Novena Escena.
Él no estaba jugando, no era una relación de la que entraría y saldría como si nada.
Respira, allá vamos.
Cuando el mes de Septiembre llegó Taichi marcó en el calendario, con un gran círculo y en un brillante color rojo, el veintidós de septiembre; junto a eso apareció una sonrisa y dio un par de golpecitos sobre el papel añadiendo el esperado "no hagas planes, tenemos que ir." Y aunque en aquel entonces hizo un mohín y parte de él aún sentía la necesidad de huir, decidió hacerse a la idea de que ocurriría y de que era mejor relajarse para afrontar la situación.
No sería la primera vez ni la última, que estuviera en esa casa.
Transcurrida la primera semana con el trabajo, la banda y los estudios, pronto se olvidó del cumpleaños y aparentemente Tai también lo hizo pues, para colmo de males, habían terminado yendo a comprar el regalo un día antes de la fecha; y pudo ser peor, buscando algo horas antes de la reunión.
Semanas y semanas, y ellos lo hacían en el último momento.
–Le gustara –añadió Tai, jalando una espiral de las cintillas que complementaban al moño.
–Eso espero, mira que tener que llamar a Takeru...
–¿Qué?, fue tu idea...
–Pues sí –se defendió–, Tai. No podías darle un peluche, no podíamos –se corrigió al hablar–, aunque siempre será tu hermanita no es una niña.
–Ya, ya, ya –sacudió la mano, espantando los pensamientos–. No me digas más, o Takeru saldrá perjudicado.
Y Yamato estuvo de acuerdo, ninguno de los dos deseaba saber qué era lo que sus hermanos hacían cuando estaban solos; cierta ignorancia, en momentos así, era lo más sano para ambas partes.
La vida íntima debía de ser eso, íntima.
oOoOoOo
Para que todos pudieran llegar, la supuesta comida se había convertido en una cena. No era algo formal sino familiar, y era un alivio que Hikari no les hubiera pedido que fueran a la otra reunión, esa que hacía entre sus amigos del colegio.
Dos meses atrás había estado sentado a las afueras de ese edificio y ahora, diferente de ese día, Yamato cruzaba las puertas del elevador y caminaba por el largo pasillo dispuesto a llamar a la puerta y entrar al departamento.
Tai, a su lado, llevaba esa enorme sonrisa de sincera satisfacción. Yamato no se había negado a ir, y el moreno había dejado ver su entusiasmo desde el comienzo; era un paso importante para los dos, después del mal trago en la reunión de navidad del año pasado y el episodio meses atrás.
–Luces como si avanzaras al paredón.
–Tai –el rubio reprochó, sin alzar la voz pero con cierta indignación–. No digas eso.
–¿Qué? –elevó una ceja–, es la verdad...
–Claro que no –el rubio se alisó la camisa–, estoy tranquilo.
La mano de Tai frotó la espalda de Yamato, dejándole en claro que no iban a discutir algo que resultaba obvio.
–Respira –añadió con voz suave–, allá vamos...
Como en cámara lenta, con tortuosa claridad, el rubio notó como aquel brazo se estiraba para que el índice tocara el timbre anunciando su presencia.
Yamato tenía que aceptar que siempre había sentido un dejo de incomodidad cuando iba a casa de alguien que tenía un ambiente familiar, no estaba acostumbrado y era como estar en medio de algo a donde no pertenecía y que añoraba, sólo un poco; con el tiempo, tras visitarles y pasar tiempo ahí, la casa de Tai había sido un verdadero hogar para él pero luego, desde que ellos vivían solos, volvía a ser un territorio peligroso -incluso minado- porque delatarse era tan sencillo como quedarse mirando -más de lo debido- a Tai.
Al comienzo no le ocurría aquello pero, poco a poco se había vuelto nervioso. Era de esperarse, si Tai estaba a la defensiva y saltaba todo el tiempo... ese nerviosismo se contagiaba; pero no responsabilizaría a Tai, él también había contribuido alejándose en lugar de enfrentar de otra forma esa situación.
Como ahora, que estaban de nuevo ahí y se había preparado para ello.
La puerta se abrió y con un entusiasmado "¡Taichi!", la madre del moreno lo recibió con un abrazo y tras soltar a su hijo, se volvió hacia el él.
–¡Que gusto Yamato!, tenías tiempo sin venir.
–Perdone –murmuró–, a veces el tiempo pasa más rápido de lo que uno espera.
–Entiendo –agregó ésta–, es el trabajo y el estudio. Además, ambos son jóvenes y seguro prefieren una novia y amigos a pasar tiempo con sus padres.
–Mamá –Tai le interrumpió, rodeándola por el brazo–, no vamos a quedarnos en la puerta todo el rato ¿verdad?
–Oh, claro que no...
Ante la mirada del moreno, Yamato sonrió y le siguió.
Quizás eran ideas suyas, preocupaciones innecesarias, pero de un tiempo al presente siempre tenía impresión de que la señora Yamagi lanzaba esa clase de frases o miradas recelosas, quizás porque Tai se había ido a vivir con él cuando no tenía necesidad de abandonar su hogar tan pronto.
Claro que era algo fugaz, y después volvía a ser la madre de su amigo que le trataba incluso como parte de la familia.
–¿Hermano?
Takeru, a su lado, sacudió la diestra frente a sus ojos para llamar su atención.
–Pensé que te quedarías en la luna –bromeó, mientras se sentaba en el sillón y con eso le invitaba a hacer lo mismo.
–Para nada –añadió Yamato–, ¿e Hikari?
–Fue a comprar el pastel con su padre –la sonrisa a medias de Takeru parecía declarar que le hubiera gustado acompañarles–. Ya sabes, es la única hija y tengo que respetar un poco su espacio como padre...–le explicó–, no es que se oponga a que salgamos pero, sigue siendo su niña.
Yamato afirmó, era como cuando él tenía que recordarle a Tai que no porque Hikari tuviera novio se olvidaría de su hermano y Tai lo sabía pero aún así demandaba su tiempo juntos; ahora sabía de dónde le venía aquello al moreno.
–¿Todo bien? – el menor de los Ishida, observó en dirección a Tai.
–Claro –y no pudo contener la sonrisa.
–Eso es bueno.
Y el rubio le sonrió en regreso, sincero...
Recargándose en el sillón, hundiéndose un poco, reparó en que a Takeru no le había contado la verdad pero, era obvio que éste ya lo intuía. No atinaría a afirmar si Hikari se lo había contado o no, y realmente no importaba; Takeru estaba sentado a su lado, relajado, y parecía cómodo con la idea de esperar a que él quisiera ahondar en el tema. Después de todo ya lo estaban hablando y no era necesario ponerle nombre a cada cosa.
–De hecho –agregó con una pausa–, mejora.
–Me alegra –Takeru estiró el brazo, dándole un golpecito en el hombro– , últimamente se te veía algo tenso.
–Bueno, lo estuve...
A veces las cosas sucedían increíblemente rápido y, en otras ocasiones todo era absurdamente lento; sumado a ello estaba la sensación de que Tai y él no iban a la par, de que cuando él quería algo... Tai no estaba listo y que cuando Tai lo estaba, él no. Aunque claro, también existían esos momentos en donde se encontraban y finalmente todo marchaba como debía de ser, no perfecto pero sí bien.
Tan bien, que recordaban que eso y ellos –como pareja– valían la pena.
–Me sigue pareciendo raro...
Yamato interrumpió sus propios pensamientos y Takeru tuvo que prestarle atención a la escena que ocurría a metros de donde se encontraban.
Tai y su madre acomodaban la mesa, conversaban de las novedades que tenían, se reían y ella le acariciaba el cabello, con cariño, aunque ya era más un hombre adulto que un niño, el moreno se quejaba pero sin enfado alguno; todo junto formaba una escena en exceso familiar y podía ver porqué Tai no quería arriesgarse y perder eso.
–Bueno, lo es –respondió Takeru–. Y no has visto nada.
–¿Pasas mucho tiempo aquí?
–Pues sí, Hikari es mi novia –y el rubio no añadió que el padre de la chica se sentía más tranquilo así, que dejándole ir a casa de Takeru en donde su madre rara vez estaba para supervisarles–.Cuando llegan a casa siempre hay alguien aquí, el baño y el televisor están ocupados cada vez que uno los quiere y hay que pedir turno, comen juntos y hablan de su día, también se pelean o sulen quejarse de la cena...
–Me suena medianamente familiar –algunas, eran cosas que Tai parecía extrañar y que quería replicar en su relación.
Como cuando comían y él no tenía ganas de conversar, Tai rellenaba el silencio partoleando hasta desesperarle y hacerle hablar.
–Es raro –afirmó el menor–, mucho.
–Bastante –concluyó Yamato.
–Pero –y Takeru volvió la mirada hacia su hermano, siempre había un pero–, ¿no te agrada la idea de tener algo así?
La pregunta le hizo arquear una ceja porque conocía la respuesta desde el preciso momento en el que Tai se había aventurado a iniciar esa vida juntos. Él no estaba jugando, no era una relación de la que entraría y saldría como si nada, era su futuro, la persona de la que se había enamorado en su adolescencia y con la que quería formar una vida al convertirse en adultos; y Tai, lo sabía. El chico pensaba igual, lo habían hablado ya.
Y recordar eso, precisamente ahora, era un alivio abrumador.
–Vamos.
Takeru rompió el silencio, poniéndose en pie.
–Hay que ayudar, antes de que se den cuenta de que sólo mirábamos...
–Cierto.
Tal vez aquel era el momento perfecto para abrazar a Takeru y agradecerle lo que acababa de hacer por él, pero si bien no era muy afecto a los abrazos y como se tardó demasiado pensándolo..., tuvo que dejarlo para más tarde, cuando fuera más oportuno y hubiera menos público.
Hikari y su padre, ya estaban en casa.
oOo
