Detrás de un gran amor... hay una gran historia

DISCLAIMER: Ni la mayor parte de las líneas aquí escritas, ni los personajes de MSLN me pertenecen sino a sus respectivos autores.


Capitulo 2: Tu recuerdo es mi fantasma


A principios de octubre de 1944 Fate Testarossa contemplaba la puesta de sol desde el zaguán de su casa de estilo colonial. Le gustaba sentarse allí al atardecer, después de trabajar todo el día, y dejar vagar sus pensamientos. Era su forma de relajarse, una rutina que había aprendido de su "padre".

Le encantaba sobre todo mirar los árboles y su reflejo en el río. Los árboles de Carolina del Norte son hermosos en otoño; verdes, amarillos, rojos, naranjas y todas las tonalidades intermedias. Sus colores resplandecen a la luz del Sol. Por enésima vez, la rubia se preguntó si los antiguos propietarios de la casa pasarían las tardes allí, pensando en las mismas cosas.

La casa, construida en 1772, era una de las más antiguas y grandes de New Bern. Originariamente, la vivienda principal de una plantación. Fate la había comprado poco después de la guerra, invirtiendo una pequeña fortuna y los últimos once meses en repararla. Unas semanas antes, un periodista del diario de Raleigh había escrito un artículo sobre ella, diciendo que era una de las mejores restauraciones que había visto. Y no se equivocaba respecto a la casa. El resto de la finca era otra historia, y allí pasaba Fate la mayor parte del día.

La casa se alzaba sobre un terreno de seis hectáreas, a orillas del río Brices, y Fate estaba reparando la valla de madera que rodeaba los otros tres lados de la finca, comprobando que no hubiera termitas o que la madera no estuviera podrida y reemplazando postes donde era necesario. Todavía quedaba mucho por hacer, sobre todo en el oeste, y poco antes, mientras guardaba las herramientas, la chica se había recordado que tendría que encargar más madera.

Entró en la casa, bebió un vaso de té helado y se duchó. Siempre se duchaba al atardecer, el agua la libraba de la suciedad y también del cansancio. Después se peinó su larga y hermosa cabellera rubia, se puso unos vaqueros descoloridos y una camisa azul de mangas largas, se sirvió otro vaso de té y salió al porche donde estaba sentada ahora, donde se sentaba todos los días a la misma hora.

Estiró los brazos por encima de la cabeza, se sentía bien, limpia y fresca. Estaba agotada y sabía que al día siguiente le dolerían los músculos pero se alegraba de haber hecho casi todo lo que se había propuesto.

Tomó la guitarra, recordando a la persona que había sido su figura paterna y pensó en lo mucho que lo echaba de menos. Rasgueó una vez, ajustó la tensión de un par de cuerdas y volvió a rasguear. Sonaba bien, de modo que empezó a tocar una música suave, tranquila. Tarareó unos instantes, y comenzó a cantar mientras la noche se cerraba sobre ella. Tocó y cantó hasta que el Sol desapareció y el cielo se tiñó de negro.

Poco después de las siete dejó la guitarra, se apoyó sobre el respaldo de la silla y comenzó a mecerse. Por pura costumbre, alzo la vista y miro a Orión, la Osa Mayor, Géminis y la Estrella Polar las cuales parpadeaban en el cielo otoñal.

Comenzó a hacer cuentas mentalmente pero se detuvo de inmediato. Sabía que había gastado casi todos sus ahorros en la casa y que pronto tendría que buscar empleo pero apartó ese pensamiento de su mente y decidió disfrutar de los meses que faltaban para terminar la restauración sin preocuparse por eso. Las cosas saldrían bien. Lo sabía, siempre era así. Además, pensar en dinero la aburría. Había aprendido a disfrutar de las pequeñas cosas, de las cosas que no pueden comprarse, y le costaba entender a la gente que veía la vida de otro modo. Otra lección que le había enseñado su padre.

Arf, su perra, se acercó, le olfateo la mano y se tendió a sus pies.

—Hola, chica, ¿cómo estás? — le preguntó dándole una palmada en la cabeza, y la perra gimió suavemente, mirándola con sus ojos redondos y tiernos. Había perdido una pata en un accidente, pero todavía se movía bastante bien y le hacía compañía en las noches tranquilas como aquella.

Fate tenía veintinueve años, no demasiados, pero los suficientes para sentirse sola. No había salido con nadie desde su llegada allí, pues no había conocido a ninguna chica que la atrajera en lo más mínimo. Algo se interponía entre ella y las mujeres que se le acercaban, algo que no estaba segura de poder cambiar aunque quisiera. Y a veces, poco antes de dormirse, se preguntaba si estaría condenada a vivir sola hasta el final de sus días.

La tarde pasó cálida y agradable. Atenta al canto de los grillos y al rumor de las hojas, Fate pensó que los sonidos de la naturaleza eran más reales y despertaban más emociones que los de los coches o los aviones. La naturaleza da más de lo que quita, y sus sonidos evocan la esencia del ser humano. Durante la guerra, sobre todo después de un combate, había pensado muchas veces en aquellos sonidos simples. "Evitarán que te vuelvas loca", le había dicho su padre el día que embarcó. "Es la música de Dios, y te devolverá a casa."

Terminó el té, entró en la casa, tomó un libro y encendió la luz del porche antes de volver a salir. Se sentó otra vez y miró el libro viejo, con la cubierta rota y las páginas manchadas de barro y agua. Era Hojas de hierba, de Walt Whitman, y se lo había llevado con ella a la guerra. En una ocasión, incluso interceptó una bala.

Sacudió la cubierta para quitarle el polvo. Luego abrió el libro en una página al azar y leyó:

Esta es tu hora, oh alma, tu libre vuelo hacia lo inefable,

Lejos de los libros, lejos del arte, abolido el día, concluida la lección,

Emerges, silenciosa, contemplativa, a meditar en los temas que más amas,

La noche, el sueño, la muerte y las estrellas.

Sonrió para sí. Por alguna razón, Whitman siempre le recordaba New Bern, y se alegraba de haber regresado. Aunque había estado fuera doce años, New Bern seguía siendo su hogar y allí conocía a mucha gente, a casi todos de su época de adolescente. No era de extrañar. Como en tantos pueblos del sur, los habitantes de New Bern no cambiaban, simplemente envejecían.

En la actualidad, su mejor amigo era Zafira, un viejo de setenta años que vivía al final de la calle. Se habían conocido un par de semanas después que Fate comprara la casa, cuando Zafira se presentó con una botella de licor casero y un estofado. Así pasaron su primera tarde juntos emborrachándose e intercambiando anécdotas.

Ahora Zafira la visitaba un par de noches a la semana, casi siempre a eso de las ocho. El viejo compartía su hogar con otras seis personas pero a veces sentía la necesidad de escapar y la rubia lo entendía. El solía llevar su armónica consigo y después de charlar un rato interpretaban algunas canciones juntos. A veces tocaban durante horas.

Había llegado a considerar a Zafira como un miembro de la familia. En realidad, tras la muerte de su padre, ocurrida un año antes, estaba sola en el mundo. Era hija única. Su madre y padre biológico habían muerto de gripe cuando ella tenía apenas 5 años por lo que había quedado a cargo del mejor amigo de su padre, Zest Grangeitz.

Zest era como el tío que nunca tuvo durante el tiempo en el que sus padres vivían. Después de la muerte de estos, no lo pensó dos veces y decidió encargarse de la crianza y protección de Fate, así que siempre hizo lo posible para cumplir de la mejor manera la tarea de padre y madre al tiempo. A pesar de que la rubia nunca se dirigió a él usando la palabra padre ambos sabían que el sentimiento que se profesaban mutuamente era de padre e hijo. Fate siempre pensaba en que si hoy es quien es, fue gracias a que Zest supo enseñarle como ver la vida.

La rubia una vez había estado enamorada, de eso estaba segura. Sólo una vez, una única vez, mucho tiempo atrás. Y aquella experiencia la marcó para siempre. El amor perfecto deja huella, y el suyo había sido perfecto.

Las nubes de la costa comenzaron a desplazarse lentamente por el cielo del atardecer, tiñéndose de plata con el reflejo de la Luna. Mientras se cerraban sobre ella, Fate echó la cabeza hacia atrás y la apoyó sobre el respaldo de la mecedora. Sus piernas se movían mecánicamente, manteniendo un ritmo constante, y como tantas otras veces, evocó un cálido atardecer como ése, doce años antes.

Todo había empezado en 1932, poco después de su graduación, la primera noche del festival de Neuse River. El pueblo entero estaba en la calle, disfrutando de la barbacoa y los juegos de azar. Era una noche húmeda, por alguna razón, recordaba claramente ese detalle. Había llegado sola, y mientras se abría paso entre la multitud, buscando a algún conocido, vio a Yuuno y a Shari, dos amigos de la infancia, charlando con una desconocida. Recordó que la chica le había parecido bonita, y que cuando finalmente se unió al grupo, la había mirado con unos ojos brumosos que todavía la obsesionaban.

—Hola —dijo simplemente y le tendió la mano— Yuuno me ha hablado mucho de ti—

Un comienzo vulgar que sin duda habría olvidado si se hubiera tratado de cualquier otra persona. Pero cuando le estrechó la mano y vio esos impresionantes ojos color azul, supo de inmediato que podría pasarse el resto de su vida buscando una mujer semejante y no encontrarla nunca. Tan extraordinaria, tan perfecta le pareció mientras la brisa estival soplaba entre los árboles.

A partir de ese momento, fue como si la arrastrara un viento huracanado. Yuuno dijo que ella pasaría el verano en New Bern con su familia porque su padre trabajaba para R.J. Reynolds, y aunque Fate se limitó a asentir con la cabeza, la mirada de la chica hizo que su silencio pareciera apropiado. Yuuno rió, porque intuía lo que estaba pasando, y Shari sugirió que compraran unas gaseosas y se quedaran en el festival hasta que la gente se marchara y los puestos cerraran.

Se vieron al día siguiente, y al siguiente, y pronto se hicieron inseparables. Todas las mañanas, excepto los domingos, cuando la rubia tenía que ir a la iglesia, Fate terminaba sus tareas lo antes posible, e iba directamente al parque del pueblo, donde ella la esperaba. Dado que la chica acababa de llegar y nunca había estado mucho tiempo en un pueblo pequeño, se pasaban el día haciendo cosas completamente nuevas para ella. Fate le enseñó a enganchar el cebo al anzuelo y a pescar percas en los bajíos, y la llevó a explorar las zonas más alejadas del bosque cercano a New Bern. Paseaban en canoa, contemplaban las tormentas eléctricas de verano, y muy pronto fue como si se conocieran de toda la vida.

Pero también Fate aprendió cosas nuevas. Durante el baile del pueblo, en el granero del tabacal, donde nadie pudiera verlas, ella le enseñó a bailar el vals y el charleston, y aunque al principio la rubia se movía con torpeza, la paciencia de la otra joven finalmente dio frutos y bailaron juntas hasta la última pieza que se alcanzaba a escuchar a lo lejos. Después Fate la acompañó a casa, y cuando se despidieron en el porche, la besó por primera vez, preguntándose por qué había esperado tanto. Poco después la trajo a esta casa, le enseñó las ruinas y le dijo que algún día la compraría y la repararía. Pasaron muchas horas juntas hablando de sus sueños —los de la rubia, de conocer mundo; los de la joven, de dedicarse al arte— compartiendo besos y caricias inocentes, hasta que una húmeda noche de agosto, las dos se entregaron al deseo siendo para ambas su primera vez.

Tres semanas después, cuando ella se marchó, se llevó consigo el resto del verano y una parte de Fate. A primera hora de una lluviosa mañana, Fate la miró partir con unos ojos que tenían pinta de no haber dormido en toda la noche para volver a casa a hacer las maletas…

Volviendo a la realidad, Fate miró el reloj. Las ocho y doce minutos. Se levantó, caminó hasta la parte delantera de la casa y miró a la carretera. No había señales de Zafira, y supuso que no acudiría. Volvió al porche trasero y se sentó en la mecedora.

Recordó que había hablado de ella con Zafira. Cuando la mencionó por primera vez, el viejo rió y sacudió la cabeza.

—Conque ese es el fantasma del que has estado huyendo —dijo—. Ya sabes, el fantasma, el recuerdo. Te he visto trabajar día y noche, esclavizarte sin concederte un respiro. La gente se comporta así por tres razones: porque está loca, es idiota, o quiere olvidar. En tu caso, yo sabía que intentabas olvidar algo. Lo que no sabía era qué—

Pensó en las palabras de Zafira. Tenía razón, desde luego. Para Fate, New Bern era un pueblo encantado. Encantado por el fantasma de su recuerdo. Cada vez que pasaba por el parque, el lugar que habían recorrido tantas veces juntas, la veía allí. Sentada en un banco o de pie junto a las rejas de la entrada, siempre sonriendo, con el cabello cobrizo recogido en una coleta a medio lado y los ojos del color del cielo. Por las noches, cuando se sentaba a tocar la guitarra en el porche, la imaginaba a su lado, escuchando en silencio las canciones de la infancia.

La misma sensación la invadía cada vez que recorría aquellos lugares del pueblo en los que había estado con ella. Dondequiera que mirara, veía su imagen o veía cosas que la devolvían a la vida.

Sabía que era extraño. Fate se había criado en New Bern. Había pasado sus primeros diecisiete años allí. Pero cuando pensaba en el pueblo, sólo parecía capaz de recordar el último verano, el verano que habían compartido. Los demás recuerdos eran sólo fragmentos, retazos inconexos de su infancia, y pocos, si alguno, evocaban sentimientos.

Una noche se lo contó a Zafira, y su amigo no sólo la había entendido, sino que fue el primero en explicarle el porqué. Sencillamente había dicho:

—Mi padre decía que el primer amor te cambia la vida para siempre, y por mucho que te empeñes, el sentimiento nunca muere del todo. La chica de la que hablas fue tu primer amor. Y hagas lo que hagas, te acompañará siempre. —

Fate sacudió la cabeza, y cuando la imagen de su antiguo amor empezó a desvanecerse, volvió a Whitman. Leyó durante una hora, alzando la vista de vez en cuando para mirar a los mapaches o a las zarigüeyas que correteaban a orillas del río. A las nueve y media cerró el libro, subió al dormitorio y apuntó en su diario algunas observaciones personales y un recuento del trabajo hecho en la casa. Cuarenta minutos después, dormía. Arf subió la escalera, olfateó el cuerpo dormido de Fate y dio unas cuantas vueltas alrededor antes de acurrucarse a los pies de la cama.

Notas del autor: Aquí el segundo cap tal vez para mañana tenga el tercero o tal vez pasado? XD no se, creo que mi día fuera perfecto si tuviera unas 30 horas pero bueno supongo que me toca conformarme. He disfrutado mucho modificando este fragmento y me llena de alegría saber que hay quienes se toman su tiempo para leerlo. Gracias NanohaxFate4ever por dejar tu preciada opinión, te diré que si te gustan las historias románticas entonces te encantara leer esta y en cuanto al narrador… -.- aun es muy pronto para dar a conocer quien cuenta la historia.

Nos vemos en el próximo cap.