en aquella realidad alternativa cerca de cinco meses y otra de las cosas que el joven temía era que en el mundo del que procedían el curso de los acontecimientos hubiera variado tan drásticamente que no reconocieran en absoluto la existencia que habían dejado atrás cuando la retomasen, si es que el taimado vizconde había cumplido con su promesa y les permitía regresar o no les engañaba sibilinamente.

Por otra parte, estaba un poco cansado de rodar por las eras y seguir a su amigo allá donde fuera, pero no podía culpar a Mark de nada, porque aunque había desencadenado indirectamente los extraños hechos que estaban afrontando, no había sido responsable en absoluto de los mismos y además antes de partir intentó sin mucho éxito mantenerle al margen de aquel asunto, pero la fraternal amistad que les ligaba era demasiado fuerte como para que el joven pelirrojo se quedara de brazos cruzados dejándole partir solo sin hacer nada. Y había otra razón no menos importante y es que él también había estado enamorado de Candy, aunque no por mucho tiempo y no iba a permitir ni por asomo que continuara sumida en aquel letargo impuesto por la caprichosa voluntad de un mago que se manifestaba a través de una imagen ilusoria.

Lanzó un hondo suspiro y se tendió en su litera mientras en el exterior, Candy y Mark reían mientras corrían por los campos de la granja de Owen.

Después de que ambos se estuvieran persiguiendo y bromeando continuamente, se dejaron caer agotados al pie de un añoso y frondoso árbol que proyectaba una fresca y agradable sombra en derredor. Mark se tumbó en la hierba cuan largo era y Candy reclinó su cabeza en el pecho del joven del que se había enamorado finalmente mientras ambos permanecían estrechamente abrazados. Haltoran, que había salido al exterior para dar unas instrucciones a Mermadon, les encontró contándose confidencias y demostrando su amor expresándolo con ardientes palabras que fluían con una facilidad pasmosa de los labios de ambos amantes. Haltoran negó con la cabeza porque la situación se estaba tornando muy peligrosa. Mark no tenía la menor intención de abandonar aquella existencia porque aunque aun no habían hablado de ello, el joven pelirrojo que conocía de sobra el voluble y temperamental carácter de Mark temía que este, harto de tener que separarse de Candy una y otra vez, optara por quedarse a vivir allí, obviando a la que era su esposa y por ende a sus dos hijos que cuando despertaran al día siguiente en su mundo y averiguaran que su madre estaba sumida en un sueño tan profundo que tal vez la diesen por muerta se sumirían el desesperación más absoluta. Haltoran estaba muy preocupado porque no sabía de que manera afrontar el espinoso y delicado tema con Mark sin que se ofendiera o intentara evitar el retorno al lugar del que todos ellos procedían.

Se rascó la frente con la mano izquierda notando como el cavilar acerca de la brumosa y laberíntica historia le producía un pulsante y molesto dolor de cabeza en la misma. Finalmente localizó a Mermadon que estaba podando unos setos con la ayuda de un cortador láser y se encaminó hacia él preguntándose como conseguiría encauzar si es que era posible aquel tremendo embrollo. Mientras Candy y Mark competían por ver quien subía más rápido y más alto a sendos árboles. Aunque Candy era mucha ducha en el complicado arte de trepar hasta la copa de los gigantes vegetales, Mark la ganó por escasos segundos. Finalmente ambos se reunieron cuando Candy de un salto pasó al árbol entre cuyas frondosas ramas se había sentado Mark a esperarla y aterrizó directamente en sus brazos. La brisa trajo hasta los oídos de Haltoran la breve conversación que mantuvieron antes de besarse apasionadamente:

-Te quiero Mark –dijo ella simplemente.

-Jamás me separaré de ti, mi amor, jamás –replicó Mark con los ojos brillantes de emoción.

Sellaron su acuerdo con un largo beso durante el cual sus labios se mantuvieron unidos por espacio de varios instantes.

Haltoran sintió que un sudor frío le recorría las entrañas. Sus peores temores se habían confirmado completamente.

19

Candy tenía varios asuntos pendientes por resolver, tarea que no era fácil ni agradable. Por un lado, había suscitado falsas ilusiones en el corazón de Terry Grandschester y se lo reprochaba continuamente, aunque la muchacha había llegado realmente a amarle pero la irrupción de Mark y el reavivamiento de lo que en un principio había tomado como veleidades del subconsciente, ilusiones de sus sentidos pese a las demoledoras evidencias junto con los vividos y siniestramente proféticos sueños que había tenido, terminó por decantar su corazón hacia Mark. Por otro lado, Albert que había retornado de Norteamérica después de resolver el enojoso y tedioso asunto de los brillantes y piedras preciosas perdidos definitivamente en los piélagos más profundos y procelosos del Océano Atlántico se estaba entrevistado con la adusta hermana Grey, reacia a confesar la verdad de aquella terrible e inenarrable noche durante la cual la inmutable rutina de su venerada institución se vio rota por vez primera por culpa de un autómata brillante que ya la asustara mientras supervisaba personalmente una de las rondas nocturnas en pro de las buenas costumbres dentro del Internado, y dos intrusos que realizaron cosas increíbles e imposibles de asimilar por parte de una mente racional. La rectora se negaba en redondo a contarle a Albert lo que sabía y cerrándose en banda dio por concluida la entrevista. Albert se sintió tentado de presionarla pero la imponente apariencia de la religiosa y el halo de místico respeto que le inspiraba el lugar impidieron que sus próximas palabras fueran descorteses y elevara su tono de voz por encima de lo que la educación más exquisita aconsejaba. Albert comprendió inmediatamente que no iba a sacar nada más en limpio de la ceñuda y terca rectora, por lo que optó por estrechar su mano para despedirse cortésmente de ella, ante el asombro y la gradual y paulatina irritación de George, que no podía concebir como su jefe claudicaba de esa manera ante la religiosa. Pero como la discreción era la nota dominante del elegante y circunspecto empleado, no dijo nada y se limitó a ajustarse la pajarita oscura que destacaba sobre su impoluta camisa blanca contrastando vivamente con la seriedad de su impecable traje oscuro. Se mesó el fino bigote y tras corresponder al saludo de la rectora, se retiró detrás de su jefe discretamente abandonando el despacho de la hermana Grey. Al observador e intuitivo George no se le escapó el leve suspiro de alivio que la monja exhaló, tan pronto como los dos hombres abandonaron su gabinete de trabajo cerrando los batientes dorados de las puertas tras de sí y procurando no hacer el menor ruído.

20

Sin embargo, el dinero desata lenguas y compra voluntades de modo que a Albert le bastó sobornar discretamente a algunas personas y mover unos hilos para tener una idea aproximada de lo que había ocurrido la noche en que Candy desapareció definitivamente del Internado. A pesar de la nota de despedida que había escrito, allí había algo que no encajaba. Y tras entrevistarse de forma reservada y secreta con algunos de los policías que habían intentado detener sin éxito a los dos intrusos que se habían colado en el Internado, junto con su autómata así como a algunos alumnos que habían sido testigos directos de lo que había acaecido aquella confusa noche, no supo si le estaban tomando el pelo o realmente había sucedido algo muy raro e inconcebible. Albert se decantó por lo segundo y tras los discretas entrevistas, efectuadas siempre en lugares ocultos y especialmente reservados para preservar la identidad de sus interlocutores y que nadie sospechara en la Policía o en las altas instancias del Gobierno que se habían ido de la lengua, alargó al último de sus contactados un sobre sepia con una importante cantidad de dinero en metálico en su interior. El policía que había llegado a disparar contra la mole bamboleante de Mermadon contó el dinero y asintió satisfecho. Veinte mil libras. Ya mismamente por la mitad de esa suma se habría sumergido en un mar repleto de voraces escualos y a pecho descubierto. Merecía la pena arriesgarse por semejante cantidad de dinero a ser sorprendido y detenido por sus propios compañeros que le vigilaban estrechamente y a los que había conseguido eludir para acudir a la peligrosa y arriesgada cita con el magnate si llegaba a ser descubierto. El Gobierno había puesto vigilancia a cada uno de los testigos más proclives a hablar demasiado, pero hasta ahora no habían conseguido pillar in fraganti a ninguno de ellos.

Albert llevada gastado casi un millón de libras esterlinas en sobornos y pago de confidentes e informadores, pero tal astronómica cantidad no suponía problema alguno para él y menos cuando su hija adoptiva se había esfumado sin dejar ni el menor rastro. George que también se había hecho una idea muy aproximada de cuanto había pasado con Candy meneó la cabeza incrédulo, como su jefe había hecho cuando las piezas de aquel rompecabezas sin la menor lógica, no obstante empezaron a encajar.

-Un autómata de dos metros de altura a prueba de balas, un joven pelirrojo experto al parecer en el manejo de armas de toda clase, y un hombre moreno capaz de volar. Perdone que se lo haga notar jefe, pero es…

Albert realizó un displicente gesto de su mano derecha y exclamó mientras se arrellanaba en una de las butacas que amueblaban la lujosa suite que ambos hombres, habían alquilado en un hotel al que se habían dirigido tan pronto como la sesión de furtivas entrevistas había tocado a su fin, al menos por ese día para descansar hasta mañana.

-Una completa locura, ya lo sé, pero todas las versiones son coincidentes si no al cien por cien, prácticamente.

Y no solamente habían conseguido dichas versiones a base de dinero, porque algunos de los temerosos testigos habían puesto una condición más para revelarle al joven y apuesto millonario cuanto sabían: protección y llegado el caso, la creación de una filiación diferente que les mantuviera alejados de las iras del Gobierno y las más influyentes familias europeas y estadounidenses que enviaban a sus vástagos a cursar estudios al Internado. Si llegaba a filtrarse que dicha persona había contado algún dato revelador y esclarecedor, el prestigio del Colegio San Pablo podría ser socavado, porque de eso se trataba en el fondo, de proteger la reputación del influyente Internado costase lo que costase más que el hecho de que varios intrusos hubiesen allanado la privacidad de la antigua y selecta Institución. Por otro lado, Albert había recibido una valiosa e imprevista ayuda por parte de Candy que sin pretenderlo había puesto a Albert sobre la pista de su paradero. Creyendo escribir al inaccesible y desconocido bisabuelo Williams le había enviado una carta para contarle la verdad de su partida. Cuando Albert la contrastó con otras que los primos de Candy y Annie habían recibido y que también se las había mandado Candy con idéntica finalidad, ya no cupo la menor duda. En el matasellos figuraba el nombre de la oficina postal de Northhill. A Albert le bastó consultar un mapa de carreteras de la zona para averiguar que el pequeño pueblo de Northill, una pedanía prácticamente estaba a treinta y cinco kilómetros de Southampton. Como temía que Candy tal vez no atendiese a razones o que sus misteriosos captores la emprendieran con él si iba solo hasta allá para intentar liberar a Candy aunque fuera armado optó por trazar otro plan. Primero despachó observadores y espías a su servicio para que confirmaran si Candy estaba secuestrada o no. Las primeras impresiones revelaron a simple vista que no, una vez que los espías retornaron con pruebas suficientes hasta que Haltoran terminó por darse cuenta de que gente desconocida y hostil estaba rodeando la granja de Owen con la clara intención de someterla a vigilancia. Pero aunque Candy pareciera estar por voluntad propia con aquella gente, Albert no iba a permitir que continuara en poder de alguien tan enigmático, como seguramente peligroso. Una vez que Candy fue localizada en una diminuta granja perteneciente a un anciano granjero de setenta y cinco años, el señor Owen en las afueras de Northill, pueblo cercano a Southampton, Albert contrató una partida de hombres armados y tiradores, los mejores de aquellos contornos que pudo reunir y los envió discretamente a rescatar a Candy costase lo que costase tras explicarles sucintamente cual sería su cometido. Para no levantar sospechas se disfrazaron de cazadores aprovechando los numerosos levantamientos de veda que se estaban sucediendo esos días por los cotos circundantes a Northill y donde la actividad cinegética era una arraigada tradición. Les había pagado fuertes sumas de dinero a cada uno de ellos y les había conminado a no fracasar y a ser discretos cuando hubieran realizado su trabajo. Tenían que hacerse con Candy costase lo que costase. Albert había tomado los atropellados y fantásticos relatos acerca de los supuestos poderes de los captores de Candy como fantasías y delirios. Muy pronto tendría la oportunidad de comprobar cuan equivocado estaba. Pero lo que ahora ocupaba la mente de Albert era que Candy estaba sola y desprotegida, y sin ningún dinero probablemente en el bolsillo.

"Que ironía" –se dijo el joven rubio de ojos verdes con mordacidad, mientras repasaba con la yema de sus dedos el contorno de sus gafas metálicas- "ante la mirada serena de su fiel secretario- "a mí me sobra y mi ahijada no tiene ni un mísero penique consigo en estos momentos tan duros para ella".

21

Candy había pedido al señor Owen que anulase la reserva que había efectuado con su amigo el señor Jaskine de un pasaje de ida para Norteamérica, a bordo de uno de los buques de su compañía marítima. La muchacha a la que Mark no había rozado ni tan siquiera un cabello, hasta que Candy se sintiera con la suficiente presencia de ánimo como para entregarse a él, había optado por renunciar a retornar a Estados Unidos por el momento. Primero se tomaría un descanso en tierras inglesas con el beneplácito de su amable anfitrión el señor Owen, que no se cansaba de insistirla que no era ninguna carga para él si no todo lo contrario. Probablemente se entrevistaría con sus primos y Annie para informarles de su nueva situación y posteriormente con el abuelo Williams. Esperaba que entendiese la situación y le permitiera acceder a formalizar su compromiso con Mark. En caso de negativa, renunciaría al apellido Andrew y emprendería una nueva vida en compañía de su amado, dirigiéndose probablemente hacia el Hogar de Pony donde tomaría una determinación. Y por último, le quedaría el último paso, quizás el más amargo y difícil de todos los que tendría que dar a partir de ese momento, encontrarse con Terry y comunicarle que su relación había terminado definitivamente. Romper con el joven inglés no sería sencillo, pero amaba tanto a Mark que ningún obstáculo le parecía insuperable, mientras el joven permaneciese a su lado.

22

Por los alrededores de Northill había aparecido un forastero con aspecto nada sospechoso que se encontró con Candy una tarde que la muchacha había ido a recoger unos encargos para el señor Owen en una tienda cercana situada en la calle principal de la vecina localidad de Fortgreen. Era un hombre de unos treinta y cinco años aproximadamente y aspecto jovial y agradable, por lo que la muchacha no sospechó nada en absoluto en un primer momento. El forastero que llevaba un impoluto y elegante traje verde de corte impecable, y un sombrero hongo de ala ancha fumaba parsimoniosamente un largo y rechoncho habano que movía lentamente a lo largo de sus finos labios y que despegaba de vez en cuando de los mismos para formar elaboradas volutas de humo que expelía continuamente por su boca. Sobre su camisa blanca se aposentaba un elaborado y complicado lazo que pendía del cuello rígido y almidonado de la prenda. Guiaba una calesa descubierta de color azul tirada por un caballo de color ocre. El hombre sonrió a Candy saludándola educadamente y se ofreció para llevarla hasta su destino. Mark, que por temor a perderla si la agobiaba demasiado se abstuvo de ofrecerle su compañía y protección pese a que tenía un mal presentimiento cuando la vio salir por la puerta de la granja tras despedirse de él con un breve pero intenso beso en los labios. La muchacha aceptó de buen grado y accedió a acompañarle ya que según sus palabras, casualmente se dirigía también hacia Fortgreen. El viaje transcurrió tranquilamente hasta que el caballero detuvo su carruaje ante la fachada de un edificio de tosca apariencia en cuyos bajos había un bar, que tenía unas dobles puertas batientes al estilo de los viejos saloons del lejano Oeste. El hombre sonrió y dijo a Candy:

-Tengo que hacer un recado aquí. Volveré en seguida, ¿ serás tan amable de esperarme mientras tanto Candy ?

La chica asintió con una gran sonrisa en su bello rostro. El hombre sonrió aviesamente impresionado por su hermosura y en el efecto que produciría entre la clientela masculina del bar una vez que alcanzara un repugnante acuerdo con el dueño del local.

23

Un hombre calvo de complexión fuerte y algunos mechones de cabello pelirrojo en la coronilla y que llevaba una camiseta gris con manchurrones por toda su superficie, cerraba un siniestro y mezquino acuerdo con el hombre del bombín de ala ancha. El hostelero se asomó discretamente por una ventana para estudiar a Candy mientras su interlocutor le dirigía una sonrisa cómplice y cargada de funestos presagios para Candy:

-Con esa chica trabajando aquí tu clientela se doblará Meller. Es muy guapa y más de un marinero le partirá la crisma a otro para coger sitio en tu bar con tal de estar cerca de ella o sobre ella –dijo celebrando su desabrida ocurrencia con estentóreas y desafinadas risotadas.

El mencionado Meller asintió con un siniestro brillo en sus ojillos vivaces sobre los que se erguían unas tupidas e hirsutas cejas rojas. El hombre pasó su lengua por los gruesos labios con afán lúbrico. Las suaves formas de Candy habían despertado además sus más bajos instintos y seguramente sucedería lo mismo, con más de un marinero que solía conformar su clientela habitual, junto con rufianes de la peor extracción social y la más baja estofa. Meller esperaba hacer una fortuna no solo forzando a Candy a base de palizas y coacciones, si no se avenía a razones, a trabajar como camarera sin retribución alguna en condiciones de esclavitud, si no que tenía intenciones más oscuras de comerciar con el esbelto y atrayente cuerpo de la muchacha a cambio de un alto precio. Muchos, por no decir todos los habituales de su tugurio matarían por tener un encuentro a solas con la hermosa joven y reunirían el dinero que les pidiese por ella, sacándolo de donde fuera aunque tuvieran que extraerlo de debajo de las piedras o matar para conseguirlo igualmente.

-Desde luego, has elegido bien Jackson. Merece la pena pagar lo que me pides por ella –dijo el dueño del bar alargando al codicioso Jackson un sobre con la suma de quinientas libras en su interior, que era lo estipulado en verdes y crujientes billetes. Un malencarado pescador levantó la cabeza ávidamente, al percibir el dinero asomando por entre las solapas del sobre pero la severa mirada de advertencia de Meller bastó para que el hombre volviera a ocuparse de sus asuntos, centrando su atención en la botella de vino que estaba consumiendo a lo largo de toda la mañana y que ocupaba el centro de la sucia e infecta mesa circular. Hasta Jackson se estremeció. Meller no era hombre para ser tomado a la ligera. Casi compadeció a la bella joven por el terrible destino que la aguardaba. Meller invitó a Jackson a otro trago de vino mientras el panzudo hostelero hacía cuentas de los beneficios no solo monetarios que le reportaría tener a Candy trabajando en su bar. Jackson apuró el contenido de su vaso de un trago y guiñó un ojo al hombre mientras reía aviesamente por un comentario obsceno que el grasiento y grueso barman había realizado acerca de las formas de Candy. Meller se sumó a la chanza de su interlocutor que le devolvió el guiño.

-No temas hombre, te haré un precio especial cuando vengas a pasarlo bien con ella. Para algo están los amigos, ¿ no ?

Ambos hombres rieron con atronadoras y jocosas carcajadas que resultaban exageradas hasta para un garito como aquel. La clientela les escuchó indiferente, mientras el barman volvía a escanciar una adicional y generosa cantidad de vino en sus vasos nuevamente vacíos.

24

El intrigante e insidioso Jackson hizo una nueva parada en otra cafetería porque tenía apalabrada con la dueña el emplear a Candy en la misma forma que lo había hecho con el propietario del bar. La desafortunada e ignorante muchacha de su destino, sería obligada a trabajar de sol a sol en cada uno de los establecimientos en días alternos.

-Espera aquí unos instantes –le espetó Jackson a Candy- tengo que hablar con la dueña unos momentos.

Candy asintió risueña aunque creía que estaban dando un rodeo demasiado grande para llegar hasta el pueblo vecino de Northill pero como aquel caballero había sido tan amable con ella no quiso desairarle con infundados y vanos temores.

Una mujer de rasgos desagradablemente inquietantes y huesudos, con un aparatoso moño gris, y una larga y protuberante nariz engarzada en su cara de pájaro, se encerró con Jackson en un pequeño cuarto aledaño al lavabo y empezó a hablar con el hombre, de negocios, en los mismos y despiadados términos con los que se había expresado con Meller minutos antes. Candy se miró las manos y comprobó que las tenía manchadas de tierra por haber estado ayudando al señor Owen a transplantar algunos árboles frutales. Entró en el lavabo y entonces les oyó hablar. La dueña de la cafetería, algo más reacia que Meller a cerrar el trato con Jackson escuchó las bondades de "contratar" a una muchacha como aquella como camarera y quien sabe si como chica de compañía, eufemística forma de calificar la sórdida y baja ocupación que le tenían reservada, que Candy tendría que desempeñar contra su voluntad, a menos que actuara rápidamente:

-Como chica de compañía, con el vestuario adecuado, y con ese cuerpo, no tendrá precio –dijo el ubicuo Jackson mientras prendía una cerilla y encendía un nuevo habano que se puso entre los labios- Meller ya ha aceptado y tú deberías hacer lo mismo. Te hará ganar mucho dinero, al igual que a Meller –dijo sonriendo aviesamente.

Candy estaba a punto de abrir el grifo del lavabo cuando captó el ominoso diálogo a través de las finas paredes que separaban el lavabo, del despacho de la dueña de la cafetería.

-De acuerdo de acuerdo –dijo la mujer enfáticamente, mientras se giraba hacia una caja fuerte disimulada detrás de una marina para extraer otras quinientas libras que era el importe en metálico igualmente estipulado por Candy por el taimado e implacable negociador que era Jackson.

Candy asió su falda con ambos manos poniéndose a temblar violentamente mientras su cara expresaba el horror más rotundo y absoluto.

-Es un secuestrador, y pretende prostituirme –dijo sonrojándose violentamente al pronunciar aquella obscena palabra, pese a la gravedad de la dramática situación límite, que no admitía ninguna frivolidad, y que se le antojaba la peor de las pesadillas y no era para menos -tengo que escapar de aquí inmediatamente, -añadió muy alterada -antes de que sea demasiado tarde.

Se llevó una mano a los labios y retrocedió tan asustada que fue incapaz de actuar con coherencia y en vez de abandonar el lavabo con sigilo y escapar de allí con rapidez, antes de que los inicuos personajes descubrieran su huída, en su precipitación y nerviosismo, tropezó con un cubo de fregar, con tal mala fortuna que ambos le oyeron cuando el inoportuno recipiente rodó por el suelo de agrietadas y deslucidas baldosas del baño, con estrépito.

-La chica –exclamó la mujer que veía irritada como su inversión se esfumaba- lo ha oído todo, tienes que atraparla.

No hizo falta que se lo repitiera dos veces. Jackson salió en pos de Candy que había atrancado la puerta aunque eso no le detuvo y consiguió forzarla para perseguir a la aterrorizada muchacha. Pero Candy que había conseguido recobrar parte de su valor, empezó a arrojarle los taburetes dispuestos en hilera junto a la barra para impedirle que pudiera perseguirla. El malhechor trastabilló y Candy aprovechó aquel crucial momento de respiro para saltar a la calesa del hombre y huir en ella mientras fustigaba al caballo que salió al galope alejándola rápidamente de la inicua trampa en la que había estado a punto de caer tan ingenuamente. Pero sus desdichas no terminaban allí. La mujer entregó otro caballo a Jackson para que pudiera perseguirla y atraparla. Con los peores tormentos imaginables que tenía en mente y que deparaba para ella, Jackson salió en persecución de Candy solazándose en el duro e inconfesable castigo que le impondría cuando le echara el guante encima.

25

El tortuoso camino discurría por una estrecha senda junto al mar. Candy miraba atenazada por el miedo sobre su hombro de vez en cuando y percibía como cada vez más su perseguidor acortaba la distancia que mediaba entre ambos gracias al caballo negro que montaba, más rápido y resistente que el que tiraba de la calesa que le había arrebatado a su secuestrador. El carruaje en el que Candy se sujetaba precariamente iba dando bandazos y alguna de sus ruedas llegó a quedar suspendida en el vacío momentáneamente al salirse del sinuoso sendero que discurría junto a unos acantilados contra los que el mar bullía golpeando con fuerza y funesto estrépito. Jackson estaba consiguiendo dar alcance a su presa, cuando la calesa pilló una piedra dispuesta como una mortal trampa en mitad de la polvorienta y bacheada senda y la vibración subsiguiente hizo caer a Candy al suelo, aunque afortunadamente su caída fue amortiguada por unos matorrales que crecían a ras del terreno. Pero lo peor es que había perdido su medio de huida cuando el aterrado caballo continuó su alocada carrera hasta que el carruaje se soltó imprevistamente de su tiro precipitándose al vacío y destrozándose contra los farallones cortados a pico en el fondo de la escollera. Jackson alargó un brazo para agarrar a Candy, la cual paralizada por el miedo no acertaba a reaccionar, hasta que una mano fuerte y nervuda la sacó de la trayectoria del veloz caballo de Jackson que ya se las prometía felices, justo a tiempo. Candy observó mejor a su improvisado salvador y reconoció inmediatamente las facciones burlonas pero amables de Haltoran bajo los rebeldes cabellos pelirrojos siempre a medio domar y sus penetrante ojos verdes que relampaguearon con un fulgor de satisfacción por haber llegado justo a tiempo y haber sido tan oportuno.

-¿ Cómo es que…? –preguntó Candy confusa dando un involuntario respingo.

Haltoran no respondió y la situó detrás suyo rápidamente para escudarla con su cuerpo. Jackson precipitó el caballo contra el entrometido, pero Haltoran se apartó con sorprendente agilidad portando a Candy por el talle como si fuera una pluma. La chica se sorprendió de lo fuerte y rápido que era. La montura de Jackson chocó contra un muro en el que figuraba un pasquín y el malhechor dio con sus huesos en tierra, aunque no fue suficiente para frenarle. Sacando una navaja de un bolsillo trasero la esgrimió avanzando hacia Haltoran y Candy.

-No, tiene una navaja –gritó la muchacha con ojos desorbitados de miedo.

Haltoran sonrió aviesamente y un brillo sarcástico titiló en sus ojos. Pese a su apariencia jovial, el joven era un enemigo extremadamente peligroso cuando la ocasión lo requería y Jackson obviamente con su navaja por afilada que estuviera, no estaba a su altura, no siendo rival para él. Haltoran dejó que lo acometiera y retirándose ligeramente sin soltar a Candy en ningún momento, retrajo su puño izquierdo y tras esquivarle le propinó tal puñetazo que le partió la mandíbula haciendo que se estrellara contra el muro contra el que previamente lo había hecho su caballo, que permanecía inconsciente al pie del paredón. Poco después le hizo compañía su casual propietario que entre el tremendo puñetazo asestado por Haltoran y el golpe contra la pared, había perdido algunos dientes además del sentido, aparte de la epistaxis que afloraba de su nariz ganchuda.

-Esa escoria no te molestará más –dijo Haltoran mientras soltaba a Candy con delicadeza, poniendo especial cuidado de que la muchacha no le abrazase manteniendo una distancia prudencial con ella y procurando que la perspicaz joven no lo notase, porque temía, que tal vez aquel inocente gesto de agradecimiento, pudiese tergiversar aun más la complicada y nada fácil situación en que él y Mark se hallaban inmersos. Antes de que Candy se lo preguntara, Haltoran le dio todas las respuestas.

-Mark no se atrevía a vigilarte para protegerte, por miedo a que te incomodaras con él, y como tenía un mal presagio, decidí ir detrás de ti con precaución, más que nada para tranquilidad suya.

"Y también mía" –añadió mentalmente Haltoran pero no lo expresó en voz alta. Se estremeció ligeramente ante la mirada de Candy. Los rescoldos de su breve e imposible amor por la muchacha de vez en cuando, agitaban sus pensamientos y su corazón.

-El resto es historia –dijo el joven pelirrojo mientras ataba a Jackson con unas cuerdas que pendían de la silla de montar del inerte caballo. Jackson yacía a horcajadas tendido boca abajo sobre el desvanecido cuerpo del caballo oscuro, y una vez hubo terminado, Haltoran repasó los fuertes nudos y ataduras, para mayor seguridad. Haltoran alertaría a la Policía lo antes posible de la presencia del malhechor en aquel paraje. Estaba convencido de que los agentes de la ley se alegrarían de tan improvisado presente, porque intuía que aquel delincuente de poca monta era un viejo conocido de la Policía buscado por sus frecuentes fechorías.

Candy se deshizo en halagos y agradecimientos, mientras Haltoran y ella emprendían el camino hacia Fortgreen esta vez sin sobresaltos y sin haberse fijado en el pasquín que cubría el mugriento y desconchado paredón, por el que trepaba una tupida y densa maraña de hiedra. En el cartel se podía apreciar la imagen de un hombre joven de cabello largo castaño ondulado y ojos claros, por el que se ofrecía una elevada recompensa y que miraba hacia delante con determinación mientras debajo, un texto mencionaba cual era la principal acusación merced a la cual el joven Arthur Kelly , se había hecho acreedor de tan intensa y notoria orden de busca y captura y consiguiente persecución: asesinato. Aunque Candy y Haltoran no repararon en ese detalle porque estaban ya lejos para poder apreciarlo. No mucho más lejos, en un tablón sostenido por dos postales de madera verticales clavados en el suelo, y que se utilizaba para exponer anuncios o bandos del Ayuntamiento, un cartel con la fotografía en blanco y negro, de una hermosa muchacha rubia, ofreciendo un recompensa por cualquier pista que condujera a su paradero, anunciaba al casual caminante que acertara a pasar por allí, que había sido secuestrada y que se pedía la colaboración ciudadana para dar con ella lo antes posible porque su vida podía correr serio peligro. Haltoran que había perdido entre la hierba un preciado recuerdo de su esposa, una cadena de plata que Annie le regalara poco antes de su boda regresó sobre sus pasos, rogando a Candy que le esperara unos instantes. En la refriega sostenida contra el infame Jackson, el preciado presente de Annie se había escurrido de su cuello por lo que el joven pelirrojo nunca se perdonaría el perderlo. Constituía un recuerdo muy especial de la hermosa muchacha como para renunciar a él, dejándolo perdido en un inhóspito paraje donde cualquiera pudiera encontrarlo empeñándolo tal vez por unas míseras libras. Para Haltoran su valor era incalculable. Afortunadamente percibió el brillo de los eslabones de plata y avanzando lentamente entre las altas hierbas que crecían a la vereda del camino, lo localizó justo al pie del tablón de anuncios al que en un principio no concedió la mayor importancia. Se agachó y al recuperar la cadena, se fijó en el pasquín con la imagen de Candy. La Policía les estaba buscando. Se puso la cadena rápidamente en torno al cuello y reuniéndose con Candy dijo intentando que la muchacha no se apercibiera de su dramático hallazgo:

-Me he asegurado de que esté a buen recaudo. –mintió Haltoran ocultando a Candy el hecho de que la Policía la estuviera buscando- No podrá soltarse fácilmente.

Candy asintió moviendo la cabeza con energía y sonriendo a Haltoran. El joven apartó la vista, porque los ojos verdes de la muchacha le estaba cautivando. Ambos se encaminaron de retorno hacia la hacienda de Owen, pactando mutuamente no contar nada de aquel desagradable encuentro. Haltoran suspiró. Amaba a Annie pero la indeleble impronta del recuerdo, de aquella tarde de primavera que ambos compartieron, en la Colina de Pony en la que Candy le hiciera confesar involuntariamente su amor por ella, no se borraría jamás de su corazón. Amaba a Annie con todas sus fuerzas, pero el cariño y afecto que sentía por Candy siempre permanecería en él.

26

Albert Andrew, el todopoderoso patriarca de la familia Andrew en la sombra no podía tolerar que Candy permaneciera en manos de aquellos hombres. Desde que la conociera en la Colina de Pony, llorando desconsolada porque Annie le rogaba en una dura y demoledora carta que la olvidase como a su vez, Annie tenía que apartar de su mente de un plumazo todos sus recuerdos de infancia y niñez vividos en el Hogar de Pony por imposición de su familia adoptiva, debido a razones de prestigio social, Albert se había prometido a si mismo proteger a Candy y preservarla de todo mal que la amenazase, con todas sus fuerzas, y hasta ese instante lo había conseguido, pero aquello a lo que se enfrentaba era completamente nuevo. Había tachado las historias que había ido recabando como tonterías sin sentido, producto de la confusión de cuantos se vieron inmersos en el formidable altercado que la Policía, debido a su falta de tacto y mesura había desatado, haciendo con sus inoportunos disparos que los estudiantes empezaran a correr despavoridos y se figuraran hechos que solo habían acaecido en su mente. Pero los testimonios coincidían con tozuda insistencia. Y por ello, pese a George se lo había desaconsejado en absoluto, decidió acompañar a la partida de hombres armados que había contratado por una generosa suma de dinero para cerciorarse no solo de que cuanto había escuchado de labios de algunos de aquellos testigos era mentira, si no que Candy se encontraba bien. El mismo jefe del grupo armado le intentó disuadir de que fuera con ellos. Si el suceso se descubría, si algo salía mal y el nombre de Albert William Andrew aparecía implicado en algún turbio asunto, no solo podía terminar ante la Justicia si no que el buen nombre del clan familiar se vería irremisiblemente arrastrado por el fango. Pero Albert actuaba irreflexivamente, en la misma forma y manera que su doble en la realidad de la que procedían Mark, Haltoran y Mermadon lo habría hecho. Cualquier asunto relacionado con Candy no admitía réplica, por lo que su participación en el mismo estaba prácticamente garantizada. George miró a su jefe con aire de preocupación. Mejor se hubiera quedado en una de sus numerosas mansiones repartidas por buen parte de Europa y Estados Unidos, a la espera de la resolución de los acontecimientos o en algún lujoso hotel no muy lejano a lo que a George se le antojaba un teatro de operaciones para una cacería, porque aquello no era más que una cacería humana. Las órdenes de Albert habían sido categóricas. Los hombres que habían osado secuestrar y llevarse a Candy del Real Colegio San Pablo, debían de pagar con sus vidas el haberse atrevido a rozar a su hija adoptiva uno solo de sus cabellos dorados. Albert, cuyo carácter se había templado en Africa, así como en los más demoledoras y despiadadas arenas que el más férreo e indomable de los negociadores pudiera concebir no tenía miedo más que de una cosa, que Candy pudiera descubrir su otra cara, la del implacable y avezado hombre de negocios al que no le temblaba el pulso a la hora de batirse en dichas arenas, la del magnate que firmaba acuerdos comerciales por varios millones de dólares sin pestañear o al que no le temblaba el pulso para cerrar fábricas ruinosas o deficitarias aun a riesgo de poner en la calle a varios cientos de hombres y mujeres, sumiéndolos en el desempleo y en la miseria más inhumana. Quizás perdonasen la vida al viejo Owen, después de ser convenientemente convencido de que olvidara cuanto iba a acaecer esa noche.

27

Mark no había sido informado del desagradable incidente en que se había visto envuelta Candy, para no sumirle en un pesar más profundo y hondo del que ya de por si le embargaba. Sin necesidad de que Haltoran se lo plantease, el joven pensaba en sus hijos y en la forma en la que le diría a esta Candy que debía de marcharse porque debido a un hecho irreal y por el que jamás esperó ni por asomo tener que pasar, la había empleado como moneda de cambio para conseguir que su verdadera esposa volviera a la vida. Pero Candy sabía perfectamente que su otro yo estaba pasando por una situación desesperada, aunque no deseaba en absoluto que Mark tuviera que alejarse de su lado.

La tesitura por la que estaba atravesando no era precisamente fácil. Ni fácil de asumir ni de concebir tan siquiera. Un hombre que había viajado en el tiempo hasta otro que no era el suyo, y en el que había emprendido una nueva vida, prácticamente de la nada, y ahora se hallaba en otro universo tratando desesperadamente de deshacer el hechizo de un mago incorpóreo sobre su desventurada esposa en venganza por haber eliminado a su señor. Era de locos y a nada que se pensara parecía una atroz pesadilla emergida de una imaginación calenturienta y enrevesada. Pero por desgracia era real, atroz y crudamente real. Y para colmo desconocían cuando su adversario se manifestaría o les informaría de que habían cumplido plenamente con todos y cada uno de los objetivos que les había asignado. Haltoran por otra parte, solo ansiaba retornar cuanto antes junto a su familia, aunque no podía dejar a su amigo tirado. Se sentía dentro de una pesadilla que a su vez era soñada por una efigie durmiente de si mismo, como se veía a veces así mismo, introducido de lleno en un universo alternativo.

La teoría de las cuerdas especulaba acerca de la posibilidad de que hubiera otros universos paralelos, dimensiones alternativas donde una misma persona podía estar protagonizando varias vidas diferentes a su vez, en diferentes roles y con diversas consecuencias. Se decía que quien pudiera acreditar tales conceptos matemáticos se haría acreedor casi de inmediato, al Premio Nobel. Y si Haltoran hubiera podido estar en esos momentos en Estocolmo posiblemente ya estaría en poder de él, o quien sabe, quizás en otra realidad alternativa lo recibiera en esos instantes. El joven pelirrojo rió quedamente mientras acariciaba la cabeza del collie de Owen con la mano derecha, mientras con la otra mesaba la frente de Clean, el pequeño coatí blanco de Candy que no cesaba de demandarle mimos y carantoñas continuamente. Haltoran meneó la cabeza. A unos pasos de él, bajo el porche de la granja de Owen, Candy y Mark paseaban juntos, cogidos de la mano y dirigiéndose encendidas miradas que alternaban con apasionados besos y ardientes palabras de amor. Aunque fuera en una dimensión paralela, universo o lo que fuera, el ser testigo de cómo su amigo volvía a sonreír no tenía precio. Lo que le extrañaba era que el vizconde no hubiera aun hecho gesto alguno o dado señales de vida. Haltoran reclinó su cabeza contra la pared encalada y dirigió la mirada hacia las estrellas entre las que buscó la antigua constelación de Mark, la del Aguila. Se preguntó si aun continuaría gozando del favor de su estrella guardiana. Rememoró los durísimos momentos en los que tuvo que practicarle la técnica de los puntos estrellados para salvarle de la sangre emponzoñad por el iridium que invadía su organismo, merced a una elaborada y temible venganza urdida entre Albert y Karen Kleiss por haberse entrometido entre el millonario y Candy. A su mente acudieron también los aciagos momentos en los que evitó por muy poco que Candy fuera forzada por dos esbirros de Albert, aunque no llegó a tiempo para impedir que consumara su desquite en la persona de la hermosa e infortunada muchacha. No podía imaginar que en muy breve lapso de tiempo volverían a verse las caras:

27

Los falsos cazadores avanzaron rápidamente en pequeños grupos, procurando no hacer ruído. Sigilosos y confundiéndose con el entorno fueron rodeando gradualmente la pequeña hacienda de Owen. El anciano ya se había retirado a su habitación y dormía plácidamente, produciendo unos estentóreos y restallantes ronquidos que reverberaban en las paredes de su cuarto y que de no haber sido porque Mermadon tenía un dispositivo que atenuaba las ondas sonoras procedentes del cuarto del granjero y que se filtraban por las delgadas paredes al resto de la casa, Candy y los demás seguramente no habrían pegado ojo durante ninguna noche en todo el tiempo en que estuvieron viviendo allí.

Albert, que iba a la cabeza de uno de los grupos, no era ningún patán o un aficionado que solo sabía ganar dinero y contar sus ganancias para posteriormente echarse a dormir con total despreocupación, si no que era experto en el manejo de diversas armas de fuego y blancas así como un tenaz y formidable adversario en el combate cuerpo a cuerpo. Cuando los hombres hubieron tomado posiciones en torno a la casa, George que actuaría como parlamentario en caso necesario distinguió la grácil figura de Candy en los aledaños de la casa. Mattie, el collie de Owen alzó las orejas y olfateó hacia la dirección en la que se encontraban los hombres de Albert moviendo la cola nerviosamente, pero antes de que el perro se pusiera a ladrar para dar la alarma, Haltoran ya había percibido el sonido de algunos percutores y cerrojos cuando las armas fueron amartilladas. Mattie se puso a gruñir sordamente mientras echaba el cuerpo hacia delante y la gola blanca de su cuello parecía hincharse. Albert había dispuesto que sus hombres estuvieran en una posición de fuerza respecto a los captores de Candy pero primero tendría que negociar con ellos o hacerles creer que estaba dispuesto a ello. Tan pronto como la superioridad numérica de la que gozaban con plena ventaja sobre los dos hombres entrara en acción, cuando Candy fuera liberada sana y salva de sus manos, los hombres abrirían fuego no dejando a nadie con vida. Eliminarían todos los testigos, excepto a Owen si sabía lo que le convenía. George era más partidario, al igual que el jefe que dirigía a los presuntos cazadores de una acción de comando que liberase al supuesto rehén que era Candy, y sin producir víctimas colaterales innecesarias, aunque consideraba que el anciano también era un posible cautivo, probablemente víctima de las circunstancias ya que tal vez Mark y Haltoran se hubieran atrincherado en su granja obligándole a secundar sus acciones y darles apoyo, Albert no quería dejar cabos sueltos y permitir que nadie, por inofensivo que pareciera, pudiera involucrarle en el futuro en todo aquello.

Albert se acercó a la casa y se plantó a pocos metros de Candy y Mark. El verles allí juntos, detrás de la cerca que vallaba la casa de Owen hizo que le hirviera la sangre, pero prefirió creer que Candy estaba siendo coaccionada u obligada por aquel hombre a estar a su lado en contra de su voluntad. Albert alzó la voz y pronunció un nombre que rasgó la tranquilidad de la noche:

-Candy.

La muchacha se giró asustada al escuchar aquella voz que reconocería en los confines de la Tierra. Cuando alzó la cabeza, distinguió incrédula y aterrada la sonriente faz de su padre adoptivo que miraba reprobadoramente a Mark. El joven, que había bajado la guardia involuntariamente porque toda su atención era plenamente absorbida por Candy intentó interponerse entre su amada y el hombre que había sido su más enconado y peor enemigo. Albert chasqueó un dedo y entonces se encendieron antorchas en todos los alrededores de la casa.

-¿ Qué, qué significa todo esto ? –preguntó aturdido Mark que allá donde fijara la vista, aparecían nuevas antorchas. Y a la pálida y temblorosa luz de las mismas, distinguió varias decenas de hombres armados hasta los dientes que le apuntaban cautelosamente, para matarlo de un certero disparo si las cosas se desbordaban o se ponían feas, cuidando de no dañar a la señorita White Andrew.

-Significa maldito secuestrador –dijo Albert con mal disimulada ira- que has topado con la persona equivocada. Esa muchacha es mi hija y ya la estás liberando o de lo contrario no tendremos piedad de ti.

Entonces antes de que Mark pudiera replicar algo o reaccionar, se escuchó un seco chasquido que hizo que los hombres que comandaba se giraran al unísono. Pero ya era tarde. En milésimas de segundo, un estilizado cohete antitanque propulsado por peróxido de oxígeno y que tenía unas aletas estabilizadoras al final de su corto y cilíndrico tronco, se abalanzó sobre la partida armada estallando en el aire. Sin embargo, no mató o dañó de consideración a nadie porque Haltoran le había rebajado buena parte de su carga explosiva, aunque si le había dejado la suficiente cantidad como aturdir a los hombres a los que había dirigido el certero disparo, que cayeron a plomo inconscientes sobre la hierba.

Haltoran sonrió aviesamente. Mientras Mattie ladraba furibundo a su lado saltando en torno suyo, Haltoran amartilló el arma nuevamente con un seco chasquido. Los ojos verdes relampaguearon bajo los cabellos dio un respingo. Había visto antes aquella mirada, pero no podía precisar ni donde ni cuando ni en que circunstancias. Los ojos del joven desprendían determinación y arrojo.

-He decidido empezar la fiesta –dijo mirando de soslayo a Mark y a Candy que seguían sin entender nada- porque tú Mark, estás hoy un poco lento de reflejos.

Albert, cuya plena seguridad y confianza en si mismo y en sus fuerzas se había desplomado repentinamente en un estruendoso fragor que atronaba en su mente, mezclando incredulidad, odio y desprecio a partes iguales, ordenó a sus hombres que abrieran fuego, porque Haltoran se encontraba aislado y por tanto Candy no corría peligro, al menos en lo que a aquel presuntuoso de cabellos de fuego se refería. Candy dio un grito, y Mark empezó a moverse para proteger la vida de su amigo, pero Haltoran hizo un ademán con la cabeza, señalando a una forma ominosa y temible que se alzaba a su espalda, muy por encima suyo. Entonces, cuando los hombres dispararon sus armas y una descarga de ciento veinte balas aproximadamente, iban a incrustarse en su cuerpo, Mermadon se interpuso entre los proyectiles y su creador interceptando las balas con el suyo. La munición repiqueteó con sonidos agudos sobre el torso del robot que se mantenía de pie como si tal cosa, con los brazos en cruz. Algunas chispas se desprendían de los proyectiles cuando rebotaban inofensivamente sobre el blindaje de acero y kevlar que Haltoran tuvo la suficiente previsión como para incluirlo en el robot revistiendo su cuerpo con aquella coraza impenetrable. Mermadon agitó los brazos y proyectó su sombra de forma fantasmal gracias a unos potentes reflectores que iluminaban su enorme envergadura por completo, emitiendo unos estentóreos gruñidos a través de la rejilla que hacía las veces de boca y de la cual su voz almibarada, emergía procedente de un altavoz interno.

Haltoran casi se partía de risa. Llevaba preparando aquello durante varios días, tan pronto como se enterara por la indiscreción de uno de los miembros de la partida armada que se había ido de la lengua, un día que el alcohol le animó a ser más vehemente y conversador que en otras ocasiones. Y como casualmente, Haltoran pasó por allí captó las palabras del hombre figurándose que cuanto decía, suscitando las risas de los parroquianos del bar, era algo más que los patéticos lamentos y divagaciones de un borracho solitario. Y cuanto más estrambótica y rocambolesca fuera la batalla que iba a desatarse en muy breve espacio de tiempo, menos se lo tomarían en serio quien pudiera escuchar por casualidad la secuencia de dichos acontecimientos totalmente inverosímiles y disparatados, a cual más inaudito que el anterior.

Al observar aquello, los hombres arrojaron sus armas y salieron huyendo despavoridos mientras lanzaban gritos de terror y exclamando todo el tiempo como una funesta y machacona letanía:

-El monstruo, el monstruo, nos quiere devorar.

Los casquillos de bala alfombraron el suelo en torno a Mermadon y Haltoran produciendo un tintineo metálico al rebotar inofensivamente contra el suelo.

En ese instante Mark extendió su mano y una columna de fuego brotó inmediatamente de su muñeca izquierda con ánimo de amedrentar a sus temerosos adversarios, más que otra cosa porque no pretendía herirles si era capaz de evitarlo. Candy horrorizada dio un involuntario grito, pero no soltó a Mark y este por su parte puso especial cuidado de no quemar a la muchacha de manera imprevista. Aquello junto con la visión del enorme autómata que paraba las balas como si le estuvieran haciendo cosquillas fue demasiado para los restantes y valerosos hombres que habían resistido el embate del miedo como pudieron, y arrojando sus rifles y revólveres salieron huyendo despavoridos, pasando a ambos lados de Albert que gritaba órdenes incoherentes de que se mantuvieran firmes y no depusieran sus armas. Finalmente, el hasta hacía tan solo unos instantes arrogante y pagado de si mismo millonario, se encontraba solo y sin posibilidad de salir vivo de allí, si aquellos dos hombres decidían terminar con su vida. Un sudor frío corrió por la frente del magnate, cuya expresión era no solo de contrariedad si no del más genuino terror, porque se estaba imaginando que su suerte se había terminado a partir de aquella noche.

28

Nunca se había sentido tan ridículo y humillado, tan impotente como desvalido.

Albert había sido reducido por Haltoran y Mermadon una vez que los hombres que había contratado, supuestos expertos en el manejo de armas y curtidos en mil adversidades salieron poniendo pies en polvorosa tan pronto como un monstruo metálico de dos metros de altura, un hombre que irradiaba fuego a través de sus brazos sin quemárselos y otro que disparaba una especie de cañón a escala les pusieran en fuga precipitadamente. A aquellas alturas, ya tanto les daba ponerse en evidencia o guardar su secreto, especialmente a Mark, aunque la suerte continuaría de su lado, si podía definir como tal dado que aquellos hombres, convencidos de que lo que contaran no iba a reportarles si no problemas, ya que nadie contraría a presuntos profesionales que iban teniendo alucinaciones colectivas y que además tenían el poco inteligente detalle de irlas difundiendo por ahí. Sin embargo, aquellos hombres no eran más que buscadores de fortuna, y en cierta forma habían engañado a Albert haciéndole creer que eran depositarios de habilidades de las que realmente no disponían. Ni habían estado combatiendo en algunas de las guerras coloniales del recién terminado siglo XIX, ni en las guerras boer ni habían luchado en Cuba en el año 1898 del lado de los propios cubanos, como habían acreditado en su supuesta hoja de servicios. Era extraño que Albert, tan minucioso y pulcro hasta en los más estrictos y detalles, se hubiera dejado embaucar por unos farsantes de medio pelo. Pero si le servía de consuelo, ahora que permanecía fuertemente atado y custodiado por un hombre de cabellos pelirrojos y mirada burlona que le sacaba de quicio, y una especie de autómata que no paraba de balancearse de un lado a otro, tal vez hombres más curtidos y duchos en el combate habrían reaccionado en modo similar, o aunque hubieran plantado cara a Mark, a Haltoran y al propio Mermadon ningún grupo armado que hubiera logrado reunir, de aquella época habría logrado siquiera herirles. Los dos jóvenes perfectamente compenetrados y combatiendo juntos eran virtualmente invencibles y si Haltoran hubiese cambiado la programación del robot mediante el consabido protocolo verde, convirtiéndolo en una máquina de combate virtualmente imparable, de su lado, ni una división entera de infantería habría conseguido siquiera acercárseles a medio metro. Candy había asistido fascinada como en cuestión de instantes, Mark junto con sus dos compañeros ponía en fuga a dos docenas de hombres que teóricamente les superaban en armamento, potencia de fuego y contaban con la ventaja numérica a su favor. Pero lo único que podría haber nivelado mínimamente la balanza a favor del enojado Albert y sus pretensiones, el factor sorpresa había sido desestimado por su teatral y absurda entrada en escena, creyendo que tenía la sarten por el mango. Bastaría la potencia de los cohetes fragmentadores de cuarenta milímetros de Haltoran, las llamas del iridium inflamadas al contacto con el aire de Mark y un poco de la teatral actuación de Mermadon para convencerles de que estaban totalmente equivocados, por lo menos Albert. George, podía haberse puesto a salvo fácilmente pero prefirió compartir la suerte de su jefe hasta el punto de dejarse coger prisionero por Mark que intentó no hacerle daño al aferrarle por las solapas de su elegante y exclusivo traje oscuro para conducirlo hasta donde aguardaba el maniatado y humillado Albert. Recordó como le había propinado un puñetazo en el Mauritania cuando intentó detenerle, al escapar junto con Candy. Pero entonces reparó que en ese universo aun no le conocía hasta entonces.

28

Mark estaba a espaldas de Albert. Todavía no había entrado en contacto con él, y no sabía si hacerlo reportaría tal vez trágicas consecuencias. Aun no había olvidado la trágica humillación que le había inflingido a su esposa como venganza por el despecho que Candy había generado en él sin proponérselo cuando rechazó una y otra vez sus tentativas por llegar algo más profundo con la que debería haber considerado únicamente como su hija adoptiva. Mark recordó con los puños crispados, por la rabia que ahora le atenazaba, como Albert había intentado separarles en numerosas ocasiones, enviando a Candy a estudiar a un lejano y casi inaccesible colegio al otro lado del Océano, como le había hecho creer que Candy tenía un romance con Juan Pablo, el pianista que la salvara de un intento de violación cuando se dirigía a trabajar como enfermera en un hospital de Chicago, y como había estado a punto de acostarse con Karen Kleiss imaginando que Candy le engañaba con otro hombre. O los intentos de matarle con aquella dosis de iridium que el joven tuvo que absorber del cuerpo de su hija y suministrada por una criada que estaba siendo chantajeada por Karen. Finalmente la investigación de los asesinatos de la sirvienta y del aparente suicidio de un joven médico, implicado en el escabroso y turbio asunto, terminaron por implicar a Albert, lo cual unido a sus difamaciones en torno a los Legan que no llegaron a salir a la luz, y sus poco claros asuntos y tejemanejes financieros, le reportaron ser juzgado y condenado a cadena perpetua. Y ahora estaba allí ante él, despertando los recuerdos de otra realidad, suscitando una sorda ira en Mark que no pasó desapercibida a los ojos de su sagaz amigo. Por si acaso, Haltoran se le acercó intentando no alertar a Albert y aferró el antebrazo derecho de Mark imprimiendo un ligero tirón a la extremidad. Mark se detuvo y giró la cabeza para observar a Haltoran, cuyos ojos verdes a su vez le devolvieron una mirada de compresión.

-Sé lo que está pasando ahora por tu cabeza Mark –dijo Haltoran intentando no perder de vista las manos de su amigo- pero no es el momento ni el lugar, amigo.

Mark supo inmediatamente a lo que el joven pelirrojo se estaba refiriendo y lanzando un suspiro que atrajo brevemente la atención de Albert, para sumarse en su indiferencia de nuevo, ya que la rabia y la indignación por saberse prisionero habían dado paso a un quedo y despectivo mutismo, dijo con voz queda para que Candy que estaba también cerca, no le escuchara:

-Ya lo sé, Halt, lo se, porque este Albert ni siquiera sabe nada de las cosas abominables y terribles que su otro yo hiciera, pero no dejan de ser la misma persona –afirmó Mark zafándose de la ligera presión que Haltoran ejercía sobre su carne con un leve tirón de su brazo.

-No ganarás nada –susurró Haltoran en voz baja mientras Albert empezaba a hartarse de tanto cuchicheo a su espalda, pero se cuidó muy bien de expresarlo en voz alta. No les tenía miedo pero tampoco deseaba perder la vida sin averiguar antes quien eran aquellos hombres y que se proponían realmente, aparte de secuestrar a Candy y haber observado hechos inexplicables y totalmente ajenos y refractarios a una explicación plausible y racional que solo ellos dos le podrían proporcionar. Entonces sus pupilas verdes distinguieron la grácil y casi ajena a este mundo, figura de Candy que estaba caminando en dirección hacia él con una escudilla de sopa humeante entre sus manos. Sus rasgos adquirieron una expresión de sorpresa. No había reparado en Candy hasta ese momento. Su imprevista captura pero casi más la repentina e inesperada defección de sus hombres, o por lo menos creía que lo eran, le habían descolocado y descuadrado totalmente sus esquemas mentales. Hasta ese momento el dinero le había proporcionado cuanto deseaba, todo lo que estuviera su alcance e incluso más allá de él, pero las tornas habían cambiado, las viejas reglas ya no servían. Su fortuna no le había procurado el amor de Candy si no al contrario, y esta vez no había podido abrirse camino ante el obstáculo que suponía el insuperable temor que aquellos tres seres habían suscitado en los supuestos cazadores, soldados de fortuna más bien, lo cual había desbaratado completamente sus planes meticulosamente urdidos. Estaba dispuesto a aceptar que Candy estuviera en brazos de otro hombre a condición de que fuera noble o por lo menos que sus intenciones hacia ella fueran buenas, pero no era capaz de asumir la terrible sospecha que se iba abriendo camino en su mente y que se negaba a aceptar en su pleno significado. Hasta ese momento, las pocas y esporádicas apariciones de Candy ante él, siempre desde lejos no le habían causado la sensación de que la muchacha estuviera en peligro o suplicara aun con la mirada que alguien la liberase de un penoso cautiverio. Es más parecía feliz junto aquellas personas. Entonces sus oídos volvieron a captar la conversación entre sus dos carceleros más o menos en el mismo punto en el que sus divagaciones le habían abstraído.

-¿ Y si Candy decide marcharse con él Mark ? ¿ acaso se lo impedirás ? –preguntó Haltoran mientras se aseguraba de que su amigo continuase tranquilo. Mark sonrió y dijo con cierto esfuerzo por parecer amable:

-Querido amigo, deja de rodearme trazando círculos. Esa táctica no funciona conmigo. No temas, no pienso hacerle daño a nuestro invitado –dijo refiriéndose a Albert- y en cuanto a tu pregunta –hizo una pausa antes de continuar y dijo con dificultad, mientras su voz parecía un resoplido de lo forzada que salía de entre sus labios:

-Respetaré la voluntad de Candy. Si ella decide volver con Albert, no haré nada para contrariar su decisión. Tal vez por eso…

Pero su voz fue interrumpida por la de Candy que les llegó nítidamente traída por la brisa nocturna hasta ambos hombres. La muchacha empezó a servir un plato de sopa a su protector, o que lo había sido hasta ese momento por lo menos y dijo mientras Albert que permanecía vigilado de cerca por Mermadon era liberado por el robot a instancias de Candy, de sus ataduras para que pudiera utilizar libremente las manos:

-Albert, te lo explicaré todo, pero no me mires así –declaró Candy incómoda ante la mirada de reconvención que le dirigió Albert al comprobar molesto, como se había puesto de parte de aquellos extraños y peligrosos sujetos. El contrariado magnate no abrió la boca desviando el rostro para evitar cualquier contacto con su hija adoptiva.

Albert notó que la sangre le hacía daño al fluir por sus venas nuevamente. Mark había realizado los nudos con tanta fuerza, se diría que con odio, que la cuerda que le maniataba, comprimía sus conductos sanguíneos, llegando a cortarle parcialmente la circulación de la sangre. Albert temió que perdería las extremidades, aunque sus miedos resultaron infundados. Un poco torpe porque sus manos habían estado inmovilizadas durante casi dos horas manejó la cuchara de madera y hundiéndola en el fondo de la escudilla removió su contenido y se lo llevó a la boca. Giró la cabeza y contempló la pétrea mole de Mermadon que le observaba atentamente para impedir que escapara o que hiciera daño a Candy. La obsesión de Mark respecto a esa cuestión había hecho que su amigo tuviese que retocar ligeramente la programación de Mermadon en una delicada y arriesgada operación, para permitirle ejercer el mínimo de violencia necesario si tenía que reducirle, pero sin causarle daño. Un paso en falso y Haltoran habría convertido a Mermadon sin pretenderlo en una bestia sedienta de sangre que les habría atacado incluso a ellos y quizás Mark no habría tenido más remedio que destruirlo para impedir que cometiera una masacre.

-Llevaos esa cosa de ahí –dijo Albert desabridamente levantando la voz para que Mark y Haltoran pudieran oírle- no me permite comer a gusto –espetó el millonario.

Haltoran se adelantó a grandes zancadas y Mark le siguió temeroso. Ahora era él al que preocupaba la posibilidad de que Haltoran propinase una tunda a Albert, pero Haltoran sabía medir su ira perfectamente y evitó que esta explotase arrastrándole a una vorágine de insultos y de acciones de las que se habría podido arrepentir en un futuro no muy lejano y no porque la Policía le capturase o le persiguiera tal vez de por vida, porque un fugitivo necesita cometer nuevos delitos por pequeños que sean para poder mantenerse abastecido ya sea de dinero, víveres u otros objetos vitales para la supervivencia, si no porque no deseaba que Candy se formara una imagen equivocada de él. Aun la quería lo suficiente como para que le importara lo que la hermosa muchacha rubia de ojos verdes, pensara acerca de él.

-Mi robot se queda donde está –dijo Haltoran mirándole desafiante mientras se plantaba ante Albert con los brazos en jarras y una mueca de desdén en el rostro- te está controlando y es mejor así.

Albert dejó la cuchara de madera sumergida por un instante dentro del plato de sopa, que aun llenaba el mismo hasta la mitad, y se limpió los labios con una servilleta de tela con gesto de desdén. Por un momento contempló a su secretario que se había quedado profundamente dormido y roncaba tendido sobre la hierba en posición fetal. No parecía importunarle mucho que su traje confeccionado a medida y que costaba lo que el sueldo mensual de varios trabajadores se hubiera arrugado por efecto de las hierbas, raíces y musgo que poblaban el suelo circundante a la granja de Owen, que continuaba sumido en un sueño reparador, completamente ajeno a los dramas que tenían lugar en torno a su pequeña vivienda.

-Estoy desarmado y atado con cuerdas gruesas como postes, ¿ a quien crees que voy a atacar en este estado ?, ¿ a un tullido ? –preguntó Albert con furia.

-No me fío de ti Albert -dijo Mark- toda precaución es poca contigo.

-Llévate ese trasto ahora mismo –insistió Albert mesándose los cabellos rubios, sin sentir miedo o temor ante la posibilidad de que Haltoran o Mark reaccionaran airadamente por sus imprecaciones, ante las que su secretario, despertado desorientado, por los gritos de su superior. Al percatarse de lo que estaba pasando, meneó la cabeza asustado de que su jefe provocara innecesariamente a los dos peligrosos individuos - me molesta tenerle cerca de mí todo el rato, espiándome.

-Lo lamento señor Andrew –dijo Mermadon con voz cargada de vacilación y tristeza por tener que realizar una tarea que le desagradaba, pero que a la que era impelido a cumplir, por su insoslayable programación- pero no puedo desobedecer a mi creador. Tengo que vigilarle para evitar que se escape.

-No me permites concentrarme en la comida, maldito trasto, -recalcó Albert con enojo- ¿ adonde crees que voy a huir, atado como un criminal ? –gruñó despectivamente Albert pasando por alto la explicación del robot. Los puntos rojos de luz que ardían en su rostro metálico le estaban sacando de quicio para satisfacción de Mark, y antes de que Haltoran pudiera replicarle, el joven de ojos oscuros, se adelantó y situándose entre Candy y el magnate, dijo con sarcasmo disfrutando malsanamente de la situación de Albert:

-Si necesitas tanto tiempo y remilgos para comerte un plato de sopa común y corriente, normal que hasta Mermadon te observe como si fueras un bicho raro –dijo Mark con sequedad y desprecio denotando ante Candy y sobre todo Haltoran, la animadversión que Albert despertaba en Mark y que parecía mutua. Haltoran portaba sobre su hombre izquierdo, la monstruosa arma de asalto con la que esperaba mantener a raya a Mark en caso de que decidiera saldar prematuramente sus cuentas pendientes con Albert, aunque se preguntó si la devastadora potencia de fuego de su arma anti-tanque, bastaría para tan solo, siquiera frenarle. En el fondo, sabía que no. Candy observó con desagrado la amenazadora boca del cañón del que sobresalía la ojiva negra de un estilizado cohete de fragmentación cilíndrico y pintado de blanco. La pesada y voluminosa arma se cimbreaba sobre el hombro del pelirrojo que la portaba como si fuera de papel, y la mueca de horror de Candy ante la letal y ominosa apariencia de la misma, no pasó desapercibida para el joven y Mark. Albert optó por ignorar a Mark con un gesto de desdén mientras empezaba a devorar los filetes del segundo plato que Candy le había traído. George se limitó a callar porque no quería enrarecer ya más de por si el tenso ambiente que flotaba en torno a todos ellos.

29

-Lo siento Albert, pero ya lo he decidido.

Albert no daba crédito a lo que estaba oyendo de labios de Candy. Había supuesto que la muchacha estaba retenida por aquellos dos hombres y el imposible autómata dotado de vida propia, en contra de su voluntad, pero cuando la joven le informó de que su intención era quedarse junto a ese presuntuoso Mark, que parecía odiarle profundamente, cuando era la primera vez que le veía y no le conocía de nada, se echó a reír creyendo que Candy le estaba gastando una pesada broma, que no tenía ninguna gracia para él. Pero la decisión de Candy era firme y definitiva, una decisión de la que la muchacha no se echaría atrás en modo alguno. George se había despertado finalmente e intentó protestar haciendo valer la influyente condición de su millonario jefe, pero Albert le hizo callar con una mirada fulminante. El joven magnate había comprendido que no podrían hacer nada para forzar un cambio en su chocante e insólita a la par que desesperada situación, como él imaginaba. Ya bastante tenía con sostener un duro duelo contra su cordura que amenazaba con abandonarle por momentos. Un autómata, un hombre que emitía voraces y largas lenguas de fuego desde sus antebrazos sin quemarse, la habían sometido a una fuerte y casi insoportable presión y aquel pretencioso pelirrojo que había noqueado a varios de los mercenarios que había contratado expresamente para hacerse con Candy costase lo que costase, le observaba con curiosidad e interés. Hasta ahora no le había parecido peligroso, aunque su juicio de valor cambiaba cuando estudiaba al otro hombre, que por una razón que no alcanzaba a comprender parecía odiarle con intensidad y a diferencia que el pelirrojo se portaba todo el tiempo con modales groseros y altaneros delante de él. Finalmente, Haltoran consiguió alejar a su amigo de Albert y llevándoselo a parte le dijo:

-Deja ya de meterte con él Mark –le reconvino Haltoran- no sabe nada de lo que su otro yo hizo en nuestra realidad. Ni tan siquiera se lo imagina.

-No puedo, no puedo –repuso Mark notando que los argumentos de su amigo iban ganando terreno en su mente- ese hombre…lo que le hizo a Candy…-afirmó crispando los puños con tanta fiereza que las venas de sus muñecas se transparentaron por un momento a través de sus nudillos levemente iluminadas por el fulgor que la sustancia anaranjada producía su paso a través de las mismas- no soy capaz de…

Algunas lágrimas mojaron sus nudillos a través de los cuales se transparentaba el fulgor del iridium, que bullía en sus venas, espoleado por su rabia y su dolor.

-¿ Y que vas a hacer ? ¿ matarle como a un perro delante de ella ? ¿ hacer que Candy te odie de por vida ? No es tu estilo akarsnia. Además, estamos muy cerca de cumplir con la misión que ese loco nos encomendó, y no es cuestión de fastidiarla ahora por un ataque de rabia. Bastante duro y penoso es estar metidos en esta especie de enrevesada e inefable pesadilla. Vamos a tratar de salir con bien de ella, sobre todo por Candy. Te entiendo querido amigo y te doy la razón, pero no merece la pena mancharse las manos con él. Como ha dicho hace un momento, está desarmado e indefenso. Deja que Candy hable con él. Estoy seguro de que le convencerá –declaró Haltoran frotándose la frente para enjugarse una gota de sudor que le bajaba por la misma, temeroso de que Mark le tomara por la palabra.

-No, no temas. No le haré daño, pero lo que hizo fue algo deplorable y terrible. Se aprovechó de la extrema necesidad de Candy por salvarme cuando ese canalla me envenenó, para infringirle un daño espantoso. La forzó e intentó matarla, lo mismo que a mí, y eso es algo –dijo sujetando de forma tan imprevista como rápida su arma plegada que ni Haltoran, asustado, logró intuir el súbito y fugaz movimiento que realizó con su mano derecha –que no debería quedar impune.

-Actuó movido por despecho y en cierta forma, Mark el despecho es otra forma de amor –dijo Haltoran observando reflexivamente como el collie de Owen jugaba a perseguirse, con Clean. El granjero continuaba profundamente dormido y ajeno a todos aquellos dramáticos acontecimientos que se desarrollaban en el recinto de su finca en medio de su pequeño mundo, mientras Haltoran observaba como la puntera de su zapato trazaba diminutas figuras en la arcillosa tierra de labranza. Había desviado la vista, pero enseguida la centró en Mark atento a sus más mínimos ademanes, temiendo un estallido de ira en su amigo, pero Mark se limitó a guardar silencio con los brazos cruzados, contemplando con resquemor como Candy hablaba a solas con su más encarnizado rival. De hecho, Mark pensó en que si no hubiera llegado hasta aquel lejano tiempo con el poder que encerraba su alterado y torturado cuerpo tras la exposición del mismo, a las radiaciones del iridium, jamás podría haberse enfrentado a Albert, dado que su inmenso poderío y status económico y financiero, aparte de social habría hecho valer su peso, aplastándole como a un insecto. Sin el iridium no habría podido ni soñar acercarse a Candy con un protector tan poderoso como implacable. Y seguramente, Albert le habría matado, y con ello Candy habría terminado trágicamente sus días, porque el amor que sintieron mutuamente aquella mañana de Mayo en la colina de Pony, les uniría de por vida y más allá de ella.

-En el fondo lo entiendo y lo disculpo. Hicimos nuestra entrada aquí en tromba, sin plantearnos las consecuencias de nuestras acciones, ni lo que íbamos a desatar, aunque en tu caso, Mark no tuviste ninguna culpa de lo que vendría a continuación. De hecho, por no tener no tenias ni idea de lo que acontecería en lo sucesivo –dijo Haltoran refiriéndose a Albert, mirándole con cierta compasión ante la sorpresa de Mark, que admitió que en el fondo su amigo tenía razón.

A fin de cuentas, habían irrumpido, en opinión de Albert, sobre todo en el caso de Mark, en aquella era como una jauría de lobos hambrientos modificando radicalmente el destino y la suerte de varias personas inocentes, entre ellas Albert, de forma irreversible para siempre a su demoledor paso. Pero los lobos estaban desorientados e incluso asustados. No tenían ni idea del terreno en que se habían adentrado, impulsados por un inquietante motivo, una amenaza desconocida y ominosa que les desbordaba, rebasándoles completamente y confundiendo sus atemorizados sentidos, de forma que cuando quisieron darse cuenta, ya habían penetrado en aquel mundo, transformándolo radicalmente para siempre. Pero el amor sigue caminos inextricables y muchas veces incomprensibles para el común de los mortales, abriéndose camino finalmente si es lo suficientemente perseverante como para florecer y sobrevivir, como una vez había observado Candy, apenada por las mismas dudas que asaltaban a Mark, y que Haltoran estaba volviendo a revivir para pesar de su amigo.

30

Las palabras de Candy fluían con dificultad de sus sonrosados labios. Estaba narrando la historia de Mark, la historia de alguien cuyas únicas referencias eran las que había conocido mediante sus sueños, tan imposibles como ilógicos y que la habían asaltado desde poco antes de la pérdida de Anthony. El joven perteneciente a otro tiempo venidero le había intentado relatar su vida, por si aquella joven de inhumana belleza no le recordaba o le resultaba completamente ajeno, por temor a perderla poco después de que la atenazada Candy reconociera que no podía vivir sin él, que el amor que experimentaba por Mark era tan hondo y fuerte que ignorarlo por más tiempo habría supuesto un sufrimiento adicional e innecesario añadido al que ya de por si experimentaba. Albert la escuchaba sin convicción, pensando que todo era producto de la fértil imaginación de su ahijada, pero sabía que se estaba engañando de forma infantil al negarse a reconocer la evidencia de lo que había presenciado. Fuego procedente del brazo del joven, robots que ponían en fuga a varios mercenarios armados y un hombre que blandía un arma descomunal con la misma soltura que un niño saborea un dulce. Vigilado por el sempiterno y colosal robot de maciza apariencia que no despegaba sus ojos rojos de él, Albert tuvo que rendirse a la evidencia, mal que le pesara. Cuando Candy terminó su relato, admitiendo ella misma que le costaba conceder credibilidad a sus inauditas palabras, Albert entornó sus ojos verdes y dijo con sarcasmo:

-Una historia muy lograda y brillante, bravo Candy –se burló el joven magnate simulando batir palmas- pero no me he creído ni una sola palabra –mintió Albert.

-No tienes porqué creerla –sonó una voz masculina a su espalda. Albert se giró molesto ante la interrupción de quien menos esperaba y deseaba toparse en aquellos momentos. Ante él y Candy, Mark ataviado con su ajada y última ropa con la que el demoledor huracán de fuego desatado desde el interior del furgón blindado por la codicia de unos inconscientes ladrones, le sorprendió se dirigió hacia Mark. Su rostro ya no sonreía y no utilizaba aquella mordaz y cruda ironía con la que se había dirigido a Albert, más propia de Haltoran que de él mismo. Las palabras de su amigo y sobre todo, la presencia de Candy a la que no quería desairar ni defraudar refrenaron sus ansias de desquite verbal sobre su padre adoptivo, porque a fin de cuentas, Albert continuaba siéndolo.

-Pero yo te demostraré de que cuanto viste era real –dijo Mark mientras se concentraba y su mano derecha se cubría de llamaradas que se ocupó de refrenar para que no lastimaran a Candy o a Albert. Una vez que el haz flamígero estuvo controlado, Mark lo dirigió hacia las restantes ataduras de Albert que cayeron al suelo quemadas y retorcidas, quedando a sus pies. Candy observó estupefacta como la llamarada había cobrado vida propia y dirigida mentalmente por Mark, maniobró con destreza quemando las restantes ataduras de Albert para liberarlo. El fuego evolucionó trazando bellas espirales en torno a Albert que no se movió en lo más mínimo, para evitar que los ígneos lazos revolviéndose como serpientes, pudieran alcanzarle, aunque si Mark lo hubiese querido, ya lo habrían hecho. Cuando Albert quedó libre completamente se irguió y su primer impulso fue abalanzarse sobre Mark pero se lo pensó dos veces, reprochándose la tontería que había estado a punto en su desesperación por cometer. Quizás hubiese funcionado con un hombre normal, porque Albert solía aventajar en fuerza y tamaño a cuantos oponentes habían osado enfrentársele, saliendo muy mal parados, pero Mark no era un hombre normal. Tenía unos reflejos imposibles, junto con una fuerza inconcebible sin mencionar claro está sus habilidades en el dominio del fuego que surgía de su piel sin quemársela en ningún momento. Y para colmo estaba respaldado por otro peligroso adversario y ese robot con aspecto de ser muy corpulento y temible. Como tampoco tenía sentido mantener prisionero por más tiempo a quien menos tenía que ver con toda aquella historia, Haltoran ordenó a Mermadon que desatara a George. El atildado y discreto empleado, pasó casi más miedo que las que tenía por torpes manos del robot desgarraran su traje oscuro en vez de las amarraduras que fajaban su cuerpo. George respiró tranquilo cuando la última de las sogas se precipitó sobre la hierba completamente macerada y desgarrada y comprobó aliviado que su indumentaria oscura estaba a salvo, completamente indemne. Se atusó el pequeño y pulcro bigote que crecía bajo su recta nariz y comprobó que la pajarita negra que sobresalía de entre los pliegues de su camisa de seda blanca continuara en su sitio. Cuando el coloso se alejó unos pasos, George comprendió inmediatamente que nada tenían que hacer allí, ni él ni su jefe que continuaba contemplando incrédulo los grandes y enjoyados ojos de Candy negándose a aceptar la firme e inaplazable decisión que la ingrata muchacha había tomado.

-No me marcharé contigo Albert. Me quedo con Mark. Lamento que esto haya tenido que suceder así, nunca quise hacerte daño mi querido Albert, pero he encontrado algo muy valioso que creía perdido para siempre –declaró poéticamente mientras posaba una mirada de amor en Mark, que creyó que no podría albergar tanta felicidad en su corazón.

-De modo que te has enamorado de ese buscador de fortuna, de ese vagabundo engreído –dijo Albert bajando la cabeza y lanzando un hondo suspiro de tristeza- porque pese a esos poderes, facultades, trucos de magia o lo que sean, sigue siendo un busca vidas. No te dejes engatusar por su apariencia y sus palabras amables Candy. Entiendo que te secuestrara y también que tal vez coaccionada por ellos o confundida por sus maneras hayas creído quererle pero nada más lejos de la realidad. Ven conmigo Candy y vuelve a la seguridad de tu familia y de cuantos te quieren –dijo Albert alargando los brazos hacia ella. Haltoran estaba a punto de intervenir, pero Candy le contuvo con un rápido gesto de su brazo cortándole el paso.

Mark dio un respingo. Si Candy recapacitaba y cambiaba de parecer tendrían que dejarla ir. Si había una cosa que pudiera oponérsele, era sin duda la voluntad de Candy, que jamás contradeciría.

Mark supuso que su efímera dicha terminaba allí, tan pronto como Candy sopesara los pros y los contras de una existencia tal vez nómada y fugitiva junto a los dos desconocidos que eran él y su amigo Haltoran, acompañados por un robot de modales impecables y nada proclive a la violencia y menos a la gratuita. Pero como cuando en Escocia, el amor de Mark y de Candy fuera sometido a dura prueba cuando Terry Grandschester la pidió en matrimonio, ofreciéndose a cuidar de Marianne otorgándole sus apellidos, y así lograr recuperar el tiempo que podrían haber estado juntos, de no ser por la intromisión de Mark, en aquellos instantes, el indisoluble vínculo que les ataba el uno al otro, a modo de nudo gordiano, y que ni la más afilada espada podría cortar ya, también salió airoso e incólume de la prueba Para sorpresa y desazón de Albert que aun confiaba en recuperar a Candy al menos como hija, la chica avanzó hacia Mark abrazándole con tal fuerza, que el joven notó como las costillas de Candy se clavaban en su piel produciéndole un leve pero dulce dolor.

-No, Albert, le quiero y estoy dispuesta a quedarme con él. Ya te lo dije. Renuncio al apellido familiar y a todos los privilegios que ello conllevaba para mí. Nunca olvidaré lo que hiciste por mí, rescatándome de aquel viaje a otro país, pero no puedo perdonarte el que hayas intentado matar al hombre del que estoy tan enamorada.

La confesión de Candy cayó como un jarro de agua fría sobre el millonario. Intentando dominar su ira, porque por otra parte de nada serviría enfadarse con quienes tenían completamente dominada y controlada la situación jugó la baza del dinero. Creyendo tener un as en la manga intentó sobornar a Mark para que se alejara de Candy, sin saber que ya lo había hecho otra vez sin éxito, en una realidad paralela y completamente ajena a la suya. Y como la otra vez, Mark contempló indiferente el fajo de billetes que esgrimió ante sus ojos negros e inexpresivos, agitándolos entre sus dedos de forma tentadora y atrayente. Pero Mark rechazó el fajo de billetes con un ademán enérgico de su mano izquierda, pese a las promesas del patriarca de los Andrew de que había más dinero asegurado si aceptaba apartarse de Candy, dejándole a él el camino libre.

-No Albert, guarda tu dinero. Si crees que podrás comprarme a mí o a Candy con esas artimañas, nos tienes en muy baja estima. De mí no me sorprende, pero a Candy…la estás defraudando gravemente.

-Efectivamente Albert, tu modo de actuar me ofende. No te conozco Albert, ¿ qué te ha ocurrido ? –preguntó Candy entristecida, porque por otra parte su intransigente y dudosa actitud a ojos de Albert había propiciado aquella tensa situación.

Finalmente, como viera que ninguno de sus intentos funcionara, terminó por estallar perdiendo los estribos y gritando a Candy cuando nunca antes lo había hecho:

-Maldita desagradecida. –estalló Albert encolerizado, dirigiéndose a Candy, que mantenía la vista baja en el suelo y retorciéndose las manos porque se sentía culpable en el fondo -Soy tu padre y te conmino a que me obedezcas. Tienes que venir conmigo.

Haltoran intentó propinarle un coscorrón para obligarle a mantener un tono más educado con la muchacha, pero Candy lo evitó alzando una mano a la altura de su rostro, y le dijo mirándole fijamente con sus grandes ojos verdes:

-No Haltoran por favor.

El joven pelirrojo bajó el puño contraído y asintió brevemente, apartándose unos pasos de Albert.

Pero aun así, Candy se mantuvo en sus trece y no se echó atrás. Por peligrosa y equivocada que fuera la tortuosa senda que había emprendido, la recorrería hasta el final, hasta sus últimas consecuencias en compañía de Mark.

No iba a admitir en modo alguno que Albert la apartara de sus sueños, alejándola de los mismos por irracionales, irreflexivos y tal vez irrealizables que parecieran o fuesen.

Finalmente, Candy optó por no seguir hablando con él. Albert fuera de sí, lanzaba todo tipo de improperios mientras Haltoran se disponía a impedir que continuara enfangando el buen nombre de Candy y la reputación de su amigo pero la propia Candy le contuvo.

-Es inútil Albert –repuso Candy con infinita paciencia y observando directamente la alucinada e incrédula mirada de Albert –le quiero y no voy a renunciar a él. No esta vez, no. Si Mark lo autoriza, podréis marcharos.

Por parte de Mark y de Haltoran no hubo mayor inconveniente, si acaso para Mark que lamentaba no haberle ajustado las cuentas cuando tuvo ocasión, pero había tenido que claudicar nuevamente ante las súplicas de su esposa.

Tal y como el pulcro e impoluto George había previsto acertadamente, nada más quedaba por rascar o hacer –legalmente- que no se hubiera hecho ya para conseguir que Candy abandonara a aquellos vagabundos y retornara junto a él a la relativa seguridad de los muros de Lakewood.

Mientras bajaban loma abajo ya definitivamente libres y seguido por su ayudante George a corta distancia, que no entendía como les habían soltado así como así, Albert no cesaba de jurar venganza al tiempo que sus palabras le sonaban a chiste y sin sentido. Nada ni nadie podría oponerse a un hombre así a menos que tuvieras un poder similar para contrarrestar los nocivos y duros efectos de la sustancia, que corría libremente junto a su sangre por las venas.

-Vámonos señor, vámonos y no les provoque más, por el amor de Dios. Si nos atacan no quedará nada de ninguno de los dos. Ya se nos ocurrirá otra idea para liberar a la señorita Andrew de esos locos, pero por el momento no podemos hacer nada más. Tenemos que asimilarlo. Nos tienen a su merced.

-Todavía no George –dijo Albert recobrándose de improviso de su abatimiento. Se plantó ante Candy esgrimiendo un papel sellado, que recogía un texto cuyo encabezamiento rezaba algo así como Título de Propiedad. Albert se lo tendió a Candy y le animó a leerlo. Mark quiso impedirlo, pero Candy le contuvo con una mirada de seriedad. La muchacha leyó el papel rápidamente pasando sus bellos ojos verdes como esmeraldas, a gran velocidad sobre cada una de las líneas. Cuando terminó de hacerlo, dejó caer el papel de sus dedos laxos y exánimes. Su piel tenía el color de la cera de lo pálida que se había puesto. Mark la sostuvo para evitar que se desplomara sobre la hierba. Sin aguardar a su respuesta, Albert saboreó un triunfo que ya sentía prácticamente al alcance de sus manos. Candy logró rehacerse a duras penas y cuando sus mejillas recobraron su color habitual se dispuso a suplicar a Albert que no lo hiciera.

Haltoran recogió incrédulo el papel y estuvo a punto de perder la poca paciencia que le quedaba aunque hasta ese instante había conseguido refrenar su cólera con bastante éxito y esfuerzo. Lo examinó y dijo en voz baja teñida por una inflexión de rabia:

-Este documento acredita que Albert es el dueño del solar donde se asienta el Hogar de Pony.

-Y mucho antes de que el hospicio fuera levantado, para ser exactos, esos terrenos llevan perteneciendo a los Andrew por generaciones, lo cual significa Candy –dijo Albert con ironía- que o retornas conmigo o haré que el Hogar de Pony sea demolido, o cuanto menos, que sus habitantes tengan que desalojarlo porque estarían allanando una propiedad privada si decido reclamar el solar y se niegan a marcharse.

Candy notó como el miedo atenazaba con su mano helada su corazón, hasta casi dejarla sin sentido. Se disponía a claudicar, por el bien de los niños y sus dos bondadosas madres cuando Mark, sugirió una idea que iba tomando cuerpo en su mente. Miró a Mermadon y le hizo una pregunta tan concreta como tremendamente extraña:

-¿ En cuanto tiempo podrías alcanzar los Estados Unidos Mermadon ?

El robot consultó sus datos para ofrecer la respuesta más adecuada a tan insólita pregunta y declaró:

-Calculo que en dos horas llegaría allí señor Anderson –dijo con su voz almibarada como si fuera lo más natural del mundo, que también irritaba sobremanera a Albert.

-¿ Sabrías ubicar en tus mapas de ruta la situación de este lugar ? –declaró Haltoran mostrándole una ajada fotografía en blanco y negro del hospicio y que Annie le había entregado. Iba a retornársela a su esposa, pero al final ella, había terminado por desconocer hasta su existencia, y se había quedado inadvertidamente con ella. De todos modos no era necesario, porque el robot cartografiaba automáticamente cada lugar en el que había estado, catalogando las coordenadas para luego localizarlas mediante un sistema de radar que llevaba incorporado.

-Sí, con un pequeño margen de error de dos centímetros.

-Pues dirígete a ese destino y protégelo como si se tratara de tu vida. Si una sola máquina de demolición roza el edificio, la destruyes de inmediato, ¿ comprendido ? Nos reuniremos contigo lo antes que podamos. Y sobre todo, evita lesionar a seres humanos en la medida de lo posible.

Haltoran comprendiendo de inmediato las intenciones de su amigo, se encogió de hombros y dijo resignado a permitir que el robot cumpliera las órdenes que Mark le había impartido:

-No hace falta que se lo ordenes Mark. El nivel de programación que le he establecido le impiden dañar siquiera a una mosca, a no ser que no le quedase otra alternativa.

Mermadon asintió y se abrió paso entre Albert y su secretario, que se hicieron a un lado impresionados por la envergadura de la portentosa máquina pensante. Candy cogió a Clean entre sus brazos y contempló sin poder articular palabra como el robot se posicionaba en un lugar donde no pusiera en peligro a nadie para efectuar el despegue.

Entonces la muchacha protestó vivamente ante Mark porque había reparado que el hombre metálico asustaría a los niños y pondría en un grave aprieto a la hermana María y a la señorita Pony cuando le vieran aterrizar a pocos metros de la fachada principal del hospicio.

-No tengas miedo cariño –le tranquilizó Mark besándola en los cabellos- Mermadon no causará daño en la medida de sus posibilidades, y además, puede hacerse invisible a voluntad. Nadie sabrá nada a menos que él decidiera revelar su posición. No te preocupes. Sentimos tener que hacer esto, pero no podemos dejar nada al azar.

La hermosa muchacha pareció tranquilizarse por la explicación de Mark a la que no le quedó otra opción que tomar por convincente, pero no pudo evitar reprimir descargar su resentimiento contra quien hasta entonces había considerado una gran persona y su admirado y querido protector.

Candy dirigió una furibunda y helada mirada a Albert, cargada de resentimiento y reproche. El joven millonario desvió la cabeza porque si había algo que pudiese infringirle daño o que hiciera que acusase los efectos de la más enraizada tristeza era el fragante desprecio de Candy.

Haltoran decidió ahorrarse la molestia de replicar nada o protestar porque su creación fuera utilizada según el libre albedrío de Mark. En ese instante, un cohete retráctil se desplegó en la espalda del coloso metálico. No había alas porque los propios brazos extendidos de Albert, hacían las veces de las mismas, y en menos tiempo del que el joven pelirrojo hubiese querido emplear para intentar por segunda vez disuadir al robot sacándole de su error al obedecer a Mark, las toberas del cohete empezaron a humear soltando grandes llamaradas y chorros de fuego que elevaron al robot rápidamente. Mermadon estaba dispuesto a cumplir con sus órdenes lo antes posible. Candy tosió por el humo que los propulsores gemelos de Mermadon desprendían y debido a la impresión se apretujo contra Mark que la envolvió entre sus brazos. Haltoran hubiera podido anular la orden de su amigo muy fácilmente, porque Mermadon estaba diseñado primordialmente, para seguir las instrucciones de su creador por encima de todo, pero optó por no hacerlo. No se fiaba del taimado millonario y aunque fuera mentira que era el propietario de las tierras sobre las que se asentaba el Hogar de Pony, prefirió no correr el riesgo. Mermadon llegaría antes y mucho más rápido que Mark, que por otra parte no podía cubrir distancias superiores a los mil kilómetros. De hecho cuando rescató a Stear trayéndole de vuelta desde el frente occidental, aun cuando el muchacho era renuente a regresar por haber tenido que dejar a sus camaradas combatiendo contra los mejores ases alemanes, Mark tuvo que hacer varias pausas durante la travesía sobre el Atlántico para liberar su tóxica sangre a fin de depurar su organismo y evitar colapsar su sistema circulatorio, como ya había sucedido durante alguna aciaga ocasión. Y posteriormente remontar el vuelo con Stear a cuestas, que por otro lado representaba un peso extra que incrementaba la sobreexplotación del temido y caprichoso iridium. A diferencia de Mark, el robot solo utilizaba el iridium como combustible de su fuente de energía para moverse y mantener en funcionamiento sus sistemas vitales. Para desplazarse a largas distancias, Haltoran le había dotado de un cohete retráctil de doble tobera alimentado por un sistema de combustible líquido que el robot sintetizaba mediante complejas reacciones químicas y que le permitían ser autosuficiente por largos periodos de tiempo. Mermadon era capaz de quintuplicar la velocidad del sonido siempre que no tuviera que llevar pesos o cargas adicionales entre sus manos, o alojadas en el compartimiento de almacenaje ubicado en su espalda, un poco por debajo del emplazamiento del jet pac dual que le permitía ponerse en vuelo. Y como el sistema apenas producía ruido ya que iba embutido dentro de una gruesa capa de aislante que además le servía de protección adicional, Mermadon solo emitió un leve siseo cuando su voluminoso cuerpo se desplegó de la tierra sin dificultad. Poco antes de perderse de vista entre las nubes plomizas que se recortaban a contra luz, ante los perplejos ojos de Albert y los demás presentes ajenos a los secretos de la portentosa invención de Haltoran, el robot movió levemente la mano en señal de despedida algo triste por tener que separarse de un modo tan forzado de sus amigos. George se restregó los ojos y mesó sus cabellos negros cuidadosamente peinados con raya a un lado, mientras Albert se reprochaba lo inepto que había sido por revelar sus planes por anticipado a aquellos dos hombres en un fútil intento por forzar un cambio de la situación a su favor.

Los dos hombres optaron por marcharse desandando el camino que habían emprendido junto a los mercenarios a los que la actuación cuidadosamente orquestada por Haltoran y de la que mantuvo al margen a su amigo por miedo a que su impulsivo carácter desbaratara todo, pusiera en fuga. Albert lleno de rencor no era capaz de sacarse de la cabeza el que hubiera sido derrotado por aquellos hombres y George trataba de tranquilizarlo, mas no le fue posible. Pero lo que más acrecentaba su sorda y creciente ira, más que la derrota que le habían infringido era el rechazo de la distante e ingrata muchacha a la que había acogido como si de una hija se tratara, adoptándola legalmente. El millonario caminó en silencio seguido por su cariacontecido secretario, en dirección hacia el cercano pueblo desde donde tomarían un coche de punto hasta Southampton. Puede que después de reponer fuerzas y con la mente y el ánimo más serenos, tanto a su jefe como a él, se les ocurriera algo para entonces.

Con tantas emociones vividas durante aquella crucial noche, se les pasó el resto de la misma volando, aunque optaron por irse a dormir para reponer todos ellos, también fuerzas. Owen se despertó al día siguiente con el canto del gallo desperezándose y congratulándose por lo bien que había dormido, sin haberse enterado ni un ápice de la tremenda y surrealista situación protagonizada en el exterior de su vivienda por un robot volador, dos jóvenes procedentes de otro tiempo venidero, un despechado y mortificado joven millonario junto a su efciente y atildado ayudante y una hermosa muchacha fuente sin pretenderlo ni tener la más mínima responsabilidad por ello, y origen de aquella embarazosa coyuntura.

Naturalmente, tanto Haltoran como Mark, de mutuo acuerdo con Candy decidieron guardar el secreto de aquella increíble y tan especial velada y no revelar a Owen ningún detalle del suceso, aunque Haltoran no opinaba del mismo modo y manera.

31

Las intenciones de Candy no podían ser más reveladoras y concluyentes. Daba por seguro que el siguiente movimiento de Albert sería desposeerla inmediatamente de todos sus privilegios adquiridos gracias a la protección del otrora bondadoso y afable joven al que había conocido en una verde y ubérrima colina, ataviado con el traje típico escocés. Albert se encontró con Candy poco después de la decepción que había supuesto para ella el hecho de que su amiga Annie renegara hasta cierto punto de ella y del Hogar de Pony, presionada por su influyente y absorbente madre adoptiva, Sarah Brighten, la suegra de Haltoran en la realidad de la que provenían y con la que tan malas migas hacía. Como naturalmente, no podía retornar a Lakewood sin sufrir el rechazo de todo el clan familiar que sin duda se congratularía de que finalmente Albert William Andrew hubiera "entrado en razón" colocando a aquella huérfana, y para más INRI ladrona y mentirosa en el lugar que le correspondía, el único sitio que podía considerar como hogar era otro que precisamente llevaba en su nombre dicha palabra, y que no era otro que el pequeño hospicio regentado por dos bondadosas mujeres que la habían criado dándole todo el cariño que el destino se empeñaba afanosamente en negarle a Candy una y otra vez. Una vez allí, formalizaría su relación con Mark y probablemente se casara con él más adelante, aunque necesitaría algo de tiempo para meditar en tantos y tan sorpresivos acontecimientos que habían dado un imprevisto y radical giro a su vida. Solo quedaba ya preparar el retorno a los Estados Unidos y seguramente prescindirían de los servicios de la compañía naviera, que el amigo del señor Owen, que casualmente también lo era de Tomas Carson, regentaba. El barco de Mister Jaskine era totalmente inapropiado para una travesía atlántica y seguramente zozobraría en cuanto el contundente oleaje de las aguas más procelosas del Océano azotaran el frágil casco de la remendada y precaria embarcación, que no pasaría ni del Canal de la Mancha. Por otro lado, Haltoran que había realizado discretas indagaciones acerca del señor Jaskine cuando faltaba apenas un día para la partida de Candy, gestionada por el desaliñado y bronco lobo de mar, aunque de buen corazón se enteró de que la cáscara de nuez que formaba toda la flota de su pretendida compañía naviera, estaba siendo sometida a reparaciones que el siempre endeudado Jaskine no podría pagar a buen seguro. Por ello la intención de Jaskine y de sus hombres era embarcar a Candy en otro barco, pero en calidad de polizón y no de pasajero. Cuando Mark se enteró, lo mismo que Candy que estaba empeñada en realizar el viaje con Jaskine para no defraudar al buen señor Owen, el joven se negó en redondo, consiguiendo disuadir a la testaruda muchacha a la que le costó entrar en razón.

-Compréndelo Candy –le decía Mark intentando no perder los estribos porque en cuanto Candy sacaba a relucir su tozudez no había forma de persuadirla de lo contrario- no puedes viajar en las condiciones impuestas por ese hombre. Su barco no está en situación de hacerse a la mar y no voy a permitir que vayamos como si fuéramos polizones o fugitivos.

Cuando Candy escuchó de labios de su novio, como se refería a ambos en plural, el corazón le dio un vuelco. Le abrazó sorpresivamente y le besó en los labios esbozando una encantadora sonrisa. Finalmente aceptó la propuesta de Mark que consistía en contratar un pasaje en un barco decente, aunque tuvieran que esperar un tiempo adicional.

-¿ De verdad vendrás conmigo mi amor ? –le preguntó ella esperanzada, ya que creía que Mark, tal vez ofendido y despechado por la penosa irrupción de Albert con evidente ánimo de llevársela consigo, hubiera decidido romper su incipiente relación.

-Por ti, mi dulce Candy –dijo él envolviéndola a su vez con sus brazos y ciñendo el talle de la muchacha- iría hasta donde tú decidieras, sin importarme cuan lejos fuera ese recóndito e inhóspito lugar.

Mark no podía cubrir un trayecto tan largo con la mera asistencia de sus poderes de una vez, ni era su intención volver a poner en peligro su vida o las de su amada o Haltoran debido al exceso de peso que hizo que el iridium, al tener que rendir el doble alcanzara muy pronto los umbrales de su masa crítica sobrepasándolos ampliamente y envenenando su sangre, como sucedió cuando regresaron de Sarajevo tras su fallida empresa de intentar impedir el estallido de la Gran Guerra. Ni quería tampoco tener que bajar con Candy y Haltoran al Atlántico para descansar y recobrarse, sobre todo porque no era partidario de someter a la muchacha a la visión de su sangre caliente y negra, saltar de sus heridas para depurar su fatigado organismo.

Por otra parte, aunque hubieran podido viajar a lomos de Mermadon, tampoco era plan hacer que Candy tuviera que afrontar los rigores del frío reinante a gran altura ni la dureza ni un viaje tan precario como peligroso, sobre todo para Candy, por lo que el robot les aguardaría montando guardia atento al más mínimo indicio de hostilidad hacia el pequeño y entrañable edificio, al otro lado del Atlántico, al pie del Hogar de Pony sin que nadie sospechara en lo más mínimo de su perturbadora presencia.

En cuanto a los propulsores inventados por Haltoran no quería ni oír hablar de ellos. Aun recordaba el incómodo y peligroso periplo hasta para él, sobre el Atlántico cuando tanto él como Haltoran decidieron ir a Londres para rescatar a Candy del severo Internado al que Albert por despecho la había obligado a ingresar para separarla definitivamente de Mark, poniendo todo un Océano de por medio entre ambos enamorados. A Mark aun se le encogía el estómago al recordar las bruscas y repentinas sacudidas que el petardeante y aun por perfeccionar, invento del bienintencionado Haltoran imprimió a su cuerpo, dejándole una amarga y rancia sensación de malestar que todavía evocaba con disgusto.

Haltoran les observó desde el porche, arrellanado en una cómoda mecedora, en compañía de Owen que asentía complacido a la bella y memorable escena.

-Hacen una hermosa pareja –dijo Owen afable, mientras acariciaba la cabeza de su perro Mattie, después de una larga calada de su cachimba y formar una gran voluta de humo blanco que se fue desvaneciendo gradualmente en el aire del atardecer. Clean saltaba entre las piernas de Haltoran y de vez en cuando participaba en los juegos del collie, aunque su principal dedicación en aquellos momentos era arrumar los trozos de manzana que Haltoran iba mondado para comérselos y con los que gratificaba de vez en cuando al inquieto e inteligente coatí albino como premio a sus constantes e incesantes cabriolas.

Haltoran engulló otro trozo de una nueva manzana, que tomó de un cesto dispuesto en una mesa camilla cercana, que iba pelando para retirar cuidadosamente la piel roja con parsimonia, sin prisas disfrutando de aquel momento de paz, en compañía del afable anciano cuya semejanza con Santa Claus se le hizo más notoria y patente. El joven pelirrojo reclinó el cuerpo hacia atrás para imprimir un nuevo movimiento de vaivén a la mecedora y disfrutar del suave y renovado bamboleo de la misma y asintió diciendo:

-Sí, amigo Owen, y no sabes como han tenido que sufrir esos dos por su amor.

-Alguna idea tengo, Halt, alguna tengo –admitió el anciano riendo con ganas, mientras se ajustaba los pequeños lentes redondos sobre su rechoncha nariz- tu amigo me lo contó. Y siento que ese millonario haya sido un obstáculo más en el amor entre Mark y Candy.

Lo mismo que lamentaba que el pretendido encuentro entre el noble inglés y la muchacha hubiera terminado igualmente con malos resultados.

Haltoran había decidido contarle al granjero cuanto había acontecido la noche anterior. Sentía que se lo debía y por otra parte, después de cuanto habían pasado y vivido juntos no le parecía correcto mantener al granjero al margen de cuanto había acontecido. Haltoran no temía por la seguridad del viejo. A fin de cuentas, Albert se cuidaría de pasar por allí, porque Owen y su humilde granja no tenían nada de utilidad para él y en caso de que aun así le sucediera algo al anciano, el mismo tomaría cartas en el asunto. Poco antes de liberarle, el joven pelirrojo había deslizado sucintamente una nota en uno de los bolsillos de la elegante chaqueta de Albert sin que se apercibiera de ello, advirtiéndole de que se mantuviera alejado de Owen y que no le molestase. A esas alturas el mortificado magnate ya debía de estar al corriente del contenido de la misiva.

Se escuchó un hondo suspiro femenino. Candy, con el cabello suelto, sin sus características coletas adornadas por los lazos decorativos, y la cabeza gentilmente ladeada sobre el hombro derecho de Mark, escuchaba con mirada enamorada, como Mark le iba explicando los pormenores de las constelaciones, que pronto se harían visibles en el incipiente firmamento nocturno a las que iba señalando con el dedo índice de su mano izquierda, mientras ella le rodeaba con sus brazos aferrándose a él con una firmeza y una fuerza inusitada.

Entonces Haltoran se acordó de su esposa Annie y de su hijo Alan. Notó como una punzada de envidia le azotaba el pecho, y anheló poder regresar cuanto antes al lado de su familia, aunque su amistad hacia Mark le había impelido a no dejarle solo a su suerte, como en tantas otras ocasiones.

"Annie" –se dijo mientras deslizaba otro gajo de manzana entre sus labios y lo masticaba lentamente –"si supieras cuanto te echo de menos".

Haltoran arqueó las cejas. Una lágrima se deslizó por su rostro, cuando involuntariamente, la evocación de la adorable efigie de su esposa, le hizo recordar las duras palabras y recriminaciones que había hecho al otro yo de Annie, en el Real Colegio San Pablo de Londres para mantenerla alejada de él y no comprometer ni poner en peligro el éxito de la extraña y surrealista misión, que el malvado y pragmático mago les había impuesto como condición para permitir que Candy, la otra Candy retornara de su sueño inducido por sus arcanas artes.

Haltoran creyó que lo más inteligente, y –factible- por ahora era dejar que los acontecimientos siguieran su curso y ver hasta donde llegarían. Mientras el vizconde no diera señales de vida poco más se podía hacer. Al menos en apariencia los objetivos que les había impuesto se habían cumplido. Aquella Candy amaba a Mark, lo cual debería resultar ya más que suficiente para que el sortilegio se quebrara de una vez por todas, cosa que aun no había ocurrido.

"Lo peor será cuando Mark tenga que separarse de esta Candy, pero no hay duda de que una de las dos tendrá que sufrir lo indecible" –se lamentó Haltoran pasando la mano derecha por detrás de su nuca- "una de las dos tendrá que separarse de Mark, probablemente para siempre". –pensó aterrado el día que tan sombría opción se volviera siniestra y espantosamente real. Pero quizás lo peor sería convencer a Mark para que tomara tal dramática y terrible decisión y que no habría más alternativa que seguir aquel arduo y durísimo camino.

Entonces sin saber porqué, su mente divagó nuevamente hasta Annie. La dulce imagen de la tímida muchacha, de grandes ojos azules y cabellos morenos que brillaban con luz propia, como si fueran realmente hebras de dorada plata, en vez de mechones de pelo, y de ademanes tan etéreos como delicados, retornó con fuerza a su mente.

32

Mermadon atravesó el Atlántico en hora y media, propulsado por la inusitada potencia de sus motores cohete de tal forma que no tardó en alcanzar la costa adentrándose rápidamente en el interior de los Estados Unidos, buscando su objetivo gracias al radar de gran alcance que llevaba instalado en su torso y que transmitía los datos de la ruta que debía seguir directamente a su cerebro. El robot lamentaba tener que haber dejado solos a sus amigos, pero no podía desobedecer una orden directa de su creador, por lo que cuando sus sensores ópticos localizaron un enorme árbol cuyas inmensas ramas se recortaban sobre un impresionante cielo azul y que coronaba la falda de una pequeña colina, supo que había llegado. A sus pies se erguía un pequeño y encalado edificio blanco rematado con un campanario en cuyo recinto, delimitado por una cerca de madera, jugaban algunos niños observados atentamente por dos mujeres, una de ellas era una religiosa y la otra una anciana que recogía sus cabellos grises en un moño. Como el robot había estado en aquel lugar con anterioridad pese a que lo hiciera a un mundo de distancia, guardaba las coordenadas del idílico y bucólico paraje, por lo que no le resultó difícil hallar su destino. El robot utilizó su invisibilidad para no delatarse ante los pequeños y provocar el lógico miedo y estupor general entre los habitantes del hospicio. Con el sonido de las toberas impulsoras reducido y amortiguado al máximo, Mermadon se situó a una prudente distancia del Hogar de Pony iniciando un lento y pausado descenso. Procuró atenuar cuanto pudo las emisiones de iridium a fin de no afectar al gran árbol que vigilaba sempiternamente el hospicio, dado que de ocurrirle algo ni Candy ni por supuesto Haltoran se lo perdonarían nunca, ni tampoco él así mismo. La sofisticada programación del robot le habían conferido un carácter cortés y algo inocente, pese a su fuerza y fiero aspecto. Fue perdiendo altura cada vez más hasta que rozó la hierba con las plantas cuadradas de sus enormes pies. A pesar de que Haltoran le había instalado un sistema de amortiguación que evitaba que volviera a repetirse los temblores y sacudidas que producía a su paso, aunque ello hacía que se desplazara más lentamente, el robot se posó sobre un terreno arcilloso en el que quedaron impresas las huellas de sus pies. Y además, la hermana María que era una persona notablemente observadora a la que pocas veces le escapaba algún detalle fuera de lo común, notó algo raro en el suelo, en un lugar distante a unos cien metros de la cerca de madera. La monja confió a una vivaracha y pizpireta niña que estaba empeñada en hacerse con su toca al cuidado de la señora Pony y se disculpó con unas breves palabras:

-Señorita Pony, ¿ puede hacerse un momento cargo de Sophie ? tengo que comprobar una cosa.

La bondadosa anciana sonrió y tomó a Sophie entre sus brazos sin hacer preguntas. La niña rompió a llorar porque prefería que la cuidase la hermana María a la de la señora Pony. La monja se acercó lentamente hasta el emplazamiento exacto donde había creído distinguir como la tierra se hundía ligeramente bajo el peso de algo. Caminó lentamente intentando no despertar la susceptibilidad de la señora Pony o atraer la atención de algunos de los pequeños pupilos del hogar de Pony.

"Quizás sean figuraciones mías" –pensó la monja- "pero juraría haber visto como la tierra se hundía ligeramente, como si alguien muy pesado o sus pies la hubiera aplanado repentinamente".

Cuando estuvo exactamente donde había divisado el curioso fenómeno, examinó cuidadosamente el suelo arrodillándose previamente en el suelo de arcilla. Aparte de unos considerables hoyos con forma vagamente rectangular, allí no había nada ni nadie. Alargó la mano para intentar recoger un poco de la arcilla removida por el descenso del robot. Mermadon se apartaba lentamente para impedir que los dedos de la hermana María terminaran por rozar sus piernas metálicas y que notara el frío tacto del metal al contacto con sus dedos. No es que a la perspicaz y animosa religiosa le fuera a suceder nada si llegaba a palpar las extremidades del robot, pero la analítica mente de este, le estaba indicando que no sería buena idea que la hermana María descubriera algo anómalo y fuera de lo normal rozando metal en vez de palpara únicamente aire. Finalmente, la monja recogió entre sus dedos algunos terrones de tierra y los analizó con detenimiento. Nada insólito o excepcional salvo los dos huecos en la tierra de respetable tamaño. Se sacudió los restos de arcilla de las palmas y yemas de los dedos, frotándose enérgicamente ambos manos y se irguió mientras la voz de la señora Pony la reclamaba insistentemente porque Sophie lloraba preguntando por ella una y otra vez. La monja alzó las cejas y trató de quitar importancia a aquel incidente, que aunque trataba de tildarlo como algo sin importancia, no terminaba de convencerla. La arcilla desperdigada en derredor, aquellas pisadas, si se podían considerar como tales, impresas en el barro arcilloso. No le cuadraba pero como no sabía a que atribuirlo optó por olvidarlo, y no contarle nada a la señora Pony para no preocuparla y menos a los niños. Mientras Mermadon, lanzó lo más parecido a un suspiro de alivio y con los brazos cruzados sobre su torso metálico, y resguardado en su manto de invisibilidad empezó a velar el hogar de Pony en previsión de que Albert decidiera ejecutar su amenaza. Pese a su inteligencia y capacidad de análisis, Mermadon había cometido un error de cálculo: aterrizar sobre un claro de terreno arcilloso y blando, en el que no crecían las altas y espesas hierbas que menudeaban por doquier en los verdeantes prados que rodeaban el hogar de Pony, lo que sumado a la perspicacia de la observadora y clarividente hermana María había atraído su atención. Afortunadamente no parecía haber querido profundizar en sus indagaciones, porque por otra parte, encontrar dos marcas rectangulares que semejaban pisadas, no resultaban determinantes de nada ni permitía llegar a una conclusión veraz y definitiva. Una breve hojeada le permitió establecer que los pies de Mermadon tenían un tamaño cuatro veces superior al de su equivalente humano adulto. Obviamente, la hermana María de aquella realidad alternativa no podía ni imaginar tan siquiera que un ser humanoide de dos metros de altura y protegido por una especie de camuflaje mimético, la estaba observando con curiosidad, y cierto resquemor ante la posibilidad de ser descubierto de forma tan simple, a una distancia escasa de medio metro y que por muy poco margen estuvo a punto de rozar las piernas del robot con la mano. Afortunadamente, la monja se cansó de investigar, aunque tampoco podría haber dado con algún indicio o síntoma de algo excepcional, y atribuyó aquellos agujeros en la tierra a algún divertimento infantil sin importancia ni mayores consecuencias. El barro habría resbalado por las laderas de las oquedades excavadas en la tierra dando la impresión de que el suelo cedía bajo el peso de algo muy voluminoso. Los agujeros estaban ya hechos con anterioridad. Finalmente volvió sobre sus pasos dejando solo al robot.

33

Aunque Terry estaba retornando hacia los Estados Unidos para reunirse con su madre, la famosa e internacional diva del teatro Eleonor Baker, tanto Archie que mantenía una enconada rivalidad hacia el joven inglés, su hermano Stear y Annie continuaban la azarosa búsqueda de Candy al margen de la que sostenía la Policía Metropolitana dependiente de Scotland Yard, que estaba a punto de dar por válida la nota que Candy dejara caer involuntariamente durante la confusa y caótica turbamulta que se organizó aquella noche de doloroso recuerdo para la hermana Grey en el campus de su querida y mimada Institución. Las cartas que Candy escribiera habían llegado a su destino tranquilizando sobremanera a sus amigos, y aunque la muchacha no revelaba exactamente su paradero, la noticia de que algunos agentes rurales habían detenido a un malhechor que había estado a punto de secuestrar a una muchacha cuya descripción física parecía coincidir con la de Candy avivó las esperanzas de que Candy pudiera encontrarse por las cercanías. Sin embargo, el delincuente había sido puesto fuera de combate no por los agentes de la ley si no por alguien que se había ocupado a conciencia de atarlo con gruesas cuerdas y ponerlo a buen recaudo avisando mediante una llamada anónima a la Policía. Fue entonces, cuando en comisaría Jackson decidió hablar presionado hábilmente por un joven comisario que no estaba dispuesto a permitir que el hombre con apariencia de dandy y modales de refinado caballero, que iba perdiendo a medida que el interrogatorio al que le sometía el taimado y hábil policía iba dando sus frutos, se saliera con la suya. Jackson ignoraba el nombre de la muchacha. El joven comisario, un hombre de unos veinticinco años que casualmente era amigo personal de Stear tenía obligación de informar de su descubrimiento, pero Stear le rogó que no pusiera sobre aviso a sus superiores.

-Me pides algo imposible Stear –dijo James Forester, mientras servía una taza de te muy azucarada que tintineaba sobre su correspondiente plato de porcelana, a su amigo, que había ido corriendo a visitarle a su domicilio, tan pronto como el comisario le informara del prometedor progreso en las pesquisas para esclarecer la extraña desaparición de Candy, a pesar de sus en apariencia reveladoras misivas. Según Forrester podrían ser falsas o haber sido obligada a escribirlas bajo amenazas o coacción de algún tipo. Candy podía estar secuestrada o retenida contra su voluntad, lo más seguro.

-Lo se y te lo agradezco profundamente querido amigo –declaró Stear con sinceridad- pero por lo que me estás contando de la confesión de ese tal Jackson, me inclino a creer que el hombre que en base a su testimonio, noqueó a ese rufián, y que según tus sospechas, volvió a raptar a Candy, no hizo tal.

-Tienes razón –afirmó Forrester mesándose la pequeña perilla que remataba la sotabarba que oscurecía su mentón prominente- ese sujeto afirmó que antes de perder el conocimiento, le pareció ver como la muchacha congeniaba con ese pelirrojo y casi hasta estaba feliz de verle, pero de ese tipejo no me fío en lo más mínimo. Me extraña que viera tantos detalles si nuestro desconocido sospechoso número uno, le puso fuera de combate con tan suma facilidad que ni le vio venir, o no logró pararle a tiempo al menos.

-Solo te pido dos días amigo mío –le suplicó Stear de repente volviendo sobre el tema principal de su conversación, que por lo que se refería al, policía no llegaría a ninguna parte- estoy convencido de que Candy no corre peligro. Quizás nosotros consigamos hacerla entrar en razón porque sospecho, es más intuyo que está con esos hombres por su propia voluntad.

-Imposible Stear, no podemos permitir que arriesgues tu vida, o la de tu hermano haciéndoos los héroes. No sabemos que clase de trampa puede encerrar esa en apariencia inofensiva granja. Además en este momento, varias patrullas de Policía se dirigen hacia allí, donde al parecer ha sido localizada una muchacha cuya descripción física concuerda plenamente con la que nos detallara Jackson: Cabellos rubios recogidos en coletas con lazos decorativos, grandes ojos verdes, nariz respingona con dos pequeñas pecas sobre el tabique nasal y una belleza excepcional. Con razón ese cerdo de Jackson no quisiera soltar a esa chica a ningún precio. Le habrían pagado un buen pellizco si llega a caer en manos de esos rufianes –dijo observando reflexivo y atentamente una foto de Candy que Stear le había tendido a petición de su amigo –aunque no podemos afirmar con conocimiento de causa, que esté totalmente fuera de peligro.

-En la granja se han detectado dos hombres sospechosos en compañía de un anciano granjero al parecer el propietario de la finca y que aun no sabemos si está compinchado con ellos –añadió Forrester ante el estupefacto Stear, que tuvo que claudicar con una mueca de disgusto en sus peticiones de que les permitieran ir a ellos primero en vez de a la Policía que estaba acercándose paulatinamente a la granja. La detección de Candy en aquel apartado lugar había sido posible gracias a un vecino del pueblo de profesión albañil y cuya economía no estaba precisamente atravesando por un buen momento, que enterado de se ofrecía una recompensa de cien libras a quien pudiera aportar algún dato o pista que permitiera determinar el paradero de la joven y hermosa muchacha, hija de uno de los hombres más acaudalados y ricos de Norteamérica, además de influyente, que había puesto sobre aviso a la Policía. Por otra parte, Candy con sus cabellos rubios y las atrayentes y arrebatadoras pupilas verdes, semejantes a esmeraldas, era una muchacha tan hermosa y de apariencia tan atractiva y notable, como llamativa, que allá por donde pasara se convertía en el centro de atención, levantando pasiones, y focalizando todas las miradas, aun sin pretenderlo de forma inmediata, y aquella particularidad desafortunadamente, no había pasado desapercibida a los codiciosos ojos del albañil que esperaba redondear su mísero jornal con el dinero de la recompensa ofrecido por la Policía.

34

Finalmente, Haltoran optó por confesar a Owen y a sus amigos que la Policía estaba tras la pista de Candy. Un sexto sentido advertía al perspicaz joven que muy pronto, si no se movían rápidamente y preparaban su marcha no tardarían en ver como los alrededores de la granja del señor Owen hormigueaban de policías y agentes de la ley. Así que reunió a todos en el porche de la granja y tomando aire, expuso rápidamente la complicada y enrevesada tesitura en la que se habían visto envueltos. Cuando terminó de hablar, contando el involuntario descubrimiento que había realizado del pasquín situado en aquella especie de tablón de anuncios, Candy sintió que la indignación ascendía por sus candorosas mejillas y saltando hacia delante se abalanzó sobre Haltoran azotada por una súbita indignación que tomó a todos por sorpresa:

-Haltoran eres un canalla, -le espetó Candy intentando abofetearle, pero el joven era más rápido de lo que parecía y las manos de la chica solo hendían aire a su paso -¿ por qué no me dijiste nada ? la Policía nos busca y tú te guardas esa información –exclamó Candy agitándose tanto que Mark tuvo que abandonar su silla para sujetarla con delicadeza:

-Cálmate amor mío –le dijo Mark abrazándola desde su espalda y pasando sus brazos en torno al torso de Candy- Haltoran lo hizo sin mala intención, para no reportarte más preocupaciones, pero si ahora ha tenido que contárnoslo, era porque ya no quedaba más remedio.

Al escuchar la voz de Mark y sentir el cálido tacto de su piel, Candy se calmó casi de inmediato. Asintió y mesándose la coleta izquierda para comprobar que el lazo de lunares que la adornaba siguiera en su sitio, dijo con voz exánime y un tanto avergonzada por su explosión de involuntaria cólera:

-Lo siento Mark, pero ahora, ahora nos viene con esas. Si lo hubiera dicho un poco antes…-dijo Candy dejando inconclusa la frase.

-Ya no tiene vuelta de hoja –dijo Haltoran que acariciaba su mentón mientras observaba su arma de asalto apoyada en una de las paredes, como valorando la posibilidad de hacer frente a la Policía. Candy que intuía que detrás de esa mirada se escondían aviesos propósitos volvió a ponerse de uñas gritando:

-No, no te lo permitiré Haltoran. No nos enfrentaremos a la Policía. Solo faltaba que alguien saliera herido o peor aun, perdiera la vida.

Owen que había permanecido en silencio con ambas manos, jalando de su larga barba blanca, que le confería el aspecto de Papá Noel, intervino finalmente tras reflexionar largamente en torno a aquel extraño e inverosímil asunto. En su larga vida había lidiado y tratado con todo tipo de cosas, a cual más inexplicable, pero el encuentro con aquellos dos jóvenes y la hermosa muchacha que le recordaba a una de sus nietas, era lo más inconcebible y fantástico que ni en sus más locos e imposibles sueños habría logrado ni imaginar tan siquiera.

-Candy tiene razón –dijo Owen procurando que los ánimos no se encresparan demasiado e imponiendo algo de la tan necesitada y preciada cordura que todos ellos estaban a punto de perder por momentos incluyéndole a él mismo si se descuidaba- estoy seguro que entre los dos, podríais parar a un ejército, pero ahora vuestro…-se tomó un tiempo antes de continuar porque no sabía como encasillar o definir a Mermadon - hombre mecánico no está aquí y aunque derrotarais a la primera oleada de policías, tened por seguro que vendrían más. Candy, eres la hija de un hombre muy influyente, no la nieta de un anciano granjero gruñón –dijo en referencia así mismo- y este asunto, ha hecho mucho ruido, por lo menos entre los de arriba hasta donde mi humilde intelecto alcanza a entender. En Northill estamos aislados del mundo, pero no tanto como pudiera parecer –apostilló Owen con una gran sonrisa

-Los periódicos –dijo sacando un ejemplar atrasado del Times de debajo de la mesa camilla y cuyas hojas estaban amarillentas y pegadas entre sí- hablaron de un extraño incidente en el Real Colegio San Pablo de Londres aunque sin precisar los detalles.

Candy cogió el diario con manos temblorosas y Mark y Haltoran se asomaron por encima de su cabeza para leer una breve y escueta nota que informaba de una desafortunada intrusión en el Colegio San Pablo de Londres, pero que había sido rápidamente controlada por la Policía, al haber detenido inmediatamente a los asaltantes y recalcar que nadie había salido herido. Y a tenor de los acontecimientos, era evidente que no había sido así.

Mark tomó a Candy de la mano derecha volviendo a infundirle calma por segunda vez. La muchacha miró con desagrado el MP-5 de Haltoran que estaba completamente desplegado y listo para disparar.

-No podemos pelearnos contra todo el mundo Halt –dijo Mark para regocijo de Candy que veía aliviada como su postura ganaba enteros- Aunque derrotáramos a la Policía, enviarían más hombres a por nosotros y al final podríamos terminar, aun sin pretenderlo, matando a alguien. Esos hombres solo cumplen órdenes Halt. Combatir puede que esta vez no sea la mejor solución.

-Yo tengo una idea más apropiada –dijo Haltoran después de reconsiderarlo sabiendo que sus intenciones de resistir en la granja serían ampliamente desestimadas por Candy por descabelladas e irrealizables -lo mejor es poner tierra, o quizás mejor dicho agua de por medio.

A Haltoran tan idea le desagradaba, ya que no estaba entre sus planes ni siquiera casaba con su carácter tener que huir, pero sabía que tanto Mark como Candy tenían razón. No era el caso continuar ofreciendo resistencia ni enfrentándose a todo el mundo.

-¿ Retornar a los Estados Unidos ? –preguntó Candy repentinamente, que en cierta manera esperaba que la tensa y crucial conversación terminara por desenvolverse por esos derroteros –en ese caso, iremos a un lugar donde sé que siempre me acogerán con los brazos abiertos –comentó Candy con la mente puesta en el único sitio donde sabía que se encontraría completamente segura y a salvo del mundo exterior.

35

Aquella era la primera vez que Candy se teñía el pelo, para disimular su llamativo y destacado aspecto. Con cierto disgusto por tener que esconderse y disimular su apariencia como si hubiera cometido algún delito o fuese una criminal, se sometió a la agotadora y dura sesión de improvisada peluquería que el bueno de Owen, ayudado por Mark, aplicó con esmero sobre sus dorados cabellos tiñéndolos de negro, mientras Haltoran se dedicaba a falsificar algunos pasaportes con sus nuevas identidades. Echaba de menos la ayuda de su robot, así como su cercanía. Mermadon era un asistente muy útil que le secundaba en multitud de tareas, pero por encima de todo era su amigo. Mientras intentaba reproducir con un cuño improvisado el sello de la Dirección de Aduanas Británica, en el documento que identificaba a Candy como Catherine Edgard Nois, al que solo faltaba agregar la foto de la muchacha, echó una ojeada de refilón al de Mark que ya estaba listo, y que le identificaba como Marcus Edgard Lloids, comerciante de telas y esposo de Catherine. En cuanto a su pasaporte, la filiación que se había adjudicado era la de Maikel Parents North, socio de Marcus y amigo personal del feliz matrimonio. Esto último era de la propia cosecha de Haltoran. Una vez que Candy estuvo lista, y con los cabellos sueltos para disminuir aun más si cabía el parentesco con su auténtica imagen, la muchacha acompañada por Mark y Owen fue al encuentro de Haltoran que ya tenía preparada una pequeña cámara digital para hacerle una foto, que luego envejecería y haría pasar como un retrato realizado por las grandes y engorrosas máquinas de retratar que se utilizaban en aquella época, si bien empezaban a aparecer modelos a escala más reducida pero al alcance de unos pocos, debido a sus prohibitivos precios. Cuando la vio llegar, Haltoran asintió complacido. La imagen de Candy teñida de morena disimulaba su aspecto original notablemente. Entonces trajo la cámara y realizó una foto de la chica. Tras unos instantes, la máquina emitió algunos zumbidos y la fotografía salió impresa en una pequeña hoja de papel que el aparato escupió por su parte inferior. Haltoran sonrió satisfecho, exclamando un escueto "perfecto" y trabajó sobre la renovada e insólita imagen de Candy hasta que esta se ubicó en el pasaporte encajando a la perfección. Entregó el documento falso a la muchacha y a Mark el suyo que lo estudió detenidamente dejando escapar un silbido de admiración:

-No tenía idea que también fueras un excelente falsificador muchacho –dijo Mark palmeándole la espalda.

Haltoran arqueó las cejas y dijo medio broma medio en serio:

-No sabes lo que puedo llegar a hacer por un amigo, no lo sabes bien akarsnia.

Al escuchar la palabra falsificador Candy frunció el ceño pero no dijo nada. Toda precaución era poca y si de esa manera conseguían burlar los exhaustivos controles que la Policía habría organizado en los principales puertos del país la poco legal actividad quizás valiese la pena. En cuanto a Owen, pese a los repetidos ofrecimientos de Haltoran para realizarle otro pasaporte y las súplicas de Candy y de Mark porque los acompañara hasta que las cosas se calmaran un poco y las aguas volvieran a su cauce, el amable anciano se negó en redondo pero de forma afable a seguirles en el largo viaje allende del Océano Atlántico.

-Soy demasiado viejo para ir hasta el otro extremo del mundo, queridos amigos, además Mattie y mis demás animales me necesitan. ¿ Quién se iba a ocupar de ellos ? ¿ o de mi testarudo y cabezota caballo por ejemplo ?

Pero Mark temía que la Policía fuera demasiado dura con el granjero y peor aun, que lo acusaran de cómplice y encubridor pudiendo acarrearle un serio problema con la Justicia. De ahí la insistencia de ambos jóvenes, y del propio Haltoran porque fuera con ellos. Pese a que Candy le describió exhaustivamente con pelos y señales, lo bien que estaría en el Hogar de Pony y las buenas migas que haría con sus inquilinos, empezando por sus dos madres, la señora Pony y la hermana María, Owen dio una larga calada a su pipa y tras soltar una densa voluta de humo blanquecino que se desvaneció en el aire, dijo ajustándose el voluminoso sombrero de paja que remataba su cabeza calva:

-No me pasará nada amigos míos. En cuanto la Policía vea que este tozudo viejo no tiene ninguna cosa que ocultar, ni que en su humilde morada hay algo que pudiera ponerles sobre la pista de una aristocrática señorita, supongo que le dejarán en paz. Están demasiado atareados resolviendo este caso y otros muchos como para perder el tiempo charlando con un anciano granjero del último rincón de Inglaterra.

Candy notó como tras los lentes redondos, los ojos del anciano se humedecían, pese a su un tanto forzado y campechano optimismo. La chica, se le aproximó lentamente y tras mirarle por unos instantes le abrazó diciendo con la voz desfigurada por la pena:

-Jamás podré pagarte todo lo que has hecho por mí, querido Owen, jamás.

La escena era tan emotiva que Mark y Haltoran se retiraron discretamente a un segundo plano para no importunar a ambos en aquellos breves momentos de relativa intimidad. Por otra parte, había llegado el momento de irse. Haltoran con los cabellos rojos disimulados por una enorme gorra a cuadros, había ido a Southampton a reservarlos el día anterior en un buque que en nada se parecía a los grandes y lujosos barcos de línea como el Mauritania pero que tampoco era una desgastada y ruinosa carraca como el barco que el voluntarioso pero siempre al borde de la bancarrota Jacobus Jaskine trataba de mantener a flote, lo mismo que su ruinoso negocio, siempre acuciado por las deudas y los acreedores.

Candy necesitó de toda su fuerza de voluntad para separarse de Owen, que tampoco de haber dependido de él, la habría dejado marchar. Candy realizó un último intento por convencerle:

-Vente con nosotros Jack, -le espetó llamándole por su nombre de pila- estarás mejor conmigo, y con Mark y Haltoran.

Pero era en vano. Owen acarició las mejillas de Candy, ahora Catherine empapadas de lágrimas y dijo intentando disimular las suyas:

-No Candy, perdon, Catherine –dijo haciendo sonreír a la muchacha- mi sitio está aquí. Tú, ahora, mi querida niña, tienes que poner en orden tu vida. Ojalá seas feliz, te lo mereces de veras. Siempre agradeceré el haberos conocido, muchachos –dijo Owen abarcando con una emotiva mirada a los tres, cuando la entristecida Candy, incapaz de seguir mirando directamente sus pupilas, se echó en brazos de Mark para ocultar su llanto. Haltoran le estrechó la mano y le agradeció sus desvelos y esfuerzos por haberles acogido en su casa aun a riesgo de atraerse problemas por asuntos que no le competían. Cuando le llegó el turno a Haltoran, Candy prefirió salir al exterior en compañía de Haltoran para tomar un poco de aire y no tener que despedirse nuevamente de Owen. El joven viajero del tiempo intentó hablar, pero Owen levantó las manos y con un rotundo ademán se lo impidió diciendo:

-No hace falta que me agradezcas nada, amigo mío. Has traído algo de esperanza a este pesimista y cabezota viejo, al permitirme saber que en el futuro habrá buenas personas como tú. Eres digno de esa preciosa muchacha, Mark. Candy te ama. Cuídala y protégela siempre. Vuestras vidas son un tanto…¿ cómo diría yo ? peculiares, pero no hay duda de que sois buenas personas.

Mark iba a replicar pero la voz de Haltoran llamándole para que se apresurara porque si no llegarían con retraso hizo que se limitara a estrechar la mano del viejo con un fuerte apretón de manos, asintiendo agradecido. A veces, la mejor declaración de intenciones es un gesto o una muestra de afecto envueltas en un elocuente y clarificador silencio.

El joven soltó la mano del anciano, y se puso un sombrero de fieltro para disimular su pelo negro, que se había recortado ligeramente para variar su imagen y dificultar aun más si cabía su identificación. Candy se ajustó una boina negra con una pluma blanca, con tendencia a ladearse constantemente, sobre sus cabellos ahora completamente oscuros, y procuró que su semblante no destacase mucho a contraluz, aunque había disimulado las pecas que jalonaban su respingona nariz con colorete y ahora, estas apenas eran visibles. En cuanto a Haltoran hubiera preferido teñirse también el pelo, pero Owen no disponía de más tinte y no había tiempo para ir a buscar más y hasta podía resultar arriesgado. Confió en que no fuera el único y respetable comerciante en telas, de cabellos pelirrojos y ojos verdes de toda Gran Bretaña que emprendía viaje de regreso, tras hacer provechosos negocios, a los Estados Unidos en compañía de su socio y la encantadora esposa de este. Finalmente los tres partieron en un coche de punto que Haltoran había alquilado con antelación, y esperaba con increíble puntualidad, a la puerta de la humilde vivienda. Para asegurarse la discreción del cochero, Haltoran le entregó una generosa propina, junto con el importe del viaje por anticipado, rogándole que olvidara temporalmente que había trasladado a una bella y distinguida dama, acompañada por dos encopetados y elegantemente trajeados caballeros y que a ser posible, no indagara en los motivos que les obligaban a mantener aquel riguroso y tan necesario para ellos, incógnito.

-Descuide señor –le había dicho el cochero, un hombretón de cara rubicunda y cabellos ralos y tiesos como escarpias, debido a la suciedad que se acumulaba entre sus raíces, con una rotunda sonrisa de codicia, al percibir los verdes billetes deslizarse desde la cartera de Haltoran a la palma de su encallecida mano - yo no he visto nada. Ni mi sombra se ha enterado de que ustedes estuvieron en mi carruaje. En cuanto a sus razones, ustedes sabrán, no son asunto que me incumba –replicó ante la mirada satisfecha de Haltoran, que prefirió aligerar su billetera con tal de procurarse el silencio del hombre, suspirando con evidente alivio. El cochero se guardó el dinero en el bolsillo interior de su mugrienta levita y ajustó el sombrero de copa sobre su abombado cráneo, al que no llegaba a cubrir del todo ni por asomo. Mark, Candy y Haltoran subieron al interior del carruaje oscuro, mientras el hombre desde el pescante fustigaba a los caballos que tras un relincho furioso, se pusieron en camino hacia Southampton, trotando al galope y atronando con el característico sonido de los cascos, el camino empedrado que conducía hacia la relativamente cercana y populosa ciudad portuaria. Mientras Candy con la cabeza reclinada en el hombro de Mark, se sumía en una ajetreada duermevela, Haltoran observaba como el paisaje iba discurriendo rápidamente ante sus ojos a través de las empañadas ventanillas del carruaje, sumido en una tenue penumbra, debido a una suave pero pertinaz llovizna, que había comenzado con el amanecer de aquel día, que se anunciaba brumoso y nublado y que parecía no tener intención de cesar. Mientras Mark, que acariciaba levemente los cabellos de Candy, para que se relajara y tratar de tranquilizarla, suspiró y pensó para sus adentros:

"Esperemos sobre todo por el bien de Candy, que en el Hogar de Pony podamos tomar una decisión y reorganizar nuestras vidas".

Como si Haltoran hubiera leído sus pensamientos, el joven cruzó sus ojos verdes momentáneamente con los de su amigo, tan oscuros e impenetrables a veces y se preguntó porqué el caprichoso y escurridizo vizconde al que no habían vuelto a ver desde aquella funesta noche, en la mansión de los Legan, no hacía acto de presencia de una vez por todas, o tomaba la decisión que tuviera que tomar, para bien o para mal. Entre tanto, el continuo cabeceo del coche de punto y los molestos baches que atravesaba el carruaje, transmitiendo su desagradable oscilación al interior del mismo y por ende a sus ocupantes, eran junto con el silencio más absoluto, la nota dominante en aquel improvisado e incómodo viaje lleno de incógnitas para todos ellos, en especial para Mark y Candy.

36

-Abran, abran la puerta en nombre de la Ley.

Las contundentes palabras acompañadas por recios golpes asestados contra la puerta de la vivienda de Owen, rasgaron el silencio de la noche. El granjero, enfundado en un camisón a rayas blancas y rojas, y con un gorro de dormir a juego con el resto de su indumentaria, y terminado en una borla que suscitó la sonrisa del serio y ceñudo comisario que encabezaba la patrulla, abrió la puerta, que chirrió basculando sobre sus enmohecidos goznes. Owen sostenía una palmatoria sobre la que reposaba una temblequeante vela a medio desgastar, que emitía una llama vacilante, irradiando una titilante y pálida luz que le permitió vislumbrar a varios policías enfundados en sus uniformes oscuros, que a su vez portaban grandes capas negras que les conferían un inquietante aspecto de seres nocturnos con aviesas intenciones. Los agentes de la Ley le observaban con cara de pocos amigos, y el comisario que encabezaba la expedición tras identificarse mostrando sus credenciales a Owen, explicó al anciano el motivo de su presencia allí y el asunto que había encaminado sus pesquisas hasta aquella granja, que como apuntara acertadamente, Owen se encontraba perdida en el último confín del país. Forrester mostró a Owen una fotografía de Candy, que suscitó la sorpresa del anciano, evidentemente fingida. El comisario se abrió paso desabridamente al interior de la vivienda, seguido por sus hombres que se movieron en tropel y con estrépito, mientras Mattie no cesaba de ladrar constantemente indignado por la intrusión de aquellas personas desconocidas en mitad de la noche. Owen hizo callar a su perro chistándole levemente y el inteligente collie guardó silencio tras gemir levemente, tendiéndose en un rincón, bajo una mesa, con la cabeza entre las patas delanteras, y totalmente extendido, sobre su peludo cuerpo. El comisario Forrester que mandaba la patrulla policial extendió ante los ojos del aun medio adormilado Owen un papel mecanografiado con el membrete de la Policía Metropolitana y bajo el cual figuraba un aparatoso sello y la firma no menos llamativa, del juez de distrito, el honorable Denis Power, autorizando el registro.

-Tenemos una orden de registro, por el asunto que le he expuesto señor Owen. Lamento tener que perturbar su tranquilidad, pero no podemos demorarnos por más tiempo.

Owen asintió musitando quedamente unas amables y corteses palabras, pese a que en su fuero interno no le hacía ninguna gracia como era de esperar que turbaran su privacidad, pero dijo fingiendo una amabilidad que en realidad no experimentaba :

-De acuerdo caballeros, cuando ustedes gusten.

Luego el comisario se dirigió hacia sus hombres y haciendo un rotundo gesto, dijo:

-Señores, procedan.

En pocos instantes, varios policías se extendieron por toda la vivienda comenzando a revolverlo todo, escrutando cada rincón y buscando el menor indicio que pudiera delatar la presencia de Candy White Andrew en el interior de la granja retenida contra su voluntad. Permanecieron allí por espacio de varias horas, y aunque palparon tabiques en busca de puertas o compartimientos secretos, cambiaron el escaso y parco moblaje de Owen de lugar varias veces y pusieron hasta del revés los aun más escasos cuadros y pertenencias del granjero, finalmente tuvieron que rendirse a la evidencia al no encontrar nada que pudiera incriminar a Owen. Naturalmente, tampoco había la más ínfima evidencia de dos hombres jóvenes y a tenor de los hechos, muy peligrosos que presuntamente habían raptado a la muchacha. Forrester realizó al anciano algunas preguntas, pero por pura formalidad más que otra cosa. Sin nada que relacionase al hombre con el hecho delictivo del rapto de Candy, los policías se dieron por vencidos, que no por satisfechos y volviendo a poner todo en su sitio con milimétrica y puntual corrección se disculparon ante el granjero por las molestias sufridas durante el registro, disculpas, que naturalmente Owen aceptó de mil amores, procurando que no se notara demasiado su evidente satisfacción a ojos del sagaz y aun receloso comisario Forrester.

-No se preocupe comisario –dijo Owen intentando contener sus suspiros de alivio y la creciente alegría que amenazaba con delatarle prematuramente ante los policías si no ponía especial cuidado al disimular -encantado de colaborar con la ley.

-Nuestra pista resultó equivocada. Lamento el haber perturbado su descanso –volvió a disculparse nuevamente Forrester, de resultas muy enfadado por haber perdido miserablemente el tiempo por culpa de un falso indicio.

-Oh no se preocupe, no hay problema –dijo el anciano acariciando la cabeza de su perro y la gola blanca del cuello. Muttie parecía mofarse de los policías con la lengua colgando entre sus fauces y sus ojillos que observaban con expresión burlesca a los enojados y fatigados funcionarios policiales, que por enésima vez, tenían que lidiar con otra pista falsa que no conducía a ninguna parte.

Finalmente, tras recoger sus instrumentos y útiles de investigación los agentes abandonaron la granja, sin atreverse a importunar a su jefe, que iba echando pestes del denunciante que había delatado en falso al apacible granjero, tal vez por alguna rencilla personal que se dan en los pueblos y que permanecen latentes durante años hasta que se manifiestan indebidamente. Y el caso es que realmente, entre Owen y el albañil había una aversión mutua, no precisamente provocada o suscitada en origen por el primero. Ni que decir tiene, que el albañil que había denunciado a su vecino, fue sentenciado a varios días de cárcel por perjuro y que por supuesto no percibió ni un chelín de la prometida recompensa por haber suministrado una pista falsa y totalmente inútil a la Policía, ganándose además la enemistad de todos sus convecinos por atreverse a difamar a una persona tan bondadosa y querida en Northill como Owen, que no obstante perdonó al albañil, el cual aun así, avergonzado no se atrevió a aparecer por allí, mudándose de pueblo, definitivamente para no retornar jamás a Northill.

En el exterior de la humilde morada del granjero, Forrester tenía la acuciante y vaga sensación de que aquel anciano que tanto se asemejaba a su entender, a Santa Claus estaba ocultando algo de crucial importancia, en relación con la investigación que estaba desarrollando con numerosos altibajos. Sus superiores le estaban presionando para que obtuviera resultados concluyentes, y a su vez sus superiores estaban siendo azuzados por las altas esferas que deseaban que el intrincado y delicado caso, terminara por resolverse de una vez, y quedara cerrado. Pero el honorable juez de distrito, había demorado demasiado en expedir la tan ansiada orden de registro, de modo que Owen habría tenido un plazo de tiempo más que considerable, para deshacerse de cualquier prueba incriminatoria, e incluso facilitar la huida de la señorita White Andrew y de sus dos misteriosos y escurridizos secuestradores. El joven inspector tenía una certera corazonada pero evidentemente sin pruebas no podía procesar a Owen y menos aun, considerarlo siquiera sospechoso. Soltó un gruñido de desaprobación y alzando las solapas de su abrigo, ordenó a sus hombres que subieran a los automóviles para retornar nuevamente a Londres.

37

Sammy era una inquieta niña de aspecto vivaracho y grandes ojos turquesas, con cabellos castaños recogidos en dos pequeñas trenzas. Había llegado hacía poco tiempo al Hogar de Pony y a diferencia de otros infortunados niños no era huérfana, pero sus padres, humildes trabajadores en un almacén de piensos no podían mantenerla. Bastante hacían con alimentar a sus otros cinco hijos con el magro y mísero salario que ambos cobraban por un trabajo tan duro y repetitivo. Por esa razón, nada más nacer, Sammy fue encomendada por su madre a la hermana María, que se abstuvo de realizar ningún reproche a la atribulada y acongojada madre, que bastante tenía con el terrible drama que suponía para ella, tener que dejar a su pequeña del alma en manos extrañas pero bondadosas, que sabrían cuidar de la niña. Sin despedirse de Sammy porque si no sería completamente incapaz de separarse de ella, Rose Waters, se giró ocultando su rostro bello pero ajado por las privaciones y los sufrimientos entre las manos, mientras un reguero de lágrimas se escurría entre sus dedos. La mujer, sacudida por violentos espasmos fue atendida y consolada por la señora Pony, mientras la hermana María se hacía cargo del bebé cuyos grandes ojos turquesas la observaban confiados mientras su manita asía el dedo índice de la religiosa y la niña reía feliz ajena a los padecimientos de su madre unos metros más allá, tras la puerta de madera del humilde hospicio. De aquellos luctuosos hechos habían transcurridos ya siete largos años y ahora, la principal preocupación de la niña era capturar una rana verde de acuosos y saltones ojos verdes con manchas negras, que botaba rápidamente en un intento por escapar de la pertinaz e insistente persecución a la que Sammie, provista de un retel que agitaba sobre su cabeza, y riendo alegremente, la sometía constantemente en un taimado y eficaz acoso. El animal flexionaba sus ancas y las desdoblaba como si fuera un resorte, trazando cada vez saltos más amplios intentando aventajar a la insistente y obstinada niña que no la dejaba ni a sol ni sombra. Finalmente, el escurridizo animal percibió con sus alargadas pupilas un lago cercano a un edificio encalado, y rematado por un pequeño campanario y se encaminó hacia las calmas y aquietadas aguas sobre las que zumbaban algunas libélulas, y se mecían los nenúfares, en un intento por alejarse de Sammie. Afortunadamente para la rana, las aguas se abrieron ante ella garantizándole un refugio seguro al abrigo de la niña, pero desafortunadamente para la pequeña, constituyeron una terrible trampa en la que se adentró inconscientemente sin calibrar los riesgos. La niña penetró en el lago, comprobando asustada que cada vez el nivel de sus aguas subía más y más, hasta llegarle a la altura del cuello, pero no por ello cejó en sus intentos por hacerse con su codiciada presa, a la que veía como un preciado trofeo. Finalmente, no hizo pie y entonces reparó en la grave situación en la que se había implicado. Empezó a gritar, chapoteando muy asustada y olvidándose de la rana que la observó indiferente y se escabulló tras un par de ágiles saltos en pos de una libélula que zumbaba sobrevolando las aguas a baja altura para perderse entre los cañaverales, con la rana que ahora ejercía de perseguidora detrás. Mermadon, que estaba a escasos diez metros de allí percibió la desesperada petición de auxilio de la criatura, pero no se decidía a moverse. El agua le producía un atroz temor desde que oxidara sus circuitos al caer accidentalmente en una piscina cuando aun pertenecía al siglo XXI. Pero el robot no podía soslayar su programación que le impelía bajo cualquier circunstancia a preservar la vida humana, salvándola aun en medio de las peores dificultades. Por otra parte, sus sentimientos no le permitían permanecer ajeno a los desgarradores gritos de auxilio de la niña, que nadie más que él parecía haber escuchado. Arriesgándose a sufrir un cortocircuito, el robot avanzó con prontitud adentrándose en las aguas marrones que le llegaban hasta algo menos por debajo de la cintura. El líquido elemento, hizo reacción con sus sofisticadas entrañas y desactivó su camuflaje mimético que le permitía ser invisible. Sammie gritó de miedo ante la aparición del espectral ser, pero antes de que la pequeña intentara alejarse del humanoide metálico, Mermadon la asió rápidamente con su manaza metálica mientras con voz dulce y serena habló a la niña para tranquilizarla:

-No tengas miedo, soy un…-dudó por unos instantes e improvisó una historia- elfo al servicio de Santa Claus que ha venido a rescatarte. Confía en mí.

Sammie, pese a su corta edad, sabía de sobra que el ser metálico no era ni mucho menos quien afirmaba ser, pero fingió no haberse dado cuenta de ese detalle, pasándolo por alto, porque le gustaba estar en la compañía del robot.

Mermadon estaba obligado por sus directivas de programación a dirigirse respetuosamente de usted a todo ser humano adulto, pero nada se especificaba en las mismas de los niños y menores, por lo que su código de conducta, le dejaba a su libre albedrío que emplease la forma de tratamiento que más le conviniese o prefiriera. Era lo que en el argot científico se denominaba como una directiva libre, y que normalmente se aplicaba a pequeñas decisiones que no tenían la menor trascendencia, y en las que el robot podía escoger la opción más apropiada según su elección, lo mismo en lo referente a la que le permitía formular excusas ingeniosas, como cuentos o incluso mentiras piadosas, dirigidas a niños o personas incapacitadas.

Sammie se calmó casi de inmediato y el robot fue saliendo lentamente del lago. En esos momentos, las apuradas voces de la hermana María y la señora Pony que buscaban desesperadamente a la extraviada niña llegaron hasta sus oídos. Ambas mujeres avanzaban a pasos apresurados en su dirección. El agua había limitado la capacidad de locomoción del robot, haciendo que solo pudiera caminar lenta y torpemente. Para colmo no podía tornarse invisible. La buena noticia es que ninguno de sus circuitos vitales se había visto afectado por la acción corrosiva del agua, y por tanto el sistema de auto reparación del robot podría entrar en acción solucionando las averías y estropicios producidos por el lago. El robot lanzó lo que podría interpretarse como un suspiro de resignación y notó como sus servos de movimiento y giróscopos de sus piernas, se detenían imposibilitando que pudiera dar un paso más. Afortunadamente, pudo abandonar el caudaloso lago a tiempo antes de que el agua continuara destrozando y afectando a circuitos más sofisticados. Cuando la hermana María se topó con un humanoide de dos metros de estatura que la observaba con sus sensores de visión rojos y la pequeña en brazos, lanzó un agudo y desgarrador grito que atrajo inmediatamente la atención de la señora Pony, aunque lejos de amilanarse, la valerosa y abnegada monja se hizo con una estaca que reposaba a sus pies y alzándola con dificultad empezó a golpear el torso y las piernas de Mermadon para que soltara a la niña, pero Sammie gritó despavorida para sorpresa de la hermana María:

-Noooo, hermana, no por favor, no mates a mi amigo. Me ha salvado la vida.

La monja detuvo su ataque, extrañada y también por temor a herir a la niña sin pretenderlo. Arrojó su improvisada arma y señalando al robot con un dedo tembloroso le dijo:

-Suelta inmediatamente a esa niña, monstruo o lo que seas porque si no…

Para la sorpresa de la monja, que luego se sentiría arrepentida de haber confundido al robot con lo que no era, y haber ejercido la violencia aunque hubiera sido para defender a la niña, Mermadon dejó pacíficamente a Sammie en el suelo, que se echó a llorar porque quería continuar en brazos del robot. La hermana María aprovechó para hacerse con Sammie y entonces Mermadon habló con voz tan dulce y en un inglés tan perfecto y fluido, que la religiosa creyó que estaba siendo víctima de alguna elaborada alucinación.

-Saludos hermana, y perdone si la he asustado, pero salvé a la niña de las aguas de ese lago, en las que se adentró persiguiendo a una rana –dijo señalando con su manaza metálica hacia el lago.

La hermana María casi se desmayó de la impresión. O alguien se había procurado un disfraz muy logrado y le estaba gastando una desusada y fuera de lugar broma, o aquel autómata era lo que creía o suponía que era. Entonces llegó la señora Pony que fue testigo con sus asombrados ojos de lo mismo que su compañera.

-¿ Qué es eso ? –preguntó la anciana cuyos anteojos redondos, casi se deslizaron de su nariz debido al impacto que supuso para ella contemplar a aquella especie de armadura parlante que la saludaba con unos impecables modales de gentleman inglés.

-Soy un robot, señora, manufacturado por industrias Parents, una especie de autómata si lo prefieren.

No era la primera vez que Mermadon tenía que recurrir a semejante simil, para aclarar su origen al asombrado y perplejo observador que descubriera ocasionalmente, sus secretos.

-Me pueden considerar como un hombre artificial –dijo el robot que empezó a trastear en sus entrañas para activar la secuencia de inicio del programa de auto reparación, ante la perplejidad de ambas mujeres que no reaccionaban, sobre todo cuando a través de la portezuela que Mermadon abrió en su vientre no se vislumbró a ningún ser humano embutido en el ingenioso disfraz, si no solo cables y circuitos que chisporreteaban levemente. La hermana María se apoyó en la señora Pony que le cuchicheó al oído:

-Me parece que está diciendo la verdad –observó la anciana cuyos dientes no podían dejar de castañetear de miedo- ¿ de dónde procederá ?

-Vengo del siglo XXI para ser exactos –dijo el robot cuya programación no le permitía mentir o enmascarar la verdad- y me manda mi creador que en estos momentos se encuentra en compañía de la señorita White y el señor Anderson, y que están viniendo hacia aquí.

Al escuchar la mención de Candy, la enrevesada y frustrante realidad de aquel imposible rompecabezas se complicó todavía más. La señora Pony estaba a punto de echarse a correr para pedir ayuda a gritos, pero tampoco podía dejar sola a la hermana María, que se retorcía las manos intentando no hacer lo mismo. Estaba tan nerviosa que el velo blanco de su hábito, temblaba violentamente junto con ella. Pero por otro lado, el apabullante ser no solo no las había atacado, si no que había rescatado a Sammie de las aguas. Sacando fuerzas de flaqueza e intuyendo que, no solamente el robot no les inflingiría daño alguno, si no que además contaría toda la verdad, le interrogó con voz vacilante, temerosa de que quizás se enojara y les atacase, o creyendo que su voz almibarada y dulce, casi susurrante pudiera resultar una trampa, al pretender causar una engañosa impresión a modo de cebo. Para su sorpresa, Mermadon que había comenzado a reparar sus piernas dañadas por la acción corrosiva del agua, respondió a sus interrogantes, aclarando gustosamente todas y cada una de sus dudas, ante la entusiasmada Sammie que aplaudía cada vez que el robot hablaba convenciendo a sus dos cariñosas madres, de que estaba refiriendo la verdad por increíble que resultara. Lo que más les costó de asumir, fue la confesión por parte del robot, de la relación que guardaba con Candy, como para haberla nombrado con tanta familiaridad, y describiéndola minuciosamente para demostrar la autenticidad de sus afirmaciones.

Cuando el detallado relato del robot permitió a las algo más tranquilizadas mujeres, que además habían recobrado a la niña sin resistencia, u oposición por parte de Mermadon, hacerse una idea pormenorizada de la situación, creyeron aun así que el robot les estaba gastando una macabra y para nada risible broma de mal gusto, manipulado a distancia por alguna mente perversa que congratulaba con causar tanto daño. Pero a tenor de lo que estaban presenciando y escuchando, no les quedó más remedio ni alternativa, que aceptar todo cuando el robot refería, como auténtico, a la espera de desmentir o acreditar tales aseveraciones. La hermana María se llevó a la señora Pony a un aparte para conferenciar con ella en privado, tirando ligeramente de la manga de su chaqueta, gris del mismo color de su amplia falda.

-Dice que procede del futuro, y que está aquí para proteger el Hogar de Pony, enviado por su creador, que también viene del mismo sitio –esto es de locos- se quejó con amargura la señora Pony, mientras meneaba la cabeza y se mesaba la frente con la mano derecha creyendo que la jaqueca que estaba incubando, iría en gradual aumento, in crescendo.

-Lo sé Martha –dijo la monja llamándola por su nombre de pila como solía hacer en situaciones delicadas, o especialmente tensas - pero debemos de asumirlo como real. Conoce a Candy, la ha descrito con exactitud, y además ha salvado a nuestra pequeña –dijo dirigiendo una cordial sonrisa por vez primera al entristecido Mermadon porque no cesaban de considerarlo como una amenaza potencial- y está herido. Tenemos que hacer algo para ayudarle…aunque pueda resultar al final una trampa –dijo observando al imponente robot de soslayo, y con resquemor, cuya apariencia, desde luego no dejaba indiferente a nadie.

-No entendemos de máquinas, por lo menos así de complicadas –dijo Martha que se veía así misma con cierto y desasosegado horror, tiznada de aceite y hollín, hurgando en las tripas del prodigioso hombre artificial parlante, pero haremos lo que podamos –dijo exhalando un suspiro de resignación.

Las complejas y chirriantes máquinas siempre se le habían antojado a Martha como irreales y ajenos mundos cuyos secretos nunca podría desentrañar ni falta que le hacía. Y al contemplar a Mermadon se imaginó con cierto horror, un interior repleto de engranajes dentados perlados de aceite y bañados en grasa viscosa y rezumante. Y tener que hundir sus manos en semejantes sustancias repelentes y aceitosas, le desagradaba en grado sumo. Y no solo era la repulsión que las entrañas mecánicas de aquel autómata despertaba en la buena mujer, si no el tener que vérselas con una mole dotada de la habilidad del habla y que no tenía rostro, si acaso aquellos dos puntos de luz roja que ardían como ascuas en mitad de la noche. Y por ello, el ponerse a gritar, temblar de miedo, o desmayarse carecía de sentido y no solucionaría la irreal y alucinante tesitura a la que ambas se habían visto abocadas en contra de su voluntad. Había que afrontarla como había venido, con la mayor naturalidad de la que fueran capaces. Mermadon acusó cierto disgusto al escuchar como lo tildaban de máquina, pero no lo expresó y trató de ponerse en pie. Sus piernas comenzaban a responderle aunque aun no hubieran recuperado su plena efectividad. Haltoran lo había construido a conciencia pensando en los más ínfimos detalles.

-¿ Puedes caminar ? –inquirió la señora Pony temerosa de cargar a cuestas, con tan pesado y voluminoso robot y que sudaba ya de tan siquiera imaginarlo.

-Ya lo creo señora, -dijo el robot alegremente aunque aun sus servos rechinaran quejumbrosos, porque no estaban completamente reparados, pero las averías que aquejaban al robot, estaban ya camino de solventarse, y en vías de solucionarse del todo.

-Bien, acompaños al hogar de Pony. Intentaremos ayudarte, pero tendrás que asistirnos y decirnos como podemos ayudarte, ¿ de acuerdo ?

-Por supuesto señoras, estoy a su entera disposición –dijo mientras una luz ambarina iluminaba la rejilla que hacía las veces de boca del robot. Entonces Sammie captó a la primera que aquel destello parpadeante equivalía a una sonrisa humana.

-Está riendo hermana –dijo complacida por su descubrimiento- Mermadon se está riendo.

-Así, es –dijo el robot orgulloso de que sus talentos fueran reconocidos- es mi modo de expresar mi plena satisfacción.

Continuaron hablando por el camino. El robot cuya cabeza sobresalía muy por encima de las de las mujeres que gestionaban el pequeño hospicio, y por supuesto de la de Sammie, que se había encaramado a hombros del robot tras mucho insistir hasta salirse con la suya, fue narrando detalles del siglo XXI a ambas mujeres que a duras penas podían dar crédito a cuanto estaban escuchando de boca del robot. En las cercanías se recortaba la silueta del hospicio, a cuya entrada un vociferante grupo de unos veinte niños y niñas de diversas edades, agitaban las manos, llamando a la señora Pony y a la hermana María, pugnando por atraer su atención, y se entusiasmaban porque creían que el enorme robot eran algún juguete para ellos, que las dos mujeres iban a regalarles en premio a su buen comportamiento durante toda la semana anterior.

-¿ Y atravesaste todo el Atlántico en un vuelo sin escalas ? –preguntó la hermana María que no era capaz de concebir y menos imaginar, como un ser tan pesado y voluminoso, podía sostenerse en el aire, cubriendo los cinco mil kilómetros de extensión aproximada de tan ingente e inacabable masa de agua que separaba sendos continentes, en tan breve lapso de tiempo.

-Sí, -asintió el robot, contento y henchido de orgullo, de poder lucirse con sus bastos conocimientos- a mi espalda tengo un propulsor retráctil y escamoteable de doble tobera, construido en duraluminio y kevlar, que, mediante una mezcla de peróxido de oxígeno y de nitrógeno puro químicamente tratado, producen en conjunto, un empuje de 35.000 julios que…

-Basta, basta, basta –rogó la señora Pony que no podía seguirle perdiéndose en la maraña de datos y detalles científicos, interrumpiendo la acelerada explicación del robot, que se iba animando por momentos –ya nos lo contarás otro día. Ahora, lo importante es llegar al hospicio y preparar la llegada de Candy. A ver como contamos esto a nuestros niños –se lamentó enervada, mientras se asía los riñones, que le dolían ligeramente con ambas manos. Martha entornó los ojos, para luego pasarse los dedos por su frente, y así enjugarse el sudor que le bajaba por la misma, debido a la impresión recibida.

-Sí –coincidió la hermana María –va a causar una cierta sensación ver a nuestra querida niña con sus cabellos dorados del color de la noche –esbozando una sonrisa y riendo quedamente. Martha se escandalizó ligeramente ante la aparente y despreocupada frivolidad de la hermana María, pero quizás les conviniera un ambiente más relajado para disipar tanta tensión y temor acumulados.

-Nuestra querida niña, nuestra dulce Candy –se dijo Martha entrelazando las manos, esperanzada y contenta de poder volver abrazar a la muchacha, con ojos brillantes y arrasados de lágrimas que, refulgían intensamente tras los cristales redondos de sus gafas metálicas.

-No se preocupe señora Pony –dijo la monja alegremente- verá como todo se soluciona y se resuelve aceptablemente.

-Eso espero querida amiga –dijo la señora Pony recobrando algo de su sempiterno optimismo algo alicaído, y contagiada del de la religiosa –esperemos que así sea.

38

La brisa marina agitaba los cabellos de Mark, caracterizado en su papel de Marcus Edgard Lloids, mientras Candy departía con una joven pelirroja de ojos azules, que paseaba por la cubierta llevando a un niño rubio de la mano. Habían logrado tomar pasaje en el Carpathia, el buque se había hecho célebre, el año anterior por ser una de las primeras embarcaciones en acudir al rescate del RMS Titanic, el buque del cual la leyenda refería que era completamente insumergible y a la vista de los resultados, el mito había sido cruelmente desmentido por la colisión del bello y famoso navío contra un témpano de hielo de tres mil años de antigüedad, por lo menos en el mundo al que Mark, Haltoran y Mermadon habían ido a parar.

El joven moreno entornó los ojos mientras algunas gaviotas se peleaban ferozmente por algunos restos de pescado echado a perder que algún tripulante habría lanzado por la borda, tal vez el cocinero. Mark pensó en la suerte de aquel Titanic y como él lo había librado de su más que seguro hundimiento en otra realidad diferente. Cuando tuvo que partir por culpa del intrigante e insidioso enemigo que había lanzado aquel maleficio sobre su bella esposa, el Titanic aun continuaba sobre las aguas, transformado en un museo flotante y anclado en la rada de Nueva York. Tendió la vista en derredor tratando de localizar a Haltoran que había ido a comprar un diario, por si la prensa recogía noticias de la búsqueda de Candy. Aun no había regresado y aunque tenía una vaga sensación de peligro que le estaba resultando muy incómoda, había hecho memoria desde el momento en que disfrazados y provistos de identidades falsas, los tres hubieran podido delatarse involuntariamente a cuenta de algún detalle nimio, pero no encontró indicio alguno de su supuesto error. Todo había salido a pedir de boca. Pese a que tal y como habían supuesto había retenes de policía examinando la documentación de los pasajeros, los cuales se mostraban molestos por tan exhaustivos controles, nada en su apariencia o en el aspecto impecable de sus falsos pasaportes denotó cualquier atisbo de sospecha en los agentes de la ley. Los policías acompañados de un inspector escrutaban el rostro de los viajeros por si la imagen de la fotografía de sus pasaportes no se correspondía con su fisonomía. La cola de impacientes y cansados pasajeros que solo deseaban subir cuanto antes al barco avanzaba lentamente y algunos hombres y mujeres protestaron de viva voz, ante lo que consideraban un trato vejatorio por parte de las autoridades, al someterles a tantas medidas de vigilancia y control. Cuando Haltoran, que fue el último en someterse a la rigurosa inspección subió al Carpahtia por la escala dispuesta a lo alto del casco pintado de un negro brillante, Mark lanzó un disimulado suspiro de alivio. Candy que tenía los nervios a flor de piel le dio un discreto pero contundente codazo para que se contuviera. Era absurdo suponer que los policías, enfrascados en la labor de inspeccionar un pasaje formado por cientos de personas repararan en algo tan inocente y baladí como un suspiro emitido por una persona entre una multitud, pero era tal el estado de nervios de todos ellos que Candy, involuntariamente reaccionó de esa manera hincándole el brazo en las costillas. Mark no dijo nada y asintió dándola la entender de que sería más cuidadoso al respecto. Una vez ya en alta mar, los tres se relajaron un poco e intentaron no pensar más en cuanto habían dejado atrás y vivido en Inglaterra. Candy, con sus cabellos sueltos y teñidos de negro actuaba con naturalidad pero sin dejar de posar miradas ardientes y enamoradas en Mark, que notaba un desazón dentro de si que iba en aumento. Lanzó otro suspiro cuando un hombre que portaba una enorme gorra se le aproximó lentamente tendiéndole un periódico. Algunos rizos rojos se escapaban de debajo de la misma confiriéndole un aspecto patibulario. Mark rió ante su ocurrencia. Su amigo llegó a su lado y desplegando el diario, señaló una pequeña y escueta reseña a la partida del Carpathia desde el puerto de Southampton, pero nada más. Ninguna noticia, ni la menor mención a la investigación en torno a la desaparición de Candy, nada. Mark asintió distraído y se acodó en la barandilla para continuar contemplando las inquietas y procelosas aguas. Haltoran se despojó de la gorra que le estaba sofocando de calor y clavando sus inquisitivos ojos verdes en los de Mark le dijo:

-Estás pensando en el momento en que tengas que separarte de ella, ¿ no es así ?

Mark no le devolvió la mirada y aunque no respondió bajó lentamente la cabeza. Su mudo gesto fue demasiado elocuente. El joven aferró la barandilla pintada de color oscuro con fuerza. Para su desazón Haltoran continuó hablando:

-Sé que no quieres ni oír hablar de este tema, pero sabes que en cualquier momento ese vizconde hará acto de presencia o nos hará una señal. Y a partir de ahí tendremos que regresar Mark. Solo espero que ese maldito demente libere a Candy del sueño en que la sumió.

En ese momento Mark, salió de su mutismo y se pasó una mano por la frente retirándose la gorra que también cubría sus cabellos. Al hacerlo, una catarata de pelo negro bajó por sus hombros, a lo largo de ambos lados de su cabeza.

-Lo sé Halt, lo sé, pero me da miedo y lástima dejarla sola. Y, y…no deja de ser ella. A fin de cuentas es Candy –se dijo mientras se llevaba la mano derecha al mentón y adoptaba un pose reflexiva- podría quedarme aquí, casarme con ella, quien sabe si Maikel y Marianne nacerían suavemente en esta era, no lo sé Halt, no lo sé, es todo tan confuso y enrevesado.

Haltoran asintió y su rostro adoptó una expresión de lástima hacia su amigo. Pasó una mano por los hombros de Mark y añadió:

-No perteneces a este universo akarsnia, ni yo tampoco. Cuando ese vizconde nos de el visto bueno, tendremos que retornar.

La voz de Candy que se había unido a la de su nueva amiga, parlotearon alegremente llegando con claridad hasta los oídos de ambos hombres. La muchacha con la que Candy estaba departiendo tan afablemente sostenía a su hijo de la mano y el niño, aburrido y cansado de la larga cháchara que su madre sostenía con aquella bella y distinguida señora morena pero que a él no le interesaba en lo más mínimo, tiraba en sentido contrario intentando que su madre le siguiera poniendo fin a la enojosa y aburrida coyuntura.

-Quiero un helado mami, quiero un helado –sollozó el pequeño.

La mujer cogió al niño en brazos y repuso contrariada, porque se notaba a gusto en la compañía de la simpática y extrovertida dama morena, con la que había trabado amistad:

-Eric hijo, en seguida nos reuniremos con papá. No podemos dejar con la palabra en la boca a Catherine. Es solo cuestión de dos minutos, pequeño.

-Quiero un helado, quiero un helado –repuso tercamente el niño, que no daba su brazo a torcer.

Mark asistió a la escena con una sonrisa en los labios. Sabía que por mucho que le pesara, Haltoran tenía toda la razón. Aunque sus hijos pudieran ser concebidos en aquel universo alternativo, no podía olvidarse de su verdadera esposa. Lo más terrible y duro de todo sería contarle la verdad y tener que apartarse de ella, pero no había otro modo. Las duras e inapelables condiciones de su adversario así lo exigían. Irían hasta el Hogar de Pony, donde se reunirían con Mermadon, dado que Haltoran lo necesitaba para moverse entre las dimensiones y no le iba a dejar allí como cabía y era de esperar. En realidad, Haltoran ya había recibido la confirmación del temido y escurridizo vizconde la noche anterior a su partida. El hombre de piel de ébano y poblada y bien cuidada barba le habló en sueños, envuelto en su capa, mientras Haltoran daba vueltas agitado en su lecho, no tanto por la pesadilla que estaba teniendo si no en como se lo diría a su amigo.

-Dirigiros hacia el único hogar digno de tal nombre que le quedará a esa chica. Habéis alcanzado todos los objetivos que os impuse, y a partir de ahí, ya podréis retornar a vuestra era. Cuando lleguéis de regreso Candy volverá a la vida y será como si nada de esto hubiese sucedido nunca. En cuanto a mí, jamás volveréis a saber de mí. Me fundiré con el anonimato, tenéis mi palabra.

Haltoran había despertado sobresaltado y bañado en sudor. Consultó el reloj de pared que daba lentamente las horas y se fijó que las manecillas marcaban las siete y media. Faltaban treinta minutos para su partida. Si todo salía bien y como estaba planeado el coche de punto llegaría a las ocho, justo a tiempo para trasladarlos al puerto de Southampton. Mientras por el pasillo, las voces de Mark y de Candy que habían dormido en habitaciones separadas, llegaron hasta él. También ellos dos se habían despertado y se habían vestido apresuradamente. Mark picó en la puerta de la alcoba de Haltoran el cual con voz ligeramente pastosa por efecto del sueño en el que aun continuaba sumido, dijo desde el otro lado de la puerta:

-Vale Mark, ahora en seguida salgo.

Mientras se ponía los pantalones y la camisa había algo que le inquietaba. ¿ Por qué la señal que tanto habían esperado la había recibido él en vez de Mark ? ¿ por qué aquel poderoso y capcioso taumaturgo se había dirigido a Haltoran ?

Quizás la respuesta estuviera en que de haber captado Mark el mensaje, tal vez en esos momentos hubiera cometido una locura aplazando sine die la resolución de aquel dramático trance. Haltoran confiaba en que una vez alcanzaran el hogar de Pony, la buena disposición de la hermana María y la señora Pony consiguieran hacerle entrar en razón. Pero lo que más le preocupaba era como se lo tomaría Candy. Porque ciertamente, la muchacha sabría en seguida que le habían engañado miserablemente, utilizándola a su antojo para lograr un propósito que a ella no le incumbía en absoluto.

39

Terry Grandschester estaba desembarcando en el puerto de Nueva York, proveniente de Inglaterra. Aunque la prisa le acuciaba porque debía reunirse lo antes posible con su madre, el joven inglés consideró que pasar por el hospicio del que tanto le había hablado Candy no le apartaría demasiado de sus obligaciones y además la rápida y fugaz visita al pequeño y humilde orfanato no le haría desviarse en demasía de su ruta, ya que justamente le pillaba de camino. Eleonor Baker le había convocado urgentemente desde Norteamérica donde le informaría de una noticia crucial que probablemente, afectaría a sus vidas, cambiándolas definitivamente. Pese a los continuados y reiterados intentos porque la hermosa actriz le pusiera en antecedentes, desvelándole la naturaleza de tal recóndito secreto, Terry solo recibió evasivas, a la vez que su propia madre le instaba con más vehemencia si cabía, a acelerar el momento de su regreso. El joven inglés caviló que podía ser lo que con tanta urgencia había hecho que Eleonor le reclamara de forma tan insistente, escribiéndole varias misivas redactadas en su elegante caligrafía, llena de palabras y frases que casi rozaban la desesperación. Lo único que se le ocurría es que alguien, tal vez un avispado periodista ávido de fama y reconocimiento, hubiera descubierto el secreto que como una espada de Damocles, pendía de manera permanente sobre la cabeza de la atribulada diva del teatro y que su pasado fuera revelado en primera plana de los principales tabloides del país. Terry recordó las veces que se había peleado con varios de sus compañeros que llegaron a sugerir esa posibilidad, pero afortunadamente para todos aquellos pretenciosos y mezquinos advenedizos, solo eran rumores no confirmados plenamente. Pero la única que había llegado a desvelar el misterio, , que giraba en torno a la vida de su madre había sido Candy, la cual inadvertidamente y por una banalidad, entró en su habitación, enterándose de todo, aunque no fuera de manera intencionada. Ella era la única que había confirmado a su pesar que los bulos que corrían por los mentideros del Internado, eran una atroz y terrible realidad. Para los cánones de aquella época, el ser hijo ilegítimo o bastardo, era un baldón oprobioso en cualquier familia, ya fuera ilustre o humilde y una afrenta imperdonable para la muchacha que incurriera en la desgracia, de cometer semejante y vergonzosa falta. Terry en un primer momento iba a reaccionar airadamente en contra de su novia, pero el temor a perderla si se enojaba con Candy o la amenazaba, hizo que fingiera no haberse dado cuenta de nada y pasar por alto el turbulento y delicado asunto. Este suceso desagradable y poco grato para Terry había sucedido poco después del baile del Festival de Mayo, donde Candy, por un inocente descuido descubrió cual era el verdadero origen de Terry, como hijo ilegítimo de Eleonor Baker.

40

Albert, frustrado y enojado por su fracaso, decidió retornar a Estados Unidos, dado que nada le obligaba a permanecer por más tiempo en tierras inglesas. Conociendo como conocía a su ahijada y siguiendo una corazonada que estaba rondándole la cabeza durante días, optó por regresar a Lakewood, porque estaba seguro de conocer el paradero de Candy, por lo que una vez que llegara a la gran y señorial mansión y pusiera en orden sus asuntos, no tendría más que acercarse al único lugar donde una muchacha desorientada y bajo la influencia de ese maldito Mark, que parecía odiarle aunque no creía haberle dado motivos para ello se dirigiría. Su secretario, había creído hallar una lógica en la anómala conducta de Candy y se lo expresó a su jefe con reservas, temeroso de que el joven magnate la emprendiera con él o decidiera desahogar su mal humor a costa suyo. George le comentó que tenía la certeza de que Candy estaba diciendo la verdad y que realmente amaba a aquel extraño y peligroso hombre, dotado de facultades excepcionales. Albert estaba aun convencido de que las llamaradas que había visto emanando de los antebrazos del joven eran algún truco de ilusionismo muy logrado y ejecutado de forma impecable, pero George, no estaba tan convencido de que fuera así. La historia que le relatara Candy parecía tan convincente y verídica, que el elegante y discreto empleado no era capaz de desecharla como simples veleidades y fantasías del subconsciente de Candy. Albert en cambio, lo achacaba todo a un genial ilusionista que había encandilado a su hija adoptiva, porque de ser verdad un relato tan increíble, ¿ por qué desvelarle el secreto ? ¿ para qué hacerle partícipe de un hecho tan extraño que rallaba en lo surrealista ?

Una vez que llegasen a Estados Unidos y pasaran por la mansión, se dirigían cuanto antes al Hogar de Pony. Aunque Albert era efectivamente el dueño de los terrenos donde se asentaba el pequeño edificio, no era tan cruel ni se arrobaba de un sentimiento de inhumanidad como para hacer efectivas las amenazas que formulara ante Candy. Le dolió inmensamente tener que recurrir a aquel subterfugio que por otra parte no dio resultado, porque Candy se mantuvo en sus trece y no abandonó ni por un instante a Mark, pero estaba tan desesperado viendo como la chica se alejaba de él que en esos momentos no pensó con claridad ni fue dueño ni de sus actos cuando organizó el frustrado y desproporcionado asalto a la propiedad del anciano, ni de sus palabras cuando lanzó aquel terrible órdago. Con la mente más tranquila y los nervios más templados, se propuso dirigirse hacia el Hogar de Pony y esperarla si no hubiese llegado aun, para pedir perdón a la muchacha, confiando en que Candy, sabría disculpar su reprobable conducta a la que sintió inducido en un arranque de desesperación. Entonces recordó con fastidio, como aquel robot, autómata o lo que fuera, había remontado el vuelo como si fuera un pájaro y se había encaminado hacia el Hogar de Pony supuestamente. Cuando George se lo hizo notar, recordándole que el autómata probablemente estaría allí montando guardia, levantó una mano con displicencia y dijo con voz calmada:

-No temas George, no será esa chatarra la que me impida esperar a mi hija en el hospicio y llegar hasta ella. Espero que Candy recapacite –dijo lanzando un suspiro y cruzando los brazos sobre el pecho.

George guardó silencio. Estaban en el comedor de una hostería poco frecuentada y en cuyo hogar ardía una buena lumbre, porque la noche era inusualmente fría. Después de huir en vergonzante retirada, siguiendo poco más o menos la misma ruta que los hombres que había contratado emprendieran caóticamente, Albert opinó que si por lo menos tenían el estómago lleno y descansaban en una buena cama después de cenar opíparamente al día siguiente todo se vería con más claridad. Lo que más preocupaba a Albert aparte de que Candy estuviera en manos de aquellos desconocidos ya fuera por voluntad propia o no, era la temible amenaza que había formulado de echar abajo el hospicio para atemorizarla y lograr que regresara al seno de la familia Andrew. Como si George le hubiera estado leyendo el pensamiento, le preguntó algo, mientras mantenía la vista fija en los troncos que crepitaban desprendiendo un calor que invitaba a arrimarse al amor de la lumbre. Los escasos lugareños observaron de reojo con curiosidad apenas disimulada, a los dos elegantes forasteros que portaban finas y caras ropas del mejor paño que el dinero podía pagar:

-Señor –preguntó George mientras ponía en su sitio la pajarita que adornaba su camisa de seda y haciendo acopio de valor para formular la espinosa cuestión- ¿ realmente habría cumplido su amenaza de desahuciar a la señora Pony, a la hermana María y a los niños del hospicio ?

Albert calló por un instante y tras tomarse un tiempo para razonar una respuesta, suspiró y dijo:

-No George. Jamás haría una canallada semejante y me arrepentiré de por vida de haber declarado semejante idiotez, y mostrado lo peor de mí a Candy, pero su tozudez y contumacia, me sacaron de quicio…Fue superior a mí, lo siento.

George no dijo nada. Sabía que su jefe sentía por Candy algo más que pura y simple devoción filial y que ese sentimiento había despertado el lado más oscuro y temible del magnate, el cual acostumbrado a moverse en un mundo de taimadas trampas y añagazas, como eran los negocios de alto nivel que su familia emprendía, no era totalmente ajeno a semejantes estallidos de cólera y a la formulación de tales intimidaciones, o veladas y sutiles amenazas. Continuó observando el fuego, mientras el camarero les trajo en bandejas de metal, la cena que habían pedido hacía poco más de veinte minutos, recién hecha y directamente proveniente de la cocina. Ambos hombres comieron en silencio, sin mirarse a penas, sentados el uno en frente del otro. George por su parte, concluyó que lo mejor sería no volver a tocar el tema nuevamente.

El único sonido que producían era el tintineo de sus cubiertos sobre los platos de porcelana decorados con motivos campestres, mientras degustaban sin prisas la apetitosa cena.

41

El Carpathia continuaba su lento pero inexorable rumbo hacia los Estados Unidos. Haltoran presentía que una vez que llegaran al Hogar de Pony, para bien o para mal, allí se daría el desenlace de aquella historia tan trágica como surrealista, tan irreal como onírica, pero que aunque no le gustase, era terrible y certeramente real. Su amigo había derrotado a un científico tan brillante como ambicioso, tan taimado como inteligente, capaz de lo mejor y de lo peor. Podría haber dedicado sus conocimientos en pro de la Humanidad, haber inventado una cura contra las peores enfermedades que afligían a las personas o haber hecho avanzar la Ciencia en cualquiera de los beneficiosos aspectos que esta podía brindar al hombre, pero le cegó la ambición y los deseos de una mal entendida grandeza cuando realizó un descubrimiento excepcional de antigua y arcana tecnología en una isla perdida del Egeo cercana a Creta. A partir de ahí, su poder creció y le llevó a declarar la guerra a la civilización a la que estuvo a punto de sumergir en la barbarie y el colapso, de no ser por Mark, que puso fin a sus ambiciones, teniendo éxito allí donde el joven e intrépido piloto de un prodigioso robot fracasara, lo mismo que la orden del Santuario. Pero no terminó con todos sus enemigos, porque uno de ellos, el más temible y poderoso de cuantos lugartenientes tenía el señor del Imperio Negro, logró escapar con vida formulando el taimado y terrible juego al que Mark se había visto abocado por su capricho. Y ahora se hallaban navegando en un buque de línea hacia Estados Unidos, que casualmente era el mismo que el año anterior había rescatado algunos centenares de supervivientes de la tragedia del Titanic y cuyo hundimiento, Mark había evitado en otro universo paralelo por amor a Candy. Aquella heroica acción, le había reportado al capitán del Carpathia un merecido y fervoroso reconocimiento a nivel mundial, precisamente el que no obtuvo Mark al impedir in extremis, que el Titanic se fuera a pique por culpa de un iceberg, pero tampoco el joven deseaba más fama ni agitaciones en su ajetreada vida, y justo cuando llegaron a Lakewood después del largo viaje temporal y el realizado en coche hasta su hogar, después de las celebraciones en su honor, por la noche el inquietante e insidioso ser había hecho su aparición destrozando la vida del feliz matrimonio e imponiendo unas condiciones tan absurdas como ilógicas, que Mark no tuvo otra alternativa que aceptar, pese a su total oposición sopena de tener de tener que pagar un oneroso y altísimo precio si se negaba, y que no era otro que la vida de su esposa.

-Ahora que por fin eran felices de nuevo –declaró Haltoran pesaroso, meneando la cabeza. Calló por un momento asegurándose de que ningún pasajero le sorprendiera incurriendo en el feo hábito del soliloquio, aunque a Haltoran le relajaba a veces hablar consigo mismo y escuchar el sonido de su propia voz, de modo que reemprendió su monólogo porque en verdad necesitaba serenarse:

-Esto es demencial –se dijo lentamente mientras sus ojos verdes seguían la evolución de las gaviotas que chillando estruendosamente rodeaban el barco, sobrevolándolo en cerrados círculos- vamos a destrozarle el corazón a una muchacha adorable para conseguir que el de su otro yo, a un universo de distancia de aquí, vuelva a latir, por culpa de un mago, que ni se atrevió ni a presentarse en persona, ni dar la cara –dijo con rabia, recordando como el vizconde había enviado a Lakewood una proyección de si mismo, en vez de ir hasta allí físicamente, temeroso de que Mark pudiera acabar con él en un arranque de justificada y lógica ira.

-Esto es de locos y estamos para que nos encierren –observó Haltoran enojado y entristecido a un tiempo, mientras seguía acodado en la barandilla de una de las cubiertas de paseo del Carpathia, asomando medio cuerpo sobre las turbulentas aguas del piélago.

Resopló y volviendo a la relativa seguridad detrás de la barandilla, antes de que alguien diera la voz de alarma tomándole por un suicida, comentó en voz baja:

-Si aquel día hubiese llevado mi proyecto a otra empresa.. –dijo pensativo, evocando el momento en que nos conocimos por primera vez en la sede de mi extinto imperio comercial, porque pretendía mostrarme los planos de un robot excepcional, para que lo patrocinase, y que según sus palabras, dejaría en mantillas cuantas investigaciones y estudios se habían realizado hasta la fecha en materia de robótica.

-Hasta que me enteré por casualidad, que Maikel conocía a Mark – confesó Haltoran a la brisa marina, mientras reclinaba su mejilla izquierda sobre la palma de la mano del mismo lado- y ya era tarde para echarse atrás. La curiosidad, mi maldita curiosidad, y la lealtad y mi amistad hacia ese cabezota de Mark, que me salvó la vida durante la guerra en mi país, cuando aquellos T-72 nos atacaron, me han metido en esta situación, y en otras muchas anteriores a cual más rocambolescas y difíciles de creer y más aun de admitir.

-En fin…-dijo encogiéndose de hombros con cierto fatalismo -tendremos que seguir hasta el final.

42

Se había vuelto menos discreto y había perdido parte de su optimismo y sentido del humor del que hacía gala tan a menudo, derrochándolo con frecuencia. Y no era para menos, porque la desesperación que impregnaba el ánimo de Mark así como la desazón por la que su amigo estaba atravesando estaba haciendo mella en él. El difícil y terrible momento en que Mark tendría que elegir y decantarse por una de las dos Candy, la que era su esposa o la muchacha que ahora ocupaba su corazón se estaba aproximando a pasos agigantados y entraba dentro de lo probable que en una de sus típicos y bruscos cambios de humor, rasgo distintivo de su voluble carácter, optara por fugarse con Candy abandonando el barco y remontándose en el aire merced al poder del iridium que bullía sin descanso en el interior de sus venas, para no tener que enfrentarse a ese duro y temido momento. Y no solo era porque Candy permaneciera sumida en un profundo sueño, semejante a una princesa de cuento de hadas, si no que además estaban Marianne y Maikel, los hijos de ambos que no soportarían el crecer teniendo que vivir día a día con el pesado lastre de la ausencia de su madre. Por otro lado, había enviado a Mermadon al otro lado del Atlántico, de forma irreflexiva, actuando de un modo irracional y nervioso impropio de él. Parte del temperamento de Mark se le estaba pegando y si alguien no podía perder el control en aquellos momentos era precisamente él, porque si Mark se tornaba impredecible y lo que era peor, incontrolable y se negaba a entrar en razón, obviamente no le podría dejar allí solo desentendiéndose de él. Lanzó otro suspiro y se preguntó si algún día volvería a ver a Annie y a Alan. Entonces se tildó de insensato y de tonto por haber tratado tan duramente a la muchacha que en aquella dimensión paralela no era su esposa, ni le conocía tan siquiera. Por lo menos, habría calmado en parte la zozobra que invadía su ánimo, aunque por ahora lo que más le preocupaba aparte de conseguir que Mark llegase hasta el Hogar de Pony con Candy era saber si Mermadon estaría bien y no le hubiese ocurrido nada. Sacó con disimulo de un petate que había traído consigo, un ordenador portátil que supuso le permitiría establecer las coordenadas de Mermadon, aunque confirmar que su amigo continuaba de una pieza y estaría bien, ya era más que suficiente para él. Abrió la tapa con el logotipo grabado en relieve de una manzana mordisqueada, y lo puso en marcha. Tras la presentación del sistema operativo apareció el escritorio y comenzó a teclear frenéticamente intentando ocultar con su cuerpo lo que estaba trayéndose entre manos. Hubiera sido más sencillo recluirse en la intimidad de su camarote al abrigo de miradas indiscretas e inquisitivas, pero como temía que la señal no llegase si se encerraba bajo techo, prefirió intentarlo desde allí mismo, en la propia cubierta. El ordenador funcionaba con baterías solares que le había incorporado para aumentar su autonomía y no depender de la para el joven e ingenioso inventor, precaria red eléctrica de la época. Se lo había entregado, porque a mí ya no me hacía falta por el momento y de seguro que Haltoran le sacaría más partido y rendimiento que yo. Seguía siendo igual de inteligente o incluso más que antes, pero desde que habían atravesado el umbral de una dimensión desconocida, era más descuidado y poco precavido, de forma que una niña de unos siete años, de cabellos rubios peinados en largos y caprichosos bucles recogidos en una media melena, y un gran lazo rojo adornando su cabeza y de ojos verdes, le contempló con acendrada curiosidad durante largo rato. La niña iba en compañía de una mujer de pelo castaño rematado en espectaculares y barrocos tirabuzones, que sobresalían bajo una gran pamela de color azul claro de la que se destacaba, un frondosa y exageradamente grande, penacho de plumas. La señora aun conservaba en plena madurez parte de la belleza de su pasada juventud, a pesar de su nariz algo ganchuda y algunas patas de gallos incipientes en la comisura de sus ojos. Sus pupilas oscuras escrutaron el horizonte admirando la engañosamente calmada visión del horizonte del Atlántico. Sus párpados estaban exageradamente maquillados y parecían doblarse bajo el peso de una sombra de ojos tan oscura, que hasta Haltoran se fijó inadvertidamente por un instante en el rostro de la dama, que era a la sazón la madre de la pequeña. La niña reparó en que el joven pelirrojo actuaba de modo muy inusual. Primero hablaba consigo mismo como si estuviera loco, luego estaba manipulando lo que semejaba una especie de ábaco o tablero de ajedrez. Picada por la curiosidad, la pequeña se aproximó a Haltoran aprovechando un descuido de su madre, que se había detenido a departir con el capitán del Carpathia, que estaba atendiendo a unas talluditas damas que intentaban caerle en gracia sin demasiado éxito. Rodeando el cuerpo de Haltoran, se situó a su espalda y preguntó alegremente con voz ligeramente chillona, mientras entrelazaba sus manos cogidas detrás de su espalda, y se balanceaba sobre los tacones de sus zapatos de charol:

-Hola. ¿ A qué estás jugando ?

Haltoran dio un involuntario respingo. Estaba tan enfrascado intentando hallar la localización de Mermadon en el continente por triangulación, al que por un mal presentimiento daba por perdido, que no se dio cuenta de la presencia de la pequeña e inoportuna testigo. Se asustó ligeramente y estuvo a punto de soltar el portátil que no terminó destrozado contra la cubierta del buque por muy escaso margen, gracias a sus rápidos reflejos. La niña tenía un temperamento alegre y vivaz, y era evidente que no dejaría en paz a Haltoran de buenas a primeras. Por otra parte, si se mostraba arisco con ella, podía empezar a llorar y comprometer aun más su delicada posición, pero eso era la menor de sus preocupaciones. De modo, que recobrando su afabilidad habitual, Haltoran sonrió, cautivando a la joven dama con su gesto.

-Estaba componiendo música, en este…-buscó un simil que resultara mínimamente convincente- piano portátil.

-Imposible –declaró la niña negando enfáticamente y agitando los bucles rubios con el vaivén de su cabeza –no existen pianos tan reducidos. Me estás tomando el pelo.

Haltoran desplegó la tapa que cubría el portátil con un extraño símbolo en relieve impreso en la misma, que parecía una manzana a medio comer, que a la niña le pareció muy divertido, y activó un programilla que permitía convertir el ordenador en una especie de órgano. Era una utilidad muy sencilla, prácticamente para niños que había instalado para que Alan se entretuviera creando algunas sencillas composiciones. Empezó a pulsar las teclas y la familiar y archiconocida composición de Beethoven empezó a sonar a través de los minúsculos altavoces.

-Eso es…"para Eliza" –palmoteó la niña con entusiasmo- se trata de una pieza de Beethoven –dijo entornando los ojos y llevándose un dedo a los labios tras lograr pronunciar el nombre del genial compositor no sin cierto esfuerzo.

Haltoran asintió y tocó fragmentos de otras melodías que la avispada niña reconoció una tras otra con facilidad. Enumeró la música de Hendel, de Bach, de Mozart o de Vivaldi sin equivocarse ni una sola vez en sus apreciaciones citando sin titubear el título de cada composición, así como el nombre de su autor.

-Veo que entiendes de música –dijo Haltoran contento de poder romper el tedio hablando con alguien, ya que Mark se pasaba todo el día junto a Candy y apenas le había visto desde que embarcaran a bordo del Carpathia.

-Sí –dijo la niña con cierto gesto de contrariedad en su rostro que empezaba a mostrar los indicios de lo que en un futuro no muy lejano sería una floreciente y pasmosa belleza –y mi madre me obliga a estudiar música y a tocar el piano sin descanso. No es que me disguste la música, pero…-dijo observando de soslayo a su madre- me hace ensayar constantemente. Me paso más tiempo en el Conservatorio que en compañía de mis padres –dijo la niña con franqueza y una madurez que sorprendió a Haltoran. Miró con curiosidad el supuesto piano a escala que sostenía Haltoran entre sus manos y preguntó al joven de sopetón:

-¿ Tú también eres músico ? como te envidio. Me gustaría tener ya tu edad para no tener que soportar todo el día a mis profesores de piano. Me paso la vida dando recitales y conciertos para lo más granado de la alta sociedad, escuchando sus elogios y divirtiendo a otros, mientras yo no puedo decir lo mismo de mí –exclamó la niña lanzando un hondo suspiro con un semblante tan triste, que Haltoran no pudo por menos que conmoverse.

Haltoran iba a intervenir, cuando la atildada dama de la gran pamela y la exagerada y recargada sombra de ojos se acercó a su hija y la tomó de la mano tirando de ella con cierta violencia. Haltoran tuvo el tiempo justo de esconder el ordenador entre los pliegues de su chaqueta para así ahorrarse más embarazosas preguntas.

-Esta niña me va a matar a disgustos –dijo refunfuñando visiblemente alterada. Haltoran temía una retahíla de descalificativos y una sonora bronca en su contra, porque tal vez la dama se figurase que estaba molestando a la niña, y aunque la mujer centró su atención en él, inclinó la cabeza entrelazando las manos sobre su regazo y dijo como si estuviera disculpándose:

-Espero que mi hija no le haya importunado señor. Cathy es muy buena, pero a veces descuida sus obligaciones y se me escapa a la mínima que no la estoy vigilando.

-No, no, para nada en absoluto –intervino Haltoran conciliador moviendo las manos con las palmas hacia delante -me ha estado hablando de que es una gran pianista y la verdad, me agradaría asistir a uno de sus recitales.

Los ojos de Cathy se iluminaron de improviso y su corazón se aceleró ante la perspectiva de que el apuesto caballero pelirrojo la viese actuar.

-Sí, sí, sí –asintió entusiasmada dando botes para bochorno de su escandalizada madre y batiendo palmas –esta noche, daré un recital privado para el capitán, algunos oficiales y unas cuantas damas y caballeros. Para mí sería un honor que asistieras…-de pronto Cathy dejó de hablar contrariada, porque aun no conocía el nombre de su nuevo amigo.

Estuvo a punto de pronunciar Haltoran, pero decidió ser consecuente con la actuación que estaban realizando para mantener su identidad real en secreto, y dijo rectificando apresuradamente:

-Maikel, Maikel Parents –soy comerciante de telas- dijo tendiendo una tarjeta a madre e hija. La dama realizó una educada reverencia que fue replicada con total exactitud y sincronización por Cathy, hasta el punto de hacer sonreír a Haltoran y declaró con voz engolada:

-Soy Eva Brunnau de Soms, y ella es mi hija Cathy, una reputada y afamada pianista en ciernes, como le habrá comentado, porque esta hija mía no puede dejar de parlotear ni por un momento –exclamó histriónica Eva mientras sacaba la polvera de su bolso y se retocaba por enésima vez el maquillaje de su rostro. Haltoran sabía que en aquella distante época, el maquillaje era un artículo de lujo y que muy pocas mujeres lo utilizaban aun. No sería hasta después de la hecatombe de la Gran Guerra cuando se popularizara y extendiera entre todos los estamentos sociales, desde grandes damas de la aristocracia y las clases pudientes, hasta las más humildes muchachas de extracción baja y buena parte de tal éxito se debió a la influencia de algunas enfermeras destacadas en el frente occidental que llegaron a ser tan famosas, aclamadas y legendarias como los más reconocidos héroes militares. De hecho, aquellas mujeres se transformarían por derecho propio a su vez en grandes heroínas.

-Mamá, por favor –insistió Cathy asiéndose a las faldas de su madre que desaprobaba aquellas expansivas conductas del carácter de su hija y contrarias a la imagen que una dama de moral y reputación intachable, se suponía que debía mantener –permítele asistir al recital por favor. Me agradaría mucho que el señor Parents viniera al concierto.

Eva suspiró. Haltoran rió por lo bajo. Aquellas orgullosas y despectivas mujeres parecían estar hechas de suspiros o ensayar su perfecta emisión durante largas horas ante el espejo del tocador, que las convertía finalmente en expertas en aquel difícil arte. La mujer lo pensó unos instantes y dio el visto bueno asintiendo brevemente:

-Está bien, está bien, -dijo Eva con resignación. Sin duda se estaba ablandando al concederle a su hija todos los caprichos que le pedía y más. Era demasiado buena con ella, y le costaba reconocer que así solo perjudicaría el prometedor porvenir de su hija como pianista, si le permitía hacer realidad sus más ínfimos deseos, pero no pudo negarse.

-Señor Parents, ¿ querría asistir al recital ? –preguntó la dama albergando la secreta esperanza de que el joven comerciante pelirrojo se negara, pero para disgusto de ella y creciente alborozo de Cathy no fue así.

-Para mí será un honor, señora.

Se escuchó un estridente y sonoro bien, cuyas sílabas finales se alargaron por espacio de varios instantes, turbando la tranquilidad de la cubierta de paseo con sus acordes infantiles, y atrayendo sobre Eva, las miradas airadas y reprobadoras de los pasajeros que estaban disfrutando de un agradable paseo matutino. Eva bajó la cabeza enervada por sentirse el centro de atención contra su voluntad, pero se rehizo y declaró con voz falsamente jovial:

-Venga esta tarde a la sala de música a las doce de esta noche. Estaremos encantados de contar con su presencia.

Poco después, tras despedirse escuetamente y besar Haltoran la mano enguantada de Eva con cierto desagrado, madre e hija se confundieron con el resto del pasaje. Haltoran estudió la tarjeta de invitación que Cathy le había tendido haciéndola girar entre sus dedos y murmuró:

-No, señora pomposa, seguro que desearías fervientemente que no asistiera, pero voy a ir. Tu hija a la que estás robando la infancia, espera que lo haga y no la defraudaré, aunque tú consideres más oportuno lo contrario –declaró con acritud entre dientes.

Por el momento, en cubierta había demasiada gente. Tendría que retrasar para un momento más propicio, la verificación de si su robot estaba entero y de una pieza, o no era más que un montón de chatarra extraviado en algún punto no concretado, de la basta y gran geografía estadounidense. Mermadon era práctica y virtualmente indestructible, pero si caía al agua por algún desafortunado accidente, o sufría otro acceso de locura, como cuando se puso a bailar frenéticamente actuando como un tambaleante borracho, en el puerto de Londres, ante la mirada divertida de decenas de personas que afortunadamente le tomaron por el reclamo de algún circo o feria ambulante, podría de resultas de ello, terminar fatalmente destrozado, o desconectado a merced de cualquier desaprensivo lo bastante inteligente como para reconocer lo que realmente era el prodigioso autómata.

43

Mark permanecía reclinado en la amplia cama de dosel observando los recargados artesonados que decoraban el techo de su camarote. Haltoran había traído tanto dinero consigo, que como le dijo una vez en clave de broma, cuando sobrevolaron el Atlántico ayudados por los precarios y erráticos propulsores que había inventado, podría comprar fácilmente el Big Beng si se lo propusiera. Y semejante solvencia les había permitido afrontar con desahogo y sin demasiadas penurias el aspecto económico de su onerosa estancia en aquella dimensión, si se exceptuaba claro está, su precario modo de vida dentro del recinto del Colegio San Pablo de Londres, entre los ruinosos muros de un antiguo edificio de aulas, destinado al abandono y que la política de ahorro rayana en la cicatería, de la hermana Grey le había salvaguardado de ser demolido. El joven suspiró y se dijo que quizás les hubiese salido más a cuenta alojarse en un hotel cercano y realizar una discreta vigilancia desde el exterior, que colarse en el campus y desde allí seguir meticulosamente todos los pasos de Candy. Sonrió por el curioso y evidente sin sentido que había supuesto tales precauciones y rodeos para tenerla finalmente a unos pocos pasos de él, arreglándose delante del espejo del tocador. Se peinaba los largos cabellos rubios ahora indefectiblemente morenos, desplegados sobre sus torneados hombros con un cepillo de empuñadura nacarada, mientras sus grandes y expresivos ojos verdes contemplaban el reflejo de su amado tumbado en el lecho, a través del bruñido espejo, en cuyo marco de marfil se enroscaba una elaborada enredadera, artísticamente tallada sobre el valioso material y de la que se destacaban bellas y primorosas flores de un inusitado realismo. Mark fijó sus ojos oscuros en la espalda y el cuello de la muchacha, que mostraba un ligero tono tostado que le sentaba bien. Al contrario de la engañosa impresión que su aparente fragilidad pudiera causar a primera vista, Candy era una joven fuerte y decidida, a la cual las largas jornadas de trabajo duro en la mansión de los Legan o el que realizaba en el hogar de Pony, su acendrada afición a encaramarse a los árboles y sobre todo su firme determinación a conseguir cuanto se propusiera, la habían dotado de una constitución tan robusta y resistente como su voluntad, sin que tal circunstancia restara ni un ápice a su esplendorosa belleza o la embruteciera, si no al contrario. Aunque Mark había pretendido desde un primer momento, que Candy tuviera un camarote independiente del suyo, para prevenir lo que inevitablemente vendría a continuación, la muchacha secundada por Haltoran, se negó rotundamente.

-Si hemos de parecer esposos tenemos que comportarnos como tal –le dijo a Mark poco antes de subir al gran e impresionante barco de línea con un tono que no admitía réplica alguna. Evidentemente, la muchacha tenía razón. Si se hacían pasar por esposos, cuestión que a un universo de distancia era una completa realidad, debían actuar como tales porque si no levantarían sospechas. Y de esa manera, allí estaba Mark en compañía de la joven mientras Haltoran había ido un recital ofrecido en honor del capitán y algunos destacados miembros de la élite social y financiera neoyorkina, que sería interpretado por una niña de tan solo siete años. Mark había preferido acostarse pronto, pese a que el ascendiente de Haltoran sobre Cathy le habría permitido obtener con facilidad dos invitaciones más para él y Candy, pero Mark estaba demasiado cansado para ir a eventos donde seguramente no sería bienvenido, si a duras penas la adusta madre de la joven concertista había accedido a que aquel advenedizo nuevo rico, tal y como ella veía a Haltoran, fuera al concierto de piano ofrecido por su hija.

Y por otro lado, a Cathy no le haría ninguna gracia que dos completos extraños por muy amigos de Haltoran que fueran, se agregaran sin haber sido convidados. Aquella noche, la radiante y joven pianista, enfundada en un vestido de raso con un gran lazo trasero, que realzaba su belleza, solo tocaría para Haltoran pese a que la sala estuviera como de costumbre allá donde actuara, abarrotada de admirado y expectante público que ansiaba deleitarse con el increíble arte de aquella criatura cuyos dedos se deslizaban sobre las teclas como si estuvieran imbuidos de una especie de magia a la que era difícil resistirse o sustraerse.

Candy realizó algunos comentarios banales hablando acerca de las diversas frivolidades y chismorreos acaecidos en la alta sociedad. No es que la joven fuera chismosa ni cotilla por naturaleza, pero la presencia a bordo de la pequeña pianista había causado sensación y no pudo resistirse a tratar el tema con Mark mientras organizaba sus mechones rubios en ordenadas hileras que semejaban cascadas de plata, y de ese tema pasó a otros, desgranándolos con desparpajo y suscitando la hilaridad de Mark, que no había vuelto a reír con tales ganas y semejante franqueza desde que se hubiera visto abocado a aquella extraordinaria aventura por llamarla de alguna manera, que junto la que había vivido en un mundo renacentista conociendo el fundamento real de la leyenda de los amantes de Verona de primera mano, que sirvió como fuente de inspiración a su genial autor eran las más inverosímiles y absurdas de cuantas vivencias había experimentado desde que el fuego nuclear del iridium penetró asentándose en sus venas y arterias, transformando radicalmente su vida y su cuerpo, para siempre.

Candy se giró para mirarle y Mark se quedó sin habla. La muchacha, que llevaba un camisón de seda, sobre el que se había puesto una bata de seda con solapas blancas de encaje estaba radiante. Se ruborizó ligeramente mientras desviaba la vista y se cubría el torso, cruzando los brazos sobre el mismo.

-Mark por favor –dijo con acento trémulo- no me mires así. Haces que me ruborice.

Un ligero candor tiñó la piel de sus mejillas nacaradas, aumentando exponencialmente su belleza. El joven apartó la mirada, más que por requerimiento de Candy, por el imprevisto y hechizante efecto, que le había producido la contemplación de una belleza tan inhumana. El afligido joven se tumbó de costado, posando la cabeza en la almohada. Algunas lágrimas mojaron el fino tejido de seda de la misma. Entonces Candy apagó las luces y la habitación quedó sumida en penumbra. A través del ojo de buey penetraba la luz lechosa y difusa de una luna llena y plena, cuyo reflejo rielaba sobre la superficie del mar dibujando formas vacilantes y temblorosas en las oscuras aguas. Candy avanzó lentamente semejando una ninfa o un espíritu a través de la penumbra y sin apenas hacer ruido, se tumbó junto a Mark abrazándole con fuerza.

-Cariño, no quise ofenderte, perdóname si mi comentario te ha molestado. Yo…

-No es eso Candy –replicó Mark sorbiéndose las lágrimas- puede que tengamos que separarnos…cuando lleguemos a Estados Unidos y ya conoces, la razón. Nunca querría hacerte daño, jamás, pero…pero…-hizo un esfuerzo por hablar. Las palabras salían pesadas e inertes de sus labios. Si hubieran sido algo tangible y sólido, se habrían precipitado con estrépito sobre el suelo de mármol de la suite.

-Te he convertido en moneda de cambio, para salvarte la vida en otra dimensión distinta a esta, por culpa de un maldito demente, ante el que jamás tuve que rebajarme y menos aceptar sus humillantes y malvadas condiciones, pero no solo eras tú, están nuestros hijos, la gente que nos quiere, tus padres adoptivos…-se interrumpió guardando un tenso y elocuente silencio.

Candy tenía pleno conocimiento de aquello a lo que se estaba refiriendo Mark y que llegado el caso, le gustase o no, tendría que dejarle marchar. Era irónico por no decir tremendamente cruel que ella fuese su esposa y la madre de dos preciosos niños con los que había soñado y cuyos rostros no conseguía ubicar en la maraña de sucesos inconexos y sin relacionar que le asaltaban continuamente en sus ensoñaciones. Pero cuando entró en contacto con Mark, todo encajó y las piezas del misterioso puzzle se ensamblaron con asombrosa y temible precisión. Casi hubiera preferido que no fuera así. Sabía que de proponérselo podría retener a Mark a su lado apelando a sus sentimientos, pero presentía que los cargos de conciencia y los remordimientos la perseguirían de por vida, si dejaba a Maikel y a Marianne sin madre, que por un atroz y mordaz quiebro del destino, como una cruel broma macabra, era ella misma, pero en un tiempo que nunca había sucedido, por lo menos en su opinión. Y por eso, decidió aprovechar al máximo el breve lapso que pudiera compartir con Mark. Rápidamente, con manos diestras se despojó de la recargada prenda adornada con elaboradas filigranas y brocados para acto seguido, hacer lo mismo con su camisón. Mark intentó disuadirla, sin atreverse a girarse porque de contemplarla sabía que no podría resistirse a la pasión ni dominar sus sentimientos. Aunque aquella muchacha no fuera la Candy que él conocía y que era su amada esposa, seguía siendo la misma persona solo que en un tiempo o dimensión diferentes.

Candy hizo caso omiso de los requerimientos de Mark y se apegó al cuerpo del muchacho, que desprendía un leve y acogedor calor, experimentando como su piel palpitaba trémula al contacto con la suya, tan sedosa y tersa. Por su parte, la piel de Candy olía a lavanda y a canela. Aunque hubiese cambiado de universo o realidad, aquel rasgo distintivo de Candy, junto con otros muchos, siempre serían los mismos manteniéndose inalterables y sempiternos, no importa donde estuviera la inolvidable y cautivadora joven.

-Mark, cariño –dijo ella susurrando a su oído con una voz acariciante y dulce- no tienes que sentirte culpable de tener que tomar esta dura decisión. Nada esto fue ni ha sido culpa tuya, jamás amor mío. Desde el momento en que viajaste en el tiempo y te encontraste conmigo en esa colina, aunque fuera en otra era o realidad, hasta el instante en que me dí cuenta de que no era capaz de ir al encuentro de Terry, a bordo de ese barco, siempre te he amado, pese a que en un primer momento me negara a reconocer la realidad de mis verdaderas emociones.

Hizo una pausa para observar su reacción y prosiguió con encendidas palabras:

-No te atormentes más mi amor, no sigas de hecho, atormentando tu alma. Tienes que volver conmigo, al mundo del que verdaderamente procedes y…al lado de nuestros hijos. Saber que toda esta historia tendrá un final feliz y que seguiré en tus brazos a fin de cuentas me reconforta y me hace sentir dichosa, en serio. Por eso mismo, deja que me entregue a ti, por favor, cariño.

Mark se resistía a acceder a las inclinaciones de su corazón, porque no quería lastimar más, el de aquella Candy. Ocultó su rostro en la almohada y sollozó con una inflexión de amargura en su voz:

-No puedo, Candy, no puedo, no quiero causarte más daño del que ya has recibido. Bastante me quema el alma saber que te he utilizado, que…

Entonces Candy dado que Mark era renuente a ponerse de cara a ella, rodó de forma imprevista sobre el cuerpo de su amado con una agilidad sorprendente y que tomó a Mark por sorpresa. Candy le abrazó con más fuerza y le besó apasionadamente, mientras Mark ya no pudo sustraerse al hechizo de amor que generaba en él.

-Te quiero Mark, te quiero. Por favor, no me prives de tu amor –exclamó Candy entre suspiros.

Finalmente, el afligido muchacho se desnudó sin poder refrenarse. La tomó entre sus manos temblorosas y admiró su hermosura que la pálida claridad de la luna le permitió admirar en toda su plenitud.

-No Candy, jamás lo haré. Mientras me sigas queriendo, mientras yo tenga vida para amarte como te amo, jamás haré una cosa semejante.

Sus labios se unieron en un largo y apasionado beso, preludio de la vehemencia y frenesí con que sus temblorosos cuerpos se buscaron ansiosos y anhelantes en los instantes siguientes, para unirse durante largo tiempo fundiéndose en un solo.

44

Candy reclinó su cabeza en el pecho del hombre que era su marido en un mundo alternativo y que le resultaba inmensamente lejano, pero que al mismo tiempo, si se podía expresar de tal manera, se había convertido en su amante en aquel al que ella misma pertenecía. Emitió un levísimo y quedo suspiro. Mark continuaba roncando plácidamente ajeno a los escrúpulos de conciencia que en un primer momento le habían asaltado, debido a que no deseaba lastimar a Candy, ni tampoco engañar a su esposa, y que a la sazón, costase lo que costase asimilarlo y admitirlo, de un modo u otro para bien o para mal, no dejaba de ser la misma mujer con la que había hecho el amor, y pasado el resto de la noche envolviéndola con firmeza, entre sus brazos.

-Descansa amor mío, descansa y no te aflijas más –murmuró con un tono silente y apenas audible- de sobra sé, que jamás me harías daño. Me amas tanto de hecho, que decidiste sacrificar tu propia felicidad por la mía, intentando que me reuniera con Terry a bordo de ese navío que partía hacia los Estados Unios, aunque finalmente –hizo un mohín de forzada alegría que pronto derivó en otro de contrariedad, mientras acariciaba las mejillas de Mark -no hemos sido capaces de alejarnos el uno del otro.

Pensó entonces en Albert. Quizás había sido demasiado dura con él, actuando irreflexivamente pero no era capaz de perdonarle de buenas a primeras la terrible amenaza que había formulado sobre el hogar de Pony, aunque como ella sospechaba lo hubiera hecho en un momento de ofuscación, durante el cual declaró acerca de hechos que realmente ni sentía ni tenía la más mínima intención de llevar a la práctica, y que formuló sin pensarlo. No había sido una auténtica declaración de principios. Por otra parte, le preocupaba el que sus primos si es que aun lo seguirían siendo a aquellas alturas, dado que tal vez Albert la hubiera repudiado como hija adoptiva expulsándola de la familia Andrew, se enterasen de donde se encontraba y hacia donde se dirigía, lo mismo que Annie su querida amiga. Tal vez Albert, dolido y despechado por la ilógica y algo injusta, a todas luces actitud que había tenido para con él, hubiera optado por no informarles de nada. Por lo que, en cuanto amaneciera se dirigiría hacia la oficina de telegrafía del Carpathia y enviaría cuantos telegramas se hicieran necesarios para poner al corriente a Archie, Stear y a Annie de que se hallaba sana y salva y que su intención era dirigirse al Hogar de Pony, donde la encontrarían si así lo deseaban. Allí, en el acogedor y protector ambiente del hospicio les informaría de la razón de su inopinada e inesperada desaparición y de lo que haría con su vida a partir de ese momento, una vez reflexionara calmadamente y organizara sus confusos pensamientos. Aunque Mark no le había comentado nada, ni el propio Haltoran tampoco, tenía la absoluta certeza de que una vez que recalase en el Hogar de Pony algo muy importante y fundamental sucedería, algo tan radical que para bien o para mal cambiaría su vida, y muy probablemente de los que la rodeaban, para siempre.

45

Los ágiles y diestros dedos de Cathy volaban sobre las teclas del gran y lustroso piano de caoba, pintado de blanco, y situado en pleno centro del estrado, arrancándole armoniosas y profundas notas que subían hasta las lujosas arañas ,que alumbraban la sala de música del Carpathia como espirales que giraban armoniosas y dulces, produciendo en la concurrencia que escuchaba absorta, el prodigioso don que emanaba de las manos de la pianista las más variopintas y estremecedoras sensaciones. Algunas damas de atildado aspecto y lujosos ropajes, con los cabellos adornados por costosas diademas lloraban sin poder contenerse, los caballeros escuchaban arrebatados, sin atreverse casi ni a respirar, como si toda su única aspiración vital fuera permanecer concentrados en el arte de aquella chiquilla que hacía que el piano dejara de ser un objeto inerte y pesado, para transformarse en un ser que ora reía, ora lloraba o expresaba las más sentidas emociones, como si Cathy le hubiera infundido vida o estuviera dotado de alma. Haltoran, incapaz de creer cuanto estaba presenciando, jamás había experimentado un sentimiento tan sincero y poderoso, como el que la música que su pequeña amiga iba desgranando desde su manos, le producía en su ánimo. Incapaz de apartar la vista de la niña, se molestó cuando los abanicos de algunas de las damas se desplegaron como el plumaje de un pavo real, a efectos de combatir el incipiente bochorno que reinaba en la estancia, y que se había quedado pequeña para albergar a tal gentío. El joven pelirrojo tuvo que hacer un esfuerzo para no sacar a relucir su mal humor, cuando los voluminosos y aparatosos abanicos se interpusieron entre sus ojos y la imagen de Cathy arrancando al piano tan melodiosas notas y se limitó a escuchar hasta que los incómodos e inoportunos ventiladores de mano, fueron nuevamente plegados y le permitieron contemplar a Cathy sin ningún tipo de intromisión. El capitán del barco y sus oficiales permanecían completamente quietos en sus butacas, hipnotizados por el hechizo de tan sugerente como arrebatadora melodía. En los ojos de Elena Brunnau titilaba un fulgor de emoción y mal disimulado orgullo, pero no lo que no podía ni imaginar siquiera, es que si aquella noche su hija tocaba de forma magistral esforzándose como nunca lo había hecho antes, era porque estaba dedicando no ya solo la pieza que estaba interpretando, si no todo el concierto a una persona que había calado muy hondo en su pequeño pero a la vez, gran corazón.

Al cabo de casi dos horas de recital en el que la niña apenas detuvo su casi imparable y frenético ritmo de trabajo, interpretó la última composición para disgusto de su extasiado público que no era capaz de concebir como un lapso de tiempo relativamente dilatado, se les había hecho tan corto, como si hubieran transcurrido unos escasos minutos y finalmente Cathy detuvo la progresión de sus manos, sobre el teclado blanquinegro del instrumento. Se bajó del taburete con elegancia, y saludó a la concurrencia, con una educada y tantas veces repetida y ampulosa reverencia. Siempre era el mismo ritual, los mismos gestos, el mismo e impresionante silencio que precedía a la tormenta, a la catarata de aplausos que no tardaría en desparramarse por toda la sala. Siempre era lo mismo. París, Moscú, Madrid, Nueva York, Londres…las ciudades cambiaban, la gente iba y venía, las caras variaban pero siempre, en el fondo terminaba por ser más de lo mismo. Pero aquella noche era distinta, era especial porque Cathy Brunnau a pesar de su corta edad había madurado muy deprisa y su mente era la de una mujer adulta y decidida a llevar a cabo sus propios sueños. Era una velada especial, siempre lo sería a partir de entonces porque se había enamorado ineluctablemente.

Su mente divagó en diversos y vividos sueños en los que se veía, adulta y en compañía de Haltoran. No podía creerlo, como de una breve y corta conversación había podido nacer un sentimiento tan hondo y rotundo. Casi sentía miedo, pero los atrayentes ojos verdes aparecían en el fondo de sus pensamientos, sin que pudiera apartar su mente de los mismos. Finalmente la atronadora y rotunda ovación que puso a prácticamente todo el público en pie, salpicada de "bravos", "sublime", o "maravilloso" la trajo de vuelta desde su mundo de sueños, al más duro y crudo ámbito de la realidad. Mientras recibía las felicitaciones de diversas personalidades y el propio capitán, las pupilas azules de Cathy solo ansiaban centrarse en la apuesta figura de Haltoran. Pero Maikel no aparecía entre el gentío de emperifolladas damas y envarados caballeros que departían sobre las excelencias de una música tan magistral como embriagadora. La niña, fue recorriendo nerviosa las diversas filas y corrillos de invitados, asustada de que el joven comerciante pudiera haber abandonado la celebración posterior al evento musical de improviso, y haciendo caso omiso de cuantos intentaron felicitarla o realizarla un sentido elogio que a la niña le sonaban vacíos e hipócritas. Para disgusto de algunos de los hombres que intentaban conseguir que se detuviera a departir con ellos unos instantes, Cathy siguió avanzando aun a riesgo de ser tomada por antipática y abriéndose paso a duras penas entre la gente congregada allí, husmeó en todas direcciones hasta que su palpitante corazón se calmó un poco al distinguir a Haltoran hablando con algunos caballeros que atraídos por la novedad de una cara nueva entre las de los demás invitados que ya empezaban a repetirse demasiado, se pusieron a hablar con él aun sin conocerle de nada.

Un hombre con monóculo y pelo entrecano peinado hacia atrás se presentó como un magnate de ferrocarriles, otro le informó creyendo apabullarle con la descripción de su impresionante patrimonio personal, que tenía diversas minas de oro y variopintos negocios emprendidos en la lejana y misteriosa India, otro le comunicó que estaba pensando en añadir a la ya de por si larga lista de empresas comerciales que había emprendido con éxito, la del naciente séptimo arte. Los hombres le rodeaban asfixiándole con el humo de sus habanos y aburriéndole con su pomposa conversación, mientras algunas mujeres embutidas en caros y escotados vestidos de noche le contemplaban con mal disimulada fascinación. Haltoran convino en que no le vendría mal mezclarse con aquel exclusivo ambiente pese a que sus interlocutores masculinos le estaban levantando dolor de cabeza. Entonces uno de ellos destacó el anillo de oro que brillaba en su mano derecha, por lo que Haltoran no tuvo por menos que admitir que estaba casado. Entonces le pareció percibir una exclamación de dolor, un amortiguado quejido que quedó en un grito congelado y mudo. Nadie más lo distinguió, pero el joven pelirrojo divisó claramente como Cathy le miraba con horror. Había escuchado la confesión de que estaba casado y dándose media vuelta abandonó la sala con rápidos pasos mientras un reguero de lágrimas fustigaba el aire. La curiosidad que despertaba el "comerciante en telas" quedó eclipsada por el estupor que produjo entre los elegantes miembros de la alta sociedad como Cathy Brunnau abandonaba precipitadamente la sala de música para disgusto y horror de su madre, que no sabía como reponerse del bochorno que su díscola y caprichosa hija le había causado. Haltoran no se lo pensó dos veces y salió en pos de ella tranquilizando a los hombres que intentaron unírsele para secundarle en la búsqueda de la joven pianista.

-No se preocupen. Yo la traeré. Creo saber donde ha ido.

Como era de esperar, no le obedecieron y varios de ellos abandonaron la sala siendo seguidos a muy corta distancia por la madre de Cathy.

46

Cathy contemplaba con la mirada perdida, las negras y agitadas aguas del Atlántico que lamían con un monótono chapoteo el casco del barco. Toda su corta vida, había sido hasta ese mismo instante una larga e interminable sucesión de recitales, conciertos, recepciones para volver a entroncar con nuevos recitales y conciertos en una espiral inacable, en un ciclo que no parecía tener final. Se enjugó las lágrimas que pendían de sus ojos azules pero era tarea vana, porque al momento otras tomaban su lugar. Y para colmo, se había enamorado de un hombre que seguramente le doblaba la edad y que además estaba ya casado. Se reprochó su torpeza y el haberse dejado llevar por sus ilusiones. Pero a fin de cuentas, no era más que una niña triste y solitaria que había madurado demasiado pronto. La idea del suicidio pasó por su cabeza. Muy pronto los gritos desgarradores de varios hombres y mujeres entre los que distinguió claramente la voz de su madre, llamándola a voz en cuello la sacaron de su ensimismamiento. Estaba de pie subida a la barandilla aunque afortunadamente aun no la había traspasado con su cuerpo del todo. Entonces de entre el corrillo de gente que iba creciendo en torno suyo se destacó Haltoran, que sin saber muy porqué intuyó que era el único que podía hacerla mudar de parecer. Elena intentó agredirle. Aquel hombre no le gustaba, de hecho no le había gustado desde el momento en que le vio rondar cerca de su pequeña, y sus gritos e imprecaciones parecieron contener por un momento a Cathy que indecisa, no sabía si cruzar el breve lapso que la separaba de la seguridad del barco y las frías y abismales profundidades o continuar interpretando el papel que su madre había dispuesto para ella casi desde el momento en que nació:

-Canalla, cerdo –gritó Elena dirigiéndose a Haltoran- ¿ qué le has hecho a mi niña ? ¿ qué clase de hombre eres tú para haberla empujado hasta este extremo?

Al percibir los desgarradores imprecaciones de su madre, Cathy clavó sus ojos de porcelana en la mujer y dijo con voz dura y desprovista de cualquier matiz infantil:

-No te atrevas a faltarle al respeto –gritó desesperada y contrayendo sus pequeños puños, bajándose momentáneamente de la barandilla de la cubierta- yo, yo, -dijo con voz entrecortada- le quiero. No sé como ha sucedido pero yo…yo…

Haltoran fue entonces sujetado por varios hombres con la intención de propinarle una paliza. Incitados por las acusaciones de Elena, creían que había cometido un imperdonable y repugnante acto de seducción hacia la pequeña aprovechándose de su ascendiente sobre ella. Entonces Cathy volvió a encaramarse a la balaustrada de hierro y amenazó con estridentes exclamaciones que se arrojaría por la borda si no dejaban tranquilo a Haltoran, que estaba tan pendiente de la niña que ni percibió como entre varios de los caballeros que habían estado hablando tranquilamente con él ahora le sujetaban con maneras y ademanes de matones tabernarios.

No le habría costado nada librarse de ellos, pero tenía miedo de que en la refriega, tal vez Cathy, asustada terminara por perder pie, precipitándose al Océano. Entonces, el capitán intervino. Había estado observando a Haltoran y a la niña con disimulo aquella tarde y no percibió nada mal sano o inusual entre ellos, si no una sincera amistad entre un adulto y la niña. Si hubiera detectado el más mínimo atisbo de lo contrario, aquel hombre estaría encadenado con grilletes y encerrado en una de las celdas que el barco disponía para convictos o situaciones de riesgo para el pasaje o la tripulación a la espera de entregarlo a las autoridades. Entonces, avanzó entre el gentío que abrió un pasillo a su paso y aguardó expectante:

-Suelten a ese hombre. Si la niña así lo quiere, así será. Déjenle libre inmediatamente.

Nadie se atrevió a discutir o cuestionar las órdenes del hombre que el año anterior había logrado rescatar a algunos centenares de supervivientes de la tragedia del Titanic. Pero el capitán Howard Rostron no se envanecía de su heroica acción ni se comportaba pomposamente como otros beneficiándose de su hazaña, de haber estado en su actual situación y que sin duda se habrían aprovechado de su repentina y merecida fama. De hecho, muy al contrario, era un hombre sencillo y curtido que quería pasar lo más desapercibido posible.

Inmediatamente la presión de los dedos que atenazaban los brazos de Haltoran se relajó y pudo aproximarse a la niña, lenta y pausadamente para no asustarla. Tendió el brazo derecho hacia ella y dijo con voz dulce y atemperada:

-Vamos Cathy, esto no está bien, ven conmigo. No arreglarás nada saltando al vacío, muy al contrario, por favor, se razonable.

Cathy se resistía a obedecer. No podía admitir que el hombre del que se había enamorado con un fervor infantil pero teñido de una lucidez y madurez impresionantes estuviera casado.

-Si tuvieras mi edad, y de haberte conocido antes que a mi Annie, de seguro que ahora estaríamos hablando de boda –dijo Haltoran muy serio y con total sinceridad, lo que fue interpretado como una piadosa mentira por su parte, por los caballeros y damas que asistían a la impresionante escena con el corazón en un puño, pero el joven estaba hablando con el corazón en la mano. La serena belleza de la niña le había impresionado y se preguntó si sus palabras no encerrarían alguna verdad intrínseca. Las frases que había pronunciado no eran ninguna insensatez o el fruto de una improvisación realizada al azar. Cuando conoció a Annie de forma tan poco convencional en Lakewood, la minúscula chispa que ardió en una incombustible llama de amor surgió, como resultado de un encuentro no mucho más duradero que el que había mantenido por mera casualidad, con la niña, en la cubierta del Carpathia, aunque como era de esperar, los sentimientos nacidos de un febril corazón infantil no podían prosperar en modo alguno, ni dar fruto, y menos estando como estaba Haltoran, enamorado de su esposa.

-Entonces te esperaré –dijo la niña esperanzada sin importarle que todos conocieran el verdadero motivo de sus pretensiones de quitarse la vida- Dentro de once años seré mayor de edad y podré casarme contigo, porque seguramente para esas alturas tú sentirás lo mismo por mí. Dejarás a tu mujer para estar conmigo, lo leo en tus ojos, Maikel.

Haltoran tragó saliva, y meneó la cabeza, contrariado. Aquello no podía estar sucediendo. Si no era bastante con destrozarle el corazón a Candy, ahora tendría que hacer él lo mismo con una niña inocente. Pese a que aquella dramática tesitura no tuviera que ver en lo más mínimo con él, se sentía responsable de lo sucedido, pese a que no era verdad. Se preguntó si aquello no sería otra maniobra del Vizconde para ponerle en un aprieto y hacer que fracasaran en la misión que el taimado taumaturgo les había impuesto contra su voluntad. Suspiró y dijo:

-No Cathy, no puede ser. No puedes imponer ni manejar a tu antojo los sentimientos de las personas. No quiero hacerte daño, ni hacerte esperar en vano once años, porque para entonces seguiré tan enamorado de mi mujer, como lo estuve y lo sigo estando, desde el primer día que la conocí. No debes perderte lo mejor de tu infancia y juventud esperándome porque no acudiré a tu lado. No tires por la borda once maravillosos años de tu vida que apenas acaba de comenzar.

Cathy percibió una firme determinación en los ojos verdes del joven comerciante. Soltó un hondo suspiro y finalmente admitió que no valía la pena dejarse la vida por una vana ilusión producto de las figuraciones que se había hecho respecto a Haltoran y de la profunda soledad que su ajetreado y agotador modo de vida había generado en ella, haciendo mella en su ánimo. Entonces se dio cuenta de que la presión y el empeño de su madre en que siguiera una carrera que aunque no la disgustaba, la estaba asfixiando robándole la infancia, le había hecho buscar refugio en la primera persona que fue lo bastante amable con ella, como para no percibir en la niña algo más que una pianista en ciernes y esa errónea interpretación que había hecho de su breve trato con Haltoran había hecho nacer en su alma un genuino pero equivocado sentimiento de amor hacia él.

-Seré tu amigo, ahora y siempre pero no esperes que me case contigo, porque no lo haré. No pienso engañarte porque si lo hiciera, el sufrimiento que te acarrearía en el futuro, sería aun peor.

Finalmente la niña avanzó hacia Haltoran que se abrazó a él con fuerza. El joven la rodeó con sus brazos consolándola con palabras afectuosas y cordiales. Finalmente, Cathy que parecía haber recapacitado se separó de su amigo, al que pidió perdón por su insensata e intransigente postura y se echó en brazos de su madre, la cual para sorpresa de la pequeña, rompió a llorar acusándose con frases desgarradoras de haberla abocado a una existencia tan triste como agobiante para ella.

-Te he robado la infancia, mi pequeña pero a partir de ahora, si estás dispuesta a perdonarme, empezaremos de cero. Podrás continuar con la música, pero solo bajo tus propias condiciones. Nunca más te impondré nada que sea contraproducente para ti.

Perdóname Cathy, perdóname por haber pensado solo en mi propio beneficio en vez de tu felicidad. Perdóname –dijo la dama que había perdido la compostura y abrazaba a su hija estremecida, por las sacudidas que su convulso llanto, producía en su tembloroso cuerpo.

-También te permitiré ver a Maikel, siempre que el esté de acuerdo, y sepa disculpar como he manchado su honor con semejantes y monstruosas calumnias.

Cathy sonrió y dijo a su madre:

-No mamá, soy yo la que me he portado de forma irracional y estúpida. También tengo que pedirle perdón a Maikel por haber montado toda esta escena completamente innecesaria. Lo lamento, lo lamento.

-Y por mi parte, no hay nada que perdonar señora Brunnau, ni por lo que a usted respecta, y menos en lo que se refiere a Cathy –dijo Haltoran mientras retiraba algunas lágrimas del rostro de la sorprendida niña que mantenía la cabeza gacha con la vista fija en el suelo, arrepentida de haber metido a Haltoran, aun sin pretenderlo, en semejante e incómodo brete.

La mujer parpadeó sorprendida al escucharle creyendo haber oído mal, y restregándose los ojos, embadurnando de negro algunas de las falanges de sus dedos, por efecto de la abundante y recargada sombra de ojos, que además se había corrido parcialmente por efecto de sus lágrimas.

-No, no le entiendo –exclamó de forma atropellada, con voz entrecortada -. Acabo de formular unas terribles acusaciones sin fundamento, contra usted delante de todas estas personas y no detecto ningún asomo de rencor en usted, ni deseos supongo, de denunciarme por difamación, ante los tribunales pese a estar en su pleno derecho, ¿ cómo es posible que pueda usted ser tan generoso ?

-Cuando las hizo, señora Brunnau estaba actuando como madre de Cathy al salir en su defensa, en vez de cómo su representante artístico y eso, querida señora, es algo que la honra y demuestra que sigue queriendo a su hija más de lo que parece. Su modo de protegerla me lo dio a entender. No gano nada enemistándola con Cathy, si no todo lo contrario.

Las palabras de Haltoran arrancaron un cerrado aplauso por parte de las personas que le rodeaban. Algunos de cuantos le habían zarandeado, salieron de entre la muchedumbre que iba creciendo a medida que nuevos invitados y parte del pasaje se iban sumando al enterarse de la noticia de que Cathy Brunnau había intentado matarse arrojándose a las aguas para demandarle también su perdón. Haltoran asintió y lejos de mostrar rencor o aversión mostró su intención de olvidar el asunto y dar por zanjada la cuestión.

47

La intercesión del capitán Rostron había conseguido que los ánimos se aplacaran lo suficiente, lo cual junto con el detallado y sincero relato de Cahty desmitiendo que Haltoran, ahora trasmutado en Maikel Parents, comerciante de telas la hubiera inflingido el menor daño, contribuyeron a que el cargado y envenenado aire de sospecha que flotaba en torno suyo y que muchos viajeros le atribuían sin haberse parado a pensar detenidamente que quizás se estaban precipitando en sus conclusiones, se disipara por completo. Haltoran pasó de ser sospechoso de estupro y villano, a confirmado y reindicado héroe. Gracias a su oportuna intervención, se había evitado felizmente que el drama degenerase en lo que ya muchos de los asustados y atenazados testigos de la tragedia tenían prácticamente, por un desenlace fatal que venía fraguándose desde que la hermosa niña, agobiada por la ingente carga de trabajo que su madre la imponía, habría buscado aquella desesperada salida como inadecuado remedio a sus penas, cosa que afortunadamente no llegó a concretarse. Mientras Haltoran abrazaba a la niña y a su vez, le suplicaba que le perdonase también, por no haber sabido entrever a tiempo la tristeza y la soledad que anidaban en los recovecos más intricados de su corazón, se reprochó el haber sido tan duro con Cathy debido a su franqueza en lo respectivo a los sentimientos de la niña, pero como bien le había hecho partícipe, no deseaba suscitar en ella más sufrimientos y pesares innecesarios. Para Haltoran, los sentimientos de una mujer, aunque fuera una niña de tan corta edad no eran como para tomárselos a broma y por ello respondió con tal rotundidad a la inesperada declaración de la niña. Todos los presentes que habían tratado tan hoscamente y rudeza a Haltoran hacía un momento, pensaban que todo aquello eran fabulaciones de la jovencísima pianista, fruto de su mente infantil o intentos por llamar denodadamente la atención, pero para Haltoran había sido un indicio clarísimo y rotundo de la lucha interior que se estaba librando en el alma de su pequeña amiga. Para Haltoran, había sido algo más que el conato infructuoso de una niña por ser el centro de atención o como válvula de escape a su vida errática de recital en recital, y de hotel a hotel, una vida vivida exclusivamente para la música. Cathy Brunnau de Soms era una niña de siete años con la mente de una mujer enamorada de dieciocho. Su modo fatalista de percibir las cosas a su alrededor y la envidia que le producía el observar como otros niños de su misma edad, vivían infancias normales y plenas la habían hecho madurar rápido, demasiado deprisa para tan pocos y trabajados años. Haltoran divisó un brillo en las pupilas azules de Cathy que desmentía sus promesas de convertirse en una niña normal y que ya tendría tiempo para el amor. Probablemente estaba mintiendo, porque aunque lograría con el correr de los años casarse con un buen hombre y olvidar parcialmente aquella eterna noche en compañía de Haltoran, nunca dejaría de amar del todo al misterioso hombre de negocios de sonrisa afable, cabellos como el fuego y sonrientes ojos verdes. Incluso, cuando cumpliese la mayoría de edad, emprendería largos viajes por diversos países de Europa y Estados Unidos aprovechando las exitosas giras que realizaría por los mismos, para dar con su paradero y tratar de reunirse con el hombre del que estaba realmente enamorada. pero sin éxito. Finalmente Cathy desalentada y amargada, aceptaría su derrota y enfilaría la senda de una felicidad que aun sin ser la que ella había concebido, si que le permitiría rehacer su vida, que comenzó a recobrar desde el momento en que su madre, profundamente arrepentida de haber sido tan exigente y rigurosa con ella, creyendo que lo hacía por su bien, la liberó de su férreo compromiso con la música. Aun así Cathy se transformaría en una pianista de éxito mundial, porque la música había invadido su alma y atrapado con sus arrebatadoras notas. Y Haltoran lo sabía, sabía que había sellado el destino de aquella chiquilla con su negativa, pero él también decía la verdad. Amaba a Annie pero de haber conocido antes a Cathy, quizás la mujer que compartiera su vida, hubiera sido otra.

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Durante el resto del viaje, Haltoran pasó buenos ratos en compañía de Cathy que no obstante seguía creyendo que tarde o temprano el joven pelirrojo advertiría que sus sentimientos hacia ella también eran otros, pero este solo se limitó a mantener una sana e inocente amistad con la niña. Cathy se apercibía de ello, pero en ningún momento dio a entender que su mente estuviera centrada en un objetivo a largo plazo. En cuanto al penoso incidente de la tentativa de suicido, Elena Brunnau, secundada por el capitán, llegó a una suerte de compromiso con algunos periodistas que seguían a la niña discretamente, dado que su fama empezaba a traspasar fronteras y a ser reconocido su virtuosismo y su magistral manera de tocar el piano a ambos lados del Atlántico. Tal compromiso se basaba en que la pequeña concedería algunas entrevistas, algo en lo que estaba plenamente de acuerdo y que ya había tratado sosegadamente con su madre, después de que ambas se reconciliaran tras hablar largo y tendido, de las que tendrían la exclusiva a cambio de no difundir ni dar publicidad al triste y luctuoso suceso que por muy escaso margen había estado a puntar de terminar en tragedia, y sobre todo atendiendo al bienestar y la tranquilidad de Cathy que aun se reponía de tantas y tan seguidas emociones. Pero aunque Cathy volvería a sonreír estaba firmemente decidida a buscar a Haltoran, en cuanto cumpliera la mayoría legal de edad, momento en el que nada ni nadie, podría disuadirla de lo contrario, porque para ella la promesa que había formulado seguía siendo plenamente válida y revestía un carácter casi sagrado, más allá de lo puramente simbólico, aunque Haltoran no la hubiese refrendado por su parte.

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Candy que había sido informada detalladamente del desafortunado episodio vivido a bordo del Carpathia y que había empañado la fiesta en honor de Cathy poco después de que finalizara su recital, experimentó una cierta lástima por ella, y aunque le hubiera gustado detenerse a departir con Cathy, optó por apretar el paso y finalizar cuanto antes las tareas que se había encomendado así misma en aquella soleada mañana de cielos azules y despejados prácticamente de no ser por alguna nube ocasional que flotaba en la línea del horizonte sobre el que ya se desperezaba un sol radiante y cegador. Llevaba en la mano una sombrilla blanca festoneada por pequeños adornos de pedrería y con algunas conchas marinas incrustadas a intervalos regulares entre las mismos. Se había puesto un sencillo vestido de algodón blanco para lo ocasión, y cubría sus cabellos tan negros como los de Mark por efecto del tinte que afortunadamente era lo bastante duradero como para aguantar incólume durante toda la travesía con un canotier adornado por una cintada rosa dispuesta, en torno a la base del sombrero. Se encaminó hacia la oficina de telegrafía donde un servicial y dicharachero empleado la saludó con afabilidad no exenta de cierto aire ampuloso y cómplice.

-Buenas días señorita Catherine –saludó el hombre que empezaba a mostrar una incipiente calva despejada sobre su cabeza, por cuyos costados bajaban unas impresionantes e hirsutas patillas que se unían a su vez a una poblada aunque bien recortada barba de sabio o ilustre científico. Unas gafas demasiado endebles como para aguantar con ciertas garantías de éxito sobre el puente de su gran nariz completaban su apariencia.

-Buenos días señor Roger –saludó Candy en su papel de Catherine- mientras se disponía a meditar en el texto que dictaría al empleado cuando enviase el telegrama a sus amigos.

-¿ Qué tal está su marido ? –preguntó el hombre de sopetón tomándola desprevenida. Una desazón muy recóndita y vasta se abatió sobre su ánimo, porque sentía que no podría hacer realidad sus deseos, ya que ella y Mark tendrían que separarse muy pronto el uno del otro. Hizo un esfuerzo por sonreír y fingir de la manera más convincente que supo.

-Bien, bien, le agradezco su preocupación –dijo Candy con una afectada y forzada sonrisa.

Aunque no era la intención del hombre de zaherirla o molestarla deliberadamente, había conseguido sin pretenderlo ni saberlo, empañar la inicial alegría que el nuevo día había conseguido suscitar en su ánimo. Si Rogers conocía la identidad de algunos de los pasajeros del Carpathia era porque era muchos de ellos pasaban por allí para telegrafiar a sus familias y confirmar que estaban bien, rumbo al nuevo mundo, o retornando de este, hacia la vieja y ancestral Europa. Y como tenía buena memoria, sobre todo con las personas de apariencia llamativa como Candy, que pese a haber disimulado sus cabellos rubios con tinte negro continuaba aun así, despertando la curiosidad y la atención de cuantos se cruzaban con ella, sobre todo hombres, conocía sus nombres y algunos entresijos superficiales de sus vidas, aunque Roger no era ningún metomentodo ni un contumaz o declarado cotilla.

Candy no disponía de mucho tiempo para conversar, lo cual hizo que Roger, intuyéndolo al instante no insistiera más y se pusiera frente al telégrafo aguardando con el dedo índice sobre el pulsador a que la muchacha le dictara el contenido del telegrama.

Candy asintió y tras retocarse ligeramente el colorete que disimulaba las pecas de su nariz inspiró aire y dictó al hombre que mantenía el dedo índice alzado teatralmente en el aire, aguardando a trasmitir frenéticamente en cuanto Candy pronunciara la primera palabra de su mensaje:

"Apreciados Archie y Stear, me encuentro bien. En estos momentos me dirijo hacia el hogar de Pony donde me quedaré por el momento para organizar mi vida y reflexionar con cautela. Estaría encantada de reunirme con vosotros en cuanto fuera posible. Vuestra prima y amiga: Candy".

La máquina emitió sus característicos y estridentes pitidos en alfabeto morse, cuando el mensaje, fue enviado a mucha distancia de allí hasta una remota oficina postal en Londres, donde unas horas después un cartero especialmente asignado repartiría la correspondencia entre el alumnado del prestigioso Internado, ayudado por varios compañeros. El Carpathia disponía de un revolucionario sistema que le permitía trasmitir mensajes en vez, de a través del característico tendido telegráfico, cosa que a todas luces era netamente imposible desde una embarcación, hacerlo en combinación con la incipiente y prometedora tecnología de lo que había sido dado en llamar la telegrafía sin ondas, o dicho de otra manera, el germen de la radio. Combinando un telégrafo tradicional con un transmisor de radio, mediante unos rudimentarios y primitivos pero efectivos transistores, un joven inventor de Boston, Robert Lee Carter había conseguido crear en la práctica un telégrafo sin hilos, que había sido instalado provisionalmente y a modo de prueba en el Carpathia, aunque el auge de la radio, más versátil y menos costosa terminaría por desplazar el por entonces prometedor invento ganando la primera la dura pugna que ambos sistemas sostenían entre sí, como en un principio sucedió con el automóvil y el ferrocarril o entre la rueca y el moderno telar a vapor que alumbró prácticamente la Revolución Industrial. El mensaje en su punto de destino, sería descifrado por una serie de muchachas contratadas al efecto, por la claridad de su elegante caligrafía y la velocidad con la que descifraban los mensajes, que luego serían repartidos en sobres cerrados por carteros que las entregarían a sus destinatarios, como si de misivas convencionales se tratasen, y en cierta forma era así.

Cuando terminó de dictar el escueto y lacónico mensaje, Candy dio las señas del Internado para que luego el mensaje pudiera llegar a su destino y que Rogers, telegrafió hasta el otro lado del Atlántico. Al observar la expresión de perplejidad en el rostro arrugado del hombre al comprobar que no había firmado como Catherine, Candy anonadada por su fallo se llevó una mano a los labios y rápidamente pergeñó una excusa convicente:

-Es un nombre cariñoso que solían darme mis primos de cuando era pequeña y veraneábamos juntos en Escocia. A veces, por error aun lo empleo –dijo Candy con expresión afable para disimular la desazón que la estaba invadiendo debido a su involuntaria torpeza.

-Ah no señorita, eso sí que no –dijo Rogers esbozando una sonrisa de circunstancias y disculpándose por su poca y mal llevada discreción- no tiene usted porqué darme explicaciones, faltaría más.

Luego fue repitiendo el mismo texto ligeramente retocado, según a quien iba destinado con diferentes direcciones. El siguiente telegrama fue enviado a su amiga Annie Brighten.

Rogers entregó a Candy un justificante de haber enviado el mensaje y se despidió cordialmente de ella. Por un momento temió que el hombre cuya calva brillaba levemente porque había agachado la cabeza sobre el mostrador para concentrarse en otros quehaceres, la hubiera descubierto. Afortunadamente, no había dado sus apellidos que no sabía si aun tendría derecho a continuar utilizando, especialmente el segundo, por los cuales si que tal vez hubiera podido identificarla. Una vez que estuvieran en Norteamérica, aunque pesara una orden de extradición sobre ella, esta no surtiría efecto, por ser ciudadana norteamericana y tratarse de una desaparición voluntaria, que esperaba, acallaría los rumores y crecientes sospechas que sin duda se estarían fraguándose, y aumentando exponencialmente en torno a ella, sobre todo cuando se pusiera fin a la intensa búsqueda que la Policía estaba realizando una vez que todo quedase definitivamente aclarado.

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El Carpathia estaba aproximándose lentamente al puerto de Nueva York. Mark que también había conocido la triste y perturbadora historia de Cathy por labios de su amigo contemplaba acodado en la barandilla, los altos e inabarcables rascacielos que competían entre sí, mostrando orgullosamente su envergadura, por alzarse hacia las altas e inalcanzables nubes. A su lado, acompañándole estaba Candy. La muchacha, que provenía de la oficina de Telégrafos, tras divisarle observando la bocana del puerto, corrió a su encuentro tras besarle largamente en los labios para escándalo de algunas de las damas que tomaban el sol en cubierta. Candy optó por quedarse junto a él, contemplando a su lado la magnífica y cada vez más cercana vista de la Gran Manzana que iba ensanchándose gradualmente en sus retinas. Entonces Candy notó un repentino estremecimiento porque aquello significaba, que pronto partirían hacia el Hogar de Pony, y se lo transmitió involuntariamente a su amado a través de la presión que sus dedos crispados hicieron en torno a la mano derecha de Mark, que había tomado con fuerza con la suya. Ambos se observaron por un instante y Candy le trasladó su pesar con una mirada cargada de tristeza e incertidumbre. Mark bajó la cabeza y se aseguró la gorra que cubría sus largos cabellos negros recogidos debajo de la misma porque un golpe de viento amenazaba con arrancarla de sus sienes. Parecida escena se desarrollaba entre un hombre pelirrojo y una niña rubia de unos siete años con una cinta roja decorativa en la cabeza. Ambos permanecieron en silencio, mientras las sirenas del Carpathia anunciaba el inminente final de la larga singladura oceánica con un agudo y estridente ulular que fue respondido por otras embarcaciones que provenían del cercano puerto, a modo de saludo.

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Un hombre, más bien un muchacho fornido pero de apuesto porte, de cabellos castaños que se introducían detrás del cuello de su camisa blanca, y ojos azules se aproximaba lentamente a un pequeño y encalado edificio blanco rematado por un campanario. En sus manos llevaba sendas maletas de cuero y su aspecto era de cansancio pero aun así se mostraba satisfecho y tranquilo porque una extraña y certera intuición le indicaba que indefectiblemente, terminaría por encontrarse con su novia, en aquel bello y bucólico paraje. Situado bajo las ramas más bajas de un gran árbol, cuya copa no alcanzó a divisar de lo alto y colosal que resultaba, y que remataba la cima de una verde colina donde la brisa fresca que corría soplando con suavidad, se dejaba sentir agradablemente, divisó el hospicio donde unos niños se divertían con un extraño juguete con la forma de un hombre construido en metal o quizás algún adulto revestido de una especie de armadura, estaba haciendo las delicias de los pequeños improvisando algún divertimento infantil que parecía entretenerles sobremanera. Aquella colina de suave pendiente y cubierta de flores que se agitaban trémulamente entre la hierba le recordó a Escocia y por ende, a la loma donde había tenido sus primeros encuentros con Candy luego transformados en citas secretas, una vez que su amor se concretó poco después del Festival de Mayo. Él no podía saberlo, pero un amor mucho más fuerte y desesperado que el suyo por Candy se materializó a un universo de distancia precisamente en el mismo punto en que él estaba reclinado en el añoso tronco del gran árbol, considerado por los huérfanos del hospicio, como su Padre Árbol. Y Terry Grandschester, aunque presentía sin explicarse como, la proximidad de Candy, no podía ni imaginar ni por asomo, que un enconado rival que ya compitiera con él, por el favor de la adorable muchacha y que conociera en otras circunstancias en el Internado, estaba a punto de encontrarse nuevamente con él, cara a cara.

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Alfred Grandchester había recapacitado largamente desde el último instante en que se entrevistara con su hijo en circunstancias más bien, poco gratas para ambos. Y tras reconsiderar seriamente los últimos y más recientes acontecimientos de su vida, tomó una decisión tan drástica que podría costarle aparte de su prestigio y buen nombre, tal vez su fortuna o buena parte de la misma, debido a que su actual esposa le exigiría una compensación económica tan elevada, que quizás le desposeyera hasta de su título nobiliario, en cuanto trascendiese lo que había hecho, o lo que estaba a punto de hacer, con la aquiescencia de ella. Sin decir nada a nadie, ni poner al corriente siquiera a sus hijos, se ausentó de su hogar, poniendo al frente de sus negocios a uno de sus hombres de confianza, al que dejó la ingrata tarea de pergeñar una excusa que justificara ante su familia, su precipitada partida. Su mujer, a la que Terry nunca terminó de aceptar como madastra y que solía comparar aviesamente su rostro para desesperación de la poca agraciada dama con el de un cerdo, solicitaría inmediatamente el divorcio en cuanto se enterara, aprovechando la coyuntura para buscarse unas ventajosas condiciones para ella y sus hijos, fruto de un fracasado matrimonio anterior. Y hacía ya tiempo que el de Alfred Grandschester y Maria Ludendorff, por que ella era de ascendencia alemana, de rica familia pero venida a menos, estaba haciendo aguas por todas partes. Harto de un matrimonio sin amor, cansado de unos hijos que no hacían más que odiarle y conspirar repetidamente en su contra faltándole al respeto en cuanto tenían la más mínima ocasión, Alfred optó por tomar aquella tajante solución, que para él lo era, porque no veía otra salida a su triste situación familiar. Había perdido el afecto de su hijo por negarse a emplear su influencia en beneficio de Candy, para librarla de su injusta expulsión del Internado, tras romper con la única mujer que había amado en verdad en toda su vida, por presiones de su entorno familiar que no veían con buenos ojos su relación con una mujer "miembro de la más infame farándula" según las despectivas y crueles palabras de sus padres y allegados. Fue débil y no supo luchar por sus verdaderos sentimientos porque la amenaza de ser desheredado pudo más que su arrojo, pero ahora sería distinto. El dinero y el poder ya no le importaban. Estaba dispuesto a convertirse en un simple y gris empleado de banca o aceptar cualquier otra ocupación más "humillante" si de esa forma conseguía, sacrificando cuanto tenía recuperar a Eleonor. Y por ello se había embarcado, y atravesó el Atlántico. Alfred se personó de improviso, en una de las mansiones que Eleonor Baker tenía a su disposición en los Estados Unidos. La información del paradero de su antiguo amor, se la proporcionó un viejo amigo común de ambos, que le rogó que no desvelara a la actriz, como le había referido su localización, porque probablemente no se lo perdonaría nunca. De manera, que el duque de Grandschester que aun en su madurez conservaba gran parte de su atractivo juvenil, mejorado con los años, visitó a la sorprendida y mortificada Eleonor, cuya primera y lógica reacción al hallarle allí, invadiendo su intimidad y perturbando su vida a la que había destrozado en un reciente pasado, al abandonarla por su actual esposa debido a las crecientes presiones de su familia, fue echarle de allí con cajas destempladas. En un primer momento cuando su sirvienta, le comunicó la inaudita nueva, su primer impulso fue no recibirle. Sin embargo, después de tanto tiempo, Eleonor había perdido gran parte de su rencor. Ya no importaba, por lo que le permitió permanecer el tiempo justo en su hogar, para explicarse lo suficiente. La primera visita no surtió el efecto deseado, pero en las siguientes, a fuerza de insistir y actuar con gran tacto, y sobre todo paciencia, mostrando un gran y contrito arrepentimiento, Alfred fue reconquistando el corazón de su amada. Le llevó mucho tiempo, semanas, tal vez. Eleonor estaba furiosa, confundida y tenía todo el derecho a odiarle, pero al mismo tiempo nunca había podido olvidar los momentos felices que habían pasado juntos. Aquel pinnic en compañía suya, con Terry cuando aun era un niño de pocos años, cuando el mundo no se había alzado en su contra separándoles a todos ellos. Alfred siempre lamentó no haber sido más fuerte en aquellos momentos y contar con la suficiente presencia de ánimo, para avanzar contra viento y marea, y desposarse con Eleonor, sin importarle para nada la reacción de los que se oponían a su enlace con la hermosa diva del teatro, así como las consecuencias de su acción. Debió dar el paso. Pero ahora las condiciones eran diferentes. Alfred estaba unido a otra mujer, con hijos que aun no fueran suyos llevaban sus apellidos. Ella debería haber cortado en seco dicha relación que resultaba a todas luces peligrosa e inadecuada para ambos, pero Eleonor no era capaz de detener la imparable marcha de sus sentimientos, y terminó por sucumbir al influjo de aquel trágico y desdichado pasado, pese a que estaba manteniendo un romance prohibido con un hombre casado. Finalmente, Alfred optaría por divorciarse de su actual mujer, una vez que Eleonor terminase por perdonarle de corazón, porque a fin de cuentas siempre había estado enamorada de él, aun a pesar del terrible daño que le había inflingido al romper su relación y llevarse a Terry consigo a Inglaterra, siendo todavía un niño.

-No me importa el dinero, ni mi posición social, ni siquiera mi ilustre apellido ni mi título de nobleza. El escándalo que se formará cuanto todo salga a la luz, si no lo ha hecho ya, mi divorcio, mi descrédito social. Todo eso es poco sacrificio comparado con lo que te hice pasar amor mío, y gustosamente lo pagaré si con ello consigo retornar a tu lado, si aun puedes perdonarme por lo que te hice –le había confesado en un arranque de sinceridad, durante uno de sus encuentros que ya prácticamente ni se molestaban por esconder, manteniéndose al abrigo de miradas inquisitivas o demasiado curiosas.

Eleonor le había abrazado llorando, convencida de su sincero arrepentimiento. Pero quedaba otro obstáculo por superar, quizás insalvable, y que no era otro que la aversión rayana en la repugnancia, que sentiría Terry hacia ambos, pero sobre todo especialmente en contra de ella, cuando supiera de su relación. De momento, ella influenciada por Alfred y a expensas suyas, había escrito a su hijo reclamándole urgentemente sin denotar los motivos de tan precipitado requerimiento porque de conocerlos, jamás se avendría a venir.

-No nos perdonará nunca por esto –dijo ella sombriamente, llevándose una mano a los labios, en cuanto despachó las cartas con un criado para que las mandara por correo urgente hacia Inglaterra, en las que le rogaba encarecidamente que se reunieran con carácter urgente en Chicago, sin concretar la naturaleza de tal emergencia, pese a las reclamaciones casi desesperadas de Terry por conocer la verdad de lo que le pasaba a su madre que le urgía a que viajara cuanto antes a los Estados Unidos de manera tan repentina.

Alfred asintió y dijo coincidiendo con su amada, mientras apretaba su mano derecha entre las suyas:

-Lo sé, querida mía, pero tiene derecho a saberlo, aunque nos odie de por vida, pero procuraré que ese rencor recaiga sobre mí, de forma que no le pierdas definitivamente. Yo, a fin de cuentas –dijo volviéndose hacia un gran ventanal situado detrás de él y contemplando su reflejo en los cristales que eran azotados por una intensa lluvia en el exterior - ya lo hice, cuando le negué mi ayuda para socorrer a esa muchacha a la que al parecer ama tanto y de la que te hablé, Candy creo que es su nombre, pero es algo que tengo asumido. Y esto –añadió posando la vista en un retrato enmarcado de su hijo -es la puntilla final que hará que jamás vuelva a considerarme como su padre –dijo con voz cansada, el duque de Grandchester, sintiendo un hondo estremeciento por la magnitud de las palabras que acababa de pronunciar.

-De hecho, siempre me odió desde el día en que tan injustamente le alejé de ti –añadió ante la cariacontecida y contrita Eleonor que en el fondo quería creer desesperadamente que Alfred no tenía razón en sus severas afirmaciones.

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Una vez que desembarcaron del Carpathia, decididos a terminar aquella amarga historia lo antes posible, se encaminaron lo más rápido de que fueron capaces y que los medios disponibles a su alcance, se lo permitían hacia el hogar de Pony. Tras un traqueteante y poco confortable viaje en tren, por lo menos para los gustos de Mark, que encontró incómodo el desplazamiento en el interior de los vagones, que la humeante y ruidosa locomotora arrastraba por las interminables vías de hierro, entre paisajes verdes unas veces, y secos y desolados otras, llegaron a un pequeño pueblo, distante a tan solo unos cinco kilómetros del Hogar de Pony. Mientras el convoy iba ingresando en la terminal de la pequeña estación, entre nubes de vapor y con resoplidos de gigante displicente y exhausto, cada una de las personas que miraban a través de las ventanillas del compartimiento con aspecto agotado y casi indiferente, desde la relativa confortabilidad de sus asientos, iban sumidas en sus particulares penas y conflictos personales. Haltoran no podía quitarse de la cabeza a la pequeña Cathy y se preguntaba si habría actuado con acierto al destrozar las ilusiones más secretas y recónditas de la niña. Por su parte Mark, pensaba en como se despidiria de Candy para ir al encuentro de la misma persona, que le aguardaba sumida en un profundo sueño, para nada reparador al otro lado del tiempo y tal vez del mismo espacio. Decir adios a una persona con la que si todo resultaba como él preveía, volvería a encontrarse en una realidad distinta. Parecía un chiste macabro o una broma cruel sin pizca alguna de gracia, aunque el grandilocuente mago hubiera hablado de grandes valores y esperanzas, para justificar su venganza en la que Mark y Haltoran, lo mismo que Candy y quien sabe cuantos más habían sido peones manejados a su antojo. Pero Mark no elegió ser imbuido por el don del iridium que en más de una ocasión tan pronto se le antojaba como un duduso honor unas veces, como para otras, constituir el pilar central de su existencia, que había hecho posible su imprevista y a la vez anhelada felicidad, pero a costa de quizás haber destruído las de otras personas. Mark ceñudo contempló de soslayo a Candy, que observaba a través de la ventanilla como el tren iba deteniéndose gradualmente, mientras un grupo de viajeros esperaba en el andén, a algún familiar o amigo, o simplemente aguardaba pacientemente su turno, para subir al mismo tren, que partiría hacia diferentes destinos alternativos. Candy se mesó los cabellos artificialmente negros que pronto recobrarían su color habitual y se preguntó si tendría el valor suficiente de aceptar y permitir la marcha de Mark, ahora que las condiciones del cruel y taimado ser que le había lanzado aquel sortilegio desde distancias inconmesurables, si se podía cuantificar como tal el espacio que mediaba entre cada era, se habían alcanzado plenamente. Esta vez, el vizconde se le apareció a Mark en sueños poniéndole al corriente de lo que Haltoran ya le había dado a entender con penosas palabras que le resultaron inmensamente difíciles de pronunciar, poco después de que abandonaran el Carpathia. El gran buque de línea hizo su entrada triunfal en el puerto de Nueva York entre ensordecedores sonidos de sirenas, el griterío de la gente que parecía haber caído en el delirio más absoluto ante la irrupción del gigante de los mares, y el alud de serpentinas y confeti que saludó su arribada al muelle. Con aire cansado y triste, los tres tomaron un coche de punto que les dejó justo delante de la fachada acristalada de la barroca y artística estación, situada en los suburbios, desde donde subieron al ferrocarril, que les acercaría de forma definitiva a la última etapa de su largo viaje y que no era solamente era de índole física. A lo lejos Haltoran, sumido en una duermevela agitada inducida por el traqueteo del tren, creyó percibir a través del empañado y sucio cristal de la ventanilla del compartimiento, las características torres de Lakewood rodeadas por el gran y ubérrimo bosque en torno al lago central, que confería su nombre a la propiedad, aunque no podía afirmar a ciencia cierta si estaba en lo cierto, o había errado en sus apreciaciones.

54

La hermana María escrutaba el bacheado camino que partiendo desde la misma puerta del Hogar de Pony, conducía a la carretera de grava que conectaba el recogido y tranquilo valle con el cercano pueblo de Blackstone. Esperaba ver aparecer de un momento a otro a Candy, junto con aquellos dos hombres de los que le había hablado el robot en animada conversación, sorprendiendo con su verborrea fluida y sus exquisitos modales a la señora Pony y a la religiosa, que aun seguían creyendo que tras el armazón metálico debía de esconderse una persona, quizás en complicidad con otra oculta para gastarles una elaborada broma quien sabía con que desconocidos y aviesos fines. Pensó en un primer momento en los taimados hermanos Legan, pero no era posible, porque aquella cosa debía sobrepasar los dos metros o por lo menos, los frisaría, aparte que de haber rondado ambos por allí, cualquiera de las dos los habría visto, aparte de que unas personas así, con un aspecto tan refinado y distinguido no pasarían fácilmente desapercibidas en aquel ambiente rural rayano con la humildad. Hasta que el propio robot, para sacarlas de dudas, les mostró algunos de sus componentes internos abriendo una portezuela metálica practicada en su pecho. Cuando la señora Pony se asomó a las entrañas sumidas en penumbra del robot, solo alcanzó a ver circuitos impresos, algunas luces minúsculas que se encendían y apagaban a intervalos y una especie de placa oscura que el robot identificó como su CPU, explicando el funcionamiento de cada componente a sus incrédulas interlocutoras. Como además el robot demostró poder realizar las más variopintas tareas, desde la cena hasta la colada, ya que había superado en parte su arraigado miedo al agua gracias a la experiencia de haber rescatado a Sammie, y demostró ser totalmente inofensivo para los niños, Mermadon se ofreció obsequioso para compartir sus juegos infantiles con ellos, los cuales aprobaron la idea entusiasmados por unanimidad. Aunque en un primer momento la hermana María parecía reaccia a autorizar semejante acción, Martha la tranquilizó sugiriéndola que vigilaran al robot hasta que comprobaran que tales actividades lúdicas no revestían el menor peligro para los niños. Por otra parte, Mermadon no había descuidado sus labores de vigilancia porque de cuando en cuando oteaba las proximidades de la cerca que vallaba el recinto del hospicio, con sus sofisticados sensores. Pero como tampoco querían que la llegada de Candy las tomara por sorpresa, la hermana María se presentó voluntaria para estar pendiente de las inmediaciones del edificio aprestándose junto a la puerta. Y en el momento en que permanecía de pie, apoyando sus manos sobre la áspera madera de la valla, soltando un inoportuno bostezo de aburrimiento, junto al letrero con forma de pony que daba su nombre al orfanato, una figura alta y esbelta se recortó en lontananza avanzando decididamente hacia ella. En un primer momento, confundió al joven de ojos azules y cabellos castaños con algunos de los extraños amigos de Candy, pero cuando el hombre de porte aristocrático y apuesto se acercó más, comprobó que no era ninguno de ellos. Mermadon le había descrito minuciosamente cuales eran los rasgos más identificativos y llamativos de cada uno de ellos y ninguno de los dos tenía ojos azules, si acaso verdes y oscuros. Obviamente decidió no hablarle del robot aunque Terry ya lo había divisado desde la loma, jugando en el exterior con los niños.

-Buenas tardes –se presentó el desconocido tendiendo la mano a la religiosa que le contemplaba afablemente- me llamo Terry Grandschester y soy –buscó las palabras más precisas, porque le parecía poco apropiado y un tanto precipitado presentarse de momento como el novio de Candy, ya habría tiempo para eso. Supuso con fundamento, que la religiosa de aspecto juvenil pese a que los años empezaban a hacerse notar en su cuerpo, debería ser una de las antiguas tutoras de Candy, o como ella las llamaba con profundo afecto y devoción, "mis dos maravillosas madres".

-Soy amigo de Candy –prosiguió- ella ¿ no se encontrará aquí en este momento, verdad ?

-No, pero no tardará en llegar –repuso amablemente la hermana María que se había olvidado momentáneamente que en el salón principal del edificio albergaban a un robot de dos metros de altura venido de otro tiempo, que tenía que encogerse para no dañar con su cuerpo de titanio reforzado con kevlar, las vigas más altas de la estancia –si quiere pasar adentro a esperarla, con gusto le guiaré hasta allí.

En ese instante, la señora Pony que estaba al quite y había detectado oportunamente que su amiga estaba a punto de cometer un fallo de imprevisibles consecuencias entretuvo al joven con la excusa de que la estancia estaba revuelta porque los niños habían cambiado las sillas de sitio para jugar a indios y vaqueros improvisado un escenario del lejano oeste allí dentro, y que quería poner un poco de orden en el salón devolviéndole su orden natural antes de que el invitado accediera al interior para que no se llevara una mala impresión, aunque a Terry no parecía importarle tal detalle. En un principio, la hermana María dio muestras de no entender, creyendo que Martha le estaba hablando de algo incomprensible pero finalmente se percató a tiempo de que Mermadon estaba aun dentro. Mientras Martha se fue a buscarle, para esconderle en otro sitio mientras el amable joven continuara allí, Terry permaneció en el zaguán del hospicio hablando tranquilamente con la religiosa. La monja conocía a Terry aunque aquella era la primera vez que le veía físicamente por las emotivas misivas que su querida Candy les enviaba desde el severo Internado londinense, merced a las detalladas descripciones que realizaba de él. Casi antes de que el muchacho inglés se identificara, ya sabía hasta su nombre. Por eso no había mostrado recelo o desconfianza hacia él, cuando presenció su llegada, y la desconfianza no casaba con la forma de ser abierta y desprendida, de alguien que ofrendaba todo su tiempo y trabajo al servicio de los demás.

Mientras Martha, asió al robot por su brazo derecho y le dijo para contrariedad de los niños que deseaban continuar jugando con el androide:

-Vamos Mermadon, necesito que me eches una mano con el postre. Hoy estoy muy atareada y la hermana María debe estar pendiente por si aparece Candy o tus amigos.

Estaban preparando un ágape de bienvenida a Candy, aunque la monja presentía con una vaga y molesta sensación de desánimo, que no habría nada que celebrar. Se temía la llegada de cruciales y tensos momentos, y muy pocas veces su acendrada intuición le fallaba.

-Como guste señora Pony –dijo escuetamente el robot que caminaba encorvado para no dañar el techo con su cabeza.

Antes de entrar en la cocina se aprestó a salir al exterior para avisar a la hermana con disimulo de que el camino estaba despejado y se giró a los niños para pedirles algo:

-Ha venido una visita, un amigo de Candy. Os pediría por favor que no le habléis de Mermadon. Nadie debe saber que está aquí,¿ de acuerdo ?¿ me guardaréis el secreto ?

Los niños se miraron entre sí extrañados, pero se figuraron que si se corría la voz de que el hombre metálico estaba allí, tal vez les privasen de su compañero de juegos. Realizaron un pacto tácito para mantener en secreto la existencia de Mermadon, tras conferenciar unos instantes entre ellos y aceptaron mayoritariamente la petición de la bondadosa señora Pony.

-De acuerdo señora Pony –dijo Sammie- nadie sabrá nada. Esté tranquila.

Más tranquila por contar con el beneplácito tácito de los niños, soltó un suspiro de alivio contenido durante largo rato, y salió afuera al encuentro del joven y la monja, realizando una seña disimulada a la hermana María, para darla a entender que ya podían pasar adentro sin peligro de que el joven invitado se diera de bruces contra la mole de Mermadón.

55

Varias personas se habían movilizado para atravesar el Atlántico lo antes posible. Tan pronto como los hermanos Cornwell recibieron el aviso de Candy, reunieron el equipaje mínimo indispensable y tras intentar dar aviso a Annie infructuosamente porque no la localizaron por ningún sitio, finalmente una hermana les confirmó que la chica había partido hacia Norteamérica tras recibir un misterioso aviso del que no quiso dar cuenta a nadie. Ambos hermanos se miraron entre sí y coincidieron que no podía ser otra cosa que la nota de Candy, que también habría informado a la joven en los mismos términos que a ellos. Afortunadamente, habían dado comienzo las vacaciones estivales, y dado que la hermana Grey había suspendido las actividades de verano aduciendo falta de presupuesto, tras el tremendo revuelo que el descubrimiento de unos intrusos en el campus había provocado con intervención de la Policía Metropolitana incluída, los tres jóvenes consiguieron permiso de la rectora para pasar el verano en Estados Unidos, pese a sus tentativas de que permanecieran estudiando en el Internado. Por ello, cada uno por su lado, los dos hermanos y Annie se encaminaron hacia Southampton para tomar pasaje en un barco que partiera de forma inminente hacia los Estados Unidos. Una vez llegaron al concurrido puerto deambularon por allí, hasta que un marinero de aspecto desaliñado, les informó de que un buque de línea zarparía en breve hacia América, advirtiéndoles que se dieran prisa, dado que con seguridad quedaban ya pocas plazas a bordo. Mientras Archie se dirigía con paso apresurado hacia la oficina de pasajes, Stear se tropezó casualmente con una muchacha morena que estaba de espaldas, mientras su hermano había ido a gestionar la adquisición de los pasajes. La muchacha se giró un tanto molesta, pero dispuesta a no reaccionar airadamente, mientras el gentío continuaba rodeándoles, pasando a su lado indiferente, sin prestar la menor atención al leve encontronazo entre ambos jóvenes. Cuando Stear se dispuso a esbozar una disculpa, unos ojos azules muy expresivos, que le resultaban tremendamente familiares, bajo un flequillo plano que nacía a su vez de unos largos cabellos morenos, le observaban perplejos. Annie le estrechó entre sus brazos en cuanto le reconoció, tomando a Stear por sorpresa, lo mismo que Archie que cuando volvió con sendos pasajes junto a su hermano, y le halló en compañía de su novia, el abrazo en que se fundió inmediatamente después la pareja, sería largo y efusivo.

Feliz por haber encontrado a Stear y a su novio, Annie que también había tomado pasaje en el mismo barco que ellos, les propuso como era de esperar dirigirse juntos hacia el Hogar de Pony. Obviamente, los chicos Cornwell aceptaron al unísono de inmediato.

56

Candy en compañía de Mark y de Haltoran descendió de la calesa que habían alquilado para cubrir los últimos kilómetros que les separaban de su destino. El pequeño carruaje descubierto y tirado por dos briosos caballos trotones llegó justo hasta las estribaciones de una pequeña loma, desde la que se divisaba fácilmente y a simple la colina de Pony rematada por el gran y sempiterno árbol que continuaba presidiendo la vida de la pequeña comunidad del Hogar de Pony, y el edificio de la misma encalado en blanco y rematado por un minúsculo campanario. Candy suplicó a Haltoran que detuviera un momento el vehículo y el joven pelirrojo tiró de las riendas de ambos animales imprimiendo a su voz un recio tono para conminarles a frenar su marcha. Candy, envuelta en una capa roja dado que pese a estar a mediados de Junio sentía algo de frío, porque la mañana de aquel día que comenzaba lentamente había resultado más fresca de lo habitual, descendió con paso vacilante del vehículo. Se plantó enfrente de la bucólica vista que ofrecía aquel paisaje que había conocido desde su nacimiento y miró momentáneamente a Mark, para posar nuevamente sus ojos semejantes a esmeraldas en bruto en el Hogar de Pony. Por un lado estaba feliz, porque tras tantos sinsabores había retornado finalmente al único lugar, que como su propio nombre indicaba había sido tal para ella, pero por otro temía la inminente separación del hombre al que había presentido en aquellos extraños y nada conciliadores sueños, y del que había terminado perdidamente enamorada. Mark intentó aproximarse a la muchacha para consolarla, pero Haltoran extendió un brazo impidiéndole avanzar más y negando enfáticamente con la cabeza. Ambos jóvenes se apartaron discretamente de Candy, que envuelta en su capa roja bajo la cual sobresalía la orla de un sencillo vestido plisado de manga larga no podía dejar de estremecerse al imaginar el inexorable paso de los minutos, que traería indefectiblemente, su alejamiento tal vez con carácter definitivo de Mark. Este, mientras sostenía nervioso su gorra entre las manos sin dejar de retorcerla entre los dedos. Haltoran intuía que su amigo era una olla a presión a punto de estallar, un conjunto de desatadas emociones mal contenidas, que terminarían por liberarse.

-No puedo dejarla así –dijo tembloroso, mientras algunas lágrimas resbalaban por sus mejillas-no puedo abandonarla. Si lo hago la mataría –dijo Mark retirando varias lágrimas con el dorso de su antebrazo izquierdo.

-No puedes hacer nada Mark –dijo Haltoran sombrío y tan dolorido como él- pero si te quedas en esta época, la acabarás matando de todas maneras, porque jamás despertará. Piensa en Maikel y Marianne, piensa en que por duro que sea este amargo trago, tienes que superarlo querido amigo –dijo Haltoran intentando posar su mano derecha en el hombro de Mark, pero este enojado por la rotundidad de tal sentencia, se revolvió furioso impidiendo que la mano de Haltoran hiciera contacto con su hombro. Haltoran se temió lo peor y tal y como suponiera, aun queriendo negar la evidencia, Mark se estaba negando a abandonar a su suerte a aquella Candy. Se llevó la mano al bolsillo de su chaleco, pero Mark fue más rápido. Pese a que Haltoran debido a su entrenamiento militar había endurecido sus músculos y potenciado sus reflejos hasta extremos insospechados, no era rival suficiente para la rapidez y agilidad inhumana de Mark, potenciada por el iridium. Haltoran esgrimió su arma que era lo único que tenía para hacerle frente, pero dudó que fuera suficiente. Su única esperanza si las cosas venían mal dadas era tratar de dejarle inconsciente haciendo estallar un proyectil con una carga aturdidora que siempre llevaba encima por si llegado el momento, por mucho que le repugnara tuviese que contener a Mark de alguna manera. Y aunque Mark solo había perdido el control un par de veces que él supiera, nunca estaba fuera de lugar pensar que tal vez hubiese una tercera. La primera había sido cuando provocó accidentalmente aquella explosión sobre la taiga siberiana, 30 de Junio de 1908 para ser exactos. La segunda fue cuando defendiendo a Candy del ataque de un antiguo capataz de los Andrew al que además había dejado en entredicho con anterioridad, calcinó a todos sus hombres provocando una orgía de sangre y horror en un pequeño pueblo del medio oeste y destrozó al capataz por haber intentado abusar de su esposa. Mark extendió la mano y pensó en proyectar una llamarada de iridium para evitar que Haltoran frustrara sus aspiraciones de quedarse para siempre allí, pero lanzando un suspiro bajó la extremidad y musitó tristemente:

-Si la dejo sola, puede que se quite la vida. Además, la he utilizado como si fuera una res, mero dinero con el que comerciar alegremente.

Haltoran guardó el MP-5. Presentía que el punto de inflexión de aquella dura lucha interior estaba a punto de llegar. Se aproximó nuevamente a su amigo y posó una mano suavemente en su antebrazo. Esta vez Mark, no se apartó ni intentó zafarse de la presencia de Haltoran.

-Aun intentando separarte de ella para dejarle el camino libre a Terry, ella ni por un momento dudó de vuestro amor. Y pese a ello, es más fuerte de lo que crees Mark.

El joven dirigió sus ojos oscuros a su amigo. Las pupilas de Haltoran le devolvieron una mirada cargada de tristeza.

-Tengo la esperanza de que no ocurrirá tal, Mark. Ella es demasiado fuerte, más de lo que su aspecto da a entender muchacho. Bajo esa aparente fragilidad se oculta un espíritu fuerte y decidido, mucho más de lo que puedas suponer amigo mío –dijo contemplando como Candy se mesaba los cabellos como ala de cuervo por efecto del tinte que le aplicara Owen para disimular su aspecto y eludir una posible captura por parte de las fuerzas de orden público.

Mark no respondió y se puso al lado de la chica, observando juntos sin que mediara palabra alguna entre ellos, el idílico lugar donde dio comienzo todo, con un joven de ojos asustados y sangrando abundantemente sobre una de las ramas bajas del Padre Árbol y una muchacha muy joven de ojos de esmeralda y cabellos de sol, contemplándole con fascinación, sin que ambos pudieran apartar la vista el uno del otro. Candy extendió su mano izquierda y la de Mark avanzó para entrelazarse ambas con firmeza, mientras musitaban con labios temblorosos una promesa que habían formulado tantas veces:

-Para siempre –susurró él lentamente.

-Para siempre –musitó ella en voz muy baja, sabiendo que pese a todo la vigencia de la promesa se renovaría una vez más, allá donde él fuera.

Haltoran les observó desde la discreción que proporciona una prudente distancia. No sonreía. Apenas lo había hecho desde que se adentrara en las brumas del tiempo para alcanzar aquella dimensión temporal, viajando a lomos de su fiel robot. Anhelaba volver a ver a Annie, envolverla entre sus brazos y besarla largamente, pero al mismo tiempo temía que Mark perdiera la cordura y que el peso de la conciencia fuera demasiado insoportable para él.

No, Candy no se quitaría la vida, porque aunque Haltoran no era médico, tenía las suficientes nociones de anatomía, para intuir los indicios del maravilloso proceso que en Candy, apenas estaba iniciándose dentro de su vientre.

-No, Candy no cometerá suicidio –dijo para sí en voz muy baja para que no pudieran oírle.

No se quitaría la vida, porque otra se estaba gestando en su interior, fruto de aquella noche de amor a bordo del Carpathia, mientras él asistía a su particular drama con la desconsolada Cathy como protagonistas principales del mismo. Si Mark se hubiera enterado de que había concebido un hijo con ella durante la única noche que pasaron juntos, en la suite del Carpathia, no habría forma humana de convencerle u obligarle a que dejara aquella era a la que no pertenecía.

57

Candy cubrió los últimos metros que la separaban del Hogar de Pony con grandes zancadas que levantaban algunas briznas de hierba a su paso. Alertada por los gritos de la hermana María, la señora Pony dejó sus quehaceres y precipitándose al exterior corrió tanto como sus viejos huesos se lo permitieron al encuentro de su niña. Las tres se fundieron en un emotivo y fuerte abrazo mientras las lágrimas se deslizaban por las mejillas de todos los rostros entrelazados en una amalgama de muestras de cariño, palabras cordiales y lágrimas por el tan largamente ansiado reencuentro. Mientras tanto, el griterío cuyos ecos llegaban al confortable interior del hospicio, atrajeron la atención de los niños que al descubrir atónitos como Candy había regresado y a la que reconocieron de inmediato pese a su insólito aspecto con el cabello moreno salieron en tropel a recibirla. Un pequeño tumulto seguido de precipitadas carreras avanzó hacia ella, para concluir con al menos doce niños y niñas de diversas edades abrazando y prorrumpiendo en llanto en torno a la muchacha. Mismas escenas, mismas demostraciones de cariño y emotivas palabras. Pero lo que menos esperaba que sucediera a continuación ocurrió. Terry Grandschester sorprendido por el imprevisto alboroto abandonó el edificio donde había estado tomando una taza de café servida por la señora Pony y se encontró frente a frente con una muchacha morena de intensos ojos verdes que le contempló entre alucinada e incrédula. Pese a su perturbadora y nada habitual imagen, Terry la reconoció enseguida. Corrió a su encuentro con el corazón en un puño sin importarle que su amada se hubiera teñido los cabellos. Ya vendría después las explicaciones, pero de repente su agitado y veloz correr se frenó en seco, cuando percibió a poca distancia de Candy a un hombre que ya hubiera conocido en el bosquecillo del Internado. Aquellas pupilas oscuras, los cabellos deplegados sobre los hombros, su gesto adusto y triste. De inmediato sacó una conclusión y destrozado, optó por dar media vuelta para recoger sus cosas y marcharse cuanto antes en dirección a la mansión de su madre. La vida volvía a golpearle cruelmente. Primero su padre que le había apartado de su madre, ahora ella, su amada Candy en compañía de aquel maldito desconocido. Cuando iba a entrar en el hospicio, un hombre de cabellos rojos y ojos verdes que también había conocido para su pesar, le cerró el paso.

-Apártate –le espetó Terry arisco y fuera de sí- no tengo nada más que hacer aquí. Déjame marchar.

Pero Haltoran no se apartó y continuó mirándole fijamente. Terry crispó su puño derecho y lo retrajo para descargar un contundente golpe sobre su adversario para derribarle y abrirse paso. Quería alejarse de allí cuanto antes, huir para rumiar a solar el dolor que le estaba consumiendo vivo y lamer sus heridas. Pero se lo pensó mejor. Presentía que atacar a aquel joven no serviría de nada, porque esquivaría fácilmente cuantos ataques le lanzara. Bajó la mano lentamente y entonces Haltoran aprovechó que se había calmado relativamente para hablarle:

-Si te marchas ahora, Candy estará más sola que nunca y es precisamente ahora cuando más te necesitará.

-¿ Para qué ? por lo que veo está bien acompañada, ¿ para qué me necesita ? –preguntó con atroz ironía el despechado y defraudado joven.

Todas las ardientes palabras de amor, todo cuanto se dijeran en aquella réplica de la Colina de Pony al calor de sus sentimientos habían sido mentiras, absurdas y terribles mentiras. Nunca le había querido, porque siempre había estado enamorada de aquel joven de mirada triste y gesto hosco.

-El no puede quedarse junto a ella, porque tiene que retornar a su mundo –dijo Haltoran con la mirada perdida y vertiendo algunas lágrimas, lo cual era impropio de él, hablando poéticamente como si no se dirigiera a nadie en particular. Terry pasó de la decepción y la rabia, a la sorpresa y la incredulidad. Aquel hombre estaba completamente ido, loco de atar porque cuanto decía no tenía coherencia ninguna.

Entonces se escuchó el rumor de varios motores que iba creciendo exponencialmente a medida que los coches que lo producían se iban acercando.

Por el rabillo del ojo, Haltoran contempló como dos automóviles descapotables se avecinaban velozmente a ellos. Uno de ellos de un rojo chillón que hería la vista llevaba a dos jóvenes, uno moreno de anteojos y el otro de cabellos castaños que era el que lo conducía. Detrás en compañía de ellos viajaba una preciosa chica morena de ojos azules, que voceaba un nombre que era respondido a coro por los dos muchachos que viajaban en los asientos delanteros:

-Caaannnddyyy –voceaban alternativamente Stear y Archie. La armoniosa y dulce voz de Annie no tardó demasiado en sumarse a las de su novio y el hermano de este.

En el otro de una tonalidad más discreta y de mayor tamaño y más imponente que el de los hermanos Cornwell, viajaban otros dos hombres. En los laterales del vehículo se podían observar sendos banderines con la divisa de la familia Andrew. George con gorra de anteojos conducía el vehículo y a su lado Albert le apremiaba para que pisara el acelerador y llegase cuanto antes al hospicio.

Como ya no tenía sentido seguir ocultando la verdad, porque por otro lado, la partida hacia otra dimensión es más ruidosa y estridente que un salto en el tiempo Haltoran suspiró y llamó a Mermadon con voz autoritaria y recia. Al poco un autómata de dos metros de altura caminó mostrando su imponente envergadura a un asombrado y mudo Terry que no acertaba a articular palabra. No obstante, el gigante de acero y kevlar lo haría por él.

-Encantado de conocerle señor Grandschester –dijo el autómata realizando una exagerada genuflexión- mi creador, el señor Hasdeneis me ha hablado mucho de usted. Encantado de conocerle –repitió por segunda vez.

Al poco Mark, se acercó extendiendo el brazo izquierdo. Lamentaba tener que dar semejante espectáculo delante de los niños, de Candy y todos los demás presentes, pero no quedaba otra, porque de todos modos, lo darían igualmente. El Vizconde había establecido como condición ineludible que el regreso a la dimensión de la que provenían se efectuase en ese punto exclusivamente o de lo contrario no podrían retornar. Pero los niños no presenciarían lo que Mark estaba a punto de realizar, porque se hallaban ocupados ayudando a la señora Pony en la confección de un pastel de bienvenida para Candy que finalmente llegaría a degustar pero no en las condiciones que todos hubieran deseado. De la piel de Mark se elevaron pequeñas e incipientes llamaradas que fueron aumentando en tamaño y voracidad a medida que el iridium se mezclaba con el aire de la atmósfera. Terry espantado miró de hito en hito a Haltoran y a Mark y preguntó creyendo que el aire dejaría de llegar a sus sofocados pulmones:

-¿ Quienes sois vosotros ? ¿ de donde venís ? –inquirió mirándoles con ojos desorbitados. Gritó fuera de sí, repitiendo la misma pregunta, demandando respuestas.

Mark iba a responder cuando la voz grave y profunda de un hombre rubio perfectamente trajeado, de en torno a veintiocho años, de imponente físico e impecables maneras contestó por él:

-Son viajeros del tiempo Terry, gente dotada de un incalculable poder. Candy me lo contó, y también yo me negué a creérmelo pero a la vista está que no queda otra alternativa que hacerlo –dijo cruzando los brazos sobre el pecho y muy serio.

Annie acompañada de su novio Archie y Stear les observaban sin poder dar crédito a lo que estaban presenciando. Entonces se escuchó un agudo grito de mujer. Todos se giraron sorpresivamente. Annie se había desmayado de la impresión, por lo que rápidamente entre Albert, Archie y la hermana María, la introdujeron con prontitud en el hospicio para acostarla en la habitación de la señora Pony y dispensarle los cuidados necesarios, aunque afortunadamente el estado de la amiga de Candy no revestía gravedad. Tan solo había perdido el conocimiento debido a la impresión recibida.

"Mejor así" –pensó Haltoran. Por lo menos, no tendría que encararse nuevamente con Annie. Bastante penoso fue el tener que hacerlo en el campus del Internado.

En cuanto a la embarazosa y espinosa cuestión, de que Albert, había intentado matarles sin éxito, capitaneando un grupo de mercenarios, tras dar con su paradero y el de Candy, decidieron pasarla por alta. Haltoran era partidario de ajustarle las cuentas. De hecho, sentía una especial ojeriza y un profundo rencor hacia él, después de todo lo que le había hecho a Mark y a Candy, pero Mark estaba cansado de luchar y padecer. Lo único que deseaba, era que aquella triste historia terminara cuanto antes y retornar junto a su esposa. Como Haltoran era de la misma opinión, optó por dejar el tema y olvidarse de sus ansias de venganza. Habían conseguido salir airosos de la situación sin provocar víctimas ni derramar sangre, lo cual era más que suficiente. Recordando un viejo refrán español, se dijo que se podían dar con un canto en los dientes.

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Habia llegado el momento de la partida. Unos minutos antes, Candy se había despedido de Mark, el cual no era capaz de contener las lágrimas, creyendo que aquello era una atroz pesadilla que no podía estar ocurriendo. Ella le acarició las mejillas y le besó largamente, mientras Terry, más serenado si es que es posible recuperarse de la impresión sufrida tras hablar con personas que se supone que no han nacido aun, conversaba con Haltoran largo y tendido, que le pareció a Terry una persona muy sensata, para la precipitada imagen que en un primer momento se había formado de él. Una de las últimas frases que Haltoran le dirigió fue:

-No puedo obligarte a que vuelvas con ella, como tampoco puedo garantizarte el hecho de que te corresponderá nuevamente, pero sin ti estará perdida. Piénsalo Terry.

Haltoran llamó a Mermadon que se alejó pesadamente de los niños, a los que afortunadamente habían podido mantener al margen del triste y desgarrador drama que allí se estaba fraguando. Los buenos oficios de Albert, Archie y Stear contribuyeron a que los pequeños estuvieran entretenidos y no captaran nada de lo que estaba acaeciendo en los alrededores del hospicio. Haltoran se acercó a su amigo al que palmeó la espalda y dijo con voz queda y la cabeza gacha lamentando tener que interrumpir la ya de por si gravosa despedida:

-Es la hora querido amigo. Tenemos que irnos. El exige que volvamos ahora.

Mark asintió. Poco antes de posicionarse en los inicios de un campo despejado y alejado del Hogar de Pony de forma que este no sufriera el más mínimo daño colateral se quitó el medallón que llevaba con la efigie de Candy y se lo entregó a la muchacha. Le dio la vuelta y en el anverso leyó la dedicatoria que ya conocía y que descubriera no mucho después de que Mark volase junto al Mauritania incapaz de soportar más tiempo alejado de ella y precipitando quizás los acontecimientos con su irreflexiva acción, fruto de su desesperación.

"Con todo mi amor, Mark". –leyó ella sin atreverse a desgranar la frase en voz alta.

-Jamás podré olvidarte, jamás –le dijo ella rodeando el cuello de Mark con sus flexibles brazos que apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en la carne de los mismos produciéndole unas leves hemorragias. Los cabellos de Candy, desprovistos del pigmento negro revelaban todo su esplendor reflejando la luz aúrea del sol. Le besó brevemente otra vez, y girándose se alejó de él sin volverse ahogando sus sollozos y reprimiendo sus deseos de envolverle en sus brazos para no apartarse jamás de su lado. Sabía que si lo hacía no podría separarse de él jamás, ni él tampoco de ella. Por un momento se le ocurrió pedirle que le llevase consigo a su mundo, pero sabía que era algo meramente imposible. No solo no sobreviviría al peligroso viaje, si no que aunque lo hiciera su encuentro consigo misma podría desquiciarla o provocar una reacción contraproducente en el ya de por si alterado continuo espacio-tiempo. Guardó el dije en el bolsillo izquierdo de su falda y se aproximó a Terry al que no se atrevía a mirar a la cara refugiándose no obstante en sus brazos. El joven la había perdonado, movido más que nada por el inmenso amor que sentía hacia ella, aun a sabiendas de que aun permanecieran juntos más que nada por el miedo de Candy a la soledad, y por que sentía que debía resarcir al joven por sus mentiras de algún modo. Cuando le declaró su amor estaba siendo completamente sincera con él, pero el recuerdo de Mark siempre estaría entre ambos, como una peligrosa y destructiva espada de Damocles pendiendo sobre su relación. Terry percibió el borde enjoyado del medallón y su reverso, con la dedicatoria de Mark, perfectamente legible en letras doradas, asomando por el bolsillo de la falda de Candy, pero no dijo nada, y fingió no haberlo visto ni leído la dedicatoria.

59

Haltoran estaba subido a horcajadas sobre Mermadon firmemente sujeto a su espalda, mientras le transmitía unas breves órdenes. El propulsor de doble tobera emergió de detrás del robot y Haltoran se apartó un poco para dejarlo salir. Primero partió Haltoran cuando las toberas de Mermadon escupieron un intenso fuego dorado que los niños confundieron con fuegos de artificio preparados para festejar la vuelta de Candy, aunque no hubiera nada que festejar, como la hermana María había predicho acertadamente. Mermadon trepó como un cohete con Haltoran a cuestas y que se perdió entre las nubes. Ni miró hacia abajo ni desplegó una mano para despedirse. Ni era necesario ni tenía sentido. Luego le tocó a Mark. Pese a que le habían aconsejado que no asistiera, lo hizo negándose rotundamente a que la condujeran al interior del hospicio y se quedó para contemplar como Mark volaba hacia un lejano mundo que en apariencia era como el suyo, sorbiéndose las lágrimas y retorciendo su falda con las manos. El joven echó a correr con furia, reprimiendo sus lágrimas, y muy pronto el iridium se desprendió de su piel haciendo que el aire fluctuara debido al intenso calor que emanaba. La caprichosa sustancia se mezcló con el aire y empezó a arder, mientras Mark corría velozmente cada vez con mayor ímpetu, hasta que sus pies se despegaron del suelo tras realizar un corto pero impresionante salto y fue ganando altura. Se escuchó un leve estampido y Mark se alejó de la tierra en pos de su amigo Haltoran que había partido primero. A su paso una cegadora estela de fuego y luz anunciaba su veloz desplazamiento por entre las nubes. Candy asistió completamente destrozada, y con los ojos arrasados de ardientes lágrimas a aquel hermoso, a la par que desdichado espectáculo de fuego y luz, arropada por la compañía de la hermana María y la señora Pony y abrazada firmemente a Terry que no se atrevía a soltarla por miedo a perderla definitivamente. Mientras Annie que aun permanecía desmayada recobraba la consciencia para observar los compases finales de la huella del paso de aquellos hombres por un tiempo que no era el suyo. Convino que aquello había sido un mal sueño, pese a que se estaba engañando así misma y lo sabía perfectamente. Candy que se había acordado de que su amiga había perdido el conocimiento desplomándose por el efecto en su ánimo de cuanto había sido testigo, llegó en el momento justo en que volvía en sí y empezaba a reclamar insistentemente a Candy, porque la necesitaba junto a ella.

-Tranquila cielo ya estoy aquí, estoy a tu lado –dijo Candy mientras acariciaba amorosamente su vientre con una mano, consciente ya de lo que Haltoran había descubierto por su cuenta, y con la otra tranquilizaba a Annie deslizando las yemas de sus dedos por las mejillas de la chica.

Mientras, Haltoran que no perdía de vista a Mark ni un momento, junto con su amigo atravesaban velozmente la confusa y caótica dimensión temporal y se iban aproximando gradualmente a la abertura que brillaba con intensidad, y que les conduciría hasta el mundo que habían adoptado como propio, tras dejar atrás el siglo XXI, aunque sonara irónico.

Haltoran percibió una emoción que le abrasaba el alma y pensó complacido, observando el rostro sonriente de Mark:

"Por fin estamos llegando a casa. Hemos vuelto a nuestro hogar".

FIN

EPILOGO

1

Albert pidió perdón a Candy por su reprochable conducta y logró transformar el irracional amor que empezaba a sentir por su hija, en devoción filial que contuvo en parte sus irresistibles deseos de convertirla en su mujer. La muchacha, cansada de sufrir y necesitada de rodearse de buenos e incondicionales amigos, aceptó y se reintegró al seno de la familia Andrew como miembro de pleno derecho para la desesperación de Eliza y Neil que empezaron a deslizarle por una peligrosa senda de vicio y autodestrucción en una huida hacia delante que terminaría abruptamente con Neil convertido en un despojo ni sombra de lo que había sido, y Eliza tonteando con cuantos hombres se cruzaban en su camino hasta que un despechado amante la desfiguró el rostro con una afilada navaja de afeitar. La otrora hermosa joven enloqueció y fue acogida en una institución religiosa donde terminó sus días trastocada y oscuramente. La tía abuela Elroy tuvo que acatar la decisión de su sobrino a regañadientes de acoger nuevamente a Candy en el clan familiar pese a las extrañas historias que había oído circular, que como no pudieron ser probadas quedaron en meros infundios. Candy se casó con Terry tras medio año de relaciones con la aprobación de sus padres y la familia Andrew con Albert a la cabeza. La ceremonia fue muy sonada y convocó a lo más granado de la sociedad. Terry sabía que Candy estaba embarazada y que el niño no era suyo, pero por amor calló nuevamente y aceptó darle sus apellidos tras tranquilizar a su esposa y convencerla de que el niño sería criado con afecto y cariño, y que lo querría igualmente de todas maneras. Previamente a todos aquellos hechos, Terry continuó viaje hasta Chicago tras prometerle por activa y por pasiva a Candy, que retornaría junto a ella y recibió como un jarro de agua fría y una mezcla de sentimientos encontrados la reconciliación de sus padres, aunque deseoso únicamente de pasar página y lograr la tan ansiada paz y felicidad junto a Candy, hizo de tripas corazón y aceptó a regañadientes aquella imprevista nueva, por sorprendente e increíble tomándoselo de la manera más civilizada y reposada de que fue capaz. No tenía sentido que culpara a su madre por enamorarse de su propio padre, cuando él mismo aceptaba una relación sin amor al lado de Candy para no tener que alejarse otra vez de ella. Tal y como vaticinó Alfred el escándalo fue sonado y la millonaria indemnización y pensión que su exmujer obtuvo de él gracias a prestigiosos abogados que conocían su oficio, aunque no mermó tanto como él creía su ya de por si cuantiosa fortuna, si que arruinó su prestigio e hizo que su anciano padre le desheredara desposeyéndole de su título de duque, y los restos de su fortuna que pasaron no mucho tiempo después a manos de su exmujer y los hijos de esta. Cuando finalmente obtuvo al cabo de casi un año después el divorcio tras una larga y tensa espera, se casó con Eleonor teniendo que vivir más modestamente porque el revuelo organizado también afectó a su reputación, y por ende nadie quería contratar pese a su genialidad en los escenarios, a una actriz con tal escabrosa y dudosa moralidad, pero pudieron llevar una existencia relativamente acomodada y lo más importante, feliz.

Sin embargo el matrimonio de Terry y Candy terminaría por hacer aguas, fracasando dos años después. Terry incapaz de olvidar pese a sus vehementes promesas, que Dylan, el hijo de Candy no era de él, se vio reflejado en este hecho que lo exasperaba. Comenzó a beber y a descuidar su carrera artística y aunque jamás maltrató a su mujer, la gritaba y la hacía blanco de su ira culpándola de su desdichada situación. Como tampoco tuvieron hijos, y la convivencia en casa de los Grandschester iba de mal en peor, terminaron separándose y rompiendo así su malogrado matrimonio. Candy estudió enfermería compaginando sus estudios con el cuidado de su único hijo y aceptando finalmente la protección de Albert, que le garantizó que no se aprovecharía de su precaria situación, para proponerla que se desposara con él nuevamente ni insistir en ello, como ya había intentado en alguna ocasión antes de su boda con Terry, sin que este lo supiera. Albert que había cambiado a mejor no le exigió nada a cambio de su ayuda, pese a que podria haberla forzado a aceptar cuanto se hubiera propuesto. La muchacha se diplomó un año después llegando a trabajar con una prestigiosa doctora llamada Bárbara Kelly en un importante hospital de Chicago, que además se convirtió en su mejor amiga ahora que Annie tras casarse con Archie debía de atender a su nuevo hogar y recien formada familia. La joven morena no tardó en quedar embarazada de gemelos.

Bárbara le confesó a Candy que su hermano Arthur era buscado en Inglaterra y Estados Unidos, acusado de un crimen que no había cometido. A requerimientos de Candy, Archie que se había convertido en un abogado de prestigio aceptó defender al joven que había sido detenido recientemente mientras intentaba ocultarse y pasar desapercibido, trabajando en una mina de carbón, perdida en las estribaciones de los Apalaches y considerada como de alto riesgo. Tras un difícil y largo juicio que mantuvo en vilo a Candy pero sobre todo a Bárbara, Archie logró que el joven fuera declarado inocente y saliera en libertad poco después. El muchacho encontró trabajo como ayudante de un veterinario en una pequeña clínica para animales, lo cual siempre había sido su verdadera vocación. Antes de lograr la felicidad que nunca sería plena por la ausencia del padre de su hijo, Neil intentó que Candy se convirtiera en su mujer impresionado por su belleza pese a que no quisiera aceptar ni en broma tal posibilidad. Después de un par de intentos fallidos y disuadido por el poder de Albert dejó de molestarla y acabó por hundirse definitivamente en el vicio y la disipación. Sus padres, avergonzados de sus dos primogénitos e incapaces de hacerles retornar al buen camino, renegaron de ellos desentendiéndose de ambos hermanos, aunque la pena y la tristeza terminó con la vida del señor Legan no mucho después, mientras su esposa fue acogida en el Hogar de Pony por la hermana María y la señora Pony, a instancias de la propia Candy enterada de su precaria situación que rozaba la indigencia, porque sus hijos habían dilapidado el patrimonio familiar, sin que el señor Legan y menos ella, hubieran podido hacer nada por evitarlo al incurrir en numerosas y elevadas deudas, algunas de juego, contraidas por Neil, a las que no podían hacer frente en modo alguno.

Por su parte Albert, continuó al frente de sus negocios, mientras la anciana tía abuela se retiraba a un discreto segundo plano. Al cabo de unos meses conoció a Sandra, la díscola y alocada hija de un capitán mercante que estaba yendo por el mal camino, debido al poco por no decir nulo caso que su atareado padre la dispensaba. La conoció durante una noche de juerga en Nueva Orleáns, para celebrar el éxito de un recién firmado contrato con un importante cliente. Ambos congeniaron y Albert logró alejarla de la banda de la que formaba parte, no sin antes tener que sostener un duelo a cuchillo con el jefe, que no estaba muy conforme en la decisión de la muchacha. Como era de esperar, el joven magnate salió airoso del difícil lance, y la asilvestrada Sandra no tardó en comprobar las ventajas de una vida de lujo, al tiempo que sus iniciales recelos hacia Albert no tardaron en derivar en un naciente amor que se tradujo en un enlace matrimonial un año después. El padre de la muchacha se retiró de la vida en la mar, logrando reconciliarse con Sandra sobre todo gracias a la influencia de su marido, que consiguió rebajar la tirantez y tensión existentes entre su esposa y su suegro.

Stear perdió la vida en la guerra, durante los últimos meses de la misma. Su avión fue abatido en llamas por la caza alemana, sin que tuviera alguna posibilidad de salvarse. Unos días después, fue aprobada por parte de las autoridades británicas, la introducción del paracaídas entre los pilotos militares, que habría podido preservar al infortunado muchacho de su desdichado final de haber dispuesto de él a tiempo. Mark dejó una nota dirigida a Candy alertándole del trágico final del joven inventor, porque si hubiera intervenido para salvarle como si hiciera en la otra dimensión, habría provocado una alteración tan radical y drástica, que habría destrozado el precario equilibrio de aquel mundo. Sin embargo, Candy que no tenía valor de leer la postrer carta que su amor le había dejado, la mantuvo guardada en su sobre cerrado durante mucho tiempo. Asistió al multitudinario funeral de Stear en compañía de Annie, y la desconsolada Patty, que se haría enfermera como Candy y partiría hacia la Europa de postguerra para ofrecerse como voluntaria en un intento de paliar tanto dolor y destrucción sin sentido para tratar de dárselo a su vida. Al contrario que Candy o Annie, permaneció soltera dedicada por entero a su labor humanitaria. No sabía si algún día volvería a abrir su corazón al amor pese a las constantes peticiones de mano que recibía por parte de los atribulados muchachos y veteranos de guerra que recibía, y a los que atendía con total dedicación.

Terry pensó en rehacer su vida y tras dejar el alcohol, y resignado a perder a Candy, retomó su interrumpida carrera dramática. Al contrario que le ocurriera a su madre, su talento y el hecho de ser hombre hicieron que el público olvidara sus escarceos con la bebida, y otros hechos desafortunados y pronto consiguió recobrar el favor del público, así como la posición predominante que había alcanzado dentro del mundo del teatro y que las multitudes aclamaran su nombre al final de cada representación dedicándole cerradas ovaciones. Algo después entró a formar parte de la compañía de teatro Strafford donde conoció a una actriz de grandes ojos azules y cabellos rubios con la que tras una breve e intensa relación, formalizó su compromiso Junto a la bella joven, conseguiría recobrar gradualmente la paz perdida, sin que nunca lograra olvidar del todo a la mujer a la que había amado con tal intensidad desde los lejanos días del Colegio San Pablo en Londres.

2

Dylan estaba jugando con un pequeño camión de bomberos que su tío Archie, al que solía llamar de esa manera, le había regalado. Después del divorcio de sus padres, los Cornwell se habían convertido en el principal sostén y apoyo de Candy y el niño, aparte de la protección que Albert, le seguía brindando. El pequeño que ya contaba con cinco años, se entretenía en el jardín de una casa de campo propiedad de los Cornwell, y que habían cedido a Candy y a su hijo para que pasaran unas relajadas vacaciones estivales en la campiña inglesa, alejados de los principales núcleos de población, aunque había una pequeña localidad cercana a la que Candy solía bajar a hacer la compra y proveerse de bienes de primera necesidad. Después de sus últimos desengaños con la vida y los hombres, prefería no prodigarse mucho por la aldea, porque no deseaba relacionarse demasiado con otras personas ahora que seguía necesitando de la suficiente tranquilidad para terminar de superar la pérdida de su único y gran amor y a pesar del largo periodo de tiempo transcurrido desde aquello, como desde el fin de su matrimonio.

Dylan señaló con el dedo índice derecho, con los ojos muy abiertos hacia el cielo, mientras soltaba de improviso el camión rojo en miniatura que cayó a sus pies, produciendo un leve y amortiguado sonido, al rebotar contra la hierba.

-Mamá, mamá, está bajando algo desde arriba –dijo señalando hacia un veloz objeto de forma indefinida que cruzaba el cielo de un horizonte a otro. El inusual meteorito iba dejado una estela de fuego, a medida que iba descendiendo a tierra, cada vez más, con creciente rapidez.

Candy ataviada con un sencillo vestido de lino, floreado sin mangas hasta las rodillas, y que llevaba un delantal no menos humilde sobre el mismo con flores y corazones estampados en la tela, estaba tendiendo la ropa en unas cuerdas dispuestas entre dos postes de piedra a modo de tendal, en el exterior de la casa, tras haber hecho la colada y depositarla en un gran barreño azul. Iba deslizando la ropa con parsimonia pero diestramente sobre los cordeles y asegurando cada prenda con un par de pinzas de madera, para continuar nuevamente con otra sin darse tregua en la repetitiva y monótona tarea. Se había recogido los cabellos rubios con un pañuelo anudado en torno a su barbilla y dejó su labor para observar extrañada, allá hacia donde su hijo le había indicado levantando la vista hacia lo alto. Entonces lo vio claramente. Un haz de luz que le resultaba muy familiar, que se extendía como la cola de un cometa detrás de una imprecisa y vaga forma humana, se dirigía decididamente hacia una gran extensión de agua próxima a la casa de campo, aunque de repente como si estuviera dotado de inteligencia propia, empezó a decelerar y a bajar con más suavidad como si temiera desencadenar un cataclismo de imprevistas consecuencias.

Candy exhaló una leve exclamación de asombro mientras se llevaba las manos a los labios y musitaba un apurado y tenue:

-¡Oh, cielo santo¡.

La joven apremió a su hijo para que se refugiara en la casa y no saliera de allí bajo ningún concepto hasta que ella retornara. El chiquillo quiso acompañarla y se negaba a obedecer con terquedad las instrucciones de su madre, pero la voz autoritaria y firme de Candy no admitía réplica alguna. Para suavizar la tirantez entre ambos, le propinó un beso en la mejilla y le dijo con voz suave:

-Vamos cielo, volveré enseguida. Solo voy a asegurarme de que ese fuego no vaya a incendiar el bosque –mintió Candy- puede que tengamos que alejarnos de la casa y bajar al pueblo a pedir ayuda.

El niño de cabellos negros cortos, y ojos increíblemente verdes, casi más que los de su madre y dotado de una excepcional inteligencia intuyó que le estaba engañando pero no quiso discutir más y aceptó resignado introducirse en la casa de campo, aguardando allí impaciente hasta su vuelta.

-Vuelve pronto mamá y prométeme que no te pasará nada.

Candy abrazó a Dylan y le susurró al oído:

-Te lo prometo cariño, mamá no tardará en retornar. No va a pasarme nada.

Candy tras lograr convencer al remiso Dylan, y arremangándose la falda, se internó con precaución entre los altos cañaverales que rodeaban la casa, adentrándose acto seguido en unas marismas poco profundas en las que croaban algunas ranas con pintas moteadas, y zumbaban diversos enjambres de mosquitos junto a las libélulas que volaban a ras del agua verdosa. Candy dio un respingo, esbozando una mueca de desagrado, al notar contrariada que el agua estaba más fría y turbia de lo que un primer momento había supuesto, pero vadeó con decisión sin detenerse ni un solo instante, el marjal. Avanzó fatigosamente, apartando las plantas acuáticas que se interponían a su paso con el dorso de la mano, y el nivel del agua por las rodillas mientras los insectos zumbaban a su lado, sobresaltándola a veces. Cuando llegó hasta el lugar donde el presunto meteorito había impactado, tal y como había supuesto con el corazón palpitándole con furia, en vez de una piedra ardiente y cuarteada, halló a un hombre muy joven en cuclillas, y desorientado tiznado de barro, de largos cabellos negros y ojos de azabache con semblante confundido, tembloroso y empapado de agua cenagosa. El muchacho no podía dejar de centrar sus pupilas oscuras, en las esmeraldas verdes que le contemplaban con fascinación y un amor mal disimulado y a duras penas contenido. El joven llevaba una cazadora negra hecha jirones sobre una astrosa camisa blanca de cuadros, y unos ajados pantalones vaqueros, y de su antebrazo derecho manaba algo de sangre. A unos pocos centímetros de él entre los nenúfares y los cañaverales, yacía una especie de arma oscura de amenazador aspecto, rematada en una ojiva cónica que parecía el principio de algún tipo de munición, que asomaba por la amenazante boca del cañón.

-¿ Quién eres ? –preguntó el joven sorprendido.

Pero Candy que sabía perfectamente cual era su identidad, se limitó a sonreír de forma encantadora mientras procuraba que sus lágrimas no empañaran su desbordante felicidad. Se despojó del pañuelo liberando sus largos cabellos rubios, como si se tratara de una catarata largamente contenida y lo anudó en torno a su antebrazo para cortar la hemorragia.

-Alguien que te conoce muy bien –declaró sonriente la chica respondiendo finalmente a su pregunta, que había quedado en suspenso en el aire, y ayudándole a levantarse, para conducirle hasta la casa de campo donde Dylan esperaba a su madre impacientemente.

Una sangre oscura manaba de su espalda mezclándose con el pestilente cieno de la marisma mientras caminaba en dirección hacia la pequeña casa de campo, pero eso a Candy parecía no preocuparle. Sabía que aquella especie de hemorragia no tardaría en cesar.

3

Algunos dicen que no todo está decidido ni escrito, y que existen tantos mundos alternativos y dimensiones paralelas como posibilidades de que una misma persona viva infinitas situaciones que no tienen porque ser coicidentes entre sí en diferentes mundos a la vez. Ella no podía saberlo, pero la dimensión en la que Mark y Haltoran habían recalado, daba por sentado tan fascinante posibilidad, porque otro Mark ajeno completamente a lo que había sucedido antes de que él llegara, surcó el tiempo por accidente y terminó encontrándose con Candy. La muchacha creyó que Mark, su Mark había regresado por ella, y achacó su inusual pregunta a una amnesia temporal que no tardaría en pasar, debido al shock producido por el impacto. Por su parte, el joven aceptó la versión de los hechos que Candy le ofrecía y asumió su nuevo rol con total naturalidad, ignorando que otro alter ego suyo había estado allí anteriormente preparando involuntariamente el terreno. Por supuesto, el primer Mark, ignoraba igualmente que otra versión suya recalaría a posteriori en la realidad alternativa, que tanto él como Haltoran y Mermadon habían dejado atrás, rumbo a la suya.

4

Mermadón aterrizó delante de la fachada principal de la mansión de los Legan produciendo más ruido de lo que Haltoran hubiera deseado. Esbozó una mueca de desagrado, mientras se aprestaba a bajarse de la espalda del robot tan pronto como sus pesados pies hollaron la tierra del sendero de grava que pasaba delante del frontispicio de la imponente mansión. Un poco más lejos divisó a Mark, que pese a haber salido algo después que Haltoran, le había aventajado y ahora estaba deshaciéndose de la sangre negra contaminada que era expelida a presión por las heridas que se abrían en la carne palpitante de su espalda. En el firmamento cuajado de estrellas flotaba una blanca luna, plena y tranquilizadora que iluminó la faz del principal responsable de aquella alucinante y terrible situación. Sin poder contenerse, Mark que estaba demasiado cansado por el largo viaje interdimensional y aun no recobrado de la purificación de su sistema circulatorio, extrajo su arma y la desplegó rápidamente apuntando hacia la imprecisa forma que se erguía ante ellos.

Haltoran intentó detenerle, porque tal vez hiciera enojar al voluble y temperamental ser que les miraba con expresión de concentrado interés. No parecía albergar la menor hostilidad hacia ellos, al contrario que Mark.

-Maldito –rugió sordamente Mark, mientras se disponía a recargar su arma con una ojiva cónica y un siniestro brillo en sus oscuros ojos. En esos momentos, la imagen del vizconde empezó a titilar parpadeando intermitentemente. Haltoran que aun estaba mareado por la reentrada en la dimensión, dijo intentando concentrarse:

-No está aquí Mark. Se trata solo de su imagen, como la otra vez.

-Así es –asintió gravemente el mago con las manos entrelazadas sobre su regazo –me habéis demostrado que los hombres aun son dignos de sobrevivir, que mi señor estaba equivocado al intentar exterminarlos por su pretendido egoísmo. Ahora pues, ya es hora de que me marche. Tal y como prometí jamás retornaré. En cuanto a tu esposa, despertará tan pronto como el arrebol tiña con sus primeras luces el horizonte. Tienes mi palabra. Ahora entra en tu hogar, Mark Anderson y retoma el curso de tu antigua vida.

Mark bajó lentamente el arma, activando los seguros de la munición explosiva que había liberado hacía un momento y poniéndosela en bandolera. Entonces el ser se desvaneció lentamente como si nunca hubiera existido, esbozando una sonrisa de satisfacción. El taumaturgo se mesó la cuidada barba antes de desaparecer completamente y realizó un leve asentimiento de cabeza.

Mark estaba tan agotado que solo pensaba en hacer lo que el vizconde le había pedido. No tenía fuerzas ni para enojarse. Entonces Haltoran se despidió de su amigo con un apretón de manos y se giró lentamente, con parsimonia. Tampoco él estaba de humor para grandes demostraciones de afecto, que tal vez afloraran con el nuevo y naciente día, una vez asumida la enormidad de cuanto habían emprendido y vivido durante algunos meses, que afortunadamente tal y como el mago les había prometido, no se tradujeron en un paso del tiempo proporcional, en su mundo. Todo seguía exactamente igual que antes de su precipitada partida. Por otra parte, todos dormíamos profundamente. El matrimonio Legan, yo que seguía soñando con la próxima cita con mi novia, y los miembros del servicio, que permanecían alojados en sus alcobas. Carlos y Dorothy descansaban abrazados en su lecho, mientras sus hijos reposaban en sus respectivos cuartos. Todos seguíamos ajenos al complicado drama que se había desatado a escasos metros de nosotros. Y tal vez fuera mejor así.

El joven pelirrojo abandonó lentamente la casa Legan, para retornar a la suya, Abrió la portezuela de su coche y entró en el habitáculo de su Hispano Suiza, que continuaba aparcado ante la cancela de la mansión de los Legan, acomodándose en el asiento de cuero repujado. Haltoran, complacido por el sedoso tacto de la tapicería sobre su piel, deslizó la mano por el salpicadero suavemente, casi con veneración. Nunca un acto tan prosaico para él, como subirse a un automóvil y conducirlo, se le antojó tan maravilloso y gratificante. Si todo iba bien, Annie, y Alan en su habitación, continuarían durmiendo a pierna suelta, plácidamente sin haberse enterado de su ausencia. Con una sonrisa de satisfacción acarició el volante con dedos trémulos y arrancó el contacto mientras conducía el imponente descapotable hacia su hogar, incapaz de creer que la normalidad volvería a ser la tónica dominante en su vida. El ronroneante sonido del potente motor era música para sus oídos. Mermadon se le quedó mirando pensativo, mientras recordando súbitamente la ronda de inspección en torno a la mansión que había dejado pendiente, la retomó junto con sus quehaceres habituales, como si nada de particular hubiera ocurrido.

5

Mark entró con paso vacilante en su habitación tras subir las escalinatas que conducían a las dependencias del segundo piso de la gran mansión. Con el corazón palpitándole salvajemente posó sus dedos agarrotados sobre el pomo dorado de la puerta de doble hoja. Lanzó un leve suspiro y suplicó que todo aquello hubiera servido para algo. Si el vizconde había decidido castigarle a través de Candy no podría hacer nada para impedirlo. Aun pretendiendo vengarse, no lo encontraría probablemente jamás aunque peinara palmo a palmo todo el planeta. Confió en que tras aquellas puertas hubiera una razón por la que seguir viviendo, porque sin Candy, después de haberla tenido entre sus brazos recientemente, no tendría sentido para él continuar respirando. Contuvo el aliento y entró en la habitación moviéndose torpemente en la penumbra. Su esposa estaba reclinada en la cama de dosel y respiraba plácidamente. Mark se acercó a Candy y observó como la joven se removía inquieta dando vueltas sobre si misma. Mark se desvistió lentamente, queriendo creer que todo había retornado a la normalidad más usual y anodina, y enfundándose en el mismo pijama del que se había desprendido con rapidez, para vestirse con sus viejas ropas, a efectos de cumplir con la descabellada misión impuesta por el secuaz de su antiguo enemigo, se tendió de costado junto a su mujer abrazándola, y acariciando su piel con devoción. Un copioso llanto afloró de sus ojos, para terminar sumido en un reparador y duradero sueño.

6

-Papá papá, mamá, mamá.

Dos voces infantiles se entremezclaban a coro al unísono, colándose por detrás de la puerta, que se abrió de improviso para franquear la entrada de dos niños. Ambos hermanos buscaban con insistencia a sus padres. Los rayos de sol del nuevo día se filtraban por las rendijas de los póstigos, mientras Mark ya despierto acariciaba los rizos rubios de su encantadora esposa. Entonces Candy abrió lentamente los ojos y sus párpados dejaron al descubierto sus pupilas de esmeralda que se encontraron con las de Mark, que incapaz de contenerse la tomó entre sus brazos besándola de repente y con tal apasionamiento que Candy se sorprendió gratamente estremecida de placer, aunque estaba un poco azorada porque delante, observándoles a corta distancia de la cabecera de su cama estaban Maikel y Marianne en pijama y en camisón respectívamente, mirándoles con infinita expresión de felicidad.

-Mark, cariño ¿ qué te ocurre ? –preguntó Candy con voz ligeramente chillona por el imprevisto abrazo, intentando que le diera un respiro y establecer una precaria tregua en el asalto amoroso del que le hacía objeto su marido, mientras intentaba apartarle con sus manos, sin demasiado éxito – es como si no me hubieras visto en mucho tiempo. Además están los niños delante. Repórtate mi vida.

Por lo menos, ambos estaban razonable y decorasamente vestidos opinó Candy para sus adentros, exhalando un suspiro de alivio porque temía haberse despojado de sus ropas por la noche, cosa que no hizo porque el frío que hacía aquella madrugada le disuadió de ello. Llevaba puesta una bata de raso sobre el camisón de encaje, y Mark un pijama de rayas blancas y azules.

Mark estuvo a punto de echarse a reír de no ser por el trágico significado, que aquella inocente frase formulada por su mujer con total naturalidad, sin pensarlo encerraba tras su aparente simplicidad. Respiró a pleno pulmón mientras se puso a reír al fin, incontroladamente para la perplejidad de Candy, mientras jugueteaba con sus rizos rubios y la levantaba en volandas, haciéndola protestar levemente al llevarla a cuestas como si fuera una pluma, por toda la alcoba ante la mirada divertida de sus dos hijos.

-Mark, Mark bájame por favor, cada día eres más crío. Parece que hayas vuelto a la infancia. ¿ Qué van a decir nuestros hijos ?

-Te quiero, te quiero mi vida –le dijo, estampándole otro sonoro y largo beso en sus sonrosados labios, que la volvió a coger por sorpresa y que ni vio venir. Candy continuaba sin entender que había producido semejante efusividad en Mark, hasta que finalmente el joven, más tranquilo y relajado la depositó en el suelo con cuidado, mientras Maikel y Marianne reían palmoteando alegres y contentos, por lo mucho que sus padres se querían.

-Yo también te quiero –dijo Candy pellizcándole con afecto el mentón y los mofletes- pero te agradecería que le contases a tu esposa y a tus hijos porqué estás tan eufórico hoy –dijo sentándose a su lado sobre la cama que estaba completamente deshecha con las sábanas y las mantas desparramados por doquier, y enlazando sus brazos en torno a la cintura de su marido.

-Tengo que narraros una historia, una historia increíble que no estoy seguro de que me vayáis a creer –dijo Mark suscitando la curiosidad y el interés de su familia concentrada en torno a él en la espaciosa habitación.

-Ni yo mismo sé por donde empezar y tal vez, todo esto lo haya soñado, pero os la quiero relatar igualmente –dijo Mark mientras Marianne se subía en sus rodillas y Maikel se apretujaba contra su madre, aguardando expectante, el momento en que el prometido, y supuestamente increíble relato diera comienzo.

Mark empezó a hablar mientras la vida bajo la égira del nuevo y radiante día, recobraba lentamente su ritmo y pulso habituales en la mansión de los Legan, y todos nos íbamos levantando de nuestras camas como si nada. Afuera Mermadon continuaba ayudando al señor Wittman, que estaba ya trabajando en el jardín de buena mañana. El anciano jardinero se atusó los cabellos canos, y recolocó las gruesas y ajadas gafas negras redondas sobre su nariz, bajo la cual afloraba el gran y característico mostacho blanco junto con sus poblada y venerable barba, y mientras tomaba entre sus callosas y curtidas manos, un saco de abono que Mermadon le tendía con sumo cuidado desde un desvencijado carro que el robot estaba descargando a pulso, sentenció complacido alzando sus pobladas cejas blancas y mirando por un instante hacia el sol, que ya despuntaba entre las montañas:

-Hoy va a ser un hermoso día.

Mermadon le observó con sus sensores rojos a modo de ojos tras el visor blindado, y asintió con lentitud y solemnidad, coincidiendo total y plenamente con él.

7

Tomas Carson estaba compartiendo una botella de excelente vino en compañía de su amigo y colega, Jack Owen. El afable anciano conversaba animadamente con su vecino, cuyo carácter había mejorado sustancialmente. Durante un momento de su charla salió a relucir la muchacha de cabellos rubios y ojos verdes, a la cual los dos hombres habían conocido por diversas circunstancias casi al mismo tiempo. Tomas guardaba un terrible y vergonzoso secreto del que Owen sabía, pero que jamás había hecho público ni lo haría. Tomas siendo un forajido en Norteamérica había secuestrado a Candy para venderla a algún europeo o norteamericano rico, pero finalmente, arrepentido por su acción ignominiosa la dejó libre, permitiendo que el caravanero Marcos García se atribuyera el mérito de su liberación. Cuando volvió a encontrarse con ella, Candy no le reconoció pero él a ella sí. Meneó la cabeza y se sirvió otro generoso trago de vino para apartar de su mente aquel penoso recuerdo. El líquido oscuro llenó el interior del vaso de cristal, casi hasta rebosar por el borde.

Comprendiendo la tribulación de su amigo, Owen posó una mano en su hombro y dijo comprensivo:

-Estoy convencido de que ella te hubiera perdonado de todas maneras, amigo Carson.

Tomas asintió mientras apoyaba su mejilla izquierda en la palma de la mano del mismo lado. Lanzó un suspiro evocador, y levantando su vista contempló a través de la ventana como su hija Susie, a la que Candy debía la vida, jugaba con un muchacho tocado con una gorra a cuadros, de pelo castaño y ojos oscuros que Tomas había adoptado prácticamente, rescatándole de la indigencia. Era hijo de un marinero ahogado en el mar y amigo de Jacobus. El propio Jacobus Jasquine se lo había confiado a su vez a Tomas, para que se hiciera cargo de él, porque el endeudado armador y capitán, debido a su precaria economía no podía mantenerlo. El hombre no supo negarse y Cookie como le llamaban todos cariñosamente entró a formar parte de su familia. Parecía sentir un especial afecto y predilección por su hija, y sus otros dos hijos varones hicieron pronto buenas migas con él. Algún día seguiría los pasos de su padre embarcándose en un navío mercante con destino al Japón y formándose como experto marinero durante años. Con el discurrir del tiempo se casaría con Susie con la que tendría dos hijos, un niño y niña a los que bautizaron como Mark y Candy respectivamente, y que alegrarían la vejez de su antaño iracundo y taciturno abuelo.

8

Bryan Anderson se levantó tras una agitada pesadilla en la que se entremezclaban recuerdos de su atroz y portentoso descubrimiento en los desérticos parajes de Iraq, así como visiones en las que veía a su hijo en fragante y terrible peligro. Su agitación era tanta que su mujer Eleonor, le despertó sacudiéndole frenéticamente por los hombros.

-Cariño, cariño, ¿ qué te ocurre ? estás teniendo una pesadilla.

Bryan se pasó una mano por los lustrosos y apelmazados cabellos y la frente y terminó por despertarse. Se reclinó sobre la cama y despegó la cabeza de la almohada sobre la que había dejado un rastro de sudor.

-Nuestros hijos Eleonor –dijo con voz entrecortada, respirando con dificultad- vi que estaban en peligro. Era algo tan real…

Eleonor apoyó su cabeza en la espalda de su marido. Le rodeó con sus brazos y musitó lentamente para calmarle:

-Todo ha sido una pesadilla. Mira querido, -dijo descorriendo la cortina de raso con la mano izquierda permitiendo que la radiante luz matutina inundara la habitación, y señalando con la otra, que sobresalía de la amplia manga de su bata de seda -mi hija y Mark están paseando por el jardín de su mansión en compañía de Maikel y Marianne, y por su actitud parecen más enamorados que nunca.

Ambas propiedades estaban prácticamente lindando la una con la otra puerta con puerta, por lo que el padre de Mark podía verlos sin dificultad alguna.

Bryan se precipitó al balcón de su habitación. Apoyó sus firmes manos sobre la balaustrada de mármol blanco y constató lo que su esposa le había referido. Se vistió rápidamente y salió al encuentro del matrimonio entrando en la mansión Legan una vez que Carlos, tras responder a sus frenéticos toques de timbre, le franqueó la entrada. Excepcionalmente el tropel de chiquillos que siempre seguían al mayordomo de los Legan allá donde fuese, no estaban con él, porque sus hijos aun no se habían levantado de sus camas por ser demasiado temprano, aunque Dorothy ya había comenzado con sus quehaceres domésticos habituales tras prodigarle algunos de sus efusivos abrazos y sonoros y apasionados besos, persiguiéndole por toda la finca.

Padre e hijo se miraron unos instantes sorprendidos y finalmente se abrazaron mutuamente en silencio. Candy fue al encuentro de su madre y sus hijos tomaron la mano de su abuela, contemplando a su abuelo sin entender muy bien lo que estaba sucediendo. Marianne agarrada a las faldas de Eleonor lloró para conseguir que su abuela le prestase atención y la aun hermosa mujer la tomó entre sus brazos meciéndola con afecto.

Brian y su hijo sabían sin necesidad de palabras, que la larga separación entre ellos, la misma que le había mantenido apartado de sus seres queridos, había terminado. Brian la había intuido mejor que ningún otro de los miembros de la familia.

En cuanto al vizconde nadie podría afirmar a ciencia cierta hacia donde se había dirigido. Tal vez ni él mismo lo supiera realmente.

9

Archie Cornwell convino que las drogas estaban destrozando su salud. Se estaba matando lentamente, perdiendo la clientela que antaño acudía a su prestigioso bufete de abogados, debido a sus continuos y cada vez mayores fracasos que le hacían perder un caso de dos. Se replanteó su lamentable estilo de vida y tras someterse a una exhaustiva cura de desintoxicación en un balneario suizo rodeado de altas montañas nevadas y bucólicas vistas resurgió como un hombre nuevo y completamente renovado. Se convenció de que no valía la pena continuar destrozándose por amor. Candy seguiría junto a Mark y el lamentable caso de Albert que aun purgaba en la cárcel por sus delitos le convenció de que no reformarse, continuaría por el mismo camino. Cuando abandonó Suiza empezó de cero logrando reencauzar su existencia realizando un viaje por Europa, que aun se estaba recobrando de la tremenda tragedia que la había asolado y que un puñado de hombres excepcionales y su robot habían logrado acortar minimizando en parte sus horrísonos efectos. Un día visitó un pequeño pueblo francés fronterizo con Alemania, donde habían instalado un campamento sanitario estadounidense desde finales del conflicto. Impresionado por los horrores que presenció, familias enteras destrozadas y separadas, viviendas arrasadas hasta los cimientos, tullidos, mutilados y hambre y miseria por doquier, el joven sufrió una profunda crisis personal que le llevó a volver a replantearse sus metas y creencias. Había estado a punto de renunciar al preciado y precioso don de la vida que a otros les había sido arrebatado o denegado injustamente. ¿ Qué eran sus problemas personales comparados con esas desdichas ?, ¿ confrontados a tales tragedias ?, prácticamente nada. De forma que tras meditarlo seriamente abandonó la abogacía para disgusto de su familia e ingresó en el Seminario. Unos años después se ordenó sacerdote y fue destinado a una pequeña parroquia del norte de Francia, casi por petición propia. Prácticamente toda la familia Legan al completo, la suya propia y el padre de Mark junto con su esposa Eleonor, fueron a visitarle y fueron a orar ante la tumba de Manfred Von Ritchtofen, el célebre Barón Rojo que había resultado ser el tío de Candy y hermano de Eleonor. Candy depositó una bella corona de flores sobre la lápida, y acto seguido Archie, enfundado en sus ropajes eclesiásticos, ofrendó un breve servicio religioso por su alma. Todos escucharon en sepulcral silencio, y recogimiento durante la ceremonia, rezando con fervor. Eleonor sostenida por su marido, sintió que las piernas le flaqueaban pero sacó fuerzas de flaqueza y permaneció allí honrando la memoria de su malogrado hermano.

Mermadon habría querido regresar a Francia para rememorar sus andanzas en los campos de batalla de la Gran Guerra, que no es que fuesen demasiado pródigas en hechos emocionantes, porque se pasó el resto de la contienda en un sótano militar fabricando armamento antitanque, excepto el día en que abandonó su encierro para rescatar a Candy y un grupo de enfermeras y soldados heridos perdidos en los bosques cercanos al frente, pero era prácticamente imposible. El robot algo contrariado se enrabietó aunque enseguida coincidió en que no merecía la pena ni era propio de él, retornando a sus faenas de costumbre tras dolerse brevemente por haberse enfadado por primera vez, aunque fuera por poco tiempo.

10

Carlos Valdés colgó la chaqueta de su uniforme de mayordomo, en la percha nacarada que le aguardaba solitaria en un rincón del pequeño pero confotable salón amueblado con mimo y buen gusto. Debido a sus estimables servicios y lealtad, el señor Legan había ordenado levantar una coqueta pero espaciosa casa adosada al cobertizo donde Candy viviera por orden y mandato expreso de la señora Legan, que en aquel entonces no era capaz de concebir tan siquiera el menor atisbo de bondad y compasión en su corazón, aunque solo era cuestión de tiempo que el duro caparazón se resquebrajara. Carlos, que había amado a Candy sin esperanzas, para encontrar el verdadero amor se dejó caer en la mullida butaca dispuesta junto a la chimenea, en la crepitaba un acogedor fuego que Dorothy había encendido nada más llegar a su hogar, un poco antes que su marido. Carlos suspiró. La casa estaba en silencio, aunque desde la cocina se escuchaba la alegre voz de Dorothy que canturreaba mientras preparaba la comida. Sus hijos e hijas aun estaban en el colegio, aunque no tardarían en llegar para llenarlo todo con sus estridentes y alegres gritos infantiles. De nuevo se repetirían las escenas de los abrazos aderezados por los besos de su mujer, y nuevamente no le dejarían ni a sol ni a sombra hasta que finalmente, se sentaran ante la gran mesa que Carlos había tenido que encargar para poder acomodar a su numerosa familia. El joven sonrió. Sus ojos verdes de muñeco se fijaron en el reloj de pared y en ese momento, el cuco apareció repentinamente empujando dos portezuelas a ambos lados a su paso, enumerando con su voz aguda la hora, mientras sonaban dos campanadas de resonancias huecas y solemnes en el carrillón, regalo de los señores Legan.

-Las dos –dijo subiéndose la manga para consultar un reloj de pulsera que solo existía en su imaginación- hora de comer –dijo en voz baja, mientras sonreía cariacontecido cuando comprobó tardiamente que en vez del visor digital de su cronómetro solo estaba su piel ligeramente rosada, cubierta de vello. Se bajó la manga de su chaleco con un gesto de contrariedad y dirigió su atención hacia la cocina. La voz de su esposa se había vuelto más clara e inteligible ahora que la puerta de la cocina estaba entornada. Por un momento, intuyó su silueta mientras la trenza castaña ondeaba sobre su espalda. La joven llevaba unas manoplas de tela gruesa, porque estaba horneando pan que había introducio, con sumo cuidado en el receptáculo, del horno de cerámica.

En ese momento, Carlos empezó a recordar la manera en la que su vida, anodina y gris, hasta aquellos instantes cruciales dio un giro de trescientos sesenta grados para adentrarse en unos terrenos que hasta entonces se le habían antojado como pertenecientes a los dominios de la magia y la fantasía más desbordantes.

11

La cola avanzaba lentamente mientras rostros adustos y entristecidos contemplaban con impaciencia el momento en que la persona que estaba justo delante empezara a moverse, y esta a su vez hiciera lo mismo, trasmitiéndose dicha impaciencia y anhelo porque la tortura de la espera pasara lo antes posible, a la totalidad de la larga y serpeante fila de personas que daba la vuelta en torno a la oficina, situada en los bajos de un edificio de ladrillo rojo destinados a dependencias gubernativas. Carlos pateó el suelo, porque el intenso frío le estaba inmovilizando los dedos y haciendo que se arquearan como las garras de un ave rapaz. Embutió las manos en los bolsillos de su gabán, pero fue en vano. Miró a su alrededor y prácticamente, vio su situación reflejada en infinitud de dramas personales que no cejaban en su empeño de encontrar una salida por nimia que fuera a la acuciente necesidad de un trabajo. El vaho del aliento de cientos de personas, inundaba el gélido ambiente, mientras todas las miradas se centraban en el rótulo situado sobre las puertas batientes de cristales sucios y cubiertos de escarcha.

"OFICINA DE EMPLEO" –deletreó Carlos, intentando no perder su turno. El paro y la crisis azotaban con fuerza al país, en especial la ciudad donde el pequeño joven se había criado y nacido, aunque por desgracia era algo generalizado.

Había sido minero, repartidor y albañil, pero ahora todo había cambiado. La prosperidad que parecía eterna y en la que el país se había instalado, se desvaneció de la noche a la mañana. Nadie sabía ni como ni cuando se saldría de aquella tremenda crisis. Los primeros conatos de enfrentamiento, entre los agotados y desesperados que aspiraban a un trabajo no tardaron en llegar, porque la fila discurría muy lentamente y algunos intentaron colarse. Sin embargo, la gota que colmó el vaso, fue el anuncio de un empleado que salió al exterior, de que ya por ese día no se entregarían más números. El hombre agitó los brazos pidiendo silencio. Los presentes obedecieron temiéndose lo peor y Carlos, sospechando que pronto habría jaleo, se salió de la fila, para alborozo del compañero que venía detrás.

-¿ Me cedes tu puesto ? –le preguntó un joven de rostro ancho y nervudo, sobre cuya frente caían mechones de pelo rubio desgreñado, que escapaban del borde de una ancha boina de lana.

Carlos se encogió de hombros y asintió. Se alejó lentamente de la retorcida cadena humana, con las manos en los bolsillos y la vista fija en las baldosas de la acera, mientras a su espalda sonaban voces nerviosas y airadas disputándose torvamente, el puesto que Carlos había dejado vacante. Las voces subieron de tono y pronto se llegó a las manos. El funcionario que había salido a dar la mala noticia de que no se atendería a más demandantes de empleo por ese día, se refugió rápidamente en la oficina y por si acaso, atrancó las puertas por dentro hasta que los caldeados ánimos se tranquilizaran. Llovieron los golpes y el tumulto fue convirtiéndose en una multitudinaria pelea que conllevó la intervención de la Policía, pero Carlos estaba ya lejos para verlo. Caminó por las calles grises y solitarias de su ciudad, cuando una cartera de cuero negra llamó su atención. Se agachó y tomándola entre sus manos, alcanzó a leer algunas líneas entre las que le pareció intuir conceptos de los que había oído hablar de cuando en cuando, en los monótonos y funestos telediarios e informativos, que solo trataban de la doliente realidad que aquejaba al mundo, porque dicha y cruda realidad, no daba para más.

Sus ojos saltaron de un párrafo a otro. Leyó términos como "Acelerador de partículas", "iridium 270" y otros acompañados de diagramas y gráficos de máquinas que no lograba ni imaginar siquiera cual sería su auténtica utilidad. Algunos párrafos están subrayados o resaltados con un rotulador fosforescente. Carlos se dispuso a dirigirse hacia una comisaría para informar de su hallazgo, por si el despistado propietario que lo había perdido, acertaba a pasar por allí a recogerlo, cuando mi voz atrajo su atención. Intrigado, me miró. Un hombre grueso, con gafas redondas y ojos pequeños le estaba observando y reclamando su atención mientras realizaba gestos con las manos

. Llevaba un sombrero de fieltro y una gabardina verde algo ajada, cuyos pantalones amenazaban con desprenderse de un momento a otro. Ese era yo. Me aproximé al reconocer el logotipo de mis empresas y contento por haber recobrado aquellos documentos cruciales que había perdido tontamente. Cuando Carlos y yo nos encontramos por vez primera, y una vez le demostré que era quien afirmaba ser, me sorprendió su mirada en la que entreví una honradez y un coraje inusitados. Su aspecto desharrapado aunque pulcro y limpio para tan humilde apariencia, hizo que le invitara a tomar un café porque el joven rechazaba el dinero que le estaba ofreciendo por su inestimable y oportuna ayuda.

De camino a una cafetería cercana le miré de reojo y realicé una observación para continuar la conversación que apenas habíamos iniciado.

-Tienes aspecto de no haberlo pasado muy bien precisamente –comenté casi sin pensarlo. Callé de improviso temeroso de haberle ofendido sin pretenderlo.

Pero lejos de enojarse, el joven asintió y me confesó la cruda realidad de su día a día:

-No tengo un trabajo desde hace dos años, y el paro se me ha terminado –dijo con un suspiro y un deje de resignación.

Estaba tan agotado y harto de buscar un trabajo que no llegaba nunca, que optó por desahogarse conmigo aunque no nos conociéramos de nada aun, y yo accedí a escuchar su historia, pese a que no tuviera mucho que contarme. Era huérfano. De hecho, lo habían abandonado al nacer en la casa de su abuelo materno, con el que estaba desde entonces. Sus padres vivían pero no deseaban saber nada de él, y a su abuelo, al cual le habían concedido la custodia del pequeño, que aceptara a regañadientes, le traía sin cuidado si aparecía por casa o no retornaba más. Para eludir la acción de la Justicia, habían desaparecido sin dejar rastro. Era como si se los hubiera tragado la tierra, y a falta de otros parientes vivos que pudieran hacerse cargo del niño, la elección recayó sobre el abuelo de Carlos. El anciano sabía cual era el paradero de su hija y su yerno, pero no soltó prenda. Nunca revelaría que se habían dirigido hacia Australia, ni siquiera a Carlos, aunque alcanzase la edad suficiente para entender ciertas cosas, y tuviese el debido uso de razón.

Cuando Claudia reveló a su padre que quería emprender una nueva vida, sin ataduras, como lo que representaba para ella su hijo recién nacido, el hombre tomó al niño en brazos. Observó sus ojos verdes de aspecto soñador, que depositaron una mirada de curiosidad en los suyos. Carlos rió y tomó con sus manitas los dedos curtidos y ajados por efecto de una dura vida de trabajo del anciano. Se limitó a observar a Claudia y dijo con voz cascada y con reproche:

-Eso es lo que significa tu hijo para ti, una atadura, un engorro –dijo con tristeza.

Claudia se giró y salió corriendo por la puerta. Se tragó las lágrimas y sus anhelos de abrazar a su hijo y rectificar la absurda decisión que había tomado, pero se contuvo. No se echaría atrás. Bajó las escaleras rápidamente sin molestarse siquiera por cerrar la puerta que había quedado entornada. Sus pasos apresurados, entreverados con algunos suspiros nerviosos, se escucharon con un apagado eco que subía por el hueco de la escalera. Abajo, la esperaba su marido para marcharse sin más dilación hacia el otro extremo del mundo. Aquella sería la última vez que el anciano vería a su hija menor.

Aunque el viejo le había tratado razonablemente bien, no se podía decir que entre nieto y abuelo hubiera un fuerte lazo de afectividad, ni siquiera una relación fluida. Por lo que, si esa tarde invernal y las que siguieran, no entraba por la puerta, el anciano se encogería de hombros y tal vez lo lamentase un poco, pero nada más. Y como Carlos era mayor de edad, obviamente no podía retenerle. Me contó su vida por encima, al abrigo de un humeante taza de café y un plato bien surtido de croassants y pastas de te. Carlos no pudo evitar engullir aquellos deliciosos dulces. Hacía tiempo que no los probaba y casi había olvidado su sabor. Su vida había sido gris y muy manida. Me habló del colegio donde sufría las burlas de sus compañeros debido a su baja estatura y su apariencia frágil y cortés, de las penurias pasadas, de los duros trabajos que había tenido que desempeñar para salir adelante y de cómo su resignación habían formado en él un carácter templado y tranquilo. Tras aquellas soñadoras pupilas, se escondía una gran inteligencia y determinación, matizadas por una honda tristeza.

Su rostro se me asemejó a un muñeco de ventrilocuo, con el aspecto de un risueño y alegre niño. Solo que Carlos no era ningún niño, ni su estado de ánimo era precisamente rayano con el optimismo. Reflexioné unos instantes. En mi empresa había quedado un puesto vacante en la sección de personal y por proponérselo, no perdía nada. La única pega que tenía es que tendría que acompañarme al otro extremo del mundo, más concretamente hasta Tokio. Tomé aire, intuyendo una negativa o una respuesta airada, porque tal vez creyera que trataba de tomarle el pelo, y le pregunté con una gran sonrisa, mientras me rascaba la frente salpicada por algunos inoportunos granos:

-¿ Te gustaría trabajar para mí ?

Carlos movió la cabeza lentamente para afirmar. Intuía que aquel desconocido entrado en carnes no pretendía ni gastarle una broma, o meterle en algún desafortunado aprieto. Con aquel simple gesto, el joven y yo sellaríamos una amistad imperecedera, solo que en aquellos momentos ninguno de los dos podíamos saberlo. Y muchísimo menos, lo que vendría a continuación de la mano de un pedante joven pelirrojo de ojos verdes, que pretendía ser un genial inventor y un joven de cabellos oscuros y ojos de azabache, que imprimiría un brutal e inesperado giro a nuestras vidas.

Tras atravesar varias calles repletas de gente apresurada y vehículos cuyos conductores se enzarzaban en sonoros conciertos de ensordecedores pitidos, entramos en una finca que había conocido tiempos mejores, pero que aun conservaba cierto aire señorial. Los edificios residenciales habían sido reconvertidos en apartamentos de bajo coste, y muchos vecinos vivían allí en régimen de alquiler, aunque el piso donde vivían Carlos y su abuelo, era propiedad del segundo. Pese a todo, el anciano había conseguido jubilarse con una pensión relativamente solvente como para cubrir sus magras necesidades y las de su nieto, que había sido desde siempre, un niño muy callado. Sin juguetes, sin mimos ni carantoñas, su falta de exigencias fruto de su resignado mutismo, le había granjeado el respeto de su abuelo, que no podía concebir como un niño de tan corta edad no reclamara algún juguete por su cumpleaños, o tan siquiera, por las fiestas navideñas, aunque lo aceptara con la misma resignación muda y callada de la que hacía gala su nieto.

Al principio, no le había hecho mucha gracia tener que hacerse cargo del niño, pero finalmente aceptó pese a que no era dado precisamente, a exteriorizar sus sentimientos o a prodigarse en muestra de afecto o cariño. Era una carga para él, pero aceptó. Aunque el chico no recibiera el cariño que debiera, por lo menos, si era lo bastante fuerte llegaría a la edad adulta, porque en lo que respectaba a sus padres, tenían previsto abandonarlo como a un perro a su suerte, a los rigores de la intemperie. Quizás esa era la razón por la que nunca reveló a su nieto la identidad de su padre y de su madre, y Carlos después de preguntarlo un par de veces sin obtener respuesta tropezando con el mutismo del anciano, no insistió más, y nadie volvió a hablar del tema en aquella casa, en el seno de la improvisada familia sin palabras que habían formado entre él y su abuelo. El silencio de su abuelo era algo que el niño respetaba y aceptaba sin más, como el anciano aceptaba el carácter retraido e introvertido de su nieto.

Cruzamos un pequeño parque con algunos bancos ocupados por ancianos o jóvenes que se limitaban a dejar transcurrir el tiempo, sentados durantes horas sin hacer nada. Había una hilera de farolas ornamentales, que pretendían imitar a las de gas, y nos adentramos en un portal sumido en la penumbra. Carlos me refirió que habían cortado la luz por falta de pago, aunque su abuelo y algunos inquilinos seguían disponiendo de corriente eléctrica, ya que conseguían pagar las facturas y sobrevivir a un tiempo llegando a fin de mes, aunque a duras penas. Aun en medio de tanta miseria, se podían considerar afortunados por continuar teniendo electricidad y lo suficiente para subsistir. Con el agua o el gas ocurría otro tanto de lo mismo. El abuelo de Carlos era muy envidiado entre los vecinos del decadente y cada vez más ruinoso bloque de apartamentos, que había conocido tiempos mejores, porque además disponía de agua corriente y gas natural. El atribuía su discreto éxito a que había sabido administrarse y ahorrar lo suficiente, antes de que la temida ola de la crisis, se abatiera con fiereza sobre la gente, y arrasara prácticamente con todo y con todos.

Esa misma tarde, después de tocar el timbre del segundo piso, del portal A, en un bloque de apartamentos, que hasta entonces había sido el único hogar que hubiera conocido, sin obtener respuesta, Carlos me pidió un trozo de papel y un bolígrafo tras meditar durante unos instantes con gesto concentrado. Intrigado por su petición, arranqué una hoja de mi agenda de tapas de cuero negro, y le presté mi estilográfica de oro, tendiéndole ambas cosas. El muchacho redactó rápidamente en el rellano de la escalera, una escueta pero concisa nota para su abuelo, que deslizó debajo del quicio de la puerta. Después Carlos asintió mientras me devolvía la estilográfica, y me dijo lacónico:

-Ya podemos marcharnos.

Se me antojó un tanto forzado y triste. Así sin despedirse, sin tratar siquiera de contactar con su abuelo, de comentarle que tal vez no volviera jamás, pero tal como me había referido Carlos, a su abuelo tanto le daba si regresaba como si no y yo por mi parte, no alegué nada ni insistí en que continuara llamando para que el hombre le abriera la puerta.

Por otra parte, el anciano siempre se había negado a revelarle la identidad de sus padres, y Carlos, no se había revelado exigiendo respuestas claras y concisas. Aquello suscitó la extrañeza del viejo, pero ambos aprendieron a soportarse en silencio, sin reprocharse ni echarse nada en cara. De esa forma la convivencia entre ambos, aunque muy precaria, fue posible y más llevadera. El viejo obtenía compañía y algunos ingresos por cuidarle, y Carlos un techo bajo el que refugiarse y estar al abrigo de la intemperie, que no de la que fustigaba su alma y su corazón.

Horas después, cuando el octogenario Javier Rodríguez Martos despertara de su profunda y estridente siesta en el ajado y desconchado, pero mullido sofá, en el que se había tendido para dormirse plácidamente, y se levantase tras un gran y prolongado bostezo, desperazándose lentamente, para prepararse un café bien cargado, después de una intensa sesión de ronquidos estridentes y agudos, tal vez, camino de la cocina, reparara en la nota de despedida de su nieto, junto a la puerta del vestíbulo, que había deslizado por debajo, y que rezaba:

"Querido abuelo.

Me ha salido un trabajo algo lejos de aquí con unas condiciones inmejorables. No es probable que vuelva, aunque trataré de ponerme en contacto contigo. Ya te llamaré o escribiré.

Sin más se despide tu nieto, esperando que sigas cuidándote como siempre:

Carlos".

Esa misma tarde, tomariamos un avión con destino al archipiélago japonés.

Durante años, los intentos de Carlos por comunicarse con Javier fueron infructuosos. El anciano recibía las cartas, pero aunque las leía, se negaba a contestarle.

12

-Y esa es Canis Mayor.

La voz de Mark sonaba en los oídos del entusiasmado y pequeño observador didáctica y afable, después de haber sido largamente anhelada y ansiada. Maikel continuaba escuchando las atentas y emotivas frases que su padre iba pronunciando sin apartar por ello ni un instante su ojo derecho de la mirilla del telescopio, que entre padre e hijo había trasladado entre risas y confidencias hasta el jardín, emplazándolo a muy pocos pasos del banco de piedra donde Haltoran le salvara la vida, aplicando una brutal y arriesgada, pero eficaz técnica que cualquier médico de pro, habría denunciado automáticamente como bárbara y primitiva. El inteligente y perspicaz niño, al que Candy y Mark habían puesto mi nombre, como un homenaje que a veces sentía que no merecía, no solo había comprendido a la perfección el mortal peligro por el que atravesara su padre aquella noche, si no que bajo la apariencia de cuento o fábula infantil del relato que su padre les detallara aquella mañana, en la habitación donde también se encontraba su madre, había algo más oscuro y siniestro a la par que triste. En un primer momento, iba a detallarles con rigurosa precisión cuanto había sucedido en el breve y aparente lapso de una noche, en un universo paralelo, situado tal vez a una distancia inconcebible de su realidad, o quizás pegado a la misma, pero Mark cambió de opinión y les narró el enrevesado sueño que decía haber experimentado. Mark prefirió considerarlo como tal. Ni su viaje hacia Neo Verona podía ser tildado de extravagante en comparación con la triste tesitura a la que un taumaturgo, al servicio de un demente les había abocado. Marianne tomó la historia de su padre, como un bello cuento infantil, al que aplaudió entusiasmada, mientras botaba sobre el regazo de Candy, que a duras penas podía sostenerla, porque cuando su hija se exaltaba por algo, parecía cobrar una fuerza descomunal para una niña de su edad. Candy suspiró contrariada. Tal vez fuera otra cara más del legado del iridium, pero se consideraba afortunada si no pasaba de la excepcional inteligencia adquirida por sus dos hermosos retoños. Sabía y comprendía perfectamente, que los efectos del iridium en su esposo serían permanentes y tendría que convivir con ellos de por vida, aunque si Mark no tenía que recurrir a sus tremendos poderes este permanecería aletargado durante mucho tiempo. La joven madre se mesó las coletas porque Marianne se empeñaba en deshacérselas una y otra vez. No obstante no pudo evitar un estremecimiento. Había tenido el mismo sueño que su marido, pero lo achacó a algún efecto residual de la conexión mental entre ambos, el más errático y caprichoso de las facultades de Mark. En cuanto a Maikel, sabía perfectamente que cuanto relataba su padre había tenido lugar. Tal vez fuera por el iridium, o quizás la férrea voluntad del niño, pero aquella aciaga noche más oscura y fría de costumbre, logró vencer el poderoso influjo hipnótico del vizconde y ser testigo de una escena que le heló la sangre en las venas. Presenció como el fantasma del escurridizo ser dialogaba con su padre, imponiéndole las condiciones del mortal y terrible juego que debía superar, si quería que Candy volviera a abrir los ojos al día siguiente. Y como tal tuvo que claudicar y aceptar, sorbiéndose las lágrimas. Maikel guardó el secreto, como tantas otras veces había hecho, en pro del bien común de su familia.

Y aquella templada noche, más luminosa y menos cerrada que de costumbre, Mark tuvo la idea de desempolvar un viejo telescopio que había pertenecido a Neil, regalo del abuelo Ernest a la vuelta de uno de sus numerosos viajes de negocios, quizás una de las razones del desmoronamiento de la familia Legan que la irrupción de Mark y todos nosotros, puede que frenara a tiempo, y situarlo en el jardín para observar el firmamento estrellado. Mark fue explicando a su hijo, el porqué del nombre de muchas de las constelaciones que iban descubriendo en la bóveda celeste, y diversos aspectos de cada una de ellas. Maikel dirigió el telescopio hacia una en concreto mientras Mark esperaba a que el niño le cediera su puesto amablemente, para verificar que tipo de constelación era y así, continuar con su charla.

Maikel se apartó deferentemente para que Mark guiñara el ojo derecho aplicando el izquierdo a la mirilla del viejo regalo en desuso, que Neil había descartado en una de sus rabietas habituales, causando una vez más, un profundo desasosiego en el corazón de su padre, que debido a su amable carácter, no era capaz de regañar a sus hijos e intentar poner orden en su confusa y caótica familia. Mark asintió y mirando a su hijo, le revolvió los cabellos tan oscuros como los suyos y se enfrascó en una larga disquisición de la que el callado y reflexivo niño, no perdía detalle. Mientras Mark se explayaba entusiastícamente, Maikel sonrió feliz de ver a su padre sonreír nuevamente. Sin embargo él sabía de sobra que aquella constelación era la del Aquila, la constelación guardiana de su padre, como también fuera testigo involuntario, de cómo un hombre de gélidos ojos azules y cabellos rubios, enfundado en una gran armadura dorada les observaba aviesamente y protegido por el anonimato de la sombras, mientras paseaba en compañía de sus padres, y de su hermana a la que llevaba asida por un mano aquel día.

Harto de callar y necesitado de contárselo a alguien, salió un día a mi encuentro relatándome cuanto había observado. Yo era partidario de poner a Mark sobre aviso, pero Maikel me aferró las manos y casi se tiró al suelo para añadir más énfasis a su desesperada petición de súplica. No entendí nada hasta que el pequeño me lo explicó todo, con voz jadeante y entrecortada, haciéndome jurar que no revelaría nada de aquello a Mark o a Candy.

-Pero, pero, Maikel, no puedes pedirme algo así –dije cariacontecido ante su mirada de tristeza- tal vez tu padre debería saberlo. Se trata de algo muy serio –comenté desviando la mirada, intuyendo perfectamente la magnitud de lo que se estaba fraguando y que el niño me había descrito perfectamente y de forma clara y concisa.

-No, por favor, tío Maikel –dijo el niño agitando las mangas de mi gabardina y al borde de las lágrimas- no les digas nada por favor. Papá y mamá se han enfrentado a situaciones terribles sin un momento de respiro. Por favor, no lo estropees, no les digas nada, por favor. Tienen derecho a ser felices, y yo y Marianne a tener un hogar, por favor, lo mismo que los abuelos a disfrutar de la paz que tanto se merecen.

Dí un respingo. A veces, la forma de expresarse de mi ahijado, porque había sido el padrino de él y de su hermana en sus respectivo bautizos, me producía escalofríos como me conmovía a partes iguales. Resultaba estremecedor escuchar a un niño de cinco años, que contaba entonces, con la concisión y minuciosidad de un instruido y cultivado adulto. Supuse acertadamente y sin poder evitar una punzada de miedo en cuanto lo descubrí, que el iridium les había imbuido tanto a él, como a su hermana Marianne de una inteligencia tan preclara como excepcional y por supuesto superior a la media normal, que se podía esperar correlativa a niños de sus edades. Maikel había heredado los cabellos rubios de Candy, aun de una tonalidad dorada más intensa que la de su madre, y los ojos oscuros de Mark, pero sin esa carga de melancolía que afloraba a los de su padre de cuando en cuando, como una pátina de tristeza, sobre un mueble guardado durante largo tiempo. Ya apuntaba maneras y de mayor sería un joven galán que arrebataría el corazón de más de una dama. No tendría problemas para encontrar novia, desde luego que no, lo mismo que Marianne que también se convertiría con el tiempo en una hermosa y excepcional mujer, como lo había sido y seguiría siéndolo su madre.

Como siempre, mi sentimentalismo me perdió, aunque el niño nunca sabría como agradecerme lo bastante, que tomara aquella decisión, respetando sus deseos. Poco podía suponer aquel día, que el ajetreado camino de Mark y de Candy en busca de la ansiada calma y paz no había sido recorrido en su totalidad por ambos y que se encontraban casi al inicio, de su fatigosa y terrible andadura, que no había hecho más que empezar.

Juré guardar silencio, complaciendo a mi sobrino político, que me besó en las mejillas tras suspirar aliviado, pese a que un resquemor que iba cobrando fuerza en mi interior, me impelía a hacer lo contario.

Entonces la voz de Candy interrumpió mis reflexiones trayéndome de vuelta a la realidad. Estaba sentado en compañía de mi amiga en las escalinatas de la mansión Legan, en la que me había quedado a vivir por expreso deseo de Ernest y los encarecidos ruegos de Helen. Se podía decir, que exceptuando a Haltoran, que vivía con Annie en una mansión independiente, los integrantes de aquella imprevista e imprevisible expedición temporal, seguíamos allí alojados. Llegamos para pedir refugio y asilo, que obtuvimos tras los iniciales y lógicos recelos de la señora Legan, que no del resto de su familia y quitando algunos intentos fallidos que no llegaron a prosperar, de establecernos por nuestra cuenta, acabamos residiendo en la gran mansión Legan. El único que había abandonado el hogar de su antiguo amor, Eliza Legan se había establecido por su cuenta, lo mismo que los hijos de Ernest y Helen. Neil, tras una breve crisis con Susana moraban en una hermosa mansión de estilo colonial no muy lejos de allí, y Haltoran y Annie habitaban en otra con sus respectivos hijos.

-Me alegro tanto de que después de tantos sinsabores hallamos recobrado la calma –observó Candy mientras me enlazaba con ambos manos por la cintura y me atraía hacia ella para besarme en las mejillas en un fraternal e inocente gesto, que fue malinterpretado por unos ojos azules que echaban chispa. Mi prometida Clara, que no me dejaba ni a sol ni a sombra, nos observaba desde lejos mientras paseaba por los jardines. Había intentado convencerla de que se quedara en su cuarto, pero se había negado rotundamente. Aunque confiaba plenamente en mí y en Candy, no podía impedir que a veces, unos feroces y enardecidos celos, totalmente infundados, la jugaran malas pasadas en la forma de furibundas miradas. No obstante, tanto Candy como yo, optamos prudentemente por dejar aquellas muestras de cariño, totalmente inocentes y nada escandalosas y continuamos observando como Mark y su hijo seguían escrutando el cielo nocturno tachonado de estrellas. Había tantas estrellas aquella noche, que parecía que alguna de ellas terminaría por desprenderse del firmamento y terminar cayendo a la Tierra. Candy recordó un curioso y poético pasaje que Mark la dedicara con arrebatadas y encendidas palabras de amor, a bordo de un barco en cuya cubierta, había transcurrido algunos de los pasajes más importantes de sus vidas ante un firmamento semejante a aquel, ante el que Mark, con el mismo desempeño y eufórica predisposición, había iniciado a Candy en los secretos del Universo.

"Eres como una de esas estrellas que hubiera bajado a la Tierra, para tomar la forma de una hermosa muchacha, a fin de hacer realidad un anhelo, un sueño de amor".

Candy rió coquetamente arrebujándose en la bata de seda de amplia cola que realzaba su escultural figura y bromeando conmigo, mientras posaba una ardiente mirada de amor en su esposo, que no pasó desapercibida a Mark, que se la devolvió con idéntico énfasis.

13

Candy observaba el portal de las rosas en la distancia. El sol dibujaba bellos arabescos sobre el sendero de baldosas, entre cuyas junturas crecía una verdeante hierba, que brotaba a intervalos, a lo largo de todo el camino. A ambos lados y por doquier crecían docenas de rosas blancas y rojas, aquellas a las que Anthony hubiera abandonado a su suerte, como había hecho consigo mismo, una vez que Mark le rescatara de su aciago destino, para ser víctima de otro que al muchacho rubio de ojos azules se le antojaba peor que el trágico desenlace del que el joven moreno le había librado, por muy escaso margen. Al final del sendero de baldosas, destacaba a contraluz la cancela oscura, con las puertas de hierro forjado, llamadas familiarmente, el portal de las rosas. Sobre ambos batientes de metal se erguía una delicada y airosa estructura vegetal en forma de arco, tachonada de rosas, que también crecían en torno a la interminable verja. A ambos lados de la hermosa entrada se erguían las ánforas de cerámica, que parecían soportar el conjunto vegetal y desde donde Anthony, sentado junto a la del lado izquierdo a modo de improvisado respaldo, se dirigiera a Candy por vez primera calmando sus temores y llevando calma a su entristecido corazón. Pero la razón del pesar que anidaba en Candy en aquellas lejanas fechas, no se debía tanto al hecho de ser víctima de la maldad de los hermanos Legan, si no por un acontecimiento que no podía ubicar en su mente y que había tenido lugar en la Colina de Pony, justo en el instante inmediatamente anterior, al que conociese al joven, a quien erróneamente había tomado por el príncipe de la colina. Y aquella indefesión de la muchacha, para encajar las piezas del desconcertante rompecabezas, la estaba deshaciendo por dentro. Un rostro al que no podía recordar con seguridad, se dibujaba en su mente con formas tenues y poco precisas. Los recuerdos iban y venían como fogonazos, y cada vez que uno de ellos iluminaba su mente, notaba que le ardía el alma y le dolía el corazón. Y su aflición procedía de un borroso recuerdo, que la hacía tanto daño como le resultaba muy querido, a un tiempo.

Candy lanzó un suspiro y sonrió caminando lentamente junto a un muro de mármol, en el que destacaban una serie de estatuas, imitando a las de la antigüedad clásica, que la observaban con gesto serio pero tan realista desde sus hornacinas, que la muchacha creyó que en cualquier momento cobrarían vida y se desprenderían de sus ubicaciones. Pasó junto a la efigie de un joven arquero y una muchacha con ropajes etéreos y dejó atrás el imponente muro, del que sobresalían varias columnas, primorosamente trabajadas y cinceladas por una diestra mano. Más rosas continuaban escalando y colonizando la pared de mármol blanco. Candy dejó de lado aquella construcción, y entonces un rumor de agua fluyendo atrajo su atención. Se asomó hasta el lugar del que procedía el relajante sonido y sus ojos de esmeralda se abrieron, a la vez que su rostro adoptaba una expresión de alegría. Desde un promontorio creado artificialmente mediante la acumulación de grandes rocas unidas con argamasa, se deslizaba una cascada tras de la cual destacaba una puerta de madera, y al pie de la misma, se mecía mansamente empujada por la corriente que el agua producía al precipitarse sobre el lago al que iba a desembocar una barca con la forma de un cisne de ojos cerrados y la cabeza gacha, en ademan pensativo. El cisne tenía las alas desplegadas y una especie de estrella destacaba entre los párpados caídos y pintados con realismo, sobre la madera en la que había sido construida la embarcación. La parte baja que simulaba el vientre del animal, estaba pintada en un tono ocre más oscuro que el resto del ave adoptando el contorno de un triángulo equilátero. A ambos lados del cuello, Stear le había practicado una especie de orificios circulares que no tenían otra finalidad, más que la ornamental y que formaban una hilera en cada costado de la embarcación. Candy se aproximó a la barca y tras observarla unos instantes, decidió subirse. El lago no era muy profundo pero tenía el suficiente calado como para convertirlo en navegable. Había sido una creación de Albert, que se ocupaba de su mantenimiento personalmente, pero ahora que no estaba, Carlos con la ayuda de Haltoran, y a veces, la de Mark se encargaban de su limpieza y buen estado de conservación. Mermadon debido a su acendrado temor al agua, no se acercaba en modo alguno por allí, ni tan siquiera para asomarle ocasionalmente. En cuanto a la bella góndola con forma de ave, era obra de Stear, y había permanecido abandonada por mucho tiempo a merced de la corrosión y los elementos, desde que el joven retornara de la guerra a regañadientes siendo salvado durante un encarnizado combate aéreo por Mark que dispersó a los aviones enemigos con el fuego nuclear del iridium, intentando dañar al menor número posible de contendientes, incluído el enemigo.

Mermadon no se atrevía a internarse en las profundidades del lago, porque pese a que Haltoran había mejorado significativamente la protección que le tornaba hermetícamente impermeable al agua, el recuerdo subjetivo de los daños de la corrosión recorriendo sus circuitos, hacía que no se hubiera atrevido a arrimarse al cisne navegable para echarle un vistazo y repararlo, y Carlos debido a su corta estatura, no se atrevía a adentrarse en el agua, porque por otro lado aun no había aprendido a nadar a pesar de la encarcida insistencia de Dorothy. Y por una cosa y por otra, el bote había quedado olvidado y varado en la orilla, hasta que la corriente había ido empujándolo lentamente pero con tesón hacia el lago. Candy se sorprendió de que la embarcación se mantuviera a flote hasta que un chorro de agua emergió del fondo.

-Oh no –se lamentó Candy, que temía por su vestido de seda blanco con franjas negras verticales- se ha abierto una vía de agua en el casco. Me temo que me voy a ir a pique. Siendo un invento de Stear, debí de preverlo.

No es que el lago fuera muy profundo. Además Candy era una excelente nadadora, pero el hecho de que sus ropas se empararan de agua y chorreasen, no le hacía ninguna gracia.

En ese instante, alguien se metió en el agua y avanzó hasta ella chapoteando ligeramente con movimientos ágiles y felinos. Aquella persona no tenía tantos reparos porque su atuendo se emparara de agua. Candy notó como unas manos recias y anchas la alzaban como si fuera una pluma, mientras unos cabellos negros acariciaban sus mejillas. Unos ojos oscuros hicieron que se estremeciera de pies a cabeza, mientras unos labios besaban su frente y los rizos rubios de su frente, que formaban una especie de corazón justo sobre su respingona nariz pecosa.

-Mark, cariño –dijo ella con voz ligeramente chillona- siempre tan oportuno.

El joven permanecía en la corriente impéterrito con el nivel del agua por las rodillas que mojaba sus pantalones vaqueros, mientras sostenía a su esposa en vilo, caminando hacia la orilla. Las cremalleras de su cazadora negra tintineaban a cada paso que daba cargando a Candy en sus brazos.

-No podía permitir que mi princesa se mojara su delicada piel –bromeó Mark, mientras Candy fingía sorprenderse y procurando no hacerle notar el desagrado que le producía verle con aquella ropa tan ajada y descolorida, además de deshilachada, que le hacía parecer un harapiento pordiosero, más que el jefe del clan Andrew. En ese sentido, compartía el mismo desagrado y aversión que la anciana tía abuela Elroy, que últimamamente se dejaba ver más bien poco por Lakewood, recluida en sus aposentos privados, buena parte del día.

-Debí de reparar esa barca hace tiempo –admitió Mark, mientras Candy se apretaba contra él notando el calor que emanaba de la piel de su marido -es un invento de Stear y ha permanecido tanto tiempo en el lago, que la madera de la quilla se ha carcomido debido a la humedad, y tiene algunas vías de agua.

En ese momento, los ojos de esmeralda de Candy se cruzaron con las pupilas oscuras e insondables de Mark, que temblaba ligeramente al contacto con la piel de Candy. Candy adelantó su rostro y envolvió el cuello de su marido con ambos brazos. Los dos se besaron largamente mientras Mark, continuaba alzándola en vilo con ambas manos, hasta que alguien, hablando desde detrás de la espesura les sobresaltó.

-Sí –replicó otra voz familiar que sonó a espaldas de ambos, dándole la razón- debí calafatearla para prevenir esto.

Mark y Candy se giraron al unísono. El joven había depositado con cuidado y mesura a su esposa en tierra y ambos caminaban tomados de la mano. Se encontraron con la faz sonriente y ligeramente cariacontecida por el percance de Stear. Llevaba su familiar e inseparable gorra blanca y sus ojos centelleaban a través de los cristales de sus gafas redondas. Iba vestido de forma informal, detalle de su jovial carácter que no había variado ni un ápice, y que a veces suscitaba el disgusto de la tía abuela, porque sus niños no vestían con la etiqueta que el abolengo de los Andrew exigía. Pero la anciana toleraba aquellas nimiedades, por el inmenso cariño que sentía por Anthony y los hermanos Brown. De no ser por el afecto que les profesaba, el proceso, y posterior encarcelamiento de su sobrino Albert, habría terminado por matarla sin duda alguna. Stear avanzó hacia la barca y repasó con sus manos ágiles y expertas la estructura bajo la atenta mirada de sus amigos. Meneó la cabeza y dijo con voz apenada, como si el cisne de aspecto sumiso y recogido pudiera escucharle:

-Pobre cisne. Debí de prestarle más atención. Está hecho cisco, pero a partir de ahora me pondré manos a la obra para dejarlo como nuevo –repuso dolorido mientras acariciaba el cuello y la cabeza del cisne, como si este realmente pudiera responder a sus mimos y halagos.

Cuando intentó disculparse por la pequeña incidencia que casi termina con Candy en remojo, Mark negó con la cabeza y declaró:

-No ha sido nada, querido amigo. No te preocupes. Es más de hecho, también es un poco responsabilidad mía, porque como nuevo patriarca de la familia, debería haberme ocupado de esto.

-Vamos querido –dijo Candy como queriendo quitar importancia a las palabras de disculpa de Mark- no puedes ocuparte de todo. Lakewood es enorme y bastante tienes con administrar los negocios de la familia.

Y si no fuera por la ayuda que Mermadon y Haltoran le prestaban, y el asesoramiento desinteresado que yo realizaba para que sacara adelante a los numerosos negocios de los Andrew, probablemente estos habrían terminado en un estado ruinoso y lamentable. Afortunadamente, el discreto George hasta su silenciosa y precipitada partida, que aun constituía un misterio en el ámbito familiar de los Andrew, había mantenido la maquinaria burocrática y de los negocios familiares bien engrasada hasta que Mark pudo hacerse cargo de ellos tomando el relevo, aunque a desgana al principio y sin mucho convencimiento, hasta el punto de quedarse dormido a veces, sobre los legajos de documentos, en el antiguo gabinete de trabajo de Albert que remansaban sobre su mesa de trabajo en altos y abultados rimeros de papeles con mil y un asuntos pendientes, que Albert había descuido dejándolos inconclusos. Candy había tenido que acudir varias veces a despertarle y servirle la cena en el despacho, que a veces se quedaba fría, sin probar y prácticamente, intacta. Mark permanecía trabajando hasta las tantas, hasta que el sueño y el cansancio, muchas veces por puro aburrimiento, le vencían, porque procuraba retrasar lo más posible su ineludible cita con la burocracia y el papeleo, que las actividades comerciales del clan familiar generaban, que además debía de administrar y presidir. La riqueza a veces, tenía sus inconvenientes y aquel era uno de ellos.

Si la tía abuela se hubiese enterado casualmente, que el mismo ser artificial que le causó un susto tremendo llevaba los negocios de la familia…

El papeleo y la burocracia hastiaban a Mark, exasperándolo y poniéndole de mal humor sumiéndolo en un fastidioso tedio y en una rutina que le hacía bostezar ruidosamente, para fastidio y molestia de la tía abuela Elroy, que a veces le oía desde sus dependencias personales, en las que se recluía buena parte del día.

Muchas veces se hacía notar así mismo, no sin cierto atisbo y asomo de ironía, el hecho de cruzar el tiempo, para terminar enfrascado y peleándose con una montaña de papeles. Bastante había tenido, antes de convertirse en quien era, cuando trabajaba en la ferretería de su tío, haciendo de dependiente y ocupándose ocasionalmente de la contabilidad del negocio familiar. Las facturas, los albaranes, las hojas de pedidos le resultaban odiosos e insufribles. Afortunadamente, era un buen y aventajado alumno y aprendía rápidamente las enseñanzas, que entre yo, y Mermadon, tratábamos de inculcarle. Eso y el amor que sentía por Candy, habían conseguido que se centrara convirtiéndose paulatinamente en un buen y aceptable hombre de negocios. Hasta la tía abuela Elroy estaba sorprendida y maravillada por los rápidos progresos que hacía su nuevo heredero, a la sazón, el sucesor de su sobrino.

-Sí –admitió Mark mientras empujaba la embarcación de recreo hacia la orilla con la ayuda de Stear- pero debí haber previsto esto. Llevo mucho tiempo sin examinar esta parte de la finca.

Mark se quejó levemente. Se sorprendió de lo pesada que resultaba la barca, en contraste con su aspecto liviano y airoso. Las gráciles formas del cisne que parecía arrobado por una especie de encantador candor, plasmado de forma inigualable en su expresión, a medio camino entre la tristeza y la timidez en perfecta combinación, que le confería un aspecto especial, desmentía el volumen y el peso del mismo. Mark se sorprendió de que Stear fuera mejor artista que inventor.

-Vaya, pesa más de lo debido –declaró Mark mientras aplicaba su fuerza para moverlo, haciendo empuje con su hombro izquierdo. Finalmente, con el esfuerzo combinado de Stear, aunque fue Mark el que realizó la mayor parte del trabajo, lograron desplazarlo a tierra. Luego lo volcaron sobre un costado no sin dificultad, para examinar las grietas que perlaban la panza de la embarcación. Hacía tiempo que Mark no utilizaba el iridium, por lo que había perdido algo de sus portentosas facultades. Sus reflejos eran aun muy rápidos, y su fuerza notable, pero sentía que se estaba oxidando ligeramente. La placidez de la vida familiar, lo cual para Candy era el mejor de los regalos, dado que odiaba los efectos colaterales que el iridium producía en el organismo de su esposo, habían hecho que estuviera algo desentrenado, si se podía decir así.

-Tiene algunas grietas, pero nada en especial –declaró Stear tras comprobar la profundidad de las hendiduras, introduciendo la yema de los dedos en las mismas –voy a calafetearlo esta tarde.

-Y yo te ayudaré –dijo Mark posando una mano en el hombro izquierdo de Stear.

El joven inventor asintió agradecido, devolviéndole la mirada con gratitud.

Patty, que había acompañado a Stear llamó a Candy haciéndola señas. Estaba junto al muro decorado con frisos y estatuas. Llevaba un vestido de lino de manga corta de volantes y un gran sombrero con plumas en la cabeza. Candy miró a ambos jóvenes que departían entre sí, sobre cual sería la forma más eficaz para devolver a la góndola su antiguo esplendor y Stear al darse cuenta de que se había olvidado de Patty, dijo a Candy:

-Ve a charlar con ella si quieres, Candy. Mark y yo tardaremos un rato en resolver esto.

Candy asintió y corrió al encuentro de su amiga. Ambas se abrazaron fraternalmente y rieron admirándose mutuamente de la lozana belleza de cada una de ellas y de lo atractivas que se veían en sus respectivos y elegantes vestidos. Tras las muestras de afecto de rigor, Patty, sin pronunciar palabra, entregó a Candy un sobre lacrado de color rosa con una cinta roja y un gran lazo que cruzaba en diagonal de derecha a izquierda el sobre. Candy miró intrigada a su amiga, la cual la animó con un gesto de complicidad a abrirlo. La muchacha rasgó el sobre, extrañada y extrajo de su interior una tarjeta que en caracteres dorados anunciaba la celebración de un importante evento. Candy dio un respingo. Se trataba de una invitación de boda. Al conocer la buena nueva estrechó con tal fuerza a su amiga entre sus brazos, que Patty tuvo que pedir a Candy que aflojara un poco la efusiva presión de su abrazo.

-Es, es maravilloso –admitió Candy, feliz de que por fin Stear sentara la cabeza.

-Bueno –dijo Patty retirando el sombrero de su cabeza y abanicándose con él –al final no fue tan difícil. Y fue él mismo quien me lo planteó. De hecho, nos casaremos dentro de un mes.

Candy leyó la fecha del enlace y empezó a pensar en que vestido se pondría para la ocasión. Ambas muchachas empezaron a pasear, conversando afablemente acerca de trivialidades cuando, de repente, Patty se detuvo de forma un poco brusca. La muchacha se puso repentinamente seria y muy tensa, suscitando la inmediata preocupación de Candy.

-Patty –inquirió la joven rubia atenazada- ¿ ocurre algo ?

-Jamás podré pagarle todo el bien que trajo a mi vida y a la de mi Stear –declaró Patty, con los ojos clavados en Mark. Algunas lágrimas se deslizaron por el bello rostro ovalado de la joven resbalando por debajo del borde de la montura, de sus anteojos circulares.

-Vamos vamos, cariño –le dijo Candy abrazándola de nuevo y tendiéndola su pañuelo- no te pongas triste. Dejémonos de recuerdos y hechos pasados y disfrutemos de la vida. Haz a un lado las cosas tristes.

-Sí, tienes razón –dijo la muchacha algo avergonzada por su explosión de sinceridad, sobre todo porque algunos obreros aun estaban mirándola, aunque pronto sus capataces les instaron a continuar trabajando, mientras se enjugaba sus lágrimas con el pañuelo de encaje, que su amiga le había tendido- pero, pero, lo que hizo por él…

Candy no respondió. Sabía que más que por Stear, actuó movido de aquella manera, por el dolor que Patty había sentido durante el funeral del joven inventor, así como por el suyo propio. Su cuerpo nunca fue hallado, aunque todos supusieron, empezando por las autoridades militares, que se había consumido durante el incendio del Spad VII, derribado por la caza alemana sobre el norte de Francia, pese a que examinaron minuciosamente los restos de biplano amarillo por ser Stear quien era miembro de una influyente familia, reducido a un amasijo de hierros humeantes. Y cuando lo daban por irremediablemente perdido, un prodigio había devuelto la felicidad extraviada, a la tímida y encantadora muchacha.

14

-Necesitaríamos un soplete –dijo Mark que había rechazado la idea de calafatear la embarcación descartándola por no resultar viable y si muy engorrosa. Solo faltaba traer varios barriles de pez o brea ardiente. La tía abuela no lo permitiría, aunque Mark pudiese hacer prevalecer su autoridad, sobre su criterio, porque el berrinche de la anciana sería tal, que no podría ser soportado en modo alguno. Entonces Mark, se centró en el estudio de la estructura de la embarcación, examinándola con detenimiento y atención.

Para dotarla de mayor resistencia, Stear había construido un armazón de hierro, confiriéndole la forma de un cisne, que luego forró en madera de teka, lo cual hacía que el cisne flotante, pese a que se deslizara airosamente dentro del agua, resultara tan pesado fuera de ella, hasta el punto, de que a Mark le costó moverlo, pese a que finalmente lo lograra tras un tenaz esfuerzo, quejándose a veces, por lo mucho que costaba desplazarlo, y pasándose una mano por la frente para retirar el sudor que la perlaba.

-No lo se Mark, pero yo juraría que sería mejor sellar las fisuras con brea.

-No Stear, -negó Mark, moviendo la cabeza con énfasis -lo mejor es soldar las grietas. No es la madera lo que está dañada, si no algunas de las planchas de hierro, del armazón, aquí, aquí y aquí –dijo señalando a cada una de las grietas que se abrían en el casco producto de la oxidación, debido a la corrosión motivada por la acción del agua. La quilla presentaba asi mismo, miriadas de algas que se habían ido adhiriendo al mismo gradualmente y que habría que ir desprendiendo antes de realizar ninguna soldadura.

Para llevar a la práctica, la reparación que Mark proponía, hacía falta un grupo electrógeno, pero como Mermadon no se acercaría a no menos de dos kilómetros de distancia del agua para transportarlo, o utilizar el soplete que tenía incorporado como herramienta en la mano derecha, y la tía abuela no permitiría que largos y serpenteantes cables eléctricos afearan la delicada belleza de los jardines de Lakewood, descartada también la opción de mover la embarcación hasta Mermadon, tendrían que repararla in situ, a menos que la envolviera en un manto de iridium, con las previsibles consecuencias, sobre todo a nivel emocional que producirían. Candy llorando, la tía abuela quejándose amargamente, los Legan contrariados por el espectáculo que ello supondría. Por otro lado, no podrían contar con la inventiva y el ingenio de Haltoran, que habia emprendido una segunda luna de miel con Annie. Ambos esposos, en compañía de su primogénito, se encontraban de viaje por Europa y la primera etapa de tan largo y prolongado periplo, sería la riviera francesa. Después de tanta agitación y sorpresas, Haltoran necesitaba reponerse de todas las emociones vividas durante el alucinante e increíble viaje a otro universo paralelo, terrible prueba impuesta por el misterioso taumaturgo, que desapareciera sin dejar el menor rastro al cumplimiento de la misma, y de la que ambos habían salido airosos, aunque a un duro precio. Y obviamente, los Hasdeneis tardarían en regresar, sobre todo para disgusto de su suegra, la madre de Annie que echaba en falta a su hija y a Alan, su nieto.

Mermadon había salvado a una niña de ahogarse en una charca cercana al hogar de Pony, porque así lo establecía su programación y sus buenos sentimientos, pero no arriesgaría su integridad por un cisne de madera, por muy artístico y valioso que resultara. Mark asintió y extendió la mano izquierda, procurando que Candy y Patty no pudieran ver lo que estaba haciendo. Se concentró y su mano quedó envuelta en llamas, a medida que el iridium se liberaba, siendo exudado por los poros de su piel, mientras aplicaba sus dedos, a modo de soplete sobre los bordes mellados y retorcidos de las grietas para sellarlas por la acción del intenso calor. Previamente, las algas pegadas al casco fueron cayendo resecas y literalmente carbonizadas por efecto del bochornoso y concentrado calor que Mark, aplicaba con la cuenca de su mano, sobre la superficie del fondo de la góndola en forma de cisne, intentando que Candy no le descubriese, bajo ningún concepto. No deseaba estropear aquella hermosa tarde, y menos en presencia de Candy o de Patty, pero sobre todo de la primera. De vez en cuando lanzaba nerviosas miradas hacia su esposa, que continuaba conversando tranquilamente con Patty. Mark suspiró aliviado, mientras Candy depositaba sus manos en los hombros de su amiga, y ambas reían juntas por efecto de algún chiste, o chismorreo en boga.

Stear retrocedió estremecido, mientras contemplaba a su amigo. Jamás se acostumbraría a aquella visión, pese a la tremenda experiencia vivida sobre el Atlántico. Entonces el joven bajó la cabeza y dijo, mordiéndose previamente los labios, sin mirar a Mark, no atreviéndose a hablar, aunque finalmente reunió el valor necesario para hacerlo y sincerarse con él:

-Muchas gracias, querido amigo –declaró bajando la cabeza, para alzarla acto seguido, y mirarle con gratitud.

Mark intuía de que iba a hablarle, pero no le interrumpió y siguió concentrado en su labor, figiendo desconocer cuanto Stear iba a referirle.

-Gracias…por salvarme la vida. Fui un estúpido al echarte en cara tus esfuerzos por ayudarme. Y sobre todo la forma en como traté a Candy. No me extraña que Haltoran me golpeara. Me lo tenía merecido.

-No muchacho –dijo Mark intentando rebajar la intensidad del iridium fluyendo entre sus dedos, para que Candy no se percatara de nada y de paso, la tensión del momento- no tienes que culparte de nada ni pedirme perdón. Lo hice y ya está. No es necesario que me des las gracias.

-Pero me siento en la necesidad de hacerlo. Estoy en deuda contigo –insistió Stear con vehemencia- y también a Haltoran. Su franqueza me hizo reaccionar y madurar. Sobre todo cuando disparó a aquel tocón para demostrarme la inutilidad de la guerra.

-Haltoran no quiso humillarte. Si te pegó fue porque le exasperaba que continuaras insistiendo, en tu decisión de inmolarte en la guerra –dijo Mark, que estaba terminando de cerrar una de las grietas más grandes que con forma de u, cruzaba el casco de la barca, más concretamente, por la zona central de la quilla. De hecho, estaba ya dando los últimos retoques a la fisura. Un poco más de calor y estaría completamente cerrada y por ende, -al menos en teoría-, la embarcación reparada. Que flotase o no, era otra cuestión, que en seguida tendrían ocasión de comprobar.

Stear no insistió más. Sabía que la reacción del joven pelirrojo se debió más que nada, a la dureza con la que había tratado a Candy y a Mark, pero sobre todo a la muchacha. En opinión de Stear, Haltoran aun seguía amándola, y puede que continuase haciéndolo durante el resto de su vida.

Stear se quedó pensativo unos instantes, mientras Mark daba por finalizada la improvisada reparación. Se había quitado la visera y la retorcía intranquilo entre sus manos.

Mark levantó la cabeza nervioso, temeroso de que Candy hubiera distinguido el resplandor naranja del iridium distorsionando el aire por efecto del calor, dado que el iridium era muy volátil en contacto con el oxígeno, pero su esposa no dio muestra alguna de haberse percatado. Continuaba charlando animadamente con su amiga acerca de modas y confidencias femeninas, que de vez en cuando concluían en estruendosas y alegres carcajadas. Lo último que pretendía Mark era desairarla, conocedor del profundo recelo y aversión que la hermosa muchacha sentía hacia la sustancia anaranjada que corría por sus venas, hecho que de por si le había costado mucho aceptar.

-Esto ya está –anunció Mark al distraido Stear, que agitó la cabeza retornando de su ensimismamiento. Mark esgrimió su puño extinguiendo las llamaradas que brotaban de su piel con un siseo, que esperó que Candy no hubiera oído. Afortunadamente, la emisión de iridium a la atmósfera había sido tan ínfima, que la aparatosa y adversa emisión de sangre contaminada a través de su piel, no se produciría. Constituía un lamentable espectáculo y no quería que Candy ni nadie volviera a ser testigo de tan penosa escena, si podía evitarlo.

-Ahora debería flotar. Hagamos la prueba. Estoy convencido de que no nos defraudará.

Entre los dos, con no poca dificultad y tras algunos resoplidos y pausas que ambos tuvieron que realizar, para recobrar fuerzas, consiguieron devolver al cisne al que se suponía, era su medio natural. La barca se mantenía a flote, pero todavía quedaba pasar la prueba de fuego. Mark asintió y se dispuso a subir junto con Stear a la embarcación, cuando Patty y Candy se reunieron con ambos jóvenes.

-Íbamos a probar la barca –explicó Stear –ahora debería navegar sin problemas –dijo no muy convencido de que la heterodoxa reparación de Mark fuera lo suficientemente sólida y válida, como para avalar tal optimista afirmación.

Patty se sorprendió que ambos amigos la hubieran reparado tan rápidamente y aparentemente sin herramientas ni repuestos, o tan siquiera alguna plancha metálica, para tapar las grietas. Stear salió en ayuda de Mark, aduciendo que finalmente, los daños de la embarcación no eran tan graves como su aparatoso aspecto había dado a entender en un principio, a primera vista.

-Que bien, que bien –palmeó Patty, riendo entusiasmada- yo también quiero subir y Candy.

Candy era remisa a subirse a la góndola con forma de cisne. Temía que su vestido de volantes y franjas blancas y negras terminaría empapado de agua, y ella calada hasta los huesos. Cuando intentaba retirarse discretamente a un segundo plano, Patty la enganchó por la muñeca derecha, dando un súbito tirón y haciendo que montara en la inestable embarcación, exhalando un suspiro de resignación, sentándose a su lado, no sin dejar escapar una exclamación de sorpresa con la característica voz chillona cuando algo la desconcertaba, o la desagradaba por la impredecible y repentina maniobra de su amiga.

Finalmente ambas muchachas se ubicaron como pudieron, junto a sus respectivas parejas. Stear se removía inquieto y suplicaba que no se pusieran de pie ni se agitaran tanto. La embarcación, un tanto endeble, pese a su aparente robustez, podría darse la vuelta sobre si misma en cualquier momento precipitándoles al agua, aparte de que había sido diseñada para albergar a dos personas en vez de a cuatro, pero apretándose un poco, todos consiguieron istalarse, aunque fuera precariamente, en la barca. Afortunadamente no sucedió nada. La barca parecía deslizarse mansamente por las aguas, sin ningún problema. Entonces, Patty temerosa de que su prometido se hubiera olvidado de informar a Mark, preguntó:

-Stear querido, ¿ ya se lo has comentado a Mark ?

Stear se encogió de hombros, y Mark, puso cara de circustancias dando muestras de no entender a que se refería. Candy sonrió ante el despiste de su amigo, acomodándose junto a Mark y Patty, poniendo los ojos en blanco dijo lanzando un gran suspiro y con voz algo enojada:

-Me lo temía. Este Stear, siempre con la cabeza en las nubes y en sus inventos –declaró cruzando los brazos sobre el corpiño de su vestido y con gesto ligeramente molesto, por el olvido de su prometido, que había pasado tan importante revelación por alto, de forma tan descuidada.

Finalmente la muchacha sonrió e informó mientras Stear, que había comprendido finalmente la razón de la contrariedad de su novia, se sonrojó ligeramente y se llevó una mano a la sien. Extrajo una invitación del bolsillo de su chaqueta, esta vez para Mark y se la tendió suscitando en su amigo, la misma sorpresa que tal sencillo acto, produjera en Candy, cuando Patty le entregó la suya.

-Patty y yo vamos a casarnos el mes que viene –informó Stear a modo de disculpa ante su novia, por su involuntario olvido –se me pasó decírtelo Mark.

Mark le felicitó efusivamente y los cuatro empezaron a reír ante una ocurrencia de Mark, mientras el renacido cisne se desplazaba río abajo produciendo pequeñas olas y una alargada estela de espuma a su paso, hasta detenerse junto a un embarcadero donde el pequeño canal navegable finalizaba, fondeando en sus orillas. En lo alto se alzaba una ajada y destartalada villa abandonada. Candy sintió una punzada de contrariedad. Aquel era el refugio de Albert y de sus animales, cuando aun era un hombre bueno, antes de transformarse en un ser irreconocible y odioso, transformado por un amor mal entendido e irracional. Mark comprendió de inmediato que le sucedía a su esposa por el sutil cambio que sus pupilas de malaquita experimentaron en un instante, y la atrajo hacia sí, besándola en los cabellos dorados sobre el lazo de la coleta derecha, que iba a juego con su vestido.

-Tranquila amor mío, no pasa nada. Yo estoy contigo. Siempre estaré a tu lado. Aquello terminó –susurró Mark en su oído, para que Stear y Patty no pudieran escucharles, y alarmarles innecesariamente.

Patty y Stear parecían no haberse dado cuenta de cual era la razón, que había ensombrecido por un momento, la preciosa faz de Candy.

Candy asintió y recobró su aplomo enseguida, casi de inmediato. La villa estaba siendo reformada. Algunos andamios trepaban por sus paredes con varios hombres arracimados sobre los mismos y enfrascados en la reparación de la fachada. Candy podía notar la vibrante actividad, porque el continuo e incesante movimiento de albañiles que trabajaban febrilmente, en torno al edificio no se detenía en ningún momento, si acaso, redoblaba su ritmo de trabajo. Mark había ordenado que la mansión de reducidas dimensiones en comparación a la mastodóntica y gran casa señorial de Lakewood, fuera reparada y rehabilitada. No tenía intención de mostrar aun a su esposa o a sus allegados el estado de las obras, pero ya que estaban allí no era momento de desperdiciar la oportunidad. Los cuatro bajaron en el embarcadero y tras amarrar la barca sólidamente, subieron las escaleras que conducían a la villa. Había un gran ajetreo y trajín en torno a ellos. Los obreros se afanaban a fondo y por todas partes el sonido de martillos, serruchos y demás herramientas llenaba el aire. El capataz jefe, un hombre alto y pálido tocado con un casco, salió a su encuentro, y saludó formalmente a Mark.

-Hola señor y señora Anderson, ahora les pondré al corriente de las obras.

Patty y Stear admiraron la envergadura del proyecto. Entonces Mark, pidió al capataz que esperase un momento y acercándose a ambos, se situó entre ellos y depositando una mano en el hombro izquierdo de Stear y la otra en el derecho de, Patty dijo mirándoles de hito en hito con una sonrisa y aire de complicidad:

-Yo también tengo una sorpresa que daros.

Todos aguardaron expectantes. Mark asintió y dijo:

-Este es mi regalo de boda para ambos…si tenéis a bien aceptarlo. Si no, alguna otra utilidad le daremos –dijo Mark guiñando un ojo.

Patty y Stear se quedaron boquiabiertos. La muchacha incapaz de creer que en el corazón de aquel hombre pudiera caber tanta bondad, se echó en sus brazos llorando sin lograr reprimir sus emociones. Candy tuvo que aparentar entereza para no terminar imitándola también. Los albañiles, impasibles continuaban con su trabajo. Les pagaban para rendir, no para perder el tiempo prestando atención a asuntos que no eran de su incumbencia. Y se lo tomaban muy en serio.

-No, no se como puedes ser tan maravilloso y bondadoso Mark –dijo Patty mientras las lágrimas empañaban los cristales de sus gafas –no, no puedo aceptarlo, aunque es un regalo extraordinario.

-Nos harías muy felices si lo convirtiérais en vuestro futuro hogar –insistió Candy, abrazando a Mark. Patty se apartó regresando junto a Stear, para permitir a su amiga que corriera al encuentro de su marido.

Stear se había prendado del lugar. Tranquilo, y cercano al lago y con una gran amplitud donde podría instalar su nuevo taller laboratorio. Patty pensaba en lo espaciosa que era la casa, con mucha luz y soleada, para albergarles a ellos y a sus futuros hijos, que esperaba que fueron muchos. Tras reconsiderarlo, ambos aceptaron encantados, deshaciéndose en halagos hacia Mark y Candy. Patty sin embargo notaba el resquemor de una duda, y así se lo participó a Mark:

-Mark, tú ya sabías que Stear y yo íbamos a casarnos, ¿ como te has enterado ? –preguntó con una entonación de sorpresa en la voz –ahora estamos repartiendo las invitaciones, y la verdad, nadie más lo sabía…hasta ahora –concluyó.

-Lo intuí por tus ojos, querida amiga, la última vez que nos vimos. Tenían una expresión especial e inconfundible muy característica, que solo la inminencia de un acontecimiento así puede conferir a una mujer enamorada. De todos modos –dijo desviando la mirada hacia la casa en cuyos tejados se afanaban algunos obreros que estaban reemplazando las tejas de la techumbre- tenía pensando reformarla. Y lo intuí por tus ojos, y porque la cabeza visible de los Andrew tiene que enterarse de semejantes detalles, ¿ no ?.

Naturalmente, la tía abuela Elroy se había opuesto, aduciendo un supuesto e innecesario despilfarro que tal dispendio supondría en el patrimonio familiar de los Andrew. Pero como había otorgado el cargo de su malogrado sobrino a Mark, se había colocado bajo la autoridad de este le gustase o no, por lo que el joven moreno terminó por imponer su criterio, sacando adelante el plan de reformas de la vieja villa del lago. Por otro lado, Mark se había ganado el respeto y el afecto de la anciana y estirada dama, aunque naturalmente esta debido a su talante orgulloso y altivo nunca lo reconocería en público, pero jamás podría agradecer lo bastante, lo que aquel joven había hecho por sus dos sobrino-nietos y por ende, por ella misma y la familia. Tampoco podía reprocharle el ocaso y ulterior caída en desgracia de su sobrino, que continuaba cumpliendo condena entre rejas, porque todo cuanto le había pasado a Albert, se lo había buscado él solo con sus irresponsables y horribles actos motivados por sus ansias de venganza y desquite contra Mark y Candy.

Mark solo deseaba vivir en paz junto a Candy y sus hijos, pero el devenir de los acontecimientos, había terminado por convertirle en un hombre inmensamente rico, además de afortunado por tener el amor incondicional y sincero de una mujer como Candy.

Candy asintió complacida depositando en Mark una mirada de amor. Parecía que finalmente la sombra del iridium se iba alejando con carácter definitivo de él.

15

La destartalada y arrumbada vivienda, de ruinosa apariencia se mantenía a duras penas en pie, gracias a los esfuerzos de su propietario, que a fuerza de ruegos y de una buena estrella que parecía sentir simpatía por el hombre que vivía allí, conseguía que la precaria construcción se hubiera librado por el momento de venirse abajo, en cualquier instante. La casucha de madera estaba apuntalada por todas partes mediante tablones clavados de manera arbitraria y por supuesto, sin seguir un patrón concreto. Huelga decir, que la elegancia y el buen gusto del refininamiento eran materias vedadas para la cabaña de madera, sobre cuya techumbre remendada con placas de hierro que tapaban alguna oquedad y ocasionales grietas, se erguía un letrero de aspecto tan sufrido y lastimoso, como el resto de la casa, en la que se podía leer con grandes caracteres desiguales, escritos con escasa fortuna, un curioso rótulo:

"Clínica Féliz, lo curo todo, desde perros a humanos, pasando por gatos".

Obviamente, el que morase allí dentro, por fuerza tenía que ser un optimista contumaz, o un bromista cínico y desencantado, con todo y con todos, de vuelta de todo. El médico que ofrecía sus servicios allí, era una pefecta mezcla de ambos conceptos.

El doctor Martin no era precisamente arquitecto y a veces, el facultativo al que habían intentado por varias ocasiones sin éxito, una vez que los delitos que causaron su ruina prescribieron, retirar su título de medicina que le fue devuelto, por su desmedida afición al alcohol, tampoco sabía si era doctor, veterinario o todo a la vez. Y cerrarle la clínica no era la solución, porque el alcalde de la ciudad, hombre previsor y comprometido, sabía que el vecindario del empobrecido barrio no tendría manera de encontrar otro médico y mucho menos, pagando un dinero del que no disponían. Por lo que, las autoriades solían hacer la vista gorda, y le dejaban hacer. Por no saber, a veces, ni se acordaba de su nombre. El interior de la vivienda, cuya caótica disposición no tenía nada que envidiar al exterior, hacía las veces de consultorio médico, dispensario y vivienda del galeno. El suelo de madera presentaba algunas tablas sueltas, en cuyos huecos había alguna que otra vez, metido la pierna el doctor Martin, estando a punto de lastimarse. Era un hombre de mediana edad, regordete y con unos cabellos sorprendentemente espesos y tupidos para su edad, que al observador casual le podría parecer que llevaba un bisoñé mal dispuesto y peor llevado, porque le resultaba difícil de creer que el doctor Martin conservara aun su pelo, en aparente buen estado de salud. Sus cabellos aun no habían encanecido al igual que sus frondosos y tupidos mostaños que se movían levemente al hablar. Solía vestir de forma informal, con un pantalón de peto sobre una camisa de leñador roja con franjas oscuras. El doctor Martin representaba la antitesís de cualquier pulcro y atildado doctor que ejerciera en alguno de los muchos y prestigiosos hospitales de la ciudad del Viento. Sobre la mesa circular del salón reposaban algunos periódicos y diarios locales en los que destacaban en primera página una noticia sorprendente pero no por ello menos veraz. La célebre actriz Eleonor Baker, después de su sonado divorcio y su inesperado enlace matrimonial con un desconocido caballero de la alta sociedad, reconocía la maternidad de una muchacha que el viejo doctor Martin conocía muy bien.

-Vaya, vaya –comentó el facultativo con voz ronca al leer la noticia- al final supiste quien era tu verdadera madre Candy. Me alegro por ti.

Candy había trabajado durante un corto espacio de tiempo para el doctor Martin al que había encontrado tirado en un parque, víctima de su acendrada embriaguez. Candy se compadeció de él, y logró a fuerza de insistir y de vedarle el acceso al objeto de su perdición, que el hombre se recondujera alejándose gradualmente de la tentación que suponía para él, tener cerca una botella de licor. Se trataba de una etapa de la vida de Candy, que solo conocía Mark, al que le contaba los aspectos más íntimos y desconocidos de ella, y que compaginó con su trabajo en la clínica de Chicago. Nadie debía saber que trabajaba para el afable doctor, no porque tuviera miedo del que dirán, si no porque John Martin trabajaba sin licencia en aquel entonces, y aunque a él personalmente, le daba igual que le quitaran algo de lo que no disponía, podrían cerrarle la clínica e incluso ir a la cárcel, por lo que Candy fue siempre muy discreta, procurando no desvelar en ningún momento la doble actividad que estaba realizando a espaldas de sus superiores como enfermera y ayudante, de un brillante médico, pero caído en desgracia. John suspiró y su mano se dirigió mecánicamente hacia una botella en cuyo interior se agitaba un oleoso y espeso líquido oscuro. Era whisky y cuando sus dedos estaban a punto de aferrar la botella, el doctor detuvo la progresión de su mano y se dijo:

-No, no debo de traicionar la confianza que Candy depositó en mí. No estaría bien.

Entonces cogió la botella y vació su contenido por el desague. Aun conservaba aquel vestigio de su pasado como bebedor por si alguna vez tenía que festejar alguna ocasión especial, excusa peregrina se decía así mismo John Martin para justificar el que la botella no hubiera aun abandonado el ámbito de la clínica. Conservó el envase, pero que ya desprovisto de su contenido no resultaba peligroso. Martin tomó entonces su cachimba, regalo de la muchacha que había trabajado para él como enfermera y cuidadora más por conmiseración hacia aquel hombre destrozado e indiferente a su destino que por un sueldo, porque John Martin era pobre de solemnidad y encendiéndola dio una larga calada. Aunque rememorar el pasado no le hacía bien, hizo una excepción por esa vez y del cajón de una cómoda que había rescatado de la basura adecentándola y arreglándola con las escasas herramientas de que disponía, extrajo una ajada y amarillenta cuartilla en la que había garabateadas varias líneas.

16

John Martin evocó a una niña de muy corta edad, de cabellos oscuros y ojos tan azules que parecía que habían sido creados con un trozo de cielo. Recordó como la alejó de su familia en una oscura noche, en compañía de otro colega que le había pedido ayuda en un turbio asunto. Martin aceptó, a medias movido por la desesperación de su amigo, a medias por la sustanciosa suma que le ofreció, si colaboraba con él. Edgard certificó la defunción de la pequeña y John hizo posible que la pequeña fuera a parar a malas manos, que afortunadamente la depositaron en un lugar bueno y hospitalario, donde otras más afectuosas y cariñosas cuidarían de ella, lo mismo que del resto de pequeños que se arracimaban en torno a dos mujeres de aspecto bondadoso, una de ellas, una religiosa que se desvivían por sus desventurados pupilos con plena dedicación. John no quiso saber nada más del asunto, y aunque Edgard salió más o menos bien librado de aquel deleznable acto, pese a que los remordimientos le hicieran confesar su culpabilidad a los Brighten años más tarde, pero Martin fue descubierto y condenado a no poder seguir ejerciendo la medicina. Estuvo a punto de ir a la cárcel, pero su abogado consiguió su absolución. Desempeñó los más variados trabajos alternando su triste y miserable vida, con una cada vez mayor incursión en las negras simas del alcoholismo y la desesperación, hasta que finalmente, optó por probar suerte en la medicina porque en el fondo su vocación de servicio a los demás era más fuerte que el efecto disuasorio de la justicia. Alquiló una ruinosa y remendada cabaña y empezó nuevamente a ejercer como médico sin rendir cuentas a nadie. Su clientela, gente pobre y con escasos recursos que no podían acceder a los recintos de los asépticos y grandes hospitales de Chicago, no ganaba nada denunciándole,si no todo lo contrario. Le pagaban cuando podían, a veces en especie, ya fuera con huevos, queso u otros artículos de primera necesidad. Su ritmo de vida era anodino, y los días de intenso trabajo se alternaba con la escasa actividad en la que de cuando en cuando le traían a algún perro con la pata rota o a un gato que mostraba las heridas y cicatrices de alguna reyerta callejera, para que lo curara, y Martin que no andaba precisamente sobrado de dinero, ni siquiera de alimentos, aceptaba cuantos trabajos le ofrecían. Todo era dentro de la cruda realidad de su digna pobreza, anodino y monótono, hasta que alguien le hizo llegar de forma anónima, una misiva que iba dirigida a él. Martin intuía lo que aquella carta venía a desvelarle, y de inmediato al leer las primeras líneas, supo que eran palabras póstumas.

"Querido amigo John.

Espero que me perdones y sepas disculpar mi atrevimiento para llamarte así todavía, después de la terrible y demoledora contigencia que te cambió la vida a peor y de la que yo soy el único responsable. Me queda muy poco tiempo de vida, porque el alcohol me ha ganado la partida. No voy a pedirte compasión ni que derrames ni una sola lágrima por mí, después de lo que te hice, pero tengo que informarte que aquel malhadado secuestro trajo algo bueno si puede decirse así. La niña que por mis malas artes, fue abandonada en un hospicio conocido como el Hogar de Pony, fue adoptada al cabo de unos años por una familia muy influyente y rica. Acabo de enterarme, que por casualidades de la vida, o quizás sean los hados que dicen mueven y manejan el destino de los hombres, esa niña volvió con sus verdaderos padres en un caprichoso giro del destino, los Brighten que no podían sospechar ni por asomo ni remotamente, que estaban adoptando a su verdadera y legítima hija, que les arrebaté tan cruelmente por una maldita suma de dinero y la promesa de que mis faltas y delitos serían perdonados o cuanto menos ocultados. Creí que era mi deber advertirte de ello, como ya he hecho con los padres de la muchacha.

Te he hecho llegar esta carta por medio de uno de los pocos amigos verdaderos que aun me quedan y cuyo anonimato debo preservar por expreso deseo suyo. Yo no quiero saber donde estás ahora ni en que condiciones ni tampoco que tú trates de ponerte en contacto conmigo. Me queda ya poco en este mundo. El alcohol me dio jaque mate, o debería decir más propiamente, que yo me lo he dado a mi mismo. De hecho, cuando recibas esta carta, si es que quieres leerla, porque estoy seguro de que llegará a su destino, tal vez ya no esté aquí. Espero que tú, por lo menos dentro de lo que cabe, hayas tenido más suerte que yo.

Se despide sin más:

Edgard Valley, que trató de ser un buen médico, pero que resultó peor hombre de lo que creía."

John lanzó un nuevo suspiro. Había releido aquella carta por enésima vez. No solo había perdonado a su malogrado amigo, si no que él mismo había purgado con dedicación a los demás, sus propias faltas. Quería creerlo asi, necesitaba tener esa convicción, porque de lo contrario su conciencia tal vez le habría impelido a compartir la adversa suerte de Edgard. Miró hacia la pared que tenía frente así y que mostraba algunos desconchones que tapaba como buenamente había podido, con una gran alacena de madera y dijo en voz alta:

-Querido Edgard, al final los dos hicimos algo bueno. En eso tenías razón, pero te equivocas en lo de que fuíste peor hombre que médico. Al contrario, como persona fuiste de lo mejor –dijo mientras alguna lágrima furtiva se deslizaba por sus mejillas coloradas.

Entonces sus ojos se centraron en la posdata que figuraba al final de la sobada y amarillenta misiva, cuyo papel empezaba a cuartearse debido al paso de los años y de las veces, que John Martin la sostenía entre sus dedos nudosos, mientras sus ojos oscuros repasaban aquellas desesperadas líneas por enésima vez saltando con rapidez y agilidad, de una a otra.

"PD: Su nombre es Annie Brighten".

Candy le había hablado de ella, así de cómo su infancia había transcurrido en el Hogar de Pony. John Martin guardó silencio, un tenso y prolongado silencio que disimuló como pudo, para no levantar las sospechas de la muchacha, ni suscitar la suspicacia de Candy, y tuvo asimismo, la suficiente presencia de ánimo, y sangre fría ante Candy como para no delatarse, aunque estaba convencido de que tal vez, la hermosa muchacha de ojos verdes y cabellos dorados, a la que hablar del hombre del que estaba profundamente enamorada le confería una belleza especial, le hubiera perdonado, pero optó por no hacer la prueba. No se atrevía a arriesgarse a comprobar que hubiera sucedido, de haberle desvelado su trágico secreto y sincerarse con ella.

FIN DE RETORNO A UN DOLOROSO PASADO

LIBRO II DE ALMA ATORMENTADA