Mycroft salió del hospital luego de verificar el estado de su hermano, sabiendo que otra sobredosis había hecho efecto, y que nada podía hacerse más que esperar a que despertara al día siguiente.
El hombre lucía cansado, más de lo usual, normalmente el trabajo le generaba agotamiento, tanto físico como mental. Pero era algo que se solucionaba con un escocés y quizás una hora en el piano o una película antigua, pero cuando dicho cansancio se sumaba a las adicciones de su hermano y los reclamos y regaños de su madre, no había nada que consiguiese que él se relajarse
Abrió su paraguas una vez que estuvo fuera, si bien no fueron más de cincuenta metros hasta el coche, no pensaban mojarse en esa corta carrera, ya su día había estado lo suficientemente cargado como para que también su ropa se arruinase.
— Buenas tardes, señor Holmes —saludó el chofer de turno, encendiendo el vehículo a la espera de una dirección.
—Buenas tardes. Llévame a casa, por favor, ya luego puedes irte —y allí terminó el diálogo, no hubo ninguna palabra más en todo el viaje.
Era de tarde, el sol comenzaba a bajar, pero aún había luz en las calles de Londres. Mycroft comenzó a mirar por las ventanillas, todas aquellas personas que iban y venían por la acera, luciendo felices, más allá de estarlo realmente, por más que fueran expresiones falsas, a la vista de cualquiera: eran felices. Él nunca se sintió así, su humor solía variar entre la apatía y la indiferencia. Claro, tampoco podía permitirse el mostrar debilidad o el menor rastro de algo que indicara un punto vulnerable, con su poder e influencia, mostrar fragilidad era abrir las puertas a muchos problemas. Por lo cual, él siempre debía ser el mismo, permanecer con aquella máscara día y noche, más aún frente a terceros, él no poseía un "lugar feliz", por decirlo de un modo, así que nunca podría darle riendas sueltas a sus verdaderos deseos o sentimientos,
Normalmente se cree que la familia se es un sitio seguro, pero los señores Holmes no eran las personas más cariñosas con sus hijos, no eran malas personas ni muchos menos, simplemente no sabían demostrarles cariño, mucho menos cariño físico, por lo que, si en algún momento de su niñez, los hermanos necesitaron un abrazo o un simple "te quiero", el mismo nunca estuvo allí, y aquello fue algo que no cambió con el tiempo, por lo que la adolescencia, estuvo marcada por un joven Mycroft que hacía lo posible por superar por cuenta propia los traumas que su hermana había dejado, y por más que lo intentó, los mismos jamás lo abandonaron, ni en su joven adultez, ni en su adultez total, sin mencionar que también se encargó de ayudar a Sherlock a eliminar de su memoria todo rastro de su hermana menor.
Una vez que llegó a casa, la soledad volvió a rodearlo, normalmente aquello no le molestaría, él optaría por cenar algo sin importancia mientras se relajaba frente al fuego, intentando filtrar todo lo sucedido durante el día, pero aquella vez no fue así. Él tampoco quería comer, ni beber y estar frente al fuego, de hecho, una idea que había estado rondando en su cabeza hacía días, volvió a apoderarse de su atención, y es que aquel día en especial, había sido el detonante final.
Tomó su móvil, estaba harto de fingir ante todos, necesitaba tan solo un momento donde pudiese sentirse relajado, pero no en soledad, necesitaba poder ser él mismo frente a alguien más, frente a alguien que no lo juzgara y tampoco sintiera compasión, alguien que simplemente estuviese allí y le permitiera desahogarse.
Entró a un sitio en internet, lo había encontrado hacía mucho tiempo, pero nunca tuvo realmente el valor para contactar, más que nada, porque el hacerlo, no sería solo rendirse ante sus propias emociones, sino también, sería rendirse ante sus propios deseos, algo que juró jamás hacer. Pero aquel día era diferente, porque no solo tenía el valor, y estaba decidido a tomar aquella decisión, sino, que tampoco le importaba ceder, no le interesaba si aflojaba sus propias riendas un poco, tan solo un poco.
Llamó y dio su dirección, advirtiendo a los encargados de seguridad sobre el futuro ingreso de alguien a la propiedad, no especificó de quién se trataron, a ellos eso no deberían importarles, y si lo hacían, no tienen de otra que quedarse con la duda , o ser despedidos en caso de intentar algo más.
Al cabo de media hora, alguien llamó a la puerta, él se dirigió a la misma, abriéndola y viendo que una chica, quizás diez años menor al él, aguardaba bajo el umbral. Le dedicó una mirada de pies a cabeza, ella llevaba una gabardina algo larga, y debajo de la misma, se vio ropa holgada, nada realmente importante.
Se sintió un tanto apenado de tener que recurrir a algo así, pero eso no le interesó realmente, no en su totalidad. Ya que, si bien se sintió más que miserable por tener que solicitar esa clase de servicios, el fin justificaba los medios, ¿verdad?
—Buenas noches —saludó ella, luego de también haberlo recorrido con la mirada.
—Buenas noches —le devolvió él, volviendo a analizarla, como para darse cuenta el último empujón a sí mismo, tratando de no arrepentirse —. Sígame.
Él se echó a andar, sintiendo el sonar de los tacones tras de sí, entraron a la habitación con la chimenea, donde el fuego devoraba los leños con ímpetu. Mycroft no tardó en cerrar las puertas con llave, moviendo las largas cortinas de las ventanas y dejando toda la gran sala en privado, completamente en privado. Porque si bien seguridad no solía espiar hacia dentro a menos que fuera necesario, era mejor prevenir, ya que no había necesidad de que nadie lo viese en una situación como aquella.
Para cuando volvió junto a ella, vio que se había quitado la gabardina, y lo mismo con la ropa que estaba debajo, quedando tan solo con la lencería roja y los tacones de igual tono. Y aunque aquello sonase lo suficientemente atractivo, a él no le interesaba realmente.
—¿Quiere beber algo primero? —le preguntó mientras caminaba.
—Te agradezco, pero no, prefiero no hacerlo.
Él asintió, si bien aún no estaba del todo cómodo con la situación, no tenía por qué hacer de la misma algo descortés, sin mencionar que ella, muy seguramente, tampoco debería estar cómoda con él.
—Llegado a este punto, debo confesar que jamás he hecho esto —explicó finalmente, de pie frente a ella, volvió la espalda al fuego de la chimenea, y viendo cómo la mujer se acomodaba la ropa una última vez.
—¿Hablas de llamar a esta clase de "compañía"? — preguntó, a lo cual él asintió, hundiendo sus manos en los bolsillos de su pantalón, aún con su traje de tres piezas intacto en su lugar, lo único faltante, era la chaqueta, la cual guardaba en alguna parte del sofá.
—Admito que el haberlo hecho, me genera sentirme un tanto... —pensó las palabras con detenimiento —inmoral y miserable —terminó por decir.
—Descuida, yo no juzgo, si es que eso aliviana tu conciencia. Supongo que todos tenemos necesidades, y mientras nadie salga herido o perjudicado, tenemos derecho a satisfacerlas como nos venga en gana.
—Supongo que sí. Y agradezco que no me juzgue, o que al menos diga no hacerlo.
Ella comenzó a acercarse hasta él, dejando que sus manos acariciaran su pecho con calma, tan solo para iniciar todo aquel asunto, y también para medir a su futuro cliente.
—De acuerdo, podrías empezar diciéndome qué te gusta — preguntó, aquello mientras sus dedos jugueteaban con los botones del chaleco.
—Me gustan varias cosas, pero también confieso que no pretendo hacerlo con usted, si bien quiero pedirle algo, eso no involucra sexo.
Ella levantó la vista hacia él casi de golpe, la mirada juguetona y traviesa había desaparecido por completo, dando lugar a algo más serio y cauteloso, casi rozando el estado de alerta. Y es que, en su ámbito laboral, era peligro que el cliente modificara las cosas tanto, porque a lo largo de la historia, hubo muchos asesinatos de trabajadores hacia ese estilo, que daban a entender la razón para estar siempre en guardia.
—¿De qué se supone que estás hablando? —cuestionó a medida que retrocedía en dirección a su gabardina nuevamente, aunque haciéndolo de la manera más cautelosa y discreta posible—Quiero decir; ¿Qué deseas pedirme?
—Créame, no es nada que la ponga en riesgo, por lo cual, le ruego: no tome el gas pimienta, picana eléctrica o el arma que sea que tenga ahí dentro, no la trabajar conmigo —y haciendo una breve pausa, pidió— ¡pero por favor no se vaya! No aun.
—¿Y deberías hacerte caso porqué...?
—Oh, bueno, si mi intención fuera la de lastimarla de alguna forma, créame que ya lo hubiera hecho; desde la entrada de la propiedad hasta aquí, cruzó por lo menos unas siete armas de fuego, sin mencionar las armas blancas que, en este momento, adornan la habitación —explicó, señalando las armaduras que estaban a los lados, sosteniendo grandes, pesadas y espadas antiguas que en algun momento fueron llevadas por soldados ingleses—. Y claro, también resaltar que cada guardia de seguridad posee al menos un cuchillo aparte de su pistola o fusil respectivo
—De acuerdo, ¿pero qué quieres entonces?
—Bien; vivo aquí solo, no tengo amigos o nadie cercano a mí, por lo que, simplemente, quiero pedirle que... —hizo una pausa, volviendo a analizar las cosas, si bien había ensayado su pedido, él sabía lo ridículo que sonaría, sabía que se estaba sometiendo a una posible humillación, a una burla sin más, a que ella se riese de él y luego simplemente se marchase, contando la anécdota a otros y volviéndose un chiste dentro de ciertos círculos sociales, pero es que ya estaba al borde de la desesperación, y aquella era su última carta, estaba dispuesto a correr ese riesgo con tal de tener algo de humanidad, con tal de que alguien estuviese allí con y para él, tratándolo como un humano— un abrazo, quiero pedirle un abrazo —dijo finalmente, sintiendo que, si bien el peso había bajado, aún continuaba con la carga sobre sus hombros y espalda, y debo hacer que la misma disminuya—. ¡Oh una caricia! Cualquier clase de contacto físico confortable que no involucre algo sexual, deseo simplemente que esté aquí.
Para ese entonces, se preparó mentalmente para la respuesta, de hecho, no pudo mantener la mirada sobre ella, terminó por apartar la misma, perdiéndola en el suelo, levantando débilmente sus murallas, aunque no pudo hacer lo mismo con la máscara. Él esperaba que ella se burlara, que por lo menos hubiera una risa pequeña, o contenida, algo que le hiciera ver lo bajo que había caído como para llamar a una prostituta para simplemente recibir algo de afecto. Era consciente de lo absurdo que debía verso en ese momento, de lo increíblemente tonto que parecería, seguro que ella le veía de esa manera, o incluso de una peor.
Un hombre de treinta y tantos, alto, grande, de personalidad alta y dominante, vestido con un traje jodidamente caro, en una casa cuyo recibidor era más grande que un apartamento promedio, rodeado de hombres y mujeres en el terreno que velaban por su seguridad , y luciendo tan pequeño, con las manos hundidas en los bolsillos mientras ni siquiera podía mantener sus ojos sobre los de ellas. Era simplemente humillante y patético, y él lo sabía.
Pero al contrario de lo que Mycroft pensaba, solo recibió una pregunta, una pregunta simple que poco parecía tener que ver con todo lo que se había dicho antes.
-¿Como te llamas?
Él levantó la cabeza al oírla, notó que ella lo vio ya con otra expresión, ya no estaba la mirada cautelosa y tampoco el estado de alerta, ahora solo parecía haber seriedad, y quizás también curiosidad.
—Mycroft —no se preocupó en dar su nombre real, al final del día, ella no era alguien de importancia realmente, y aunque el decirlo fuera grosero; si ella comentaba aquello, nadie le creería.
—De acuerdo; Mycroft, ¿solo quieres un abrazo ¿de verdad? — preguntó con sinceridad—. Es decir, no tienes que ser cortés conmigo, es mi trabajo, lo que quieres pedir estará bien, lo digo en serio, comprendo que quizás quieras ser más amable, pero no tienes que hacerlo. Lo agradezco, por supuesto, pero no tienes porqué.
—No lo entiende, y tampoco pretendo que lo haga —dijo mientras sonreía de forma nerviosa, negando con la cabeza, como ignorando sus palabras—. Pero realmente solo quiero eso.
Un silencio volvió a reinar entre ambos, la vista de él volvió al suelo, y sus manos se volvieron puños dentro de sus bolsillos, aquello en un vago intento de calmarse a sí mismo. Y es que, con cada segundo que pasó, más se arrepentía de haber tomado aquella decisión, porque llegó a aquel punto, ya no tenía vuelta atrás, y todo lo que le quedó, era seguir y ver a dónde llegaba.
—¿Tampoco es alguna clase de juego? Si lo es, dímelo, puedo seguirte la corriente, pero necesito estar al tanto, ya que...
—¡Ya lo expliqué! —la detuvo de que continuase, aún sin verla —. No hay juego.
Pasó a recriminarse y maldecirse a sí mismo por haber hecho lo que hizo, diciéndose que él no tenía derecho a reclamar nada, había vivido sin esas cosas toda su vida, solo necesitaba seguir mostrando aplomo, y superando los problemas como pudiese, pero en soledad . Así que iba a decirle que le pagaría y que podía irse, pero en cambio, notó que dos tacones se habían vuelto a acercar él, y no tardó en sentir una mano que se apoyaba en su mejilla. Si bien ella estaba de frente a él, continuaba sin poder mirarla, si levantase la mirada, estaría por completo vulnerable, es decir, de por sí estaba frágil en aquel momento, pero verla a los ojos solo lograría que él se rompiera sin más, y ya había hecho y demasiadas cosas en una noche, como para que también se dejase caer.
—Vamos, siéntate —le dijo con el tono más dulce posible, en tanto llevaba su mano a la espalda de él para guiarlo, obligándolo a tomar asiento en el sofá, ubicándose ella a su lado—. Ven —indicó mientras abría los brazos.
—No, descuide, entiendo que esto es extraño, y si quiere irse, puede hacerlo, no quiero que sienta la obligación de hacer esto.
—¡Cállate! Pediste un abrazo, y te lo daré —lo interrumpió, aún con sus brazos abiertos, haciéndole señas para que fuera con ella.
Él no lo pensó demasiado y decidió, a fin de cuentas, era eso lo que quería. Mycroft apoyó la cabeza en su hombro, hundiendo su rostro contra su cuello, sintiendo que ella lo rodeaba y acariciaba, a la vez que él llevaba sus manos a la espalda de ella, pero sin tocarla demasiado realmente, después de todo, la lencería era lo suficientemente reveladora, y él no pretendía aprovecharse de ello.
Sentía las manos de ella recorrer su espalda, subiendo de vez en cuando a su cabello, desordenando el mismo con demasiado cuidado.
Se quedaron así largos minutos, ninguno supo realmente cuánto, y el único sonido era el que producía el fuego de la chimenea al devorar los leños, y los leves suspiros que él dejaba salir de vez en cuando.
Ella podía sentir sus latidos, sentía como el corazón de él daba pequeños golpes contra su pecho, sentía su perfume, su calor, e incluso sentía cómo sus manos temblaban en su espalda, su respiración leve y algo entrecortada, que daba a entender que estaba nervioso y tal vez algo perturbado. Ese hombre alto y con aire autoritario que la recibió en su puerta, no era el mismo que ahora se acurrucaba contra ella en un intento de sentirse seguro. Era evidente que él no estaba bien emocionalmente, así como también lo era el hecho de que ella no podía simplemente dejarlo así e irse, porque si él intentaba algo o de plano lo logró en el momento en que ella se fue, inevitablemente sería parte de su culpa también.
En su área de trabajo, ella estaba acostumbrada a muchas cosas; no le gustaban, pero podía tolerarlas. Claro, tenía límites, aunque rara vez acudía a marcar los mismos. Pero aquella noche, estaba teniendo algo diferente, completamente diferente, y no sabía cómo sentirse al respecto.
—Oye, me gustaría recostarme, de esa forma tú podrías apoyar tu cabeza en mi pecho y quedarte a mi lado. Y tranquilo; no pienso irme aun.
Él asintió, separándose. En ese instante, ella reparó más en su físico, pero especialmente en sus ojos, parecían ser de un azul intenso y hermoso, uno que en ese momento lucía apagó y vacío. También notó la tensión en su mandíbula, y las líneas de expresión varias marcadas en su rostro, unas que lo hacían lucir más años de los que en realidad tenía. Se atrevía a pensar que todo él sufría de tensión durante el día, y parecía que genuinamente no tenía a nadie con quien tratar esas cosas, y aquello, lejos de ser triste, también era sumamente preocupante.
Ella se recostó, y Mycroft no tardó en apoyarse en su pecho, acostándose a su lado, ella lo abrazó casi inmediatamente, acomodándolo mejor, mal o bien tenían una hora, y si él solo quería estar así, ¿Quién era ella para impedírselo? Al contrario, aquello solo la motivaba a querer ayudar de alguna manera.
—¿Tú no tienes familia? —consultó con calma, si quería ayudar, primero debía conocerlo
—La tengo, no viven aquí, una excepción de mi hermano.
—Y supongo que no te debes llevar bien con él.
—No es tan simple —respondió casi de forma tajante, si bien ella quería saber más, tampoco era partidaria de presionar, puesto que no sabía a ciencia cierta cómo podía llegar a reaccionar él, aunque tenía la leve sospecha de que, si lo hacía , no sería de manera agresiva físicamente, al menos no dado el estado en el cual pareció encontrarse —. Es mi hermano menor —volvió a hablar él luego de un rato de silencio— y por desgracia es adicto hace algunos años, está ingresado por sobredosis en este momento, nuestros padres viven a horas siete de aquí, y preferí no llamarlos esta vez, mal o bien, mi hermano está ingresado y sedado, hacer que nuestros padres vengan, sería darles un pase libre para que me reprochen a mí por culpa de su otro hijo, y ciertamente: no tengo el humor como para soportarlos esta vez.
—¿Por qué te reprocharían a ti? No es como que tú le facilitas las drogas, ¿no es así? —respondió ella, llevando aquella vez su mano a su cabeza, enredando sus dedos en el cabello pelirrojo.
—No, no lo hago, pero como dije: soy el hermano mayor, y quien está a cargo de la seguridad y bienestar del inepto de mi hermano menor.
—Entiendo. Algo me dice que tus padres tienen hijo preferido, y que no eres tú —bromeó, aunque portando cierta convicción en sus palabras, ganando que él asintiera confirmando aquello, acomodando mejor su cabeza sobre el pecho de la mujer—. ¿Qué edad tiene tu hermano?
—Veinticuatro, nos llevamos siete años.
Un breve silencio se volvió a hacer presente entre ambos, ella lo abrazaba y acariciaba, y él simplemente se acomodaba y acurrucaba contra ella. La chica esperaba que en algún punto las manos de Mycroft subieran o bajaran hacia algún sector más "íntimo", por decirlo de alguna manera, como para "consolarse" de alguna otra forma. Pero en cambio, él solo se limitaba a tomarla por la cintura, aferrándose de ella, de hecho, intentaba que sus manos ni siquiera rozaran la lencería.
—Oye, supongo que lo sabes, pero igual lo diré: necesitas ayuda —rompió ella aquel silencio—terapia, específicamente.
—Me temo no es algo viable en mi posición.
—La salud mental siempre debe ser algo viable —respondió ella de manera firme.
—No en mi caso, si la prensa se enterase de que alguien en mi puesto asiste a terapia, se haría un escándalo mediático sin otra opción, seguramente me retirarían mi carga ya que se estipularía que no sano mentalmente, y que no soy competente , algo erróneo, por supuesto —explicaba él, su tono sereno y calmado, hacía eco contra su pecho cada que hablaba.
—No puedes estar seguro de eso, hay terapeutas discretos que...
—Siempre estoy seguro, y siempre tengo razón —la interrumpió con tono inflexible—. Muchos ansían poseer mi cargo, y si no fuera porque mi familia depende de él, habrían entregado el mismo hace ya mucho tiempo, ni todo el dinero, joyas y poder, podrían hacerme cambiar de opinión con respecto a ello. No me gusta mi trabajo, estoy obligado a permanecer en el mismo. Así que la terapia no es una opción.
—Bien, pero creo que estarás de acuerdo sobre que, hablar de lo que te sucede, es algo bueno, porque te ayuda a liberar cierta carga —él consiguió inmediatamente, y le pidió si podía volver a acariciar su cabello, algo que ella duraba sin problema, viendo que su comentario inicial, pidiéndole que le dijera qué cosas le gustaban, sí fue respondido, aunque de forma mucho más inocente—. Quizás un amigo pueda ser útil en este caso.
—No tengo amigos —respondió frío, algo que era verdad, Mycroft Holmes jamás había tenido amigos, al menos no unos reales, él poseía conocidos, colegas de trabajo o personas que lo recomendaron un "amigo", pero no una persona con quien compartir algo más que una copa en las galas, un archivo, o de plano una orden.
—¿Ninguno? —él negó con la cabeza— ¿por qué?
—Bueno, dada mi persona, la gente que se acerca a mí, posee únicamente uno de los siguientes motivos, o quiere mi favor, o quiere mi dinero. En algunas ocasiones, deseando ambas cosas. Así que prefiero alejarme de la gente.
Ella suspiró con pesar al oír aquello. Sus ojos se apartaron de la figura que se acurrucaba a su lado, y dieron un breve recorrido por toda la sala. Aquella era una habitación muy amplia, en la cual había una gran chimenea y un entrepiso lleno de grandes libreros, a los cuales se accedía mediante una escalera en forma de espiral. El suelo era de madera, pero no cualquier madera, era una madera oscura, dura y gruesa. A unos metros de ellos, había un gran piano de cola, ubicado justo sobre una alfombra lo suficientemente cara como para que saltase a plena vista. Y claro, sería estúpido no mencionar los muebles, o las decoraciones que no parecían ser solo una "imitación del oro".
Solo en aquella habitación, había tanto dinero como para comprar un apartamento relativamente amplio. Así que era normal que las personas quisiesen su dinero, y ella no era ajena a esa clase de conducta por parte de los desconocidos, por desgracia no lo era.
—Creo que puedo entender ese último punto —respondió ella luego de un rato.
—Sí, vi cuánto cobras, seguro que no debes estar falta de lujos —bromeó él, ganando que ella dejara salir una sonrisa leve y sincera, era bueno que bromeara, porque indicaba que se sentía algo mejor.
—Entonces espero que el abrazo y la charla estén valiendo la pena.
—Bastante, sí —respondió, dejando salir un suspiro, aquello mientras aún tenga sus ojos cerrados—. Gracias por decidir quedarte.
—Hubiese sido una estúpida si me iba, y créeme; no soya estúpida.
• • •
Ella ya estaba lista para irse, se había vuelto a vestir luego de que la hora finalizó, aunque siendo sincera con ella misma, se habían quedado unos minutos más con él, como si el reloj no importase realmente.
—De acuerdo, supongo que debo pagarte ahora —mencionó, aquello mientras tomaba camino a su estudio a por su billetera, no pensaba dar más que dinero en efectivo, si bien él no había pagado por sexo, de igual manera prefería que la cuenta " dama de compañía" no apareció en las facturas de sus finanzas, más aún porque su solía ver las cuentas de vez en cuando, aunque no hacía nada realmente, Mycroft no permitía que nadie tocara sus cuentas.
—¡No, déjalo! Si te cobrara, sentiría que abusé de ti, a fin de cuentas, no hicimos nada realmente.
—Dije que quería una hora, no especifiqué para qué, por lo cual debo pagarte.
—De verdad, no voy a aceptar tu dinero, Mycroft.
—Insisto en que sí.
—¡Y yo insisto en que no lo tomaré!
Para ese entonces, ella estaba terminando de cerrar su gabardina, notando que tenía aquellos orbes azules sobre sí. Si no fuera porque se acurrucó con él durante una hora ininterrumpida, se sentiría intimidada.
—De acuerdo —dio finalmente su brazo a torcer, aunque no estaba de acuerdo con la decisión—. ¿Puedo saber tu nombre?
—¿Para qué?
—Para saber a quién pedir en caso de volver a necesitar hablar con alguien, es decir, no quiero volver a pasar por toda esta explicación, siendo tú, sabrás qué es lo que quiero —y dejando salir un leve carraspeo, añadido— sin mencionar que me pareciste alguien confiable, normalmente no haría esta clase de afirmaciones sin una base digna, pero tomaré el riesgo esta vez, solo esta vez.
Una muy pequeña sonrisa tiró del labio de la chica, definitivamente ese aspecto de hombre autoritario, demandante y poderoso era solo una fachada, detrás de aquella máscara, se ocultaba un ser humano que tenía un corazón que latía lo suficientemente fuerte como para tener que silenciarlo .
—¿Cómo quieres que me llame?
—No, quiero saber tu nombre.
"Quizás lo autoritario sí sea parte de su personalidad".
Logró pensar ella, aunque se decidió a responderle.
—Antea.
—Tú nombre real, no el que utilizas en el trabajo.
—Ese no tienes motivos para saberlo —dijo con aire juguetón, viendo que él rodaba sus ojos, aunque aceptó aquello.
Anthea tomó un bolígrafo que había sobre una pequeña mesa de café, para luego tomar y jalar hacia sí mismo el brazo de Mycroft, escribiendo el número en su palma.
—Pero la próxima vez, solo llámame directamente a mí, ¿de acuerdo? pero hazlo con algunas horas de antelación, así no te toparás con mi "horario laboral".
—De acuerdo.
Sin pensarlo demasiado, ella se acercó a él, y haciendo uso de la altura extra que sus tacones le otorgaron, se las arregló para dejar un beso en su mejilla, beso que dejó su marcado labial, y regalándole una sonrisa amable, se marchó, volviéndolo a dejar solo.
