Hey, hey, hey! :)

No, todavía no he desaparecido, ni evaporado ni nada parecido... ¡Sigo por aquí! xDD

Prometí que actualizaría todo lo rápido que me fuera posible y, como tampoco controlo mucho el número de lectores (son lo que tienen las idas y venidas de FF), pues a eso voy.

Pero antes de nada, me gustaría comentar una cosilla:

Cada día veo más gente que agrega Under the stars of Silver y Secrets of my Soul a favoritos, o a alerts. Y como parece que mi intento de poner el enlace a mi perfil en mi actualización anterior no funcionó, lo anuncio por aquí: esas historias han sido cerradas y, posteriormente, serán eliminadas.

¿Mis razones? En mi perfil;]

Opiniones, quejas, etcetc... PM.

En fin, cambiando de tema... He visto por ahí algunas teorías sobre quién sería la misteriosa persona que le rompió el corazón a Bella.

Pues bueno, si no me equivoco, muy muy pronto sabréis de quién se trata.

Solo os digo que, si os imaginabais a esa persona mala, preparáos, porque es peor... Muahahaha!

Para compensar la poca extensión del capi anterior, os traigo este que es bastante más largo;)

Una vez más, miles de gracias a todos los que habéis comentado y habéis agregado la historia a favoritos. Sois unos soles enormes:)

Cap. 18 Los Swan

Cuando desperté era de día. Inexplicablemente, varios rayos de sol se colaban por mi ventana. ¡Sol! ¡Sol en Forks! Desde que había conocido a Bella, veía más el sol, me honraba con su visita. Lo cual me reconfortaba notablemente.

Abrí los ojos, lentamente, habituándome a la luz.

-Buenos días...-murmuró una voz a mis espaldas. Bella, tan espectacular como siempre, se hallaba sentada en el sillón negro de cuero que había en una esquina de la habitación.- ¿Has dormido bien?

-Sí. –respondí, ya despierto del todo.

-Me alegro, porque tengo planes para hoy...-comentó con una sonrisa.

-¿Planes? –me incorporé en la cama, y me quité la sábana de encima.

-¿Qué te parecería conocer a mi familia? –inquirió. Se notaba a la larga cuanta ilusión le hacía la idea.

-Bueno...-murmuré con voz ronca.- Ya los conozco del instituto.

Esbozó una sonrisa suplicante.

- Pero no conoces a mis padres. –contestó entusiasmada. Me había pillado. No tenía escapatoria alguna.- Reneé estará encantada de verte.

Agaché la cabeza y suspiré resignado.

-De acuerdo. –acepté, y me levanté del todo, apoyando mis pies sobre el suelo. Me fijé más en Bella, que me miraba con felicidad.- ¿Has pasado toda la noche aquí?

-No. – respondió.- Quería cambiarme de ropa, y dudo que tu ropa me sirviese...

Reí y me acerqué a besarla.

-No importa. –le susurré al oído.- Así estás mucho más guapa.

Volvió a sonreírme de forma encantadora. La observé con más detenimiento. Había sustituido el chándal por un vestido negro de amplio escote con un cinturón en la cintura que realzaba su figura, haciéndola aún más apetecible. Y ¡Qué decir de los zapatos! Las modestas deportivas del día anterior se habían convertido ahora en dos zapatos negros de tacón con la puntera redondeada. Estaba perfecta...

-¿Jasper y Emmet te dejan salir así de casa? –le pregunté, colocando mis manos en sus caderas.

-No siempre...-contestó poniendo los ojos en blanco.- Y no lo entiendo. Porque Alice y Rosalie llevan camisetas con mucho más escote y sus faldas parecen más tangas que otra cosa.

Reí inevitablemente. Me hacía gracia como hablaba Bella de Jasper y Emmet.

-Bueno, siento decirlo pero...-comenté.- A partir de ahora, voy a ser yo el que te encierre en casa si pretendes salir a la calle así de apetecible.

Sus ojos brillaron con excitación.

-No me digas -murmuró.- Mmm...No creo que puedas hacer mucho para impedirlo.

La miré con perspicacia.

-Te advierto que tengo un arma secreta. –la previne.

-¿Sí? ¿Y puedo saber de qué se trata? –inquirió, curiosa, para después enredar sus dedos en mi pelo.

Lentamente, y con una sonrisa traviesa grabada en el rostro, posé mis labios sobre los suyos. De nuevo, ambos nos sumergimos en las profundidades de un lago lleno de sentimientos.

-¿Aún quieres salir? –le pregunté arqueando una ceja.

Fingió meditar la respuesta y después añadió:

- No, creo que te harán falta muchos más de esos para obligarme a quedarme en casa.

- Como quieras. – consentí. - Tenemos todo el día...

Una risa cantarina y adorable salió de su boca, pero antes de que pudiese hacer nada para detenerla, ella ya estaba en la puerta, mirándome con una sonrisa traviesa.

-Tal vez esta noche...-dejó caer.- Ahora quiero que conozcas a mi familia.

Exhalé un suspiro resignado, estaba seguro de que no podría hacer nada para impedirlo. Cuando quería, Bella era realmente terca. La razón por la cual no quería ir a casa de los Swan era muy sencilla: Me daba miedo que me rechazaran. Jasper y Emmet se habían mostrado muy de acuerdo en que yo saliese con Bella, aunque Emmet estaba más de acuerdo en lo que al sexo se refería. Me pregunté por qué sería... Aunque no me costó mucho entenderlo, pues un segundo después, apareció en mi mente la imagen aterrada de Emmet y Jasper cuando Bella los amenazó en el instituto. Pero ¿Y Rosalie, Alice, Reneé y Charlie? Ya tenía asumido que por parte de Rosalie no habría gran cosa, más bien nada, a no ser que se tratase de una profunda mirada de desprecio. Aquella situación me ponía nervioso.

Al contrario que muchos tíos, supe qué ropa era la apropiada para aquella ocasión. Saqué del armario una camisa negra y unos pantalones vaqueros. Inspiré aire profundamente y comencé a vestirme.

Cuando bajé al salón, Bella se hallaba mirando con expresión dulce cada una de las fotos que había encima de la chimenea de Esme. Enrojecí de inmediato. Aquellas fotos eran mías. Todos los años le mandaba varias fotos a Esme, y ella las recibía con alegría. Le encantaba ver como había ido creciendo su "Eddie". Entre aquellos recuerdos instantáneos había una foto que, sabía, a Esme le encantaba. En esa en particular, salía yo, sentado en una roca, en pantalón corto y sin camiseta, en la playa. Recuerdo que fue Teo quien hizo la foto... ¡Había pasado tanto tiempo de aquello!

-¿Absorta al contemplar mi belleza? –bromeé acercándome por detrás y besando su cuello.

-Podría decirse que sí...-contestó con voz tenue.- ¿Quién es ella?

Bella señaló a una joven de cabellos castaño claro y ojos color chocolate, cuya mirada era inusualmente fría y penetrante, abrazándome por detrás y sonriendo ampliamente a la cámara, mientras yo reía ante lo cómico de la situación.

- Se llamaba Andrea. – contesté. - Hace dos años, ella se vino a vivir con Carlisle y conmigo a Phoenix un año. Vino a aprender inglés, era española.

-¿Qué pasó con ella? –inquirió mi novia arqueando una ceja.

La miré confundido. ¿Eran imaginaciones mías o Bella estaba celosa?

-Volvió a España hace un año...-contesté, sin saber muy bien a donde quería llegar.

Asintió y caminó hasta la puerta principal.

-¿Nos vamos? –preguntó con una falsa sonrisa.

-Claro...-contesté con un suspiro.

Eché un último vistazo a la foto que había despertado aquellas emociones en Bella. Ciertamente, Andrea siempre había sido muy guapa.Y sus ojos, esos ojos... El que dijo que los ojos eran el espejo del alma no se equivocó. Los ojos de Andrea eran el espejo de su ser. Si su estado de ánimo variaba, la oscuridad de sus ojos lo hacía también. Podía hacer que te derritieras con solo una mirada, y lo comprobé durante su estancia en Phoenix; pues, cuando paseábamos por la calle, muchos chicos se quedaban plantados en la calle, con la boca abierta y la baba colgando. Reconozco que, en un primer momento, me volví loco por ella; pero nunca llegó a más, pues ella me confesó que tenía novio, y yo no quise entrometerme en su relación.

Me apresuré a salir de la casa y seguir a Bella hasta el coche. Me introduje en el asiento del copiloto para dejarla conducir e intentar quitarle el enfado. Hice bien, este disminuyó, aunque solo un poco...

- Era muy guapa -dijo de repente.

La miré a los ojos enarcando una ceja.

- Si lo que quieres saber es si pasó algo entre nosotros... La respuesta es no. –contesté.- Y creo que no tengo que darte explicaciones, porque tu aún no me has hablado de ese misterioso chico que te hizo tanto daño.

Una sombra de dolor cruzó su cara, pero de su boca no salió ninguna palabra. Se limitó a fruncir los labios y mirar fijamente la carretera.

-¿Qué es lo que te molesta, Bella? –pregunté tras inspirar profundamente.

-¿Molestarme? No me molesta nada, Edward...-repuso sin ni siquiera mirarme.- Tan solo es que no me habías dicho nada y bueno, eso sí me parece injusto.

-¡¿Injusto? –casi grité yo.- Tu lo sabes prácticamente todo sobre mí y mi pasado. En cambio, yo apenas sé algo sobre el tuyo... ¿Te parece eso injusto?

-Tal vez injusto no sea la palabra adecuada...-se retractó.- En realidad, sí me molesta que no me lo contases antes.

-Bella, te recuerdo que yo no sé lo que piensas. No sé lo que quieres saber de mí. Y si quieres saberlo, más te vale preguntarme -repliqué seriamente.

Suspiró, para murmurar a continuación:

-Lo siento...

Sonreí complacido. Era agradable "ganar" la discusión por una vez.

-No te preocupes -contesté, y observé con detenimiento a la espléndida mansión que se alzaba, imponente, ante nosotros.

Mis ojos estaban a punto de salirse de sus órbitas. Una gran mansión de color blanco se alzaba ante nosotros, imponente. Entendía que, en su condición de familia numerosa y adinerada, su casa fuese tan espectacular.

Rectangular y bien proporcionada, constaba de tres pisos y con un porche saliendo del primero. Desde nuestra posición, podía oírse el murmullo pacífico de un río cercano. Era un lugar bonito y atemporal.

Respecto al exterior… No podía decirse que la mansión tuviese un jardín, pues estaba plenamente rodeada de bosque. Aunque cabía destacar que seis cedros la rodeaban con sus enormes ramas, las cuales dejaban en sombra a la propia casa.

-¿Te gusta? –inquirió Bella de pronto, sacándome por completo de mi ensimismamiento.

-Eh…Sí, es preciosa. –Pude responder.- Y también enorme.

Bella me dedicó una media sonrisa.

-Bueno, si tienes en cuenta que somos siete en la familia, ocho contando contigo; el tamaño no es tan exagerado…-repuso aún sonriente. Me sentí algo cohibido cuando me mencionó como futuro miembro de su familia.

-Supongo que sí. –respondí haciendo una pausa. De repente me percaté de que no sabía si Rosalie estaría en la casa. De ser así, tenía mis dudas respecto a si saldría vivo de allí. Por lo que había dicho Bella, Rosalie era como una bomba de relojería. Constantemente activa. Me quedé mirando la imponente residencia de mi novia con fijeza. Aquello parecía un sueño…Y al mismo tiempo, en algunos aspectos, parecía ser otra cosa completamente diferente. Y, desgraciadamente, Rosalie era uno de esos aspectos…

-¿Qué te ocurre, Edward? –me preguntó Bella con voz suave y aterciopelada.

-Nada…-murmuré intentando parecer convincente.

Ella se limitó a mirarme fijamente a los ojos y a exhalar un suspiro.

-Edward, sé que les vas a encantar. –Me dijo, cautivándome con sus brillantes ojos dorados.- Es más. Fueron ellos los que me rogaron que te trajera a casa para conocerte…

-Pero, ¿y Rosalie? –Inquirí cortándola.- Ella no opina lo mismo al respecto. Y lo último que deseo es veros enfrentadas por mi causa…

Bella no contestó de inmediato. Meditó la respuesta, escogiendo con precisión las palabras adecuadas para, suponía, explicarme una vez más que yo no tenía la culpa.

-No te voy a negar que no eres del agrado de Rosalie. –Respondió, seria.- Pero, a decir verdad, pocas personas lo son. Su grupo de compañía es muy selecto. Además, Edward, no puedo esperar que la entiendas porque no sabes cómo es ella.

-¿Cómo es ella? –inquirí, inconscientemente. Me intrigaba la forma en la que actuaba y analizaba las cosas.

-Desconfiada. Es su rasgo más característico. No se fía de la gente con facilidad, Edward; y, créeme, tiene razones de sobra para hacerlo. A mi modo de ver, la desconfianza que ahora siente es perfectamente comprensible, aunque no excusable. Aunque te cueste creerme, Rosalie ha sufrido mucho. Tenlo en cuenta a la hora de juzgar sus actos…

-¡¿Ahora te pones de su parte? –exclamé, cada vez más confuso y un poco cabreado.

-¡No! –Se apresuró a negar.- Solo te pido que le des una oportunidad. Lo mismo que le pedí a ella, te lo pido a ti.

-Puedes contar con que no la trataré mal. Lo que piense de ella, ya es otra cosa…Aun así, intentaré controlar mis pensamientos. –respondí con una sonrisa.

Bella me miró de forma que no pude evitar derretirme. Sin previo aviso, y para su sorpresa, deslicé una de mis manos hasta su nuca y, suavemente, la atraje hacia mí. Como era de esperar, ella no se resistió y se dejó llevar por mí. Segundos después, mis labios volvían a jugar con los suyos, haciéndonos sentir sensaciones insospechadas…

Cuando nos separábamos, ambos jadeábamos. Le sonreí con cariño y le acaricié la mejilla con suavidad.

- Será mejor que entremos, Alice debe de estar hecha un manojo de nervios. –comentó haciendo una mueca.

Reí mientras salía del coche al mismo tiempo que Bella. Conforme caminábamos hasta el porche, sentí que un nudo comenzaba a crearse en mi garganta. Bella cogió mi mano para infundirme ánimos.

- Tranquilo, todo va a salir bien. –me susurró al oído, provocando que me estremeciera de placer. Exhalé un suspiro y, justo después, Bella llamó al timbre. Lo que vi a continuación me dejó sin palabras…

Una joven de pelo color caramelo, facciones finas y cara en forma de corazón me abrió la puerta a la que más tarde, yo daría el nombre de la mansión Swan. Por eliminación, deduje que aquella preciosa mujer que no aparentaba más de veinticinco años y me miraba con una sonrisa entusiasta en el rostro era Reneé Swan.

- Edward, te presento a mi madre: Reneé. – nos presentó con una gran sonrisa.

Reneé se adelantó a mi reacción y me dio dos sendos besos en las mejillas. El contacto de su piel helada con la mía hizo que me estremeciera; una reacción ante la que ella sonrió con dulzura.

- Encantada. – dijo mirándome fijamente.

- Igualmente. – susurré en un intento de deshacerme de los repentinos nervios que me acechaban. – Es un placer conocerla, señora Swan.

- ¡Oh! ¡No me llames señora Swan, Edward! – protestó con voz infantil. – Me haces sentir más vieja de lo que ya soy… Llámame Reneé, por favor.

- Reneé, entonces. – respondí esbozando una amplia sonrisa. Era muy fácil ser uno mismo cerca de los Swan. De ellos emanaba una tranquilidad antinatural, pero que sentaba realmente bien.

Me quedé mirando a Reneé con curiosidad. Era una mujer muy bella, con un cuerpo de infarto, como el de todas sus hijas. Sus ojos eran terriblemente hermosos y te transmitían todo lo que sentía en realidad. Lo que más me gustó de ella fue su carácter despreocupado y juvenil. Era muy reconfortante el saber que había alguien medianamente humano en la familia Swan.

- Pasa. – me invitó a entrar con voz dulce y cantarina.

No pude evitar fijarme en el enorme recibidor que, probablemente, en un principio habían sido varias habitaciones de las que se han demolido las paredes para hacer un solo habitáculo más grande.

La pared del fondo era totalmente de cristal, de cara al río. Esto incrementaba la sensación de espacio de la habitación, así como el color de los muebles: las paredes de techo alto, el suelo de madera y las finas alfombras eran todas de distintos tonos de blanco.

Aún así, por seguridad, había un teclado que activaba unas enormes compuertas metálicas que sellaban la pared de cristal.
Tras la puerta principal, a la izquierda, había una elevación del suelo. Tras ella había otra puerta que ignoraba a dónde daba. A la derecha de la estancia, se encontraba el salón. En él había unos sofás alrededor de una gran televisión. El espacio restante estaba ocupado por unas cuantas sillas.

También a la derecha, había otra puerta. Colocada justo detrás de unas inmensas y anchas escaleras de madera suave pulida.

Las palabras de Bella me sacaron de mis pensamientos.

- A Charlie ya lo conoces. – me comentó cuando su padre apareció en la estancia al lado de Reneé.

En el hospital no había tenido la oportunidad de examinarlo con toda la atención que alguien como él se merecía. Su pelo castaño, rizado y brillante sería la envidia de cualquier hombre; al igual que su escultural cuerpo. Tenía la sensación de estar ante una estrella de cine…

- ¿Cómo estás, Edward? – me dijo a modo de saludo, al mismo tiempo que me tendía la mano para que se la estrechara. – Es un placer volver a verte.

- El placer es mío, señor Swan. – repuse con una tímida sonrisa, al tiempo que le estrechaba la mano con fuerza.

Justo después, se oyó un leve murmullo que cesó cuando Alice, Emmet, Rosalie y Jasper Swan aparecieron en la estancia, todos ellos con ropa de calle y con una gran sonrisa. Aunque lo de Rosalie no era una sonrisa propiamente dicha, sino más bien una mueca.

- Hola, Edward. – me saludaron Emmet y Jasper al unísono. Ambos se acercaron, y el primero de ellos me rodeó los hombros con uno de sus musculosos brazos de hierro al tiempo que me hacía un guiño. Yo le sonreí de forma amistosa, y pude ver como Bella arqueaba una ceja para después sonreír de pura felicidad.

Jasper se mantuvo a una distancia prudente y me miró con una sonrisa triste a modo de disculpa por no poder hacer lo que Emmet.

Alice se acercó a mí y me abrazó. Pronto mis mejillas se tiñeron de rojo y Bella no pudo evitar dejar escapar una risita.

- Me alegro de conocerte personalmente, Edward. – me susurró. – Es un placer tenerte entre nosotros.

- Vaya, gracias… Alice. – respondí más colorado que un tomate.

- No las merecen. – repuso con voz cantarina y dulce.

Sonreí agradecido por su cordialidad y, sin poder evitarlo, clavé mis ojos en la imponente hermana de Bella: Rosalie. Me dolían los ojos de tan solo mirarla. No podía evitar pensar que Rosalie era la mala de esta historia. Su belleza era exuberante, de eso no me cabía la menor duda, pero aun así, no entendía cómo podía odiarme tanto. Sí, tal vez yo fuese un intruso en la vida secreta de su familia, y también era un constante peligro para su supervivencia; pero no comprendía la razón por la que no podíamos hablarnos de una forma educada y correcta.

No pretendía ser su amigo, pero tampoco quería llevarme mal con ella dadas las circunstancias.

La vampiresa me dirigió una mirada feroz, hasta el punto en que casi me intimidó su actitud. Bella se percató de la situación y gruñó por lo bajo, advirtiéndole de que no estaba siendo justa conmigo.

Rosalie le miró con una frialdad y un desprecio inhumanos.

- No me lo reproches, Bella. – le espetó con voz cortante, y, antes de darse la vuelta añadió: - La culpa de esto es solo tuya.

Bella suspiró apesadumbrada. Sus ojos denotaban lo que su rostro impertérrito se esforzaba por esconder. Sabía que su hermana se estaba comportando de mala manera, pero también era consciente de que Rosalie tenía en parte razón.

- Lo siento, Edward. – se disculpó con voz ronca. – Ya sabes cómo es…

Sonreí levemente y eso bastó para hacerle recobrar la alegría que, debido al pequeño incidente con Rosalie, había perdido.

- Bueno, olvidemos a Rosalie por un rato y centrémonos en la casa. – se apresuró a decir con una gran sonrisa. - ¿Te gusta?

- Ya te he dicho que es magnífica, Bella. – le respondí en el mismo tono alegre.

Ella me dedicó una de sus deslumbrantes sonrisas y me cogió de la mano. Aquel pequeño gesto de cariño provocó que me ruborizara. Estábamos delante de su familia, y a mi me daba bastante vergüenza. Sin embargo, mis sentimientos cambiaron al percatarme de que el brazo de Emmet ya no rodeaba mis hombros y Alice tampoco estaba a mi lado. Todos y cada uno de ellos habían desaparecido de la estancia.

- ¿Y tu familia? – inquirí sobresaltado.

- Supongo que, sutilmente, han decidido dejarnos un poco de intimidad. – repuso acercándose a mí.

- Veo que saben cuando desaparecer… - repliqué cogiéndola por la cintura y apretándola contra mí.

Aquel comentario provocó una risa armoniosa en Bella, que me miró de forma intensa apenas unos segudos antes de besarme. Cuando nos separamos, ambos teníamos una sonrisa de bobos grabada en el rostro.

- Vamos, quiero enseñarte la casa. – me dijo con voz dulce, y tiró de mí escaleras arriba.

Llegamos al primer piso. Ante mí se abría un largo y ancho pasillo de paredes color miel.

- En este piso están las de Emmet y Rosalie, Alice y el despacho de Charlie. – me explicó. - ¿Querrías conocer la historia de la familia?

Me quedé mirándola un poco confuso. No le gustaba hablar de su pasado, Bella me lo había dejado bien claro desde que nuestra amistad comenzó.

- Claro. – respondí excitado.

Bella sonrió y caminó hasta la primera puerta a la derecha del pasillo. A continuación, llamó suavemente a la puerta y oímos un "Adelante" procedente del interior de la estancia.

Bella me dedicó una dulce sonrisa y abrió la puerta, tirando de mí hasta el fondo de la habitación. Mis ojos casi se salieron de sus órbitas.

Para mi sorpresa, aquella habitación era un despacho con biblioteca integrada. Grande y espacioso, iluminado por dos amplios ventanales que hacían de pared central. El suelo era de madera de roble, y las paredes estaban pintadas en un suave color crema, dándole a la habitación un toque antiguo y conservador. Olía a lluvia mojada.

Me llamó la atención la cantidad de fotos y cuadros que había colgados en las paredes. Todos mostraban al mismo Charlie joven y apuesto, el mismo al que yo tenía a escasos metros. Sin poder evitarlo, me acerqué a una foto en especial. En ella había retratados tres hombres de diferentes facciones y complexiones, aun así, todos eran portadores de una indudable belleza.

Supuse, por el color de sus ojos, de un rojo intenso; que se trataba de tres vampiros. Los tres estaban apoyados de manera despreocupada sobre una pared blanquecina.

El primer vampiro, situado a la derecha, tenía el pelo negro y corto, y posaba con una sonrisa cordial. Era alto y extremadamente pálido, por no hablar de su extrema delgadez. Todos aquellos rasgos tan simétricos lo hacían extremadamente perfecto, pero también inhumano.

El individuo del centro y cuyo rostro no parecía denotar ninguna emoción, tenía, por el contrario, el pelo blanco y corto. La mirada extremadamente gélida que dirigía a la cámara te hacía estremecer. Estaba apoyado sobre la blanca pared que había detrás de ellos.

El más alto y esbelto de ellos miraba el cielo nocturno sumido en sus pensamientos. Buena parte de su rostro estaba bañada por la luz de la bellísima luna que hubo la noche en la que se los retrató, lo que le daba un aspecto aún más enigmático. Su pelo era negro, de aspecto sedoso y muy largo.

- ¿Quiénes son? – inquirí con voz entrecortada.

Charlie sonrió y se colocó a mi lado.

- Unos amigos. – respondió y acercó una mano a la foto para ir identificando a cada uno de ellos. - Marco, Cayo y Aro.

- Los mecenas nocturnos de las artes - intervino Bella por primera vez desde que estábamos allí.

Charlie dirigió una larga mirada al retrato y a cada uno de los vampiros.

- Hace tanto que no los veo… - murmuró con un suspiro, y apartó su mirada de la foto para fijarla en mí. - Y bien, Edward… ¿Qué es lo que quieres saber?

- Bueno, a mí siempre me ha gustado la historia… - balbuceé. No sabía con exactitud que quería saber, simplemente, quería. – Y está claro que usted sabe mucho sobre esta… - comenté señalando algunos de los objetos que decoraban la habitación.

Charlie estalló en una sonora risotada.

- Bien, empecemos por el principio… - convino mirándome con fijeza. – Nací en Londres, calculo que sobre el año mil novecientos cuarenta… Mi padre era un pastor anglicano y era extremadamente creyente en cuanto a lo que nuestra religión se refería. Tanto era así que lideró numerosas revueltas en contra del diablo… Esta fe ciega le llevó a acabar con miles de personas inocentes, pero a él parecía no importarle. Y aunque intenté persuadirle en múltiples ocasiones, mi padre nunca cesó la caza.

Para él, el diablo podía manifestarse de muchas maneras. Brujas, hombres-lobo y vampiros eran algunos de los muchos seres que mi padre perseguía en un intento vano de acabar con el diablo… Debes entender, Edward, que por aquel entonces, todos estos seres vagaban con total libertad por el mundo. Había cientos de miles de vampiros en los que antes sí que se creía.

La evolución del mundo hizo que el ser humano perdiese la fe. No solo en las identidades divinas, sino también en el diablo y en el mal. Actualmente, hay poca gente que crea en estas cosas, pero son esas personas las que tienen menos posibilidades de perecer cuando, fortuitamente, se encuentran con uno de nosotros…

Charlie hizo una pausa y me miró con curiosidad, casi de forma expectante. Ni siquiera pude murmurar unas simples palabras. Me había fascinado con sus palabras y su voz aterciopelada me había sumergido por completo en la historia que el narraba. Su historia.

Sonrió con satisfacción al comprobar que seguía allí, pero que mi mente había vislumbrado por unos instantes, la imagen, la vida y los tiempos que él intentaba reconstruir en su memoria para mí.

- ¿Por dónde iba? – inquirió como si por un segundo hubiese perdido el hilo de lo que trataba de narrar. - ¡Ah sí! Pues bien, llegó un momento en que, más por miedo que por fe, me uní a sus cazas. Al ser más joven que la mayoría de los integrantes de los grupos, pronto destaqué por mis capacidades físicas, y, en un determinado momento, mentales.

Mi padre se sentía muy orgulloso de mí, y yo estaba contento de poder satisfacerlo en alguna cosa. Una vez, cuando yo tenía veintitrés años, salimos de caza. Íbamos en busca de un reducido grupo de lo que yo sabía con certeza, eran vampiros.

Los había descubierto algunos días antes en las alcantarillas de la zona este de la ciudad, y aquella noche, había vuelto para acabar con ellos. Entre todos, pusimos una trampa y funcionó, aunque no del todo… Uno de ellos escapó, y fui lo suficientemente imbécil como para correr tras él para intentar atraparlo. Debía de estar muy hambriento, porque en cuanto percibió mi olor se abalanzó sobre mí y me mordió…

Después, huyó sin preocuparse, como cabía esperar, de mi destino. Fui incapaz de levantarme y me quedé tirado en el suelo, retorciéndome de dolor. Me arrastré como pude hasta unos escombros y me oculté allí por si alguien intentaba localizarme.

Pasé tres días allí, y para cuando me sentí con fuerzas para levantarme, me di cuenta de en lo que me había convertido. Un vampiro.

Los días pasaron y yo no fui capaz de salir de allí. Me daban miedo las reacciones de la gente, lo que pensarían de mí. Estaba seguro de que intentarían matarme por lo que era ahora. Pronto, una idea macabra se apoderó de mí: acabar con mi vida para no lastimar a nadie. En un principio, intenté ahogarme en las aguas de la cloaca, pero pronto descubrí que podía aguantar sin oxígeno durante un tiempo indefinido…

Finalmente, me decidí a salir de allí para probar otros métodos. Todos resultaron nefastos. Nunca conseguí, ni siquiera, lastimarme. Pensé que todo estaba a acabado.

Me negaba a tomar la vida de la gente que, durante años, había convivido conmigo en paz. Por eso, me decidí a llevar a cabo una especie de "huelga de hambre". Me escondí en las montañas y me limité a pasear, sin acercarme lo más mínimo a las zonas en las que podía haber humanos. Cada vez estaba más débil, y por eso, albergaba la esperanza de poder morir, aunque pronto me di cuenta de que no sería así, y que lo únio que estaba haciendo era debilitar mi fuerza de voluntad. Una noche, una manada de ciervos se acercó hasta la cueva donde yo estaba. Fui incapaz de controlarme y me lancé contra algunos de ellos.

Al principió, me odié a mí mismo por haber cometido semejante atrocidad. Pero luego comprendí que tan solo había acabado con su vida de un modo un poco más horrendo a como lo hubiese hecho un carnicero.

Durante meses, me alimenté solamente de los animales salvajes que habitaban la zona. Y puse a prueba mi autocontrol con resultados muy satisfactorios. Finalmente, me decidí a acercarme a los humanos, prometiéndome a mí mismo que, si fracasaba, no volvería a rondar cerca de ellos. Conseguí abstenerme de morderlos y poco a poco, comencé a confiar de nuevo en mí mismo…

Su relato se vio interrumpido por un molesto pitido proveniente del bolsillo derecho de su pantalón. Charlie sacó un pequeño aparato azul y lo miró con gesto crítico. Finalmente, y con un suspiro, se dirigió a mí.

- Lo siento, Edward. – se disculpó. – Me necesitan en el hospital, parece que es grave…

- No pasa nada, Charlie. – repuse con una gran sonrisa de agradecimiento, aunque en realidad me moría por escuchar más de su historia. – Otra vez será…

- Gracias por comprenderlo. – dijo y mientras cogía el abrigo, añadió: - ¿Por qué no le cuentas el resto tú, Bella?

Me sobresalté cuando nombró a la joven. Con todo aquel barullo de información y datos, casi me había olvidado de Bella. Le sonreí con dulzura y ella me miró con intensidad al tiempo que respondía a la propuesta de Charlie.

- Claro, papá. – dijo con una gran sonrisa, y se acercó a él para darle dos sendos besos en las mejillas. – Cuídate.

- Vosotros también. – respondió el doctor Swan, y desapareció.

- Estáis muy unidos ¿no? – comenté, envidiando la sinceridad y el cariño con el que se trataban Bella y su padre.

- Sí. – respondió ella mientras se acercaba a mí con pasos elegantes. – Charlie siempre me ha demostrado lo mucho que me aprecia y lo que yo significo para él. Y jamás me ha dado la espalda, y eso que ha tenido miles de ocasiones para hacerlo sin temor a reproches…

- ¿Tan mala eras antes? – inquirí divertido, y con curiosidad también.

Bella me sonrió de forma pícara.

- Y lo sigo siendo… - repuso con una sonrisa encantadora.

Aquel gesto por su parte provocó que me quedase momentáneamente sin aliento, y, por descontado, la risa cantarina de Bella.

- Bueno, ¿por dónde íbamos? – inquirió, fingiendo que había perdido el hilo de la historia. – Pues bien, como Charlie bien te decía, poco a poco, volvió a confiar en sí mismo. Durante algunos años siguió paseando por el pueblo que le había demostrado que podía volver a ser él, mas pronto se percató de que su aspecto, siempre alegre y juvenil, llamaba demasiado la atención entre sus conocidos.

Por este motivo, decidió no quedarse demasiado tiempo en ninguna parte. No era seguro y prefería no correr riesgos. Viajó por gran parte del mundo, observando cada obra de arte, cada antigüedad. Para él, un vampiro capaz de controlar su sed, ya no había límites. Estudió Bellas Artes y Medicina, pues su pasión era, y sigue siendo, salvar la vida de tantos como le sea posible.

Finalmente, llegó a Italia. Allí conoció a una familia de vampiros muy especial: Los Vulturis. Aro, Marco y Cayo eran, y siguen siendo, los patriarcas de esta familia de vampiros, la cual, aumenta conforme pasan los años.

Debes saber, Edward, que estos vampiros no son como nosotros. Ellos se alimentan de seres humanos, y no sienten remordimientos, pues lo consideran perfectamente natural.

Charlie vivió con ellos durante varios años, y se hizo muy amigo de Aro. Finalmente, Charlie abandonó a los Vulturis, incapaz de seguir su sanguinario modo de vida.

Estos lamentaron mucho su marcha, pero le dejaron un recuerdo...

Bella ladeó la cabeza en dirección al cuadro que había llamado mi atención desde el principio.

- ¿Así que ellos son los Vulturi? – inquirí, y no pude evitar que mi voz sonase fascinada.

- Sí, son ellos. – respondió Bella. – Pero, no son tan amigables como parece… Detestan a la raza humana, pues han vivido épocas muy distintas, y todas muy dolorosas.

- Entiendo… - murmuré. - ¿Y qué pasó después? – añadí, deseoso de saber más.

Bella sonrió con presteza ante mi enorme curiosidad por conocer la historia de su familia.

- Después, vino a América. Encontró a Reneé al poco de llegar aquí; se había tirado de un acantilado. Posteriormente, Charlie la convirtió. Como ya debes suponer, se enamoraron. La verdad es que aprecio el esfuerzo mutuo que ambos ponen en su relación.

Varios años más tarde, me encontraron a mí. El resto de la historia ya la conoces, después llegó Rosalie, luego Emmet; y por último, Alice y Jasper.

- La historia de Charlie es… impresionante. – pude murmurar lleno de asombro y con la boca ligeramente abierta.

- La verdad es que sí. Mi meta siempre ha sido llegar a ser como Charlie en lo que al autocontrol se refiere. La verdad es que lo envidio, pero el que algo quiere, algo le cuesta… Y yo aún no he pagado ese precio.

No había entendido muy bien sus palabras, pero pillé lo suficiente como para saber que debía consolarla. Me acerqué a ella y la abracé por detrás.

- Lo conseguirás, Bella. – le susurré al oído. – Además, me tienes a mí como experimento.

Aquel comentario la animó y comenzó a reírse.

- No, Edward… - repuso con voz calmada. – Tú eres más que un experimento. Eres mi vida, mi Sol, mi Luna. Lo eres todo para mí.

Ante aquella respuesta, posé mis labios sobre su frío cuello y lo besé con dulzura varias veces.

- Tú también lo eres todo para mí, Bella. – le susurré al oído. – No puedo imaginar un mundo en el que no estés a mi lado…

Pude percibir como sonreía y, rápidamente, se daba la vuelta para besarme. Disfruté de aquella muestra de cariño con la misma intensidad que en ocasiones anteriores, bebiendo de aquel beso como si fuese a ser el último.

Cuando nos separamos, ambos jadeábamos. Me miró sonriente y me cogió de la mano.

- Aun tengo que enseñarte una cosa… - me dijo de forma traviesa. Arqueé una ceja y la miré escéptico.

- Dudo que haya algo que aún no haya visto… - contesté en el mismo tono de voz, al tiempo que le acariciaba la mejilla.

- No me refería a eso, pervertido. – susurró a mi oído. A continuación, tiró de mí hasta llevarme fuera de la estancia.

- ¿A qué entonces? – inquirí curioso, mientras la seguía por el pasillo hasta llegar al pie de un nuevo y largo tramo de escaleras.

- Ahora lo verás. – me contestó sonriendo, y tirando nuevamente de mí escaleras arriba.

Las escaleras daban lugar a un amplio y gran pasillo, en el que había multitud de objetos antiguos y fotos de hacía varias décadas. No pude evitar que varias de ellas llamasen mi atención.

- ¿Esos son Emmet y Rosalie? – le pregunté a Bella señalando una fotografía en la que la que la hermana de Bella salía vestida de novia y Emmet con esmoquin.

- Ajá. – respondió cruzándose de brazos. – Creo que esta foto en particular es de su tercera boda…

Me quedé mirándola con la boca abierta.

- ¿Cuántas veces se han casado tus hermanos, Bella? – quise saber.

- Un montón. – repuso sonriente. – Supongo que les hace ilusión. Sobretodo a Rose, quien es la que más disfruta con estas celebraciones…

- ¿Por qué?

- Verás, una maldición pesa sobre las mujeres Swan… - comenzó a decirme. – Somos adictas al "shopping". Como comprenderás, Charlie y Reneé nos tienen vigiladas para que no les arruinemos de por vida… Pero como dicen, el amor lo puede todo. – se detuvo unos segundos antes de añadir: - Rosalie se ha gastado miles de dólares en sus cuatro bodas con el pretexto de que, todas eran ocasiones especiales. Evidentemente, deja pasar unas décadas hasta que Charlie y Reneé recuperan el dinero… Pero en cuanto tenga la ocasión, estoy segura de que nos invitará a su nueva boda.

Me empecé a reír a carcajada limpia.

- El caso es que, además de gastar dinero, también le gusta exhibirse. De ahí que haya tantas fotos y siempre vista de esa manera tan provocativa, que no vulgar. – añadió. – Pero es Rosalie, y la queremos tal y como es.

Sonreí. Entendía que Bella quisiese tanto a Rosalie. Era toda una amiga para ella y que, me gustase o no, solo intentaba proteger a su hermana pequeña. Sentí profundamente no haber comprendido antes su postura, pero tampoco pensaba alejarme de Bella solo porque ella no se fiase…

- Y bueno… ¿Qué era lo que querías enseñarme? – inquirí con una sonrisa.

Ella me correspondió con otra todavía más encantadora y me guió a través del gran pasillo repleto de recuerdos hasta llegar a la última puerta visible.

- Cierra los ojos, Edward. – me ordenó. Obediente como siempre hice lo que me pidió y mis párpados descendieron. Oí como Bella abría la puerta y me susurraba al oído. – Ya puedes abrirlos.

Ante mí apareció una enorme y espaciosa habitación de techos altos y paredes azules claro. Una de las paredes era totalmente de cristal, todavía más impresionante que la del vestíbulo, debajo de la cual, había un pequeño sillón blanco y de apariencia muy cómoda. La luz del mediodía se filtraba por los limpios y amplios cristales, dando de lleno en mi cara, impidiéndome ver mucho más. Bella se mantuvo en un hueco de sombras de la habitación y sonrió.

- ¿Te gusta? – inquirió.

- ¿Que si me gusta? – pregunté boquiabierto. – ¡Es perfecta!

Ella esbozó una suave sonrisa y emergió de las sombras.

- Aunque tengo que admitir que es muy personal… - respondí mientras observaba mejor la estancia.

Una gran cama de dosel y sábanas azules y blancas se hallaba en el lado izquierdo de la habitación, justo en el hueco por el cual no entraba la luz. También había un amplio escritorio de madera de ébano, lleno de papeles y con un portátil.

Lo que más me llamó la atención, fueron la cantidad de estanterías repletas de libros y discos que había en la habitación. Me acerqué a una de ellas y extraje un CD del montón.

- ¿Quiénes son? – quise saber señalando el disco.

- Son Muse. – respondió Bella mientras se acercaba.

- ¿Sí? – inquirí, deseoso de escuchar al grupo que había contestado la parte musical del corazón de Bella.

Bella asintió y me robó el disco de las manos. Rápidamente, lo introdujo en el estéreo y puso el track número seis. Se dio la vuelta y guardó silencio. De repente, el atronador sonido de varias guitarras eléctricas envolvió a la habitación. Realmente, no tocaban nada mal. Aun así, mis pensamientos se quedaron a cero en cuanto escuché la voz acariciadora del cantante.

"It's bugging me, grating me
And twisting me around
Yeah I'm endlessly caving in
And turning inside out

'cause I want it now
I want it now
Give me your heart and your soul
And I'm breaking out
I'm breaking out
Last chance to lose control

It's holding me, morphing me
And forcing me to strive
To be endlessly cold within
And dreaming I'm alive

'cause I want it now
I want it now
Give me your heart and your soul
And I'm not breaking down
I'm breaking out
Last chance to lose control

And want you now
I want you now
I'll feel my heart implode
And I'm breaking out
Escaping now
Feeling my faith erode"

No podía expresar lo que sentía mientras escuchaba la canción. Fue como si la música que emergía del aparato se apoderase de mi alma y nublase mis pensamientos para siempre. La melodía era extremadamente intensa, y la canción, impactante. Pero lo que me hizo decidirme a pensar que este grupo valía millones no fue esta canción, sino lo realista que era. El cantante había sabido expresar en cada palabra todo lo que la canción debía transmitir. Algo que muy pocos grupos conseguían.

- Son… - balbuceé.

- ¿Increíbles? – me sugirió Bella. – Sí, lo sé. Llevo escuchándolos varios años y no puedo dejar de seguirles la pista. Sus canciones son magníficas.

- Totalmente de acuerdo. – admití. – Ya me gustaría a mí cantar así.

Bella rió.

- No te compares, Edward. – repuso. – Ellos llevan años tocando, es su trabajo. Además, no hay comparación, puesto que los tipos de música que componéis son totalmente opuestos.

- Es cierto. – respondí. – Pero tampoco los envidio…

- ¿Por qué? – inquirió curiosa.

- Porque, aunque sean famosos y sus canciones pasen a la historia; habrá algo que nunca podrán tener…

- ¿Qué? – preguntó acercándose a mí.

- A ti. – contesté, y acerqué mi rostro al suyo para volver a besarla.