Disclaimer: Todos los personajes de Black Jack, del manga y anime homónimos, así como todas sus situaciones, son propiedad de Osamu Tezuka.

A Youweon, Lisa Mustang, Amelia Badguy, Elizabeth Salazar, y a todos nuestros hermanos Chilenos: Salud y vida, hoy y siempre.



"En Tus Manos"

Capitulo 3: Demonio y sal

Saga Mitsume

Un fic de Black Jack y Pinoko

por

Miriam Puente (Esplandian)

Justo al límite de la vigilia, entre la bruma del sueño y del recuerdo, donde la vorágine de la tempestad y el trueno tropical coinciden en que, en este mundo, sobreviven los demonios que les dominaron, el último de ellos sonríe orgulloso y arrogante.

La silueta corresponde a la de un chiquillo, pero la voz áspera indica que no se trata de un juego infantil. La formula demoniaca, que ningún niño debería ser capaz de entender, mucho menos de pronunciar, se vierte en los oídos al igual que se vierte la sal en las heridas.

…abutoru damuraru

omunisu nomunisu

beru es horimaku…

Es la invocación, cuya traducción se pierde en las ruinas de una ciudad ya muerta, el recordatorio de que la era del hombre no ha sido la única en este mundo, pues las civilizaciones nacen y perecen. Un haz de luz rojiza, cómo un sol poniente, se materializa al dictado de su amo en un tridente que no es ni de roca ni metal. El arma viviente retorna a ÉL con la impaciencia de un cóndor que espera el día en que retorne la guerra, y con ella la muerte y el festín.

El ojo —y los ojos—se entornan en el añil de la penumbra templada. Una tenue luminiscencia celeste se cuela en los bajorrelieves, revelando así jeroglíficos nebulosos en los desgastados muros de piedra. La única lágrima salada se entremezcla con el agua.

El intermitente crepitar de la lluvia, que hierve al caer sobre la incandescencia roja del báculo, no lo distrae en lo absoluto: escucha el eco de pasos femeninos.

A un gesto autoritario de su mano, el arpón, y las letras se disipan como chispas moribundas de las que sólo queda aquel distintivo rastro sulfuroso: el inconfundible sabor que posee toda magia.

Su astucia malévola se aviva como fuego al viento, al escuchar su nombre salir de los bellos labios de su contrincante; y obedece al impulso de echarse a correr con la intención de alargar su reencuentro. La obliga a seguirle por los innumerables galerones del derruido templo, donde hiedra y lluvia la hacen tropezar. Como un signo de revancha, la acorrala en su propia persecución. Ella no se amilana ni cede: ama la revancha tanto como él.

Las miradas convergen en absoluto magnetismo.

—Tú…akuma…demonio —ella restalla en aparente oposición, pero el reencuentro entre ambos es eléctrico; irresistible como la fragancia nocturna de la madreselva.

—Puedes detenerme, pero no para siempre—chasquea la lengua, retando a su persecutora con fingido desdén.

No pueden ignorarlo: se aman con aquel fervor que raya en la insensatez. Y él, en todo su poder y su sapiencia, siempre caerá en pos de ella.

La potente descarga de un trueno lo deslumbra, y su eco le produce la impresión de inalcanzable lejanía. Poco a poco, la sucesión del tiempo lo adentraba en la amnesia, aquella neblina que recubría gran parte de su vida. En el último atisbo de la enrarecida memoria, surge una ráfaga fresca: ELLA en su uniforme de marinero; su pañoleta roja… y su amor como la brisa.

***

— ¡Te gané, te gané!

—Es fácil correr cuando no cargas mandado—protesto el muchachito, pausando para reganar aire; la cuesta que llevaba a la modesta vivienda de Black Jack era empinada, claro que a Pinoko parecía no afectarle en lo absoluto. Era difícil creer que una niña tan pequeña podía cargar semejante volumen de verduras día tras día.

—Al menosh quedashte en segundo lugar.

En tercer y último lugar les seguía una perra amarilla, moteada de curiosos parches marrones y blancos. Todo en ella se oponía a la acción, e invitaba la completa inactividad. Se desplazaba lentamente, con toda la languidez perruna que su larguirucho cuerpo le permitía, honrando al movimiento fundamental de la música del que provenía su nombre.

—Largo, no te quedesh atrásh. Tenemosh que preparar comida para el doctor.

Los brincos sobre el entarimado, y las estridentes carcajadas le anunciaron a Kuro Hazama que su tranquila lectura matutina había llegado a su inevitable fin. Resignado, Black Jack dio un último sorbo al café antes de retirarse a su estudio y terminar de leer el correo.

Aparte de los efectivos entrenamientos en defensa personal, Pinoko ofrecía un curso completo que instruía al alumno en todos los aspectos teóricos y prácticos necesarios para convertirse en un buen esposo—o al menos eso era lo que ella publicitaba. La lección de hoy era: "Para sher un buen esposo, esh necheshario ayudar a tu esposa en la cocina". Sobraba decir que Sharaku era el único alumno.

Después de una demostración práctica de "Higiene báshica para la cocina moderna" (con Largo como auxiliar), y de una ilustrativa sesión de "Curry: todo lo que neshechitas saber y nunca quisishte preguntar", Sharaku decidió que hubiera sido mejor no saber (ni preguntar) todo lo referente al curry "eshpechial" de Pinoko.

En cuestión de minutos, y gracias a la cooperación entre alumno y maestro, el olor a fuego, a limpieza, y a comida invadió el lugar.

—Por tu notable deshempeño, te hago entrega de un platón de curry eshpechial.

Había algo en la consistencia del curry que simplemente no le gustaba, pero no se atrevía a desairar a su compañera de juegos.

—Ah… gracias Pinoko chan. Espero no causarle molestias al doctor…

—No digash eso, nosh da mucho gusto que te quedesh a comer con noshotros. Aparte de los pachientes, el doctor no recibe muchas vishitash.

Y sobraban las razones para ello. La desvencijada casa de madera era inspiración de tenebrosas historias que circundaban entre los estudiantes de la secundaria Shiokou; en ellas Black Jack recibía títulos semejantes a: Doctor Parches, Jack el estafador, el Hombre de Negro, el Siniestro Fantasma del Risco, y el Tenebroso Doctor Frankenstein. De no ser por Pinoko, Sharaku seguiría creyendo todas esas leyendas.

Cuando se conocieron, Pinoko lo había salvado de ser apaleado por los bravucones escolares. Le sorprendió ver como Kong y sus secuaces huían de una niña tan pequeña, que proclamaba a los cuatro vientos tener "diechiocho" años. De allí en adelante, se convirtieron en entrañables amigos y constantes compañeros de juego.

Pese a no parecer mayor de siete años, Pinoko era decidida y segura de si misma. Era fuerte y valiente. Pero lo que Sharaku admiraba más en ella era su capacidad de percibir, más allá de las apariencias, lo mejor de los demás: le había brindado su amistad a un inseguro y miedoso muchachito con un vendaje en la frente, sin jamás preguntar sobre la verruga que se encontraba debajo; había convencido al doctor de curar y adoptar a Largo, aun cuando la perrita callejera le había robado su monedero; y había auxiliado a un padre desesperado a recuperar a su familia, aun cuando este había irrumpido en la casa del doctor con intenciones de robarla. Pinoko creía en los demás y sus capacidades, mucho más de lo que ellos creían en sí mismos.

A Sharaku le agradaba la compañía de Pinoko, porque a su lado no importaba que él fuera más o menos bajito, más o menos tímido, más o menos raro, porque a fin de cuentas eran amigos. Y a él tampoco le importaba que ella dijera tener dieciocho años, o que asegurara ser la "esposa" del doctor. Así que supuso que tampoco importaba que él tuviera quince y le gustaran los juegos y los misterios. El resto de los muchachos de su edad crecían desaforadamente, y definitivamente se interesaban más en el sexo opuesto que en los extraterrestres y el ocultismo. Bueno, a él también le interesaban las chicas… Kumiko ya le señalaba constantemente su gusto por las muchachas fuertes. Se sonrojo un poco al llevarse una mano a la nuca. Si, si le gustaban las chicas fuertes, una en especial…

—Piiiiiinokoooooo chan—canturreó para llamar la atención de la autonombrada "esposa" del prominente cirujano.

— Ummm—contesto la tierna pelirroja acomodando su plato y el del doctor en la mesa principal

— ¿A qué vamos a jugar hoy?—inquirió el muchacho al terminar de distribuir los cubiertos y las servilletas. A su amiga siempre se le ocurrían los mejores y más interesantes juegos.

Pinoko se llevo un dedo índice a la barbilla, y de reojo alcanzo a vislumbrar un viejo armatoste que descansaba en un rincón de la cocina. Era un regalo de Sharaku, y utilizaba el aparato para encontrar las llaves perdidas del doctor, pero seguramente también podría usarlo para otros fines…

— ¿Y shi bushcamos tesoros?—la atención dividida de la enfermera hacía gala en toda situación — ¡Chenchei, la comida eshtá servida!

Un apagado "voy" surgió desde la oficina de Black Jack.

— ¡Perfecto! Seguro que encontraremos alguna reliquia misteriosa.

La imaginación y curiosidad del chico eran extremadamente activas, aun para los estándares de Pinoko. Una de las actividades predilectas de Sharaku era escarbar, y era considerablemente bueno en ello. Al igual que su padre, desentrañar misterios era lo suyo.

***

Tenía la entera certeza de que hasta la más pequeña— aparentemente insignificante— figura de barro contribuía a revelar, pieza a pieza, parte del misterioso legado de antiguas civilizaciones. Su poderosa convicción y su entregada dedicación como antropólogo lo mantenían lejos de su hijo, de su tierra natal, y de toda comodidad.

La sofocante humedad de la selva, acompañada por el incesante zumbido de los mosquitos, desalentaba las visitas de cortesía que el Profesor Kenmochi pudiera recibir. Generalmente asumía que las visitas adineradas que llegaban en avionetas eran amistades de Subuta, así que no le dio mucha importancia al helicóptero que aterrizo a una distancia prudente del campamento. En verdad le extrañaba que su socio, el Doctor Subuta, le anunciara que había un visitante esperándole en la choza que servía de estudio.

Kenmochi limpió el sudor de su frente, y peinó con los dedos su grisácea cabellera con con el propósito de encontrarse presentable. La costumbre general era dar un tour por la excavación; todos los puntos a negociar se trataban afuera, y no en la oficina. Sacudió su poblado bigote para eliminar cualquier inesperado rastro de arena; sin duda, el visitante tendría que ser alguien ejemplar.

La luz de la ventana dibujaba la prominente nariz del visitante, que de perfil, le daba a aquel distinguido caballero entrado en años una semblanza con un águila real—un ave que, aunque gallarda y hermosa, no deja de ser un eficaz depredador. El hombre de traje claro escrutaba cada uno de las reliquias ordenadamente dispuestas en los sencillos libreros, las recorría como si fuera el dueño absoluto de cuanto moraba en la modesta oficina.

—Duque Red Makube, pero que sorpresa tan grata. Disculpe sino tengo una silla que ofrecerle a usted y a su acompañante…

En marcado contraste a la distinción natural del duque, su acompañante— que en ese momento observaba el único memento familiar presente en el estudio— tenía esa desagradable palidez azulosa de quien no ha pasado suficientes horas bajo el sol.

—No se moleste profesor, nuestra visita será breve. Le presento a mi consejero y asistente personal, el curador Skunk Kusai— a la sola mención de aquel nombre, el curador de amplia frente y sebosos mechones rubios regreso la fotografía enmarcada que escrutaba con tanto interés a su lugar, y le extendió la mano al antropólogo.

—Un placer—la nariz redonda pronunciaba la curva de la amplia boca, que se torcía en una sonrisa casi obscena. Bajo las casi inexistentes cejas, los ojos hundidos le brillaban con ese genio que puede calificarse de oportunismo.

—Mucho gusto— a Kenmochi le costaba disimular. Ni el costoso traje, ni los lustrosos zapatos, ni el elegante sombrero bastaban para atenuar el aura de suciedad que desprendía ese individuo. Si no conociera el buen juicio del duque pensaría que su subordinado era poco menos que un criminal.

—Estaba en conocimiento de que era el orgulloso padre de un muchacho, pero no de que tuviera una hija—apunto reacomodando el marco de la foto familiar que Kenmochi conservaba sobre la mesa que hacía de escritorio—, crecen rápido. Mi único hijo acaba de comprometerse.

—Lo felicito de todo corazón.

El antropólogo no recibió respuesta a su calurosa cortesía. Los ojos del duque habían descubierto, abandonada en un rincón, una bellísima lanza carmesí. Tal fue el impacto y la fascinación que le causo, que contra toda convención, limpió la suave capa del protector polvo con sus dedos.

—Profesor, recuerdo su poética descripción. Mitsume es la deidad del terrible poder contenido. Sin duda es una interesante alusión de los antiguos al hombre iluminado, cuya lanza lo une en un pacto con el cielo, o quizás al latente potencial humano. Captura perfectamente el carácter de la lanza de Mitsume.

El doctor de pobladas cejas se alegro enormemente, más por la afinidad que por el halago. Había temas que apasionaban al profesor Kenmochi, y encontrar un hombre de mundo con el que pudiera dialogar a sus anchas—sin prejuicios o preconcepciones de por medio—era un verdadero hallazgo. De haber estado ambos en condiciones de igualdad, seguramente se hubieran convertido en grandes amigos.

—Señor Makube, jamás me habían recitado una línea de mi opera prima "Mu: El Misterio de la Cultura Primigenia"; ni siquiera yo puedo recitarlo de memoria. En verdad, usted es un autentico conocedor.

—No soy sólo un conocedor, sino un coleccionista. Nunca adquiero una pieza nueva sin haber investigado de antemano sobre su origen y procedencia. Es por ello que decidí visitarlo personalmente Profesor Kenmochi.

—Le agradezco su consideración.

—Como sabrá, me gusta rodearme de objetos de poder. Tuve la oportunidad de admirar la afamada lanza de Mitsume. Pero ciertamente mi memoria no registro la viva tonalidad roja…

—Fue producto de una exhaustiva y reciente labor de restauración.

— Impresionante. Y las letras, ¿las ha descifrado?— palpó los grabados que sobresalían de la liza superficie de la reliquia.

—No por completo—para propósitos explicativos, el profesor retomo la fina arma señalando los casi invisibles caracteres—, varias son arcaísmos de la lengua Lemur.

Ante semejante aclaración, Kenmochi recibió la completa atención del señor Red Makube y del apático y desagradable curador.

— ¿Acaso existe una escritura de mayor antigüedad? Sé que ha tenido contratiempos financiado el proyecto de traducción de lo que usted, tan elocuentemente, bautizó como lengua Lemur. Le ofrezco convertirme en su benefactor. Claro, eso si usted me lo permite; y si decide venderme la lanza del dios Mitsume.

—Su oferta es en verdad generosa, pero…

—Nombre el precio— exclamó estirando una mano para recibir la chequera y la elegante pluma fuente que su asistente le procuraba.

— Siendo sincero, esta reliquia es de un valor antropológico incalculable y…—le costaba decirlo—no esta a la venta.

Por un instante, a Kenmochi le pareció ver que la ira cruzaba las aristocráticas y agradables facciones del empresario.

—Le sugiero que lo reconsidere. Quiero su respuesta final al cierre de su próxima exhibición, en el Museo Antropológico de Kanto— la voz aterciopelada del duque enmascaraba la prepotencia de quien acostumbra hacer su voluntad.

—Lo tendré en mente.

Kenmochi diviso como el helicóptero del Duque Red desaparecía en el verde horizonte, hasta convertirse en un insignificante punto negro.

Se sentó en una roca al notar que las piernas le temblaban, y se llevo las manos a la sien, en donde nacían los mechones blanquecinos originados de sus preocupaciones. Visiones de destrucción lo atormentaban, una tras otra, como arpías que se abalanzan sobre carroña. Justo cuando había empezado a olvidar…

Una asertiva y gordinflona mano lo tomo por el hombro, dispersando así a las terribles invocaciones mentales.

El profesor volteó para encontrar un familiar y mofletudo rostro en el que, entre los incontables pliegues, asomaban un par de pequeños e inquisitivos ojos que pasarían desapercibidos de no ser por los redondos y reducidos lentes que los enmarcaban.

—Vaya que la has hecho buena.

—Subuta kun, es mejor así.

—El Duque Red Makube no suele irse con las manos vacías, mucho menos concederle plazos a escolares como nosotros; en verdad debe de apreciarte mucho.

—Y es por ese aprecio que me es preferible ganarme su enemistad.

—Tú siempre tan dramático. ¿Qué te pidió que le vendieras?

—Quiere al cóndor rojo—indicó con ceñuda gravedad.

Subuta era un biólogo con un acercamiento práctico a todas las situaciones—fantásticas o no—que la vida y la antropología le presentaban. No era de extrañarse que el escaso cabello que bordeaba su calva se mantuviera castaño.

— Dale lo que quiere. Acostumbra pagar el doble del precio original, así que estas de suerte— al sentarse, su notable retaguardia casi desplazó a Kenmochi del asiento rocoso.

—El cóndor no es una simple reliquia, y su dueño original puede reclamarlo en cualquier momento…ya sea por accidente o coincidencia…y si eso sucede no quiero que nadie resulte herido—la desesperación cambiaba su explicación en suplicio.

—Un riesgo incluido que tendría que afrontar, además ya no sería nuestro problema.

—Es fácil decirlo cuando ÉL no trato de hervirte en la bañera de tú propia casa. Lo único que su mente es capaz de idear es nuestra completa, y total, aniquilación. Todo fue mi culpa… sino hubiera abierto la puerta ese día…

—No te tortures. Si te hace sentir mejor, a mi me utilizó como escalón humano; así que, por favor, no te hagas la víctima. En mi experiencia, y si lo pones en perspectiva, su actitud es la misma que la de un inquieto adolescente. Con dos muchachos en casa, deberías de reconocer la necesidad apremiante que tiene por tú atención y aprobación.

—No lo justifiques, un "inquieto adolescente" no pretende llamar la atención fundiendo edificios, ni convirtiendo el cerebro de sus compañeros de escuela en tallarines instantáneos. Y jamás ganara mi aprobación si continúa invocando arpías programadas para destruirnos…

—Ah, como olvidar lo de la arpía… Pero no podrás negar que avanzamos prodigiosamente en la interpretación de los jeroglíficos.

—Recuerda que durante la traducción casi se nos salió de control; de no ser por nuestros intentos de usarlo para nuestros egoístas propósitos nada hubiera sucedido. Sin querer, puse a Wato y a Sharaku en peligro, y eso es imperdonable.

Si, ambos habían creído ser capaces de controlarlo para agilizar el proyecto de traducción; su equivocación les valió el acoso de un ave infernal por el equivalente a dos horas, y un recibo de varios ceros por la reparación de sus coches. En cuanto a los muchachos… esos dos siempre salían bien librados. En la opinión de Subuta, las arpías y los encantamientos eran "gajes" del oficio.

— Piensa en el dinero y en las influencias, en las puertas que se nos abrirán el venderle un insignificante cacharro a Red, en especial ahora que su hijo va a contraer nupcias con la hija de los Monzeki…

—Ni el dinero ni las influencias nos salvaran si ese—le dolía asignar semejante titulo a un ser viviente—, ese demonio decide fulminarnos. Pensé ingenuamente que ÉL se había humanizado; pero su comportamiento nos lo dejo muy claro. Y ciertamente no tendrá compasión por Red si se entera que vendimos su preciado artefacto.

El biólogo suspiró al enjugarse, con un pañuelo, el sudor de su porcino rostro. Por experiencia propia, había comprobado que los "demonios"—contrario a los humanos— eran incapaces de cualquier distinción moral, y por lo tanto eran incapaces de la crueldad deliberada.

—Hay personas peores que las más terribles imaginaciones, y el duque Red es una de ellas— Subuta trago saliva, las gafas iluminadas de codicia se apagaron un poco—. Ya nos han cerrado muchas puertas por nuestras investigaciones. A nuestra edad, lo aconsejable es conservar lo que se tiene y aprovechar las oportunidades que se presentan. También debes de pensar en el futuro de Sharaku y Wato…

La mayoría atribuían el encanecimiento prematuro de Kenmochi a las preocupaciones inherentes a su puesto como jefe de excavaciones, a su idealismo plagado de desengaños, y a la aprensión ocasional que desencajaba su naturaleza afable. Pero la verdad distaba mucho de cualquier suposición…

¿Por qué presentía que aquellas cosas que se había esforzado por sepultar resurgirían en un espectacular retorno?

***

— ¡No me vuelvash a contar tus groteshcas historias!

— Pero es cierto, el viejo camino al cementerio es por aquí. Antes, muchos lo transitaban para llegar a la ciudad desde el valle y las montañas, sobretodo en tiempos de guerra—el muchacho soltaba una explicación tras otra mientras recorrían la reducida porción de campo enclaustrado entre la ciudad y la casa del doctor.

Pinoko bostezó, la búsqueda de tesoros era tardada…

Entre el bosque de arce y bambú se abría un barranco semicircular junto al sendero.

La pelirroja paró en seco.

— ¿Sharaku, que tal si intentamos allí? Sheguro que puede haber muchos tesoros —señaló un montículo en la ladera, donde raíces y hierbas surgían como tentáculos en espera de presas.

—Debe ser un nido de liebres, es mejor seguir adelante y concentrarnos en la busqueda.

La pequeña asistente confiaba enteramente en su intuición, y no permitiría que su compañero la ignorara.

—Vamosh— jaló a su amigo por el chaleco, con tan mala suerte para el calvo jovencito, que este perdió el equilibrio, trastabillándose con una roca, y cayendo exactamente en el barranco que prefería evitar.

—Piiiinoookooooo-chaaaaaaaaaaaaaaan—chilló al resbalarse cuesta abajo. El detector de metales había amortiguado la caída, y de no ser así le hubiera dolido mucho más. Ya se imaginaba la cara de Wato cuando lo viera llegar cubierto en tierra y pasto…

Por su parte, Pinoko cargaba con una pala de jardinería y ágilmente evitaba tropezar con las raíces o resbalarse con la tierra blanda, mientras Largo tomaba su tiempo bajando la pendiente.

— ¿Sharaku, te encuentras bien?

—Al menos no me rompí nada… ¡pero no tenias porque jalarme!— por costumbre, se sobó la cabeza, mientras Largo le lamia el rostro con intenciones de curarle los numerosos raspones, exactamente como si se tratara de uno de sus cachorros.

— ¿Jalarte yo? Pero si yo odio la violenchia—dijo la pelirroja, quien tuvo que intervenir ante la sobreprotección de Largo.

—Si, como no. Lo mismo dice Wato…

Saliendo de su estupor, el chico noto que luz roja del triciclo alternaba intermitentemente con una luz verde. Los dos niños sonrieron.

—Te dije que mi intuición femenina nunca fallaba.

Sharaku pasó el artefacto sobre la ladera, por un área de tres metros de diámetro, en la que el foco del detector cambiaba de intensidad.

— Vaya, creo que tenemos más de un tesoro.

— ¿Qué podrá sher?

El muchacho de las banditas palpo la tierra. Si no supiera que absolutamente nadie rondaba por ese barranco, diría que alguien había revuelto el limo recientemente; supuso que se debía a la lluvia. Se sentía impaciente, pero ni así perdía su usual cortesía.

—Hay que averiguarlo, y como tú lo descubriste, las damas van primero—ofreció Sharaku, indicándole a su amiga el sitio donde la tierra era más blanda.

Tan pronto como la pala de jardinería se encajo en la tierra húmeda, se escucho un golpe solido. Sharaku y Pinoko se voltean a ver sorprendidos, y prosiguen escarbando. El barro cedía fácilmente ante las ávidas manos.

Primero se revelan varios rostros de piedra, después los cuerpos amorfos disimulados en el desnivel del barranco.

—Que feos… parecen ojisho-shama.

Ella recordaba haberlos visto las tiernas estatuillas durante los numerosos viajes que emprendía con el doctor. Las que había conocido vestían en túnicas de roca o de fieltro rojo, y sus rostros placidos e infantiles sonreían a los viajeros; pero estas eran diferentes, oscuras y tétricas, como si se tratara de contenedores sin alma…

—Son Ojizo-sama. Se cree que tienen poderes espirituales y que protegen a los niños, pero también a los viajeros y a los ancianos. Generalmente ellos cuidan de algo o de alguien; al menos esa es su función, pero estos no tienen capas…

Sharaku los escruto con interés, en su opinión había algo que no cuadraba. Se rasco la frente tratando de apaciguar el picor que lo aquejaba cuando meditaba demasiado. La perrita Largo también parecía presentir que algo no checaba del todo, pues olisqueaba a los pétreos guardianes con sospecha. No era que él les tuviera miedo, estaba acostumbrado a los diferentes ídolos mortuorios que su padre traía consigo; pero estos ojizo-sama en particular parecían tener un efecto curioso en su mejor amiga, quien los observaba pensativa. Era como si le robaran algo, su sonrisa, o su usual alegría…

—Pinoko-chan, ¿Te dan miedo?

Un viento frio soplo entre los arces.

—No, por shupuesto que no— reafirmo con su usual autosuficiencia— pero tengo que regresar a preparar la cena.

En el corto trayecto hasta la clínica de Black Jack, el pasto adquirió el mortecino tinte sepia del atardecer. Sharaku se quedo en el porche, observando las nubes deambular en el horizonte, como negras pinceladas sobre un lienzo azafranado. Alegó que Wato se enojaría si se demoraba, pero la verdad era que no se atrevía a entrar a la casa del doctor con los zapatos y la ropa cubiertos en lodo: no quería causarle molestias extras a su compañerita.

Curry Eshpecial para ti y Wato— anunció la pelirroja presentándole un contenedor transparente repleto del mencionado platillo. El chico sonrió en apenado disimulo, y recibió la generosa porción que le ofrecía.

—Gracias, Pinoko chan. Volveré mañana para continuar con nuestra excavación. El doctor se sorprenderá cuando le digas de nuestro hallazgo.

—Ni una palabra, quiero que sea sorpresha.

Sorpresa…o coincidencia que semejante ocaso le pareciera perfecto al calvo muchacho para confesarle la verdadera extensión de su afecto a su mejor amiga.

— Pinoko chan, yo…yo… quiero decirte que…— hesitó confundido, olvidando lo que quería decir, y a quien… ¿a quién? Involuntariamente, evocó memorias fragmentadas de atardeceres como ese, de una silueta en lo alto de una escalinata, de un juramento pronunciado con la vehemencia de una voz que no era la suya (que no podía ser la suya).

— Si quieresh más curry dilo con toda confianza.

—Te lo agradezco mucho. Será mejor irme, no quiero que Wato se enoje conmigo— seguramente la muchacha ya estaba furiosa, en especial después de que él se escabullera por la ventana…

La niña de corto vestido rosa y camiseta amarilla, como buena anfitriona, se quedó en el porche hasta que la apresurada silueta de su mejor amigo se le perdió de vista. La búsqueda de tesoros los había dejado un poco agotada, pero aun necesitaba guardar el famoso detector de metales.

Arrastro el pesado armatoste hasta el closet donde descansaban la escoba y otros artículos de limpieza. De todos los aparatos que Sharaku construía con objetos descartados, este era el más interesante. Después de que la casa en el risco fuera destruida por la bomba, Pinoko y Black Jack iniciaron un peligroso viaje alrededor del mundo. A su regreso, Sharaku les regalo su invención para que encontraran los pocos documentos enterrados bajo los escombros. Pinoko sabe que el detector de tesoros era su forma de decirles, elocuentemente, que su amistad era su mayor tesoro.

Pinoko ríe al escuchar aquel familiar crujido del piso de madera. Conoce tan bien los hábitos de Black Jack, y en menos de un minuto ya le tiene servida la acostumbrada taza del vespertino café oscuro.

—Se tardaron—expreso secamente, y prosiguió a consumir casi la mitad de su bebida.

— ¿Cheloso?— le inquiere su sonriente asistente con un remedo de coquetería femenina.

Kuro Hazama casi se ahoga ante semejante pregunta: solo Pinoko era capaz de tan descabellada ocurrencia. Ella era la única persona capaz de arrancarle un sonrisa—o una sonora carcajada— al tétrico doctor.

—No she burle…—dijo zampándose una de las galletas con las que acompañaba el café.

Black Jack entendía a la perfección que los pucheros de Pinoko— que muchos adultos calificarían de "adorables"—eran una clara muestra de indignación.

—No te enojes. Te traeré un regalo al regresar de mi viaje.

— ¿Dijo viaje? Iré por mi equipaje, no tardo— contestó entusiasmada al enterarse de la noticia.

—No me acompañaras. Además, acabas de comprar un espejo de feria que costó el equivalente a un boleto de avión. Tendrás que aprender a administrar mejor tu sueldo de enfermera.

—ACCHONBURIKE— exclamó la pelirroja al apretar ambas mejillas con las palmas de sus manos.

—No hay chenchei ni acchonburike que valga. Necesito que te quedes en casa, ya que Largo es una pésima guardiana— el doctor alzo la voz deliberadamente, pero la mencionada mascota continuó meneando la cola y rogándole por una galleta de mantequilla —además necesito que me notifiques si surge algún paciente grave.

—A la orden, doctor. ¡Pero no quiero enterarme de que se eshtara hospedando con mujeresh guapas!

—En ese caso tendrás que preocuparte, ya que me hospedare en la clínica Tatsumi, en donde el Doctor Kowa terminara su internado— Black Jack sonreía, anticipando la reacción de la pequeña enfermera.

Pinoko abrió la boca para protestar, pero el nombre Kowa le sonaba familiar…

— ¿El chaparrito?

—Exactamente— el sensei le mostro una hoja amarillenta, que la desconfiada "esposa" no dudo en tomar y leer ávidamente.

—Diche que es urgente, y que nos manda shaludos desde… ¿Bahía Shan-an-chuu-ga-ha-ma?

—Es Sa-n-zu-ga-ha-ma— corrigió el cirujano.

— Acchonburique, esho dije. Bahía Sanzugahama, pero que nombre tan raro, sheguramente es un lugar en medio de la nada…

—Se encuentra al noroeste, en Tohoku; y mi avión despegara en tres horas, así que me retiro— abruptamente tomó el maletín que previsoramente había ocultado debajo de la mesa, y se dirigió a la puerta.

— ¡Por favor, lléveme!—exigió la enfermera aferrándose a la capa del doctor, quien se esforzaba por abandonar el porche.

Black Jack suspiró.

—Pinoko, convertirse en adulto significa asumir responsabilidades; de nada servirá que te construya un cuerpo nuevo si tu actitud no es la de una mujer de tu edad. Si dices tener veintiuno, actúa como tal—. Cuídate, y cuida de Largo.

La pequeña pelirroja entendió que las palabras del sensei iban en serio. Justo antes de que el oscuro cirujano entrara al automóvil, Pinoko le despidió con su más radiante sonrisa:

— Que tenga un buen viaje. Largo y yo lo eshtaremos esperando.

***

La noche lo había alcanzado en su trayecto de regreso a casa. Entre la luz ambarina y artificial de los faroles, divisó a otro transeúnte que venía a su encuentro: era Wato.

Ella no mencionó nada con respecto al lodo que lo cubría, tampoco lo regano por llegar tarde: era su curiosa forma disculparse por lo de la bandita.

El muchacho sintió el borde del contenedor de curry en contacto con su dedo índice, el de la cortada infringida por la taza rota.

—Wato, tú no eras así… Me gustaba cuando pasábamos más tiempo juntos, cómo cuándo me defendías en la escuela, o me acompañabas a excavar—finalmente se atrevía a expresarlo, disipando con la última frase aquel temblor usual en su voz.

Caminaron bajo el alumbrado público sin cruzar palabra.

— Sharaku… ¿Recuerdas lo que te respondí aquella vez en el museo?

— ¿Qué tratara de ser un hombre?

La muchacha sacudió la cabeza.

—La primera vez te prometí que me encargaría de cultivar tu fuerza y tu espíritu, pero la segunda vez me preguntaste algo…— el tierno malva coloreaba su rostro cuando desvió la mirada— algo importante.

—Por alguna razón no puedo recordarlo, pero igual olvido muchas cosas—rascó su frente por el picor que le causaba la bandita.

Al llegar a la esquina que daba a su casa, ella pauso y dio media vuelta. Él vislumbro una fugaz y traviesa chispa en sus ojos. Sintió como el calor reclamaba su cara.

—Hosuke Sharaku, puede que recuerdes mejor si logras alcanzarme.

Tan pronto lo dijo, Wato se echo a correr, como si aguardara que él—o alguien más— la siguiera…

Y él comprendía que— sin importar cuan veloz fuera—ella lo esperaría siempre.

***

Se quedó junto al teléfono, acurrucada en la mecedora que daba hacia el ventanal; al doctor le gustaba ese sitio en especial, no por lo cálido sino por la magnífica vista que ofrecía. Cada vez que Black Jack salía de viaje ella repetía el mismo ritual. Pero en esta ocasión algo cambio; la pregunta inocente de Sharaku, como una suave corriente de agua, se precipita en su mente hasta convertirse en el tempestuoso mar que golpeaba contra el risco, desgarrando imperceptiblemente la roca y su espíritu.

"¿Te dan miedo?"

Recordó los rostros infantiles de los ojizosama, atrapados por siempre en una pétrea e inamovible niñez. Se los comería el viento o el mar, como a las piedras desquebrajadas que descansaban en la costa. Aquellos que guardaban el camino jamás crecerían, y nunca conocerían la vejez… o el amor…

No, eso no le sucedería a ella, el doctor jamás lo permitiría. Sonrió y sacudió su cabeza.

—Vamosh Largo, hora de dormir.

La perrita le siguió lentamente por el pasillo. Pinoko no tardo en ponerse un camisón blanco para después asear sus dientes y su cara. Cepillando su melena rojiza, examino un instante la perfección de su rostro sonrosado y sintético: los enormes ojos, las larguísimas pestanas, los delicados labios, y la perfectamente esculpida nariz. Ese rostro—ese cuerpo—era un cascaron artificial…

"Que niña tan adorable, parece una muñeca."

"¡Tengo diechiiiochoo años!"

Tan pronto apago la luz del baño se dirigió hasta el dormitorio. Se detuvo ante el espejo de feria, que no era sino un capricho suyo al que Black Jack había accedido. La imagen distorsionada que le devolvía la pantalla le daba la ilusión de ser una alta y delgada joven, pero el reflejo disperso de Largo la devolvió a la realidad. La pequeña asistente sintió el suave contacto del cálido pelaje con su mejilla. Pinoko abrazo al perro amarillo de vuelta con infinita ternura.

"¿Crees que lo diga? Ya shabes, que diga que nos quiere…"


Agradecimientos:

De nuevo, gracias a todos los lectores: flordezereso, Yuweon, Dr. Facer, lisa-mustang, Amelia Badguy, Shadow Shaw Phantom, geor, Elizabeth Salazar, kakashilove78, ··¤Alis-chan¤·· , Diego, al "socio sucio" de NOMICA( felicidades a ambos por su admisión a la facultad de medicina),y a los tímidos anónimos.

Notas de autor:

Cuando mencione que este fic sería una mezcla entre el manga, el anime, y las OVAs me refería a que tomaría determinados aspectos de cada uno: la atmosfera oscura y el ritmo lento y anecdótico de los OVAs; parte de la caracterización de BJ y Pinoko (cómo el detalle del espejo de feria o la edad de Pinoko) del manga; y los personajes secundarios recurrentes del anime—Largo, Tetsu, Sharaku, Kumiko y Wato.

El fic tendrá de tres a cuatro sagas. La saga Mitsume va a tener muy poco JaPino y se concentrara en el tema de la dualidad, por lo que se desarrollara en dos aventuras separadas de nuestros protagonistas.

Todos los personajes de la historia son parte del "Tezuka Star System" y han aparecido tanto en el Manga de Black Jack como en el Anime: el Duque Red; Skunk Kusai; el Doctor Kenmochi (únicamente en el Anime); y el Doctor Subuta (únicamente en el Manga). Así que ninguno de ellos es OC.

Haré las correcciones pertinentes al capítulo 2, que debió titularse "¿Cuantas referencias a otra serie de Tezuka puedes encontrar y cuanto OoC Wato puedes soportar?". Si alguien encuentra por lo menos seis referencias a otra serie de Tezuka en el segundo capítulo (y adivina el titulo del manga) le escribiré un one-shot/drabble de BJ con la temática de su preferencia. Sí, aunque sea un LEMON semi-yaoi Kiriko x Kei Kisaragi.

Recomendaciones:

Les extiendo una cordial invitación a leer las nuevas adiciones al fandom hispano de BJ:

Un Ángel sin Memoria por Elizabeth Salazar.

Un buen romance JaPino con triángulos/cuadrados amorosos. Apariciones especiales de Megumi Kisaragi y Rock Holmes.

The Dark Nightfall por Shadow Shaw Phantom y sess x kagome for ever
Promete toneladas de suspenso y acción.

Many days of solutide por sess x kagome for ever y Shadow Shaw Phantom

Nuestro primer songfic, basado enteramente en el tercer episodio de BJ 21.

Sean amables y comenten el trabajo de tan bellas escritoras. n_n

Shadow Shaw Phantom:

Wato es bastante psicótica/psicópata/tsundere en BJ TV (aka. los episodios del maestro, del muchacho del garfio, de la idol escolar*, y el de Jaws), pero quizás me pase de la raya al exagerarlo con propósitos del fic. No fue mi intención cometer OoC y/o bashing con el personaje ni nada semejante, únicamente deseaba explorar una de las razones del porque Sharaku le tiene tanto miedo; y de paso dejar intuir al lector que su amor por la aventura (y su misterioso exnovio) "raya en la insensatez".

En otra obra de Tezuka, Pogo es una chica-mono,y reina de la tribu Poki, que le propone matrimonio a Sharaku. Él le profesa cierta correspondencia y apego, pero declina la oferta (y de paso conoce la ira de una mujer despechada, cuando Pogo se le abalanza para rasguñarle la cara). Su separación es trágica en el manga, y agridulce en el anime.

Pinoko y sus poderes redefinen el concepto de "tumor maligno", por lo que la reacción de su hermana gemela—aunque enteramente egoísta—es justificable. Sinceramente, un tumor parlante, que induce ataques suicidas en doctores y enfermeros no es precisamente algo reconfortante (mucho menos si no te permite llevar una vida normal y te hace escuchar voces). Una explicación a medias de la relación y situación de las gemelas aparece en la historia velada "Memorias visitadas" (おとずれた思い出).

En "El Pequeño Diablo" (小さな悪魔), Pinoko reconoce que sus sentimientos por el doctor encajan en el complejo de Edipo/Electra. Aunque aquí entre nos, BJ es el paragón del complejo de Edipo dado a su odio por Kagemitsu y por su amor desmedido por Mio, su difunta madre. El deseo de venganza de BJ por la muerte de su madre, faceta extremadamente atenuada en su versión anime, fue lo que lo llevo a reunir impresionantes cantidades de dinero después de convertirse en cirujano.

Me agradan mucho tus comentarios y preguntas. Phew, ¿Puedo mandarte un PM con sess x kagome for ever? ¿Cuándo nos deleitaras con el segundo capitulo de The Dark Nightfall?