Disclaimer: Los personajes de Fullmetal Alchemist no me pertenecen, son de su respectiva autora Hiromu Arakawa.
Por siempre Obsesión
Chapter 3: ¿Nueva vida?
Llevaba ya más de dos horas de pura agonía. Cuando Roy estuvo a punto de resignarse y dejarlo morir en contra de su propia voluntad y cumplir por fin con el deseo del rubio, un susurro lastimero de Edward le pidió que acabara con ello y lo convirtiera. Y Roy así lo hizo, sonriendo internamente por su primer triunfo.
El salón era amplio y estaba muy bien iluminado. Todavía seguía sin comprender cómo es que se había dejado convencer por su hermano menor para asistir a esa aristocrática y aburrida fiesta, en la que abundaban grandes personalidades.
Edward pudo distinguir a unos cuantos empresarios que se le hicieron bastante conocidos, así como también a muchas mujeres que recordaba haber visto en diversas revistas de moda. Definitivamente, era una fiesta bastante exclusiva, a pesar de la gran cantidad de gente que se hallaba en el lugar. Nuevamente se preguntó cómo es que había terminado en un sitio como ese y rodeado de ese tipo de gente.
—Tampoco es para tanto, ten, esta bebida está deliciosa.
—Al, ya sabes que no tomo alcohol. Por favor explícame de nuevo porqué es que estamos aquí —Pidió con un gemido de molestia—. No me gusta este lugar.
—Es nuestra manera de agradecer al ahora Fûhrer, Ed. Él nos ayudó cuando estuvimos en problemas, es lo menos que podíamos hacer. Aceptar su invitación.
—Si si claro. Ya entendí —Suspiró con cansancio—. Pero apenas tengamos oportunidad, nos largamos.
Sin embargo, un nuevo entretenimiento visual hizo mucho más soportable aquella tediosa fiesta.
Un apuesto hombre que reflejaba una edad aproximada de unos treinta y pocos años, hizo acto de presencia junto a una hermosa mujer, que parecía aburrida con la situación de estar en ese lugar, al igual que Edward hasta ese momento, cuyo aburrimiento comenzó a menguar al observar a la pareja recién llegada.
Se escabulló por los alrededores, utilizando las columnas decorativas como protección de las miradas indiscretas, para entretenerse evaluando y sacando conclusiones sobre todos aquellos que iban arribando al lujoso salón. Hasta que notó como en un par de ocasiones se chocaba sin querer con la mirada de ese hombre de cabellos negros, ahora lejos de la mujer que había llegado con él.
Un poco desconcertado con el nuevo descubrimiento —y también algo avergonzado— se alejó de su escondite detrás de una columna de mármol para refugiarse en uno de los tantos balcones que brindaban una hermosa vista del jardín de aquella mansión. Esperó un tiempo prudencial para poder sentirse nuevamente seguro, y salió en busca de su hermano menor, que lo había perdido un rato atrás entre la muchedumbre.
Sin embargo, en la búsqueda de su hermano, se volvió a encontrar un par de veces más con esos ojos negros que no perdían detalle de sus movimientos. Un poco asustado, comenzó a buscar con mayor énfasis, recuperando sus ganas de marcharse nuevamente de allí.
El hombre apuesto que tenía un porte de alguien con mucha influencia y poder, rechazó el brazo que le tendía la mujer con la que había llegado a la fiesta, rehusándose a bailar con ella.
Ese acto no pasó desapercibido por el rubio, que miraba asombrado el accionar de ese supuesto caballero. Negó con la cabeza y siguió buscando a su hermano.
Rato después se descubrió a sí mismo mirando de reojo al pelinegro cuando lo tenía cerca o dentro de su campo visual. En algunas ocasiones sus miradas se cruzaban y Edward inconscientemente se sonrojaba y volteaba el rostro, mientras el hombre sonreía imperceptiblemente ante sus reacciones.
Alphonse no era ningún idiota. A pesar de haberse separado de su hermano mayor casi al comienzo de la velada, notaba como éste hacía enormes esfuerzos por no dirigir sus ojos hacia su nuevo lugar favorito, siendo éste aquel donde se hallaba un hombre bastante guapo, tenía que admitir. Sí, definitivamente a Edward le gustaban los hombres mayores. A pesar de su aspecto aristocrático y su renuencia por todo lo que eso conllevaba, cuando su hermano mayor se interesaba por algo, era muy difícil que se le olvidara o lo dejara pasar como si nada.
Queriendo pinchar un poco a su acompañante, y también bastante conforme al ver que aquel hombre parecía más que dispuesto a tener un encuentro cercano con Edward, decidió hacer acto de presencia e intervenir.
—Te gusta, ¿no es así?
—¡Claro que no, Al!
—Pues a mí me parece que sí. No ha dejado de mirarte en toda la noche, y tú tampoco te has quedado atrás. —Suprimió una risita al ver el potente sonrojo que se esparció por el rostro de su hermano—.
—Eso no es cierto. Además es demasiado viejo. —Miró a su lado para ver que en ese momento quién lo acompañaba hacía un enorme esfuerzo por no soltar una carcajada—. ¡Ya deja de reírte, Alphonse Elric!
No le pasó por alto que su nombre haya sido mencionado completo, pero no pudo evitar sonreírle pícaramente.
—No seas aguafiestas Ed. Sabes que te gusta, y sabes que yo sé que te gusta. Y también sé que no te molestan los hombres mayores, al contrario. ¿Cuál es el problema? Sólo ve y háblale.
—Te he dicho que no.
Pero como si le hubiese leído el pensamiento a su hermano, el apuesto hombre de cabello negro cambió sutilmente su dirección para encaminarse hacia ellos.
—Te deseo suerte. ¡Nos vemos!
Cuando quiso girar para encararlo, Alphonse había desaparecido. ¡Maldición! Ya hablaría con él cuando llegaran a casa.
—Disculpa, ¿Me concederías esta pieza?
Los hermosos y dorados ojos de Edward se abrieron como platos cuando volteó para quedar frente a aquel hombre que se había pasado toda la noche observándolo.
—C-claro, por qué no..
A lo lejos, el menor de los hermanos observaba a la pareja bailar con una sonrisa de oreja a oreja adornando su rostro.
Y entonces todo alrededor de Edward se desvaneció, dejando un enorme vacío en su pecho.
—¡Alphonse! —Gritó desesperado—
Nadie parecía oírlo; una sensación de vértigo y de terror lo invadió, calando en lo más profundo de su corazón.
Y entonces, despertó.
La habitación en la que había estado cuando todo comenzó era ya un recuerdo lejano. Ahora se encontraba en una mucho más amplia y antigua, pero bastante confortante. Su brusco despertar lo había atontado los primeros minutos, pero rápidamente se había recuperado.
Arropado en la inmensa cama de dos plazas como si se tratase de un niño, Edward se incorporó de los cómodos y suaves almohadones para observar a su alrededor. Todo se veía y sentía bastante extraño. No le costó levantarse, aunque notaba su cuerpo algo cansado. Sin embargo, caminó por la habitación con pasos ágiles y silenciosos.
Se acercó al fino y costoso espejo que se hallaba contra una pared para poder verse a sí mismo, sin saber muy bien con lo que se encontraría cuando viese su reflejo.
Reprimió un escalofrío y miró con incredulidad aquella imagen de sí mismo que le devolvía ese espejo. Su tersa piel bronceada ahora lucía bastante pálida, aún más suave que antes, si es que eso era posible. Sus ojos dorados también seguían ahí, pero su brillo había cambiado. El hermoso y dorado cabello que en ese momento caía libremente por su espalda brillaba tan intensamente como siempre. A simple vista, parecía que nada había cambiado. Pero se sentía diferente, y esos pequeños cambios quizá imperceptibles para aquellos que lo conocían, no lo eran en absoluto para él. Porque lamentablemente a pesar de su dolor, pudo recordar vagamente ese proceso al que fue sometido. Ese proceso que lo convirtió en lo que era ahora.
Eso.
Un monstruo.
Una bestia sin alma.
Sonrió al espejo. Descubrió que su piel y su cabello no eran los únicos detalles blancos y relucientes que ahora poseía. Sus antes normales dientes, ahora parecían un poco más grandes y afilados. Sobre todo sus colmillos que se perfilaban amenazantes y mortíferos.
Disgustado con su nueva imagen y todo lo que conllevaría esa transformación, se alejó del espejo rumbo a seguir inspeccionando minuciosamente toda la habitación.
—Te odiará por esto.
—Sí, pero no pude evitarlo Maes. Él es especial.
—Sea o no especial, le has arruinado la vida, y no le has dejado decidir —¿Es que acaso su amigo se había vuelto idiota? Pensó con exasperación—. No te lo perdonará, Roy.
—No me volví ningún idiota Maes —Su espeluznante sonrisa sólo hizo suspirar al castaño de ojos color miel, y con una mirada llena de reproche incluida—. Está bien, lo siento Maes, no volveré a hacerlo.
—Más te vale Mustang. Detesto que me leas la mente y lo sabes. ¿Ya no somos amigos?
—Claro que sí, sólo me estaba asegurando de que no tramaras nada para hacerle algo a Edward, y de paso, fastidiarte. —Un gruñido por parte de Maes lo hizo sonreír—. ¡Te dije que lo siento!
—Como quieras, pero no es gracioso. —A pesar de todo, él también sonrió. Hacía bastante tiempo que no veía una sonrisa en su amigo—. Debe ser un chiquillo bastante interesante, si en tan poco tiempo logró atrapar el corazón del gran Roy Mustang.
—Mi corazón y mucho más.
Escuchó como unos pasos tranquilos se acercaban a la habitación en donde lo habían dejado semiinconsciente la última vez y lo habían arropado. Se giró para recibir al que seguramente sería su ex pareja, para propinarle unas cuantas palabras.
Su voz quedó a medio salir de su garganta cuando para su sorpresa, quién había abierto la puerta no era Roy, sino que otro hombre cuyo aspecto desvelaba la misma estatura y edad. Sin embargo, su postura no era tan sombría como la que portaba Roy cuando se reencontró con él en ese aún desconocido lugar.
—¿Y tú quién se supone que eres?
—Soy Maes Hughes, un amigo de Roy desde hace unos cuantos años. Me encantan tus modales.
El rubio sólo gruñó por lo bajo, sin embargo, el tono utilizado por ese hombre en la palabra años le produjo a Edward un leve escalofrío.
—¿Dónde está Roy? Quiero hablar con él. Ahora.
Su voz salió firme y clara, pero no llegó a intimidar ni un ápice al castaño que se encontraba frente a él.
—Lo sé. También sé lo que te hizo. Intenté detenerlo, pero sabes como es él, tan testarudo..
—Al parecer, hay muchas cosas que desconocía y aún desconozco de ese sujeto. Y sinceramente me arrepiento de haberlo conocido.
—Eso no lo dudo. Lo que te hizo, a mí en tu lugar me parecería igual: imperdonable. Pero antes de amenazarlo, deberías escuchar lo que tiene para decir.
—¡Qué consuelo! —Su tono irónico sólo hizo que Maes levantara una ceja en un claro signo de interrogación—. Encima que me hizo esto, pretendes que lo escuche. ¿Sabes cómo se siente la traición, Maes?
Claro que lo sabía. Y la voz trémula con muy apenas contenida ira del pequeño rubio al pronunciar su nombre, por primera vez lo hizo estremecer. Tanto odio no era bueno para nadie. Sobre todo para él mismo. Ni quería pensar qué hubiera pasado si Roy entraba primero en aquella habitación. En su fuero interno se alegró de haberlo convencido de dejarlo entrar antes que él para conocerlo.
—Te sientes dolido y traicionado, es lo normal. Pero enfurecerte y volverte loco no va a servir de nada. El daño no se puede revertir, ahora deberás aprender a convivir con tu nueva situación y aceptar tu destino —Edward continuó observándolo con intenso odio reflejado tanto en su hermoso rostro como en la tensión de su cuerpo—. Todo esto te parece irracional, y tu odio no desaparecerá de un día para el otro, debes serenarte y sobre todo escuchar para saber qué hacer a continuación.
—Vete.
—Lo haré, pero piensa en lo que te dije. No resolverás nada así como estás. Por ahora, estate quieto un rato, que ya pronto Roy vendrá a verte. Y si logras calmarte lo suficiente, podrás obtener más respuestas.
Con esas últimas palabras, Maes salió de la habitación dejando a un Edward bastante enfurecido, confiando en que el tiempo haría mella en él y lo calmaría para su próximo encuentro, desde luego mucho más complicado.
—Sí, definitivamente es un chiquillo bastante interesante. Veremos cómo se le da en esta nueva vida.
Después de todo, si los seres denominados vampiros poseían muchas características, la principal de ellas era la paciencia adquirida tras una longeva existencia.
¡Buenas! Como lo prometí de a poquito los renglones van aumentando. Espero que les haya gustado.
