Hey!
Lo sé, lo sé.. Dije que actualizaría más rápido, pero por A o por B, últimamente no tengo tiempo para tocar el ordenador. Por increíble que parezca, en vacaciones tengo menos tiempo que durante el curso ¡Qué desastre!
Respondiendo a tu pregunta, Isabella Anna Cullen: No recuerdo con exactitud hasta dónde llegué a colgar en el foro de Crepúsculo. Sin embargo, creo que para llegar a esa parte quedan aún unos cuatro o cinco capítulos. Vamos, es todo lo que puedo decirte ahora mismo.
A lo de por qué Edward no es visto en las visiones de Alice, hay una explicación: Y es que aunque el poder de ella no tenga nada que ver con la mente, Edward es extremadamente cerrado en sus pensamientos y sentimientos. Lo que influye seriamente en el destino que Alice vé. De todas formas, fue la explicación que dí cuando la escribí. Quizás cuando vaya editando me dé por cambiarla xDD
Y ahora viene la parte "chachi" de esta actualización. Os dije hace dos capítulos que a partir de ese momento, la historia cambiaba mucho y que aunque siguiendo el argumento principal del libro de Stephenie Meyer, hay varias cosas que cambié. Escenas que no están, otras que aparecen nuevas y capítulos que poco tienen que ver con el Crepúsculo que se publicó.
Así pues, os advierto que este es uno de esos capítulos y que tiene escenas subidas de tono. Yo aviso para que luego, si alguien se siente ofendido, no venga a reprocharme que no avisé. Aun así, os advierto que fue la primera escena hot que escribí y que tampoco es ninguna guarrada xDD
_______________________________
Note: Todos los personajes de esta historia pertenecen única y exclusivamente a Stephenie Meyer
Durante el trayecto de vuelta a Forks, ni Bella ni yo pronunciamos palabra. Yo me dedicaba a mantener la vista fija en la carretera, evitando pensar en qué íbamos a hacer aquella noche. Nunca había salido con nadie, y ni mucho menos había llegado a esos extremos con una chica. Me aterraba la idea de hacer algo mal, aunque fuese totalmente comprensible.
Por su parte, ella seguía contemplando el paisaje enmarcado por el crepúsculo a través de la ventanilla. Su expresión era serena, pero sus ojos escrutaban el bosque con cierto nerviosismo. No sabía qué podía deberse, y la verdad es que no le di mucha importancia en ese momento.
Apagué el motor del coche. Las luces de la casa estaban apagadas, lo que me hizo suponer que Esme no estaba. Seguramente, habría ido a la reserva a ver a Dana. Mejor. No quería que ella y Dana se llevasen mal por mi culpa y la de Bella.
-¿Quieres entrar? –la invité, rompiendo el molesto silencio que se había apoderado del coche.
Esbozó una dulce sonrisa.
-Claro. –contestó al tiempo que abría la puerta.
Abrí mi puerta y salí del coche. Caminé hasta donde se encontraba ella, apoyada contra el coche. La tenue luz de las farolas, ahora encendidas, la hacía parecer un fantasma, un fantasma de lo más encantador.
Rió cuando vio mi cara.
-Te acabarás acostumbrando, Edward...-comentó divertida.
-Eso espero. –contesté.- No quiero quedar como un idiota cada vez que te miro.
En menos de un segundo, la tenía a mi lado, muy cerca. Sus labios rozaron mi mejilla, y un escalofrío sacudió mi cuerpo.
-No quedas como un idiota. –me susurró al oído.- Quedas como el novio más maravilloso del mundo.
Esbocé una sonrisa y ella caminó hacia el porche. Yo me detuve a mirar el cielo, enmarcado por la luna menguante de esa noche y sus estrellas. Cerré los ojos un momento, y, por una vez en la vida, disfruté de la sensación de estar cerca, muy cerca de la felicidad. Bella. Ella era mi felicidad. Mientras me encontrase a su lado, lo demás no importaba; yo ya era feliz.
-¿Entras? –me sacó de mis ensoñaciones. Había abierto la puerta, y la sujetaba con una mano para que yo pudiese pasar.
La miré arqueando una ceja.
-¿Cómo has abierto la puerta?
Una media sonrisa se extendió por su rostro.
-Te mentiría si dijera que son cosas de vampiros...-dijo mirándome a los ojos. Esperando mi reacción.- He usado la llave de debajo del alero.
La miré con cierto enfado.
-Y se puede saber...¿Cómo sabías que había una llave debajo del alero?
Clavó sus ojos en los míos. Como si la respuesta fuese evidente, y yo la estuviese pasando por alto.
-Me has estado espiando. –no era una pregunta.
Sonrió de forma angelical, intentando suavizarme el enfado.
-Supuse que no te importaría...-se excusó.
-¡Bella, has violado mi intimidad todos estos días! –protesté.- ¡Me has visto haciendo cosas que hago solo cuando estoy solo!
-¿Y? –inquirió encogiéndose de hombros.- Tampoco es tan grave...
-Te juro que si no fuese porque te quiero...-comencé.- Llamaría ahora mismo a la policía.
Soltó una carcajada.
-No creo que te tomasen muy en serio...-comentó divertida.- Recuerda que soy una vampiresa. No existe ninguna prueba que diga que yo he estado en tu casa sin tu consentimiento. Además, no me costaría mucho convencer al jefe de policía de que yo soy una niña muy buena...
Puse los ojos en blanco.
-De eso no me cabe duda...-suspiré. Y entré en la casa. Encendí las luces y el hall quedó iluminado. Colgué mi cazadora en el perchero, quedándome con una simple camiseta blanca de manga blanca que marcaba mis abdominales. Me gustaba hacer ejercicio, y más aún tener un torso que competía con el de Adonis. Hubiese sido modelo de no ser por mi tez blanca, heredada de mi madre, la cual tenía sangre albina.
-Bonito hall. –comentó Bella al entrar.
-Ya...-repuse con gesto irónico.- Como si no lo hubieses visto antes.
Sonrió divertida.
-No te enfades...-me suplicó, colgándose de mi hombro.
-No me enfado. –contesté lentamente.- Es solo que no me gusta que me espíen.
-No te espiaba. –protestó.- Te vigilaba, Edward.
-¿Creías que me iba a escapar de casa? –inquirí arqueando una ceja.
-No. –repuso cortante.- Me refería a lo gafe que eres. Podía haberte visitado cualquier otra persona...¿Me entiendes?
-¿Te refieres a otro vampiro?
-Sí. –contestó en un gruñido.- No somos muchos, pero tu hueles demasiado bien como para que alguno evite hacerte una visita de vez en cuando...
-Pero ¿no son todos como vosotros?
-No. Solo conocemos a otro clan que tiene nuestras costumbres. El de Tanya y Eleazar en Denali. –me explicó.- La gran parte de nosotros es tal y como lo pintan en las historias de terror. Sádicos y malévolos vampiros sedientos de sangre humana.
-¿Y no teméis que os descubran a raíz de sus actos?
-No, todos son muy cuidadosos a la hora de cazar a sus presas. –negó con la cabeza.- Aunque también hay excepciones...
Me estremecí de solo pensarlo.
-Pero no pienses en eso ahora. –me reprendió.- Estabas echándome la bronca por espiarte...
Recobré mi cara de enfado.
-Exacto. No me gusta que me espíen.
-Y no lo haré si no quieres. –repuso ella.- Como me aburro tanto por la noche, me gustaba hacerte visitas. Además, eres interesante cuando duermes...
Mis ojos se estrecharon hasta convertirse en una fina línea verde.
-¿Qué quieres decir? –inquirí temiéndome lo peor.
-Hablas en sueños. –se limitó a susurrarme al oído.
-Vale, ¿y con cuanta frecuencia venías por aquí? –inquirí en un susurro.
-Todas las noches. –contestó.- Y alguna que otra tarde...
Suspiré.
-¿Qué oíste cuando hablaba en sueños?
-Pues, lo oí todo. –repuso encogiéndose de hombros, sin saber a dónde quería llegar.
-Desembucha –le exigí.
-Echas de menos a tu padre, vuestros partidos de baseball y vuestras confidencias padre-hijo. También Phoenix, su calor y sus cálidas playas. Y... –se detuvo.
-¿Y?
-Bueno, últimamente me tienes muy presente en tus sueños. Una vez dijiste que me querías, y otra creo que intentabas protegerme de algo, pero tenías miedo; mucho miedo. –contestó, dudando de si debía seguir hablando o no.
-Genial. –bufé.
Me deshice de su abrazo y caminé hasta la sala del piano. Abrí las puertas con tal brusquedad que hicieron un ruido sordo y molesto. Me senté en el sillón que había en una esquina, al lado de la ventana. Bella no tardó en aparecer.
-¡Oh! Edward, no te enfades. –protestó con voz suplicante.
-¡Pero es que odio que la gente no respete mi intimidad! –contesté a la defensiva.
-Edward, yo ya sabía que me querías...-me explicó.- Solo hacía falta ver cómo hablabas y te movías cuando estabas a mi lado. Además, para entonces yo también te amaba. Lo siento.
La miré a los ojos. Estaba arrepentida.
-No, perdóname tú a mí. –suspiré.- No debería haberme puesto así.
-No te preocupes. –sonrió.- Es totalmente comprensible viniendo de un humano.
-Ejem...-protesté.- Que hieres mis sentimientos...
Rió.
-Perdona. –se excusó con una dulce sonrisa.- No era mi intención ofenderte.
-Da igual. –respondí.
Se sentó en mi regazo, y apoyó su cabeza en mi pecho; escuchando los latidos acelerados de mi corazón. Sonrió, y su vista se clavó en el piano.
-¿Puedo pedirte una cosa? –inquirió, sin dejar de mirar el piano.
-Lo que sea. –me apresuré a contestar, aunque después me arrepentí de ello.
-Toca para mí. –me susurró al oído, mientras su aliento helado acariciaba mi cuello.
Sonreí.
-Como desees. –contesté. Se levantó y yo me acerqué al piano. Se sentó sobre la tapa negra del instrumento. Improvisé. Pensé en ella, solo en ella, nuestra felicidad y en lo mucho que la quería. Su sonrisa maravillada me hizo tomar fuerzas para entonar la letra, también improvisada de la canción.- "You Light, the skys, over broke me..."
Los minutos pasaban, las notas y mi voz inundaban la habitación. Y Bella, no dejaba de mirarme, maravillada. Me sentí feliz de poder regalarle algo con lo que poder soñar despierta, algo que le gustase y que la hiciese tan feliz como yo lo era a su lado. Mi vista se clavó en las teclas del piano, y fue entonces, cuando las últimas notas revoloteaban ya en la habitación, cuando los sentimientos volvían a esconderse; cuando varias lágrimas rojas tiñeron las teclas.
Alcé la vista hacia ella. Las lagrimas surcaban sus mejillas, parecía una princesa sacada del más bello cuento de hadas. Acerqué uno de mis dedos a una de sus mejillas. Este se empapó de sangre al segundo, y, haciendo acopio de fuerzas, me lo llevé a la boca, ingiriendo la sangre. La boca de Bella estaba entreabierta, y, lentamente, muy lentamente, mi rostro se acercó al suyo.
Nuestros labios, los dos empapados de sangre, estaban a escasos milímetros. La cogí de la nuca, y con extremada dulzura, la besé. Nuestros bocas entreabiertas, dejaban escapar algún que otro suspiro de placer sediento de sangre.
Sin dejar de besarla un segundo siquiera, fuimos acercándonos al sillón. Me senté en él, y ella encima de mí. Fue entonces cuando, con extremada lentitud, Bella comenzó a quitarme la camiseta.
-¿Quieres hacerlo? –le susurré al oído, al tiempo que besaba su fino cuello desnudo.
-Quiero hacerlo...-susurró ella, apoyando su cabeza en mi hombro.- Porque te quiero.
Exhalé mi aliento caliente sobre su cuello, produciéndole un escalofrío. Con cierta duda, y sin dejar de besarla, fui quitándole la cazadora entreabierta. Sus delicados hombros quedaron al descubierto. Me miró a los ojos.
-No creo que este sea el mejor sitio...-susurró.
-Cierto. –contesté. La magia se había roto.- ¿Quieres que subamos a mi habitación?
-No, Esme está a punto de llegar. –negó con la cabeza, y me besó una última vez antes de añadir:- Vístete. Yo te espero arriba.
Antes de que pudiese replicar algo, Bella ya había desaparecido. Suspiré resignado. Efectivamente, Esme estaba a punto de llegar. Dos segundos después, el timbre sonó. Caminé hasta la puerta al tiempo que me ponía la camiseta.
-Hola, mamá. –la saludé efusivamente al tiempo que abría la puerta.
-Hola, Edward. –sonrió, y me besó en la mejilla.- Uhmm...Hueles muy bien.
-Gracias, mamá. –repuse.- Es una nueva colonia.
-¿Una nueva colonia femenina? –inquirió arqueando una ceja. No se le pasaba una...
-Emm, sí, esto...-intenté parecer convincente.
Esme soltó una carcajada.
-No tienes que explicarme nada. –repuso sonriente.- Mientras seas feliz me basta.
-Gracias mamá. –susurré al tiempo que la abrazaba.
-De nada hijo. –contestó.- Es mi deber como madre...
Sonreí.
-Creo que me voy a dormir ya...-comenté.- Tengo sueño, y además hoy estoy muy cansado.
-Claro. –respondió.- Pásatelo..quiero decir...Que duermas bien.
Reí.
-Tú también, mamá. –contesté mientras subía las escaleras de camino a mi habitación. Abrí la puerta de mi habitación y murmuré:- ¿Bella?
-¿Sí? –inquirió una voz a mi lado.
Me sobresalté.
-Lamento haberte asustado. –se disculpó al tiempo que me daba un ligero beso en los labios.
-No es nada...-me apresuré a contestar, al tiempo que posaba una de mis manos sobre su cintura.
-Bueno. –dijo echándome los brazos al cuello, acercando su cara a la mía.- ¿Cuándo piensas enseñarme tus boxers? Porque me los enseñarás, ¿verdad?
La sangre acudió a mi cara sin demora alguna. En menos de un segundo, me había puesto tan rojo como un tomate.
-Mmm...¿se puede saber de qué hablas? –inquirí desviando la mirada.
Pude apreciar como Bella sonreía seductora.
-¿Eso significa que no me los vas a enseñar? –preguntó poniendo morritos.
Me crucé de brazos y la miré a la cara.
-No has respondido a mi pregunta. –le espeté arqueando una ceja.
Sus ojos se clavaron en los míos, y lentamente, se fue acercando a mí. La distancia que antes nos había separado, ahora ya no existía. Sus labios se acercaban a los míos peligrosamente y sin, aparentemente, intención de detenerse.
No pude evitar que, un segundo después, sus labios rozaran los míos con delicadeza.
Al mismo tiempo, Bella fue colocando sus brazos alrededor de mi cuello; atrayéndome más hacia ella.
Mis manos, inmóviles hasta el momento, se deslizaron hasta su cintura. Mis ojos, eran incapaces de cerrarse, temiendo no poder volver a verla tan cerca de mí. Al contrario que yo, Bella sí los había cerrado.
Disfruté de la sensación de tenerla tan cerca de mí, pero no la incité a más. Me daba miedo volver a hacer que perdiese el control. La experiencia de esa tarde me había marcado en cierto modo. Aunque deseaba con todo mi corazón tenerla entre mis brazos, entendía que ella necesitase tiempo para acostumbrarse a mi aroma. El cual, según Bella, olía a las mil maravillas para ella; lo que suponía una gran tentación a la que resistirse.
Llegó un momento en el que, noté como se ponía rígida, pero seguía a mi lado; besándome sin descanso. Me aseguré de que no fuese la misma reacción que había tenido momentos antes. No, lo era. Sus ojos, se entreabrieron cuando percibieron mi temor.
-Tranquilo...-me susurró entre beso y beso.- De momento, lo tengo controlado. Te avisaré...
Suspiré aliviado y volví a besarla con frenesí. La amaba demasiado...Era mi ángel oscuro y particular. La encarnación de la pura belleza y amabilidad, pero al mismo tiempo, del egoísmo y el dolor.
Lentamente, me fue empujando hasta la cama, pero no me dejó tumbarme en ella. Se limitó a indicarme que me quedara en el borde, sentado.
Ella hizo lo propio y se sentó encima de mí, enlazando sus piernas alrededor de mi cintura. Me sonrió, tímida, y volvió a besarme. Sus labios acariciaban los míos como si de seda se tratase, pues el tacto, a pesar de ser frío, era el más fino y puro que uno pudiese probar.
Pronto descubrimos que besar era lo que mejor se nos daba. Nuestros alientos, dulces y fríos, se conocían y bailaban bajo el manto suave de nuestros labios y mandíbula.
Mi mano, aún temerosa, se acercó a su nuca, acariciándola con una dulzura infinita.
Con el contraste de temperaturas, yo me estremecí.
Clavó en mi sus ojos, esos profundos ojos dorados que emulaban dos piedras preciosas. Siempre pensé que los ojos más bonitos que podían existir eran los ojos violetas, pero después de conocer a Bella, mis gustos habían cambiado. Cualquier diosa mataría por tener aquellos ojos. Eran la mismísima encarnación del misterio y lo prohibido. Además, me resultaba fácil leer en ellos, puesto que tenían un brillo especial incapaz de ocultar los sentimientos y las emociones.
Contra todo pronóstico, Bella dio un paso más. Agarró mis muñecas con decisión y las colocó encima de sus hombros. Esbocé una sonrisa dulce, y ella me respondió con un guiño. Lentamente, la tela roja de su chaqueta fue resbalando por su nívea y suave piel, dejando al descubierto sus delicados hombros.
Con lentitud y extremada delicadeza, posé mis manos sobre sus hombros y la atraje hacia mí.
Comencé a besar su fino cuello con dulzura, haciendo que se estremeciera ante el contacto de mis labios; y al mismo tiempo, acariciaba sus delicados hombros.
Bella me sonrió con timidez. Entendí que, aunque su cuerpo fuese el más bonito que el mundo hubiese visto, seguía siendo una joven que nunca antes había hecho algo parecido a esto. Y, aunque yo no tenía ninguna experiencia en el terreno, me reconfortaba saber que ella entendería mis errores, pues ambos estábamos en la misma situación.
Me detuve al rozar su pecho con mis labios; esperando a que me diese permiso. Ciertamente, y ahora que puedo analizar la situación con más detenimiento, me doy cuenta de que estaba siendo un egoísta. Se notaba, a la larga que ella estaba sufriendo, pues mi sangre la alteraba demasiado. Y aunque se esforzase mucho por hacerme creer lo contrario, el sufrimiento en sus ojos delataba la horrenda batalla que se estaba librando en su interior.
Bella me miró con fijeza al darse cuenta de que yo me había percatado de ello.
-No pasa nada, Edward...-me susurró al oído con voz dulce.- A cada minuto que paso contigo, la sed se hace todavía más soportable...
La miré a los ojos y, al tiempo que le sostenía la mirada, volví a besarla con pasión, casi con brusquedad. Probar el sabor dulce y frío de sus labios se estaba convirtiendo en una necesidad tanto física como mental.
Entonces me percaté de lo que estaba ocurriendo en esos momentos, me iba a acostar con ella. No es que me diese vergüenza, ni mucho menos. Simplemente, era que me sorprendía gratamente encontrarme en aquella situación. Tan cerca de ella que podía sentir su respiración pausada en mi pecho, poniéndome la carne de gallina y excitándome como nunca nada ni nadie lo había hecho.
Volvió a enlazar sus brazos alrededor de mi cuello para después bajar sus manos hasta rozar los bordes de mi camiseta. Lentamente, fue subiéndola, y pronto, la prenda desapareció de mi vista, dejando mi torso desnudo al descubierto. Durante unos segundos, Bella lo miró con detenimiento, evaluando cada poro de mi piel con la mirada, para después añadir:
-No está nada mal...-con voz tremendamente seductora.
Paseó sus frías manos por mi pecho y espalda, contrastando temperaturas y haciéndome temblar violentamente, pero de placer.
Sus manos sobre mi piel eran como peces en el agua. Se movían con tal rapidez que apenas notaba su tacto suave y frío más de un de un segundo, que me dejaba una sensación de profundo placer.
La miré a los ojos con el deseo grabado en ellos.
-¿Sabes que eres la mujer más maravillosa que existe? –inquirí con voz aterciopelada.
Ella esbozó una tímida sonrisa, que no le impidió añadir:
-Y tu el hombre más divino que jamás ha pisado la tierra...-me susurró a la oreja, para después darme un pequeño mordisquito en el lóbulo de esta.
No respondí, volví a lanzarme sobre sus labios libres, por el momento. Instantes después, su lengua se encontró con la mía dentro de mi boca, iniciando una danza dulce y prohibida.
Deslicé mis manos por debajo de la fina camiseta blanca de manga corta en la que, con pequeños brillantes, decía: Sweet Girl. Sí, eso era lo que ella era. Dulce, en todos los sentidos...Cogí los pequeños bordes de su camiseta con mis dedos y tiré suavemente de ellos hacia arriba, intentando no parar de besarla en ningún momento.
Se detuvo a mirarme a los ojos una sola vez, antes de dedicarme una arrebatadora sonrisa socarrona y lanzarme sobre la cama. Reí picaronamente y posé mis manos en su cintura desnuda. Era como tocar una estatua de hielo, perfecta e inmaculada, sin un solo error que pudiese reprocharle al autor; pues su obra era sencillamente la encarnación de la perfección. Al menos, en lo que a físico se refería...
Sus cabellos castaños rozaban mi cara debido a la proximidad que había entre nosotros. Olían a frambuesa, arándanos, moras...Su olor era el de las frutas más exóticas del bosque. Una delicia para más de un hombre...
Paseé mis manos por su cintura, una, dos, demasiadas veces, hasta que me detuve en la cinturilla de su pantalón. Lenta, muy lentamente, y sin apartar mis ojos de los suyos, como si le estuviese pidiendo su permiso, deslicé la prenda a través de sus finas y esbeltas piernas que, serían la envidia de cualquier modelo.
Entonces, me pareció estar en la gloria, pues la sola visión de su cuerpo me transportó al mismísimo cielo. La luz de la luna llena que enmarcaba el cielo aquella noche daba de lleno sobre su cuerpo, estilizando su figura y haciéndola aún más prohibida y deseada.
Por si eso no fuese suficiente para hacerme perder el control de mí mismo, el conjunto de ropa interior que llevaba puesto me estaba volviendo loco. Un sujetador negro, con palabras en plateado, entre las cuales se encontraban "bloody", "sexy" e "irresistible"; mantenía lejos de mi alcance sus pechos pálidos y delicados. Todo ello, a juego con un tanguita negro de seda, con las mismas palabras y una pequeña tira de satén como cinturilla.
Sus labios, carnosos e irresistibles, invitaban a más de una tentación. Paseé mis manos por su espalda, pero ella me detuvo. La miré, confuso, temiendo haber hecho algo mal.
-No..ahora me toca a mí. –susurró con un deje de misterio en su voz.
Esbocé una sonrisa socarrona y arqueé una ceja.
-Como quiera la señorita. –contesté besándola suavemente en el cuello, justo debajo de la oreja.
Me sonrió levemente y bajó sus manos a la cinturilla de mi pantalón. Sin titubeo alguno, y mordiéndose los labios, incitándome a más; fue bajándome los pantalones hasta quitármelos del todo. Una expresión de sorpresa y deseo se manifestó en su rostro al ver mis boxers. Arqueó una ceja, entre escéptica y divertida.
-¿Y esto? –inquirió con voz arrolladora.
Me encogí de hombros y me limité a mirarla con el deseo grabado en mis ojos.
-A ver qué pone aquí... -comentó fijando más su mirada en la prenda en cuestión.- "Bite Me" ¿Es eso lo que quieres?
-Depende de quién me muerda...-contesté yo, seductor.
-Supongamos que soy yo ese alguien...-repuso, la inquietud comenzaba a manifestarse en su rostro.- ¿Estarías dispuesto...?
-Aún me lo preguntas...-repliqué yo, arqueando una ceja.
En ese momento, Bella esbozó la sonrisa más arrebatadora que he visto en toda mi existencia. Incluso mi mente, alejada desde hacía un rato de mí, se quedó en blanco. O, más bien, en Bella. Fue un momento que jamás olvidaré, pues, además de las circunstancias en las que nos hallábamos, fue la primera vez que sentí que Bella podía llegar a ser feliz a mi lado. Y fue también, en ese momento, en el que me di cuenta de lo mucho que habían cambiado las tornas desde que había llegado a Forks. No es que no me hubiese parado antes a analizar la calidad o la felicidad de mi vida, era solo, que en aquellos momentos, lo veía todo muy claro. Bella, era mi vida. Para mí no existía nada más allá de su propia existencia.
Pero ¿Podía haberme vuelto tan egoísta en todo ese tiempo? ¿Podía haber cambiado hasta tal punto, y enamorarme tanto de Bella que la necesitaba solo para mí.?
No, no lo había hecho ni lo haría. Estaba dispuesto a cambiar el mundo por Bella, pero solo con su consentimiento previo.
-Te quiero...-susurró de repente ella, sacándome por completo del ensimismamiento que me había atenazado segundos antes. Ya no estaba a la altura de mi cintura, sino encima de mí, volviendo a pasear sus cabellos por mi pecho y cara. Inundándome de nuevo con su exótico y celestial aroma...
-Te amo...-respondí yo. Sereno, imperturbable. En ese momento, tuve más claro que nunca que lo que acababa de decir, lo decía de verdad. No como en otras ocasiones.
Normalmente, mi carácter chocaba con el del resto, o bueno, con la gente que no lo tenía muy definido...En cambio, el choque con el carácter frío e insensible habitual de Bella había sido brutal. Los dos habíamos resultado heridos de formas muy diferentes, pero dañados al fin y al cabo. Sin embargo, conforme había pasado el tiempo habíamos aprendido cosas el uno del otro, y, habíamos aprendido a querernos como pocas parejas llegaban a hacerlo.
La besé profundamente y rodé sobre la cama, de manera que acabé encima de ella. Enredó sus brazos alrededor de mi cuello y se acercó más a mí. Sentía cada poro de su cuerpo rozando cada uno del mío. Coloqué mis manos en su cintura, arrimándola más a mí. Sus manos se deslizaron hasta mis boxers y lentamente, me fueron despojando de la prenda. El tacto de su piel contra mi miembro me excitaron de una manera que de la que nunca antes nada lo había hecho.
Mis manos, por el contrario, se dirigieron al precioso sujetador que me ocultaba sus pequeñas preciosidades, a las que yo pensaba "adoptar" sin dudar. Cualquier parte del cuerpo de Bella era bien recibida en el mío.
Aunque me llevó lo mío, y supuso alguna que otra risita de Bella a mi costa, conseguí desabrochar la dichosa prenda, dejando al descubierto dos tesoros aún por explorar.
Besé su cuello con frenesí, saboreando cada perla de sudor acumulada en la superficie de su piel. Sonreí imperceptiblemente y, con cada beso que depositaba sobre ella, descendía un poco más. Pronto, mis labios llegaron a sus pechos. Con el puente de la nariz acaricié sus perfiles, produciéndole a Bella más de un excitante escalofrío.
Seguí bajando hasta llegar a su ombligo, que, además de besar, acaricié con extrema delicadeza, intentando producirle a ella más de esos escalofríos que tanto me "ponían".
Nunca había sido un "salido mental", pero el instinto estaba sobrepasando a la experiencia. Ya no era mi mente la que me decía lo que debía hacer o cómo debía actuar a continuación, ahora solo existía el deseo de poseerla a ella.
Deslicé mis dedos por debajo de las finas tiras que sostenían el diminuto tanguita que llevaba puesto. Sonreí, seductor al encontrarme frente a frente con el objeto de mi obsesión. Sin embargo, decidí no hacer realidad mi deseo, pues no sabía hasta que punto sería capaz de aguantar Bella...
Gateé por la cama hasta apoyar su frente en la mía, para besarla dulcemente después. Lentamente, acaricié con mi mano su perfil, rozando sus brazos, su cintura y, una vez que mis manos rozaron sus nalgas la aupé. Entonces, supe que lo había hecho. Sus ojos, reflejaron, primero, la sorpresa, para dejar paso después al más puro deseo.
La besé con urgencia y me moví con ritmo dentro de ella, y mi ángel se adaptó al mismo; moviendo sus caderas al compás de las mías.
Al ser inexperto en estos temas, y dado que la opinión de Bella no se hacía notar, no sabía si lo estaba haciendo bien. Aun así, el instinto volvió a dominarme, disipando las dudas de mi mente. Y, para que me excitase aún más, para incitarme a continuar con aquella locura; Bella clavó sus uñas sobre mis hombros. En esos momentos, no existía ni un solo milímetro de distancia entre ambos cuerpos. Estábamos...pegados.
De pronto, sentí como ella se retorcía de placer entre mis brazos. "Ya falta poco..." pensé. Aumenté el ritmo, seguro de que faltaba muy poco para que llegásemos los dos juntos al máximo de placer. Segundos después, un gemido prohibido salió de la garganta de Bella, y justo a continuación, otro comenzó a salir de la mía. Para acallar nuestro placer, la besé con profundidad, y entonces, sentí que habíamos alcanzado el tope, que habíamos rozado la gloria con ambos cuerpos. Ahora sé, que ese fue el momento en que estuvimos más cerca del cielo...
