Mi pacífica vida
"La Historia no existe,
sólo existen….. historias"
Miguel de Unamuno
Escritor español
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La oscura oficina se encontraba en silencio, los amplios sillones de costoso cuero negro se encontraban mullidos y en perfecto orden, como así la pequeña mesa de café entre ellos, la chimenea dentro de la pared de mármol blanco y gris chasqueaba iluminando apenas el amplio lugar.
Sobre el escritorio de madera oscura se hallaban varios papeles, seguramente de importancia, perfectamente ordenados, junto a ellos unas costosas lapiceras de pluma, el hombre de aspecto serio, enfundado en un exquisito y costoso traje gris, camisa blanca y corbata verde oscura se encontraba pensativo. Su tez blanca, hacia el contraste perfecto con su cabello negro azabache, delineando sus ojos entornados color negro intenso protegidos por las tupidas pestañas.
-Sr. Hino.- oyó la voz de su asistente que lo llamaba, apenas dirigió su mirada severa hacia la puerta donde el joven de tan solo 25 años se encontraba intentando no parecer intimidado, sin lograr el resultado deseado. –Señor… tengo lo que me pidió, los resúmenes de la tarjeta de crédito.-
-Déjalos aquí.- dijo haciendo que su fuerte y grave voz retumbara en el lugar, el joven se acercó a paso seguro hacia el escritorio y apoyó el fino papel, evitando hacer contacto visual con su jefe. –Vete.-
Sin decir ni hacer el menor gesto, siguió la indicación del severo hombre, el pelinegro extendió su mano y tomó el resumen, hizo un gesto de disconformidad, lo abolló con desdén y lo arrojó al otro lado del lugar.
-Maldito Nobu, maldita sea…- mascullo entre dientes presionando su cabeza entre sus manos, en esos momentos su teléfono móvil comenzó a sonar llamándole su atención, lo atendió sin siquiera hablar.
-Hino sama, tengo noticias, parece que la pequeña se quedará un tiempo en su viejo hogar.- oyó que la voz del otro lado le informaba.
-No te alejes, y solo infórmame lo que me importa.- dijo sin cambiar la seriedad de su rostro.
-Lo haré…-
Cortó la comunicación y desvió su mirada a la chimenea.
-Fuego… solo fuego.- musitó para luego cerrar sus ojos.
o-o-o-o
Había llegado al hospital a primera hora, la razón por la que ella estaba en ese lugar era su abuelo, y no pensaba dejarlo solo ni un minuto, claro eso pensaba hace instantes, antes que el anciano se quejara de su "control excesivo" sacudió su cabeza y se cruzó de piernas. Arregló su blusa blanca de encaje, larga hasta casi llegar a su media pierna, su pantalón de mezclilla azul oscuro se amoldaba a sus perfectas curvas mientras que descansando junto a su bolso se encontraba el abrigo color negro que hacía juego con sus botas de montar. Aflojó la pañoleta carmesí sintiéndose un poco sofocada. Sentía la necesidad de salir corriendo de aquél lugar, demasiados recuerdos dolorosos albergaba ese pequeño y pintoresco pueblo.
Las enfermeras entraban y salían mientras aseaban a su abuelo. Debía enfrentar la realidad, no se iría pronto de allí, ni hablar de intentar llevar a su abuelo con ella a la Ciudad, el anciano jamás accedería, por lo que debía optar por instalarse en el templo y conseguir un empleo. No estaba en ella aceptar las comodidades y lujos que su madre le había heredado al fallecer, "dinero manchado con sangre" decía al referirse a él, la sangre de su adorada madre.
-Srita. Hino.- una joven enfermera de corto cabello castaño captó su atención. –El Sr. Matsuzawa está listo, puedo pasar.- la joven pelinegra se puso de pie y haciendo una reverencia ingresó al cuarto donde un divertido Nobu la esperaba mientras coqueteaba inofensivamente con dos enfermeras más que estaban saliendo.
-No te cansas ¿verdad?- soltó levantando una ceja la pelinegra al ver la escena, mientras tomaba asiento junto a él.
-Jamás querida, la única que podía evitar que yo mirara a otras era tu hermosa abuelita, pero ya ves, ella partió a su viaje, yo solo espero mi turno.- reflexionó con semblante cálido.
-Abuelo.- rompió el momento la joven. –Hablé con el médico, me dijo que deberás quedarte unas semanas más, el golpe fue más fuerte de lo que me habías contado.- dijo con seriedad y en tono de reproche, ese tan de su nieta, que sabía bien de donde lo había sacado, mejor dicho sabía de quién.
-No te preocupes Rei, yo estoy muy bien cuidado, pero debo pedirte que te hagas cargo del templo en mi ausencia.- pidió sabiendo de ante mano la reacción de la joven
-Abuelo puedo mantenerlo limpio, pero sabes que mi formación nunca se completó y además yo…- antes que pudiera seguir hablando el hombre posó una de sus cálidas manos sobre las de su nieta.
-Sólo quiero que te quedes allí, ya sabes cuidando la casa, el resto es lo de menos en este momento. Sería bueno que hablaras con Makoto o Diamante, me preocupa que estés sola en el templo.- continuaba hablando mencionando a los dos jóvenes que sentía como nietos, ya que los vio nacer. –El templo es muy grande, tal vez puedan hacerte compañía, aunque tengo sistema de seguridad, ya nada es como antes.- explicaba lamentándose de los tiempos inseguros que se estaban viviendo, incluso en aquel sitio con tan pocos habitantes, conociéndose todos entre sí.
-Estaré bien, además creo que debo buscar un empleo mientras esté aquí.- continuó la amatista.
-No necesitas dinero alguno mientras estés conmigo mi niña, tómate vacaciones…- sugirió el anciana ampliando su sonrisa, gesto que le hacía entrecerrar sus ojos.
-¿Vacaciones? ¿Rei Hino?, olvídalo, jamás podría. – negó sonriendo. –Supongo que deberé instalarme, llamaré a un amigo de la ciudad para que me envié mis cosas, al menos para pasar el tiempo, no tengo abrigo, ni muchas mudas de ropa.-
-Ay hija mía eres tan cabeza dura como tu madre, supongo que ambas lo heredaron de mi.- sonrió satisfecho.
o-o-o-o
Los adolescentes se amontonaban por salir por la gran puerta, un día más de clases había finalizado, dando paso al receso de invierno. Los jóvenes comentaban los felices que estarían sin tareas, mientras que más de una jovencita se lamentaban de no ver a su guapo profesor de música por las próximas dos semanas.
-Ay, extrañaré mucho al Profesor Kou.- replicó una niña de gruesas gafas y cabello pelirrojo corto al tiempo que abrazaba su maletín de cuero negro.
-Y yo, toca el piano como un ángel, lástima que tenga siempre esa cara de pocos amigos.- suspiró su amiga junto a ella rubia de cabello largo y lacio, mientras arrugaba su nariz cubierta de graciosas pecas.
-Es parte de su encanto.- completaba la primera.
Los jóvenes iban saliendo poco a poco, mientras los profesores se despedían, algunos llamándoles la atención, ya que muchos de los niños corrían tropezándose unos con otros.
-Nos vemos Seiya.- saludó un hombre mayor de blanco cabello, delgado y alto.
-Adiós Profesor Madea, que tenga buenas vacaciones.- saludó el hombre de cabello negro como el ébano, largo y lacio atado con una coleta baja, mientras esbozaba una amable sonrisa.
-Nos veremos antes Seiya, mi auto se descompuso, se lo llevé ayer mismo a Kuncite, pero dijo que no tuvo tiempo de revisarlo aún.- informó haciendo un ademán con sus manos de resignación.
-Yo mismo lo veré hoy, no se preocupe.- dijo despidiéndose con un su mano en alto para subir a su camioneta negra.
Debía pasar antes por su casa para dejar las cuerdas del piano a que había comprado, luego de varios años al fin lo afinaría, lo único que despertaba un sentimiento genuino en él era la música, razón por la cual aceptó el trabajo como profesor de música en la escuela del pueblo, claro que estaba realizando una suplencia, pero de todas formas esos pequeños momentos lo hacían sentirse vivo.
Ingresó a su propiedad, un viejo rancho, excelentemente cuidado, estacionó frente al gran casco que se elevaba en medio de frondosos árboles, tomó la bolsa que descansaba en el asiento del copiloto y se adentró a su hogar. Todo estaba reluciente.
-Gracias pequeña Makoto.- murmuró para sí, es que si no fuera por la ayuda de la pequeña hermanita de su amigo ese lugar sería un desastre, las ultimas chicas que hacían la limpieza en su casa habían renunciado no tolerando el malhumor de su patrón o bien las tareas que se les asignaba, la casa era bastante grande, costaba de dos pisos, tres habitaciones principales y dos de huéspedes, una amplia cocina, un estudio, el comedor y la sala de descanso. El comedor, que se apreciaba al ingresar por la puerta principal, era amplio adornado por una gran chimenea, junto a ella el juego de muebles en madera y cuero, bajo ellos una hermosa y elegante alfombra se extendía, pasando el comedor estaba el pasillo que comunicaba hacia el lugar donde se servía la comida en caso de visitas y mas allá la habitación de huéspedes, estando las principales en la planta alta.
Ingresó a la amplia cocina por un refresco, las mesadas de mármol adornaban todo el alrededor, dejando espacio para la heladera, la cocina y el lavado, tomó asiento en la mesa del centro y suspiró. Si bien tenía una vida pacífica, a veces creía que corría contra reloj.
Subió las escaleras de madera oscura de a dos escalones, se deshizo de la ropa y se colocó unos jeans negros y una sudadera azul oscuro, bastante gastada, y se dispuso a partir.
-Luego cambio las cuerdas del piano.- masculló molesto, no era tarea fácil, pero su madre lo había instruido bien.
Subió a su camioneta nuevamente y se dirigió a su trabajo, al verdadero, el taller mecánico que compartía con su amigo y socio Kuncite Okada, un socio bastante silencioso y de por sí, malhumorado. Una combinación excelente.
o-o-o-o-o
La cafetería estaba atestada de clientes, orgullosamente atendida por sus dueños desde hacía más de 50 años, ahora era el turno para el nieto menor. Era la única en todo el pueblo, donde se servían los más deliciosos y humeantes cafés y los más exquisitos postres, mejorando ampliamente desde que Makoto Kino trabajaba allí.
-Aquí tiene Señor Ishida.- dijo una hermosa joven alta, de hermosos y expresivos ojos verdes y cabello castaño que lo llevaba atado en una coleta alta, envestida en el uniforme de la cafetería, verde y rosa. –Y este para usted Señora Ishida.- completó la orden de pastel de chocolate y queso para los amables ancianos.
-Gracias querida.- agradeció el hombre de edad madura y bastante encorvado.
-Que dulce eres Makoto, me recuerdas a tu hermosa madre, ella y la preciosa Risa nos atendían cuando todos éramos más jóvenes ¿sabías?- relató feliz la mujer de cabello cano, logrando una amplia sonrisa en la joven.
-Sí, Señora Ishida, ¿cómo no saberlo? Espero dejarla tan conforme como mi madre.- acotó sonriente mientras entrecerraba sus ojos.
-Ay querida, no digas más, eres un encanto Makoto.- finalizó la anciana con un gesto.
La joven siguió con su vista cada una de las mesas, suspiró con tranquilidad al ver que todos estaban atendidos, sin embargo una figura solitaria captó su atención al otro lado del salón. Tomó la tarra de café que había dejado descansando sobre el mostrador y se dirigió a él.
-Hola Kouta.- saludó animada mientras servía café en la taza vacía, el muchacho de la misma edad que su hermano mayor, de cabello castaño largo atado en una coleta baja y enigmáticos ojos azules le sonrió de lado.
-La mejor atención del estado.- dijo a modo de saludo haciendo reír sonoramente a la joven. -¿Cómo estás Mako?-
-Bien, trabajando ya ves.- la atención de la chica se desvió hacia una hoja de cuaderno, prácticamente en blanco con algunos garabatos. -¿Componiendo?- interrogó curiosa.
-Lo intento, pero últimamente la inspiración me ha abandonado, como cada mujer que se cruzó en mi camino.- ante el comentario ambos jóvenes rieron divertidos, mientras un tercero se acercaba a ambos con una sonrisa.
-Veo que distraes a mi personal Kouta.- hizo acto de presencia con sus típicas bromas el rubio dueño del lugar. –Hola amigo.- saludó estrechando su mano afectuosamente.
-Hola Andy, ya no la distraeré más.- dijo a modo de disculpa, mientras el rubio tomaba asiento en la mesa.
-Amigo esta noche debemos salir, hay damas que conquistar, con tu talento, mi verborragia y la apariencia de Seiya y Kun romperemos corazones.- dijo Andrew riendo mientras la mirada azul de su amigo se dirigió al gesto visiblemente incomodo en la joven aun junto a ellos.
-Andy…- le llamó su atención al rubio ajeno a las repercusiones de su comentario.
-Iré a servir más café.- se apresuró a hablar la pelicastaña.- Nos vemos al rato Kouta.- y así se despidió, la mirada de reproche no tardó en caer sobre Andrew que aún no entendía el por qué.
-No debiste decir eso delante de Makoto, es una falta de respeto.- habló con seriedad, desconociendo también la verdadera razón de la incomodidad de la hermanita menor de Diamante.
-Kouta, no es una niña, creo que sabe cómo funciona las relaciones entre hombres y mujeres.- soltó con aires de sabiduría.
-Es curioso que tú digas eso…-
-¿Por qué?- interrogó el rubio con una ceja en alto.
-Siempre insistes que es una niña, pero parece ser que ahora lo es para ciertas cosas y para otras no, bastante conveniente Andy.-
-Por favor amigo, no me hagas sentir mal, Makoto siempre será una niña para mí, pero creo que hay ciertos temas que ya comprende, es lo que me ocurre con Rei, hacia mucho no la veía y ahora es toda una mujer, siempre será la niña flacucha que se fue del pueblo, pero… creció y supongo que su vida en la Ciudad la hizo mucho más despierta.- finalizó su discurso ante la mirada confundida del joven.
-¿Quién es Rei?- interrogó.
-Oh cierto tu llegaste después de que ella abandonara el pueblo, es la nieta de Nobu Matsuzawa, el abuelo del templo.- explicó con una sonrisa, mientras el joven asentía frente a él.
-Sabía que Nobu tenía una nieta, no sabía su nombre.- dijo con una sonrisa. -a propósito ¿cómo esta él?- se interesó.
-Mucho mejor según me dijo Rei, solo fue un susto.-
-Ese Nobu, solo nos da sustos.- dijo riendo. –Me alegra mucho que este bien, no sé qué haríamos sin él por aquí.- finalizó para mirar su reloj de mano. –Debo irme Andrew llego tarde al trabajo, esos diarios no se imprimen solos.-
-Es algo tarde ¿no crees?- dijo confundido.
-Andrew, preparamos las noticias para mañana, algún día te llevaré a la imprenta para que veas qué es lo que hago allí.-
-Por Dios no….-
-Gracias Andrew.-
-De nada Kouta.-
El joven de cabello castaño salió del lugar con algo de prisa tomando su bicicleta verde oscuro.
o-o-o-o
Llegó al taller mecánico alejado del centro con algo de prisa, sabía bien que iba tarde, y aunque sea el dueño no estaba en él abusar de esa realidad, sabía también, muy bien, que su socio era extremadamente responsable, cosa que compartían, sin embargo los días que cumplía su suplencia en la escuela se le hacía complicado cumplir con el horario.
Ingresó al lugar que se mantenía en silencio, solo se oía de fondo la radio en la cual sonaba alguna melodía que no podía comprender del todo por lo bajo de su volumen. Sus pasos retumbaron un poco, y fue cuando una mirada casi gatuna se posó en él.
-Al fin me agasajas con tu presencia.- masculló el hombre de largo cabello plateado y tez morena, el pelinegro sonrió de lado, era sabido que su amigo era de hablar muy poco, pero cuando la hacía solía acertar en causar la emoción deseada en el otro.
-Lo lamento, sabes cómo es esto de la escuela, reuniones de maestros, actos, palabras insensatas.- calló cuando se percató que el peliplata no estaba oyéndolo, sino que centraba toda su atención en el motor del auto que estaba arreglando.
Se colocó el traje entero color azul ya bastante maltratado por la grasa, y se dispuso a imitar a su amigo en silencio, hacía ya varios años que trabajaban juntos, para suerte mutua, ambos respetaban muy bien el espacio del otro.
Crecieron juntos en ese pueblo, el padre de Kuncite se mudó junto a su único hijo poco después de que este cumpliera los 10 años, coincidiendo en la escuela con Seiya, Diamante y Andrew, y no tardaron en hacerse amigos. El crecer juntos en un lugar pequeño tiene sus ventajas, y también muchas contras. Era sabido que todos los chicos tuvieron sus novias, a excepción del pelilargo de enigmáticos ojos gatunos, Kuncite era muy reservado, se sabía de algunas aventuras con mujeres ajenas al pueblo, pero nadie hablaba al respecto. Un gran hermetismo se extendía en torno a su vida, un hermetismo que Seiya compartía también en su propia vida de hace un par de años para la fecha.
Les gustaba trabajar en silencio, era por ello que se llevaban tan bien, cuando Seiya decidió abrir el taller no dudo en proponerle a su amigo trabajar juntos, ambos compartían el amor por lo autos y sus personalidades se complementaban bastante bien, al menos el pelinegro ponía humor de vez en cuando, aunque esos momentos eran cada vez más escasos.
-Hoy me llamó Amy.- rompió el silencio y por un momento la mirada de su amigo, Kuncite no habló por lo que entendió que podía proseguir. –no vendrá en este receso de invierno, se quedará en el extranjero junto a nuestros tíos.- finalizó con voz tranquila, aunque algo decepcionada.
-Tu hermana es toda una aventurera en cuanto a conocer nuevas culturas, debe ser una linda experiencia.- dijo el peliplata sin interrumpir su tarea.
-Debe serlo…- suspiró al tiempo que tomaba una llave.
-Nunca fuiste a la casa de tus tíos Seiya, no necesitas el dinero que este lugar te da para vivir, aunque así lo elijas.- acotó el peli largo, no solía preguntar, no solía entrometerse en la vida de nadie, sin embargo la confianza entre ambos era grande.
-No es lo mío, solo eso, esa vida no es... vida- finalizó apretando sus dientes por la fuerza ejercida para enroscar el bulón con su llave.
o-o-o-o
La tarde cayó y con ella el sol poniéndose en el horizonte, entre las altas montañas que adornaban la geografía tornando el cielo de un color anaranjado, aunque amplias nubes blancas en los costados anunciaban que le frío llegó para quedarse. Ya todos estaban escapando a sus casas, solo unos pocos se quedarían en los comercios hasta más tarde. Algo alejado del centro, pasando el templo sintoísta se levantaba una hermosa edificación de estilo victoriano, cuyas luces estaban encendidas, mientras un agradable aroma a caldo de pollo se extendía en la amplia cocina.
-Mako, hacia mucho que no venía a tu casa…- exclamó un feliz pelinegra de rememorar viejos momentos de su infancia. –Debo decir amiga que te has convertido en una excelente ama de casa, todo luce impecable y la calidez de tu hogar se hace notar en cada detalle…-
-Hago lo que puedo amiga, solo la mantengo como mamá lo hacía, la verdad no cambie nada de lugar, salvo que agregué unas fotografías al buro, esa que nos sacamos juntas cuando fuimos al teatro la última vez que estuve en la Ciudad.-
-Salí espantosa Makoto, quítala de ahí, no sé ponla en tu alcoba.- regañó con voz media la pelinegra logrando hacer reír a la ojiverde.
-Sin duda, eres una exagerada.- finalizó tomando asiento en la mesa de la cocina junto a su amiga. –Bueno Dante tardará en llegar, así que tenemos tiempo de ponernos al corriente, cuéntame sobre tu vida en la Ciudad Rei, la última vez no pudimos hablar casi nada de ti, todo se trató de mí…- dijo soñadora.
-Makoto, no es gran cosa.- dijo con sinceridad. -ya sabes que estudio música, pero la cuota aumentó demasiado, entre eso y la renta de mi apartamento, mas la manutención de mi auto, es complejo, pero me las arreglo bien, las campañas de modelaje me dejan bastante ganancia.-
-Debe ser genial vivir en la ciudad…-
-No lo creas, todo es demasiado acelerado, a veces extraño la calma, supongo que dejé llevar mucho por el estilo de vida allí.- dijo a modo de reflexión, que contagió a ambas.
Ambas jóvenes se habían criado juntas, a penas se llevaban unos meses de diferencia de edad, su amistad era tan fuerte como la que unía a sus madres, que también habían crecido juntas, casándose casi al mismo tiempo y compartiendo los meses de embarazo. Para la madre de Makoto, Azuki, era su segundo matrimonio, ella contrajo primeras nupcias siendo muy joven con un apuesto militar, padre de Diamante, sin embargo su relación no duró demasiado divorciándose casi llegando los cuatro años de matrimonio. Fue poco tiempo después cuando conoció a Kenji, el padre de Makoto. A la edad de seis años de su pequeño hijo, ambos contrajeron nupcias. Convirtiéndose en un padre para el pequeño Dante, criando a ambos niños con especial amor y dedicación.
La curiosidad de Makoto por la ciudad, tenía una razón de ser, no estaba ajena al sufrimiento que padeció su madre por las habladurías del pueblo cuando se divorció, y compartía aquello con Rei, ciertamente sus familias fueron muy golpeadas por los rumores, pero ellas intentaban no pensar en ello.
-¿Sabes algo de las muchachas Mako?- interrogó de repente la amatista al tiempo que degustaba unos bocadillos salados preparados por la pelicastaña.
-Hablé anoche por internet con Minako, vendrá pronto por el receso invernal, para descansar de la universidad y pasar tiempo con su familia.- informó emocionada.
-La última vez que vi a Mina fue para su cumpleaños.- dijo la pelinegra pensativa.
-Bueno la has visto más que yo, si ella no viene aquí no puedo verla, no viajo mucho.- acotó subiendo sus hombros.
-Es que justo la crucé por causalidad en un restaurante donde ella había ido con sus amigas a celebrar.- contó recordando a la simpática rubia que habían conocido al finalizar la primaria. –Yo no compartí con ella tanto como tú, pero realmente me encariñé mucho con ella.-
-Imposible no quererla.- dijo con una sonrisa.- Oh también hablé con Amy, ella no vendrá este receso de invierno, sigue en el extranjero con sus tíos- dijo con tono desanimado.
-Amy.- repitió Rei con una sonrisa.- con ella me suelo escribir seguido, de verdad la extraño…- suspiró recordando a la tímida joven de corto cabello azulado.
-Lo sé, me pasa igual, es que crecimos juntas amiga, así como mi hermano con los muchachos, éramos un gran grupo…-
-Lo éramos…- suspiró la pelinegra añorando esos viejos momentos, momentos en los que estar con él la llenaban de gozo, nunca tan alejado a lo sentía ahora de solo recordarlo.
-Oye Rei.- la llamó su amiga con su extraña mirada encorvada en sus ojos, mientras se sonrojaba. –Dime…. ¿sales con alguien allá?- soltó moviendo sus dedos en un claro gesto lujurioso.
-No me lo preguntes así Mako.- la regaño su amiga mientras la otra reía sonoramente, sacando varias gotas en la cabeza de su amiga. –Mako…. Me avergüenzas.-
-¡Ay, ya! Cuéntame malvada… yo no tengo vida amorosa por aquí, es imposible en este pueblo y con un hermano como Diamante.- suspiró siempre soñadora, aún en su búsqueda incansable por encontrar a su príncipe azul.
-¡Pero si tuviste novio!-
-Así es, pero en la Ciudad, ¿notas la secuencia?- soltó con jocosidad. –Cuéntame Rei….- le pidió en un puchero tierno, haciendo sonreír a su amiga.
-Bueno sí, hay alguien, salimos hace no mucho…- comenzó ante el gesto feliz de su amiga.-Él es estudiante de derecho, trabaja en una importante firma, hace poco… - las palabras no fluían con facilidad de su boca, por lo que aclaró su garganta. -él quiere formalizar….- antes de poner el grito en el cielo de la felicidad por su amiga el semblante de la pelinegra se tornó serio, hasta sombrío, alarma que alertó a la dueña de casa a no indagar más, la pelicastaña extendió su mano tomando la de su amiga.
-Mejor me ayudas con la comida.- ambas jóvenes sonrieron, desde pequeñas se comprendían muy bien sin la necesidad de hablar y esa conexión seguía intacta. –Dante no tarda, y viene con un apetito atroz. -
o-o-o-o
Ingresó al templo por la puerta corrediza del costado que siempre permanecía abierta. Ya era algo tarde, al menos cenó junto a sus amigos, logrando que Dante le ofrezca trabajar junta él en la carpintería, cuestión que no desaprovecharía.
Caminó sigilosa por el gran salón de piso de madera, encendiendo todas las luces a su paso, si bien se consideraba a sí misma una mujer valiente, odiaba estar a oscuras en el gran templo. Llevaba sus zapatos de tacón en una mano, mientras que con la otra desabotonaba su abrigo color negro, llegó a su cuarto y vació su bolso sobre el escritorio, su teléfono móvil captó su atención de inmediato, lo llevaba apagado desde el día anterior, se preguntaba si encenderlo o no, ciertamente las personas que a ella le interesaba que supieran de su paradero lo sabían, y había quedado que ella se comunicaría. Tomó valor y encendió el teléfono, no tardaron en llegarle avisos de llamadas perdidas.
-Diez llamadas perdidas.- murmuró para luego suspirar, todas del mismo número, buscó en su agenda y seleccionó un nombre, esperó que el teléfono suene un par de veces para luego oír la voz del otro lado.
-Muñequita hermosa…- la voz masculina del otro lado la hizo sonreír.
-Hola Zaf.- lo saludó. -¿Cómo has estado?-
-Extrañándote, esto de no juntarnos a ensayar me deja mucho tiempo libre, ¿cómo va todo por allá? ¿tu abuelo?-
-Está bien, solo fue un susto, se quebró su cadera bailando.- soltó escuchando la carcajada del otro lado de la línea. –No te burles, esto es serio, tendré que atrasar mi vuelta a la ciudad…-
-Supongo que no te hará mal estar allí un tiempo, me gustaría acompañarte linda, pero tengo cosas que hacer por aquí.-
-Lo sé Zaf, no te preocupes, saluda a los muchachos de mi parte.-
-Lo haré, supongo que hoy los veré, ya Linet entró en su cuarto mes de embarazo deberías ver la cara de muerto viviente que tiene Koichi, creo que no duerme.- la melodiosa risa de la pelinegra lo contagió.
-Zaf necesito un favor, ¿podrías enviarme cambios de ropa? Dile a Angie que seleccione solo lo indispensable.-
-Seguro Rei, no hay problema, lo enviaré en encomienda, me encantaría ir a visitarte, pero no conseguiré permiso en mi trabajo, todos te extrañamos.-
-Gracias, es bueno saber el que los tengo.- dijo con una sonrisa.
-Nena, nunca dudes en recurrir a nosotros, te queremos mucho, además tanto Linet como Angie te deben el hecho que las cubras en sus campañas…-
-Lo hago con gusto, con mucho gusto, Zaf hablamos en otro momento, sólo llamé para avisar que estoy bien.-
-De acuerdo Rei, no dudes en llamar si necesitas algo.-
-No te preocupes, pero mantendré el teléfono apagado mientras tanto.- le informó apretando sus labios.
-Aun no quieres hablar con él ¿verdad?-
-No lo sé Zaf, es complejo… en fin, hablamos luego.- se despidió con algo de prisa por querer evitar el tema.
-De acuerdo, un abrazo muñequita. Adiós.-
-Adiós.-
Colgó dejando el teléfono de lado, había conocido a los alegres muchachos cuando se mudó a la ciudad, Zafiro, Koichi y Angie estudiaban junto con ella, la ultima la había contactado con Linet, su prima, que trabajaba modelando, haciendo que Rei consiguiera ganar dinero extra realizando ciertas campañas. Les debía mucho, ellos eran como su familia, cada uno siguiendo su sueño individual, sin embargo acompañándose mutuamente.
Se puso de pie y soltó su cabello, dirigiéndose al cuarto de baño.
o-o-o-o
Manejaba su camioneta rumbo en a su hogar, se le había hecho tarde, pero al menos el auto del profesor Madea estaba listo. Hizo el camino de siempre, el que obligatoriamente lo hacía pasar por el viejo templo. Observó a lo lejos las luces encendidas y paró su marcha, chistando por lo bajo.
-Mako o Dante olvidaron apagar las luces, el abuelo se infartará con la cuenta de luz.- dijo para sí mientras subía las largas escalinatas.
Entró por la puerta corrediza del costado del templo, como lo hacía siempre y comenzó el camino apagando todas las luces a su paso.
Se sorprendió hacia cuanto no entraba, solía visitar al anciano seguido, pero siempre se quedaban fuera. Ingresó a la cocina y divisó la estufa encendida, entrecerró sus ojos en un gesto de confusión., esta vez sí regañaría a los hermanitos Kino por tal descuido que podría causar un accidente. Se acercó a la estufa apagándola, cuando oyó pasos a su espalda, se giró rápidamente, pero no había nadie allí, ladeó su cabeza en gesto confuso y serio, se giró y caminó de nuevo para la salida. Como si se tratara de un espejismo, parada en medio del gran comedor, con tan solo un camisón blanco y rosa y el cabello húmeda se encontraba una hermosa pelinegra de impactantes ojos amatistas, esos ojos que él conocía bien.
La muchacha se quedó helada al instante en que divisó al hombre, salió extrañada de su cuarto cuando notó que las luces se apagaban creyendo que podía haber un problema con los fusibles.
Delante de ella, a escasos metros, el hombre alto de cabello negro y largo, con esos ojos medianoche enfundando en unos pantalones negros y una sudadera azul oscuro la observaba ilegible.
Seiya contuvo la respiración por unos instantes, no supo cuantos precisamente, hasta que en gesto mecánico exhalo quedándose inmóvil frente a la joven, que parecía temblar.
-Hola…- la oyó decir, mientras le temblor en su cuerpo era más notorio, fue cuando cayó en la cuenta que traía el cabello húmedo. –No creí verte por aquí…-
-Lo mismo digo.- articuló en voz fría.- Entre porque creí que habían olvidado las luces encendidas….- dijo con voz ronca entornando sus ojos. -Adiós.- fue todo lo que le oyó decir para perderse en la oscuridad de la noche, dejando atrás una muy confundida pelinegra que sentía como sus rodillas le temblaban aún, no a causa del frío, sino por la frialdad de él.
Seiya tenía una vida pacífica en aquél lugar, después de tanto al fin lo había conseguido, porque no fue fácil, sin embargo esa noche algo se quebró, el pasado volvió, algo en su pecho le gritó que huyera y sólo lo hizo.
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N/A: nueva entrega y todo va tomando forma, creo que todo lo referido a introducciones suele ser algo lento, pero intentaré no aburrirlos, quiero aclarar algo que sé que haré varias veces más. La historia se desarrolla en un "pueblo" y una "ciudad" ciertamente no especifico donde, y así continuará para darme ciertas libertades y también al lector de idear el lugar como mejor les parezca.
Quiero dar mis especiales agradecimientos a Madeimoselle Rousseau (siempre leyendo todo el material por adelantado y luego por aquí gracias amiga!), a Amonett (Kimmy para los entendidos y mi nena consentida), Dianarr07 (gracias por tu apoyo en cada uno de mis trabajos, mars fan a la vista!) y por ultimo, pero no menos, a malkav-iztli (amy fan a la vista! Ciertamente muchísimas gracias por tu voto de confianza)
Bueno amigos… tomatazos, criticas, palabras de aliento: review.
Nick Rivers
