Aspiró aquel polvo blanco con rapidez y sintió su corazón acelerarse por unos segundos. Una descarga de adrenalina dominó su cuerpo, y apretó su mandíbula con fuerza. Parecía que se estaba masticando los dientes y se los iba a tragar.
Sus ojos se abrieron como platos, dándole aquella mirada de loca típica de una persona que acababa de consumir cocaína. Necesitaba moverse, no podía quedarse quieta.
Comenzó a dar vueltas por toda la casa, tocando todo a su paso con nerviosismo. Como una niña hiperactiva.
Golpeaba sus pies contra el piso. En cualquier momento haría un agujero. Eso molestaría a los vecinos de abajo, sin duda.
Necesito salir, necesito moverme, necesito…
Otra descarga de adrenalina instantánea la hizo estremecerse. Tomó un cuadro horrible en la pared y lo estrelló contra el piso. Eso no la hizo sentirse mejor.
No podía salir así a la calle; de seguro que con esa cara de loca maniática asustaría a más de una persona, sin duda.
Le costaba moverse, estaba dura como una estatua. Sentía que caminaba como un robot, toda trancada.
Corrió hasta el baño y se observó en el espejo.
Santa mierda.
Si, se notaba su estado. Sumado a todo eso, estaba pálida como un vampiro y tenía unas ojeras moradas. Más que una vampiresa, parecía una muerta.
No había dormido nada aquella noche. Aquella sustancia que metía en su cuerpo a diario la dejaba nerviosa y dura por horas, quitándole el sueño. Se acostaba y comenzaba a golpear los dedos contra el colchón, con la misma cara. Los párpados parecían estar sostenidos por palillos para colgar ropa.
Había pasado una semana entera desde el día en el que conoció a Murdoc. Siete-largos-días desde que le propuso trabajar juntos en un proyecto musical. Seguramente se lo había pensado y no le gustaba, o tal vez hasta ni se lo pensó y punto.
Sacó los cigarrillos de su bolsillo y prendió uno. Apenas éste se consumió, sacó otro, y otro, y otro…
Parecía ser lo único que la calmaba un poco. Observó el reloj. Tres de la mañana en punto. Su celular comenzó a sonar, mostrando un número desconocido en la pantalla.
¿Quién carajos llama a esta hora?
Luego de observarlo unos segundos, se decidió por atender. Fuese quien fuera, temía que se diera cuenta de su estado cocaínico.
-Ho-hola.- habló con dificultad. Odiara que la jodieran y la hicieran hablar cuando estaba así, mover la dura mandíbula era una tortura.
-¿Charlotte?-habló una voz rasposa desde el altavoz. Mierda, la reconocía, pero no podía pensar bien…
-S-s-sí ¿Q-quién habla?
-Soy Murdoc. Hey, ¿por qué hablas cómo idiota?
-¿P-por qué lla-amas a esta hora?
-¡Oh! Disculpa, ni me fijé en la hora. Son las… ¡Ah, mierda! Las tres. Te llamo mañana, Cook.
-N-no, deja, ¿Q-qué pasa?
-Estás tan drogada que ni puedes hablar, ¿eh?- Charlotte escuchó una risita sucia y rasposa que le hizo gracia. Igual, por más que quisiera reír, se le hacía imposible.
-¿Y-yo? ¡Para nada!-respondió rápidamente.
-Si, claro…-hizo una pausa. La rubia podía imaginar la sonrisa en el rostro del tipo.-Estuve pensando en lo que me dijiste ¿Sabes? Y…creo que no está nada mal tu idea. Después de todo ¿qué hay que perder?
Charlotte sintió otra repentina descarga de adrenalina en su cuerpo y no contestó.
-¿Estás ahí?- preguntó Murdoc con impaciencia. No le gustaba que lo hicieran esperar, al fin y al cabo le estaba haciendo un favor a la desgraciada aquella- ¡Charlotte!
-¿¡Qué!
-¿¡Escuchaste lo que dije! Maldita seas.
-¡S-si, claro!- mentira, obviamente.
-No estás escuchándome un carajo. ¿Sabes qué? Llámame cuando no estés lo suficientemente drogada como para articular palabra- dijo, molesto.
-¡V-vete a la mierda, si t-tú eres un m…m…maldito borracho, que te den!- sentía cómo no le salían las palabras, y eso la llenaba de rabia.
-¡Cállate, puta de-
Y le cortó. Carajo, no tenía ganas de discutir. Y menos en ese estado. Tomó una campera y salió de aquel sucio apartamento, ya ni le importaba si la miraban raro en la calle. Que les den a todos.
Aquella noche no pudo dormir otra vez, obviamente. Ni siquiera volvió a su apartamento, se quedó afuera hasta el amanecer. Tenía el aspecto de un zombie.
Sinceramente, le importaba poco a esta mujer. Era bonita, tenía carácter y todo, pero con aquella vida lo de linda se le iría por el caño en cualquier momento.
Eran las siete de la mañana y estaba sentada en el banco de una plaza. Sacó el móvil y lo observó unos segundos. Ahora que el efecto se le había ido, era conciente de la cagada que se había mandado.
¡Estúuupidaaa!
Sentía ganas de golpearse. No dejaba de putearse internamente a cada segundo, todo era su culpa.
Buscó entre las llamadas recibidas y observó aquel número. Debía llamarlo. ¿Qué importaba la hora? Él la había llamado a las tres y ni se había quejado.
Sí, por la hora. Porque por todo lo demás…
Se acostó en el banco cual si fuera un cómodo sofá y apretó la tecla para llamar. Nadie atendió. Volvió a insistir dos veces más, hasta que…
-¿¡Qué mierda quieres, eh! ¡Tiene que ser algo muy importante como para tener que despertarme a las…SIETE DE LA MAÑANA!
-Disculpe, señor dormilón.- dijo con cierta burla, como si la pelea anterior no hubiese existido. Se escuchó un leve gruñido desde la otra línea.-Mira, escucha, Murdoc. Siento lo de ayer…bueno, hoy. Ya sabes, estaba…mal, no sabía ni lo que decía. Perdona, hombre. Supongo que ya debiste estar en mi lugar varias veces, pero…
-Pero nunca me ocurrió disculparme luego. Soy orgulloso.- rió. Al parecer, la entendía.
-¿Todo bien, entonces? ¿Hacemos las paces?
Murdoc suspiró, cansado.
-Si, como quieras. Sólo…déjame dormir. Estoy con un dolor de cabeza que…bueno, no importa. Te llamo más tarde y nos vemos por ahí para hablar, adiós.-cortó
-Adiós.- murmuró Charlotte al segundo.
-¡Vamos, pasa!- exclamó el satanista al mismo tiempo que entraba a su Winnebago. Esa chatarra había sido su compañera hacía años. Suerte que la había mantenido guardada, ahora era su hogar.-Bienvenida a mi humilde morada- murmuró mientras apartaba con el pie una botella de whisky medio vacía. No fuera que la loca ésta se la quisiera tomar.
Charlotte entró, observando todo con cierta desconfianza. De pronto olfateó y puso cara de asco.
-Huele a…
-Huele a muchas cosas, mejor ni intentes averiguarlo.- interrumpió él mientras encendía un cigarro.-Ahora, hablemos de lo que importa de verdad. Te ofrecería algo para tomar, pero…mejor no.-sonrió con arrogancia.
La mujer alzó una ceja, divertida.
-Mejor hablemos.-rió.
-Bien.-expulsó el humo y se sentó junto a ella en el suelo-Realmente estuve pensando lo que me propusiste. Y, bueno, no es mala la idea. Podría servir…mucho. Ya sabes, podría recuperar mi fama.
-¿Aceptas, entonces?-preguntó, ilusionada. El corazón se le paró por un segundo.
-Si, acepto, pero con una con-
-¡GENIAL! ¡SÍ!-Charlotte se incorporó de un saltó y comenzó a gritar incoherencias. Por poco y rompe una lámpara.
-¿Estás segura que no consumiste nada raro antes de venir?
-¡Vamos a festejar! ¡Vamos, trae ese alcohol! ¿Quieres hachís?
-¡CÁLLATE UN SEGUNDO!- gritó con cólera el bajista, tomándola por los hombros. Hasta hizo un además de pegarle una bofetada si no se callaba.
-¡Eh, cuidadito!-se alejó la chica, aún sin borrar esa estúpida sonrisa en su rostro.
-¡Bueno, escúchame entonces! Tengo una condición para todo esto.
Charlotte lo observó un segundo, incrédula. ¿Y qué quería este? Una idea pasó por la sucia cabeza de la mujer, pero la borró al instante. No se atrevería a pedirle favores sexuales, y menos a ella. Era capaz de pegarle un par de patadas voladoras. O tal vez no, ahora que pensaba, no tenía ese tipo de actividades desde hacía…
-¿Por qué sonríes con esa cara?- preguntó el hombre, sacándola de sus pensamientos.
-¿Eh? Nada, ¿qué querías?
-Bueno, escucha atentamente.- suspiró cansado y se sentó en el piso una vez más. Ella lo imitó.-Mira, esto es raro para…para mí. Lo que te voy a pedir es…bueno, al carajo. Quiero grabar con mi antigua banda. Gorillaz. La verdad es que soy una mierda cantando, y… ¡Imagínatelo! La voz de 2D con la tuya, mi bajo, la batería de Russel, la guitarra de Noodle. Sólo…sería un éxito.
Charlotte frunció el seño.
-Pensé que los odiabas. Todo el mundo piensa eso. Tú lo dijiste hace unos años…
-¡Pero no es así! ¿¡Está bien! ¡Soy un fracaso sin ellos, maldita sea! ¡Mierda, carajo, me cuesta admitirlo!
Murdoc comenzó a ponerse colérico.
-¡Está bien, está bien! ¡Tranquilo!
-Ellos me odian, Cook. Pero los necesitamos si queremos salir de esta mierda.
-¿Qué les vas a decir? ¿Sabes dónde se encuentran, por lo menos?
Murdoc suspiró mirando un punto fijo. ¿Quedaría algo de espacio en su coraz…? Neeee, nunca.
-Por lo que sé, Noodle está en Japón. El face…2D en Italia, creo que Venecia, y Russel…
-¿Dónde?
-No tengo la más puta idea de dónde está- golpeó el suelo con fuerza.
-Tal vez ellos lo sepan. Sólo tenemos que encontrarlos. No parece tan difícil.
-Para ti no es tan difícil. Tú porque no tienes que admitir nada ni pedir perdón a nadie. ¡Murdoc Niccals pidiendo perdón! ¿Cuándo carajos me convertí en esto?-se tapó el rostro con ambas manos.
-¿Desde que fracasó tu carrera como artista y los necesitas para volver a ser rico y famoso?
-Se…-murmuró con la voz amortiguada.
-Podemos hacerlo. Mira las cosas que hago por volver a ser alguien.- Ayudar a un idiota con complejo de superioridad, ¡Vaya suerte la mía!
-Me agradas, Cook.- dijo él luego de un minuto de silencio.- Somos bastante parecidos.
-Hasta la médula.- ironizó ella.
-Ne, tampoco te la creas, mujer. Sólo digo que…nada, déjalo.
Eran las doce de la noche cuando Charlotte llegó a su apartamento, cansada. Sólo quería acostarse en la cama y caer en los brazos de Morfeo de una buena vez. Pero cuando llegó…
-¡Charlotte!- el dueño del apartamento que ella alquilaba la esperaba sentado en el sofá junto con dos hombres.
-¿Q-qué pasó, señor O'Neill?-preguntó, visiblemente nerviosa. Sabía perfectamente lo que pasaba. No había pagado la renta de ese mes…ni el pasado. La iban a dejar en la calle.
-¿Cómo que qué pasa? ¿Me está usted tomando el pelo, señorita? ¡Te dije que si no me pagabas en ésta semana te sacaba de éste lugar en un chasquido de dedos!-se acercó a ella hasta quedar a unos centímetros, fulminándola con la mirada. Podía sentir el hedor proveniente de su boca.
-Tienes una hora para armar tus cosas e irte, ¿Me entiendes?
Charlotte asintió sumisamente.
-Si no quieres que llame a la policía, claro está.- se separó sin dejar de mirarla y se alejó hasta la puerta.- ¡Una hora! Vámonos, muchachos.
Y cerraron dando un portazo.
Y como si fuera poco, esto.
