Sakura andaba ajetreada de aquí para allá. Hacía bastante que Naruto había despedido a su última secretaria, así que había bastante trabajo acumulado. Por si fuera poco, Naruto dejó bien claro en la última reunión de personal que todo el mundo, indistintamente del puesto de trabajo que tuviera, debía ayudar con la preparación de la fiesta. Sakura llevaba poco tiempo allí, pero en esos días pudo enterarse de que al parecer el contrato con los Hyuga era absolutamente vital para la empresa. No podían cometer ni un solo fallo, ya que si el contrato se rompía, las empresas Uchiha podían terminar por arruinarse.
Hinata estaba asomada a la ventana de su habitación. Observaba los jardines de su casa sin poder evitar pensar en Naruto. Naruto… Le encantaban sus ojos azules, aquellos que parecían dos pequeños mares embravecidos, aquellos que brillaban con alegría… Y su pelo, siempre rebelde y revuelto dándole ese aire adolescente. Hinata le amaba. No era necesario ser un lince para verlo. Sin embargo, de todos a su alrededor, Naruto parecía el único que no se daba cuenta, y aquello la frustraba. Ella disfrutaba de su compañía, pero al darse cuenta de que él no la miraba diferente a las demás, se entristecía, y de sus ojos perlados brotaban lágrimas a menudo por su causa.
Pero aunque algún día Naruto se enterase de sus sentimientos, no podrían estar juntos. ¿Qué habría dicho Hiashi- sama de aquello? ¿Su primogénita y heredera con alguien que no fuera de alta cuna? No, era impensable.
Mientras daba vueltas a estos pensamientos y sentimientos, su hermana, Hanabi, entró en su habitación. Hanabi era una Hinata en miniatura. Era bastantes años menor, pero poco más bajita. Tenían los mismos ojos. En lo único en lo que se diferenciaban era en el pelo: Hanabi lo tenía, quizás, más oscuro.
Hanabi vio cómo de los ojos de su hermana brotaban grandes y sinceras lágrimas. Sabía por qué eran. Todos lo sabían. No hizo nada por consolar a su hermana. Determinó que lo mejor era dejarla sola y que se desahogara. No es bueno contener un mal que te atormenta tanto tiempo en tu interior.
-¡Sakuraaaa! –gritó un rubio desde un lado de la sala donde se iba a celebrar la fiesta.
-Dígame señor. –contestó una pelirrosa desde el otro lado.
-Dijiste que ya habías enviado las invitaciones, ¿no?
-Ay Naruto… Me has preguntado eso como veinte veces ya. Sí, las envié el mismo día que me mandaste que las redactara.
-Bien, gracias Sakura –dijo el rubio moviendo las manos nerviosamente-. Todo tiene que salir perfecto. Si algo sale mal, la empresa se hundirá, o peor…
-¿Peor? –preguntó Tenten, la recepcionista, que también se hallaba en esa sala.
-Sí, peor… ¡Sasuke me matará!
Todos suspiraron a la vez. Era propio de Naruto que se preocupara por cosas insignificantes mientras que no les daba importancia a las cosas a las que sí debería dárselas.
Sakura dejó de lado a Naruto y sus tonterías y pensó en lo poco que sabía de los Hyuga. El chico con el que se había chocado el día que vino a su entrevista de trabajo, el de los ojos perlas, era uno de ellos, como también la chica y el anciano que lo acompañaban. Aquella chica… Hyuga Hinata, sí, la que era tan "amiguita" de Sasuke. De solo recordarla le hervía la sangre. El chico joven debía de ser Neji Hyuga. Debía reconocer que era muy guapo, desde luego. Su largo cabello del color del ébano puro, y sus profundos ojos grises… Cuando se chocó con él, solo le pudo mirar un instante, pero fue tiempo suficiente para perderse en su mirada. Al cabo de un rato se sorprendió a sí misma comparando la belleza del joven y la de Sasuke, como quién compara dos pedazos de carne y elige la opción más jugosa.
Sacudió la cabeza y continúo colocando las mesas y poniendo los manteles para el día siguiente.
Al salir del trabajo, se fue de compras. No quería llevar el mismo vestido que para la fiesta de Ino, ya que Naruto, Sasuke y demás personajes importantes que seguro acudirían a la fiesta de la empresa ya le habían visto así. Fue a la tienda y eligió un lindo vestido blanco ceñido. Cuando pagó el vestido, salió de la tienda y allí se encontró a la heredera de los Hyuga, a la que no le quedó más remedio que saludar educadamente.
-¡Señorita Hyuga! Un placer verla aquí. Mi nombre es Haruno Sakura. Quizás no me recuerde…
-Oh, tú eres la chica que se chocó con Neji aquella vez…
-Sí, soy yo. Ahora trabajo en empresas Uchiha. Supongo que nos veremos en la fiesta de mañana.
-Vaya, que bien. Me alegro de que haya conseguido el puesto –contestó Hinata sonriendo dulcemente-. Sasuke no para de hablar de usted.
-¿De… de veras? –Sakura sí que no se esperaba eso- ¿Y qué le ha dicho?
-Nada importante, no se preocupe. Bueno, discúlpeme, debo atender mis obligaciones. Mañana nos vemos.
Se despidieron y ambas siguieron su camino. Lo que Hinata no sabía era que Sakura había conseguido justo el puesto de secretaria del hombre al que amaba. Lo que Sakura no sabía eran las cosas que Sasuke le contaba a Hinata. Hinata y Sasuke siempre fueron muy amigos, desde la infancia. A menudo ambos se sentían presionados por el mundo de apariencias en el que vivían. Eso les había llevado a confiar el uno en el otro como hermanos y a contarse secretos que no estarían dispuestos a que nadie más que ellos los supieran.
