Segunda Escena.
Todos tienen discusiones, las relaciones no son perfectas.
Una pelea es asunto de dos...
El último en entrar azotó la puerta, y el silencio que siguió fue denso e incómodo para ambos. Últimamente, aquello ocurría con demasiada frecuencia.
Ninguno creía en las relaciones color de rosa y quizás únicamente Tai, por su buena vida familiar, era más propenso a pensar que, aunque no eran tan fantasiosas como las pintaban en las películas o programas de tv, sí existían.
Yamato no lo había dicho pero, no estaba muy lejos de esa realidad..., él sabía que existían pero que no eran para todos.
Esa noche, tras regresar de una supuesta cena, el ambiente estaba caldeado y ambos tenían deseos de pelear. Era curioso como ese pequeño nudo en el estómago crecía hasta convertirse en algo que oprimía el pecho y que empujaba a gritar; tal como el genio de la lámpara que, de ser diminuto, se inflaba y erguía por encima de las cabezas para, con voz imponente, hacer notar su presencia.
–¡No sé por qué estás tan enfadado! –el chasqueo de las llaves, al caer sobre la mesita de cristal, pareció muy claro tras la voz de Tai–. ¡La última vez ocurrió lo mismo!
Éste tomó aire y soltó:
–¡Y fueron tus amigos!¡Tus amigos!
–¡Oh! –Yamato se tensó–, no fue igual...
–¡Claro que sí!
–¡Yo no me fui con ellos! –exclamó el rubio en defensa propia.
–¡Pero se quedaron... AHÍ! –Tai apuntó hacia el sillón, refiriéndose a que se habían sentado con ellos arruinándolo todo–.¡AHÍ! ¡Interrumpiendo! ¡En medio de nosotroooos!
Era verdad pero, para Yamato, eso no justificaba el enfado del moreno. No cuando lo que éste solía hacer, superaba a su propia falta.
–¿Y qué con los tuyos?
Yamato se había acercado a Tai y éste, sin retroceder, le confrontó:
–¿Qué?
–¡Te fuiste con ellos! –enfatizó, sólo por si Tai no terminaba de entender que ése era un problema para él–, ¡TE FUISTE! ¿O qué? –le empujó por el hombro, buscando hacerle reaccionar–. ¿Esperabas que me sentara en la barra y que desde ahí te viera conversar con ellos?
Tai miró su hombro y sacudió la cabeza, aunque tenía la impresión de que más allá del empujón de Yamato realmente había sido golpeado por la pregunta.
–¡Pues es exactamente lo mismo!
–¡Dios! –Yamato quiso reír.
Estaba frustrado...
–¡No! ¡No lo es! –añadió.
–Si te hubieras sentado con nosotros, sentirías lo mismo que yo siento cuando estoy entre ustedes y hablan de acordes, pistas, música e... ¡Ishida! –sólo entones le devolvió el empujón en el hombro, a centímetros de elevar el puño al rostro a sabiendas de que el rubio se defendería si comenzaban a pelear como niños–, ¿¡qué demonios es Aerosmith!
En momentos como el que mencionaba, Tai se desparramaba en el asiento y con mala cara se limitaba a comer esperando que Yamato y sus amigos acabaran.
–¡ES! ¡ES... –el moreno sacudió las manos, haciendo un marcado énfasis en que se le habían agotado las palabras y eso le desesperaba–, ¡ESPANTOSO! ¡MORTAL!
No era la expresión que buscaba mas, con los puños apretados, Tai se contuvo. Ya era suficiente el haber echado el cuerpo hacia el frente, reclamándole al otro.
Yamato rodó la mirada y sintió que era inútil continuar.
–Al menos te incluyo...
Y el rubio ya no quiso gritar.
–Lo hago.
Las cosas seguirían así mientras los amigos, de ambos, no supieran que como pareja..., ellos necesitaban tiempo a solas. Pero claro, aunque había muchas razones, sólo existía una por la cual aún no soltaban "la bomba", como Tai la llamaba, ante éstos.
Y esa era, que el moreno le había pedido tiempo.
¿Cuánto? Debió de preguntar antes de aceptar. Ahora parecía un muy mal trato que, indirectamente, sólo les estaba haciendo pelear.
–Olvídalo –escupió Tai.
Y sin más se perdió en dirección a la cocina y regresó con una botella de agua fría a la mitad, su enfado había mudado a una seriedad que no le sentaba nada natural. Yamato, ahora en el sillón, le siguió con la mirada esperando lo que sea que éste tuviera que decir pues Tai era de quedarse con la última palabra y de soltar algo más antes de dar por hecho que habían terminado.
–Vayamos a dormir. Mañana es lunes...
El rubio arqueó una ceja, ver ceder sin las palabras exactas al otro era prueba de que, en toda esa discusión, ambos tenían algo de equivocados. Y notándolo a tiempo, se aferraría a ello.
–No –replicó poniéndose en pie.
Tai rodó los ojos, viendo como éste se acercaba a él.
–Entonces haz lo que quieras. Yo, me iré a dormir.
–Tampoco...
El chico gruñó, extendió los brazos haciendo el ademán familiar que insinuaba un ¡Entonces!, ¿Qué quieres de mí? Y no salió de su asombro cuando Yamato le tomó por la muñeca y tiró de él, suave pero firme, rumbo a la puerta.
–¿¡Qué!
–Vamos por un café.
–¿Café?
Yamato afirmó, acababa de notar que tenían esa costumbre de repetir lo último que el otro decía, como si pescaran las palabras a medias y quisieran reafirmar lo que ocurría. Obviamente vivir con alguien, terminaba haciendo que ciertas mañas se pegaran..., hasta la forma de hablar.
–Nuestros amigos no son de cafeterías –le explicó con simpleza. Si querían tiempo a solas sólo había que buscar otro lugar, como ese departamento, que fuera un refugio–, sólo hay que encontrar una abierta a estas horas.
–¿De verdad?
El moreno, algo fuera de sí, no parecía acabar de creerse aquello.
–Claro –insistió Yamato mientras el aferre cedía para convertirse en un entrelazar de manos.
Y Tai pareció entenderlo finalmente, porque dejó de ser arrastrado para caminar a la par del otro; alcanzó a tomar las llaves y hasta a preocuparse por cerrar el departamento. Si todo se solucionaba así de fácil, ahora no entendía porque hasta hace unos minutos, habían estado gritando.
–Resulta que conozco un lugar... –murmuró Tai, guardándose las llaves en el bolsillo.
En realidad, y Yamato lo sabía bien, aquello no acababa ahí..., pero nunca era bueno irse a la cama estando enfadados.
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