TSUKIAKARI NI JINSEI

(Vidas a la Luz de la Luna)

-por Jinsei no Maboroshi-

página V

Fecha de publicación: 22 de julio de 2006 - Corrección: Ogawa Saya


-¡Tetsu! ¡Mira! ¡Los cisnes! Qué bellos, ¿no?

-¿Ah? ¡Ah! Sí, sí. Bonitos. ¿No?

Kaori y Tetsu paseaban por los parques de los templos de Kyoto. Visitaban las más bellas postales de la prefectura, y pasaban horas sentados, contemplando las delicadezas de la decoración que la naturaleza había utilizado en cada uno de esos parques. Tetsu ya no podía pensar nada más que en Hyde. Se preguntaba a cada instante el estado en el que se encontraría. Su mente se alejaba de aquellos parques, para perderse en sus pensamientos. Recordaba cada gesto de tristeza de Hyde, y la impotencia lo acorralaba. Tenía que ayudarlo, pero no sabía cómo.

Un cisne delgado, más pequeño que los otros, pero de un color negro majestuoso interrumpió su campo visual con elegancia, con soberbia. Enfocó su visión hacia ese animal, y sonrió con amargura.

-¡Tetsu! ¿En qué piensas?

-En nada... -decía con indiferencia, sin siquiera fingir su desánimo ante ella. Sabía que con sólo decirle que no se preocupara, ella lo haría, al pie de la letra, como hacía todo lo que Tetsu decía.

-Es por él, ¿verdad? Te preocupas por tu cantante...

Tetsu la miró con asombro. Kaori, a pesar de toda aquella complacencia, no perdía su intuición. La gran capacidad de comprensión de las personas más allá de su imagen era un don que había adquirido. ¿O era simplemente porque se trataba de él? ¿Porque ella, como devota suya, descubría en él todas las variaciones, por más leves que fueran? Miró sus manos. Y recordó aquella frase, donde creyó sentir esa intuición. 'Tienes manos cálidas'. Tetsu había sentido, había reconocido más allá de esa imagen, de la impostura, de la reserva, la necesidad de su amigo, la variación del tono en sus palabras, que les daba un nuevo significado. Sabía que Hyde no había comentado aquello por frío, por ello, había vuelto a tomar su mano, pero su impostura, su conciencia, lo habían obligado a demostrarle a Hyde que él lo había entendido como mero fresco. Tetsu suspiró. Tal vez era exactamente eso a lo que se refería Hyde cuando hablaba de su soledad. Todos con sus artificios, mostrando lo que no sienten, sintiendo lo que no muestran, mintiéndose mutuamente...

Miró a Kaori a su lado, que observaba perdida en su admiración a los animales, y sintió con conciencia como él se mentía a sí mismo. Debía amarla. Tenía que hacerlo.

-Tetsu... -dijo ella notando que la miraba, sin observarle a los ojos, con su vista clavada en el lago.

-¿Sí?

-¿Por qué no regresamos?

-¿Quieres regresar?

-...

-Dime lo que deseas.

-Deseo que estés feliz.

-¿Eh? Pero...

-Aquí no estás feliz. No sonríes, no tienes un ánimo natural. Finges. Yo sé que lo haces, y yo me creo tu mentira, pero no sé hasta donde. Tú deseas regresar. Eso es lo que realmente quieres. ¿Por qué no regresamos?

-Kaori... pero tú querías venir...

-Yo sí. Pero tú no. Tú querías quedarte en Tokyo. Estás así por mi culpa. Por mi egoísmo -ella enredó su brazo al de Tetsu, afrentándolo con fuerza, y apoyando la cabeza en el hombro del bajista. Estaba arrepentida.

Tetsu la observó con profunda culpa, con dolor, con impotencia. Nunca la dejaría, porque era demasiado pura como para lastimarla. El apoyó su rostro en el cabello perfumado. Regresarían al día siguiente. Necesitaba verlo con sus propios ojos, para ver si su estado había mejorado o empeorado. Aunque una intuición lejana le decía con preocupación que no

demorara mucho.

La tina estaba repleta de agua caliente. Allí había echado unas sales aromáticas y relajantes. Gustaba de pequeños descansos, de pequeños momentos. Pero ese día, su baño relajante iba a ser utilizado para meditar. Al lado de la tina, había una silla, muy al borde de ésta, un equipo portátil de música. Allí el CD pasaba una vez más la canción Anemone. Hyde, dentro del agua, relajado, escuchaba una y otra vez la canción. Buscaba hallar la esencia, buscaba regresar al momento en que la había escrito. Había sido muy especial. Una única canción para el compilado del grupo. Hyde juzgaba que aquella canción, en realidad, era una solitaria. Solitaria. La nueva entre las viejas canciones. Una Anemone, que mostraba en ese simple gesto su propia soledad.

Allí, el estribillo, y su voz, con ese tono especial, con un tono particular. ¿En qué había pensado al componerla? ¿En quien? Megumi había creído que era su canción. Hyde pensaba que la había escrito sólo por pedido de Tetsu. Pero era algo más. Una esencia que no le dejaba ver, o simplemente Hyde no deseaba ver. Miró el radio, que se hallaba enchufado.

Miró el cable que conectaba el aparato con el tomacorriente. Lo miraba, escuchando el lamento de la canción. Repetía la letra, la cantaba en su tina, absorto en el cable.

'Anata e to, tabidatteiru'. Tomó el cable con su mano, y comenzó a tirar despacio de él. El pequeño aparato se deslizaba por la silla a ritmo lento.

'Anata e to, tabidatteiru'. Repetía.

Hyde comenzó a sentir un gran nerviosismo. Comprendía a la perfección lo que estaba realizando, pero no podía detenerse. No quería. Pronto llegaría Ken.

'Qué sientes por Tetsu?'. Su pregunta se repetía, con aquella canción en el fondo, acercándose a él.

Sintió el gran dolor en su pecho. El recuerdo fantasmal lo azotaba una vez más, con recuerdos presentes, con el rostro de Ken, Yukihiro, con la preocupación de Tetsu. Las manos de Tetsu. La pregunta de Ken una vez más: ¿qué es el amor? Los cristales azules que por primera vez le parecían cálidos, la noticia del casamiento de Tetsu, aquella vez que le había dicho que L'Arc~En~Ciel se iba a separar. Y se detuvo en ese momento. Evocó cómo había despertado decidido en la mañana. Casi no había dormido, y con el sueño liviano de esa noche, había tomado el valor suficiente para determinar que ese día diría la verdad. Recordó cómo se había presentado ante Tetsu, y éste con aquella sonrisa triste le había dicho la noticia de la separación. Evocó su sensación de impotencia al verlo a los ojos y no poder hablar. No pudo hablar ni aún en el limite, ni aún en el final. Recordó cómo él mismo había guardado silencio ante el líder.

El aparato estaba en el borde de la silla. Un poco más, y caería.

"Anata e to, tabidatteiru."

Hyde cerró los ojos y se lamentó no haber podido escribir una carta. Una carta de disculpas, a Ken, a Yukki, y por sobre todo a Tetsu. Iba a sucumbir finalmente. Desaparecería, como siempre lo había deseado.

-¡HYDE! -un grito desesperado detuvo a Hyde, quien abrió rápidamente sus ojos, y vio cómo su amigo, consternado, desenchufaba el aparato con rapidez. Hyde lo observaba asombrado. Aún mantenía el cable en su mano, en un triste gesto de derrota. El aparato calló dentro de la bañera, y ambos sólo escucharon el sonido del mismo al ingresar al agua.

Hyde lo miraba pasmado. Su amigo lo observaba con enojo, con rabia, con una mirada brillante e impotente. El vocalista no comprendía lo que sentía. No sabía si estaba fastidiado y molesto con él por haberle quitado la posibilidad de desaparecer definitivamente, o se sentía feliz de aquella preocupación.

-¿Qué haces aquí? -preguntó con voz calma, serena. La voz de la muerte.

-¿Hyde, por qué? ¿Qué mierda pensabas? ¿Por qué? -calló de rodillas frente a él, y lo miró en línea recta, al estar su altura igualada.

-Tú siempre eres como mi madre, ¿no? -le sonrió con indiferencia.

Parecía que Hyde no despertaba del trance en el que se había sometido.

-¡Mierda! ¡Eres un hijo de puta! ¡Hyde! Me dijiste que te cuidarías. Me dijiste... -su voz contenía rabia, contenía impotencia, contenía el dolor de casi haber llegado demasiado tarde.

-Tetchan... -le susurró, en un sutil deseo de no escuchar reclamos.

-¿Por qué? ¿Por qué? ¡Me contestarás! ¿Por qué? -le decía con tono rudo, conteniendo las lágrimas de impotencia con dolor.

-Porque no tiene sentido... No tiene un por qué. Es por eso.

Tetsu apoyó sus manos en la silla, y se acercó a Hyde, quien no dejaba de observar su mirada. Al vocalista, le sorprendía el estado de su amigo. Un gran desasosiego. Era lo único que le quedaba.

-¡No digas eso! ¡Eres un maldito! ¿¡Por qué no te ayudas! ¿Por qué no pones voluntad? ¿¡Por qué no dejas que alguien te ayude! ¡Déjame hacerlo! ¡Yo quiero verte bien, quiero ver el Hyde de los inicios de L'Arc~En~Ciel! ¿Por qué no me lo regresas? ¿Por qué lo has sepultado antes de morir?

Hyde estaba sorprendido con esas palabras. El Hyde de los comienzos era un extravagante muchacho, con una cierta alegría innata, tamizada por el oscuro pensar trágico de la vida. Sin embargo, ello no afectaba más que en sus reflexiones profundas, en momentos muy críticos. Ese Hyde que tenía un cierto grado de inocencia, de ingenuidad... Ese que la sombra

fantasmal de su recuerdo había consumido, había desgarrado, había hecho sepultar.

Él no lo había matado a ese Hyde, sino el espectro que nunca lo dejaría.

-¿Ayuda? Tetchan… Nadie puede ayudarme... Nadie.

-¡No! ¡Eso es porque tú no quieres que te ayuden! ¿Por qué? ¿Por qué?

-Tú quieres el pasado de regreso... Yo también, justo en los principios de L'Arc~En~Ciel. ¿Sabes? Yo también extraño ese Hyde. Pero créeme, que lo han matado, y yo no he sido el culpable... -le susurró, observando las manos de Tetsu que se clavaban inútilmente en la madera de la silla.

-¿Quién? ¿Entonces quién fue?

-Te dije que nunca preguntaras eso...

-Pero habíamos pactado... ¿lo recuerdas?

-Sí. Pero aún no lo diré. No quiero decirlo. ¿Qué caso tendría?

-Las cosas tomarían sentido.

-No te mientas más, Tetchan. Las cosas nunca tienen sentido. Sólo es azar, sólo es soledad. Tristes animales pensantes, que sufrimos más ante esa condición de conciencia. Nada más.

-¡Mierda! ¡Eres una mierda, Hyde! -le gritó levantándose del suelo, con impotencia, con dolor. Un par de lágrimas cayeron de sus ojos, mirando con el ceño fruncido aquel cuerpo dentro de la bañera, que aún estaba en trance-. ¡Odio cuando te pones así! ¡Odio cuando no quieres ayuda! ¡Mierda! ¿Qué rayos pasa contigo? Te estoy dando mi mano, te ofrezco mi ayuda, si no la aceptas, dime entonces quién podría, y yo lo consigo, pero por favor, ¡Hyde…! No te mueras... -los gritos desesperados se ahogaron en el susurro-. No te mueras... No me lo perdonaría nunca...

-Tetchan, tú siempre crees tener la culpa de todo. Pero quiero que sepas que, de mí, tú no tienes culpa de nada. Yo soy lo que soy por mí mismo, y por mi pasado. No hay en él nada que tú hubieras podido hacer para remediarlo... Nada... Además, Tetchan, el tiempo que anhelamos, ya se esfumó. El tiempo no regresa. Lo hemos perdido. Y tú, como yo, hemos perdido a ese Hyde que tanto estimabas. Sólo queda la sombra... Sólo queda esto... Perdóname... -le decía triste, mirando las rodillas de Tetsu, observando esa piel que se mostraba gracias a aquellos extraños pantalones cortos que tanto solía utilizar el líder del grupo.

-Quiero ayudarte. Quiero... Dime cómo...

-Simplemente déjame solo...

-¡Hyde! -su rostro contraído luchaba por contener sus lágrimas, luchaba por no dejar quebrantar su voz. Hyde estaba perdido, sumido en sus tinieblas, y Tetsu, impotente, no podía hacer nada. Se arrepentía de haber tomado sus vacaciones. En dos semanas, Hyde estaba al borde de la muerte, en un estado de profunda tristeza-. ¡Hyde! ¡Hyde! -no dejaba de repetir su nombre, buscando con desesperación, que fueran palabras benditas, que fueran palabras curadoras, y sanaran el enfermo espíritu de su amigo. Pero nada podía hacer, porque Hyde simplemente se había encerrado en su propio mundo. Había elegido su propia soledad, en el infinito vacío que era-. ¡HYDE! ¡HYDE! -gritaba, cerrando sus puños, esperando que ese ser dejara de observar sus rodillas, y lo viera a los ojos.

-Tetchan... -levantó su vista finalmente, y, en un sepulcral silencio, Tetsu logró esa intuición súbita. Vio a través de los ojos de Hyde su necesidad de él. Su tristeza, su soledad, un pasado no dicho, secretos dolorosos, sangre con lágrimas, y la pérdida de tesoros innatos. La devastación y el caos hacían nido en el espíritu de su amigo.

-¡Por lo que más quieras en este mundo, dime qué hacer! ¡Dime qué hago! ¡Dime cómo hacer para que aceptes mi ayuda, para que me hables, para detenerte en esta locura…! Por favor...

-Déjame solo.

-Pero...

-Sólo hazlo.

Tetsu reconoció el estado en que estaban ambos. Una completa alteración y una tranquilidad insegura. Esas actitudes estaban en cuerpos ajenos. Estaban intercambiados. Tetsu tomó el aparato, y se fue del baño, intentando dejar la puerta semiabierta.

-Cierra la puerta -le dijo Hyde con sutileza.

Y Tetsu tuvo que aceptar. Cerró la puerta, y se dirigió al sillón del salón. Estaba alterado, incrédulo de la desesperación en la que había ingresado.

Dejó caer pesadamente su cuerpo en el sillón, y meditó en lo ocurrido. Reconoció el miedo atroz que había sentido al pensar que tan sólo un segundo más tarde, Hyde no hubiera dicho nada de lo que había dicho. Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

Hyde lo necesitaba, con aquella percepción lo había reconocido. Había visto el desolado desierto de arena en que se había transformado el alma del cantante. Suspiró con tristeza, y su vista cayó en los papeles que había sobre la mesa. Tomo las letras y las leyó. Cada poesía, era una declaración más funesta. Hyde era una polilla triste, opaca, que a cada aletear, perdía ese polvillo vital que le permite recorrer el aire, y lentamente se dejaba caer en espiral hacia la llameante luz, la ardiente lámpara de su destino final. Hyde caía, sin tomar nunca o siquiera rozar, alguna mano de las que se le ofrecían para detener su precipitación.

¿Cuánto le faltaba para llegar al suelo?

Sintió cómo la puerta del baño se abría, y aparecía tras de ella un Hyde recuperado, restaurado en lo que se había transformado su personalidad en los últimos años. Aquella primorosa imagen de vitalidad irónica que se pudría por dentro.

Hyde fue hasta la cocina, y preparó dos cafés. Se sentó en el otro sillón, frente a la mesa pequeña que contenía las letras y acordes recientemente creados, encarando a Tetsu, quien solamente estaba vencido contra el sillón, mirando con desconcierto el caminar, el actuar, y el mirar de aquél que decía ser su amigo. Hyde lo había observado un instante, y sintió todos aquellos reclamos silenciosos, tan estridentes como si fueran gritados. Bajó su vista con cierta vergüenza, y dejó la taza de café para Tetsu en la mesa, a la distancia necesaria para que él la tomara. Tetsu sólo lo miraba, con miedo, con rabia, con enojo, con tristeza. Nunca lo había visto así. Tenía que decir algo, porque Tetsu se lo estaba exigiendo a gritos en aquel agonizante silencio.

-Tetchan... Yo... Perdóname...

Tetsu no respondía. Sólo lo observaba con ese mismo gesto, sin modificar absolutamente nada.

-Tetchan... Háblame, ¿sí…? Regáñame... Reclámame... Insúltame, pero, por favor no te quedes en silencio -levantó su vista para volver a ver ese mirar, que regresaba a estar brilloso, que contenía con fuerza las lágrimas-. Tetchan, ¡no me mires así! No me hagas esto… ¡tú no entiendes! ¡Tú no entiendes! ¡Estoy mal! ¡Lo sé! ¡Y necesito salir! ¡Entiende que es la única forma…! -Tetsu dejó caer una lágrima. La impotencia lo torturaba-. ¡No llores! ¡Mierda! ¡Tú no entiendes! No es tu culpa, no creas que puedes controlarme. No eres tú, ni Ken, ni Yukki, ni Megumi… Soy yo... Soy yo y mi pasado, y mi vacío, y mi soledad... No lo soporto, Tetchan. Tú no lo entiende...

-¡PERO NO ME DEJAS ENTENDER! ¡Eres un bastardo que se quiere morir, y le importa un cuerno todos los seres que dejará dañados. ¡Te importa una mierda que me sienta como me estoy sintiendo ahora, al verte así, sin fuerza, derrotado, sin vida! ¿Dónde está el Hyde que yo regañaba? ¿Dónde está?

-Era sólo una imagen...

Tetsu lo miró con sorpresa. ¿Acaso eran verdad todas aquellas cavilaciones, todas aquellas sospechas, de creer que el Hyde que había querido como su gran amigo fuera sólo esa alegre pintura de zafada personalidad, y que el verdadero, oculto durante tantos años, se liberaba de su jaula y mostraba el profundo ser perdido en la soledad?

Tetsu se levantó con impotencia y lo miró con soberbia desde arriba.

-¡Hyde! ¡Te juro que si intentas cualquier estupidez, nunca te perdonaré! ¡Nunca! ¡Te iré a buscar al infierno para que sientas realmente lo que es la culpa! -sentenció con rígida expresión, con algo de maldad en aquellos ojos. La impotencia se había transformado en odio pasajero.

Tetsu iba abandonar el departamento. Abrió la puerta de salida, y halló a Ken a punto de tocar timbre. Ken lo observó con asombro, pero notó el estado en el que se hallaba, y prefirió el silencio. Le dio paso a su líder, quien se fue sin más mediaciones. Ken ingresó al salón, y halló a Hyde tomando una taza de café, con un cigarro recientemente prendido, mirando con fijación especial el aparato de música portátil.

¿Qué había pasado? Ken se preguntaba en silencio. Ese día trabajaron sólo en los acordes, con pocas palabras, sin chistes, casi por obligación. Ken no preguntó nada.


Llegó a su apartamento cansado. Más cansado que de costumbre. Ya su hábito de no dormir lo agotaba, y esas nuevas situaciones con un Hyde ciclotímico lo estresaban de sobre manera. Sin embargo, aquella tarde, el encuentro con Tetsu lo había sorprendido. La personalidad de Tetsu y Hyde habían sido tan frías. Tenía que saber qué había ocurrido.

Tomó su teléfono y llamó al celular de Tetsu.

-¿Sí?

-Hola, ¿Tetchan? -preguntó con cierto temor.

-¿Quién es?

-Ken.

-¡Ah! -Ken se percató del estado devastado de su amigo. Era la primera vez que no le reconocía la voz.

-No quiero molestar, pero... Necesito saber qué rayos pasó...

-Ken… Realmente quisiera hacer algo, pero no sé. Hyde no quiere -comentó sin sentido, como respondiéndose una pregunta que lo había mantenido reflexionando por un tiempo considerable antes de atender el teléfono.

-¿Qué ocurrió? ¿Por qué regresaste de tus vacaciones antes, y saliste de allí con esa actitud?

-Regresé porque sentí algo malo... Ken... Hyde se iba…

-¡No! -interrumpió no queriendo escuchar, pero sabiendo.

-Sí.

-¿Pero cómo? ¡Estaba tan tranquilo!

-Iba a dejar caer el aparato de música en su bañera. Iba a morir escuchando su propia canción... ¡Ken! ¿Qué hago? ¿Qué hacemos? ¡No quiere ayuda! ¡No quiere salir, quiere desaparecer, quiere terminar con su vida! ¡No sé qué hacer! ¡No sé! -Tetsu comenzó a llorar, sintiendo cómo la impotencia una vez más lo estragaba. Ken estaba atónito. Aquella mirada

de añoranza con la que Hyde había visto ese aparato adquiría ahora significación.

-¡Mierda…! ¿Qué vamos a hacer?

-No podemos hacer nada. No quiere. ¡Ken! Me arrodille ante él, lloré ante él, le rogué que se detuviera, que dejara esa actitud, y que aceptara ayuda de quien fuera, pero que la aceptara.

-¿No quiere ayuda…? Pero... ¿por qué?

-No lo sé. No sé qué hacer -decía con resignación, apagando su llanto.

Ken reconocía la crisis de Tetsu. Su mejor amigo estaba muriendo.

-¿Quieres que llame a Yukki?

-¿Qué podría hacer él? Déjalo. Deja que aproveche sus vacaciones. Al menos él está resguardado de todo esto por el momento.

-Tetchan, hablas como si no fueras a evitar...

-No lo voy a hacer.

-¿Qué? ¡Pero es Hyde...!

-No puedo. No puedo hacer nada si no me habla, si no me dice. Tiene que abrirse. Me duele, pero no hay otra forma. El lo quiere así...

-¿Y si lo internamos?

-¿Tú crees que lo resistirá? Tan sólo sugerirle la idea, haría que de inmediato tomara su vida -Tetsu sonaba por el tubo con resignación, con impotencia desanimada, con profundo dolor.

-¡Hay que hacer algo…!

-No sé quñe hacer, no lo sé…

-¡MIERDA! ¡TETCHAN! ¡QUE DICES! -gritó exasperado-. ¡Si alguien puede hacer algo eres tú!

-¿Yo? Oye, me echó de su departamento, quiere soledad, quiere morir. Ya no puedo hacer nada... ¿leíste las últimas letras?

-Sí.

-¿Leíste la número 4?

-Sí… ¡Rayos! -dijo comprendiendo el significado de esa letra.

Recordó las palabras 'a Tetchan le encantará'. Era la que más tonalidades tenía. Tonalidades mortíferas.

-La puso en el numero cuatro. 'shi'. (shi = 4, shi, con otro kanji =muerte)

-Tetchan. Tienes que darle un sentido a su vida. El me confesó que tú eres especial.

-¿Qué? -Tetsu se sorprendió ante tal comentario.

-Sí. En estos últimos días, yo hablé de forma muy imprudente, porque ya sabes... tengo mis problemas. Creí que tal vez, él pudiera sugerirme algo... Pero creo que me equivoqué...

-¡KEN! ¿Hiciste qué? ¿Por qué? ¿Le diste ideas? ¡Lo entristeciste más con reflexiones! ¿¡Verdad! ¡Eres un imbécil!

-Perdón, lo lamento. Ya te dije, Tetchan... Pero gracias a esos temas, él me habló de ti. Eres la única persona que él siente que se preocupa por él. Eres lo único que le queda... Tiene miedo de que lo abandones por Kaori, de que olvides la amistad del grupo por ella. Que te cases y vivas tu felicidad, olvidándolo a él... Tetchan. Si tú no lo sacas, nadie va a poder -Tetsu escuchó en silencio la voz apesadumbrada de Ken. Sintió pena por su amigo. Era verdad. Desde antes de la gira, Ken demostraba un comportamiento extraño. Tenía sus problemas, pero no los hablaba con nadie. Por un instante se turbó por él.

-Oye, Ken... Gracias... Y perdóname. Perdóname por haberte gritado... Yo sé que estás mal también, pero eres igual que él. No quieres ayuda, te niegas a hablar. ¿Tú también vas a intentar matarte? -Tetsu lo preguntaba con el corazón. Ken sonrió y generó un sonido de risa suave.

-Gracias, Tetchan, pero no estoy así. Es verdad que no ando bien, pero créeme que Hyde es el que te necesita con más urgencia. Dedícate a él si lo quieres sacar. Yo ya hablaré con Yukki cuando regrese.

-Ken... Gracias... Y perdóname.

-No te preocupes, tú concéntrate en él. Nos vemos. Adiós.

Ken colgó el teléfono. Intentaría dormir esa noche. Se arrojó a su cama, pero sólo podía escuchar el sonido de las agujas del reloj que en cada segundo parecían reverberar en una frase única: 'yo no soy experimento de nadie'.


Finalmente había despertado algo más descansado que de costumbre. Miró el reloj, y pudo calcular que el tiempo dormido había sido de 6 horas. Había mejorado. Sonrió con tristeza.

Tetsu se encargaría de Hyde. Sólo él podía hacerlo. Si Hyde ya tenía en su mente el suicidio, nada, de ahora en adelante, podría cambiarle de tal idea. Nada. Pero tal vez alguien sí Porque Ken había descubierto que no existía cosa material por la cual la personalidad de un humano cambiara, pero siempre existía un alguien, por el cual se arriesgaba hasta la propia vida, la propia felicidad. ¿Acaso eso era amor?

Él aún mantenía su propio problema. Si bien estaba preocupado por Hyde, sabía que ya nada podría hacer, sólo esperar que Tetsu lo lograra. Ahora, que él había regresado, Ken podría ocuparse de sus propias dudas, de las respuestas, de las preguntas, de las definiciones que buscaba. Intentaba descubrir todo un mundo que, hasta entonces, le había sido vedado por sí mismo, por su confusión con los sentidos. Estaba perdido en las sensaciones en las que hacía tiempo creía no poseer, y a veces las confundía con su estado de abstinencia, con su estado de novedad. ¿Tanto podía haber perturbado su mente la simple sugerencia de Hyde hacía tantos meses dicha?

Se levantó con el cansancio levemente disminuido, y salió de su apartamento. Hyde y sus propias confusiones no le habían permitido crear absolutamente nada para SOAP.

Caminó por las calles, que comenzaban a llenarse de personas. Personas que caminaban por la ciudad, tan desconocidas para él. Hyde tenía razón. Todos ellos creían conocerlos, pero en realidad, sólo veían esa imagen que ellos, de manera conciente o no, mostraban. Todos pensaban que Hyde era el demonio del grupo, el macabro, pero nunca lo imaginarían como suicida. Sin embargo... Allí estaba, luchando su vida o su muerte. Al líder, lo imaginaban el más delicado, y no obstante, poseía una gran fuerza. Lidiaba con cada uno de ellos, en sus mejores y peores días, y soportaba con estoicismo cada dura riña. Luchaba con garras, sin dañarlos, pero mostrándoles la realidad. Y a él, que nunca borraría su pasado, seguramente lo consideraran el más mujeriego, el más perverso, el más experimentado de los cuatro, pero ahora comprendía lo principiante que se había vuelto. Aún no sabía siquiera lo que era el amor. Sonreía con descreimiento, mientras caminaba cavilando. Nadie lo podría creer. Es que sólo veían las imágenes, siempre veían sus cuerpos, sus rostros, sus ropas, sus actitudes... ¿Pero cuántos de esos desconocidos que caminaban por la calle, al verlos en programas o revistas, se fijaban realmente en sus ojos? ¿En su mirar? Ken había descubierto lo que la mirada de una persona exhibía sin poder ocultar. Era por ello, que en las situaciones más embarazosas, nadie miraba a los ojos. La verdad escondida podía ser evidenciada. Siempre eran los delatores del alma humana.

Una vistosa envoltura colorida sorprendió el campo visual de Ken mientras reflexionaba. Dirigió su vista hacia una vidriera, y observó con alegría una extraña creación comestible. Iba a ser ideal.

Hacía casi dos semanas y media de aquel día en que Tetsu había dado inicio a las vacaciones, y ya sólo faltaba que Yukihiro regresara. El estado de Hyde había puesto en alerta a los demás.

Ken había decidido resolver su problema hablando con Yukihiro. No lo deseaba con gusto, porque sabía de su habilidad, de ese don de la tierna presión que ejercía sobre el hablante, haciendo confesar más de la cuenta. Tenía miedo de que la mirada de Yukihiro, y ese departir pausado y tranquilo que adquiría en esos momentos, no pudieran ser resistidos, y gritara toda la verdad, todas las confusiones, y Yukihiro simplemente se riera de él. Tenía miedo, de sentirse ingenuo o iluso. Tenía miedo de parecer lo que en verdad era. Un total ignorante del tema, un incapacitado para el amor. Las dudas lo consumían, y debía ser ayudado. El baterista lo haría. Para cuando regresara, Ken tenía pensado prepararse mentalmente para resistir esa paz que entregaba el joven cuando hablaban en confidencias.

Hasta que ese día llegara, entrenaría diariamente en sus reflexiones.

Fue hasta el departamento de Yukihiro con el envoltorio comprado que contenía el regalo perfecto. Sabía que la cerradura de Yukihiro era inútil y cualquier método simple la abría. Muchas noches de bromas le habían enseñado tales artimañas para martirizar a su amigo. Así, frente a esa puerta, introdujo una pequeña tarjeta por el costado, logrando rápidamente abrirla. El sonido había sido seco y agradable.

El departamento de Yukihiro lucía como si aún estuviera en el lugar. Estaba sorprendentemente limpio, y las persianas sólo dejaban ingresar una tenue luz del sol mañanero. Ken se dirigió a la cocina, y abrió el refrigerador, depositando con cuidado el regalo en el interior.

Sin embargo, al cerrar la puerta de la nevera, descubrió tras de ella una figura empuñando un palo a punto de golpearlo. Trastabilló hacia atrás ante el susto, y cayó al suelo, evitando que el palo golpeara su cabeza.

-¡Ken! ¿Qué haces aquí? -Yukihiro sorprendido preguntó, soltando el palo, y dando una mano a Ken para que se incorporara. Yukihiro estaba en su departamento, después de todo. El joven se había asustado, y en defensa propia casi atacó a su amigo.

-¿Yukki? ¿Ya has regresado? -preguntó algo sorprendido.

-¿¡Acaso no lo ves, bobo! -dijo con ironía. Ken le sonrió-. Tú no me contestas, ¿qué haces aquí?

-Ahh... Bueno... No importa... Bueno, en realidad... Quisiera hablar contigo...

-¿Sí? -preguntó sonriendo-. Vamos al salón, saco unas sodas y hablamos, ¿quieres? - Yukihiro había observado el cuerpo cansado, y esas ojeras que no desaparecían del rostro de su amigo. Tal vez había ido a su departamento para buscar desahogo, aunque sabía que era una excusa. Yukihiro tenía conciencia de que Ken había ido allí sabiendo que él no estaba.

¿Por qué? Lo quería descubrir.

-¡Ah! Espera, saco las sodas por ti... -Ken abrió el refrigerador nuevamente, y le entregó las sodas. Se dirigieron al salón, y cada uno se sentó en un sillón diferente. Yukihiro prefirió el central, en el cual se recostó, apoyando sus pies en el posa-brazo del extremo.

Ken lo miraba, asombrado, embelesado. Sabía que si hablaba con él en ese momento no lo resistiría. Yukihiro lo descubriría, porque Ken no se había preparado. Ken no le hablaría de su problema, sólo de Hyde.

-¿Y bien? ¿De qué hay que hablar?

-Por cierto... Yukki, ¿por qué no avisaste de que regresaste antes?

-Realmente no lo tenía pensado, pero ayer me colmaron.

-¿Regresaste ayer?

-Sí.

-¿Qué pasó?

-Mis padres ya comenzaban a exigirme cosas... Tú sabes…

-¿Qué cosas? ¿Qué te pueden exigir? Eres un buen chico...

-No, Ken, no lo soy.

-Ah, ¿no? ¡Are! Y yo no sabía... -comentó con una sonrisa pícara.

Yukihiro notó nuevamente la actitud de su amigo. Ese carisma que había extrañado por esas semanas de descanso. En el fondo, había regresado sólo para no añorar a Ken. A final de cuentas, era lo único que podía corresponder con él: la presencia compartida.

-Ya, no molestes, porque si has venido para eso, te digo que has interrumpido mi descanso, y no tengo humor... -dijo molesto. No le contaría la real causa de su regreso-. ¡Ya! Habla, ¿qué pasa?

-Bueno -Ken se puso serio, y Yukihiro, que lo veía recostado, fumando con tranquilidad advirtió ese cambio-. Hyde intentó… Matarse...

-¿Qué? -Yukihiro se incorporó y se sentó en el sillón, mirando sorprendido a Ken-. ¿Lo hizo? Pero si estaba tan… -recapacitó un momento. No. Él sabía que no estaba bien. Él sabía que Hyde era sólo una imagen que ocultaba al verdadero ser oscuro de sus entrañas-. Vaya... Lo hizo finalmente…

-Mmm... Como tú habías sospechado, Yukki.

Yukihiro lo miró con cierta vergüenza. No le agradaba tener razón en ese asunto. Hyde, después de todo, también era su amigo.

-Yukki, tú eres tan perceptivo. Puedes entender a todos... Dime, ¿sabes cómo ayudar a Hyde? Tetchan está al borde de la desesperación con él. No quiere recibir ayuda, pero está cayendo... -comentó angustiado.

-Lo sé. Pero no tengo idea cuál es el gran dolor de él. Recuerda que ya hace un tiempo platicamos sobre esto, ¿lo recuerdas?

-Sí.

-¿Qué podría ser tan grave para Hyde que lo sometiera a esto? Lo único que puedo encontrar en sus letras, en su actitud, y en su música es una sola cosa: la soledad.

-Sí... El mal que nos afecta a todos... -dijo recordando sus propias palabras, las mismas dichas en el estudio antes de que Yukihiro se enfadara con él.

-No creo poder hacer algo. Pero cuando lo vea, hablaré con él. Me preocupa.

-Gracias Yukki.

Ken se levantó del sillón, dispuesto a irse, pero antes de dar siquiera un paso, Yukihiro lo tomó del brazo, y lo detuvo.

-¿A dónde piensas que vas?

-¿Eh? -comentó desubicado, confuso de aquella ironía.

-Siéntate, aún no terminamos de hablar -Yukihiro lo había notado en la cocina, cuando Ken había dado su justificación de su presencia en su departamento. Yukihiro lo advertía, más allá de las palabras. Ken quería hablar con alguien, necesitaba resolver ese problema que lo aquejaba desde hacía mucho tiempo. El baterista había percibido que aquella noticia de Hyde era sólo una simple excusa más, un deber tal vez, una forma de justificar su presencia en un departamento que debía estar vacío, pero en el fondo, reconocía que Ken deseaba hablar. Y lo detuvo.

-Pero... Yo...

-¡Vamos! -le ordenó con una gran sonrisa.

Ken regresó a sentarse en el sillón individual, mientras Yukihiro lo miraba con una sonrisa amena. No. Ken temblaba. Temblaba por lo que se avecinaba, y aún no se había preparado. Cerró sus ojos, y tomó valor. Si Yukihiro no le daba respuesta a sus preguntas, nadie lo haría.

-Vamos, Ken. Desde que me he ido de vacaciones, no has cambiado en nada. Sigues con ese cansancio en todo tu cuerpo. ¿Qué ocurre? ¿Has faltado a tu palabra?

-No. Claro que no.

-¡Pues hazlo!

-¿Qué? -dijo sorprendido. No entendía cómo Yukihiro, el mismo que le había dicho que dejara esas noches de salvajismo, ahora le decía que regresara.

-Tu cuerpo lo pide. Tal vez no lo puedas controlar, tu naturaleza es así. Pero Ken, no puedes seguir mucho más en ese estado.

-Lo sé, Yukki, y créeme que no tiene nada que ver con mi abstinencia.

-¿Entonces Tetsu tenía razón?

-¿Qué? -lo miró curioso.

-Te has enamorado... -Yukihiro le sonrió con nostalgia. Sonrió de la misma forma tierna e ingenua que lo hacen los amigos al descubrir el primer amor de su colega. Ken finalmente se sentiría pleno, se sentiría bien. Un pequeño dolor crecía en su pecho, un dolor de frustración, de pérdida, de necesidad, pero sabía que se compensaba con el dolor de felicidad que le daba. Yukihiro sintió la mayor placidez que nunca creyó experimentar con Ken. Una ventura por el bien ajeno, por más que él fuera sólo un expectante de aquella dicha. Sin embargo, Ken se había puesto muy tenso, y lo miraba con cierto espanto.

-No. No creo…

-Claro que sí -le dijo jugando un poco.

-Pues bien... Contéstame una cosa, Yukki... Para ti, ¿qué es el amor?

Yukihiro lo miró con asombro. No esperaba esa pregunta. Se recostó sobre el sillón, prendiendo un cigarrillo. Miraba las medias que calzaba, apoyadas en el posa-brazo. Ken sabía que allí hablaría Yukihiro, y que sus palabras lo dañarían tremendamente. Sabía que todo era inesperado, porque no había tenido tiempo para prepararse.

-¿Por qué deseas saberlo?

-Porque estoy confundido -su primera verdad, sabía que estaba perdido. Cerró sus ojos, y sólo escuchó esa voz tranquila, calma, que lo sumía en una paz nunca antes sentida, y distinguía que era la causante del trance tras el cual sucumbiría ante él. Abrió sus ojos y lo observó.

Yukihiro había tomado un tiempo en la reflexión necesaria para dar una definición. En el fondo, él tampoco lo sabía.

-Pues... Es raro. Es una sensación extraña.

-Bien. Pero da detalles.

-Deseas que la persona de tu amor sea feliz. No importa si es contigo o con otra persona. Sólo deseas su felicidad, por sobre la tuya... Es hallarse en las soledades y hacerse compañía, es sentir en el simple roce de la piel el escalofrío del destino, sentir el latir del corazón, notar la vida en ambos, y descubrirse mutuamente. Es el aprendizaje a dúo. No hay nadie más experimentado, ni es una competencia. Es sólo un disfrute simple -Yukihiro continuaba mirado sus medias, y sonrió con amargura-. Es la sensación de ser del otro, y que el otro sea de uno. Es querer pasar tu vida a su lado, compartir todo, hablar y sentir de a dos... -Ken escuchó esas palabras con gran asombro, con un leve dolor en el pecho. Yukihiro había sonreído de una forma especial, a pesar de que su mirar le era oculto. Al igual que Hyde, Yukihiro prefirió ocultarse, prefirió poner unas barreras, para no estar tan indefenso. Ante aquella sonrisa, Ken sintió un estremecimiento de tristeza. Esa sonrisa era producto de la imagen que de seguro habría aparecido ante su mente al decir esas bellas palabras. Sentía envidia por aquella joven que nunca había visto y que tanto Tetsu como Hyde habían comentado. Sintió desazón de no poder tener a Yukihiro de esa forma. De no hacerlo sentir de esa manera. Y se entristeció mucho.

-Vaya. Qué bonito. Suena tan bello... Desearía tanto conocer esas sensaciones...

-Ken... ¿tú qué sientes?

-No lo sé.

-¿Qui-en es la afortunada?

-Ja. ¿Afortunada? ¿Tú crees realmente que una persona en la que yo me fije puede ser afortunada? No bromees, Yukki -sonrió con cierta gracia. Yukihiro había volteado su vista para fijarla en la de Ken, mientras continuaba fumando, sorprendido por esas palabras-. La afortunada verdaderamente es tu chica, Yukki. Un tipo que sienta como tú lo haces, hará feliz a cualquiera...

-No. No a cualquiera. Si fuera tan fácil... -suspiró con resignación.

Ken sospechó de esa respuesta.

-¿Qué quieres decir? ¿Acaso ella no te quiere?

-Olvídate de eso, ¿sí? Déjalo. Dime de ti... ¿ella te corresponde?

-¡Por supuesto que no! -comentó con pena. Yukihiro se impresionó aún más al escuchar la seguridad en las palabras tiranas de Ken.

-¿Quién es? ¿La conozco...? -un leve recelo mechaba en su curiosidad.

-Yo creo que sí...

-Mmmmm... ¡No tengo idea! -había sonreído tras pensar con afán. Ken sabía que ya no tenía salvación. Era hora de arrojarse lo más delicadamente. Perderse en el vacío, en el rechazo, en todo aquello que no conocía. Pero si no hablaba con Yukihiro, su estado empeoraría. Si no moría frente a Yukihiro, ¿ante quién podría hacerlo? Dejó su espíritu libre, dejó su sentir desencadenado.

-Es una persona muy suave, muy tierna. Tiene gran timidez, y habla de una forma, que genera tranquilidad.

-Mm, suena muy bien -había dicho Yukihiro, mirando el techo, tratando de imaginar el rostro de una joven que hiciera sentir a Ken lo que él sentía por el guitarrista.

-Tiene mucha paciencia, y me conoce como pocas personas. Con tan sólo mirarme a los ojos, sabe cómo me siento. Eso es nuevo para mí. Alguien que se fije más allá de mi estupidez. Una persona que se adentre en mi alma -Ken sonrió con amargura, y miró el suelo. Yukihiro había sonreído ante esa descripción. Ken era un estúpido, de eso, Yukihiro daba fe.

-Ken, ¿nunca has dormido con ella? -el recelo aparecía, titilaba en su interior.

-¡Claro que no! ¡Te dije que no me acepta!

-Es extraño que sientas eso sin haberlo hecho…

-¿Es extraño? ¿Por qué? ¿Porque soy yo…? -Ken había fijado la vista en el rostro evasivo de Yukihiro. ¿Acaso el baterista lo creía sólo carne, sólo sensaciones? Un leve dolor punzó su pecho. En el fondo, tenía razón. Ken había sido el único culpable de que todos a su alrededor pensaran de esa forma. No había otro responsable.

-Ehh... No quise decir eso...

-No, dilo, Yukki. Quiero saber qué hay de errado conmigo -Yukihiro notó el tono triste de Ken. ¿El rechazo era lo que lo mantenía tan estresado?

-¿Te rechazó definitivamente?

-No lo sé.

-¿Cómo? -lo miró por un momento, pero Ken sólo observaba el suelo, concentrado en su relato, recogiendo sensaciones desde las profundidades de su cuerpo…

-Me contesta cosas extrañas. Cosas que no sé si representan un rechazo simple, una restricción, o un aceptación bajo condiciones. No lo sé. Siento que a veces al mirarme, me acepta, pero luego se rehúsa. Me pierdo en su trato. Me pierdo en su personalidad. Creo conocer y no su esencia. Y lo único que hace es que me sienta tan profundamente confundido.

-Tal vez sepa de tu pasado -dijo con pena, sin verle a los ojos.

Yukihiro estaba lastimado. La envidia era dolorosa, pero más aún ver el sufrimiento de Ken.

-Sí. Sabe de mi pasado. Con detalle.

-¿Lo sabe? ¡Rayos! -lo miró un instante sorprendido. No aparecía en su mente ninguna imagen conocida.

-Es malo. Sí. Lo sé. Por eso no me acepta. Cree que nunca podré experimentar otras sensaciones que no sean las de la carne. Estoy seguro que me imagina como un animal instintivo -Yukihiro giró su rostro hacia Ken, para observarlo. Era extraño. Aquellas palabras eran muy personales. Eran sus propias ideas-. Sé que me ve sólo como un hombre que no puede amar, que sólo sacia sus necesidades, que usa, para luego descartarse. Sé que me odia en ese aspecto... Lo sé.

-¿Cómo sabes eso?

-Lo sé cuando veo sus ojos, y noto cómo me mira. Noto cuando me desprecia de esa forma, y me duele. Créeme. Pero lo que más detesto es que creo... que puede tener razón.

-¿Qué?

-Tal vez es sólo un capricho -suspiró con una amarga sonrisa, recostándose sobre el respaldo.

-¿Qué dices? -dijo sorprendido.

-Sí. Un capricho. Tal vez sólo una extrañeza... Tal vez sólo un juego... O tal vez no. Tengo miedo y confusión. Los sentimientos me contradicen. Por un lado esa persona simula rechazarme con una respuesta que no sé entender como aceptación, como rechazo o como algo diferente, y tengo miedo de perderme yo mismo en la confusión, y resulte que todo sólo

fue un poco más de lo mismo.

-Ken... ¿tú qué crees? -Yukihiro notaba con preocupación la real situación de su amigo. Una situación insostenible durante tanto tiempo.

-No duermo durante meses pensando todas las noches en la posibilidad de dañar a esa persona. Pero no puedo detenerme. Necesito que me dé la oportunidad. Pero aunque me la dé, tengo miedo de dañarle. Si tan sólo lastimo un cabello de esa persona, te juro, Yukki, que nunca me lo perdonaría.

-¿Por eso no duermes?

-Por eso, y por nunca hallar el verdadero sentido a su respuesta.

-¿Qué respuesta te dio? -preguntó mirando el techo, tratando de hallar la chica que concordara con todas esas habilidades y fuera conocida.

Ante la pregunta, Ken suspiró con gran sonoridad, y Yukihiro advirtió su nerviosismo. Sintió pena por él. Sufría demasiado. Y Yukihiro se desangraba con él, en ese dolor compartido. Fue cuando escuchó la respuesta:

-"Yo no soy experimento de nadie."

Yukihiro abrió grandemente sus ojos, se tensionó súbitamente, y se sentó con suma rapidez en el sillón, mirando con agitación a Ken. Éste sólo lo miraba con la tristeza del derrotado, del cansado. El que ha perdido todo y se entregaba al final del camino con la poca energía que le restaba. A veces miraba de soslayo, evitando esa inquisidora mirada, pero regresando a ella, para esperar una respuesta.

-¡Ken! Todo esto es una broma, ¿cierto? -le dijo con algo de molestia.

-No, Yukki. Es la pura verdad.

-¿Quién es? -le preguntó, mirando incrédulo.

-¿Y lo preguntas? -susurró con una sonrisa triste. Era la ingenuidad de Yukihiro, una de las tantas delicadezas que había notado hacía mucho tiempo y que amaba con mayor profundidad.

Yukihiro tenía los labios levemente separados, que se movían sin emitir palabras, en un intento desesperado de conectar ideas que se tradujeran en palabras, pero nada surgía. Su mente se disputaba lo que era realidad de la mentira, y su cuerpo pugnaba con su conciencia. Ken sólo lo observaba. Tenía que insistir.

-¿Tú qué opinas, Yukki? Cuando alguien te responde en una broma 'yo no soy experimento de nadie', ¿eso qué significa? ¿Que es un rechazo o una aceptación? Hace meses que no duermo intentando en vano decodificarla... ¿tú qué crees?

-Ken... -Yukihiro levantó sus brazos, dejado que sus dedos peinaran su cabello, hasta que sus manos descansaran en la nuca. Miró al techo y suspiró. No entendía lo que sucedía. Debía calmarse.

-Yukki, no me respondas... Yo sé que tú amas a esa chica... Lo he visto cuando me relatabas tus emociones, y sonreíste de esa forma... Es afortunada ella... Lo es realmente -dijo con una triste sonrisa. Yukihiro miró a su amigo, y notó que en todas sus palabras no hallaba más que sinceridad. No era un juego, aunque pensaba en lo antes dicho, y su temor a que fuera lo detenía... ¿pero si no lo era? Ken no sabía a ciencia cierta sus propias emociones, no podía distinguir si era un sentimiento estable o sólo una novedad a conocer. Yukihiro estaba muy confundido. Pero al menos, no dañaría de esa forma a Ken. Incluso en esa horrible situación, Yukihiro estaba dispuesto a no lastimar más de la cuenta a Ken, a no dañarlo en lo más mínimo, aunque él muriera en ese intento que podía carecer de reciprocidad.

-Es mentira -susurró con un leve aliento. Comenzaba a arrojarse como presa ante el zorro hambriento, sólo porque amaba a ese animal tan ansioso de libertad.

-¿Qué? -lo miró con un gesto de curiosidad.

-Esa chica no existe ni existió. La inventaron Tetsu y Hyde para molestarte a ti y, así, me dejaras en paz -dijo con el mirar desviado, sintiendo el sonrojo en sus mejillas. Ken no comprendía si era verdad o mentira. Pero sabía que Yukihiro nunca lo lastimaría. Entonces debía ser verdad. Ken le sonrió. Incluso en ese momento tan difícil para Yukihiro, buscaba la forma de ser amable y ayudar a su hablante.

-¿No existe? Y entonces... ¿en quién pensabas cuando me dijiste todo eso? Hay alguien en tu vida, Yukki. La forma en que sonreíste...

Yukihiro sabía que se iba a arrepentir, pero no podía dejarlo sufriendo de esa forma. No podía lastimarse más él, ni dejar que Ken se destruyera. No podía más resistir la lucha entre la mente y el cuerpo, el deseo y el amor. Yukihiro agonizaba desde años. Si esa tarde era el día fijado para sucumbir, lo haría.

-En... Ti...

Yukihiro se levantó y se dirigió frente a Ken quien ante aquel susurro, había quedado sorprendido, no pudiendo reaccionar ante la sorpresa doblemente inesperada. Yukihiro se arrodilló ante el sillón donde Ken estaba sentado, y, mirando a un costado, con sus mejillas rojas, se dio ultimátum a sí mismo.

-Ken. Hazlo. Haz lo que desees. Prueba. Verás que sólo es un juego, un capricho más de tu personalidad. Te decepcionarás, porque no tengo nada de lo que buscas... -Yukihiro parpadeaba rápidamente, generando un brillo triste en su mirada-. No tengo esa agresividad, no tengo nada. Tómame. Hazlo ya.

-¿Qué dices? -dijo preocupado, apoyando sus manos en los hombros.

-Hazlo. Seré tu experimento. Ya verás que no soy nada especial. No encontrarás lo que buscas. No sufras por mí. Hazlo, y veras que te mejorarás...

-Por favor, Yukki, no hables así -Ken no pudo contenerse ante esa confesión, y comenzó a acariciar el lado derecho del cuello de Yukihiro.

Éste había inclinado su rostro hacia ese lado, exponiendo el resto del cuello. Ken no podía detenerse, y, acercándose con suavidad, comenzó a besar con asombro, con devoción, aquel delicado cuello. Notaba cómo el joven muchacho se desplegaba ante él, para que finalmente, fuera el experimento que tanto se había negado a ser. Sólo para no dañarle. Sólo para que Ken dejara de sufrir. Una vez más, admiró con fascinación esa esencia tan pura de su amigo. Lo besaba con lentitud, recorriendo el cuello y su oído con besos tiernos, por un intento de esclarecimiento de sus sensaciones.

-Así. Ken. ¡Ah! Sólo te pido que no me mientas. No digas nada. Hazlo en silencio -Yukihiro temblaba. Lentamente los brazos de Ken lo habían tomado por el talle, y besaba con tranquilidad, saboreando su cuello-. No me lastimes más... Seré como tantas de las otras. Una persona más a tu lista. Pero no digas cosas que desmentirás mañana... No lo hagas, por favor... -susurraba, sintiendo el placer incrementarse lentamente, y el dolor de sentirse la nueva experiencia de Ken, nada más que eso.

-No. No hables así -Ken comenzaba a perderse en aquel mar de sensaciones, un mar nuevo que combinaba las ya tan conocidas del placer.

-Si vas a hacerlo, no me mientas. Acepto ser tu experiencia, pero no me lastimes... Sólo hazlo en silencio... -repetía con la voz cortada por el placer y la congoja de reconocer el error en el que caía.

Ken lo llevó a la habitación, mientras Yukihiro comenzaba a reaccionar a aquellas caricias. Lentamente lo recostó sobre la cama, y besó su frente, sus mejillas, hasta que finalmente sus labios se encontraron. Ken sentía extraño aquel proceder. Nunca besaba mucho. No recordaba hacerlo de esa forma. Sus besos eran salvajes, e incluso, muchas veces lastimaban a las chicas, haciéndoles sangrar los labios. El beso con Yukihiro era suave, despacio, lento. Buscaba llenarse con esas sensaciones. ¿O era Yukihiro que besaba de esa forma? Por su parte, el baterista sentía el cuerpo de Ken sobre el suyo, y temblaba con gran placer y dolor. Su espina dorsal se electrificaba, al sentir ese beso. Un beso que lo invadía despacio, con lentitud, pidiendo un permiso, o simplemente disfrutando todo. Yukihiro estaba decidido a perderse, a ser el experimento de Ken. Ken no gustaría de esa experiencia, y lo dejaría. Lo abandonaría como un fracaso más. Por ello, debía recordar con suma precisión cada instante, cada milímetro de Ken, para alimentar el resto de su existencia con aquel recuerdo. Un recuerdo que en ese momento era su presente. Mansamente se separaban, y se miraban con temor, con deseo, con miedo de lastimar al otro y a sí mismos, pero sus cuerpos ya los controlaban. Ken quedamente desprendía la camisa de su compañero, besándolo por toda su piel, saboreando el gusto cálido de su dermis. Yukihiro sólo gemía de placer. No podía más que renunciarse a sí mismo. También desprendía la camisa de Ken, entre caricias sugestivas y sus propios quejidos que se confundían con los de Ken. Esa lentitud, esos movimientos, esos sonidos, ya los habían excitado. Estaban desesperados por el otro, y sin embargo, dilataban el momento. Ken sentía con sorpresa que a pesar de querer

finalizar con aquello, él mantenía el juego. Yukihiro acariciaba la espalda de Ken, presionando ciertas zonas, al sentir el fuerte golpe de placer generado por las caricias que éste le proporcionaba en sus costillas. Sentía su propia rendición, su propia mansedumbre a su tirano, al que sabía lo rechazaría al final.

Pero debía disfrutar el momento, porque distinguía que seria lo único que le quedaría.

-Yukki, eres especial... -susurraba al oído de éste, ingresando en un extraño trance nunca antes sentido. Ken recordaba la necesidad instintiva que se apoderaba de él en esos momentos. Olvidaba a su compañera, y sólo daba rienda suelta a su locura salvaje, a su egoísta necesidad. A veces las chicas gritaban para que se detuviera, pero él no podía, solamente se saciaba, se saciaba con el vacío que aquello le proporcionaba, y ellas, sumidas en el dolor, dejaban que el placer les hiciera olvidar ese gran egoísmo.

-No... ahhh... No mientas... ahhh, mmmm, por favor... Hnnn... Acepté con esa condición... Mmmmnnn... No me mientas -le susurraba, mientras sentía cómo el placer gritaba en sus cuerpos.

Ken, lentamente fue desvistiendo el pantalón de Yukihiro. El sentía lo que llegaría, el miedo de aquello nunca antes hecho. Tenía temor del dolor, de la verdad, de la triste idea de que sólo seria una persona más en la lista de Ken. Y que Ken sólo mentía poseído por la lujuria del momento. Sabía que él era salvaje. Lo sabía por propia boca de Ken. Muchas veces relataba sus noches, y cómo su frenesí lo cegaba. Tenía miedo.

Sintió un dedo ingresar en su interior, y se contrajo enérgicamente, abrazando con mucha fuerza a Ken.

-¡No! ¡Detente! -chilló ante el contacto, ante el miedo, ante el dolor que tendría a partir de ese momento hasta el final de su vida. Ser una simple experiencia le iba a costar muy caro.

Ken suspiró con paciencia. Sin fastidio. No forzó a Yukihiro, a pesar de que su deseo lo estaba consumiendo. Simplemente se apoyó en el cuerpo de Yukihiro, sintiendo cómo éste lo abrazaba tan fuertemente. Disfrutaba de ese contacto, aunque la lujuria le susurraba para que se descontrolara.

-¿Ken? -preguntó con temor, al sentir que éste simplemente descansaba sobre su cuerpo.

-¿Sí? -le comentó gozando de ese abrazo, sumido en los brazos del baterista, que lo rodeaba con un aroma especial. Era el aroma de Yukihiro, impregnado en su propia piel.

-Ya te arrepentiste, ¿verdad?

-¿De qué?

-De mí…

-No. Tú me dijiste que me detuviera... -Yukihiro separó un poco el abrazo, y lo vio a los ojos. Sabía que Ken era salvaje, que no se detenía, que no le importaba nada cuando necesitaba sexo. Yukihiro lo miró en silencio. No quería mentiras. Sólo quería recordar ese gesto de Ken. No podía negar que estaba recibiendo un trato especial. Ken parecía que iba a decir cosas bellas, pero Yukihiro sólo tapo los labios de éste con un par de dedos delicados.

-No mientas... Sólo hazlo en silencio... -le suplicó una vez más. Ken lo miro con un poco de tristeza y culpa.

Yukihiro acercó su rostro al de él y lo besó con ternura, transformándose lentamente en pasión. Gemía en susurros, con vergüenza, mordiendo sus propios labios para acallar el sonido de su placer. Ken deseaba escucharlo.

-¡Habla! Di lo que desees en el tono que desees, no te reprimas -le había dicho al oído. Ken ingresó nuevamente un dedo en Yukihiro. Esta vez la resistencia había sido menor. Yukihiro estaba tranquilo de saber que Ken se detendría cuando él dijera. Era el trato especial. El placer lo invadía con más ondas intensas, y sólo podía gemir, aumentando su voz, abrazando a Ken. Ken lo besaba en el cuello, en el pecho. Acariciaba su cadera, y Yukihiro no podía resistirse. Ingresó un segundo dedo, haciendo que el baterista comenzara a pedir el verdadero placer. Sus caderas se movían con rapidez, con exigencia, y sus gemidos, intercalados con el susurro del nombre de Ken, aumentaban en intensidad. Yukihiro dejó aquel abrazo, y comenzó a desvestir a Ken, en su última prenda: los pantalones.

-¡Ken! ¡Hazlo! ¡Hazlo! ¡Ya! -suspiraba, gemía, buscaba un gran abrazo, que Ken le otorgaba sin mezquindad. Las piernas de Yukihiro se habían abierto más, dando espacio a la cadera de Ken.

Éste temía por Yukihiro. Se sorprendía a sí mismo, al descubrir por primera vez que se preocupaba más por su amante que por su propio placer. Deseaba que Yukihiro no lo odiara. Intentó ingresar un poco, pero el baterista sintió inmediatamente el tamaño superior a los dedos, y se mantuvo quieto un instante, casi sin respirar. Ken no se movió. Estaba al borde de la locura, pero se controlaba, sólo por Yukihiro. Sólo por él.

Intentó un par de veces más, pero cuando apenas intentaba ingresar, Yukihiro se tensionaba, y volvía a la rigidez inicial. El joven tenía miedo. Miedo a lo que a partir de ese momento sería el final de esa locura. Pensaba en que le esperaría a él y a Ken luego de que esa tarde hubiera finalizado. ¿Qué sería de mañana?

Ken comenzó a besarlo una vez más, besaba su rostro, su cuello, sus labios. Acariciaba el contorno de su pequeño amante con suavidad. Hacía todo con ternura, con paciencia, con placer. Yukihiro apreciaba esos detalles que nunca antes había sentido, y advertía en Ken rasgos que nunca antes había relatado en sus cuentos picarescos. Ken estaba absolutamente absorto en disfrutar de Yukihiro siempre y cuando él gozara. Se sentía privilegiado al notar ese trato diferente. Lentamente, Ken se sentó en la cama, trayendo consigo a Yukihiro. Pasó sus brazos por debajo de los de éste, y lo posicionó para que el baterista tomara absoluto control de su propio deseo. Yukihiro notó el detalle. Otro detalle especial, un privilegio sólo suyo. Ambos sentados, Yukihiro podía ingresar a su propia voluntad, sintiendo cuando parar y cuando no. Besaba a Ken en agradecimiento secreto, pero éste tenía dificultades para respirar. Ken estaba sufriendo, controlándose. Yukihiro buscaba ingresar lentamente. Punzaba, pero tenía un dulce sabor aquel dolor. Cada vez un poco más.

-¡Aaahhh! -Ken gemía, frunciendo su ceño, cerrando sus ojos, y sujetándose con fuerza al talle de Yukihiro. Sufría. Sufría el contenerse, el tener que mantenerse equilibrado. Ken era un animal desenfrenado, libre, independiente, no podía permitir que penara de esa forma.

-¡Ken…! ¡Ahh…! ¡No lo hagas así…! Mmm... ¡hazlo como tú deseas!

-No, Yukki... Yo quiero que tú te encuentres bien.

Yukihiro le sonrió, y Ken pudo ver esa sonrisa bella, esa sonrisa pura de su amigo. Acarició su mejilla. Yukihiro era terriblemente dulce y amable. No tenía agresividad alguna. El baterista tenía razón una vez más. Pero Ken no la necesitaba. Esa pureza de espíritu, esa esencia tan basta era lo que admiraba con fascinación devota en Yukihiro. Y era eso lo que hacía que se controlara como nunca en su vida se había forzado. Yukihiro notaba la locura contenida con sudor en Ken, y decidió entregarse una vez más a él. No deseaba que sufriera. Y menos por su causa.

Yukihiro rápidamente se dejó caer sobre la cadera de Ken, penetrándose de una sola vez hasta el tope. Ken gritó junto con Yukihiro, sintiendo de alguna forma, el mismo dolor de él. Yukihiro parecía estar lastimado. Se había contraído por completo, ocultando el rostro en el hombro de Ken, aferrándose a su cuello con fuerza, con desesperación, en busca de que el daño pasara.

-¡Yukki! ¡Yukki! ¿Estás bien?

Yukihiro abrió sus ojos y lo besó. Besó con profunda pasión y amor esos labios de incipiente barba. Lentamente se recostó sobre la cama, regresando a la posición inicial, dejando que Ken apoyara todo su peso en su cuerpo. Rodeó con sus piernas la cadera de éste, y esperó que iniciara el movimiento. Era lento, despacio. Con un ritmo marcado. Los susurros y los gemidos se entremezclaban con las caricias, los besos, y los momentos intensos de placer, donde Yukihiro no podía más que clavar sus pequeñas uñas en la piel de la espalda de Ken. Ken gustaba de ellas. Eran una marca. La marca de Yukihiro. Por vez primera, no le molestaban los rasguños.

Los movimientos se intensificaban, y el placer los invadía a una velocidad avasallante.

-¡Ken! ¡Ah, ah, ah... mmm !¡Ken! ¡Así! ¡Te amo! -susurraba en el oído del guitarrista, que aumentaba su ritmo. No era salvaje, era apasionado.

Ken sentía placer, sentía que llegaba a donde nunca nadie había llegado a Yukihiro. Como también sentía que Yukihiro lo penetraba de la manera más dulce del mundo.

El ápice de la pasión llegó finalmente. Ambos habían alcanzado el éxtasis en simultáneo; Ken profundizando su penetración, y Yukihiro dando espacio a ese hondo ingreso, arqueando su espalda, rayando con tremenda locura la espalda de Ken, gritando enmudecidamente.

Yukihiro esperaba que su amante se separara, pero no hizo tal cosa. Ken abrazó fuertemente a Yukihiro, y giró con él, para dejarlo sobre su cuerpo. Yukihiro lo miró extrañado. Ken tenía un rostro satisfecho, cansado, pero de ilusión. Lo miraba a los ojos, de tal forma, que Yukihiro juzgó que Ken nunca le mentiría.

-… Te amo... -le dijo con su respiración agitada, acercándolo aún más con su abrazo. Yukihiro aceptó aquellas palabras con temor. Ken intentó seguir hablando, pero una vez más, el joven baterista había puesto sus dedos sobre los labios del guitarrista, y le había mirado con súplica silenciosa. Aceptada tal petición, Yukihiro sólo apoyó su rostro en el hueco del cuello y el hombro de Ken, y rodeó el cuerpo de éste con sus brazos. Sintió que Ken elevaba sus manos, y las apoyaba con suavidad en su espalda. Percibía que los dedos pulgares se movían con suavidad, dándole una agradable sensación de satisfacción. Una caricia muy privada, muy secreta, tan amena. Yukihiro sonrió. Deseo que no fuera un sueño, y cerró sus ojos, al igual que Ken. Se quedaron dormidos de aquella forma. Los rayos de sol se filtraban con osadía en la habitación.


Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.