Pues bien, después de mucho tiempo sin actualizar, subo el quinto capítulo. Siento no haberlo hecho antes, pero últimamente la página de FanFiction no me funciona muy bien. En fin, espero que os guste
Angie Bloom: Me alegro muchísimo de que te guste, de verdad. Y mil gracias por comentarme. Me animas mucho a seguir con la historia.
tomoyosita: Me alegro muchísimo de que te guste. Muchas gracias por comentarme. Por cierto, si ahora te ríes, espera a leer el capítulo de Port Ángeles xDDD
Samantha uchiha: Me alegro muchísimo de que te guste. Sí, a mi también se me hacía raro al principio que Bella fuese vampiro, pero supongo que a base de escribir con ese argumento, ya me he hecho a la idea. Mil gracias por comentarme .
También dar las gracias a las personas que desde que comencé a escribir la historia han añadido mi historia a la lista de sus favoritas o a mí a su lista de autores favoritos. Muchas gracias, de verdad. Me animan mucho a continuar con la historia.
Nota: Todos los personajes de esta historia pertenecen única y exclusivamente a la maravillosa Stephenie Meyer.
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Llegué a la clase de lengua aún en las nubes. Cuando entré por la puerta, el señor Banner me saludó respectivamente.
-Señor Cullen, las clases ya han empezado desde hace un rato ¿Acaso no tenía reloj? –me dijo con ironía.
-Sí, tengo reloj, pero no me apetecía usarlo –contesté indiferente.
Estaba en medio de uno de mis sueños, y ahora venía un profesor de poca monta y me sacaba completamente de aquella felicidad. Por lo que mi respuesta fue desafiante.
-Bien, me alegro de que haya decidido venir…-respondió no muy seguro de sus palabras.
Avancé hasta el pupitre que compartía con Tyler, para pesar de Jessica. Me senté con desgana y saqué los libros de la mochila.
-Bien hecho –admiró Tyler- Ese viejo chivo se merecía una buena contestación.
Enarqué una ceja.
-Tyler, te recuerdo que el señor Banner tiene cincuenta años recién cumplidos
-Bueno…eso ya no es ser de mediana edad –contestó divertido.
-Cierto –reconocí.
Me miro sonriente, y se unió a la explicación del profesor.
-Pero tampoco está tan viejo y demacrado como tú –le pinché al acercarme al pupitre.
Tenía ganas de marcha. Me miró con cara de incredulidad y respondió:
-Mira quién lo dice. El que tiene la frente surcada de arrugas, y su piel parece la de un copo de nieve.
-Si, si. Tú te crees muy gracioso. Pero cuando Lauren te diga que no piensa ir al baile contigo por que tu cara la acosa en sus pesadillas ¿Qué dirás entonces? –le respondí con una maliciosa sonrisa.
-Eso ha sido un golpe bajo, Edward. Sabes que Lauren es mi chica, y que no se juega con ella –dijo con la cara totalmente roja.
-¡Bah! No te preocupes hombre, que ella está igual, seguro que lo entiende –le aseguré muerto de risa.
-Serás…-y en menos de un segundo lo tenía encima.
-Vale, vale, lo retiro –retrocedí.
-Más te vale –me advirtió con el puño en alto, y muerto de risa también.
Aprovechamos la poca compostura que nos quedaba para el resto de la clase. Pero cuando salimos seguidos de Jessica, el pique volvió a aparecer.
-Edward, creo que antes te has equivocado de persona. Es a Bella a quién le espanta tu cara –me soltó de pronto.
-¿Pero tú que te has creído? –le pregunté con una fingida indignación.
Tyler no respondió y echó a correr hasta la puerta, perseguido por mí y por la loca de Jessica. Esta última creía que podría mantener nuestro ritmo, y que le daríamos la oportunidad de volver a gritar nuestros nombres cuan gallina que ha perdido la cabeza.
Una vez en la cola de la cafetería, Tyler y yo discutíamos animadamente sobre cual de las dos chicas, Lauren o Bella, era la que huía cada vez que nos veía.
Nos sentamos en la mesa de siempre, pero con la ligera excepción de que me vi obligado a cambiarme de asiento cuando Tyler me susurró:
-Edward, te está mirando.
-¿Quién? –inquirí yo girando la cabeza hacia él.
-¿Quién va a ser idiota? – Dijo con ironía- Pues Bella.
Me giré rápidamente y la miré. Estaba sentada en medio de una mesa totalmente vacía.
La saludé con la mano y ella me indicó con un dedo que fuese hasta allí.
-Vale, tú ganas. Su amor por ti ha vencido el obstáculo de tu apariencia. –susurró entre risas.
-Imbécil. –murmuré a la vez que me levantaba con la bandeja de allí.
Miré hacia atrás. Tyler hacía el tonto, y las chicas observaban como me iba con una furia irremediable. Todas, excepto Ángela, claro esta. Ella no se había interesado por mí, al menos de momento. Y eso se lo agradecía profundamente, porque era imposible hablar con Jessica sin que ella te mencionase lo guapo que eras, y lo mucho que le gustabas. Me detuve en el borde de la mesa. Todo aquello era nuevo para mí.
-Siéntate Edward, no te he llamado para que seas mi estatua –me instó con una adorable sonrisa.
Sonreí débilmente e hice lo que ella me pidió. No acaba de comprender su cambio de decisión respecto a nuestra relación, y eso me hacía estar alerta. Si por un casual nuestra relación dejaba de ser la que era ahora, no sabría como llevarlo. Porque cuando Bella había dejado de hablarme hacia tan solo unas semanas, mi vida se había vuelto oscura.
-Vaya, estoy impresionado –admití.
-¿Por qué? –inquirió ella sin dejar de sonreír.
-Tantos cambios en dos días…no sé Bella –le expliqué.
-¿Te refieres al hecho de que yo haya vuelto a hablarte y que ya no sea para para preguntarte algo de Biología? –adivinó.
-Exacto ¿A qué se debe este cambio? –inquirí con ojos brillantes.
-Bueno, decidí que ya puesta a admirar las puertas del Infierno, podía entrar del todo en él –admitió con un ligero tono de incomprensión.
-Ah –conseguí decir yo.
-¿No lo entiendes, verdad?
-No, sinceramente no. No entiendo una sola palabra –admití con una sonrisa irónica.
Se río de esa forma tan angelical y cambió de tema.
-Tus amigas se han enfadado, creen que te he raptado.
-¿Cómo lo sabes? –era una pregunta tonta, dado que se notaba en la mirada de aquellas tres jóvenes lo mucho que odiaban a Bella Swan.
-Bueno, se leer las mentes de los demás –confesó.
Aquel comentario me descolocó. Había hecho esa pregunta con el fin de que ella se riese, no para que me confesase que tenía un "don".
-¿A que te refieres? – inquirí sin acabar de creérmelo.
-Pues a eso –contestó como si la respuesta a esa pregunta fuese evidente- Que puedo leer las mentes de los demás.
-¿En serio? –dije con falsa increudilidad. No me lo tragaba, era algo que no se podía creer tan a la ligera.
-De verdad –sonrió.
-Entonces…¿qué piensa Jessica en este mismo momento? –la reté.
Se concentró en algo que no era capaz de saber. En menos de un segundo la tenía hablando de nuevo.
-Piensa matarme, cree que no es justo que te "secuestre" cuando quiera –me comunicó- Y que…estoy jugando contigo –dijo al fin con una triste sonrisa.
Ese último descubrimiento fue nuevo para mí. Pero al recordar la tenacidad con la que hablaba Tyler de los Swan, deduje que alguno de los chicos Swan rechazó a Jessica alguna vez. Aun así, ese comentario me asustaba.
-¿Es eso último cierto? –quise saber.
La sonrisa se congeló al momento.
-No, no lo hago. Jamás lo haría –respondió seriamente. Se notaba que estaba siendo franca.
-Vale, me alegra saberlo –admití con una sonrisa.
Su cara volvió a cambiar de expresión. Volvió a ser la de la joven diosa del panteón, eternamente sonriente.
-Los pensamientos de Jessica no valen ¿Qué pienso yo? –le dije.
-No lo sé. Tú eres una excepción a la regla, Edward. No puedo leer tu mente. –admitió encogiéndose de hombros.
-¿Cómo¿Por qué? –inquirí atónito. Esperaba una respuesta coherente, que admitiese que aquello era una farsa, o algo parecido.
-No lo sé. –admitió con un deje de incredulidad- Es como si los pensamientos de los demás estuviesen en una cadena pública, pero los tuyos de una cadena privada, y debiese contratarlos para escucharlos. –explicó confundida.
Siempre había sospechado que mi cabeza no funcionaba igual que la del resto del mundo. Y ahora esa sospecha se hacía realidad.
-O sea, que mi mente no funciona como las demás. –quise asegurarme.
-No exactamente, es como un don. A nadie le gusta que la gente sepa sus pensamientos o sus más íntimos secretos, pero sin embargo, tú no debes preocuparte por ese problema, contigo mi don no funciona. –explicó con una sonrisa.
-Es una forma de verlo –admití.
Aquello era cada vez más confuso. Había captado lo de que Bella sabía leer mentes, pero no terminaba de creérmelo. Bella era especial, no podía ser humana, algo atrayente y misterioso fluía en su ser, y yo estaba dispuesto a saber qué era. Por lo tanto, cuando ella me preguntó:
-¿En qué piensas?
-Intentaba averiguar qué eres –confesé aún inmerso en mis pensamientos.
Su rostro se tornó oscuro y perturbado. Pensaba que se tomaría el tema a modo de risa, pero el efecto fue el contrario, lo que hizo que mi curiosidad aumentase por momentos.
-¿Y? –inquirió de pronto.
-No se, tengo algunas teorías –admití poco convencido.
-Dime –me incitó.
-Pues, la verdad, no son nada originales –confesé apoyando mi cabeza en mi mano
-Da igual, me gustaría saberlas –admitió con el rostro ya más relajado.
-Bueno… ¿Acaso desciendes de los gatos¿Llegaste a la Tierra con una lluvia de meteoritos? –le pregunté sin acabar de creerme la idiotez que estaba diciendo.
Su carcajada fue monumental. Enrojecí violentamente y bajé la cabeza totalmente avergonzado.
-Tampoco soy hija de Zeus. –se burló.
-Vale ya. –le susurré aún más rojo.
-Tranquilo Edward, no pasa nada, nadie te está mirando. –me tranquilizó.
-Ya, bueno…-murmuré entre dientes- ¿Pero me acerco o no?
-No, ni lo más mínimo. –aseguró con rostro serio.
Vale, mis teorías eran espantosas, pero si no se acercaban ni un poco ¿Qué era entonces¿Un ángel caído del cielo¿Mi ángel de la guarda? Aquella podía ser una opción, no era Catwoman, ni tampoco la versión de Hercules en femenino, pero podía ser un ángel perfectamente. Bueno, ella y sus hermanos, que parecían sacados de los cuadros de Boticcelli.
-¿Un ángel acaso? –inquirí con una sonrisa.
-No. No podías haberte equivocado más. –negó con el semblante sombrío y la voz triste.
-Pero ¿por qué dices eso?. Bella ¿Tú te has visto? –le rebatí su respuesta.
Me miro con curiosidad. Sus ojos estaban cargados de emoción contenida.
-¿Y si no fuese una chica buena, Edward¿Qué dirías al verme reflejada en el espejo? –inquirió misteriosa.
-¿A qué te refieres? –quise saber.
-Da igual a qué me refiera, el caso es que no soy alguien que merezca tu compañía –sentenció enfadada y melancólica a la vez.
-No da igual, Bella. Sabes que no es así –le recriminé- Mira, si te refieres a que pintas graffitis en las paredes de las casas o armas jaleo de vez en cuando, no eres mala. Simplemente rebelde. Si te sirve de consuelo, yo también solía pintar graffitis en Phoenix. Me gustaba mucho –añadí con una sonrisa mordaz.
Sonrió y me miró con dulzura. Pero aquel sentimiento desapareció cuando, antes de levantarse elegantemente me contestó.
-No Edward, me refería a algo mucho peor.
Aquella respuesta me sorprendió ¿Qué quería decir¿Qué robaba? No, no lo creía. Por lo que Tyler me había contado, los Swan eran una familia muy adinerada ¿Entonces qué me quedaba?
-Venga Edward, vas a llegar tarde a Biología –me instó desde la mesa de enfrente.
-¿Vas¿Tú no vienes? –la interrogué extrañado.
-No, creo que hoy me voy a tomar el día libre –admitió con felicidad.
Recogí mis cosas y dejé la bandeja igual que estaba. Caminé hasta su lado y empezamos a andar hacia clase. No me había dado cuenta de que el comedor se había quedado vacío. Una vez en el aparcamiento me despedí de Bella y caminé hasta la clase yo solo.
Me senté en mi pupitre, de nuevo vacío por la mitad, y al segundo entró el señor Meason con un carrito llevo de artilugios de medicina. "Mierda" pensé. No quería ni imaginar lo que pasaría cuando el profesor hiciese la demostración de cómo saber nuestro grupo sanguíneo. Yo ya sabía cual era el mío. El olor de la sangre hacía que me marease y acabase inconsciente. Nunca había sabido la razón, pero tenía claro que si el olor de aquel líquido rojo llegaba a mis sentidos, acabaría en el suelo.
No me dio tiempo a reaccionar, antes de que pudiese impedirlo, el profesor ya había hecho un corte en la mano de Mike, y el olor de la sangre llegó a mí.
La cabeza empezó a darme vueltas. Mi cara pasó a ser blanca como la cal, lo último que oí justo antes de caer al suelo fue la voz del profesor llamando al orden a la clase.
Lo primero que vi al despertar fue la cara de Jessica sobre la mía. Su frente estaba marcada de arrugas por la preocupación. Parpadeé muy rápido e intenté incorporarme. No pude, la cabeza empezó a darme vueltas y no fui capaz de aguantar la presión. Al recuperar la compostura, pude observar mejor el lugar donde me encontraba. Seguía en clase, nadie me había llevado a la enfermería, y lo agradecía.
-¿Te encuentras bien? –me preguntó el profesor Meason. Su frente, al igual que las de mis compañeros, estaba surcada por profundas arrugas.
-Sí, señor Meason. Sólo ha sido un mareo. –aseguré con la sonrisa más convincente del momento.
-No estoy tan seguro…-murmuró- Por favor, señorita Stanley, acompañe al señor Cullen a la enfermería.
Jessica asintió.
-No hace falta, de verdad. Me encuentro perfectamente –le repetí al profesor.
-Señor Cullen, lo que ha sufrido hoy no ha sido un leve mareo. Se ha desmayado, Edward. Como no estudié medicina, quiero que la enfermera te examine –dijo con tono autoritario.
Ante ese discurso, no me quedó otra opción que asentir y levantarme con la ayuda de Jessica. Caminamos hasta el parking, yo me apoyaba en su hombro. No iba a ser capaz de dejar que Jessica me cogiese en brazos. Algo me ocurrió, no supe identificarlo en su momento. Paré en seco bajo la atenta mirada de Jessica.
-¿Qué te ocurre Edward? –inquirió asustada.
Mi cara se había puesto blanca de nuevo. Y aquello la alerto de que algo no funcionaba bien.
-Necesito sentarme –conseguí musitar.
La sensación de mareo era cada vez más intensa. Casi no podía distinguir la sombra de Jessica entre los coches del parking. Cuando pensé que volvería a verlo todo negro, algo me sujetó para que no cayese de bruces al suelo. Supuse que era Jessica, porque ella me tenía agarrada del hombro todavía.
-¡Edward! –oí gritar mi nombre.
No, por favor, otra vez no. Siempre aparecía en el momento más inoportuno. Por supuesto, esa voz pertenecía a Bella Swan. Yo me había quedado suspendido entre el suelo y el brazo de Jessica, que luchaba por mantenerme.
-¿Qué le ha pasado? –oí que preguntaba Bella, mientras ayudaba a Jessica a tumbarme con delicadeza sobre el suelo.
-No lo se, me dijo que quería sentarse y cuando fui a ayudarlo estuvo a punto de caer de bruces al suelo –explicó Jessica con preocupación.
-Entiendo –asintió la otra- ¿Cómo te encuentras, Edward?
-Mal, déjame con Jessica –dije con voz ronca.
-Ya veo, bueno Jessica, muchas gracias por traerlo hasta aquí –le agradeció a Jess con una nota provista de picardía.
-¿Cómo? Se supone que tengo que acompañarlo a la enfermería –replicó la chica.
-No te preocupes, ya me encargo yo –le aseguró Bella.
No tenía fuerzas para protestar, pero de haberlas tenido, le hubiese cantado las cuarenta a Bella. De improviso sentí como esta me cogió en vilo y se alejó caminado ágilmente. Aquello me sorprendió. ¿Cómo demonios tenía tanta fuerza? Que yo supiese, ella no hacía pesas, pero aunque así fuese, no tenía tantos músculos como para poder conmigo.
-Suéltame Bella, saber perfectamente que esto no es necesario –la reprendí.
-¿A no¿Y como se supone que debo actuar cuando estés a punto de caerte al suelo? –inquirió con un tono de autoridad que me sorprendió.
-Bájame. Ya. Se supone que soy yo el que te tendría que coger en brazos, no tú –le dije enfadado.
Nunca había sido machista. Pero aquello rozaba la inmadurez. Me había cogido en brazos y me llevaba caminando como si de un niño pequeño se tratase.
-¿Ah sí? –inquirió sin acabar de creerse lo que había dicho yo.
-No, no me refería a eso. Me refería a que puedo andar apoyado en tu hombro y no como si fuese tu hijo.
Una gran sonrisa se extendió sobre su rostro. Me dejó delicadamente en el suelo y me pasó un brazo por la cintura. Debido a la diferencia de estatura, no llegó más arriba.
Me apoyé en ella. Empezaba a notar los efectos del aire libre en mi mareo. Todo había mejorado notablemente. Caminamos sobre el asfalto.
-¿Así que te mareas al ver la sangre? –inquirió burlona.
-No exactamente, es su olor lo que me produce los desmayos –expliqué reticente a contar la verdad.
No era la primera vez que me pasaba, y tampoco sería la última. Siempre lo había llevado en secreto. No quería que me expulsasen de la escuela en la que planeaba estudiar medicina por ser incompatible con la sangre.
-La sangre no huele, Edward –me recordó seriamente.
-Para mí sí que lo hace –repliqué- Es un olor a oxido y a azufre que acaba matandome…
Se quedó mirándome, pensativa. Y cambió de tema en cuanto tuvo la ocasión.
-Cuando te vi antes pensé que Jessica arrastraba tu cadáver –me dijo con una sonrisa.
-Ya…bueno, siempre que me mareo tengo esa pinta de muerto viviente –bromeé.
De repente, me acordé de la siguiente clase que tenía.
-Gimnasia –gemí consternado- A correr un buen rato.
-¿Qué ocurre¿No te sientes capaz de acudir? –inquirió a media voz.
-Sí, estamos haciendo atletismo, y si me mareo mientras corro, acabaré por darle un disgusto a alguien –expliqué con pesar.
-Creo que puedo arreglarlo –susurró con malicia.
-¿Ah sí? –inquirí sin interés.
-Sí. Tú intenta parecer muerto de cansancio y ponte más pálido todavía, a ser posible –me ordenó alegremente.
-¿Como tú? –inquirí con picardía.
Su cara volvió a tomar el mismo gesto grave que ponía cada vez que me refería a su aspecto o su potencia física. Mantuvo la sonrisa, pero con mucho autocontrol. Llegamos a la enfermería y Bella me guiñó un ojo antes de abrir la puerta.
-Señora Cope, aquí llega el primer enfermo de la clase de Biología –anunció con una sonrisa.
-Edward Cullen, por lo que veo ¿Qué te ha pasado cielo? –dijo la enfermera con voz chillona.
-Se desmayó en clase –respondió Bella por mí.
-Ven, hijo, túmbate en la camilla –me invitó.
Ya no sentía la sensación de mareo. Pero el objetivo principal en esos momentos, era conseguir saltarme la clase de Gimnasia. Por lo tanto, me senté gimiendo en la camilla, y al verme así, la enfermera corrió a por una compresa fría que me puso en la frente.
-Señora Cope, no creo que Edward pueda acudir a la clase de Gimnasia –la informó- Parece muy débil.
-No te preocupes Bella, yo cuidaré de él –le aseguró con una falsa sonrisa.
-Se suponía que debía quedarme con Edward –replicó Bella con tono autoritario.
Ante aquella respuesta, la señora Cope asintió y le preguntó antes de salir hacia la otra sala:
-¿Necesitas que te dispense a ti también?
-No gracias, la señora Goff lo entenderá –aseguró con una sonrisa angelical.
No me sorprendió que Bella usase aquella sonrisa deslumbrante para complacerla. ¿Quién se hubiese resistido a ella? La puerta de la enfermería se abrió de nuevo y por ella apareció Jessica, con otro alumno que no supe identificar, y que tenía muy mal aspecto.
-Veo que ya estás mejor -observó mientras conducía al enfermo hasta la camilla contigua a la mía.
-Sí –asentí. No tenía ganas de replicar, aunque lo hubiese hecho con mucho gusto.
Una vez terminó la tarea de enfermera, Jess se volvió hacia nosotros y me dijo:
-¿Vas a venir a la playa este sábado?
Era verdad. Jessica me había comentado hacía una semana que planeaban ir con el grupo a La Push. Yo no le había dado una respuesta coherente, dado que no sabía lo que me podía surgir de repente. Pero ahora lo tenía claro, si iba e invitaba a Bella a venir conmigo, puede que pasase una buena tarde.
-Claro –asentí sonriendo.
-Bien, nos veremos en la tienda de los padres de Mike a las diez –me avisó.
Asentí con la cabeza y Jessica se dio media vuelta para marcharse por la puerta. Cuando se fue, miré a Bella interrogante. Sus ojos mostraban un brillo especial.
-¿Nos vamos? –dijo de pronto Bella.
-Sí claro –respondí mientras bajaba de la camilla y le tendía la compresa a la señora Cope.
-Muchas gracias señora Cope –le dije desde la puerta.
La otra simplemente sonrió.
-¿Vendrás? –inquirí de pronto.
-¿Adonde? –preguntó confundida Bella.
-A la playa –le expliqué.
-No creo que me hayan invitado…-empezó a decir.
-Lo estoy haciendo –le corté con una sonrisa.
-¿Adonde vais exactamente? –quiso saber.
-A La Push –le contesté.
-No. Tanta Bella no debe sentarle bien a Jessica –me explicó mientras negaba con la cabeza.
-La loca de Jessica…-murmuré entre dientes.
Bella rió. Aquella risa era mi favorita, la más divina y melodiosa que hubiese oído nunca. No había marcha atrás. Quizás me había precipitado al pensar que Bella accedería a venir a La Push conmigo y los demás. Y, como ella había comentado, Jessica se pondría mala si viese a Bella allí. Caminamos hasta el parking y cuando me disponía a sacar las llaves de mi coche, Bella habló.
-Ni se te ocurra, no te voy a dejar conducir en este estado –me avisó.
-¿Pero de qué estado me hablas? –pregunté incrédulo.
-Edward, sabes que este tema no es discutible. Podrías tener un accidente –siguió diciendo.
-Pero es mí decisión, soy yo el que quiere conducir. Y por supuesto, el que no se va a estrellar contra ningún árbol –repliqué cortante.
En un visto y no visto, me tenía agarrado del brazo y me arrastraba hasta su coche. Hoy, un flamante BMV rojo. Yo forcejeaba, pero ella no quiso soltarme. Odiaba que me tratase así. Se suponía que debía ser al revés, o al menos eso pensaba yo. Debía ser yo el que la salvase de un accidente de coche, debía ser yo el que la sujetase con mis manos cuando ella desfalleciese, y debía ser yo el que la impidiese conducir en su estado. Pero sin embargo, no podía.
Se apoyó en la puerta del asiento del conductor. Yo me quedé mirándole, y negándome en redondo a entrar en el vehiculo. Calculé la distancia que me separaba de mi hermoso jaguar, pero antes de que pudiese echar a correr, Bella me susurró:
-Te alcanzaría antes de lo que crees.
Y terminó aquella frase con una misteriosa pero irresistible sonrisa.
-¿Tú crees? –La reté- Yo creo que podría llegar al coche e introducirme en el coche antes de que tú te dieses cuenta.
Ante aquel reto, sonrió angelicalmente y se acercó a mí posición.
-Por favor Edward –me pidió con voz seductora- No me obligues a volver sola a casa.
No supe que decir, aquel comentario me había dejado inmóvil. Aquella voz era…no tenía palabras para describirla. Demasiado dulce para ser humana, y demasiado suave para ser de un dios.
-Bella, tú siempre vas con tus hermanos, así que no volverás sola a casa –dije entrecortadamente.
Intentaba quitarle importancia a su comentario, desde luego. Esa relación no era segura, pero deseaba vivirla y disfrutarla porque era la única que había hecho que mi corazón empezase a latir apresuradamente.
-No es lo mismo –me aseguró con una gran sonrisa- Tú…, no se, me haces sentir diferente –confesó con gesto sombrío.
Me quedé mudo de asombro. ¿Cómo¿Acababa de decirme que yo era diferente a las demás personas que la rodeaban? No me lo creía. No era posible. Iba a preguntar algo, pero ella me hizo callar alejándose de mi lado y entrando en el coche. Supuse que había dado por sentado el hecho de que yo ya no intentaría escaparme. Y entonces las dudas acudieron a mí… ¿Y si sólo estaba jugando conmigo¿Qué ocurriría conmigo? A pesar de la incertidumbre que amenazaba mi corazón, entré en el coche suspirando y me puse el cinturón.
Bella conducía más rápido de lo que yo creía, y más hábilmente, he de reconocer. Llegamos a mi casa en menos de tres minutos, y ello me sorprendió. Yo, que era un experto en conducir deprisa, me había quedado en segundo puesto en el podio.
-¿Te veré mañana? –quise saber antes de salir del coche.
-No, me voy de viaje con Alice –me explicó a modo de disculpa.
-Ah bueno –dije con tristeza- Entonces, nos vemos el lunes.
-Claro –me aseguró con una grata sonrisa.
Salí de allí todo lo rápido que fui capaz. No quería que se enfadase al ver que no me movía del coche. Me despedí de ella y entré en casa. Justo al cruzar el umbral de la puerta, me di cuenta de que no tenía coche para ir al instituto al día siguiente. Bueno, media hora andando no estaría mal. Me duché y cené.
Al rato, y tras presentir que Eme vendría más tarde de lo normal, me fui a la cama agotado. Pero, aún bajo las sábanas fui capaz de pensar una cosa que me había llamado mucho la atención. Bella no se había negado a ir a la playa hasta que le había dicho el sitio concretamente ¿Por qué lo había hecho? No entendía su comportamiento, pero entendía muy bien una cosa: Bella me atraía más que ninguna otra.
