¡Hola! Sí, aunque no lo parezca, he vuelto xD
Lo primero, disculparme por haber tardado tanto en colgar el siguiente capítulo, pero estos meses han sido bastante complicados y entre unas cosas y otras no me ha dado tiempo a hacerlo ToT Por otra parte, deciros que cuando he leído todos vuestros comentarios casi me caigo de la silla de la ilusión. De verdad, no tengo palabras sniff...sniff
The Kamikaze Demon; elisabet weasley cullen; AndiiM; nonblondes; Malu Snape Rickman; Rizy dark Angell Cullen; Joss Cullen; miia Potter; blackpanter340; Tatarata; RociRadcliffe & B: Mil gracias por todos y cada uno de vuestros comentarios. La verdad es que ya no sé cómo agradeceros el dejar un review y animarme a continuar el fic TT En fin, dejo de enrollarme y os dejo el capítulo que llevais tanto tiempo esperando...
Note: Todos los personajes pertenecen única y exclusivamente a Stephenie Meyer.
A la mañana siguiente, el dolor me zumbaba la cabeza. Era como tener mil tambores dentro de ella. Esperé hasta el último segundo para levantarme. Tenía la esperanza de que con un rato de descanso, el dolor cesara. Pero no fue sí.
Me levanté como pude de la cama y me dirigí al baño, donde busqué desesperadamente las aspirinas para el dolor de cabeza. Ni rastro. Era como si Esme temiese que yo me suicidase a base de somníferos o pastillas para la tos. Decidí que, si tenía tiempo, iría antes a la farmacia del pueblo. Seguro que allí no pensarían que las iba a utilizar para suicidarme…
Bajé a desayunar, los cereales estaban asquerosos. Casi vomité la leche. En definitiva, la comida no me entraba. Subí a mi cuarto a cambiarme, y, una vez allí, dude entre ponerme los boxers "Bite me" o unos normales. Decidí que los normales. Los "Bite me" eran para ocasiones especiales ¿Y que mejor ocasión que ese sábado con Bella?
Oí abrirse la puerta de abajo y salí al rellano de la escalera a ver quien era. Ante mí apareció la menor de los Swan, con una camiseta roja escotada y unos vaqueros ajustados. Venus, la diosa del amor…
-Hola Edward –me saludó- ¿Qué tal has pasado la noche?
El dolor de cabeza desapareció por completo.
-Buenos días, Bella –le correspondí yo- Bien.
Una gran sonrisa se dibujó en su rostro.
-¿Y tú? ¿Qué tal? –le pregunté.
-¡Oh! Muy bien. Pero Emmet se ha enfadado conmigo –me dijo.
-¿Por qué? –quise saber.
-Porque anoche jugamos al Trivial. Y como siempre, yo les leí el pensamiento y adiviné las preguntas –me explicó con una pícara sonrisa.
-Pobre Emmet, si siempre es así, debe de estar cabreadísimo –me compadecí de él.
-Ya te digo. Me ha dicho que no piensa volver a jugar si no vas tú –me contó.
-¿Y eso? –pregunté extrañado, a la vez que bajaba las escaleras y me colocaba a su lado.
-Pues porque no te puedo leer la mente –me recordó.
-Cierto –afirmé- Oye, tengo un terrible dolor de cabeza, y Esme no tiene aspirinas. Así que tendremos que pasar antes por la farmacia.
-No hay problema –asintió.
Caminamos hasta el coche.
-Hoy conduzco yo –le recordé a la vez que le tendía mi mano.
-Está bien, quiero verte en plena forma –aceptó con una sonrisa displicente.
Una vez dentro del coche, introduje la llave en el contacto.
"Por fin juntos, querido" -pensé al coger el volante entre mis manos. Puse los pies en el acelerador y salí derrapando a más de mil. Una parte de mí se liberó de nuevo. Amaba los coches. Aprovechando que a esas horas la carretera estaba totalmente vacía, empecé a hacer el loco con el coche.
-¿Qué te parece? –le pregunté a Bella al entrar en el centro del pueblo, camino de la farmacia.
-Increíble –respondió atónita.
Sonreí en modo de agradecimiento y aparqué donde me fue posible. Las calles bullían de actividad.
-¿Dónde está la farmacia? –pregunté.
-No lo sabes ¿me equivoco? –adivinó.
Negué con la cabeza.
-Pues no te preocupes, porque yo sí que sé donde está, he ido muchas veces –me dijo con tono de burla.
-¿Vosotros podéis enfermar? –inquirí extrañado.
-No –negó.
-¿Entonces? ¿Para que ibas a la farmacia? –pregunté cada vez más confuso.
-No quieras saberlo –me advirtió.
Aquel comentario llamó mi atención al máximo, y durante todo el camino estuve intentando sonsacarle la respuesta, sin éxito. La farmacia no era muy grande. Una señora gorda y de aspecto cotilla nos recibió.
-¡Oh! Bella, cuanto tiempo sin pasarte por aquí –exclamó al vernos.
-Sí, parece ser que la cosa se ha moderado un poco –contestó Bella con una sonrisa malévola.
¿Moderado? ¿Qué? La curiosidad me invadía por momentos.
-Entonces, lo mismo de siempre, supongo –dijo la mujer, y se giró para coger un paquete de píldoras anticonceptivas.
La boca se me quedó seca. No sabía como reaccionar. Bella observó mi expresión y empezó a reírse disimuladamente.
-No, señora Jefferson, hoy no vengo por eso. Edward necesita pastillas para el dolor de cabeza –le explicó entre sonrisas.
-¡Ah! En ese caso, esperad un momento –nos dijo, y desapareció por una puerta trasera.
-¿Así que era por eso? –inquirí con una pícara sonrisa.
-Sí, como puedes observar, Rosalie y Emmet son unos expertos en ese arte –me explicó.
Los dos estallamos en carcajadas.
-Pero, en ese caso ¿no sería mejor que se dedicasen al dibujo, o a la música? –pregunté al borde de las lagrimas.
-En realidad, el que es un experto en música es Jasper. Tú pregúntale cualquier cosa sobre ese tema, y é te responderá correctamente. Además, sabe tocar la guitarra. No sabes los conciertos que nos da en plena madrugada, menos mal que vivimos alejados del pueblo… –Me explicó- Y Alice es la experta en el dibujo, hasta tengo un retrato que me hizo ella. Bueno, en realidad, todos tenemos un retrato nuestro hecho por Alice. Es una artista.
-Vaya –exclamé- ¿Y cual es la pasión de Emmet?
Lo meditó un momento.
-Te lo contaré el sábado –me prometió.
-Está bien –accedí.
Al momento, la señora Jefferson estaba de nuevo entre nosotros.
-Toma, Edward. Bastará con una cada vez que te duela –explicó.
-Gracias, señora Jefferson –dije, y me acerqué al mostrador para pagar las medicinas.
Salimos de la farmacia y echamos a correr hacia el coche, si no nos dábamos prisa, íbamos a llegar tarde.
-¿Y cual es tu pasión? –le pregunté a Bella.
-El piano –contestó melancólica- Es una lástima que casi no sepa tocarlo.
-¿De verdad? –pregunté.
-Sí.
-Pues yo sí que sé tocar –le confesé.
-¿En serio? –preguntó atónita.
-Sí, es mi pasión -confesé con una gran sonrisa.
Entramos en el coche, había empezado a llover. La duda me surgió de pronto.
-¿Y por qué te mandaban a ti a por las píldoras? –pregunté al tiempo que arrancaba.
-En realidad nos turnamos entre nosotros, exceptuando a Renné, que no quiere saber nada del tema. Le parece una soberana barbaridad.
-¿Por qué? –pregunté sin comprender.
Me miró con una malévola sonrisa.
-¿Cuántas veces a mes crees que ocurre esto? –inquirió.
-Vale, ya lo entiendo –asentí.
-Y eso que solo estamos hablando de Emmet y Rosalie –comentó con toda la naturalidad del mundo.
-¿Cómo? –la incredulidad quedó grabada en mis palabras.
-Lo que oyes –afirmó.
-Vale, me hago una idea.
El trayecto hasta el instituto fue bien, hablábamos de trivialidades, por el mero hecho de que yo no me atrevía a formular palabra. Antes de salir del coche, Bella me llamó.
-¿Edward?
-¿Sí? –pregunté al mismo tiempo que me giraba hacia ella.
-Gracias –dijo simplemente.
-¿Por qué? –no comprendía.
-Por jugarte la vida cada minuto que pasas conmigo y actuar como si no fuese así –me explicó con una triste sonrisa.
-No hay de qué –le correspondí.
Caminamos hasta el edificio de la cafetería y allí me despedí de ella.
-Nos vemos en el almuerzo –me prometió.
Asentí y cada uno se fue por su lado. Aquel era, de momento, el mejor día de mi vida junto a Bella. La clase del señor Banner empezaba a prometer algo. ¿Sería que aquellos temas eran nuevos para mí? No prestaba la atención suficiente, y dado que esta vez no sabía el tema, la pregunta del profesor me pilló por sorpresa.
-Señor Cullen, sería tan amable de salir a la pizarra y traducirme estas oraciones –me pidió el profesor.
-Esto…sí, ningún problema –contesté tranquilamente.
Avancé por el pasillo que dejaban los pupitres y me coloqué frente a la pizarra. Una de las frases decía algo sobre los la sangre y el amor. "Vaya tema, por dios" –pensé.
La otra, lejos de ser tan… "enternecedora" decía algo así como:
"La muerte se halla en cada uno de nosotros. La vida es la carrera que llevas a cabo para intentar que esta no te atrape"
No había mejor día que hoy para hablar sobre el amor, la vida y la muerte, y, por supuesto, la sangre.
-La segunda frase dice: La muerte se halla en cada uno de nosotros. La vida, es la carrera que llevas a cabo para intentar que est no te atrape –le dije al profesor.
-Muy bien señor Cullen –me aplaudió- Pero ¿qué dice la primera exactamente?
-Pues…
-¿Sí? –me apremió.
-Menciona a la sangre y al amor –comenté.
-Bien, pero tradúzcamelo entero –me pidió el profesor.
Lo intenté por todos los medios. Pero por más que me obligaba, a mi mente solo acudían Bella y su naturaleza. ¿Por qué precisamente hoy tenían que venir a verme las dudas? ¿Por qué no me había concentrado en la clase?
Creí que podría tragarme todo aquello sin ningún problema, pero no era así. Las dudas, los remordimientos y el dolor asaltaban mi mente. Y yo no era capaz de impedirles el paso. Sobretodo, había una cosa que me dolía en el alma, y era que ella no podía ser como las demás. Pero, fui yo el que aceptó las circunstancias. Fui yo el que dijo que no había ningún problema, y sin embargo, lo había.
-Esto…no lo sé, señor Banner –admití aún absorto en mis pensamientos.
-Bueno, quizá la próxima vez debería prestar atención a lo que hacemos en clase –me reprendió- Así, se hubiera enterado de que lo que hay aquí escrito es una frase de un famoso escritor. "La sangre era dulce, pero no tanto como su amor por mí" dice.
-Tiene razón señor Banner, en la próxima clase prestaré atención –prometí con la cabeza gacha.
-Eso espero, señor Cullen, eso espero.
Volví a mi sitio. Y me dediqué completamente a mirar absorto la pizarra, prestando atención de vez en cuando, pero pensando completamente en Bella, su naturaleza vampírica y mi sangre.
Cuando terminó la clase, salí disparado por la puerta. No me di cuenta de quien había apoyado contra el muro.
-Vaya, veo que hoy te ha caído bronca –comentó.
-¿Y como sabes tú eso? –pregunté entrecerrando los ojos.
-Te recuerdo que puedo leer la mente –dijo a la vez que se acercó a mí.
-No te preocupes, que ese pequeño detalle no se me olvidará –le aseguré, irónico.
Me sonrió angelicalmente y empezó a andar en dirección a la cafetería. Cuando entramos, todo el mundo tenía sus ojos puestos en nosotros. Me daba igual. Ahora aquellas personas me eran indiferentes. Para mi solo existía Bella.
Nos pusimos en la cola del servicio, y ella llenó la bandeja hasta los topes.
-¿Pero qué haces? –le pregunté extrañado- Te recuerdo que no soy yo el que bebe sangre.
-No te preocupes, Edward. Soy capaz de comer comida normal –me aseguró con una forzada sonrisa.
Entonces supe que la había herido, que aquél secreto la atormentaba terriblemente. Y que yo le hacía pasarlo mal si se lo recordaba.
-Lo siento mucho Bella, no era mi intención...-intenté disculparme.
-Da igual. No tiene importancia –me tranquilizó.
Sabía que para ella sí tenía importancia, pero a pesar de ello, no le contesté. Me quedé mirándola fijamente.
-Tengo un gran montón de preguntas –le advertí intentando cambiar de tema.
-¿Ah si? –preguntó alzando la vista hacia mí- Pregunta.
-¿Existen más como tú y tu familia? –pregunté.
-Sí, pero muy pocos llevan el modo de vida que llevamos nosotros –contestó ella.
-¿A qué te refieres? –inquirí, curioso.
-La mayor parte de nuestra especie no es...vegetariana –comentó- Se dedican a cazar humanos a diestro y siniestro.
-Vegetarianos...un buen adjetivo, sin duda –afirmé intentando contener la risa .
-Ya me dirás el día que te encuentres con uno de los nuestros y resulte ser...carnívoro –se burló.
-Vale, vale, ya me callo –acepté a regañadientes- Pero ¿por qué vosotros sí?
-Simplemente, no queremos ser unos monstruos –contestó, con un gesto sereno pero triste.
-Entiendo –afirmé.
-¿Solo tenías esa pregunta? –inquirió, burlona.
-No, tengo muchas más –negué- ¿Qué hicisteis realmente este fin de semana?
Me miró durante un breve lapso de tiempo, su expresión era indescifrable.
-¿Tú que crees? –me preguntó de pronto.
-No se, pero estoy seguro que no te fuiste con tu hermana de compras a París –contesté con una gran sonrisa de satisfacción.
-Estas en lo cierto, no me fui de compras a París...-empezó- Me fui de compras a Pórtland.
-¿Por qué insistes en mentirme? –inquirí, harto de sus secretos.
-Porque me da miedo que te apartes de mi lado –confesó al fin.
-¿Qué? –estaba atónito.
-Me da miedo que sea demasiado para ti, y que te alejes corriendo de mi lado –se explicó.
No supe que decir.
-Creerás que soy una egoísta –comentó.
-No, absolutamente no. Creo que eres idiota al no darte cuenta de la situación –contesté al fin.
-¿De qué estas hablando?
-Bella, la mitad del mundo daría lo que fuese con tal de tenerte entre sus brazos. Y me estás diciendo que aquí el afortunado soy yo.
Su rostro se convirtió en otra mueca de dolor.
-¿Qué ocurre Bella? ¿Qué he dicho? –inquirí, confuso.
-¿Te das cuenta, Edward? Tu reacción no es normal...no puedes comportarte así, es incomprensible –protestó al fin.
-Ya empezamos...
-No, Edward. Debes comprenderlo. Esto no es un juego. Aquí no hay tres vidas, solo tienes una, y debes vivirla al máximo –replicó.
-La que no lo comprende eres tú, Bella. Yo soy consciente del peligro que corro, y sé perfectamente que esto no es un juego –casi grité. Estaba harto.
-No creo que seas consciente si aún sigues a mi lado después de lo que sabes –comentó.
-Estoy harto Bella. Harto de que lo sepas todo, e intentes echarme de tu vida mediante esos métodos. Así que me voy –recogí mi mochila y salí de la cafetería, procurando no llamar la atención.
El aire helado del parking recorría cada célula de mis huesos. La niebla cubría todo con su intocable manto de misterio. No veía más allá de mis propios pies, y sin embargo, seguía avanzando hacia los limites del recinto, cada vez más lejos de ella, cada vez más lejos de mi pasión.
Antes de que pudiese darme cuenta, me había introducido en el bosque que había detrás del recinto escolar. ¿Por qué cada vez que necesitaba pensar iba al bosque?
Dado el tiempo de ese día, no era muy inteligente por mi parte introducirme en la naturaleza en pleno atardecer. Iba a saltarme la siguiente clase, de eso estaba seguro. No tenía ganas de Biología, y mucho menos de Gimnasia.
Pero...¿estaba seguro de poder encontrar el camino de vuelta?
No, no iba a ser capaz de regresar si la niebla seguía avanzando tan rápidamente como lo estaba haciendo. Me daba igual, lo único que quería era salir de aquella prisión de confesiones. Seguí avanzando, en dirección al corazón del bosque, o al menos, ese era mi destino elegido.
¿Por qué tenía que negarse a aceptar la verdad? ¿Por qué no era capaz de asimilar que yo sentía algo por ella? ¿O que ella lo sentía por mí? ¿Intentaba asustarme con eso de que casi todos los vampiros eran "carnívoros"?
Pues no lo conseguiría. En esos momentos, todo me daba igual.
Entonces oí el crujir de unas ramas. Automáticamente, giré la cabeza hacia el lugar de donde creía venía el ruido. No veía nada que desentonase en aquel lugar. La niebla seguía cubriéndolo todo con su manto. Estaba perdido. Otro ruido, el movimiento de unas hojas.
-¿Hola? –murmuré.
"Ha debido ser el viento" –pensé. Sin embargo, el aire había dejado de soplar.
Empecé a andar. Nada más mover el pie, oí un siseo. Salté del susto, pensando que había pisado una cobra. Cambié de dirección, levanté un pie, y oí un siseo de nuevo. Entonces lo tuve claro, allí había alguien más. No estaba solo en aquél terrorífico bosque.
No podía moverme, mis músculos se habían tensado hasta lo inimaginable. Miraba hacia todas partes y hacia ninguna. El terror se había apoderado de mí. Si ese alguien era lo que yo creía, no tenía muchas posibilidades de salir de allí con vida.
El terror me impedía moverme un solo milímetro. Si me movía, aquella cosa me atacaría. Seguro. No tenía otra opción. Debía correr, aunque no consiguiese escapar, debía luchar por mi vida. Eche a correr, mirando detrás de mí sin descanso. Se oía correr a alguien más. No me detuve.
De repente, noté un frío aliento en mi nuca. El miedo me paralizó la mente, pero yo seguía corriendo como un loco, sin ninguna intención de pararme a descubrir cuál era mi destino junto a aquella cosa. Seguí corriendo.
Más pasos, el aliento seguía en mi nuca, pero hubo un momento en el que ya no lo sentí. Inmediatamente después, un rugido atronador rompió en silencio del bosque. Me paré en seco. Giré la cabeza hacia donde parecía que venía el rugido. No vi nada. Sin embargo, dos sombras se movían en la niebla con asombrosa agilidad.
cosas.
-¡Vete! –gritó una de ellas.
Nunca olvidaría al portador de aquella voz, que, probablemente, me salvó la vida.
No pretendía ignorar su advertencia, así que volví a correr. La niebla empezaba a disiparse, por lo que me era mucho más fácil correr entre los árboles.
Creí que no saldría vivo de allí. Corrí como alma que lleva el diablo, tal era la situación. A pesar de encontrarme bastante lejos del lugar donde había visto a las sombras por última vez, el terror seguía apoderándose de mí. Ya nada parecía real, el bosque nunca acababa, y yo corría, sin saber en qué dirección iba. Al cabo de media hora, decidí que ya era hora de dejar de correr. Caminé unos pocos pasos más, y me encontré con el muro de árboles que hacía de frontera entre el bosque y el parking del instituto. Me detuve un momento a escuchar los sonidos del bosque que ahora se encontraba a mis espaldas, volvía a estar en el recinto del instituto.
Nada. Sin embargo, cuando me di la vuelta, y me encontré cara a cara con Bella.
-¿Te encuentras bien? –me preguntó con voz ronca.
-Sí –mentí, no quería que se enterase de mi pequeña aventura terrorífica- No me ocurre nada.
Me miró fijamente. Sabía que ella no se lo iba a tragar, pero valía la pena intentarlo.
-Mientes –replicó tranquilamente, y dicho esto, empezó a andar en una dirección.
-Mira quién fue a hablar...-le espeté- Tú nunca me cuentas la verdad.
-¿Qué quieres saber? –inquirió sin girar siquiera la cabeza.
-El problema no es lo que quiera saber –repliqué- El problema es que siempre te dejas algo por contar, y eso me molesta.
-Edward, sinceramente, creo que no sabes con quién estas hablando –contestó ella.
-Tienes razón, hemos discutido y yo actúo como si no fuera así –recordé- Creo que es hora de que vuelva a casa.
Y dicho esto, eché a andar hacia mi segundo amor. Bella me siguió y se introdujo en el coche después que yo.
-Edward, lo siento. Debes comprenderme, después de tantos años alejado de las relaciones con los humanos, es muy difícil comprenderte. Eres imprevisible, nunca sé lo que vas a hacer a continuación. Y eso me da miedo, porque si pasara algo...tu ya me entiendes...no sería capaz de perdonármelo. Son demasiadas libertades las que me estoy tomando contigo –me explicó. Parecía que estaba sufriendo mucho.
Suspiré.
-Te entiendo –contesté al fin- Hagamos un trato, tú no te limitas para nada. Y yo, si veo que la información que me estas dando sobrepasa mis capacidades lamentablemente humanas, te aviso. ¿Trato hecho?
-No parece muy justo por tu parte...-sonreí ante ese comentario- De acuerdo, trato hecho.
Sonreí y me puse al volante.
-A propósito –dijo unos segundos después- No creo que tus capacidades sean lamentablemente humanas. –para añadir con una pícara sonrisa- Todo lo contrario...
