Hello!

Vale, ya estoy aquí de nuevo. Siento el retraso, pero estos últimos meses he estado muy ocupada...

Mari-Cullen, miia Potter, nonblondes, ladysophie27, Joss Cullen, PknaPcosa, elisabet weasley cullen, Anhya, TheKamikazeDemon, Malu Snape Rickman, Rizy Dark Angell cullen: ¡Mil gracias a todos por comentar! Me alegro muchísimo de que os guste tanto, y más aún de que os rieseis con el capítulo. De verdad, muchas gracias.

Disclaimer:Todos los personajes de esta historia pertenecen única y exclusivamente a Stephenie Meyer.

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Capítulo 9: Teoría

Subí al coche a regañadientes y mascullando. Entonces me percaté de que ella se había dejado la moto enfrente del cine.

-¿Y tu moto? –inquirí con una sonrisa.

Ahora no tenía otra opción que dejarme conducir…

-No te preocupes por ella, mandaré a Emmet a buscarla –me dijo.

-Pero…-iba a protestar.

-Edward, quiero que me cuentes esa teoría, y para ello debo dejar la Harley aquí, así que no digas nada –sentenció.

Refunfuñé y me crucé de brazos, enfadado. Siempre igual, siempre lo mismo, ella siempre acababa ganando, y eso me dolía.

-Dime, ¿cuál es tu teoría? –inquirió al cabo de un rato.

-¿Si te la cuento me dejarás conducir? –pregunté esperanzado.

-No –contestó con una prudente sonrisa.

-Pues entonces nada, de todas formas, es una chorrada…-la pinché.

-Me da igual, quiero que me la cuentes, además, me lo habías prometido –me recordó.

Suspiré. No me iba a resultar fácil contarle aquello, pero necesitaba saber la verdad al completo, y para ello tenía que hacerlo.

-Bueno, en realidad no sé por donde empezar…-confesé.

-Puedes empezar por quién te la contó, y cómo sucedió –me propuso.

-Sucedió el sábado, en la playa, habíamos vuelto de la caminata y nos sentamos en una hoguera con varios jóvenes de la reserva de La Push. La hija de Dana Black, Jacoba, a quien ahora llamo Jackie, estaba entre ellos. Mike mencionó a tu familia, intentando provocarme, pero un chico de allí se adelantó a mi replica, diciendo que tu familia nunca iba allí. –relaté al tiempo que le daba vueltas al asunto.

-Sigue –me pidió con voz neutra.

-Engañé a Jackie para que me contase el por qué de aquella negativa tan rotunda.

-¿Cómo la engañaste? –quiso saber.

-Intenté flirtear con ella –confesé.

Su risa angelical inundó el coche al completo.

-Me contó algunas leyendas de sus antepasados. Y entonces mencionó una sobre…

-¿Sobre? –su expresión era de profunda reflexión.

-…vampiros.

-E inmediatamente te acordaste de mí –dijo con voz queda.

-No, Jackie mencionó a tu familia –de repente me obsesioné con proteger a Jackie- Ella no esperaba que yo me creyera una sola palabra de lo que me estaba contando, sin embargo lo hice.

Bella miraba fijamente la carretera, ausente.

-¿Qué hiciste entonces? –quiso saber.

-Busqué en Internet –admití- Pero todo eran tonterías y nada de lo que allí ponía era creíble.

-¿Y?

-Pues…-titubeé- Decidí que no importaba, me da igual lo que seas Bella.

- Cómo?! –Bramó- ¿Te da igual que sea un monstruo? ¿Que beba sangre?

-No, no me importa lo que seas –afirme serenamente- Además, Jackie mencionó que no cazabais hombres, que tomabais la sangre de los animales.

Suspiró. La tensión se podía tocar con las manos.

-Edward, no debes pensar así –enfatizó la palabra debes- Es un error.

-¿Error? –inquirí sin comprender.

-Sí –asintió- No debería darme el lujo de estar a solas contigo.

-¿Por qué? Tú no cazas humanos…-repliqué.

-¿Qué te hace pensar eso? ¿Qué te hace pensar que no podría morderte aquí mismo? – inquirió con tono de amenaza.

-En realidad nada…-admití- Pero sé que eres lo bastante fuerte como para "controlarte".

-¿Cómo sabes lo del control? –preguntó ella con un brillo perspicaz en sus preciosos ojos.

-Jackie me lo contó –le expliqué.

-¿Qué te dijo exactamente? –quiso saber.

-Me dijo que cazabais animales, pero que aún así, siempre existía el riesgo de que la sed os venciese y os abalanzaseis sobre un humano –dije con voz queda.

-Maldita sea la hora en la que hicimos ese pacto…-masculló.

No me atreví a decir nada, simplemente por miedo a que ella se enfadase más de lo que ya estaba.

-¿Y crees que yo soy capaz de controlarme? –Preguntó de pronto- ¿Crees que soy lo suficientemente fuerte?

-Sí, es más, estoy seguro –afirmé con voz serena.

-Pues te equivocas, Edward. Estás completamente equivocado. Porque de saber controlarme tanto como crees, podríamos ser algo más que amigos –dijo con gran melancolía.

-Bella…-susurré.

-Da igual, Edward. Lo hecho, hecho está…-determinó con una triste sonrisa.

Asentí con la cabeza y miré por la ventanilla de mi asiento. No se veía nada, pero al menos la velocidad a la que Bella conducía, hacia que me sintiese mejor.

-¿Cuántos años tienes, Bella? –pregunté de repente.

-Diecisiete –respondió ella rápidamente.

-Ya… ¿Y cuanto hace que tienes diecisiete? –inquirí con sorna.

-Digamos que podría ser tu tatarabuela –contestó con una sonrisa que incluía remordimiento.

-Entiendo –asentí.

-¿Qué más quieres saber? –me preguntó ella. Había adivinado mis pensamientos.

-¿Te adoptaron los Swan? –quise asegurarme.

-Sí –confirmó.

-¿Qué les ocurrió a tus padres? –pregunté.

-Murieron hace demasiado tiempo…-recordó con melancolía- De gripe española, creo recordar.

-Lo siento…-no se me ocurría otra cosa que decir.

-No te preocupes, ya casi no me acuerdo de ellos –me tranquilizó.

-¿Cómo?

-Sí, ha pasado mucho tiempo desde entonces, y han ocurrido grandes cosas en mi nueva vida. Supongo que el tiempo y los buenos momentos que he pasado con mis hermanos ayudaron a ello –admitió.

Ninguno de los dos rompió aquél molesto silencio que me hacía pensar y recapacitar las cosas. Pensar y recapacitar era algo que nunca deseé saber hacer, por el simple hecho de que los remordimientos me mataban cada vez que los recordaba.

-¿Por qué no fuiste al instituto ayer? –pregunté, intentando quitarle hierro al asunto.

-Bueno, ayer hacia sol –me recordó.

-¿Te daña? –inquirí con avidez.

-No, pero no puedo exponerme a él delante de los humanos. Es demasiado arriesgado…-me explicó.

-Entiendo…-musité- ¿Y lo de dormir en ataúd?

-Es un mito, no puedo dormir –me aclaró.

-¿Nunca? –pregunté con incredulidad.

-Jamás.

-Ahora entiendo que siempre lleves unas ojeras así…-comenté.

Su risa angelical inundó el coche por segunda vez en lo que a mí me pareció mucho tiempo.

-Supongo que el hecho de que una vez convertidos en vampiro no podamos dormir, nos da esta apariencia de sonámbulos –admitió.

-¡De sonámbulos nada! –Exclamé- Tú y tu familia sois la envidia del instituto.

-¿A qué te refieres? –preguntó confundida.

-Bella, vosotros sois la belleza en persona –le expliqué- Y créeme si te digo que no soy el único que piensa esto.

-Edward…por si aún no te habías dado cuenta, todo el mundo se siente incómodo en nuestra compañía –me dijo con tono dubitativo.

-Te equivocas, Bella. Tu compañía es lo que más ansío en este mundo –confesé sereno.

-Eso no está bien, Edward –gimió- Esto es un error.

-¿Por qué dices eso, Bella? –inquirí.

-Porque es la verdad, te advertí que no era bueno para ti que yo estuviese en tu lista de amigos. Pero sin embargo, y pese a las miradas furibundas de Mike, tú sigues considerándome amiga tuya. Edward, deberías alejarte de mí. Yo no me opondré.

-¿Por qué no lo haces tú, Bella? –inquirí.

-Porque soy demasiado egoísta. Te necesito en mi vida. Y no soy capaz de alejarme de ti por voluntad propia.

-No eres egoísta –repliqué yo.

-¡Oh! ¡Sí que lo soy!

-No es verdad –negué.

-Edward, debes recordar esto toda tu vida. No es solo tu compañía lo que ansío, hay algo que tú tienes y que yo me muero por beber. Nunca lo olvides –me dijo.

-No lo olvido, Bella. En realidad, desde que llegué al instituto intuía que tu familia no era como las del resto. Y no me estoy refiriendo a los secretos, precisamente.

Pero yo también ansío tu compañía, y si para ello he de morir en tus brazos, que así sea.

- Maldita sea Edward! ¿Es que acaso no lo comprendes? ¿Acaso no te doy miedo? –gritó.

-Lo comprendo, y no, no me das ningún miedo –le aseguré, cerciorándome de que mi tono sonase cortante y frío.

-¿Ah no? ¿Y cuando te daré miedo? ¿El día en que me lance sobre ti para beber tu sangre? Si así es, limítate a decir que tienes miedo. Porque te aseguro que entonces no podrás pararme –me recomendó.

-¿Y qué quieres que le haga, Bella? –ahora era yo el que gritaba.

-Que te alejes de mí –repitió.

-Olvídate de esa idea, porque te juro que es imposible –le dije.

-Esto no me puede estar pasando…-gimió.

-Bella, si lo que quieres decirme con "aléjate de mí" es que no me quieres como amigo, o algo más, lo entiendo –cada una de esas palabras me dolía en el alma.

-¿Pero qué estas diciendo, Edward? ¿Acaso no te das cuenta? Sigues vivo porque yo así lo he querido, y no precisamente porque seas nuevo en el instituto –me dijo.

-Da igual, Bella, dejémoslo ya. No hay remedio –sentencié.

Me estaba empezando a doler la cabeza.

-Sí que hay remedio, otra cosa es que tu no quieras llevarlo a cabo –me recordó.

-Dejémoslo y ya está –le advertí.

Suspiró y fijó la vista en la carretera. Yo, por el contrario, miraba al cielo por el techo. Una de las ventajas del jaguar era que el techo era de cristal, y por la noche se podían ver las estrellas desde allí. En un momento dado, divisé por el cristal el imponente monte Olympic, y supe que ya habíamos llegado a Forks. Bajé la vista para sorprender a Bella, que me miraba con una triste sonrisa. Le correspondí con otra mucho más feliz y fijé la vista en las lucecitas del pueblo. Llegamos a mi casa a las doce y media.

-¿Nos veremos mañana? –quise saber cuando aparcó el coche.

-Sí, mañana lloverá, seguro –me dijo.

Me extrañó un poco ese "seguro", dado que los hombres del tiempo de USA, casi nunca acertaban con el tiempo de por aquí. Qué ironía…

-Pues entonces, nos vemos en Biología –me despedí- Llévate el coche si quieres.

-Gracias, mañana te pasaré a buscar para ir al instituto –me advirtió.

Abrí la puerta del coche y justo cuando iba a salir por ella, la voz de Bella me detuvo.

-Edward –me llamó.

-¿Si? –dije al tiempo que giraba la cara hacia ella.

-Dulces sueños –me susurró al oído.

La vista se me nubló por unos instantes, pero pronto recuperé la compostura.

-Esto…sí, dulces sueños –respondí acalorado.

-No creo que los tenga –se burló.

-Sí, a veces se me olvida ese pequeño detalle –recordé con sorna- Que tú nunca sueñas.

Salí del coche y me quedé en la acera, viendo como mi jaguar cruzaba el camino como alma que lleva el diablo.

-Cuídalo bien, Bella –susurré para mí mismo.

Desde que Esme me lo había regalado, el jaguar se había convertido en mi mejor amigo y confidente. Evidentemente, no me daba consejos, al contrario que Tyler, pero sí que sabía guardar los secretos como nadie. Caminé hasta el porche y llamé al timbre, me había dejado las llaves antes de salir.

-¡Edward! –exclamó Esme al verme.

-Hola mamá –la saludé- Siento haber llegado tan tarde, pero es que el cine duró más de lo previsto.

-No te preocupes, hijo –me tranquilizó- Pero sería bueno que te fueses ya a la cama, mañana hay instituto y…

-Ahora mismo voy –prometí.

Sonrió gratamente y se fue al salón a ver la tele. Yo subí a mi cuarto, cogí mis pertenencias de aseo y me encerré dentro del baño. Si por mí fuese, nunca saldría de la ducha. Que placer…

Me vestí y me tumbé en la cama, conectándome el discman y eligiendo la primera canción romántica del disco que estaba dentro. Mis ojos se cerraron poco a poco, a la vez que me sumergía más en mi mundo de los sueños con Bella.