CAP. 3. DE ARQUEROS Y ESPADACHINES.

Despertó casi a medio día, estaba cansada, tenía frio y mucha hambre, se arregló lo más rápido que pudo y salió disparada a buscar a Estel, quería verle, tocarle, saber que lo que había sucedido el día anterior era real y no un simple sueño caprichoso. Bajó las escaleras lo más rápido que puro, dichosas faldas, pensaba al tener que remangarse el vestido para no caer. Tardó diez minutos aproximadamente desde que salió de la habitación, llego al improvisado campamento en el que la compañía se estaba alojando. El desanimo y pesimismo se sentía en el aire, los componentes de la compañía se la quedaron mirando extrañados, algunos echados en las camas, otros sentados o hablando entre ellos, no encontraba a Aragorn, en el campamento no estaba. Siguió andando, a sólo quince metros le encontró, sentado solo y apartado del grupo. Fue con él y se sentó a su lado, no dijeron nada, simplemente sonrieron.

Pasado un rato de silencio una voz grave requería la presencia de su hermano, lo llamaba toscamente y a voces, Aragorn se giró con desanimo y cara de pesadez, Linwe no entendía nada.

-Aragorn, eh, Aragorn.- decía la voz cuyo cuerpo era el de un enano, con barba y pelo largo, los ojos hundidos, aspecto tosco y muy rudimentario. - no es que me gustara, pero podrías pedirme más comida de la que trajeron ayer?.- dijo el enano llegando al sitio en el que estaban sentados. Linwe le echó una mirada divertida a Estel, quien palideció con la llegada del enano. Haciendo ningún caso a la pregunta del enano Aragorn intentó desviar el tema.

-Gimli, ella es Linwe, es mi hermana pequeña.- el enano miró a la joven como si la estudiara detenidamente, luego fue hacia ella y la besó en la mano.

-Encantado, mi señora, no sabía de que mi compañero tuviera tan hermosa hermana.- Aragorn le fulminó con la mirada, Linwe empezó a reír. -Oh, sí! Una risotada era lo perfecto para empezar un nuevo día, espero jovencita volver a verla por aquí, sería un placer.- Gimli se despidió y volvió en dirección al campamento.

-¿Desde cuándo un enano estaría feliz en Lothlórien?.- dijo Linwe sorprendida. Aragorn comenzó a reír. Cuando se les pasó la risa, Aragorn condujo a su hermana hasta el campamento para presentarles al resto de la compañía. Todos se levantaron con la llegada de la pareja y salieron a recibirlos.

-Estos son Merry y Pippin, él es Boromir, Gimli a quien acabas de conocer. -no puedo evitar soltar una pequeña carcajada al mirarlo y decir su nombre. -y ellos son Sam y él Frodo, el portador. - Todos saludaron a Linwe.-

-Estoy encantada de conocer a personas tan valientes como vosotros, es un honor realmente.-

-¿Dónde está Legolas?.- dijo Aragorn.

-Marchó a dar un paseo hace más de dos horas.- dijo Merry o Pippin, Linwe no estaba segura. -Y vos señora, ¿quienes sois? ¿Su novia?-

-Pippin.- dijo el hobbit que había al lado dándole un codazo, el resto miró hacia otro lado. Linwe y Aragorn se miraron y sonrieron.

-Somos hermanos.- dijo Aragorn. Los dos hobbits se quedaron pensativos, en especial Pippin.

-Hacía mucho que no os veía, si no recuerdo mal, hace unos de cinco años.- dijo Boromir. Linwe le echó una mirada poco agradable. No tenía nada en contra suya y la vez mucho, la única vez que le había visto fue en una mala situación. -No esperaba encontrarnos aquí, os hacia mas del Norte, una montaraz.- Aragorn iba a dar un paso para un paso para hablar con él más cerca, pero Linwe lo detuvo.

-No os equivocáis, pues también soy eso. No tengo por qué avergonzarme, ¿o va a ser usted, mi noble caballero, el que me diga que hay de malo?.- Linwe le miró con furia. Si pensaba que por unas palabras ofensivas iba a dejar que se diera por aludida, se había equivocado de persona. Boromir se quedó callado.- No deberías de juzgar a las personas a la ligera, tú más que nadie deberías saberlo, ya sabes a que me refiero. Ahora no estais en vuestro país o ciudad, tened cuidado. - Boromir se quedó plantado en el sitio, no sabía que responder, sabía que ella llevaba razón. -Será mejor que comamos, yo tengo hambre.- dijo Linwe con una amplia sonrisa, como si las palabras que acababa de cruzar no hubieran pasado. Gimli fue el primero en sonreír tras las palabras de la muchacha, se dirigieron a un claro en donde servirían la comida. Todos eran agradables, incluso Gimli, que parecía estar en la Montaña Solitaria en vez de en medio del Bosque Dorado. Merry y Pippin era muy divertidos y se pasaban el rato intentando hacer reír a los demás, Sam y Frodo eran algo más callados, hablaban más entre ellos, Boromir también seguía callado y Gimli... él estaba demasiado centrado en la comida y la bebida, solamente hablaba para respaldar algún comentario o para reír alguna de las gracias que hacían los hobbits.

A mitad de la comida llegó Legolas, el último que a Linwe le quedaba por conocer. Se pusieron en pie para la presentación.

-Legolas, ven- dijo Aragorn para captar la atención del elfo. -ella es Linwe.- el elfo sonrió al verla.

-Encantada.- dijo ella apenas encontrando las palabras. Sus ojos grises y su rubio pelo parecían brillar por si solos, vestía de gris claro. Era enormemente atractivo, casi una belleza ambigua que se no ser por que sus ojos reflejaban el paso de los años, diría que era un chico joven, alto y fornido y su cuerpo era producto de mucho ejercicio. Se sentó al lado de Aragorn, estaban en el suelo, sobre la verde y suave hierba en la que habían colocado grandes telas sobre las cuales estaba puesta la comida en grandes bandejas de metal y platos, había vasos y cubiertos del mismo material, las jarras plateadas también, contenían agua y vino dulce.

Pasaron la comida hablando, olvidando los malos ratos pasados durante los últimos meses. A media tarde Linwe subió a su cuarto para coger el arco y su carcaj. Ahora más que nunca debía ponerse a punto para cuando fuera con ellos. Decidió ir a Cerim Amroth de nuevo para estar a gusto y tranquila. Su objetivo era una rama seca colocada verticalmente. Diez de diez desde una distancia de veinte metros, probó desde más lejos, falló tres. Recogió las flechas y volvió a la misma posición. Inspiró hondo y soltó la flecha, que se le fue desviada cinco centímetros más arriba. Volvió a cargar el arco, se desvió, había notado una presencia. Se desconcentró.

-No tensas lo suficiente- dijo una voz a su derecha unos metros más allá. Era Legolas, que la miraba desde la sombra de un árbol. Llegó a su lado y le cogió el arco y una flecha. Colocó, tensó, lanzó y dio de pleno en el objetivo. -tienes buen arco, pero deberías de cambiarle la cuerda.-

-¿Cuánto tiempo llevabas ahí?.- dijo Linwe. Estaba sorprendida, el elfo la trataba con total confianza.

-El suficiente para darme cuenta de que no lanzas como alguien que se dedica por gusto.- dijo Legolas con una sonrisa cómplice.-Dónde aprendiste?-

-Aquí en Lothlórien.- dijo Linwe. Se quitó el carcaj para sacar una cuerda que llevaba allí y cambiarla. El elfo se la quitó de las manos. Se sentaron a la sombra de un árbol cercano mientras Legolas se dedicaba a cambiarle la cuerda al arco.

-No entiendo, tu carcaj y tu arco dicen cosas diferentes.- dijo el elfo muy empeñado en el arco. -Tu carcaj si es de estas tierras, pero tu arco...- ella se quedó sorprendida.

-Digamos que he viajado mucho...- dijo ella sonriendo, el elfo hizo lo mismo.

-¿Por qué aprendiste?- ella sonrió.

-Todo es vital, si no aprendes a defenderte, estás perdido.- El elfo asintió, sus ojos cambiaron por algo más triste. Ella sabía que el Bosque Negro hacía ya mucho tiempo que los ataques de orcos y demas bestias era la vida cotidiana de mucha gente. -Por qué quieres saberlo?-

-Simplemente información. Deberías también bajar un poco más el brazo derecho cuando sueltes la flecha, así no se desviará.- el elfo probó tensando la nueva cuerda para ver si estaba lo suficientemente ajustada.

-Esto ya está listo, tu arco aguantará mucho más con esta cuerda.- Concluyó Legolas entregándole el arco de nuevo a su dueña.

-¿Cómo puedo pagártelo? -Linwe probaba el arco, la verdad es que la nueva cuerda estaba mucho más tensa y ofrecía más resistencia. El elfo sonrió.

-No tienes por que hacerlo, ha sido un placer.- el elfo se levantó y cogió camino hacía la arboleda, pero se giró cuando había dado vario pasos. -Tal vez... accedería a que me enseñaras Lothlórien, me gustaría conocerlo mejor en el tiempo que pueda. Tuvimos algunos problemillas al venir...- ella sonrió, sabía que se refería a las vendas que tenian que haber llevado.

-Mañana por la mañana, te parece bien?-

-Me parece bien. - dijo el elfo sonriendo, se giró para marcharse.

-Aunque...- el elfo volvió a mirar a la joven.- yo aceptaría unas clases de tiro, y de espada, debo mejorar en técnica...- Legolas la miró sonriendo.

-Me parece un precio justo, aunque yo creo que sales ganando.- Linwe se encogió de hombros y sonrió alegremente. Legolas desapareció entre los árboles. La muchacha se puso en pie. Se puso en la posición que estaba antes de llegar el elfo. Cogió una flecha, cargó, fijó bien el blanco, tuvo en cuenta los consejos de Legolas. Diez de diez.

Cuando al sol le quedaban pocas horas de luz decidió volver. Había sido un buen entrenamiento, estaba contenta. Algo se despertaba en su interior. Se dio un baño y se cambió de ropa a punto para la cena, se dirigió al campamento. Todos estaban ya sentados y charlando. Parecían algo más animados que en la comida. Se sentó al lado de Aragorn, quien la recibió con una sonrisa. Sin darse cuenta se había pasado la noche entre unas cosas y otras. No se dio cuenta de que estaba cansada hasta que se tumbó en la cama.

Pasaron varios días y Linwe era la guía perfecta para el príncipe Legolas que a su vez le enseñaba a mejorar con arco y espada. Pasaban muchas horas juntos, lo pasaban bien, en las comidas y cenas hablaban con los demás y reían mucho. Aquella mañana Linwe le enseñaría un lugar más alejado de los que habían visitado hasta entonces, bajando las escaleras se encontró con aquellos ojos azules que tanto conocía. No había vuelto a ver a Haldir desde la noche en que llegaron los viajeros. Ella le recibió con una sonrisa.

-¿A dónde vas?- ella le miró extrañada.

-He quedado, vamos a hacer un paseo al Árbol Viejo.- dijo ella con un tono despreocupado. Él no pareció tomar la noticia con mucha alegría.

-¿Vamos? ¿Aragorn y tú?.- La muchacha negó con la cabeza.

-Voy con Legolas, le estoy enseñando el Reino, en la medida de lo posible.- ella sonreía.

-Últimamente no te veo, desde que ellos llegaron tú te has esfumado. Te veo andar, subir y bajar escaleras, pero tú nunca te das cuenta de que estoy ahí.- dijo el elfo. Su mirada era triste, sombría. Si no fuese porque Linwe no se lo imaginaba, juraría que parecía haber estado llorando. Pero aquello no podía ser, pensó la joven.

-No sé... sabes que soy algo despistada Haldir.- Linwe mantenía su sonrisa. Sabía que su relación, por más que ellos quisieran, no volvería a ser la misma. Y aquellas palabras era testigo de ello, aunque más que las palabras, era la manera de decirlas.

-Será mejor que te des prisa, o llegarás tarde.- dijo Haldir, ya no la miraba. Había subido varios peldaños de las escaleras.

El día ya no había sido tan bueno como ella había planeado, desde su breve conversación con Haldir, era como si una parte de sí hubiera desaparecido. Incluso en el entrenamiento había fallado varios lanzamientos. Legolas le había preguntado varias veces por qué estaba así, pero ella le daba respuestas vanas y cambiaba de tema. Aquella noche no cenó con la compañía, se quedó en la habitación pensando. Ojalá y todo aquello acabase pronto, no había hecho planes con Legolas para ir a algún sitio. No tenía ganas, y él tampoco se merecía su actitud.

Cuando despertó ya hacía varias horas que había amanecido. Como un día más bajó después de asearse, peinarse y ponerse un vestido, aquel día dorado. Bajó a la cocina para coger algo de fruta para desayunar, los cocineros y cocineras la saludaron casi al unísono. Cogió una manzana de un rojo intenso, que perfectamente lavada comió con piel. Bajó al campamento, saludó a Frodo, quien ya parecía algo más animado en contraste a cuando llegaron, al igual que Sam, algo más adelante estaban Boromir, Merry y Pippin practicando con espadas, Boromir hacía de maestro, aunque sus alumnos no parecían muy interesados en la práctica y si en hacer comentarios cómicos acerca de él, Gimli los observaba sentado en el saliente de una raíz de árbol. Linwe se sentó junto a él. A ella le había fascinado cuán bien se llevaban Legolas y el enano, para buen agrado de esta. Aunque a veces las diferencias salían a flor de piel, generalmente era una relación soportable.

-Si buscas a Trancos hace rato que salió a dar un paseo.- dijo Merry esperando a su turno para practicar con Boromir.

-¿Dónde está Legolas?- dijo la muchacha.

-Oh! Casi me olvido-dijo el enano.-, él dijo que iba a la frontera, con algunos guardias. Que la disculparais por cambiar de plan.-

-¿A la frontera? ¿Para qué?.-dijo Linwe extrañada.

-Si, quería volver a oír el Nimrodel... elfos!.- Linwe no pudo evitar sonreír.-Marchó con dos elfos que nos acompañaron por el camino, estaban en las plataformas de las fronteras cuando llegamos al bosque.-

-¿Orophin y Rúmil?- pregunto la muchacha, Haldir no podía ser, pues estaba en la ciudad.

-Si, me parece que eran ellos... vuestros nombres son tan raros y complicados de recordar...- Linwe rió al comentario que hizo el enano. Decidió pasar allí el día, estuvo entrenando con los hobbits y Boromir. Las cosas entre ellos se habían calmado, ya no hacían comentarios despectivos y las formas habían ido para bien. Después de todo estaban allí para lo mismo.

Al caer la noche como había dicho Gimli, Legolas estaba de vuelta, venía con Haldir, este se quedó allí a cenar. Se llevaban muy bien, amigos desde hacía mucho, contaban anécdotas de las que sólo ellos dos se reían. Desde aquel día Legolas y Haldir empezaron a pasar más tiempo juntos, Linwe y Haldir por el contrario hablaban poco, y raras veces se metían en las conversaciones del otro. Llevaban allí poco más de dos semanas y en aquel tiempo a Linwe le había dado tiempo de estrechar relaciones con todos los de la compañía. Pasaba casi todo el día con ellos. Aragorn disfrutaba de la paz y la tranquilidad de Lothlórien.

Cuando llevaban tres semanas, ya se empezó a planear la partida para la compañía, saldrían la semana próxima. Para el asombro de mucho habían pasado ya tres semanas. Linwe aun no le había dicho nada a Aragorn sobre su decisión de unirse al grupo, no sabía cómo se lo tomaría y tampoco como reaccionaría. Había estado retrasándo lo máximo posible aquel momento, pero ya era hora. Llegó al campamento y buscó a Aragorn, estaba sentado en su cama bajo el techo de tela blanca que hacía las veces de tienda. Se sentó a su lado.

-Aragorn, debo decirte algo.- él la miró intrigado, su tono revelaba nerviosismo a la par que preocupación. -cuando volváis a marchar, dentro de una semana, yo iré con vosotros. -él dudó y cerró los ojos tras escuchar la noticia, como si estuviese asimilando y meditando las palabras de su hermana.

-¿Por qué?- dijo con voz cortante, luego la miró de hito en hito.

-Puedo ser útil, lo sabes. Quiero ir, Estel.- él calló unos segundos.

-Supongo que no puedo hacer nada, es tu decisión. No voy a impedírtelo, Linwe.- Aquellas palabras no terminaron de entrar en la cabeza de la joven. Una enorme sonrisa nació en la joven que luego le dio un abrazo a Aragorn. Para nada se esperaba aquella reacción.

-¿Ya? ¿De verdad que no vas a darme ninguna charla ni nada? ¿Vas a consentir que vaya a un viaje lleno de muerte?- él la miró sonriendo.-¿ni siquiera vas a quejarte y tampoco vas a ponérmelo más difícil?-

-Ya eres mayorcita para saber qué quieres hacer, aunque no es el tipo de viaje al que yo llevaría a nadie.-

Los días pasaron mucho más rápido desde que Linwe se quitó el peso de encima que suponía la charla que había tenido la semana anterior. Ya tenía su petate listo para el viaje, una muda, ropa interior, cepillo... el carcaj y el arco estaban puestos a punto, la espada había sido llevada a afilar días antes y colocada en el lado izquierdo del cinturón de cuero. Llevaba puestos unos pantalones gris oscuro, una camisa en blanco y una chaqueta en un gris más claro. Se había recogido el pelo en un semirecogido que le dejaba el pelo suelto por la espalda.

Los primeros rayos de sol estaban asomando cuando salió de su habitación y echó la llave, la había dejado recogida. Todo guardado en su baúl de madera de roble, su escritorio recogido de papeles. Ahora que se iba, sabía que echaría de menos su acogedor cuarto. Aún no había salido el sol por completo cuando llegó al embarcadero para preparar la partida, tan solo había algunos elfos poniendo a prueba las barcas que llevaría la compaña a través del Anduin hacia el Sur. El grupo había pasado un mes en Lothlórien, estaban descansados y con las heridas curadas, la fatiga del viaje había desaparecido, pero la pena por reanudar la marcha había vuelto.

A los pocos minutos llegó por allí Haldir, para revisar que todo estaba a punto y las cosas marchaban bien, miró a Linwe que estaba al final del muelle cabizbaja mirando el agua.

-¿Te encuentras bien?- dijo el elfo poniéndose a su lado. Estaba tan bella... no quería que se fuera, no quería que se apartara de su lado, aunque ya estaba lejos. Ella le miró con una sonrisa, una sonrisa que quedó grabada en la mente del elfo durante unos segundos, hizo que estremeciera y que ganas tremendas de besarla nacieron en él. La deseaba. Aunque su corazón no le perteneciera, aunque él ya lo sabía, la quería. Siempre la quiso. Desde la primera vez que volvió de un viaje al norte convertida en mujer. Una mujer tan bella y risueña como no había otra. Cuando sus ojos le miraban, un escalofrío recorría todo su cuerpo, tan intenso, tan agradable... no podía apartar su mirada de ella.

-¡Haldir!- dijo la joven. El general parecía salido de un trance. -Haldir, ¿qué te pasa?-

-Nada... es que...- no encontraba palabras, quería decirle tantas cosas, en tan poco tiempo.- ¿estás segura que es lo que deseas?- ella le acarició la cara con una leve sonrisa, sus ojos entre alegría y tristeza, no acababan de decidirse.

-Ellos me necesitan. Aunque sea poco lo que pueda hacer por ellos, no dudaré, aunque en ello me valla la vida.-

-¡No!- la interrumpió Haldir. -No digas eso.- el elfo abrazó a la muchacha. Aquella idea no era aceptada en su mente y tampoco en su corazón. Tan solo de pensar en aquello, un frio gélido entraba en su cuerpo inundándole de desesperación y llanto.

Legolas llegó al embarcadero, estaba con Aragorn, llevaban sus escasas pertenencias para cargarlos a las barcas y ayudar en lo hiciese falta. Al llegar al embarcadero vieron a la pareja abrazada, como si él resto no existiese, llevaban más de medio minuto así. Haldir era consciente de que aquella vez sería, probablemente, la última vez que la viese. Estaba a gusto con ella, así, entre sus brazos. Tan frágil y delicada como una escultura de cristal. Todo a su alrededor pareció esfumarse por un instante, para luego caer contra la dura realidad al separase de ella. Del aroma de su piel.

-¿Ellos...?- preguntó Legolas. No podía terminar la pregunta. Se les veía tan bien, Linwe estaba tan sonriente junto a Haldir.

-No estoy muy seguro.- dijo Aragorn poniéndose a hacer algo para disimular. La pareja caminaba hacia ellos, pero Legolas no podía dejar de mirarlos, para él era como si estuvieran cometiendo algún tipo de delito, no le gustaba verlos así. No le gustaba ver a Linwe así de sonriente con él. La pareja llegó a la altura de Aragorn y Legolas. Saludaron y se pararon para echar una mano a Aragorn que cargaba con más bolsas. Legolas sacó su mejor sonrisa.

-Buen día Legolas, ¿preparado para proseguir con la marcha?.- le dijo la muchacha con una amplia sonrisa. A pesar de vestir ropa de montar estaba realmente hermosa. Legolas se había fijado en su belleza, pero aquella ropa mas entallada dejaba ver su silueta, esbelta, bien formada, perfecta a sus ojos.

-Si, claro.- dijo el príncipe apresurándose en contestar.

-Me alegro, por cierto ¿y los demás?- preguntó Linwe.

-Están todavía en el campamento. No hay quien levante a Gimli y Tuk.- dijo Aragorn dejando a Legolas con la palabra en la boca.

Estuvieron toda la mañana con los preparativos de las barcas, cargando y descargando bultos para comprobar el peso para que no hundieran. Aún no estaban claros los grupos que irían en cada barca, tardaron otro buen rato para decirlo de manera que todos los barcos llevaran más o menos el mismo peso entre personas y equipaje.

-Esta bien, – dijo Aragorn. Ahora ejercía de cabeza del grupo, a la falta de Gandalf él le dijo que se ocupara de todo. No se le daba mal. Hasta los hobbits callaban para que él pudiese hablar sin alzar la voz. Infundía un enorme respeto. - nos repartiremos de este modo: Boromir, tú iras en una barca con Merry y Peregrin, Legolas, Gimli y Linwe en otra y Frodo, Sam y yo iremos en otra. Repartiremos las cosas en las tres barcas y zarparemos.- todos quedaron de acuerdo con su decisión.

Ya todo estaba terminado. Todos estaban dispuestos a partir en las barcas de madera blanca. Era poco antes de mediodía. Galadriel y Celeborn vinieron, tras ellos, tambien estaba Haldir.

-Antes de partir, nos gustaría compartir una última comida con vosotros.- dijo Celeborn. Todos aceptaron de buen grado la invitación. Fueron a un lado de la orilla, tendieron telas en la hierba y los elfos del servicio empezaron a servir la comida.

Todos parecían felices, riendo y cantando. Como si lo que hubiese pasado hasta entonces sólo fuera un mal sueño, y lo que vendría a continuación fuese algo pasajero y liviano. Por un par de horas todo se olvidó. Disfrutaron comiendo y bebiendo. Aprovechando al máximo antes de aventurarse a lo que les esperaba fuera. Después de comer Celeborn se fue con Aragorn para hablar sobre el trayecto que seguirían y demás cosas sobre el viaje. Galadriel, tan radiante como siempre, ofreció presentes a cada uno de los miembros de la compañía. Luego los vistieron con ropas típicas de Lothlórien. Haldir era el encargado de vestir a Linwe, los dos sonreían por la circunstancia. Una capa que según la mirabas era de un color o de otro y un broche de plata y verde, insignia de su pueblo.

-Espero que estas capas os ayuden a huir del enemigo.- dijo Galadriel. - Nunca antes habíamos vestido a extranjeros con nuestras ropas, pero ahora cualquier ayuda es poca. - sus palabras retumbaron en sus corazones como puñales, los había devuelto a la realidad. Uno por uno Galadriel se fue despidiendo de los miembros de la compañía. A Linwe la aparto del grupo, tampoco había recibido ningún presente de la Dama de la Luz. -Linwe, tan solo queda darte mi bendición.- Galadriel estaba apenada por su marcha. Aunque su semblante parecía calmado su voz la delataba. - ¿Qué más puedo hacer por ti?-

-Ya habéis hecho todo, mi Señora. Me habéis dado una identidad. Comprendo ahora vuestras palabras cuando me dijisteis que esperara. - Galadriel esbozo una sonrisa. -Gracias.-

-No tienes que darlas, siempre serás bien recibida en estas tierras, Eleathar.- Galadriel besó la frente de la muchacha.- Recuerda que siempre serás una Galadrim.- Ella sonrió.

Luego fueron al embarcadero, allí Linwe se despidió de Celeborn. Haldir la miraba, ensombrecido por su marcha.

-Volveremos a vernos, Haldir.- le dijo la joven con una sonrisa tranquilizadora. Él la miró con una sonrisa triste y algo fingida.

Subieron a las barcas, había muchos elfos allí para despedirlos, deseándoles suerte y dándoles sus bendiciones. Era una triste partida para todos.

Irían por el Rio Anduin descendiendo por sus aguas, tan solo pararían para comer y dormir. Llevaban casi una hora de viaje, en el bote nadie hablaba salvo algunos comentarios vanos que no conducían a ningún sitio, era algo incómodo, pero Gimli rompió el hielo.

-He recibido mi más grave herida con esta partida.- dijo con voz algo desolada y no la tosca y ronca con la que solía hablar. - y ha sido verla por última vez. A partir de ahora, no le llamaré bello nada más que al presente que me entregado.-

-¿Qué te regalo?- preguntó Legolas que remaba al final de la barca.

-Yo le pedí una cabello de su hermosa cabellera de oro, ella me dio tres.- Linwe y Legolas sonrieron.

-¿Y a ti Legolas?- Preguntó Linwe, que iba en cabeza.

-Un arco como los que usan los Galadrim. ¿Y a ti?- Linwe sonrió con la pregunta.

-Su regalo fue pertenecer a un lugar.- sus dos compañeros no entendieron muy bien lo que la muchacha decía. Pero tampoco preguntaron más.