¡Hola, hola! :3

Soy consciente de que cada vez que publico un nuevo capítulo desaparezco al poco tiempo y reaparezco varios meses después. La razón no es otra que, aunque la mayoría de los capítulos estén ya escritos, me gusta revisarlos un poquito antes de subirlos. Y desgraciadamente, actualmente tengo el tiempo entre los dientes para hacer esto.

No obstante, uno de mis propósitos para este año 2011 es terminar esta historia de una vez por todas. Y, aunque todavía no sé cómo ni cuando, os aseguro que voy a hacerlo.

Respecto a la próxima actualización, no puedo prometeros nada. Solo que lo haré en cuanto pueda, y que, por supuesto, los comentarios ayudarán a acelerar el proceso. ¿Por qué? Porque los comentarios son un signo de que la historia gusta y hay gente con ganas de saber qué pasará después. Y eso para mí, es una auténtica motivación.

Por último, miles de gracias a todos los que comentáis y leéis en cada actualización y a los que habéis añadido esta historia a favoritos. De verdad, muchas gracias:)

Y ya sin más dilación, os dejo con el capítulo 20 y un pasado que, tarde o temprano, tenía que volver;)

Capítulo 20. Past Always Come Back

Cual sería mi sorpresa cuando al alzar la vista, me encontré con un imponente jeep rojo, aparcado justo detrás de mi coche.

- ¿Y esto? – inquirí mirando a Bella.

- Es de Emmet – me explicó –. Me lo ha prestado.

- ¿Para qué necesitamos el coche? Antes has ido hasta casa corriendo, y ahora podíamos utilizar el Jaguar...

Bella rió.

- Ahora te lo explico – me prometió –. Entra en el coche y abróchate el cinturón.

- Vale, mamá – bromeé, e hice lo que me pidió. Una vez me hube aprendido de memoria el funcionamiento del complejo cinturón, Bella arrancó.

- ¿Y bien? – inquirí, esperando su explicación.

- Verás... – me dijo mientras salíamos de la calle en dirección a la carretera –. Este jeep es para conducir campo a través.

- Ya me había dado cuenta – murmuré echando una ojeada al interior del vehículo. Contra todo pronóstico, la impoluta tapicería de cuero consiguió imponerme todavía más.

- Bueno, antes me has preguntado para qué necesitamos el coche – me recordó. – Me temo que no vamos a jugar en un campo de baseball normal y corriente.

- ¿Entonces a dónde vamos? – inquirí todavía más confuso.

- A un claro que hay en la falda del monte Olympic – respondió con una sonrisa.

- ¿Y harías el favor de explicarme para qué vamos allí? ¿Acaso os habéis construido vuestro campo de baseball particular? – inquirí divertido.

- Es muy sencillo – repuso chascando la lengua. – Debido a nuestras cualidades físicas, resultaría extremadamente aburrido tener que jugar en un campo de baseball humano. Deberíamos controlarnos mucho para no darle con la pelota a algún transeúnte del pueblo, y así no disfrutaríamos nada. Por lo que nosotros jugamos al aire libre, y solo cuando hay tormenta.

De pronto, una lucecita se encendió en mi cabeza. Ahora todo encajaba. Las palabras de Reneé, la risa de Emmet y Bella cuando les había preguntado por si necesitaría un paraguas... Necesitaban la tormenta porque hacían demasiado ruido como para pasar desapercibidos.

- Ya lo entiendo – musité.

- Te das cuenta de por qué sólo jugamos cuando hay tormenta ¿no? – comentó divertida. Comenzábamos a adentrarnos en un descampado desde el cual supuse que se accedía al claro que hacía de campo de juego.

- Un plan verdaderamente inteligente, la verdad – admiré, y noté como a Bella se le subía el ego.

- ¿Qué esperabas? – preguntó con picardía.

- Creída – mascullé mirando por la ventanilla. Bella comenzó a reírse a carcajada limpia y pronto me uní a ella.

- Ya casi estamos – me dijo señalándome un punto en la espesura del bosque que nos rodeaba.

- ¿Vamos a tener que andar?

- Sí – respondió mientras giraba el volante para aparcar – Pero no te preocupes, el campo está a quince minutos de aquí.

- ¿A qué te refieres con quince minutos? – pregunté, ofuscado. – Porque te recuerdo que mi velocidad es bastante inferior a la tuya, por no hablar de la resistencia…

- Unos quinientos metros, nada más – me cortó antes de que pudiera seguir protestando - ¿También eso excede tus posibilidades humanas?

- Eso no es nada – contesté haciendo un gesto con la mano.

Bella sonrió y apagó el motor.

- Vamos – me urgió –. No querrás que te coja en brazos como aquel día en...

- Jamás – rugí, tremendamente avergonzado –. Me hiciste pasar el mayor ridículo de mi vida.

- Edward, no había nadie mirando – protestó sonriente –. Me cercioré de ello antes de cogerte en brazos y además…

- No vuelvas a mencionarlo – mascullé, y salí del coche a toda prisa.

En cuanto puse un pie en el suelo, una sensación de mareo me embargó.

Tal vez debería empezar a tomar más vitaminas...

A los pocos segundos eché a andar en una dirección cualquiera, intentando evitar a Bella.

- ¿A dónde se supone que vas, Eddie? – inquirió, apoyada sobre el coche y de brazos cruzados – No es por ahí.

El hecho de que me llamase Eddie tan sólo provocó que mi ira fuese en aumento.

- ¿Por dónde, entonces? – casi grité.

- Por ahí – respondió señalando un descuidado sendero del que no me había percatado.

Eché a andar hacia allí, internándome en la espesura. Estaba tan enfadado que no me di cuenta de que Bella no me seguía hasta que pasaron varios minutos. Miré de forma distraída por encima de mi hombro, por si acaso había decidido seguirme en silencio, utilizando sus "cualidades vampíricas".

Pasaron algunos segundos, y, como no aprecié ningún cambio o sonido en la maleza, decidí seguir caminando yo solo. El sendero, que serpenteaba y esquivaba los diversos árboles y arbustos, comenzó a hacerse cada vez más estrecho.

Pronto me vi sumido en una penumbra tan solo iluminada por los rayos anaranjados del Sol, que atravesaban a duras penas las espesas ramas de los imponentes árboles que flanqueaban el camino.

Mientras caminaba, la idea de que ahora estaba completamente desprotegido comenzó a cobrar forma en mi cabeza y mis pasos se tornaron más inseguros que nunca. Alcé la vista un momento y, con el corazón en un puño, descubrí que lo que me esperaba al final de aquel serpenteante y lúgubre sendero, no era nada bueno.

De pronto, el sonido de un palo roto me alertó de que no estaba solo allí.

La sístole y la diástole de mi corazón parecieron perder su ritmo acompasado durante aquellos pocos segundos de silenciosa incertidumbre que se me hicieron eternos. Inmediatamente, me maldije por haberme comportado de un modo tan infantil y cobarde, demostrándome una vez más, que a ese paso, jamás alcanzaría el puesto de caballero de armadura blanca de Bella.

Y, hablando de ella… ¿Dónde se había metido? ¿Me había dejado solo en el sendero equivocado solo para castigarme?

El hilo de mis pensamientos se vio interrumpido por otro ruido todavía más cercano que el anterior y sentí cómo aquella presencia avanzaba hacia mí, esta vez sin sigilo alguno. Comencé a correr lo más rápido que pude, y, mientras esquivaba los árboles, no dejaba de preguntarme quién podría ser aquel ser que me perseguía. Porque me perseguía.

De eso estaba completamente seguro.

- ¡Edward!

Me hubiese gustado detenerme a comprobar quién había gritado mi nombre, pero fui incapaz de detener aquel impulso voraz que me instaba a no detenerme por nada. Sin embargo, algo me decía que la persona que me había llamado no era la misma que me perseguía. Y, de repente, mientras corría sin rumbo fijo, tan solo siguiendo el sendero y desviándome de vez en cuando, choqué contra algo duro y frío.

Mi primera reacción fue retroceder y echar a correr en sentido contrario, pero un brazo musculoso y blanquecino me retuvo. Temeroso de lo que me mantenía cautivo, abrí los ojos lentamente para encontrarme cara a cara con uno de los hermanos de Bella.

- ¡Jasper! – jadeé.

- ¿Te encuentras bien? – me preguntó éste, visiblemente preocupado por el latido frenético de mi corazón, y al ver que no contestaba, comenzó a explicarme cómo me había encontrado –: No sabes el susto que nos has dado. Bella vino a nosotros desesperada porque te había perdido. No es muy buena con el rastreo y cuando te perdió la pista fue incapaz de encontrarla de nuevo, así que nos separamos para buscarte. ¿Se puede saber qué te ha pasado? ¿Por qué no fuiste al claro?

- Me perdí – respondí –. Pensé que Bella me seguía… Obviamente me equivoqué. Pero oí un ruido y eché a correr pensando que…

Jasper esbozó una breve sonrisa, más relajado.

Inmediatamente me di cuenta de que me había explicado mal.

- No te preocupes, Edward – me dijo con voz tranquilizadora –. Son solo animales, la mayoría de ellos inofensivos.

- ¡No! – exclamé –. Te juro que no era un animal, Jasper. ¡Me perseguía!

- Edward, yo también te perseguía – respondió –. Seguramente, será uno de nosotros al que hayas oído, o quizás mis propios pasos...

- ¡No era ninguno de vosotros! – protesté, sintiéndome totalmente imbécil, parecía que había perdido el juicio. Una vez más sereno, añadí -: Jasper, tú gritaste mi nombre. Si fuera uno de los nuestros lo habría gritado también, o al menos, habría aparecido ya.

Jasper me miró enarcando una ceja.

- ¿Qué estás sugiriendo? – inquirió con voz ronca.

- Es un vampiro – respondí lo más calmosamente que pude.

- ¿Cómo es que estás tan seguro? – preguntó, sorprendido.

- Si no es uno de nosotros ¿quién sino? – repuse encogiéndome de hombros –. Me ha seguido durante todo el camino. Y, seguramente, ha sido él quien ha hecho que Bella pierda mi pista.

- Lo que dices suena coherente – admitió acariciándose la barbilla –. Pero, de ser un vampiro, no me explico cómo es que no te ha atacado aún.

- Yo tampoco lo entiendo – respondí sinceramente.

Y entonces aparecieron, como venidos de la nada.

Eran dos. Una mujer y un hombre. Ambos pálidos como la nieve. Ella vestía ropas deportivas verdes y una larga y rizada melena pelirroja caía en cascada por sus hombros. Su rostro no denotaba emoción alguna, y sus labios ligeramente fruncidos ocultaban lo que seguramente, serían unos colmillos realmente afilados.

Él, por el contrario, iba un poco más arreglado. Llevaba unos vaqueros desgastados y una camisa entreabierta de color azul marino. Sonreía con vehemencia y no cesaba de mirarnos a ambos alternativamente.

Por primera vez en mi vida, deseé que Bella fuese capaz de leerme la mente, aunque solo fuera por algunos segundos.

- Mi nombre es Laurent – dijo el hombre con voz grave y ronca –. Y ella, es Victoria.

Jasper tardó algunos segundos en contestar.

Supuse que estaba meditando la respuesta.

- Yo soy Jasper, y él es Edward – respondió una voz gutural que parecía provenir del interior de la garganta del vampiro apostado a mi lado -. ¿Qué queréis?

El que se hacía llamar Laurent se adelantó un paso y clavó su mirada psicodélica exclusivamente en mí.

- ¿Acaso no es evidente? – inquirió riendo.

Hasta aquel momento, no me había fijado en que los ojos de ambos vampiros eran de un color borgoña apagado. Supuse que esa sería la única diferencia que existía entre los vampiros que bebían sangre humana y sangre de animales: el color de sus ojos.

- No os atreváis a tocarlo – gruñó Jasper –. Es el novio de mi hermana, y os juro que como le toquéis un pelo, estáis muertos.

La risa de Laurent se hizo todavía más evidente, y, la mujer del pelo de fuego cuyo nombre parecía ser Victoria, esbozó una sonrisa macabra.

- ¿Pero es que acaso no lo estamos ya? – preguntó el hombre sin dejar de sonreír. – Seguro que podemos llegar a un acuerdo.

- Te lo advierto, aléjate – le advirtió Jasper con un gruñido, poniéndose delante de mí –. Mi familia anda muy cerca de aquí y me temo que somos un grupo bastante numeroso.

- ¿De verdad? – Inquirió el otro en tono bravucón - ¿Y por qué no están aquí?

- Aparecerán cuando menos te lo esperes – sonrió mi protector al tiempo que esbozaba una deslumbrante sonrisa que, inevitablemente, dejó al descubierto sus afilados colmillos –. Y entonces te arrepentirás de haberte metido en esto.

- Pues yo creo que no – respondió Laurent, acercándose un poco y adoptando una pose despreocupada pero tensa. La mujer permaneció inmóvil, analizando cada uno de nuestros movimientos – Y también creo que solo te lo estás inventando.

Lo que pasó a continuación no lo recuerdo muy bien. Ocurrió demasiado rápido. Laurent saltó sobre Jasper y este hizo lo mismo. Ambos cayeron al suelo con estrépito. Mientras tanto, la mujer me miraba con una malévola sonrisa. Y justo cuando la vampiresa cuya melena fogosa ondeaba al viento comenzó a fintar para lanzarse hacia mí en cualquier momento, un ensordecedor rugido nos hizo detenernos en seco. Uno por uno, fueron apareciendo los miembros de la familia Swan. En sus rostros se denotaba una inmensa furia que llevaban tiempo conteniendo. La pareja de vampiros retrocedió, asustada. Bella se acercó corriendo a mí y me abrazó, como temiendo que me hubiesen hecho daño.

- ¿Estás bien? – me susurró al oído, y yo asentí, feliz de poder volver a verla.

Emmet y Jasper estaban uno a cada lado, y Bella, delante de mí.

Nosotros éramos el grupo que se encontraba más cerca de los agresores, y, por consiguiente, los que corríamos mayor peligro.

Alice y Rosalie, una a cada lado de Charlie, permanecían tensas y alertas.

Me di cuenta de que, en un par de ocasiones, Alice lanzaba miradas nerviosas a Jasper, quien le devolvía la mirada y sonreía con dulzura.

Entonces, Charlie se adelantó.

- Me llamo Charlie Swan y esta es mi familia. Mi esposa Reneé, y mis hijos, Emmet, Bella, Rosalie, Alice, Edward y Jasper.

- Nosotros somos Laurent y Victoria – respondió el individuo, derrochando ira con la mirada.

- ¿Qué os trae por Forks? – quiso saber Charlie, al tiempo que les dedicaba una mirada despectiva a la pareja de vampiros.

Laurent y Victoria nunca llegaron a responder.

Antes de que ninguno de los dos fuese capaz de articular palabra, una figura masculina apareció en el claro, provocando que Laurent cerrase la boca al instante y que yo lo mirase con un inusual interés. Me resultaba familiar... Aunque no tanto su apariencia, oculta por la sombra de los árboles, como su olor, el cual estaba seguro de haber olido en alguna otra ocasión. Pero ¿cuándo?

El vampiro se había apostado entre los dos bandos y pude apreciar la intensa mirada que le dedicó a Bella, cuyo rostro adquirió un tono mortecino en cuanto el vampiro emergió de entre la maleza. Jamás la había visto tan pálida.

La pose agresiva que había adoptado hacía unos instantes había evolucionado y ahora, Bella se agarraba con fuerza a mi brazo. Daba la sensación de que se iba a caer en cualquier momento, por lo que mi preocupación por ella solo hizo que incrementarse. ¿Por qué estaba así? ¿Qué tenía aquel vampiro que había conseguido alterarla de ese modo?

Porque estaba claro que la culpa del estado de Bella la tenía el recién llegado.

Observé detenidamente las caras de los Swan. Todos tenían una expresión de confusión dibujada en el rostro. Todos excepto Emmet, y Charlie. El hermano de Bella miraba al recién llegado con una ira incontenible y parecía que iba atacarle en cualquier momento. Por el contrario, la de Charlie era una mirada cargada de advertencia. ¿Qué demonios estaba pasando allí?

Fijé la vista de nuevo en el nuevo vampiro, que dirigió su vista hacia Bella, que seguía en aparente estado de shock.

- No... puede... ser. – musitó Bella con voz ronca al tiempo que se llevaba una mano a la boca en un intento vano de disimular el horror que le suponía aquella escena. El vampiro esbozó una amarga sonrisa que dejó entrever sus afilados colmillos.

- Hola, Bella – la saludó adelantándose unos pasos –. He vuelto.

Y aquella frase bastó para hacerme comprender quién era aquel ser en realidad.

Mi rostro se ensombreció cuando mi mente comenzó a atar cabos, pero lo hizo aún más cuando Bella se desasió de mi abrazo y caminó unos pasos hacia delante. Como era de esperar, el vampiro cuyo nombre me era desconocido la imitó con la misma elegancia. Y fue entonces, cuando salió al resplandor anaranjado del crepúsculo, que pude apreciar sus rasgos con mayor precisión. No hacía falta ser un genio para saber que aquel individuo era tremendamente atractivo a todos los efectos. De elevada estatura y brazos musculosos que mantenía cruzados sobre el pecho, sus ojos, al igual que los de sus acompañantes, eran de un color borgoña apagado. El pelo negro azabache le caía a ambos lados del rostro que, contrastado con su extrema palidez realzaba su extraordinaria belleza. Pero pese a todos sus encantos, no podía negar lo evidente: aquel ser no me agradaba en absoluto.

- ¿Cómo es... posible? – balbuceó Bella, casi incapaz de articular palabra.

El vampiro sonrió débilmente y se acercó un paso más, aunque permaneció guardando las distancias.

- No se puede matar a los muertos ¿no? – bromeó él con voz queda.

Bella no dijo nada; se limitó a fruncir levemente sus labios y traspasarle con la mirada. Ambos parecían ajenos al resto de personas que asistíamos a la escena.

- ¿No vas a decir nada más, Bell? – inquirió el ser.

- No tengo nada que decir, James. – repuso Bella con voz fría y cortante.

La mirada del vampiro se endureció al comprobar que Bella había conseguido reponerse a la sorpresa inicial.

- Me sorprendes – confesó mientras negaba con la cabeza. – Pensaba que te alegrarías de verme.

- ¡Pero serás hijo de...! – protestó Emmet, a apenas cinco metros del vampiro. Sin embargo, Jasper lo retuvo y le obligó a quedarse quieto.

- ¿Por qué has venido? ¿Qué es lo que quieres? – inquirió Bella con una voz carente de cualquier emoción o sentimiento.

El vampiro esbozó una sonrisa mordaz.

- He venido a buscar lo que es mío – respondió incrementando la intensidad de su mirada. Aquella fue la gota que colmó el vaso.

- No le tocarás ni un pelo, ¿me oyes? – gruñí posicionándome al lado de Bella. – Así que ya puedes largarte por donde has venido.

James me dirigió una mirada de desprecio para después mirar a Bella de forma inquisitiva.

- ¿Y este quién se supone que es?

Bella me miró con precaución antes de contestar. Todo lo que pudiera pasar a partir de aquel momento dependía únicamente de la respuesta que ella le diese, y, por supuesto, de cómo se lo tomase James.

- Es mi novio. – dijo finalmente de forma altiva.

Contra todo pronóstico, James se limitó a esbozar una sonrisa condescendiente y sacudir la cabeza.

- Por lo que veo tus gustos no han cambiado… - comentó, burlón – Aunque tengo que admitir que me sorprende que este insignificante humano haya conquistado a la indomable Bella Swan.

¿Indomable Bella Swan? ¿De qué leches estaba hablando?

- La Bella de tus recuerdos murió hace mucho tiempo, James – repuso Bella con una mueca que dejaba entrever lo mucho que le costaba dejar entrar aquellos recuerdos por los que había sufrido tanto.

El vampiro sonrió con aparente dulzura y se acercó un paso más, mirándome de reojo.

- Es por eso que he vuelto, querida – respondió con total normalidad. – Para recuperarte.

- Ni lo sueñes, James – contestó Bella negando enérgicamente con la cabeza y sonriendo de forma macabra. – La Bella que conociste no va a volver y tú lo sabes. Me destrozaste de todas las formas en las que se puede destrozar a una persona.

- Lo sé, Bella – repuso el vampiro con calma. – Y te ruego que me perdones, porque lo cierto es que entonces no era consciente del daño que te hacía.

Ella lo miró con frialdad. Su rostro no denotaba la más mínima emoción. Parecía una estatua recién esculpida y, sin embargo, aquella belleza que ahora destilaba no me inspiraba ningún sentimiento afectuoso.

- Tus disculpas no me sirven, James – contestó ella secamente –. Has tenido mucho tiempo para volver y suplicarme perdón y sin embargo, te has decidido a buscarme ahora; ahora que soy más feliz de lo que jamás fui mientras estaba contigo.

- No sabes lo que dices – masculló el vampiro. Sus ojos destilaban la más profunda de las iras: la del despecho.

- Sí que lo sé – respondió Bella. – Todos estos meses me han servido para darme cuenta de que estaba escrito que lo nuestro acabara. Durante dieciséis años he llorado de pura amargura porque pensé que jamás sería capaz de volver a amar. Me he sentido sola, abandonada con un vacío dentro de mí que creí jamás llegaría a desaparecer. Y todo esto fue fruto de la desesperación que sentí cuando me enteré de lo que habías estado haciendo a mis espaldas.

- Bella, todo eso pasó hace mucho tiempo... – la cortó el vampiro, intentando razonar. Pero Bella ya estaba fuera de control.

- Tienes razón. – admitió ella. – Pasó hace mucho tiempo. Pero, inexplicablemente, no he sido capaz de olvidar nada de lo que pasó. Y te diré por qué: tú me hiciste añicos, James. Jugaste con mi alma como si de una cualquiera se tratara. El tiempo que transcurra no importa, James, una cosa así jamás se olvida.

- Lo siento, Bella, de verdad que lo siento – repitió James, presa de la desesperación, pues comenzaba a percatarse de que, tal y como ella misma aseguraba, Bella había cambiado.

- Me repugnas, James – escupió Bella, incapaz de reprimir su asco por más tiempo. – No quiero volver a verte ¿me oyes? ¡Jamás!

Y dicho esto, le dio una bofetada que dejó atónito a todo el mundo, pero, sobretodo, al propio James, que la miraba con una mezcla de dolor y odio.

- Veo que no vendrás a mí por tu propia voluntad. - murmuró el vampiro, intentando controlarse para no devolverle el golpe – Pero atente a las consecuencias, Bella. Y tú, - añadió señalándome de forma acusatoria. – disfruta de ella el poco tiempo que te queda.

Y ante las miradas de desprecio, sorpresa e ira de todos los Swan, el trío despareció. Aquellas palabras resonaban con fuerza en mi mente. "Disfruta de ella el poco tiempo que te queda."

Aquello era una clara amenaza, o más bien, mi sentencia de muerte.

No podía permitir que los Swan arriesgasen sus vidas por mí, porque, aunque los superaban en número, algo me decía que James era un tipo con demasiada experiencia.

De repente, oí los lentos latidos de mi corazón como si no existiese nada más en este mundo, ni siquiera Bella. La ira, el desprecio, el orgullo y la venganza se extendieron por mis venas a una velocidad vertiginosa, haciéndome sentir completamente incapaz de refrenarlas. En aquel momento, tomé una decisión: Iba a acabar con aquel vampiro despreciable y altanero que había dañado tanto el alma de Bella. Ignoraba de qué forma lo haría y cómo me las apañaría para acabar con un ser que, técnicamente, ya estaba muerto y que, inexplicablemente, había burlado a la muerte por segunda vez en el transcurso de su existencia; pero estaba decidido a acabar con él a toda costa.

De mi propia vida si era necesario.

Entonces me percaté de la mirada que me estaba dedicando Bella en aquel momento, mientras yo pensaba en cómo acabaría con el vampiro que le había hecho tanto daño. La suya era una expresión en la que el dolor, la súplica y el miedo se habían unido para crear la mirada más triste que había visto en mi vida.

- Edward, yo... – murmuró ella, sin saber muy bien qué decir. No dije nada, me limité a mirarla en silencio, evaluando la situación. Bella interpretó mi silencio como una muestra de desprecio y añadió -: Lo siento, de verdad que lo siento. He sido una estúpida al traerte aquí... ¿Podrás perdonarme?

Me acerqué a ella de forma dubitativa, y cuando mi rostro estuvo a escasos centímetros del suyo, la agarré de la barbilla, obligándola a mirarme.

- Bella, tú no has hecho nada malo. – repuse con voz dulce, disfrutando de cada segundo que la tenía cerca. – Las cosas han ocurrido así y no puedes hacer nada por cambiarlo.

- Lo sé, Edward. – asintió. – Pero no dejo de pensar que si no te hubiese traído aquí...

- Le iba a encontrar de todas formas. – intervino Charlie. – Ya sabes cómo es él, Bella.

La joven asintió y me miró, llena de terror. Pero, al cabo de unos segundos, su mirada se tornó seria.

- Bien, lo mejor será que nos vayamos de aquí. – convino de forma cortante. – Vamos, Edward. – dijo, y tiró de mí por el sendero.

Durante la vuelta al coche, no me atreví a preguntarle nada acerca de James, a pesar de las múltiples dudas que atenazaban con fuerza mi mente. ¿Qué le había hecho exactamente el vampiro? ¿Por qué a Bella le causó tanto dolor?

Una vez en el descampado donde habíamos aparcado el jeep, Jasper y Alice se introdujeron en el coche con nosotros. Ignoraba a qué se debía ese cambio, pero luego supuse que Bella querría protegerme. Seguramente, me obligaría a salir del país en cuanto fuese posible, y no me equivocaba.

- Edward. – me llamó, sacándome de mis cavilaciones.

- ¿Sí?

- Te vamos a ocultar, ¿de acuerdo? – me dijo sin apartar la vista de la carretera. – Te sacaremos fuera del país hasta que todo esto haya pasado.

- ¡No! – rugí yo. – Me niego en rotundo, Bella.

- No te lo estoy sugiriendo, Edward. – me espetó con voz dura.

- ¡Me da igual tus órdenes, Bella! – protesté yo. – Si me voy, ¿qué pasará con Esme? James seguirá mi olor hasta la casa y la encontrará a ella. No puedo desaparecer así como así. Pensará que me he fugado contigo y la policía se te echará encima, Bella.

- No te preocupes por Esme. – me aconsejó. – Nos encargaremos de protegerla, te lo prometo.

- Bella, creo que deberías escucharlo. – intervino Jasper, mirándola a través del retrovisor. – Quizás deberíamos idear otro plan.

- Déjame en paz, Jasper. – le espetó su hermana, furiosa.

- Escúchame, Bella... – dije yo más calmado.

- No.

- ¡Escúchame! – le ordené malhumorado. – Me llevas a casa y le digo a Esme que no puedo aguantar más Forks, que no soporto más esto y que me vuelvo a Phoenix con mi padre. James jamás creerá que yo voy realmente a donde diga, así que lo mejor será que me esconda allí.

Bella me miró con recelo.

- ¿Y qué vas a hacer tú solo en Phoenix? – quiso saber Bella.

- No irá solo, Bella. – le dijo Jasper. – Reneé y yo lo acompañaremos.

- ¿Podrás soportarlo? – quiso saber su hermana, desconfiada.

Jasper emitió un gruñido.

- ¿Acaso no lo estoy haciendo ya? – inquirió con voz pastosa.

- De acuerdo. – sonrió su hermana, y se giró para mirarme a mí. - ¿A dónde irías en Phoenix?

- No sé, podría ir a la casa de mi padre. – dije encogiéndome de hombros.

- Es demasiado arriesgado, Edward. – objetó Bella. – Podría encontrarte.

- ¡Pues me voy a un hotel! – casi grité yo. – Pero tú no podrás venir conmigo porque James piensa que iremos juntos de todos modos. Deberemos separarnos para despistarlo, Bella.

La lógica comenzaba a hacer de las suyas con Bella y esta pronto se dio cuenta de que yo tenía razón.

- Muy buena idea, Edward. – comentó Alice.

Y aquel fue el último comentario que se oyó hasta pasados unos minutos.

- No sé por qué te preocupas tanto, Bella. – le dijo Jasper. – Ellos son solo tres y nosotros somos siete. Podríamos acabar con ellos en un momento y...

- El problema, Jasper, es que no van a actuar como lo haría cualquier otro trío de vampiros. – le explicó su hermana. – James es un cazador experimentado y no se dejará engañar fácilmente. Además, su objetivo...

- Soy yo. – terminé la frase por ella.

- Exacto. – respondió Bella. – Somos un aquelarre con dos tesoros que quiere proteger, y el hecho de que seamos tantos solo hace que empeorar las cosas. Hemos convertido su juego en algo más, y esto lo ha excitado de sobremanera. James es muy retorcido, Jasper. Utilizará cualquier despiste nuestro en su favor y no descansará hasta conseguir lo que quiere. Pero esta vez, no pienso ceder.

Todos nos quedamos en silencio, esperando una intervención por parte de Alice, que meditaba con la cabeza en la ventanilla.

- De acuerdo, Edward. – dijo Bella. – Sigue mis instrucciones al pie de la letra, ¿entendido?

- Sí. – respondí yo.

- Bien. En cuanto lleguemos a la casa, te acompañaremos corriendo hasta el porche y subirás a tu cuarto lo más rápido posible para hacer la maleta con solo lo necesario. ¿Me sigues?

Asentí afirmativamente.

- Después le sueltas todo el royo a Esme. Que no quieres vivir en Forks, que la vida aquí no te gusta, que te vas a Phoenix... Dile cualquier cosa que se te ocurra, y cuanto más dura, mejor. Nuestro objetivo es que te deje marchar sin poner trabas ¿vale?

- Ajá. – dije yo.

- ¿Podrás hacerlo? – quiso saber.

- Sin problemas. – me apresuré a responder.

- Bien. – asintió. – Pues prepárate, porque estamos a punto de llegar. Jasper te cogerá y te llevará hasta el porche, yo te espero arriba.

- De acuerdo. – acepté, y tragué saliva.

Segundos después, el coche se detenía frente a la puerta de mi casa. En un abrir y cerrar de ojos, la puerta del coche se abrió y Jasper apareció ante mí, dispuesto a cargar conmigo hasta el porche. Por una vez, y solo para no morir antes de acabar con James, dejé que este me llevara. Una vez en la puerta, la abrí y cerré de forma brusca, provocando un portazo que llamó la atención de Esme. Mi madre apareció por la puerta de la cocina y me miró con preocupación.

- Edward, ¿qué te ocurre? – me preguntó acercándose a mí.

- Me largo, mamá. – le dije sin contemplaciones, y subí corriendo las escaleras hasta mi cuarto. Oí que Esme me seguía y cerré la puerta con cerrojo. Bella me esperaba ya allí. Había sacado la maleta y había comenzado a meter camisetas y pantalones dentro.

- Date prisa. – me urgió.

- ¡¿Cómo que te largas? ¡Edward! ¡Abre la puerta ahora mismo! – oí los gritos de mi madre al otro lado de la puerta.

- ¡No! – contesté, y comencé a meter cosas en la maleta. – Me niego.

- ¡Edward! – gritó Esme, sorprendida de mi brusco cambio de comportamiento. - ¿Qué ha ocurrido? ¿Es por Bella por lo que te vas?

Para entonces, la maleta ya estaba hecha y Bella saltó por la ventana con ella a la espalda. Yo abrí la puerta y evité a Esme.

- ¡Contéstame! – me ordenó ella. - ¿Es por Bella?

- ¡Sí! Pero ella no tiene la culpa, mamá. – le expliqué mientras bajaba corriendo las escaleras. – Soy yo. Si me quedo, si sigo con esto, me quedaré atado a Forks y eso es lo último que quiero.

- Edward. – susurró mi madre, llevándose una mano a la boca.

- No quiero acabar como papá, mamá. – seguí blasfemando. – Quiero vivir mi vida y necesito hacerlo fuera de Forks.

- ¿A dónde vas a ir? – quiso saber.

- A Phoenix. – contesté dirigiéndome a la puerta. – Me vuelvo con papá.

- ¡Pues espera a que vuelva de Milán, Edward! – me recomendó Esme.

- ¿Papá no está en Phoenix? – inquirí atónito.

- No, se fue a Milán a pasar la semana con Natalie. – me explicó mi madre. – Lo llamaremos y haremos que vuelva a buscarte...

- No hay tiempo. – mascullé, y tras despedirme rápidamente de ella, salí corriendo por la puerta. Jasper me esperaba para volver a llevarme a la carrera hasta el coche.

- Buenos argumentos, Edward. – me felicitó mientras entrábamos en el coche, donde Alice y Bella nos aguardaban. Pronto me di cuenta de que aquel era mi coche, y no el jeep de Emmet. Sin embargo, no me dio tiempo a preguntar, pues Jasper no entró en el coche sino que esperó a que Alice saliese de él. No vi más puesto que Bella arrancó el motor y salió derrapando de la calle.

- ¿A dónde vamos? – pregunté.

- A mi casa. – respondió mientras pisaba a fondo el acelerador.

- ¿Por qué Alice y Jasper no han venido con nosotros? – quise saber, mientras escrutaba el oscuro paisaje por la ventanilla. Las luces de las calles pasaban ante nosotros a una velocidad vertiginosa.

- Nos están siguiendo, Edward. – me contestó Bella. – Alice ha cogido el jeep para despistarlos y...

No la dejé acabar. Mientras hablaba, me percaté de que una sombra negra corría a mi lado, fuera del coche.

- ¡Bella! – grité asustado. – ¡Acelera!

- Tranquilo, Edward. – dijo ella acariciándome la mejilla. – Es Jasper.

- Oh... – musité, avergonzado por mi reacción.

Un silencio sepulcral volvió a hacerse dueño del coche, hasta que Bella decidió romperlo para decir algo que desbarataría todos mis planes.

- Edward. – dijo para captar mi atención.

- ¿Mmm? – inquirí yo, adivinando sus rasgos en la penumbra del vehículo.

- Sé que no debería ser tan seca y fría contigo ahora mismo, porque los dos lo estamos pasando mal. Pero no puedo evitarlo y quiero que me comprendas.

- Te comprendo. – mentí.

- Edward, James me destrozó la vida, me hundió. – me explicó con una mueca de dolor grabada en el rostro. – Conseguí escapar y ahora que tengo lo que más quiero en este mundo, planea arrebatármelo.

- No me va a tocar, Bella. – dije yo acariciándole la mejilla. – Te lo juro.

- Sé que no va a hacerlo, no lo voy a permitir. – repuso con un bufido. – Desearía que nada de esto hubiese pasado, Edward. ¡No sabes cuanto lo deseo!

- Como todos, Bella. – respondí con calma, y me atreví a añadir -: ¿Qué te hizo James que te dejó tan mal?

Los ojos de Bella se tornaron fríos, y una mueca de dolor y desesperación nació en su rostro. Pero quería que me lo contara, necesitaba que fuese sincera conmigo y que tuviese más motivos para acabar con el malnacido de James.

- Te lo contaré, pero más adelante. – me prometió. – Es una historia muy larga y solo perderíamos tiempo si te la contara ahora.

- De acuerdo. – acepté con un suspiro, resignado a no conocer la historia jamás.

- Ya estamos llegando, Edward. – me dijo Bella mientras escrutaba la noche a través del parabrisas. – Quítate el cinturón y espera a que Jasper te saque de aquí.

Dicho y hecho. Segundos después, el hermano de Bella cruzaba la distancia que separaba el vehículo y la mansión conmigo en brazos. Bella y Alice nos seguían por detrás. Las luces de la casa estaban encendidas y parecía que había gente en ella. Cual sería mi sorpresa cuando, al entrar en la casa, me percaté de que la vampiresa que se hacía llamar Victoria también estaba allí.

- ¿Qué hace ella aquí? – gruñó Jasper.

- He venido a deciros que me retiro. – respondió la pelirroja con una voz dulce y melodiosa, para nada acorde con su aspecto desaliñado. – Me niego a acompañar a James en otra de sus cacerías, y más, si es contra el novio de su ex.

Bella le dirigió una mirada de odio.

- ¿Y a qué se debe tu cambio de opinión? – quiso saber ella.

Victoria se encogió de hombros.

- Sois muchos y no me apetece morir de nuevo por nada. – repuso con calma.

Ante aquella respuesta, el silencio se hizo dueño de la habitación.

- De todas maneras, os advierto que James tiene todas las de ganar. – dijo a modo de advertencia. – Durante los diez años que he estado a su lado, no he visto jamás una mente tan malvada y unas dotes tan exageradas para la caza. No descansará hasta acabar con él.

- No lo permitiremos. – contestó Emmet con un gruñido.

- En fin, yo ya os he avisado... – repuso con un suspiro.

- ¿A dónde vas a ir? – quiso saber Charlie, sin fiarse un pelo de las intenciones de Victoria.

- A Denali, seguramente. – respondió.

- Podrías quedarte aquí y luchar. – sugirió el cabeza de familia de los Swan, y todos le miraron con sorpresa.

Victoria soltó una risita musical que me puso los pelos de punta.

- No, no pienso luchar. – dijo negando con la cabeza. – Y quedarme aquí y hacerme vegetariana no es la mejor opción... Suerte con James.

Y dicho esto, caminó hasta la puerta, no sin antes dirigirme una mirada de desprecio y añadir:

- ¿Realmente creen que merece la pena?

Bella la miró con desdén y bufó. Victoria, asustada, retrocedió y desapareció por la puerta. El hall se sumió en el silencio.

- Nos han seguido hasta aquí, Charlie. – dijo Jasper colocándose a mi lado.

- Bien, lo mejor será que actuemos rápido. – decidió el padre de Bella.

- Tenemos un plan. – intervino Alice, invitándome a hablar.

- Bueno... comencé tras algunos segundos. – Antes de venir aquí hemos ido a mi casa y digamos que me he fugado con el consentimiento de Esme. Le dije que me iba a Phoenix, por lo que creo que debería esconderme allí.

- Pero, James te escuchó ¿no? – intervino Reneé.

- Sí, pero el jamás creería que realmente he ido al lugar que dije. – le expliqué. – Por otra parte, Bella no puede venir conmigo a Phoenix. Seguramente, James piensa que no se separará de mí, así que tendremos que dividirnos para despistarlo...

- ¿Y todo esto lo has pensado tú solito? – inquirió Emmet con una sonrisa macabra.

- Sí.

- Diabólico. – musitó, y Alice le dirigió una mirada de reproche.

- Bueno, tu plan es muy bueno, Edward. – admitió Charlie. – En ausencia de otro mejor, vamos a seguirlo.

Yo asentí, contento de poder ayudar.

- Emmet, sube arriba con Edward e intercambiad las ropas para confundir vuestro olor. – le ordenó a su hijo. – Jasper, acompáñame al sótano a por el material.

El imponente hermano de Bella tiró de mí escaleras arriba y me metió dentro del primer cuarto que encontró. Comenzó a desvestirse y yo hice lo mismo con mis ropas. Entonces se me ocurrió que si alguien podía proporcionarme un arma para acabar con James, ese era Emmet.

- Emmet. – dije captando su atención. - ¿Me harías un favor?

- Claro. – respondió con una sonrisa.

- Quiero un arma. – dije seriamente, y él me miró sorprendido.

- ¿Para qué, Edward? – quiso saber. - ¿Acaso piensas enfrentarte a James tú solo?

Tragué saliva y conseguí ocultar mis planes.

- No, tan solo es por precaución. – mentí. – Ya sabes, por si acaso.

- ¿Y por qué no se lo pides a Bella? – inquirió.

- Emmet, ya sabes cómo es tu hermana... – repuse. – ¡Jamás me la daría!

El chico me miró con recelo. Dudaba entre hacer lo correcto o hacerle caso a Bella. Desde luego, no era nada justo que yo no tuviese nada para protegerme...

- Está bien. – aceptó con un suspiro. – Antes de que te vayas te daré algo ¿De acuerdo?

- Muchas gracias, Emmet. – dije con una sonrisa triunfal.

- No hay de qué, tío. – respondió dándome unas fuertes palmaditas en el hombro y dejándome casi sin respiración. – Pero júrame que solo la utilizarás para protegerte y que no irás tras James.

- Te lo juro. – dije cruzando los dedos por detrás.

- Bien, vamos. – me urgió, pues ambos estábamos ya vestidos y no había tiempo que perder.

Cuando bajamos al hall, todos se hallaban distribuidos por parejas.

- A ver chicos, hemos hecho grupos. – me explicó Charlie. – Emmet, tú irás con Bella y conmigo en el jaguar de Edward. Jasper y Reneé, iréis con Edward en el mercedes. Y Alice y Rose, iréis en el Volvo de Bella. ¿De acuerdo?

Asentí, de acuerdo con la distribución. Y, aunque me hubiese gustado ir con Bella, de aquella manera corríamos menos peligro.

- Bien. – asintió, y comenzó a sacar móviles plateados de una cajita blanca. – Estos móviles son para que nos comuniquemos entre nosotros, pero no los utilicéis a no ser que sea necesario.

Volvimos a asentir y yo tomé el teléfono que Charlie me tendía, observándolo con curiosidad, pues no se parecía a los que yo había visto. Pero la triste mirada que me dirigía Bella me congeló la sangre en el acto. Le devolví una cargada de dulzura, cariño y una pizca de la misma tristeza que como a ella, me invadía.

- ¿Bella? – la llamó Charlie para captar su atención. - ¿Dónde están? ¿Qué piensan hacer?

Ella pareció meditar la respuesta unos segundos, como concentrándose en ordenar los pensamientos de los vampiros que rondaban la casa.

- Están aquí. – dijo rápidamente. – No piensan atacarnos pues saben que somos demasiados. Así que nos seguirán en cuanto salgamos...

- De acuerdo. – aceptó Charlie y observó su reloj de pulsera durante algunos segundos. – Será mejor que vayamos saliendo. Emmet, Bella y yo seremos los primeros. Dicho esto, solo tengo que añadir que acabéis con ellos en cuanto se os presente la ocasión... ¿De acuerdo?

Asentimos, y me percaté de que todos los grupos llevaban un saco rojo de terciopelo que aparentaba pesar mucho, y entonces caí en la cuenta de qué debía contener. Sin embargo, Rosalie emitió un bufido que captó mi atención.

- ¿Por qué tenemos que protegerlo? – masculló cabreada. - ¡Sería mejor que se lo entregásemos!

Bella prefirió ignorarla y no contestarle nada inapropiado. Por mi parte, yo no podía mostrarme más de acuerdo con Rosalie. Y, de alguna forma, entendía por qué se comportaba así ahora. A nadie le gustaría jugarse la vida por el novio de su hermana ¿no? Mientras pensaba en esto, no me di cuenta de que Bella se había acercado a mí y me miraba con una mezcla de cariño y dulzura.

- No hagas tonterías mientras estés en Phoenix, Edward. – me pidió. – Esto no es un juego y no quiero que arriesgues tu vida de ese modo...

Definitivamente, Bella leía en mis ojos como en un libro abierto.

- Intentaré mantenerme al margen. – sonreí, y le acaricié la mejilla.

Y de repente, me besó. Sus labios se movían de forma rápida e insistente contra los míos, pero, a pesar de la intensidad del momento, no pude beber de aquel último beso como me hubiese gustado hacerlo. Aquella forma de besar, tan urgente y rápida, no era propia de Bella. Por un momento, creí que pensaba que no saldría vivo de aquella aventura. Sin embargo, no tuve tiempo de analizarlo con más detenimiento. Su familia nos miraba divertida, excepto en el caso de Rosalie que se abstenía de mirar, y me vi obligado a separarme de ella por miedo a perder tiempo y que algo saliese mal.

Antes de que se diese la vuelta para marcharse, la cogí del brazo y la obligué a mirarme.

- Te quiero. – le susurré al oído con amor. – No lo olvides nunca. Pase lo que pase, yo siempre estaré a tu lado, Bella.

Tras aquellas palabras, Bella no supo qué decir. Se quedó callada, como en estado de shock. Sin embargo, cuando dos cristalinas lágrimas de color carmesí surcaron sus mejillas, la abracé fuerte y le besé la coronilla.

- Saldremos de esta, Edward. – me prometió entre sollozos ahogados.

- Bella... – musitó Charlie, conmovido y algo impaciente por marchar.

- Sí, ya voy, papá. – dijo separándose de mí, y antes de darse la vuelta para marcharse, me dirigió una mirada luminosa, cargada de cariño, amor y dulzura. Una mirada que solo Bella tenía el don de dar.

Charlie se acercó a mí y me abrazó.

- Cuídate, hijo. – me rogó de forma suplicante.

- Lo intentaré, señor. – respondí esbozando una débil sonrisa.

Dicho esto, el hombre se dio la vuelta y se reunió junto a su hija en la puerta. El siguiente en pasar a despedirse fue Emmet, que me dio un abrazo que me dejó sin aliento.

- Lo que te prometí está encima del piano. – me susurró al oído para que solo nosotros pudiésemos oírlo. – No hagas tonterías, Edward.

Asentí y sonreí. Y así, rápidos como el viento, los tres Swan desaparecieron del hall. Segundos después, Alice se despedía de mí con dos sendos besos en las mejillas y, antes de marchar, me susurró al oído:

- Cuida de Jasper, Edward.

Yo asentí, contento de que me encomendasen una "misión" en aquella empresa suicida.

Segundos después, la esbelta vampiresa desaparecía por la puerta junto a Rosalie. Me pregunté si aquella sería la última vez que los vería, y me entraron unas ganas horribles de mandarlo todo a la mierda y acabar con James de un plumazo.

Finalmente, solo quedamos en la casa Jasper, Reneé y yo. La madre de Bella no perdió tiempo y en cuanto Alice y Rosalie hubieron salido de la casa dijo:

- Voy a por el Mercedes.

Jasper y yo asentimos y esperamos a que volviese. Sin embargo, yo me acerqué corriendo al piano a coger un saquito rojo, más pequeño, en el que parecía estar mi salvación.

- Así que Emmet te ha dado un arma... – dejó caer Jasper, sin dejar de mirarme. - ¿Qué piensas hacer con ella?

- Defenderme en caso de que me ataquen. – respondí sin dudar.

- No van a acercarse a ti, Edward. – me dijo seriamente. – No lo vamos a permitir.

- Jasper, no podréis protegerme siempre. – contesté. – Tarde o temprano dará conmigo y querrá llevar a cabo aquello que prometió...

- No, jamás. – dijo negando con la cabeza.

Ambos callamos durante algunos minutos, finalmente, me decidí a preguntarle algo que llevaba tiempo queriendo averiguar.

- ¿Tú conocías a James? – inquirí, confuso.

Jasper pareció dudar en cuanto a la respuesta.

- No. – respondió negando con la cabeza. – De hecho, solo lo conocían Charlie y Bella.

- ¿Por qué Charlie? – quise saber.

- Porque, según tengo entendido, fue a quien Bella pidió ayuda para acabar con James. – me explicó.

- ¿Y por qué quiso acabar Bella con James? – inquirí, cada vez más interesado en las palabras de Jasper. Sin embargo, este nunca llegó a responderme. Reneé había entrado en la habitación y miraba a Jasper con enfado.

- Deberías hacer algo provechoso en lugar de contarle a Edward los problemas sentimentales de tu hermana. – le reprochó, y este bajó la cabeza levemente avergonzado. – El Mercedes está en la entrada. Jasper, coge a Edward y vámonos de aquí cuanto antes. Al parecer, los han seguido a los dos, por lo que nosotros tendremos vía libre...

Antes de que pudiese replicar, Jasper cargaba conmigo y con el saquito. Cruzó la distancia que separaba el coche y la casa a la carrera y me introdujo en el vehículo con rapidez. En menos de dos segundos, ya había arrancado y corría por el camino, derrapando en las curvas. Delante de mí, Jasper conducía, y a mi lado, Reneé observaba el oscuro paisaje por la ventanilla, tan solo iluminado por la luz de la luna llena. Seguramente, estaba pensando en sus hijos y en su marido. Todos corrían un grave peligro. Y todo era por mi culpa.

Porque si yo no hubiese estado en el bosque aquella tarde, James jamás hubiese iniciado aquella cacería. Yo era su objetivo, un obstáculo en su empresa por recuperar a Bella. Pero un obstáculo que no iba a dejar que lo salvaguardasen a la primera de cambio.

Odiaba a James y no iba a morir sin acabar antes con él. Entonces, mis manos tocaron con ansiedad el saquito de terciopelo que sostenían mis piernas. Ignoraba de qué arma se trataba, y durante algún rato, me entretuve divagando sobre qué podía contener el saquito. Finalmente, resistí la tentación de abrirlo allí, delante de Reneé. Porque Jasper comprendía mi punto de vista, pero la madre de Bella jamás lo haría y, seguramente, me lo quitaría en cuanto lo viese. Decidí que lo abriría en cuanto llegásemos a Phoenix.

Pronto llegamos a las afueras, y atrás quedó Forks con todos sus recuerdos velados por las estrellas que, todas las noches, iluminaban la villa con sus luces mortecinas. Iba a echar de menos aquel pueblo donde siempre llovía y todo era verde. Y es que no podía olvidar que Forks me había cambiado, y también a mi vida. De no haber ido a vivir allí, jamás hubiese conocido a Bella, y por consiguiente, mi vida seguiría siendo monótona y aburrida; carente de amor.

Y así, sumido en mis recuerdos, me dormí. Me despertaron los primeros rayos del amanecer, pues a pesar de estar tintados, los cristales dejaban pasar la luz a través de ellos.

- Edward. – la suave y dulce voz de Reneé me sacó por completo de mi adormecimiento.

- ¿Mmm? – dije con voz pastosa.

- ¿Por dónde se entra al aeropuerto? – quiso saber Jasper, que llevaba puestas unas gafas de sol y escrutaba el horizonte con gesto sombrío.

- ¿Vamos a volar? – inquirí, confuso.

- No, pero es mejor que lo tengamos cerca. – respondió.

Miré por la ventanilla para ver dónde estábamos y poder indicarle a Jasper. Sin embargo, el torrente de cálidos recuerdos que sufrí al reconocer el aeropuerto, los edificios y el paisaje me impidió contestar con rapidez.

- Se entra por la N-6780. – le expliqué pasados unos segundos. – En la siguiente rotonda, giras a la izquierda y listo.

- Gracias. – dijo Jasper, y me sonrió a través del retrovisor.

Veinte minutos después, el coche se detuvo en un motel a las afueras del aeropuerto. Jasper y Reneé bajaron rápidamente del coche y, mientras Reneé pedía una habitación en recepción, Jasper y yo la esperamos en las escaleras. En cuanto vino Reneé, me vi obligado a guardar el saquito tras mi chaqueta para que ella no lo viese.

- No te molestes, Edward. – me dijo riendo mientras subíamos las escaleras. – Lo vi en el coche, y, aunque no estoy muy de acuerdo con que lo uses, creo que es bueno que tengas algo con lo que poder defenderte.

- Oh... – musité avergonzado.

Reneé abrió la puerta de la habitación, y un gran salón se abrió ante nosotros. Estaba decorado de forma impersonal y había tres puertas más a los lados. Supuse que una sería el baño y las otras dos habitaciones para dormir.

Jasper se acomodó en seguida en el sofá mientras Reneé se apresuraba a correr todas las cortinas.

- Lo siento, Edward. – se disculpó. – Pero no podemos arriesgarnos a llamar la atención...

- No te preocupes, Reneé. – dije sonriendo, y fui a sentarme en la pequeña mesa que había al lado de la ventana. Los minutos pasaban y el silencio que se había apoderado de la habitación comenzaba a acabar con mi paciencia. La incertidumbre que sentía al no saber nada de Bella, Alice, Emmet, Charlie y Rosalie era como un veneno mortal para mí.

- ¿Por qué no llaman? – inquirí pasadas dos horas.

Jasper me miró de forma comprensiva.

- Seguramente no habrán podido detenerse y querrán esperar a haberlo despistado para llamar. – aventuró, intentando tranquilizarme.

Sin embargo, la llamada se hizo esperar. Las horas pasaban y yo solo hacía que pensar en Bella y todos aquellos que habían salido a la caza del vampiro que quería acabar conmigo. En más de una ocasión, Reneé intentó sacarme conversación. Pero se dio por vencida al ver que yo no respondía a sus preguntas, la mayoría, acerca de mi madre y mi padre.

- Edward, debes tranquilizarte. – me advirtió en determinado momento. – No les va a pasar nada, y lo sabes.

- No, Reneé, no lo sé. – gemí. – Temo por todos y cada uno de ellos. No puedo decirte qué haría si les sucediese algo.

Reneé calló durante algunos minutos, y mientras me miraba muy fijamente, me preguntó:

- Tienes miedo de que James le haga algo a Bella ¿no es así?

Asentí con cabeza, totalmente desquiciado.

- No tienes de qué preocuparte, Edward. – me aseguró. – Él jamás tocaría a Bella.

- ¿Lo... lo.. quiere? – inquirí con voz entrecortada, y una de las dudas que atenazaban mi corazón salió a la luz. .

Ella me miró con sorpresa y negó con la cabeza.

- No, Edward. – dijo seriamente. – Es cierto que lo quiso muchísimo, pero todo eso se acabó hace mucho tiempo. – me recordó. – Ahora, solo tú ocupas su corazón. Además, he de confesarte otra cosa.

- ¿De qué se trata? – quise saber.

- Desde que conozco a Bella, jamás la he visto tan feliz como está ahora, junto a ti. – dijo la mujer sonriéndome con cariño. – Desde que entraste en su vida ella está más contenta, con más humor, y eso se le nota en los ojos. Por no hablar de cómo te mira...

- ¿Cómo me mira? – inquirí divertido.

- No sabría describírtelo, pero sí te puedo asegurar una cosa: Sus ojos se iluminan cada vez que te ve. – respondió acariciándome la mejilla. – Eres el amor de su vida, Edward.

- Gracias, Reneé. – balbuceé, emocionado por las palabras de la mujer, que me miraba con dulzura.

- Y quiero que tengas una cosa muy presente. – dijo. – Puedes pensar lo que quieras, pero el hecho de que seas humano solo hace que alimentar más ese amor que ella te tiene.

- Pero... – intenté protestar, pero Reneé hizo un gesto para que me callara.

- Sé cómo la miras, corazón. – me confesó. – Sientes admiración por lo que es ella y desearías ser lo mismo. No lo hagas, Edward. Lo que tienes tú no lo tiene nadie, y debes aprovecharlo al máximo en el poco tiempo que se te ha dado.

Sabía perfectamente a qué se refería Reneé. Si seguía humano, tal y como estaba ahora, podría llevar una vida placentera y feliz junto a Bella, disfrutando de cada minuto de ella. Pero, en aquellos momentos, setenta años más al lado del amor de mi vida no eran nada si los comparábamos con toda la eternidad. Por eso quería convertirme en lo que era Bella, porque quería estar con ella para siempre.

- Lo sé, Reneé. – suspiré. – Le he dado muchas vueltas, y aún no tengo nada muy claro...

Reneé me miró de forma comprensiva.

- Es normal que te sientas así ahora, Edward. – me explicó. – Pero estoy segura de que con el tiempo te acostumbrarás a esta situación. Y respecto a lo de sentirse inferior; no te subestimes, Edward. Tú vales mucho y Bella te quiere por ser como eres, no por lo que eres.

No contesté y la miré con pesar. Aunque, por lo general, Reneé resultaba ser un bálsamo para la confusión, aquella vez no funcionó. Seguía teniendo mis dudas acerca de la conversión, pero tenía muchas más sobre cómo iba a acabar con James. Aburrido y cada vez más histérico, salí de la pequeña salita en dirección al cuarto que me había sido asignado. Me dejé caer sobre la cama y, casi sin darme cuenta, me dormí. Desperté de madrugada, incapaz de descansar más de lo necesario. Entonces, vino a mi mente el saquito de terciopelo rojo, cuyo contenido aún desconocía. Me levanté de la cama y fui a cogerlo del pequeño escritorio de la habitación donde lo había dejado. Lentamente, saqué lo que el saquito contenía y mis ojos estuvieron a punto de salirse de sus órbitas cuando vi lo que había frente a mí. Una pistola negra y con grabados en relieve. No era la primera vez que veía una, pero aquella captó mi atención sobremanera. Tenía algunos revestimientos de plata, y, al parecer, las balas debían de ser especiales, puesto que Bella me había contado que la piel de los vampiros era prácticamente intraspasable.

- ¿Sabes qué es eso? – inquirió Jasper a mi lado, apareciendo de la nada y mirándome seriamente.

- Una pistola. – contesté rápidamente.

- No es una pistola cualquiera, Edward. – dijo negando con la cabeza. – Esta es capaz de matar vampiros.

- ¿Cómo? – quise saber. Me fascinaba todo aquel mundo de tinieblas en el que se movían.

Jasper sonrió y cogió el arma entre sus manos. Rápidamente, quitó el seguro y fue sacando, una a una, las balas que contenía la pistola. Comenzó a faltarme el oxígeno cuando me percaté de que todas y cada una de ellas brillaba con luz propia y emitían suaves destellos anaranjados.

- ¿Qué...? – musité impresionado.

- Son balas de fuego, Edward. – contestó el vampiro esbozando una media sonrisa. – Puede prender cualquier cosa en menos de dos segundos.

- ¿Y por qué no te quema? – inquirí confuso.

- Están cubiertas de cristal. – me explicó mientras las ponía de una en una sobre el pequeño escritorio del dormitorio. – Apenas noto el calor que desprenden...

- ¿Y cómo se puede acabar con un vampiro con estas balas? – pregunté.

- Verás, cuando entran en contacto con el cuerpo en cuestión, atraviesan la carne hasta llegar al organismo, y una vez allí, explotan. – me explicó con una sonrisa siniestra. – Son una verdadera bomba.

- No me cabe la menor duda... – comenté, y añadí -: ¿Quién las ha inventado?

Jasper esbozó una sonrisa divertida y me miró con fijeza.

- Emmet, Bella y yo. – contestó con una sonrisa satisfactoria.

- ¿Qué? – casi grité, incapaz de creérmelo.

- Así es – asintió, y añadió -: No te puedes ni imaginar los estragos que puede causar el aburrimiento.

Me quedé con la boca abierta, sin saber muy bien qué decir o cómo reaccionar. Jamás había oído hablar de balas de fuego, y, si ya de por sí aquello era todo un descubrimiento, qué decir de el hecho de que mi novia y sus hermanos fueran los creadores de dichas balas.

- Vaya... – murmuré totalmente impresionado.

Nos quedamos en silencio durante algunos minutos, hasta que Jasper tomó la palabra.

- Emmet no debería habértela dado... – comentó con desaprobación. – Tenemos muchos modelos de armas y mucho más sencillos de utilizar. Lo que no entiendo es por qué te dio precisamente esa...

- Si te digo la verdad, yo tampoco tengo ni idea – confesé.

- No me malinterpretes, Edward. – me rogó. – Es que no es fácil usar este chisme en particular. Te lo digo por experiencia propia... Además, existe el hecho de que tú eres mucho más lento que nosotros y para cuando disparases, seguramente, el vampiro ya habría acabado contigo.

- Gran lección. – admití con un suspiro. – Me siento orgulloso de mi raza ¿sabes?

Jasper estalló en una sonora risotada.

- Tienes mucho sentido del humor. – me comentó sonriendo.

- Sí, tu hermana me lo dijo alguna vez... – respondí divertido. – Es bueno conocer tus virtudes ¿no?

Sin embargo, Jasper nunca contestó. El móvil plateado que guardaba en su bolsillo comenzó a vibrar y emitir luces azuladas a través de la tela. Jasper lo cogió rápidamente y descolgó el teléfono.

- ¿Sí? – inquirió, y el rostro se le iluminó al oír una voz al otro lado de la línea. Pero, poco a poco, se le fue ensombreciendo. Y tras algunos "vale" y "de acuerdo", me pasó el móvil a mí. – Es Bella, quiere hablar contigo.

- ¿Bella? – dije con voz entrecortada, ansioso por oír su voz. Rápidamente, cogí el teléfono y me lo puse en la oreja.

- ¡Edward! – oí que decía ella con alegría. - ¿Cómo estás?

El melodioso sonido de su voz al otro lado de la línea me transportó durante apenas unos instantes lejos de aquella habitación, lejos de aquella situación; cerca de Bella.

- Muy bien. Jasper y Reneé son unos canguros excelentes. – respondí divertido. - ¿Y vosotros? ¿Qué ha pasado?

- ¡Oh, Edward! ¡Se nos ha escapado! – gimió. – James nos siguió durante buena parte del camino. Pero luego pareció dudar y se dio media vuelta. Le hemos perdido el rastro. – dijo rápidamente. – Por favor, dile a Jazz que Alice y Rose están bien, siguen en Forks vigilando a Esme.

- ¿A Esme? – inquirí confuso.

- Sí, Edward. – se apresuró a aclarar ella con pesar. – Laurent las siguió a ellas y después se desvió hacia Forks porque debió de captar tu olor. El caso es que llegó a tu casa, pero para entonces, Esme ya se había ido a trabajar, así que no le ocurrió nada.

- Dales las gracias a las dos de mi parte, por favor. – le dije agradecido.

- Se lo diré. – respondió contenta. – Edward, ¿sabes que te quiero, verdad?

- Sí, lo sé. – contesté conmovido por su dulzura.

- Pues no lo olvides. – susurró, y colgó el teléfono.

Aunque aquella llamada fue breve, bastó para que mi preocupación fuese disminuyendo. El saber que todos estaban bien me produjo un gran alivio, y, aunque no sabíamos dónde estaba James en aquellos momentos, me daba igualo. Lo importante era la seguridad de todos aquellos vampiros que estaban arriesgando sus vidas solo para mantenerme vivo y, por consiguiente, conservar la felicidad de Bella.

Le devolví el móvil a Jasper y me senté en la cama junto a él.

- Bella quiere que te diga que ha hablado con Alice. – le dije sonriendo, y los ojos del vampiro se iluminaron a pesar de las tinieblas que nublaban su mirada desde hacía un rato.

- ¿Y qué ha dicho? – inquirió con ansiedad, de la misma manera que yo lo había hecho momentos antes.

Aquel pequeño gesto del que seguramente, Jasper no era consciente, me hizo plantearme el hecho de que, después de todo, humanos y vampiros no éramos tan diferentes. Seguramente, solo nos diferenciábamos en la dieta y las capacidades tanto físicas como mentales; pero a parte de eso, éramos muy parecidos los unos de los otros.

- Alice se encuentra muy bien. – le expliqué, contento. – Ahora están en Forks, vigilando a mi madre.

Jasper suspiró aliviado y sonrió de pura satisfacción.

- La quieres mucho ¿no? – inquirí tras algunos minutos de silencio.

El asintió.

- Alice fue la razón por la que me decidí a cambiar de vida y venir a vivir con tu hermana y los demás. – me explicó. – De no ser por ella, yo no estaría aquí.

Entonces, recordé todo lo que me había contado Bella sobre Jasper el día que fuimos al prado. Según me relató ella, Jasper había sido convertido fuera de la familia, al igual que Alice. Además, Bella me explicó que su antiguo modo de vida difería mucho del que llevaba ahora.

- ¿Quién te convirtió a ti, Jasper? – me atreví a preguntar.

La mirada del vampiro se llenó de tinieblas de nuevo.

- ¿Para qué quieres saberlo? – inquirió arqueando una ceja.

- Simple curiosidad. – dije, y era verdad. Me inspiraba curiosidad aquel vampiro cuyos verdaderos orígenes me eran desconocidos y cuya personalidad destilaba misterio.

- No creo que sea conveniente que lo sepas, Edward. – se disculpó. – Bella nos prohibió hablarte sobre cómo nos convertimos y eso.

- ¿Por qué? – quise saber, a sabiendas de la respuesta que el vampiro me iba a dar.

- No quiere que te conviertas en uno de nosotros. Supongo que porque teme que pierdas tu alma. - me explicó encogiéndose de hombros.

- ¿Qué quieres decir con que "pierda mi alma"? – pregunté sin comprender.

Jasper suspiró.

- Bella cree que, cuando te conviertes en vampiro, pierdes el alma y, por consiguiente, todo rastro de humanidad en tu persona. – me explicó Jasper. – Por eso le gustas tanto, Edward. Porque conservas esa parte de ti que ella perdió hace mucho tiempo. Para Bella, eres la pieza de un rompecabezas que lleva siglos buscando.

- Sinceramente, es una postura que no entiendo, Jasper – contesté con calma. - ¿Acaso no quiere que estemos juntos?

- ¡Claro que quiere! – exclamó él. – Pero no cree que convertirte en vampiro sea la mejor solución, aunque con el tiempo se dará cuenta de que es lo mejor.

- ¿A qué te refieres? – inquirí.

- Edward, sinceramente, eres una tentación para todos nosotros. – me explicó Jasper con una sonrisa siniestra. – El simple olor de tu pelo ya nos hace la boca agua.

Me reí ante esa comparación.

- Y además, está el hecho de que eres un imán para el peligro. – continuó. – Estoy seguro de que si te convirtieses, el riesgo de que sufrieses un accidente descendería en picado.

- La verdad es que es una buena solución a mi mala suerte. – comenté divertido. – Pero Bella se niega.

- Dale tiempo, Edward. – me recomendó. – Tarde o temprano entrará en razón.

Ahora que Jasper lo decía, la posibilidad de que pronto fuese convertido en un vampiro no me parecía tan remota. Aunque, siempre podía adelantarla… Fue por eso por lo que me decidí a preguntarle a Jasper lo siguiente:

- ¿Cómo te conviertes en vampiro?

Él me miró negando con la cabeza.

- No, Edward. – dijo. – Bella se enfadará conmigo si lo descubre, y no quiero más líos por el momento.

- Pero Bella no tiene por qué saber de esta conversación. – sugerí.

- Te recuerdo que sabe leer mentes. – me dijo como si aquel pequeño detalle pudiese detenerme.

- Por mí esta conversación jamás habrá existido, y tú no tienes por qué pensarlo muy a menudo. – comenté con una sonrisa.

Jasper me miró durante algunos minutos y finalmente, suspiró.

- Está bien, te lo contaré. – dijo exasperado. – Pero solo puedo decirte lo que me contó Charlie y lo que sé por experiencia propia, así que no esperes muchos detalles.

- Sabré contentarme. – le aseguré, contento de que, por una vez, alguien se atreviese a burlar las órdenes de Bella.

- Bueno, cuando nosotros mordemos, nuestros colmillos inyectan en la sangre de nuestra víctima ponzoña. – me explicó.

- ¿Qué es eso? – inquirí.

- Es un tranquilizante, por así decirlo. – me dijo. – Su función primordial es mantener a la víctima muy quieta mientras siga con vida; algo totalmente innecesario si tenemos en cuenta nuestras capacidades para la caza.

Asentí, totalmente concentrado en grabar en mi mente cada una de sus palabras.

- Pues bien, si se deja que la ponzoña se extienda por todo el cuerpo, comienza a tener una función diferente.

- ¿A qué te refieres? – quise saber.

- Quiero decir que es la ponzoña la que se encarga de transformarte, Edward. – me explicó. – El proceso tarda tres días en los que el dolor se hace completamente insoportable, y te lo digo por experiencia. Pasado ese tiempo, eres un vampiro hecho y derecho.

- ¿Y cómo es que os alimentáis de sangre? – inquirí. – Me refiero a que si no has tenido que probarla para ser convertido…

- No es tan fácil resistirse a la tentación, Edward. – dijo de forma misteriosa. – El mero olor de la sangre despierta nuestra verdadera naturaleza, antes o después. Además, si no pruebas la sangre, tarde o temprano, acabas convertido en una bestia horrible.

- Vaya… - murmuré impresionado.

Jasper sonrió, satisfecho de haberme impresionado.

- Recuerda, no se lo digas a Bella. – me advirtió, y se dio la vuelta para irse.

Sin embargo, una última pregunta rondaba mi cabeza, y no sería capaz de dormir hasta conocer la respuesta. Y a pesar de que ya le había formulado la pregunta anteriormente, me daba la sensación de que valía la pena intentarlo.

- Jasper. – dije obligándolo a darse la vuelta.

- ¿Sí? – inquirió

- ¿Conocías a James antes de esto?

El apuesto vampiro pareció sorprenderse por mi pregunta y dudar sobre la respuesta que debía darme. Y aquello solo hizo más que intensificar mis ansias por conocer su contestación. Pero ¿por qué dudaba?

- No, no lo conocía. – respondió rápida y secamente; acto seguido desapareció de la habitación.