Noche.04
Yo nací en 1325 en Rusia; Kiev, específicamente. En ese momento mi país pasaba por una de sus peores épocas de pobreza, pero mi familia era adinerada, por lo que cuando cumplí diez años nos mudamos a Venecia. Ahí aprendí a hablar francés, inglés e italiano, cursé la mayoría de mis estudios y conocí a la que yo suponía era la mujer con la que pasaría el resto de mi vida. Mi vida era perfecta. Perfectamente aburrida y sin sentido, en realidad. Hacía todo lo que mis padres me indicaban pero sólo para complacer a mi madre, la verdad es que me la pasaba peleando con ellos, fugándome de casa y rebelándome a cada rato; les hacía la vida imposible. Y esa fulana mujer cuyo nombre ni siquiera recuerdo, era más querida por el resto de mi familia que por mí.
Lo único que yo quería era viajar y conocer el mundo y aprender muchísimas cosas. Quería conocer Estambul, Turquía, Rumania, Hungría, Alemania…en fin, países exóticos. Quería viajar sin tener un centavo en el bolsillo y ver qué diablos hacer con mi vida. Había vivido 20 años teniendo todo lo que quería, sólo tenía que pedirlo, ni tenía que mover un dedo, ni esforzarme por nada y realmente lo detestaba.
El problema era que para el 1348, cuando yo tenía 23 años, epidemias como la tuberculosis o el paludismo eran el azote más frecuente de Europa y la más temible de todas, la que en ese momento estaba "en su punto", por decirlo así era la peste negra o bubónica. Esta enfermedad la introdujeron en Europa los marineros genoveses que regresaban de Constantinopla. Los médicos de aquel tiempo decían que la enfermedad se expandía a causa del "aire corrompido". La verdad es que se transmitía a los humanos a través de las pulgas que vivían sobre las ratas pero ese no es el punto, sino que, si antes no salía mucho de casa debido a que tenía que ser un "buen hijo", pues con la peste rondando por ahí mis padres prácticamente me habían encerrado en mi habitación.
Una noche, en un supuesto arranque de rebeldía salí de mi casa sin avisar y caminé por las calles de Venecia sin una meta específica. Durante todo el camino sentí que alguien me miraba pero nunca le presté atención; estaba tan molesto que no me importaba nada, ni siquiera la peste. Así llegué a una plaza y me senté ahí a hacer absolutamente nada, aún sintiendo que alguien me miraba. Seguí sin prestarle atención a ese detalle hasta que se hizo evidente que había alguien ahí. Esa persona se mantenía de pie detrás de mí, y yo, en medio de mi rabieta, pensé que probablemente sería algún ladrón que quería robarme, o algo peor, un enviado de mi padre esperando que me volteara para decirme que tenía que volver a casa, que la peste podía matarme. Claro, seguro que el "aire corrompido" estaba esperando al frente de mi puerta a que yo saliera. Mis pensamientos no hicieron otra cosa que alimentar mi furia y sin pensarlo me levanté de la banca dispuesto a lanzarle un puñetazo a aquel estúpido y justo cuando realizaba mi ataque al aire una mano se posó sobre mi muñeca con tanta fuerza que fui a parar directo al suelo. Mi aterrizaje fue tan estrepitoso que perdí todo el aire que tenía en los pulmones.
La rabia que sentía por haber sido superado de esa manera y la necesidad de tomar aire de nuevo me impedía ver quién me había derrotado, pero aquella persona tenía tanta fuerza que tenía que saber quién era.
-Lo siento, te lastimé, ¿Verdad?- dijo él.
-¿él?- preguntó Sora.
-Sí. Él- dijo Hyoga, sonriendo.
Cuando logré enfocar la vista hacia mi objetivo me quedé asombrado. Su mirada no me expresaba otra cosa que la más pura tranquilidad y paciencia pero su presencia era demasiado impactante, era como si el tiempo se hubiese detenido por completo y yo era inevitablemente arrastrado a esa profundidad que veía en sus ojos. Me absorbió por completo, tanto que dejé de pelear para librarme de su agarre. Él sonrió pero no me soltó, puso su mano libre sobre mi pecho e inmediatamente sentí un enorme peso que se desvanecía repentinamente.
Toda mi rabia se esfumó como el aire de mis pulmones y supe que él se había adueñado de ella.
-No necesitas este odio. Lamento tener que arrebatártelo pero drena tu fuerza y la necesitarás para lo que viene- dijo él, suavemente.
-¿Qué?...
-Lo que viene será mucho peor. Lo siento muchísimo, Hyoga, de verdad.
Pero antes de que pudiese preguntarle de qué diablos estaba hablando puso su mano sobre mi frente y todo se sumió en la completa oscuridad. Lo siguiente que supe fue que estaba de regreso en mi casa, en mi cama y con el peor dolor de cabeza de la historia. Ni siquiera podía levantarme así que miré hacia la puerta y vi a mis padres mirándome.
-Hasta que te dignaste a despertar. ¡¡¿¿A dónde demonios fuiste?!!- gritó Joseph, el padre de Hyoga.
-Basta, acaba de despertar, déjalo tranquilo- dijo Natasha, su madre.
No recuerdo mucho lo que se decían porque yo sólo trataba de poner en orden mis pensamientos. Todo era demasiado confuso, no sabía cómo había llegado hasta mi casa, pero eso era lo menos importante, porque mi mente no estaba en mi habitación si no en la plaza, en su mirada y en lo que me hizo sentir. Mis padres seguían discutiendo pero yo sólo quería salir corriendo de ahí. Al final, gracias a Dios, me dejaron solo pero no pude dormir en toda la noche, me agobiaban todas las preguntas y tenía su rostro clavado en mi mente. Casi amaneció cuando me quedé dormido.
Por supuesto desperté a eso del mediodía, en mi casa había un extraño alboroto y cuando salí del cuarto me di cuenta de que un grupo de médicos especialmente pagados por mi padre estaba dentro del cuarto de mi hermana menor. Entonces entendí que la peor pesadilla de mis padres acababa de hacerse realidad: La Peste negra alcanzaba mi casa, mi familia.
Sora vio a Hyoga levantarse y dirigirse hasta la ventana, apoyarse en el marco mientras se cruzaba de brazos y mirar hacia fuera, hacia la total oscuridad. Ella particularmente no veía nada, debían ser cerca de las 3:00 am pero Hyoga, por el hecho de ser un vampiro y de tener una visión muy superior a la de un humano debía ver muchas más cosas.
-La memoria puede ser un arma de doble filo- dijo Sora, finalmente rompiendo el silencio.
-…Lo es. Más para un vampiro. Continuaré…
Como era de esperarse, bien pagados o no, los médicos no pudieron hacer nada. En aquella época la medicina era un asco. Mi hermana murió al poco tiempo, sorprendentemente rápido, pensaba yo, no sé si porque era muy pequeña o porque la peste no esperaba para llevárselos.
La casa pronto se sumió en un silencio espantoso, mi madre estaba tan desconsolada que papá la mantenía dormida y él no casi ni hablaba. Yo no estaba mucho mejor que ellos, no soportaba verlos en ese estado así que volví a irme una noche y llegué exactamente al mismo lugar que la otra ocasión, la misma plaza. Honestamente, llegué sin pensarlo mucho pero ahora no sé decirte si fue realmente para verlo de nuevo. Aunque estaba demasiado triste como para pensar en otra cosa ahora creo que una parte de mí fue hasta allá buscándolo.
Me senté en la misma banca y la lluvia empezó a caer fuertemente pero no quise refugiarme, dejé que la lluvia me mojara completamente. Así estuve por varios minutos, con la cabeza baja hasta que volví a sentir una presencia detrás mí. No dudé que fuera él y me volví para verlo pero me sorprendió otro sujeto que tenía una mirada demasiado lasciva y perversa para mi gusto. Aun cuando era un "erudito" yo tenía una fuerza física bastante respetable y mi altura, 1.92, me hacía un hombre muy alto para la época.
En pocas palabras no cualquier tipo se me acercaba a robarme, podía ser realmente intimidante si quería pero este sujeto no parecía tener el más mínimo atajo de miedo, al contrario a mi me pareció que quería comerme. No me gustó en lo absoluto su presencia.
-¿Se te perdió algo?-preguntó Hyoga, con el ceño fruncido.
-¿Qué hace un jovencito solo, a estas horas de la noche y por estos lados?
-Pues no esperándote a ti, evidentemente- dijo Hyoga, expresando abiertamente su molestia.
El tipo no dejaba de mirarme de arriba a abajo como si evaluara la "mercancía". Era exasperante y asqueroso.
-Disculpa, no escuché tu nombre, muchacho.
-Lógicamente, no lo he dicho y tampoco tengo intenciones de hacerlo. Ahora, si me disculpas, voy a retirarme.- dijo Hyoga.
-¿Tan rápido te vas?, ¡si apenas nos estamos conociendo!
Mi plan de retirarme se vio truncado cuando el sujeto me cerró el paso. En ese momento, aún cuando yo era más alto y en apariencia más fuerte que él, el sujeto logró ponerme nervioso. Había algo en él que era diferente y me hacía sentir como si estuviese en peligro.
-Eres muy hermoso, ¿Lo sabías?, hay algo en tus ojos.- dijo el extraño, tocando suavemente el rostro de Hyoga.
En el momento que me tocó me paralicé por completo. Aunque yo quería moverme, no soportaba su piel fría en mi cara, no podía hacerlo porque algo en su mirada me decía que si me movía probablemente sería lo último que haría en mi vida. Justo cuando vi que se acercaba aun más una mano lo tomó de la muñeca, sorprendiéndonos a ambos. De pronto el sujeto salió disparado hacia atrás, asombrado de ver quién detenía su avance.
Yo también lo vi pero la sorpresa en la voz del sujeto me obligó a mirarlo de nuevo, mientras el recién llegado, aparentemente mi nuevo amigo, se interponía entre nosotros, dándome a mí la espalda y encarando al otro tipo.
-Vaya…no sabía que había otros en el área- dijo el sujeto.
-Pues ya ves que si, tú no eres de aquí.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque yo soy el único en esta ciudad. Es mi territorio y no me gustan los extraños. ¿Tu nombre?
-Jean Pierre Guilllón, ¿Y el tuyo?
-Shun.
-Espera, ¿Dijo Shun?.... ¿Tu Shun?- preguntó Sora.
-Exacto- dijo Hyoga, sonriendo levemente.
Yo no entendía nada de lo que hablaban, no entendía por qué él decía que era "su territorio" como si toda Venecia le perteneciera, pero lo que más me asombraba era el tono de su voz; cada palabra salía como una amenaza y yo podía ver como el otro sujeto, "el pervertido" también adoptaba una actitud bastante amenazadora.
-¿Sólo "Shun"? ¿Acaso no tienes apellido?- preguntó Jean Pierre.
-No tengo por qué decírtelo, no te interesa nada de este lugar así que hazte el favor y lárgate ahora mismo- dijo Shun.
-Pues te equivocas, Shun, has interrumpido mi cena-dijo Jean Pierre, sonriendo de forma maliciosa.
Yo era "la cena". En ese momento vi como una densa niebla llenaba toda la plaza; al recorrer el lugar con la mirada me di cuenta de que estábamos solos los tres, luego me fijé en la niebla, esta parecía estar viva y me sorprendió ver de dónde se originaba: justo delante de mí, en exactamente el mismo sitio donde estaba Shun, quien se movió dos pasos hacia adelante y sonó mucho más amenazador y peligroso que antes, tanto que a mí me pareció que detrás de sus palabras había un extraño ronroneo que no tenía de dulce o encantador y que además me paralizó completamente.
-No voy a repetirlo, no te interesa nada de este lugar. No se te ocurra volver a acercarte a él y lárgate antes de que cambie de opinión.
-Suenas muy confiado. Muy bien, he de retirarme entonces- dijo Jean Pierre.
Entonces el fulano Jean Pierre hizo una reverencia a modo de despedida y se perdió de mi vista. Lo que me dejaba solo con Shun, quien se volteó casi inmediatamente hacia mí para luego cerrar los ojos y sonreírme inocentemente como si nada hubiera pasado. ¡Como si no hubiera sonado como un león rugiendo un minuto antes!
Logré detallar su rostro y noté que no debía tener más de 19 años; aunque era casi tan alto como yo y un poco más delgado. Honestamente su sonrisa y el hecho de que fuera más joven que yo, me molestó, me sentía lo suficientemente humillado como para no querer ser amable con él.
-No te preocupes, ya no te molestará más- dijo Shun.
-¡Con semejante amenaza, ya lo creo que no se acercará más! Además, no sé quién te dijo que te metieras, lo tenía todo controlado.- dijo Hyoga cruzando los brazos.
-¿Lo tenías controlado?, te estaba tocando el rostro, ¿acaso eso te gusta?-preguntó Shun inocentemente.
-¡Por supuesto que no!-estalló Hyoga, enrojeciendo de pronto.
-¿Y entonces?
-El tipo no era ni más grande ni más fuerte que yo, pude habérmelo quitado de encima en cualquier momento- dijo Hyoga, aún molesto.
-Lo siento, Hyoga- dijo Shun, sonriendo-pero te equivocas. Él era un peligro para ti.
-¿Y para ti no?, ¡Si sólo eres un niño!- exclamó Hyoga.
Shun no contestó, sólo se limitó a fruncir el ceño y mirarme. Vi una estela de tristeza asomarse en sus ojos verdes.
-¿Hice algo mal para que estés molesto conmigo?- preguntó Shun.
-Honestamente sí, estás haciendo todo mal- dijo Hyoga, aún con los brazos cruzados- ¿Cómo sabes mi nombre si yo no te lo he dicho?, ¿por qué dices que él era un peligro para mí y qué fue todo eso de "No se te ocurra volver a acercarte a él"?, ¿acaso te pertenezco?
Si, lo sé, fui realmente grosero y dos segundos después me sentí como una basura al ver como mis palabras lo entristecían aún más.
-Lo siento, no puedo explicarte esas cosas- dijo Shun casi en un susurro y mirando hacia el suelo.
-¿Por qué?-preguntó Hyoga suavemente, arrepentido ahora de su actitud hacia el peliverde.
-Tú no me perteneces, pero confía en mí, él era un peligro.
Me quedé callado, mirándolo. Su mirada era realmente sincera y la verdad era que me partía el corazón verlo tan triste.
-De acuerdo. Lo siento, no era mi intención ser tan grosero. ¿Podrás perdonarme?- dijo Hyoga, suavemente.
Shun asintió, sonriendo.
-Está bien, no creo que debas confiar de cualquier extraño que se aparezca en mitad de la nada.
-Bueno, ahí tienes un punto pero no es la primera vez que te veo aparecerte en mitad de la nada, sé tu nombre y por alguna razón tú sabes el mío así que no eres exactamente un extraño- dijo Hyoga, mostrando su característica sonrisa coqueta.
-Bueno, ahí tienes un punto- dijo Shun, sonriendo.
Por esos minutos realmente había olvidado todo mi dolor por la pérdida de mi hermana. Me sentía bien hablando con él, sabiendo que no estaba tan loco y que lo de la otra noche no eran invenciones mías, que él realmente existía. Y en ese momento me di cuenta que, desde la primera vez que lo vi, me había sentido terriblemente solo.
-Vas a enfermarte si sigues parado debajo de la lluvia- dijo Shun sacando a Hyoga de sus pensamientos.
-mmm…déjame adivinar: ¿Yo sí me enfermaré, pero tú no?
Shun volvió a cerrar los ojos, sonrió y se encogió de hombros.
-Tengo muy buena salud- dijo él.
-Me imagino que sí.
Me quedé callado pensando. Daba la impresión de que en esta ocasión no iba a aparecer en mi habitación sin saber qué había pasado conmigo. De pronto recordé que había salido corriendo lleno de rabia hacia mis padres y que después de toparme con él esa emoción desapareció. Él debió notar que yo acababa de darme cuenta de algo porque se acercó para llamar mi atención.
-No quieres volver a casa, ¿No es así?- preguntó Shun.
-No, no quiero.
Shun suspiró y cruzó los brazos.
-Cada vez que te veo estas en el mismo estado: no queriendo regresar jamás a tu casa o a tu familia-dijo el peliverde, en tono de reproche.
-Sí, pero esta vez es por algo diferente. No es rabia, ya no la siento, tú te encargaste de eso, ¿Verdad?
Shun miró hacia otro lado, como tratando de evitar la pregunta.
-Si no es rabia, ¿Qué es?- preguntó él.
-Tú lo sabes. Sabías lo que sentía esa noche y lo sabes ahora.
Shun no dijo nada y creo que yo tampoco podía decir mucho más. Cualquiera diría que estaba hablando de brujería o algo por el estilo, pero lo cierto es que él no era un chico común y corriente y eso no parecía importarme. Estuvimos en silencio durante varios minutos, hasta que él habló de nuevo.
-Tus padres te necesitan- dijo Shun.
-¿Y yo qué necesito? ¿O a quien? ¿Los necesito a ellos con su dolor o su silencio, sin hablarme o mirarme, como si fuera mi culpa que ella hubiera muerto? No lo creo, Shun.
-No creo que te culpen, no fuiste tú quien llevó la peste hasta tu casa, tú no estás enfermo…
Me di cuenta inmediatamente de tres cosas: Shun sabía exactamente todo lo que pasaba en mi casa, se calló cuando se dio cuenta de que había hablado demasiado e iba a decir otra cosa justo antes de guardar silencio.
-Considero que es mejor que te vayas a tu casa ahora, no le causes a tus padres una preocupación innecesaria.
Luego Shun se encaminó hacia un callejón oscuro.
-¿Volveré a verte?- preguntó Hyoga.
En realidad lo pregunté más para mi mismo que para él, estaba seguro de que no me había escuchado, ya estaba a varios metros de distancia, pero para mi sorpresa, se detuvo y se volvió hacia mí.
-No debería decirte esto pero…sólo sal al balcón de tu habitación o a cualquier sitio al aire libre y di mi nombre.
-¿Disculpa? ¡¿Quieres que grite tu nombre a los cuatros vientos como si fuera una damisela en apuros?!-preguntó Hyoga, molestándose de nuevo y cruzando los brazos.
Shun se echó a reír y se cruzó de brazos igual que Hyoga.
-Él tenía razón, hay algo en tus ojos, sólo que él no pudo verlo. Creo que yo sí.
-¿De qué diablos estás hablando?
-Nada. Definitivamente no eres una damisela en apuros y no tienes que gritar, sólo dilo como si yo estuviese a tu lado, susúrralo si quieres. Me llegará el mensaje.
Dicho esto se volteó y desapareció de nuevo. Pronto volví a sentirme desolado en esa plaza, estoy seguro de que mi apariencia era deprimente en ese momento, pero no había nada que yo pudiese hacer, salvo regresar a mi casa a sentirme tan mal o peor de lo que lo que ya me sentía. Lo que no sabía era que mi situación estaba lejos de mejorar.
