TSUKIAKARI NI JINSEI
(Vidas a la Luz de la Luna)
-por Jinsei no Maboroshi-
página VII
Fecha de publicación: 5 de agosto de 2006 - Corrección: Ogawa Saya
Las grabaciones continuaron remisamente. Tetsu siempre terminaba buscando a Hyde a su apartamento, pues el grupo le esperaba en el estudio con absoluto fracaso. El joven vocalista pasaba las noches sumidos en las más profundas crisis de personalidad, rompiendo siempre los espejos, los cristales, rompiendo algunos CD. Tetsu entraba al departamento con temor a encontrar cosas nuevas destruidas. Hyde no pasaba una noche sin tomar. Lentamente, ese estilo de vida comenzó a debilitar su cuerpo, y cayó enfermo. Tenía fiebre, y no dejaba de toser. Los virus comunes lo atacaban con vigor, pues su sistema inmunológico estaba afectado por la depresión y las grandes cantidades de alcohol. Ingresó en un cuadro de cirrosis leve, y tuvo que ser internado por más de dos meses. En ese tiempo, el CD de L'Arc~En~Ciel había sido postergado. Tetsu lo iba a visitar todos los días, sabiendo que era al único que Hyde esperaba. A veces aparecían Ken y Yukihiro, pero sus propias producciones le demandaban un tiempo del que no podían disponer para su amigo. Hyde lo entendía. Entendía absolutamente todo, menos a sí mismo. Sabía cómo caía, precipitándose al fondo del abismo, pero carecía de absoluta cordura para tener el instinto de aferrarse siquiera al aire. Sólo se dejaba caer en ese pozo oscuro, sin mover un solo músculo oponiendo resistencia.
-¡Hola! ¿Cómo estás? -dijo un Tetsu sumamente cansado, con ojeras debidas a las pocas horas de sueño, que ingresaba con pesadez al cuarto del hospital.
-¡Tetchan! -le había dicho el vocalista, que se hallaba en su cama, levemente acostado, con varios tubos injertados en sus brazos.
-¿Y? ¿Cómo vas? -se sentó en una silla próxima a la cama, y dejó las flores que había llevado en un jarrón con agua: lirios.
-¡Mm, lindas! ¡Gracias! ¡Dan un poco de color a este cuarto tan claro! -comentó molesto.
-Ja ja ja. Mucha luminosidad para ti, ¿cierto? -acotó con sonrisa simple.
-Tal vez -Hyde ingresaba a diferentes estados antagónicos con suma facilidad y rapidez. En un momento feliz, y en el siguiente depresivo. Tetsu se preocupaba de aquel sentimiento.
-Hyde, te necesitamos -comentó con aliento. Sabía que su amigo se estaba apagando lentamente.
-¿Quiénes? -preguntó con tristeza, con un dejo de desesperanza.
-¿Cómo quiénes? ¡Hyyyyyyyyde! -el tono de Tetsu había sonado al de un niño suplicante. Aquella forma alargada de pronunciar su nombre le había extrañado. Lo miró a los ojos, y notó una vez más aquella limpia y sincera preocupación de su amigo. Probablemente, Tetsu se sentía dolido por aquella pregunta. Una vez más se envolvía con su propio egoísmo. Hyde sonrió con amargura y Tetsu arqueó sus cejas sutilmente, como buscando preguntar la causa de aquella actitud. Nuevamente esos gestos delicados que Hyde apreciaba de él. Cada día amaba más esa inocencia, esa pureza de Tetsu. Aquellas virtudes que él había perdido, que se las habían arrebatado, dando paso al vacío infinito en procedimiento de destrucción.
-¿Sabes? ¡Me encanta cuando haces eso! -Tetsu parpadeó un par de veces ante aquella respuesta.
-¿Qué cosa?
-¡Eso!
Tetsu lo miró en silencio. Insistir sólo molestaría a Hyde que se hallaba con buen humor. Observó cómo, lentamente y con timidez, Hyde movía su brazo, y dejó suspendida su mano al borde de la cama, mientras lo miraba con aquella sonrisa. Tetsu no comprendió, o tal vez, pensó que no comprendía, pero dejó que su instinto actuara, y sin que Hyde le pidiera nada, sin que mediaran palabras, tomó aquella mano pálida entre las suyas. Como siempre, estaba fría.
Sin saber por qué, llevó aquella mano hasta su mejilla, y apoyó la palma sobre su tez, cubriendo el dorso de la misma con ambas manos. Hyde lo observó con leve sorpresa. ¿Qué era eso? ¿Qué era esa calidez? ¿Era lo que su amigo pensaba? Tetsu había cerrado sus ojos, al sentir el mirar silencioso del vocalista. Lentamente, su rostro se contraía, y Hyde comenzaba a inquietarse. ¿Qué era lo que estaba pensado? ¿Qué era lo que lo castigaba de esa forma?
Tetsu sentía aquel frío en su mejilla, como un presagio del futuro, como una visión que la realidad le otorgaba, para comprender el porvenir. Una mano helada, que lentamente perdía ánima, perdía esencia... ¿O era que carecía de ella?
Tetsu movió un poco su rostro, dando un leve frote a la palma, buscando quizás con cierta resignación las palabras. Unas palabras que nunca terminaban de emerger, que antes de llegar a su mente, y ser dichas, se mezclaban, y decían cosas que no eran las originales, pero guardaban en el fondo aquel rasgo de verdad primaria.
Sentía miedo por Hyde. Sentía su dolor, y aunque no entendía por qué sufría de esa forma, no podía dejar de preguntarse cómo lo ayudaría. Hyde debía dar el primer paso, Hyde debía derribar una barrera, o al menos, dejar una pequeña fisura en ella, para que Tetsu pudiera espiar a través de ella. Algo, una pista, para descubrir el origen del mal, y poder ayudar. ¿Pero como?
-Hyde, por favor... No me dejes... Amigo... -susurró finalmente.
Hyde lo observó con maravilla. Era lo que le gustaba. Esa simpleza, esa pureza, esa candidez.
Kaori ya había regresado a Tokyo, y había ido a visitar a Tetsu. Le había propuesto comenzar a convivir. Tetsu sentía que tenía muchas complicaciones como para encima tener a Kaori en sus cercanías. El disco pospuesto, sus propias producciones de tetu69, y la búsqueda permanente de hallar una solución para Hyde, lo sometían a un estrés del cual sólo podía combatir con un malhumor permanente en sus soledades. Tener a Kaori con sus complacencias era demasiado, pero sin embargo, aceptó. Aceptó porque había visto el rostro de tristeza que ella había puesto al intentar evadir la situación. Había notado como ella lo miraba con dolor, con temor, con esa sensación de abandono. Sentía que la estaba desamparando, y la culpa de Tetsu no se hizo esperar. Actuó a través de ella, y aceptó el contrato con esa joven delicada sólo porque no se permitiría dañarla, sólo porque no podía soportar la idea de que esa joven se sumiera en la tragedia, cuando su pureza estaba en peligro. Tetsu deseaba conservar aquella inocencia, aquel mirar sincero, aquella personalidad frágil, que a pesar de su complacencia excesiva, sabía que sólo caía en ese defecto porque era su devota. Tetsu no se perdonaba que una jovencita fuera tan dependiente de él. Pero era demasiado tarde para arrepentimientos, para cambios. Ya nada podría detener lo que se avecinaba para él y esa joven complaciente. Tarde o temprano terminarían casados. Y él, ante aquella idea, sólo buscaba la evasión. Sólo pensaba que el futuro estaba lejano, a pesar de ver a esa joven en su cama, amaneciendo con él todos los días. Optaba evadir la idea, aún cuando la realidad se mostrara incontenible.
Prefería mentirse, prefería seguir haciendo todo lo que él siempre hacía. Sólo debía amarla. Porque era su única realidad. Ella era su devota, y él tenía que amarla. Con su corazón o con su culpa, pero debía hacerlo.
-¡Buenos días! -sentada en la vera de la cama, Kaori susurró al oído de un soñoliento Tetsu que dormía boca abajo, con los brazos bajo la almohada. Lentamente se despertaba, al sentir las caricias de Kaori en su dorso desnudo.
-¿Hnnn? ¿Qué hora es?
-Ya es hora de que me vaya. Tengo que ir a grabar, amor. Te despierto aunque sé que estás muy cansado, pero aún así, tú deseas ir a la grabación -Tetsu hizo un gesto de desagrado. Realmente no deseaba tal cosa. Si a final de cuentas, el único en ser puntual era Yukihiro-. ¡Vamos! ¡Despierta! -decía con un suave movimiento de zarandeo sobre la espalda de Tetsu.
-¡Ya, ya! -replicaba con desgano. Fue cuando ella, con tristeza, supo lo que debía informarle.
-Mira que hoy le dan el alta a tu vocalista.
Tetsu giró sobre la cama, y se sentó sin prisa. A pesar de que intentaba mostrarse indiferente ante la noticia Kaori había notado el repentino entusiasmo. Pero ella debía mentirse. Él sólo se levantaba porque tenía sus responsabilidades. Eso debía creer, y lo creía. Lo despidió con un tierno beso en la boca, y dejó la habitación. Tetsu había quedado estático un momento. Sintió cómo la presencia de Kaori abandonaba el departamento, y una sensación de culpa lo azotó nuevamente. Había sentido en ese beso la ternura de Kaori, pero con un extraño sabor a sal. ¿Acaso había llorado y él no se había dado cuenta? ¿A ese nivel de desprecio sometía a Kaori? Suspiró y se mintió. Sólo su imaginación.
Tetsu fue a buscar a Yukihiro y Ken al estudio para invitarles a sacar a Hyde de aquel espantoso lugar, pero, al llegar, notó la presencia de aquel demonio elevado a ángel por propia soberbia.
Tetsu: Buen día... ¿Hyde? -había dicho apenas ingresado a la cámara de grabaciones.
Hyde: ¡Ey! ¡Qué vagancia la tuya! ¡Aquí nos tienes a todos esperándote! ¡Recuerda que sólo yo puedo hacer eso! -comentó con una irónica sonrisa.
Ken: ¿Qué está ocurriendo? ¡Tetchan! ¿Tú también andas en las mías? -preguntó con tono burlesco.
Tetsu: ¡Vaa! -disertó indiferente. Fue cuando Yukihiro salió en su rescate.
Yukihiro: ¡Dejen de molestar, par de vagos, que el pobre Tetchan es quien no duerme para planear el disco! -dijo con reproche leve. Ken le sonrió con especial gesto, que Yukihiro aceptó sin inmutarse.
Rápidamente los técnicos fueron llamados, y la sala de grabación fue acondicionada. Todos los integrantes del grupo se preparaban para tocar. Yukihiro se hallaba en el fondo, en la batería con el usual pañuelo en su cabeza para que su cabellera larga no molestara con sus movimientos. Ken estaba cerca de la batería, con la guitarra ya puesta, y finalizando con apuro el cigarrillo pequeño. Hyde, delante del micrófono, realizaba unos pequeños ejercicios de precalentamiento, y Tetsu, terminando de acomodar las canciones y dando las últimas indicaciones, se puso el bajo, y dio la orden de inicio.
Todo el día, de manera intensiva, habían estado cantando y tocando. Cada uno había dado lo mejor de sí, y principalmente Hyde, que se hallaba con la nostalgia de todo ese lugar al tener que haberse sometido por meses a la inclemencia de una cama en un cuarto de hospital.
El disco había sido finalmente terminado a pesar del tiempo de atraso ocasionado por el estado de Hyde.
Contentos con el trabajo, descansaron en la mesa de tantas otras veces, y entre sodas y con cigarrillos, escucharon el producto final.
Ken: ¡Genial! Suena fantástico, ¿ne?
Yukihiro: Sí. La verdad, Hyde, has hecho un excelente trabajo.
Hyde: ¡Seguro! -comentó con una sonrisa soberbia.
Tetsu: ¡Bueno, bueno! ¡Que aquí la gente comienza a flotar! –comentó, bebiendo un poco de la soda, acalorado.
Ken: Ahora sólo le falta el nombre.
Tetsu: Sí, es cierto. ¿Qué sugieren?
Ken: ¡Sexo! -comentó con un brillo pervertido en los ojos.
Yukihiro: ¡Ken! -le recriminó con vergüenza en parte ajena, en parte propia.
Hyde: ¡Ja ja ja! ¡Buen nombre! ¿Qué dices, Tetchan?
Tetsu: Ponlo en tu CD, ¡en éste no! Yukki siempre termina poniendo el nombre -Hyde carraspeó en un tono de importancia, y Tetsu miró el techo, suspirando-. De acuerdo, ¡Hyde siempre pone el nombre al CD habiéndoselo corregido previamente a Yukki!
Todos miraron con expectación al baterista, quien miró al techo, intentando hallar algo que satisficiera al grupo. El silencio presionaba en el ambiente. Yukihiro fumó un poco su cigarro encendido, y miró al grupo con una sonrisa.
Yukihiro: ¿Qué les parece 'okirukoto'? (despertar)
Hyde: ¡'Awake'! No está mal. Hoy me desperté sólo para grabar este CD.
Tetsu lo miró de soslayo con cierta preocupación. Notó algo extraño en sus palabras, pero se mintió. Sólo era su imaginación.
Ken: ¡Vamos! ¡Después del sexo, nos despertamos! ¡Buena relación, Yukki! -dijo con un guiño a su compañero, quien tomó su soda con rapidez, buscando ocultar la vergüenza que aquel comentario le había generado.
Tetsu y Hyde sólo reprocharon la insistente perversión del guitarrista con su mirar.
Tetsu: De acuerdo. Awake -comentó anotando en unos papeles el nombre.
Las sesiones de fotos habían sido hechas antes de que Hyde se enfermara, y de entre ellas utilizarían una para la tapa. Tetsu sonrió al finalizar el trabajo.
Miró al grupo con satisfacción, a cada uno de sus amigos, y con aquel montón de hojas, comenzó a abanicarse. Estaba acalorado y transpirado, como el resto.
Tetsu: Chicos, excelente trabajo.
Ken: Ahora unas vacaciones, ¿no?
Tetsu: ¿Vacaciones? ¿Qué tienes tan interesante que hacer por lo que estés tan desesperado?
Yukihiro: Déjalo, Tetchan. ¡Es un vago! -reclamó indiferente, y Ken simplemente arrancó con disimulo un sólo cabello de Yukihiro, quien gritó con molestia-. ¿Qué te pasa? ¿Qué haces? ¡Duele! ¡Ya vas a ver! -amenazó frotándose rápidamente la zona del cabello desprendido que había generado un picor.
Ken: ¡Uuy! ¿Y cómo se supone que me vas a amedrentar? -comentó con una sonrisa torcida. Yukihiro sabía que no podía ir más allá de lo debido, y tomó su soda.
Yukihiro: ¡Eres un pesado! -le dijo con molestia fingida. A final de cuentas, ya estaba acostumbrado y en cierto grado, feliz de aquella personalidad que siempre le hacia sentir extrañas sensaciones. Siempre con cosas novedosas, siempre con esa picardía tan propia. Pero seguir con aquel juego tampoco le desagradaba, a veces gustaba de continuar con aquella travesura-. ¡Molesta a la puta que te ha reanimado! -había dicho con una mirada irónica, un extraño mimetismo que había adquirido de Ken. Hyde y Tetsu observaron ese extraño gesto en Yukihiro con sorpresa.
Ken: ¡Ey! ¡No le digas así a la pobre! ¡Que hace un trabajo excelente! Ya deseo que sea noche para ir a su encuentro... Te la podría presentar, Yukki. ¿Quisieras? -Yukihiro torció su rostro con lo ojos cerrados. Nunca ganaría el juego. Ken era el que mandaba en ese terreno. Nunca habría rival que venciera en importunar a Ken. No lo había podido lograr Hyde, mucho menos lo haría él, pero disfrutaba de aquel fingimiento, de aquel secreto que tanto los unía.
Hyde: ¿Por qué rayos pienso que están hablando en código? -preguntó en voz alta, observando a sus dos amigos. Hyde notaba que había un enigma entre ambos, pero no podía descubrirlo, no podía hallarlo en ese dialogo tan evasivo.
Tetsu: ¿Código? -Tetsu miro a Hyde, y volvió a ver a Yukihiro. Toda aquella situación sólo la podía ver con pena. En ningún momento había percibido el código. Sólo creía ver cómo Yukihiro sufría ante aquella constante humillación que Ken exhibía con soberbia. Le entristecía, porque sabía cómo soportaba a pesar de que lo disimulaba excelentemente.
Hyde: Tú siempre un ingenuo -susurró con una sonrisa, y observó a Tetsu con detenimiento. Veía cómo éste se abanicaba con cierto cansancio. No había dormido bien. Observaba cómo el aire que se producía movía su cabello crecido. Fue cuando observó su cuello tan fino, y notó esa extraña marca roja. Se sorprendió. ¿Que era eso? ¿Era lo que creía?
Ken: Ey, ¿Hyde, no estás mirando a Tetsu con mucho cariño? ¿No quieres venir tú también a conocer a mi salvadora? -le dijo con tono burlesco.
Hyde le sonrió, aceptando esa buena contestación, y Tetsu sólo se sonrojó.
Tetsu: Basta, no empiecen ustedes dos.
Hyde: Sólo estaba viendo eso. ¡Mira, Ken! ¿Tú que sabes, qué crees que sea?
Ken: ¿Qué cosa? -miró a Tetsu. El líder estaba muy sonrojado.
Tetsu: ¡Basta! ¡No bromeen! ¡No molesten!
Hyde se levantó y corrió con su mano el cabello de Tetsu que cubría aquella zona. Allí pudo apreciar, junto con Yukihiro y Ken, esa mancha roja sobre la blanca piel del líder. Tetsu, sintiéndose en evidencia, se movió con rapidez y se soltó de Hyde, con sus mejillas rojas.
Ken: ¡Opa! ¡Eso explica el cansancio de nuestro querido Tetchan! –le guiñó con un tono socarrón.
Hyde: ¡Oye! ¿Y lo hiciste con la insoportable Kaori? -le preguntó con sorpresa, no creyendo que Tetsu fuera capaz de aquello con esa joven tan insípida.
Tetsu: Está viviendo conmigo -intentó absurdamente dar alguna explicación coherente. A Tetsu le daba vergüenza su propia debilidad.
Yukihiro: ¿Qué? -comentó sorprendido. No entendía cómo luego de las charlas compartidas, Tetsu aceptaba la profundización de esa relación.
Ken: ¿Hace cuánto?
Tetsu: Dos meses.
Ken: ¡Aprende! -le dijo Ken con tono suave a Yukihiro, quien no se inmutó, tratando de controlar el enrojecimiento de su rostro. Pero antes de que el comentario de Ken fuera escuchado o simplemente procesado por sus amigos, Hyde interrumpió con sombría actitud.
Hyde: ¡Vaya! -su voz sonó algo triste-. Parece que eso explica el comentario de la abstinencia -comentó con seriedad. Tetsu lo observó extrañado. ¿Aún podía recordar aquella banal conversación? ¿Aún mantenía en su mente las palabras que Tetsu había dicho?-. Bueno, chicos, me voy a dormir, estoy muy cansado -se despidió con una mano, caminando con una soltura fingida y desapareció tras la puerta. Ken observó sin preocupación a Hyde, y lo miró con curiosidad a Tetsu.
Ken: ¿Abstinencia? ¿Cómo es eso? -preguntó, tratando de continuar con aquella broma.
Tetsu: ¡Cállate! -acotó con un tono agresivo, y se levantó de la mesa, para sorpresa de sus dos amigos. Sin decir nada más que aquello, abandonó el estudio y se fue a su departamento. No sabía qué era lo que lo había molestado. No sabía qué era lo que ocurría. Tenía miedo de todo lo que pasaba y que no comprendía, o tal vez sí lo hacía, pero se empecinaba en continuar con sus mentiras. Actitud tan peligrosa.
Tetsu cerró la puerta.
-Pero... ¿Qué he dicho? -se preguntaba Ken con voz alta, mientras apoyaba los brazos sobre la mesa, y descansaba su mentón en ellos.
-Es obvio. Lo que no debías -respondió su compañero, fumando con tranquilidad.
-Yukki, tú sabes percibir a las personas... ¿Qué rayos les pasa a esos dos?
-No estoy del todo seguro... -comentó exhalando el humo, y bebiendo la soda.
-Pues dime de lo poco seguro que estás... -lo miró más intensamente.
Yukihiro tornó su rostro apenado, y miró a Ken a los ojos.
-Kaori.
-¿Qué? ¡Pero si Hyde la odia!
-¿Y? -le miró con sorpresa, mostrando que lo evidente no era contradictorio con la afirmación.
-Y que nunca sería un triangulo si Hyde odia a... -parpadeó unos instantes, y observó a Yukihiro. Éste sólo lo miró y en aquel silencioso código comprendió la pregunta. Solamente le respondió levantando los hombros en un gesto casi imperceptible.
-¡Oh! Eso explica las confesiones...
-Ajá... -Yukihiro miró su soda pensativo. Ahora él se sentía impotente al no poder ayudar a Tetsu con esa manía de mentirse a sí mismo. ¿O era Hyde?-. ¿Qué podemos hacer? -comentó pensativo.
-¿Nosotros o ellos? -preguntó con socarronería. Yukihiro lo miró con aquella sonrisa torcida de reprobación-. Si es nosotros, yo tengo una excelente idea... Pero en tu departamento... -Yukihiro lo observó negando con la cabeza. Era increíble que ese ser tan libertino resultara ahora tan dependiente de él. En el fondo le agradaba. Tal vez era cierto. Ken hallaba la libertad en esa cadena.
-No cambias, ¿eh?
-¡Eso es un sí! ¡Genial! -sonrió con convicción y tras un leve silencio, regresó a su actitud seria-. En cuanto a ellos, yo creo que no podemos hacer nada, no aún. Ya hemos intentado hablar muchas veces con él. Tú lo hiciste en varias oportunidades, y no has logrado sacarle a Hyde más de lo que yo... Hyde es hermético -suspiró resignado, apoyando su frente en los antebrazos que descansaban sobre la mesa, ocultando su rostro. Yukihiro sólo lo miró. Ken se preocupaba mucho por Hyde. Había sido su amigo desde los inicios. Sabía lo difícil que podía ser ver al camarada desaparecer lentamente. Sin conciencia de su cuerpo, extendió su brazo y lo apoyó en el hombro de Ken. Este levantó su rostro y le sonrió. Era un gesto nuevo. Un gesto del aprendizaje de Yukihiro. Y el guitarrista comprendió en el silencio. Un gesto del aprendizaje de Ken.
Tetsu había llegado a su departamento, y un aroma a comida casera lo había sorprendido. Al ingresar a la cocina, halló a la joven chica sazonando con devoción, preparando aquella ofrenda a su dios.
-¡Amor! ¡Llegaste! Extenuado me imagino, ¿ne?
-¡Ah! ¡Ciertamente! -besó en la mejilla a Kaori, quien había cerrado sus ojos, esperando el contacto en sus labios.
-Preparé tu comida preferida -le dijo con entusiasmo, alejando su decepción con mentiras. Él la amaba.
-¿Existirá el día en que hagas algo que no sea de mi gusto? -le preguntó con molestia. Su día en el estudio había finalizado con aspereza y aquella complacencia iba a rebalsar su límite de paciencia.
-... -ella lo miró con sorpresa, y continuó cocinando como si no hubiera escuchado.
-Perdona -susurró Tetsu tras un segundo de meditación. Ella solamente le sonrió. Ella lo amaba y él a ella. Nada más importaba. Ni siquiera, sus verdaderos sentimientos.
Tetsu se sentó en la mesa, y esperó la comida en silencio. Kaori no hablaba, no emitía sonido alguno, más que el necesario para preparar los alimentos.
Tetsu recordó en su egoísmo y preguntó finalmente, cuando Kaori se sentaba a su frente, ya servidos los alimentos:
-¡Ah! Kaori, ¿qué tal tu día de grabación?
-Nada de consideración -comentó con aquella sonrisa.
-¡Ah! -comió el alimento, nuevamente en silencio.
El sonido de los ohashi y los chawan era lo único que interrumpía el sonido sepulcral del lugar (ohashi = palillos, chawan = bowl donde se come el arroz)
Tetsu sentía la presión de ese silencio, que ante la ausencia de Kaori no le parecía en lo más mínimo molesto. Razonando por su conciencia, por lo que buscaba desesperadamente ocultarse a sí mismo, todo concluía en que lo que en realidad le ahogaba no era el mutismo, sino su presencia. La presencia de esa joven. Pero no. Debía mentirse, porque la culpa aparecía cuando un sólo sentimiento de rechazo emergía de su interior. Él la amaba. Con su palabra, con su cuerpo, con su vida... Aunque sin su alma, sin sus sentimientos, sin su corazón.
-Sería mejor que me fuera, ¿verdad? -comentó con un leve sonido triste en su voz. Tetsu la miró en silencio. No quería responder, quería que ella sola se diera cuenta, quería no mentirle, ni mentirse más a sí mismo...
-No. Claro que no. Te necesito -ella lo miró a los ojos con sorpresa, y le leyó con absoluta claridad. Una lágrima rozó su mejilla. Una lágrima que no era de felicidad o emoción-. ¡Kaori! ¡No llores, por favor! -le dijo con tono preocupado. Ella sólo le sonrió con ese fingimiento profesional que ambos habían perfeccionado a lo largo de los meses.
-Es de felicidad -sonrió con abatimiento la joven, mientras lo miraba.
Ambos aceptaron aquella mentira. Una mentira más. Mentiras de felicidad. Mentiras que eran verdad. Ellos eran felices. Eso es lo que debían ser. Aunque no lo quisieran.
-¡Ah! ¡Ah! ¡Ken…! ¡Así…! ¡Así…! -susurraba Yukihiro mientras sentía cómo Ken ingresaba a su cuerpo ardiente, con tranquilidad, con gusto, con placer, y por sobre todo, con amor. Con aquella necesidad de completarse, de aprender, de ser siempre. Ser siempre. Yukihiro lo abrazaba, sin poder evitar que sus pequeñas uñas rayaran esa tersa espalda. Era su forma de amar, y Ken la aceptaba con gusto. Sus uñas cuidadas, no resultaban ser largas, pero el leve borde que poseían era suficiente para que en el momento de placer, de entrega, aceptara con devoción aquellas sensaciones traduciéndolas en susurros, en gemidos, y entre ellas, en esas caricias que marcaban su espalda.
Ken movía sus caderas con cuidado, con un cuidado que había aprendido de Yukihiro. Había aprendido a ver en el otro, a sentir con el otro, a pensar en el otro permanentemente, y había descubierto que en esa preocupación por el compañero, despertaba en él los más profundos placeres, que combinados con la carne, lo enriquecían de lecciones nunca antes asimiladas. Yukihiro era su maestro, y él el maestro de Yukihiro. Ambos se reconocían como aprendices del otro.
-¡Es el cielo, Yukki, es el cielo! -le susurraba en su oído, aumentando la intensidad, sintiendo cómo las uñas de su amante se clavaban, suspendidas en el tiempo, demostrando el disfrute del cuerpo.
-¡No te detengas! ¡Así, así…! ¡Ah…! ¡Ahh!
-¡Yukki, te amo, te amo! ¡Nunca me dejes! -entre gemidos entrecortados comentaba ingresando en el trance de la pasión.
-¡No me mientas, no lo hagas! -gimió con resistencia ante aquellas palabras, y Ken se detuvo, haciendo suspirar deliciosa y frustrantemente a Yukihiro.
-No digas, eso. Por favor. ¡Yo no te miento! -le suplicaba con besos, iniciando el movimiento abandonado. Ambos comprendían que Ken tenía un pasado difícil de olvidar, y Yukihiro tenía mucha esencia por la cual quedar lastimado. Ken le entendía. Comprendía su miedo. Buscaba darle seguridad, con sus palabras, con su cuerpo, con su alma. Por eso lo besaba con ternura, con sinceridad, lo amaba de esa forma, lento y despacio, con cuidado, con amor, y hablaba con él en esos momentos. Murmuraba tiernamente, y no como en su antiguo pasado donde sólo gritaba obscenidades a sus compañeras de noche-. Nunca, escúchame, ¡ahh! ¡Nunca dejaré que mi estupidez te lastime…!
-¡Te creo! ¡Ahh! Ken... ¡Así, así! Te creo... ¡Ah! ¡Ken, cómo no voy a creerte…! ¡Pero te temo…! -suspiraba agitado. En aquellos momentos Yukihiro se sentía tan vulnerable, tan frágil, tan entregado, y Ken no podía sino dar toda su esencia, todo ese bálsamo con el que el baterista lentamente se llenaba, para darle seguridad. Sabía a lo que temía. Ya lo habían hablado tantas veces.
-Yukki, tú... ¡ah…! ¡Tú eres siempre…!
-¡Ken! ¡Ah! ¡Te amo! ¡Ah!
Yukihiro sentía la dulzura de su amante, y más que eso, la lealtad en sus palabras. El baterista siempre había mostrado su sentimiento de temor a Ken, quien lo había comprendido. Sabía que Yukihiro había aceptado aquella primera vez como simple necesidad, como experimento, para no hacer sufrir a Ken, para sucumbir a su deseo de ser, y aunque fuera tan sólo por una única vez. Pero sabía, que tras esa primera vez, ese deseo se transformaría en necesidad de ser siempre, de ser único en la vida de Ken. Y Ken no había tenido problema en vislumbrarle, porque él había generado esa misma necesidad. Ambos sólo deseaban ser siempre, y ser únicos, en cada vez.
Yukihiro se aferraba con mayor pasión, sintiendo que el clímax los sumergiría a ambos en la más simple de las felicidades, pero un estridente sonido en medio de la madrugada sonó al costado de la cama.
Yukihiro se detuvo, como lo hizo inmediatamente Ken. Sus respiraciones agitadas se tornaron suspiros de frustración.
-¡Mierda! Deja que conteste, Yukki, al hijo de puta este...
-¡No! ¡Espera! -lo había detenido con su mano, en un movimiento suave, sintiendo cómo con ese simple tocar derrumbaba toda resistencia en Ken. Ese hombre que estaba sobre su cuerpo, de manera tan imponente, y sin embargo...-. Deja que conteste... Puede ser importante.
Ken se recostó al lado de Yukihiro y lo abrazó como un niño con el capricho insatisfecho. Yukki le miró con una sonrisa incrédula.
-Vamos, Ken. No te pongas así...
Ken sólo le guiñó un ojo, y apoyó la cabeza en el pecho de Yukihiro, calmando su agitada respiración. Yukihiro suspiró fuertemente, para apaciguar aquella fatiga de que era presa por la dulce locura del guitarrista y atendió el teléfono.
-¡YUKKI! ¡YUKKI! -gritaba una voz desesperada. Yukihiro se tensionó súbitamente, y Ken lo percibió en el cuerpo que abrazaba, mirándolo con seriedad.
-Tetchan, ¿qué pasa?
-¡HYDE, HYDE!
-¿Qué pasa con Hyde? -Ken se sentó en la cama, y miró con sorpresa a su amante que parpadeaba sin cesar.
-¡SE MATO! ¡SE MATO!
-¿Qué? ¿¡Cómo que se mato! ¿Dónde estás?
-¡SE MATO! -lloraba desesperadamente. Ken al escuchar aquello, rápidamente se vistió y ayudó a Yukihiro a vestirse mientras continuaba hablando con Tetsu.
-¿Dónde estás?
-En su departamento.
-¿Qué hizo?
-¡HAY SANGRE, HAY SANGRE!
-Tetchan, no te muevas, llama a la ambulancia...
-¡NO VIENE MÁS! ¡ESTOY DESESPERADO!
-Quédate allí, estamos en camino -Tetsu no notó el plural del verbo.
Yukihiro colgó el teléfono y partió con toda prisa junto con Ken.
Hyde había llegado a su apartamento. Estaba tan desolado. Era un lugar oscuro. Por centésima vez observaba con ojos penoso su triste guarida. La oscuridad, los muebles, los cristales fríos que había perdido la calidez, la música que ya no tenía sentido...
Recordó la bella canción compuesta por Ken y Yukihiro. Era una canción agraciadísima. Era una canción con vida propia. En contraste con las suyas, éstas resultaban agonizantes.
Y es que Hyde había comenzado a notar cómo su propia creatividad caía con vertiginosa velocidad al punto final de su existir. Como había pensado miles de veces, su música moriría con él lentamente. Se perdería en la oscuridad y en las profundidades del dolor. En ese mar de oscura agua que tragaba toda existencia y sumía al olvido a lo más preciado.
Se arrojó sobre el sillón. Estaba cansado. No de la forma en que siempre se sentía. No de esa manera, porque en el hospital había recuperado todo su poder físico, pero su alma se drenaba lentamente. El vacío estaba finalizando de engullir lo único puro que tenía. Lo único que deseaba proteger. Pero descubrió que ese tesoro no quería ser protegido. No al menos por él.
Y era lógico. ¿Cómo él podría proteger algo, si ya no tenía sentido nada, si él mismo no le daba sentido a su propia existencia? ¿Cómo iba a proteger cosa tan frágil como aquella inocencia, aquella ingenuidad que amaba profundamente? Tal vez el tesoro deseara perder aquellas virtudes. Pero no lo sabía.
Levantó el almohadón del sillón y sacó de una extraña ranura una botella de vodka.
Tetsu había ordenado todo su departamento, y había quitado todo rastro de alcohol. Tal vez estaba bien comenzar una nueva vida. Tal vez.
Pero Hyde había virado de idea al ver aquella mancha roja.
Destapó la botella, y bebió de ahí mismo el fuerte líquido. Sentía cómo su hígado se iba a destruir, sabía cómo él iba a caer miles de veces más, sabía cómo iba a hacer sentir a Tetsu, y recordó las palabras amenazantes de Kaori.
Lo haría sentir mal. Pero ya no le importaba, porque ella se encargaría de cuidarle. Ya no tenía sentido nada.
Su vacío, su pasado fantasmal, que lo condenaba en su presente y lo limitaba en su futuro, su música decadente, su tristeza que lentamente lo ahogaba ya con sofocación, ya sin salida. La soledad. Miró por la ventana cómo la luna, su secreta y maldita testigo lo observaba. Lo quería ver en su ruina, humillado, sin nada de esa altanería de aquel vocalista que en un momento creyó que el sueño del grupo musical sería una aventura bella.
Comenzó a sentir en pocas horas, el efecto del alcohol. Tal vez debía prepararse un café, y regresar a la cama.
Fue hasta la cocina, y sin prender la luz, logró ver el reflejo de la luna sobre la pared, cuando ésta estaba toda oscurecida por las tinieblas. No era la luna directamente, sino el reflejo de ésta sobre una hoja metálica que rebotaba en la oscuridad del rincón. Una bella y tentadora hoja metálica.
La tomó con devoción. La luna le otorgaba un místico enigma.
Regreso a la sala, y se arrojó a ese sillón. Tal vez.
Ya no le importaba. Tal vez.
Pero... ¿Si tal vez no? ¿Y si tal vez Kaori sólo lo había confundido?
Pero...
¿Importaba? Aquella marca de Kaori sobre Tetsu le había dado la pauta. Ellos eran felices, aún contra su voluntad, aún contra sus propios sentimientos. Ellos habían creado esa ilusión, y la transformaron en realidad.
Miró sus manos, y recordó la calidez de Tetsu. Recordó esa vez en el hospital, que sin necesidad de hablar, sin necesidad de pensar, su cuerpo había hecho que su mano se mostrara expuesta ante Tetsu, y éste, con su tibieza inmensa, con su inocencia, con aquella inalterable ingenuidad, le había tomado entre las suyas, y apoyándola sobre su propia mejilla le había dicho tan bellas palabras. Sólo palabras de amistad. Que era lo único que podía tener de él.
Recordó esas sensaciones tan agradables, ese calor de la mejilla de Tetsu trasmitiéndose a su helada mano.
Cortó las venas de la mano derecha. La mano que quedaría fría definitivamente. Le dolía. El primer tajo había sido muy superficial, y aunque ardía, no había rasgado las venas. Sólo lo que creyó ser las venas, e hizo el mismo movimiento con su otra muñeca.
Las miró con detenimiento, sangrantes, a la luz de la luna.
No. No las había rasgado.
Cortó un poco más, pero no brotaba el rojo oscuro de la vida. Sólo la sangre de la piel, la superficial. Realizó un movimiento de serrucho con aquel cuchillo, sobre su muñeca adolorida. Tal vez buscaba escarmentarse a sí mismo, pero para su sorpresa, igual que aquella vez en el baño, el místico embrujo de la muerte lo llevaba a perderse en su propia acción, en sus propios movimientos, sabiendo con absoluta conciencia que eso sólo lo llevaría a la destrucción, pero sin poder detenerse. Años de sufrimiento, de soledad, de apariencias, de gritos ocultos en su música. Todo desaparecería en la noche. Y la sola idea de descansar finalmente le agradaba, y lo motivaba a continuar con ese movimiento de serrucho.
-¡Ay! -gritó al sentir un profundo dolor en su muñeca.
Había observado manchado en su propia sangre, que el corte mortal había sido hecho.
No se detendría, e hizo lo mismo con la otra muñeca. Sintió el segundo corte con menos sorpresa.
Arrojó el cuchillo a un costado del sillón, y se mantuvo sentado allí, consumiendo lo último que le quedaba en la botella.
Una sensación de pena lo volvió a embargar. No había escrito una carta de disculpa a Tetsu. Pero no lo lamentó con ahínco. Sabía que Kaori lo ayudaría. Sabía que ella haría que el recuerdo que Tetsu tenía de él lo sumiera en las mayores profundidades del foso del olvido. Sabía que iba a ser olvidado, y que Tetsu encontraría un buen reemplazante para el grupo. Tal vez, terminara siendo la misma Kaori. Un nuevo L'Arc~En~Ciel con voz femenina.
Tragó el vodka de la botella, con resignación, hallándolo tan amargo.
Al menos había cumplido con Tetsu, habiendo terminado el disco. Una vez finalizado el producto que tanto amaba Tetsu, toda conexión con este mundo le parecía banal, y sin sentido. Había que ponerle final a esa situación. Ya no la soportaba. No había nadie que le ayudara, porque nadie nunca se arriesgaría ante tanta oscuridad para verle en su verdadera imagen. Ya nada servía. Ya no había regreso. Sentía cómo la sangre se escurría de sus muñecas. Miró a la luna con tristeza, reclamando algún embrujo secreto. Pero ya no había sentido para rencores, para sensaciones diferentes que la desidia.
Tomó la botella por última vez, y le resultó extremadamente pesada. Se resbaló de su mano, y chocó con el suelo, rompiéndose en pedazos. Lentamente notaba cómo su cuerpo caía hacia un costado del sillón. Sentía una redención, pero entonces su mente le jugó una última broma irónica.
Aquella voz del pasado, aquella voz fantasmal, con esas caricias bestiales, le susurró al oído: 'Hyde, te amo'. Un dolor punzó su pecho, y perdió la conciencia. Hyde sabía que, tal vez, la paz nunca le alcanzaría, porque los humanos mortificados permanecían en el limbo, vagando en la línea de vivos y muertos, penando eternamente por su infelicidad.
La luna pareció brillar con maligna sonrisa.
-¿Te gustó la comida? -interrumpió aquel silencio, convencidos de su felicidad.
-Deliciosa, Kaori -ella le sonrió complaciente. Kaori. Sólo la llamaba por su nombre, sólo por el nombre. Nunca un apodo de cariño, nunca algún tono especial en su nombre, nunca una voz sensual dirigida hacia ella. Pero era feliz.
Tetsu se levantó de la mesa, y excusándose, se fue a la habitación. Debía descansar. Tenía que hacerlo, había sido un extraño y agotador día. Kaori ingresó a la cama, pasada una hora. Apagó su velador, y giró su cuerpo de costado, mirando hacia fuera de la cama. Sin verlo, podía saber que él estaba despierto, pensando, y mintiéndose sin compasión. Era muy cruel esa situación, para él y para ella.
Tetsu estaba agotado, pero las especulaciones sobre Hyde atacaron su mente nuevamente. Sus ojos no podían más que clavarse en el techo de la habitación, y atravesando la oscuridad del aire, proyectar imaginariamente sobre esa techumbre lo vivido en ese día. La forma en que había cantado Hyde, aquella extraña frase que sus labios habían pronunciado en aquel receso: "Hoy me desperté sólo para grabar este CD". Awake. Y esa voz de derrota al haberle visto la marca en el cuello de Tetsu.
-¿Por qué no vas a ver cómo está? -susurró Kaori, sin voltearse, mirando hacia la pared, con los ojos brillantes, mintiéndose con ternura.
-¿Qué? -Tetsu se sentó en la cama rápidamente, y observó la posición de Kaori. ¿Cómo podía ella conocer siempre lo que pensaba? ¿O era tan evidente? ¿Qué era lo que hacía que ella pudiese leerle de esa forma, tan penetrante e incómodamente?
-Ve. No dormirás si no.
-Ka... Kaori... -susurró buscando una pregunta, o una repuesta, a una cuestión no planteada. No sabía qué contestar, no sabía qué hacer.
-No digas nada. Ve -Kaori sin moverse mucho de aquella posición, abrió el cajón de la pequeña mesa de luz que había a su costado y extrajo aquella pulsera demoníaca que Tetsu le había regalado. Giró su brazo en círculo, y sin dejar de ver la pared, puso esa pulsera en el regazo de Tetsu-. Llévale esto. Le agradará. Tal vez, lo reanime.
-Pero, Kaori. Esto te lo regale yo, es para ti... -comentó arrepintiéndose, lo había dicho sabiendo que no era más que una mentira. Y ella sólo la aceptó. Era para ella. ¿Cómo ella había dudado que esa pulsera era para otra persona? ¡Si esa pulsera era tan acorde a su personalidad!
Era para ella y nadie más, a quien estaba dirigida esa ajorca.
Kaori mantuvo el silencio, sintiendo cómo Tetsu se levantaba de la cama y rápidamente abandonaba el departamento. Ella no podía verlo sufriendo. No podía vivir con él, ni sin él. Era enfermizo, y no sabía cómo detener esa aberrante sensación de dicotomía.
Sólo lloró en su soledad. Tan horrible situación, mendigando cariño y recibiéndolo sólo por sentimientos de culpa. Lloró desahuciadamente.
Tetsu fue hasta el departamento de Hyde, guiado por unas extrañas sensaciones que Kaori había disparado a partir de aquel frío diálogo. Era excepcional percibir cómo esa joven lo leía, lo traducía, lo decodificaba, y hablaba en su mismo lenguaje, para luego hacerle reaccionar. Ella era así, porque era su devota. No había otra explicación. Ella lo amaba a él y él a ella.
Ante esa puerta funesta, golpeó con la los nudillos, esperando una respuesta, que nunca llegaba. Apretó varias veces el timbre, pero nada ocurría, ni siquiera un movimiento. Tetsu se intranquilizó, y repitiendo aquella terrible sensación una vez más, apoyó su mano en ese maldito picaporte, y abrió con miedo en busca de la verdad.
La luna ingresaba triunfante al salón, y mostraba un bulto caído sobre el sillón. Tetsu se paralizó ante la idea. No quería ver el rojo que había sobre ese cuerpo, no quería ver ese cuchillo que reflejaba en el techo la sonrisa maligna de la hechizante luna, no quería ver que ese cuerpo era de Hyde, no quería creer que el vidrio esparcido por el suelo era una botella, no quería oler ese aroma a alcohol y muerte.
Se lanzó contra el sillón, y abrazó con desesperación a Hyde. Apenas respiraba, apenas podía escuchar sus latidos. Pero por un momento se confundió. ¿Acaso ese leve respirar y ese leve latir no eran sino sus propias mentiras? ¿No era eso más de lo mismo? ¿No era todo una mentira? Y comenzó a ver el cuarto una vez más, con Hyde en sus brazos, manchándose en aquella sangre. Y fue cuando vio el cuchillo, vio la botella, sintió el olor, y observó su propia ropa manchada de sangre. Debía despertar.
Debía abrir sus ojos a la realidad, aunque doliera, aunque lastimara, aunque matara a quien matara.
Llamó con desesperación a la ambulancia e inmediatamente a la única ayuda que podía pedir. A Yukihiro. Lo llamó desesperado, llorando, gritando. La mentira y la verdad se confundían en su mente, y no sabía a ciencia cierta si Hyde tenía o no ese leve respirar.
Había entrado en crisis.
La ambulancia llegó a la puerta del edificio de Hyde junto con Yukihiro y Ken. Observaron cómo llevaban a Hyde en una camilla, con suero, y torniquetes en sus muñecas. Ken se dirigió a los enfermeros, y Yukihiro buscó a Tetsu, que había sido dejado atrás por los hombres que llevaban la camilla.
Estaba desvelado, con un gesto ido. Sus ojos abiertos parpadeaban pocas veces.
-¡Tetchan! -le susurró, abrazando al amigo, quien aceptó con total agradecimiento ese gesto, un gesto sincero, un gesto que no fuera sola complacencia, un gesto que no lo sumiera en la oscuridad, un gesto que no fuera el reflejo de su propia soledad.
-¡Está muerto! ¡Está muerto…! ¡Yukki! Yo no sé si respiraba o yo quería que respirase... -le decía en susurros, en medio del llanto.
-Ya, ya. Tetchan. Vamos al hospital. Ken está hablando con un médico.
-¿Por qué no veo la realidad? ¿Por qué? ¡Yukki! ¡Ayúdame! -lo abrazaba con fuerza. Yukihiro sentía cómo las manos de Tetsu se cerraban con impotencia sobre su ropa.
-Todo pasará. Tranquilo. Con esas actitudes no resolvemos nada, Tetchan. Sé fuerte. Hyde te necesita -le comentó con decisión. Tetsu había recibido aquellas palabras con sumo agrado. Eran palabras que en cierta forma, le esperanzaban, y por primera vez, sentía que no eran mentira. Que no debía disfrazarlas.
Yukihiro dirigió a Tetsu al auto de Ken, quien se unió a ellos rápidamente, haciendo arrancar el auto.
Yukihiro: ¿Y bien?
Ken: Parece que aún puede salvarse. Tetchan, llegaste en tiempo límite -comentó con seriedad, sabiendo que esas palabras le ayudarían, y maniobró con el volante.
Rápidamente llegaron al hospital, y fueron dirigidos a una sala de espera. Hyde estaba en terapia intermedia, con una transfusión de sangre de urgencia. Aunque estaba delicado, no había peligro de inestabilidad.
Una médica se acercó al trío con paso despreocupado.
-¿Amigos del cantante? -les preguntó con tono neutro.
Tetsu: ¡Sí! ¿Qué pasa?
-Su amigo está bien. Pero tengo que hablar con ustedes de su estado mental -el grupo se sentó en la pequeña sala, y esperaban con atención lo que la médica diría-. Es la segunda vez, si no la tercera, que tenemos al joven aquí con trastornos similares. El alcohol y el suicidio. Necesita ayuda. ¿No lo han notado en todo este tiempo? -les recriminó con profesionalismo.
Tetsu: Claro que sí. Pero él no quería ser ayudado. No quiere.
-Pues en esos casos...
Yukihiro: Doctora, si él ingresa a un centro de asistencia, no lo resistirá. Lo conocemos, y ante la simple sugerencia de eso, el se mataría inmediatamente.
-Son profesionales. Saben cómo controlarlos.
Ken: Pero no saben cómo controlarlo a él. No es cualquier persona.
-Porque sea un famoso no lo hace especial. Es un humano común y corriente -había dicho con frialdad, y parándose, añadió finalmente-: En definitiva, si no hacen algo ahora él no sobrevivirá este año. Se lo aseguro. Morirá por su propia mano. Es un suicida consciente. El más peligroso. Sabe que quiere morir, y lo hará, aún si ello implica matar.
La médica se retiró, Yukihiro sólo podía parpadear con rapidez. Ken estaba al lado de Tetsu, frotando su espalda con confianza, con seguridad, mostrándole que había gente a su alrededor en la cual confiar. Un gesto que le permitía reconocer a sus amigos.
Ken: No le hagas caso... -intentó decir, tratando de amenizar la situación. Yukihiro comprendió la gravedad de continuar con las mentiras, y que por más que ellos hicieran lo que hicieran, el único que podría realizar algo que surtiera efecto, aún así, no con plena seguridad, era Tetsu.
Yukihiro: ¡No! Hay que hacerle caso. Es verdad. Es un peligro -comentó con seriedad, mirando fijo a Tetsu, quien clavó su mirada en el baterista, tratando de hallar la respuesta.
Tetsu: ¿Qué podemos hacer?
Yukihiro: Ken y yo: nada. Hyde no nos permite ver más allá de sus barreras. No podemos. Pero tú sí. Tetchan, si quieres ayudar a Hyde, sólo tú puedes. Con Ken hemos hablado mucho al respecto, y concluimos que por algo eres especial para él. Confía en ti más que en nadie. El sólo puede ser salvado por ti. No lo abandones -le sugirió con pena.
Tetsu: ¡No me culpen! -elevó su voz, conteniendo las lágrimas. Llevó sus manos a la cabeza, y frotaba con desquicio su cuero cabelludo, despeinándose-. ¡Basta! ¡Ya no soporto más la culpa! ¡Basta! ¡El no me quiere! ¡El no me permite ayudarle! ¡El no quiere mi ayuda! ¡Y yo no puedo hacer más que sentir una culpa insoportable! ¡No resisto! ¡No resisto! -gritaba Tetsu, ingresando nuevamente en crisis.
Ken lo abrazaba con fuerza, y Tetsu sólo lloraba. Yukihiro comprendía. Pero tenía que lastimarlo de esa forma para que reaccionara.
Yukihiro: Si tú no lo ayudas, Tetchan, ¡se muere! ¡Lo entiendes! ¡Hyde se muere! -comentó con voz imponente, frunciendo el ceño. Aquel eco reverberó en la mente de Tetsu, y se paralizó. Ken observó a Yukihiro con sorpresa, suplicando que se detuviera.
Yukihiro: Aunque no lo quieras, no seas ciego, ¡Tetsu! El sólo puede recibir tu ayuda. Deja de mentirte, y mira con ojos reales, que ese rechazo es sólo miedo. ¡Maldita sea, Tetsu, deja de ser una niña y despierta! ¡O es verdad! ¡Tú quieres matar a Hyde! ¡Tú quieres matar a Hyde para que sientas alivio con Kaori! -le dijo con voz clara y fuerte. Tetsu no lo soportó, y desprendiéndose de Ken, golpeó con el puño el rostro de Yukihiro, quien cayó del asiento adolorido.
Ken: ¡Basta los dos! -gritó, sujetando a Tetsu con facilidad.
Tetsu: Eres un maldito, Yukihiro. ¡Tú no sabes lo que se siente! ¡Tú no tienes idea! ¡Eres un bastardo! -le gritó llorando, analizando las palabras.
Ken lo calmó y lo dirigió hacia a la salida del hospital, para que tomara aire fresco, y calmara su ira. Nunca había visto a Tetsu en ese límite. Un límite que rayaba la locura. Enajenación por todo aquel exceso de culpa, de preocupaciones, de secretos, de mentiras, de ilusiones, de sentimientos ocultos, y de emociones inventadas.
Una enfermera se acercó al par y le ofreció a Ken un vaso de agua con una pastilla para tranquilizar al amigo. Ken convenció de tomar ese medicamento a Tetsu, quien aceptó no muy feliz. El amigo, en menos de media hora, caía rendido por el sueño, agotado por el día, y por la crisis de esa situación.
Lo ingresó al hospital, y lo dejó descansar en una camilla que se hallaba al fondo de la sala de espera, en un cuarto pequeño y oscuro.
Dejado allí, Ken buscó a Yukihiro, que estaba sentado en la misma sala, con una bolsa de hielo en su mejilla. Ésta se había hinchado y ya mostraba una coloración morada. Ken se sentó a su lado, y lo observó creyendo comprender. Yukihiro había recurrido a exaltar el límite de Tetsu sólo para despertarle, para salvar a Hyde, y detener esa locura suicida de ambos.
-¿Cómo estás? -le preguntó, tomando aquella bolsa de hielo, y separándola de la mejilla de su amante, para ver el estado del golpe-. Rayos, eso te dejará un hematoma notorio por un tiempo.
-¿Cómo está él? -preguntó sin dar importancia a las palabras dichas.
-Le dieron un calmante, y ahora duerme.
-Mmm... -afirmó mirando el suelo. Ken notó que Yukihiro sentía miedo de su propio accionar. Apoyó su mano en el muslo de su amante y lo miró a los ojos.
-Tranquilo, Yukki. Hiciste bien. Hazme recordar de nunca hacerte enojar. ¡Das miedo! -sonrió con timidez, sonrisa que correspondió Yukihiro con una mueca de dolor. Aún en ese momento, Ken buscaba siempre reanimar. ¿Cuál de los dos había salvado a quién? Era una pregunta sin sentido.
Ambos se habían salvado.
Tetsu despertó en aquella sala oscura. Se incorporó, tratando de recordar lo sucedido. Reflexionó un poco algunas palabras escuchadas anteriormente, y salió de aquel cuarto. Encontró en la habitación contigua a Ken y Yukihiro dormidos en los sillones de espera. Se acercó a ellos, y advirtió el hematoma en el rostro de Yukihiro. Sintió culpa. Una vez más la culpa.
Tal vez tenía razón el joven baterista. Pero... No quería verla. La culpa siempre le mentía. Suspiró confundido.
Ken despertó con aquel suave sonido, y al mover su cabeza, despertó a Yukihiro que estaba levemente apoyado en el hombro de Ken.
Ken: ¡Tetchan! ¿Cómo estás?
Tetsu: Mejor. Gracias -dijo sin dejar de ver el suelo. Yukihiro lo miraba con frustración. Parecía que todo lo dicho no había surtido efecto. ¿Debería continuar con aquel ataque?-. Yukki -llamó su atención. Lo miró de soslayo un segundo para asegurarse que le estaba observando, y bajó con vergüenza su vista hasta sus zapatos-. Perdóname... Yo...
Yukihiro: ¡Basta! Basta de culpas, Tetchan. Yo no tengo nada que perdonar. Sólo ayuda a Hyde. Él te necesita -Tetsu elevó su vista, y vio que Yukihiro le sonreía con levedad, a causa del golpe-. ¡No dejes que se destruya, Tetchan!
Tetsu lo miró con agradecimiento.
Una enfermera se acercó al grupo, y les informó que estaban habilitados para ingresar al cuarto del paciente, uno por vez. Yukihiro y Ken se abstuvieron, y dieron lugar a Tetsu.
Tetsu ingresó a aquel salón claro. Por segunda vez. Y vio por segunda vez al mismo Hyde que se hallaba en su recuerdo, pero que ahora, se mostraba más devastado.
Estaba muy pálido, y había despertado preguntando por el lugar. Hyde regresó su vista de la ventana, para fijarla en aquella figura con anteojos que entraba por la puerta. Reconoció inmediatamente el caminar.
-Tetchan... -susurró.
-Aquí estoy, Hyde -le comentó con tristeza, sentándose al lado de él. Una vez más la misma situación, pero agravada por el desdén de ambos.
-Perdóname... Perdóname... -le susurraba con culpa.
-Hyde... Tú me habías prometido...
-Perdóname, perdóname, lo lamento. ¡Perdóname! -le decía con un hilo de voz.
Tetsu adivinó la mente de Hyde, y tomó aquella mano fría entre las suyas por tercera vez. Se inclinó sobre la cama, acercando su rostro a esa mano pálida, con muñecas vendadas, y a diferencia de la otra vez, la besó. Besó con los cálidos labios el contrastante mármol de sus venas. La besó un par de veces, con timidez, y apoyó su frente sobre ella. Comenzó a llorar una vez más. Llorar por impotencia, por culpa, por sentir el límite, por advertir las cadenas, por ver el mundo de mentiras que se destrozaba. Lloró en silencio, ya no pidiendo nada. Y Hyde, sintió ese dolor con profundo pesar. Notó la verdad en las palabras de Kaori. Tetsu no merecía sufrir así. No lo merecía.
En dos días había regresado a su departamento. Recibía la llamada de Yukihiro y Ken permanentemente. Tetsu le llamaba de noche, sermoneándole un par de minutos.
Los primeros días se sentía especial. Le agradaba esa preocupación. Pero luego ya le molestaba, porque resultaba ser ahogo.
Y no pasaron más de tres días, que la misma sensación de desaparecer, de deseo de esfumarse renacía en su alma intensificada por la culpa. La culpa de haber visto y sentido llorar a Tetsu en el cuarto del hospital, tan reacio, con tanto dolor, y en tanto silencio. Se sintió mal, jurándose a sí mismo, que iría a ser la última vez que lo haría sufrir. Una noche cualquiera decidiría la forma de que el final se diera, sin posibilidad de regreso alguno. Que todo acabara por fin, y para siempre, generando el último dolor a su amigo especial.
Lo había decidido.
Tetsu había cambiado. Kaori lo notaba. Estaba callado, serio y pensativo. Ella buscaba complacerle, y él sólo aceptaba el favor con una sonrisa mal fingida. Pero ella lo amaba.
Aquella noche había sido demasiado.
Le había hecho su comida predilecta, y se había acostado temprano. Como su costumbre, Tetsu miraba el techo en la oscuridad, buscando respuestas, reflexionando, y ella, mirando hacia a esa pared, en igual lejanía que él.
Recordaba la primera vez, y todas las veces a partir de ésa. Nunca Tetsu las había iniciado. Le era extraña esa revelación. Giró en la cama, y observó el pensativo ser que estaba a su lado. Él la amaba, y ella le adoraba. Su propio dios. El dios por el cual mataría, por el cual ella misma se desangraría por protegerlo. Necesitaba experimentar el cielo una vez más. Hacía tanto tiempo que Tetsu no la veía con esa mirada especial. ¿Por qué no la veía más? ¿La habría visto alguna vez? ¿O todo eran mentiras? No. Tetsu la amaba, eso era verdad. Debía serlo. Y así lo creía.
Se acercó a su cuello, y besándolo con ternura, preguntó con aquel gesto si el permiso estaba concedido.
Tetsu no reaccionó, tal vez demasiado concentrado.
Acarició su pecho, y besó con más intensidad aquel delicado cuello. Por primera vez, prefirió no marcarle el cuello. Una chocante sensación la invadió. Una marca no era nada. Ella nunca lo tendría a Tetsu, y menos marcándolo con tan poco. Pero se mentía. Ella lo tenía, porque él la amaba, y ella lo adoraba. Era su dios. Sólo a él veneraba.
Tetsu reaccionó, abrazando a Kaori. Sintió en aquel abrazo la culpa del descuido, pero se mintió. Era el amor puro de Tetsu.
Lentamente, entre besos cada vez más apasionados, Tetsu se recostó sobre Kaori, y ella se entregó una vez más. Sentía el movimiento de Tetsu, sentía cómo las sábanas rozaban sus pieles en aquel movimiento que se intensificaba, sentía cómo Tetsu no estaba con ella, por más que ella gimiera su amor, susurrara sus sentimientos. Sentía cómo sólo la culpa le hacía el amor, y por primera vez, una voz, la voz del vocalista, reverberó en su mente. "¡Vete tú a consolarle con trucos de puta!" Ella amaba a Tetsu. Pero él no la amaba. Ella sabía la verdad, y aún así, dejaba que él la poseyera de esa forma. Cualquier hombre estaba con ella en ese momento, menos el tan amado Tetsu.
Los movimientos se tornaban más salvajes, y Kaori sólo se sujetaba con fuerza al cuello de Tetsu. Comenzó a llorar. Lloraba, porque se reconocía como la prostituta que aquel soberbio vocalista caído en desgracia le había gritado. Sentía cómo la culpa era lo único que llenaba la relación, y que a pesar de toda aquella adoración, de todas las ofrendas a aquel dios, nada, absolutamente nada le permitía acceder al cielo. Qué cielo tan bajo. Qué cielo tan lastimero.
Ella lloraba, aferrada al cuello de Tetsu, quien cumplía con la función que la culpa le dictaba. Y ella se despreciaba. Sólo un consuelo, sólo una obligación. Qué cielo tan enfermo. Qué cielo tan cruel.
Tetsu había finalizado con el procedimiento, y sólo cuando se recostó notó que Kaori había llorado en todo momento. La miró con culpa.
-Kaori. ¿Te lastimé?
-... -ella sólo lloraba. Sentía el vacío, sentía que sólo la culpa de Tetsu la llenaba, y la llenaba de más culpa. Culpa de sentir que ella, que tanto lo amaba, era la causante de hacerlo tan infeliz. ¿Por qué no podía amarla? ¿Por qué no podían ser felices? ¿Por qué era tan difícil ser lo que Tetsu quería? ¿Qué era lo que Tetsu quería? ¿Qué buscaba? ¿O ya había hallado? Ella lloraba. Vejada, se giró sobre la cama, y tapándose con las sábanas, con vergüenza, quedó en la posición inicial, mirando la pared.
-Kaori. ¿Qué ocurre? ¿Qué hice mal? -¿qué había hecho mal? Kaori se preguntaba eso a sí misma. Sólo una puta barata. Sólo una puta que cobraba sus servicios en unidades de culpa. Una culpa que reinvertida, le aseguraba la vida al lado de ese ser. Pero no podía vivir sin él, y él no podía vivir con ella. ¿Qué haría? Lloraba, hipaba. Pero no contestaba a nada.
Tetsu miró el techo, y se quedó callado. ¿Lastimarla? Claro que la había lastimado. Pero permanentemente la lastimaba. Se lastimaban. ¿Si acababa toda esa farsa? Pero no. Allí la culpa nuevamente. Allí el dolor. Allí en el fondo, la canción Anemone. ¿Anemone? En el fondo, una sonrisa perdida, y una frase que reverberaba en su cabeza: "me encanta cuando haces eso".
Y en ese mar de culpas y angustias, quedaron dormidos, ahogados, y oprimidos.
Un día más en el estudio.
Yukihiro y Ken había llegado primero. Tetsu no había notado lo sorprendentemente juntos que se hallaban. ¿Desde cuándo? No. Debía parecerle. Tetsu estaba convencido que si bien Ken había cambiado, habiendo regresado a sus vicios, Yukihiro seguía siendo el mismo, igual de melancólico, pero con un extraño brillo adicional en sus ojos. Pero tal vez, era sólo esa imaginación que últimamente fallaba tanto en la percepción de la realidad de Tetsu.
Ken: Buen día, amigo. ¿Cómo estás?
Tetsu: Bien. Dormí algo mal... Pero... -miró a Yukihiro y observó el hematoma en su rostro. Yukihiro le sonrió pero Tetsu no alcanzó a ver el gesto y bajó su vista apenado. La culpa lo hundía.
Yukihiro: ¡Basta, Tetchan! -le había dicho con amena voz-. Deja de culparte. Yo necesitaba ese golpe. ¿O qué? ¿Ahora dejaré de ser tu amigo por esto? -comentó con un tono lastimero.
Tetsu lo observó, y aceptó aquella respuesta.
Ken: ¿Hoy viene Hyde?
Tetsu: Lo dudo.
Yukihiro: ¿Qué estás haciendo, Tetchan?
Tetsu: ¿Qué puedo hacer? -contestó perdido. Yukihiro suspiró y miró con pena a Ken.
Hicieron algunos retoques al disco que había sido nuevamente suspendido por una semana, hasta que Hyde se normalizara. Pero era imposible. Hyde no salía de su hogar. Perdido en su propia oscuridad. Una cerrazón nunca tan real como en ese momento.
Tetsu era consumido por la culpa y Ken y Yukihiro sólo podían observar la espiral destructiva de ambos.
El día había finalizado, y nada más que conversaciones de trabajo habían sido cruzadas. Tetsu se había despedido de sus amigos, yendo en una dirección no muy conocida por ellos. Tal vez se iría a relajar a otro lugar, ya que su departamento carecía de esa soledad que tanto extrañaba. Esa soledad que le servía para reflexionar, y no la que había hallado, una soledad de tortura, de pasado, de voces que hacían eco en su mente, y dañaban su espíritu.
Se fue a un bar de los suburbios, y tomó un par de cervezas acompañado de blues tristes. No sabía qué hacer. Necesitaba una mano de algún lado. Algo que le dijera cómo ayudarse a sí mismo y ayudar a Hyde. Necesitaba tan sólo liberarse de la culpa... Pero, ¿cómo haría aquello? ¿Cómo podría? Si su vida había sido construida prácticamente a base de culpas.
Regresó con tristeza a su departamento, y por primera vez, no olió el aroma de la comida preferida. Por primera vez, no sintió la presencia de Kaori en la cocina, esperándole con una sonrisa.
Por un momento la culpa le atacó nuevamente, y un temor al suicidio por parte de Kaori le había devastado. Lo que había hecho anoche no tenía nombre. Era inclusive peor que una violación.
Caminó con lentitud al salón principal y allí encontró a su dulce amiga. Lo miraba decidida. Lo miraba, por primera vez, sin esa complacencia. Al lado de ella, unas maletas. Pero no eran suyas, sino de él. ¿Qué significaba?
-Buenas noches, amor -le dijo con tono resuelto.
-Kaori… ¿qué sucede? -Preguntó con miedo.
-Sucede que te irás -su voz era tranquila.
-¿Qué?
-¡Vete! Vete con el vocalista. Vete con él. Él te necesita -en su tono había un poco de molestia, un poco de suplicio, y lejanamente, muy en el fondo de aquella entonación suave, un titilante centellear de complacencia. El deseo de que Tetsu se sintiera feliz.
-Kaori... No me eches...
-No. No estoy echándote. Es tu departamento. No puedo desalojarte. Sólo te estoy empujando a hacer algo que si tú no lo haces... -se detuvo.
Era suficiente para ella. Debía ser suficiente para él.
-¿A dónde iré? -le preguntó con aquella ingenuidad, con la inocencia del niño perdido.
-A su departamento. Y no regresarás hasta que esté recuperado. No lo harás. Ese depresivo se matará en cualquier noche, pero si tú estas con él... No lo hará... -comentó decisiva-. Adiós -le susurró al levantarse y pasar por su lado.
-¿A dónde vas? -preguntó con culpa, con miedo, con flaqueza, sin voltear siquiera para ver de soslayo.
-Regreso a Nagoya, a descansar un tiempo. Necesito vacaciones -susurró. La complacencia, ni siquiera en aquellas decisiones, en aquel tono de voz, desaparecía completamente.
Kaori pasó finalmente por su lado, y abandonó el departamento. Tetsu tomó esas maletas y partió.
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