Jelouuss! ^^

Lo primero, me gustaría disculparme por llevar casi un año desaparecida de aquí sin subir ningún capítulo ni dar señales de vida. No voy a dar ninguna excusa tonta, simplemente, no tengo perdón u__u' Y os preguntaréis, ¿qué ha sido lo que ha devuelto a Lavernné al buen camino? xDD /

Bueno, pues que tenía un remordimiento de conciencia increíble por no haber acabado este fic y encima haberos dejado a todas a medias con la historia, así que aquí me tenéis. Dispuesta a daros la tabarra hasta el epílogo (actualmente casi terminado *W*)

A lo que iba: No se puede expresar con palabras lo agradecida que me siento por todas esas personas que se han tragado todos estos desvaríos míos que un día me decidí a convertir en FanFic. Especial mención a esos 113 comentarios, que, sinceramente, son más de los que había imaginado teniendo en cuenta mi horrible forma de escribir. Que conste, que aunque no comenten, también tengo en cuenta a esas personas que han hecho de esta historia una de sus favoritas y a mí, de una de las autoras de sus favorites. Simplemente, gracias.

Y ya sin más, os dejo con el capítulo doce de esta historia. Espero, sinceramente, que lo disfrutéis.

- Note: La historia original y los personajes pertenecen única y exclusivamente a Stephenie Meyer.

...

En menos de un segundo, Bella ya no estaba en mi regazo. Se había levantado con una agilidad y elegancia sobrehumanas y me miraba fijamente a los ojos con una triste sonrisa grabada en el rostro.

- Edward, hoy no puedo acompañarte a casa – susurró de pronto.

- ¿Por qué? – quise saber.

- Bueno, si mañana voy a pasar el día contigo, voy a tomar todas las precauciones que pueda. – contestó con un deje de dolor en la voz.

- Pero ¿por qué? – pregunté sin comprender. - Quiero decir; ahora estabas sentada encima de mí, tan cerca… ¿Qué te hace pensar que mañana…?

Sonrió, escéptica.

- Edward, no es fácil acercarme a ti sin sentir la increíble tentación de clavar mis dientes en tu garganta. Es algo muy difícil de reprimir, puesto que forma parte de mi naturaleza, pero lo hago por una razón muy especial que ahora no viene al caso. – respondió. - Sin embargo, debo ir de caza ya, es peligroso para ti estar cerca de mí en estos momentos.

- Pero si has conseguido no hacerme daño hasta ahora, ¿por qué tomas tantas precauciones? – inquirí, haciéndome el loco. Sabía perfectamente a qué se refería Bella y lo comprendía, pero no quería separarme de ella. No ahora.

- Por si aún no te habías dado cuenta, no hemos estado completamente solos hasta ahora – me recordó. - Siempre había alguien cerca para probar que yo estaba a tu lado en el momento de tu muerte.

- ¡No es cierto! –protesté. Me molestaba la manera tenaz en que unía nuestra intimidad con el momento de mi muerte.

Sus ojos me observaron con curiosidad.

- ¿Qué es lo que quieres exactamente? – preguntó con un brillo de perspicacia en la mirada.

- Que te quedes conmigo... -susurré algo avergonzado mientras desviaba la mirada hacia en asfalto.

-No puedo. - contestó negando suavemente con la cabeza. - Tengo que irme ya o Rosalie montará una escenita de las suyas. Además, mañana mismo estaré aquí, ni siquiera tendrás tiempo de notar mi ausencia.

- Bella, cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo que no estás conmigo supone para mí un infierno realmente difícil de soportar. – le dije con dramatismo, aunque, siendo sincero, aquello me había salido de dentro.

- Edward... – susurró, un poco conmovida por mi arrebato pasional.

- No importa. – dije para restarle importancia y que no se sintiera culpable. - Supongo que nos veremos mañana, ¿no?

Sonrió de nuevo.

- De acuerdo. – aceptó rápidamente con una sonrisa alegre. - ¿A qué hora quieres que te pase a buscar?

- Cuando quieras. – respondí. - Lo dejo a tu elección.

- ¿Qué te parece a las once? – inquirió dubitativa.

- Perfecto. – dije en un susurro.

Sonrió de esa forma que tanto me gustaba y se acercó a mí rápidamente.

- Nos vemos mañana, entonces. – me susurró al oído, y sus labios rozaron levemente el lóbulo de mi oreja.

Sonrió de forma triste una última vez y segundos después, había desaparecido.

Contemplé el sol ya casi oculto entre el ramaje del bosque. Me estremecí al recordar todo lo ocurrido la tarde anterior y suspiré.

Arranqué el coche y salí del recinto a noventa kilómetros por hora. Adoraba la velocidad, y nunca me habían puesto una sola multa de tráfico, algo extraño para un chico de diecisiete años. Llegué a casa antes de lo previsto. Apagué el motor y cuando me disponía a recoger mis libros y cuadernos del asiento del copiloto, vi por el retrovisor un desgastado Volvo. Salí del coche y observé a la conductora del auto aparcado en la misma puerta de la casa.

Era una mujer de unos cuarenta años, de pelo oscuro y ojos azules penetrantes. Me miraba fijamente desde el otro lado de la carretera y parecía algo preocupada.

No me dio tiempo a presentarme ni a decir nada, puesto que alguien gritó mi nombre en ese momento.

- ¡Edward! – oí decir a una voz familiar, la voz de mis sueños, o mejor dicho, pesadillas.

Giré sobre mis talones para encontrarme frente a frente con Jackie. Estaba más guapa que la última vez. Llevaba su pelo negro azabache recogido en una coleta a un lado, la cual le favorecía notablemente, y un ligero vestido blanco que hacía juego con su oscura piel.

- ¡Jackie! – exclamé contento de verla otra vez. - ¿Cómo estás?

- Muy bien – sonrió de forma encantadora. - Et toi?

- Très bien, merci – respondí haciendo uso del poco francés que sabía.

- ¿Has comprobado ya el secreto de los Swan? – inquirió con suavidad, y vi cómo la curiosidad brillaba en sus ojos.

Me quedé de piedra y algo se revolvió en mi estómago. Aquel era el último tema que se me habría ocurrido sacar a colación. Porque ahora que conocía la naturaleza de Bella y su familia, sentía el deber de intentar proteger su secreto a toda costa. Y, aunque me hubiese gustado compartir con ella mi punto de vista con respecto a todo aquel asunto, me abstuve por completo de ello.

- Ehh, yo… - murmuré titubeante, sin saber cómo salir del paso.

Jackie estalló en carcajadas.

- ¡Estaba de broma, Edward! – exclamó riéndose aún.

Se me escapó una risilla nerviosa que intenté disimular con una gran sonrisa. Sin embargo, no pude evitar evocar la pesadilla que había tenido la noche en que Jackie me confesó el oscuro secreto de los Swan.

- ¿Qué tal te va todo? – pregunte intentando cambiar de tema.

- Muy bien, estudiando...- hizo una mueca al pronunciar la última palabra.

Reí su gesto y esbocé una sonrisa divertida.

- Por lo que veo no eres muy amiga del estudio. - comenté sonriente.

- ¡¿Cómo lo sabes?! – preguntó con fingida sorpresa.

Reí.

- ¿Tanto se me nota? – preguntó arqueando una ceja, divertida. - ¿Crees que debería ir al psicólogo?

- No, qué va… - dije conciliador, pero luego rectifiqué. – Aunque bueno, ¿para qué engañarnos? Es evidente que sí que deberías acudir a un especialista.

Los dos reímos al unísono, pero nos vimos interrumpidos por alguien.

- ¿No piensas presentarme a tu amigo, Jackie? – preguntó la mujer del coche, quien ahora se encontraba de pie a escasos metros de nosotros.

- Claro que sí, mamá. – contestó Jackie, y un leve rubor inundó sus mejillas. - Edward, esta es mi madre, Dana. Mamá, este es Edward, el hijo de Esme.

Me acerqué a la mujer. Tenía cierto parecido con Jackie. Los mismo ojos del color del océano y la misma figura estilizada, además del pelo azabache que le caía suelto por los hombros.

- Encantado de volver a verla, señora Black. – dije al tiempo que le tendía mi mano.

- Lo mismo digo, Edward. –sonrió Dana mientras me estrechaba la mano. – Fíjate, Jackie. La última vez que lo vi era un crío de trece años revoltoso y juguetón y se ha convertido en todo un caballero…

Me ruboricé súbitamente y Jackie carraspeó, incómoda.

- ¿Queréis pasar a tomar algo dentro? – pregunté, intentando ser agradable.- Esme no llegará hasta bien entrada la noche.

- Claro. – aceptó Dana con otra de sus anchas y brillantes sonrisas.

Jackie se limitó a sonreír con gesto de disculpa.

- Lo siento, Edward. – me susurró cuando Dana fue a cerrar el coche. - No he podido evitar que viniese conmigo.

- No te preocupes. – le sonreí, quitándole importancia.

Abrí la puerta de la casa rápidamente y las invité a pasar al salón.

- Ahora mismo estoy con vosotras. – les dije mientras me quitaba la cazadora y la colgaba en el perchero de la entrada. - ¿Qué queréis de beber?

- Una Cocacola, por favor. – dijo Jackie.

- Nada para mí, Edward – repuso Dana al tiempo que se introducía en el salón y se sentaba en uno de los sofás.

- Bien – susurré y fui a la cocina a por dos Cocacolas. Saqué las latas de la nevera y vertí el contenido en dos vasos de cristal. Fui al salón y le entregué su vaso a Jackie.

Un silencio incómodo se apoderó de la sala. Yo no sabía qué decir, puesto que cualquier tema de conversación me parecía demasiado obvio y estúpido.

- Jackie – Dana fue la primera en romper el silencio. - Ve a por uno de los nuevos CD que hemos grabado tu padre y yo, quiero que Esme lo escuche.

Aunque no parecía muy contenta de dejarnos a solas, Jackie desapareció de repente por la puerta de la estancia con un "vale" poco interesado. En cuanto su hija desapareció por la puerta, Dana fue directa al grano.

- Jackie me ha dicho que preguntaste sobre los Swan cuando estuvisteis tú y tus amigos en la reserva... - dejó caer.

La miré fijamente, intentando averiguar sus propósitos.

- Sí, ¿acaso hice mal? – pregunté arqueando una ceja.

- ¡En absoluto! – contestó con un breve gesto de mano.

- ¿Entonces? ¿A qué viene ese interés por mi conversación con Jackie? – inquirí cada vez más preocupado de proteger a Bella y a su familia.

- Edward, - empezó - los Swan no gozan de buena reputación en la reserva. Lo mejor sería que no te hicieses amigo de ninguno de ellos.

- ¿Y por qué debería hacerte caso? –inquirí frunciendo el ceño, cabreado.

- Son peligrosos. – se limitó a contestar.

- Pues, ¿sabes una cosa? – dije con tono burlón. - Me da exactamente igual lo que opinéis tú y tu gente sobre mi relación con la familia Swan. Es mi vida y pienso vivirla como me parezca.

Sus ojos se abrieron al máximo en señal de sorpresa.

- Entonces, ¿es cierto? – inquirió con un deje de pánico en la voz. - ¿Has entablado una relación con Isabella Swan?

Medité la respuesta unos instantes. No sabía cómo había llegado a esa conclusión, pero la verdad es que me daba igual.

- Sí, y no me importa lo que puedas pensar sobre lo nuestro.

-De acuerdo, Edward –pareció que se rendía.- No te preocupes por ti mismo, pero hazlo al menos por Esme y Carlisle. ¿Cómo crees que les sentaría tu muerte?

Mis ojos refulgieron a la tenue luz del atardecer. Aquello había sido una puñalada trapera.

-A Esme le caen bien los Swan, y a Carlisle le da igual con quién vaya mientras yo sea feliz. –contesté con aspereza.

Me miró fijamente.

-Ellos no lo saben todo acerca de los Swan –me recordó.

Suspiré exasperado. Sabía que Dana lo hacía porque quería protegerme, la entendía, pero no quería que creyese que yo me iba a echar atrás en mi relación con Bella si sabía cual era su verdadera naturaleza.

-Dana, te agradezco mucho que hayas venido a prevenirme –sonreí.- Pero no es necesario, sé lo que me hago y lo tengo controlado.

-Yo creo que no...-comentó ella con aspereza.

En ese momento Jackie entró por la puerta, llevaba cara de enfado.

-Mamá, en el coche no hay ningún CD de esos –protestó enfadada Jackie, y al ver mi cara de resentimiento, el mundo se le cayó encima.- ¿Qué le has dicho a Edward, mamá?

-Nada cariño...-contestó la mujer mirando a su hija con fingida sorpresa.- Solo hemos estado hablando.

Jackie no terminó de creérselo y puso ambas manos en sus caderas.

-¿Es eso verdad, Edward? –me preguntó no muy convencida.

-Sí, Jackie –mentí, aunque me moría de ganas de decirle que no era así.- Sólo hablábamos de trivialidades, nada importante.

Las dos, madre e hija, me miraron fijamente durante un breve lapso de tiempo.

-Bueno, si no había ningún CD, creo que deberíamos irnos ya...Edward ha dicho que Esme llegaría tarde. –se apresuró a comentar Dana.

Jackie hizo una mueca pero siguió a su madre hasta la puerta de la casa.

-Un placer volver a verte, Edward –se despidió Dana mordazmente, y comenzó a caminar hasta el coche.

Jackie la miró con odio desde el porche.

-De verdad, Edward –comentó- A veces pienso que a esta mujer se le ha ido la olla...

-No te preocupes, Jackie –me apresuré a contestar.- Es normal...

Me miró con gesto de disculpa.

-Bueno, espero verte pronto por la reserva...-comentó, y acercó mi rostro al suyo para darme dos sendos besos en las mejillas.

-Claro –comenté con los mofletes como tomates.- Bajaré pronto a verte.

Se despidió con un gesto de mano y echó a correr hasta el coche. Suspiré resignado.

Aunque me doliese en el alma, aunque me muriese de ganas por compartir con alguien las dudas que tenía sobre si Dana tenía razón o no, sabía que nunca podría contarle a Jackie qué eran en realidad los Swan.

Y es que yo necesitaba desahogarme. La ira, la incompetencia, el dolor y la amargura que sentía cada vez que Bella se iba, cada vez que me recordaba lo duro que era para ella cada vez que se acercaba a mí. Y sobretodo, lo duro que era contener el impulso de coger su rostro entre mis manos y besarla con todo mi corazón.

Apreté los puños con fuerza, giré sobre mis talones, y entré en casa.

Cogí mis libros del aparador de la entrada, cerré la puerta de un portazo y subí corriendo a mi habitación y me cerré la puerta con cerrojo.

No es que temiese que un sádico vampiro irrumpiese de repente por la puerta reclamando mi sangre, sino que necesitaba estar solo con mis pensamientos, ordenar mis ideas e idear una forma de explicarle mis sentimientos a Bella de manera ordenada y mis pensamientos.

Mañana iba a ser un día decisivo para los dos, no podíamos seguir así, sin un rumbo fijo. Me preparé la ropa que iba a llevar al día siguiente, ideé mil formas de colocarme mi pelo cobrizo rebelde, pero al final decidí quedarme con un estilo informal, el pelo revuelto.

Hice con detenimiento todos los deberes y bajé al salón a ver un rato la televisión. Echaban una de esas series manga que me gustaban. Comenzó a sonar una musiquilla un tanto espeluznante, por lo que no dudé en estirarme a lo ancho en el sofá para disfrutar de una hora de puro ocio.

Sin embargo, todo mi mundo se vino abajo al comprobar de qué iba la serie. Vampiros.

Dado que el título estaba escrito en japonés, lengua de la que no sabía un rábano, no sabía de qué podía tratar. Aunque la presentación de la serie habían sido cientos de letras rojas, pensé que se podía tratar de un manga de terror.

A pesar de todo, no me moví del sofá y me dispuse a tragármela entera aunque solo fuese por puro aburrimiento.

"Todo empezó cuando yo tenía dieciocho años..." comenzaba a narrar Yumi, la protagonista. "Me mudé con mi padre a un pueblo alejado de la mano de Dios, donde siempre llovía y todo era demasiado verde."

Lo único que pude hacer fue prestar más atención a la explicación de la protagonista. Aquella historia empezaba a resultarme familiar...

"Mi primer día en el instituto fue un horror. Llamé demasiado la atención y no quería que fuese así. Pero lo peor de todo era Kaname Kuran. Toda su familia era perfecta, tanto física como psicológicamente..."

"Dímelo a mí" pensé.

"A pesar de que había intentado ser amable con él, me trataba con hostilidad y me miraba con un odio irremediable."

"¿De qué me suena esa mirada asesina?" pensé al ver a Kaname mirar con un odio irracional a Yumi.

Y ahí acababa el primer capítulo de la serie que se hacía llamar Bloodie Love. Me aseguré de apuntar el horario en una libreta para no perderme ningún capítulo. Quería saber como acabaría la serie... ¿Se zamparía Kaname a Yumi? ¿Acabarían siendo los dos vampiros? ¿Se enamorarían?

En ese instante sonó el reloj del comedor anunciando las siete y media de la tarde. No tenía más ganas de televisión, pero sí de componer.

Rápido como el rayo, fui a la habitación que Esme había adaptado para colocar allí mi piano. Este estaba colocado sobre una plataforma de madera, y junto al teclado había un taburete largo y estrecho de terciopelo negro, al igual que el piano.

Me senté al tiempo que acariciaba las teclas con dulzura. Cuando nada servía para calmarme, cuando mi amadísimo coche no me podía ayudar en los problemas de la vida, entonces, recurría a mi segundo amor platónico. El piano.

El piano conseguía calmarme y hacerme mantener la cabeza fría para poder pensar y meditar las cosas con mayor perspectiva. Y es que yo odiaba no terminar de componer alguna partitura, y dado que componer exigía mucha concentración por mi parte, me resultaba una distracción muy provechosa.

Normalmente, mis composiciones ocultaban una historia. Cuando mi padre me confesó que se había enamorado de Natalie, compuse una sobre el amor ajeno.

Más tarde, mientras los tres viajábamos por media Europa y ellos no tenían casi tiempo para mí , el tema fue la transparencia de uno mismo cuando te ves reemplazado por alguien muy especial.

Y finalmente, la última que había compuesto había sido cuando llegué a Forks.

Ahora, tras hacer borrón y cuenta nueva, debía componer una. Pero ¿sobre qué o quién?

La respuesta acudió sola a mi cabeza. Bella, su naturaleza y yo, el humano torpe y valiente.

Pronto, y con mis pensamientos y recuerdos como fuente de inspiración, las teclas comenzaron a entonar una melodía dulce y triste a la vez, suave y dura como.

"You can't escape the wrath of my heart

beating to your funeral song
All faith is lust for hell regained
and love dust in the hands of shame

Let me bleed you this song of my heart deformed
and lead you along
this path in the dark
where I belong until I feel your warmth

Hold me like you held onto live
when all fears come alive and entombed me
Love me like you love the sun
scorching the blood in my
Vampire heart

I am the thorns in every rose
you've been sent by hope
I am the nightmare waking you up
from the dream of dream of love

Let me weep you this poem
as heaven's gates close
and paint you my soul
scarred and alone
waiting four your kiss
to take me back home"

Aquella letra, aquellas notas, aquellos sonidos, hicieron que comprendiera lo duro que era lo nuestro. Estaba contento conmigo mismo, había compuesto una canción en menos de lo esperado. Una hora y veinte minutos. Guardé corriendo las partituras y la letra de la canción.

Fui a la cocina a prepararme otra de las muchas pizzas que solía cenar. Veinte minutos después me encontraba cenando una deliciosa pizza de cuatro quesos. Me fui a la cama antes de que Esme llegase de Washington, sin embargo, supe cuando se deslizó a mi cuarto a darme las buenas noches.

P.D: Si veis que hay alguna falta de ortografía, es perfectamente comprensible. Casi todos los capítulos están pendientes de editar x__x