Onceava Escena.

Iban a estar bien, aunque sería una pérdida difícil de afrontar.


Caída libre o, ¿salto de fe?

Agumon y Gabumon nadaban cerca de la superficie, dispuestos a comer las pequeñas hojuelas que Yamato había espolvoreado en el agua. Por un breve momento el rubio se detuvo a contemplar la rutina de los pescaditos, preguntándose si no se aburrirían en ese pequeño hogar; dándole vueltas, comiendo, Agumon mordiéndole la cola a Gabumon, persiguiéndose y luego, a cada tanto, repitiendo todo otra vez.

Había leído por ahí que su memoria duraba sólo unos cuantos segundos pero, si era o no verdad, resultaba irrelevante ya que seguía pareciéndole una vida muy repetitiva. Además, ¿cuánto vivía un pez?

Seguramente no mucho, aunque apenas tenían tres meses con ellos; a los dos días de haber comprado a Agumon, dorado y regordete, Tai llegó con el segundo -más pequeño- anunciando que tenía el nombre perfecto para éste.

–No dejes que te muerda demasiado –murmuró dirigiéndose a Gabumon quien, ajeno a las preocupaciones del rubio, simplemente comía.

Bien podía faltarles espacio para nadar, tal vez resultaba parte de un ritual de cortejo o, sin saber, habían comprado dos machos que por naturaleza resultaban territoriales; observándoles nadar, el rubio se resignó pues nunca había tenido mascotas y con los peces era algo difícil de saber. Sólo esperaba no tener que comprar otro Gabumon, y verse en la necesidad de correr para que Tai no lo descubriera.

Quizás, más adelante, podrían conseguir un perro o un gato; aceptaba hasta un conejo o un hámster…, si acaso se podían acariciar. Divagaba, lo sabía, y no fue hasta que regresó a la cocina cuando escuchó el timbre de su celular; respondió, al tiempo que destapaba una olla y revisaba el guiso que llevaba rato preparando.

–¿Sí?

–¡Yamato! –al otro lado del auricular, la voz de Hikari sonaba alarmada–. Al fin...

–Oh, estaba en la sala –y era inevitable preguntar, la chica sonaba alarmada–. ¿Ocurre algo?

–No, bueno... sí... –Hikari sacudió la cabeza pero recordó que seguían al teléfono, y decidió explicarse mejor–. Tai, Tai se lo dijo...

–¿Eh?

De entre todas las cosas que eso podía significar, Yamato no quiso elegir entre las diversas y abrumadoras opciones que surgían en su cabeza; cada una era peor que la anterior pero, sin duda, había una que era la peor de todas.

–Se lo dijo –repitió Hikari–, a mamá... luego, llegó papá y...

La pausa, breve pero obvia, auguraba un mal desenlace en aquella entrecortada historia.

–Takeru le acompaña, me pareció importante avisarte.

–Ya veo...

¿Qué más podía decirse en un momento así?

Parte del mundo amenazaba con caerles encima y en hacerlo, de golpe. ¿Qué había empujado a Tai a hacer algo así? Sí, claro, él quería dejarse de secretos y mentiras de una buena vez pero, de sincerarse, no había esperado que ocurriera de esa forma. Obviamente, como auguraba la llamada de Hikari, las cosas no habían resultado bien.

Le hubiera gustado estar presente para apoyarle pero, quizás Tai no lo quería de esa forma y era algo a respetar; esa era una opción aunque, algo le decía que Tai no lo había planeado y que simplemente había ocurrido.

–Trataré de hablar con mis padres –alegó la chica.

–Está bien, y gracias...

–¡Yama!

La voz de Hikari le detuvo de colgar.

–Dime.

–No dejes que Tai haga una tontería y… –la chica dudó pero, al cabo de un segundo, continuó–, y tú tampoco vayas a hacer algo tonto, ¿ok?...

–Hikari…

Algo tonto.

¿Huir? ¿Pelear? ¿Destruir todo lo que habían logrado?

–Prometido –murmuró y, sin más, colgó.

Yamato sentía el corazón golpeando a marcha forzada contra su pecho y si durante la llamada se había portado sereno, en el momento justo en el que soltó el celular sintió algo frío resbalando por su espalda y tuvo la terrible impresión de que perdían el control de la situación, pues lo único que temía, el miedo de Tai, se había vuelto real.

El chico le había dicho la verdad a sus padres, y éstos habían discutido con él.

O podría ser peor, siempre se podía…

Comenzaba a ahogarse en esa sensación, en el miedo de no poder contener a Tai y el no tener una solución mágica para resolverlo todo, cuando el portazo le hizo despertar y atinar a apagar la hornilla.

La comida, ya no importaba.

Hecho una furia, el moreno entró gruñendo por lo bajo y sin señales de haber estado acompañado por Takeru; tenía el rostro enrojecido y los músculos de la espalda tensos, además de esa expresión de frustración que, para él, resultaba muy fácil de reconocer pues era la misma que Tai ponía cuando no comprendía algo y le forzaban a continuar.

–Tai...

–No quiero hablar de eso.

Seco y tajante, el chico no se molestó en mirar a Yamato.

–Oye, pero…

–Yamato –Tai le enfrentó–, ahora no. ¡No!, ¡no!… –enfatizó–. Simplemente no, ¿bien?...

El moreno cruzó la estancia y fue directo al refrigerador, hurgó en busca de algo y azotó la puerta cuando no lo encontró. Luego hizo todo un recorrido por la cocina, jalando cajones y revolviendo el contenido de las alacenas, incluso Yamato se vio obligado a quitarse del camino bajo el riesgo de ser atropellado por el otro.

Furia contenida, eso era lo que Tai llevaba a cuestas. Y no que Yamato fuera masoquista, pero prefería pelear y recibir un puñetazo si con eso podían comenzar a hablar.

Bajo esa premisa, sin permiso le sujetó por la muñeca…, reteniéndole.

Tai jaló de su brazo, con un fuerte tirón, tratando de liberarse pero cuando no logró soltarse en lugar de rendirse, comenzó un forcejeó entre ambos. Él quería alejarse y dejar morir el tema, Yamato no se lo permitía pues deseaba hablar… Tai quería darle un puñetazo, golpearse hasta agotarse y no poder pelear más pero en lugar de ello, lo que era un golpe se convirtió en una caricia sobre la mejilla y en unos dedos que se cerraban sobre el cabello de la nuca para tirar del rubio hacia sí y robarse un beso.

Azorado, Yamato suspiró y siguió luchando aunque le besaba también.

Un jalón siguió al otro, los pasos temblorosos de Yamato eran pasos firmes que Tai daba haciéndole retroceder, en lugar de golpes bruscos y enfurecidos había caricias torpes y apresuradas que sacaban las prendas a tirones para entonces besar la piel tibia y tocar con libertad.

Los besos de Tai, con ese sentir demandante y necesitado, hacían que Yamato perdiera el aliento enrojecido y carente de palabras.

Cuando Tai cayó sobre el rubio, ambos en el mullido sillón, besándole el cuello mientras buscaba la forma de sacarle el pantalón…, las manos en su rostro le incomodaron y los ojos azules pesaron como si fueran su consciencia. Yamato quería regresarle a la realidad, Tai sólo deseaba empaparse de él y olvidar lo demás.

–Tai –fue más un gemido, Yamato había arqueado la espalda ante la mano sobre su entrepierna–, escucha…

Hacerlo confirmaría que estaban juntos, sí; pero no solucionaría las cosas.

–No te voy a dejar...

Las palabras de Tai, inesperadas como nunca, impidieron que Yamato respondiera pues Tai no le iba a dejar; había sido un miedo tonto y mudo pero real, la posibilidad de perderle si algo así llegaba a ocurrir…, si sus padres no entendían y le obligaban a el moreno rompió el beso, Yamato pudo notar cuan enrojecidos se encontraban los ojos de éste.

Tai no era de llorar, no era de los que se desmoronaban y esperaban ser contenidos, por eso la posibilidad de que lo hiciera hacía que el rubio sintiera un vacío -a causa de los nervios- en la boca del estómago.

–No te voy a dejar –insistió, apretándose contra él.

–Lo sé… –Yamato respondió, mirándole.

–De verdad –murmuró el moreno, recargando la frente en el pecho descubierto del rubio–, aunque no pueda volver a casa. No te voy a dejar.

Yamato sintió la piel húmeda a la altura del corazón y eso, fue suficiente para saber lo que ocurría; acarició los cabellos castaños, jalándole para cerrar su abrazo sobre el otro. A medio vestir o a medio desnudar, como sea que quisieran llamarle, sentía a Tai con toda claridad y eso -más allá de tener las respuestas correctas- era sostenerle y estar para él.

–Lo sé –replicó–. No me vas a dejar…

–Yama…

–Y yo tampoco lo haré.

Suspiró, Taichi también lo hizo pero éste se irguió para besarle y buscar un poco más. Yamato jadeó y cerró los ojos, pero cuando la diestra de Tai se perdió dentro de sus ropas volvió a besarle y al mirarle fue obvio, para ambos, que también necesitaban hacerlo.

Se amaban, se protegían entre sí.

oOoOoOo

Tai respiró acompasadamente, recargado en su pecho y sobre su cuerpo, despacio y cuidadosamente Yamato le acarició el cabello sin deseos de hacerle despertar. Simplemente, él no lograba dormir.

Había sido intenso pero diferente…, para bien.

Con aquel te amo, entre gemidos y por primera vez, Tai finalmente había dicho aquello que él repetía con frecuencia y en la intimidad. El chico había elegido y ya no era un secreto, habían avanzado un largo trecho pero era verdad que aún les esperaba un largo camino; sin embargo, lo peor… lo peor, ya había pasado y habían dado ese paso adelante para superarlo.

Seguían juntos…

Era curioso, no había una solución mágica ni el tiempo se podía retroceder para hacer las cosas de una forma diferente pero, por desastroso que fuera lo ocurrido, amarse resultaba suficiente razón para continuar.

Iban a estar bien, aunque sería una pérdida difícil de afrontar. Mas, si su padre tenía razón, todo mejoraría cuando los padres de Tai comprendieran; y, quizás lo harían.

Por ahora, había que tener paciencia y mantenerse firmes.

oOo


Lo admito, no fue tan dramoso como lo planeaba al comienzo pero (releyendo los capítulos anteriores) de esta forma fue más congruente~

Sin más, vayan el capítulo final.