CAP. 2. REENCUENTRO.
Así pues subió las escaleras que conducían al flet central y desde allí iría al comedor. Tan solo tardó diez minutos en llegar, llevaba paso firme y decidido. Se plantó justo frente a la puerta que le llevaría al comedor donde estarían Celeborn y Galadriel. Inspiro y espiro varias veces antes de entrar y cuando tuvo la suficiente decisión empujó a la puerta, la cual se abrió pesadamente. Tras ella apareció Linwe con un brillo especial en los ojos. Los Señores la miraban como si ya supieran de ante mano que ella llegaría en ese preciso instante, algo a lo que no le hacía extraños la joven muchacha pues estaba acostumbrada. Vio que sus cubiertos estaban preparados junto a su plato lleno de comida humeante y que desprendía un olor embriagador y hacia que le entrara más hambre aún.
Se sentó a la izquierda de Celeborn quien presidía la mesa. Galadriel no dejo de mirarla ni un segundo desde que entro en la sala, era como si estuviera haciendo un repaso por todo su interior. Sus ojos azul intenso se clavaron en Linwe como puñales en la carne.
-" Sé lo que piensas..."- dijo la voz de Galadriel en su mente. Su mirada lo decía todo. Linwe la miró de hito en hito.
-Si es así, entonces dadme vuestra bendición.- dijo la joven muchacha. - pues con ella o sin ella partiré a no mucho tardar.- Celeborn miró a Galadriel esperando una respuesta de su parte, luego miró a Linwe con una sonrisa bastante tranquilizadora, ella no tuvo más remedio que responderle con lo mismo.
-Si ese es tu deseo, así será.- empezó a decir la Señora de Lothlórien.- pero no te pido mas que una cosa – hizo una pausa, tenía una leve sonrisa en su blanca tez, y hecho una rápida mirada a Celeborn, luego le cogió de la mano. - Te pido que esperes un poco más, y tarde o temprano tu deseo se verá cumplido. -Linwe los miró sorprendida. Esperaba algún tipo de objeción por su parte, desde luego no aquellas palabras.
-Y qué diferencia habrá si parto esta misma tarde o si decido partir dentro de un tiempo?-
-Créeme, mi pequeña, todo sucede por alguna razón y no en vano.- Galadriel le dedicó una amplia sonrisa. Linwe no entendía las palabras de Galadriel, pero viniendo de quien venían era mejor hacer caso. La buena noticia era que tenía vía libre para marchar a donde quisiera, el tiempo que quisiera. Una sonrisa salió de pronto en su cara que no pasó desapercibida.
-"Todo sucede por alguna razón... tu momento llegará..."- Linwe miró a Galadriel tras decir esas palabras, ella la miraba con la misma sonrisa que hacía un instante, como si nada hubiera ocurrido.
Tras la comida Linwe se retiró a su habitación. Iba hacia su cuarto y pensaba en hacer el equipaje, un pequeño petate en el que metería diversas cosas. Estaba emocionada y sumamente contenta. Dentro de poco cambiaría de aires a su antojo, pero también pensaba en las palabras de Galadriel. ¿Porqué esperar un tiempo?, de decía así misma, no terminaba de entenderlo, pero le daba igual. La idea de volver a viajar la cautivaba, no podía dejar de sonreír, por primera vez aquella semana. Fue a su habitación canturreando, cuando pasó se tumbó en la cama mirando al techo. Por mucha felicidad que tuviese, le quedaba la espina de no estar junto a Aragorn. No tenía ni idea de dónde podría estar, si estaba bien o se encontraba herido o enfermo. Aquello la consumía. Salió al balcón, la blanca luz de la cuidad hacía contraste con el color castaño de su cabello, eran pocos los que en Lothlórien tenían el pelo castaño, negro o de algún otro color al rubio impoluto que les caracterizaba. Estuvo en el balcón al menos una hora, observando a los elfos ir y venir de aquí y allá, subiendo y bajando escaleras. Unos toquecitos llamaron a la puerta, a Linwe le extrañó pues no esperaba a nadie.
Abrió la puerta, era Galadriel. La joven la invitó a pasar, le extrañaba que ella se presentara en sus aposentos, la Dama Blanca la miraba con la misma sonrisa que durante la comida, y eso la inquietaba.
-¿Estás segura de que quieres marcharte?.- Linwe asintió con la cabeza, estaba decidida. - Estas dispuesta a abandonar la vida que tienes y asumir riesgos del mundo exterior?-
-Ya he visto lo que hay, no me asusté entonces, no me asustare ahora. Quiero aprender de mis errores, y si marcharme es uno de ellos, asumiré el riesgo.-
-¿Quién dice que eso sea un error?.- Linwe la miró de hito en hito. - Nadie sabe lo que es correcto o lo que está mal en cierta medida. Puede que para ti este bien, para alguien este mal.- Hizo una pausa y miró a Linwe. - Vas a dejar una vida llena de oportunidades de ser alguien importante en este país, de formar una familia con un buen elfo, y ser feliz. Cuando salgas, estarás a su merced, a la merced del mundo que cambia sin cesar. – Galadriel se sentó en la cama e hizo que Linwe la acompañara.
-Yo no quiero casarme con Haldir, sólo somos amigos. - dijo Linwe sentándose al lado de Galadriel.
-Yo no dije que fuese con Haldir.- Linwe la miró sorprendida. Era vedad, había pensado en él constantemente, tal vez fuera cierto y sentía algo por él y ella misma no se había dado cuenta. Las palabras de la Señora del Bosque Dorado la estaban haciendo de reflexionar, o la estaban confundiendo. No sabía muy bien qué.
-Aquí tienes la oportunidad de llevar una buena vida exenta de peligros, Linwe, puedes ser feliz.-
-Pero no quiero esa vida aún, presiento que necesito viajar, salir de aquí. Me ví en un caballo de color marrón casi negro, blandiendo una espada, en medio de una gran batalla, no sé cuánto será ni dónde, pero necesito saberlo.- Galadriel la miró sorprendida, pero alegre, sonrió.
-Me alegra ver en lo que te has convertido, Linwe.- Abrazó a Linwe, después se miraron a los ojos. -Esa visión, la has heredado de tu madre y tu abuela, Ivorwen. Recuerda que vayas a donde vayas, siempre serás uno de los nuestros, perteneces a nuestro pueblo tanto como cualquiera de nosotros.-
-Lo sé.- Se abrazaron otra vez, Linwe tenía los ojos vidriosos y a punto de soltar una lágrima, pero se contuvo hasta que la Dama se hubo marchado de su habitación.
La noche calló pronto. Linwe regresaba a su habitación después de la cena, que había sido una cena bastante amena, sin conversaciones tristes, temas delicados. Había sido lo que para algunos se describiría como una cena normal en una familia, pero para ella el significado sonaba en cierto modo a despedida. Después de lo que habían hablado y todo lo ocurrido en tan poco tiempo ya no sabía ni en que pensar, y lo peor sería cuando volviese a ver a Haldir, no sabía cómo iba a reaccionar al verlo, al clavar sus ojos ámbar en los suyos azules, ni en cómo se tomaría su decisión de viajar, seguro que no le sentaba nada bien, como siempre que debía de volver a irse él la intentaba retener en la mayor medida de lo posible. Todo adquiría un tono y color diferentes, si Galadriel quería que se pensara dos veces su partida lo había conseguido. Pero necesitaba alejarse en esos complicados momentos, y luego, ¿quién sabe?, decía. De algún modo Linwe tomaba esa decisión como un reto a ella misma, con respecto a Haldir y todo lo demás que la rodeaba, tal vez en sus caminos se encontrara con la Compañía y podría unirse a ellos. Pero aquello le parecía tan lejos, quimeras pasajeras alejadas del mundo real, demasiado idealizado como pasa pensar mucho en ello.
Subió a su cuarto cuando ya pasaba la media noche. Sentada en la cama miraba el gran baúl que había en el otro lado de la habitación, allí estaban la mayoría de sus pertenencias, vestidos, ropa de montar, joyas, cartas... al lado había un escritorio y una silla, en el escritorio, papeles vanos que nunca nadie leería, palabras que iban dirigidas a Aragorn, cartas selladas con cera de vela sin ninguna dirección. En la silla, colgado del respaldo su viejo carcaj, heredado de Haldir cuando aprendió tiro, apoyado en la mesa, su arco que de tantas la había salvado, estaba junto a su espada, tan vieja y efectiva. Desde allí las cuatro paredes de la habitación parecían estrechar, tenía ganas de hacer el equipaje, coger sus armas y marcharse en medio de la noche.
Pero sus ganas menguaron al recordar la extraña petición de Galadriel, esperar... Así quedo dormida hasta el alba, el frio la despertó, esas horas en las que el sol aún no acababa de asomar y las gotas de rocío están en su mayor esplendor. El día pasó como otros tantos de aquel tiempo parado en Lothlórien, entrenó con el arco por la mañana y con la espada por la tarde hasta el crepúsculo, entrenó al lado de jóvenes elfos, jóvenes que podían doblarle o triplicarle la edad con creces. Todos parecían tan elegantes, puros y maduros que a ella de algún modo sentía vergüenza de estar allí a su lado, con sus pantalones negros y su camisa beige, una camisa ancha que no marcaba nada su cuerpo, y una chaqueta marrón que llevaba sin abrochar, en el pelo una simple cola de caballo para retirarse el pelo de la cara, ellos complicadas trenzas de raíz, cabellos lisos o ligeramente ondulados, perfectos en cualquiera de los casos. Había visto desde pequeña a los mismo elfos prácticamente, ella había ido creciendo entre ellos, había cambiado mucho, pero ellos seguían igual... Cuando ya había anochecido subió a su cuarto, se dio un relajante baño de agua caliente, había cogido frio y lo que menos quería era coger un resfriado. Luego de haberse arreglado decidió ir a cenar algo, llegó al comedor demasiado tarde, pero los cocineros se ofrecieron a prepararle algo, tubo que negar muchas veces por el ofrecimiento de tan amables señoras, cogio un par de piezas de fruta y salió de allí.
Comía mientras paseaba por el suelo del bosque, fue al embarcadero, no había nadie. Se sentó en el muelle a contemplar el agua, oscura y brillante con la luz de las pequeñas estrellas que había colgadas en cualquier rincón de la ciudad. Metió una mano en el agua, estaba realmente fría. Estuvo allí un rato más, hasta que empezó a tener sueño y fue a su habitación. Así pasaban los días en aquel lugar, todo realmente tranquilo.
Linwe caminaba por el bosque, fue a Cerim Amroth en donde crecían las famosas elanor, amarillas y brillantes y las niphredil que eran pálidas, hacía tiempo que no visitaba ese lugar, un lugar especial allí donde los hubiera. Había estado toda la mañana entrenándose con el arco por aquella colina, allí donde se encontraba el corazón del mundo élfico, era todo mucho más tranquilo y estaba sola, sin nadie que se fijara en ella como lo hacían en la zona de entrenamientos de Caras Galadon. Aunque más que entrenarse y ponerse de nuevo a punto pensaba en que Haldir llegaría esa noche, o al día siguiente, no sabía que decirle, no quería molestarlo. Recordó aquel momento en su habitación días antes, como fijó su mirada sobre ella, lo cerca que estaban sus bocas...
Nunca había estado enamorada, ni se había fijado en ningún hombre, había recibido peticiones de mucho, pero los que ella no rechazaba con educación lo había hecho Aragorn, lo que surgía mas efecto. Nunca se había planteado el tipo de vida estándar de una mujer, porque su vida no era ni había sido la vida normal de una mujer, elfa, enana o hobbit, simplemente estaba confundida, y lo peor es que estaba sola, sin nadie con quién hablar de esos temas.
Poco antes del medio día, Linwe recogió sus cosas y se dirigió a la ciudad, quería llegar a tiempo para la comida y que no le ocurriera lo de la noche anterior. Esta vez no necesitaba arreglarse, había salido con un vestido blanco de bonitos encajes en forma de flor, todo previsto y calculado para aprovechar el tiempo. Conforme se iba acercando a la ciudad notaba que había una especie de tensión entre los elfos, que en parejas o pequeños grupos cuchicheaban, parecían raros a sus ojos y el ambiente no era el mismo, cuando cruzó las puertas de la ciudad se notaba más.
Subió las escaleras centrales que la llevaban al comedor, cargada con su arco y su carcaj lleno de flechas, miraba al suelo, remangándose el vestido para no tropezar y caer. Cuando llegó al flet central no pudo creer lo que veían sus ojos, Celeborn y Galadriel bajaban cogidos de la mano por las escaleras principales, enfrente, un grupo de personas y de entre todos ellos conoció a uno especialmente en cuanto lo vio, Aragorn estaba allí, frente a ella a unos diez metros, sus ojos se iluminaron de alegría, pero rápido entendió el peso de su presencia allí en ese momento, Los Señores del Bosque Dorado estaban serios, miraban a todos haciendo una pasada por cada uno de ellos, mirando sus caras, por cada mente. Linwe anduvo despacio para llegar al mismo lugar que ellos, con el grupo no se había dado cuenta que al lado de ellos también estaba Haldir, quien la miró serio, como si no se conocieran de nada o nunca se hubieran visto. Llegó antes de comenzar la conversación, se puso a la derecha de Celeborn unos escalones por debajo de él, cara a cara con Haldir unos cinco metros más allá. Celeborn fue el primero en hablar.
-Nueve partisteis de Rivendel, pero ocho sois ahora, dónde está Gandalf, ardo en deseos de hablar con él.- Todos callaron, miraron al suelo durante unos segundos. Linwe no se había dado cuenta por la emoción, pero su ausencia era muy notable. Galadriel fue la primera en hablar tras aquellos silenciosos segundos que parecieron horas y en donde la tensión iba creciendo por momentos. Sus palabras dejaron el corazón de todos helado.
-Ha caído en la sombra.- Todos la miraron con incredulidad, para Linwe fue una puñalada en el corazón, un momento en blanco tras una caída, un dolor tan intenso como no recordaba desde la muerte de su madre.
-Calló entre fuego y sombra. - dijo el elfo rubio de ojos grises con dolor en sus palabras. - Un balrog de Morgoth lo arrastró. - de nuevo todos callaron. Linwe miró a Aragorn y este le desvió la mirada con un leve parpadeo. Su alma estaba herida, miró luego a Haldir, quien hizo lo mismo, para todos era una importante pérdida. Gandalf era muy queridos por todos.
Todo lo que hablaron si es que alguien dijo alguna palabra Linwe no lo escucho, quedó allí, inmóvil tras la sacudida que le había dado el corazón, con la mirada fija en el suelo, en la nada, la mente en blando. Los ojos secos.
Un cálido abrazo la sacó de su trance, sin saber cómo se veía abrazando a Aragorn después de mucho tiempo, años. Sus ojos azules le dijeron todo lo que necesitaba saber. No supo cuanto tiempo estuvieron así, pero fue el suficiente como para que todos los demás se marcharan. La muchacha seguía sin poder asimilar todas las palabras que le decían que Gandalf no volvería con su pelo canoso y gorro picudo, sus frases enigmáticas que sólo él era capaz de comprender. Un duro golpe para los momentos que tocaban vivir. Aragorn la condujo a su habitación, no decía nada, avanzaban por los flet y subían los escalones abrazados. Para Linwe todo aquello formaba parte de una pesadilla vivida en un tiempo ralentizado, todo parecía pasar mucho más lento, pero que sin darse cuenta se encontraba sentada en la cama de su habitación, veía como Aragorn dejaba el arco y el carcaj en los pies de la cama junto con sus armas y su chaqueta. Luego se sentó a su lado. Permanecieron así varios minutos.
-¿Cómo fue?- preguntó Linwe con la mirada perdida en la pared que tenía enfrente.
-¿Quieres saberlo?- pregunto Aragorn, se le notaba el dolor en la voz. Linwe asintió en silencio.
Él le contó toda la travesía, la ascensión fallida a la montaña Caradhras y por qué decidieron el camino oscuro de Moria. El susto que se llevaron cuando el trol le clavó una lanza al portador y el milagro que se produjo por la cota de malla, como cientos de trasgos los habían atrapado y poco después huido por el balrog. De cómo habían avanzado hasta el puente, que rompió y de cómo Gandalf se enfrentó a la sombra y cuando en el último momento, calló al abismo negro. A las profundidades de la Tierra. Y del cargo que ahora corría por su cuenta de guiarlos ahora que el viejo Gandalf el Gris no estaba. Tras su relato quedaron en silencio unos segundos.
-¿Por qué no me dijiste que tenía lugar un concilio? Podrías haberme mandado una carta.- Linwe lo miró a los ojos. - Te he echado tanto de menos... no sabía nada sobre ti, si estabas bien si me necesitabas a tu lado...- él la miró y le dedicó una sonrisa.
-Siempre te necesito, mi pequeña.- Aragorn besó su frente. - Escribía muchas cartas, pero nunca me decidía a enviarlas, si bien por tiempo o porque me encontraba en medio de la nada demasiado tiempo. Lo siento mucho.- Linwe se sentía identificada, escribiendo cartas que nunca mandaría.
-Me alegra que hayas venido, Estel.- dijo Linwe con los ojos vidriosos. - Te he echado mucho de menos, hermano.-
-Yo también.- Los dos se abrazaron fuerte. Luego se contaron las cosas mas significativas en todo ese tiempo desde la última vez que se vieron hacía años atrás en Gondor. Hicieron un breve resumen se sus vidas.
Linwe decidió callar todo lo que había ocurrido con Haldir, aunque los rumores que circulaban sobre ellos eran conocidos de sobra por él, no eran nuevos, tenían alrededor de treinta años desde la primera vez que se habló. Explico cómo se había enterado de todo lo sucedido en Rivendel hacía meses y lo que le habían contado Galadriel y Celeborn. Él le contó desde que Gandalf le mandó ir a Pony Pisador hasta lo que le había contado de Moria. Y sin darse cuenta pasaron varias horas, a Aragorn se le notaba cada vez más el cansancio causado por el viaje, las tripas le rugían del hambre. Linwe decidió ir a por algo de comida, Aragorn se quedó en su habitación, se cambiaría de ropa y se daría un baño mientras ella se ocupaba de la comida. Los cocineros habían hecho sopa caliente para todos los de la Compañía, apartaron un par de cuencos y dos hogazas de pan que cargaron sobre una bandeja, Linwe también cogió un par de manzanas rojas y aspecto delicioso. Subió con la bandeja y atravesó las plataformas, pendiente de que la humeante sopa no se derramara. Llamó a la puerta, Aragorn no tardó en abrir y ayudarla con la bandeja. La pusieron en el escritorio, las hojas estaban de la misma manera que siempre, él las había leído, pero no todas. Linwe lo miró y este sonrió.
-Guárdalas, porque me gustaría conservarlas. -Ella lo miró extrañada.
-¿Por qué?-
-Por que cuando estemos lejos el uno del otro, y las vea y lea, me acordaré de ti, y de este momento.-
-Nunca volveremos a separarnos tanto tiempo. - Aragorn calló. Tomaron la sopa y comieron el pan y la fruta. Linwe se ofreció para llevar de nuevo la bandeja, Aragorn no objetó mucho. En verdad que no era tan raro que ella llevara y trajera su comida, el pasar tiempo cocinando para una misma y otros, fregando cacharros y cubiertos, la hacía autosuficiente, para ella lo raro era que se lo diera todo hecho, así que siempre que tenía oportunidad recogía sus cosas causando las menos molestias posibles. Cuando llegó a la concina una elfo le recogió las cosas y le agradecía que las hubiese llevado, ya no les parecía raro.
Regresó a la habitación, abrió la puerta y se encontró con que Aragorn se había quedado completamente dormido. Había caído exhausto, estaba en la cama colocado y desarropado, con los pies por fuera. Seguro que ni el se había dado cuenta de que se había quedado dormido pues parecía haber estado sentado y caer presa del sueño. Linwe le quito las viejas botas y le subió las piernas a la cama y le echó una manta por encima. Tenía el pelo todavía húmedo. Dormía plácidamente, con la cara en calma e inocente.
Linwe salió de la habitación para dejarle dormir. No sabía a dónde ir ahora que no tenia cama para dormir, pensó en visitar el campamento improvisado que habían montado para la compañía, pero luego calló en la cuenta de que estarían igual que su hermano. Así que fue al único sitio en que podía pensar a gusto cuando no conseguía conciliar el sueño. Subió a una de las plataformas más altas de Caras Galadon, desde allí el follaje de las hojas era menos denso y la luna podía verse. Una luna blanca como la nieve que regaba Lothlórien con su luz haciendo que todo tuviese un aspecto más plateado.
Ahora que la Compañía se encontraba allí podría unirse a ellos, pensaba. Estaba segura de que Aragorn no aceptaría la idea, pero ella estaba convencida. De repente apareció en su mente la cara de Haldir horas antes, su gélida mirada, aquello hizo que se encogiera. Le necesitaba tanto ahora que sabía de la partida de Gandalf... Lloró su muerte hasta que no le quedaban más lágrimas que las de los recuerdos con él, las noches en vela contando anécdotas, las risas, las voces, sus comentarios irónicos... todo lo que había aprendido de él. - Descansa en paz Gandalf el Gris, donde quieras que estés.- dijo en voz alta mirando lo que quedaba de luna antes de esconderse entre los árboles.
Se giró para volver a su habitación, se encontró con un cuerpo entre las sombras, se asustó, pero sabía muy bien de quien se trataba. Ojos azules, pelo rubio, alto y fornido, era inconfundible. Haldir avanzó hasta ella con la mirada serena, como si nada hubiera sucedido, como si lo que ocurrió varias noches atrás hubiera sido un sueño y que la mirada que le dedicó horas antes, no hubiera sido él.
-¿Qué haces aquí?- preguntó Linwe, firme, derecha, como si se estuviera enfrentando a un desconocido, con los ojos llenos de dolor.
-No pude conciliar el sueño, desperté varias veces durante la noche.- Él la seguía mirando tranquilo, como sus palabras. Estaban a escasos treinta centímetros el uno del otro. - ¿Y tú?-
-Aragorn quedó dormido en mi cama, y aún así no tenía mucho sueño.- dijo ella, caminaba hacia el borde de la plataforma y se apoyó en la baranda. -Vengo aquí cuando no puedo dormir.-
-Me acuerdo cuando subiste aquí por primera vez.- Linwe notaba la mirada de Haldir tras de sí, él había sido quien le enseñó aquel mágico lugar hacía ya mucho años, una noche, antes de que se fuera de viaje. - Te quedaste tan entusiasmada, nunca olvidaré el brillo de tus ojos aquella tarde de verano...- Callaron unos segundos. Haldir se puso a su lado en la barandilla de madera blanca, la miraba fijamente. -Linwe, no quiero que te vayas.- Esta calló un par de minutos, miraba la oscuridad del cielo, sin hacer un gesto, luego le miró a los ojos.
-Tengo que hacerlo Haldir, cando ellos se vayan, yo iré con ellos.- él le acarició la cara, acarició su mejilla derecha hasta llegar a sus labios. Aquellos labios que tanto deseaba desde hacía mucho tiempo. Ella le miraba a los ojos como su estuviera leyendo sus pensamientos. Lo que ella sentía no era amor, lo comprendió en ese mismo instante. Cuando estaba con él estaba a gusto, pero no lo quería de la manera en que él deseaba. No lo amaba.
-Haldir...- dijo la joven apartando su mano de su cara lentamente. Siguió cogiéndole de la mano. -Tú y yo... esto no puede ser posible.- Él cambió su mirada, no era una mirada de decepción, ni tristeza, era calmada.
-Ya lo sabía.- dijo el semejante. - Lo sabía desde mucho tiempo antes de que nacieras, pero aún quise cambiar el destino. Pero parece ser que es inevitable.-
-¿Ya sabias?.- Linwe no entendía nada, si ya sabía cual iba a ser la respuesta, ¿por qué hacerse daño?
-Hace muchos años, cuando aún no era General de Lothlórien, Galadriel me ofreció mirar en el espejo. Yo acepté la propuesta después de pensarlo durante varios días. Entonces te vi a ti, vi muchos de los momentos que hemos vivido, vi esta noche, en este lugar. - Haldir esbozó una leve sonrisa, se sentía de alguna manera aliviado. -Pero aún así, caí en todo lo presagiado, aún sabiendo el final que tendría esta historia.- Linwe lo miraba sorprendida. No sabía que decir. Que alguien de su rango, un alto elfo estuvieses allí diciéndole aquellas cosas, la amaba desde el principio, desde mucho antes de nacer ya sabía el desenlace que aquello tomaría.
-Haldir, yo...-
-Será mejor que no digas nada, es mejor así.- Ella le hizo caso. No podía creerse lo que le contaba, ella no era hermosa ni delicada, al menos así se veía ella. Todas las demás mujeres elfo que conocía siempre iban impolutas, con preciosos vestidos y elaborados peinados. Ella era la antítesis de todo aquello, no se preocupaba demasiado de su imagen y sus formas a veces no eran las correctas. No entendía que podía haber visto él en ella. Quedaron allí varios minutos, en el este el sol empezaba a teñir de claro el cielo y un frio intenso atravesó el cuerpo de la joven, lo que hizo que un escalofrío recorriera su espalda y se extendiese por el resto de su cuerpo. Haldir lo notó. -¿Qué pasa?.- le pregunto el elfo, ella sonrió.
-Un escalofrío, tu no lo sientes, pero yo empiezo a tener frío. Sera mejor que me vaya.- dijo ella con una sonrisa se dirigió hacia las escaleras, Haldir la siguió con la mirada, antes de desaparecer en la oscuridad.
-Linwe,- esta se giró. - ¿seguiremos siendo los mismos?.- ella le dedicó una sonrisa.
-Siempre lo seremos.- el sonrió. Tras eso ella bajó las escaleras y caminó por muchos flet hasta llegar a su alcoba.
Cuando llegó Aragorn seguía exactamente igual a como lo había dejado. Cogió una chaqueta y salió al balcón, desde allí podía ver donde había estado momentos antes, Haldir aún seguía allí. No podía imaginas como se sentía Haldir, sabiéndolo desde siempre, aún así le había arriesgado por lo que sentía. Ahora se daba cuenta de muchas cosas, de muchos comentarios y gestos. Tal vez su relación ya no volviese a ser igual después de todo, aunque ella actuaria ya no volvería a ser igual después de todo, aunque ella actuaría como siempre, no sabía cómo reaccionaría él.
-¿Has estado despierta toda la noche?- pregunto tras suya una voz que cada vez se acercaba más a ella, para que luego la rodeara con un brazo por encima de los hombros.
-Sí.- contestó ella. Miraba todavía al sitio donde había pasado la noche.
-Deberías haberme despertado, hubiera ido al campamento con los demás.-
-Quería que te quedaras aquí, además, tenias un aspecto tan inocente cuando dormías.- el rió. -Era como cuando era pequeñas y tú me arropabas a mí.
-Sólo que yo no me pasaba el día haciendo estragos en todo Imladris con una espada de madera y madre se preocupaba por mí.- dijo Aragorn, los dos empezaron a reír. -Será mejor que duermas, luego ven a comer con nosotros, te presentaré a la compañía.-
-¿Qué tal es el enano?.-
-Digamos que a Haldir no le ha caído muy bien... no le dedicó buenas palabras en la frontera y obligó a que se vendara los ojos en el Naith, obviamente no quiso, propuse que nos vendaran a todos los ojos para ir en igualdad de condiciones. Asi vinimos... - ella se echó a reír. -además, en la frontera no le dedicó buenas palabras... por suerte él no entendió.-
-¿Y él que dijo?-
-Es un caballero, ya lo conoces.-
-Sí que lo es.- dijo Linwe volviéndose a mirar para ver si seguía Haldir, pero había desaparecido.
Aragorn se fue un par de minutos más tarde. Linwe se acostó, no le fue difícil encontrar el sueño. Demasiadas emociones fuertes en muy poco tiempo. No se había dado cuenta, pero se había pasado casi toda la semana llorando, algo que no le pasaba desde la muerte de su madre, no era mujer de lágrima fácil, pero hay cosas que a todo el mundo superan.
