Aclaraciones:

—diálogos.

"pensamientos".

(N/A: nota del autor)

[1], [2], etc. Notas al pie.

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La cabellera de Saralegui

(Basado en: Rapunzel, un cuento de los hermanos Grimm).

Autora: Petula Petunia.

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Había una vez en un reino muy lejano… esperen, podemos sacar los cálculos ahora mismo: dos días por barco, una hora y media en dragón, siete días a pie; así que corrijamos. Había una vez en un reino, no muy lejano de Shin Makoku, un joven rey llamado Saralegui.

Dicho rey era el más hermoso habitante de su país. Con la piel tan blanca como los puros copos de algodón de los campos labrados por los trabajadores subempleados, los labios rosados como el vino rosé más puro creado por las masas oprimidas, y su cabellera larga como un cascada, brillante como el oro y los rayos del poderoso señor sol.

De hecho, era la cabellera del rey Saralegui un signo del poder y status del reino de Pequeño Shimarron, considerado a nivel mundial, como el que poseía la armada mejor vestida y más fashion. Mientras en otros estados el signo de poder en los guerreros, se manifestaba en cicatrices, armas temerarias o anécdotas invencibles, en Pequeño Shimarron destacaban por el perfecto y envidiable cuidado al cuero cabelludo. Y, de más está decir, que los guerreros más poderosos de ese reino, eran antecedidos por la cabellera más envidiada en la faz de más allá de esas tierras.

Incluso, cierto rey de los demonios, se perdía a veces pensando en lo que sucedería con su ambiguo amigo Saralegui, si es que alguna vez asistiera a una audición para un comercial de shampoos en la Tierra, y si es que modelos envidiosas por la ausencia de curvas, la perfección en su rostro y su pelo de calendario, no lo acorralarían como una jauría deseosa de acabar con la amenaza. Porque, según Yuuri Shibuya, Saralegui Heika realmente podía rivalizar (de forma no precisamente halagadora para un hombre) en belleza con cualquier mujer.

Pero volvamos con este rey y su particular día reinoso, enmarcado por un aburrimiento soberano. Esa tarde, las gafas oscuras le quitaban encanto a la puesta de sol que de paso no podían competir con su cabellera brillante como el dorado de las sienes del dios de los cielos (dios a elegir), de modo que decidió darle la espalda al ocaso y mirar por la ventana sur de su elegante oficina.

Observó entonces la solitaria y alta hasta por gusto, torre abandonada. Los rumores decían que estaba hechizada, y otros que había pertenecido a una cruel bruja con el pésimo hábito de encerrar doncellas o gemelos idénticos adentro. Versiones menos dramáticas, sostenían que los arquitectos olvidaron poner una puerta de entrada a la torre, por lo que no se podía entrar a ella a menos que se escalaran los fóbicos metros hasta la ventana que se erguía solitaria al ras del cielo.

— Berias. — llamó el rey a su siempre leal sirviente/pariente. Este, parado cual estatua (y confundido hasta el momento con una de ellas) dio un paso frente a la mesa de su soberano.

— Dígame, majestad. — contestó con la elegancia propia de un caballero andante, de los clásicos que vivían eternamente enamorados de amadas intocables (lo cual les evitaba la desilusión de encontrar algo más en las regiones del sur).

— ¿Es cierto que encerraron una vez a unos gemelos idénticos ahí dentro, por tantos años que sus cabellos crecieron al punto que terminaron fugándose usándolos como sogas para descender al suelo? — suspiró aburrido, aunque tramando lentamente algo con qué divertirse.

— De hecho, su majestad, yo escuché la versión de una jovencita encerrada ahí que dejó crecer su cabello tanto que un joven logró subir hasta arriba.

— ¿Un caballero andante pasó por tantas penurias para llegar hasta ella? Que interesante forma de mostrar interés por alguien ¿no? — sonrió Saralegui maquiavélicamente, cosa que Berias pasó desapercibido, de lo contrario hace mucho habría notado que su rey estaba algo desquiciado.

— No creo que sean tantas penurias, su majestad. — repuso con lógica desesperante. — El príncipe vivía acá de modo que solo atravesó el jardín y en diez minutos llegó hasta la torre. A la mitad está la caseta de jardineros además. Así que no es precisamente peligroso…

— Berias. — le interrumpió el rubio con un rostro decidido. — Un joven rey pasará penurias para llegar hasta esa torre y rescatar al prisionero en desgracia ¿no? — sonrió como punto final.

Y el guerrero comenzó a pensar dónde había dejado las cadenas, las rocas gigantes y los cocodrilos hambrientos.


— Heika, la misiva ¿no se le antoja un poco extraña? — preguntó Yozak, aunque en vez de extraña quiso decir "argumento barato y sin sentido".

— Pero, una vez Wolfram quedó encerrado en una habitación del castillo de Gwendal. — repuso Conrad con su sonrisa amiga, casi siempre amiga de su ahijado.

— ¡Oye, no me hagas quedar como un enclenque! — se quejó el hermano menor. — ¡Solo tenía treinta años y esa habitación estaba hechizada! — se sonrojó de inmediato clavando su mirada en Yuuri. — ¡Y tú, enclenque! ¿Cómo vas a confiar en esa carta estúpida mandada por el criado de ese rey afeminado?

— ¡Wolfram! — le reprochó Yuuri con la carta en mano, la tinta casi fresca debido a que en cuanto nuestro héroe la leyera partió de inmediato en sus andanzas. — ¡No podemos dejarlo solo! ¡Aquí dice que ha estado atrapado desde hace tres meses en esa torre cerca a su castillo! Y según Gunter, dicha torre tiene la fama de estar encantada.

— ¿No se supone que para eso sirven los "caballeros" de los reyes? — gruñó el rubio mirando a Conrad. — ¿Por qué tienes que ir tú a salvarlo? ¿Qué pensaría la gente de tu premura de ir a por él?

— Es lo mínimo que un amigo puede hacer por el otro. — insistió terco el monarca. — Vamos, además tampoco es que vaya solo, no soy tan tonto. Conrad, Yozak y tú están conmigo.

— Por cierto, Heika. — intervino Yozak ante esa afirmación. — Siendo que la torre está encantada y no se puede entrar… ¿para qué nos necesita a todos nosotros? No pensará hacer una escalera humana…

— Ah, eso…— repuso Yuuri con secretismo mirando a Conrad triunfal.

— ¿Qué? ¿Qué han planeado ustedes dos a mis espaldas? — les amenazó Wolfram.

— No es lo que piensas. — contestó tranquilo el Capitán.

— Sí, Wolf, es solo que Conrad estuvo en las fuerzas especiales de asalto de U.S.A en la Tierra. — explicó Yuuri con esa ingenuidad propia de un rey incauto. — así que dado que debemos "tomar por asalto" una torre infranqueable, pensé que su experiencia sería útil.

— ¿Experiencia? — miró incrédulo el mazoku de fuego.

— Aprendí uno que otro truco con los marines que no me enseñaron en la armada mazoku. — explicó Conrad. — quizá pueda ser de ayuda.

— Lo único que puede ser de ayuda acá es que alguno de nosotros pudiera usar maryoku e hiciera estallar esa torre. — gruñó el joven demonio.


"El plan es muy sencillo, Berias" recordaba este las palabras de su rey con claridad mientras esperaba oculto entre los arbustos al más puro estilo de un villano de bajo presupuesto. "Le mandé una carta a nombre tuyo a Yuuri, explicándole que quedé atrapado en una torre encantada, pidiéndole ayuda para mi rescate. Cuando lleguen al castillo, los deberán dejar entrar sin problemas. Desde la ventana de la torre podré divertirme viéndolo sufrir hasta llegar a destino. Y cuando finalmente lo haga, la única forma de llegar a mi será escalando por mi cabellera, que hice crecer con una pócima mágica. Una vez solos los dos en la torre por quién sabe cuántas semanas, habré logrado dominar por completo su patética y débil mente."

— Un plan sencillo. — se repitió el guardaespaldas escuchando pasos acercarse por la simpática arboleda del jardín, lamentablemente ahora plagado de trampas mortales o como mínimo asquerosas.

— ¿Qué diablos es esto? — ese tono malcriado y por qué negarlo, sexy, le hizo saber que el ex príncipe había seguido (como siempre) a su prometido.

— Son cocodrilos, excelencia. — ese otro, podía recordar a una persona pelirroja con ese tono desenfadado, solo que no sabía a ciencia cierta si era hombre o mujer. Prefería pensar que no era mujer debido a la notable musculatura que manejaba.

— ¡Claro que son cocodrilos, no se queden mirándolos y corran! — sin duda ese era el Maou.

— Tranquilo, Hei… Yuuri. — nah, ¿para qué esforzarse en saber siquiera que ese era Conrad Weller? — No se preocupe, los cocodrilos son fáciles de domesticar, solo hay que ponerlos de espaldas al suelo y acariciar sus estómagos.

— ¿Y quién va a ser suicida para hacer algo así?

— Tranquilo Yuuri, mira, sus panzas son calientes, como bolsas de agua.

— ¡Cuándo lo hiciste, cuándo voltearon a esos cocodrilos!

— Vamos, su majestad, no se exalte, ya le dijimos que los cocodrilos son fáciles de someter.

— Quizá los cocodrilos. — se dijo Berias sacando un rectángulo negro y pequeño con una piedra en forma de botón rojo en el medio. — Ahora vienen las trampas mortales.

— ¡Cuidado! ¡Wolfram mira eso!

— Por suerte son solo flechas comunes.

— Sabes, Wolf, las flechas comunes son MUY peligrosas, tienen una punta afilada que…

— Su majestad, tenga cuidado, no se ponga a hablar en medio de una trampa mortal.

— Yozak, si me quieres advertir que mi vida está en peligro, no lo digas como si me sugirieras leer un libro de autoayuda como si estuviéramos un día viernes tomando helados en un cafetín.

— ¿Por qué quieres estar un viernes a solas con Yozak?

— Era solo una suposición, Wolfram. Heika no lo decía en serio, estaba siendo sarcástico.

— Sabes, Conrad. Cuando uno explica el chiste se pierde la gracia… por favor no vuelvas a explicar a los otros cuando soy mordaz ¿quieres?

— Lo siento Heika. Solo quería ayudar.

— Yuuri, a veces eres demasiado severo con los demás ¿sabías?

— ¡Y eso a que viene, Wolfram! ¿Acaso no te llevas mal con tu hermano?

— ¿Al punto que felicitaría cuando tú lo tratas mal? ¿Qué clase de hermano sería si hiciera algo así? Además sentiría que no te estoy educando bien.

— Por favor, no hables de mi como si fueras mi tutor o algo así.

— Supongo que eso tampoco funcionó. — suspiró Berias de nuevo, tomando la punta de una cadena y jalando de ella desapasionadamente.

— ¿QUE ES ESO? ¿QUE ES ESO QUE VIENE AHÍ?

— Hmmm, pues según yo es una roca

— Sí, creo que es una roca.

— Una roca perfectamente redonda"

— FUE UNA PREGUNTA RETORICA, USTEDES TRES, NO ESPEREN A QUE LES PASE ENCIMA PARA AVERIGUARLO.

— Tranquilo, Heika. En situaciones como esta lo mejor es guardar la calma.

— ¿Qué crees que guardando la calma Indiana Jones se salvó de la roca asesina?

— ¿Indiana Jones?

— Es un sujeto del tipo aventurero que sale en historias en el mundo de Heika, Yozak.

— ¿El que hace "tarararara"?

— No creo Wolfram, más bien sería el de "tararara tarara tararaa rarararaar"

— Ninguno de ustedes lo ha hecho bien, Wolfram has tarareado el intro de DB Z y Conrad… ¿Cómo te aprendiste de memoria la música de un elevador?

— Incluso me pidió que sacara la melodía en piano.

— Ah, Excelencia, hace tiempo que no toca piano. Era muy bueno en ello.

— Esperen, esperen. Déjenme reponerme a mis descubrimientos… Wolfram, ¿tú tocas el piano? Y Conrad, ¿eres fanático de la música ambiental de elevadores?

— Sin duda una perfecta y muy redonda roca. Los artesanos deben haberse demorado mucho en fabricarla.

— ¿Eh? Conrad, no me cambies el tema… Pero, espera, la roca ha pasado apenas rozándonos sin hacernos nada.

— Las rocas no tienen maldad humana, Yuuri. ¿Por qué querría hacernos daño?

— No… no hables de las rocas como si fueran animales, Wolfram, es raro.

Berias sintió los tonos de voces acercarse más y más con la tranquilidad propia de un grupo de infantes paseando por un parque. Finalmente, cuando los tuvo a solo cinco metros de distancia, se preparó para la última de todas las trampas.

— Pues insisto que las rocas no tienen…— el joven demonio de fuego cortó su comentario cuando reparó en el guerrero parado a varios pasos de ellos (la cantidad de pasos necesarios que separan a los héroes del villano por un agujero mortal en el piso). — ¡Mira quién anda acá!

— ¡Berias-san! — exclamó Yuuri con sorpresa.

— Su majestad, Excelencia…— saludó este con respeto.

— Excelencia, entonces era cierto que el rey Saralegui sí tenía un guardia personal…— repuso Yozak observando al alto hombre de cabellera negra.

— Claro que si, ese sujeto tiene su "Conrad" personal.

— Wolfram… no creo que sea la mejor forma de referirse a nadie.

— Pero es igual que tú. — los ojos esmeraldas se clavaron en el Capitán. — Pon fuertes, y con el pésimo hábito de seguir ciegamente a sus amos.

— ¿Eh? ¡Wolfram! ¿Cómo dices eso de tu hermano? — le reprendió Yuuri.

— No se preocupe, Hei… Yuuri. — sonrió el medio mazoku. — Ya sabe que es así cómo él demuestra su cariño…

— Capitán… tu hermano no es precisamente sutil al decir las cosas, realmente creo que estaba siendo honesto y nada cariñoso.

— Disculpen. — interrumpió Berias, Yozak alzó una ceja divertida observando al guerrero entre avergonzado e irritado. — ¿Podrían acercarse un poco más?

— Ah, claro Berias. — sonrió dispuesto el joven rey. — ¿Estás un poco sordo acaso? Escuché que ese tipo de males son secuelas de hombres de guerra y…— de pronto se dio cuenta que no avanzaba ni un paso, sosteniéndolo del cuello de su chaqueta, Wolfram lo miraba con el seño fruncido. — ¡Oye, déjame ir! — se quejó el chico.

— ¡Cómo vas a hacer caso ciegamente a lo que te dice un enemigo! — le reprendió el mazoku. — ¡Eres un insensato Yuuri! — dejó escapar un profundo bufido y agregó. — Déjame a mi hacer esto. — empujando hacia atrás a su prometido, el soldado comenzó a adelantarse con decisión.

— Espere, Excelencia. — se acercó Yozak al rubio. — Iré con us...

La frase se cortó abruptamente cuando los dos desaparecieron. Yuuri lanzó un grito y no tardó en notar el enorme boquete frente a ellos.

— ¿Un agujero en medio de un jardín? — dijo mirando a Berias. — creo que es bueno hablar seriamente con los jardineros, podría ser peligroso, sobre todo si tienen niños pequeños…

— ¡Enclenque! ¡Esto es un agujero/trampa no un agujero accidental! — gritó furioso Wolfram desde dentro del forado.

Sonrojándose por darse cuenta de lo evidente, Yuuri trató de dar un paso adelante, detenido hábilmente por Conrad. — Cuidado, Heika, puede caer también.

— Lo sé, lo sé. — Contestó el moreno como un hijo a una madre obsesiva que le dijera a su retoño adolescente que se lavara las manos después de ir al baño. — Pero tenemos que ayudarlos a salir.

— ¿De nuevo sales con eso?- le gritó desde abajo Wolfram. — ¿No escarmentaste con lo que pasó en el desierto y el panda de arena?

— ¡Solo fui amable, mocoso malagradecido! ¡Si no fuera porque le ordené a Conrad que saltara al agujero por ti…! — Yuuri se detuvo de pronto con cierta sensación en la mente que corroboró cuando notó la ausencia de su padrino de nombre a su lado.

— ¡Y tú qué haces aquí abajo!

— ¡Capitán, estábamos cómodamente apretados hasta que llegaste!

— Te recuerdo que hablas de mi hermano, Yozak…

— ¡Y el único cómodo serías tú, Yozak!

— Quizá Conrad si tiene un problema con eso de seguir órdenes al pie de la letra. — suspiró Yuuri sentándose en cuclillas y mirando hacia el nada cómodo interior del hueco. — Bueno muchachos creo que…— iba a decir que pensaba traer una cuerda cuando el carraspeo de Berias atrajo su atención.

— Se suponía que debían caer en la trampa y usted quedarse solo, no que cayeran estúpidamente en un agujero y dejarlo solo…— empezó el guardián sintiendo vergüenza ajena. — Pero la orden de los factores no altera el producto así que…

— ¿Así qué? — inquirió Yuuri poniéndose en guardia.

— Debo guiarlo hasta donde se encuentra mi señor encerrado. — asintió Berias con seriedad.


Saralegui esperaba apoyado contra la ventana de la torre. El sitio estaba algo polvoriento, incluso si Berias había llegado primero la noche anterior y lo había limpiado lo mejor que podía. Ciertamente, pensaba el rey mientras observaba sádicamente por lo que pasaban los aventureros en sus jardines traseros, los arquitectos que construyeron el lugar eran o grandes idiotas o grandes estrategas. La estructura daba toda la intención de haber olvidado por completo construir una puerta de salida así como escaleras para descender o ascender, pero estaba seguro que había una puerta secreta, había encontrado el marco de esta a la media hora de llegar. Solo que prefería no abrirla sino hasta haber logrado su cometido de quedarse con Yuuri el tiempo suficiente para atormentarlo.

— Ojalá se apure. — suspiró aburrido y, la verdad, algo adolorido. No se le había ocurrido pensar el dolor de cuello y cabeza que produciría soportar el peso de una cabellera de treinta y cinco metros de largo; además de la tensión que le provocaba el saber que las horquillas no tardarían en aparecer y ni qué decir de la sensación de que unos pájaros habían encontrado en su cabellera el lugar ideal para hacer su nido.

— ¡SARAAA! — la luz se hizo entre el mar de tinieblas que tanto disfrutaba el monarca cuando escuchó esa voz tonta y divertida de manipular.

— ¡YUURI! — se asomó con cuidado, no sea que le ganara el peso que colgaba afuera. Pudo ver dos pulgas negras y pequeñas abajo. La grande sin duda Berias, y la pequeña su tonto amigo.

El Maou se quedó sorprendido a unos metros de llegar a la torre al ver una cascada dorada cayendo de la única y lejana ventana. — ¿Berias cuánto tiempo ha estado Sara atrapado? — fue lo primero que preguntó.

— Eh… lo que pasa… es que la torre viene con un hechizo extra que hace que los cabellos del capturado crezcan demasiado…— se excusó el guerrero abrumado por tanta ridiculez, temiendo que el Maou se diera cuenta del pérfido plan. Claro que no contaba con que el rey demonio poseía una gran dosis de cultura popular terrestre, que lo hacía inmune al sentido común.

— ¡Es como ese cuento! — exclamó entusiasmado el moreno. — ¡La princesa atrapada deja crecer su cabello para que el caballero andante suba hasta ella y la rescate! Luego de eso ambos se casan y viven felices para siempre.

— ¿Matrimonio? — susurró nervioso Berias. — Eso no estaba en los planes…— miró con desconfianza al joven acercándose hasta la base de la torre.

— ¡SARA, ¿ESTAS BIEN? — Yuuri gritó todo lo fuerte que pudo.

— ¡ESTOY BIEN, SOLO ALGO CANSADO Y ASUSTADO! — fue la respuesta que recibió.

— ¡NO TE PREOCUPES! — contestó. — ¡SE LO QUE HAY QUE HACER! ¡SUBIRÉ POR TU CABELLERA HASTA TI!

— ¡ENTIENDO! — volvió a responder Saralegui. — ¡COMO ERES MAS LIGERO QUE BERIAS, SÉ QUE PODRÁS LLEGAR A MI!

— Ahora entiendo por qué me necesitaban. — se giró Yuuri con una cara comprensiva y lastimera hacia el guardián. — Con tu peso hubieras puesto en peligro a Sara.

Berias se abstuvo de explicar que su peso no era tema en esta historia. Suspiró resignado mientras el Maou tomaba con cuidado la punta de la cabellera de Saralegui y comenzaba a trepar.

— ¡¿ESTAS BIEN SARA? — gritó cuando no llevaba ni dos metros por encima del suelo.

— ¡NO HAY PROBLEMA, NO PESAS DEMASIADO! — escucharon desde arriba. — ¡CONTINUA! — más rápido de lo que pensó, comenzó a notar a Yuuri acercándose. Ya no era un punto diminuto y enclenque sin rostro, ahora el punto enclenque tenía facciones claras, la misma cara "estúpida" que el rubio rey recordara. Trepaba con decisiva estupidez sin percatarse que iba directo a la boca del lobo. Luego de unos minutos más los ojos de ambos hicieron contacto. — ¡YUURI! — decidió gritar su nombre para darle un toque dramático, además estiró el brazo, con cuidado claro de que no todo el cuerpo se le viniera encima.

Al joven Maou el drama le iba de pelos a veces. Viendo a su amigo tan cerca y a la vez tan lejos, decidió apurar la escalada lo más que pudo hasta que vio el brazo estirado. Claro que sabía que no podría alcanzarlo hasta luego de otros diez minutos de subida y estiró la suya en un gesto más simbólico que útil.

— Oh… querido Yuuri… querido y tonto Yuuri — sonrió para si Saralegui, anticipando lo divertido que sería atormentarlo una vez que estuviera solos en lo alto de la torre sin una puerta para salir. Era más que evidente que un rescate era imposible solo escalando sus cabellos y…— …Eh…— algo extraño sintió el rey de la torre. — ¿Yuuri?...— añadió viendo al joven cariacontecido. — No pensé que pesa…— el comentario se ahogó en un grito y con las justas el rubio pudo agarrarse de las manos y piernas al marco de la ventana de cabeza. De pronto el peso era tal que sentía que le iban a arrancar la columna vertebral de raíz. — ¡QUE-QUE PASA! — exclamó. — YUU…YUURI PESAS DEMASIADO!

El joven Maou se sorprendió de pronto de ver a su amigo de cabeza y a punto de salir disparado de la torre iba a gritarle algo random como "no pierdas la fe y te mates, ya llego por ti" cuando se dio cuenta que el peso en los cabellos había aumentado. Lentamente miró hacia abajo para termina exclamando. — ¡QUE…QUE DIABLOS HACEN TODOS USTEDES ACÁ COLGADOS!

— ¡¿Qué mierda haces tú tratando de llegar a donde Saralegui para casarte con él? — le gritó en respuesta Wolfram, que reptaba bastante hábil por los cabellos y con tal furia que Yuuri empezó a escalar por temor de ser atrapado.

— ¿CASARME? — gritó Yuuri mientras escapaba.

— ¡Su majestad, está usted comprometido ya! — debajo de Wolfram, estaba colgando Yozak de forma muy oronda.

— ¡Heika! ¡¿Acaso usted dijo la palabra "matrimonio"? — y más abajo, subía Conrad.

— ¡Pero se lo comenté en tono normal a Berias! — reclamó Yuuri. — ¡Y era una palabra si ningún contexto específico! — se excusó para añadir de inmediato. — ¡¿Cómo diablos escuchaste eso, Wolfram?

— ¡Su Excelencia tiene un oído sensible para ciertos temas! — comentó Yozak en tono mordaz.

Yuuri iba a reclamar el por qué su prometido tenía más sensibilidad en las orejas que en su actitud cuando el chillido de Saralegui lo volvió a la realidad.

— ¡MALDITA SEA, ME VAN A ARRANCAR LA CABEZA! ¡BAJENSE! ¡BAJENSE! — maldecía con una cara bastante distante a la lindura que podía ser, al menos exteriormente. — ¡MI CABELLO! ¡MI CABELLO!

— ¡MAJESTAD!- irrumpió la voz de Berias. — ¡Yo lo salvaré! — trepado inmediatamente después de Conrad.

— ¡IDIOTA! ¡SOLO AUMENTAS EL PESO! ¡MI CABELLO! ¡ME VAN A ARRANCAR MI CABELLO! ¡NO QUIERO MORIR DE UNA FORMA TAN ESTÚPIDA!

— ¡Tranquilo Sara! ¡Encontraremos una solución! — trató de calmarlo Yuuri.

— ¡Conozco una! — repuso Wolfram casi a punto de llegar a su prometido.

Ni el Maou ni el Rey de Pequeño Shimarron tuvieron que preguntar cuál era la solución, con ver los ojos verdes ardiendo del mazoku gritaron a corro. — ¡NO USES FUEGO!

— ¡Puedo usar una pequeña llama debido a que estoy en tierras humanas pero es suficiente! — prosiguió el muchacho claramente ignorante (o sádico) a las palabras de los otros dos.

— ¡Excelencia! Creo que no quieren que use el fuego! — replicó desde abajo Yozak mientras más abajo aún, los dos guardaespaldas reales estaban enzarzados en una pelea, algo difícil además por hacerla colgando de una cabellera rubia.

— ¡Hey! ¿Qué pasa allá abajo? — preguntó Yuuri al sentir el ajetreo.

— ¡Su Majestad, Conrad y Berias pelean por ver quién va arriba! — explicó Yozak, no muy satisfactoriamente pero con mucha satisfacción.

— ¡Ese comentario estuvo muy fuera de lugar!- le reprendió Yuuri sonrojado.

— ¡Claro que sí! — Wolfram, olvidando un momento el asunto del fuego bajó su mirada. — Sin duda Conrad iría arriba.

— ¡Wolf! — le recriminó con renovada vergüenza el rey.

— ¡Eh! No lo digo porque sea mi hermano. — frunció el seño el joven mazoku.

La cosa iba para una plática larga, así como la pelea, pero cierto rey tenía ya un severo problema lumbar que necesitaría mucha terapia para superar, así que dejando de lado su siempre auto confiada personalidad, gritó a voz en cuello. — ¡YUURI! ¡Inútil! ¡Has que bajen o me van a romper el cuello!

— ¡¿A quién osas llamar inútil, rey de pacotilla? — se emperró Wolfram llegando al mismo nivel que Yuuri.

— ¡Estúpido Lord Mocoso y sus idiotas ideas! — rabió Saralegui- ¿qué no te das cuenta que solo estorbas acá? ¡Bájate de una maldita vez!

— ¿Me bajo o qué? — sonrió taimado el chico.

— Maldito bastardo príncipe arrogante…

— Sara… no creo que sea buena idea molestar a Wolfram, no estamos en ventaja acá. — trató de tranquilizarlo Yuuri; no es que aprobara los insultos, estaba asombrado de lo bajo que podía caer el monarca pero estaba bastante más aterrado de darse cuenta que estaba a unos treinta metros del suelo, pendiendo de una frágil cabellera con un montón de tipos peleándose y un chico con tendencias pirómanas. El tema de los insultos y amenazas podían retomarse una vez que su encuentro con la muerte fuera aplazado…

— Tú y tu estúpido hábito de seguir a Yuuri a todos lados ahora vas a…

Por supuesto, Saralegui no le hizo caso.

Y lo que siguió a continuación fue tan rápido como lo que puede durar el tiempo en que un cabello se quema sobre un encendedor. Solo que al olor a quemado hubo que agregarlo un grito al más puro drama queen, y varias exclamaciones que siguieron a hombres valientemente aferrados con uñas y dientes a las superficies que pudieran encontrar durante su caída en el muro de la torre.

Luego de dar el grito de su vida, Saralegui se dio varios golpes en la cabeza para evitar terminar quedarse calvo. Aunque su nueva imagen era bastante patética e invadiría las pesadillas de Yuuri y algunos sueños cómicos de Wolfram, por semanas enteras, con esos huecos con los que había terminado.

— ¡Maldita sea! Maldito Lord mocoso y maldito Yuuri que lo arrastra consigo! — molesto, el joven rey se alejó de la ventana dispuesto a abrir la puerta secreta, salir de ahí, y prenderle fuego de verdad a la torre y dejar a todos esos idiotas (Berias incluido) freírse como insignificantes chícharos. — Esto es. — exclamó más calmado encontrando el botón secreto que con un ruido seco y viejo abrió una compuerta que dejó la vista a…

— ¡Por qué tenias que quemar su cabello! — le recriminaba Yuuri a Wolfram, mientras se sostenía de un ladrillo medio salido y unas ramas.

— ¿No sabías que cuando te lo queman crece más bonito? Al final le hice un gran favor. — razonó testarudamente el otro.

— Se supone que veníamos a salvarle…— refunfuñó el rey. — Pero ahora solo él puede ayudarnos a llegar hasta ese cuarto y…

— ¡SAQUENME DE AQUÍ! — la cabeza de Saralegui se asomó entre asquerosa y contrariada, de nuevo. — ¡No hay puerta secreta! E…era…era un armario… ¡Ca…ca…cadáveres! ¡Esqueletos! ¡Ninguna princesa ni gemelos lograron salir de aquí! — continuaba gritando. — ¡Maldita sea, partida de inútiles! ¡Tienen que hacer algo a parte de colgar ahí!

— Eh… ¿Sara? ¿No deberías mantener la calma? Esto es muy fuera de personaje…— Yuuri lo miraba desconcertado.

— Que idioteces dices, eres del tipo de idiotas que no sospechan que la chica de gafas y recatada de su salón es la peor de todas… ¡No voy a morir acá como esos esqueletos! ¡Puedo aparentar ser muy seguro y autosuficiente por fuera pero en el fondo tengo una autoestima peor que la tuya!

— ¿Cómo que peor que la mía?

— Empiezo a sentir lástima por tu amigo, Yuuri.

— ¿Ahora lo llamas mi amigo? — molesto por el repentino cambio de papeles, el joven Maou le dio una patada quejosa a su prometido. Sin embargo, para su gran desazón, en lugar de dar con su objetivo, golpeó con fuerza un ladrillo que se hundió misteriosamente, provocando un sonido extraño y que parte de la pared de donde se agarraban se hundiera para mostrar un curioso panel de botones y lucecitas simpáticas. Yuuri, versado en el arte de lo imposible, producto de tanto leer mangas y ver televisión, supo de inmediato que ese panel no era algo seguro. Lástima para él, antes que pudiera decir algo, las manos de Wolfram estaban sobre el más bonito de todos los botones.

— ¡NO LO APRIETES! — gritaron Saralegui y Yuuri al mismo tiempo, pero claro está, muy tarde.

La torre se estremeció de forma censurable, provocando enseguida un sonido perturbador.


La puerta de su oficina sonó curiosamente. Gwendal sonrió apacible y dejó la pluma descansando en el tintero mientras la pequeña Greta entraba a la habitación con su sonrisa de siempre.

— ¿Extrañando a tus padres? — repuso el General acomodando a la niña en sus piernas.

— Un poco. — asintió ella y con curiosidad añadió mirando por la ventana, cosa que imitó el mayor. — Papá Yuuri dijo que iría a salvar a un amigo suyo que fue atrapado por una torre… ¿es que hay torres tan peligrosas que atrapan a la gente, Gwendal?

El mazoku rió confiado, mientras la puesta de sol convertía el paisaje en un juego de sombras negras y luces naranjas, rojas, amarillas. — Las torres no van por ahí caminando atrapando gente en su interior. — Contestó mientras sus ojos se habrían de par en par, no queriendo creer en lo que vio en el poniente.

— ¡Mira Gwendal, esa parece una torre que camina! ¡Y hasta parece que tiene gente colgando de sus lados!

— Creo que los dos hemos estado pasando demasiado tiempo con Anissina. — le acarició los cabellos el general tomando a la niña en brazos y alejándose de la ventana. — ¿Qué te parece si vamos a comer algo de pastel mientras esperamos a tus padres?

Greta asintió contenta, y tomando de la mano a su tío, salieron ambos dando la espalda al extraño paisaje en la ventana.


Fin

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