Las invitaciones

Para mi desgracia, Lauren se puso más insoportable de lo normal. No paraba de pedirme perdón, que si lo sentía mucho, y que creía que debía compensármelo. "La que tiene que compensármelo es Bella" pensé yo.

Además, después del accidente no volvió a haber ningún contacto con Bella. Yo al menos, estaba demasiado enfadado do como para empezar a dirigirle la palabra. Y ella no hizo ademán de pedirme disculpas en ningún momento. Me dolía que nos comportáramos así. Ella era la única chica que había hecho renacer en mí sentimientos olvidados con el tiempo. Pero no pensaba ser el primero en hablar, no, ella era la que se había negado a contarme la verdad. No. Definitivamente, no.

A la semana siguiente, yo estaba ido, mal, ya nada de lo que hacía me sentaba bien. Ni siquiera conduciendo estaba a gusto. Por si fuera poco, nos habían mandado un trabajo de literatura, y en mi caso, fue casi imposible hacerlo. Después de estos hechos tomé una decisión. Me iba a comportar. Iba a hablar con ella, y hacer como si nada hubiese pasado, aunque realmente fuese todo lo contrario.

Estaba todavía en las nubes cuando entré en Biología, el señor Mason no había llegado todavía. Y allí estaba ella, tan preciosa y frágil como siempre.

-Hola Bella –la saludé al pasar por su lado.

Ella, únicamente movió la cabeza como gesto de saludo. Ese gesto me traspasó el corazón. Nunca había sentido tanto dolor.

Me senté, y como cada día que pasaba en clase, empecé a dibujar con disimulo. Esta vez, mi paisaje perfecto: mi prado. Solo que esta vez, empecé a dibujarlo con un crepúsculo de fondo. Esa imagen, era totalmente irreal, dado que nunca en la vida vería el cielo tan despejado en Forks. Para mi sorpresa, el tiempo pasó volando, y justo cuando iba a darle un último retoque con el lápiz, el timbre sonó. Recogí mis cosas y salí de allí hacia el aparcamiento. Estaba harto de ese comportamiento. A partir de ahora, y para que eso no volviese a suceder, no me encariñaría de nadie. Pasaban las semanas y yo seguía en mi burbuja de "aislamiento masivo".

Fue Tyler el que me sacó de allí, al recordarme que pronto se celebraría el baile de primavera. La verdad es que no había caído en ello. Me explicó que para ese baile, eran las chicas las que pedían a los chicos que fuesen con ellas al baile.

-¿Se lo pedirás a Lauren? –dijo de repente.

-¿Pero no es la chica quién elige? –pregunté yo socarrón.

Le había pillado. Pensaba pedírselo a Lauren y quería saber si yo lo haría.

-Va, chorradas –dijo fanfarrón.

Me empecé a reír.

-¿Pero se lo pedirás tú? –insistió en saber.

-No, la verdad es que no tengo intención de acudir al baile –respondí sinceramente.

-¡¿Cómo?! –casi gritó.

No, más entusiasmo no, por favor. Si es que aquí todo el mundo era un escandalizador.

-No Tyler, no voy a ir –le repetí lo más normal que pude.

-Tío Edward, eres idiota por no acudir –sentenció bajando la cabeza- Sabes que tienes a la mayoría de las chicas locas por ti.

¿Cómo? Debió confundirse al pronunciar la frase. Eran MUY amables conmigo, y muy pesadas por cierto, pero tampoco las tenía detrás todo el día.

-Tyler ¿tienes ojos en la cara? –pregunté irónico.

-¿Los tienes tú? –me respondió con una sonrisa divertida.

-Bueno, me voy a casa –abandoné mientras me levantaba.

-Vale, nos vemos mañana –se despidió.

Ya en el aparcamiento, Jessica llamó mi atención gritando como una gallina loca.

-¡¡Edward!!

Dios mío, ni que se hubiese muerto alguien.

-Baja la voz Jess, que te van a oír y te tomarán por loca –dije yo mientras miraba a nuestro alrededor.

-Muy gracioso Edward –dijo con una sonrisa forzada.

Me reí. Pero ella me interrumpió.

-Esto...-titubeaba, eso no podía ser bueno- quería pedirte una cosa.

-Dime –la incité yo sin muchas ganas.

-¿Vendrías al baile conmigo? –lo soltó tan deprisa que por poco no la entiendo.

Por favor, ¿por qué a mí? ¿Por qué no a Tyler, que estaba tan interesado en las chicas?

-Lo siento Jessica, pero no voy a ir al baile –le aclaré suavemente.

-Ah bueno –dijo al borde de las lagrimas. Tal vez en otra ocasión...

-Tal vez – la corté yo, y acto seguido salí corriendo de allí.

Entré en el coche, y conduje hasta la salida. Para mi sorpresa, el Volvo de Bella Swan se interponía en mi camino hacia la libertad. Supuse que estaría esperando a sus hermanos, pero pasaron los minutos y allí no apareció nadie.

Si se suponía que el ignorar a alguien era un pequeño castigo, el que lo suponía se equivocaba. Y más si, en mi caso, dicha persona te impidiera el paso hasta el punto en que estuvieses tan histérico que quisieses golpearte la cabeza contra el volante. Por si fuera poco, el coche de Lauren se acercaba por detrás. "Genial, la que faltaba" pensé sarcástico. Ahora bajaría de su recién adquirido coche y se dedicaría a pedirme que por favor le cantara las cuarenta a Bella Swan.

Bajó de su coche, y vino caminado hasta el mío.

-Lo siento Lauren, el coche de los Swan me tiene completamente inmovilizado –le expliqué intentando parecer inocente.

-No te preocupes por eso –dijo con una sonrisa- en realidad venía a pedirte una cosa.

-Ah –conseguí decir yo.

-Esto...¿Querrías venir al baile de Primavera conmigo? – dijo rapidísimo

"Mierda" pensé. Otra que me lo pedía a mí. ¿Por qué no a Mike? Que era el guaperas oficial del instituto ¿O a Tyler? Que le iba el tema de las chicas. Daba igual, el caso era fastidiarme a mí.

-No va a poder ser. Lo siento Lauren, pero ya había hecho planes para ese día, y acudir al baile no está en ellos –dije con una falsa sonrisa.

-Ah bueno, no importa –aclaró ruborizándose violentamente.

Ando hasta su coche y encendió el motor. Las cosas que no me habían pasado nunca me pasaban hoy, y todo gracias a Bella. Rectifico la frase de: Forks era mi infierno personal. No. Bella era mi infierno personal. Miré hacia la carretera y vi por el retrovisor de su coche como Bella se reía disimuladamente. Y entonces me harté, y pité, pité hasta que me cansé. Sabía que la gente me miraba como a un loco, pero en ese instante, me daba exactamente lo mismo. Deseaba y necesitaba desahogarme.

Por arte de magia, los Swan entraron rápidamente en el coche plateado y Bella arrancó derrapando. Bien. Por fin era libre, encendí el motor y salí pitando de allí. Llegué a casa en el record de cinco minutos. Hice los deberes, y una vez terminados, los metí en la mochila, para no volverlos a ver hasta el día siguiente. Me conecté a mi cuenta de correo.

Después del accidente con el coche, Carlisle me escribía más a menudo correos. A los que yo respondía siempre con una desgana irrefutable. Me sentía tremendamente culpable por este hecho, pero no podía hacer nada por remediarlo. Todo mi mundo había cambiado desde que había conocido a Bella. El buzón estaba lleno, respondí a los más importantes y bajé al salón y encendí la tele. Había alguna serie interesante, pero tampoco demasiado.

Cuando se hizo de noche, empecé a preparar la cena. No era un manitas en este arte, pero algo sabía. Cuando estuvo lista, puse la mesa y me senté a cenar. Al rato, llegó Esme, con un montón de exámenes que corregir.

-Hola cariño –me saludo dulcemente.

-Hola mamá –le correspondí a la vez que le daba un leve beso en la mejilla.

-¿Qué tal ha ido el día? –inquirió mientras dejaba los papeles encima de la mesa del salón.

-¡Oh! Muy bien mamá –mentí.

-Me alegro de ello –respondió con una cariñosa sonrisa.

-Bueno, creo que me voy a dormir –me despedí- nos vemos mañana..

-Hasta entonces cariño

Subí las escaleras, cogí mi pijama y me encerré en el cuarto de baño.

A pesar de ser corta, la ducha me relajo mucho. Y toda la ira acumulada fue siendo eliminada. Me puse el pijama y me tumbé sobre mi preciada cama. Al momento, caí dormido.

Me desperté antes de lo normal, y eso me dio tiempo a pensar coherentemente sobre lo que iba a hacer ese día. Evidentemente, y al igual que todos los demás, ese día iría al instituto. Empecé a darle vueltas seriamente a mi pobre excusa para no acudir al baile.

¿Qué haría ese día para que nadie viniese a buscarme o algo parecido? Tenía que comprar algunos discos y libros, por lo que... ¿Por qué no ir a Seattle? Era buena idea, sin duda. De ese modo, nadie vendría a por mí para ir al baile. Miré el despertador. Las 7: 45 aparecían iluminadas por un color rojo sangre. Debía darme prisa si no quería llegar tarde al instituto. Me vestí y bajé a desayunar.

Como ya era habitual, Esme no estaba. Me preparé un cuenco de cereales y me los comí con la vana esperanza de que su sabor fuese diferente a su pésimo aspecto. No, era igual de asqueroso. Miré por la ventana de la estancia para averiguar que tiempo hacía hoy. No estaba mal, para ser el clima de Forks, claro. Agarré el chubasquero que estaba colgado en el perchero y cerré la puerta. Nada me alertaba de que ese día iba a ser diferente, y sin embargo lo era. Tenía un borroso presentimiento de que algo iba a cambiar ¿Pero qué? Nada podía sorprenderme a estas alturas.

Conduje hasta el parking, y una vez allí, salí del coche como hacia normalmente. Las clases seguían siendo igual de aburridas, igual de insustanciales. No. Nada iba a cambiar, nada iba a ser diferente. Pero al terminar la clase de Biología, ese pensamiento cambió radicalmente.

-Edward –susurró la voz que reconocería en todas partes.

Estaba recogiendo los libros, eso me ayudaba a mantener la cabeza fría y a recordar el daño que me había hecho, queriendo o no. Por lo tanto el tono de mi respuesta fue cortante y frío.

-¿Qué? ¿Vuelves a "dignarte" a hablarme?

-Si te soy sincera…no –admitió escondiendo una triste sonrisa.

-¿Entonces?

-Mira Edward, se que me estoy portando mal contigo. Y que estoy siendo muy borde. Pero por nuestro bien, es mejor que sea así –me explicó con pesar.

Se le notaba en los ojos que no era eso lo que deseaba, pero sus palabras llegaron a lo más hondo de mi mente. "Es mejor que sea así" había dicho. ¿A que se refería?

-¿Por qué? -quise saber yo.

Mi pregunta no le sorprendió lo más mínimo.

-No es buena idea que lo sepas –dijo más para ella misma que para mí.

Siempre igual. Si no me respondía mal, me contestaba con evasivas. O, en este caso, alegando que era mejor que no lo supiese ¿Por qué se empeñaba en ocultarme cosas tan sencillas? Si no le "caía" bien, prefería que me lo dijese. No quería hacerme falsas esperanzas. "Falsas esperanzas…" aquél pensamiento captó mi atención ¿Podía haber sido más idiota? ¿Podía haber respuesta más simple? Me había enamorado de ella.

Pese a mi descubrimiento, decidí hacerme el duro y respondí.

-Es una pena que no lo descubrieses antes. Así no tendrías a tu lado a un compañero que no es bueno para ti, además, podrías haberte ahorrado todas esas molestias –le dije secamente, mientras ella caminaba en dirección a la puerta.

-¿Molestias? –inquirió atónita.

-Sí. Podrías haberte quedado quieta viendo como el coche me hacía pedazos –le aclaré mordaz.

Sabía que luego me iba a arrepentir. Pero necesitaba saber cuanto le importaba.

-¿Crees de verdad que me arrepiento de haberte salvado? –inquirió estupefacta.

-Eso mismo –le confirmé con dureza.

-Tú no sabes nada. Absolutamente nada –me espetó apretando la mandíbula.

Me encogí de hombros, me cargué la mochila al hombro y salí de clase elegantemente. A pesar de la riña con Bella, en ese momento estaba más contento que unas castañuelas. Le importaba, aunque solo fuese un poco, le importaba.

La clase de gimnasia fue brutal. Cambiamos de deporte. Jugamos a baloncesto. El baloncesto había llamado mi atención más de una vez, pero al no ser especialmente alto, no destacaba como jugador. Sin embargo, jugar me gustaba mucho.

Después de gimnasia, salí al parking y me encontré con Kitty, también era una de las chicas que se sentaba conmigo en el almuerzo.

-Hola Edward –me saludó efusivamente.

-Hola Kitty –le correspondí sin mirarla siquiera.

-Esto…-titubeaba de la misma forma que Jessica y Lauren. Aquello no podía ser bueno.

-¿Sí? –le incité impacientado.

-¿Querrías venir al baile conmigo? –me preguntó mientras se sonrojaba a más no poder.

Otra que había escogido al tipo equivocado. El cabello negro le caía a ambos lados de la cara, enmarcada por dos grandes ojos castaños. Kitty no era mala, pero tampoco era un modelo a seguir, mala estudiante, por lo que Tyler me había contado, y con mucha tendencia a deprimirse. De momento, la única que había resistido la "tentación" de pedirme ir al baile había sido Ángela. Aquella chica me caía bien. No era tan pesada como Lauren, y nada cotilla, al contrario que Jessica.

-Lo siento Kitty –me disculpé con una triste sonrisa- pero ese día no voy a estar aquí.

Ya lo había decidido. Aquel sábado iría a Seattle, y aunque no comprase nada, podía ir al cine.

-Ah…bueno –consiguió decir- Quizá la próxima vez.

Esbocé la mejor de mis sonrisas en forma de disculpa. Aquello pareció gustarle, porque me sonrió con felicidad y se fue de allí. Me introduje en el coche y miré el reloj de mi muñeca. Las 4:15. Necesitaba desconectar. Desde que había llegado a Forks, mi vida había dado un giro de 360º. Muchas chicas me habían pedido ir al baile con ellas. Había hecho varios amigos muy pronto. Y por último; me había enamorado de la persona equivocada. Estaba claro que yo no le interesaba a Bella. Debía haber advertido el poder que ejercía sobre mí, y lo mucho que la admiraba. Por lo que, para que no me hiciese esperanzas, me había dado un "ultimátum". Pero, cuando le había preguntado sobre sus "molestias" ella había respondido con mucha tensión y rabia reprimida. Por lo tanto, había decidido que lo mejor era no dirigirme la palabra. Y pasar de mí, por el bien de los dos; o eso decía ella…

Arranqué el coche y fui directo a casa. Esta vez no batí el record, pero llegué igual de rápido que la otra vez. Recogí los libros y el abrigo del coche y me metí en casa calado de agua hasta los huesos. Cuando salí del coche, empezó a llover, y no precisamente gotas pequeñas. Deje los libros y el abrigo en su sitio y subí a mi habitación para cambiarme de ropa. Una vez seco, bajé al salón y empecé a hacer los deberes. Mientras corregía frases en español y calculaba cuentas de matemáticas, me percaté de una cosa muy extraña. Nunca me había gustado hacer los deberes, como a todo el mundo. Pero en esos instantes, estaba muy concentrado y disfrutaba corrigiendo frases. Tenía la cabeza ocupada, y eso me impedía pensar en otra cosa… ¿Hasta que punto iba a llegar mi locura por Bella Swan? ¿Iba a empezar a disfrutar de los deberes por el simple hecho de que aquello me impedía pensar en ella? Un gruñido salió de mi pecho, en forma de represión. Era idiota. Sabía perfectamente que ella no me amaba, y aún así, mi mente intentaba expulsarla cambiando mi vida por completo.

Al menos el futuro me ayudaba a superarlo. En cuanto terminase el instituto pensaba irme a alguna universidad del sur. A ser posible, Florida o California. Amaba el Sol. No iba a ser capaz de estudiar varios años de carrera en un sitio en el que lloviese continuamente, y que, cuando por un milagro no lo hiciese más, el cielo estuviese cubierto por nubes grises y oscuras. Forks, por ejemplo.

Cuando terminé los deberes, empecé a hacer la cena, no era mucho lo que sabía de cocina, pero no tenía problemas para desenvolverme en ella. O eso pensaba yo. Pensaba darle una sorpresa a Esme, y decidí hacerlo cocinando para ella. Si lo pensaba bien, no tenía otra opción razonable. En un principio, había pensado hacerlo con los estudios. Pero deseché aquella idea el día que volví a dibujar en Biología. Escogí uno de los miles de libros de cocina que tenía mi madre y elegí la receta que me pareció más fácil. Canelones con salsa bechamel. Por lo que allí ponía, no me llevaría una tarde entera hacerlos. Pero conociéndome, yo, que era un inexperto en este arte, me llevaría mucho más tiempo del debido. Hice una lista con los ingredientes y salí a comprar al supermercado más cercano. Cuando volví, había un extraño pero irresistible olor en la casa. No supe identificar qué era, pero aquel aroma se quedó grabado en mi mente a prueba de fuego.

Empecé por lo más difícil, preparar el "envoltorio". La mitad de las láminas se rompieron, pero algunas llegaron vivas al trapo donde dejé que se secaran. Preparé la carne en poco tiempo, pero la bechamel casi se quemó. Definitivamente, yo no servía para cocinar. Los metí al horno y me quemé. De repente, aquel olor que me había embargado anteriormente, volvió a hacerse más intenso. ¿Qué era aquel aroma? ¿Y de quién procedía?

Entonces, el horno pitó anunciando la llegada del desastre. Los deje enfriar lo justo para poderlos probar. Cogí un tenedor, pinché el primero, y me lo introduje en la boca. Increíble. Estaba bueno. Preparé la mesa con ilusión y una vez terminada, me fui al sofá a ver la tele un rato. Estuve dándole vueltas al tema de ir a Seattle. Debía decírselo a Esme cuanto antes, no fuese que ella ya tuviese planes para el sábado siguiente. Unos minutos más tarde, mi madre apareció por la puerta mortalmente pálida y con unas ojeras inmensas. Su pelo color caramelo le caía por lo hombros en forma de espiral. Y su cuerpo estaba totalmente inundado de agua.

Corrí hasta la puerta y la abracé.

-¿Qué te ocurre mamá? –inquirí preocupado.

-He debido coger una pequeña pulmonía –me explicó a la vez que tosía.

-Mira que ponerte enferma el día que te cocino algo…-le reprendí a modo de broma.

-¿Tú me has cocinado algo? –me preguntó mientras por su rostro se extendía una gran sonrisa.

-Sí. Pero si no te das prisa y subes a cambiarte inmediatamente, no probarás ni un bocado –le aseguré totalmente serio.

-Gracias –dijo cuando me abrazó.

Le sonreí y subió atropelladamente las escaleras. Pobre Esme. Y pobre de mí.

No iba a ser capaz de ir a Seattle si Esme no mejoraba pronto. La rabia me invadió. Quería irme a Seattle, y volver a sentir lo que era vivir en una ciudad. Y, si tenía suerte, podría volver a sentir el Sol sobre mi piel. Aunque no me parecía bien, le contaría a Esme que quería ir a Seattle. Y que si mejoraba notablemente, iría, si no, no.

-Mamá –llamé su atención cuando se sentó en la silla- Tenía pensado ir a Seattle a comprar e ir al cine, pero…

-¿Seattle? ¿No es un poco grande? –me cortó a la vez que probaba el segundo canelón.

-Por favor mamá, Phoenix es más grande sólo en población. Además, sabes que ya soy mayorcito –le recordé con una sonrisa.

-Bueno, está bien –acordó- Pero recuerda llenar el depósito antes de salir.

-Si, sí, no te preocupes- la tranquilicé- Pero, no me has dejado acabar. Sólo iré si tu mejoras notablemente antes del sábado que viene, o sea, cuando yo me vaya.

-¿Pero el sábado que viene no es el baile de Primavera? –recordó de pronto.

-Si –le confirmé con una amarga sonrisa.

-¿Entonces? ¿Por qué te vas? –inquirió extrañada.

-Simplemente no quiero ir al baile –le dije indiferente.

-¿No te lo han pedido? –inquirió con tristeza.

-Sí, sí que lo han hecho –dije, e inmediatamente me mordí la lengua.

-Ah –dijo en un susurro.

Le di un beso en la mejilla y me despedí de ella con un "Buenas noches" muy bajito.

Subí a mi habitación, y como cada noche, cogí mi pijama y me introduje bajo el liquido caliente que salía del artefacto. Como siempre, el agua me relajó más de lo creíble, permitiéndome dormir bien y sin Bella durante una sola noche.

A la mañana siguiente, el cielo seguía encapotado, pero no había rastro de la lluvia. Odiaba más aquellas nubes inciertas que la lluvia en sí. No todos los humanos éramos los hombres del tiempo. Y eso nos impedía saber cual iba a ser el transcurso del día y si acabaríamos mojados o no. Bajé a desayunar a la cocina normalmente vacía, y allí me encontré con Esme.

-¿No vas a ir al trabajo? –inquirí preocupado.

-No –negó con la cabeza- Porque quiero que vayas a Seattle, y si voy al trabajo, no podrás ir.

Tenía la madre más maravillosa del mundo. La abracé impulsivamente y ella correspondió a mi abrazo con una grata sonrisa. Desayuné lo primero que encontré y salí de casa pitando. Me metí en el coche y derrapé al acelerar. Una vez en el parking, me di cuenta de que había batido mi record, sólo 3 minutos de coche. Jugueteé con las llaves con entusiasmo y cayeron a un charco. Me agaché para recogerlas, pero unas manos blancas y finas como el mármol se adelantaron a mí. Me sobresalté, no la había visto llegar.

-¿Cómo demonios lo haces? –le pregunté de pronto malhumorado.

-¿Hacer? ¿A qué te refieres? –inquirió con una sonrisa angelical.

-Moverte tan rápido –le expliqué receloso.

-Edward, siento decirte que deberías ir al médico. No puedes ser tan corto de vista –me dijo seriamente.

La fulminé con la mirada y empecé a andar camino del edificio de mis clases.

-¡Espera Edward! –oí que gritaba ella.

Ni siquiera me detuve para ver lo que tenía que decir, simplemente seguí andando.

Noté como alguien me agarraba del brazo y me topé con su cara a pocos centímetros de la mía.

-¿Qué quieres Bella? –inquirí cansino.

-Bueno, tenía una propuesta para ti –me dijo con voz seductora.

Aquello me descolocó. ¿Propuesta? Ayer me decía que era mejor que no fuésemos amigos. Y hoy que tenía una propuesta.

-Aclárate Bella –le recomendé.

-¿Qué me aclare? –me preguntó confusa.

-Esto… ¿Tienes fallos de memoria por casualidad? –inquirí con amargura.

Aquellas palabras se me habían quedado grabadas. No era fácil olvidar el daño hecho por la persona a quien amas. Su cara se crispó en una mueca de dolor al comprender a qué me refería.

-¿Los tienes tú acaso? –dijo con aspereza.

-¿Qué quieres decir? –inquirí enfadado.

-Por si no te acuerdas, te dije que lo mejor era que no fuésemos amigos, no que no lo quisiera.

-¿Y cómo interpreto yo eso? –le pregunté harto de su tono de superioridad.

No respondió, pero se quedó mirándome fijamente. Sus ojos denotaban una lucha interior, y por eso, solo por eso, me apiade de ella.

-Bueno, ¿qué era eso que querías pedirme? –pregunté incómodo.

-¿Querrías venir a Seattle? –dijo con tono triunfal.

-¿Cómo? ¿Con quien? –pregunté totalmente perdido.

Soltó una breve carcajada, como el trino de los pájaros, y me respondió:

-Conmigo Edward –aclaró con una sonrisa.

-¿Por qué me lo preguntas? –quise saber.

-He oído decir que vas a ir a Seattle el día del baile. Y como yo también tenía planeado ir dentro de poco, pensé en ti –me explicó.

¿Cómo? Estaba cada vez más confuso. "Pensé en ti…" había dicho. ¿Así que al final sí que le interesaba? Bueno era saberlo. Pero no podía olvidar sus palabras del día anterior, estaban grabadas a prueba de fuego, al igual que…que ese olor que entraba por mi nariz en ese instante. ¿Era ese su olor? ¿De Bella? Iba a preguntarle acerca de ello cuando me interrumpió.

-¿Y bien?

-Sí claro –acepté sin pensar en las posibles consecuencias.

-Me alegro –dijo sinceramente.

Iba a marcharse, pero la retuve cuando otra pregunta cruzó mi mente.

-Entonces ¿somos amigos?

-¿Amigos? –le pillé desprevenida.

-Sí, amigos –le recordé.

-Supongo que sí –admitió.

-Bien –asentí, mientras echaba a andar hacia el edificio.

-¡Edward! –me llamó.

-¿Sí? –inquirí a la vez que me giraba.

-¿Sabes? Sería mucho mejor para ti que no fuésemos amigos. Pero mi egoísmo me impide apartarme de ti –dijo con tristeza.

Aquella última frase llamó mi atención. Cada vez estaba más confuso. Pero había una cosa que tenía clara. La quería, muy a mi pesar, me había enamorado de Bella.