Disclaimer: Los personajes de Fullmetal Alchemist no me pertenecen, son de su respectiva autora Hiromu Arakawa.


Por siempre Obsesión

Chapter 6: Central

Llevaba casi seis meses convertido, y aún no dejaba de sorprenderse por cada cosa que descubría acerca de su nuevo estilo de vida.

Tal y como le había dicho Roy desde un principio, con el correr de los días su técnica en la caza de animales había mejorado hasta el punto de que ya no podían siquiera moverse para huir, y él no terminaba todo sucio y arañado por el animal en el afán de defenderse y no ser cazado. Pero a pesar de haberse vuelto muy bueno, su compañero se negaba a dejarlo marchar solo por las noches. Según le había explicado, en los alrededores siempre andaba algún que otro vampiro que tanto él como todos en la mansión denominaban carroñeros, seres que no tenían problema alguno para cazar a otros de su misma especie, ya que no pertenecían a ningún clan o aquelarre y no tenían aprecio alguno por nada ni nadie.

Aunque al principio le había fastidiado, supo que la precaución de Roy era acertada, ya que una noche se cruzaron a dos de ellos, quienes huyeron disparados al notar la imponente presencia y el gran poder de uno de ellos. Roy obviamente. Edward aún ni siquiera era capaz de detectar si estaba solo o tenía compañía de otro vampiro, le costaba muchísimo aprender a descubrir y analizar si alguien estaba cerca, junto con su nivel de poder y si se trataba de alguien amenazante o no. Su creador le había explicado que algo fundamental en el acto de detectar quién está en un radio de treinta metros a la redonda era la serenidad y concentración. El rubio era consciente de que la concentración que poseía era buena. Muy buena. Sin embargo, la serenidad no era algo fácil de conseguir, ya que aún en su interior brotaba la frustración y el odio que sentía por Roy cuando lo veía, y el hecho de que para practicar la detección de vampiros era necesario que alguien lo acompañara, y precisamente ese era su ex pareja, no ayudaba en lo más mínimo.

Pero sin duda iba mejorando. Poco a poco, lo iba consiguiendo. Era más ágil, más veloz y más sigiloso. Le dificultaba todavía asimilar que su velocidad era inhumana, y el cazar otra cosa que no fuera animales todavía no formaba parte de su plan a seguir, ya que no planeaba hacerlo nunca, su integridad, principios y moral todavía humanas no se lo permitían. Estaba prácticamente seguro que el día que consumiera sangre humana, así sea por accidente, perdería su ser interior, convirtiéndose completamente en un monstruo. Y eso era algo que no pensaba darse el lujo de permitir.

En su estadía en la mansión también había hecho sociales con otros jóvenes de tan corta edad vampírica como la de él. Un tal Shuichi, enérgico por naturaleza y con un cabello teñido de un color rosa chillón, tan flacucho que si no se lo contemplaba bien podía pasar perfectamente por una chica. Russel, otro chico rubio de ojos azules que era mucho más tranquilo y también disfrutaba de la lectura al igual que Edward, y Ling, un joven oriental algo reservado pero muy inteligente, siendo el mejor de ellos a la hora de aparecer de la nada y moverse tan sigilosamente como la sombra.

Ninguno todavía era lo suficientemente fuerte como para valerse por sí mismo y salir a cazar solo, y en grupo tampoco podían ir según el criterio de Roy, ya que por más que fueran cuatro, cualquier vampiro con algo de experiencia podría acabar con ellos fácilmente.

A pesar de que ahora podía disponer de algo de compañía, Edward seguía internándose en la biblioteca por largas horas para continuar aprendiendo más acerca de los vampiros.

Había descubierto que la mayoría tenía como preferencia estar en grupos, cuanto más numerosos mejor, pero también más peligroso, ya que una gran cantidad de vampiros viviendo en un determinado lugar llamaba mucho más la atención que un vampiro nómade o que una familia más pequeña viviera en una casita.

En el mundo había una gran cantidad de vampiros, no se podía determinar con precisión esa cantidad ya que año a año iban naciendo nuevos jóvenes. Pero el mundo no estaba sobrepoblado, ya que a pesar de ser una especie relativamente tranquila, en su carácter también poseían un factor belicoso difícil de ignorar.

Por lo que había podido discernir en su lectura, Edward comprendió que a los vampiros les gustaba la lucha, la disfrutaban y se trataba de algo bastante emocionante parar romper con su monótona existencia. Sin embargo, también era una demostración de poder. Peleadores o no, ningún vampiro era un absoluto idiota como para no darse cuenta de cuándo se estaba metiendo con alguien de un nivel superior al suyo.

En la mayoría de los clanes o aquelarres numerosos, había una especie de concejo que estaba formado desde unos cinco integrantes hasta unos diez, dependiendo de los acontecimientos que transcurren en la vida diaria, o de la cantidad de vampiros que tengan como responsabilidad. El concejo estaba formado por hombres y mujeres que superaban con creces los cuatrocientos años de edad, cuya sabiduría estaban por encima de la mayoría, al igual que sus dones particulares. Eso les confería un poder y transmitía una confianza absoluta para todos aquellos que apoyaban a sus miembros superiores. Después del concejo, no había rangos prefijados, el respeto estaba basado en la edad junto con la experiencia y el poder del vampiro, y con el tiempo cada uno podía demostrar de lo que era capaz, dejando claro cuál era su posición en el clan.

Pero no sólo la edad y la experiencia lo eran todo, sino que el poder era un factor bastante determinante. Edward leyó con asombro que los vampiros más poderosos eran los capaces de dominar algún elemento, que bien podría ser el aire, fuego, tierra o agua, aparte de su fuerza física característica de todo vampiro.

Sin embargo, a pesar de que era muy sorprendente el simple hecho de manipular alguno de los elementos, los vampiros lo que más apreciaban eran los poderes mentales, que no eran muy frecuentes, salvo en el concejo; lo que era lógico ya que una vez que un vampiro superaba la franja de los cuatrocientos años de edad, su mente estaba tan desarrollada que podía tener diversos poderes, como la lectura de mentes en masa, o el mover objetos, perturbar otras mentes, y un sinfín de poderes que Edward no pudo terminar de leer de la enorme lista que había en el libro que sostenía en sus manos. Y más asombroso era que podían tener más de un poder mental a la vez, lo que los volvía muy letales y respetados. Definitivamente no se trataba sólo de sabiduría.

Lo que había podido descubrir de los libros aún le resultaba confuso, y aprovechando que ahora podía tolerar un poco más a Roy y éste siempre estaba dispuesto a responderle sus dudas, se dirigió desde la biblioteca al pequeño saloncito en el que sabía que su creador siempre estaba leyendo algo. Esa vez no iba a ser la excepción.


Encontró a Roy en un cómodo sofá hojeando un libro con la misma parsimonia de siempre, se acercó y se plantó a su lado con firmeza.

—Tenemos que hablar.

El tono seguro del rubio hizo al moreno levantar una ceja interrogativamente, pero aun así se levantó y como alguna que otra vez, lo dirigió a un salón más pequeño e íntimo.

—¿De qué se trata?

—Yo…tenía unas dudas. Quería preguntarte acerca de las jerarquías que hay en los diferentes clanes, sobre todo en éste.

Roy comprendió su duda, y tomando aire, comenzó a explicar.

—Este lugar es uno de los aquelarres más grandes del país, aunque fuera de Amestris también hay otros países que poseen numerosos aquelarres, y de gran tamaño también. Pero el nuestro es el que tiene la mayor cantidad de miembros. Por lo general, los recién creados no le dan mucha importancia, pero cada aquelarre por más grande o pequeño que fuera, dispone de un nombre, y también de uno o más líderes, siempre dependiendo de dicho tamaño, claro está.

—¿Cuál es el nombre y la cantidad de miembros de este aquelarre? —preguntó Edward algo confuso, al no recordar en ningún momento haber escuchado sobre la cantidad de gente que había en la mansión, o sobre el nombre que los distinguía de otros clanes—

—Central, como la ciudad en la que estamos. Se le denomina así porque en Amestris hay algún que otro grupo de vampiros, pero una minucia comparado con nosotros. Por lo que somos el aquelarre Central, y al estar ubicado en la misma ciudad, suena bastante lógico.

—Y poco original —sonrió ante la mirada de reproche de Roy, supuso que cuando se convirtieron en un grupo numeroso hace quién sabe cuántos años, el nombre les habría parecido original, pero las épocas cambiaban cada cierto tiempo y ese nombre ya no era para nada interesante—

—Como sea, en esta mansión somos unos ciento cincuenta, sumado el concejo, y en la otra que está en las afueras, otros cien. De las dos mansiones, está más que claro cuál es la principal.

Edward en ningún momento creyó que habría tantos vampiros en esa mansión, y mucho menos que habría otra con una gran cantidad también.

—El problema no es la cantidad —siguió Roy con aplomo, antes de que Edward pudiera hacer comentario alguno—. Es el poder. Nosotros no sólo somos numerosos, sino que tenemos unos líderes que son muy fuertes y sabios, capaces de mantener la armonía con los demás líderes de otros aquelarres.

—¿Y no se producen peleas?

—Sí, siempre hay alguna de vez en cuando, pero nada grave. No hay disputas territoriales, sólo una convivencia pacífica. Haz y deja hacer. El problema son los carroñeros, aquellos pequeños grupitos de vampiros que no superan a cinco miembros, en los que de manera aleatoria viajan de noche de país en país, cazando y haciendo lo que quieren. Son problemáticos porque a no ser que se trate de una emergencia, o algo absolutamente necesario, no está en la naturaleza del vampiro matar por que sí a otro igual. Todos los aquelarres respetan eso, mientras que los carroñeros hacen lo que se les place hacer, por eso hay que ser cuidadoso y estar bien entrenado cuando se sale solo. —terminó Roy con voz grave, y mirando significativamente al rubio que no perdía detalle alguno de sus palabras—

—Ya entendí, no hace falta que lo repitas. —suspiró cansado, pero se le ocurrió preguntar lo que hacía días le venía carcomiendo la curiosidad hasta las entrañas—. Me preguntaba sobre los poderes del concejo. Leí que para ser miembro no sólo debes superar cierta cantidad de años, sino ser poderoso y respetable también por lo que son capaces de desplegar grandes poderes mentales. ¿Cuántos años tienes, Roy?

Al aludido no se le escapó la mención de su nombre de pila por parte de Edward, supuso que para aligerar el peso de la pregunta, pero no le importó. Después de varios meses, escuchar su nombre de los labios de Edward se oía maravilloso.

—En apariencia humana, treinta. Pero llevo trescientos treinta y tres años del comienzo de mi existencia. —sonrió para sus adentros al ver como los dorados ojos de Edward se abrían desmesuradamente, incapaz de asimilar la cantidad de años mencionados—

—¿Q-Qué? ¿C-Cómo es posible? O sea, quiero decir, t-todos tienen muchos años, s-sé que los vampiros viven mucho y-y eso, pero-pero, trescientos...? —no fue capaz de terminar la oración, aún no cabía en sí mismo del asombro que le producía saber la verdadera edad de su ex pareja.

En ese preciso momento Roy se levantó de su sillón individual para sentarse junto a Edward, que se encontraba sentado en el sofá grande y mullido que estaba frente a él. Le pasó suavemente una mano por el hombro para tranquilizarlo, y lo giró levemente hacia él, para brindarle algo de apoyo. En el fondo sabía que algún día le iba a preguntar acerca de sus orígenes, así como sabía que le sería imposible mentirle, no sólo porque no pudiera, sino porque tampoco quería hacerlo.

—Aún me faltan unos añitos para que pueda entrenar mi mente y dotarme de esos poderes tan complejos y maravillosos —dijo para alivianar un poco la tensión que se había producido en el ambiente y en el mismo Edward, que ahora tenía la espalda y hombros rígidos, todavía anonadado por la noticia—. No tengas miedo Ed, el que tenga esta edad también demuestra que soy lo suficientemente fuerte para protegerte.

Edward reaccionó como si le hubieran abofeteado, salió disparado del sofá, para encontrarse parado frente a él y mirarlo fijamente, con su mirada dorada ahora sin asombro alguno, sólo con el puro y el más profundo enojo.

—¿Protegerme? ¿Es esto alguna jodida broma Mustang?

A pesar de que la nueva actitud del rubio lo había tomado por sorpresa, Roy no lo demostró, solo respondió mirándolo fijamente:

—Claro que no, yo nunca te hablé en broma.

Y Edward estalló.

—¡Claro, por supuesto! ¡Eres increíblemente poderoso, oh gran Roy Mustang! Perdón por no haberme dado cuenta antes.

Aún sin entender, el moreno le preguntó:

—¿De qué me estás hablando?

—Decime una cosa antes Mustang. ¿Cuál es tu don especial? Que yo sepa nunca te vi usarlo. Y si eres tan poderoso, seguro que puedes manipular alguno de los elementos, ya que para poseer un gran poder mental aún te faltan unos años, como bien dices.

—Si, tienes razón. Puedo crear y manipular el fuego, con el simple chasquido de mis dedos.

Edward se sorprendió, pero solo un poco, presentía que en el fondo siempre había sabido qué clase de poder escondía el moreno.

—Entonces, mi querido Roy, —el susodicho se preparó para el latigazo— ¿Cómo es que alguien tan poderoso como tú no pudo salvar a alguien como yo? ¿Cómo es que no pudiste rescatarme del ataque de otro vampiro siendo tan poderoso?

Para el menor no pasó desapercibido el brillo oscuro y el semblante por un segundo colérico del mayor.

—Eso no tendría que haber pasado. Te lo aseguro. Hice todo lo que estaba a mi alcance para protegerte, y no hay día que no me reproche a mi mismo por eso, lamento mucho no haber podido evitar tu destino.

—Claro claro, pero realmente no lo parecías. En realidad, para mí nunca me pareció que hayas estado arrepentido de haberme convertido en esto, ni siquiera de algún esfuerzo por haberme salvado de ese sujeto.

No se esperó que esta vez fuera Roy quien saltara del sofá como un resorte, mirándolo con bastante enojo, hecho que estremeció a Edward de la cabeza hasta los pies y dejó con algo de miedo, aunque esto último no lo admitiría jamás ni bajo tortura.

—No tienes ni idea por todo lo que tuve que pasar, ni todo lo que tuve que hacer para lograr estar contigo, y para salvarte. No hables de lo que no sabes —siseó tajante, antes de voltearse hacia la puerta—. La reunión ha terminado. Si quieres saber más, sigue internándote en la biblioteca.

Y con esas últimas palabras, azotó la puerta, dejando a un Edward muy confundido y algo asustado, viendo por primera vez a un Roy Mustang, hombre sereno, bajo un manto de furia.


Espero que les haya gustado, espero sus comentarios y nos vemos en el próximo capi.

Saludos!