Cáp. 1: Desconocidos

Los días en Forks son siempre tediosamente iguales. Ya casi no sabía que hacer para entretenerme. Antes, podía salir con mi padre de excursión pero ahora él estaba demasiado enfermo como para que yo lo obligara a salir conmigo. Mamá no es del tipo que salga a caminar tampoco, así que sólo me quedaba quedarme en casa leyendo o tocando el piano.

Hoy estaba especialmente interesado en recordar una melodía que había invadido mis últimos sueños, pero, por más que me esforzara, no lograba sacarla a la superficie. La barrera de mi inconciencia era demasiado resistente. Sólo existía una cosa que era capaz de recordar, sus ojos.

No tenía claro a quién le pertenecía la mirada chocolate de mis sueños pero sabía que esa persona era importante para mí. Había tenido el mismo sueño durante años. En él, una muchacha con rostro en forma de corazón pálido y ojos color chocolate me miraba con una infinita devoción como si yo fuera lo más importante para ella. Solía avergonzarme cada mañana cuando pensaba en ello.

¡Cuánto ego se mantenía en mi interior! Nunca una niña como ella chocaría con mi vida ni se fijaría en mí.

Lo otro que era capáz de recordar con respecto al sueño, y lo que me confirmaba que era sólo un sueño, era un hermoso prado sacado de un cuento de hadas, perfectamente circular, bañado con rayos tímidos de sol. Si existiera un lugar así de seguro sería mi favorito. Si existiera una joven así, también lo sería.

Fruncí el ceño molesto. No se supone que el domingo se deba pasar así: pensando en una chica y un lugar inexistente o tratando de recordar una melodía que se niega a abandonar mis ensoñaciones inconcientes.

Suspire mientras caminaba arrastrando mis pies hasta la cocina blanca en el fondo de la casa. Tomé un posillo, vertí cereales y un poco de leche y me senté mirando por la ventana.

Este era unos de esos días extraños en los que no estaba lloviendo. Extrañaba el martilleo tintineante de las gotas de lluvia sobre el tejado y contra la ventana que se convertía en una especie de música de fondo constante. Cuando no llovía Forks era demasiado silencioso y ese sentimiento de soledad me golpeaba con fuerza como si me faltara algo importante sin lo cual mi vida esta incompleta.

Si bien no era una persona tímida tampoco era muy dado a la amistad. No tenía muchos amigos, sólo Agustín que es mi primo y Gracie, su hermanastra. Sin embargo, tenía la sensación que lo que buscaba no iba a encontrarlo en los habitantes de esta húmeda ciudad.

La melodía que hasta hace unos minutos era irreconocible por mi conciencia se hizo perfectamente clara de repente, como si alguien la estuviera tarareando para mí. Era tan dulce y suave, perfecta sin duda. Corrí hasta el hermoso piano negro de cola antes de olvidar las notas que solas revoloteaban por mi cabeza.

Hace unos cuatro días comencé a tener ese sueño en el que tocaba esta nana para la muchacha de ojos chocolate en medio de una gran sala blanca. Sabía que mis fantasías se me estaban saliendo de control, pero, en esos momentos era totalmente feliz.

Mi móvil sonó justo después que hube terminado de escribir las notas de la nana. Era Gracie. Según sus "fuentes" una familia nueva había llegado desde Alaska. El padre, al parecer era médico y ya estaba trabajando en el hospital general. En total eran siete, cinco de ellos tenían nuestra edad o eran un año menor por lo que serían nuestros compañeros en el instituto.

Escuche su perorata por al menos quince minutos antes de preguntarle que era lo importante de ellos.

─¿Cómo puedes preguntar algo así, Edward? ─chilló─ ¡Son nuevos!

─¿Y eso qué? ─pregunté desafiante─

Ella suspiró.

─Edward, tú, Agustín y yo formamos parte del comité del colegio ─dijo lentamente como si fuera un retrasado mental, aunque la verdad es que en ese momento hubiese deseado serlo─ lo que significa que ¡tenemos que mostrarles el instituto!

Gemí al imaginarme dando vueltas por todo el instituto con un desconocido como si fuera un guía turístico.

─Gracie, ¿No existe ninguna posibilidad de que me cubras esta vez? ─supliqué─

─No ─dijo rotundamente─, Agustín se te ha adelantado.

Rompió a reír al otro lado de la línea. Fruncí los labios conteniendo las maldiciones que peleaban por salir disparadas de mi boca.

─Esta bien. Nos vemos mañana.

─¡Adiós!

Colgó.

Me quedé mirando a la nada mientras asimilaba la nueva información. ¡Maldita sea mi mente adormecida por ser domingo!

No entiendo en que estaba aquel día en el cual acepté pertenecer a ese dichoso comité. Las personas como yo no sirven para esas cosas.

Bufé mientras recostaba mi cabeza sobre el piano.

─Edward…

─Uh?

─¿Por qué sigues aquí?

─¿Qué?

─¿Acaso no piensas ir al instituto?

Bostecé mientras oía una molesta y familiar voz a lo lejos. Era mi madre.

─¿Qué quieres, mamá? ─dije con voz patosa a causa del sueño─.

Ella bufó.

─Quiero que te vayas al instituto, Edward. Si te das prisa podrás asistir a las clases de la tarde.

Ahí fue cuando caí en la cuenta de que me había quedado dormido.

¡Maldición!, ¡Seguro Gracie me mata!... tendré que ir haciendo un bosquejo de mi testamento…

Salté de la cama directo al baño mientras mi mamá me gritaba que me estaría abajo.

Me duché lo más rápido que pude y me vestí con lo primero que encontré. No tuve tiempo de corroborar en el espejo si estaba presentable, seguro a estas horas ya no importaba.

Corrí escalera abajo hacia la puerta. Me despedí de mi madre con un agitado "adiós" y me monte en mi coche sin más.

Las calles de Forks se volvieron difusas debido a la velocidades a la que conducía. No había tiempo para pensar en la posibilidad de una multa.

Increíblemente no me detuvo ningún policía y, al de unos minutos, me estacioné en el único espacio vacío en todo el aparcamiento, justo al lado de un impresionante deportivo negro.

No tuve tiempo de admirar el coche como se merecía, simplemente corrí al interior del colegio hasta la cafetería. Al parecer alcanzaría milagrosamente a comer algo antes de ir a clases de español.

Entré apresuradamente al lugar sin detenerme a mirar a nadie directo a por mi comida. Cogí todo lo que pude y me encaminé a una de las mesas donde se encontraba Agustín con uno de sus compañeros, Joshua, creó que se llamaba.

A penas me hube sentado vi como una joven realmente hermosa salía a toda velocidad. Me quedé admirándola como estúpido, asombrado por la infinita gracia con la que abandonaba la cafetería. Pude ver que poseía una larga cabellera caoba en contraste con su piel blanca. Sí no lo hubiese visto con mis propios ojos no habría creído que alguien pudiera caminar a tal velocidad sin llegar a correr y tan delicadamente como si apenas rozara el suelo. Más que caminar parecía flotar como un pétalo de flor sobre el agua.

Una vez ella desapareció del lugar me gire automáticamente al lugar de donde había venido, buscando al posible causante de su huida. Pero, en vez de eso me encontré con cuatro pares de ojos mirándome fijamente.

Giré la cabeza tan rápido que provocó un fuerte dolor en mi cuello. Agustín me observó interrogante pero yo me limité a negar con la cabeza.

Mientras comía meditaba sobre aquellas personas. No los había visto antes por lo que debían ser los Cullen y los Masen. Eran realmente… hermosos, no creo que exista otra palabra que este más cerca de la verdad, aunque "gloriosos" también es un concepto aceptable.

Desde mi posición pude apreciar sus rostros pálidos y perfectos, y, a pesar de que no estaban conversando, se les veía a gusto en esa mesa junto a la ventana. Como si siempre hubieran estado ahí. Sin embargo, era ella la que ocupaba mis pensamientos. La hermosa muchacha que había abandonado la cafetería tan rápido que se podría decir que había visto aun fantasma.

A penas noté cuando Gracie se sentó frente a mí. Pero pude sentir un par de miradas taladrándome por lo que alcé los ojos. Mis primos me miraban fijamente con el ceño fruncido.

"¡Y ahí viene!" me dije a mi mismo.

─¿Por qué llegaste tan tarde, Edward?

─Me quede dormido ─dije alzando los hombros─.

─¿Te quedaste dormido? ¡Cómo p-!

─Basta ─la silenció Agustín─. Ya esta aquí. Eso es lo que importa.

─Cierto ─musitó Gracie─, de todas formas, no creo que hoy podamos hacer nada, lo haremos mañana… ─su vista se fijó en la puerta de la cafetería─, me pregunto que le pasó a Bella…

Bella

Cuando oí ese nombre mi cuerpo reaccionó de manera extraña, como si lo reconociera. Me tensé instantáneamente y comencé a hiperventilar. Una serie de imágenes sin sentido inundaron mi cabeza como si todos lo sueños y pesadillas volvieran a mí de golpe. Vi a aquella joven de ojos chocolate, el prado, un hombre rubio de ojos dorados, un grupo de extraño de personas de ojos carmesí. La ira me invadió cuando vi sus siluetas pero fue rápidamente menguada por una sensación de felicidad abrumadora. Vi entre mis brazos a una muchacha diferente a la de ojos marrón pero la sensación era la misma, como si ella fuera la misma…

─¡Edward! Oh, Dios ¡Qué le ha pasado!

─Silencio, Gracie

Una discusión externa desvaneció las imágenes en mi cabeza. Gruñí un poco cuando el calor del cuerpo de la muchacha se desvaneció. Me sentía vacío y solo.

Abrí los ojos algo aturdido. Estaba en un lugar blanco tendido sobre una camilla: la enfermería.

Quise incorporarme pero el mundo dio vueltas y caí de bruces de vuelta a la camilla. Lleve mi mano a mi frente intentando apaciguar el dolor de cabeza cuando oí un par de voces chillonas llamándome. Pude reconocer la voz de mi prima pero la otra me fue imposible identificarla, era cantarina y musical, más que chillar parecía estar cantando.

Un relámpago de cabellos negros entró corriendo al cuarto y se situó a mi lado velozmente.

Su rostro hermoso estaba contraído en una mueca mezcla de preocupación y alegría.

─Oh, Edward… ─susurró─. ¡Estábamos tan preocupados!

Unos golpecitos interrumpieron sus palabras. Di un escueto "adelante" y de la puerta apareció un hombre rubio, alto y musculoso de unos penetrantes ojos dorados. En ese momento noté que la muchacha a mi lado también tenía los ojos dorados como el hombre en mi sueño.

El joven avanzó hasta quedar detrás de la chica y la levantó con delicadeza.

─Disculpa a Alice ─me dijo con voz melodiosa─, tiene problemas para controlar su efusividad.

Reí.

─No hay problema ─aseguré─. Soy Edward.

─Yo soy Jasper, ella es mi novia Alice y el grandulón que te trajo aquí, que de seguro no recuerdas, es su hermano Emmett.

En ese momento caí en la cuenta de que no sabía que me había pasado. Abrí la boca para preguntar pero la pequeña joven con aspecto de duendecillo se me adelantó.

─Te desmayaste de repente. No sabíamos que hacer… ¡Todo esto es tan complicado!

─¿Por qué me ayudaron?

Jasper frunció el ceño.

─Bella conoció a Gracie durante la clase de literatura…

─Los amigos de Bella son nuestros amigos también sentenció Alice─.

Les dirigí una mirada de confusión por lo que Alice rió.

─¿Dónde están Agustín y Gracie? ─pregunté hubiera podido jurar que lo había oído─.

Jasper rodó los ojos.

─Ella grita mucho ─fue lo único que dijo─.

No necesité más. De seguro la enfermera la había sacado y Agustín estaba con ella.

─Iré a avisarle que ya has despertado ─anunció─. Te quedas con Alice… no le permitas que te agobie.

Se rió mientras la duendecillo lo fulminaba con la mirada.

─Dime, Alice… ─dudé, sería muy extraño preguntarle por su hermana sin más, aunque yo tampoco entendía por qué quería saber de ella─.

─Ella esta bien, Edward ─la mire horrorizado─.

─¿Ella?

─Bella ─casi vuelvo a desmayarme, ¿Cómo sabía lo que le preguntaría?-… simplemente le molesta tanta atención, ya sabes…

Eso lo dudé un poco. Siendo tan hermosa debería estar acostumbrada a que la gente la observe.

─¿Cuántos años tienes?

La observé con desconfianza pero decidí hablar, total podía averiguar eso en cualquier parte.

─17

─¿Dónde naciste?

─En Francia…

Así pasamos alrededor de media hora en la que ella preguntaba y yo respondía como si fuera un interrogatorio. Alice parecía totalmente eufórica con la nueva información, era una personita realmente agradable…

De pronto su rostro se quedó en blanco y sus ojos se quedaron fijos. Fue tan rápido que pensé que lo había imaginado. Velozmente se puso de pie y se despidió de mí saliendo a toda prisa.

Al de un rato entró Gracie refunfuñando por haber sido obligada a salir de la enfermería. Parecía no haberme visto hasta que se sentó en la camilla y me dijo aún sin mirarme.

─Mañana haremos los recorridos…

Hola! Hola! Espero que les guste este fic! Yo soy totalmente team Edward así que adivinarán que gozo cuando puedo escribir sobre él…

Jajjaja