CAPÍTULO XI

LLORA TU DESGRACIA HYRULE

Poco a poco, el resplandor fue desapareciendo, dejando ver a los presentes el resultado de aquella colisión entre los poderes del bien contra el mal. Ninguno de los que se encontraban en ese lugar quitó la mirada, pues estaban atentos al resultado que decidiría la vida o la muerte.

Pero para aquellos valientes soldados, fieles sirvientes del Reino, la imagen que lograban ver sus ojos no era la más esperanzadora, y lentamente, en sus rostros, se reflejaba el terror. Por otro lado, Lanayru, se encontraba tirada en el suelo, malherida, y al ver lo que había ocurrido, agachó la mirada y comenzó a desaparecer hasta dejar el lugar en oscuridad.

Era por hecho que la batalla había acabado, en donde el ganador indiscutible era llamado "el Castigador". Nuestros valientes héroes poco a poco dejaban soltar sus espadas, escudos y todo tipo de armamento que habían llevado para la lucha.

Lo que veían aquellos soldados era desgarrador. Ver a su princesa atravesada por uno de los dedos del enemigo, envuelta en sangre, era aterrador. Era verdad todo lo que estaba sucediendo, pero algunos, no querían aceptar que esto realmente estaba ocurriendo.

El personaje apodado "el Castigador", lentamente sacaba su mano del cuerpo de la Princesa Zelda, pero más impensable y sorprendente, que intentaba liberar su brazo del cuerpo deformado de una de las bestias sagradas, Farone, quien fue sujetada y llevada por debajo del suelo, por una de las manos que el enemigo había convocado. Era algo que ninguno de los soldados se imaginaba, que una bestia sagrada fuera eliminada de esa manera.

En los últimos momentos, mientras estaba frente a frente con la Princesa Zelda, en el instante en que ambos lanzaban sus ataques, "el Castigador", por medio de esas manos que había convocado, levantó desde las profundidades de la tierra a Farone, y la interpuso para defenderse y que ella fuera la que recibiera el ataque de Zelda. Fueron dos pájaros de un tiro.

Y comenzaba a llover fuertemente sobre aquel terreno espantoso. Todo fue un desastre.

Los soldados no hacían otra cosa más que mirar a su Princesa en el suelo, manchada en sangre. Ellos ya no tenían esperanza de ser salvados, y algunos dejaron de poner resistencia frente al ataque enemigo, y eran aniquilados de uno en uno.

Sus cuerpos hechos trisas, pero la lluvia benevolente no permitía que su sangre permaneciera sobre sus cuerpos y la ayudaba a expandirse por el suelo. Otros soldados, salían huyendo de aquel lugar, pero algunos fueron alcanzados y murieron; sólo unos poco lograron escapar.

Aquel lugar se convirtió en un infierno. Eran gritos de dolor, de desesperación, no había más que una enorme tristeza.

"el Castigador", miraba a Zelda en el suelo, tirada, envuelta en sangre; no se podía saber que estaba pensando, sólo la miraba.

La lluvia no paraba, y junto a ella los enormes relámpagos y truenos que sucumbían aquel lugar. "el Castigador", levanta su cabeza, y mira al cielo oscurecido ya completamente.

Vuelve la mirada hacia Zelda, y la observa compasivamente.

-MIRA, QUE HASTA EL CIELO LLORA TÚ DESGRACIA.-le dice.

Y camina hacia ella, la recoge y se la lleva cargando sobre su hombro.

Mientras tanto, a unos cuantos kilómetros del lugar, el Rey, junto con sus guardaespaldas y demás personas que decidieron ayudarle, se dirigían hacía donde se encontraba la Princesa Zelda.

Ellos ya sabían el lugar exacto de la batalla, pues el resplandor que se veía a lo lejos les ayudó a descifrarlo. Todos se encontraban muy asustados y nerviosos por lo que ocurría, pero la prioridad en ese momento era el de llegar a tiempo para salvar a Zelda. El Rey sentía un mal presentimiento de todo esto, por eso les gritó a sus acompañantes, que se apuraran.

Ellos no paraban de galopar junto a sus caballos, pero a lo lejos, en el cielo vieron un pequeño brillo de color verde que se acercaba rápidamente a ellos. Los guardaespaldas del Rey se quedaron en alerta y en eso sacan su arco y flechas que llevaban detrás y comienzan a apuntarle. Uno de ellos disparó, acertando hábilmente en el objetivo. El brillo bajó hasta el suelo, a unos cuantos pasos del camino que seguían, y el otro guardaespaldas, fue hacía él desviándose un poco, por lo cual llamó un poco la atención del Rey.

El guardaespaldas llegó a donde el brillo. Bajándose de su caballo, da unos cuantos pasos y agachándose para ver que era lo que causaba el brillo, se da cuenta de que era una piedra mágica, por lo cual grita fuertemente para que el Rey se detuviera, y así lo hizo.

Ya reunidos todos, el Rey le preguntó al guardaespaldas que donde la había hallado, y él le responde que la encontró al lado de un cuervo, que la llevaba sobre su pico; y es que era una de las aves que "el Castigador" había llamado para devorar a aquellos soldados cobardes y traicioneros que habían faltado lealtad al Reino y salieron huyendo, pero la piedra mágica fue aquella que la princesa Zelda había dado a Piccole, el soldado que fue en busca de Link.

El Rey y sus acompañantes no pudieron haber tenido mejor suerte, y en ese instante, utilizaron la piedra para transportarse en milésimas de segundo al lugar de la batalla.

Por otro lado, "el Castigador", con la princesa en hombros, se dirige a donde se encontraba la batalla entre mortales e inmortales y les ordena a los suyos con fuerte rugido, que desaparezcan de aquel sitio, pues era evidente que la batalla había acabado.

Tal fue la orden de "el Castigador", que todos volvieron a sus sitios; las manos brillosas dejaron de dar su luz para volver a las profundidades de la tierra, y los resucitados regresaron a donde debían estar, antes que nada agradeciendo por el favor.

Y así también, "el Castigador", cuyo verdadero nombre aún no es revelado, se dirigía hacia la Provincia de Eldin, donde se encontraba la Montaña de la Muerte y Villa Kakariko. Ya caminados algunos metros, escucha un enorme grito detrás de él.

Él voltea y ve a lo lejos a unas personas que gritaban furiosamente; si, era el Rey de Hyrule y sus ayudantes.

Continuará…