A las buenas noches. Dije que no tardaría y he cumplido... ¡Por fin!

En realidad no tengo mucho que comentar, solo que leer esta historia después de un año me causa cierta estupefacción y animadversión, pero bueno, será el típico síndrome del escritor, que todo lo que lee de hace mil le parece una mierda. Gracias por los comentarios y espero que os guste.


There is like everyone else.

Segunda parte

Alcé un segundo la cabeza, distraído, y contemplé cómo Harry le pasaba la pelota a Kate Williams, su pareja en educación física. Sentí un escalforío recorrerme la nuca cuando Harry parpadeó y miró hacia mi dirección, mostrando la hilera posterior de sus dientes con una amplia sonrisa. Apreté los labios y esbocé una sonrisa tímida, alzando una mano para saludarle.
Justo en ese preciso instante, una pelota roja de plástico rebotó contra mi nuca, haciéndome encoger los hombros y echando la cabeza hacia delante del golpe. Llevé mi mano hacia mi nuca dolorida y me la froté, con los ojos llorosos y dándome la vuelta. Pude escuchar la grave y agradable risa de Harry a mis espaldas mientras yo observaba con mirada asesina a mi amigo Danny, el cual recogía la pelota perdida.

—¡Tío, si es que no estás atento! Por poco no te convierto en el puto jinete sin cabeza.

—No tiene gracia, Danny. ¡Me ha dolido!

—Lo siento, Doug, pero no sabía que estabas en otra cosa.

Y una sonrisa inocente por parte de mi amigo, ladeando la cabeza. Rodé los ojos y bufé, insatisfecho. Danny hizo una mueca y se acercó a mí, cogiéndome rápidamente de la cabeza y agarrándome con un brazo para poder revolverme los pelos y después hacerme cosquillas en el cuello. Pataleé mientras me reía inconscientemente y me deshice del agarre de mi amigo, esbozando un mohín y alargando la mano para atizarle una colleja, pero lo esquivó rápidamente con una sonrisa burlona de oreja a oreja.

—¡Como te coja desprevenido te vas a enterar!

—¿Y qué vas a hacer, nenaza? ¿Darme un pollazo en la cara?

Danny lanzó al aire una de esas carcajadas de loco desquiciado que le caracterizaban y yo palidecí. Quizá para mi amigo aquellas palabras no tenían ningún significado, pero para mí habían adquirido uno en concreto, y sí, tenían bastante que ver con ÉL.

Desde el día en el que habíamos vuelto juntos a casa del instituto, Harry y yo comenzamos a vernos más a menudo. Al principio sólo íbamos y volvíamos juntos del instituto a pie. Después hicimos pareja en un trabajo de filosofía y empezamos a quedar por las tardes. Al final, casi ni veía a Danny y a Tom en los recreos, por eso cuando el sonido del timbre finalizó la clase de educación física y caminé hacia los vestuarios se me acercó Danny pasando una brazo por encima de mis hombros y pegándome a él, como si me fuese a escapar de sus garras.

—¡Hey, chaval! ¿Qué, te vienes con Tom y conmigo a mi casa a comer? Después podemos echarnos una partida al Tekken 6, que el friki se ha comprado el juego. ¿Te apuntas?

Torcí la boca. A decir verdad, me parecía tentadora la idea de quedar con Danny y Tom para echar unas partidas y desconectar, pero el solo hecho de pensar que Harry me esperaba para volver juntos a casa me hacía desechar mentalmente cualquier otra idea, por genial que pareciese.

—La verdad es que hoy tengo que hacer muchas cosas... Además, mi madre hoy ha quedado con sus amigas, así que tendré que cuidar de mi hermana y todo eso.

Danny se separó de mí y me miró con gesto incrédulo, echando la cabeza hacia atrás.

—¿Que tienes que cuidar de tu hermana? Por Dios, Dougie, Jazzie ya es lo bastante mayorcita para cuidarse sola. Si casi es igual de alta que tú... No te creas que no he considerado alguna que otra vez beneficiármela...

Alcé la cabeza rápidamente, entrecerrando los ojos y lanzándole una mirada asesina a Danny mientras rebuscaba en mi bolsa de deporte.

—Mucho cuidado con mi hermana, Danny... Te lo advierto.

Danny me contestó con una risotada y se quitó la camiseta, entrando en una de las duchas del vestuario mientras argumentaba que tan solo era una broma, aunque no sabía si creerle o no. Cuando terminé de cambiarme, salí junto a Tom del gimnasio para salir del instituto.

Era viernes y se había terminado el horario lectivo. Un momento como este sólo era comparable al instante en el que te arropabas hasta las cejas una helada noche de invierno; igual de relajante y placentero. Los chicos comentaban las quedadas que podían organizar el sábado para buscar a chicas, y las chicas andaban ocupadas organizando entre ellas el baile de Navidad y contándose leyendas que podían suceder aquella noche tan mágica.
Me parecía de locos, aún estábamos a principios de noviembre. El próximo año iban a empezar a organizarla en abril.

Danny nos alcanzó de una carrera y siguió intentando convencerme de que fuese con Tom y con él a su casa a pasar la tarde, que total vivía al lado de mi casa y que podría vigilar bien a mi hermana desde allí. Para rematar la faena me sugirió que después podíamos ir al cine y que por la noche podíamos salir a tomarnos algo en algún pub de la ciudad. Me sentó bastante mal porque me parecía una idea genial. Además, hacía tiempo que no quedábamos los tres juntos en plan colegas y parecía que Danny se había currado bastante el plan, lo cual no entendí, pero las ganas por ir a casa junto a Harry me superaban.
Y sí, seguramente era gilipollas por pensar eso.

Llegamos a la parada del autobús escolar cuando Harry se acercó a mí y me hizo un gesto con la cabeza.

—¿Nos vamos?

Sonreí y asentí con la cabeza. Me giré hacia mis amigos. Tom tenía las manos en los bolsillos y sonreía mientras Danny le lanzaba a Harry una mirada indescifrable, con los ojos entrecerrados y los labios formando un rictus relajado, como el preludio a una tragedia. Intenté ignorarlo y sonreí a mis amigos.

—Nos vemos. Os llamaré, ¿vale?

Me despedí con la mano mientras me alejaba con Harry, pero el único que me devolvió el gesto fue Tom. Danny se limitó a entrar atropelladamente en el autobús en cuanto las puertas se abrieron. Suspiré dejando caer los hombros, abatido, caminando junto a Harry.

—¿Te ha pasado algo con Danny?

Negué con la cabeza.

—No... bueno, no lo sé. Está muy raro últimamente... Es como si volviese a su ser original pero sin ser totalmente él mismo. Da igual, es complicado.

—No creo que lo sea, pero háblame de ello sólo cuando quieras hacerlo.

Observé a Harry. Me dedicó una sonrisa que provocó que una especie de chocolate caliente imaginario se derritiese en mis entrañas, endulzándome todos y cada uno de los poros de la piel. Harry tenía una de las mejores sonrisas del mundo. Sus ojos transmitían bondad y sabiduría, y sus sonrisas eran amables e inspiraban confianza. Era una de esas personas con las que te preguntabas cómo podía tener sólo dieciocho años cuando parecía haber visto más mundo y conocer más que las personas que rozaban los treinta.

—¿Qué vas a hacer este fin de semana?—solté casi sin pensarlo. Más que una pregunta por entablar una conversación parecía ser una ansiosa excusa con la que quedar con Harry, y... Joder, mierda. Las orejas ya se me habían enrojecido.

Harry se metió las manos en los bolsillos y se encogió de hombros, mirando al frente.

—Mañana por la tarde volveré al centro solidario. Y quizá por la mañana visite a mi prima y estudiemos algo juntos... No sé, nada interesante.

Asentí varias veces con la cabeza y desvié mi mirada, distraído y aún sintiendo las orejas calientes. Cuando Harry se giró para mirarme yo hice lo propio y también entablé contacto visual con él, como si supiese lo siguiente que me iba a decir.

—¿Es que quieres que hagamos algo juntos?

Mi pulso se detuvo durante un segundo. Harry y yo habíamos hecho cosas juntos, pero nunca nada que se saliese de asuntos del instituto. De hecho en el ochenta por ciento de nuestros encuentros llevábamos el uniforme puesto.

—Bueno, si no tienes nada mejor que hacer...

Harry sonrió y se rió entre dientes sin sacar las manos de sus bolsillos.

—Podemos organizar algo nuevo. No sé, ¿hay algo que nunca hayas hecho y quieras hacer?

Arrugué la nariz y entrecerré un ojo con una sonrisa extraña.

—Si te digo la verdad las cosas que se me ocurren se escapan de los límites de la legalidad, así que...

Harry lanzó una carcajada limpia y suave al aire mientras se pasaba una mano por el cabello.

—¿Qué tal algo por lo que no nos enchironen? Por poner un ejemplo... ¿Hay algo que nunca hayas podido realizar en tu infancia y desde entonces te hayas quedado con las ganas?

Torcí la boca formando una mueca, pensativo, y me encogí de hombros.

—No sé... bueno, nunca hice una de esas acampadas que parecen haber hecho todos y cada uno de los yankeescon su padre. No sé, el mío no estaba muy informado sobre ese tipo de actividades. Tampoco es que le gustasen demasiado.

Harry se detuvo de golpe y le imité, mirándole extrañado. Había alzado las cejas y mantenía la boca entreabierta en un deje de sorpresa. Después esbozó una sonrisa de suficiencia.

—Venga ya... ¿Nunca has dormido en una tienda de campaña?

Me encogí de hombros sin darle la más mínima importancia, metiéndome las manos en los bolsillos para mantenerlas en calor.

—En realidad nunca he dormido fuera. Bueno, he dormido en la casa de Danny... pero como vive al lado de la mía creo que no cuenta.

—¿Ni siquiera en excursiones del instituto habéis hecho acampadas?

—Sí que las han hecho, pero no pude ir a ninguna de ellas.—omití la parte en la que incluía un abandono por parte de mi padre hacía unos años y el hecho de que no podíamos permitirnos ciertos caprichos económicos como las excursiones escolares. Harry pareció intuir que se adentraba en terreno peligroso y reanudó su marcha, pensativo. Observé su perfil, extrañado ante aquel silencio, hasta que Harry se giró y me sonrió.

—¿Quieres que acampemos esta noche? Sería divertido.

Parpadeé lentamente y esbocé una mueca de de incredulidad, pero debía reconocer que conforme pasaban los segundos la idea se me antojaba de lo más apetecible.

—Pero... ¿Cómo vamos a acampar esta noche? Sería demasiado apresurado. Además, no tenemos equipo suficiente como para montar una acampada nosotros dos solos así porque sí.

—Es que lo estás complicando demasiado.—esbozó una sonrisa indescifrable.—¿Qué tal si cogemos mi vieja tienda de campaña y la colocamos en el patio trasero de mi casa?

Fruncí el ceño y lo observé durante unos segundos con una sonrisa escéptica, pero acabé alzando las cejas y riéndome ante su idea.

—¿Lo dices en serio?

—¿Por qué debería estar bromeando? Además, ¿sabes qué? Se me ocurre una idea. ¿Tienes algo que hacer hoy?

La voz de Danny sugiriéndome planes con Tom para aquella tarde me retumbó en la cabeza como el eco de mi conciencia. Sin embargo la vocecilla fue ahogada al clavar mis grises ojos casi azulados en los zafiros oscuros de Harry.

—La verdad es que no.

—Entonces dime qué te parece este plan; vamos a tu casa para que puedas cambiarte y después te vienes a la mía. Mis padres no están en casa, pero mis hermanos sí, aunque han quedado temprano, así que comemos con ellos, después pasamos la tarde juntos y por la noche acampamos. ¿Qué te parece?

En otras condiciones me hubiera parecido aburridísimo pasar el día en territorio desconocido con personas con la que no guardaba ninguna confianza, pero todos los planes en boca de Harry sonaban genial, así que asentí con la cabeza, emocionado. Me fijé en que Harry parecía no querer descomponer su sonrisa durante todo el resto del trayecto.

Cuando llegamos a mi casa dejé a Harry sentado en las escaleras que daban a la segunda planta mientras yo subía a mi habitación para quitarme el uniforme. Dejé la mochila sobre mi cama y saqué del armario unos vaqueros, una sudadera verde y una cazadora gris. Algo dentro de mi mochila comenzó a vibrar y zumbar mientras yo me ponía mis zapatillas. Extrañado, abrí la cremallera y extraje mi móvil del bolsillo más pequeño, desbloquéandolo. Me había llegado un SMS de Tom.

«Danny te ha visto entrar con Harry. Yo me he hecho el loco, pero creo que va a ir de todas maneras a tu casa para comprobarlo. Ya hablaremos de esto.»

Nervioso, tragué saliva mientras me guardaba el móvil en el bolsillo y salía apresuradamente de mi habitación. Bajé corriendo las escaleras y me encontré a Jazzie charlando animadamente con Harry, con sus dedos enredados en sus cabellos rubios y lanzando una risita histriónica al aire por algo que había dicho mi amigo. Arrugué la nariz ante la escena. De un último salto en las escaleras me coloqué frente a Harry, rompiendo el contacto visual entre él y mi hermana.

—Tenemos que irnos ahora mismo.

Harry arrugó el entrecejo sin comprender, pero antes de que pudiese preguntar nada una vocecilla aguda en mi nuca me hizo girar sobre mí mismo.

—¿Ya? ¿Tan pronto?—preguntó Jazzie de forma lastimera mientras miraba a Harry. Chasqueé la lengua y asentí con la cabeza, mirando a Harry.

—Vamos a salir por la puerta trasera. Ahora te explico, ¿vale?

Harry me miró muy serio, pero no me contradijo. Volví a mirar a mi hermana.

—Si Danny viene y llama a la puerta, dile que estoy comprando en el supermercado, o que me he muerto, o lo que sea. Invéntate algo, ¿vale?

Jazzie se cruzó de brazos y arqueó una ceja.

—Bueno... ya veremos.

Confié en que mi hermana de verdad me encubriese mientras dirigía a Harry a la puerta trasera, y no porque estuviese seguro de ella, sino porque no me quedaba más remedio.
Una vez hubimos salido, conduje a Harry hasta un lateral en el que una tabla suelta nos facilitaba el paso a la calle y cruzamos. Mi amigo esperó a que terminasemos todo el proceso para preguntar:

—¿Se puede saber por qué estamos haciendo el mongolo en vez de salir por la puerta principal como las personas normales?

Suspiré y y me froté la nuca mientras echábamos a andar hacia su casa. Le expliqué que Danny me había invitado a pasar la tarde a su casa, pero que no me apetecía y le había dicho que tendría que atender otros asuntos. Por supuesto, le omití la parte en la que en realidad esos otros asuntillos no era otra cosa que recorrer el tramo del instituto a mi casa con él.

Harry expulsó una bocanada de aire mirando al frente y se metió una mano en el bolsillo, colocándose su bandolera.

—¿Me permites que te diga una cosa, Dougie?

Me sentí terriblemente asustado por ello. Aquella frase me inspiraba la misma sensación que cuando sabes que has roto algo y tu madre te llama desde la lejanía para hablar contigo.
Asentí con la cabeza y apreté las mandíbulas.

—No me parece muy bien el hecho de que hayas engañado a tus amigos. Puede que alguna vez te hayan podido fallar, pero si tienes algún problema o no te apetece su compañía deberías intentar hablar con ellos en vez de huir del conflicto.

Me relamí los labios y seguí contemplando al frente, mordiéndome el labio inferior.

—A ver, sé que está mal, pero... Bueno, es que no sé bien cómo explicarlo...

Agaché la mirada frotándome la nuca. Sentí que la mano de Harry se apoyaba en mi hombro y alcé la mirada.

—Dougie, no quiero agobiarte, pero... sabes que estoy aquí para lo que necesites, ¿verdad? Si quieres hablar sobre el tema...

Sentí un cosquilleo agradable en la parte baja del estómago cuando Harry me miró a los ojos y me dedicó una sonrisa amable y tranquilizadora.
Harry era genial. Harry no se comportaba con indiferencia ni te trataba como si fueras estúpido, sino que era completamente condescendiente. Cuando estaba con él me sentía en paz conmigo mismo, como si él fuese una especie de amuleto y supiese que a su lado todo iba a ir bien.
Harry era una de esas personas que solo conocías una vez en la vida y que sabías que nunca ibas a poder a encontrar una igual. Por eso no iba a molestarlo con mis tonterías.

—Gracias, Harry, pero tranquilo, no es nada.

Harry asintió con la cabeza y no insistió más para no agobiarme, así que cambió el tema de conversación por uno más ameno y relajado durante el resto del recorrido.

Diez minutos después, llegamos a su casa. No era muy diferente a la mía, sólo cambiaba ligeramente la estructura y el color de la fachada, que era marrón chocolate.

Entramos discretamente en la casa. Recibí con gratitud aquella brisa cálida proveniente de la calefacción mientras dejaba la cazadora en un perchero de la entrada después de Harry y lo seguí mientras se adentraba en su hogar. Escuché un sonido proveniente de alguna televisión y torcí la boca algo tímido cuando entramos en el salón.

—Ya estoy en casa.—anunció Harry dejando la mochila encima de un sillón. Un chico y una chica, sentados en el sofá, giraron la cara para mirar a su hermano y después observarme a mí, extrañados. Levanté una mano y sonreí, a modo de saludo. El chico tendría unos catorce años y se parecía bastante a Harry, lucía una melenita castaña y los ojos marrones. La chica podría tener mi edad, quizá un año menos. Llevaba su cabello moreno recogido en una coleta alta y me escrutó con sus oscuros ojos azules.—Éste es mi amigo Dougie. Doug, te presento a mis hermanos Thomas y Catherine.

Sus hermanos me recibieron cordialmente mientras Harry subía para cambiarse de ropa. Thomas era un chico despierto y divertido mientras que su hermana era tranquila y acogedora. Cuando Harry volvió, ya vestido con un jersey fino de rayas negras y azules, unos vaqueros y zapatillas de andar por casa, preparamos los cuatro juntos unos macarrones con queso. En realidad, más que queso llevaba vainilla, salchichas, ketchup, salsa yogur, mostaza y algunas asquerosidades más; parecía que la familia Judd, además de creativos, tenían un estómago a prueba de bombas nucleares.
Tras la comida, Harry se empeñó en que viésemos juntos su serie favorita, Community, en el salón. Al finalizar el segundo capítulo, Catherine se despidió de nosotros, pues había quedado con unas amigas. Después nos quedamos los tres chicos jugando a la Xbox hasta que Thomas nos informó de que se iba a dormir a casa de unos amigos, así que a las cinco ya nos habíamos quedado Harry y yo completamente solos.
A decir verdad, envidiaba a Harry. Me hubiera gustado tener unos hermanos tan unidos como ellos hasta el punto de ser considerados más amigos que hermanos por obligación.

Como estaba oscureciendo decidimos comenzar la acampada, por lo que cogimos todo lo necesario y salimos al patio trasero. Acordamos entre los dos no entrar bajo ninguna circunstancia a la casa, por mucho que nuestra vejiga o cualquier otro órgano lo necesitase. Harry se lo pasó de miedo riéndose de mi contrariado gesto al intentar montar solo la tienda, por lo que al final lo hizo él casi todo. Colocamos nuestros sacos de dormir en el interior y sacamos una manta para abrigarnos mientras hacíamos una pequeña hoguera controlada. La manta era algo pequeña, tuvimos que juntarnos bastante mientras pinchábamos en un palo trozos de carne cruda para calentarlas en el fuego. El hecho de tener los hombros pegados y nuestras manos casi rozándose me producía un agradable cosquilleo en el estómago.

Después de cenar, apagamos la hoguera y nos metimos en la tienda de campaña, arropándonos con los sacos de dormir y encendiendo una linterna para vernos mejor las caras. Estuvimos comentando la serie que habíamos visto esa misma mañana, charlando sobre las clases y argumentando qué películas nos gustan y por qué.
Y así transcurrieron dos horas. Ciento veinte minutos en los que no tocamos ningún tema trascendental ni personal, solo pasamos el tiempo sin preocupaciones ni agobios.
Fue en cuanto lo pensé y sucedió, que reflexioné cuán probables podían ser las casualidades.

—Y dime...—comenzó murmurando Harry mientras se acomodaba en su saco de dormir, colocándose de lado y apoyándose sobre un codo.—¿Qué hay sobre ti?

Me moví hasta quedar en la misma posición que él, con una mejilla apoyada en mi mano y mirándonos de frente.

—¿A qué te refieres exactamente?

—No lo sé... es extraño. Creo conocerte y sin embargo no sé nada sobre ti en todo este tiempo. Algo habrá que puedas contarme.

Pestañeé lentamente, apretando los labios y torciendo la boca mientras notaba mis fosas nasales dilatarse al expulsar el aire.

—Sí, cosas hay, pero no son importantes.

—¿No son importantes o... no quieres contármelas?

Medité esa pregunta unos instantes desviando la mirada, pero no respondí. Harry dejó la linterna en el suelo de la tienda de campaña y se dio la vuelta. Por un momento pensé que se había enfadado y se había dispuesto a dormir, pero en cuanto observé su espalda moviéndose me percaté de que estaba buscando algo en su mochila. Cuando volvió a mirarme, lucía una pequeña sonrisa y la luz de la linterna le confería un brillo muy intenso a sus ojos, tanto que tardé unos cinco segundos en despegar la mirada de ellos y observar el pequeño objeto de forma cuadrada que me tendía con una mano. Lo cogí y sujeté en alto, examinándolo con minuciosidad.

—¿Qué es?

—Es una caja de los secretos.—dijo abriéndome la palma de la mano hasta que pude contemplar una cajita blanca en su totalidad con una cruz roja dibujada en el centro y un pequeño pomo del mismo color a un lado.—Cuando la abres suena una música, tú cuentas un secreto y se queda guardado en la caja junto a la música para siempre, y nadie más puede saberlo.

Miré a Harry con incredulidad y riéndome entre dientes, levantando el objeto y señalando un lateral en la que venía inscrita una web.

—Esta caja es tan sólo publicidad de tu centro comunitario, Harry...

—Esa caja será sólo lo que tú quieras que sea, Doug.

Desvanecí mi sonrisa y la convertí en una de timidez, portando la cajita con las dos manos y observándola con respeto y algo de vergüenza. Harry me instó a probarla con una mano.

—Créeme; esos secretos no saldrán de aquí. Estarán bien guardados bajo llave.

Asentí con la cabeza e inspiré, agarrando con el dedo pulgar e índice el minúsculo pomo y abriendo la caja. En cuanto concluí esa acción, una melodía agradable se escuchó a través de la puertecita, parecida a una nana. Volví a mirar a Harry, el cual había alzado las cejas, y me acerqué la cajita a los labios, sintiéndome idiota.

—Yo... no sé qué contar.—mascullé separándome levemente de ella.—Éso cuenta como secreto.

Harry se rió y me quitó la caja, llevándosela a los labios.

—Cuando era pequeño me daba miedo Santa Claus. Lo esperaba todas las Navidades con un bate de béisbol escondido en el pasillo hasta que me quedaba dormido y mi padre me llevaba en brazos a mi cama.

No pude evitar reírme ante aquella anécdota, tapándome la mano con una boca para que no se notase demasiado. Harry rodó los ojos mientras se reía y hacía un gesto con la cabeza, pasándome la caja.

—Cuando tenía diez años pensé que podía volar y me tiré de mi cama de cabeza. Creo que no hace falta decir que terminé en el hospital.—Harry comenzó a reírse con fuerza.—Eres cruel...

Le tendí de nuevo el aparato, pero él negó con la cabeza.

—Es un regalo para ti. No voy a gastártelo.

Lo miré mal, pero su sonrisa amenazante no daba pie a discusión, así que volví a acercarme el aparato, meditando lo siguiente que iba a decir.

—Hmmm...—murmuré entre dientes.—La verdad es que no sé nadar.—ni siquiera me atreví a mirar el gesto de incredulidad de Harry.—Ni montar en bici, ni muchas cosas que suele hacer la gente normal. Nadie me enseñó... Ni me interesa, en realidad.—arguyé mientras la melodía seguía sonando.—Mi padre nos abandonó hace algunos años y nunca tuve la oportunidad de tener una figura paterna para eso.

Miré a Harry a los ojos, pero él seguía serio y expectante. Entonces cogí aire y comencé a soltar una retahíla de palabras como si no pudiese aguantar más la respiración.

—Me gusta mucho perderme por la ciudad de noche. La verdad es que odio la oscuridad, pero me atrae de una forma extraña. Eso de ir por una calle desconocida, a oscuras, sin que nadie te conozca ni nadie pueda juzgarte... No sé, es extraño. Es como pasear por tu propio tramo de vacío, sin nada que pueda herirte ni preocuparte. No me gustan las multitudes, me hacen sentirme solo, aún más solo de lo que creo estar. A veces pienso que no soy como lo demás... pero no me malinterpretes, no lo digo con ese tono engreído que expresa que me creo especial. Simplemente pienso que... No sé, estoy como roto. No tengo ambiciones, ni nada en lo que destaque... A veces pienso que me soltaron en este mundo y que me dedico a existir, nada más.

Todo lo que veía era el brazo de Harry apoyado en tensión sobre su fina almohada, iluminado por la linterna.

—¿Algo más?

Parpadeé. Me sentía como un extranjero de mí mismo, no sabía qué significaban aquellas sensaciones de desahogo e intranquilidad mezcladas en mi pecho, ni por qué no podía dejar de hablar cuando nunca había hablado de esto con nadie.

—Tengo miedo de Danny.—me detuve unos segundos, pensativo.—En realidad, tengo miedo de lo que pueda llegar a ser. Él era mi mejor amigo y yo... A ver, yo lo quería, y mucho, pero eso no le daba derecho a compartarse de esa manera...

—¿Por qué hablas de él en pasado?

—¿Qué?—pregunté atónito.

—Que por qué hablas de Danny en pasado, como si ya no existiese.

Me relamí los labios y bajé la mirada sintiendo un desagradable escozor en los ojos.

—Pues porque supongo que para mí ya no existe el Danny de verdad.

Y entonces cerré la puertecita, dando a entender que quería concluir el tema allí mismo.
La melodía cesó y con ella el sentimiento de intranquilidad y malestar en mi pecho.
Dejé la cajita al lado de la linterna y me tumbé en su totalidad en el saco de dormir, tapándome hasta la nariz, cerrando los ojos y acurrucándome de lado. Esperaba que Harry fuese listo y pillase la indirecta. Aquel era un tema muy incómodo para mí, no solo por lo que significaba, sino por todo lo que conllevaba.

Noté cómo Harry se revolvía en su saco de dormir y apagaba la linterna. Suspiré levemente, culpable por haber cortado de aquella manera a mi amigo, y entonces sentí su mano posándose en mi cabello y acariciándome la cabeza. Una sensación placentera y agradable estalló en mi pecho ante esa caricia y abrí los ojos justo para ver cómo me observaba Harry.

—Entiendo que no quieras hablar de este tema.

Y se acercó a mi cara para darme un beso en la frente. Contemplé su barbilla ensimismado mientras disfrutaba de aquel roce y cerré los ojos hasta que se separó de mí y volvió a tumbarse en su saco, quitando la mano de mi cabeza. Estaba atolondrado y embobado, deseando que volviese a hacer eso o que se animase a algo más.
Fue entonces cuando caí de culo en la realidad y me sentí gilipollas y avergonzado ante aquellos pensamientos.

—Como te dije esta tarde, mañana por el mediodía visitaré a mi prima Kate y después iré al centro comunitario.

Asentí con la cabeza, sin saber qué decir. Harry se humedeció los labios.

—¿Quieres venir conmigo?

Sentí que me sonrojaba.

—Pero yo no sé hacer servicios comunitarios... y a tu prima no le caigo bien.

—Quizá tenga que conocerte como lo he hecho yo.—vislumbré a través de la oscuridad su sonrisa.—Y respecto a los servicios... bueno, no es como si fuese un trabajo. Es voluntario y contribuyes a la sociedad. Te lo pasarás bien.

Sonreí aún embriagado por esa agradable sensación repentina.

—¿De verdad quieres que te acompañe?

—Claro. ¿Te digo la verdad? Nada me gustaría más que tú me acompañases al centro.

La misma sensación agradable de antaño volvió a mi pecho, y cuando pensé que no podría más con aquella vergonzosa emoción decidí calmarme y esbozar una sonrisa tímida, conteniéndome.

—Entonces mañana iré contigo a ver a tu prima y a ayudarte con tus labores.

Harry asintió con la cabeza, satisfecho, y se arropó en su saco de dormir en posición fetal, suspirando quedamente.

—Buenas noches, Dougie.

—Buenas noches.

Cerré los ojos y bostecé, frotándome los ojos y moviéndome hasta quedar boca arriba, apoyando mis manos en la pequeña almohada. Pasaron unos minutos hasta que conseguí colocarme en la posición adecuada y quedarme dormido como un tronco.
Traspuesto como estaba, nunca podría saber si el hecho de que Harry entrelazase su mano con la mía me lo había soñado o de verdad había ocurrido.


Al día siguiente me despertó el movimiento de Harry al recoger su saco de dormir. Me incorporé y me desperecé algo incómodo, ya que había dormido con un brazo en una postura un tanto rara y no estaba acostumbrado a dormir a ras del suelo. Harry se rió al ver mi mueca de dolor mientras me daba unos golpecitos en la mejilla para que espabilase.

—¿Qué tal has dormido, marmota?

—Creo que una piedra se me ha clavado con mala leche en la parte más baja de la espalda.

—Debe ser el karma.—contestó con una sonrisa Harry, aunque yo no entendí el chiste. Recogí junto a él la tienda de campaña y cogí la cajita de música. La miré un momento con desconfianza y se la tendí a Harry, el cual negó con la cabeza.—Te la he regalado, Dougie. Es para ti.

Parpadeé varias veces y me guardé la cajita en el bolsillo, contrariado.

—Venga, vamos a desayunar.

Desmontamos la tienda y nos metimos en la casa. Catherine se había despertado y nos había preparado antes el desayuno, así que no tardamos demasiado en terminar. Después Harry se duchó, se preparó y me acompañó a mi casa para que pudiese ducharme antes de ir a casa de su prima, Kate Williams.

Estaba algo nervioso cuando llegamos a casa de Kate. Ella no sabía que yo iba a ir a su casa y me sentía como un intruso, y la sensación se intensificó cuando observé que palidecía cuando nos abrió la puerta para recibirnos en pijama y con su pelo granate teñido recogido en una coleta.

—Hola, Kate. He venido con un amigo.

—Buenas...—respondí intentando esbozar una de mis sonrisas más amables. No tenía nada en contra de Kate y pensaba demostrárselo. La pelirroja forzó una sonrisa y me saludó moviendo los dedos de su mano, después miró a su primo de forma significativa, pero éste ignoró toda muestra de haberse enterado de su advertencia. Entramos en la casa y nos sentamos con ella en la cocina mientras desayunaba. Aunque al principio parecía incómoda, conforme pasaron los minutos se fue soltando y resultó ser una chica bastante agradable y divertida. Mientras me reía de sus chistes me sentí culpable al haber sido partícipe de su acoso escolar de forma indirecta. Nunca imaginé que Danny podía estar hiriendo a una persona tan buena, y mucho menos que yo no hiciese nada para evitarlo.

A la una del mediodía, Harry decidió que era hora de acercarse al centro para dar de comer a los niños, puesto que aquel día iban a residir unos huérfanos en el albergue. Kate nos preparó la comida y nos la guardó en dos fiambreras. No pude evitar despedirme de ella con un abrazo, aunque al recordar que seguía siendo una compañera de mi clase me sentí algo violento.

Harry me llevó al local solidario y me dio una camiseta blanca que me quedaba grande para que me la pusiese sobre mi ropa, me presentó a sus compañeros y me explicó qué era lo que tenía que hacer. Resultó que mi único trabajo allí fue el de colocar a los niños en sus respectivas mesas y comprobar que no se portasen mal unos con otros. Cuando terminaron, me quedé para ver cómo los monitores organizaban actividades para los niños. Jugaron con ellos, hicieron manualidades y hasta les montaron un guiñol. Yo participé en algunas de esas cosas aunque de una forma desapercibida. Harry se estuvo riendo casi todo el rato de mí porque andaba realmente perdido, ya que no tenía ni idea de lo que hacer, así que prácticamente estuve todo el día bajo su supervisión.

Cuando cayó la noche Harry y yo nos quitamos nuestras camisetas y nos despedimos de los demás colaboradores. Me sentí genial y feliz. Aquel sábado era muy distinto de los que yo solía pasar, normalmente me quedaba vagueando todo el día en casa hasta que se hacía de noche y me iba de fiesta con Danny y Tom hasta que amanecía o me entraba la vena solitaria y me ponía a escribir hasta que me quedaba dormido literalmente encima del teclado.
Aquel día había sido diferente y especial. Lo mejor es que lo había pasado con Harry, y nunca había estado tan cómodo con una persona un día entero, sin aburirme o sentirme violado al no tener ni cinco minutos de intimidad y soledad.

Harry me acompañó hasta mi casa. Lo invité a entrar, pero me dijo que estaba cansado y que sería mejor si se iba ya a casa para poder estudiar un poco. Me sentí algo decepcionado por ello.

—¿Nos vemos el lunes, entonces?—pregunté intentando ocultar mi tono ansioso. Harry se rió entre dientes y asintió con la cabeza.

—Claro, Doug.—me contestó con las manos en los bolsillos. Esbocé una sonrisa mientras me sacaba las llaves del bolsillo. Hice ademán de girarme para abrir la puerta de mi casa, pero vislumbré de soslayo a Harry dar unos pasos hacia mí y volví a mirarle de frente, sobresaltándome levemente por la impresión. El rostro de Harry estaba a menos de dos palmas del mío y me miraba con los ojos entrecerrados. Sentí que la garganta se me taponaba e intenté tragar saliva, pero estaba muy nervioso. El sonido de los latidos de mi corazón comenzaron a retumbarme en mis oídos cuando Harry ladeó la cabeza y entonces cerré los ojos instintivamente, pero lo que había estado alimentando en mi imaginación no sucedió. En su lugar, Harry desvió su trayectoria unos centímetros e hizo presión en una de las comisuras de los labios. Se mantuvo ahí pegado unos segundos hasta que creía que me iba a marear de la emoción y se separó de mí haciendo un ruidito con los labios muy gracioso, como de succión. Abrí los ojos sintiéndome algo atolondrado y me encontré a un Harry con una sonrisa algo triste y moviendo nerviosamente una de sus piernas, como frotando la suela de sus zapatillas contra el suelo, y procuró no mantener contacto visual conmigo.

—Nos vemos, entonces.—repuso dándose la vuelta y despidiéndose de mí con un movimiento de cabeza. Alcé una mano y me despedí moviéndola levemente, ya que me había quedado tan impresionado que no era capaz de hablar. Me quedé observando cómo se alejaba hasta que se perdió doblando una esquina y me metí en mi casa, aún sin saber por qué el corazón me latía tan fuerte.

—Vaya, hijo, ¿ya estás aquí?

Mi madre se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla, saludándome. Parpadeé saliendo de mi ensoñación y me revolví el pelo, acercándome a las escaleras.

—Me voy a dormir...

—¿Y la cena?

—No tengo hambre.—respondí, tajante. Mi madre se quedó mirándome con el ceño fruncido; seguramente había estado preocupada por mí, ya que ella no sabía adónde me podía haber metido. A veces pensaba que me portaba demasiado mal con ella y que nos dejaba demasiado libertad, por eso nos acabábamos aprovechando de ella.

Cerré la puerta de mi habitación y me quité la camiseta para ponerme el pijama. Cuando me quité los vaqueros, algo cayó al suelo con un ruido seco. Agaché la mirada mientras me ponía los pantalones del pijama y cogí la cajita blanca que me había regalado Harry. Me mordí el labio y apagué la luz de un manotazo mientras me dejaba caer de espaldas en mi cama. Me quedé observando el techo inmaculado de mi habitación en tonos añiles debido a la luz proveniente del exterior y abrí la cajita sin mirarla. Me humedecí los labios mientras me la acercaba, notando cómo la melodía taponaba mis oídos, dejándome sin escuchar nada más que realidad, y susurré:

—Me cae muy bien Harry.

Cerré la cajita, pero entonces el silencio me embargó y me dieron ganas de abrirla otra vez, por lo que lo hice.

—Bueno, creo me gusta Harry.

Sentí mis orejas arder cuando cerré la puertecita, y más aún cuando la volví a abrir y dije rápidamente.

—En realidad pienso que debo ser en estos momentos el chico más gilipollas y patético del mundo, porque estoy enamorado de Harry.

Y entonces, definitivamente, cerré la caja.


El lunes llegué tarde a clase. Harry no se había pasado por mi casa para que fuésemos juntos al instituto, lo cual me extrañó y produjo que estuviese esperándole hasta que me rendí a la posibilidad de tener que ir andando media hora hasta el instituto y no asistir a la primera clase.
Lo primero en lo que me percaté cuando llegué a segunda hora era que Tom me saludó con una sonrisa, pero Danny parecía demasiado ocupado pintando en su mesa como para dirigirme siquiera una triste mirada. Me senté en mi pupitre y miré a Harry para saludarle, pero éste tenía la cara enterrada en sus manos. Cuando fui a darle un toque en el hombro para llamar su atención se sobresaltó, frotándose los ojos. Apreté los labios.

—¿Estás bien?

Harry enfocó la vista, me miró un segundo y volvió a desviarla.

—Sí, sí... No he dormido muy bien, pero da igual.

Despegué los labios para insistir, pero el profesor había entrado por la puerta, y con él no se podía conversar ni siquiera para pedir un bolígrafo. Me mantuve callado y observando de reojo a Harry cada tanto, preocupado.
Cuando el timbre del primer recreo tocó, Harry se levantó rápidamente y salió corriendo de la clase sin decir nada. Me puse de pie y me dispuse a seguirlo, pero Danny me impidió caminar, poniéndose en mi camino. Intenté esquivarlo, pero él seguía en sus trece. Fruncí el ceño y entrecerré los ojos, mirándolo de forma escéptica.

—¿Se puede saber qué mosca te ha picado?

—Pues mira.—comenzó diciendo con su típico tono de «Voy a lanzarte una retahíla de ingeniosas borderías» con los brazos cruzados y una de sus manos tocándose la barbilla, pensativo.—En realidad me ha picado el gusanillo de la curiosidad, porque fíjate tú qué raro, el viernes te vi entrar con tu siamés Harry Judd a tu casa y cuando fui a visitaros con un té y unas pastas tu hermana me dijo que habías salido a comprar, pero... ¡Sorpresa! No volviste. Pensé desconsolado «Oh, no, este hombre se ha ido a por tabaco y no volverá nunca más porque nos ha abandonado a mí y a su hermana por una familia secreta», pero... ¡Vaya! Volviste a la noche siguiente, y con Harry... Te vi desde mi habitación.—aclaró cuando observó el gesto de extrañeza que había esbozado. Alzó las cejas y comenzó a hacer florituras con una de sus manos, formando muecas.—Estaba a punto de irme con Tom y unos amigos a pasar la noche, así que esperé a que Harry se fuese para invitarte... pero parecíais ocupados. En fin, muy... «juntitos».—concluyó Danny haciendo unos gestos obscenos con las manos. Tragué saliva, ruborizado. Tom miraba la escena incrédulo. Danny se cruzó de brazos.—¿Me he explicado correctamente?

—Danny, no entiendes nada...

—No, claro. Me perdí el capítulo de Barrio Sésamoen el que Epi se follaba a Blas salvajemente, por eso no sé en qué consiste la homosexualidad.—el castaño sonrió y ladeó la cara de modo inocente. Tom decidió entrar en acción, posando una mano en el hombro de Danny.

—Tío, te estás pasando... No creo que sea así.

—¿Que no?—Danny se rió de forma amarga.—A ver, Dougie, sácanos de dudas... ¿Nos has dejado de lado por el soplanucas greñudo?

Una rabia desconocida para mí hasta entonces me subió de forma desagradable por la garganta como si fuese bilis. Arrugé la nariz y apreté los puños, pero antes de que pudiese responder de cualquier manera la puerta de la clase, ahora vacía, había vuelto a abrirse. Danny, Tom y yo giramos nuestras caras hacia la puerta y vimos entrar al más inoportuno por ella. Harry nos observó un momento y corrió hacia su asiento, sin hacernos caso. Danny le lanzó a mi amigo la que yo había encasillado como «mirada asesina reservada para Harry Judd» y volvió a abrir su bocaza.

—Coño, hablando del chapero de Roma por la esquina se asoma.

Rodé los ojos e ignoré al pecoso, caminando hacia Harry presuroso.

—Harry, ¿ocurre algo?

El castaño se colgó su mochila y me observó un momento, chasqueando la lengua. Después se pasó una mano por el pelo y se acercó a mí con confidencialidad, susurrando:

—Es Kate. Ha vuelto a cortarse.

Abrí mucho los ojos y me tapé la boca con una mano, asustado. Danny se sintió ofendido por la poca atención que le estábamos brindando y se acercó a nosotros seguido de Tom, que se mostraba nervioso.

—Seguimos aquí, ¿eh? ¿Qué pasa? ¿Qué es tan importante para que yo no pueda enterarme?

Harry apretó los labios y abrió la boca para contestar, pero yo me adelanté, furioso.

—A ver, chimpancé de mierda, no todo gira alrededor de ti. En realidad, no le importas a nadie. Supéralo de una vez.—le espeté acercándome mucho a su rostro, amenazante. Danny apretó sus mandíbulas con rabia y me empujó con fuerza, provocando que chocase de espaldas contra una mesa y cayese al suelo. Me froté la espalda, dolorida, y esbozando una mueca de desagrado. Tom agarró a Danny por los hombros, pero no era lo suficientemente fuerte como para detenerlo. Me cogió por el cuello de la camisa y me levantó del suelo con fiereza.

—¡Repite eso, traidor asqueroso!—me gritó, pero Harry lo separó de mí y lo empujó fuera de mi alcance. Intenté orientarme, confuso.

—¡Deja en paz a Dougie de una maldita vez, no es de tu propiedad!—gritó Harry como respuesta, acercándose a Danny y cogiéndolo de la camisa. Danny respondió igual, mirando a Harry con un odio casi palpable.

—Tranquilo, ya te has encargado de marcarlo tú mismo como propio... ¿Verdad, sarasa?

—¡Danny!—exclamó Tom, alarmado. Me miró muy preocupado.—¡Ayúdame a separarlos!

Pero fue demasiado tarde, porque Harry y Danny ya se habían enfrascado en una pelea a base de puños proferidos con saña. Tom y yo nos acercamos a ellos como pudimos e intentamos separarlos, yo abrazando a Harry por los hombros y Tom pasando sus brazos por la espalda de Danny. El pecoso pataleó intentando zafarse del agarre, y cuando gritó escupió pequeñas gotas de sangre debido a su labio partido.

—¡Sois unos mierdas! ¡No sé ni cómo pude considerarte mi mejor amigo, asqueroso maricón!

Y aquellas dos palabras se me clavaron en el corazón como cien dagas afiladas provenientes de diferentes direcciones. Harry respiraba con dificultad debido a la rabia y al dolor que le habían causado los golpes, pero no era nada comparado al dolor que estaba sufriendo yo en esos momentos. Mis ojos se me humedecieron y la voz me salió aguda y temblorosa cuando intenté contestarle.

—¿Eso crees que soy? ¿Un asqueroso maricón?—pregunté con la voz quebrada. Tom seguía sujetando a un colérico Danny Jones. Negué con la cabeza.—Me das pena. Pena y asco. Estás tan solo que ni te lo puedes imaginar. ¡Mírate! Destrozas todo cuanto hay a nuestro alrededor. Destrozaste la vida de Kate Williams, nuestra amistad... Y ya te cargaste hace mucho tu propia vida. No sé ni cómo Tom puede soportarte.

Danny comenzó a respirar con más calma, mirándome atónito. Se deshizo de un empujón brusco de Tom y me miró con los ojos entrecerrados.

—¿Qué tiene que ver Kate Williams en todo esto?

Tragué saliva y miré un segundo a Harry, pero a él no parecía importarle. Me contemplaba con una mirada indescifrable, como si yo fuese una persona totalmente desconocida. Cogí aire y volví a enfrentarme a Danny.

—¿Recuerdas todos los insultos que le dedicaste? ¿Las muestras de desprecio? ¿Las cancioncillas respecto a su aspecto? Ha intentado suicidarse por todo aquello, idiota, y hoy ha vuelto a cortarse.—Danny abrió mucho los ojos, horrorizado.—No me puedo creer que le haya hecho sentir así una persona que nunca en su vida ha recibido amor verdadero ni lo recibirá nunca. Eres un tipo despreciable. Te mereces toda esa mala fama que te persigue. Y tranquilo, que el tiempo ya se encargará de ponerte en tu lugar.

Dicho aquello cogí a Harry de la muñeca y lo saqué de la clase sin mirar atrás. Cuando cerré la puerta tras de mí solté a mi amigo y le examiné el rostro, colocando mis manos en sus mejillas.

—¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño?

Harry se separó de mí delicadamente, pero tuvo el mismo efecto que si se hubiera apartado con brusquedad y una mueca de asco.

—No me ha gustado lo que has hecho, Dougie.—contestó tranquilamente. Lo miré mal.

—Tú le has pegado.

—No es lo mismo, Doug. Lo que tú has hecho duele más que unos simples puños.

Me quedé callado y avergonzado ante lo que dijo, mirando el suelo. Harry sorbió su nariz y se giró. Alcé la mirada, alerta.

—¿A dónde vas?

—A limpiarme esto y al hospital para ver qué tal está Kate.

—Te acompaño.

—No, Dougie.—dijo lanzándome una sonrisa triste.—Tú tienes que quedarte aquí para arreglar lo que has hecho.

No le rebatí. Harry caminó a paso ligero hasta el servicio y se encerró en él. Miré durante un segundo la puerta de mi aula, pero pasé de largo.
Esa fue la última vez que entablé una conversación con Danny Jones.