CAPÍTULO XII
USTEDES SON MIS AMIGOS, MIS HERMANOS
Y ahí estaba el Rey, junto con sus fieles acompañantes, en la cumbre de ese pequeño levantamiento de tierra. Observando el horroroso paisaje que tenían frente a ellos, en plena lluvia, sus lágrimas no se hacían distinguir; las antorchas que llevaban en mano, eran cubiertas por algunas mantas y ropas que llevaban algunos, eso era lo único que les permitía verse los unos a los otros.
Truenos, rayos y relámpagos sucumbían el lugar.
Todos se lamentaban profundamente por lo que había sucedido en aquel sitio. Cadáveres de amigos, hermanos, hijos, no importaba que fuesen o que hubiesen poseído en vida, todos fueron brutalmente acribillados. Unos, al no resistir esto, intentaron irse al ataque, pero los más prudentes los detuvieron, para no acrecentar el número de victimas de "el Castigador".
El Rey, con una enorme tristeza, buscaba el cuerpo de su hija entre los cuerpos que estaban tirados, pero no lo encontró. Buscaba y observaba a su alrededor, pero no alcanzaba a distinguir objeto alguno entre la oscuridad dominante. Pero a lo lejos, notó una silueta muy grande. Forzando la mirada, logró notar que la silueta pertenecía a "el Castigador", un hombre alto y robusto. De inmediato lanzó una fuerte amenaza.
"el Castigador" da media vuelta, y ve a lo lejos al Rey de Hyrule.
-¡¿Cómo te atreves a hacerle esto a Hyrule, el reino entero te castigará y pedirás clemencia por lo que te sucederá, bandido?-gritaba-¡Yo mismo me encargaré de despedazarte!-
"el Castigador" no hace más que observarlo.
-¡Ven aquí ahora mismo y lucha conmigo, quiero acabarte aquí y ahora!-
El enemigo no se inmuta y da la media vuelta, mostrando la espalda al Rey, comienza a dar unos cuantos pasos, marchándose del escenario sin importarle lo que seguían gritándole; el rey se enfurece al no escuchar respuesta, fija la mirada nuevamente y observa que el enemigo se está retirando.
-¡Qué insolencia!-grita-¡Aunque intentes huir, no te dejaré escapar, no mereces vivir!-
Y de inmediato él y sus acompañantes van tras él, con todos los pocos carros de caballería e infantería que pudieron llevar.
-¡Iré por ti, bandido!-
Poco a poco, bajaban de ese levantamiento de tierra en el que se encontraban, e iban rápidamente tras el asesino. Éste, al escuchar el rugido de batalla, se detuvo, volteo y vió como se acercaban a él para atacarlo.
Conforme se acercaban a él, distinguían más el entorno, y ayudados también por los relámpagos y las antorchas, veían el lugar donde pisaban y pasaban, para no tropezar y caer en las irregularidades del propio suelo y las dificultades que la batalla anterior y la lluvia habían ocasionado en el camino.
Ese pequeño equipo, liderados por el Rey de Hyrule, velozmente se acercaban al asesino, y sin titubear, levantaban sus armas dispuestos a entregarlo todo por el Reino. No faltaban más que unos pocos metros para llegar a donde se encontraba el enemigo, cuando notaron que llevaba cargando a una persona sobre uno de sus hombros. La vista no pudo haber sido más clara en ese momento, a pesar de la oscuridad, que de inmediato, el Rey y sus acompañantes se detuvieron al instante al ver quien era la persona que estaba cargando.
Fueron instantes en que todos quedaron congelados al ver esa imagen, y en cuanto reaccionaron exclamaron:
-¡Es la Princesa!-
Para algunos el miedo se apoderó de ellos, para otros brotó la ira y el enojo, pero para todos, el lamento, la confusión y el llanto surgió como un torrente imparable.
Poco a poco fueron recobrando conciencia, y de inmediato, alzaron sus armas, tensaron arcos y prepararon flechas y bombas apuntando directamente al asesino cuando…
-¡Deténganse!- ordena el Rey.
Todo el equipo que lo acompañaba se quedó sorprendido y confuso al escuchar lo que el Rey dijo, que algunos no se detuvieron a reclamarle.
-¡¿Porqué ordena semejante barbaridad, señor? , ¡¿Qué no ve que estamos en una ventaja demasiado grande? , ¡Podemos acabar con él si lo ordena!-decían unos.
-¡¿Está loco, acaso no vió lo que hizo con nuestros hermanos, padres e hijos?-
-¡Nuestros arcos están tensados y nuestras flechas están apuntando directamente a su cara listas para ser lanzadas, sólo diga "ya" y él estará en el otro mundo sin que se haya dado cuenta de cuando sucedió.-
-¡Si desea no lo haga por nosotros ni por los que están detrás de nosotros, sino por su propia hija que él lleva sobre su hombro!-
Él Rey sólo escuchaba silenciosamente las demandas de sus subordinados, y "el Castigador" observaba lo que frente a él sucedía sin sentirse amenazado.
-Esta será una pelea de uno contra uno-exclama el Rey.
Dicho esto, la confusión se acrecentó entre los presentes.
-¡¿Pero que diantres dice?- Gritaron - Estamos en plena ventaja, usted nos detiene ¡¿Y todavía dice que peleara solo? , ¡¿Qué tontería?-
-¡¿Qué dice señor, qué no escuchó y vió con sus propios ojos lo que ese hombre hizo?-
-Es precisamente por lo que quiero luchar solamente yo.-dice el Rey. Da media vuelta sobre su caballo volteando a ver a sus seguidores, los cuales quedaron atónitos al ver su rostro; el Rey estaba llorando.
Muy difícilmente se podían distinguir sus lágrimas del agua de lluvia que caía lentamente sobre su rostro. Fue muy duro para su equipo el verlo de esa manera; era como una señal de que las esperanzas poco a poco se apagaban. Pero lo que veían les recordaba que el Rey era también humano, de carne y hueso, que era tan mortal como ellos, y que de igual manera él también había perdido a su hija, cruelmente asesinada por el malhechor que tenían frente a ellos.
-Acabo de ver a mi hija muerta-decía-¡No soportaré que ustedes mueran como ella murió!-
La lluvia no paraba. Todos los presentes escuchaban a su majestad.
-Sé bien lo que éste ser ha hecho con nuestro pueblo, y no permitiré que lo siga haciendo. No importa si tengo que luchar con cien o mil bueyes yo solo, o si tengo que cargar mil piedras o levantar una montaña yo solo, no permitiré que ustedes y todo Hyrule muera-exclamaba.
-Y sepan esto, yo no los considero mis siervos ni mis subordinados ni mis esclavos, no, yo los considero, mis amigos, mis hermanos, ¡y juro por esta tierra sagrada, que los protegeré con mi vida!-
Y lentamente, conforme decía estas palabras se alejaba más de ellos, acercándose a "el Castigador".
Y de repente, comienza a figurar en el suelo un círculo amarillento que brillaba intensamente. Los soldados comienzan a retroceder unos cuantos pasos a caballo, confundidos de lo que estaba sucediendo, mientras que el asesino se sorprende de lo que ve, pero no mueve ni un músculo.
De pronto comienza a temblar la tierra… ¡FAM!, brotan bruscamente de la figura circular, unas paredes de cristal amarillento, que empujaron fuertemente a algunos de los soldados que estaban cerca, tumbándolos hasta caer al suelo lodoso, mientras que a otros sólo los tambalea; poco a poco las paredes van curveándose hasta que chocan unas con otras en la parte superior-central de la circunferencia, formando así una media esfera con el suelo, con el objetivo de emplearse como barrera.
La barrera alcanzaba unos dos kilómetros de diámetro, comenzando a unos metros de la parte trasera del Rey.
-¡Su Majestad!- Gritaban
-Yo protegeré a mis amigos cueste lo que cueste, y no dejaré que ellos sacrifiquen sus vidas-respondía el Rey.
Algunos soldados intentaban cruzar la barrera, pero tan imposible resultaba, que ni la lluvia lograba entrar; los que lo hacían eran empujados fuertemente.
"el Castigador" deja de observar y tomando el cuerpo de la princesa Zelda de su hombro, lo avienta a su derecha hasta que se estampa con el suelo cubierto de lodo. Mira unos instantes a Zelda, y regresa su mirada hacia al Rey. Éste, sobre su caballo, desenvaina su espada, una espada completamente afilada de ambos lados con una empuñadura de oro, que irradiaba un brillo intenso que iluminaba a su alrededor.
El asesino no se queda atrás y de su mano derecha, brota un hueso afilado de su muñeca, hasta que logra un tamaño adecuado para que ésta sea empuñada y utilizada como un arma. De igual forma, comienza a emerger del suelo fangoso, una especie de animal. "el Castigador" sube a él, semejándose a un jinete montado en su caballo; lo presentes sorprendiéndose de lo que estaban viendo, pues nunca habían visto algo igual.
Ahora, ambos en igual de condiciones, mirándose fijamente, frente a frente, a una distancia de unos cuantos metros, listos para comenzar una nueva batalla que decidiría el destino del Reino, el Rey de Hyrule contra el apodado "el Castigador".
La tormenta no paraba, y nuestros leales soldados impotentes al sólo observar a su Majestad jugándose la vida en esta batalla que era imposible de ganar.
Un, dos truenos se escucharon, pero al tercer trueno, ambos bandos se lanzaron al ataque.
Ninguno de los dos se detenía, ninguno de los dos titubeaba, ambos empuñaban sus armas fuertemente, ambos seguían, y cuando lograron estar cara a cara, lanzaron su ataque hasta que sus espadas chocaron, y de esa colisión, surgió un fuerte resplandor que cegó la vista a cualquiera de los que estuviera ahí, incluso el brillo intenso dejó notarse hasta los extremos de la tierra.
Continuará…
