Cáp. 2: Alma Enamorada

La mañana brumosa de octubre me recibió con una sonrisa burlona. Casi no podía mantenerme concentrado en lo que estaba haciendo. Tuve que poner especial atención en todo lo que hacía, sobre todo a la hora de ducharme… ¿Y todo por qué? Por una muchacha hermosa y desconocida a la que probablemente no le interesen los chicos como yo y que ni siquiera sabe que existo…

Suspire.

Tampoco era como que yo fuera a presentarme como si nada o que intentara fomentar una bella amistad con ella. Estaba claro que Bella Cullen no deseaba ser mi amiga, no tenía por qué.

Me golpee mentalmente. ¿A qué se debía todo este problema matutino? ¡Ni siquiera había hablado con ella! ¡Por, Dios!

Intenté relajarme mientras sentía como el agua caliente suavizaba mis tensos músculos. ¿Cómo podía sentirme así de inquieto o vulnerable ante la posibilidad de estar cerca de ella? Yo… yo no la conozco y aún así… es como si la extrañara…

Fruncí el ceño a mi reflejo cuando me di cuenta de que no solo extrañaba a aquella con la que nunca he hablado sino que también a aquellos jóvenes hermosos y pálidos. Sobretodo a la niña con aspecto de duendecillo y al joven grande y musculoso semejante a un oso. Me reí con fuerza mientras desayunaba al acordarme de él por lo que mi madre me observó confusa e interesada. Mis mejillas se calentaron frente a su escrutinio por lo que me apresure a terminar y correr hacia mi coche y, por ende, al instituto.

Mientras conducía recordé lo que ocurrió ayer por la tarde. Gracie entró sin ningún reparo a la enfermería y se sentó a mi lado murmurando cosas extrañas. Me miró y pude leer la sarta de blasfemias que estaba pensando para mí. De seguro estaba molesta por no haber venido a clases temprano y por ahora estar aquí. Según había entendido por la conversación que tuvimos por teléfono el domingo, seríamos ella y yo solamente los que daríamos los recorridos a los Cullen y los Masen, y si yo permanecía más tiempo en la enfermería tendría que hacerlo sola…

─Mañana haremos los recorridos ─sentenció─. Hoy debes descansar. No tengo claro que te pasó pero, al parecer, ya estás mejor…

Le sonreí agradecido por su preocupación ─y porque no me atacará en voz alta─ y me puse de pie. Ya me sentía lo suficientemente bien como para ir a clases.

Gracie se puso de pie y me siguió por la puerta. Al salir de la enfermería vi a dos de los Cullen esperando recostados en la pared con la mirada perdida en la nada. La joven llamada Alice y el rubio llamado Jasper no estaban.

Uno de ellos era un hombre alto y musculoso, con el pelo corto y rizado. Su rostro absurdamente guapo tenía una chispa casi infantil y al reírse se le formaban dos hoyuelos en las mejillas dándole un aire de niño travieso. La mujer a su lado era una rubia de esas que te dejan aturdido al mirarlas pero su mirada poseía tal frialdad que intimidaba.

Al dar un paso en el pasillo los dos pares de ojos dorados se posaron en mí. El más grande dio dos zancadas hacia mí y me abrazo alzando mi cuerpo unos veinte centímetros del suelo.

─¡Ed, hombre! ─me gritó dejándome algo aturdido─ ¡nos diste un susto de muerte!

─Ya bájalo, Emmett ─ordenó una voz sexy que provenía de la mujer rubia despampanante─. Necesita respirar…

El tal Emmett se tensó y me liberó del agarre como si le hubiera dado un golpe de corriente. Dio un paso atrás y me miró con preocupación. Sólo pude fruncirle el ceño confundido por lo que él soltó una risotada que inundó todo el pasillo. No pude evitarlo y también reí. La mujer rubia nos miró con reprobación a lo que Emmett no dio importancia.

─Ellos ─dijo Agustín desde mi espalda, no noté cuando llegó─ son Emmett Cullen y Rosalie Masen, los hermanos de Alice y Jasper.

─Hola, soy Edward Lecerf…

─Lo sabemos ─rió Emmett─, ahora, tú serás el que le muestre la escuela a mi hermanita mañana… nosotros nos iremos con Agustín, y Alice y Jazz irán con Gracie.

Después de eso sonrió y tomó la mano de Rosalie quién me miró por un momento y me regaló una mirada cálida que no supe interpretar.

─Nos vemos mañana, Edward ─dijo Gracie─. Debes irte a casa… mañana harás lo que tienes que hacer…

Le sonreí en agradecimiento y me encaminé a mi auto siempre pensando en ella igual que ahora. ¡Demonios!

Debería enfocarme en otra cosa sobretodo porque no sabía si ella vendría a clases, después de la forma en la que abandonó la cafetería ayer tal vez ella no desee volver… sólo esperaba que sus hermanos no le hablarán de mí, de seguro pensaría que soy un idiota que llega tarde y además se anda desmayando por ahí…

Suspire. No, ella nunca se fijaría en mí.

Me estacioné junto al coche de Gracie y me golpee al ver la hora en el estereo. Faltaban veinte minutos para entrar. Con mi apuro por escapar de casa no vi que hora era. Me quedé en el auto hasta que el estacionamiento se hubo llenado. Vi como Rosalie y Emmett salían presurosos del coche hacia el interior del instituto, tras ellos salieron con calma Jasper y Alice y más atrás salió Bella.

Me quedé atontado mirándola. De alguna extraña forma se me hacía tan familiar que estaba empezando a preocuparme. No era posible que yo la conociera, pero, por Dios, si que la reconocía… mi mente era un caos, no podía entenderme a mí mismo y a mis extrañas conjeturas.

Salí del coche con calma hacía el edificio de física ignorando la leve llovizna que humedecía mi cabello y mi rostro.

La mañana pasó sin contratiempos hasta que me encontré con Gracie justo en la puerta de la clase de Literatura (compartíamos esa clase).

─¡Edward! ─chilló─ ¡No te olvides de que debes guiar a Bella durante el almuerzo!

Iba a contestar pero entró antes que pudiera hacerlo. Entré a la clase resignado y algo molesto. Me senté en el que había sido mi lugar desde el primer año. Me sentaba solo por elección propia. Odiaba la compañía cuando estudiaba sobretodo porque, comúnmente, la gente que asignaban a mi lado no dejaba de hablar y me producía dolores de cabeza realmente serios.

Comencé a mirar por la ventana distraídamente mientras esperaba que el profesor llegara. Noté como alguien se sentaba a mi lado pero no me habló. Me voltee a ver al intruso y me encontré con un verdadero ángel caído. Era ella, era Bella.

Se volteó a verme lentamente, me miró directamente a los ojos por un segundo, yo estaba demasiado confundido por su presencia como para decirle algo y ella simplemente me observó con desinterés y se giró mirando al frente.

Debía decir algo, eso era lo correcto, pero no lograba formular palabra alguna, su indiferencia me había intimidado. Respiré hondo y luché contra la ronquera.

─Soy Edward Lecerf ─dije y me felicite por no tartamudear─ , tú eres Bella Cullen, ¿Verdad?

Ella asintió sin mirarme y me sentí desgraciado, como nunca antes. Ella definitivamente pasaba de mí.

Cuando iba a voltear a ver la ventana ella se giró hacía mi con gesto indiferente.

─Un gusto, Edward ─ eso fue lo único que dijo pero me sentí feliz por ello─.

Le sonreí estúpidamente contento. Luego volvió a mirar al frente sin prestarme ni la más mínima atención.

La observé descaradamente pensando en todo lo que me hacía sentir. Esa pequeña muchacha había despertado con su simple presencia todo un mar de pensamientos vertiginosos y algo alocados. Me sentía desfallecer a su lado, pero no era una sensación desagradable, todo lo contrario, era una hermosa y extraña mezcla de dulzura y gozo.

Distraídamente noté cuando la secretaria, mi tía Annie, entraba al aula y mencionaba que el profesor Stevens no vendría a clases. Deduje por su expresión que se trataba de otra pelea con su esposa.

Martín Stevens era una de esas personas con complejo de mártir. Jamás había sido feliz en su matrimonio pero se negaba a separarse de su mujer por su hija. Él pensaba, más bien sabía, que de divorciarse de ella no volvería a verla. De seguro su hija, al igual que siempre, había sido dañada en esta última pelea.

Fruncí el ceño molesto por ello. Esa niña sólo tenía ocho años y debía soportar tanta atrocidad.

En fin, como se había ausentado nos había dejado por trabajo la realización de un ensayo sobre los poemas de Bécquer que leyó el día de ayer.

Entrecerré los ojos y me maldije por quedarme dormido, ¡ni siquiera sabía de qué iban esos poemas!

Hice una mueca con los labios y me voltee para seguir observando a Bella. La vi tomar un cuaderno y comenzar a escribir sin mayor atención a lo que estaba haciendo, como si en realidad tuviera su mente en cualquier otro lugar menos acá. En cualquier lugar lejos de mí…

Me deprimí sólo de entender que yo no era nadie para ella. Nunca lo sería. De seguro tenía un novio… un novio tan guapo como ella… un novio por el cual suspira por las noches y para quién van dirigidas sus sonrisas.

En ese momento me sentí más insignificante que nunca. Ella estaba ahí a 12 cm. tan cerca como para rozar su mano en un descuido y tan lejos como si no fuera más que un hermoso sueño.

Yo no tenía derecho a sentir lo que ahora estaba sintiendo… no tenía derecho a anhelar nada de ella.

─Edward ─me sobresalté al oír su voz cantarina─, ¿Necesitas que te diga cuales fueron los poemas que trabajamos ayer?

¿Ella se estaba preocupando por mí?

Sentí como mi corazón palpitaba furioso en mi pecho. Yo no era totalmente invisible para ella. Patéticamente feliz me quedé mirándola atontado. Ella se giró hacia mí y me miró directo a los ojos. Me perdí en esos pozos de oro sólido y frío. Su ceño estaba fruncido por la preocupación, parecía que estaba analizando mi reacción. Por un momento temí que hubiera podido oír los latidos de mi corazón pero luego me relajé al entender que lo que ella estaba haciendo era esperar por mi respuesta.

─De hecho, si ─respondí, sentí como mi rostro se acaloraba ante su mirada penetrante─.

Ella asintió satisfecha y buscó un libro entre sus cosas. Poco y nada entendí de las rimas que me estaba leyendo. Sólo lograba concentrarme en el sonido de su voz. De vez en cuando escribía algunas cosas que lograba entender tras la nube de humo en la que se convertía mi conciencia.

Me sentía increíblemente feliz e increíblemente desdichado y no entendía por qué.

"Despierta, tiemblo al mirarte;

dormida, me atrevo a verte;

por eso, alma de mi alma,

yo velo mientras tú duermes".

El aula se desdibujó en ese momento. Me vi a mi mismo recostado sobre a una pequeña cama, abrazada a mí estaba aquella chica de ojos chocolate. Murmuraba muchas cosas sin sentido pero su respiración era acompasada. Estaba dormida. Quise moverme para dejarle más espacio pero ella se aferró a mí con más fuerza además, mi cuerpo no me respondió porque en realidad yo deseaba quedarme ahí, a su lado…

─Edward… ─murmuró─, quédate…

Y eso hice.

Me sentía tan feliz que lamente realmente cuando mi pequeña y hermosa fase de locura comenzó a desvanecerse frente a mis ojos.

Noté mi respiración agitada y unos ojos penetrantes mirándome fijamente. Respire hondo antes de que Bella pensara que me había vuelto loco y le hice un gesto para que continuara.

Me miró con genuina curiosidad y luego sonrío levemente. Por primera vez vi sus ojos de topacio brillar con calidez y entendimiento.

La clase continuó de esa forma, ella leyendo durante un tiempo y yo intentando poner atención a las palabras que salían de su boca y no a la melodiosa canción susurrada que emitía inconcientemente. Luego cada uno guardo silencio hasta que terminamos nuestros ensayos.

Entre letras y hojas creí oír a mi compañera de asiento tarareando una melodía que casi podía distinguir, se me hacía extrañamente familiar pero no estaba para esforzarme en vano, al menos en ese momento.

Me giré hacía ella. Respire profundo y la mire intentando parecer indiferente.

─Entonces… ─ella volteó a mirarme─ ¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?

¡Qué pregunta más estúpida!

Ella sonrió divertida por mi expresión, supuse.

─Leer, mayoritariamente ─dijo frunciendo los labios─. Aunque también me gusta oír música y salir con mis hermanos. No sé… ─se quedó mirando la mesa─ de seguro conociste a Alice, ella me mantiene ocupada…

¿Por qué creía que yo conocía a Alice? ¡oh, maldición! ¡Alice o Emmett o cualquiera de sus hermanos le hablaron sobre mí!

Me sonrojé como nunca antes. Baje la mirada intentando crear una barrera entre la mirada que seguía… no podría soportar el qué se burlara de mí.

─¿Qué va mal, Edward? ─su voz se quebró por la preocupación, la miré asombrado por esa emoción─.

Estudié sus ojos por unos segundos, no podía sostener su mirada por más tiempo sin que mis pensamientos se volvieran confusos, en ellos no encontré más que genuina preocupación. Alargó su mano hasta la mía pero la retiró antes de tocarme. En sus ojos se reflejó un brillo de puro dolor. Pero ¿Por qué? ¿Qué era aquello que le dolía tanto?

─Estoy bien, Bella ─respondí con un nudo formándose en mi garganta─. Es sólo que…

─Ellos no dijeron nada en especial, Edward ─aseguró adivinando mis pensamientos─. No tienes de que preocuparte.

Su sonrisa hermosa y blanca logró desviar mis pensamientos de mi vergüenza y una singular sospecha que comenzaba a enraizarse en mi mente. De hecho, más que "desviar mi pensamientos", lo que hizo fue dejar mi mente en blanco. No pude más que mirarla como un tonto. Aunque de a poco me iba acostumbrando a su impactante belleza. Al final de la clase ya lograba hablar con ella sin la necesidad se voltear la mirada para reorganizar mis ideas, aunque de vez en cuando olvidaba respirar o responder lo que provocaba una suave carcajada de su parte.

Lamente cuando sonó el timbre del receso señal de que mi tiempo con ella se había acabado. Me miró calidamente como despedida pero yo no estaba listo para que ella me dejara. Sin pensarlo la tome de la mano evitando que se moviera.

Su mano estaba fría como un témpano de hielo. Ella me miró directamente a los ojos asustada. Yo la liberé y me aclaré la garganta.

─Te veo durante el almuerzo para mostrarte el Instituto.

Ella dudó antes de responder pero cuando me miró su sonrisa era sincera.

─Por supuesto.

Luego salió con gracia hacia el edificio de biología.