Hale! Aquí estoy de nuevo.

En primer lugar quería agradeceros a todos vuestros comentarios.

Ya edité el capítulo anterior, pero por si alguien no lo ha leído, os cuento. Le encargué a una amiga que subiera por mí el primer capítulo, pero subió el último documento que le había mandado, es decir, el que incluía parte del sgeundo capítulo, y el resultado fue lo que apareció en el otro día. Pero lo dicho, que ya está arreglado u.u

Ya sabéis que los personajes y en general el mundo de Harry Potter no me pertenece.

/…/

Hermione ahoga un grito.

-¿Qué… Se puede saber que haces? -murmura entre dientes, escandalizada, nerviosa. Porque Sirius no la ha ROZADO esta vez, sino que le ha plantado toda la zarpa encima del muslo. ¡Por Merlín!

Pero el animago la ignora olímpicamente y sigue sorbiendo la sopa con descaro, con desfachatez. Hermione frunce los labios de rabia y lo aguijonea con la mirada, ¿Quién se cree que es? Pero la ira no dura mucho, porque se transforma en un sofoco agobiante y en una abrumadora vergüenza. Al fin y al cabo, no todos los días Sirius Black te recorre la pierna en toda su extensión por debajo de la mesa.

Durante unos momentos de confusión no puede pensar en nada –al menos no en nada demasiado coherente-, pero después se le ocurre que quizás debería decirle algo. Algo que no sean balbuceos, se entiende. Quizás incluso tomar alguna medida desesperada. Porque no tiene ni la menor idea de por qué Sirius está tocándole el muslo, acariciándolo y estrujándolo a su antojo. Sí, quizás lo detenga. Cuando deje de sentirse como si un Peeves muy borracho y saltimbanqui estuviera rebotando en las paredes de su estómago.

Finalmente, Hermione recupera el dominio de sí misma –por suerte antes de que Sirius indague qué lleva debajo de la falda-, respira hondo y le propina un pisotón con todas sus fuerzas.

El animago ahoga una maldición de dolor y tose apresuradamente. Todos en la mesa se giran a mirarlo, un poco asustados.

-¿Estás bien, Canuto? Deberías mirarte esa tos, suena muy mal –sugiere Lupin, preocupado.

-Estoy bien, no os preocupéis. Es que se me ha ido por el otro lado –le tranquiliza Sirius guiñándole un ojo.

Hermione suspira, aliviada –y un poco frustrada también-, y se dedica a beber la sopa tranquilamente. Está llevándose la segunda cucharada a la boca cuando siente la yema de un dedo dibujando espirales en su rodilla derecha. La cuchara le tiembla tanto que, para cuando llega a sus labios, está completamente vacía.

Hermione resopla disimuladamente, lo justo para que Sirius lo oiga y sepa que está cabreada. ¡Nadie se burla de Hermione Granger! Pero a juzgar por la sonrisa arrogante que se dibuja en su cara, el muy hijo de mantícora se siente halagado. Así que ella entrecierra los ojos, lamentándose porque desgraciadamente las miradas no pueden matar – o por lo menos dejar manco-, y le pega una patada con el talón en la espinilla. Así, con toda la mala leche de Hermione Granger.

En esa ocasión, Sirius se dobla sobre sí mismo y no puede reprimir un gemido de dolor.

-¿… Sirius? –pregunta dubitativo Lupin desde el otro extremo de la mesa.

-No os preocupéis, no es nada. Creo que la comida de hoy me está sentando un poco mal –se apresura a apaciguarles él-. Molly, ¿no te había ayudado Hermione a hacer la sopa?

Maldito cretino inmaduro. Hermione lo tiene muy claro: ¡esto es la guerra!

/…/

Sin embargo, al final ha resultado que Sirius se ha dedicado a ignorarla durante el resto de la comida, y Hermione tiembla de adrenalina y deseos de venganza insatisfechos. Porque sí, es un inmaduro, un estúpido y lo odia a muerte, pero ahora no sabe por dónde va a salir él. No tiene ni idea de qué esperar. Y eso, reconozcámoslo, viniendo de un Sirius descontrolado y que lleva unos días más raro que un perro verde, no es demasiado tranquilizador. Más aún, es inquietante. Y la verdad es que a Hermione le da un poquito de miedo pensar en su próxima reacción.

Pero durante el resto del día, Sirius la ignora, y eso sólo logra confundir más a Hermione, que a pesar de haber leído muchísimo no entiende nada de lo que está pasando.

Esa noche, los gemelos Weasley ponen música en una antigua radio mágica y fingen tocar el bajo mientras mueven alocadamente la cabeza al ritmo de los acordes. Tonks, transformada en una punk con una cresta verde fosforito de veinte centímetros, les sigue la corriente. Y los demás no pueden hacer otra cosa que acercarse a mirar, con un poco de vergüenza ajena y con muchas ganas de reírse a carcajadas. Después de todo, llevan mucho tiempo atrapados en sus responsabilidades, en una guerra en la que no pueden ganar, pero tampoco tirar la toalla.

Hermione se pone de puntillas detrás de Ron y Harry e intenta mirar por encima de sus hombros. En esos momentos le resulta de lo más incómodo que sus amigos hayan pegado el estirón. Está concentrada en mantener el equilibrio cuando una mano cálida y grande se posa en su espalda, a la altura de su cintura. Hermione da un respingo y jadea, sorprendida. Y todas sus ideas homicidas se van a pique y son sustituidas por una languidez que le hace pensar en dejar caer el cuerpo sobre el torso duro de Sirius Black –porque el que le está acariciando la espalda no puede ser otro que Sirius Black-, cerrar los ojos y abandonarse a sus juegos. Porque ya sabe que él sólo está jugando con ella. Al fin y al cabo, le ha oído demasiadas veces contar sus batallitas de Hogwarts y sabe cómo se las gasta el animago.

De repente y sin saber cómo, la mano ha desaparecido y Hermione se tambalea hacia atrás. Al volverse, Sirius observa con una sonrisa el espectáculo que están dando los gemelos, y no da muestras de haber sido el responsable de hacer tambalearse todos los principios de Hermione. Sólo escucha una risa rota, con tintes oscuros, sospechosamente cerca de su oreja. Ella frunce el ceño.

/…/

-A ver, chicos, el profesor Snape tiene algo que deciros –dice la señora Weasley con una sonrisa incómoda cuando Fred –o George- susurra lo suficientemente alto como para que todos los demás lo oigan: ¿Ha decidido lavarse el pelo? ¡Creo que me estoy emocionando!

Snape intenta mantener la dignidad en la medida de lo posible y finge no haber oído nada –hasta que fulmina con la mirada a los gemelos. Entonces a nadie le queda ninguna duda de que ha escuchado la gracia de Fred (o de George)-.

-Me gustaría que me prestaran atención sobre un tema que… No sé qué haces aquí, Black –se interrumpe, mirando con los ojos entrecerrados a Sirius.

Sí, Sirius.

El animago se ha abierto camino a través de los Weasleys y de Harry y se ha colocado a su lado, como quien no quiere la cosa.

-Yo también quiero oír lo que tengas que decir –dice muy serio. Los demás lo miran con los ojos abiertos como platos.

-¿Temes que diga algo que dañe los sensibles oídos de Potter? –pregunta Snape sonriendo con desprecio-. Ya deberías saber que ha salido a su padre. Cuando no le interesa oír algo, sencillamente se hace el sordo.

-Me recuerda a alguien, Quejiquis… -replica Sirius entre dientes. Nadie excepto Harry parece saber qué significa ese mote, pero la mirada furibunda y la piel pálida hasta el extremo de Snape les dicen que es mejor no preguntar-. Aunque eso sería un insulto para Harry –concluye con una sonrisa de oreja a oreja.

-Severus –interrumpe la señora Weasley antes de que Snape pueda abrir la boca-. No importa que esté Sirius. Por favor, continúa.

-Empieza, más bien –comenta el animago, coreado por las carcajadas de los Weasleys y de Harry. Hermione le mira con el ceño fruncido.

-¡Ya basta, Sirius! –grita la señora Weasley-. ¡A callar todo el mundo!

Harry y Ron se ponen firmes, un poco asustados por el tono autoritario de la mujer. Los gemelos hacen un saludo militar cuando su madre se da la vuelta y se ríen a carcajadas. Snape espera a que todos se callen con una ceja levantada y los brazos cruzados.

-Si ya han terminado de reírse… -nuevas carcajadas por parte de los gemelos-. Tengo poco tiempo libre y desde luego no es para malgastarlo con ustedes. Me gustaría comenzar con…

Hermione hace un esfuerzo en concentrarse. En serio. Pero no es fácil con la presencia grande, intimidante, de Sirius junto a ella. Sus brazos casi se rozan, y puede sentir el calor de su cuerpo a través de sus túnicas, un jersey de la señora del año anterior –siempre es entrañable por estas fechas- y esos dos insoportables centímetros que los separan. Pero Hermione no va a pensar en eso, de verdad, va a concentrarse como sea.

Es un hecho. Las cosas son más fáciles de decir que de hacer. Sobre todo si Sirius, imperceptiblemente, se ha acercado a ti y roza el dorso de tu mano con la tuya. Hermione se tensa y, sin pensarlo demasiado, manda toda su concentración a freír morcillas. Por Merlín, Sirius la está ROZANDO. Y ella tiene ganas reírse como una tonta, como cuando Parvati y Lavender miran la revista de Corazón de bruja o le ponen puntuación a los chicos más guapos de su curso. Aunque también tiene ganas de emprender una huida desesperada a su cuarto y encerrarse a fuerza de Fermaportus, nada de bloquear la puerta con una silla, que está visto que con él no funciona. Y morirse de vergüenza, porque está es una de las situaciones en las que Hermione nunca se ha imaginado.

Sirius la siente temblar contra su mano y casi no puede evitar regocijarse. De acuerdo, es oficial: se ha convertido en un pervertido asaltacunas. No sabe cómo ni cuándo –el porqué si lo sabe: por ella, por su maldito cuaderno de hacer listas-, pero ya no puede dar marcha atrás. El corazón le late muy fuerte en el pecho y siente una emoción intensa que le invade por dentro. Le gusta que tiemble. La mira de reojo y la ve ruborizada, y ve el deseo de escapar en sus ojos de miel. En sus labios se dibuja una sonrisa sardónica. Ja. Como si eso fuera posible. Se ha despertado en él un instinto de cazador que el animago no sabía que tenía. Sólo tiene una cosa clara: Hermione no va a huir.

Cuando ella siente que un dedo largo y áspero dibuja el dorso de su mano sencillamente deja de respirar. O bueno, sencillamente no: en apenas unos días, Hermione ha aprendido que no hay cosas sencillas cuando se trata de Sirius. Él recorre su dedo índice, por fuera y por dentro, y ella jadea muy despacio, porque siente que en cualquier momento todos podrían oírla y darse cuenta de lo que pasa. Los ojos le lagrimean cuando siente las yemas ásperas de Sirius acariciando la palma de su mano. Es grande, es cálido. Y le deja una sensación febril en todo el cuerpo. Cuando la mano de él rodea la suya, se estremece, suspira, como si hubiera ni un solo centímetro en su piel que no pudiera sentir a Sirius. Siente una emoción trepidante que hace que le zumben los oídos –Luna diría, sin duda, que se trata de un ejército de puchhys ronroneando en sus orejas- y el corazón le late rápido, y tan fuerte que es como si le fuera a hacer un agujero en el pecho. No entiende cómo es que los demás no pueden escucharlo.

-Esta bien, eso es todo –dice Snape con un deje aburrido en la voz-. Ya pueden largarse.

-No tienes ningún derecho a echarles, Quejicus. Esta es mi casa –interviene Sirius. Todos se giran hacia él y Hermione se desprende de su mano lo más disimuladamente que puede, aunque, a juzgar por la forma en que le aprietan sus dedos, él no esté muy de acuerdo con la idea.

-Es una forma de hablar, Black. Te puedo asegurar que ninguno de ellos tiene el más mínimo interés en quedarse aquí conmigo –replica Snape con una mueca de desprecio.

-Por supuesto, no son masoquistas. Pero deja que ellos lo decidan. ¿O tengo que bajarte los humos?

El profesor está lívido de rabia y los demás guardan silencio mientras observan la escena. Hermione decide que el Sombrero Seleccionador debería haberla puesto en Ravenclaw justo antes de aprovechar el momento y escabullirse. Al salir de la habitación le parece que la mirada de Sirius la sigue, observándola tan intensamente que es casi como si pudiera saber lo que está pensando, como si intentara arrastrarla de vuelta a donde se encuentra él.

/…/

La biblioteca parece un buen lugar.

Bueno, para ser realistas, es el único lugar en el que puede esconderse, porque la señora Weasley está deshaciéndose del polvo de su habitación en estos momentos. Sabe perfectamente que, si Sirius se lo propone, puede irrumpir en cualquier lugar de la casa por la fuerza, así que Hermione sólo espera que esté demasiado furioso como para molestarse en buscarla.

Un ronroneo a sus pies la saca de sus pensamientos. Crookshanks restriega la cabeza repetidas veces contra sus piernas y lanza un maullido lastimero. Ella se agacha y lo sube sobre su regazo.

El gato gira un par de veces y aprieta la tripa de Hermione con las patas, como buscando acomodarse. Ella sabe que es un gesto que hacen las crías con sus madres y no le molesta en absoluto. Crookshanks. En realidad ella no le ha puesto el nombre, sino la dependienta de la tienda. Patas zambas. Es muy cruel. Ella no habría tenido corazón para llamarlo así, a pesar de que sí que es cierto que tiene las patas un poco torcidas. Y la cara aplastada, que parece que has estampado al bicho contra la pared, Hermione, como suele decirle Ronald. Pero también tiene el pelo muy suave y mullido, de un naranja que hace pensar en albaricoques y en atardeceres de verano, y a ella le gusta acariciarlo. Entonces se acuerda de una cosa.

-Oye. A ti te cae bien Sirius.

Crookshanks, que ya se ha acomodado sobre su regazo, la mira con sus interrogantes ojos amarillos y maúlla suavemente.

-Ya. Es carismático. Pero a mí no termina de gustarme. Es un inmaduro, es… ¡Es como si aún tuviera veinte años!

El gato mueve los bigotes y se restriega contra su barbilla, como si la estuviera consolando.

-Crook…

La puerta se abre violentamente y Hermione se da cuenta de que Sirius está cabreado. Muchísimo. Pero no lo suficiente como para dejarla en paz.

-¿Qué quieres? –dice desde el suelo de la biblioteca. Siente el cuerpo del animal tensarse contra sí.

El pecho de Sirius se agita como un fuelle y jadea. Los ojos se le han oscurecido tanto que parecen cielos de tormenta y tiene las manos cerradas en puños. Y desprende fuerza y poder por los poros, y Hermione sabe que a pesar de todo está conteniéndose y deja de sentirse segura. Crookshanks salta de su regazo con el lomo erizado.

-Cobarde… -musita Sirius con la voz tomada por la rabia.

-¿Qué quieres decir? –En esos momentos es cuando Hermione se siente menos Gryffindor que nunca.

-Es una vergüenza que estés en nuestra casa. No tienes lo que hay que tener. Has salido corriendo en cuanto has tenido la oportunidad.

-Me apetecía leer –Hermione aún intenta mantener la mentira, aunque se balancee sobre la cuerda floja.

-Y una mierda.

-Cállate. Eres tú el que está todo el tiempo acosándome –replica ella, poniendo todas las cartas sobre la mesa.

Sirius la mira fijamente y se echa a reír suavemente, y ella se le ponen los pelos de punta. De pronto, el animago ha dejado ser un perro para ser un lobo, y Hermione casi puede imaginarse como le brillan sus ojos grises y jadea ávido con la lengua fuera. Los pasos de Sirius acercándose de una manera que es casi como si la estuviera acechando son los que rompen la ilusión y ella se encuentra en una realidad igual de aterradora. Se pone en pie de un salto y se gira hacia la puerta. Por supuesto, como siempre, Sirius es más rápido.

Hermione está acorralada contra la estantería, entre sus brazos tensos y su respiración rápida, y siente que se va a desmayar de un momento a otro. El calor le inunda la cara, le arde, y casi no puede hacer otra cosa que no sea mirar lánguidamente a Sirius con ojos vidriosos. Abre la boca cuando él le susurra al oído, con voz ronca.

-Y a ti te gusta, ¿no? –sus labios le rozan el lóbulo y a ella se le cierran los párpados.

-Si-Sirius… -musita, intentando a partes iguales apartarlo de sí, no gritar y mantener los ojos abiertos.

Apoya la mano en su pecho y este se agita profundamente. Hermione siente su corazón latiendo a toda velocidad contra la palma de su mano. Intenta decir algo más, pero la lengua caliente y húmeda de Sirius en su oído es capaz de borrar de un plumazo cualquier pensamiento. Sólo queda la sensación de estarse derritiendo. Calor. Desconcierto. Y la barba del animago raspándole la mejilla. Jadea.

Él aprovecha para apretarla con todas sus fuerzas contra sí y tocar sus labios con los de él, y a ella le hormiguea la boca y siente que le estalla el pecho, pero sobre todo le asusta el cuerpo tan duro de él y es perfectamente consciente de que la situación se le está escapando de las manos.

-Oye… Para –y tiene la sensación de que decirlo ha supuesto un esfuerzo demasiado grande. Empuja con los brazos, como si de verdad quisiera que se apartara-. Quítate, por favor.

Las uñas de Crookshanks en la rodilla del animago son bastante más efectivas, y Sirius se gira, mirando con el ceño fruncido al animal.

-Traidor.

El gato bufa y se mueve sinuosamente hasta colocarse junto a Hermione, que aún respira agitadamente y no termina de reaccionar.

-No sé qué pretendes –dice ella, con total sinceridad, mirándolo directamente a los ojos.

Y tal vez Sirius tampoco lo sepa. El caso es que la observa, un poco perdido, antes de contestar:

-A mí me parece que está muy claro.

Pero no lo está, y ambos lo saben. Y Sirius sabe que, con lo que ha dicho, ella va a apartarse definitivamente de él. Y quizás sea lo mejor, pero a él, desde luego, no se lo parece.

-Para mí no está claro.

El animago sonríe sardónicamente.

-No sé por qué habré dicho que eres la bruja más inteligente de tu edad –Una punzada de culpabilidad al ver la expresión dolida de ella, que apenas dura un segundo-. Está claro que no sabes nada de hombres.

-Es verdad, no tengo ni idea –reconoce ella con la voz temblorosa. Los remordimientos vuelven a Sirius que abre la boca para interrumpir, pero ella no ha acabado-. Pero ¿sabes lo que creo? Que ni tú mismo sabes lo que quieres. ¿Y sabes por qué? Porque a pesar de todo sigues siendo el mismo inmaduro de siempre…

-¡Cállate! –Es oficial: Sirius está verdaderamente furioso. Tanto, que tiembla de rabia. Sobre todo porque lo que dice ella en parte es verdad. Y le da tanta rabia que casi no puede soportarlo-. ¡CÁLLATE!

-¡No me pienso callar! ¡Eres un inmaduro! ¡CRECE DE UNA VEZ! ¡Es… Es… Es como si todavía tuvieras veinte años, como si desde que entraste en Azkab…!

¡BLAM!

El puñetazo de Sirius, a un centímetro escaso de la cara de Hermione, astilla la madera bajo sus nudillos. Ella palidece y lo mira, aterrada. El animago la observa con una mirada pintada de cólera, rabia, y frustración y tristeza y…

Sirius sale de la biblioteca de un portazo que hace temblar los cuadros.

Demasiadas cosas. Hermione se deja caer al suelo con la cara entre las manos. El gato se acerca moviendo los bigotes y se sienta junto a ella.

/…/

Hale! ^^ ya está ^^

Todavía queda un tercer capítulo XDD no os asustéis. Sé que he tardado un montón en actualizar, pero tengo una asignatura en la uni que se me está atragantando, así que tengo que ponerme las pilas ^^'

Este capítulo ha estado más movido y Sirius se ha vuelto todo un stalker! XDDD la verdad es que tiene un puntazo, pero se pasa mazo con el pobre Snape (T-T). Parece que Hermione ha recobrado la cordura a tiempo jeje.

¿Qué os ha parecido el capítulo? ¿Creéis que los personajes están OoC? ¿Alguna sugerencia?

No actualizo hasta tener un número decente de reviews u.u (y Sirius sólo hace visitas de agradecimiento a los que escriben reviews largos e.e) XDDD

Ahora en serio u.u (en serio de verdad u.u): sólo os puedo mandar a Sirius con correa si me dejáis review u.u así que ya sabéis u.u

XDDD (hale, ya no más piradas de pinza XD)