Sehh! Por fin he terminado el cursooo! *____* ¿Se me nota la felicidad, no? xDD
En fin, querids lectors , miles de gracias a todos los que comentasteis, añadisteis vuestra historia a favoritos, a mi como una de vuestras escritoras favoritas o simplemente activasteis la alerta para saber de esta historia. En serio; muchísimas gracias.
Por otra parte, en muchos de vuestros reviews preguntábais cuál era la canción que salió en el capítulo anterior. Bien, se titula Vampire Love, de HIM. La elegí, además de por lo obvio, porque es una canción preciosa y concordaba perfectamente con los sentimientos de Edward :) Sobre la confusión del nombre, tenéis razón, me confundí xD
Y en cuanto a qué nos pasa a las escritoras últimamente, en mi caso, os diré no estoy pasando el mejor momento de mi vida y últimamente, por temas que no vienen al caso, me he desquitado bastante del tema de la escritura. Pero tranquilas, que de este verano la historia no pasa. La termino como que me llamo Cheyén XDD
En fin, espero que disfrutéis este capítulo porque es uno de los que más me gustó escribir. Y ya solo me queda decir, que en el capítulo siguiente, os aguarda una grata sorpresa..
¿Qué será? Tendréis que seguir leyendo para averiguarlo.. Muajaja! ;)
...
- Note: Todos los personajes de esta historia pertenecen única y exclusivamente a Stephenie Meyer.
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El Prado
Los primeros rayos de sol dieron de lleno en mi cara. Tal y como había predicho Bella, ese sábado haría buen día. Los pájaros cantaban y todo parecía salido de un cuadro. Era una ocasión especial en todos los sentidos...
Me levanté de la cama aún un poco "zombie" y caminé hasta la silla donde había dejado mi chándal y mis boxers BiteMe. Por fin tendría la oportunidad de estrenarlos y conseguir algún que otro propósito...
Me vestí rápidamente, con los pantalones anormalmente bajos. Me calcé las zapatillas de deporte y salí de la habitación con una alegría desbordante y al mismo tiempo unos nervios que matarían a un yogui. Bajé las escaleras haciendo piruetas y perdiendo el equilibrio en más de una ocasión.
-Como se nota que hoy es sábado...-comentó Esme al verme tan contento.
Sonreí. No me apetecía en absoluto confiarle los planes que tenía para ese día...
-Supongo –asentí sonriente.
-¿Vas a quedarte en casa hoy? –me preguntó conforme yo atravesaba la puerta de la cocina.
-Pues...-intenté buscar una excusa aceptable.- No, la verdad es que tengo planes para hoy.
-¿Y esos planes incluyen a Bella Swan? –me preguntó tranquilamente, como si hubiese dicho la cosa más normal del mundo.
-No...-murmuré, intentando parecer inocente.- Bueno sí.
-Lo sabía –casi gritó.
La miré boquiabierto.
-¿Qué quieres decir con que lo sabías? –inquirí alzando las cejas.
Sonrió de forma dulce.
-Quiero decir que aunque parezca que no me entero de nada, no es así en absoluto –me confesó con una sonrisa malévola.
La abracé por detrás y le di un beso en la mejilla.
-Yo no te tenía por una ignorante...-le susurré al oído.
-Ya...bueno..., deberías darte prisa si pretendes llegar pronto a tu cita –me advirtió.
Tenía razón, eran las once y veinticinco y yo aún no había desayunado.
-De acuerdo, mamá –sonreí y me senté a la mesa a desayunar.
Tan pronto el reloj dio las once y media, sonó el timbre de la puerta principal. Ansioso, fui corriendo a abrir la puerta.
-Buenos días, Edward –me saludó Bella apoyada en el marco de la puerta de una forma muy sexy.
-Bue...bue...buenos días, Bella –balbuceé sin apartar la mirada de ella.
Llevaba puesto un chándal rojo que hacía juego con su nívea piel y sus ojos dorados. La cazadora estaba entreabierta, por lo que se veía que debajo había una fina camiseta blanca de tirantes que dejaba ver mucho y sacaba a pasear demasiado la imaginación...
-¿Te parece que nos vayamos ya? –me preguntó con una sonrisa irresistible.
-Claro –respondí encantado.- Hasta luego, mamá.
Cerré la puerta con llave y me puse a su lado antes de entrar en el coche.
-Por enésima vez, ¿se puede saber a donde me llevas? –pregunté arqueando una ceja divertido.
-Es una sorpresa –me susurró al oído con su aliento helado y dulce.
Suspiré resignado, sabía que no le sacaría ninguna información. Fui directamente al asiento del conductor, pero ella me lo impidió.
-Hoy conduzco yo –señaló y se introdujo en el asiento antes de que pudiese replicar algo.
Soltando unas cuantas blasfemias de forma inconsciente, di la vuelta al coche y me senté en el asiento del copiloto aún enfadado.
-No sé nada de qué vamos a hacer hoy ¿y ni siquiera puedo conducir? –casi grité enfadado.
-No seas quejica, Edward –me espetó.- Además, ¿qué mas te da no conducir hoy?
-Pues es que no me gusta ir de copiloto –protesté.- Prefiero ser yo el que se estrella contra algún árbol.
Me miró fijamente.
-¿Insinúas que no sé conducir después de cien años al volante? –inquirió entrecerrando los ojos.
-¿Tan vieja eres? –le pregunté con fingida sorpresa.- Yo te echaba unos noventa como mucho...
Se tomó ese extraño piropo de forma indebida y me gritó.
-¿Acaso me estás llamando vieja? –casi me deja sordo. Esa mañana yo había salido un poco chinche y replicón.
"¿Acaso no es evidente" pensé, pero no dije nada.
-¡No! –exclamé yo con miedo a que se enfadara aún más.- O bueno, puede que sí depende del punto de vista desde el que lo mires...
Parecía que estaba a punto de echárseme encima y acabar con mi ahora un poco interesante vida cuando...
-¿Sabes que soy la envidia de toda la nación junto con Rosalie y Alice? –me preguntó altanera.
-¡Bah! –exclamé picándola aún más.- Eso será porque se confundieron con las fotos del concurso...
-¡Mentiroso! –gritó.- ¡Nunca hubo ningún concurso!
-Entonces mayor razón tengo –le espeté sonriente.- Eso de la envidia de la nación solo lo dices tú.
-Edward, no me obligues a cancelar la cita...-me amenazó.
Mi sonrisa burlona se esfumó a la velocidad del rayo y me puse repentinamente serio.
-Bella, solo ha sido una broma...-intenté disculparme.
-Han sido más de una –me señaló amenazadora.
-Bueno vale, pero lo importante es que lo siento –me disculpé mirándola a los ojos.
Sonrió de forma irresistible.
-En ese caso, ponte el cinturón –me ordenó.- Vas a ver algo que no has visto nunca antes.
No muy seguro de lo que quería decir con esas palabras, le hice caso y me puse el cinturón sin muchas ganas.
Sin embargo, el mal genio que me corroía desde que Bella había encendido el motor del coche, desapareció en el mismísimo momento en el que me puse a pensar en todo lo que le tenía que decir aquella tarde.
Por un lado, evidentemente, estaban mis sentimientos. Era ya muy evidente que yo la amaba más que a ninguna otra persona en el mundo, pero ¿y ella?. Vale, me había lanzado muchas indirectas, quizá no tan indirectas...Pero nada más, ni un te quiero, ni un te amo.
También podía ser que yo fuese corto mental y que ya me lo hubiese dicho, pero ¿por qué era tan importante que me lo dijera con todas las letras?
Esto me recordó a Phoenix, a Phoenix y a Amber. Amber había sido la única chica capaz de mantener una amistad conmigo sin querer algo más en el fondo. ¿O acaso sí que había querido algo más? En ese caso, tenía claro que nunca lo sabría. Porque estaba convencido en un 99%, de que no volvería a verlos en al menos un año. Y en un año pasan tantas cosas...
Un sábado por la noche, Amber vino a ver una película a casa, junto con Will, Logan y Leo. Se suponía que aquella noche iba a ser de terror absoluto, pero resultó que se convirtió en la noche de las confesiones...
Eran las dos y media de la madrugada, a esas horas y como siempre Will, Logan y Leo ya habían caído redondos en el sofá, parecían pareja y todo...
-¿Edward? –me susurró Amber cuando estaba a punto de dormirme yo también.
-Mmm...¿sí?
-¿Puedo preguntarte algo?
-¿Acaso no lo estás haciendo ahora? –protesté dándome la vuelta.
Soltó una risilla entre triste y nerviosa.
-¿Tu crees que si una persona no te dice "Te quiero" es que no le importas lo suficiente como para decírtelo?
La miré confundido y tal vez un poco preocupado.
-¿A qué viene eso?
Me contó que estaba saliendo con un chico y que habían forjado una bonita relación, pero que ella tenía muchas dudas porque no sabía si realmente ella le importaba tanto como él a ella.
-Es evidente que le importas. –sentencié.- Pero es que no entiendo vuestra manía de poneros tan locas cuando un tío os dice que os quiere...
-Tal vez tengas razón. –suspiró resignada.- Que te digan "Te quiero" es importante, Edward. De lo contrario, nadie se sentiría feliz al lado de una persona...
En ese momento no la escuché, ni siquiera le hice caso. Pero ahora sabía la incertidumbre que sentía al estar a su lado y que él no le dijese lo que ella quería oír: Que la amaba.
Pero esa incertidumbre desapareció de inmediato al recordar lo que me había dicho la tarde anterior después de amenazar a sus hermanos.
La sonrisa volvió a mi cara y con ella se disiparon las dudas.
Sin embargo, había otro tema del que quería hablarle a Bella. La igualdad.
Yo no era, ni soy, ningún machista, pero aquélla situación me podía.
No era capaz de aceptar que ella fuese mil veces más fuerte que yo, mil veces más resistente que yo y que seguramente, sería ella la que tuviese que rescatarme de algún vampiro sediento de sangre.
Me dolía en el alma no saber ni poder hacer nada, o puede que sí que pudiese hacer algo al respecto...
-Ya hemos llegado –me susurró al oído cuando el coche se detuvo.
Bella había aparcado en el arcén, sin peligro de que nadie se empotrase contra mi jaguar. Sin embargo, algo me dijo que aquella tarde las diferencias entre ambas razas, humanos y vampiros, quedarían marcadas.
-¿Vamos de caminata? –inquirí arqueando una ceja.- Te advierto que me conozco los montes de Forks mil veces mejor que tú...
Me miró con suficiencia.
-Edward, no hay nadie que conozca mejor los bosques de Forks que la familia Swan –sentenció.
-¿Y como es que estás tan segura? –pregunté mosqueado por su suficiencia.
"Sacó culo", lo que provocó que un monstruo despertara en mi interior y que dejase al descubierto su precioso canalillo, y me miró de una forma irresistible.
-Porque yo lo valgo –exclamó con voz seductora, y me mandó un beso.
Me debí quedar con cara de "acabo de ver la cosa más bonita de mi vida" porque Bella me chapeó la mejilla unas cuatro veces antes de que yo pudiese apartar la mirada de su escote.
-¿Qué se supone que estás mirando? –inquirió fingiendo incomodidad, pero yo sabía que le gustaba, porque le hacía pensar que así era menos vieja.
"Edward, contrólate" me dijo mi ángel interno. "Se supone que tú no eres así..."
Se suponía que yo no era así, pero la verdad era que yo ya no sabía quién era ahora. Lo de Jessica me había creado un serio trauma mental y físico...
-Lo siento, Bella –me disculpé dulcemente, acariciándole la mejilla con una de mis manos.
-Deberías cortarte un poco más, Edward. –me advirtió y regañó al mismo tiempo.- Alguien podría vernos....
-Sí, perdidos en mitad de la nada...-comenté mirando a mi alrededor.- Por favor, Bella. ¿Quién iba a vernos? ¿El lobo feroz? ¿Caperucita?
-Podría ser...-me siguió el juego.
-Aunque así fuese, lo único que pensaría el lobo feroz sería en lo suertudo que soy yo al tenerte como novia. –contesté yo insinuante, acercándome cada vez más a ella.
-Sí, y supongo que entonces Caperucita se muere por tus huesos...-comentó en tono de mofa, apartándose levemente.
Nos reímos los dos de la broma y le cogí la mano con gesto cariñoso.
-Supongo que la caminata nos llevará todo el día, así que creo que deberíamos ir andando ya...
-Sí, además te informo que hay una sorpresa si llegas hasta el final sin mi ayuda.
-¿Qué clase de recompensa? –inquirí yo. Cada vez tenía menos autocontrol, las palabras y el tono insinuantes me salían con mayor naturalidad, haciendo que pareciese un pervertido y un obseso.
-Ya lo verás cuando lleguemos...-se negó a contarme la verdad, y me guiñó un ojo.
-En ese caso...-dije, y la arrastré conmigo hasta donde empezaba la senda.- ¿Por donde tenemos que ir?
-Por la senda –me indicó.- Pero luego debemos ir monte a través.
-No hay problema, me gusta hacer senderismo y montañismo –respondí sonriente.
Al principio, el camino se me hizo un poco pesado. Algo normal teniendo en cuenta que hacía varias semanas, por no decir meses, que no hacía otra cosa que estar con Bella. Sin embargo, pronto fui yo el que marcó el ritmo. A pesar de naturaleza sobrehumana, a Bella le resultaba un poco difícil coger el ritmo de la caminata. Y es que andar es algo a lo que te acostumbras con la práctica...
-Sinceramente, prefiero ir de compras. –me contestó cuando le pregunté al respecto.
A pesar de mis continuos esfuerzos por no dejar que me adelantase, pronto mis piernas comenzaron a fatigarse y mi rostro se cubrió de gotas perladas de sudor, mientras Bella seguía como una rosa.
-¿Falta mucho? –pregunté cuando las piernas empezaron a temblarme.
-Ya casi hemos llegado –dijo con una sonrisa que lo decía todo.
-En ese caso, creo que podré aguantar un poco más...-le contesté animado por su sonrisa.
Volvió a sonreírme con un encanto irresistible y eso hizo que mis fuerzas se recargasen en un 99%. Comencé a andar, casi correr, como nunca lo había hecho hasta que el camino se acabó, ahora solo había arbustos...
-¿Y ahora por donde? –casi grité, pensando que Bella estaría aún un poco más lejos, pero resultó que la tenía a mi lado.
-Es aquí –me susurró al oído.
Apartó con delicadeza los arbustos y ante mí apareció... ¡Mi prado!
Cierto era que nunca en todas las visitas que le había hecho a ese maravilloso lugar lo había visto como lo vi aquél día. El cielo anaranjado de fondo, las flores, lilas, amapolas, tulipanes...Al fondo se oía el irreconocible murmullo del arroyo que tanto me relajaba y me hacía pensar.
Caminé lentamente hasta donde el sol me daba de lleno, haciendo que mi pelo cobrizo brillase de manera espectacular y mis ojos verdes se volviesen más intensos de lo que ya eran.
Pero ¿cómo era posible que no me hubiese dado cuenta antes de que íbamos a ese lugar? Supuse que Bella conocería otro camino...
Entonces, me percaté de que Bella me miraba con felicidad pero con ojos recelosos, como cuando guardas un secreto que te cuesta confesar. Con tanto lío y preguntas de por medio, me había olvidado del principal objetivo de ese día: Descubrir qué hacía a los vampiros tan especiales a la luz del Sol. Porque no acababa con su existencia, pero por lo que me había dicho Bella, les obligaba a permanecer ocultos de los ojos humanos.
La miré con curiosidad y le indiqué que se acercara. Le sonreí para infundirle ánimos y entonces, Bella salió al brillante Sol del medio día.
Nunca me hubiese imaginado que los rayos del astro rey pudiesen tener ese efecto sobre nadie. Era algo precioso de contemplar, y más en mi lugar.
El brillante sol dando de lleno en la piel de mi amada, haciendo que su marmórea piel adquiriese un leve tono rosado y a la vez brillante y espectacular. Era el ángel más bello que había visto en mi vida...
De repente, empezó a correr una leve brisa que le revolvió el pelo castaño, haciendo que pareciese aún más una criatura celestial. Su piel refulgía como si en ella estuviesen incrustados miles de diamantes perlinos y brillantes.
Me quedé embobado mirándola. Sin poder apartar la vista de su precioso rostro.
-Supongo que no era lo que te esperabas...-comentó acercándose a mí.
-Supones bien...-sonreí.
Elegantemente, y sin previo aviso, cambió de dirección y se dirigió al árbol más imponente y que tenía más flores a su alrededor.
-Siento decepcionarte, pero yo ya he estado aquí ¿sabes? –le dije al tiempo que la alcanzaba y me ponía a su lado.
Me miró con una sonrisa pícara.
-Ya lo sabía...-respondió con total naturalidad.- Solo que quería enseñarte otro camino que no llevaba tanto tiempo...
Me quedé mirándola sin saber muy bien como reaccionar.
-Eres mala...-comenté mirándola con falso odio.
Una carcajada celestial salió de su garganta.
-No, solo soy perfecta. –me corrigió insinuante, y se sentó a mi lado con extremada elegancia.
-Aparte de eso, claro –le seguí el juego.
Rió complacida y entonces, cuando un silencio incómodo se abalanzó contra nosotros, solté la primera pregunta.
-¿Y a dónde fuiste a cazar ayer?
Me miró admirablemente sorprendida.
-¿Para qué se supone que quieres saberlo?
-Para saber a donde debo llevar a mi chica a cenar...-bromeé.
Sonrió.
-Muy cerca de aquí –respondió con la mirada fija en el horizonte.- A unos veinte minutos al norte.
La miré comprensivo.
-¿Crees que me voy a impresionar tan fácilmente que prefieres no contarme los detalles? –inquirí divertido.
-No; es simplemente que nunca antes le he contado mi caza a ningún ser humano.
-¿Y por qué no empezar ahora?
Suspiró.
-Está bien –contestó resignada.- Fuimos con Rosalie a un monte cercano, el Olympic. Ella eligió como presa a un ciervo, yo a un puma. Mi cacería fue interesante, aquél ejemplar era fiero hasta lo inimaginable, por lo que me llevó sus quince minutos poder sentir su cálido pulso bajo mis labios.
Utilicé una táctica de despiste muy poco compleja: corrí en círculos a su alrededor. Dado el gran potencial físico de los de nuestra especie, no era capaz de cansarme de correr, así que el puma, incapaz de salir de aquel círculo de distracción, se lanzó sobre mí con auténtica valentía. Sin embargo, eso no le sirvió de mucho al verse atrapado entre mis afilados dientes, los cuales se clavaron en su yugular sin ningún tipo de inconveniente, haciendo que el pulso del animal descendiese en picado en menos de cinco segundos, sintiendo su ya casi inexistente pulso bajo mis labios y la sangre, ese líquido de vida, hacerse paso a través de mi garganta.
La sangre se me heló en las venas al escuchar cómo describía la escena. Mi cara palideció al imaginarme aquella escena.
Bella sonrió levemente, triste.
-Te he asustado ¿no?
Tardé unos segundos en contestar, se me había formado un gran nudo en la garganta.
-No... no ...-respondí entrecortadamente. Recobré levemente la compostura.
Solo hizo falta que me mirase fijamente a los ojos para que yo comenzase a temblar por instinto.
-¿Te das cuenta, Edward? – inquirió fijando su vista en los rayos del sol que se filtraban a través del ramaje del árbol.- Soy peligrosa. Tu cuerpo te dice lo que tu mente evita pensar.
-¿Otra vez con esas? – inquirí escéptico.- Sabes que no me importa lo más mínimo.
-Puede...pero creo que a tus padres sí que les importaría que tú dejases de existir por mi culpa. –repuso.
-Personalmente; me inclino por pensar que les haría un favor dejando este mundo. –mentí vergonzosamente.
Me miró a los ojos, amenazadora.
-No me lo creo, solo hay que ver como te habla Esme para darse cuenta de que no le eres indiferente.
Ante eso, solo pude bajar la cabeza, totalmente avergonzado. Oí como se acercaba a mí dubitativa y me ponía una mano en el hombro.
-Sólo quiero que sepas que, si en algún momento decides echarte atrás, si en algún momento tienes miedo; sólo dímelo. Y me alejaré de ti para siempre.
La miré aterrado por sus palabras.
-Nunca te pediré que desaparezcas de mi vida. –sentencié.- Pero quiero que me comprendas.
Asintió con la cabeza en señal de que escuchaba.
-Verás, esta situación es muy compleja. Como tú bien has dicho, mi cuerpo me dice lo que mi cabeza no quiere escuchar. ¡Pero es que yo no quiero que sea así! Creo que mis sentimientos están bastante claros. –dije ruborizándome levemente.- Por otra parte, odio que los de tu especie tengáis tantos poderes. ¿Recuerdas cuando olí la sangre en clase de Biología y tu me cogiste en brazos?
-Sí, recuerdo todos y cada uno de nuestros encuentros.
-Pues bien. Cuando me cogiste, cuando me tuviste a tu merced, poniéndote en el lugar de "Superman", me sentí imbécil. No soporto que seas más fuerte y más rápida que yo, que seas tú quien me salve de los malos. Al principio, no podía con ello. Pero ahora me he dado cuenta de algo: Me importas tanto, que me da igual quién de los dos sea Superman.
