Octava Escena.
Era reservado pero, no cobarde...
Valiente
–Entonces, ¿iremos a la fiesta juntos?
Un paso hacia delante y una sonrisa pequeña parecieron convencer al chico, quién afirmó y le regaló una sonrisa en regreso.
–¿En verdad? –inquirió, con la clara emoción en la voz.
–¡Claro!, me parece genial...
Tai bufó ante la escena que ocurría a no más de dos metros de distancia, justo frente a él. Aquella parejita llevaba buen rato filtreando y él tenía ya un nudo en el estómago, con ganas de gritar que se consiguieran un cuarto; todo el coqueteo de la chica, las sonrisitas, el inclinarse hacia el muchacho cada que hablaba, jugar con su cabello mientras le miraba y tocarle ligeramente en el hombro o las manos..., le enfermaba.
¿Por qué no era así de fácil para ellos? ¿Para él?
Y no, no se refería al coqueteo de colegiada, sino al hecho de poder hacerlo y ya; al no tener que preocuparse por ser mal visto, escuchar algún murmullo en dirección a donde estaban o simplemente estar tan nervioso como para atinar a dar una palmada en el hombro, de esas de compañeros de soccer, cortar la cercanía del rubio y marcharse por la calle caminando a un prudente paso de distancia uno del otro.
Ahora tenían esa cafetería para ellos, ahí podía relajarse y hasta besarse fugazmente cuando nadie miraba, y también estaba ese departamento que compartían, podían hacer lo que quisieran ahí, mas era obvio que no resultaba suficiente para Yamato -aunque éste no hubiera insistido más- y, ¡tampoco lo era ya para él!
Vivía escondiéndose, o al menos así se sentía. Temiendo ser sorprendiendo, saltar en su lugar para negar lo que ocurría o, peor aún, tener que salir corriendo para no enfrentarse a la verdad.
–¿Vamos al cine?
–Pero si fuimos apenas ayer...
–¿Y qué? –un chico, que debía de tener su misma edad codeó a su acompañante–, es otra de terror.
–Ok, ok –aceptó el aludido–. Vayamos.
Los colores se le subieron al rostro, a pesar de ser moreno, y de pronto se sintió observando algo que era en sumo íntimo. ¿¡Y qué descaro ajeno el andar por la calle ventilando algo así! Enderezó la espalda y observó al par que se marchaba, de lo más tranquilos..., ¿de verdad sería lo que él estaba pesando? O, ¿sólo se veía reflejado?
La complicidad, las miradas, el tocar al otro..., ¿y qué? Observó a un lado y al otro de la calle, a nadie parecía importarle, el mundo seguía girando y todos permanecían concentrados en sus propios asuntos; la sencillez de su vida se había esfumado pero no estaba dispuesto a recuperarla, no si acaso eso implicaba dejar a Yama.
Aún así, consciente de ello, la situación le provocaba dolor de cabeza.
Y eso era el problema, ¡todo estaba en su cabeza!
La voz de Yamato, taladrando con aquella verdad, se lo recordó...
–¿No te importa lo que crean los demás?
–Me importas tú –recalcó el rubio.
Tai torció la boca y negó.
–Eso no es lo que pregunté...
–Oh, piénsalo... –el rubio se encogió de hombros–, nadie recuerda a la gente que ve en la calle, y si llegan a hacerlo... da igual, no volverán a verla.
Aquella había sido una de las pocas charlas que tuvieron sobre el tema, esas que desesperaban a Yamato y a él le provocaban ansiedad. Recordándola sintió el rostro, el cuello y las orejas rojas , todo por una oleada de furia y vergüenza a la par.
Taichi Yagami no era un cobarde.
De hecho, Taichi era un chico muy valiente...
Recordaba bien sus aventuras infantiles, las miles de veces que se había trepado a un árbol alto sólo por el gusto de poder, bajar un balón atorado en las ramas o un gato que no pudiera bajar; el escabullirse fuera del salón de clases por los balcones y también el pelearse con gente más grande que ocupaban la cancha de soccer cuando no era su turno.
Y ahora, años después, era también un hombre decidido.
¿Acaso no había sido él quien se plantó frente a sus padres para decirles que no quería estudiar lo qué estos querían sino otra cosa? ¿No se había mudado aún cuando le dijeron que no tenía necesidad de hacerlo? ¿No había comenzado a trabajar y ahora pagaba sus gastos por su cuenta? Sí, lo había hecho todo con creces y estaban muy orgullosos de él...
–No, Yagami.
..., y descubrió que ahí estaba el origen de su miedo e incomodidad; ese pequeñito que había ido alimentándose de sus preocupaciones hasta convertirse en una sombra tenebrosa que se erguía tras de él cada que quería sincerarse con sus padres y tener algo de paz. Aunque antes había hecho cosas que éstos podrían desaprobar..., la situación era diferente pues se trataba de él, todo lo que él era y no sólo de una parte de su vida.
Sería rechazarle a él, como persona, sería drástico y de raíz.
¡Y era una absoluta estupidez!, era un buen hijo y eso no cambiaría por haberse enamorado de otro hombre; era un miedo estúpido y paralizante que le hacía sentir cobarde. Además, su madre amaba a Yama.
¡Eres como de la familia!, ella le decía siempre.
–¡Tai!
La voz familiar le arrancó de su pequeño y provechoso insight pero, saludó con una sonrisa y la diestra en alto. Aún tenía un nudo en el pecho, lo normal considerando lo que acababa de descubrir, pero su cabeza estaba repentinamente mucho más despejada.
Era reservado pero, no cobarde...
–Lamento la demora –el rubio se disculpó, aferrando la correa del bajo a su hombro–. Me entretuvieron cuando ya estaba saliendo.
–No, para nada...
Yamato le observó extrañado, era bien conocido que al moreno no le gustaba esperar.
–Acabo de tener un momento de iluminación –le aclaró con buen ánimo, pasando un brazo por los hombros del otro, apretándole como había dejado de hacer en público desde que se pasaron del ser amigos al convertirse en pareja.
–Ok –Yamato arqueó una ceja–, estás muy raro.
El propio Tai se permitió reír, como venía diciéndose todo el tiempo no tenía que aventarse de cabeza sino únicamente avanzar con calma..., tras repetir la frase tantas veces, finalmente entendía las palabras.
–Pero así me quieres ¿no?
–Por supuesto.
Yamato no dudó al hablar pero sí lo hizo al desear acercarse y robarse un beso, uno pequeño, apenas un inocente roce de labios pero su prudencia gritaba que no lo hiciera pues no quería encontrarse con Tai girando el rostro y soltando alguna excusa sobre el clima, la gente o determinado local; así que apartó la idea y sólo sonrió.
Y cuando lo no imaginaba, ocurrió. No fue el beso esperado sino un roce de manos..., uno que erizó al rubio y le hizo volver la mirada hacia Tai, pues éste estaba teniendo pequeños gestos que habían estado prohibidos, hasta ahora, de manera implícita.
–Anda –el moreno se adelantó–, hay que ir a casa.
–Si esto es una excusa para no cocinar –Yamato bromeó, aún sintiendo el cosquilleo en los dedos–, tendrás que ordenar comida...
–Para nada –alegó en respuesta–, cocinaré. Es mi turno.
Porque Taichi Yagami no era cobarde, era valiente.
Y no seguiría huyendo más.
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