Tercera Escena.

Así era como debía de sentirse, el estar estúpidamente enamorado...


Dos más dos, son...

Taichi Yagami prácticamente había jurado que no pisaría una cafetería hasta que tuviera treinta o le salieran canas, lo que ocurriera primero, pues la idea de sentarse en un sofá y beber una taza de café le parecía tan absurda como abandonar el soccer o ver noticieros para algo que no fueran las repeticiones y comentarios de los partidos. En esos lugares no había televisores y el ambiente era tan de murmullos que sentía picazón en el cuello y una marcada incomodidad.

Pero claro, la única razón para su cambio de planes tenía cabello rubio, ojos azules y sonreía dejando ver un hoyuelo inesperado en la comisura de la boca. Ése, que a él mismo le provocaba el deseo de devolver la sonrisa mientras se hundía en el sillón con absoluta vergüenza.

Yamato.

Así era como debía de sentirse, el estar estúpidamente enamorado...

La sonrisa de Yamato era un gesto diferente al del día a día, era casi cómplice y seguramente se debía al saber que había conseguirlo hacer que él, un anti cafeterías, estuviera ahí... cómodo y con un frappe helado en las manos.

Técnicamente no es café, se había defendido las primeras cuatro veces mostrándole el vaso con la crema, las chispas, el jarabe de chocolate y demás; pero luego comenzó a pedirlo con naturalidad y se olvidó de las muchas otras opciones que tenía el menú. Señal ineludible de que ése le gustaba, tal y como era.

Al final, tras casi un mes de visitar el lugar con marcada frecuencia, había descubierto que las cafeterías no eran tan malas y que incluso tenían pasteles y otros postres que apelaban a su gusto por las cosas dulces.

Además, ese lugar era de ellos.

Yamato jugaba sucio, al haberle mostrado un sitio así.

Desde que acudían a esa cafetería no habían tenido interrupciones de algún amigo que les veía a lo lejos y se acercaba, como ocurría en los restaurantes y clubs, a saludar y quedarse por la noche entera. Ahí todo era tranquilo y podían hablar en paz, adueñándose de algún sillón mullido de aquellos que no daban la cara a la puerta sino a alguna pared. Incluso, si iban a deshoras de la madrugada los pocos meseros se sentaban a cabecear en la barra y a conversar entre sí..., el servicio desmejoraba pero los escasos clientes se enfrascaban en sus asuntos y nadie parecía tomarle importancia a los demás.

Era una forma extraña de tener intimidad en público pero, también algo que ellos habían necesitado. Hacer algo como pareja, sin que fuera escondiéndose en un departamento..., y a todo eso, ahora recordaba ese tema del que había estado hablando con Yamato.

Su sien palpitó y se metió la cucharita del frappe en la boca para no gritar entrado en ¿pánico?

Días atrás Hikari había ido a visitarle y, culparía siempre a Yamato aunque hubiera sido él mismo quien le diera la llave a su hermana, ésta les había encontrado en medio de una escena que gritaba cualquier cosa menos ser simplemente compañeros de casa. El rubio cuidaba la cena en la estufa y él, aburrido ante la espera, se había acercado por detrás para deslizar un brazo por la cintura ajena y hablarle al oído.

Obviamente el alma le había abandonado el cuerpo por segundos, cuando escuchó la vocecita saludando y soltando las llaves sobre la mesada. Con el respingo que pegó y el empujón que le dio a su compañero, era afortunado de que Yamato tuviera reflejos y no se hubiera quemado las manos.

De hecho, lo detestaba un poco por haber sido capaz de conservar los modos y simplemente preguntar si ésta quería quedarse a cenar.

A partir de ahí, Hikari también había jugado sucio soltando que tenía novio y que quería presentárselo a su hermano, y también a Yamato... Que ella lo incluyera en la ecuación, ahora le provocaba cierta tensión, pues Hikari sabía algo que él no estaba listo para decir. Su hermanita era hábil y estaba usando eso a su favor, suponiendo que así él no podría enfadarse tanto con la espantosa buena nueva que llevaba.

Sin embargo, ¡claro que sentía enfado!

No era lo mismo él, con el otro; que la chica con quien sabe quién...

–¡Te imaginas! –exclamó ante el rubio, que le miraba paciente pese a la larga pausa que había hecho en toda aquella charla–. Es una niña aún, ¡novio! –negó con énfasis y añadió–. ¡Simplemente no lo permitiré! Ya sabes lo que los chicos quieren y no, no..., ¡es mi hermanita! ¡Nadie va a ponerle un dedo encima mientras Taichi Yagami siga vivo!

Claro, era un poco exagerado y se refería más al tener que aprobar a esa otra persona pues sólo si él lo consideraba bueno para Hikari, entonces les dejaría seguir, aunque eso no evitaría que gruñera al verlos juntos y que no lo aceptaría nunca en voz alta.

Por supuesto, sería capaz de asesinar al susodicho si se atrevía a herirla.

–Jamás...

Yamato sonrió y le dio un muy tranquilo sorbo al café, dispuesto a interrumpirle.

–Tienes que admitir que no es tan niña –inició, mirando siempre a Tai–, además es bonita. Muy bonita y era natural que alguien quisiera estar a su lado.

–¡Estar a su lado! –el moreno saltó en su lugar con cierta indignación.

–Vamos, sabes que no me refiero a eso –le aclaró Yamato–, sino al quererle bien.

Quererle bien, quererle mal...

Tai masticó la diferencia y no le tomó ni un segundo descubrir que el problema era precisamente ése, ¿cómo iba a saber si le quería bien?

–Es mi hermana –replicó con un tono afilado–, no voy a permitir que cualquier entrometido quiera meterse en su vida. ¿Cómo sabes que no quiere aprovecharse de su inocencia y buen corazón? ¡¿Qué busca sólo un momento? ¡¿O... o...

El enfado bloqueó lo que pensaba, así que bufó, gruñó, se cruzó de brazos y terminó removiéndose en el asiento queriendo patear la mesita que tenía enfrente. ¡Por favor!, ¿por qué su hermana tenía que crecer? Aún recordaba cuando ésta quería jugar a las muñecas y él prefería llevarla al parque para enseñarle soccer.

Si pudieran volver a esos momentos, todo estaría bien.

–No quiero que cualquier bruto se le pegue como lapa –confesó por lo bajo.

Y no había sido tan difícil ponerlo en palabras claras. Le aterraban los besuqueos, las salidas a solas, los primeros escarceos y...

Todo, todo lo que él hacía a su modo con el rubio.

Por eso respingó cuando Yamato asentó el brazo sobre sus hombros y le jaló hacia él, su instinto purgaba por apartarlo y mirar a todos lados para saber si alguien había notado aquello pero, habiendo sólo personas enajenadas, resopló y se acomodó mejor.

–Esto no me sirve de consuelo –murmuró con aires de queja.

–¿No?

–Realmente no...

Los dedos de Yamato entre los suyos podrían entretenerle pero no resolvían el hecho de que su pequeña hermana estuviera besuqueándose, y quien sabe qué más, con un chico del que no sabía nada.

–Takeru...

Arqueó una ceja, ¿qué le hacía pensar a Yamato que él querría cambiar de tema y hablar del rubio menor? Le observó, como si se hubiera perdido en el tema de conversación y le cortó de golpe, negando con marcado énfasis.

–No es lo mismo, él es hombre.

–No Tai, escucha...

–Ya –le zanjó de nuevo–, sé que tienen la misma edad pero no es lo mismo ser hombre que mujer. No, no quiero decir que yo sepa o quiera saber la diferencia, es sólo que...–arrugó el entrecejo, en un gesto de frustración–, ¡Yama! ¡Es mi hermanita! Ella es tan... tan... ¡es Hikari! Vamos, recuérdala... es dulce y...

Y Yamato le interrumpió plantándole un beso que, aunque correspondió, sabía era para callarle; sólo así haría una pausa en su verborrea y el rubio tendría la oportunidad de hablar. El rubor cubrió su rostro, subió hasta sus orejas, y fue ese bochorno el que le aplacó.

–Takeru es su novio.

Grandes, muy grandes, Tai abrió los ojos tras el segundo inicial en el que todo había embonado para él.

–¿Takeru?

Yamato afirmó.

–Takeru –saboreó el nombre y lo que venía con él, repentinamente algo de calma aplacó sus temores y luego, recordó que no..., nunca..., ¡ni siquiera que fuera el hermano de Yamato solucionaba las cosas!

Así que le miró desafiante, Takeru no tenía puntos extras ni porque Yamato estuviera con él. Eran asuntos muy diferentes, y no... no cedería tan fácil.

–Da igual –sentenció–, si le hace algo a Hikari le mataré.

–Ya sé.

–¡Lo digo en serio!

El rubio sonrió y negó, muy divertido de algo que él parecía no entender.

–No te preocupes Tai –le estrechó bajo el abrazo–. Todo quedará entre familia.

Familia.

Abrió la boca para objetar y arrugó el entrecejo cuando no lo consiguió.

Eran las mismas palabras que Hikari había mencionado al despedirse de él aquel día, ella quien ya sabía lo que ellos eran y lo que hacían juntos. Hikari quien no había mencionado la realidad sólo por comprender que él, aún, no lo había asumido; aquella que Yamato sabía desde el comienzo y por la cual le mirada tranquilamente mientras él repasaba todo prácticamente en cámara lenta.

Yamato y él, eran pareja.

Pareja.

No eran amigos experimentando ni novios casuales, eran pareja. Cuan fuerte y significativa era esa palabra, cuan abrumadora y comprometedora.

Pero sí, lo eran.

El peso de saberlo, aún le estorbaba en los hombros...

–Aún así, si le hace algo se las verá conmigo –recalcó cruzándose de brazos. Tenía el rostro rojo y ya no precisamente por el coraje. Para mal suyo, Yamato simplemente se estiró hacia la mesita y a modo de tregua le ofreció la rebanada de pastel que había quedado rezagada con toda aquella plática.

A veces, sólo a veces, quería golpearlo por estar un paso delante de él.

Pero ya llegaría el momento de poder decir aquello en voz alta y frente a su hermana, frente a sus padres y ante todo aquel que fuera necesario para ya no esconderse. Sin embargo, mientras eso ocurría, Yamato tendría que saber esperar y ceder todas sus rebanas de pastel.

–No está nada mal –concluyó, llevándose un pedazo a la boca.

Si las cosas iban bien, todo quedaría entre familia...

oOo