¡Hola! Siento mucho haber tardado tanto en subir el capítulo seis, pero últimamente no andaba muy bien de tiempo y me había centrado más en otras cosas que en escribir U

Angel de la noche: Me alegro muchísimo de que te guste La próxima vez no tardaré tanto en subir )

Anhya: Me alegro muchísimo de que te guste, de verdad. Muchas gracias por tu review $

ladysophie27: Me alegro muchísimo de que te gustasen todos los capítulos, en serio. La próxima vez, no tardaré tanto en subir U

Artemisa Black: ¿Te parece interesante? Vaya, me alegro mucho de que así sea... No sabía si gustaría, porque algunas veces es como releer Crepúsculo . Me alegro muchísimo de que te guste, en serio

Lullabie: ¡Muchísimas gracias, Lullabie! Me alegro mucho de que te guste

TheKamikazeDemon: Me alegro mucho de que te guste y que te parezca interesante. Muchísimas gracias por tu review O

Goshikku-san: Muchas gracias, Goshikku-san. Me alegro muchísimo de que te guste

Maria: Me alegro mucho de que te guste, guapa. El momento en el que estarán solos, solos, solos está cerca, así que no te preocupes que pronto lo verás DDD

Y ahora en general, mil gracias a todos. Me animais muchísimo a seguir colgando y escribiendo... Actualmente voy por la escena en la que Edward conoce a la familia de Bella, y me está costando lo mío escribirla... - Aun así, espero tener la historia terminada para antes de verano S

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Nota: Todos los personajes de esta historia pertenecen, única y exclusivamente, a la maravillosa Stephenie Meyer.

Cuando salí de casa aquella mañana, casi me dio algo. Mi coche estaba en el mismo lugar de siempre, y yo ni siquiera lo había oído llegar. Busqué las llaves de mi coche entre los bolsillos del pantalón, pero allí no estaban. Me acerqué al coche y comprobé que las llaves se encontraban en el contacto. Abrí la puerta aún sin acabar de creérmelo. Yo no le había dado las llaves a Bella, pero sin embargo, el coche estaba allí.

Ya en el instituto, Tyler me bombardeó a preguntas en lo referente a mi relación con Bella.

-A ver¿qué ocurrió ayer? –inquirió con el tono de voz de una chica cotilla.

-Pues nada, no me dejó conducir hasta casa, me llevó ella –expliqué sin mucho entusiasmo.

-Ya¿y no sería que tú te encontrabas tan mal que le pediste que te llevara a casa? –quiso saber mientras me miraba poniendo morritos.

-Tyler, siento decirlo, pero vas a acabar pareciéndote a Jessica –le confesé con falsa tristeza.

-Vale, vale, ya me callo. No vaya a ser que acabe igual de loca que ella –dijo con tono de repulsa.

-No te cae bien –no era una pregunta.

-No, no me cae bien, y es que a veces se parece a su madre –me explicó como cuchicheando.

-¿Y qué tiene de malo su madre? –pregunté divertido.

-Edward, su madre es la más chismosa del pueblo. Si hay algo que ella aún no sepa, es un milagro de la naturaleza –dijo con los brazos en alto.

-Pues vaya con la madre de Jess… -murmuré.

-Pues aún no has oído lo peor –me advirtió con cara seria.

-¿Lo peor? –inquirí con los ojos en blanco.

-Si hay algo que tus padres no sepan de ti, ella se lo contará con todo detalle –dijo enfadado.

-A ti te pasó…-adiviné.

-Sí, hará tres años o dos. Yo salía con una chica de primero que era un bombón. Se podría decir que lo manteníamos en secreto, puesto que sus padres no querían que ella saliese con nadie del pueblo. Malas influencias, lo llamaban. El caso es que sólo nuestros amigos más íntimos lo sabían, y entre los de ella, estaba Jessica. Un día, después de las clases, la chica vino a mí y me explico, entre llantos, que sus padres la mandaban a un internado en Port Angeles. Cual sería mi sorpresa al descubrir que fue Jess la que se lo contó a su madre, y ella a los padres de la susodicha –relató con furia y melancolía en la voz.

-Lo siento –fue lo único que se me ocurrió decir.

-No te preocupes Edward, fue hace mucho tiempo –reconoció.

Hubo un incómodo silencio que Tyler rompió con otra de sus preguntas.

-Te gusta Bella ¿verdad? –preguntó con malicia.

La pregunta me pilló un poco desprevenido. Preferí contarle la verdad.

-Sí, pero yo a ella no –reconocí con presteza.

-¿La has invitado a la playa? –quiso saber.

-Sí, lo hice. Pero ella me dijo que se iba de viaje con su hermana –expliqué muy a mi pesar.

-¡Bah! No te preocupes Edward, seguro que acabará rendida a tus pies –dijo mientras me guiñaba un ojo- Ayer se sentó contigo, y eso no lo hace con cualquiera.

Me reí. Tyler era muy buena persona, y muy buen amigo. Había descubierto cual era su punto fuerte: Consolar a los desamparados como yo. El resto del día transcurrió sin hechos dignos de mención. En la comida, Mike comentó:

-No se por qué Edward no se sienta con los Swan.

-Se sienta con nosotros porque lo digo yo –saltó Ángela de pronto.

Nunca hubiese dicho que Ángela era una chica agresiva. Pero el tono de su voz era cortante y frío, y lo agradecí enormemente. Una vez en casa, hice los deberes, tarea que ya se había vuelto una prioridad para descansar mi mente de pensamientos absurdos. Esme llegó antes de lo normal, alegando que el tráfico había ido muy bien. Ya bien entrada la noche, salí al porche a contemplar las estrellas. Por una vez en lo que llevaba de estancia allí, se podían distinguir algunas. Me disponía a entrar en la casa cuando oí ruidos cerca de los arbustos. Miré hacia el lugar en concreto, pero nada se movió.

-Habrá sido un gato –murmuré.

Abrí la puerta sigilosamente y me adentre en la casa totalmente a oscuras. Era todo un riesgo, porque no quería despertar a Esme, que dormía profundamente desde hacía un rato. Su catarro había mejorado notablemente, pero aún tenía varios síntomas. Durante la cena, le había comentado que iba a ir con unos amigos a la playa, no se negó.

-¿Y qué vas a hacer tú? –quise saber.

-Pues creo que me iré de compras con las chicas –me dijo.

-¿Chicas? –inquirí al borde de la risa.

-Sí, chicas. Son las madres de algunos de tus compañeros –dijo con un tono cómico de superioridad.

El terror había entrado en mi mente. ¿Y si entre aquellas madres se encontraba la de Jessica¿Qué le diría a Esme?

-¿La señora Stanley, por ejemplo? –dije como por casualidad.

-No, la señora Staley dejó de venir hace mucho tiempo…-susurró con una mezcla de furia y melancolía en la voz.

-Ah –musité.

No quise preguntarle el por qué, pero sabía que algo había pasado entre ellas. Y tal y como me había hablado Tyler de la madre de Jessica, no quise ni pensar en ello.

Subí las escaleras con mucho cuidado, y abrí la puerta de mi habitación sin hacer el más mínimo ruido. Nada mas entrar, percibí un dulce y fresco aroma que se extendía por toda la estancia. Era ya la tercera vez que lo olía, y la segunda en mi casa. Decidí no hacer caso a las coincidencias, mas que nada, porque temía que al día siguiente no fuese capaz de despertarme a la hora. Me tumbé en la cama y cerré los ojos lentamente, mientras aquel exquisito aroma nublaba mi consciencia.

-¡Pipipipipi! –rugió el despertador.

Levanté la mano y la empotré contra el aparato en cuestión. Mi intento fue en vano, el cachivache no paró. Me incorporé en la cama, repetí el mismo movimiento anterior y lo estampé contra la pared. Al segundo, me arrepentí. En la habitación contigua dormía Esme, y seguramente la habría despertado mi pequeño incidente electro-mañanero.

Miré de reojo a la ventana, pero solo un poco, porque ya suponía que el sol no había salido, a pesar del buen tiempo previsto para ese día. Sin embargo, allí estaban los rayos del astro, filtrándose por los cristales de mi ventana. Me acerqué corriendo hasta la ventana para comprobar que la memoria no me estaba jugando una mala pasada. Y no lo estaba haciendo, el sol brillaba débilmente en el cielo azul.

Me vestí con la ropa que se adaptaba a aquel día y bajé hasta la cocina más contento que nunca. Para mi gran sorpresa, Esme no estaba allí. Supuse que habían decidido irse temprano para coger las mejores prendas. Desayuné todo lo rápido que pude y salí a la calle todo alegre. Después de quince minutos de camino, vislumbré la tienda entre la multitud de casas.

-¡Has venido Edward! –exclamó Jessica al verme.

-¿Pensabas que no iba a ser así? –inquirí con una sonrisa.

-No estaba segura –reconoció ruborizándose.

-¡Hola Edward! –gritó Tyler al verme.

-Hola Tyler –le saludé mientras me acercaba a él.

Estuvimos en la puerta de la tienda cinco minutos más. Lauren aún no había llegado.

Cuando por fin la vimos aparecer, nos pareció ver a alguien que se iba de viaje a la ciudad. Llevaba una falda vaquera mini y una camiseta bien escotada. No supe la razón, pero me entró la risa. Tyler me pegó un codazo en señal de que debía detenerme. Sin embargo, Lauren ya me había visto reír, y se acercaba a mí.

-¿Qué te hace tanta gracia Edward? –preguntó confundida pero divertida.

-Esto…-iba a dar una explicación coherente, pero Jessica se me adelantó.

-Lauren, nos vamos a La Push, no a Port Ángeles ni a París –dijo cruzándose de brazos y partida de risa.

-Ya bueno…-intentó excusarse.

-Da igual –cortó Tyler- vámonos ya o no llegaremos a tiempo.

-¿A tiempo para qué? –quise saber.

-A la caminata –dijo Tyler, como si fuera evidente.

Asentí con la cabeza en señal de sumisión. Llevábamos tres coches. El de Tyler, en el que íbamos Lauren, el susodicho y yo, el de Mike, en el que iban Jess, Kitty y él, y el de Ben, quién iba con Ángela y Eric.

Llegamos a La Push antes de lo previsto, todos corrían a bastante velocidad, pero nada comparados con mi jaguar y yo.

La caminata nos llevó todo el día. A pesar de que no había caminado nunca por allí, era yo el que lideraba la marcha. El paraje era precioso, había lagunas naturales, únicas en esos parajes. Se notaba que allí también llovía mucho. Todo verde, nada más que verde.

Hasta los troncos de los árboles eran verdes. Pudimos ver una anguila que zigzagueaba entre las rocas de las lagunas. Yo saltaba de roca en roca, junto con Tyler, Ángela y Ben. Pero Jessica, Lauren y Eric se limitaron a seguir el sendero, sin hacer cabriolas como nosotros.

Para cuando regresamos a Fist Beach, ya era de noche. Yo había vuelto con Ángela y Ben, hablando sobre trivialidades y nuestros gustos personales. Eran muy buenas personas. Los primeros en llegar habían sido Lauren y Tyler, este último había fracasado en su intento de ligue, a pesar de que Lauren había aceptado ir con él al baile. Habían hecho una hoguera y se encontraban sentados alrededor del fuego junto con unos jóvenes de la reserva. Conforme íbamos entrando en el círculo, Tyler decía nuestros nombres. Me senté al lado de una joven morena, y de rasgos bonitos. Unos ojos castaños y el pelo negro y largo.

-Tú eres Edward Cullen ¿verdad? –preguntó de pronto.

-Sí –asentí con un suspiro.

-Yo soy Jacoba Black –dijo mientras me tendía su mano- Tu madre era amiga de la mía.

-Tu eres el hijo de Dana –adiviné de pronto- Probablemente debería acordarme de ti.

-No…yo soy la pequeña. Pero deberías acordarte de mis hermanos…-dijo.

-Rebecca y Jake –me acordé de pronto.

Cuando era pequeño, Esme me traía hasta La Push y hacía que jugase con Jake y Rebecca. Al principio no hicimos buenas migas, pero con el paso del tiempo Jake y yo nos hicimos compañeros de aventura, seguidos por Rebecca, que siempre andaba detrás de mí. A pesar de todo, cuando cumplí los catorce, me negué a volver todos los veranos a Forks, el clima me deprimía. Acabé pasando las vacaciones con Esme en California.

-¿Han venido? –pregunté esperanzado.

-No, Jake se casó con una joven de la reserva y ahora viven con su hijo en Hawai. Rebecca en cambio, consiguió una beca en una universidad de California y ahora estudia allí.

-Vaya con Jake, no desaprovecha el tiempo…-musité yo.

-Eso mismo le dije cuando me lo comunicó –admitió con una franca sonrisa.

Estuvimos hablando sobre nuestras vidas en estos últimos años. Era muy fácil sincerarse con Jacoba, tenía algo…De repente, Mike comentó:

-Que pena que los Swan no hayan venido, es una lástima que nadie los haya invitado.

Iba a replicar, pero un muchacho de unos veinticinco años se me adelantó.

-¿Te refieres a la familia del doctor? –quiso asegurarse.

Mike asintió cansinamente, irritado porque replicase otro que no fuese yo.

-Ellos no vienen nunca por aquí –se limitó a responder.

Enfatizó mucho en la palabra nunca. Y eso avivó mi curiosidad.

Tenía claro, por el tono de aquel joven, que si preguntaba el por qué, no me responderían. Me devané los sesos para encontrar una solución. Y entonces la hallé.

Me iba a sentir mal por hacer aquello, pero necesitaba respuestas. Y dado que nadie me las había dado todavía¿quién mejor que ella?

-Jacoba –capté su atención- ¿Te gustaría venir a dar un paseo conmigo?

Intenté que mi voz sonase dulce y seductora. Más o menos, como hacía la de Bella.

-Claro –aceptó con una sonrisa.

Salimos de la fogata bajo la atenta mirada de Jessica y Lauren. Caminamos un rato por la orilla de la playa. No sabía como preguntarle aquello sin que yo pareciese demasiado interesado.

-¿Por qué ha dicho aquel hombre que los Swan nunca vienen a la reserva? –inquirí de pronto.

-Ese "hombre", que dices tú, se llama Sam. Y tiene diecinueve años –me explicó al borde de la risa- Y respecto a la respuesta a tu pregunta…se supone que es un secreto.

-¿Se supone? –inquirí convencido de que algo de información obtendría.

-Se supone, porque yo no me lo creo –explicó reticente.

-Por favor, Jacoba, te juro que no se lo contaré a nadie en absoluto –le prometí con voz insinuante.

-Bueno…

-Por favor –supliqué esbozando mi sonrisa de anuncio.

-Está bien –accedió.

Sonreí de nuevo.

-¿Te gustan las historias de miedo? – Inquirió sombría- Porque esta es una de ellas.

¿Cómo¿Historias de miedo? Yo quería saber el por qué de que los Swan no se acercasen a la reserva, no que Jacoba me contase cuentos.

A pesar de mis opiniones, asentí. Aquello iba a ser divertido.

-¿Conoces nuestras leyendas? –inquirió con el semblante congelado.

-En realidad, no –confesé bajando la vista.

-Bueno, hay leyendas que se remontan al diluvio. Se cree que nuestros antepasados quileutes ataron sus canoas a los árboles de la zona para sobrevivir a aquella tormenta, al igual que Noe y su arca –sonrió para demostrarme lo poco que se lo creía ella- Otra afirma que nosotros, los quileutes, descendemos que los lobos, y que nuestros antepasados eran capaces de convertirse en uno de ellos, por esa razón, aquí esta terminantemente prohibido matarlos. Y existen también, leyendas sobre los fríos.

-¿Los fríos? –inquirí curioso.

-Sí, las historias de los fríos son tan antiguas como las de los lobos. Según la leyenda, mi propio tatarabuelo conoció a varios de ellos. De hecho, fue él el quién firmo el trato que los mantiene alejados de nuestras tierras.

-¿Tu tatarabuelo? –le animé.

-Al igual que mi padre, él era el jefe de la tribu. Ya sabes, los fríos son los enemigos naturales de los lobos, bueno, de los lobos no. Exactamente de aquellos hombres que fuesen capaces de convertirse en lobo a su antojo. Tú los llamarías licántropos.

-¿Tienen enemigos los hombres lobo?

-Solo uno.

La miré con admiración y curiosidad y Jacoba prosiguió:

-Los fríos han sido siempre enemigos nuestros. Pero este grupo en concreto era diferente. No cazaban humanos, al contrario que los demás, y por eso mi tatarabuelo firmó un contrato con ellos. No les delataríamos a los rostros pálidos a cambio de que ellos no se acercasen a la reserva.

-Pero si no eran peligrosos para nadie¿por qué? –intenté entender.

Estaba empezando a tomarme aquella historia con demasiada seriedad.

-Siempre existirá un riesgo para los humanos que estén cerca de ellos, incluso si no cazan humanos, como ocurría con estos –me explicó con un tono de amenaza- Nunca se sabe hasta que punto son capaces de soportar la sed.

-Si no cazan humanos ¿qué entonces? –quise saber,

-Se supone que cazan animales en lugar de personas.

-¿Y como encajan los Swan en todo esto¿Se parecen a los que tu tatarabuelo conoció?.

-No –hizo una pausa temeraria- Son ellos.

Jacoba debió de creer que mi expresión estaba provocada por el miedo que había provocado la historia en mí, por lo que continuó.

-Ahora son dos más, otro macho y otra hembra. La tribu ya conocía a su líder, Charlie, en tiempos de mis antepasados.

-¿Y qué son¿Qué son los fríos? –pregunté con un hilo de voz.

-Bebedores de sangre –contestó con voz estremecedora- Tu gente los llamaría vampiros.

El mundo se me vino encima. Contemplé los acantilados y cómo la encrespada marea se estrellaba contra sus rocas.

-Veo que te has asustado –comentó con una risa encantadora.

-Eres una gran narradora de historias –reconocí intentando disimular mi desconcierto.

Contempló mi expresión.

-Por si te sirve de algo, yo no creo en esa historia. Es todo fantasía –confesó- Pero no sé por qué mi padre no quiere que hablemos de ello.

Avisté miedo en su mirada y decidí calmarla.

-No te preocupes, te prometo que no se lo diré a nadie.

-Creo que acabo de violar el tratado –susurró a media voz.

-Me llevaré el secreto a la tumba –repetí.

-Edward, de verdad, no se lo digas a Esme. Se enfadó mucho cuando mi madre le contó que algunos quileutes no íbamos al hospital por el doctor Swan. Hoy ha sido como una especie de reconciliación –me pidió en un susurró apenas audible.

-Te lo prometo Jacoba.

-Supongo que crees que somos una panda de homo-sapiens supersticiosos –dijo con una triste sonrisa.

-No, todo lo contrario. Creo que eres buenísima contando historias –repliqué con otra de mis encantadoras sonrisas.

Oímos el crujir de la arena bajo algunos pies y giramos las cabezas instintivamente. Jessica y Mike caminaban en nuestra dirección.

-¡Edward! –gritó Jess al verme.

Bajé la cabeza avergonzado.

-¿Es esa tu novia? –preguntó al percibir el tono de loca de Jessica.

-No, es una amiga –me apresuré a contestar.

Le estaba muy agradecido a Jacoba por haberme contado aquello, corriendo el riesgo de ser descubierta. Así que le guiñé un ojo mientras me giraba, para que Jess lo viese claramente.

-Cuando tenga el carné…-empezó a decir.

-Tienes que venir a verme a Forks ¿eh? –la invité. Me sentía fatal por haberla utilizado de esa manera.

-Claro –asintió.

Cuando la pareja llegó a nuestra altura, Jess me preguntó.

-¿Dónde has estado?

-Con Jacoba, me ha contado algunas historias locales –le respondí- Ha sido genial.

Sonreí ampliamente.

-Deberíamos volver –intervino Mike- Parece que está a punto de llover.

-Estoy de acuerdo, voy –afirmé.

-Un placer volver a verte, Edward –se despidió Jacoba en tono de mofa.

-Lo mismo digo.

Me calé la capucha de la cazadora y caminé junto con Mike y Jessica hasta la fogata, ahora totalmente desierta. Había sido un buen día, a pesar de todo. La próxima vez que Esme bajase a ver a Dana, yo iría con ella. Jacoba, a pesar de su ridículo nombre, era muy buena amiga. Era alguien con quien se podía hablar de cualquier cosa, al contrario que con Jessica y Lauren.