Heey! :)

Sí, contra todo pronóstico, sigo vivita y coleando:33

Por razones personales que no voy a pararme a comentar (considero que es una pérdida de tiempo), estos dos meses me he ausentado de FFiction. Sé que no es justo para vosotros subiros un capítulo un día y otro a los tres meses, pero considero que los capítulos precisan un mínimo de corrección antes de ser subidos a FF y esa corrección me lleva un tiempo. A veces mucho, otras poco; depende de lo motivada que esté.

En cualquier caso, siento mucho la espera y esta vez sí que sí, os prometo intentar actualizar más seguido.

Noviembre va a ser un mes plagadito de exámenes para mí, pero prometo recompensaros en Diciembre:D

En fin, una vez más, os agradezco en el alma que sigáis interesados en la historia (la autora no le hace justicia, lo sé) y gracias es poco para expresar lo que siento cada vez que veo que alguien ha agregado la historia a favoritos, o a mí como autora, o a las alerts... Pero debo decir que estoy especialmente agradecida a todos aquellos que, capítulo tras capítulo, os molestáis en dejar un comentario. No sabéis la alegría que me llevo cada vez que los leo :)

Y bueno, creo que esto es todo por hoy.

Intentaré subiros el siguiente a mediados de la semana que viene o la siguiente, depende de cómo vaya la cosa.

¡Disfrutad del capítulo!

Cap. 19 El Partido

Ante aquella respuesta, los ojos de Bella relampaguearon de pura emoción. Lentamente, se acercó a mí y me acarició la mejilla con su suave y fría mano.

- Eres el chico más adorable que he conocido jamás, Edward. – me susurró al oído con voz suave y aterciopelada.

Mis labios dibujaron una dulce sonrisa.

- En realidad, no soy nada comparado contigo. – respondí mirándola fijamente a los ojos. – Bella, eres el mejor regalo que me han hecho en la vida.

- Edward, te estás subestimando. – repuso con voz calmada pero seria. – Puedo asegurarte que cualquier chica pagaría millones por tenerte a su lado…

- Pero yo no quiero a cualquier chica. – protesté deslizando una mano hasta su cintura. – Yo te quiero a ti.

Y antes de que ella pudiese articular alguna respuesta coherente y excelentemente razonada, sellé sus labios con un beso intenso y electrizante.

- No tienes remedio. – masculló negando lentamente con la cabeza.

- No. – admití. – Pero creo que esa fue la principal razón que hizo que te enamoraras de mí.

Bella abrió la boca para replicarme, pero la cerró a los pocos segundos.

- Eres un caradura, ¿lo sabías? – dijo acompañada de una suave y musical risa.

- Es parte de mi encanto. – dije echando el pelo hacia atrás.

Ella me miró y exhaló un suspiro exasperado.

- No te pongas así… - protesté fingiéndome el inocente. – ¡Solo era una broma!

En ese momento, oí tres suaves pero claros golpes en la puerta de la habitación. Ambos nos dimos la vuelta para observar a Emmet y Reneé asomados a la habitación y con gesto sonriente.

- Hola chicos. – nos saludó la madre de Bella. – Veníamos a haceros una propuesta…

- Adelante. – los animó Bella, y se apoyó sobre el escritorio.

Emmet entró en la habitación seguido de Reneé y se acercó a mí.

- ¿Qué os parece si vamos a jugar esta tarde al baseball? – propuso el enorme vampiro con una perversa sonrisa. – Alice dice que va a haber tormenta…

- ¡Genial! – exclamó Bella. – Vendrás, ¿no Edward?

- Claro… Aunque, si hoy va a llover, ¿por qué no jugamos otro día? Me ahorraríais un resfriado.

Los tres explotaron en una sonora carcajada.

- No lloverá en el lugar al que vamos a ir… - me explicó Bella. – Pero necesitamos la tormenta para poder jugar.

- ¿Por qué? – inquirí curioso.

- Ya lo verás. – me dijo Emmet con un guiño.

Suspiré resignado. Todo el mundo se esforzaba en ocultarme cosas que seguramente, no tenían ni una mínima importancia.

- Pues bueno, nosotros nos vamos. – dijo Reneé arrastrando a Emmet de la mano. – Vamos a preguntarle a Jasper si quiere venir.

- Sí, ha oído la conversación y está de camino a la habitación… - murmuró Bella con una traviesa sonrisa.

En ese preciso instante, Jasper apareció en el cuarto y nos dirigió una mirada serena a todos.

- Contad conmigo. – dijo esbozando una media sonrisa. – Emmet y yo tenemos que jugar la revancha…

- ¡Es verdad! – exclamó Emmet. – Me veo en la obligación de informarte de que he añadido nuevas técnicas a mi estilo, Jazz.

- No me hagas reír, Emmet. – repuso Jasper cruzándose de brazos. – Siempre tienes nuevas técnicas y siempre acabas perdiendo…

- ¡Blasfemia! – gritó Emmet, y se lanzó contra Jasper en un intento de que este retirara lo dicho. – Retira eso ahora mismo.

- ¡Pero si es verdad! – protestó Jasper inocentemente mientras intentaba quitarse a Emmet de encima.

Reneé se acercó a ellos con un suspiro y los separó en un santiamén, sujetando a ambos con una mano en el pecho.

- Ya basta, chicos. – dijo seriamente la hermosa mujer. – ¡Edward va a pensar que os habéis criado en la selva!

Ante eso y dado que Reneé clavó en ellos una mirada asesina, ambos hermanos callaron.

- Así está mejor… - comentó la mujer con una satisfactoria sonrisa. – Bueno pareja, - añadió mirándonos a ambos. – me los llevo antes de que alguien resulte herido…

Bella rió y miró a su madre con cariño.

- Es única. – suspiró y clavó sus ojos en los míos. – No sé qué sería de mí sin ella…

- Supongo que deberé agradecerle parte de tu carácter a ella ¿no? – inquirí divertido.

- En cierto modo sí. – admitió. – Soy como soy gracias a su dulzura y encanto…

- ¡Alabada sea Reneé! – murmuré divertido mientras miraba el techo y me mordía el labio.

Bella rió.

- ¿De verdad estás dispuesto a venir a jugar al baseball? – inquirió rodeándome la cintura con los brazos.

- Claro. – respondí con una gran sonrisa. – Pero creo que no seré yo quien batee y corra. Sois demasiado rápidos y elegantes como para competir contra vosotros.

Su sonrisa se ensanchó y me besó la mejilla con rapidez.

- Eres tan rematadamente adorable… - suspiró mirándome a los ojos.

- Supongo que se me habrá pegado de ti. – respondí encogiéndome de hombros.

Bella sonrió una vez más y me cogió de la mano.

- Será mejor que te lleve a casa, Edward - comentó mirando la ventana. – Son las dos y todavía no has comido. Necesitas estar en forma para esta tarde.

- Ya te he dicho que no pienso jugar - repuse con voz pausada. – Soy muy malo jugando al baseball.

- Lo que eres es un caradura. – me contestó con presteza y elegancia. – ¡Eres un as de los deportes!

- No, hay uno que se me resiente. Solo uno. Adivínalo.

- El tenis. – respondió rápidamente.

- ¡Aparte de ese! - protesté, en un intento desesperado por no tener que participar.

- Jugarás y punto. – dijo con voz clara y en parte amenazante.

Suspiré y la miré de forma suplicante.

- Por favor - gimoteé. – ¡Apiádate de mí!

Bella se echó a reír, seguramente de la cara que puse, mientras negaba con la cabeza.

- No – dijo de forma tajante. – Quiero verte jugar, me ilusión, Edward.

Exhalé un suspiro de resignación. Comenzaba a ser consciente de que no conseguiría convencerla.

- De acuerdo. – acepté cruzándome de brazos. – Jugaré. ¡Pero sólo una bola!

- Trato hecho. – dijo con una gran sonrisa. – Solo una bola.

Nos quedamos los dos en silencio durante apenas unos segundos, sin nada que decir.

- Será mejor que te lleve a casa, Edward… - comentó por segunda vez en aquel día.

- No tengo hambre, Bella. – repuse con calma.

- Ya lo sé. – respondió acercándose a mí. – Pero no quiero que Esme piense que te he secuestrado…

Esbocé una media sonrisa y, con muchísimo cuidado, tomé su rostro entre mis manos.

- Creo que a Esme no le importará que me secuestres... – le susurré al oído con voz insinuante.

- Puede que tengas razón. – admitió en el mismo tono seductor.

Con extremada lentitud, fui acercando mi rostro al suyo hasta rozar sus labios con los míos. El contacto fue, como en las otras ocasiones, electrizante. Y consiguió dejarme sin oxígeno durante algunos segundos…

- Vamos. – dijo tomándome de la mano y arrastrándome fuera de la habitación.

Descendimos varios pisos, pero no nos cruzamos con nadie en ninguna ocasión. Fue algo que me extrañó profundamente, puesto que la familia de Bella era bastante numerosa…

- ¿Dónde están todos? – inquirí mirando hacia todos lados, en busca de algún Swan.

- Se han ido de caza. – respondió Bella con voz neutra. – No es fácil pasar una tarde contigo, sobretodo para Jasper.

- Vaya - murmuré apesadumbrado.

- No te avergüences, Edward. – repuso Bella al pie de las escaleras del recibidor. – Es lo que hay y punto.

- Podría no haberlo… - respondí mirándola a los ojos.

Bella tardó un poco en comprender a qué se referían mis palabras, y cuando lo hizo, me miró con expresión seria.

- Edward - masculló. – Ya hemos hablado de esto y por ahora…

- ¿Y qué me dices dentro de un tiempo?

- Ya veremos dentro de un tiempo. – me cortó con expresión seria, pero no distante.

Asentí con una suave sonrisa forzada. ¿Por qué se negaba a que pasáramos juntos el resto de la eternidad? Seguramente tendría algo que ver con el alma… Por lo que había leído en algunos libros, cuando alguien era convertido en vampiro, perdía su alma y esta pasaba a ser propiedad del conversor. ¿Ocurriría lo mismo con los vampiros de hoy en día, los de la vida real?

En ese instante, la melodía de un móvil sonó en la estancia. Bella lo cogió con rapidez y lo descolgó.

- ¿Alice? – inquirió para comprobar si su hermana estaba en la otra línea.

Un murmullo apenas audible emergió del teléfono y la cara de Bella se tornó a un color más blanquecino que el habitual.

- De acuerdo. – asintió en respuesta a lo que le había dicho su hermana. – Sí, lo mantendré alejado del pueblo. Gracias, Alice.

- ¿Qué ocurre? – pregunté preocupado por el aspecto de Bella.

- Vamos a tener visita - me comunicó Bella con una fría sonrisa.

- ¿Y eso es malo? – inquirí sin comprender.

- Sí, lo es. – respondió ella con un suspiro. - Los vampiros que van a venir, no son como nosotros, Edward. Ellos beben sangre humana.

- Temes que vengan a por mí ¿me equivoco? – la interrumpí de forma abrupta.

- Exacto. – dijo Bella. – Tu sangre es muy atrayente, Edward. Podrían olerte desde las afueras del pueblo y seguirte… Por eso quiero que vengas a jugar con nosotros esta tarde y te quedes a dormir en casa. Así estarás a salvo.

- ¿Y Esme? – pregunté con la boca seca.

- Tranquilo, Emmet se ha ofrecido a pasar la noche con ella - me respondió con voz acariciadora, intentando calmarme.

- Está bien. – acepté, y aspiré aire para poder respirar mejor.

Bella me miró durante unos segundos, cerciorándose de que me encontraba bien y que no corría el riesgo de sufrir un infarto.

- Vamos. – dijo con voz dulce mientras me acariciaba la mejilla con una mano y volvía a tirar de mí en dirección a la salida.

Caminé detrás de ella sumido en mis pensamientos. Estaban tomando precauciones innecesarias y poniendo demasiada atención en mi persona…

- ¿Cuántos son? – inquirí una vez dentro del coche. De nuevo, Bella se puso en el asiento del conductor, dejándome a mí de copiloto.

Ella me miró con un brillo de recelo en sus ojos dorados.

- Tres. – respondió en un murmullo, fijando la vista en la carretera.

- ¿Tres? – casi grité. – No son muchos.

Bella esbozó una sonrisa divertida.

- Para nosotros no. – admitió poniendo el coche en marcha. – Pero para ti serían demasiados.

- Soy consciente de ello. – repuse con una sonrisa forzada, y me abstuve de contestarle algo inapropiado. Odiaba que me subestimasen. Sobretodo ella.

Sí, sabía que poco era lo que podía hacer contra un vampiro. Pero, ¿acaso no tenía derecho a intentar defenderme?

- No te enfades, Edward. – me suplicó Bella al percatarse de mi enfurruñamiento. – Sabes que solo quiero protegerte.

- Lo sé. – repuse seriamente. – Ése es el problema.

- No te entiendo - murmuró ella. - ¿A qué te refieres?

No respondí. Dejé que un incómodo pero reflexivo silencio se apoderase de mi persona durante algunos minutos.

- ¿No te das cuenta? – inquirí de pronto con la mirada fija en la carretera. – No soy capaz de quedarme de brazos cruzados ante una amenaza como esta, Bella. ¡Quiero ayudar!

- Edward, no puedes - respondió ella con tono exasperado. – No puedes hacer nada contra ninguno de nosotros.

- Eso ya lo sé. – respondí malhumorado. – Pero seguramente existen armas para poder defenderse…

Bella me miró sorprendida por el angustioso rumbo que había tomado nuestra conversación.

- Sí, las hay. – respondió con voz neutra y evitando mirarme a los ojos.

El coche se detuvo frente a mi casa, y Bella apagó el motor.

- Quiero aprender a usar alguna. – dije seriamente y sin apartar mis ojos de los suyos. – No vas a poder protegerme eternamente, Bella.

- Eso último es discutible. - apuntó de forma cortante. – Pero no es buena idea, Edward. Podrías hacerte mucho daño y más aún si no sabes usarlas… Además, es poco probable que intenten atacarte.

- Pero existe esa posibilidad. – repuse. – Y no quiero tener que depender de nadie…

- Edward, esto no es un juego. – casi gritó Bella. – ¡Aquí no existe una vida cero! Si te matan, jamás podrás vengarte. Y sabes que no podría soportar vivir en un mundo en el que tú no existas…

Ante aquello último, me quedé sin argumentos. Totalmente desbancado… Me ablandó que se preocupara tanto por mí. Lentamente, levanté una mano para acariciarle la mejilla. Bella giró el rostro, ocultándose tras las largas y brillantes cortinas de su cabello castaño.

- Mírame. – le pedí con voz ronca. Bella alzó levemente la vista. – Jamás, ¿me escuchas? Jamás dejaré que te pase nada malo.

- Lo harás… - musitó ella con voz áspera, apartando la mirada de nuevo.

- No, no lo haré. – respondí serenamente. – No lucharé, si es lo que quieres.

Ella no dijo nada. Se limitó a lanzarse a mis brazos y a abrazarme.

- Gracias. – me susurró al oído pasados unos minutos.

- Te quiero. – respondí hundiendo mi rostro en su pelo, y dejé que su aroma a flores me embriagase por completo.

- Yotambién a ti. – fue su respuesta, formulada en un tono suave pero nervioso. Se apartó de mí despacio y después clavó sus ojos preocupados en los míos. – Será mejor que entres, Edward. – añadió en un tono más despreocupado y animoso. – Además, deberías presentarme a Esme.

Arqueé una ceja.

- ¿Ésta noche precisamente? – inquirí resoplando.

Bella rió.

- Si no quieres, lo entenderé… - repuso con una media sonrisa. – Pero deberás buscar una excusa mejor para explicarle a tu madre por qué vas a venir a dormir a mi casa y seguro que…

- ¡De acuerdo! ¡De acuerdo! – la corté levantando los brazos. – Se lo diré. ¿Estás contenta?

- Sí, mucho. – respondió, ensanchando aún más su sonrisa.

Me di la vuelta y abrí la puerta, dispuesto a salir del coche sin tener que prometer nada más.

- Toma. – dijo quitando las llaves del contacto y tendiéndomelas cuando hube salido.

- ¿Para qué me las das? – inquirí confuso. - ¿No pensarás volver a casa andando?

Bella sonrió divertida.

- Llegaré antes que si conduzco, Edward… - me explicó mientras abría la puerta y salía fuera del coche. Antes de que me diera cuenta, la tenía a mi lado dándome un beso en la mejilla. – Te pasaré a buscar a las siete ¿vale?

Asentí, y la vi desaparecer a través de los arbustos. Caminé hasta el porche y me di cuenta de que la puerta estaba entreabierta, por lo que supuse que Esme había llegado ya.

- ¿Mamá? – la llamé una vez estuve en el vestíbulo.

- ¿Edward? – me respondió una voz desde el piso de arriba. A continuación, se oyó el pausado sonido de unos tacones sobre la madera y Esme apareció al pie de las escaleras.

- ¿Qué haces aquí tan pronto, mamá? – inquirí mientras colgaba el abrigo en la percha de la entrada.

Ella sonrió y bajó las escaleras de forma pausada.

- Me encontraba un poco mal y me he tomado el día libre. – me explicó. – ¿Y qué hay de ti? ¿Dónde has estado?

Titubeé un poco antes de responder.

- Pues esta mañana me pasé por casa de los Swan… - comenté como quien no quiere la cosa. Mi madre arqueó una ceja y esbozó una sonrisa divertida.

- ¿Y eso? – preguntó. Se notaba desde lejos que ella ya sabía de qué iba la cosa. - ¿No sería para ver a la hija pequeña, verdad?

- ¿Qué? ¿Cómo lo sabes, mamá? – inquirí yo fingiendo sorprenderme.

- No te hagas el tonto. – me reprochó riendo. – Sé de sobras que estás saliendo con Bella Swan.

- ¿Cómo lo sabes? – repetí impacientándome.

- Me lo contó la madre de Jessica Stanley – me explicó. – Deberías haber supuesto que lo iba a saber de todos modos, Edward. No hay secretos en Forks.

Maldije mentalmente a la gallina loca y a la chismosa de su madre. ¿Qué narices les importaba a ellas que yo estuviese saliendo con Bella?

- No te enfades, Edward. – me dijo acariciándome la mejilla. – No merece la pena. Y además, tampoco importa. Me parece bien.

Esbocé una gran sonrisa y la abracé. Agradecí profundamente que Esme no me hiciese las típicas preguntas que una madre hace a su hijo cuando éste sale con su primera chica o que se pusiese a llorar.

- ¿Qué vas a hacer esta tarde? – inquirió apartándose suavemente de mí, pero sin dejar de sonreír. - ¿Te irás por ahí con Bella?

Esbocé una divertida sonrisa y asentí. Aunque Esme no se comportase como lo haría una madre "normal", había rasgos de su carácter que delataban su condición de madre, y esas preguntas en las que adivinaba tus planes, eran parte de ese carácter tan especial.

- Los hermanos de Bella me han invitado a un partido de baseball. – le expliqué. – Pasará a buscarme a las siete.

Mi madre esbozó una gran sonrisa y me miró con entusiasmo.

- Estupendo. – exclamó con ilusión. – Así podré conocerla…

Me la quedé mirando unos segundos, preguntándome si Bella y ella tenían un vínculo mental o algo parecido… ¿Cómo era posible que tuviesen tantas ganas de conocerse?

De ser Bella, jamás hubiese querido conocer a la madre de mi novio…

- No hay quien entienda a las mujeres… - farfullé negando con la cabeza. – Voy a la cocina a prepararme algo para comer ¿vienes?

- No, cariño. – repuso sonriendo. – Yo ya he comido.

- De acuerdo. – dije dándome la vuelta y caminando hasta la puerta de la cocina. – Estaré aquí por si me necesitas.

Esme sonrió y volvió a subir las escaleras en dirección al piso de arriba. Por mi parte, abrí la nevera y comencé a sacar alimentos. Finalmente, y tras acabar con la mitad de las reservas de la cocina, me desplomé sobre el sofá, incapaz de moverme. Miré el reloj de cuco que colgaba de una de las paredes y suspiré. Aún eran las cuatro y media.

Cogí el mando de la tele con desgana e hice zapping durante algún rato. Apagué la tele y subí a mi cuarto a leer. Mientras tanto, oía como Esme repasaba los exámenes de sus alumnos en el estudio, con la música de los Rolling Stones de fondo.

Reí para mis adentros. Detrás de toda esa fachada de mujer adulta, comprensible y dulce, existía una Esme apasionada del rock'n roll, que había crecido escuchando música de grupos tan legendarios como lo eran los Rolling Stones.

Los nervios me jugaron una mala pasada, pues acabé con el libro mucho antes de lo previsto. Para entonces, ya eran las seis, por lo que decidí que ya iba siendo hora de que me cambiase de ropa para ir al partido. Me puse un chándal azul marino y me calcé las deportivas. No entraba dentro de mis planes jugar alguna bola, tal y como le había prometido a Bella. Conseguiría persuadirla de algún modo, estaba convencido.

Absorto en mis pensamientos, no me di cuenta de que habían llamado al timbre hasta que Esme me gritó desde abajo:

- ¡Edward! Ha llegado Bella.

Rápido como un bólido, salí de mi cuarto y bajé las escaleras con parsimonia. Para cuando llegué abajo, ambas mujeres charlaban animadamente. Arqueé una ceja y me las quedé mirando con diversión. Bella fue la primera en reparar en mi presencia y cuando me dirigió su habitual mirada llena de dulzura no pude evitar sonreír.

- Bella, esta es mi madre, Esme. – las presenté, aunque estaba seguro de que no hacía falta. – Mamá, esta es Bella.

- Encantada de conocerte, cariño. – dijo mi madre, y le plantó dos besos en las mejillas. Bella sonrió, encantada, y se dejó abrazar por Esme.

- Lo mismo digo, señora Cullen – respondió con una gran sonrisa. No pude evitar reírme interiormente ante su respuesta, puesto que yo había dicho algo muy parecido, sino igual, cuando había conocido a la bella Reneé.

- Llámame, Esme, por favor – le rogó mi madre, y después añadió -: Así que vais a ir a jugar al baseball…

- Sí. – afirmó Bella. – Mis hermanos son unos amantes del deporte, y creyeron que convertir a Edward a su religión particular estaría muy bien.

Ambas estallaron en una carcajada. Fruncí el ceño, molesto. Cogí mi abrigo de la percha y puse mi mano en el manillar de la puerta.

- Vamos, Bella. – dije con un bufido. – No quiero llegar tarde a mi "iniciación" en la secta deportiva de tu familia.

Las dos mujeres se dirigieron una mirada cómplice. Finalmente, Bella se acercó a mí y rió.

- Solo era una broma, Edward - me dijo con voz melosa.

Asentí, incapaz de resistirme al encanto de sus palabras.

- Nos vemos esta noche, mamá. – le dije a Esme.

- Hasta luego, chicos. – se despidió. – ¡Pasadlo bien!

Ambos sonreímos y salimos de la casa cogidos de la mano.