~ MAYO
Quinta Escena.
Las palabras que uno busca en el diccionario, son las que siempre vamos a recordar.
Pingüinos
Si le preguntaban que prefería entre frío y calor, Taichi Yagami siempre elegiría calor en temporada de frío y, obviamente, frío en temporada de calor. Cuando tenía todo el colchón para él, dormir despatarrado en la cama siempre había sido sencillo, tirando sábanas y rodando de acá para allá. Pero ahora, Yamato ocupaba la otra mitad.
Ceder parte de su espacio, de su cama y de su mundo, para permitir que el rubio entrara en su vida no le parecía ninguna clase de sacrificio. De hecho, y aunque se quejara mucho respecto a ese tema, no imaginaba otra forma de vivir y de ser feliz.
Además, tenía sus privilegios; cosas como el ver dormir a Yamato, sin pijamas o interiores, con nada más que la delgada sábana enredada al cuerpo.
Hacía calor y el aire acondicionado no funcionaba...
Hacía calor, y Yamato dormía como si no importara.
Qué afortunado era el rubio al poder simplemente cerrar los ojos, acomodarse, y quedarse dormido hasta el día siguiente; él no podía, entre el calor y todo lo que tenía en la cabeza. No diría que eran preocupaciones realmente sino cosas de las que comenzaba a darse cuenta y que, pensándolo bien, se convertirían en fortalezas para cuando necesitara valor.
No era cobarde, siempre daría la cara cuando alguien le necesitara, pero se había dado cuenta de lo mucho que temía el decir en voz alta cuanto le gustaba Yamato. Ahora era obvio para Hikari, probablemente algunos de sus amigos cercanos lo intuyeran y, aunque sus padres estuvieran en la luna..., él los quería y por eso temía enfrentarles.
Ser rechazado dolía, y ciertamente no estaba acostumbrado a perder a nadie. Había sido afortunado al siempre tener amigos, ser aceptado por otros, y para que su familia se mantuviera unida.
Mirando al rubio, solía preguntarse qué tan diferente había sido la infancia de Yamato.
Todavía podía recordar al niño con gesto desafiante y siempre distante, ese niño que había sido de pequeño, cuando él le conociera, siempre respondiendo tajante y dispuesto a pelear. Yamato, en aquel entonces, no quería involucrarse con otros ni permitía que alguien se acercara a él. Con el tiempo había cambiado, Yamato no sólo había hecho amigos sino que era más libre y sincero consigo mismo que en el pasado.
A su manera, Yamato estaba buscando el ser feliz y le había elegido a él para compartir esa vida. ¿Podría haber algo más especial que aquello?
Detuvo sus pensamientos al escuchar un gruñido pero sonrió al darse cuenta de que el rubio no había despertado al leer su mente, que no reprocharía por un arrebato de psicología barata con el que alguien intentaba explicar su personalidad. Yamato dormía, y entre sueños simplemente giraba y había murmurado algo inentendible. En algún momento tendría que decirle que no roncaba, como él; pero que, en lugar de eso, gruñía.
Y de pronto recordó una vieja charla, de años atrás, Yamato y él debían de tener entre once y doce años. Tras el colegio, aún con uniformes y mochilas, se habían escapado a un acuario cercano que no tenía mucho de inaugurado. Era increíble lo abrumadoramente rápido que transcurría el tiempo pues, ahora ese lugar era considerado viejo.
Prácticamente habían llegado al final del recorrido y como Yamato seguía sin responder su pregunta, recordaba haber vuelto a insistir.
–Entonces, ¿cuál es tu animal favorito?
Yamato le había devuelto la mirada para arrastrar un murmullo de indecisión.
–¡Vamos! No es tan difícil –le había apresurado.
–Los pingüinos emperador –el rubio apuntó hacia la sala que dejaban atrás.
–¿Bromeas?
–No.
–No, sí bromeas –él había sonreído anchamente y la respuesta de Yamato fue un simple rodar de ojos mientras salían del lugar–. ¡Ey! ¡Ey! Ve despacio, ¿por qué los trajeados? –inquirió en alusión al color de las aves.
–¿Vas a burlarte de nuevo?
–¿¡Qué! No, yo no... –levantó las manos y tensó hombros, indefenso ante la queja. Hubiera querido decir que no se burlaba, pero el rostro de su amigo dejaba en claro que era mejor cerrar la boca y no hundirse más.
Simplemente negó, y la respuesta llegó.
–Porque son monógamos.
–¿Monóg...
Aún tenía la clara sensación, que ahora le causaba risa, de su ceja levantándose ante la palabra de diccionario del otro. Vamos, que tenía once años y no vivía con la cabeza en un libro; él era un hombre de acción, uno que puso su casa al revés buscando un diccionario. Y que, mientras arrugaba las páginas apresurado con tal de encontrar la palabra, había sido descubierto por Hikari y avergonzado por una chiquilla que le había explicado todo de forma muy fácil.
–Quiere decir que papá y mamá se quedan juntos siempre, que forman una familia y que cuidarán de sus bebés...
¿Por qué una niña de ocho años sabía algo como eso? No tenía idea, pero Hikari siempre había sido muy despierta para su edad. En aquel entonces no lo había entendido, no como lo hizo al crecer, pero Yamato quizás se refería a que quería estabilidad en su vida.
Una familia y un hogar, no eran otra cosa que tener un lugar seguro al cual siempre volver. Yamato no tenía eso, sus padres se habían divorciado y pasaba mucho tiempo solo; el rubio siempre decía que estaba bien con eso, obviamente acostumbrado, pero eso no significaba que no quisiera algo más o diferente.
Algo, como lo que ahora tenían...
Estaban juntos.
Además, por fortuna Yamato no había dicho que le gustaban los caballitos de mar.
Sonrió, pues seguramente el rubio recordaba esa conversación pero jamás la mencionaría. Probablemente se avergonzaría si él la sacaba a colación y, aún más si recalcaba que Yamato deseaba lo que no había tenido de niño. En el fondo, éste siempre había sido un chico amable y sentimental aunque no permitiera que todos lo descubrieran.
Acercándose a él, delineó la columna de Yamato y al verlo estremecer, pegó los labios al hombro desnudo del otro. Transcurrió poco menos de un minuto, antes de que el chico bajo el abrazo se moviera otra vez.
–Tai –murmuró Yamato–, son las 4am...
Seguramente había visto el reloj sobre la mesita, porque él no tenía idea de la hora y tampoco mucho interés.
–Ajá...
Yamato arrugó el entrecejo, más adormilado que nada, y sólo añadió:
–¿Te sientes bien? ¿Qué haces despierto?
El moreno apretó el brazo en torno a la cintura, la piel desnuda contra la suya podía desviarle de sus pensamientos y las manos podrían írsele hacia abajo, a donde la piel se volvía más suave y sensible. Por eso bufó acalorado, pero ahora de buen modo, y decidió hablar antes de perderse entre tangentes.
–Sí, sí... todo bien. Escucha –alargó la mano para acariciar los cabellos rubios–. Quiero ser un pingüino.
–¿Qué?
–Que quiero ser un pingüino...
Con el silencio de Yamato y su afirmación flotando en el aire, comprendió lo extraño que aquello sonaba sin el contexto adecuado. Parecía una locura aunque era una verdad absoluta para él, quería quedarse con el chico al que abrazaba, quería vivir esa vida a su lado, compartirlo todo. Y sí, envejecer juntos también.
La monogamia, y gracias al cielo podía pronunciarlo, era para él. Y no importaba si Yamato no había entendido esa inusual declaración a las cuatro de la madrugada, elaborada con metáforas basadas en conversaciones infantiles; era una verdad, su verdad, y punto.
–Tai... –el tono de Yamato era titubeante.
–Nada –así que Tai le interrumpió, besándole la nuca–, vuelve a dormir.
Si Yamato se esforzaba en entender, terminaría despertando. Y aunque podían conversar toda la noche, tenían toda una vida por delante. No había necesidad de precipitarse y correr; además, ver dormir al rubio tenía sus ventajas.
Espantar miedos tontos, miedos como la posibilidad de perderle, era algo que conseguía cuando le miraba dormir.
oOo
Tai quiere ser un pingüinooo~
Como curiosidades, siempre se cita a los pingüinos emperadores como una especie monógama (y si han visto La marcha de los pingüinos seguro terminaran diciendo –awww, tan fieles ellos–) pero leía por ahí que en realidad es una monogamia seriada. O sea que son monógamos durante una temporada de apareamiento y la siguiente, puede que sí o puede que no; todo depende de que se encuentre de nuevo.
La segunda curiosidad es que, y les pido que lo tomen con reservas porque no todo lo que está en inter es ley, encontré una página en donde afirmaban lo siguiente: "puede haber dos machos o dos hembras que viven como pareja durante toda su vida y roban huevos de otras parejas para criar a los polluelos." O.o..., ¿será? Para cosas curiosas, me pareció digno de comentar.
Bueno, para fines del fic: Los pingüinos son monógamos y Tai quiere ser uno xD.
