"Broma del destino: Izuku es rechazado por Katsuki"
.
.
.
.
—No la quiero.
Fueron las duras palabras que resonaron en los pasillos, causando que las paredes temblaran. Con dureza y frialdad rechazó su carta frente a todos los estudiantes que casualmente pasaban por allí.
Su corazón se tornó duro, oprimiendo su pecho como una apuñalada que rasgaba la carne de su órgano vital.
La mirada rojiza lo perforó en un instante.
Los murmullos de todos los presentes que contemplaron semejante rechazo se fijaron en él, quebrándolo de la misma manera en que él lo miró con profundo desdén, en miles de pedazos. Se advirtió fraccionarse hasta partirse en pedacitos junto con su corazón, del que momentos atrás saltaba de júbilo por que por fin tendría la oportunidad de confesarse antes de terminar la preparatoria, con el fin de graduarse sin tener arrepentimientos.
Esperó un posible rechazo luego de leer la carta, mas no contempló que ni siquiera la miraría, que ni siquiera le dirigió a él una mirada de que le daba cabida a que hablara. No le dio tiempo de pensar en nada.
Y con el mismo profundo desdén con que dijo «No la quiero» se marchó sin mirarlo siquiera, dejándolo hundido en la más abismal tristeza.
Así fue como su primera confesión de amor concluyó a los diecisiete años.
Se dirigía al salón de clases, cabizbajo. Qué decir. Derrotado.
Los murmullos que decían su nombre y el de su amor salían de sus bocas sin un poco de conmiseración por su estado de ánimo.
«¿Viste que rechazaron a Midoriya?»
«¿Eh?! ¿Que Midoriya de la clase F se confesó a Katsuki de la clase A?»
«Sí, y ¿oíste que lo rechazó?»
«Me lo imagino. Nadie puede acercarse a Katsuki sin ser rechazado de por medio. Dudo que nadie de esta escuela está a su altura»
Su cabeza se ladeaba hacia otro lado, ensimismado en las graves punzadas que borboteaban de su pecho.
Sabía que no tenía posibilidades con el genio de la clase A, pero no que lo trataría de esa manera tan cruel. No abismó que lo ignorara delante de todos y que no se tomara la molestia de siquiera verlo a la cara.
«¿Crees que sabrá que todos en esta escuela no son nada para Katsuki?»
Sí, sí lo sabía.
«He oído que nunca ha salido con nadie»
Eso también lo había escuchado. Un sinfín de veces. Katsuki no sale con nadie.
«Pero me impresiona que tuviera el valor de confesarse siendo de la clase F. O es muy valiente o muy idiota»
No es ninguna de las dos, porque no podía dilucidarlas con la misma severidad con que juzgaba su inexperiencia en la materia. Metió la pata, sí, pero eso no exhumaba el hecho de que dolía su rechazo..
«Yo creo que es demasiado idiota para haberse confesado un tonto de la clase F»
Se detuvo en seco, encorvando la cabeza tanto que tensaba sus cervicales desunidas por el desastre que era su cabeza en esos momentos. No tenía cabeza para contradecir los murmullos que lo atacaban, o que hablaban mal de él en relación a Katsuki. El Katsuki por el que estuvo enamorado durante tres largos años y del que miró de lejos con dedicada admiración, ya que nunca tuvo el valor de acercársele para entablar conversación y conocerse. Pero no se atrevía a llegar a esos extremos, porque prefería verlo de lejos y ver la magnitud de su presencia invadir las aulas y los pasillos con la más absoluta elegancia.
«Tres años» Se dijo. «Años depositados en ese amor para que no mirara mi carta» el contenido blanco que contenía el papel de la carta perfumada yacía en el bolsillo del traje del uniforme sin la menor pena.
Sus ojos se dirigieron al suelo, lagrimosos. Veía a cuestas de su vista nublada los restos desparramados de su corazón. Los trocitos de lo que esa mañana estaba en condiciones saludables, sin ninguna herida, sin ninguna cicatriz.
Ahora restaba enmendar los pedazos que descansaban en el suelo y recuperarse de semejante golpe.
Apretó su preciada carta contra su pecho y siguió caminando a su salón.
—¡Midoriya!— Gritaron en unísono sus compañeros. —¿Es cierto que te confesaste a Katsuki de la clase A?
Izuku se encogió entre sus anchos hombros, deseando que nadie fuera testigo de la cara que tenía puesta.
—¡Midoriya!
El aludido se giró a la mención de su apellido, poniéndose pálido al instante. Su compañero/pretendiente de nombre Kirishima, mejor conocido como el futuro gran chef de Japón, hacía aparición en el aula con los pelos parados en cinta y la cara abierta. Ojos, nariz, boca abierta. Era la representación de la sorpresa encarnada en un hombre de gran talante e imponente físico que suscitaría envidia a cualquiera.
En cuanto reaccionó a su feroz grito, ya lo tenía agarrándolo de los hombros; todo su rostro exclamando por una explicación a su conducta.
Era cierto que nadie sabía que gustaba del genio de la clase A, pero todavía le impresionaba la velocidad con la que circularon los rumores de él, quien no procesaba lo sucedido con entereza. Apenas tenía la fuerza de mantenerse de pie.
—¿Es cierto eso que dicen todos? ¿Que te confesaste a Bakugo?
En eso, Izuku tuvo la certeza de mirarlo y plantarle cara a la persona que conocía a Katsuki como libro abierto. Sabía de dicha amistad, debido a que algún tiempo atrás vio al objeto de su admiración en la librería en compañía del pelirrojo; y, después de haber visto aquella escena, encaró al pelirrojo sobre tal cuestión, enterándose que eran amigos desde el kínder, pero que perdieron contacto una vez terminada la secundaria y tras encontrarse en la preparatoria decidieron reponer su amistad.
Kirishima le había pedido que guardara el secreto, cosa que sí hizo, porque Izuku también tenía el suyo. Un secreto del que no podía compartir con nadie, mas lamentablemente, todos sabían ahora la índole de su secreto.
Todos, incluyendo a Kirishima.
No le extrañaría que hubiera rumores de él circulando la escuela entera comentando que hay un ingenuo de la clase F confesándose al gran Katsuki Bakugo de la clase A. De seguro pensarán que no hay nadie más tonto que él.
Izuku, reteniendo sus lágrimas y la poca dignidad que le quedaba en la piel, asintió.
No había manera de negarlo aunque quisiera. Izuku no era cobarde. Además, no tenía nada qué perder si la balanza nunca estuvo a su favor.
Nadie mejor que él lo sabía.
—¿Y dices que te rechazó?— Sus cejas se apabullaron preocupadas.
Asintió despacio. Podía sentir las lágrimas en los ojos.
Kirishima retiró sus manos de sus hombros, maldiciendo de mal humor.
—¡Ese maldito genio! ¿Quién se cree que es? Midoriya— Se dirige a él, sorprendiéndolo. —Fue muy tonto haberse confesado de esa manera, pero no te entristezcas por que Bakugo crea que no te merece. No tiene idea de a quién acaba de rechazar.
—Supongo…—Musitó cabizbajo.
—No lo dudes, hombre— Lo rodeó con su brazo.—A mi me gustas tal y como eres. Eres tan varonil y encantador—Lo apegó a su costado, pese a que Izuku tuviera la mirada perdida, sin prestarle mucha resistencia a su tacto.
«Varonil y encantador» Se repitió a sí mismo con desacierto. «Pero así es como me ve, Kirishima. Kirishima piensa demasiado alto de mi» Sus ojos se tiñeron de tristeza, luciendo pasmos y cristalinos.
El pelirrojo notando su estado actual, lo aferró a su lado, apretando el agarre que su brazo ejercía en sus hombros. El contacto le brindó un poco de consuelo a esa brecha que se había abierto por el «No la quiero» de Katsuki.
Era cierto que Kirishima no le atraía del mismo modo que éste, puesto a que no lo veía románticamente, pero sí lo consideraba como alguien sumamente agradable, con quien la conversación siempre terminaba con resultados positivos, e Izuku riéndose con las manos en el abdomen.
Seguido de aquel gesto de parte de Kirishima, su séquito compuesto por dos amigos que igual que él iban en el mismo salón. Primero estaba Kaminari, un rubio de pelo puntiagudo, y después Sero un chico de cabellos negros lacios que le llegaban al hombro. Ambos le agradaban, ya que eran simpáticos. No tanto como Kirishima, pero sí eran excelente compañía; sin embargo, Izuku no disfrutaba tanto de la compañía ajena, menos del ruido de su propia mente haciendo mella sobre todo si a duras penas lidiaba con la sensación de derrota que lo amedrentaba peor que un golpe en la quijada; de esos que te dejaban noqueado en la lona.
—Escuché que Midoriya fue rechazado por Bakugo de la cla-
—Silencio— Interceptó Kirishima al importunado de Kaminari. —Midoriya no está para responder preguntas.
—¡Pero queremos saber si es cierto!
—Sí, queremos saberlo.
Ambos miraban con ojos esperanzados a Izuku, quien haciendo una mueca dolorosa, se removió entre sus piernas, rodando los ojos de soslayo, evidentemente evadiendo las miradas ajenas.
—Hombre, basta— Defendió Kirishima, interponiéndose entre sus amigos y él, que con su mirada ensombrecida, lucía oculta por los mechones oscuros de su cabello verdoso. —Aprende a ser discreto. ¿Qué no ves que Midoriya está procesando lo que pasó? Por favor, no lo molestes.
Sus amigos hicieron un puchero, pero dejaron de protestar.
De repente fue sorprendido por sus amigos que entrando al salón con aspecto agitado y las ansias a flor de piel, lo interceptaron, justo cuando estuvo a punto de retirarse a su pupitre.
—¿Te confesaste?
Izuku estaba estático, mudo.
—Lo escuché de camino aquí.
Su amiga de pelo castaño y ojos enormes y expresivos lo encararon con gran sorpresa.
Él la ojeó con una mirada que no faltaba más que decir en forma de palabras.
Asintió.
Pronto como asintió la ola de sus compañeros lo interceptaron haciéndole un montón de preguntas referentes a lo sucedido. Preguntas que no tenía humor de contestar.
Con una mueca de tristeza, tomó asiento en su lugar sin dirigirle la palabra a nadie, sabiéndose merecedor de todos los comentarios que surgieron de sus compañeros, quienes conocían sus manías y sus limitaciones e incluso sabían lo imposible que suponía confesarse al genio de la clase A y lo que le esperaba con debida cuenta.
Estuvo sentado sin mover un centímetro de su cuerpo durante las clases hasta que finalizaron y en el receso, sus dos amigos lo encararon siendo los testigos de lo acontecido aquella mañana.
—Deku-kun, anda, cuéntanos qué pasó— Pidió la castaña.
—Me parece una falta de tacto de tu parte haberte confesado así sin más— Terció su amigo de lentes, estricto. —Hubieras pensado mejor en las consecuencias de tus actos antes de que te convirtieras en el hazmerreír del que toda la escuela está hablando.
—Calla, Iida— Reprochó la castaña, con un mohín. —Deku-kun—Dirigiéndose a él. —¿Cómo te confesaste?
Izuku se encogió de hombros, y sacó la carta que llevaba guardada en el bolsillo del traje y la colocó en el pupitre, acongojado.
Sus amigos miraron la carta, pero no el contenido, porque él se los impidió. No quería mostrarles algo demasiado íntimo así a la ligera.
Duró toda la noche escribiendo esa carta por ensayo y error, revisando el diccionario sabrá cuantas veces, haciendo su letra lo más tangible y elegante posible, porque alguien tan imprescindible y enigmático como lo es Katsuki Bakugo merece tener una carta con un contenido exquisito y legible, del cual podrá leer sin hacerle correcciones o muecas de disgusto por hallar un error de ortografía que podría perjudicar sus chances de ser recordado por él como el que se confesó con una carta, que, a diferencia de las chicas se confesaban le ofrecían chocolates combinadas con la confesión que casi siempre era directa. O bien, la confesión directa, excluyendo los chocolates. Una confesión que siempre terminaba siendo rechazada por el mismo.
No era sorpresa que Katsuki se había armado la reputación de ser alguien "inalcanzable" o peor aún ser considerado un "imposible". Un "no puedes tocarlo porque te congela con su mirada tajante". Todas esas cosas las sabía Izuku, pero aun así, no quería graduarse sin haberlo intentado aunque sea una vez.
Malo fue haberlo hecho con publico de por medio.
Suspiró.
El mal rato ya pasó.
Se consolaba con saber eso.
Solo faltaba que su entrenador se lo recordara sin pelos en la lengua y se soltaría llorando a mares por que cada centímetro de dolor por el que pasaba merecía la pena llorarlo.
Su amigo de lentes de nombre Tenya Iida, fue el primero en hablar:
—Haber escrito una carta es la clave directa para ser rechazado tajantemente. No me cabe ponerlo en duda, porque ni el más inteligente se enorgullecerá de recibir algo que puedes decir con palabras. Además, Katsuki es un imposible. Todos lo sabemos, incluso yo, que ni siquiera estoy interesado en lo que ese chico hace.
—Deku-kun— Ese apodo que solía decirle la castaña lo sacó de su trance. —No le hagas caso. Lo que hiciste por mucho que los demás hablen de ti, fue algo bueno. Hiciste lo mejor que pudiste, así que no estés triste.
—Dicen eso porque no estuvieron ahí—Se decidió en musitar lento pero dolorido.
Sus amigos lo observaron por fracción de segundo.
—¿Tan cruel fue?— Le preguntó la castaña, de nombre Ochako Uraraka.
Asintió.
«Fue horrible» Se dijo entristecido.
Su mero silencio fue suficiente para que no insistieran más en su lamentable situación.
—Vamos, anímate, Deku-kun— Uraraka lo rodeó el hombro. —Hoy vamos a conocer tu nueva casa, ¿no? Tu mamá lleva meses buscando una casa en la que puedan vivir más cerca del restaurante. Ponte feliz por eso.
—Supongo— Cabeceó un poco.
Sí, es verdad. Desde que tenía memoria ha vivido con su mamá en pequeños departamentos, incluso en cuartos de renta donde apenas había una cama para una persona. Debía admitir que las condiciones económicas en las que vivió durante su infancia hasta el tiempo presente fueron desfavorables para su rendimiento académico y sin duda, para el disfrute de estar con niños de su edad.
Creció en un barrio donde carecían de comunicación y tecnología, donde usaba la misma ropa durante meses hasta que alguien que se compadeciera de su andrajosa situación tuviera la amabilidad de darle una camiseta sin hoyos o unos pantalones que no llevaran parches en las rodillas.
Admitía que no tuvo la infancia más tierna de recordar, pero luego de tantos años de cambios de barrio, su madre, con esfuerzo y dedicación halló un lugar adecuado en el que los dos pudieran vivir en condiciones favorables.
Izuku llevaba contando los días para mudarse a su nueva casa. Su primer casa. Una propia y no de renta. Eso sí, nunca careció de amor, porque su madre le dio todo el amor que un niño sin padre y sin conexiones pudiera darle. No se arrepentía de las circunstancias en las que creció gracias al amor y voluntad de su madre por sacar a los dos adelante.
Por eso, Izuku no se rendía, no dejaba las cosas a medias y terminaba todo lo que empezaba.
Sí, no debía de hundirse en un pozo sin fondo, por que Katsuki lo hubiera rechazado. De momento solo debía centrarse en ir a su nueva casa, saliendo del gimnasio.
Las cosas tenían que mejorar. Se dijo. Las cosas no podían quedarse estancadas en las lágrimas y arrepentimientos cuando aún no terminaba la preparatoria.
Se consoló con el hecho de que las cosas mejorarían a partir de mudarse a su nueva casa. Guardó la carta en el bolsillo del traje en silencio, emocionado por tener algo en qué desviar el rechazo de aquella mañana.
No negaría que la primera vez que lo vio cayó rendido a sus pies. Fue amor a primera vista.
Había sido el primer día de clases y tras un discurso de bienvenida para los alumnos de primer año, de la cual él anduvo dormitando, debido a que el entrenamiento de la tarde anterior fue extenuaste y se vio en la obligación de despertar esa mañana para correr bajo la luz de los primeros rayos del sol (que verdaderamente fue una maravillosa mañana, pasando por la larga banqueta que daba una vista con la playa), que con esas vistas supo que sería un buen día.
Cabeceaba en la silla con las piernas desparramadas a los lados, debido a que había crecido considerablemente durante las vacaciones de invierno y el uniforme recién le quedaba a la medida; un poco más y no podría moverse.
El discurso del director de la preparatoria llevaba rato alargando las palabras como si las cargara con el peso de cada sílaba en su garganta. Sus ojos no podían más; la pereza pronto le ganaría y se quedaría dormido ahí mismo, de no ser porque nombraron al alumno de mejor promedio del primer año a dar el discurso de bienvenida, pero esta vez con la finalidad de otorgar esa atmósfera de juventud que carecía éste.
Por otro lado, Izuku pensaba que el alumno más inteligente de le generación sería alguien con lentes y de apariencia poco amigable, pero su predicción fue errónea, porque fue todo menos alguien que no fuera amigable y que usara lentes.
Ante sus ojos se deslizó una figura sumamente delicada de un aura imponente, facciones finas y repuntadas desde su perfil afilado. Ojos tan rojos como el carmín alumbraban templos, sombras, oscuridades que no pueden opacarse con otras más frívolas. Una espigada complexión que se estiraba alto y ancho con cada paso que ejercía sus piernas alargadas y delgadas. Pelo puntiagudo en perfecta sintonía con su cara, parecía un ángel caído del cielo con su opulenta belleza.
Le robó su entera atención junto con su corazón, del cual empezó a a latir por él.
Nunca se había sentido así.
Supo desde aquel día que ese chico de nombre Katsuki Bakugo había robado su corazón de un violento arrebato, del que nunca olvidará mientras tenga memoria.
Desde entonces lo miraba a distancia, porque no se atrevía a admirarlo de cerca, ni a hablarle ni para un simple buenos días que moría en sus labios cuando lo veía avanzar como un rey por los pasillos y era alabado por sus compañeros.
Con el tiempo se enteró de algunas cosas que componían su compleja personalidad: por ejemplo el tenis. Katsuki jugaba el tenis con regularidad.
Lo sabía porque lo vio jugar en diversas ocasiones en la escuela en las prácticas en los períodos entre clases.
Le gustaba verlo moverse en el campo con una destreza tan magistral que rayaba en la más pura armonía de coordinación y músculos compaginados en el mismo contexto. Notaba cómo su brazo siempre se tensaba cuando aumentaba la presión en su contrincante. O cómo sonreía arrogantemente cada vez que ganaba un partido, que era un hecho incuestionable, porque Katsuki siempre ganaba.
Tenía a su séquito de admiradoras quienes con gritos y porras asistían a las practicas y a los partidos(esto último lo sabía dado que escuchaba los cero discretos comentarios que intercambiaban las chicas de su salón diciendo Katsuki esto, Katsuki aquello. Diciendo puras cosas que él ya sabía de corazón; por eso no se ponía celoso, porque la mayoría opinaba a favor de Katsuki).
Sin embargo, con el tiempo sus sentimientos por el genio de la clase A comenzaron a brotar a niveles inimaginables, detalle que no sustrajo de la ecuación de que no era solamente una atracción física y sexual por él, sino algo más. Ese algo más que confluía en la circunferencia de su círculo. Ese algo más era una atracción emocional que rayaba más allá de un simple capricho, del que posiblemente las personas que se confesaban a Katsuki, resultaban superar su rechazo rápidamente.
Suponía que era una atracción de tantas que ellos habían tenido, a diferencia de él, que Katsuki era su primera atracción, su primer amor, su primera experiencia sexual.
Y sí, quizás podía padecer una idealización de éste mismo, como fantasear con él o maravillarse de lo hermoso que era físicamente. Pero en su torpe y necio corazón este tipo de conclusiones distaban de ser correctas; al menos, durante los tres años que estuvo observándolo desde la distancia.
Lo único que supo en esos tres años éranse cuestiones relativas que tras experimentar el rechazo que causó un displacer en su mundo, resquebrajó o despellejó todas sus opiniones sentimentales que tenía refiriéndose a Katsuki, claro está. Fue traumático su desdén, desde su mirada hasta su voz tan fría como el hielo que sumado a que no vio su carta, que con tanto esmero redactó, fue mandada por la borda. Fue traumático experimentar esa situación delante de sus compañeros y desconocidos de otras clases. Fue traumático tener qué dar explicaciones a sus amigos, a su mamá, a sí mismo, siendo este último como un intenso recordatorio que conferían cuestionas negativas y lastimosas que dejaron en su joven corazón sin experiencia y carente de sentido común.
El trauma que le dejó hacía mella en su cerebro, dando pie a la antesala de que enfrentaría peores problemas a partir de ese momento tan duro como crítico en su joven vida, porque sería etiquetado como el que fue recado por el genio de la escuela.
De sólo pensarlo, sus entrañas se contrajeron en la cena con su mamá, estando en su nueva casa. Se recordó que se suponía que disfrutaría bajo la compañía de sus amigos, el tiempo a lado de ellos y de su mamá, quien feliz por tener un hogar al cual pertenecer a lado de su único hijo.
Dolido por lo de aquella mañana, se forzó a sonreír para su madre, para que ésta no se preocupara tanto por su primera experiencia en el amor, porque no quería hacerla sentir culpable, debido a que él no se hubiera dado el tiempo de explorar su vida amorosa con alguien más o de darse el caso, de tener una novia o un novio, o de ser confesado por alguien, lo que sea. Una experiencia a nivel romántica, misma que no tuvo, ya que no se quiso dar ese tiempo por ayudar a su madre y centrarse de lleno en su vida deportiva, dándose el caso que abandonó la dedicación a sus estudios, debido a esa meta deportiva que llevaba años armando en su cabeza y a sus dieciséis se convirtió en parte realidad, parte fantasía. Y que a sus diecisiete se inclinaba más a la parte realidad, por lo que tener una pareja en esos momentos, se convertiría en un grave obstáculo que lo alejaría de su meta (bajo palabras de su entrenador tener pareja "lo mandaría directo al retiro, si no apoyaba su carrera profesional y demandara su total atención en la relación"). Él definitivamente no tendría una pareja que demandara su total atención a menos que apoye su deporte y la práctica de éste mismo; Sería contradictorio tener pareja bajo esas circunstancias.
Y Katsuki era su primer amor, uno al que trataba con ilusión e idealismo, producto de las ideaciones de su alocada imaginación; misma que lo ha llevado a experimentar los peores escenarios posibles del universo del amor.
Sin embargo, sus maquinaciones se detuvieron cuando tocó un punto importante en su cerebro que hizo clic, y que esa conexión que hubo entre sus neuronas lo llevó a murmurar para sí mismo en una ráfaga de palabras que se encimaban unas con otras, mientras colocaba una mano en su barbilla y encorvaba las cervicales, poseyendo un semblante duro de concentración.
Esa conexión lo estimuló a llegar a una conclusión de la cual no pensó la noche anterior en que escribió la carta, debido a la palpitante emoción que lo sobrellevaba. No pensó en si Katsuki se sentiría demasiado avergonzado de recibir una carta de amor de parte de un chico y peor aún, ¡En público!
¿Y si, por alguna razón, lo rechazó por bochorno, y no por un profundo desdén que sintió hacia su persona, pese a que nunca se habían dirigido la palabra y por consiguiente no se conocían?
Una sonrisa estúpida surgió en sus labios, conformado con su propia deducción. Fue tonto al no pensar en las posibilidades, sabiendo inconscientemente que estaban ahí. Que le gritaban al oído que no se lanzara al vacío sin un paracaídas para ser atrapado en el instante en que ofreció su carta y fue recibida sin disgusto.
—¿De qué sonríes, Midoriya?— Kirishima se sentó a su lado, compartiéndole de los bocadillos que hizo con la intención de festejar su nueva casa. Aceptó el takoyaki, dedicándole la sonrisa estúpida que brotaba muy llamativamente de su rostro infantil.
Sin querer provocando el sonrojo del contrario.
—Estoy feliz con mi nueva casa— Comentó a la vez que probaba el takoyaki de pulpo y su sonrisa se amplió, estirando sus labios hacia arriba; asimismo, ampliando los contornos circulares de sus pecas. —¡Esto está súper rico, Kirishima!— Elogió.—Tu cocina ha mejorado muchísimo.
—Gracias, Midoriya— Su rubor creció, sin que Izuku lo notara, puesto que estaba sumido en el pequeño grano de esperanza de su reciente descubrimiento.
—¡Claro!
—Estás muy condescendiente con Kirishima— Lo codeó Uraraka en un susurro.
—¿Qué quieres decir?
—Pareciera que le das cabida a que te siga pretendiendo.
Izuku frunció el entrecejo, confundido. —No lo creo—Le dio otro bocado al takoyaki, y cogió otros de la lonchera en la que se encontraban. —Kirishima es un buen amigo. Me agrada. Y ahora estoy muy feliz porque pensé en algo bastante bueno.
—¿Qué pensaste?— Sus ojos se alumbraron curiosos.
—Es un secreto— Sonrió travieso.
—¡Deku-kun!— Protestó ella. —Dime—Lo sacudió a los lados.
—¿De qué tanto hablan ustedes?— Intervino Iida, molesto por haberlo dejado de lado en la conversación, siendo claramente que estaba en el mismo sitio que ellos.
—Han de ser cosas de amigos— Opinó Kirishima, alivianado. —Toma, come un poco de lo que preparé—Le insertó el takoyaki en la boca, callándolo. —Está bueno, ¿no?
—¡Chicos! Tengan un poco de té— Apareció su mamá con una bandeja de té y varias tazas con el contenido líquido humeante. Su mamá irradiaba alegría en cada poro de su cara, lo cual contagió a Izuku del mismo humor, aunque por dos razones: Katsuki y su nueva casa.
—Gracias, señora Midoriya— Kirishima lo dijo como alguien que quería impresionar a su futura suegra. —Usted es tan amable conmigo.
Aprovechando ese momento de distracción de parte de Kirishima, su madre e Iida, quien comía frugalmente el takoyaki, le dijo a su amiga la conclusión a la que había llegado. Ésta asintió afirmativamente, sonriendo a la par con él.
—Qué inteligente razonamiento, Deku-kun— Concordó. —Tal vez por eso no te vio a la cara cuando le ofreciste la carta.¡Se sentía avergonzado!
—Sí— Dijo contento. —Tal vez me rechazó por que se sentía avergonzado y le disgustó que otros vieran que un hombre se confesara a otro hombre. Esas cosas se hacen en privado.
—Fuiste demasiado descuidado de haberte expuesto de esa manera delante de los demás. No digo que esté mal que tengas sentimientos por un chico, sino el momento y la manera en la que lo hiciste no fue la correcta.
Izuku asintió cada vez más esperanzado. La forma en la que intentó confesarse no fue la correcta. ¡Las confesiones de amor se hacen en privado! Y quizá a Katsuki le gustaban recibirlas en privado.
Su momento de felicidad duró muy poco porque enseguida comenzó a temblar. A partir de ese instante su mente dejó de funcionar, puesto a que el alrededor se tornó oscuro.
Los gritos, los crujidos, el escombro, el polvo que invadía el ambiente, los sonidos externos perdieron el significado dentro de su interior hasta que estuvo fuera entre sus desgastados brazos llenos de raspones y unas pequeñas cortadas en las prominencias de sus tonificados músculos.
Sus amigos salieron en la antesala del derrumbe, seguido de Kirishima, quien lo llevaba cogido del brazo, debido a su estado de atolondramiento que lo impedía congeniar con lo que pasaba a su alrededor. Todo era bruma.
—Midoriya— Exhaló agitado. —¿Estás bien? ¿No te duele nada?— La agitación en el rostro del pelirrojo lo devolvió por instantes a la realidad.
—Sí— Pestañeó atontado.
—Qué alivio—Suspiró al momento en que estuvo a punto de abrazarlo, que Izuku se exaltó, al percatarse que su mamá no estaba con ellos.
—¿Y mi mamá?— Preguntó al aire, sabiendo que no le contestarían. —¡Mamá!— Gritó corriendo de regreso a lo que momentos atrás era una casa estable y de dos pisos, que ahora era puro polvo y escombro. —¡Mamá!—Gritó a todo pulmón, la preocupación bañándose en su rostro pecoso.
Kirishima corrió adentrándose entre los escombros, seguido por Izuku, quien gritaba por su madre, mientras sus amigos se quedaron a montar guardia en caso de que su madre apareciera en lo que ellos la buscaban.
—¡Señora Midoriya!
—¡Mamá!
Ambos recorrieron las entrañas del derrumbe, quitando restos de madera, cemento, tierra, lo que estuviera en su camino. El corazón de Izuku bombeaba a reventar, su cabeza amartillaba sin poder hilar su cerebro a un mejor funcionamiento para buscar a su madre, porque lo único que pensaba era que no quería perderla, porque ella había sido su pilar en los últimos diecisiete años de su vida y lo seguiría siendo en el futuro.
Ella ha estado con él en sus peores momentos, en sus altibajos y en sus logros. La buscaría hasta el último rincón del derrumbe; no descansaría hasta encontrarla.
En cuanto ese pensamiento se asentó en su cerebro, oyeron los gritos de su madre provenir de donde adivinaron era la sala.
Kirisima acudió a su auxilio, siendo el primero que sostuvo los restos de lo que parecían ser puertas aprisionando el pequeño y regordete cuerpo de su madre.
Izuku arribó con lágrimas escapando de sus ojos, tranquilizándose de verla consciente.
Los dos se acomodaron en ambos extremos de las puertas que aplastaban a su madre, y cogiendo los bordes, emplearon el máximo de su fuerza para levantar.
Los dos hombres poseían tanta fuerza que no tomó más que unos segundos en elevar las puertas lo suficiente para que su madre saliera a rastras del sitio del accidente, sosteniendo una fotografía que reconoció ser de su padre.
Así que por eso no huyó con ellos para proteger la fotografía.
Izuku abrazó a su madre, los dos lagrimeando de alivio de seguir juntos. De disfrutar de la compañía del otro por más tiempo.
En cuanto se hubieron calmado, realizaron que ya no tenían casa, y que la mayor parte de sus pertenencias fueron aplastadas por el temblor. No les pesó tanto haber perdido cosas materiales, puesto a que no tenían mucho que perder para empezar, por lo que buscaron algunas pertenencias, las empacaron en la mochila amarilla (indestructible) de Izuku y partieron de la escena del desastre con las dificultades que madre e hijo estaban acostumbrados a padecer desde siempre.
Izuku no sabía si su suerte mejoraría o no, porque mantenía la carta intacta en el bolsillo de sus shorts deportivos poseyendo la certeza de que al día siguiente volvería a confesarse frente a Katsuki en privado; al menos esa pequeña esperanza vivía latiendo en su pecho, esperando a que sus sentimientos fueran escuchados por éste.
Si pensaba que su suerte mejoría o no, tenía la certeza de que no. Pues al arribar a la escuela, vio carteles que pedían donaciones por haber perdido su casa la noche anterior.
Kirishima, Kaminari y Sero paseaban por la entrada de la escuela con unos carteles pegados en su torso con el distintivo "Donaciones para Izuku Midoriya" exclamando a los cuatro vientos que depositaran aunque fuera un yen.
Izuku, boquiabierto, pidió por todos los cielos que no se ofrecieran a pedir donaciones, ya que no las necesitaba (sin contar la enorme vergüenza que adornaba su semblante ruborizado).
—No te preocupes, Midoriya— Kirishima lo abrazó por los hombros con su enorme brazo, llamando la atención de quienes entraban por las puertas principales del instituto. —Que no te dé vergüenza que ayer te quedaste sin casa.
—Sí, Kirishima, pero no así— Opuso tan rojo que se asemejaba a un tomate maduro.
—¡Te ves tan lindo!— Pinchó una de sus mejillas, extendiendo el rubor abochornado del pecoso, que con ojos desorbitados buscaba refugiarse. —¿Quién podría decirte que no con esa cara tan varonil y encantadora que tienes?
—Sin duda, yo— Los cuatro se pausaron en sus ejes, reconociendo al dueño de aquella voz fría y desdeñosa.
Si Izuku estaba rojo como un tomate segundos antes, ahora estaba pálido.
Torpemente se giró y encaró a quien le aceleraba el corazón, pese que tenerlo de frente con ese semblante indiferente y mirada déspota, le helaba la sangre, más allá de calentarla.
—¡Ka-Ka-Katsuki!—Habló demasiado alto y alarmado para su gusto. Sus facciones temblaban de nerviosismo y miedo de lo que ese hombre diría.
—Bakugo— Kirishima nombró.
—¿Qué quieres, pelo pincho? Te dije que no me hables en la escuela.
—¿Cómo pudiste rechazar a Midoriya ayer? Es un chico encantador.
—No me interesa— Desdeñó el rubio, imperante. Izuku pudo advertirse palidecer ante semejante presencia. Katsuki era demasiado para él. —¿Es este imbécil del que hablas?— Lo señaló con disgusto.
¡Lo señaló!
¡Lo señaló a él!
¡Él!
Izuku miró a los lados sin tener sitio en dónde esconderse.
—¡Sí!— Exclamó Kirishima, lo suficientemente alto para que algunos comenzaran a acercarse a la escena. Izuku estaba temblando por fuera y por dentro, pareciendo un manojo de nervios desmoronándose.
Esto no era lo que tenía contemplado para confesarse en privado.
—Es el idiota que te gusta—Lo dijo como si fuera un hecho.
—Sí, por eso no me importa que le des una oportunidad. Te juro que no te arrepentirás si lo conoces.
De repente, Katsuki lo miró a los ojos. No se había dado cuenta lo mucho que brillaban, la forma que cobraban cuando observaban algo, o en su caso, una persona. La fuerza que esas escarlatas poseían eran matices hermosos que compaginaban con un atardecer sangrante, o el color rojo de la sangre que calentaba las entrañas frías.
Ser mirado por Katsuki le dio un vuelco en el corazón que confirmaba que aún gustaba y sentía por él.
Katsuki hizo una mueca de lado, que no supo identificar.
—Parece una lagartija con esteroides— Masculló Katsuki, cruzándose de brazos y moviendo la cabeza de lado.
Izuku abrió los ojos con brío, observándolo con anhelo inocente.
¿Complementó su figura diciendo que estaba tonificado? Eso era algo bueno, ¿verdad? Literalmente le dijo musculoso. Una sonrisa boba brotó de sus labios con sus mejillas sonrosadas.
—Oye más respeto con Midoriya. Se ha esforzado mucho para tener esa figura.
—¿Con esteroides?— Enarcó una ceja, burlón.
—Midoriya no es así. Y lo sabes.
—Sí, sí—Agitó la mano indiferente. —Siempre me hablas de este cara de imbécil.
—¿Y qué opinas de mi, Katsuki?— Izuku se animó a acercársele con mucha, mucha ilusión en su expresión facial. El rubio retrocedió, esbozando otra mueca.
—No me dirijas la palabra— Amenazó frío, congelando la expresión y acercamiento de Izuku en un instante. —Me das asco.
—¡Ey!— Kirishima fue tras de él, pero éste no le dirigió la palabra.
Izuku sólo pudo sentir la sensación invasora de adentrarse debajo de su piel produciéndole profundos escalofríos.
Dispuesto a no darse por vencido, tan pronto como fue tiempo de almorzar, se planteó ir a a la clase A sosteniendo un sándwich comprado del 7-eleven que estaba cercano al hotel donde pasó la noche. Su madre le había dado un poco de dinero para comprar, para no pasar hambre a la hora del almuerzo.
De igual manera, estaba dispuesto a compartir de su escaso almuerzo con Katsuki si éste le daba la oportunidad de hacerlo. Albergaba esperanzas muy altas a que todo saldría mejor que la primera vez.
Una vez llegado a la clase A preguntó por Katsuki, restándole importancia a los comentarios referentes hacia su persona, los cuales no lo herían por ser superficiales y carentes de fundamento.
Fue fácil dar con Katsuki, dado que almorzaba en el salón en solitario acaparando toda la atención de quienes lo contemplaban.
Cabe decir que al segundo en que lo vio en la puerta esperándolo, puso cara de disgusto, turbando los nervios del joven pecoso que no se rendiría tan fácil.
Katsuki probablemente no sabía lo persistente que él podía ser con sus metas. Esta era una de ellas.
—¿Qué quieres?—Le dijo llegando a él.
—Necesito hablar contigo— Musitó.
—Pues yo no— Estuvo por darse la vuelta, pero Izuku fue más rápido y lo agarró del brazo con impericia. —Oi.
—Será rápido—Espetó veloz. —Te lo juro. No robaré mucho de tu tiempo.
Katsuki se zafó de su mano y emprendió la marcha. Al ver que él no avanzaba, dijo—: Dijiste que querías hablar. No agotes el tiempo de mi almuerzo.
Motivado, fue tras él, sintiendo las palpitaciones de su corazón latiendo en júbilo. Katsuki le había dado una oportunidad para hablar y no la desperdiciaría por que estuviera temblando de nervios y miedo de la reacción que pudiera suscitar en el contrario.
Lo siguió hasta dar con el patio trasero de la escuela donde rara vez se situaban los estudiantes para almorzar. Esta vez, era una de esas veces en las que no había nadie, mas que ellos dos.
El silencio reinó.
—Y bien— Katsuki detuvo su marcha, sentándose en la banca bajo la sombra de un árbol. —¿De qué querías hablar?
—Hum—El interruptor de su voz estaba apagado.
—Solo te voy a escuchar porque Kirishima es mi amigo— Condicionó. —Y no me lo quitaría de encima si te dejo colgando como un gusano en la puerta.
Eso encendió su interruptor.
—Quería retornar lo que hice el día de ayer de una mejor forma.
Esto molestó al rubio, quien frunció el ceño, penetrantemente.
—¿De qué carajos estás hablando, lagartija con esteroides?—Izuku pestañeó ansioso. —¿De tu estúpida cartita?—Enarcó una ceja, desafiante. —No quiero confesiones de amor, y más si viene de ti.
En un arrebato de valentía sacó la carta de su traje y la extendió a él con temblores en las manos. —Por favor, léela. Puse todos mis sentimientos en ella. Me gustas.
—¿Terminaste?— Se levantó.
—¿Eh? ¡Espera! Por favor, léela.
—No quiero.
Esto no iba de acorde a lo contemplado.
—Katsu-
—No me gustan los chicos estúpidos—Manifestó en un dejo de irritación, que heló su sangre.
—Katsuki, por favor.
Katsuki estampó su mano en su boca, luciendo furioso.
—Eres realmente molesto—Dijo iracundo. —No llevo dos días de haber visto tu estúpida cara y ya eres la persona más repulsiva que conozco.
Izuku con orbes tristes, que no cedían a rendirse, tendió la carta a Katsuki, quien al ver el sobre, lo rechazó, tomándola con su otra mano y restregándosela en el pecho de un golpe.
—No te me vuelvas a acercar—Amenazó esfumándose de su vista, dejándole una brecha en el corazón que sangraba abundantemente.
Su carta, arrugada contra su pecho, sangraba junto a él. O con él.
Así fue cómo había sido rechazado una segunda vez por la misma persona.
Las decepciones se pueden vivir de muchas maneras, incluso repetidas veces viviendo de la misma persona. En el caso de Izuku, ha recibido dos rechazos por parte de la misma persona y no negaría que la sensación horrible y catastrófica que suponía ese hecho irrevocable, se convertiría en la antesala a que temiera a viva piel recrear una escena de esa clase.
En medio de su dolor, removió la calcomanía de corazón que mantenía el sobre cerrado. Encontró la hoja de su carta en perfectas condiciones, su letra rayando en la pulcritud, sin ninguna falta de ortografía.
Gusto en conocerte, Kacchan. Soy Izuku Midoriya de la clase F
No sabes quién soy, ¿cierto?, pero yo sí sé quién eres tú. Desde hace dos años te he admirado por tu inteligencia y por ser tan genial después de haber dado tu discurso en la ceremonia de inauguración. No tengo esperanzas de estar en la misma clase que tú, así que te escribo mis sentimientos en esta carta con todo mi corazón.
Kacchan, te quiero.
«Kacchan…» Ese era el apodo que le había puesto a Katsuki de cariño, como una manifestación de su amor por él. Cabe decir que no se atrevió a decirle por su apodo delante de los demás, por temor a que fuera tomado como un insulto por parte de éste. Por lo que recurrió a decirle por su nombre de pila, aunque no fueran cercanos en lo más mínimo. Y decirle a alguien por su nombre de pila era símbolo de intimidad. Quizá por eso Katsuki lo desdeñó en las tres ocasiones que convivió con él.
Sea cual fuere la razón de su desdén y repulsión, eso no disminuía la sensación de derrota que calaba los huesos.
Sin pena ni gloria, guardó la hoja en el sobre y selló la carta con la calcomanía, guardándosela en el bolsillo del traje.
No valía la pena culparse por la serie de acontecimientos que han desviado su camino miles de veces sin importar que. No era la primera vez que las decepciones dieran pie en su mundo, puesto a que ser rechazado delante los ojos de los demás y ser el objeto de rumores, constituían una pequeña parte del mar de desgracias que lo acontecieron en la infancia y temprana adolescencia.
Empezando por el apodo de "Deku". El apodo que lo acompañaba desde la infancia y que suponía un gran peso sobre su historia.
El apodo "Deku" fungía de parteaguas en su historia. Constituía una parte fundamental de su pasado, ya que el peso de las acciones de los demás agravó su autoestima al punto de haber dudado de su meta. Fue un punto crucial de su adolescencia. El ser llamado "Deku" que significaba alguien que no podía hacer nada, detonó que perdiera por unos instantes la fuerza para seguir adelante sonriendo sinceramente.
Ese había sido su punto mas bajo. Su momento crucial.
Y esa crucialidad lo llevó a conocer a Katsuki en el instituto gracias a que pudo pasar el examen de ingreso con calificaciones excelentes, es decir, entró en la clase A, pero se vio en la necesidad de renunciar a ese puesto, ya que su meta se interpondría en el camino de tener un promedio alto y debía de ayudar en casa con las tareas de la casa, como limpiarla y mantenerla aseada, debido a que su madre lo dejaba solo por horas, para trabajar en su restaurante. Y cuando Izuku no estaba en el gimnasio entrenando sus músculos hasta no poder estar de pie, la ayudaba en el restaurante limpiando mesas, atendiendo clientes y trapeando el piso.
De cualquier manera, no se arrepentía de estar en la clase F, porque de todos modos hubiera tenido la dicha de conocer a Katsuki. «O Kacchan» Añadió. Así que se consolaba con saber que su decisión seguía siendo la correcta; lo que no fue correcto fue el uso de sus palabras, o el modo en que se acercó a Katsuki en su confesión, pero de cualquier forma, no permitiría que aquel evento desmoronara su moral.
Es verdad que sí éranse cuestiones pesadas del corazón, mas eso no aunaba el hecho de que llevaba más tiempo dedicándose a su preciado deporte de los golpes que enamorado del genio de la clase A. Eran dos cosas totalmente diferentes que no congeniaban de ninguna manera posible.
Es cierto también que él tenía la capacidad de estar en la clase A, puesto a que no era alguien a quien no se le dificultaban los estudios; al contrario, le resultaba bastante sencillo aprobar los exámenes con poco estudio, porque prestaba atención en clases. Pero no siempre. Muchas veces se desprendía del mundo por andar pensando en miles de posibilidades en las que pudiera mejorar su entrenamiento, la ergonomía, la recuperación muscular, las dietas. Todo. No era novedad encontrarlo en su propio mundo porque murmuraba para sí mismo a velocidades impresionantes, resultando esto en que los profesores más de una vez lo regañaran y le pusieran mayor carga de estudio que el de sus compañeros. Igual, no le costaba mucho hacerlo, mas el hecho de que el entrenamiento le consumía gran parte de la tarde y estar trabajando en el restaurante de su madre, no alcanzaba a tener el tiempo debido para terminar con todas las tareas en la noche, por lo que se levantaba en la madrugada y las hacía.
Entretanto, el sentimiento de saberse excluido por Katsuki avivó la llama de su pasado. Las personas que lo atormentaron durante la secundaria revoloteaban en su memoria burlándose de que todavía tenía más fracasos que logros.
"¡Eres un Deku" "¡Deku!" "¡Un bueno para nada Deku!" Resonaba en un sitio recóndito de su cerebro, causándole una desalentadora punzada se asentara en él.
"¡Deku, Deku, Deku!" Los cantos de burla que hacían cada que sus atormentadores lo pillaban caminando por los pasillos y le tiraban las cosas que llevaba cargando.
Recordó haber ido a terapia psicológica para sanar esa herida abierta y sangrante que palpitaba a la vista de todos, pero que a pesar de estar ahí, nadie la notaba. Su terapeuta lo ayudó a que esa herida se convirtiera en cicatriz. Las cicatrices que rodeaban su cuerpo como tatuajes tallados en las prominencias de su piel como heridas de guerra. Porque realmente fue una guerra lidiar con su carencia de autoestima y con ese apodo que lo perseguía hasta las entrañas de sus sueños.
Aprendió a aceptar ese apodo gracias a su amiga Uraraka, mas aún le parecía difícil integrarlo como parte de su vida. Admitió que cuando Katsuki rechazó su carta la segunda vez, sintió que le decía "Deku" a la cara y dolió tanto que no tuvo el valor de ir con esa cara empapada de lágrimas a clases.
La suerte no siempre estaba de su lado en un 90% de las cosas, pero mantenía la fe de que pronto mejoría, para ya no sentir tan presente el dolor de haber revivido su pasado a raíz de un rechazo.
Definitivamente las cosas mejorarían.
Su tren de pensamiento se detuvo en seco al sonido e su celular. Rápidamente limpio las lágrimas de sus mejillas. Creyó que sería uno de sus amigos, pero era su madre.
—¿Mamá?—Atendió extrañado. —¿Qué pasa?¿Todo bien con el restaurante?
—No, no. No es nada de eso, Izuku— Oía su voz muy optimista. Era una buena señal. —¿Adivina qué? Tengo buenas noticias.
—¿Qué es?— Tampoco pudo contener la emoción.
—Ayer que perdimos nuestra casa, aparecimos en la tele, ¿recuerdas?
Asintió.
—¡Ah! Resulta que una amiga de la infancia lo vio y se puso en contacto conmigo esta mañana. Nos invitó a vivir en su casa.
—¿Qué?—Balbuceó desorbitado.
¿Oyó bien?
—Sí, nos mudaremos hoy, Izuku. Tendremos una casa—Chilló emocionada. —Nos vamos después de que salgas del gimnasio.
—B-bien— La noticia aún no entraba bien en su cabeza.
Su madre siguió diciendo lo feliz que estaba de que no tendrían que estar viviendo por tiempo indefinido en el hotel en el que pasaron la noche.
Su madre colgó la llamada con un chillido de emoción que aturdió a Izuku, quien procesaba el hecho de que viviría en una casa con gente desconocida, puesto a que no tenía la menor idea de quién era la señora Mitsuki (de quien había mencionado en algún momento).
Sin embargo, sonrió, pensando en que quizás su suerte realmente mejoraría, asimismo olvidando el pesado recordatorio de su lamentable pasado.
Apretó la carta contra su pecho y se dirigió a las clases que le faltaban atender.
Había una y mil posibilidades de que la probabilidad de que la familia que lo alojaría en su casa fuera nada menos que la familia Bakugo.
Cuando su madre mencionó dicho apellido, no lo pasó desapercibido, sino, más bien lo tomó muy en cuenta, en caso de que se tratara de esa familia Bakugo; la misma donde estaba él. Su corazón se oprimió.
No quería verlo porque le recordaría lo sucedido en los pasadas ocasiones en que tuvieron contacto. Verlo a la cara sería la viva prueba de su fracaso.
Se consoló con el hecho de que hay otras familias con dicho apellido, mas una vez entrando a una residencia compuesta por casas enormes y patios tan amplios como bosques, optó por enfrentarse a lo que fuera que lo esperaba en esa casa/mansión, como le diría de ahora en adelante.
La señora Mitsuki resultó ser una mujer de mediana edad bastante agradable, que después de hacer los saludos de bienvenida y presentación, se regocijó de conocerlo. Lo abrazó y le dio un fuerte apretón de manos, contenta de tener el privilegio de conocer al hijo de Inko Midoriya.
—Recuerdo la última vez que te vi, Izuku—Dijo ella. —Eras un bebé de meses, y ahora eres un hombre hecho y derecho.
—Gracias— Articuló tremendamente ruborizado.
«Es más amable de lo que pensé» Se dijo para sus adentros. «Creo que no será tan difícil vivir aquí»
Su rato de felicidad fue interrumpido por la mención de un hijo en su familia. Mejor dicho, dos hijos.
Katsuki no tiene hermanos. Eso significaba que no era ése Bakugo, al que su presentimiento supuso…
—Te presento a mi hijo menor— Mencionó Mitsuki, trayendo a un niño de unos siete años con cara de pocos amigos y el ceño fruncido (uno demasiado similar a un cierto alguien que no quería recordar). —Di algo, mocoso. Preséntate— Le susurró al pequeño, imperante.
El niño usaba una distintiva gorra roja que ocultaba notoriamente la forma de sus ojos, por lo que no pudo registrar en su entereza el tipo de expresión que poseía de verlo.
—Soy Kota Bakugo.
Percibió la nítida irritación en su voz.
—Mucho gusto, Kota— Saludó su madre. —Soy Inko Midoriya— Se presentó con gesto formal. —Él es mi hijo.
—Izuku Midoriya— Cabeceó con el mismo gesto formal de su madre. —Mucho gusto en conocerte, Kota. Espero que podamos llevarnos bien— Sonrió sincero, porque realmente se sentía contento de estar en una casa que lo acogería temporalmente.
El niño ignoró su gesto, volteando hacia el otro lado.
Quiso mirar a los alrededores, pero Mitsuki lo agarró del brazo y lo guió adentro de la casa (porque estaban en la entrada elegante de la casa/mansión).
—Ven, Izuku. Quiero presentarte a mi hijo mayor— Comentó emocionada. Izuku asintió perdido en el origen de su emoción. —Dijo que van en la misma escuela. De seguro ya se han conocido.
«¿Quién será?» Se dijo confundido.
Había una y mil posibilidades de que la probabilidad de parar con dicha familia con ése apellido terminara por encontrarse con la persona que menos pensó que vería en su desconsuelo.
Se forzó en creer que existían muchas familias con el apellido Bakugo en la ciudad, mas dio a parar en la casa donde vivía él. Katsuki.
Su mundo se puso en pausa en una turbulencia vertiginosa que lo dejó anonadado en medio de la presentación formal entre los dos hombres, que segundos después, vio la sonrisa arrogante y fingida que le plasmaba sin un dejo de sinceridad en su semblante.
Verlo en carne propia con esa actitud hacia él estrujaba su ya agujerado corazón como nadie en esa habitación tenía la menor idea.
Perdió la noción del tiempo viendo esas orbes rojizas que claramente lo detestan. Sintió el odio desmesurado de Katsuki atravesarlo como una flecha.
Se obligó a ser amable con la señora Mitsuki, puesto a que en el corto tiempo que tuvo de conocerla, le agradó bastante y no podía menos que rechazar sus atenciones. No ignoró el disgusto de los hermanos Bakugo, por que prefirió estar en compañía próxima con la señora Mitsuki, quien lo invitó a conocer su habitación preparada exclusivamente para él.
Con inocente gusto agradeció la atención.
Nunca había tenido una habitación para sí mismo. Y más si tenía una cama. Su impresión fue tal que sonrió al borde las lágrimas.
—¿Te gusta?
—¡Me encanta!— Explayó regocijado.
—La preparé con la información que recabé de tus amigos— Comentó.—Kirishima fue de gran ayuda porque te conoce bien.
—¿Qué?
—Supe que te dedicas al boxeo—Siguió sin dejarle entender lo anterior.
—Ah, sí. —Afirmó. —Eh, el año pasado debuté como profesional.
—Que privilegio tener a un profesional de huésped— Elogió ella, genuina. —A diferencia de mis hijos robots, tú sí que tienes un maravilloso futuro en el deporte.
—No lo diga así— Dijo con gran bochorno. —Aún falta mucho para que sea uno de los grandes del boxeo.
—¿Pero qué dices? Inko se la pasó hablando de tus logros esta mañana que hablamos por teléfono. Está orgullosa de ti. Y yo también. Espero grandes cosas de ti, Izuku.
Antes de replicar su sincero agradecimiento, Katsuki entró a la habitación sosteniendo su mochila amarilla, seguido de su hermano. Ambos lo miraban con grave disgusto.
—Tus cosas, idiota— Dijo frío.
—¡Gracias!— Torpemente agarró la mochila y le dedicó una mirada amable que fue de vuelta por una mueca de enojo.
—Sé más amable, Katsuki— Reprendió Mitsuki. —Izuku es nuestro huésped— Señaló con sus manos sobre los hombros de Izuku. —Y como nuestro huésped, debes hacerlo sentir en casa, ¿Entendiste?
—Argh— Quejó. —Sí— Masculló molesto.
—Y tú también, Kota.
El niño se crispó y asintió con mayor obediencia que Katsuki.
—Bueno, Izuku— Le sonrió Mitsuki. —Te dejo en manos de Katsuki para que te diga dónde está el baño y las demás habitaciones de la casa, ¿Bien? Si necesitas ayuda, no dudes en decirle a Katsuki. Pero si se porta mal contigo, me dices y yo me encargo del resto.
—Pero-
—Te presentaré en la cena a Masaru.
—¿Ma-Masaru?
—Mi esposo. Bueno, sin más qué decir, te veo en la cena, Izuku. Estoy tan contenta de tener a otro hijo en la casa.
—Gracias, Mitsuki— Agradeció Izuku, cortés.
—Puedes decirme 'madre', aunque ya tengas a Inko. Pero a ella le dices mamá.
Antes de que Izuku dijera algo al respecto, Mitsuki lo dejó al cuidado de los hermanos Bakugo.
El silencio incómodo lo sobrepasó demasiado.
—Hum. Gracias por dejarme estar aq-
—Cállate, estúpida lagartija con esteroides—Interrumpió Katsuki, cruzado de brazos en el umbral de la puerta. Izuku apretó los labios, temeroso. —No te pongas cómodo en esta casa, que no es tuya.
—¿Eh?
—Este era mi cuarto— Añadió Kota, ofendido.
—¡Lo siento! Yo no quise-
—Dije que te callaras—Katsuki alzó la voz. Tomando el mango de la puerta. —Más te vale no interferir con mi vida.
Kota le sacó la lengua.
La puerta se cerró, dejando a Izuku con las palabras en la boca.
Cayó de rodillas en el borde la cama, lagrimeando. Apenas tenía fuerzas para estar de pie en medio de la incipiente derrota que aún lo calaba hondo.
—Yo solo quería decir que estaba agradecido de vivir en una casa— Sollozó a lo bajo, llevándose ambas manos a su rostro. —Fue un error venir aquí.
.
.
.
.
.
NOTA: Este es un fic basado en el manga/anime Itazura Na Kiss. Lo publicaré como one-shot temporalmente, para no cargarme de trabajo. Si les gustó la historia comenten. Si quieren que la continue también.
