Disclaimer: Los personajes de Naruto no me pertenecen.
Aclaraciones: Universo Alternativo. Modern Times.
Advertencias: Mención de cadáveres. Insinuación de experimentos humanos.
Capítulo 1
Conexión restaurada
El ruido de las tuberías oxidadas, aquel insistente goteo que no tenía fin, taladrando toda su cabeza en un inmenso dolor del cual dudaba siquiera existiera una cura. Así de fuerte era la sensación en su cabeza, al punto de compararlo con la acción de un hacha partirle la mitad el cráneo, haciéndolo despertar.
Lo primero que sintió fue confusión. La vista la tenía nublada a causa de la droga aún en su sistema y aquella máscara de oxígeno puesta en su nariz, el cristal de la capsula que lo mantenía prisionero estaba empañado y lo único que lograba divisar eran manchones sombríos. Pudo moverse, comprobó que lentamente el cuerpo comenzaba a despertar, así como su consciencia. No recordaba nada, salvo un montón de personas rodearlo, vestidos con batas médicas y el asfixiante hedor de blanqueador. Después de lo que colocaran sobre la mesa metálica, bramando con violencia en volverlo a dormitar, inyectándole en las venas aquel asqueroso suero que siempre lograba debilitarlo, todo fue oscuridad.
Hasta ese día.
Con el puño terminó de destruir el frágil vidrio de la capsula, el dolor ni siquiera lo inmutó ni mucho menos los rasguños provocados por el salpicar de los cristales rotos. Jaló la palanca hacia afuera, permitiendo salir de aquel reducido lugar. Por un momento quiso marearse, pero logró mantenerse equilibrado al sostenerse a tiempo de las orillas de la cama tipo capsula. Quitó cualquier cosa que le estorbara, como el catete sin nada de suero conectado y con la aguja dejándole una fea marcada morada cerca de las venas de sus muñecas.
Tuvo que quitarse los cabellos rubios de la frente porque le estorbaban. Observó a todos los costados, tratando de entender qué sucedió en ese lugar mientras estuvo dormido.
Lo que antes fue el laboratorio principal ahora lucía totalmente arruinado. Las señales de fuego eran claras en las paredes que antes, según recordaba, habían sido de un blanco macizo. Ahora estaban teñidas de manchones negros. Toda la infraestructura era un desastre. Había miles de tuberías con fugas de agua, circuitos fuera de su lugar, paredes destruidas, el inmueble y maquinas que servían para estudiar los avances de los proyectos ocultados por el gobierno tras la fachada de innovaciones a la salud de los ciudadanos, eran apenas lo que alguna vez representaron.
—Todo está hecho mierda —susurró, dándose cuenta que era el único presente ahí.
Salir de la capsula le costó más de lo que hubiera imaginado. Al poner un pie fuera descubrió que todo el suelo estaba inundado. Escuchó el pisar de ratas escurridizas, así como su conocido chillido. Él buscó algo que pudiera ayudarlo con qué vestirse, pues se dio cuenta que estaba desnudo.
El sonido de los pasos chapotear las aguas sucias mientras avanzaba reinó en todo el lugar. Cualquier ser animal que se encontrara cerca de él salió huyendo. Se acercó hacia los paneles principales de energía, pero al bajar de la palanca no tuvo reacción. Estaba a oscuras, era obvio que el lugar fue abandonado hacía mucho. Eso le hacía cuestionarse por cuánto tiempo había estado en el interior de aquella estúpida capsula.
Notó que, al igual que la suya, muchas más estaban colocadas alrededor de lo que se asemejaba a un árbol metálico que antes brillaba con miles de luces capaces de someter a cualquier en un lapso de plena confusión. Rodeó las capsulas, pero no halló nada vivo dentro de éstas, salvo restos de esqueletos que le hicieron alzar una ceja.
De pronto sucedió, esa molesta conexión que le sumió en un inmenso dolor jamás experimentado. Cayó arrodillado al piso sin importarle mojarse, sostenerse con fuerza los laterales de su cabeza para soportar el dolor y tratar de comprender aquellas imágenes fugaces que se colaron en su mente, como si en algún momento él las estuviera viviendo.
Entre las imágenes una le pareció bastante particular, rara incluso. Era el rostro durmiente de una mujer de cabello de tonalidad negra con destellos azulados, era tan largo que le cubría como un cobertor ligero por encima de la piel de sus hombros, ocultando con una delicadeza irreal el rastro de carne teñida del más puro color blanco que solo la leche podía obtener. Dormía plácidamente, tan cerca de él, como si la tuviera precisamente enfrente.
La mano se alargó y no era suya, era de quien compartía la conexión. Pudo sentir el tacto de esa piel aterciopelada, la manera en la que la mujer se removió entre las sábanas, pero sin atreverse a abrir los ojos. Las yemas de los dedos lograron disfrutar de la suavidad de las hebras y por un momento juró que el aroma a lilas con extracto de lavanda le llegó al olfato.
Sin embargo, tratándose de una débil transmisión de una televisión barata y vieja, la conexión entre ambas mentes se perdió.
Él apenas podía recuperar el aire, darse cuenta de lo inmerso que se halló, al punto de hacerlo olvidar cómo respirar.
Los ahogados sonidos de su respiración era lo único que sus oídos podían percibir, el eco del lugar permitía que nada se escapara y tornar la sensación de soledad con más fuerza.
Después de considerar el tiempo arrodillado como el necesario, probó a levantarse de nuevo, esta vez teniendo más seguridad en el equilibrio. Espero de cualquier manera el indicio de un posible segundo fenómeno como aquel, pero nada sucedió. Agudizó los sentidos, pero ni así percibió nada interesante, todo el lugar de verdad estaba abandonado.
Tumbó la puerta que conducía a los pasillos, recorriendo estos hasta encontrar algún lugar donde pudiera encontrar algo con qué vestirse. No tardó en encontrar lo que alguna fueron los vestidores de los guardias de seguridad. Abrió sin dificultades uno de los casilleros, sintiéndose afortunado de encontrarse con una muda de ropa notablemente polvorienta, pero que no había sido ruñida por ninguna rata. Era de tallas más grande, pero no le dio importancia.
Una vez que estuviera afuera se encargaría de conseguir prendas de mejor calidad y a su medida. Tiró todo aquello que consideró basura en los interiores de los vaqueros, tales como identificaciones, tarjeta sin valor monetario y unas cuantas fotografías de una familia que a él no le interesaba en lo absoluto.
Mientras se colocaba aquel par de botas en los pies, atando las agujetas, no soportó más los largos mechones rubios estorbarle la frente, por lo que sin esperar se tomó del cabello con sus uñas anormalmente largas a voluntad para cortar de un solo tiro la cantidad estorbosa de cabello rubio. No tenía ningún tipo de espejo cómo para guiarse, pero a esas alturas a él no le interesaba cómo quedaba su aspecto, aunque muy en el interior, aquella imagen de lo que alguna vez consideró era su propio reflejo pero que contaba con vida propia, le inundó la mente, provocándole fruncir el ceño por no lograr recuperar del todo sus memorias perdidas.
Una vez vestido se dio una vuelta por todo el lugar, yendo con calma por cada habitación en búsqueda de información que fuera de ayuda para hacerle entender el tiempo en el que no estuvo despierto. Era molesto aquel sentimiento de vulnerabilidad y confusión.
Más solo se encontraba con montones de cuerpos quemados y en notable estado de momificación. Arrancó del cadáver de una mujer una tarjeta de identificación, pudo leer que se trató de una científica. Le escupió directamente en la cara, fulminándole con la mirada de aquel par de zafiros umbríos mortales. De haber estado con vida, él se hubiera asegurado de matarla, pero era obvio que alguien más se había adelantado.
Durante toda la exploración del lugar quedó claro para él que no se trató de un accidente, todo el incendio había sido ocasionado, así como las muertes de todo el personal, o en su mayoría los ayudantes y cómplices de lo que se llevaba a cabo en ese lugar secreto. Solo no paraba de cuestionarse quién era el responsable.
Llegó hasta el último piso donde aquel hombre de albina cabellera y anteojos que siempre observaba detrás de la seguridad de una división transparente, rodeado de miles de guardaespaldas dispuestos a sacrificarse con el objetivo de mantenerlo a salvo, y quien fue la figura responsable de ocasionarle toda la tortura vivida en aquel lugar desde que podía recordar. A pesar de que los elevadores no funcionaran, no mostró ninguna dificultad cuando se dejó caer por el espacio vacío del inservible elevador, aterrizando en sus pies, ignorando el hecho de haber agrietado el piso debajo, abriendo con sus manos desnudas las puertas hecha de metal.
La oficina de ese sujeto no estaba en ópticas condiciones, se hallaba igual o peor que el resto de los lugares anteriores donde estuvo investigando. La diferencia era que en ese lugar aún se podía apreciar cierto orden.
Caminó con seguridad hacia el escritorio ubicado en el centro de la exagerada sala. Levantó sin delicadeza la cabeza del cuerpo marchito y abandonado de lo que reconoció como Amado Sanzu —tal como aquella placa de presentación se podía leer—. Le estudió por un par de segundos, obviando la muerte de éste hace mucho tiempo y la falta de globos oculares. Dejó caer la cabeza sin el menor de los cuidados, estudiando los cajones del escritorio, buscando algo que pudiera ayudarle a encontrar la salida del lugar.
Uno de los cajones no quiso cooperar, él termino jalando de golpe, destruyendo gran parte del mueble. No le sorprendió la fuerza que poseía, se sentía más energético desde que despertó. Poco a poco las habilidades estaban volviendo a él, tal como recordaba. Se repitió que debería entrenar un poco ya que se sentía un tanto perdido de cómo volver a utilizar sus poderes.
Tiró aquello que no consideró importante para su búsqueda, la mayoría documentos importantes sobre los avances del experimento donde sujetos de similar aspecto que él se lograba apreciar en las fotografías anexadas a los expedientes. El enorme sello cruzado a mitad de la hoja como "Fracaso" llamó su atención. Mientras más hojeaba, su ceño se iba profundizando aún más.
Fracaso.
Fracaso.
Fracaso.
Fracaso…
Solo eso podía leer junto con las espantosas fotografías de los rostros tan iguales al suyo distorsionarse en escenas totalmente grotescas. Lanzó la carpeta lejos de él, como si fuera una terrible pesadilla, sintiendo que el dolor de cabeza nuevamente regresaba.
Observó al costado donde se hallaba el cuerpo inerte y deseó tanto haber sido él el responsable de la muerte del tipo.
Hinata se acercó silenciosamente a su novio. Éste estaba demasiado tranquilo, algo extraño conociendo la personalidad parlanchina del rubio. Hacía media hora que le vio estar tan enfocado en las macetas, que ambos decidieron criar en el balcón de su hogareño apartamento, cuando cruzó por el lugar con las toallas recién sacadas de la lavadora.
Naruto y ella tenían la costumbre de dedicarse a las tareas del hogar en los domingos; durante las primeras horas del día y así tener tiempo para ambos, ver películas en su plataforma favorita, acurrucados en el centro del mullido sillón del cual quedaron profundamente enamorados cuando fueron a IKEA, comiendo palomitas y cualquier dulce que se les antojara. Era su rutina y la amaban.
Pero su precioso rubio no había dejado el lugar del balcón. Hinata se preocupó, pensativa si todo estaría bien con Naruto. Aunque las pesadillas que lo atormentaron la primera vez que ambos se conocieron parecían haber desistido, el rubio aún las padecía en algunas ocasiones.
Los gritos de Naruto siempre le despertaban. Trataba de tranquilizarlo con palabras suaves, besos en la frente para relajar el cuerpo tenso y arrullarlo con una canción de cuna que su madre le cantó cuando era pequeña, sumiéndolo nuevamente al mundo de los sueños, prometiéndole que esta vez las pesadillas no lo asustarían.
Esa mañana no había sucedido nada particular, salvo que Naruto amaneció con un leve dolor de cabeza que le hizo conocer en cuanto se despertaron, más cuando ella quiso curarlo o levantarse primero a hacer el desayuno, el rubio se negó a ser mimado —por esa vez— y cumplir con su parte del trato de cocinar él en los domingos, dejándola en el nido de su cama, rodeada de las sábanas recién cambiadas y cubriendo la desnudez de su cuerpo.
El hecho de que compartiera aquellos aspectos tan íntimos con Naruto le avergonzaba, pero basta que Hinata le mirara y notara esos ojos celestes teñidos de la más brillante constelación jamás apreciada por sus ojos para dejar de lado la vergüenza y colarse en los brazos grandes y cálidos de Naruto, perfectos para recibir su figura, encajando a la perfección.
—¿Naruto-kun? —preguntó después de un rato de observarlo.
El rubio dio un respingo en su sitio, sorprendido del llamado de la joven mujer.
—Oh, hey, Hinata-chan —saludó con una sonrisa amplia, poniéndose de pie, sacudiendo sus pantalones holgados de la tierra de las macetas que le cayó sin querer—. ¿Pasa algo?
—Eso precisamente quería preguntarte —se acercó más a él, mirándole seriamente—. ¿Te sientes bien? ¿Si pudiste dormir…?
—¡Qué cosas preguntas, Hinata-chan! —Naruto gritó con júbilo, como si lo que la mujer decía fuera razón suficiente para reírse hasta el cansancio—. Por supuesto que dormí muy, muy bien anoche —insinuantemente levantó las cejas, dando a entender las actividades nocturnas que disfrutaban totalmente en el lecho.
El comentario logró teñir de rojo el rostro de Hinata quien solo atino a fruncir ligeramente el ceño y darle unos golpecitos inofensivos al pecho de Naruto quien, totalmente vencido por la faceta adorable de su pequeña novia, no paró de reír y atraerla más a él en uno de sus famosos abrazos de oso.
—Naruto-kun —regañó Hinata con poco convencimiento, pues era complicado sentirse molesta hacia el rubio cuando la abrazaba así.
Él era su debilidad y eso el rubio bien que lo sabía muy bien.
—Solo unos cinco minutos más —murmuró Naruto contra el sedoso cabello de su novia, enterrando la nariz en la coronilla de esta.
Debido a que Hinata era más pequeña que él, resultaba muy fácil acomodar la barbilla en aquel lugar. Encajaba a la perfección. Por supuesto que siempre le preguntaba a Hinata si no la incomodaba, pero ésta solamente se negaba con una sonrisa, confesando que de hecho disfrutaba del calor brindado por su cuerpo masculino, llenándole de una sonrisa autosuficiente por el honesto carácter de su linda y adorable novia.
—Eres tan suavecita —murmuró contra las orejas sensibles de la mujer quien, inmediatamente, tembló por el atrevido espíritu travieso del rubio que no dejaba pasar ninguna oportunidad en soplar aire caliente a las orejas de la dueña de aquel precioso par de ojos nacarados—. Y hueles tan, tan rico.
—¡Naruto-kun! —Hinata se quejó atrapada en los brazos del rubio, sonrojada completamente por la innecesaria atención que éste le brindaba a los puntos débiles de su anatomía—. Naruto-kun, h-hay cosas que debemos hacer… N-No… A-Ay —el rubio le mordió el cuello, sacándole un gritito de sorpresa y excitación a la vez.
Intentó controlarse porque no había pasado mucho tiempo desde que logró pararse de la cama, totalmente avergonzada de observar cómo su cuerpo estaba lleno de las marcas brindadas por el rubio en la noche anterior y parte de la madrugada. Aun cuando no tuvieran trabajo que realizar ese día por ser domingo, eso no significaba que podían entregarse completamente a la pasión. De solo recordar la mirada significativa de sus vecinas de al lado, murmurando un "Qué lindo es ser joven", riéndose al salir del ascensor mientras ella se quedaba echando humo por las orejas.
—A-Acabamos de levantarnos —Hinata hizo lo posible por razonar con Naruto, pero el dueño de ojos celestes estaba más ocupado en aventurarse a la deliciosa curvatura de su cuello y remarcar los chupetones que decoraban la piel de la morena—. N-No es momento para…
—Hinata —oh, no, cuando él omitía el chan Hinata se derretía, sobre todo cuando el joven hablaba en ese tono seductor, como si le saliera natural, sin la más mínima señal de que todo fuera a propósito, sino el simple reflejo de mostrar lo que le provocaba—. Cada minuto para mí es el momento perfecto para hacerte el amor —una sonrisa zorruna, de aquellas que amaba tanto y se sintió flaquear.
Pero Naruto no presentó ningún problema al cargarla con tanta familiaridad, acostumbrado a sus repentinos desmayos o falta de fuerza en el cuerpo cuando él estaba involucrado.
—E-Eres muy necio —se quejó Hinata sin poner resistencia cuando Naruto la condujo nuevamente a la habitación que compartían desde que se mudaron a ese departamento con vista un lindo parque.
—Lo sé —respondió sin vergüenza alguna el rubio, correspondiendo con una sonrisa traviesa la mueca de la joven morena—. Pero así me amas.
No obstante fue una lástima que no pudo disfrutar del sonido de la risa de Hinata cuando una serie de imágenes invadieron su mente de manera brusca, como si algo dentro de su cabeza hiciera un clic e inmediatamente los recuerdos dolorosos de un pasado que quería olvidar se volvieran a incrustar debajo de la piel, aumentando aquella angustia con la que amaneció esa mañana, poniéndolo ligeramente nervioso.
Sintió las rodillas aflojarse, pero no soltó a Hinata en ningún momento ni permitió que ésta cayera, logró acomodarla de tal modo de que no sufriera ninguna herida. De inmediato los ojos aperlados de su novia se fijaron en él, preocupada. Su dulce voz no la podía percibir cómo él quisiera debido a ese molesto zumbido invadirlo, acompañado de esas escenas que se sentían extrañas y a la vez familiares.
Una conexión que pensó estaba olvidada hace mucho tiempo.
